jueves, 24 de diciembre de 2009

XIX LOS AMIGOS



Aunque su primera experiencia con invitados, no resultó todo lo satisfactoria que ellos esperaban, no por eso cejó Marcos en su intento de mostrar a los demás su poder sobre Cosita, porque ya hemos explicado que todos los amos llegan, tarde o temprano, a experimentar esa necesidad y el letrado había entrado de lleno en esa etapa, de manera que como ya tenían una buena lista de posibles candidatos que habían superado con éxito todos los filtros, se limitó a ordenar a Ester que se pusiera en contacto con los siguientes, pero decidiendo que serían de Valladolid, pues de esa forma era factible un mayor conocimiento entre ellos antes de llegar a actuar, con lo cual se reducía sensiblemente el riesgo de un nuevo fracaso.
Y así conocieron y compartieron experiencias con muchas personas, tantas, que ahora mismo nos resulta imposible enumerarlas todas, aunque podemos hacer un esfuerzo y traer a la memoria aquellas que por una razón o por otra, produjeron un mayor impacto y no se han borrado de nuestro recuerdo. Y aunque quizá el orden cronológico no sea el correcto, podemos comenzar haciendo mención de un tal Álvaro Sanz joven vallisoletano con el cual tuvo Ester el privilegio de combatir, pues su amo deseaba experimentar la sensación de ver a un hombre y a una mujer desnudos luchando, así que organizó un día una pelea en el cuarto de los juegos, retirando la camilla a un rincón y colocando mantas en el suelo.

Él mismo estableció las reglas las cuales fueron la prohibición de golpes, mordiscos o pellizcos, considerándose perdedor al primero que tocase con la espalda en el suelo, como es uso en los combates de lucha grecorromana. Si ganase Álvaro, recibiría como premio pasar una noche con Ester a su disposición y si ganase ella, el premio sería pasar una noche con su amo. El castigo para el que perdiera no hacía diferencia por razón de sexo puesto que al perdedor o perdedora, se le suministrarían una veintena de azotes. Para equilibrar la desigual batalla, al chico se le ató una mano a la espalda, pues no parecía justo que peleasen en igualdad de condiciones. De esta forma, estando desnudos Álvaro y Ester, dio el amo la señal de comenzar y los dos luchadores se agarraron por los brazos, forcejeando una y otra vez, mientas el amo les animaba empleando el látigo con soltura sobre el cuerpo de quien, a su juicio, adolecía de una menor acometividad. Se había establecido que la pelea sería a doce asaltos de tres minutos y ganó Ester sin contemplaciones, pues aunque ambos a la par padecían de falta de técnica, el mayor peso y volumen de la esclava, además de la imposibilidad de Álvaro para utilizar una de sus manos resultaron decisivos a la hora de que Ester se alzase con el triunfo; pero todo aquello sirvió para que el amo incrementase la relación de actividades posibles y deseables a realizar.

También podemos mencionar a María, novia y compañera de Jesús. Conocidos ambos porque Ester respondió a un anuncio en el que ellos solicitaban una pareja o matrimonio de su edad para intercambios, sin mencionar otro tipo de juegos o actividades. Porque ya hacía tiempo que había considerado Marcos que debido al puritanismo de la antigua capital castellana, la escasez de candidatos dispuestos a admitir juegos de dominación y sumisión era tal, que bien se podría intentar algo con aquella pareja aunque fuera partiendo de una simple relación de intercambio. Máxime cuando en su anuncio especificaban que querían que la chica del posible contacto fuera bisexual. Marcos había advertido a Ester que resultaba más fácil introducir en estos juegos a alguien que ya hubiera roto determinados tabúes y esta pareja parecía haber roto dos, pues se decidían por el intercambio y por la bisexualidad. Se les explicó, primero por carta y después por teléfono, la situación en que los tres amigos vivían, haciendo hincapié en que formaban un trío estable, pero ocultando las especiales relaciones que los unían y las inusuales prácticas sexuales a las que se entregaban.

Así las cosas resultó ser la nueva parejita bastante singular, aunque agradable. Ella, María, de edad de más de treinta años por entonces, era una morena alta y bien lucida, de estado separada y con una hija. Jesús, bastante más joven, andaría en la mitad de la veintena, buen deportista y empleado en el banco Hipotecario de la calle de Gamazo. Vivían juntos en la Rondilla y ambos se reconocían bisexuales. Quedaron electrizados al saber que existían tríos conviviendo de forma estable. Salieron un par de noches a cenar los cinco, comprobando que congeniaban bien, lo cual decidió por fin a Marcos y un domingo les invitó a comer.

La introducción tuvo lugar de la forma que Rafa, Marcos y Ester habían planeado, A los postres, después de haber bebido vino suficiente Rafa tomó asiento en el sofá al lado de María y comenzó a acariciarla sensualmente. Pero ésta se revolvió echándose en los brazos de Ester con frenesí, comenzando ambas a besarse obscenamente y con pasión mientras se desnudaban la una a la otra con premura, investigando lugares ocultos, acariciándose y dejando pasmados a los tres hombres que observaban excitados la escena. Ester dirigió a su amo una silenciosa mirada, como pidiéndole permiso para continuar con lo que estaba haciendo, a lo cual el letrado respondió moviendo afirmativamente la cabeza. Poco a poco Marcos se acercó a ellas acariciando y besando a las dos mujeres que, a su vez se besaban y acariciaban entre sí mientras que Rafa se relamía mirando a Jesús provocativamente pero sin decidirse a intervenir porque él no se imaginaba besando a un hombre o acariciándole sino solo azotando sus nalgas. Pero al cabo se hizo notorio el poder y el control que Marcos ejercía sobre Ester, hasta tal punto que María le preguntó si ella no hacía nada por sí misma, limitándose exclusivamente a cumplir con lo que le mandaban. Pero esa era la pregunta que se esperaba que hicieran tarde o temprano y a ella contestó Ester diciendo:

_ Así es. Yo pertenezco a Marcos. Él es mi dueño, mi amo. Mi cuerpo le pertenece, como le pertenece su reloj. Solamente hago lo que él me manda y pongo todo de mi parte en hacerlo bien, para evitar que me castigue.
Aquello le sonó raro a Jesús:

_ ¿Cómo que te castigue? ¿Qué quieres decir? No entiendo eso.

Aquí intervino ya el amo para explicar pormenorizadamente los castigos en los que incurría Ester, a quien llamó ya Cosita, bien por merecerlos supuestamente, bien por el solo hecho de complacer a su dueño.

La nueva pareja no desconocía lo que era el sadomasoquismo de forma que inmediatamente cayeron en la cuenta del tipo de relación que mantenían realmente las personas con las que estaban tratando. Algo habían leído ambos al respecto, relatos en Clima o en Lib, anuncios y cosas similares, pero nunca habían presenciado nada parecido ni siquiera tenían noticia cierta, como en la mayoría de la gente es habitual, de que esas cosas verdaderamente existieran, de modo que el amo les invitó gustoso a presenciar luego una sesión, para satisfacer su curiosidad.

De esta suerte, Ester fue desnudada, atada y azotada. Se le administró un enema y se realizaron con ella los tratamientos habituales, en presencia de los invitados, que no perdían detalle del asunto. Descubrió entonces María el infinito y sublime placer que proporcionaba poder darle a una mujer por el culo, con el consolador doble que Marcos le proporcionó, de manera que la joven pareja pasó a formar parte de los contactos y relaciones de fin de semana y así continuó siendo durante mucho tiempo, hasta que Jesús, por razones aún desconocidas para nosotros, pidió el traslado a Orense y la relación entre ellos se rompió. Decidió María entonces aprovechar los requerimientos que un importante empresario de mediana edad dedicado a la confección de guías telefónicas publicitarias le llevaba haciendo cierto tiempo, de manera que se convirtió en su amante y puso fin a la relación que la unía con nuestros tres protagonistas, aunque todo esto ocurrió un par de años después de los hechos que sucintamente aquí hemos relatado.

Otro de los contactos que podemos recordar fue un extraordinario joven sumiso, de edad de hasta veinticuatro años, en la intimidad travestido, absolutamente femenino, domiciliado en Madrid y con muy buen nivel, capaz de aguantar buenas tandas de azotes, muchos más y más fuertes que Ester. Como es fácil comprender, en breve tiempo se convirtió en el ojito derecho de Rafa, pues nunca le decía que no, cuando el sargento empuñaba el látigo o la fusta y cruzaba reiterada e indelicadamente las nalgas de Alberto, que así se llamaba el muchacho aunque prefería que durante la sesión le llamasen Katia. A veces iban los tres amigos a Madrid a verle un fin de semana, pues vivía solo y en otras ocasiones era el chico quien se desplazaba a Valladolid. Perfectamente depilado, traía ropa suficiente como para cambiarse varias veces de hato en el transcurso del fin de semana; se colocaba una peluca larga de color castaño claro, se pintaba y maquillaba perfectamente y andaba con soltura sobre tacones.

También nos viene a la memoria Alicia López otra madrileña, cuarentona y casada con un conductor de camiones TIR el cual permanecía veinte días al mes fuera de casa. Suele decirse que si no siembras tu parcela alguien te la sembrará y como no tenían hijos y ella tampoco demasiadas ocupaciones, por no decir ninguna, dio en adquirir vicios, pues ya se sabe que la ociosidad es la madre de ellos y cuando nuestros amigos la conocieron ya los tenía todos: fumaba, bebía, jugaba al bingo y no despreciaba una raya de coca. En el sexo quería probar la sumisión, aunque lo que verdaderamente necesitaba era alguien que se ocupara de ella, y algo en lo que ocuparse ella misma. Pero no despreció el amo la ocasión de entrenarse con otra mujer, de forma que un sábado por la mañana se desplazaron a Madrid para conocerla, después de muchas y reiteradas conversaciones telefónicas. No le convenció mucho a Marcos el nivel, porque Alicia se parecía un poco a Luz, en el sentido de que entendía la cosa como un juego, hasta tal punto que el amo estaba tan condicionado que no le interesó repetir, máxime si consideramos que la nueva adquisición era más bien baja y un poco entrada en carnes, de manera que no poseía buenas partes suficientes como para lograr que nuestro letrado decidiera repetir la visita.
Con quienes sí estaban en contacto en Madrid, era con tres amas profesionales pues a Marcos le apetecía a veces prestar a su Cosita, aún pagando, para observar una sesión como espectador, de manera que así siempre aprendía algo, como él mismo decía. Aunque probaron varias o casi todas las amas que se anunciaban en las revistas o periódicos, verdaderamente se quedaron solo con tres, pues consideró Marcos que las demás disponían de menos práctica y menos material de los que ellos mismos tenían. Una de ellas, ama Virginia de nombre profesional, le propuso permitir sesiones en presencia y con la participación de amigos y amigas, a cambio de una cierta cantidad de dinero, algo parecido a lo que aquel día había ocurrido en el Sex Shop muchos meses atrás.

Aceptó el amo inmediatamente y en más de una ocasión fue Cosita exhibida en público, usada por los presentes, sodomizada, obligada a chupar toda suerte de sexos, tanto masculinos como femeninos, azotada, vejada y torturada de mil maneras. Fue en el gabinete de Virginia donde Marcos descubrió dos cosas: las jaulas y los azotes entre esclavas.

Solía esta ama, cuando a las sesiones acudía personal suficiente como para convertirlas en orgías, mantener a las esclavas esperando desnudas en una jaula, del tamaño apropiado para un perro, de forma que no podían permanecer más que a cuatro patas o sentadas, mientras ella se ocupaba de una de ellas en presencia de las demás y de los amos o simplemente descansaba fumando un cigarro e invitando a los presentes a vino y frutos secos, exquisitamente servidos por una ayudante que tenía. A Marcos lo de la jaula le gustó y convino con Ester y con Rafa que era necesario fabricar una para instalarla en el cuarto de juegos, a donde se retiraría Cosita cuando sus amos se lo ordenasen.

Otra nueva experiencia y conocimiento que adquirieron con Virginia, fue la competición entre esclavas, lo cual era realizado por aquella experta ama de varias maneras entre otras la lucha, ya conocida por Ester. Pero lo que resultó nuevo para ellos fue la competición a latigazos, la cual se realizaba atando a dos esclavas por sus muñecas izquierdas, de manera tal que no se pudiesen separar ni huir una de la otra. Aquí también conoció nuestro amo la utilidad y empleo de las esposas, que servían para lo mismo que una cuerda con un buen nudo o una cadena, pero su aplicación resultaba más rápida. Una vez bien sujetas muñeca con muñeca, generalmente esposadas, se les daba una fusta a cada una y se les obligaba a azotarse entre ellas a la vista de los participantes que solían animar a una o a otra e incluso a veces se cruzaron apuestas. Normalmente, al principio no se empleaban a fondo, pero siempre ocurría que una de ellas, a juicio de la otra, se extralimitaba con la intensidad del fustazo, de manera que quien lo había recibido, queriendo vengarse, descargaba uno igual de fuerte, lo cual degeneraba en una lluvia de azotes por ambas partes, sin más freno que cuando el ama decía basta o cuando una de las dos no podía soportarlo más. A la vencedora se le premiaba con un gratificante orgasmo, pero a la vencida se la solía castigar con una sesión de pinzas y se la enviaba a casa bien excitada y sin permitírsele ningún desahogo. Este era un juego que al ama Virginia le gustaba y que Marcos incorporó inmediatamente a sus preferidos, adquiriendo inmediatamente la categoría casi de habitual, cuando podía disfrutar de dos esclavas a la vez.

En esto no sucedía como en la lucha, que casi siempre ganaba Ester si la contrincante era mujer e incluso en ocasiones también aunque fuera hombre, siempre que se le diera a ella alguna mínima ventaja. Pero aquí no importaba quien fuera más fuerte, sino quien tuviera mayor aguante y desde luego que Ester nunca había brillado demasiado en eso, pues aunque se le aplicaron castigos muy duros, siempre fue estando atada e inmovilizada, de forma que privada de voluntad no le quedara más remedio que sufrirlos, pues el amo en estas ocasiones no solía hacer caso de las peticiones de clemencia. Pero si a Ester le daban la posibilidad, nunca admitía castigos excesivamente duros, por lo cual en este juego, al contrario que en la lucha, no gozaba de una ventaja excesiva, porque resulta increíble comprobar qué nivel de sufrimiento son capaces de soportar algunas buenas esclavas y esclavos.
Presenciaron un día como un hombre de casi cincuenta años era azotado de tal forma por la joven que tenía atada a su muñeca, que el ama Virginia tuvo que poner fin al juego, aunque el esclavo nunca se rindió. Se mantenía de rodillas en el suelo, mientras su pareja le sujetaba por los pelos y descargaba en sus nalgas y espalda una furiosa lluvia de fustazos que quizá llegaran en total a los cien, de suerte que se le abrió la piel con varios de ellos e incluso sangraba ligeramente, sin que por eso decidiera rendirse, aunque el dolor era obvio, a juzgar por los alaridos que emitía.

Había otra forma de hacer competir a las esclavas entre sí. Esto consistía en lo siguiente: se les obligaba a tumbarse en el suelo una sobre otra y se les colocaban unas esposas, muñeca izquierda de una de ellos con muñeca derecha de la otra y tobillo izquierdo con tobillo derecho. Una vez así sujetas, comenzaba el ama a azotar a la que tenía arriba, de manera que la castigada trataba de hacer pasar a la de abajo a la posición superior para librarse ella misma de los azotes, pues Virginia dejaba caer el látigo con cierta fuerza, al ritmo de una vez por segundo sin detenerse y sin parecer importarle en que nalgas, piernas o espalda lo descargaba, de manera que si una de las esclavas conseguía mantener a la otra durante todo el castigo en la posición superior, se libraba ella absolutamente de los golpes.

Una variante de esto consistía en atar a las sumisas en posición invertida, es decir, la muñeca derecha de una con el tobillo derecho de la otra y la muñeca izquierda con el tobillo izquierdo. De esta forma quedaban en una posición similar al sesenta y nueve y el castigo se desarrollaba de igual forma que el anterior.
En aquél gabinete, situado en un amplio y acondicionado piso de la calle Santa Engracia, presenciaron los tres amigos un espectáculo que muy pocas personas han visto. Nos estamos refiriendo al anillado de una sumisa, en vivo y ante un selecto grupo de invitados que habían pagado una sustanciosa cantidad por presenciarlo. Increíblemente para Marcos y para casi todos, la chica, que frisaba en los cuarenta años, soportó que le colocasen dos anillas de platino, una en cada uno de sus labios vaginales, sin ningún tipo de anestesia y sin mordaza o bozal, ya que aseguró que por amor a su amo no gritaría. Lo que sí pidió fue estar atada, pues no las tenía todas consigo de que en un momento de terror producido por el dolor intensísimo no tratara de salir huyendo. Se la ató, en efecto, de pie con los brazos en alto sujetos a una argolla del techo. Se le separaron las piernas lo suficiente como para que mostrase abiertamente su sexo y su amo, con la ayuda de Virginia, le aplicó una férrea atadura que le impedía juntarlas o moverlas. Sin más anestesia que la que puede producir unos cubitos de hielo aplicados a la zona, comenzó su amo esterilizando el material necesario hirviéndolo con una lámpara de alcohol y una vez preparado, procedió a perforar con una aguja uno de los labios vaginales en su parte media. Virginia le ayudaba limpiando la sangre y tratando de contener la pequeña hemorragia. El amo de la infortunada, con mano experta, retiró la aguja e insertó una de las anillas que cerró presionando un borde contra otro. Se le veía suelto en esos menesteres y él mismo tuvo el detalle de informar a los presentes que era cirujano.

Después realizó la misma operación con el otro labio, sin que en todo momento la mujer profiriese la menor queja, aunque era obvio que el dolor que estaba aguantando resultaba casi insoportable, porque las lágrimas corrían a raudales por su cara y sus ojos mostraban abiertamente una mirada en la que se mezclaban el terror y la desesperación con el orgullo. Tanto fue el dolor, que casi al final de la operación perdió el conocimiento y no se desplomó en el suelo porque las correas que la sujetaban la mantuvieron derecha, aunque fue necesario desatarla con celeridad y reavivarla. Con infinito cariño su amo la besó, la ayudo a vestirse, la acarició manifestó a los presentes que no había nadie como ella y le administró un calmante.
A continuación explicó el motivo por el que había decidido aplicar a su sumisa un tratamiento tan severo. El cual no era otro sino que la esclava, en momentos de debilidad y después de llevar varios días excitada sin permitírsele lograr el orgasmo, hacía uso reiteradamente de un consolador para aliviarse porque a pesar de las tajantes órdenes de su amo en contra de dichas prácticas, el espíritu de la sumisa sucumbía al deseo, pues debido a sus circunstancias familiares, que no creyó oportuno compartir con los allí presentes, el uso del cinturón de castidad era inviable.

Sabiendo esto su amo, decidieron, de común acuerdo, que era imprescindible encontrar un sistema que a ambos les garantizara que aquello nunca más volvería a ocurrir. El amo manifestó su deseo de anillarla, para después poder cerrar las anillas con un pequeño candado. La sumisa estuvo de acuerdo, siempre que se hiciera con anestesia. A lo cual el amo replicó, que sus delitos habían sido de tal magnitud y se habían producido con tanta reiteración, que el castigo debería ser proporcional y adecuado a las faltas, por lo cual había decidido ponerle las anillas sin anestesia alguna y además en público. Aterrorizada la valiente sumisa, suplicó clemencia, encontrándose con las más férrea decisión en contra por parte de él, hasta el extremo que le fue ofrecida la posibilidad de quedar libre, sin poder volver nunca más a servir a su amo o someterse al duro tratamiento que éste había decidido para ella.
Le aterraba más a la excepcional sumisa la posibilidad de no volver a ver a su dueño que el dolor y la humillación que pudiera producirle la colocación de las anillas de aquel modo tan cruel y por esa razón, nuestros amigos pudieron contemplar el antedicho espectáculo. Pero si el amo pretendía humillarla, no lo consiguió, pues todo el mundo la felicitó, dirigiéndole frases de cariño y admiración, de suerte que quedó más encumbrada a ojos de su amo y de los presentes de lo que ya estaba.
Aquello fue realmente impactante para los tres y en aquel momento Marcos pensó que debería incorporar a sus juegos las agujas, porque le fascinó ver brotar la sangre. Además, sintió sana envidia de aquel amo; a él también le gustaría poder hacer algo así con su Cosita y desde aquel momento concibió la idea de llegar a lograrlo, no sabía cómo ni cuándo, pero en aquel preciso instante decidió que de un modo u otro, un día u otro, marcaría de alguna manera a su esclava con una marca indeleble. Pero no debemos adelantar acontecimientos.

De manera que aprendieron muchas cosas en el gabinete del ama Virginia, porque además de lo dicho, Marcos, bajo la supervisión y el apoyo de la expertísima ama, conoció y practico diversas técnicas de ataduras, sujeción y servidumbre, de modo que la relación con ella resultó altamente provechosa para todos.
También conocieron en Valladolid a Antonia, por entonces joven profesora de la facultad de Ciencias, físicamente no muy agraciada pero buena sumisa si no fuera porque estaba recién casada y existían problemas con las marcas, el horario y cosas así. Aficionada al scat y a la coprofilia, no encontró en Marcos un amo interesado en explorar aquellos caminos, pues aunque le gustaba administrar supositorios o enemas y presenciar como su esclava se vaciaba o hacía de vientre, no era aficionado a jugar con el material excretado, porque era muy escrupuloso y nada partidario de soportar malos olores. Aun así, concedió a Antonia un privilegio, el cual fue que si algún día las obligaciones y compromisos de la sumisa se lo permitían y estaba en casa a la hora en la que Ester solía mover el vientre, le daría lo que andaba buscando y lo que tanto le gustaba. Y esto lo concedió Marcos por su patológico deseo de probarlo y conocerlo todo, experimentando en primera persona cualquier actividad, siempre que su existencia y su suerte le concediesen la oportunidad de hacerlo. Y este era el caso: la vida le ponía delante la posibilidad de ver a Ester hacer de vientre sobre una mujer y no podía desaprovechar esa ocasión.
Quiso la fortuna, que un sábado por la mañana, aprovechando que su marido había ido a atender a su madre enferma, se presentó Antonia a hora bien temprana, de manera que aun estaban los tres en la cama. Abrió Ester la puerta y la sumisa le pidió que informara al amo de su presencia y de que era su intención recibir lo que un día le prometió, porque el amo había tenido la bondad de explicarle que su sumisa solía mover el vientre por la mañana, después del desayuno.

Trasladó Ester el recado y Marcos, aun en la cama, respondió que estaba de acuerdo, pero que Antonia debería esperar, pues el otorgarle lo que pedía no era cosa que dependiera exclusivamente de su voluntad ni de la de su esclava, aunque sí estaba muy dispuesto a dárselo según lo había prometido. Ester tenía por costumbre aliviarse, como ya le habían dicho a Antonia, por la mañana después del desayuno y el cigarro y antes del baño o la ducha, así que de momento tendría que esperar.
De allí a poco se levantaron los amos a desayunar, pues Ester avisó que todo estaba listo. Mientras Antonia, por indicación del amo, esperaba en la terraza, porque era tiempo de canícula y se decidió llevar a cabo al aire libre toda la operación. Una vez desayunados y sintiendo Ester que le llegaba la necesidad de mover el vientre, por orden de su amo se fue para le terraza e indicó a Antonia que estaba lista y que ella se preparase, pues aquello no se podía demorar demasiado. La profesora se desnudó y se tumbó en el suelo a la vista de Rafa y Marcos, que no perdían detalle. Ester, subiéndose el camisón negro sobre los hombros y desnuda de cintura para abajo, se acuclilló sobre aquellas tetas blancas y ofrecidas, con la intención de hacer aquello que nadie podía hacer por ella mientras miraba a la esclava a los ojos.
Pero no eran esas las intenciones de Antonia que humildemente suplicó:

_ En la cara, por favor, en la cara.

Ester le dijo que quería mirarle a los ojos mientras lo hacía. También era ese el modo de actuar de su amo cuando le arrojaba a ella lluvia dorada la follaba el culo o presenciaba cómo se vaciaba después de un enema. A Marcos le gustaba mirarla directamente a los ojos, para que no sólo supiera que estaba siendo observada, sino que sintiera en lo más profundo de su entregado espíritu la prepotencia y el orgullo de su amo. Así pues, en esta ocasión, quiso Ester mirar a los ojos a Antonia durante el acto. Por eso no le gustó que ella le indicara que quería recibirlo en la cara. Sin embargo le dijo:

_ No te preocupes que aunque al principio quiera mirarte a la cara, espero tener material suficiente para darte gusto también en lo que me pides.

Y comenzó la operación, no sin antes exigir tanto a Rafa como a Marcos, que se marcharan, pues no estaba acostumbrada a hacer esas cosas en estas condiciones y sentía vergüenza. De lo cual deducimos que cuando era obligada a hacerlo después de un enema y en presencia de sus amos, demostraba un exquisito nivel de sumisión y entrega. Pero había una incongruencia:

_ ¿Cómo no sientes vergüenza con esa? -preguntó Rafa señalando despectivamente a Antonia, tumbada en el suelo.

_ Porque ésta no es nadie, no es nada y con vosotros vivo y os quiero.

Sabia respuesta, muy simple pero reveladora para quienes la puedan entender de la delicada y sutil tela de araña tejida en torno a los afectos que unían a los tres amigos. Antonia no era nada, no era nadie y así no sentía Ester apuro o vergüenza de realizar ante ella cualquier actividad por muy íntima que pudiera ser considerada, como igualmente la realizaba ante los muebles del cuarto de baño. Sin embargo Rafa y Marcos eran objeto de su afecto o de su amor. Al comienzo la relación estaba cimentada sobre el amor entre Ester y Marcos y sobre el interés de los tres. Ya se sabe que el interés es aquello que une a los distantes y separa a los distintos. Pero lo que empezó cimentado por la posibilidad de compartir ciertas aficiones comunes, había dado paso con el tiempo a una singular relación, entretejida de amistad, afecto y ¿por qué no decirlo? amor. Hasta tal punto que aquél día la esclava sintió vergüenza de mostrarse en tan delicada actividad ante Rafa y Marcos
La dejaron sola por lo tanto, atendiendo a sus deseos, aunque su amo se sintió un poco contrariado, pues le hubiera gustado presenciar la función; pero al cabo de cierto tiempo la sumisa entró en casa diciendo enfadada:

_ Cuando acabe de limpiarse la echáis por favor y os suplico que no venga más. Es una tía cerda y no quiero volver a verla nunca más. Me voy a meter en el baño dos horas, porque no sé si llegaré a quedar limpia de esta tía.

Lo que luego explicó fue que una vez comenzada la función, haciéndolo sobre las tetas de la esclava, ésta fue reptando poco a poco hasta que su cabeza quedó justo debajo de las nalgas de Ester, de modo que la última parte del material le cayó directamente sobre la nariz y la boca. Pero no contenta con eso, agarró a la chica por las caderas haciéndola sentarse sobre su cara, de forma que tuvo la osadía de tratar de limpiarle con la lengua toda aquella parte de su cuerpo que se había manchado con la operación, lamiendo y chupando con fruición toda la zona del ano y sus alrededores, desprendiendo con la lengua y la boca las manchas de suciedad, mientras, ella misma se extendía con la mano por la tripa, las tetas y el coño, el material que Ester había depositado en su cara y en su pecho. Apenas pudo la Chiquita librarse del abrazo, se puso en pie y entró corriendo y escandalizada en la casa. De Antonia no quisieron saber nada más, pues Ester dijo que le daría asco verla solamente imaginando en qué había empleado su boca y su lengua.

Pero aquello dejó también su huella porque el amo imaginó entonces que debería tener la posibilidad de llevar a cabo con Cosita aquellas actividades y que, independientemente de que a la hora de la verdad las llegara a realizar o no, necesitaba tener la seguridad de que Cosita admitía aquél tipo de juegos.

Conocieron también a Bonifacio, llamado Boni familiarmente que era amo y residía en Valladolid. Más inclinado a las pollas que a los coños disfrutó lo que pudo de Cosita que no fue mucho, pues su tendencia natural era más hacia Rafa que hacia Ester, con el consiguiente escándalo e indignación del catalán que vetó cualquier posibilidad de que Boni volviera.

También Fermín, fue un amo de Valladolid con el cual tuvieron alguna relación. Pero este tunante, lo que de verdad quería era lo que ya hemos comentado de muchos que se creen amos sin serlo: follarse a Ester sin ofrecer nada a cambio. Así que después de un par de intentos desistió Fermín y también nuestros protagonistas desistieron de llamarle de nuevo.

Pero sí hubo un amo de Valladolid con bastante morbo y suficiente imaginación como para conseguir que Marcos quisiera llamarle más de cuatro veces. El cual amo tenía y tiene el nombre de Francisco Javier y es profesor del conservatorio, furibundo melómano y expertísimo crítico musical, habitualmente autor de las reseñas de los conciertos que el periódico local suele publicar al día siguiente de celebrarse. Hombre que aun hoy permanece soltero, enamorado solamente de la música y que entonces vivía con su madre ya anciana. Contrahecho, cargado de espaldas, necesitado de dos muletas para caminar, absolutamente pletórico de profundo rencor hacia cualquier miembro de la humanidad de físico más favorecido, le gustaba escenificar una condena a azotes supuestamente dictada por un tribunal de la Inquisición. En aquella tétrica época, según él propio Francisco tuvo a bien explicarles, se imponían condenas a cien azotes, en lugar público si el condenado era pechero o en privado si era noble o hidalgo. En una docta charla, les informó que el vulgo cree que la Inquisición se dedicaba a enviar herejes y judíos a la hoguera, pero nada más lejos de la realidad. De los miles y miles de condenados por el Santo Oficio, muy pocos lo fueron a la hoguera, sino que la mayoría eran condenas menores, como garrote, galeras, azotes, prisión e incluso, increíblemente, hubo también absoluciones.

Pero no era la intención de Francisco Javier absolver a Ester, sino condenarla. Y el amo, lo que pretendía era obligar a su esclava a sufrir tamaña vejación de manos de un hombre con el físico tan desagradable como por su desgracia lo tenía el eminente musicólogo, que ya hemos dicho que era hombre frisando por entonces los cincuenta y si lo describimos como más cargado de espaldas de lo que a él le hubiera gustado, estamos utilizando un eufemismo para decir que era y es absolutamente jorobado. Bastante corto de vista, necesitado de gruesas lentes, bajito y realmente desagradable en el físico, aunque hemos de hacer constar en su descargo que ostentaba, con algo de pedantería, una vastísima cultura, abarcando casi todos los campos del conocimiento y sobresaliendo notoriamente en la música.

De modo que, para realizar su fantasía, se había provisto el propio y contrahecho sujeto del tipo de instrumento con el cual los verdugos del Santo Oficio señalaban las espaldas de sus víctimas, el cual era llamado vergajo, especie de látigo grueso que antiguamente se hacía con la verga de un toro, cortada, seca y retorcida. La dificultad para conseguir en estos modernos tiempos semejante órgano del tal animal, unida a la ignorancia en cuanto al método que debería usarse para transformarla en instrumento de castigo, impulsó a Francisco a fabricarse algo del mismo tamaño y se suponía que parecida consistencia de lo que debió ser un vergajo, utilizando materiales más asequibles, como lo fueron unas tiras de goma trenzadas y entrelazadas hasta alcanzar el grosor de una muñeca, todas ellas forradas con fino cuero negro. Y lo construyó tan bien y con tal industria que mostraba a todos orgullosamente su obra, como Velázquez debió de mostrar en su día Las Meninas.
Pues aquí le tenemos una mañana de sábado escenificando el cumplimiento de una condena inquisitorial sin faltar detalle, porque primero leyó la sentencia con mucha prosopopeya e imponente acento, que la tenía perfectamente redactada con ininteligibles términos legales y utilizando el castellano del siglo XVII. Según la cual, se daba por hecho probado, que Ester era sodomita y rea, por tanto, de pecado nefando. Pero como la condenada se había arrepentido voluntariamente en la tortura, el benévolo tribunal le imponía únicamente una pena de cien azotes que serían dados en lugar público ya que no le constaba al tribunal la limpieza de sangre de la condenada.

A toda esta liturgia asistían Rafa y Marcos boquiabiertos, entretanto Ester, desnuda de cintura para arriba y con las manos atadas, permanecía de pie con la cabeza baja y la mirada fija en el suelo, pues aunque sabía lo que le esperaba, ignoraba su intensidad y sentía un poco de miedo, porque sin temor a equivocarse se aseguraba a sí misma que el tal Francisco Javier, además de otros notorios defectos físicos, se le debía haber vuelto el juicio, o al menos en lo que tocaba al asunto de la Inquisición, que en él era recurrente y obsesivo.

Terminada que fue la lectura de la sentencia, el propio verdugo condujo, con sus andares renqueantes a la condenada al cuarto de juegos, donde de forma experta le lazó con un ballestrinque las manos al poste, quedando, por tanto, Ester preparada y dispuesta para recibir su condena por sodomía.

Tomó el verdugo en su mano el vergajo y lo restalló violentamente contra el suelo, para, supuestamente, probar su resistencia. Aquél sonido hizo que Ester, en lo más profundo de su ser se estremeciera. Se acercó a ella el verdugo, y soltándole el broche que llevaba le bajo hasta los tobillos la falda y la tanga. Le pidió perdón, como solían hacer los de su oficio cuando lo ejercían, incluso antes de dar garrote a un infeliz. A continuación se retiró unos pasos y el primer vergajazo impactó contra la espalda de Ester.

En verdad resultó el jorobado experto azotador, pues no dejó en las espaldas, nalgas y piernas de la supuesta rea ni una sola marca peligrosa después de tocada la sinfonía de cien notas que interpretó con su vergajo, contando él mismo los azotes uno a uno hasta llegar al centenar, en lo cual invirtió casi un cuarto de hora. Claro está que dolió, pero no fue el descontrol que Ester se temía. Si ese castigo se lo hubiera aplicado Rafa, probablemente hubiera sido necesaria una ambulancia. Pero Francisco sabía exactamente dónde y con qué intensidad debía dar, de modo que, aunque dolorida, aguantó Ester perfectamente los azotes. Terminado el castigo, el verdugo, bajándose los pantalones, se aproximó a ella, aun atada. Y mientras le rozaba con la polla las doloridas nalgas la reconvenía diciendo que nunca más fuese rea del pecado nefando, que se apartase de los sodomitas y que si así no lo hiciere, a más de verse de nuevo en este trance o alguno peor, vendría a perder su alma irremisiblemente.

Pero mientras esto decía se masturbaba violentamente, rozando con el glande las desnudas y ofrecidas nalgas de Ester, enrojecidas por los azotes. La situación era tan morbosa que la propia esclava se hubiera excitado si no fuera porque el desagradable aspecto de su torturador se lo impedía. Francisco eyaculó al fin entre las ardientes nalgas y Ester sintió como el semen del verdugo de la Inquisición le escurría por las piernas abajo.

Más de una docena de veces se repitió esto y aún hubo algo más. Porque Marcos le invitó un día a Francisco a probar las delicias de la boca de Cosita, pues de ese modo, pensaba con razón el amo, resultaría la sumisa aun más humillada, teniendo en cuenta sobre todo el desagradable aspecto físico del melómano. Y vino el verdugo a cogerle el gusto a eso de la boca, de modo tal, que desde que la probó no quería eyacular en otro sitio. Porque el amo, los fines de semana en los cuales por obligaciones laborales de cualquiera de ellos no se podían desplazar, aprovechaba para llamar a los amigos o conocidos de Valladolid, los suplentes, como él decía y entre ellos, uno de los más asiduos era Francisco. Así, poco a poco habían entrado a formar parte del cerrado, oculto y exclusivo círculo de los pocos aficionados vallisoletanos al sadomasoquismo, acabando en algún tiempo por conocerse todos.
Aun después de media docena de años, cuando Marcos y el verdugo coinciden en un concierto, se miran brevemente a los ojos y ambos bajan la cabeza. Porque aunque Francisco intentó mantener la amistad, Marcos no quiso hacerlo, pues explicó que cuando era amo y tenía a Cosita podía hacer casi cualquier cosa por mantener la entrega y sumisión de su esclava, pero que siendo simplemente Marcos, como ahora lo era, además de servirle Francisco de doloroso recuerdo de tiempos mejores, no entraba dentro de sus preferencias el tipo de actividades que gustaba realizar el sin igual verdugo de la Inquisición, trasunto de Cuasimodo con batuta.

En Madrid conocieron también a Diana, que era y continúa siendo, médica. Pero ella realmente se sentía paciente, de modo que pretendía que Marcos la examinase y le recetase unas inyecciones, como así se hacía, colocando el amo en las nalgas de la doctora hasta dos docenas de agujas de las que se utilizan en sanidad para las jeringas. Pero no solía mejorar con eso la pobre Diana, de manera que era necesario administrarle uno o dos enemas. Incluso hubo días en los que su enfermedad era tan grave, que Marcos, bajo las indicaciones de Ester se vio obligado a sondarla metiéndole un catéter hasta la vejiga. La médica estaba de suerte pues había dado con un amo asistido por una profesional de la sanidad que sabía llevar a cabo con habilidad aquellas tareas. Sin embargo al letrado no le entusiasmaban demasiado esos juegos. Queremos decir que, como siempre, aprovechó la oportunidad de probar cosas nuevas, pero al cabo de tres o cuatro visitas, como la enfermedad de Diana estaba estancada y ni mejoraba ni ella quería cambiar de tratamiento o abrirse un poco a otras posibilidades, decidió Marcos darle el alta y suspendió sus consultas no volviendo jamás a reanudarlas.

También nos gustaría constatar aquí, que muchos años después encontró Marcos en un canal de IRC alguien identificado con el apodo “enferma” y acordándose de Diana, pensó que quizá fuera ella y aunque realmente las posibilidades eran pocas, le picó para enviarle un privado en el que simplemente le decía “¿Diana?”. Inmediatamente la interpelada respondió, preguntando a su vez “¿Me conoces?” Y resultó que, increíblemente era la sumisa a la que Ester y su amo trataron durante no más de media docena de visitas. Supo entonces Marcos que la doctora se había casado y ya tenía algún hijo. Continuaba buscando desesperadamente a un amo que pudiera administrarle el tratamiento necesario para su total restablecimiento y mantenía a su marido en la más absoluta ignorancia acerca de sus andanzas y necesidades. “Otra pareja condenada al fracaso porque uno de sus miembros es incapaz de asumir algo indisolublemente unido a su propia personalidad” pensó Marcos.

Y ¿qué decir de Julio Vera? Este era un chico que contaba entonces menos de treinta años, aunque más de veinticinco. Vivía, compartiendo piso con otros dos compañeros de trabajo, en la calle Puente Colgante y respondió a uno de los anuncios de Ester. Buscaba amo o ama y no encajaba por lo tanto dentro del perfil que podía resultar aceptable para nuestro trío, a pesar de eso se decidió Marcos a entrar en contacto con él, pues en sus cartas describió sus preferencias y por parecerle al letrado singulares y pocas veces vistas quiso, como no, experimentarlas.

Este Julio no es que fuera muy agraciado realmente ni sobresaliese en nada por su físico. Creemos recordar que trabajaba en una empresa dedicada a las instalaciones eléctricas, Regino Franco quizá. Tampoco era un sumiso de extraordinario nivel pero le traemos aquí a colación, porque con él descubrieron los tres amigos otra de las casi infinitas posibilidades de este tipo de juegos, a la cual Julio era aficionado casi con exclusividad y despreciando cualquier otra posibilidad. Nos estamos refiriendo al castigo con corriente eléctrica o picana como suele ser llamado el aparato que se empleó para estos menesteres, sobre todo en las dictaduras del cono sur americano.

Pues bien: Julio era electricista, como ya hemos dicho y se había construido una picana para su uso particular. Este aparato, fundamentalmente compuesto por un transformador y un rectificador, se conectaba a cualquier enchufe de la red normal de 220 corriente alterna y tenía hasta seis salidas en forma de diminutas pinzas en corriente continua. Mediante un potenciómetro se podía regular la tensión de salida a voluntad, desde cero hasta 48 voltios.

Un programador añadido conseguía que la electricidad pasase alternativamente por cada una de las salidas, de manera esporádica en el tiempo y aleatoria en la secuencia con lo cual, el pobre torturado nunca sabía cuando ni a través de que pinza iba a recibir la siguiente descarga. El bueno de Julio, se conectaba a este infernal aparato en la soledad de su cuarto cuando quería hacerse una paja con un poco más de morbo y excitación.

Pero aunque dicen que masturbarse es practicar sexo con la persona que uno más quiere, nuestro electricista sumiso e inventor, buscaba fervientemente un ama o amo que quisiera jugar con él a eso, pues aunque conocía a una aficionada a este tipo de prácticas, creemos recordar que en Santander, la distancia y el trabajo le impedían visitarla con la asiduidad y frecuencia que él necesitaba.

De este modo propuso a Marcos y a Ester jugar a estos juegos y el amo, como no, aceptó inmediatamente, pues ya sabemos que su deseo de practicar, ver y conocer todo era casi compulsivo. Sin embargo, le hicieron notar a Julio que ellos no sabrían manejar tan sofisticado aparato, a lo cual repuso el sumiso que eso era fácil, pues la primera vez él se conectaría delante de ambos, como así se hizo efectivamente una tarde de sábado.

Se presentó Julio con su picana, que además de las muchas prestaciones que incorporaba, era también portátil, es decir, que se podía transportar en una pequeña bolsa o maletín. Se desnudó el sumiso y se arrodilló sobre el brazo de un sillón. Delante de nuestros tres protagonistas se colocó las pinzas, conectadas por finos cables al rectificador. Una en cada pezón y las otras cuatro, dos en el pene y otras dos en los testículos. Totalmente desnudo, conectó su diabólico aparato y los observadores pudieron comprobar como a veces la corriente pasaba de un pezón a otro, otras veces a través de su polla y otras por sus testículos, de forma efectivamente aleatoria sin que se pudiera establecer un ritmo ni una secuencia.

Cada vez que recibía una descarga, la zona afectada se contraía ligeramente pero de modo visible y el pene del muchacho comenzaba a entrar en erección. Ester, Marcos y Rafael estaban fascinados, sin quitar ojo ni un momento a todo cuanto sucedía frente a ellos. Explicó Julio que dependiendo de la tensión a la cual se regulase, podía el aparato proporcionar un casi agradable cosquilleo o realmente una descarga capaz de producir bastante daño, eliminando de golpe cualquier posibilidad de erección por algún tiempo. Poco a poco Marcos, pero sobre todo Ester se fue familiarizando con el artilugio y en un par de sesiones había realizado casi una formación profesional como electricista. El juego terminaba con Julio masturbándose, e incluso, si la excitación y el deseo contenido eran suficientes, podía llegar a eyacular sin tocarse, solamente con el paso de la corriente a través de su miembro.

Intentó Marcos por todos los medios probar con Cosita semejante invento, pero su sumisa no accedió en absoluto a ello, de forma reiterada e inapelable. Por otra parte, a Julio le ocurría un poco como a Diana, la doctora enferma, es decir, solamente admitía lo que a él le gustaba, sin abrirse a otras posibilidades. De esa forma, el amo dio por terminada la relación con él. Pero le reconvino a Cosita durante mucho tiempo su lamentable falta de nivel.

Si tuviéramos memoria suficiente, además de espacio, tiempo y ganas, podríamos prolongar la lista de contactos, conocidos, amigos y relaciones que los tres mantuvieron durante los años que vivieron juntos. Seríamos capaces de hacer una pormenorizada, explícita y casi inacabable relación si en ella incluyéramos todas y cada una de las personas con las que mantuvieron trato en uno u otro momento.
Pero he aquí que la memoria nos falla, además de no tener demasiadas ganas de prolongar esta tediosa lista más allá de lo estrictamente necesario, limitándonos un poco voluntariamente a los contactos más impactantes. Pero no podemos cerrar este inventario sin hablar de Eva.

Una espléndida mujer que contaba entonces 28 años, ojos azules que se descubrían hundidos por la miopía cuando se quitaba las gruesas gafas, maravilloso cabello rubio desparramado sobre los hombros, nariz grande, buen tipo y piernas largas. Exudaba sexualidad.

Era odontóloga de profesión y tenía y creemos que tiene todavía una consulta en Parquesol, que entonces aun no era el populoso barrio de cincuenta mil habitantes que es hoy, ya que prácticamente solo estaba construido la mitad y en una de las llamadas torres San Cristóbal, era donde la muchacha había establecido su vivienda y su consulta. Por entonces compartía domicilio con su novio o compañero, médico también, aunque no dentista. Había puesto en práctica con él diversos juegos en los cuales ella adoptaba un papel dominante, pero las limitaciones que su novio le imponía habían impedido que su fuerte carácter se desarrollara por completo. La cosa no iba más allá de unos azotitos en las nalgas, vendado de ojos, alguna sujeción a la cama y de vez en cuando, un dedito en el culo. Pero verdaderamente, en el fondo, quien decidía era él porque Eva se limitaba a jugar al juego que su novio deseaba, con las cartas que él quería y con las reglas que él establecía. De este modo, poco a poco a la chica se le fue quedando pequeña la relación en lo que a actividades sexuales se refiere y fue así como llegó a conocer a Ester, Marcos y Rafa.

Debemos constatar antes de continuar, un hecho que, no por obvio, deja de ser interesante. Al principio de cualquier relación hay un tiempo, más o menos largo, durante el cual la pareja trata de acoplarse cada uno a los gustos del otro, tanto en el sexo como en las demás actividades de la vida. Solamente la convivencia proporciona de verdad el conocimiento mutuo, por muchos años de relaciones que se lleven. Durante este proceso de conjunción, conocimiento y acoplamiento, el secreto está, como Marcos decía, en potenciar lo que une y respetar lo que separa, porque amor, entre otras muchas definiciones, consiste en ayudar a que la persona amada se desarrolle tal cual es, sin limitaciones ni cortapisas, siendo así que si existen pocas actividades voluntariamente compartidas y muchas practicadas individualmente por cada miembro de la pareja, la relación fracasará indudablemente, aunque por razones familiares, sociales o económicas pueda mantenerse en el tiempo indefinidamente.

Esto suele funcionar de esta manera en cualquier convivencia. Menos en una, que es precisamente la que nos ocupa. Cuando existe una relación de dominación-sumisión, la persona que desempeña el rol dominante trata de que la otra parte se acople a sus gustos, pero no viceversa, de suerte que para un amo, los límites que en su día le puso la esclava no deben representar una frontera infranqueable si interfieren con sus propios deseos. Antes al contrario, debe constituir para cualquier dominante un objetivo prioritario derribar y traspasar las limitaciones impuestas en su día por la sumisa, siempre con respeto, cariño y buen hacer, premiando y castigando, motivando y aplaudiendo, amando y deseando y haciéndose amor y desear.

Y todo este largo preámbulo, aunque parezca mentira viene muy al pelo, porque uno de los límites que impuso Ester cuando comenzó la convivencia de los tres fue, como recordaremos, la discreción. Y así se cumplió en efecto al principio escrupulosamente. Pero cuando llegó la etapa en la que el amo sintió la apremiante necesidad de que su poder fuera observado y reconocido, comenzó una sorda lucha para derribar esa intangible frontera. Marcos quería invitar a cualquier persona a presenciar una sesión, incluso de forma inopinada, delante de amigos o amigas de confianza aunque ignorantes de la especial relación que unía a nuestro trío. A esto Ester se negó rotundamente, como se había negado siempre. Más aun cuando la idea de su amo era dar una exhibición, en su propia casa y, además, para que la humillación y el reconocimiento de su poder fueran aun mayores, pretendía cobrar por ello a los asistentes, como el ama Virginia hacía en Madrid. Durante largos meses Ester desoyó las demandas de Marcos en este sentido, alegando, con mucha razón, que eso suponía traspasar claramente los límites que se habían establecido para organizar la convivencia y con los cuales todos habían estado en principio de acuerdo.

Pero el amo, que nunca supo de la existencia de la palabra fracaso, propuso entonces que esas exhibiciones que ella tanto deseaba, se hicieran con personas de fuera de Valladolid, conocidas a través de anuncios en las tantas veces nombradas y nunca bien ponderadas revistas SadoMaso, Lib y Clima. A esto continuó Ester poniendo objeciones, aunque ninguna de ellas era ya eximente pues pensaba que si eran personas forasteras, difícilmente podría encontrarlas después por la calle o que llegaran a reconocerla. Además, sabía que así complacería a su amo en una de sus fantasías.

Durante algún tiempo Marcos se conformó con eso, de manera que por espacio de varios meses insertaron anuncios en este sentido y gentes de ciudades cercanas y otras no tanto como Madrid, Santander o Bilbao, generalmente hombres aunque también alguna pareja, venían a presenciar una sesión, previo pago de una módica cantidad, más simbólica que verdaderamente efectiva que aunque en este momento no recordamos a cuánto ascendía nos parece que estaba en torno a las cinco mil pesetas.
En estas sesiones, de un par de horas de duración, Cosita era sometida a los castigos y vejaciones que el o los asistentes querían presenciar, de modo que unas veces era azotada y otras atada o sodomizada aunque en la mayoría de las ocasiones sufría un poco de todo.

Logrado esto, la lucha del amo continuó, porque nunca fue Marcos persona que se rindiese ante nada. Decía que necesitaba hacerlo ante personas de Valladolid, discretas desde luego, pero gente a la que uno se pudiera encontrar por la calle y que le pudieran reconocer, a él y a su esclava y así envidiarle, sabiendo de lo que disponía y de lo que era capaz. Muy reticente se mostró Ester en este sentido y muchas objeciones puso, pero al cabo, perdidamente enamorada de su amo, accedió al fin para darle gusto a él y en el fondo dárselo también a ella misma y fue de esa forma como entraron en contacto con gente de Valladolid y en concreto con Eva. La chica quería presenciar una sesión, pues era consciente de que existían muchos más esparcimientos de los que a ella se le permitían realizar con su novio y compañero y necesitaba conocer, ver, practicar esos excitantes juegos.

Y podemos dar fe de que los conoció y practico todos, al menos todos aquellos que entraban habitualmente dentro de lo cotidiano para Marcos y su esclava. La chica disfrutaba con cualquier cosa como una niña ilusionada y a decir verdad, nunca se ha conocido a nadie con tal capacidad para conseguir reiterados orgasmos, pues Eva era mujer capaz de lograrlos simplemente apretando sus muslos uno contra otro, de forma que cuando Cosita la lamía y chupaba sabiamente el sexo, la chica literalmente se deshacía.

Como suele ser habitual por lo que sabemos entre los amos, nuestra dentista tenía una verdadera obsesión por el culo, tanto propio como ajeno. Las nalgas y el ano eran siempre objeto de su más detallada atención y disfrutaba metiéndole a la esclava uno o dos dedos, aunque tampoco le hacía ascos al consolador doble, pero decía que con él no podía sentir el calor del cuerpo de la sumisa, como sí podía sentirlo con sus dedos. Esta obsesión y monomanía se extendía también a su propio culo, de forma que en alguna ocasión se dejó sodomizar por Rafa y el consolador doble lo empleó Ester con ella y ambas mutuamente con reiterada profusión. Verdaderamente, como ya hemos dicho, la chica exudaba sexo por todos sus poros, era capaz de masturbarse, según propia confesión hasta catorce veces diarias y no tenía reparos en contar, que entre paciente y paciente, en la consulta, mientras supuestamente se lavaba las manos en el servicio se tocaba frenéticamente, frotándose el clítoris y el sexo con una mano, mientras con la otra se metía un dedo o un par de ellos en el culo. Le gustaba atender a los pacientes semidesnuda, vestida únicamente con la bata y en todo lo que hacía, decía o pensaba, existía siempre sexo hasta tal punto que fue incluida por Marcos en la categoría de mujeres que tienen el clítoris en la mente, categoría esta que lejos de ser peyorativa, resultaba extremadamente plausible para el amo, pues él pertenecía sin duda también a la supuesta categoría de hombres que tienen el pene en la mente, relación esta mucho más larga que la anterior, si hubiera que ponerla por escrito, pero no menos plausible y también altamente recomendable según los criterios de Marcos, compartidos por los otros dos miembros del trío; porque era habitual que se diera el caso de que los tres pensaran o percibieran a una persona o unos hechos de forma similar, pero solamente el amo era capaz de sistematizar esos pensamientos, sintetizándolos en una o dos razonadas frases.

A todas estas, resultó que a su compañero sentimental lo conocía Ester, ya que ambos trabajaban en el mismo hospital. En principio la idea era que terminara incorporándose voluntariamente a los juegos, al menos para presenciarlos, a ver si de esa forma poco a poco se animaba a concederle más cosas a Eva. Pero Marcos logró que la chica cambiase de opinión, proponiéndole algo mucho más morboso, lo cual era que la propia Ester se le insinuase en el trabajo, para conseguir concertar con él una cita y tratar, poco a poco, de establecer una relación sexual, supuestamente secreta. El objetivo de todo esto era, como fácilmente se puede colegir, que Eva debería un día “sorprenderles” lo cual a la chica le daba un morbo enorme y como solía decir cuando una cosa le la parecía excepcionalmente agradable “me corro solo de pensarlo” pues hasta tal punto resultaba el sexo determinante en su vida que lo empleaba incluso para hacer comparativos, para delimitar extensiones o para describir sensaciones o sentimientos.

Pero las cosas no salieron como estaba planeado. Ester, que tenía una inteligencia reconocida ya por Dña. Margarita su maestra, llevaba tiempo observando con algo de alarma y no poco incomodo, que Marcos estaba excesivamente pendiente de Eva, preguntaba si iba o no a venir y se mostraba un tanto demasiado contento, a juicio de su esclava, cuando la chica aparecía. Esto nunca había ocurrido con ninguna otra persona de las muchas que les visitaban y la presunción de alguna conducta desleal inquietaba a Ester. Cada vez que interrogaba a Marcos al respecto siempre recibía la misma contestación:

_ La chica me gusta mucho, muchísimo. Pero no hay nada entre ella y yo salvo lo que tú sabes y lo que tú ves.

_ Pero ¿te gustaría que lo hubiera?

_ Yo sería capaz de llegar a cualquier cosa con Eva, pero jamás a tus espaldas.

Y aunque el interrogatorio cambiase de forma o de fondo, las conclusiones eran siempre, aparentemente las mismas. Pero Ester observaba la especial delectación con la que la lengua de su amo trabajaba el coño de Eva. Y un día en que la nueva amiga estaba a punto de sodomizar a Cosita con el consolador doble, teniendo Ester ya las nalgas separadas por sus manos y esperando la penetración, Eva se volvió hacia el amo y le dijo “tómame, tómame tu a mí por favor”. La sumisa sintió que los celos comenzaban a nacer en su corazón, porque esas palabras, esas frases dirigidas a su amo, habían estado, hasta el momento reservadas exclusivamente para ella.

Cuando los celos se despiertan es ya difícil conseguir que duerman de nuevo, pues cada detalle, cada palabra y cada mirada logran en la mente de la persona celosa, incrementar la inquietante sensación de que ha sido preterida o está siendo engañada. De este modo comenzaba Ester a mostrar malestar cuando su amo prestaba atenciones al cuerpo de Eva, con gran disgusto de esta. También ponía trabas a su propia sodomización y otro día en que la chica estaba a punto de arrojar su lluvia dorada sobre la boca abierta de Ester escuchó a su amo decir dirigiéndose a la odontóloga: “dáselo, dáselo todo preciosa”. Ester entonces decidió también poner mala cara a esta práctica.

Podemos asegurar sin ninguna vacilación que Eva hubiera sido capaz de volver loco a cualquier hombre y a Marcos sin duda le atraía mucho, como así se lo hacía saber, con total sinceridad a su sumisa. Pero en ningún momento la engañó ni la mintió, limitándose a responder con la verdad a todo lo que su adorada Ester le preguntaba. El problema era precisamente ese, que Marcos respondía con la verdad y no dejaba de decir que la chica le gustaba mucho y que le encantaba que viniera. Estas respuestas, lejos de tranquilizarla, incrementaban en la sumisa la sensación de que estaba empezando a ocupar un segundo lugar y eso, ni por su carácter ni por el tipo de relación que mantenía con Marcos, estaba dispuesta a consentirlo.

Y se hubiera negado inmediatamente a cualquier nueva visita de Eva, sino fuera por dos razones. Una, que estaba a punto de conseguir una cita con el compañero de la dentista y otra que también Rafa le pedía que permitiese a la muchacha continuar viniendo. Pero Ester, tomando precauciones, iba mostrando a Eva cada vez más incomodo cuando quería acceder a su cuerpo de forma que la chica empezaba ya a protestar llegando un día a preguntar abiertamente a Marcos a qué se debía ese drástico cambio de actitud, pues al principio siempre la animaba diciéndole “haz con ella lo que quieras” o “dile que te chupe bien” “fóllatela” “¿por qué no la azotas?” y cosas parecidas, sin embargo, ahora apenas podía tan siquiera mirarla.

Aquí la sumisa cometió un error, que contribuyó a alentar la vanidad de la chica y a precipitar los acontecimientos que tuvieron lugar más tarde. Y el error fue decirle la verdad, al menos su verdad. Porque en toda relación humana no es la verdad estricta lo que importa sino aquello que se toma por cierto, dado que las personas actuarán en consecuencia supeditadas a aquello que creen que es la verdad, independientemente de que realmente lo sea o no. Y Ester tenía por cierto que Marcos estaba poco menos que enamorado de Eva, lo cual era radicalmente falso, aunque como ya hemos dicho, nunca ocultó que la chica le gustaba extraordinariamente. De modo que cuando la dentista preguntó, imprudentemente recibió esta respuesta:

_ Pues ¿Sabes lo que ocurre? Que aquí mi amo, que es MI amo, pues se ha enamorado de ti, le tienes loco, me lo ha confesado.

_ ¿Es eso cierto Marcos? –preguntó Eva entre sorprendida y gloriosamente ufana. Pero antes de que el aludido tratara de responder que no, Ester increíblemente y por primera vez le gritó:

_ ¡No mientas! ¡No me mientas, desagradecido!

De modo que, sin ninguna responsabilidad por su parte, se acabó encontrando Marcos acusado y condenado por su esclava de una especie de delito de traición. Y no sirvieron por entonces alegatos ni componendas. Porque el pensamiento de Ester, como el de muchas otras personas no era capaz en ciertas ocasiones de construir un razonamiento lógico, sino que funcionaba en plan femenino estableciendo las premisas antes de analizar las demostraciones o las pruebas y tratando después de encajar la realidad, más o menos forzadamente en aquellas premisas inamovibles que había establecido a priori. Así, ella tenía por cierto que Marcos se había enamorado de Eva y que en su interior prefería a la joven dentista antes que a ella misma. Presupuesto esto, si Marcos negaba, su esclava pensaba que mentía, si miraba a Eva, era prueba fehaciente de que se había enamorado de ella; si no la miraba, estaba disimulando y cualquier cosa que pudiera decir o callar, hacer u omitir, su sumisa la adaptaba y la encajaba como supuesta demostración de lo que ella ya había establecido de antemano. Hemos conocido a demasiadas personas capaces de razonar de esta manera tan deleznable, emitiendo primero una sentencia y tratando después de encajar, aun con calzador, las pruebas en la sentencia previamente emitida. Menos mal que Ester no era así habitualmente porque sólo en esta ocasión mostró su capacidad para razonar totalmente obnubilada, porque la convivencia con personas proclives a este tipo de actuación resulta sencillamente, insoportable. Lo único que podemos suplicar al respecto es que un golpe de mala suerte no coloque a una de ellas al frente de un juzgado.

Pero lo que desencadenó la definitiva ruptura con Eva fue lo siguiente: la muchacha, sumamente halagada de saber o creer que Marcos se había enamorado de ella, comenzó a flirtear descaradamente con él, delante de su esclava, para desesperación y mal humor de Ester, que en privado se dirigía a ella como “esa zorra” o “esa puta salida”. Aun hoy no sabemos cómo se contuvo para no prohibir drásticamente cualquier relación con la dentista, sublata causa tolitur efectum, pero personalmente creemos que de manera voluntaria se puso a sí misma en la tesitura de comprobar si era capaz de retener a su amo por sus propios méritos, o por el contrario debía acabar prohibiendo las visitas de Eva y a Eva, pues en alguna ocasión, cuando su compañero estaba de guardia, habían ido todos a la consulta de Parquesol, e incluso habían puesto en práctica una modificación, sexual evidentemente, de la relación que una odontóloga tiene con un paciente.
Y las cosas, por fin, explotaron un día. La presunción, es madre de muchos otros vicios y generadora de errores en la percepción de la realidad. Y Eva, desde que se enteró de los supuestos sentimientos de Marcos hacia ella, sufría un grave ataque de vanidad, que la impulsó a llamar privadamente al letrado a su despacho, para tratar de tener con él una cita a espaldas de Ester y de Rafa.

Lo primero que se le ocurrió al amo durante la conversación telefónica, fue decirle taxativa y enfáticamente que no, pero su cerebro procesó más posibilidades, de forma que le respondió que estaría encantado y que había que buscar día y hora, pues era necesario conjugar muchos imponderables: el trabajo de ambos, que su compañero estuviera en el hospital y que tanto Rafa como Ester estuvieran también trabajando. A esto repuso Eva que fácilmente podían alquilar una habitación en un hotel, con lo cual estuvo Marcos supuestamente de acuerdo, quedando en que estudiaría su agenda y la llamaría al día siguiente.

Pero lo que hizo aquella misma noche fue poner en conocimiento de su esclava las maquiavélicas intenciones de la dentista. Parece que en aquél momento cayó Ester en la cuenta de que sus celos eran infundados y después de mucho maldecir y despotricar contra Eva y parte de sus ascendientes se le ocurrió un plan que quizá le permitiera vengarse de tamaña deslealtad. Marcos debería invitar a casa a la chica, y cuando Ester y Rafa juzgaran que había pasado el tiempo necesario como para que la sesión estuviera ya en un punto álgido aparecerían descubriendo el pastel.

Y tal como lo planearon, lo llevaron a cabo de allí a algunos días. Porque Marcos quedó citado con la muchacha en su propia casa alegando que estaría solo y que de esa forma no sería menester ir a ningún hotel, habida cuenta de que en cualquier caso estarían mucho más cómodos en casa.

Para mayor confirmación y que la chica no tuviese ninguna duda, la llamó Ester y como al descuido, puso en su conocimiento que el día aquél en concreto, ella estaría en Madrid, por razón de un curso de reciclaje, mientras que Rafa tendría guardia, por lo cual Marcos quedaría solo. Con esto, se despejaron completamente las dudas de Eva, que al principio se mostraba un poco reticente a, digamos, meterse en la boca del lobo.

Y así fue como la curiosidad mató al gato. Pues el día fijado a la hora convenida llegó Eva a casa de Marcos y, para empezar se desnudaron y ella se sentó sobre la encimera de la cocina, en una posición que con frecuencia había adoptado cuando ordenaba a Ester que le lamiera perfectamente el sexo y el culo por encima de la braga, pues la chica tenía muchas veces por costumbre empezar los juegos así. Marcos comenzó a acariciarla y a besarla pero cuando los suspiros de deseo empezaban a escapar de los labios de la chica, la puerta se abrió repentinamente y entraron Ester y Rafa, sorprendiendo a la muchacha todavía sentada y espatarrada sobre la encimera.

La primera y espontánea reacción de la brava Ester fue descargar un contundente y sonoro bofetón sobre la mejilla de la rubia que la hizo tambalear y perder el equilibrio de modo que a punto estuvo de dar con toda su belleza en el suelo, si no fuera porque Marcos la sujetó. Pero Rafa ya estaba aleccionado acerca de lo que debía hacer llegados a este punto y con diligencia y sin reparos lo llevo a cabo. Lo cual fue abalanzarse sobre Eva y sujetarla, con los brazos a la espalda de tal modo que no se pudiera mover. Hecho esto, entre las desoídas protestas de la chica, el amo fue presuroso a buscar una cuerda, con la cual le ató los brazos entre sí y estos al cuello, de tal forma que la rubia quedó completamente imposibilitada para utilizar sus extremidades superiores. De esta forma, le bajaron las bragas, le subieron la falda y la tumbaron sobre las rodillas del amo, que se había sentado en el sofá del salón.

A todas estas, ni Rafa, ni Marcos, ni Ester, habían pronunciado palabra. Solamente Eva protestaba y juraba, echándole la culpa al letrado que la había provocado y diciendo que lo sentía mucho, que jamás volvería a pasar y que la dejaran ir sin más daño que el que ya se había producido en su dignidad. Pero los tres estaban de acuerdo en que llegado el momento nadie pronunciaría una palabra, como así fue en efecto.

Una vez colocada la joven dentista en la posición que hemos dicho, es decir, tumbada boca abajo sobre las rodillas de Marcos, con las nalgas al aire y mientras Rafa le sujetaba las piernas para que no las pudiera mover, procedió Ester, lenta y meticulosamente a descargar azotes, propinados con una paleta, sobre aquellas dulces nalgas, que poco a poco iban adquiriendo un tono primero rosado, después rojizo y por último completamente rojo, casi sangrante, pues Ester no se contuvo hasta que llegó a contar el azote número cien. Todo ello sin pronunciar palabra de modo que no se escuchaba nada más que el golpe de la paleta sobre la carne y los gritos y aullidos de dolor de la muchacha.

Terminado el castigo el amo se puso de pie, arrojando el excitante cuerpo de Eva al suelo con cierta violencia. Los tres amigos eran precavidos y como por entonces aun no existían las cámaras de video ni mucho menos las cámaras Web, solían registrar conversaciones comprometedoras con una grabadora oculta que habían comprado, para curarse en salud en caso de problemas con alguno de los visitantes. Y aquello se hacía habitualmente desde el primer asunto con Cristóbal y Luz, pues pensaron que si la chica les hubiera denunciado, podrían haberse visto metidos en problemas, de modo que desde entonces adoptaron algunas precauciones, como eran, además de la susodicha grabación de conversaciones en las que quedase constancia del tipo de relación que voluntaria y libremente se establecía entre todos, también hacían lo posible porque las pruebas fueran por escrito, tratando de que en alguna carta, los futuros amigos o visitantes dejaran constancia de la aceptación libre del trato al que serían sometidos.

Esto último, en el caso de personas de Valladolid, era difícil, pues no existían motivos lógicos para justificar que alguien que vive en la misma ciudad, escriba acerca de sus disponibilidades o deseos, cuando eso se puede hacer más fácilmente de viva voz. Y en el caso concreto de Eva, así había sido, pero la conversación fue previsoramente grabada y en aquel triste día, mientras la chica permanecía atada, tirada en el suelo, con el culo como un tomate y llorando, Rafa fue a por el casete y le puso la cinta para que la oyera.

Entre gimoteos y suspiros, Eva musitaba “Cerdos hijos de puta” de vez en cuando, pero sin dejar de llorar ruidosa y copiosamente. Tanto fue así que la visión de las rojas nalgas y el llanto de la muchacha llegaron a excitar a Rafa de tal modo, que si no fuera porque el amo se lo prohibió, la hubiera violado allí mismo. Reconducida la situación procedieron con el plan que tenían según estaba previsto, lo cual consistía en administrar a la chica una lavativa de medio litro, como así se hizo, llevarla hasta la puerta, soltarle los brazos y arrojarla al pasillo junto con su ropa, con la recomendación de que corriera a buscar un servicio, si no quería hacérselo en plena calle.

Supimos después que Eva tuvo suerte y pudo entrar en un bar, aunque ya muy apurada y aunque Marcos ha vuelto a encontrarse con ella varias veces, tomando el aperitivo en la bolera de Paco Suárez, nunca jamás se dirigieron la palabra porque desde luego los contactos entre los tres se dieron por finalizados aquél día drásticamente.
Sería prolijo y casi interminable seguir aquí enumerando todas y cada una de las personas que podemos recordar. Pero resulta imposible terminar este capítulo sin mencionar a Eva y Nicolás, de Benavente en la provincia de Zamora, matrimonio, ambos zamoranos, pero que habían residido muchos años en el País Vasco, llegando a establecer allí varios prósperos negocios acumulando subsiguientemente un regular patrimonio. Pero llegados los malos tiempos y haciéndoseles insufrible pagar ciertos chantajes, vendieron todo lo que allí tenían y compraron inmuebles en Zamora y labrantíos en Benavente, construyéndose en ese pueblo, apartado de todos los caminos, una magnífica vivienda.

Aunque tenían un hijo, este todavía no contaba con edad suficiente como para resultar un problema insalvable y ellos habían dispuesto en su casa una habitación reservada para sus actividades secretas a la cual el chico no tenía acceso, aunque los dos eran conscientes de que, andando el tiempo llegaría el día en que aquello no se pudiera mantener. Sin embargo, ya tenían prevista la solución: cuando su hijo llegara a cierta edad, comprarían un apartamento en Zamora habilitado exclusivamente para sus juegos preferidos.

Ambos eran amos, lo cual significaba un problema para ellos, pues buscaban personas sumisas y a ser posible bisexuales. Nicolás, era extrañamente pelirrojo, aunque su mujer era morena. Nuestro trío protagonista visitó y fue visitado con cierta frecuencia por el matrimonio zamorano e incluso después de varios años de finalizada esta historia, coincidió Marcos con ellos en Valladolid y en el intercambio de información y noticias subsiguiente, pudo enterarse de que el apartamento de Zamora ya estaba disponible.

Jorge, también a él lo recordamos, era de Palencia y trabajaba en Telefónica. Gordo, fofo y feo, gustaba de ser azotado para que después se le permitiera masturbarse delante de la sumisa.

Un recuerdo para Antonio de la Cruz, singular voyeur aficionado a la fotografía, residente en Valladolid, que no participaba de otra forma que no fuera observando, pero que en su laboratorio reveló muchos escabrosos y secretos carretes, con cientos de fotografías que cuando las observamos ahora nos certifican que aquella maravillosa historia de amor fue cierta.

Y ya, indefectiblemente damos por terminado aquí este capítulo, pues de no ser así quizá no sepamos nunca como darle fin.

jueves, 17 de diciembre de 2009

XVIII LOS INVITADOS




Durante días y días aquella pérdida afligió notablemente a la muchacha y como consecuencia también se vieron afectadas las relaciones entre los tres, porque Ester parecía cómodamente alojada en un estado depresivo y al parecer no encontraba motivación, para salir de él. Como casi todos los hijos en parecidas circunstancias, comenzó a hacerse infinitos reproches y reconvenciones, algunas, indiscutiblemente, con fundamento, otras, sin embargo, completamente injustificadas.

Se recreaba pensando en cada uno de los minutos que podía haber aprovechado para estar con su padre, para acompañarle, disfrutando a su vez ella misma de su compañía. ¡Cuántas veces pudo decirle que le quería y permaneció en silencio! Ocasiones irremisiblemente desperdiciadas. Tiempo ya perdido sin paliativos, pues cómo Marcos solía decir, lo único absolutamente irrecuperable es el tiempo, y lo único indefectiblemente cierto es la muerte. “Efectivamente” explicaba ampliando su tesis “el dinero gastado o perdido se puede volver a ganar, el amor puede surgir de nuevo, incluso la salud puede recuperarse. Pero el tiempo perdido se ha perdido para siempre. Podemos vivir otros instantes, otros minutos, otros días. Pero los que hemos desperdiciado jamás volverán.” Tesis que entendemos absolutamente incuestionable, de la misma forma que la certeza e indefectibilidad de la propia muerte alcanza categoría de dogma, sin que nos tengamos que ver abocados a construir ningún silogismo para demostrar tal verdad irrefutable.

De modo que la chica le daba vueltas a todo esto y lamentaba el tiempo perdido o, según su nuevo criterio, malgastado. Se dolía de no haber sido lo suficientemente consciente de la extrema precariedad de la salud de su padre y de no haber aprovechado para permanecer más tiempo con él. Tiempo ahora irrecuperable efectivamente. Incuestionable certeza de la muerte.

Estas consideraciones, como casi todo en la vida, no eran ni absolutamente ciertas ni definitivamente falsas. Verdad es que la chica solamente se ocupaba de sus padres cuando necesitaban algo tocante a su salud o bienestar, pero no es menos cierto que tanto el difunto Cayito como la Vivi, eran castellanos viejos, recios, escuetos en palabras, propincuos al silencio y a la resignación, poco comunicativos y nada dados a la demostración de afecto y por ninguna cosa en este mundo querrían molestar a sus hijas. Más acostumbrados a hacer reproches que a recibir consejos, no resultaban, en verdad, una grata compañía, al menos para que su hija estuviera lo suficientemente motivada como para desperdiciar un fin de semana con ellos.

Pero ahora la perspectiva y las prioridades de Ester parecían haber cambiado. Antes, pensar en pasar un día en el pueblo con sus padres era “perder un día de descanso” o “desaprovechar un día, con la cantidad de cosas que se pueden hacer”. Ahora, sin embargo, imaginaba lo feliz que podía haber estado acurrucada al lado de su padre, obviando la verdad incuestionable de que su padre jamás hubiera permitido que nadie se acurrucara a su lado.

Marcos, procuraba ayudarla, con amor infinito, tratando de hacer que sus pensamientos fueran más lógicos y más ajustados a la verdad y a la razón. Insistía diciendo que ella se había portado bien con Cayo, que no tenía nada que reprocharse y que había cosas inmutables, como el carácter o la muerte. Para demostrárselo de manera palpable la invitaba a que ahora con su madre, tratara de actuar según esos criterios, de esta forma podría comprobar que era absolutamente imposible y que las cosas no habían cambiado.

Así fue en efecto que un viernes, haciendo Ester un sacrificio para procurar de alguna forma compensar en su madre las supuestas carencias que con su padre había tenido, llamó por teléfono con la intención de comunicarle a la Vivi su deseo de pasar el fin de semana en el pueblo con ella. La mujer, casi un mes después de la muerte de Cayo, vivía sola y ni todos los ruegos, peticiones, amenazas, presiones y lamentos de sus hijas, le habían hecho mudar un ápice su intención de continuar viviendo en su casa, hasta que la muerte quisiera llevarla un día, o hasta que la falta de salud o la imposibilidad física manifiesta la obligasen a permitir que su hijas hicieran con ella lo que más en su provecho fuere.

Y esta fue la conversación:

_ ¡Eh! ¡A ver! –estos saludos telefónicos a Marcos siempre le impactaban.

_ Madre, que soy yo –dijo Ester sujetando el teléfono con el hombro mientras encendía un cigarrillo- Que digo que me voy mañana al pueblo.

_ Y ¿a qué vas a venir?- preguntó la Vivi extrañada.

_ ¡Anda! Pues a estar ahí, contigo.

_ ¿Para qué? ¿No tienes qué hacer?

_ Es fin de semana, madre, sábado y domingo y me toca librar –la expresión de Ester comenzaba a cambiar ostensiblemente.

_ Pues ni tu padre que en gloria esté ni yo hemos librado ningún día en sesenta años.

La chica, revistiéndose de paciencia arguyó:

_ Ya lo sé madre, pero bueno. Yo lo que quiero es pasar ahí dos días contigo.

_ Y ¿qué vas a hacer aquí? Ya sabes que luego te aburres.

En ese punto, Ester perdió ya la paciencia:

_ Bueno, si me aburro cuenta mía. ¿Quieres que vaya o no?

_ Anda, anda, no andes gastando dinero… Mira que venir para tener que volver sin ton ni son… ¿No tienes conocimiento?... ¿Por qué no te buscas algún qué hacer para tantos días que no trabajas? Mira Chiquita, que el dinero siempre vale y ahorra, que tengo para mí que eres muy manirrota porque muchos cuartos veo que llevas metidos en hatos, que te he visto una docena diferentes todos. Y lo que tienes que hacer es buscarte un hombre y casarte en lugar de vivir como vives que andas dando que decir a todo el pueblo, hija, a todo el pueblo. Que a veces hasta me da vergüenza cuando me preguntan por ti. Porque ¿Qué les digo? ¿Eh? Que cría buena fama y échate a dormir. Pero tu no. Hasta con los dos viniste al entierro de tu padre, que tú no te das cuenta pero a mí me han dicho que hubo habladurías y las habrá. En fin... que en vez de callarlo le das tres cuartos al pregonero. Con que... A ver si sientas la cabeza y me haces caso. Venir, venir. ¿A qué vas a venir?

Apresuradamente, Ester se despidió de su madre, colgó el teléfono y se echó a llorar arropada por su amo.

De manera que, en vista del éxito obtenido y de lo poco proclive que la Vivi se mostraba a recibir visitas, decidió Ester suspender la intención, porque si ya antes de llegar recibía reproches y pautas, al parecer inmutables, de comportamiento ¿Qué sería estando allí dos días? Tenía por cierto que le resultaría imposible de sufrir, así que empezaba a darle la razón a Marcos. Que cada uno es como es, sus padres eran excelentes personas, de buen corazón, trabajadores ambos, desvividos por sus hijas, pero incapaces de comprender que los años cuarenta habían pasado. Tenían una idea patriarcal de la estructura familiar, vivían sometidos a una economía casi de racionamiento y se sujetaban a las normas de conducta de una sociedad tradicional, rural y agraria, casi extinta y en la cual no encajaba ya una mujer de la edad y el nivel cultural, de Ester, que había experimentado tal transmutación en compañía de Rafa y Marcos, que las últimas telarañas del tradicionalismo, de la sociedad tal como la concebían sus padres, se habían borrado en ella para siempre.

Pero lo que verdaderamente le ayudó a superar el conato de depresión que le produjo el fallecimiento de tío Cayo fue que ya desde hacía algún tiempo estaba dedicada a responder a ciertos anuncios en determinadas revistas de contactos, insertando ella misma otros. Porque Marcos estaba alcanzando la etapa, que todo buen amo alcanza, en la que necesita mostrar a otras personas que es amo, necesita exhibir su poder sobre la sumisa, para sentirse más valorado aún, más dueño de la situación, mas AMO, en toda la extensión de la palabra.

Ya sabemos que las prácticas en este tipo de relación no tienen más límite que el que les pueda imponer la falta de imaginación de los participantes. Pero podemos establecer como lugar común, la necesidad que tarde o temprano experimentan los dominantes de exhibir a sus sumisas ante terceras personas, mostrando así orgullosamente su poder. En esto, como en todo, la esclava es complementaria del amo y así mismo la sumisa llega a experimentar la necesidad de que su amo la exhiba, para lograr que ella se sienta más orgullosa, consiguiendo él como contrapartida, una mayor humillación.

De todos modos había quedado meridianamente claro que Ester no admitía la exhibición más que ante personas previamente seleccionadas, que conocieran mínimamente el asunto o al menos que mostraran un interés por conocerlo, porque la experiencia de aquél viaje a Madrid no había resultado satisfactoria para ella, aunque sí y mucho para su amo. Pero desde luego que era necesario respetar los límites de cada uno y seleccionar previamente a la gente para realizar la exhibición en un lugar cerrado, porque lo del Sex Shop se admitía, aunque no lo del restaurante ni tampoco lo de la lencería.

Y en esos trabajos se encontraba Ester por orden de Marcos, quien alegaba como así era en efecto, que él no disponía del tiempo necesario para dedicarse a esas cosas. Contestando anuncios y respondiendo a quienes habían escrito a los que ella misma había insertado. Básicamente se buscaban personas aficionadas a estas prácticas o que quisieran iniciarse en ellas, cualquiera que fuese su sexo o su rol, siempre que pudieran desplazarse a Valladolid, al menos todo un día y mejor aún un fin de semana, aunque también se admitía, como no, a quienes tuvieran en su localidad de residencia, un sitio adecuado.

Por sitio adecuado entendía el amo exclusivamente una vivienda, piso, apartamento o chalet, con lo cual quedaban excluidas todas aquellas personas que, aunque aficionadas a estos juegos, no los compartían con sus cónyuges o parejas. Evidentemente, el motivo de la exclusión no era, desde luego, su estado civil, ni mucho menos; sino la imposibilidad por parte de estas personas para encontrar un lugar adecuado en su ciudad de residencia, ya que las habitaciones de hotel quedaban descartadas y también por los problemas que esas personas tenían para viajar a Valladolid, por razones de la conveniencia de continuar ocultándole al cónyuge sus aficiones y la extrema dificultad para encontrar una excusa adecuada que pudiera justificar un viaje sin la compañía de la pareja y en fin de semana, ya que habían descartado también los encuentros en días laborables que algunos pretendían, esos de “un par de horas por la tarde”.

La única condición que Marcos había impuesto era que la selección se hiciera atendiendo al nivel cultural y a la educación y saber estar de las personas. Lo demás no le importaba, ni el físico, ni la edad, ni el rol en los juegos, ni si eran una o varias las personas, ni el estado civil. La pregunta que a Ester le surgió a renglón seguido fue cómo se hace para seleccionar por nivel cultural a una persona que simplemente te escribe una carta. Existía una pauta y Marcos se la dijo:

_ Un profesor mío decía que la Ortografía es algo muy importante, porque abre, para el que lee nuestro escritos, una ventana a través de la cual puede ver nuestro nivel cultural. De manera que te rogaría que aquella carta con una sola falta de Ortografía, fuese a la papelera.

Sabio proverbio, el del profesor de Marcos, que hizo que Ester arrojara a la papelera varias docenas de cartas. Pero después y ya de su propia cosecha, estableció la chica otro filtro, que fue preguntar a la persona candidata al contacto a qué se dedicaba, de manera que por su ocupación y cargo podía perfectamente deducir si era o no universitario. Ni el paso por la Universidad garantiza la cultura, ni tampoco la ausencia de estudios universitarios es sinónimo de tosquedad intelectual, le hizo notar Marcos. Pero la chica entendió que era un buen punto de referencia. En cualquier caso, todo se podía probar y después decidir la posibilidad de repetir o no.

Claro es que en estos menesteres se invertía mucho tiempo, pues no estábamos aun en la era de la popularización de Internet, aunque ya existía, sino que se utilizaba el correo tradicional, vulgar y corriente. Marcos tenía, hacía ya años, un apartado postal en la oficina de correos que estaba situada en Paseo Zorrilla, casi esquina con Puente Colgante y que en la actualidad está en la calle Ultramar. Esa era la dirección a través de la cual se comunicaba Ester con las personas interesadas o interesantes, de manera que al volver del hospital, cuando estaba de mañana, recogía la correspondencia, pues el asunto de los contactos lo gestionaba ella casi con exclusividad, atendiendo a los límites y preferencias que tanto su amo como Rafa habían puesto; Marcos no admitiría gente grosera, inculta o soez. Rafa no tenía ningún límite. “Un buen culo para azotar” solía decir “siempre es un buen culo. La cara ni la veo y no me interesa que hable. No quiero charlar, quiero azotar” De modo que cada uno tenía una forma propia de verlo.

En cuanto a Ester, sabía perfectamente lo que buscaba y ello era ni más ni menos que complacer a su amo. Pero en el fondo de su corazón nosotros sabemos que también necesitaba y pretendía hacer ostentación de su condición de esclava, aunque no desdeñaba por supuesto que alguna otra persona sumisa participara, pero básicamente quería exhibir la entrega de su cuerpo delante de otros. A partir de ahí, su amo podría prestarla o compartirla con otro amo o ama o con otra sumisa o sumiso.
Ya iba para dos años la relación de los tres y en este tiempo, Marcos había evolucionado hasta convertirse en el amo casi perfecto. Sabía que su autocontrol era básico para dominar a su sumisa. Como amo, era firme hasta el punto de hacer que las lágrimas fluyeran y como amante, no dudaba en lamerlas del rostro de Ester. Aceptaba la veneración de su sumisa y correspondía con ternura porque sabía que su posición no se resentía por expresar sus sentimientos hacia ella. Era consciente de la diferencia entre realidad y fantasía, y no dudaba en olvidarse de los roles para ser un amigo cuando su sumisa lo necesitaba.

Marcos entendía que para poseer a una mujer, se debe cortejar su mente con inteligencia y humor; ganar su alma con pasión y calidez, y su cuerpo con firmeza y determinación. Actuaba como un galante caballero movido por un antiguo código de honor que, los que no conocen critican o en el mejor de los casos, aceptan sin comprender. De naturaleza protectora, defendía el honor de su sumisa que por extensión sentía como suyo. Y era consciente de que la diferencia de los papeles no implica inferioridad.

Era un sutil sádico que utilizaba el dolor para extender las fronteras del placer pero procurando que ese dolor no produjera realmente daño; era el tutor y el guía que hacía volar a su sumisa proporcionándole la motivación para dar el salto inicial, el coraje para arrojarse al vacío, la determinación para mantenerse en vuelo y la osadía para tratar de alcanzar cimas más altas. Pero no era un mago, sino simplemente un egocéntrico que perseguía entrar en lo más íntimo y afianzarse en ese lugar. Pretendía adentrarse en ese espacio recóndito donde nadie ha estado antes, ese rincón celosamente guardado fuera del alcance de los demás. Llegar a la caja de Pandora y que ella, voluntariamente, le entregase la llave para abrirla. Porque ese es el verdadero desnudo, la verdadera entrega, la real rendición, el codiciado trofeo que espanta a muchos pero que Marcos perseguía. Y la responsabilidad que acarreaba haber sido investido con ese honor no le hacía dudar sino perseverar en su objetivo.

Como amo no era vago, ni mental ni físicamente. Consciente del respeto y de la dedicación que debía a quien había decidido entregarse a él, era lo suficientemente paciente como para estudiar y comprender bien a su sumisa. Conocedor de la frágil naturaleza del espíritu y de la mente humanas, nunca violaba la lealtad de quien le había entregado su voluntad puesto que sabía que la entrega hacia él se reforzaba a medida que la confianza se iba incrementando.

Seguro de su autoridad, no solía recurrir a posturas o a frases absurdas para demostrarla. Entendía los títulos como muestras de respeto y arrodillarse como una muestra espontánea de genuina sumisión. No era partidario de rituales que a su juicio, desdibujaban y mecanizaban actos cargados de significado y sentimiento. Su seguridad le permitía reírse de sí mismo pero no le impedía tener la humildad para aceptar ayuda y aprender de su sumisa y para crecer con ella. Sus herramientas eran la mente, el cuerpo y el alma y se apoyaba en el látigo, las cadenas, las mordazas y los antifaces. Era consciente de que la obediencia que nace del miedo al castigo suele ser, en el mejor de los casos, débil y fugaz. Pero aquella engendrada a partir de sentimientos reales de sumisión y de deseos de complacer a un amo, es en cambio inequívoca y duradera. Por encima de todo, sabía que el amor es la única cadena que realmente ata. Y ese era verdaderamente su objetivo: lograr que Ester se enamorase de él, más allá de cualquier límite o medida y más allá de toda ponderación.
Marcos sabía también perfectamente que sin ella, sin su sumisa, no solo no podía alcanzar su objetivo sino que no era más que otro hombre vulgar. Que cualquier poder que tuviera le venía dado por ella y que su función sólo se entendía en virtud de la existencia de alguien que, libremente, había decidido por razones, que normalmente son de difícil comprensión, otorgarle la oportunidad de realizar un apasionante viaje.

Porque realmente, son las sumisas quienes guardan las llaves de los oscuros y húmedos sótanos donde las fantasías secretas de sus amos las elevan al rango de objetos de culto.

Retornemos ahora, después de esta larga y metafísica digresión, tediosa quizá, pero importante para comprender quien había llegado a ser Marcos, tornemos digo, de nuevo a nuestro relato.

Decíamos que era necesario invertir mucho tiempo para realizar las gestiones oportunas que les permitieran entrar en contacto con gente a través de los anuncios; sin embargo, Ester siempre se había dedicado a ello con ilusión, de modo que todo ese proceso de selección casi estaba casi finalizado, poco después de la muerte de Cayo, resultando ya necesario decidirse entre varias personas, que en un primer momento habían superado los filtros y cumplido las expectativas. No decidirse por una en detrimento de otra, porque la idea de su amo era terminar conociendo a todas. Lo que había que decidir era el orden cronológico de los encuentros.
Y así resultó agraciada en primer lugar una joven pareja de Soria, ciudad en la que parece imposible que exista algo más que conventos, mantequilla y maravillosas fachadas románicas; paseo de San Polo a San Saturio, recuerdos de Machado (Al olmo viejo, herido...), antiguas casonas blasonadas y viejas personas paseando.
Pero allí vivían Luz y Cristóbal, dedicados ambos a la docencia. Él, profesor de educación física y ella de inglés. Para ellos era su segundo año de trabajo, de modo que nos encontrábamos con una parejita rondando los veinticinco, que se habían conocido en el instituto en el cual impartían clase, congeniaron, se enamoraron y el curso siguiente, en un alarde de valentía, habida cuenta de la ciudad donde vivían, decidieron alquilar un piso juntos, con lo cual fueron la comidilla de todo el claustro; pero su nivel de intimidad aumentó con la convivencia hasta tal punto de llegar al extremo de compartir sus mas inconfesables secretos, terminando por adoptar durante sus juegos Cristóbal un rol dominante y Luz uno sumiso.
Carecían desde luego del nivel del cual Marcos y Ester hacían gala, pero llegados a un punto, decidieron ampliar sus experiencias entrando en contacto con parejas o personas aficionadas a esta singular forma de entender el sexo e incluso la convivencia. Por ello contestaron a un sugestivo anuncio que Ester había insertado en Clima. Bastante decididos y poco cautos, con su respuesta enviaban un pormenorizado relato de sus actividades, tan bien redactado y traído, que tanto Rafa como Marcos y Ester, se excitaron al leerlo. Además, adjuntaban fotos de ambos, lo cual jugó una importante baza a su favor a la hora de que la sumisa se los presentase a su amo como primeros candidatos en la lista.
Aunque hubo más de media docena de posibles aspirantes para un primer contacto, la sinceridad y falta total de precaución de Luz y Cristóbal, hizo que la balanza de Ester y subsiguientemente la de Marcos se inclinara en su favor. Después del consabido intercambio de cartas y fotos, vinieron las llamadas telefónicas y al final se decidieron a verse cara a cara, un viernes por la tarde. Resultó, que la parejita aunque se habían conocido y residían en Soria, eran ambos de Salamanca, por lo cual siempre que podían disfrutar de un puente, pasaban por Valladolid en dirección a su ciudad natal, porque procuraban visitar a la familia cada vez que sus obligaciones docentes se lo permitían, aunque a decir verdad, últimamente las visitas escaseaban, pues ellos dos solos se lo pasaban muy bien en su piso, de manera que llegaban a pensar, como le ocurría a Ester y en general a todos los jóvenes, que pasar el tiempo con sus padres era dilapidarlo.

El caso es que un viernes, a las siete de la tarde, quedaron citados en la cafetería del hotel Feria, en la Feria de Muestras, pues de común acuerdo eligieron entre todos un lugar conocido por los nuevos amigos y de cómodo acceso para ellos.
Sentados en los taburetes de la barra y tomando un vaso de vino, esperaban Ester, Marcos y Rafa. No fue difícil en verdad reconocerlos, porque ya se habían visto los cinco en las fotografías que habían intercambiado profusamente, de modo que cuando la joven pareja soriana entró, Ester murmuró “Son ellos” y Marcos se adelantó a saludarles.

Resultaban ambos del tipo de personas que a primera vista pasan inadvertidas. Ninguno de los dos era demasiado alto, ni demasiado gordo ni demasiado delgado, ni vestían de forma llamativa, de manera que no resaltaban en una primera inspección, ni resultaban conspicuos por ningún detalle. “No es como Marcos, ni mucho menos” pensó Ester mirando detenidamente a Cristóbal.

Efectivamente no resultaba fácil ser como Marcos, pues es infrecuente medir más de 1’90 desde luego. Pero realizando un segundo examen a la pareja, con mayor detenimiento y algo de buena voluntad, podíamos descubrir que Luz era una chica bien formada, de edad de hasta 24 años, no demasiado alta, con nariz chata y ojos verdosos, cara alargada y media melena de color canela. Pechos pequeños y firmes (“No lleva sujetador, pensó Rafa”) y nalgas aparentemente duras y respingonas. Era cierto que no destacaba mucho, pero no por ello debemos dejar de admitir que parecía una muchacha con atractivos físicos. En cualquier caso era una mujer interesante, que es el eufemismo que se emplea para adjetivar a las mujeres cuando no resaltan por su belleza.

Más destacaba sin duda Cristóbal, con su ensortijado cabello pelirrojo y su cara poblada de pecas sobre una piel exageradamente blanca. Muy bien formado y proporcionado, lucía amplio tórax y actitud apuesta, como quien había practicado mucho deporte siempre. Sus ojos, profundamente verdes y su aspecto en general, no parecían propios de alguien de Salamanca, sino más bien de una persona escandinava o cuando menos del norte de Europa. Efectivamente, cuando la conversación llegó a ese punto, los tres amigos descubrieron que la madre de Cristóbal era escocesa, que se había trasladado en su día a Salamanca provista para hacer un lectorado y el amor la había retenido en la capital del Tormes para siempre.

De momento, los ojos verdes del muchacho dejaban traslucir un cierto nerviosismo, que se manifestaba en un continuo frotarse las manos, una contra otra, cruzando con frecuencia los brazos sobre el pecho, en una actitud que como saben todos los que estudian el lenguaje corporal, significa protección.

Pero un par de vinos de la Ribera hacen grandes milagros, de suerte que al poco, la conversación discurría fluida y distendida entre los cinco, aunque como era habitual en estos casos Marcos llevaba la voz cantante, Rafa callaba y Ester intervenía esporádicamente. Sin embargo, era Luz la más dicharachera, resultando ser la muchacha, a juicio de Marcos, persona culta y de amplios horizontes, con muchos libros leídos, muchos kilómetros viajados y varios idiomas conocidos, parámetros según los cuales se puede medir la cultura, a juicio de Don Marcelino Menéndez Pelayo, guía, maestro y referente de Marcos en cuanto a cultura se refiere.
Y no sé cortó al decirlo, porque consideró que con el tercer vino ya se podían comentar ciertas cosas sin demasiado peligro de parecer soez o desconsiderado, de modo que, de manera educada y correcta, como era su costumbre se dirigió a Luz, espetándole:

_ Me pareces una chica muy interesante, extraordinariamente culta para tu edad, si me permites decirlo.-Marcos sabía que se podía decir casi cualquier cosa añadiendo la coletilla “si me permites decirlo”. Continuó:

_ En todo caso, si Ester ha de ser azotada, prefiero que lo sea por personas de educación y buenas partes, como vosotros demostráis serlo y siendo eso así, me parecerá un privilegio ofrecer a Cristóbal sus nalgas.

Luz, quedó verdaderamente impresionada por la facilidad con la cual un individuo, al que había conocido hacía media hora, era capaz de decirle esas cosas, de forma tan natural y abierta. En esto estriba fundamentalmente la diferencia entre asumir lo que se es y lo que se quiere actuando en consecuencia, frente a dudar, tratar de sublimar, olvidar o superar, cosas que por su naturaleza resultan insuperables. Todos esos pensamientos que al letrado le había costado años interiorizar, racionalizar y asumir; se hablaba de azotar, como quien habla de toros, Cristóbal y Luz no estaban acostumbrados a tamaña franqueza, de modo que la chica se ruborizó suavemente, pero su natural inteligencia y capacidad le hizo estar a la altura en la respuesta:

_ Gracias. Seguro que Cris también disfrutará haciéndolo.
Aquí entró Rafa, inmediatamente:

_ Bueno, pues si tanto esperamos disfrutar todos ¿por qué no nos vamos?

_ Mirad –dijo entonces Ester- habíamos pensado que eligierais entre cenar en casa o hacerlo en un restaurante, lo que vosotros prefiráis.

_ Ella -repuso Cristóbal señalando a Luz- no decide y creo que tú - hizo un gesto con la cabeza en dirección a Ester- tampoco. De forma que la decisión es de nosotros tres.

_ Chico –comentó Marcos- estás totalmente puesto en el papel y creo que tienes razón. Pero como eres el invitado me gustaría que dijeras lo que prefieres.
Con una respuesta críptica, inteligente y capciosa respondió Cristóbal:

_ En Soria también hay restaurantes y en Salamanca. Yo no he venido aquí para ir a un restaurante.

Con lo cual quedó claro que la preferencia del joven profesor de Educación Física era empezar cuanto antes. Y en eso coincidía, a decir verdad, con todos los demás partícipes de tan singular encuentro.

De modo que, dicho y hecho, tomaron ambos coches, uno detrás del otro y se dirigieron a casa. Eran más de las ocho cuando Marcos enseñaba la vivienda a los invitados, deteniéndose deliberadamente en la sala de juegos, explicando con detalle los tipos y variedades de actividades que allí se desarrollaban, interviniendo Cristóbal, de vez en cuando para pedir una aclaración y entrando poco Rafa en la conversación, hombre inevitablemente parco en palabras, para puntualizar algo. Entretanto, ambas sumisas permanecían en silencio. A decir verdad Cristóbal un poco asustado de ver todo aquello, porque para él hasta entonces todo había sido un juego, es decir, que sometía a Luz a su voluntad y capricho, siempre que esa voluntad y ese capricho coincidieran con actividades que a ella le proporcionaban placer, si bien es cierto que la excitación le sobrevenía al sentirse humillada o utilizada.

Pero aquí, estaba claro que el juego era algo diferente. La esclava se sometía sin que los amos tuviesen demasiado en cuenta si el castigo que se le imponía o aquello que se veía obligada a hacer le proporcionaba excitación o no, aunque al final fuera sexo indudablemente lo que todo el mundo obtenía. Sin embargo, el placer funcionaba en este caso como un premio para la sumisa por su comportamiento. Esa era la diferencia entre la relación de Marcos con Ester y la suya propia con Luz: en su caso siempre se buscaba la excitación y el placer, pero Marcos solamente concedía esto como premio a un determinado comportamiento, a un cierto nivel de aguante en los castigos a una disposición a someterse. Estaba claro que la entrega de Ester a su amo, era muy superior a la que Luz observaba con él.

Por su parte la chica tenía miedo y el temor que sentía no era sin embargo por eso, sino más bien por no poder estar a la altura de las circunstancias. Como toda sumisa, era muy orgullosa de su nivel de sumisión, de manera que se sentiría muy triste y frustrada si no pudiera responder a las expectativas que Cris había puesto en ella. Lo que más le inquietaba, o quien más le inquietaba, era precisamente Ester. Nunca se había entregado a una mujer, aunque si había tenido alguna pasajera y fugaz relación homosexual. Esperaba beber lo suficiente como para no desentonar si aquel amo requería sus servicios para con la sumisa y Cristóbal se los concedía.
En esto pasaron al salón. Se sentaron todos y Marcos dijo:

_ Bueno Cristóbal, como ya hemos hablado tú y yo, no es necesario insistir más. Simplemente comunicar nuestras decisiones. La cosa se hará de la siguiente manera -continuó dirigiéndose a ambas esclavas- cada uno de nosotros mandará en su propia sumisa. Si yo quiero disponer de Luz, deberé pedir permiso a Cristóbal y si él quiere los servicios de Cosita me pedirá permiso a mí. Rafa ya sabe lo que tiene que hacer: siempre me pide permiso y en este caso si quieres probar carne diferente, tendrás que pedirle permiso también a Cristóbal –el catalán asintió con la cabeza- Creo que no me he dejado nada ¿no?

_ No, no, muy bien. Eso fue lo que hablamos por teléfono -corroboró el joven profesor- Creemos que esa es la forma de asegurarnos que cada una de nuestras sumisas va a responder bien, porque nosotros conocemos hasta donde pueden llegar, aunque me parece que Cosita le da mil vueltas en esto a Luz.

_ Bueno, ya veremos. De momento mi sirvienta va a preparar la cena.
Ester se dio inmediatamente por aludida. Con diligencia se levantó y fue a vestirse de forma adecuada al cuarto de juegos. Para ella aquello era nuevo también, ya que jamás se había vestido de sirvienta delante de desconocidos, lo cual le resultaba muy humillante porque verdaderamente con el uniforme estaba ridícula aunque sexy; pero esa humillación precisamente la excitaba mucho.

Primero se duchó, como siempre estaba obligada a hacer antes de comenzar una sesión. Era ya rápida en vestirse, de modo que en unos minutos se presentó en el salón, con sus medias, sus zapatos de tacón y el delantalito blanco. Con los labios primorosamente pintados de un rojo brillante, exhibía un aspecto completamente ridículo, allí de pie, a la vista de todos, con la mirada humildemente fijada en el suelo, absolutamente avergonzada. Y mientras Cristóbal la examinaba detenidamente su sexo comenzó a palpitar y a humedecerse debajo del cinturón de castidad.

_ ¡Soberbia! –Musitó el chico realmente impresionado por el aspecto de Ester- Ese es el cinturón del cual me hablaste ¿no?

_ Así es –afirmó Marcos- ¿qué te parece Cosita? ¿Te gusta? –hablaban de ella con distanciamiento y frialdad, adoptando una actitud profesional, como los tratantes cuando examinan un animal.

_ Me encanta –aseguró con franqueza Cristóbal -¿puedo examinar el cinturón?

_ Por supuesto –concedió el dueño de Ester. Y añadió dirigiéndose a la sumisa –Acércate a Cris, Cosita.

La aludida se acercó hasta el muchacho que permanecía sentado, manteniéndose de pie delante de él, a muy corta distancia, con la vista fija en el suelo, de forma que su sexo quedaba casi a la altura de los ojos de Cristóbal. Su excitación era tanta que el coño casi le dolía y hubiera dado media vida por liberarse de la ominosa opresión del cinturón de castidad.

El joven profesor le acarició las tetas, bajó las manos y examinó con detenimiento el mecanismo que impedía que Ester pudiera satisfacerse sexualmente a sí misma. Quedó fascinado por la simplicidad y eficacia del artilugio, perfectamente adecuado para la función que realizaba. Cómodo y efectivo, discreto, humillante, ligeramente doloroso: eficaz. Decidió, en su fuero interno que quizá Luz le permitiese a él mismo colocarle un cinturón como ese. En esto consistía la enorme diferencia entre Ester y ella. El amo vallisoletano no tenía que pedir permiso para una cosa así.
Por indicación de Marcos, se trasladó Ester a la cocina, a preparar la cena con el material que tenía. Previsora, se había surtido de los ingredientes necesarios para dar de comer a los cinco durante todo el fin de semana, independientemente de que los amos decidieran salir o no. En aquella ocasión pensaba preparar unas almejas a la marinera y unas chuletillas de lechazo a la plancha, de modo que metió en el congelador una botella de Alvariño de Fefiñanes y sacó a la ventana un Muruve. El Juvé i Camps ya estaba frío, así que comenzó por preparar el postre, para que le diera tiempo a asentarse: unas natillas con merengue. Por su cuenta, sirvió en el salón una bandeja de frutos secos y una jarra de cóctel de cava.

Cristóbal se maravillaba de todo cuanto veía, porque aunque ambos amos habían hablado, ni en sus más recónditas fantasías hubiera podido imaginar que aquello fuese como realmente era, que lo que estaba pasando ocurriera verdaderamente ante sus ojos. En cuanto a Luz, permanecía asustada en actitud expectante, porque pensaba que jamás podría estar a la altura que Ester exhibía, incluso cocinaba para sus amos y les servía. Hasta el momento, la joven profesora de inglés estaba vestida, sentada, compartiendo en aparente igualdad de condiciones, conversación y aperitivo con su amo y sus anfitriones.

Observaba Marcos con cierto desagrado, que el muchacho no daba indicios de comenzar algo con aquella joven que había traído aparentemente como su esclava. Pero él personalmente mostraba ya deseos al menos de verla y cuando decimos verla queremos decir, evidentemente, verla desnuda: examinar sus tetas, sus nalgas, su sexo. De modo que, como la conversación giraba en torno a las cualidades y habilidades de Cosita, mostrándose su amo sumamente orgulloso de todo cuanto decía de ella, sin que por el contrario Cristóbal se dignara replicar con alguna anécdota o habilidad de Luz, se vio Marcos obligado a intervenir preguntando abiertamente:

_ Y esta ¿qué sabe hacer?

Parece que aquello tocó algún punto sensible del orgullo de amo que presuntamente debería Cris poseer, de modo que reaccionó con prontitud:

_ Ahora lo veréis ¿Tenéis alguna música adecuada para hacer un strip tease?

_ Tenemos la mejor –terció Rafa que como era habitual había permanecido casi siempre en silencio pero también estaba deseando contemplar aquellas jóvenes nalgas que se le iban a ofrecer- tenemos la música de la película “Nueve semanas y media”.

_ Estupendo –afirmó Cris - Es perfecta. Luz- añadió dirigiéndose a su esclava –hazles una demostración. ¿Podéis poner esa cinta?

Rafa se levantó, buscó entre las docenas de casetes, introdujo la elegida y se sentó nuevamente. Luz ya se había levantado, permaneciendo de pie ante ellos. Cuando la música empezó a sonar, la muchacha comenzó a bailar con no poca habilidad y bastante gracia y ritmo, contoneando obscenamente las caderas, girando, acariciándose el cuerpo con las manos... En fin: como una auténtica profesional a pesar de ser la primera vez que se exhibía de esta forma delante de alguien que no fuera Cristóbal. Sin embargo, tanto su amo como ella se habían hecho el firme propósito de probar algo nuevo y desde luego que no entraba en sus planes ni defraudarle a él ni defraudarse a sí misma, pues lo que estaba haciendo formaba parte desde siempre de sus fantasías y había tomado, previsoramente, suficiente cantidad de cóctel de cava, como para que la inhibición y vergüenza que obviamente sentía no constituyeran más que otro motivo de excitación.

Lentamente se fue desnudando al ritmo de la música, terminando por quedarse solamente con una braguita, pasando sus manos con suaves pero reiteradas caricias por entre sus piernas, sin perder nunca el compás. De espaldas a los espectadores, terminó bajándose la braguita y mostrando las nalgas, redondas y duras que se contoneaban lujuriosamente mientras Rafa no podía evitar un sincero aplauso. Y cuando repentinamente se volvió, terminando por quedar completamente desnuda, todos pudieron apreciar por fin el cuerpo que se les ofrecía: delgada, con pechos pequeños pero extraordinariamente firmes, amplias caderas y piernas rectas y bien conformadas.

_ Acércate para que pueda verte con detalle –dijo Marcos. Hay que considerar que también para él aquello era una experiencia nueva, pues verdaderamente Luz era la segunda esclava de la que disponía, porque hasta entonces este tipo de relación la había mantenido, salvo rarísimas excepciones, con Ester, y el letrado estaba deseando explorar carne nueva, como él mismo decía con frase ingeniosa y despectiva. De este modo, examinó el nuevo material palpando el coño, manoseando las nalgas, pellizcando ligeramente los pezones. Pidió al fin permiso a Cristóbal para ordenar y una vez concedido, mandó a la nueva sumisa darse la vuelta, doblar la cintura y separarse las nalgas con las manos, pues tenía necesidad de examinar su ano. Sumisamente adoptó la joven profesora de inglés la postura requerida y ante esto, Rafa se unió también al examen y metiendo dos dedos en la boca de la muchacha para que los ensalivara bien, los llevó después a su agujero trasero, iniciando un movimiento circular y comprobando la dilatación que aquella puerta adquiría.

_ Esta no es virgen de aquí –sentenció dirigiéndose a Cristóbal

_ Depende de lo que entendamos por virgen. Ningún tío la ha enculado que yo sepa, pero se ha metido buenos consoladores delante de mí, porque a mí me gusta verla así. Me come la polla mientras tiene un consolador en el culo. Al principio eran pequeños, pero ahora cada vez van siendo más anchos y largos. De modo que eso de virgen, pues depende de cómo se mire.

_ Eso quería decir yo, o sea: que este culo está taladrado, está muy abierto, sabe de qué va esto –decía Rafael mientras mantenía los dos dedos entre las ofrecidas nalgas de la muchacha.

_ Quiero azotarla –pidió Marcos mirando inquisitiva a Cristóbal- ahora, antes de la cena.

El joven profesor aceptó la petición y estuvo de acuerdo. Con anterioridad al encuentro había quedado claro que no se la podían dejar señales en absoluto, pero Marcos ya conocía y sabía aplicar la intensidad adecuada de los azotes para que produjeran dolor sin ocasionar marcas ni daño, de forma que condujeron entre los tres a la joven desnuda hasta el cuarto de juegos.

Ester, desde la parte de la estancia destinada a cocina, no se había perdido detalle, observándolo todo con el rabillo del ojo, mientras terminaba de preparar las natillas y comenzaba a disponer los ingredientes necesarios para las almejas. Su amo se dirigió a ella:

_ Si no se estropea nada para la cena, deja lo que estés haciendo y ven a presenciar esto. Quizá necesitemos de ti para que consueles a esta chica.
Las natillas estaban listas y el merengue también. Tanto las almejas como las chuletillas se hacían pocos momentos antes de servirlas, de modo que obediente como siempre, entró Ester con todos en la sala de juegos, quedándose discretamente en un segundo plano. Nunca tanta gente había habido en aquella habitación. Rafa ató a la joven sumisa al poste, de manera que su espalda y sus nalgas quedaran perfectamente expuestas.

_ Me has dicho que solo ha probado tu mano y la zapatilla ¿no? -preguntó Marcos retóricamente.

_ Así es

_ Pues hoy va a probar otra cosa. Acércame el látigo Rafa
Luz sentía miedo. Una de las más inquietantes y paradójicamente gratificantes sensaciones que una sumisa puede experimentar, es el miedo ante la inminencia del castigo. Sabe que va a sufrir dolor, pero no sabe su intensidad ni su duración en el tiempo. Desea que el castigo acabe cuanto antes, pero a la vez no le gustaría que los momentos previos terminaran nunca, ignora si va a gritar o a llorar, pero esa incertidumbre le gusta, quisiera desaparecer, decir que ella no es sumisa que quiere marcharse, que no sabe lo que está haciendo allí; pero a la vez tiene la certeza de que no lo hará, que no puede hacerlo porque en el fondo eso precisamente es una de las cosas que desea: sentir miedo.

Perfectamente atada, con los brazos en cruz y las piernas separadas esperaba aquel joven cuerpo a probar el látigo por primera vez, temblando de angustia realmente. Marcos, le acarició primero delicadamente, pasó los dedos por la raja del culo, manoseó sus tetas, palpó su vagina. Se retiró un poco y el primer golpe se estrelló, casi con delicadeza sobre las temblorosas nalgas de Luz. La chica dio un respingo, pero no se movió. A los pocos instantes vino otro y otro y otro. Cada vez que el látigo impactaba, una tenue queja escapaba de los labios de la castigada. Marcos conocía perfectamente el intervalo apropiado entre azote y azote para que el castigo fuese efectivo, pero a la vez pudiera prolongarse en el tiempo lo suficiente para que él disfrutase de la situación sin contemplaciones. Dejar transcurrir unos diez segundos entre cada golpe suele resultar lo más adecuado para producir dolor sin ocasionar daño ni marcas. Era ya un experto en esto, la verdad.

Cuando llevaba veinte, consideró que Luz había tenido bastante por el momento. Entonces le dijo:

_ A partir de ahora, te daré un azote cada vez que me lo pidas y espero que me pidas muchos, de manera que ya lo sabes: estoy esperando.

Aquella diabólica estrategia solía darle buenos resultados con Ester al principio, cuando él aun no controlaba la intensidad o la duración de un castigo. De esta forma era la propia sumisa quien decidía cuando era necesario parar, de forma que el amo iba aprendiendo con eso el nivel de la sumisa. Además, en el caso concreto de Ester, se tentaba su orgullo de esclava, de forma que procuraba siempre pedir un azote más de los que buenamente podía resistir, para hacerle comprender a su amo que era una buena sierva, obediente y capaz de soportar un duro castigo para proporcionarle a él placer. Evidentemente, después de un tiempo en la relación, Marcos no necesitaba de esas triquiñuelas para saber exactamente hasta donde podía llegar y como él decía, siempre hay que prolongar el castigo treinta segundos más de los que Cosita puede soportar y hay que darle siempre un azote más de los que necesita.

Como Luz no daba señales de querer más, pues nada decía ni nada pedía, Marcos ordenó a Ester que se acercase a ella y la acariciase, excitándola. La verdad es que la excitación que la muchacha pudo sentir durante el baile había desaparecido por completo, según Ester pudo comprobar en cuanto pasó la mano por el sexo, seco y cerrado y por las doloridas nalgas de Luz, pero también es cierto que la joven profesora se recuperó rápidamente, bajo la experta manipulación de Ester.

_ Con la boca, Cosita, con la boca. Chúpala –ordenó su amo contemplando la escena.

Ester se sentó entre las piernas exageradamente separadas de la joven esclava y acercó sus labios al coño, lamiendo y chupando delicadamente. Pensaba que si las cosas seguían así algún tiempo más, Luz alcanzaría un orgasmo sin remedio. Pero eso era precisamente lo que Marcos pretendía: que la excitación de la novata volviese a alcanzar un nivel suficiente como para poder continuar azotándola. De modo que preguntó:

_ ¿Quieres otro azote? –Y sin dar tiempo a responder exigió - ¡Pídemelo!

_ Dame otro azote amo –musitó humildemente Luz.

Marcos descargó el látigo una vez más sobre las nalgas expuestas y coloradas. Por primera vez Ester pudo ver como su amo azotaba, pues aunque tenía el sexo de aquella muchacha entre los labios, su cara miraba hacia Marcos, Cristóbal y Rafa. Vio venir el látigo e impactar sobre el culo de Luz, quince centímetros más arriba de donde ella tenía la cara.

_ Pídeme otro.

La secuencia se repitió hasta una docena de veces: la sumisa pedía un azote e inmediatamente el amo lo descargaba sobre sus nalgas, ya muy lastimadas. Cuando el látigo impactaba, Ester percibía el estremecimiento de dolor en el cuerpo de Luz y la ahogada queja de la muchacha que, sin embargo, volvía a pedir otro a los pocos instantes. La excitación de la chica había descendido notablemente y por muchos esfuerzos que se llevaran a cabo chupando su coño y lamiendo su clítoris no se terminaba de recuperar. Al final, la profesora no pudo aguantar más:

_ ¡No por favor! –Respondió al último requerimiento que Marcos le hizo para que suplicase uno más- ¡No! ¡No puedo más por favor!

_ Rafa, desátala. Cosita, arréglate y sirve la cena.

Aquello era verdaderamente un amo. Ester, que durante toda la maniobra no se había quitado el uniforme de doncella, tomó una barra de labios para repintarse lo que el coño de Luz había estropeado. Se arregló la ropa y volvió a sumergirse en la cocina. Marcos se dirigió a la recién castigada:

_ Muy bien. Te has portado muy bien. Creo que Cristóbal debe estar orgulloso de ti y ahora te va a consolar y a premiar.

Dicho lo cual, se sentaron todos a la mesa. Todos los amos, queremos decir, pues la doncella, como de costumbre, servía y a Luz se le puso la comida en un plato en el suelo, obligándola a comerla sin utilizar las manos, como Ester solía hacer cuando era la perrita y como efectivamente hizo también aquella noche porque una vez que se hubo tomado café y levantado el mantel, le ordenó su amo transformarse en la perrita, para que de aquella manera pudiera cenar, compartiendo el plato con la nueva sumisa que ya había acabado.

Y fue entonces cuando empezaron, de verdad los juegos, porque la tanda de azotes que la joven Luz había recibido, no fue sino un prolegómeno o aperitivo de la auténtica sesión que comenzó, como decimos, después de llenar la tripa de buena comida y mejor bebida porque, como suele decirse “La danza sale de la panza” o según expresión de Sancho en El Quijote “Tripas llevan pies, que no pies a tripas”

Siendo esto así, fue Cristóbal quien pidió, en justa correspondencia, disfrutar de Cosita a su antojo. Ni que decir tiene que su deseo fue atendido inmediatamente y cuando Ester esperaba algún duro castigo recibió, sin embargo, el mandamiento de excitarle con la lengua, chupando bien todo su cuerpo, desde el pecho al culo, pasando desde luego por la polla; porque no era Cristóbal muy aficionado a duros castigos corporales, sino que más bien lo que pretendía era obtener placer sin dar nada a cambio, actuación esta bastante común en los amos inexpertos o en los que creen ser amos sin serlo realmente: se aprovechan del cuerpo de la sumisa a su antojo, sin creerse ellos en la obligación de aportar nada. Evidentemente un amo no es eso y este tipo de actuaciones, además de producir el fracaso en la relación, malean a las sumisas que no conocen otra cosa, porque no se sienten satisfechas y piensan que no sirven para entregarse. Huyamos despavoridos ante estos supuestos amos de pacotilla.

No fue este el trato que Marcos y Rafa dispensaron en cambio a Luz, aunque también disfrutaron de ella, evidentemente, pero lo primero que sufrió la joven sumisa fue una férrea atadura en su coño, tetas y cintura que le impidió por completo la excitación, pues no quería Marcos en absoluto que la chica obtuviera placer y llegara al orgasmo antes de tiempo o sin permiso. Rafa, por su parte, introdujo sin dificultad un consolador en el ya dilatado ano de la chavala y lo dejó allí, inmovilizándolo con una fina cuerda, adecuadamente sujeta a la cintura de la chica. Tenía Rafa la intención y la idea de desvirgar aquel culo, para lo cual creyó conveniente dilatarlo antes bien con un consolador, sin darse cuenta de que el tamaño de su pene era bastante mayor que el del artefacto que tan fácilmente había alojado en el recto de Luz, de modo que, en puridad, aquél agujero tenía mucha más necesidad de dilatación.

Pero aquello le dio a Cristóbal la misma idea, exigiendo, sin embargo, que fuera la propia Ester quien se introdujera a sí misma el consolador, pero sujetándoselo con la mano, como su sumisa solía hacer y como a él le gustaba, continuando después con la labor de chuparle y lamerle, siguiendo sus propias indicaciones que aclaraba con caricias cuando Cosita lo hacía bien y rectificaba con palmadas en las nalgas cuando lo hacía mal.

Y así estuvieron los cinco: Marcos y Rafa se entendían con Luz mientras que Ester lo hacía con Cris. Es claro que el tratamiento que la profesora recibió fue bastante más doloroso, porque al poco tiempo le colocaron unas pinzas en los pezones, obligándola a continuar lamiendo con ellas puestas. Como la chica tenía las manos atadas, solo disponía de la boca para servir a sus amos, pero en este caso debía atender a dos personas, siéndole prácticamente imposible, ya que si lamía y chupaba el sexo de Marcos, no podía hacerlo con el de Rafa, de modo que el catalán decidió quitarle el consolador y follarle de una vez por todas el culo y en esas estaban cuando ambos amos de común acuerdo decidieron hacer una pausa, aprovechando la necesidad de orinar que Marcos sentía.

Ester ya sabía lo que tenía que hacer cuando, durante una sesión, su amo manifestaba su deseo de mear. Las instrucciones eran trasladarse inmediatamente al cuarto de baño si era tiempo frío o a la terraza si la estación era más adecuada y esperar instrucciones. En tiempo de verano, la rutina siempre era la misma: de rodillas en la terraza, justo encima del sumidero esperaba la esclava a que el amo se acercase y este, apuntando directamente a la cara de la sumisa, vaciaba tranquilamente su vejiga. Pero en tiempo frío variaban las cosas y existían más alternativas. A veces, Ester era obligaba a tumbarse en la bañadera, recibiendo entonces la lluvia dorada que su amo le arrojaba sobre el cuerpo desnudo y la cara. Pero en otras ocasiones, simplemente se le ordenaba sentarse en el suelo, al lado del inodoro y reclinar la cabeza hacia atrás, de modo que quedase parcialmente metida en la taza. Entonces su amo colocando los pies uno a cada lado del inodoro orinaba dejando que el líquido dorado, caliente y amargo escurriese sobre la cara y el pelo de ella hasta caer en la taza. Esa postura tenía la ventaja de que a ambos les resultaba más fácil y cómodo, tanto el acto en sí de orinar, como la posterior limpieza que la esclava se veía obligada a realizar lamiendo hasta la última gota una vez que su amo había terminado. Pero tenía el inconveniente de que él no podía disfrutar del espectáculo visual que se le ofrecía cuando, tumbada Ester en la bañadera, el chorro de su orina bañaba su cuerpo. En ambas posturas y en ambas ocasiones, solía Rafa aprovechar también para orinar, y obviamente Ester era obligada también a chupar y lamer, hasta dejar el pene de su otro amo escrupulosamente limpio.

Todo esto, constituía ya una rutina para los tres, pues todos ellos sabían y admitían que esa era la forma en que, tanto Rafa como Marcos, se aliviarían la vejiga mientras durase la sesión. Incluso aunque la cosa se prolongase todo el fin de semana, no era raro que si uno de ellos despertaba con necesidad de orinar, la esclava fuera llamado para que adoptase la postura conveniente, de manera que ni una sola gota de orina de sus amos iba al desagüé mientras la sesión durase, sin pasar por la cara o el cuerpo de la sumisa.

Pero esto que, como decimos, era ya rutinario para los tres, constituía para Luz y Cristóbal una fascinante novedad. Entre sus juegos no se contemplaba en absoluto la posibilidad de algo así y creemos que ni siquiera se vislumbraba en sus fantasías, es decir, que ambos estaban descubriendo en aquel instante que estas cosas ocurrían realmente, que no formaban parte sólo de la imaginación calenturienta de algún escritor de relatos pornográficos sino que había mujeres en la vida real, distinguidas con tal grado de entrega y sumisión que eran capaces de permitir que las despertasen en plena noche, simplemente para recibir la orina de sus amos en la cara.

Bien es cierto que tampoco Cristóbal y Marcos habían hablado con la suficiente prolijidad entrando en todos los detalles, sino que más bien se elaboró una especie de plan general, dejando la especificación de los pormenores para cuando se conociesen. Pero a nuestro letrado no se la había pasado por la cabeza que una cosa así pudiera suponer tal impresión para un amo porque de tal manera estaba él ya acostumbrado a esas prácticas urinarias, que daba por sentado que en una relación de dominación-sumisión, el dominante siempre orinaba así. Verdaderamente no era cierto, como tuvo ocasión de comprobar aquel día y se mostró muy orgulloso y ufano del nivel que había logrado a ese respecto con Cosita, aunque él siempre deseó que ese comportamiento pudiera hacerse extensivo a otras necesidades fisiológicas, debía darse por satisfecho de momento con lo que había conseguido hasta entonces.
El caso es que, tanto Luz como Cristóbal presenciaron la operación: con Ester tumbada boca arriba en la bañadera y el tapón del desagüe puesto, primero Marcos y después Rafa, le regaron el cuerpo y la cara con su orina. El joven amo de Luz, pidió permiso para hacerlo él también y Marcos entonces entró a negociar:

_ De acuerdo –dijo- ahí la tienes tumbada, esperándote y a tu disposición. Pero la condición es que la próxima vez la que esté ahí sea la tuya.

Era una condición demasiado dura de cumplir para Luz, excesivamente escrupulosa para admitir esas cosas. Lo cierto es que le hubiera gustado atreverse a admitir aquello, pero a decir verdad, todo lo que había visto le había resultado tan sorprendente que dijo que no se creía capaz de llegar a tanto. Todos estuvieron de acuerdo, lógicamente, en respetar su voluntad, pero Rafa terció diciendo que si no era capaz de hacerlo ni siquiera por satisfacer y dar cumplimiento a los caprichos de su amo debería, en contrapartida, ofrecer algo a cambio

_ Y ¿qué puedo ofrecer que no tengáis ya? –preguntó la muchacha. Y añadió:

_ Estoy desnuda, con el culo rojo por los azotes y la boca me sabe a las pollas de Marcos y Rafa ¿qué más puedo ofrecer a cambio?

_ Quiero tu culo –terció el catalán decidido- si tu amo quiere mear a Cosita, ahí la tiene. Bien meada está ya y espera que le echen más. Pero a cambio quiero que Cristóbal me dé tu culo.

_ Eso hay que concederlo –afirmó el aludido- y espero que no te niegues a ello. Dile a Rafa que tienes tu culo a su disposición.

Luz dudó un momento. Ese momento de duda que toda esclava tiene ante la inminencia del castigo o la humillación. Estaba a punto de decir que eso tampoco, empezaba a arrepentirse de haber ido a Valladolid con aquel trío de depravados, no imaginaba cómo era posible que su querido Cristóbal consintiera y participara en todo aquello. Pero Marcos se dio cuenta e intervino inmediatamente tratando de salvar la situación porque lo que resultaba obvio era que el material que él ofrecía tenía mucha más calidad que el que traía el joven profesor, de modo que era necesario forzar un poco las cosas:

_ Mira, aquí hay un asunto claro. Si esta no es una esclava con algo de nivel, pues no nos interesa: es decir, que para sexo más o menos normal nos sobran tías como comprenderéis. De forma que si tú –continuó dirigiéndose a Cristóbal- no eres capaz de domarla, ni me dejas a mí hacerlo, pues es mejor que demos por terminado el asunto, mañana os vais y tan amigos.

Aquello funcionó, tanto para el amo como para la esclava:

_ ¿Será posible que me dejes quedar en ridículo? –Le preguntó Cristóbal elevando el tono de voz y con gesto amenazador- quiero oírte decirle ahora mismo a Rafa que tu culo es suyo. Si no estás dispuesta nos vamos, pero tú a tu casa y yo a la mía ¡Ahora!

Aquello resultó demasiado amenazador para Luz, que realmente estaba enamorada de su amo:

_ Rafa, mi culo es tuyo –dijo mirando al suelo. Pero el aludido quería más:

_ Mírame a los ojos y pídeme que te dé por el culo –exigió- dime que quieres mi polla en tu culo de zorra.

Luz levantó la vista y con los ojos fijos en los de Rafa y las mejillas sonrosadas por la vergüenza y la humillación accedió a decir:

_ Rafa, por favor, dame por el culo. Quiero tu polla en mi culo de zorra.

_ Está bien. Ya puedes mear Cristóbal.

El chico, se acercó a la bañadera como había visto hacer antes a Marcos y a Rafael y trató de relajarse para soltar la vejiga e impactar directamente en la boca abierta de la esclava que había permanecido todo este tiempo tumbada en silencio y bañada en orina. Pero Cris no podía relajarse ante tanta gente mirándole, así que todos tuvieron que salir ya que el muchacho no estaba dispuesto a perderse aquella experiencia.

Se fueron al salón a esperarle y a los pocos minutos apareció con el triunfo visiblemente reflejado en su cara. Cuando le preguntaron afirmó que lo había hecho perfectamente y en abundancia. Marcos voceó a Cosita, diciendo que se lavara y se presentara de nuevo ante ellos.

Le tocaba entonces a Rafa cobrarse el trofeo que tanto había costado negociar, para lo cual decidió que lo mejor era atar e inmovilizar a la muchacha de forma que, llegado el momento, no pudiera resistirse. Entre Marcos y él eligieron como mejor sitio la camilla ginecológica puesta la chica boca arriba, con las manos atadas, los brazos inmovilizados, las piernas dobladas sobre el pecho, las rodillas a la altura de los hombros y bien sujetas asimismo a la camilla. De esa forma, el culo de la sumisa quedaba perfectamente expuesto, abierto y con las nalgas separadas. Tanto Marcos como Rafa preferían a veces aquella postura cuando decidían sodomizar a Ester, porque les agradaba observar la cara que la sumisa ponía cuando notaba un pene moviéndose en su culo. La posición tenía, sin embargo, el inconveniente de que resultaba imposible apreciar la belleza y el deseo que provocan unas nalgas denudas, perfectamente observables en cambio, cuando a la esclava se la ponía a cuatro patas, sobre la cama, con la cabeza apoyada en la sábana y separándose ella mismo las nalgas con las manos. Pero consideraron que esa no era la mejor forma de hacerlo en este caso, porque resultaba necesario inmovilizar a la sumisa completamente ya que no confiaban en que aquel joven culo casi virgen no se resistiera y adoptando la postura de la perrita era imposible sujetarla con efectividad. Pero en la camilla y con las dichas ataduras le resultaría completamente inútil cualquier atisbo de resistencia.

La resolución de perforar el culo de aquella joven mientras permanecía atada a la camilla, se tomó después de un pequeño debate acerca de las ventajas y los inconvenientes de adoptar una u otra postura, debate que, curiosamente, se produjo en presencia de Luz, sin ocultarle nada, y actuando con la misma desenvoltura que si la chica no estuviese presente, como si no se hablase de ella, de su cuerpo, de sus nalgas y de su ano. No le parecía a la muchacha aquello posible: se estaba decidiendo cómo y en qué posición la iban a sodomizar sin que nadie le preguntase y sin que nadie se interesase por su opinión, como si se estuvieran refiriendo a un animal o a un deficiente mental. Aquello era realmente diabólico y la angustia que sentía ante la inminencia de lo que se le venía encima, dio paso a auténtico miedo, porque consideraba que el dolor iba a ser mucho y se estaba dando cuenta de que, una vez atada, no habría poder en el mundo capaz de conseguir que aquél diablo catalán desistiera de su propósito. Las dudas le sobrevenían de nuevo, pero sin rechistar se tumbó sobre la camilla cuando así se lo indicaron, pensando, como Cristo le dijo a Judas en Getsemaní “Lo que has de hacer, hazlo pronto”

Y en efecto, su inmovilización fue rápida, pudiendo comprobarse palmariamente la extraordinaria habilidad que tanto Rafa como Marcos poseían ya en el uso de las cuerdas, correas, nudos y vueltas. Una vez sentada, justo en el borde le ordenaron tumbarse, manteniendo las piernas colgando y de forma tal, que las nalgas no llegaban a apoyar, sobresaliendo del borde de la camilla para facilitar al máximo los propósitos que se perseguían. Pasaron un amarre abrazando fuertemente su cuerpo a la camilla, a la altura del vientre. Una cuerda en cada muñeca la obligó a colocar los brazos hacia atrás, para que quedaran sujetos y estirados, pues el amarre de la tripa impedía que su cuerpo se deslizase hacia arriba cuando las cuerdas que ataban sus muñecas se tensaron. Le ordenaron entonces subir las piernas y doblarlas por las rodillas, colocando estas a la altura de los hombros. Al llegar a este punto la joven cerró los ojos. No quería ver lo que estaba sucediendo ni quería pensar en lo que iba a ocurrir.

Antes de que tuviera tiempo para darse cuenta sintió como un par de nudos se cerraban sobre cada una sus piernas, a la altura de las rodillas. Tiraron de aquellas cuerdas para obligarla a separar las piernas y con ello a abrir las nalgas. Cuando Rafa consideró que su agujerito trasero se mostraba lo suficiente, avisó a Marcos y el amo sujetó las cuerdas, una a cada pata delantera de la camilla con la suficiente tensión como para que Luz no pudiese recuperar la posición y con ello cerrar nuevamente sus nalgas. Además, las ataduras estaban tan bien hechas y tan repartidas que si trataba de forcejear para liberarse o simplemente moverse, el dolor en alguna parte de su cuerpo se lo impediría.

_ Ahora vamos a lavarla –anunció Marcos- así que Cosita, prepáralo todo.

Ester sabía perfectamente a lo que su amo aludía cuando decía lavar, pero tanto Cristóbal como Luz lo ignoraban... por el momento. La esclava cogió el depósito de los enemas de la estantería dónde se guardaba y fue al baño a llenarlo de agua.

_ ¿Para qué es eso? –preguntó Cris entonces, dándose cuenta que iba a ocurrir algo que él no preveía.

_ Pues para lavarla por dentro –tuvo a bien informar Marcos. Y añadió- le vamos a poner un enema.

Luz, que había permanecido como ausente, con los ojos cerrados y guardando silencio, abrió desmesuradamente los párpados y dirigiéndose a todos dijo con voz contrita:

_ ¿Un enema? ¿Una lavativa? Oye que de eso no habíamos hablado ¿eh?

_ Mira tía –trató de explicar Rafa con cierta brusquedad- si voy a meter mi polla en tu culo, que es lo que voy a hacer, no quiero sacarla llena de mierda. Además la lavativa es buena para ti, porque yo en estos casos me suelo correr al final mientras me la chupas.

_ ¡No! ¡No! –La joven atada e inmovilizada sudaba- ¡Eso no estaba en el trato!

_ Me parece –terció Cristóbal- que el trato está cerrado y no creo que Marcos ni Rafa vayan a echarse atrás ahora por mucho que tú digas.

_ Desde luego que no –confirmó Marcos. Y Rafa añadió:

_ Mira te voy a follar, te la voy a meter en el culo y tu culo va a estar limpio. De modo que trata de relajarte.

A todas estas, Ester esperaba con el instrumental de los enemas preparado, pero Luz seguía protestando, diciendo que no admitía aquello, que la soltasen. Hubo unos momentos de vacilación, de duda.

_ Te soltaré si tu amo me lo dice –afirmó Marcos. Y añadió:

_ Pero si te suelto, en este mismo momento os marcháis y cuando tengas el nivel suficiente me llamas por teléfono y lo intentamos de nuevo ¿La suelto? –preguntó dirigiéndose a Cristóbal.

_ No –respondió el chico- en absoluto. No quiero perderme esto ni nada de lo que venga después.

Luz comenzó a hacer denodados esfuerzos por liberarse, consiguiendo solamente variar unos milímetros su posición y obteniendo a cambio una buena dosis de dolor o molestia en cada una de las articulaciones de su cuerpo. Pero la chica no dejaba de protestar, alzando la voz.

_ ¿Me das permiso para hacerla callar? –Preguntó Rafa a Cristóbal- es que así no hay quien se concentre

Cuando el joven amo le concedió el permiso, el catalán colocó la mordaza de bola, firmemente incrustada en la boca de Luz, que a partir de ese momento solo pudo proferir gruñidos sordos.

El depósito estaba ya situado en uno de los apoyos para las piernas que la camilla tenía. Marcos aplicó una buena cantidad de lubricante al esfínter de la pobre muchacha, restregándolo un poco con la propia cánula y terminando por introducir ésta lentamente en el recto de la chavala, con diabólica delectación, mientras Cristóbal observaba todo con interés, situado a pocos centímetros de la escena. Rafa, entretanto, se acariciaba el pene incapaz casi de controlarse y Ester permanecía en silencio, en un segundo plano, pero sin perderse ni un detalle de la fiesta.

Cuando Marcos abrió la llave y el agua fría comenzó a llenar su intestino, Luz había dejado ya de protestar, convencida de que cualquier alegato que hubiera podido realizar resultaría inútil y dispuesta a sobrellevar, lo mejor que pudiera, todo lo que se le estaba viniendo encima. Era la primera vez en su vida que recibía una lavativa, lo cual ya de por sí entrañaba una buena dosis de inquietud y humillación. Y considerando las circunstancias verdaderamente vejatorias a las que estaba sometida, podemos aseverar que se encontraba realmente en el límite del trato humillante que podía soportar y hubiera salido corriendo a no dudar, de haber podido. Pero resultaba más inquietante aun la certeza que tenía de que aquella no sería la última sorpresa desagradable a la que tendría que hacer frente aquella noche. Parecía, al fin y al cabo, que la cosa no era tan insoportable al menos por el momento; sentía el frescor del agua en su interior, llenando lentamente su recto y trataba de relajarse en la medida de lo que podía, que no era mucho. De pronto una duda la asaltó: ¿Dónde se iba a vaciar luego? “Tendrán que desatarme otra vez” pensó. Sin embargo, su razón le decía que habían invertido demasiado tiempo y esfuerzo en sujetarla como para ahora en un momento deshacer lo hecho.
Comenzaba a sentir la tripa excesivamente llena, a lo cual contribuía en buena medida el amarre que la sujetaba por el vientre a la camilla. Las ganas de evacuar eran cada vez mayores y de nuevo empezó a suspirar y a gemir ahogadamente a través de la mordaza.

_ Tranquila que ya te queda poco –la consolaba Marcos- venga Cosita, trata de que se relaje.

La aludida se acercó a la pobre joven torturada y doblándose por la cintura comenzó a chuparle el clítoris y a lamerle el coño. De la orgullosa excitación que ostentaba hacía poco no quedaba absolutamente nada, aunque el buen hacer de Ester pudo recuperarla en parte y aun hubiera conseguido más si no fuera porque su amo anunció que la última gota del medio litro de agua estaba ya en el culo de Luz, de modo que iba a mantener algunos minutos más la cánula puesta para, impidiéndole evacuar, conseguir una mayor efectividad en la limpieza interior que el enema proporcionaba. Avisó Marcos que era necesario estar preparados para cuando él quitase la cánula dejando libre el esfínter, ya que se temía que en aquella postura podría salir todo con cierta fuerza, de modo que era menester permanecer suficientemente atentos.

_ Cosita –dijo- tú te quedas con ella mientras se vacía. Limpias bien todo, echas ambientador y cuando de nuevo esté lista nos avisas. Estaremos en el salón.
El amo sacó la bandeja de debajo de la camilla y acto seguido retiró la cánula y permaneció unos instantes observando. A pesar de los retortijones que sentía a Luz le resultaba imposible evacuar allí, no solamente por la postura sino más aun porque era consciente de que cuatro personas estaban mirándola, pendientes de aquél acto que hasta entonces había pertenecido a su más estricta intimidad.

_ Bueno –dijo Marcos- no vamos a estar aquí esperando a que esta abra el culo. Nos vamos al salón. Quítale la mordaza, Cosita y cuando la tengas lista nos avisas. Ten cuidado porque no nos gustaría ver ni oler nada cuando volvamos.

Ester agachó la cabeza en señal de asentimiento y esperó a que los amos hubieran salido y cerrado la puerta. Luz sudaba, los retortijones que sentía y la presión que el medio litro de agua le ocasionaba en el recto se hacían ya insoportables. Funcionó entonces una especie de sentimiento de solidaridad entre sumisas y Ester se apresuró a quitarle la mordaza para tratar de aliviar un poco la incomodidad de la joven. La animó:

_ Vamos, déjalo ir. Cuanto más tiempo estés así más vas a sufrir y al final lo vas a echar, porque ellos pueden esperar toda la noche.

Luz, libre por fin de la mordaza, respiró profundamente y dijo en un susurro:

_ No puedo, me da mucha vergüenza. Me es imposible así atada y contigo mirándome.

_ Está bien. No te miro, me vuelvo de espaldas.

Alejándose todo lo que pudo y volviendo la cara a la pared, esperó Ester acontecimientos. Al fin, entre suspiros y bufidos escuchó como el líquido caía con fuerza en la bandeja. Fueron varios chorros cortos e intermitentes que provocaron el sonido que ella misma tan bien conocía. Pacientemente aguardó a que la chica terminara y se dirigiera a ella.

_ Ya –musitó Luz simplemente.

Ester se acercó y observó que no se había manchado demasiado, pues la cosa había salido con la suficiente fuerza, como su amo pronosticó, de forma que apenas había escurrido, cayendo directamente sobre la bandeja.

_ Ahora voy a vaciar esto y a limpiarte.

_ No –dijo súbitamente la joven- ahora vas a desatarme.

Ester se dio cuenta de que aquella muchacha seguía siendo incapaz de entender nada en absoluto. No comprendía su situación ni la posición de Ester ni siquiera la suya propia, de modo que se creyó en la obligación de explicarle:

_ Mira, a lo que me pides te contesto que no, rotundamente. Incluso me pones en un compromiso, porque debería decírselo a Marcos ahora mismo, pero no lo haré. A cambio te pido que me escuches y entiendas lo que voy a decirte. A ti esta noche te va a follar Rafa el culo, tan segura como el sol que sale. Lo mejor que puedes hacer es relajarte y tratar de disfrutar lo más posible porque tiene una picha grande y si no lo haces así te dolerá mucho. Al fin y al cabo según he oído tú te metes buenos consoladores de forma que ya entiendes lo que quiero explicarte. Esto que te digo va a ser así y no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Otra cosa es que cuando todo termine decidas o no marcharte, romper con Cristóbal o hacer lo que te parezca pero ahora van a darte por el culo sin ninguna duda.

_ Pero, esto es una violación –rezongó la joven tratando nuevamente de soltarse- me vais a violar entre todos.

_ Yo espero no tener que hacer nada que no te guste. Y sí, efectivamente a esto se le llama violación. Ahora voy a limpiarte y a limpiar todo. No quisiera que me castigaran por estar aquí hablando contigo.

La joven continuó protestando y comenzaba a alzar el tono de voz sin ningún comedimiento. Ester le advirtió:

_ ¡Silencio! Si gritas o protestas te volverán a poner la mordaza. Yo no voy a decirte nada más ni voy a explicarte nada, porque creo que todo lo debes tener muy claro y si no es así te lo van a aclarar ahora mismo.

Y dicho y hecho, comenzó por sacar la bandeja para vaciarla. Con ella en la mano se dirigió con cuidado al cuarto de baño. Desde el pasillo escuchó a los amos hablar animadamente y pudo comprobar cómo la amenaza de la mordaza había resultado efectiva, pues la joven atada cesó en sus protestas una vez que la puerta del cuarto de juegos se abrió, ante el temor de que la oyeran los amos.

Vació y limpió Ester perfectamente la bandeja y regresó colocándola en su lugar. Volvió a por una palangana con una esponja y agua jabonosa y con ella limpió cuidadosamente los restos que habían quedado entre las nalgas de Luz. Aquel contacto provocó de nuevo en la joven una cierta excitación que Ester no dejó de notar.

_ Chica -comentó Ester acariciándole suavemente el coño- estarás sufriendo mucho, pero mira como se te pone esto.

_ Eso no puedo evitarlo, estoy salida, lo reconozco. Pero no quiero que me hagan lo que piensan hacerme ¡No quiero! ¡Me niego!

_ Te conviene saber –repuso Ester con suficiencia- que lo que tú quieras o a lo que tú te niegues no tiene ahora ninguna importancia. Hazme caso, relájate y disfruta lo que puedas. Ahora voy a quitarte el jabón con agua limpia y a echar alcohol de romero en la habitación. Después les aviso.

_ ¡No! No por favor, espera un poco, no avises todavía.

_ Tú quieres hundirme ¿verdad? –Ester, sin hacerle caso continuaba con sus tareas de limpieza. Terminó esparciendo por la habitación una buena cantidad de alcohol de romero ayudada por un pulverizador, de forma que al entrar allí olía a campo, a pinar.

Luz seguía suplicando en voz baja, pidiéndole que no avisara, que la soltara, que quería irse. Incluso creemos que llegó a amenazarla teniendo en cuenta que jurídicamente se había convertido en cómplice de un delito. La amenaza fue demasiado para Ester, que al oírla se dirigió al salón, sin esperar a más, para avisar que la chica estaba lista.

Sin disimular la alegría, Marcos indicó que fueran todos al cuarto de juegos, pero antes de que pudiera casi terminar la frase, ya estaba Rafa allí, observando con gustoso detenimiento a la joven atada.

_ ¡Ya eres mío culito! –Le dijo mientras pasaba la mano por entre aquellas nalgas bien abiertas- verás como los dos nos lo pasamos muy bien.

_ Suéltame –insistió una vez más Luz que no se había resignado en absoluto a su suerte y no compartía con Rafa el mismo punto de vista acerca de lo que era pasarlo bien- ¡Soltadme! –añadió elevando el tono de voz y tratando de nuevo de zafarse de las ataduras.

_ Esta chica no lo ha cogido –murmuró Rafa- Verás tía -explicó- yo ahora te voy a dar por el culo, voy a meter toda mi polla en tu culo ¿entiendes eso? Y espero, por tu bien que estés calladita y pongas algo de tu parte. Digo que estés callada, porque si me molestas con tus quejas te vuelvo a poner la mordaza y digo que pongas algo de tu parte, no porque a mí me importe, sino porque a lo mejor así tú también disfrutas en lugar de sufrir. Mira: esto es como uno de tus consoladores pero en grande y de carne –añadió mientras le mostraba a Luz su pene erecto
Tanto los amos como Rafael, permanecían desnudos, queremos decir que no les había apetecido vestirse mientras bebían y fumaban en el salón esperando acontecimientos, de modo que la erección que el sargento Doménech lucía era visible, aunque aquello aun no alcanzaba toda su extensión y dureza. De este modo se acercó lo suficiente a la cara de Luz como para rozarle los labios con el pene mientras le decía:

_ A ver como haces para ponérmela bien dura.

Increíblemente, la sumisa no despegaba los labios. No solamente eso, sino que giraba la cabeza colocando su boca en una posición inaccesible para el pene de Rafa. Al catalán esa actitud le dejó desconcertado, porque se había acostumbrado de tal forma al sometimiento y disponibilidad de Cosita, que le resultaba difícil imaginar que alguien que se las daba de esclava, se mostrase reticente a cumplir alguna demanda suya. Pero Luz lo único que consiguió con su actitud, como Ester le había advertido, fue enfurecer a su amo. Visiblemente airado mientras le pellizcaba los pezones le dijo en tono amenazador:

_ A ti te arreglo yo hoy. Os pido permiso –añadió dirigiéndose a los amos- para hacer que esta cerda coopere.

Hasta aquel momento, tanto Cristóbal como Marcos se habían mantenido en silencio, simplemente observando. Para el nuevo, todo aquello resultaba tan excitante que se veía en la necesidad de acariciarse lentamente el pene mientras contemplaba expectante a su novia en aquel mal trance. Sin embargo, Marcos, más acostumbrado a presenciar aquellas escenas y aun más duras y excitantes, simplemente observaba con curiosidad, aunque la resistencia que Luz ofrecía, proporcionaba al juego un elemento nuevo, ciertamente inusual pero que resultaba morboso.

Para el joven profesor el que una vez en este punto alguien intentara privarle de la contemplación de lo que se avecinaba, resultaba un contratiempo desagradable, porque decidió que si había llegado hasta allí, no podía ni quería ahora parar ni dar marcha atrás. De modo que le dio permiso a Rafa para actuar como considerara conveniente de forma de someter a aquella díscola y rebelde muchacha.

_ Haz lo que quieras –confirmó- Solamente te pido que me dejes verlo.

_ Por supuesto que lo verás, esto es público –le contestó Rafa- ahora se va a enterar esta esclava de mierda, aunque ni siquiera es esclava; es simplemente una mierda.

Y diciendo y haciendo, cogió de la estantería la mordaza, la fusta y cuatro pinzas. La pobre Luz no abría la boca más que para protestar y exigir que la soltaran, pero cuando se le intentó colocar el artefacto que la mantendría en silencio, apretó las mandíbulas con fuerza, así que hubiera resultado imposible ponerle la mordaza sin la ayuda de Marcos que presionándole a ambos lados de la cara y tapándole la nariz, la obligó a abrir la boca lo suficiente como para incrustar en ella la bola y luego con rapidez, Rafa tensó y apretó las hebillas que mantenían la mordaza firme en su sitio.
Hecho el silencio, el catalán colocó una pinza en cada pezón de la profesora de inglés y otro par de ellas en los labios vaginales. Acto seguido las movió, estirando y retorciendo el pequeño mordisco de piel que cada pinza tenía aprisionado, provocando que la esclava abriera desmesuradamente los ojos y profiriera ahogados gemidos de dolor. Sin embargo, cuando Rafa le preguntó si iba a cooperar, la chavala volvió a mover negativamente la cabeza, de forma que el amo, no tuvo más remedio que propinar a aquella terca muchacha un nuevo estirón y retorcimiento de cada pinza y acto seguido, colocándose en el lugar adecuado, descargó diez fuertes fustazos sobre aquellas nalgas expuestas y entreabiertas, en esta ocasión sin preocuparse, ni mucho ni poco, de si los golpes dejaban o no marcas en la piel.

Volvió a preguntar:

_ ¿Vas a ayudarme?

Pero ahora, en los ojos de Luz apareció, junto con las lágrimas, el derrumbe, la rendición y la sumisión más absoluta. Movió la cabeza con un gesto de asentimiento.

_ Si te quito la mordaza ¿harás con la boca lo que te pida? Mira que no me jodas, porque si tengo que ponértela otra vez te juro que de aquí sales medio muerta.
Nuevo y enérgico gesto de asentimiento por parte de la muchacha. Su amo, que lo observaba todo, se frotaba compulsivamente el sexo, con una excitación y un deseo como nunca había sentido ni imaginaba que podía llegar a sentir.

Rafa le quitó a la chica la mordaza y le aproximó de nuevo el pene a los labios. Pero esta vez, la cara de Luz, bañada en lágrimas, se volvió y abriendo la boca con avidez, permitió que el sexo del catalán se paseara libremente sobre su lengua, mientras ella chupaba y lamía con la mejor técnica de que era capaz.

Pero no fue necesario esperar mucho, porque Rafa, con los azotes, ya había recuperado la forma totalmente. Sabemos que el infligir dolor resultaba para él sumamente excitante, de modo que se puso en el lugar y en la posición adecuadas para resolver por fin aquello que llevaba tanto tiempo esperando.

Todos nosotros tenemos una mitad oscura, un lado pecador y lujurioso, soez, malintencionado y egoísta. Convivimos con nuestro otro yo, en continuo y singular conflicto, la lucha que tan bien describió Marcuse, entre el principio del placer y el principio de la realidad. La búsqueda de la satisfacción nos impulsa a dejar a un lado convencionalismos más o menos triviales, incluso a poner en juego logros y aspectos importantes de nuestra vida familiar o social, a cambio de tratar de obtener el placer que nuestro yo nefando nos reclama. Es ese el caso de aquellos que, sabiendo que pueden perder su posición, su estabilidad familiar o incluso su dinero, deciden seguir viendo a su amonte, continuar acudiendo al casino, o perseverar en la bacanal, noche tras noche.

Pero todos los asistentes al drama que se estaba desarrollando en casa de Marcos, eran portadores de un lado oscuro, mucho más oscuro de lo que la moral y las buenas costumbres consideran habitual o disculpable. No porque nosotros pensemos a priori que existen cosas buenas y malas, sino porque la sociedad, con sus hábitos, normas y reglas impone que algunos comportamientos propios de nuestro yo más tétrico sean perdonables y otros no lo sean en absoluto. La búsqueda del placer a través del dolor, soportado o infligido es uno de esos comportamientos que la sociedad nunca ha perdonado ni jamás perdonará, pues se encuentra tan lejos de lo que la especie entiende por amor o por sexo y es practicado por un grupo tan minoritario, que podemos asegurar que jamás pasará a formar parte de las actitudes de nuestra mitad social y familiar. Esto, por otra parte, es también una suerte para los aficionados a estos juegos, pues les preserva absolutamente de la vulgaridad.
Aquella noche, en casa de Marcos, el lado oscuro de cuatro de los cinco participantes había ganado la batalla al otro lado, en la pugna constante que siempre y en todos los individuos mantienen ambos principios: lo social y lo personal, el placer y la realidad, lo que quiero y lo que debo. El problema surgió pues, porque entre los integrantes de la escena existía uno que no había sucumbido, ni sucumbió en aquella ocasión, al principio del placer. En otro momento, en otras circunstancias, quizá no hubiera ganado aquella batalla la mitad oscura de los cuatro y sí la hubiera ganado la del quinto, porque solamente estamos refiriendo un conflicto puntual, dentro de la inacabable guerra que ambos principios mantienen en cada persona. De hecho, estamos en condiciones de afirmar que, pasados unos meses, fue el lado más nefando de Luz quien ganó puntualmente la batalla al menos en una ocasión.

¿Cómo resolver esto? Lo normal, lo humano, lo justo, hubiera sido permitir que aquella persona continuara firme en sus principios no quebrantar su voluntad, respetar sus decisiones o sus gustos, Y ello hubiera sido posible si las cosas no hubieran llegado al punto en que ya estaban, porque la mitad oscura de los otros cuatro, ayudada por el alcohol e impelida por el deseo, se había apoderado de tal modo de ellos que, desechando cualquier consideración, decidieron satisfacer sus demandas: Rafa, Cristóbal y Marcos por acción y Ester por omisión.

De manera que ahí tenemos al sargento Doménech, mostrando toda la erección de que era capaz, colocado al pie de la camilla y tanteando con los dedos el oscuro agujerito de la pobre sumisa. Como Luz no tenía ni le era posible tener nada oculto, el hallazgo fue rápido así que guiando su propio pene con la mano, colocó Rafa el glande sobre la puerta trasera de la joven profesora y empujó un poco con delicadeza, mientras le decía:

_ Abre el culo, zorra, ábrelo para mi, verás cómo te va a gustar.

Los amos, sin perderse detalle, coreaban la acción, animando al violador a que la consumara, dándole ánimos y pidiendo a gritos que se la follara de una vez. Resultaba paradójico ver al novio de la torturada, el dulce y educado Cristóbal gritando “Fóllatela, fóllatela” mientras se masturbaba ostensiblemente.
Cuando Rafa estuvo seguro de que al menos el glande estaba dentro, sujetándose a las caderas de Luz, dio un fuerte empujón, enterrando la mitad de su pene en aquel culo. Llamó en su ayuda a Ester, para que con una buena labor de boca, produjera en la sumisa la excitación necesaria para que su relajación fuera suficiente. Como habitualmente ocurría, Cosita no se hizo de rogar y comenzó a lamer y chupar el clítoris y el sexo de la muchacha, rozando también con sus labios la polla de Rafa que entraba a empujones en aquel delicioso culito que, a pesar de todo lo que le estaba ocurriendo, se estaba abriendo.

Al poco de comenzar Ester con su labor, Rafa apretó de nuevo y en esta ocasión logró meter todo su pene en el culo de la sumisa, iniciando entonces lentamente el conocido movimiento de mete y saca y comprobando que a medida que aumentaba el ritmo de las maniobras de Ester en aquél coño, aumentaba también la abertura trasera de la profesora, de modo que el catalán se pudo permitir sacarla completamente para mostrar el dilatado culo a ambos amos y volverla a meter luego sin apenas dificultad.
No podemos precisar ahora, ni hubiéramos podido hacerlo en su momento, cuánto tiempo duró aquello, pero sí sabemos que terminó como Rafa había pronosticado. Cuando sintió la inminencia de la eyaculación avisó a Ester para que dejara lo que estaba haciendo y corriera a abrirle la boca a la pobre y torturada joven, pues quería el sargento asegurarse de que iba a poder llenarla de semen, para lo cual era necesario impedir que en el momento crucial Luz la cerrara. Acudió Ester solícita como siempre, con los dedos de una mano tapó la nariz de la torturada y con la otra mano presionó fuertemente en las mandíbulas, de manera que la chica se vio forzada a abrir la boca desmesuradamente. Segundos antes del momento crucial, dio por terminado Rafa lo que estaba haciendo, sacó su pene del culo de la chavala y presionándolo con la mano para evitar una eyaculación intempestiva, corrió a introducirlo en aquella boca que Ester le mantenía abierta y ofrecida.

_ Chupa, chupa. Mira a que sabe tu culo, tienes que notar en mi polla el sabor de tu culo –le decía Rafa a Luz, con el ánimo de incrementar aún más su humillación. La verdad es que la joven esclava se había rendido y estaba absolutamente dispuesta a chupar y lamer cualquier cosa que se le presentase incluso con delectación. Pero apenas le rozó el glande con la lengua cuando Rafa dio rienda suelta a todo lo que llevaba en su interior y gritó, mientras expulsaba el semen en varios chorros intermitentes que llegaron hasta la garganta de aquella pobre criatura, provocándole unas arcadas que a punto estuvieron de terminar en vómito.

Los amos, no habían perdido detalle, pero ya todo había terminado y el principio de la realidad cayó de nuevo, como una losa sobre Marcos y sobre los chicos. No decimos nada de Ester, pues por entonces y aun durante mucho tiempo, se excusó a sí misma diciendo que ella realmente no había hecho nada, aunque todos tenemos por cierto que se puede cometer una mala acción activamente, o por omisión. Incluso podemos ir más allá afirmando que Ester fue colaboradora necesaria y si nos ponemos a revisar los hechos no cabe duda que omitió el deber de auxilio ante una situación tan dolosa para Luz como aquella lo fue.

Y todo había terminado. Nadie habló una palabra, más que Marcos que dijo con parquedad a Cosita simplemente “Desátala”. Paulatinamente el lado oscuro iba regresando a su sitio, después de haber ganado tan brillantemente aquella batalla y la percepción de lo que habían hecho se abría paso hasta su conciencia. Por eso, el ominoso silencio que se desplomó sobre ellos, no pudo ser roto por nadie. Cada uno, en su interior, estaba tratando de devolver a su otro yo a ese lugar donde casi siempre está y de donde no debió haber salido aquella noche.

Ester, también en silencio, desató a Luz y después de desembarazarla de todos los nudos y amarres que la habían mantenido tan eficazmente inmovilizada, la ayudó a ponerse en pie. Nadie mejor que ella sabía que cuando una atadura se prolonga demasiado en el tiempo, cuesta trabajo recuperar el uso completo de los miembros. Por eso, a la joven le temblaban las piernas cuando trató de dar los primeros pasos. Además, le dolía bastante el ultrajado culo, pero lentamente sin pronunciar palabra, se dirigió al dormitorio, donde habían dejado la maleta y una vez vestida, comenzó a recoger sus pertenencias con expresión triste y afligida. En el equipo de música sonaba con estridencia “Born on the bayou” de Credence Clearwater Revival.
No se demoró mucho en esa operación, pues ambos habían venido ligeros de equipaje. Al fin y al cabo era un fin de semana especial, porque tenían por cierto que la mayor parte del tiempo iban a permanecer en el interior de una vivienda y poco vestidos, sino desnudos, de modo que los útiles de aseo, un par de blusas y un par de bragas, era cuanto Luz había considerado necesario para el viaje. Lo metió todo en una bolsa de plástico, dejando en la maleta las pertenencias de Cristóbal. Se puso la cazadora y pensaba simplemente marchar, sin abrir la boca, pero Marcos se dirigió a ella:

_ Perdona, un momento... ¿Te marchas?

_ Sí, desde luego.

_ Espera, lo siento, todo se puede hablar –en aquella ocasión el letrado no sabía realmente lo que podía hacer o decir. Los sucesos habían trascendido de su capacidad de asimilación y desconocía la respuesta o la actitud adecuada para tratar de reconducir las cosas. Para mayor abundamiento parecía incluso que se le habían disipado fulminantemente los efectos del exceso de alcohol.

_ No tengo ganas de hablar. Me marcho –aseveró con firmeza Luz - solo quiero saber si Cristóbal viene.

En principio el aludido pretendía quedarse. La necesidad que tenía de mostrarse amo, era en verdad mucho mayor que la que Luz había sentido de mostrarse esclava. Para ella, era un juego pero para él, al igual que para Marcos, era una actitud. Apenas había comenzado Cristóbal a entrever un mundo de posibilidades infinitas, que iban más allá de sus deseos ocultos y dejaban cortas cualquiera de sus fantasías. Quería quedarse porque necesitaba disfrutar de Ester, quería probar lo que se siente con un látigo en la mano, marcando unas nalgas como las suyas. Además, Marcos le había hecho entrever múltiples posibilidades cuando estuvieron hablando en el salón, mientras Cosita limpiaba y preparaba a Luz. Posibilidades como la de contemplar a la perrita haciendo sus necesidades en el cajón y otras muchas cosas que el chico ni siquiera sabía que existían. Prefería quedarse, porque se daba cuenta de que el supuesto amor que sentía por Luz, no era tal, o al menos no era lo suficientemente intenso como para impedirle tratar de realizar sus fantasías, dar rienda suelta a sus deseos y actuar con una mujer como amo, sin apenas trabas ni limitaciones. Luz era una etapa, había resultado interesante durante algún tiempo, con ella había comenzado a experimentar la dulzura de aquel tipo de relaciones. Pero lo que ahora tenía delante era la quintaesencia de esa dulzura, el azúcar mismo y no quería desaprovechar la magnífica oportunidad que se le ofrecía a pesar de que la conciencia le decía que debería acompañar a su novia y tratar de hacerse perdonar por ella. Tratando de que su deseo prevaleciese, intentó que Luz cambiara de opinión y se quedara, sin conseguirlo. Y estando así las cosas, manifestó Cris su intención de terminar allí el fin de semana, conforme a lo previsto, independientemente de que Luz pudiera hacer lo que le viniera en gana.

Pero cuál no sería la sorpresa del joven profesor, cuando el propio Marcos estuvo en desacuerdo con sus tesis, poniendo de manifiesto que ellos dos habían venido en lote y que en lote se marcharían, pues él no iba a consentir poner a Cosita a disposición de Cristóbal, sin ninguna contrapartida por su parte, pues entendía que esas no entraban en el condicionado del pacto verbal que ambos habían establecido.

_ Siento mucho lo que ha pasado, de verdad –explicó Marcos- y me gustaría que no hubiera pasado, pero ahí está. Ya es inevitable y lo hemos hecho entre todos. Pero si Luz se va, tú también.

Quizá pretendía el hombre estableciendo esa dura disyuntiva, forzar un poco la situación para que ambos se quedaran o tal vez, por el contrario, su intención era que los dos desaparecieran para tratar de olvidar cuanto antes los lamentables sucesos que allí habían ocurrido. Sea como fuere, Cristóbal fue forzado a elegir entre esas dos opciones: debía convencer a su novia para que ambos se quedaran; en caso contrario los dos tenían que marcharse. La firmeza de la decisión de Luz acerca de desaparecer inmediatamente, sin esperar siquiera a la mañana y sin posibilidad de cambiar de opinión en absoluto trajo como consecuencia que, en apenas quince minutos, Cristóbal se vistió, recogió sus cosas y casi sin despedirse, ambos desaparecieron.

Los tres hablaron entonces largamente acerca de lo ocurrido y estuvieron de acuerdo en que habían obrado con poca lealtad, ningún comedimiento y escasa prudencia. Pero existían matices entre ellos. Rafa admitía los hechos y los errores, pero no se arrepentía. Al fin y al cabo pensaba que la vida también había sido extremadamente injusta con él en muchos sentidos y que a nadie le pasaba nada porque le dieran por el culo. Marcos se arrepentía, admitía que habían actuado mal, injustamente y con ningún respeto por la libertad individual de las personas. A cambio había tenido el privilegio de presenciar en directo un acto que raramente lo puede observar nadie más que el que lo comete como es una violación. Razonaba también que Cristóbal había consentido y de esta forma trataba de justificar ante sí mismo la lamentable victoria de su lado oscuro.

Por su parte Ester, lo tenía claro. Ella sólo había hecho lo que le mandaban. Obediencia debida, alegó ante su conciencia. De forma que, en resumen, nadie acabó por sentirse culpable, ni tan siquiera responsable de todo aquello, como si lo hubieran presenciado por televisión y hubiera ocurrido en Marte, no en su propia casa, delante de ellos y con su participación y aplauso.

Lo que los tres se figuraban en aquél momento era que de la pareja de jóvenes profesores nunca más volverían a saber. Y así fue en efecto para Ester y Rafa. Pero mucho tiempo después, cuando ya todo había terminado, recibió Marcos en el apartado de correos una carta de Luz, dirigida a él, en la cual le suplicaba una nueva sesión, esta vez ya sin restricciones, porque nosotros sabemos perfectamente que esta peculiar forma de entender el sexo, se lleva en la sangre, para bien o para mal y si te engancha, jamás te suelta, ya adoptes el rol dominante ya el sumiso. Nos parece recordar que en la carta explicaba que a raíz del incidente su relación con Cristóbal se terminó y ella pretendió olvidar lo que había pasado, imaginando que eso no le gustaba y tratando de que en la nueva relación que había establecido con otro chico, el sexo se practicase dentro de los límites considerados normales por las malas gentes de bien.

Sin embargo, el gusanillo de la sumisión había prendido en ella de forma irrevocable y por mucho que el principio de la realidad tratara de imponerse conscientemente al principio del placer, su lado oscuro existía, como el de todos, pugnando por salir a flote, sin que le afectase el paso del tiempo. Así, había terminado aburriéndose del sexo convencional y buscando nuevas oportunidades se había decidido a escribir aquella carta, para tratar de hacerse perdonar por Marcos, ofreciéndose a él y a Rafa sin apenas condiciones.

Le contestó el letrado en escueta misiva, contándole como habían cambiado las cosas, congratulándose de que al fin hubiera asumido su condición y explicándole que él no tenía ya nada con que satisfacerla. A partir de ahí, realmente nunca más volvió a tener noticias suyas.

Pero todo esto ocurrió años después de la noche de la violación, al final de la cual, como ya hemos contado, resultó que nadie había violado a nadie y si alguien lo había hecho realmente era porque le habían dado permiso, porque la violada se lo merecía y no le pasaría nada o simplemente porque cumplía órdenes. Así las cosas y lavadas las conciencias, los tres se fueron a dormir mientras en la vieja ciudad castellana amanecía.