

El problema inmediato para Rafa, consistía en dar un nombre, y una dirección o un número de teléfono. Lógicamente tendría que enviar a los desconocidos anunciantes algún dato que les permitiera entrar en contacto con él y eso le producía una profunda inquietud. Como hacía siempre que se le presentaba un dilema, pasó varios días intranquilo y meditabundo antes de tomar una decisión, pues le daba un poco de aprensión que personas indiscretas o malintencionadas pudieran conocer y divulgar sus fantasías y deseos más ocultos. El simple hecho de contestar a un anuncio como aquél, ya denotaba a las claras cual era su manera de entender la sexualidad. No cabía luego desdecirse alegando que todo se trataba de un lamentable error. Otra cosa, sin duda, hubiera sido responder a una mujer sola que solicitase una relación “normal”. Ahí no habría habido ningún problema. Pero Rafa consideraba que tratar de entablar una relación sadomasoquista y además con una pareja era una aberración de tal calibre que si alguien se enterase supondría el fin de su carrera militar. Incluso pensaba que tendría que abandonar España y trasladarse a vivir a un país donde nadie le conociera. En fin... Veía montañas en los granos de arena, profundas simas en los baches y gigantes en los molinos de viento.
El miedo y la inseguridad del sargento Doménech a la hora de tomar decisiones, se manifestaban en esta ocasión de forma alarmante. Pero como le había ocurrido muchas otras veces en relación con este asunto, venció el deseo a la prudencia y presa de la excitación, escribió una brevísima carta en la que, después de hacer una somera descripción de su persona, comunicaba a los desconocidos su edad, y su deseo de entablar una relación con ellos basada en las premisas que especificaban el anuncio. Les enviaba el número de teléfono de la Base Aérea de Villanubla con la indicación “Preguntad por Rafael Doménech” y luego con mayúsculas “POR FAVOR MUCHA DISCRECIÓN”.
La vida de Rafa continuó naufragando en la monotonía. Apenas tenía relación con nadie. Después del trabajo, que realmente no era mucho, dedicaba cotidianamente casi tres horas al deporte. Los días libres bajaba a Valladolid, entraba en alguna discoteca y trataba de ligar con alguna chica, apremiado por el único deseo de conseguir una relación sexual rápida y sin compromiso. Cuando no lo lograba no tenía reparos en requerir los servicios de una profesional. Era asiduo visitante de la margen derecha del Pisuerga donde acudían frecuentemente las parejas que por diversas circunstancias, casi siempre económicas, no disponían de un lugar más confortable para procurarse un poco de satisfacción. La verdad es que no podía quejarse de su éxito con las mujeres; el aspecto físico, la ropa cara y el elegante porte le ayudaban mucho a romper el hielo y conseguir un primer contacto, aunque posteriormente, su extraña manera de ser, tan taciturno y esquivo, impedía que cualquier relación fuese lo suficientemente duradera como para conocer de la chica que tenía al lado, algo más que su cuerpo y en ocasiones nefastas ni siquiera eso.
Una vez a la semana, siempre los viernes, se ponía en contacto telefónicamente con su familia, con la misma alegría que quien se ve obligado a ingerir un purgante. No es que tuviera nada interesante que compartir con Dña. Nuria, pero una especie de voz interior le decía que tenía la obligación de llamar a casa para que su madre supiera que continuaba vivo. La mujer le daba los reiterados consejos de aquellos que las madres dan siempre a sus hijos, acerca de la conveniencia de comer en abundancia, no beber ni fumar, abrigarse y huir de las malas compañías. Rafa aseguraba siempre que se encontraba perfectamente, que nunca bebía ni fumaba, que había engordado y que en la Base eran todos excelentes individuos. La conversación se extendía un poco en recabar noticias de su hermano y hermana, pero una vez tocado el manido tema de las condiciones atmosféricas, ambos sentían que no tenían nada más que decirse, de manera que enviándose una profusión de besos colgaban el teléfono con la esperanza, siempre frustrada, de que el siguiente viernes mejorase su nivel de comunicación.
Decidió adquirir un coche a plazos y se inclinó por un maravilloso Renault 19 16 v. rojo, metalizado, veloz... Precioso. Tenía ganas Rafita de pilotar un automóvil potente y llamativo. El modelo que eligió acababa de salir al mercado y llamaba la atención cuando circulaba por las estrechas calles del centro de Valladolid. La posesión de objetos caros y exclusivos, supone una gran ayuda para la personalidad de un ser inseguro y víctima de un complejo de inferioridad. El nuevo vehículo le permitió dos cosas: una aumentar su ya alto porcentaje de éxito entre el personal femenino y otra abandonar para siempre la ribera del Pisuerga, trasladándose con su eventual pareja en el coche a cualquier hotel de carretera en donde confortablemente podían dar rienda suelta a su deseo.
Pero la vida continuaba siendo monótona, insulsa y aburrida; el tedio hacía presa en el ánimo del sargento Doménech sin poderlo evitar. Creemos que estaba al borde de la depresión cuando una mañana, por la megafonía de las instalaciones militares anunciaron:
_ Sargento Doménech, acuda al teléfono por favor. Sargento Doménech, acuda al teléfono por favor.
_ Dígame.
_ ¿Eres Rafael? -una voz de bajo le respondió al otro extremo de la línea.
_ Si soy yo. ¿Quién eres?
_ Hemos recibido una carta en repuesta a un anuncio que publicamos en “CLIMA”. Me llamo Marcos. ¿Puedes hablar?
Rafita recordaba sólo de tarde en tarde que había respondido tímidamente a aquella excitante demanda. Llegó a pensar que los anuncios de contactos en general eran una tomadura de pelo o una artimaña de las editoriales para aumentar sus beneficios. Estaba seguro de que hacía casi dos meses que había enviado la carta. Le extrañó la pregunta:
_ ¿Si puedo hablar? Claro que puedo hablar...
_ Me refiero -le explicó la voz de bajo de Marcos- a que si puedes hablar con libertad, si no te está escuchando nadie.
_ A no, eso no.
Rafa siempre había pensado que los teléfonos de las instalaciones militares están todos intervenidos y que generales y coroneles se divierten escuchando las conversaciones de sus subordinados.
_ Pues dime simplemente qué día podemos vernos.
A Rafa le pareció que la cosa iba excesivamente rápida, pero respondió:
_ Mañana por la tarde.
_ Está bien, de acuerdo. ¿Conoces un pub que se llama Herminios?
_ No.
Rafa apenas conocía nada de Valladolid y menos aún los nombres de los locales.
_ Bueno -terció Marcos- No tienes pérdida. Está en la Plaza de la Universidad, se llama Herminios y es un pub musical, con música de jazz. La plaza de la Universidad la conoces ¿No?
_ Sí, eso sí.
_ Entonces mañana a las siete allí. ¿Te parece bien? -Marcos ya lo dio por sentado- Me reconocerás porque seré el más alto de todos los que estén en el Pub. Mido más de 1´90 y llevaré un periódico en la mano. ¿Cómo eres tú?
_ También alto, aunque no tanto y moreno.
Rafa apenas decía algo más que monosílabos.
_ Creo que no tendremos problema en reconocernos. Entonces hasta mañana. Sé puntual, por favor.
_ Hasta mañana.
Cuando colgó el teléfono su mente daba vueltas como el tambor de una lavadora, sin saber a qué carta quedarse. Sus ideas iban y venían y sus pensamientos se contraponían una y otra vez. Paradigma de la irresolución, Rafa por una parte deseaba fervientemente conocer a aquella pareja y por otra le parecía que las cosas habían ido con excesiva rapidez. Pero por otro lado, si les había dado su nombre y su teléfono ya no existía motivo para demorar más el encuentro y la conversación; aunque desde otro punto de vista también podía tratarse de personas que albergaran intenciones aviesas, como chantajearlo o algo parecido.
_ Mierda -dijo en voz alta. Y continuó pensando: “parece una persona culta y discreta. Si con ellos puedo dar rienda suelta a todas mis fantasías sexuales, merecerá la pena. Voy a decidirme por una vez. Iré a la cita.”
Repentinamente le asaltó el temor de que detrás de todo aquello hubiera agazapada una relación homosexual de algún tipo. Porque ¿cuál se suponía que iba a ser el papel del hombre con quien acababa de hablar? ¿Simplemente permanecería mirando sin hacer nada o, al menos, sin interactuar con él de ningún modo? Desde luego que si pretendía otra cosa no la iba a conseguir. Pero por otra parte, si aquel tipo buscara una relación con otro hombre, simplemente lo indicaría así en el anuncio, de modo que quizá no hubiera nada que temer en ese sentido.
Nunca había tenido Rafael una relación homosexual propiamente dicha. Es cierto que en el colegio había un padre confesor que se tomaba ciertas libertades con los niños a la hora de escuchar sus pecadillos y faltas. Le llamaban “El Queridín”, porque mientras los chavales descargaban sus conciencias, en la soledad del confesionario él les amonestaba diciendo “Ay queridín, queridín” con la típica terminación leonesa del diminutivo que a los niños, que mayoritariamente hablaban catalán, les llamaba mucho la atención. Entre tanto, las manos del viejo padre no descansaban, acariciando al niño penitente por todas partes y besándolo “paternalmente” en los labios.
Rafa no fue consciente de la pederastia de “El Queridín” hasta que se hizo adulto y comprendió la doble intención de los piropos, las caricias y los besos del viejo sacerdote. Pero no se puede decir que esas actividades le traumatizaran ni muchísimo menos, porque “El Queridín” era tan sutil que, en general los niños no se daban cuenta de la manipulación que estaban sufriendo. A Rafita, incluso, le agradaba sentirse acariciado y amado por alguien, pues en su casa las demostraciones físicas de cariño se reducían a un esporádico contacto en la mejilla, a manera de beso, que no traslucía amor, ni siquiera afecto. Era más bien una especie de protocolo social, como cuando te presentan a una desconocida pija y esnob y te ves obligado a juntar, por unos breves instantes su pintarrajeada mejilla con la tuya. Por eso complacían a Rafa la profusión de caricias y palabras amables de “El Queridín”. Se sentía amado e importante y en ningún momento pensó que las intenciones del sacerdote traspasaban impunemente su labor pastoral y educativa.
Otra cosa fue cuando una tarde decidió pirarse una clase y acudir a un cine en el barrio de Gracia. No era la primera vez que hacía esto ni tampoco fue la última pero en aquella ocasión, cuando quiso caer en la cuenta, su vecino de butaca había apoyado discretamente una mano en su entrepierna. Sin embargo, Rafa se dejó hacer, de lo cual podemos colegir, que aunque realmente a él le gustaban las chicas y nunca se le hubiera ocurrido considerarse marica, se encontraba siempre receptivo a todas aquellas actuaciones que pudieran asimilarse a manifestaciones de afecto. Algún otro día acudió nuevamente a ese cine. No buscaba precisamente asistir a la proyección de una buena película. Se había convertido ya en un experto en reconocer con la mirada a los hombres que le podían proporcionar el placer de unas caricias y se sentaba deliberadamente a su lado. Alguno de ellos intentó que la relación pasase a mayores, invitando al joven y apuesto Rafael a acompañarlo a lugares más cómodos, pero el chico siempre rehusó.
Sin embargo ahora las circunstancias podían ser otras. Quizá además del componente de dominación, en la relación que pensaba entablar con el tal Marcos podría existir algo de homosexualidad. No sabía Rafa como iba a reaccionar ante la presencia de un hombre desnudo y excitado requiriéndole sexualmente, de modo que las dudas sobre acudir o no a la cita volvieron a asaltarle. Al final decidió ir porque, con buen criterio, imaginó que si en la actualidad alguien desea realmente una relación con otro hombre, simplemente lo pide así y en todo caso Rafa estaba seguro de que su fuerza física le permitiría controlar en todo momento cualquier situación insospechada.
Pasó la noche pensando en su nueva aventura y tardó mucho en quedarse dormido. Se levantó con una visible erección y recordaba haber soñado con mujeres desnudas que le ofrecían sus nalgas para ser azotadas y sus bocas para que eyaculase en ellas mientras que hombres silenciosos contemplaban la escena inmóviles, en segundo plano.
Terminada la labor, a eso de las cinco de la tarde, Rafa se duchó y se vistió de la forma más exquisita que pudo. Inmaculadamente afeitado y perfumado, subió a bordo de su 16 válvulas y se dirigió al encuentro que tenía concertado. Se sentía emocionado y nervioso, como nunca le había sucedido cuando quedaba con una chica. Presentía que algo excitante y novedoso le iba a ocurrir, de forma que quizá se acabaría la monotonía y el tedio de su gris existencia.
Era día laborable y el tráfico estaba descontrolado. Lloviznaba y a todos los vallisoletanos se les había ocurrido utilizar el coche para ir a buscar a los niños al colegio. Pensó que lo mejor que podía hacer era aparcar detrás de S. Benito, aunque hasta la universidad le quedase un buen trecho. Acostumbrado a las distancias de Barcelona, el concepto de lejanía para Rafa en Valladolid era muy relativo. Atravesó la plaza de San Miguel y por la calle San Blas llegó a la plaza de la Universidad, pasando por delante de la Antigua. No tardó en localizar el Pub. Se dirigió hacia él y observó que después de la puerta había unas escaleras que bajaban al local. Consultó su reloj. Exquisitamente puntual, comprobó que aún quedaban diez minutos para la hora de la cita. Se distrajo mirando un escaparate de ropa femenina y a las siete menos cinco en punto entró en el Herminios.
Era un local de estilo inglés con una decoración abigarrada pero que proporcionaba al lugar un ambiente muy exclusivo y personal. Fotografías de grandes del jazz (Ella Fitzgerald, Duke Ellington), instrumentos musicales y objetos diversos se distribuían desordenadamente por las paredes. Una larga barra además de una docena de mesas con sillas y butacas, envuelto todo en penumbra, conferían al local una personalidad propia y agradable. El ambiente del Herminios era básicamente nocturno: de seis de la tarde a cuatro de la madrugada. A la hora que llegó Rafa, todavía el humo del tabaco no había tapado el discreto olor a lavanda del ambientador. En el centro, un piano, un saxo y una batería descansaban sobre una tarima con un cartel que advertía: “Solamente para uso de buenos aficionados”
No tuvo ninguna dificultad para verle. Es más: la dificultad para aquél hombre sería pasar desapercibido. Era una verdadera torre que sobresalía veinte centímetros por encima del resto de los clientes del local. Ostensiblemente mostraba el periódico, mientras sentado en un taburete de la barra paladeaba con aparente delectación una Voll-Damm y fumaba un cigarrillo.
Tranquilamente Rafa se colocó en otro lugar desde donde pudiera observarle. No podía cometer el error de dirigirse a una persona equivocada. Antes de que el camarero se acercase, Marcos se levantó de su asiento y se dirigió hacia él.
_ ¿Rafael? –inquirió-. Y apenas había comenzado el sargento Doménech un movimiento de asentimiento cuando se encontró con una mano tendida delante de él en ademán de requerir un saludo -Yo soy Marcos.
_ La verdad es que sí eres alto -se atrevió a decir Rafa.
_ Ya te lo había dicho. Espero que no hayas tenido muchos problemas para encontrar este sitio.
Marcos hablaba y hablaba de temas banales, actuando como si ya se conociesen de toda la vida y hubieran compartido mil y una situaciones y vivencias. La intrascendencia de la conversación, permitió a Rafa observar con minuciosidad al cada vez menos desconocido que tenía delante.
Si algún extraterrestre quisiese transportar algún día a un espécimen humano para ocupar la jaula del “Homo Sapiens macho” en un zoo alienígena, tendría que capturar a Marcos. Estaba Rafa seguro de que si a una mujer, se le preguntase qué es un tiarrón, describiría de una forma más o menos exacta las características físicas de un hombre como Marcos.
Verdaderamente alto y fuerte, sus casi noventa kilos de peso se repartían proporcionadamente entre sus ciento noventa y un centímetros de estatura. Rafa, acostumbrado a calibrar los cuerpos de los deportistas, calculó enseguida que todo aquello no podía lograrse sin trabajarlo adecuadamente, así que preguntó:
_ ¿Vas a un gimnasio?
_ Sí. Voy dos horas diarias, cuatro días a la semana, desde los diecisiete años -respondió Marcos. Y añadió orgulloso- Se nota ¿No?
_ Joder, claro que se nota. ¿Cuánto levantas? -A Rafa ya le había picado la curiosidad.
_ Hombre, depende. No es lo mismo un ejercicio que otro ¿Tu sabes algo de esto?
_ Bueno yo también he ido alguna vez a un gimnasio, pero no duré mucho. Me parece aburrido. Me gustan más otros deportes como la carrera de fondo, la natación, el remo o el ciclismo.
_ Todos aeróbicos -sentenció Marcos- Con esos deportes nunca llegas a desarrollar la musculatura. Yo, sin embargo, no hago nada más que pesas y en cuánto a levantar te diré mis máximos: en sentadilla y en pres banca cien, en peso muerto doscientos, polea tras nuca sesenta, curl de bíceps cuarenta. Por ahí ando.
Rafita se quedó impresionado. Eran pesos que superaban ampliamente su propia capacidad máxima.
Marcos pareció adivinar sus pensamientos y con un “¿Quieres que hablemos de lo que nos ha traído aquí?” Se dirigió resueltamente a una de las mesas más discretas e invitó a Rafa a acompañarlo. Este cogió la copa que estaba tomando y se sentó a su lado.
Ahora podía verle por primera vez la cara, con cierto detenimiento y con buena luz, pues los halógenos que iluminaban la barra estaban orientados directamente sobre esta, manteniendo los rostros de los clientes en la oscuridad. A sus 39 años no tenía Marcos arrugas y lucía una piel del rostro firme y tersa. El pelo, de color castaño claro estaba perfectamente peinado hacia atrás dejando ver una frente amplísima. Las cejas casi rubias, los ojos verdes y expresivos, mostraban sin embargo un fondo de triste melancolía, que nunca hubiera permitido decir que Marcos tenía una mirada alegre. La nariz grande, como de boxeador y el cuello largo; en el dedo anular izquierdo lucía un soberbio sello de oro y las manos eran bonitas y delicadas, increíblemente gráciles si consideramos que estaban acostumbradas a aferrar barras de gimnasio cargadas con aquellos pesos. Vestía un traje impecable y calzaba unos Castellanos tan impolutos que en el empeine se reflejaban las luces del local. No llevaba corbata y al poco de sentarse se quitó la chaqueta afirmando “Hace calor ¿No?”. La camisa, de corte perfecto, era sin duda de buena marca aunque Rafita no pudo clasificarla a pesar de ser un experto en semejantes menesteres. Se remangó, bebió otro trago con parsimonia y al fin dijo:
_ Sé que te estás haciendo muchas preguntas. Yo también me las hago con respecto a ti, pero como el anuncio lo hemos puesto nosotros, o mejor dicho, yo; no voy a preguntarte nada. Solo voy a hablar con el propósito de que conozcas perfectamente la situación. Ya me dirás en su momento lo que quieras si es que llego a ganarme tu confianza. ¿Te parece?
_ Perfecto -Rafa quería empezar a meterse en su papel, aunque a decir verdad no sabía cómo- Pero me gustaría saber -añadió- qué es exactamente lo que esperas de mí.
_ Primero voy a presentarme. Me llamo Marcos Laxe Ameneiros, soy abogado y trabajo en mi propio bufete. Además, tengo varios negocios: un taller de reparación de coches, una academia de enseñanza, y algunos locales y pisos alquilados.
Aquello era casi un curriculum. A Rafa le asombró la inmediata sinceridad de la que hacía gala aquél individuo y para corresponder se creyó obligado a decir su nombre completo y su lugar de trabajo, aunque en su fuero interno continuaba manteniendo un cierto grado de intranquilidad y desconfianza.
_ Permite que te cuente una historia. Es un poco larga y parece una novela a veces rosa y otras pornográfica, pero es más real que el sol que nos alumbra -Marcos se arrellanó en la butaca y dirigiéndose al camarero ordenó:
_ ¡Andrés, pon otras dos! -mientras señalaba alternativamente con el dedo índice sus copas vacías.
_ Bueno, pues verás: yo no soy de Valladolid, supongo que por mis apellidos, tan galaicos, ya te habrás dado cuenta. Porque aunque no nací en Galicia, me crié en un pueblo de la provincia de La Coruña, hice el bachillerato en Santiago y mis padres, mis abuelos y todos mis antepasados hasta donde se recuerda son gallegos. Por motivos que no vienen al caso, aunque no tengo ningún inconveniente en contártelos más adelante si nuestra relación llega a buen término, a los dieciséis años me vine a Valladolid a estudiar Derecho.
_ Bueno –dijo Rafa más que nada por intervenir en la conversación – entonces casi eres de aquí.
_ Pues sí -continuó Marcos- Ya son muchos años y toda mi vida profesional y personal se ha desarrollado en esta ciudad. Bueno, que me enrollo. Seguimos con lo nuestro ¿No?
Rafa asintió. La verdad es que le picaba la curiosidad.
Marcos continuó con su interrumpido relato:
_ Casi desde que nací, o al menos desde que tengo recuerdos, mis fantasías y deseos sexuales han sido siempre los mismos: tener a una mujer completamente entregada a mí, poseerla, como se posee un objeto, como quien tiene algo valioso, pero propio, una especie de preciosa joya pero que además de lucirla, puedes realizar con ella todo tipo de actividades sexuales y castigarla si no responde a tus expectativas. De adolescente siempre imaginaba que raptaba a una mujer, como ocurre en algunas películas de piratas. Sin embargo los motivos para hacerlo no estaban relacionados con la obtención de un rescate, sino que me la quedaba para mí, con el fin de utilizarla como juguete sexual. Me he masturbado muchas veces con esas fantasías. Bueno, como te contaba, llegué a Valladolid a los dieciséis años, solo y un poco asustado, la verdad. Me hospedé en una pensión con la que había entrado en contacto desde Santiago. Una casa particular en la calle Cárcel Corona que alquilaba habitaciones a universitarios en pensión completa. Era la típica pensión de estudiantes, como La Casa de la Troya, pero en vallisoletano. Éramos seis chicos, aunque en los cinco años de carrera no siempre fuimos los mismos. Los había de Santander, del País Vasco e incluso un par de años compartí pensión y facultad con un chaval de Coruña.
Rafa escuchaba atentamente sin pestañear. No entendía muy bien a qué venía esta larga perorata, pero la forma de hablar de Marcos lograba despertar y mantener su atención. “No en vano es abogado” pensó. El relato continuaba:
_ Mi primera relación sexual fue a los diecinueve años. Ya sé que pensarás que me retrasé bastante, pero la verdad es que fue así. Siempre creí que el sexo como todo el mundo lo entiende, no me interesaba. Me parecía que me iba a resultar una actividad demasiado monótona y aburrida y por otra parte, no estaba dispuesto por entonces a emplear demasiado tiempo en ligues. Hice la carrera en cinco años, aprobando siempre todas las asignaturas en Junio. Te digo esto no para presumir, sino para que te des cuenta de que no era tiempo precisamente lo que me sobraba. Además, todos los fines de semana que me lo ofrecían trabajaba como camarero, porque el dinero que me enviaba mi familia no era suficiente para pagar la pensión y hacer frente a mis gastos. Las vacaciones de verano también las pasaba trabajando, el menos siempre que podía y todo lo que podía.
Rafa asentía a todo, siguiendo interesado el relato pero sin llegar a comprender a dónde iría a parar la trama. Marcos continuó sin inmutarse:
_ No sé si sabes que a la Universidad de Valladolid vienen todos los inviernos estudiantes estadounidenses a perfeccionar el castellano. Son todos de último curso y de los más brillantes. Pues conocí a una de esas estudiantes, una chica de nombre Gene, que por entonces contaba la misma edad que yo, diecinueve años. Una belleza rubia, llamativa y despampanante, totalmente norteamericana en el aspecto, alta, de ojos claros y ligeramente pecosa. Ella quería practicar el idioma, a mí la muchacha me gustaba y además teníamos muchas cosas en común, porque su padre y el mío… Por cierto, ¿te he dicho a qué se dedicaban mis padres?
_ No –negó Rafa reafirmando el gesto con la cabeza - no hemos hablado hasta ahora de eso.
A continuación, Marcos creyó oportuno explayarse tanto acerca de su familia como de su situación social y económica, de forma concisa y resumida, pero clara y comprensible.
Rafita alucinaba. Su nuevo amigo le estaba contando hasta sus orígenes familiares. Eso él sería incapaz de hacerlo con un desconocido e incluso con nadie, pero cuando estaban todavía en la barra, Marcos le había advertido que él tenía la teoría de que toda relación humana que no se base en la sinceridad está condenada a fracasar y aunque la verdad tampoco asegurase el éxito, estaba claro que su ausencia garantizaba el fracaso. Asumiendo esa hipótesis, Rafa pensó que si todo lo que contaba era cierto, debía tener mucho interés en que su incipiente relación llegase a buen puerto, pues por falta de sinceridad, por su parte al menos, desde luego no iba a quedar.
Marcos hizo una pausa para sorber un poco de cerveza y encender un cigarrillo. Rafa se fijó en el paquete de Celtas cortos y el Dupont sobre la mesa y le pareció una incongruencia juntar ambas cosas. El letrado, expulsó una bocanada de humo y continuó:
_ Como te decía, me la ligué, o nos ligamos mutuamente. A mí me encantó la forma de actuar de ella, tan diferente a las españolas de entonces. Simplemente un día estábamos en una discoteca que había en la calle Cervantes y me dijo que le apetecía irse a algún sitio para estar conmigo a solas. Ese proceder, era por entonces impensable en cualquier chica española porque las mujeres que quisieran pasar por decentes simplemente no hacían eso; entendiendo aquí el concepto de decencia como lo entendía la sociedad de la época, porque el que no hace daño a nadie siempre es decente.
Bueno: el caso es que yo no tenía donde llevarla. Ni coche ni dinero para hotel. Me las arreglé para introducirla subrepticiamente en la pensión y pasamos la noche juntos. Ahora te diré la verdad: a pesar de mis diecinueve años, que dicen que es la edad en la que el hombre disfruta de una mayor potencia sexual, me costó muchísimo llegar a la erección y a la eyaculación, sin embargo, con las fantasías que me ayudaban a masturbarme lo lograba sin problemas diariamente y en ocasiones más de una vez al día.
Y me costó llegar porque la chica, aunque muy dulce, no tenía ningún problema en exponer claramente sus pretensiones y preferencias: buscaba muchas caricias y besos, delicadeza, atenciones, cariño. Toda esa liturgia que rodea el sexo en la mayoría de las personas y que a mí me produce más tedio e insatisfacción que excitación y placer. Desde luego que ella se dio cuenta de que las cosas no funcionaban todo lo correctamente que su precioso cuerpo merecería y como consecuencia nunca más me propuso repetirlo, aunque lo cierto es que si lo hubiera hecho yo no hubiera aceptado. Con una frustración tuve suficiente.
A partir de ahí empezaron mis problemas. Me refiero a que entonces caí en la cuenta de que yo no funcionaba en el sexo como los demás. De lo cual deduje, erróneamente, que probablemente sufría de alguna disfunción sexual, bien de origen físico o psicológico, porque no era normal que ante una preciosidad rubia yo fuera incapaz de reaccionar como se supone que un muchacho sano de diecinueve años debería hacerlo.
Le di muchas vueltas en la cabeza a aquello. La verdad es que me obsesionó durante años. Porque el caso era que cuando me masturbaba con mis fantasías de posesión, dominación y humillación, me excitaba inmediatamente, de modo que deduje que mi posible disfunción no debía ser física, sino que tenía que estar relacionada con el comportamiento, con la conducta durante el acto sexual. El camino que encontré para salir de dudas fue contratar a una profesional, porque pensé que con ella decidiría yo lo que quería hacer y si de esa forma funcionaba estaba claro que mi problema era psicológico, porque de lo que no tenía dudas era de que yo padecía algún tipo de patología.
Dicho y hecho. Aunque como ya te dije mi economía no era demasiado boyante, pude disponer del dinero suficiente para contratar los servicios de una mujer en la calle Padilla. Le expliqué lo que quería, le dije que simplemente debería hacer todo lo que yo le ordenara, tendría que obedecerme en todo. La chica puso reparos, pues pensaba que mis pretensiones eran hacerle algún tipo de daño y aunque me hubiera encantado desde luego, le dije que simplemente era un juego, que ella actuase como si me temiera, que yo sólo la iba a insultar y que le garantizaba que no pensaba maltratarla de ninguna otra forma que de palabra.
Esporádicamente, Marcos hacía una breve pausa para llevarse la copa de cerveza a los labios. El camarero les había traído un platito con cacahuetes. Eran ya las nueve de la noche.
_ Oye, ¿tu hasta que hora tienes? -preguntó consultando el reloj. Rafa se fijó en que llevaba casi trescientas mil pesetas en la muñeca en forma de Rolex.
_ Yo hasta mañana no tengo que regresar a la base. ¿Por qué?
_ Joder, a mí me está entrando hambre. ¿Te parece que vayamos a cenar?
_ Yo como tú quieras -Rafa siempre incapaz de tomar decisiones.
_ Entonces hecho. ¿Dónde tienes el coche? Porque has venido en coche ¿no?
Rafa le dijo que lo tenía bien aparcado y Marcos decidió que no lo moviera. Irían a un discreto restaurante que él conocía donde podrían seguir hablando.
Pagó la cuenta y salieron del local. Había dejado de llover y el aire fresco de Octubre les reavivó. En el Herminios el olor a tabaco derrotaba ya irremisiblemente al ambientador y había demasiado humo para los gustos de Rafa. Caminaban por la acera y Rafita se fijó en un llamativo Alpine blanco aparcado unos metros delante de donde ellos estaban.
_ Oye tú. ¿Has visto ese coche? -Al sargento Doménech seguían impresionándole las cosas caras y exclusivas.
_ Si -afirmó Marcos- lo tengo muy visto. Es el mío -mientras decía esto accionó el mando a distancia que había sacado del bolsillo y el lujoso automóvil respondió guiñando dos veces las luces de emergencia.
Ahora sí que Rafa no pudo evitar asombrarse de verdad. ¿Quién era aquél elemento que podía permitirse el lujo de tener un coche como ese? Realmente empezaba a gustarle aquella persona y tenía incluso que reconocer en sí mismo un puntito de envidia. Todo lo relativo a Marcos le atraía: sus ademanes, su seguridad en sí mismo, su ropa, su coche...
_ Hosti tu -a Rafa se le escapaba el catalán cuando se exaltaba- pero esto cuesta una pela ¿eh?
_ Bueno, pues si... La verdad es que es caro, pero uno gana dinero para poder permitirse estos caprichos. Al fin y al cabo, lo que tú no gastes lo gastarán tus herederos.
Subieron al automóvil y en el mismo momento de sentarse, Rafa se dio cuenta que su 16 válvulas era una porquería. El coche se deslizaba por las calles de Valladolid sin ruidos ni vibraciones, mientras que tanto los peatones como los conductores y ocupantes de los demás vehículos los miraban con envidia y admiración. Rafa estaba en las nubes. Nunca se había sentido tan seguro de sí mismo y orgulloso, porque de alguna forma entendía que él participaba del prestigio que proporcionaba la posesión de aquel coche. Sin embargo, ni el BMW ni el yate de su padre le habían llegado a producir nunca esa sensación.
_ ¿A cuánto anda esto?
_ Yo lo he puesto a 220. Ten en cuenta que son 194 CV. Ya te lo dejaré probar cuando quieras.
_ Pero consumirá mucho ¿no? -continuaba aflorando su vena catalana.
_ No lo sé. Nunca me he preocupado de mirarlo. Simplemente cuando no tiene gasolina lleno el depósito.
Entre unas cosas y otras habían llegado al aparcamiento subterráneo de la Plaza Mayor y Marcos estacionó el vehículo.
_ Te voy a llevar a un restaurante aquí mismo en la calle de la Pasión. Se come bien y es un sitio muy discreto, donde las camareras no están demasiado pendientes de ti. El mejor restaurante de Valladolid, a mi juicio, es Panero, pero ahí no podríamos hablar de ciertos temas, porque el servicio está todo el tiempo tu lado, llenándote la copa y cambiando los platos o las servilletas. Otro día iremos. ¿Te gusta la buena comida?
Rafa no sabía si le gustaba la buena comida, porque siempre iba a los restaurantes con la familia y asociaba el comer fuera con la imagen de su padre pendiente de si se limpiaba los labios antes de beber o apoyaba los codos sobre la mesa, de forma que aunque había matado el hambre en lujosos establecimientos en multitud de ocasiones, jamás había disfrutado de una buena comida.
El restaurante estaba en el primer piso de una casa antigua, perfectamente decorado y ambientado. Las mesas, tipo camilla, distaban lo suficiente unas de otras, como para que Marcos lo considerase un sitio adecuado para hablar del tema que tenían pendiente.
Ocuparon una mesa y Rafa, como de costumbre, delegó la responsabilidad de elegir los platos, de forma que fue su amigo el encargado de seleccionar el menú y el vino. Cuando se retiró la camarera con el encargo retomó su relato inopinadamente, como si no hubiera transcurrido un lapso de tiempo.
_ Y así, subimos a la habitación. Previo pago del dinero convenido la chica se puso a mi servicio. Inmediatamente y sólo pensando que tenía una mujer a mi disposición, me sobrevino una erección gloriosa. Una mujer para mí, no una mujer conmigo, date cuenta de la sutil diferencia. Me senté en una butaca que había en la pared contraria a la cama y le dije que se desnudara muy lentamente. Se quitó la blusa dejando ver una generosa delantera cubierta por un sujetador blanco. Inmediatamente ordené que se despojara de tan antiestética prenda y que se acariciara los pechos, que se los pellizcara y amasara hasta que se le pusieran los pezones perfectamente erectos. Lo cual ella llevo a cabo a mi entera satisfacción, mostrando aparentemente estar excitada. Supongo que era una buena profesional capaz de fingir esas cosas a la perfección, pero desde luego que mi erección no era fingida. Acabé por mandarla desnudar del todo, mientras yo permanecía sentado y sin moverme. Le hice dar la vuelta y adoptar mil posturas diferentes que me permitieron contemplar su cuerpo desde todas las perspectivas posibles. Le ordené que se acariciara el clítoris, que se metiera los dedos en el coño, que se pusiera a cuatro patas en el suelo separándose las nalgas con sus manos para mostrarme el ano bien abierto. Y todo esto sin dejar de insultarla, llamándola zorra, puta, cerda, perra además de otras cosas más graves que se me venían a la boca. Toda aquella actividad duró casi media hora y por fin le dije que se pusiera a cuatro patas y se acercara lentamente a mí moviendo las caderas de vez en cuando, como si fuera una perra en celo. Lo hizo tal como se lo mandé y cuando la tuve suficientemente cerca la cogí de los pelos levantándole la cabeza hasta ponerla de rodillas. Ni siquiera me bajé los pantalones. Simplemente me saqué la polla que estaba a punto de reventar y se la metí en la boca. Mi intención era follar su boca de zorra metiéndosela hasta la garganta y así se lo dije: “Voy a follarte la boca hasta que te ahogues con mi polla puta de mierda”. Sin embargo, en menos de medio minuto me corrí sobre su cara.
Marcos había elegido un Blanc Pescador en honor de su amigo. Llegó el vino, sirvió dos copas y brindaron “para que esto llegue a algo”. Mientras esperaban el primer plato, la historia continuó:
_ Con aquella prueba había quedado meridianamente claro que mi problema no era físico. Yo reaccionaba perfectamente si la actividad relacionada con el sexo se llevaba a cabo conforme a unos roles de dominación y sumisión que en mi mente estaban perfectamente claros. Pero la certeza de que yo no padecía ningún trastorno funcional, no acabó con mis angustias y preocupaciones, pues a la par que con la prostituta descarté la disfunción física, certifiqué que mi problema era psicológico, porque ya te digo que no me cabía la menor duda de que algo anormal me ocurría. Una especie de patología sexual que yo imaginaba casi única y de origen incierto.
Se sirvió el primer plato: aguacates con gambas y salsa rosa. Marcos escanció vino, hizo un comentario gastronómico excesivamente técnico para Rafa, acerca de cómo estaba montado el plato y paladearon la comida en silencio. Marcos comía con voracidad y rapidez, de manera que terminó el primero y continuó hablando:
_ Durante toda mi etapa universitaria traté de luchar contra eso, no lo admitía, no me admitía a mí mismo, porque aunque investigué sobre ello en la biblioteca y supe darle nombre, en todos los libros que consulté tales actividades se catalogaban como patologías, como trastornos del comportamiento sexual, cosas propias de gente chiflada, rara y fuera de lo común. En cientos de ocasiones intenté practicar el sexo que las gentes de bien consideran normal con todas las mujeres que se pusieron a mi alcance, porque pasé por una etapa en la que no me importaba malgastar algo de mi escaso tiempo ligando pues consideraba necesario para mi salud y bienestar el curarme de aquello ya que no dudaba en absoluto que lo mío era una enfermedad. Recuerdo que con algunas de aquellas chicas, novias, amigas o simplemente amantes lo conseguí, quiero decir que logré una buena y persistente erección y una eyaculación en tiempo y forma, pero con la inmensa mayoría de ellas la cosa fracasó estrepitosamente. Como curiosidad te diré que cuando las cosas llegaban a buen puerto era siempre con las que se mostraban más dóciles y sumisas, menos proclives a la caricia y al besuqueo y más dispuestas a transitar por el camino que yo trazase.
Todo esto me producía una gran angustia. Porque tampoco tenía claro a quién podía acudir, me refiero a algún profesional. No era yo por entonces demasiado proclive a contar a nadie mis intimidades y aunque lo hubiera sido, probablemente no hubiera encontrado a nadie capaz de ayudarme, habida cuenta del tenor de la literatura científica sobre el problema al cual calificaban desde desviación hasta vicio, porque puedes imaginar que leí todo lo que pude encontrar sobre el asunto. No me estoy refiriendo a relatos pornográficos, que me hubieran encantado pero que yo mismo me había prohibido: me refiero a publicaciones científicas, libros de psicología y cosas así. El caso es que yo tenía el convencimiento de que ese tipo de actividad relacionada con el sexo era algo intrínsecamente malo, por lo tanto pretendía no solamente no practicarla, sino que no me excitase, no pensar en ello, cosa a todas luces imposible de conseguir, porque pensar en que una persona de alrededor de veinte años no se excite sexualmente imaginando sus fantasías es pensar que los olmos dan peras. Alguna vez he escuchado las dudas, angustias y frustraciones que padecen los homosexuales antes de aceptarse como son y les entiendo perfectamente, porque yo sufrí algo similar. Mi juventud, entre los diecinueve años y los veintitrés transcurrió en medio de una sangrienta lucha conmigo mismo, con el resultado de grandes dosis de angustia y no pequeñas de frustración y desánimo.
El segundo plato, era un salmón al horno y en ese momento la camarera estaba empezando a servirlo. Marcos dijo que el secreto de ese salmón estaba en saberle dar el punto, que nunca debería sobrepasar los 10 minutos de horno. Por lo demás, estaba aliñado con sal, aceite de oliva, ajo y pimentón. Rafael estaba asombrado. ¿Es que aquél hombre sabía de todo?
Con el salmón sucedió como con los aguacates. Apenas había Rafa acabado de quitarle la piel y la espina a su trozo, cuando Marcos estaba sirviendo vino, después de terminar su plato. Encendió un cigarrillo y haciendo un comentario sobre la lentitud de su amigo continuó con su exposición, pero para saber lo que luego dijo tendremos que esperar al siguiente capítulo.