

Cada uno de nosotros, en el transcurso de su breve, brevísima vida, está obligado a elegir entre la esperanza infatigable y la prudente falta de esperanza; entre las delicias del caos y las delicias de la estabilidad. Solamente algunos privilegiados tienen la suerte de que la providencia les conceda vivir a caballo entre estas dos opciones: deliciosamente estables pero a la vez maravillosamente caóticos. Si bien hay que hacer notar que incluso a este escogido grupo de afortunados, no se le otorga esa superior situación durante demasiado tiempo, más bien son momentos o cortas etapas en la vida de algunos. Y eso precisamente era lo que vivían por entonces Rafa, Marcos y Ester: una situación de compendio y promedio entre el caos y la estabilidad. Porque, a todas estas, la vida continuaba siendo vivida intensamente con sus sinsabores, trabajos, aciertos y desaciertos cotidianos, pero en ningún momento nuestros amigos veían pasar el tiempo por delante, sino que lo exprimían, lo degustaban, lo saboreaban, pues ya hemos tenido ocasión de explicar, que los juegos de nuestro trío se realizaban casi con exclusividad en fines de semana, puentes o vacaciones y aun así con ciertas dificultades, porque tanto Rafa como Ester se veían obligados a trabajar más sábados y domingos de los que les hubiera gustado, considerando además que no siempre las vacaciones de ambos coincidían en el tiempo, pues podía darse el caso de que al sargento le concedieran unos días de permiso en Junio, mientras que la enfermera disfrutaba sus vacaciones en Septiembre. Habida cuenta de todos estos inconvenientes, cuando llegaba una ocasión era recibida como día festivo, pero de verdad, no esos días en que uno no trabaja y se convierten en jornadas vacías, aburridas y criminales sino aquellos otros en los que se extrae a la vida todo lo que puede dar, exprimiéndole el jugo hasta la última gota y disfrutando gozosamente de sus cuerpos, de su estado y de todas sus posibilidades.
Aunque el carácter de Rafael Doménech continuaba siendo demasiado introvertido y singularmente violento más allá de cualquier consideración, se habían producido en él algunos cambios positivos, como por ejemplo el aumento sustancial de su propia auto estima. Se sentía querido y respetado, libre para hacer y deshacer por primera vez en su vida, tomaba decisiones, exponía ideas y era tenido en cuenta. No queremos con esto decir que había logrado alcanzar el calificativo de normal, menos aún si le juzgase la sociedad conociendo sus instintos y sus prácticas, pero los sentimientos de culpabilidad que durante tantos años le habían asfixiado, eran agua pasada. Y así, al dejar de sentirse reo, había comenzado a apreciarse más a sí mismo, con lo cual y subsidiariamente, iba siendo capaz cada vez más de manifestar sentimientos, afectos o impresiones, en la seguridad de que sus opiniones serían valoradas por los demás. La verdad es que nunca alcanzó grandes cotas en esto porque siempre fue excesivamente silencioso, pero él se sentía bien así, pues al menos dos personas sabían realmente cómo y quién era y a pesar de todo le apreciaban circunstancia esta verdaderamente extraña en la vida, porque si nos preguntásemos cuántos amigos nos quedarían si todas las personas que nos rodean supieran realmente cómo somos, quizá nos llevaríamos una desagradable sorpresa; de modo que cuando Rafa pensaba que existían dos personas que le apreciaban sinceramente a pesar de conocerle en profundidad se sentía pleno y satisfecho. La rutina de las llamadas telefónicas a Dña. Nuria continuaba, pero se había producido un avance en su nivel de comunicación: ahora al menos hablaban, les resultaba más fácil a ambos y aunque nunca jamás preguntaba Rafa por su padre, sí se interesaba por la Nurieta y el Peret, llegando así a enterarse de que su hermana se hallaba en paradero desconocido, pues un buen día tanto ella como el pintor fracasado (o todavía sin descubrir, como le gustaba expresarlo a Nurieta eufemísticamente) con quien vivía, desaparecieron sin dejar rastro y después de algunas pesquisas que D. Pere ordenó, se pudo averiguar únicamente que habían salido de España, tomando un tren hacia Paris. Pero ahí se les perdía la pista. El Peret, por su parte, se había hundido en el foso de la droga de forma ya prácticamente irremisible, habitando en las cavernas de las calles que unen la Rambla con el Paralelo, indefectiblemente condenado a la marginación y la ruina. También escuchaba Rafa complacido las últimas novedades de la alta sociedad barcelonesa, cuchicheos y chismes a los que tan aficionada era su madre y en general mantenía con ella una buena relación, sin duda mejor que durante cualquier otra etapa de su vida. Aunque resultaba curioso que Dña. Nuria se preocupase tanto de las vidas de los demás, teniendo los problemas que tenía con sus propios hijos, ya hemos hecho constar que en casa de los Doménech la mujer no contaba, ni participaba, ni decidía. Y de esta forma, aunque estamos convencidos de que ella sufría por sus hijos, se refugiaba en la única parcela que tenía disponible: los ecos de sociedad.
Y ¿qué podemos decir de la Chiquita? Pues simplemente que había dejado de ser chiquita en casi todos los sentidos, aunque a veces, llena de ilusión, exhibía miradas propias de una niña feliz en día de fiesta, sin embargo, es preferible no ahondar en las cosas o situaciones que la llevaban a ese estadio de felicidad, pues generalmente tenían alguna relación con sus actividades como sumisa.
El tiempo pasaba y el profundo dolor que le había producido el fallecimiento de su padre se iba mitigando, aunque no desaparecería jamás. A partir de una foto de Cayito, encargó Marcos una buena pintura al óleo y se la regaló el día de su cumpleaños, lo cual emocionó a la chica tanto, que prorrumpió en un ahogado y tristísimo llanto sin que el buen hacer y las maneras de Marcos y de Rafa fueran capaces de consolarla en un buen rato. Se entronizó el retrato en el salón y algunos días era Ester sorprendida mirándolo emocionadamente.
En el trabajo estaba considerada. Su conducta, educada pero distante, había conseguido que la fama de casquivana, ligera y calienta pollas que tuvo en su momento se fuera diluyendo en el tiempo. Infatigable trabajadora y buena profesional ninguno de sus colegas o jefes tenía queja de ella, si no fuera su nula participación en los actos de reafirmación del compañerismo, tales como cenas de fin de año, alguna reunión, aniversarios de la promoción y otros eventos y celebraciones de parecido cariz. Porque con esto le pasaba un poco como con las visitas a la Vivi: pensaba que tenía muchas otras opciones más interesantes en las que ocupar el tiempo.
No sólo se había desarrollado como esclava, pues llegó a ser la mejor que hemos conocido y una de las mejores de que tenemos noticias. Además de amo, Marcos era su instructor, su respondedor de preguntas, su consejero literario, su conversador privado, su asesor político y social. Rafa resultó políticamente indiferente, o al menos él creía que lo era porque en puridad nadie puede serlo, ya que la indiferencia misma es una opción política. Pero el bienestar conseguido sin apenas esfuerzo suele conllevar una despreocupación hacía los asuntos sociales, siempre, eso sí, que la situación no afecte al bolsillo. Pero Ester resultó ser profundamente de izquierdas y aunque al principio ella no lo sabía, tenía la mente organizada con ideas, actitudes y frases que bien podía haberlas firmado el propio Lenin. Nacida en una familia asfixiada por enormes problemas económicos, se desarrolló en ella un estricto sentido de la justicia social, que a veces decía estar dispuesta a aplicar personalmente utilizando métodos más expeditivos que aquellos que permiten los derechos humanos. Toda aquella ideología, surgida simplemente de la observación de su propio entorno y pasada por el tamiz de la inteligencia, la fue Marcos puliendo, clasificando, ordenando, consolidando. La lectura de casi todo lo que ha salido de la pluma de Rosa Luxemburgo, así como El Capital, El Contrato Social y otras obras que han adquirido la categoría de evangelios para la izquierda, proporcionó a Ester el bagaje cultural suficiente como para asentar las ideas difusas y espontáneamente surgidas sobre un firme cimiento de conocimientos históricos, filosóficos y sociales de forma que llegó a ser capaz de defenderlas, demostrarlas y rebatir las contrarias dentro de cualquier polémica.
No merece la pena aquí hacer hincapié en su desarrollo como sumisa, pues este es casi el objeto primero de este escrito y cualquier lector atento puede notar que la Ester Bueno que Roberto conoció en su día, no se parecía en nada a la sumisa que convivía con Marcos y Rafa muchos años después. En su afán por experimentarlo todo y siguiendo las enseñanzas de Virginia, el ama de Madrid, Marcos hizo construir una pequeña jaula de apenas sesenta por sesenta de superficie y ochenta centímetros de altura, en donde Cosita era recluida a la espera de las decisiones que sobre ella tomara su amo, e incluso alguna noche llegó la pobre a dormir allí.
Tampoco desdeñó el amo experimentar con los castigos que producían sangre, de modo que un buen día encargó a Ester agujas y la mujer regresó del hospital provista de una caja llena de ellas esterilizadas. Impaciente esperó el amo hasta el viernes por la noche para probarlas y llegada la deseada fecha, a la hora acostumbrada, después de cenar, fue atada Ester de la forma habitual en el poste para recibir el castigo de buenas noches. Concluido este, su amo le comunicó que tenía una sorpresa para ella y así, sin desatarla, fue taladrando poco a poco la piel de la sufrida sumisa con la agujas. Le colocó casi dos docenas, repartidas por todo el cuerpo, haciendo especial mención, como no, a las nalgas, en donde pinchó más de diez de ellas, dejándole el culo, en expresión del amo “como un acerico”. También le puso una en cada teta, otra en cada brazo, casi a la altura del hombro y algunas más en los muslos.
Al principio no ocurrió nada, salvo una pequeñísima hemorragia en algún pinchazo. Pero el amo quería ver brotar la sangre, para lo cual comenzó a mover una por una y correlativamente todas las agujas, con la intención de producir pequeños y dolorosos desgarros en el cuerpo de Cosita y así, al poco logró su propósito porque de cada uno de los pinchazos comenzó a brotar un hilillo de sangre que se deslizaba lentamente por la piel de la esclava dejando un visible rastro rojo. El amo se encargaba de alimentar las fuentes de las hemorragias, moviendo cada vez con menos conmiseración las agujas, hasta que consiguió que el cuerpo de Ester estuviera completamente bañada en sangre.
No le gustó demasiado le experiencia pues la encontró engorrosa de llevar a la práctica, lenta y demasiado pasiva para él. Creemos recordar que aquello no se volvió a repetir, salvo alguna otra vez porque alguien se lo pidió y en una ocasión para tomar fotos. Pero esta anécdota viene muy al pelo para que el lector inteligente pueda deducir el ansia casi enfermiza que padecía el letrado en su necesidad de probarlo todo.
Marcos por su parte era feliz. Tanto él como Ester daban por sentado que aquello no tenía por qué tener fin y al menos en lo que se refiere a la relación entre los dos, no albergaban ninguna duda al respecto. Rafa, por el contrario, lo tomaba como una etapa de su vida, que no tenía por qué prolongarse en el tiempo más allá de cierta indeterminada fecha. La verdad es que si por entonces les hubieran preguntado hasta cuando iba a durar aquello, ninguno hubiera sabido precisar con exactitud el momento del final. Pero si la pregunta hubiera sido si tenían intención de prolongar aquella relación indefinidamente, la respuesta de Marcos y Ester hubiera sido afirmativa, mientras que la de Rafa sería negativa, a buen seguro.
Pero como decimos, el letrado tenia por cierto más allá de cualquier duda razonable, que había logrado por buena suerte y por sus merecimientos, lo que tantos años llevaba buscando; primero de forma oculta y esporádica y después de manera abiertamente activa, porque no debemos olvidar que también a él le supuso tiempo y esfuerzo llegar a aceptarse tal cual era, asumir lo que era y lo que le gustaba y actuar en consecuencia para conseguirlo. Durante años había cometido el error de pretender negarlo y aun reincidiría en ese error una vez más después de trágicamente terminada su relación con Ester. Pero por entonces pensaba que lo había conseguido y ese pensamiento le hacía feliz, aparte de que la situación misma era para él muy gratificante. Convivía con dos personas a las que le unían intereses comunes. Entre Rafa y él había surgido hacía ya tiempo una profunda amistad, bañada en afecto y cariño. De Ester estaba enamorado sin paliativos. Esto sin duda era así e incluso es posible que, en cierta forma, lo siguiera siendo durante años, pues era a Ester a quien buscó, después de perderla, en las sumisas profesionales o aficionadas que se le entregaban esporádicamente incluso casi media docena de años después de acabada su relación con la Chiquita.
Ester declaraba profusamente su amor por él (“Cuanto te quiero amo”) y lo decía no como una frase hecha sino como una manifestación explícita e inteligible de un sentimiento, pues en todo momento ella supo, como tendremos ocasión de relatar, que aquella situación era definitiva para ella y que aquel hombre, su marido, su amo, iba a continuar siéndolo para siempre. Ni siquiera en el fondo, muy en el fondo y más allá de cualquier apreciación visible quedaba nada de la chica de pueblo que había sido.
Aquella primavera la Semana Santa coincidió a finales de Marzo. Tanto Ester como Rafael hicieron esfuerzos ímprobos por librarse de obligaciones laborales en esos días y aunque la enfermera podría haberlo conseguido, el sargento no lo logró, por lo cual decidieron trabajar los dos, ya que la idea era irse a pasar una semana a Barcelona, cátedra y punto de peregrinación para los amantes de estas inusuales y morbosas prácticas de toda España, muy superior a Madrid en el número de locales y en el número de adeptos oficialmente declarados.
A través de las revistas especializadas y de los contactos, tenían ya un buen número de personas conocidas o referenciadas en la capital catalana y sabían la dirección del que se tenía por mejor y más acondicionado establecimiento de España dedicado a estos secretos menesteres, de nombre La Mazmorra y situado en la calle Escornalbou, en el barrio gótico. Este local, era propiedad de uno de los sumisos de Domina Zara, que hacía las veces también de su secretario particular y cuyo nombre hemos olvidado en este momento. Para acceder a La Mazmorra, era necesario ir acompañado por alguien conocido del dueño o de la pareja que hacía las veces de encargados o por algún cliente habitual, pues no era estrictamente público, en el sentido de que no podía entrar allí cualquiera a fisgar o a tomarse una copa. Creo que ya hemos dicho, que una de las muchas particularidades que suelen unir a los amantes de estos especiales juegos es la de no permitir que nadie ajeno les observe, pues si ello fuera así, inevitablemente vendría a redundar en perjuicio del buen nombre de las sumisas o sumisos, ya que nadie no iniciado en esto es capaz de entender lo que es la sumisión y cómo alguien puede disfrutar verdaderamente con ella. Siendo esto así, como lo es sin duda, para alguien ajeno el sumiso o la sumisa, pasan poco menos que por tontos o desequilibrados, lo cual es radicalmente falso. Al menos existe el mismo porcentaje de mentecatos entre los sumisos que entre cualquier otro segmento poblacional. Pero para evitar esto, no se permitía la entrada en La Mazmorra a gente que no viniera acompañada o recomendada por algún cliente veterano. Posteriormente se hacía entrega al nuevo cliente de una tarjeta de visita con el anagrama del local, exhibiendo la cual se le franquearía la entrada la próxima vez que acudiera, aunque lo hiciese solo.
La visita a La Mazmorra era un asunto pendiente para los tres y aquélla Semana Santa tenían pensado realizarlo pero como decimos, las obligaciones laborales de Rafa lo impidieron. Sin embargo se las arreglaron para divertirse en Valladolid esa semana como vamos a ver a continuación.
Cuando Ester descubrió a su amo leyendo la Biblia no dejó de sentirse extrañada, tanto es así que no pudo evitar preguntarle si la leía por simple curiosidad o creía encontrar en ella respuestas a algunas preguntas. La contestación del amo fue seca “Busco respuestas a preguntas que no te interesan”. Aquello evidentemente disuadió a la esclava de seguir haciendo indagaciones, pero al mismo tiempo la llevó a deducir que algo relacionado con sus actividades secretas se estaba cociendo en la Biblia, por lo cual, despertada su curiosidad, trató de averiguar qué parte del libro de los libros leía su amo lo cual no le resultó tarea difícil, pues el letrado dejaba marcas en las páginas que le interesaban, de manera que pudo Ester examinar el volumen en ausencia de su lector, encontrándose que los pasajes que despertaban la curiosidad de su amo correspondían a la parte de los cuatro evangelios que relataban la Pasión. Aunque la cercanía de la Semana Santa podía hacer pensar que la motivación de esa lectura era simplemente piadosa, conociendo a Marcos no lo creyó así la Chiquita en absoluto y aunque pensaba que algo relacionado con sus juegos secretos se estaba tramando, no pudo deducir concretamente lo que la imaginativa mente de su amo estaba maquinando.
Pero el Miércoles Santo decidió Marcos por la tarde salir al campo, concretamente a visitar la ermita de la Anunciada en Urueña, antiguo y monumental pueblo vallisoletano encaramado en un teso, rodeado por una extrañamente bien conservada muralla, al pie de la cual, en lo profundo de una cárcava se erguía la dicha ermita, manifestación singular y única del románico lombardo en la provincia de Valladolid. Ya la habían visitado con anterioridad, pues entre las muchas obligaciones del amo una de las más importantes era transmitir cultura a su esclava. “Quiero sorber todo lo que sabes” le dijo ella un día con ansia. Y de ese modo se programaban visitas a museos, monumentos y lugares históricos, actuando Marcos de guía, asesor y anecdotario, con máximo aburrimiento de Rafa y frenética ansiedad y aprovechamiento por parte de su esclava, porque si el hombre es un ser que se hace preguntas Ester, en ese sentido, era más humana que nadie.
Y así llegaron aquella tarde a Urueña y bajaron hacia la vega por un pequeño puerto estacionando el vehículo en las proximidades de la vieja ermita. No había tenido el amo la consideración de compartir con Ester el motivo de su inopinada visita a la Anunciada y ella, prudentemente, se abstuvo de preguntar, limitándose a esperar acontecimientos una vez parado el motor. Pero no se prolongó mucho la expectación, pues Marcos descendiendo del vehículo resueltamente, abrió el maletero y extrajo de él unos guantes de jardinero recién comprados y unas viejas tijeras de cocina. La tarde, ventosa, fría y desapacible, había disuadido a cualquier persona que hubiera querido visitar la ermita, de forma que no se veía un alma en las proximidades.
Armado de dichas herramientas y seguido por Ester y Rafa se dirigió el amo a una finca cercana, de extensión no mayor de tres obradas, cerrada con un murete de mampostería y en torno al cual crecía zarzamora abundante que en aquella época del año lucía un sinfín de diminutas florecitas blancas.
_ El año pasado estuvimos aquí cogiendo moras ¿os acordáis? –Comentó Marcos- Por eso recordé que aquí había zarzas. Córtame un buen manojo de ellas -añadió dirigiéndose a su esclava mientras le entregaba los guantes y las tijeras- Cuando lo tengas cortado lo metes en una bolsa de tela que hay en el coche.
Sin apenas poder disimular su extrañeza, se puso Ester a la tarea y en breve había apañado casi una brazada de zarzas, ayudada por las tijeras y protegida por los guantes, pues ya se sabe que la primavera, que infunde fuerza y vigor a las plantas, es la época del año en que resultan más peligrosas las que tienen pinchos. Le preguntó a su amo si era suficiente, respondió él que sí y que ya podían regresar a Valladolid. La perplejidad de Ester no hacía sino aumentar, pero sin rechistar se puso al volante del vehículo y arrancó el motor. Ya casi estaba en marcha cuando la voz de su amo ordenó apremiante:
_ ¡Espera! Quiero azotarte ahora.
Entre las muchas cualidades que a juicio de Ester adornaban a su amo, había una por la que sobresalía gratamente que era su capacidad para sorprender e improvisar, porque aunque ya llevaban varios años juntos resultaba Marcos siempre sorprendente. Mejor dicho: era absolutamente rutinario cuando quería, por ejemplo en la aplicación de los castigos de buenas noches que se repetían de forma invariable cotidianamente, pero también era muy quien de impactar con algo inesperado, más allá de cualquier imaginación, en el momento menos pensado y en el lugar más inopinado.
_ Sal del coche y dame tu cinturón –Ni que decir tiene que Ester obedeció sin rechistar. Apagó el motor, descendió del vehículo se quitó el cinturón y se lo pasó a su amo por la ventanilla.
_ Bájate los pantalones y el tanga, dóblate por la cintura y apoya las tetas sobre el capó, sacando bien el culo. Cuando estés lista me avisas.
La esclava comprobó primero que aparentemente no había testigos extraños. La tarde continuaba siendo fría y desapacible, amenazando lluvia. El regañón ponía las mejillas coloradas y a nadie se le ocurría venir a pasear hasta la ermita. Obedeciendo, adoptó la posición requerida sintiéndose presa del deseo y la excitación y notando palpitar su sexo por debajo del cinturón de castidad. El viento frío le acariciaba las piernas y las nalgas, produciéndole una desagradable sensación mientras que sus ojos recorrían los canecillos y las arquivoltas de la portada de medio punto.
_ Estoy lista –informó a su amo.
Parsimoniosamente descendió Marcos del vehículo y una vez situado en el lugar adecuado, enarboló el cinturón aplicando sucesivamente veinte azotes en el culo de su esclava con lentitud y delectación. Rafa se había acercado lo suficiente como para disfrutar de un primer plano del castigo, desabrochándose la bragueta y acariciándose la desnuda polla con frenesí. Una vez que el amo hubo terminado de aplicar el último azote, avisó Rafa a la sumisa que no abandonara la posición, se acercó a la castigada y metiendo el glande entre las desnudas y enrojecidas nalgas eyaculó con ostentación.
_ Ya podemos volver –anunció el amo como si nada hubiera ocurrido. Con lo cual Ester se vistió, se colocó de nuevo el cinturón y poniéndose a los mandos del vehículo condujo camino de retorno a Valladolid.
Toda aquella tarde y la mañana del día siguiente, Jueves Santo, no pudo Ester espantar de su cabeza inquietantes pensamientos acerca de lo que su amo andaba tramando. Intuía que algo estaba a punto de ocurrir y que quizá tuviera relación con las zarzas o con la Biblia, o con ambas cosas, pero era incapaz de construir una hipótesis mínimamente lógica en la que se encajara la lectura de los evangelios con la recolección de una brazada de zarzas dentro de una relación sadomasoquista. Aquél día Ester no trabajó, aunque tanto Marcos como Rafa sí lo hicieron, de forma que sola en casa, dejó transcurrir las horas leyendo y escuchando las variaciones Goldberg, aguardando el momento de preparar la comida para que sus amos llegaran a mantel tendido, como así fue en efecto y esperando que, más pronto que tarde, tuviera Marcos la gracia de sacarla de sus dudas y sus aprensiones, pues ya sabemos que la ignorancia de lo que le va a suceder es el comienzo del castigo para cualquier esclava, como de hecho ya lo estaba siendo para Ester.
Pero comieron, atendidos por la doncella, se sirvió el café y la perrita comió en su plato, como habitualmente ocurría los días en que disfrutaban los tres de asueto por las tardes, sin que sucediera nada extraño o inhabitual, aunque Ester sabía que algo estaba ya tramado, pues siendo como era gran observadora y nada estúpida, no se le escapaban ciertos detalles, indicios, miradas y frases a medias entre sus amos. Y esa seguridad de que algo fuera de lo habitual le estaba aguardando la inquietaba sobremanera, produciéndole angustia rayana en el miedo a la vez que una gran excitación. Sin embargo, acabada la colación y recogida la mesa, Ester y Rafa se marcharon a echar la siesta y Marcos, como era habitual, se quedó dormitando en su sillón.
De allí a una hora, poco más o menos, se dio la siesta por finalizada, levantándose Rafa y pidiendo café para todos, el cual les fue servido de inmediato por la doncella, como habitualmente se hacía. Concedió Marcos permiso para que la esclava tomara café con ellos, so pretexto de necesitar hablarle para poner en su conocimiento cosas de suma importancia inherentes a los tres y que vendrían a tener lugar en los próximos días. Presa de excitación y angustia se dispuso Ester a escuchar.
_ Tú sabes Cosita, que eres tres personas en una –comenzó a hablar el amo- y las tres las desempeñas muy bien: esclava sumisa, perrita obediente y doncella trabajadora. También sabes que nosotros hubiéramos querido celebrar la Semana Santa en Barcelona y que no ha podido ser por razones de trabajo, aunque eso lo tenemos pendiente ¿eh?
La esclava asentía a todo, sorbiendo de cuando en cuando un poquito de café, poniendo los cinco sentidos en las palabras de su amo y sin poder deducir todavía a dónde quería Marcos llevarla.
_ Pues lo que yo he creído es que no podemos dejar de celebrar la Semana Santa de una forma especial y como a ti se te da tan bien eso de adoptar personalidades diferentes, estos tres días, a partir de hoy jueves y hasta el domingo por la mañana vas a ser otra persona. Ni la perrita, ni la doncella ni la esclava, otra diferente.
Ester continuaba escuchando en silencio, pero el rompecabezas ya comenzaba a encajar en su cerebro. Las zarzas, la lectura de los Evangelios, todo parecía tener ya un diabólico sentido.
_ Vas a ser Jesucristo –terminó el amo triunfalmente. La esclava, solo pudo responder como un eco, preguntando:
_ ¿Jesucristo?
_ Si,-aclaró el amo- ya sabes que se celebra su pasión y muerte y nosotros la vamos a escenificar en esta casa. Yo seré Anás o Caifás o Poncio Pilatos, dependiendo del momento y tú serás Jesucristo y pasarás por todo lo que él pasó, salvo la muerte por supuesto. Me he estado documentando perfectamente de todo y estoy seguro de que puedo escenificar la pasión sin olvidarme de ningún detalle, además ya está todo preparado, de forma que esta noche te detendremos en Getsemaní y...
_ Pero –interrumpió Ester aterrada- ¿me vais a crucificar?
_ Si, por supuesto. El murió así ¿no? De modo que si lo queremos hacer bien vamos a crucificarte. Lo único que no haremos será dejarte morir, evidentemente.
_ Pero... Pero –Ester estaba aterrada- eso no puede ser. Si me taladras los pies y las manos con un clavo me dejarás inútil para toda la vida.
El amo perdió la paciencia y estalló:
_ ¡Maldita seas tú y tus protestas! Lo que quiero saber es si confías en mí o no. Si confías en mí te callas y obedeces y si no confías me parece que habrá que pensar en dar por terminada esta relación ahora mismo.
Marcos sabía que, en esa tesitura la esclava obedecería. También Ester sabía que iba a obedecer, aun antes de empezar a protestar, pero trataba de aclarar las cosas lo suficiente como para que su angustia se viera relativamente mitigada.
_ Confío en ti y obedezco. No haré más preguntas, te lo prometo.
_ Bien –dijo el amo con satisfacción- pues disponte ahora a pasar tus últimas horas en libertad. Puedes hacer lo que quieras desde ahora hasta las diez de la noche, porque a partir de esa hora estarás orando en el huerto de los olivos.
¿En qué puede una mujer invertir cuatro horas de libertad sabiendo que a su término le espera nada menos que una crucifixión? En cualquier caso Ester no las tenía todas consigo. Ahora comprendía todo: la Biblia, las zarzas... También tenían sentido algunos sucesos inhabituales que habían ocurrido aquellos días, entre ellos la prohibición, por parte de su amo de entrar en la sala de juegos, habiéndola relevado, desde el lunes, de su obligación de limpiarla y tenerla en perfecto orden. Algo había allí que su amo no quería que ella viera.
Pues aunque parezca increíble, Ester esperó pacientemente tratando de no mostrar la angustia y la ansiedad que verdaderamente sentía. Dedicó aquellas horas a repasar lecciones pendientes, siempre con una agradable música de fondo. Cualquiera que la observase no reconocería en ella ningún síntoma de inquietud, salvo el excesivo número de cigarrillos (ya de por sí excesivo siempre) que consumió durante aquellas cuatro horas. Marcos decidió que él y Rafa saldrían, para no molestarla y que así pudiera disfrutar de ese tiempo con libertad y tranquilidad, de modo que la esclava estaba sola en casa. No hace falta decir que buscó la llave del cuarto de juegos sin encontrarla ni en su lugar habitual, ni en ninguna otra parte de la vivienda, de modo que se resignó a continuar ignorando exactamente lo que le depararía el destino durante aquellos próximos tres días, aunque ya se había hecho una idea bastante aproximada de lo que iba a tener que soportar.
A eso de las nueve y media regresaron Rafa y Ester y cenaron los tres juntos, pues el amo, excepcionalmente, no consintió que la doncella les sirviese, colaborando todos en hacer la cena, poner la mesa y recogerla. A las diez en punto se le ordenó que se vistiera únicamente con una sábana sujeta a la cintura y que se retirase al dormitorio, que sería el huerto de los olivos de Getsemaní, supuestamente para orar.
Así lo hizo Ester, pareciéndole bastante ridículo el aspecto que tenía envuelta en una sábana y con las tetas al aire así como totalmente fuera de lugar el juego que entonces empezaba. Pero obedeció como siempre a su amo y vestida de tan inusual manera se fue al dormitorio, armada de paciencia y se sentó en la cama.
Debajo de la sábana se encontraba totalmente desnuda, salvo el consabido cinturón de castidad, pues no se le permitió quedarse ni siquiera con el reloj con el fin de que perdiera la noción del tiempo, como así fue en efecto. Al principio trataba de imaginar cómo sería lo que le iba a ocurrir, pero poco a poco su mente se relajó y acabó por quedarse casi dormida, recostada sobre la cama. No descabezó un sueño profundo, más bien un duermevela agitado y confuso que le permitió erguirse súbitamente cuando sintió que alguien se acercaba y abría la puerta. Entraron sus amos, le ataron las manos a la espalda y se la llevaron “detenida” al salón. Allí le explicó Marcos, que Jesucristo fue arrestado por orden del Sanedrín, institución colegial judía presidida por el Sumo Sacerdote que entonces se llamaba Caifás, asesorado por el Sumo Sacerdote anterior, llamado Anás y de la cual formaban parte colegiadamente todos los demás clérigos del templo de Jerusalén. El Sanedrín resultaba ser la máxima autoridad judía que el poder romano dominante consentía y entre sus atribuciones estaba la de interpretar las escrituras e impartir justicia civil, ya que la penal se reservaba en exclusiva a Roma, representada en Judea por el Cónsul.
Históricamente entendió el Sanedrín que aquél asunto de Jesús no entraba dentro de sus atribuciones, por lo cual Anás y Caifás decidieron que permaneciese aquella noche preso y que al día siguiente fuese trasladado a la residencia del Cónsul Poncio Pilatos para que él decidiera qué hacer con aquél sujeto ya que no estaba imputado en ningún delito civil, sino que se le acusaba de varios delitos penales, entre ellos blasfemia, desórdenes públicos, incitación a la rebelión y traición a Roma.
Todo esto le explicó Marcos a la nueva Jesucrista y le dijo que, como entonces los sumos sacerdotes habían decidido que permaneciera toda la noche preso, así permanecería ella también esa noche por lo cual la trasladaron a la sala de juegos, que haría las veces de ergástulo.
Al entrar en aquél siniestro y excitante lugar, buscó Ester algún objeto o indicio desusado que pudiera darle alguna pista sobre lo que contra ella se tramaba, pero no lo encontró. Presuntamente todo estaba en el orden habitual, excepción hecha del manojo de zarzas recogidas el día anterior y que alguien había depositado en un rincón.
_ Las prisiones de la época -le informó su amo que en el transcurso de los últimos días había preparado casi un doctorado- no eran como las de ahora. Quiero decir que no existían celdas, pues a la gente no se la condenaba a penas de privación de libertad. Las condenas eran a castigos físicos, a galeras, a esclavitud o a muerte. El estado no mantenía presos ociosos en las cárceles, salvo aquellos que estaban pendientes de juicio, como es ahora tu caso. En ese supuesto, simplemente se les echaba unos grillos y permanecían encadenados hasta ser llevados ante la autoridad que decidiría qué hacer con ellos. Te digo esto porque me he informado muy bien de todo. De modo que eso es lo que haremos contigo: te echaremos una cadena, sujeta a tu cuello con un candado y al poste con otro y ahí te quedarás a la espera de juicio. Aquí tienes una jarra de agua, un trozo de pan y un barreño por si necesitas aliviarte el cuerpo.
Y diciendo y haciendo, le colocó Rafa un metro de cadena en el modo en que su amo había especificado de forma que era esta la distancia máxima que podía separarse del poste, aunque le resultaba factible sentarse y aun tumbarse, por lo cual, dadas las circunstancias, no estaba demasiado incómoda.
_ Otra cosa. –Añadió Marcos- No creo que Jesucristo llevara un cinturón de castidad, de modo que quítaselo Rafa.
El aludido cumplió la orden al modo habitual, es decir propinando dos fuertes pellizcos en los maltratados pezones de la esclava antes de proceder a liberar su coño de la prisión donde permanecía encerrado habitualmente
_ Marcos -hizo notar el catalán- si le quitas el cinturón va a hacerse una paja. No sé cuántos días lleva sin correrse.
_ Jesucristo sabe mejor que nadie que hacerse pajas es pecado. Pero si se la hace, él tiene poder para perdonarse a sí mismo de modo que lo dejo en sus manos. El auténtico Cristo no creo que llevase cinturones de castidad y el mío tampoco los llevará.
No dejó de resultar impactante para Ester la frase “El mío...” refiriéndose a Cristo. Se había convertido nada menos que en el Jesús de Nazaret particular de su amo. No ya la doncella, la esclava o la perrita. Había ascendido de categoría hasta tal punto que se le adjudicaba la personalidad del propio Cristo. Pero no de uno cualquiera de los muchos que se veneran por todo lo ancho del mundo, sino del Cristo único y particular propiedad de Marcos. Había que reconocerle imaginación a su amo una vez más. Eso sin duda.
De nuevo sola se sentó al pie del poste y se recostó en él. ¡Cuánto echaba de menos un cigarrillo! En un arranque de atrevimiento se lo había pedido a su amo “Por favor, déjame tabaco y un mechero” había insinuado sumisamente. Pero la respuesta, no por esperada dejó de ser menos tajante “¿Estás loca? ¿Jesucristo fumando? ¿Es que me quieres joder o qué?”
Sabía que le esperaba toda la noche allí, atada a aquel poste, semidesnuda, sin más refrigerio que un trozo de pan y una jarra de agua, sin más cama que el duro suelo y sin más esperanza que permitir que el tiempo transcurriese, tratando de no pensar en lo que iba a sucederle. Se tumbó adoptando la posición fetal y apoyando la cabeza sobre su propio brazo doblado, intentando dormir sin conseguirlo. Despojada del cinturón de castidad se sentía rara, extraña, como que algo habitual faltaba en su sexo. Hasta tal punto se había acostumbrado a él que se sentía inquieta por su ausencia. Su mente iba de un lugar a otro, de una situación a otra, pero inevitablemente sus pensamientos terminaban dirigiéndose hacia el sexo en general, hacia su sexo en particular, ahora libre, maravillosamente húmedo y abierto. Se acarició por debajo de la sábana comprobando la dureza y turgencia del clítoris. ¿Cuánto tiempo hacía que le estaba vedado acariciarse así, con lentitud y delectación? Meses desde luego, quizá más de un año. Continuó subiendo y bajando la mano lentamente y en pocos minutos estaba al borde del orgasmo. Pero quería reservarse, disfrutar, alargar el placer en el tiempo todo lo que le fuera posible, por lo cual suspendió la caricia, reanudándola al cabo de unos instantes, porque el apremio era grande, aunque la inminencia del orgasmo hubiese desaparecido. Por cuatro veces repitió todo el proceso, pero a la quinta no pudo o no quiso contenerse más. Incrementó la rapidez y la furia del movimiento, subiendo y bajando la mano con energía sobre su clítoris y la entrada de su vagina, hasta que el placer sobrevino en dulces oleadas recorriéndole el cuerpo varias veces. Mucho, muchísimo tiempo hacía que no se masturbaba tan a su sabor. Se relajó entonces y se quedó dormida.
Varias horas habían pasado cuando despertó, con los huesos entumecidos por el frío y por la dureza del lecho. Tardó un poco en ser consciente de dónde estaba y lo que hacía allí. De nuevo experimentó, redoblado, un sentimiento de inquietud y angustia a la par que de curiosidad y deseo. Increíblemente tenía hambre, aunque no podía saber, ni mucho menos, la hora que era. Incluso ignoraba siquiera si ya había amanecido. Buscó a tientas el pedazo de pan depositado en el suelo la noche anterior y se lo comió lentamente con fruición. Bebió agua de la jarra y orinó en el barreño. ¡Cuánto daría por un cigarro!
Trató nuevamente de dormir, pero ya sin conseguirlo. Estaba demasiado nerviosa y asustada. Aunque en su momento la masturbación la había relajado permitiéndole descabezar un sueño, ahora ese efecto había pasado y volvía a sentir el miedo en toda su plenitud. El castigo de una esclava comienza, como ya sabemos, en el mismo momento en que se le anuncia que va a ser castigada y Ester sabía a ciencia cierta que algo verdaderamente único le esperaba, aunque aun ignoraba todos sus pormenores. Tenía miedo de sufrir, pero a la vez deseo de hacerlo. Lo que le daba terror sin paliativos era no poder aguantarlo; suplicar era normal, entraba dentro de lo esperado; con frecuencia ella suplicaba que se detuviera el castigo, que cesaran los azotes, que se le retiraran las pinzas. Es propio de esclavas suplicar, los amos lo saben y lo admiten, aunque no ceden. Lo que resultaría impropio sería exigir y eso precisamente es lo que Ester temía en aquellos momentos: que el castigo fuera tanto, el dolor tan agudo, o la duración tan excesiva que decidiera exigir a su amo que finalizase, suspender la sesión, poner punto final a todo aquello. Llegar a eso la aterraba bastante más que el sufrimiento en sí.
En estos tristes pensamientos estaba cuando la puerta se abrió inesperadamente y entraron sus amos. La intensidad de la luz que penetraba desde el pasillo le hizo comprender a Ester que el día estaba ya muy avanzado. Por el aroma a café y a tabaco pudo colegir también que sus amos ya habían desayunado. Quizá fueran las once de la mañana.
_ Levántate –ordenó su amo- vamos a presentarte a Poncio Pilatos.
Rafa fue el encargado de atarle de nuevo las manos a la espalda y soltarle la cadena que la había mantenido unida al poste. Recogiendo la sábana del suelo, se la echó por encima, anudándola al cuello de forma que la parte delantera de Ester quedaba totalmente visible. A pesar de la masturbación del día anterior, o quizá por eso, su deseo había despertado nuevamente con verdadero apremio y necesidad, de manera que volvía a sentir en su coño, plena y ostentosa, la pulsión de la excitación. Un extraño caso de Cristo desde luego.
De aquella guisa fue conducida al salón. Tras un exhaustivo examen de su cuerpo pudo constatar su amo el estado de excitación en que ella se encontraba, comentando que vaya un Jesucristo pecador que se había buscado. A continuación, le ordenó permanecer de pie, mientras él y Rafa tomaban asiento frente a ella en el sofá.
_ No vamos a escenificar el diálogo entre Pilatos, Cristo y los representantes del Sanedrín, pero lo voy a leer para que todos nos pongamos en situación.
Dicho lo cual, abrió la Biblia por la página adecuada y leyó, con voz alta y clara el relato según la versión de los cuatro evangelistas, uno por uno. Básicamente y en resumen, la presentación ante el Cónsul no dio el resultado esperado por el Sanedrín pues Pilatos no le halló culpable de ninguno de los cargos que los sacerdotes le imputaban. Sin embargo, para contentarlos y en un gesto de debilidad, concedió que le castigasen a azotes, esperando que con eso los viejos clérigos fundamentalistas se dieran por satisfechos.
Leído que hubo el relato de los cuatro evangelistas, se detuvo Marcos para explicar:
_ Me he informado de cómo era, más o menos, un castigo a azotes en la época de Cristo y eso es lo que vamos a hacer contigo ahora. Rafa, llévala al cuarto de juegos y átala como te he dicho.
El sargento Doménech condujo a la esclava, que había permanecido respetuosamente en pie, en silencio y escuchando con atención la lectura, nuevamente a la sala de juegos. Allí fue atada al poste de manos y pies, de forma que su espalda, nalgas y corvas quedaban expuestas y dispuestas para ser azotadas. Marcos aclaró:
_ No es cierta, básicamente, la iconografía que nos muestra a Cristo con las manos atadas a un trozo de columna. Normalmente, al condenado a azotes se le desnudaba se le hacía abrazar una columna del edificio, de suficiente diámetro y se le ataba a ella de piernas y brazos, como estás tú ahora en el poste, a falta de otra cosa más apropiada, porque necesitaríamos un palo mucho más grueso. He leído que había columnas ya destinadas para eso, alguna de las cuales ha llegado hasta nosotros con las marcas todavía de las innumerables tiras de cuero que sujetaron a miles de castigados durante décadas, los cuales, al forcejear y tratar de liberarse, rozaban con sus ligaduras en la piedra o el mármol, produciendo con el paso del tiempo, esas marcas que aun hoy son visibles.
“Al menos” pensó Ester, “todo esto está sirviendo para que conozcamos mejor las costumbres en la época romana, aunque sea a mi costa”.
Marcos continuaba explicando el proceso:
_ Los ciudadanos romanos no podían ser azotados, estaban exentos de estos castigos, así como tampoco podían ser crucificados. Si se les condenaba a muerte, se les ajusticiaba por degollación. Por eso a San Pablo le cortaron la cabeza, porque era ciudadano romano, mientras que San Pedro o el propio Cristo fueron crucificados, porque no lo eran.
Una verdadera lección magistral de historia estaba dando Marcos Laxe ante el pasmo de Ester y el aburrimiento de Rafa. La esclava estaba realmente sorprendida de la motivación que su amo se había buscado para indagar en la vida y costumbres de la primera mitad del siglo I. Pero no paró aquí la cosa, porque el profesor continuó:
_ Había diferentes niveles de dureza en el castigo a azotes, dependiendo de que el condenado fuera hombre, mujer, anciano o niño. Sin duda ninguna Cristo estaría considerado como hombre, dado que históricamente tenía entre treinta y treinta y seis años cuando murió. A los hombres se les suministraban tres tandas de cien azotes cada una.
“¡Dios bendito!” pensó Ester aterrada “trescientos azotes”. El miedo que había experimentado desde que supo lo que le esperaba, llegó ahora a hacerla palidecer. Estaba completamente convencida de que no lo soportaría. Sería imposible soportar trescientos azotes. Nunca le habían dado más de cien. Pero su amo continuaba explicando tranquilamente como si nada de aquello fuera con ella:
_ Entre tanda y tanda, se dejaba descansar al reo para que se recuperase y se le desinfectaba la zona azotada rociándola con sal y vinagre, que eran los desinfectantes que se usaban en la época. Los azotes se daban con un manojo de cuerdas trenzadas como este.
Y diciendo esto, mostró Marcos el instrumento de castigo, compuesto por al menos ocho o nueve cuerdas finas unidas entre sí formando trenzas, resultando al final un látigo de poco menos de un metro de longitud.
_ Desnúdala –ordenó el amo dirigiéndose a Rafael.
No esperaba otra cosa el catalán que se aburría soberanamente con todo lo que no fuera sexo, violencia, acción y fútbol. Despreciaba la cultura, pero con aquél desprecio que la zorra utilizó para justificar que no llegaba a las uvas después de intentarlo innumerables veces: “No las quiero comer, no están maduras”. Y Rafa, por su parte despreciaba cualquier manifestación cultural, fuera música, literatura, historia o arte, porque le faltaban los rudimentos necesarios para valorar y disfrutar con la cultura, ya que no hay otro modo de adquirir dichos conocimientos básicos que entregarse con constancia a la lectura, lo cual jamás había sido una de las ocupaciones del muchacho. Entonces, su actitud era similar a la de la zorra: no es que no le gustaran las uvas, sino que se veía incapaz de alcanzarlas, con lo cual las despreciaba para así poner más a salvo su dignidad. En resumen, era rotundamente inculto, porque además de no saber, despreciaba lo que ignoraba, lo cual significa el non plus ultra de la incultura.
Y aun había más: el chico se encontraba tan alejado de los conocimientos o nivel cultural que Marcos exhibía que le parecía imposible llegar siquiera a comprenderlos, por lo cual se rendía aun antes de empezar, manifestando que todo aquello era un rollo y que él pasaba. Esa era una de las muchas diferencias con Ester. A decir verdad la chica siempre había sido una lectora impenitente, lo cual la colocaba en posición muy ventajosa con respecto a su amigo a la hora de barnizarse de cultura y además y sobre todo, sentía la necesidad de adquirirla, sentimiento que expresaba frecuentemente cuando le decía a su amo que le gustaría abrirle la cabeza y sorber directamente de allí todos sus conocimientos.
Pero volviendo al punto del relato en el que nos encontramos, Ester fue efectivamente despojada de su sábana sin ningún miramiento. De entrada, nadie parecía caer en la cuenta de que la esclava no había comido desde el día anterior otra cosa que no fuera un mendrugo de pan y una jarra de agua pero tampoco parecía que a ninguno de sus amos les preocupase lo más mínimo esta cuestión, aunque el estómago de Ester llevaba rato ya reclamando alimento. Marcos, en su papel de doctor en Historia Antigua, aclaró que los azotes solían contarlos todos los presentes y así se haría ahora de forma que él mismo y Rafa los irían contando. Sin más preámbulos decidió empezar y a punto estaba de descargar el primero cuando llamaron a la puerta.
Fue Rafa a abrir y cuál no sería la sorpresa de Ester cuando entraron en la habitación varias personas, todas conocidas de los contactos, entre ellas Antonio, el fotógrafo.
_ Si os retrasáis un poco más ya no abrimos, porque os dije a la hora que iba a suceder y también os avisé que una vez descargado el primer azote no admitiría a nadie. Pero bueno, me alegro que hayáis venido. Ya sabes que puedes hacer las fotos que quieras, siempre que no le saques la cara. Y ahora empezaremos de una vez. ¡Cristo! -dijo dirigiéndose a la aterrada esclava- este es el pueblo judío que viene a presenciar los azotes así como la crucifixión. Bien –continuó- haya vamos.
Apenas acabó de hablar, un latigazo impactó sobre la espalda de Ester que ahogo un suspiro mientras que Marcos y Rafa dijeron “Uno” en voz alta. Sin solución de continuidad, sin apenas esperar como era costumbre del experimentado amo, cayó el segundo y el tercero, el cuarto...
Uno solo no dolía mucho ni dos, ni veinte. Pero pasando de ese número empezaron realmente a doler, pues el amo los descargaba todos en la espalda, sin tocar para nada las nalgas o las piernas de manera que la totalidad de la piel de la zona azotada presentaba ya, al llegar al golpe número cincuenta, un color rojo vivo. Los espectadores se habían animado y contaban, todos a coro los azotes, de forma que la secuencia era la siguiente: el látigo impactaba sobre la espalda de la esclava y esta emitía un quejido ahogado a la vez que la totalidad de los asistentes voceaban el numeral que correspondía al azote. Cuando se llegó por la séptima decena, Ester sudaba, como acostumbraba a hacer, copiosamente.
Pero todo concluye en la vida, incluso la vida misma, porque es ley filosófica que aquello que empieza debe necesariamente terminar y así mismo acabó el alter ego de Jesucristo de recibir el primer centenar de golpes. La espalda le ardía en su totalidad y pensaba que estaba sangrando aunque se tranquilizaba sabiendo que era sudor, pues ya en otras ocasiones le había ocurrido lo mismo. Se acercó Rafa y le pasó por la espalda un paño, húmedo y fresco, que en principio Ester agradeció, aunque el agradecimiento solo duró un instante, pues de pronto, como una explosión notó un ardor insoportable en toda la zona lacerada, como si la abrasasen con un hierro al rojo y gritó, fuera de sí, incapaz de soportar un dolor tan excesivo retorciéndose y tratando de forcejear con las ataduras que la mantenían tan firmemente sujeta al poste. “Desinfectada con vinagre y sal” pensó para sus adentros.
_ ¿Veis lo que os decía? -apuntó el amo- si este poste se usara para azotar en esta posición todos los días del año a mucha gente y durante muchos años, al hacer esos movimientos, al retorcerse para tratar de liberarse, se irían quedando las marcas de las ligaduras aun en la propia piedra.
El descanso no duró más allá de cinco minutos. El látigo cambió de manos, viniendo a parar a las temibles de Rafael y la segunda tanda de cien azotes comenzó igual que lo había hecho la primera, con la salvedad de que fueron dados todos en las nalgas. Los asistentes continuaban coreando el número que correspondía a cada azote y aunque alguien llamó a la puerta, se hizo caso omiso de la llamada, pues parece ser que el amo había avisado a todos los invitados que el que llegase tarde no entraría.
Esta segunda tanda, administrada por Rafa, resultó mucho más violenta y dolorosa que la primera, como ya se había imaginado la pobre sumisa, conociendo los desafueros usualmente alcanzados por quien oficiaba ahora de verdugo. Llegados a un determinado punto, no se privó la esclava de gritar, suplicar, tratar de liberarse, llorar y pedir piedad sin que por eso se detuviera el castigo o se variara un ápice la frecuencia o intensidad de los latigazos. Imaginaba que la iban a amordazar, para evitar que continuara exhalando aquellos terribles quejidos, pero no fue así, pues el amo tuvo a bien comunicar a los presentes que, aunque en circunstancias normales se la amordazaba cuando gritaba, no quería hacerlo en aquella ocasión, primero porque entendía que Cristo no debió de ser amordazado y segundo porque sabía que los vecinos estaban pasando la Semana Santa fuera, con lo cual mucho tendría que chillar para que sus gritos fueran oídos dos pisos más abajo. Y aun así, aunque así hubiera sido, creemos nosotros que en aquella ocasión por nada del mundo se hubiera privado Marcos de escuchar los lastimeros lamentos y los gritos de dolor de su Cosita.
Terminado el segundo acto, con otros cien latigazos sobre las nalgas, se volvió a aplicar a la esclava la dolorosa cura del vinagre y la sal. Pero en esta ocasión, los azotes habían producido mayor daño, al haber sido dados con mayor fuerza y violencia. Subsiguientemente, la sal y el vinagre produjeron también un mayor ardor, hasta el punto de que la azotada prorrumpió en grandes y doloroso aullidos con toda la fuerza de sus pulmones, retorciéndose y tratando de liberarse.
Muy poco le faltó a Ester, si hemos de ser sinceros, para que ocurriera lo que ella más temía, es decir, que dejara de suplicar y comenzara a exigir. Faltó tan poco, que nadie mejor que ella misma lo sabe, sobre todo en el momento en que le aplicaron la cura y desinfección después del segundo centenar de latigazos. El dolor fue tan absolutamente inhumano que creyó sin duda que no podría aguantar más. Su amo observó lo que pasaba, aunque nunca jamás llegó a saber lo cerca que estuvo su esclava de una rebelión en toda regla, pero él se percató de que el castigo estaba resultando extraordinariamente duro, por lo cual en esta segunda ocasión, el tiempo de descanso fue mayor, aunque de ninguna forma permitió que se desatara a Jesucristo ni varió para nada el plan concebido. Simplemente alargó con generosidad el tiempo de descanso unos minutos más.
No habrían pasado a buen seguro más de diez, cuando él misma tomó de nuevo el látigo dispuesto a aplicar la última parte del tratamiento en las piernas. Ahora comprendía Ester por qué el primer centenar impactó solamente en la espalda. Habían dividido su cuerpo en tres partes en relación con los azotes, correspondiendo a su amo las piernas y la espalda y a Rafa las nalgas, parte habitual y excitante para él.
Hablando de excitación, podemos asegurar que la esclava no mostraba ninguna en absoluto. La verdad es que su mente apenas percibía otra cosa que no fuera el dolor, no escuchaba casi las conversaciones o cuchicheos que los asistentes mantenían a sus espaldas y apenas podía ver la luz del flash de la máquina de fotos que profusamente disparaba Antonio. Aun así llegó a sus oídos, como en un murmullo “Está sangrando” lo cual vino a prevenirle de un error de cálculo que ella misma había cometido: no todo lo que escurría por sus piernas era sudor.
El último centenar, aplicado por su amo, le pareció una caricia comparándolo con los terribles golpes que Rafa le había propinado. Aunque solamente fue una apreciación subjetiva, o quizá las endorfinas empezaban a hacer su efecto, porque la verdad es que el amo no se recató en absoluto, golpeado en las piernas, desde debajo de las nalgas hasta los tobillos con toda la profusión, fuerza y crueldad que tuvo a bien. Como resultado de todo esto, al final del castigo la esclava apenas podía tenerse en pie y sin duda hubiera caído al suelo cuan larga era de no ser porque se apoyaba y sustentaba en las mismas ligaduras que la mantenían amarrada al poste.
Pero al fin terminó todo y de nuevo sintió el escozor del vinagre y la sal restregado por sus muslos y pantorrillas y de nuevo gritó desaforadamente al percibir como su piel ardía y escocía más allá de cualquier comparación.
Le soltaron del poste y tuvo que apoyarse en Rafa para no caer al suelo. Ataron de nuevo sus muñecas a la espalda, le cubrieron con la sábana anudada a su cuello y le ofrecieron un vaso de agua que la desdichada bebió ávidamente. Cuando Rafa se apartó de ella, dando por supuesto que había ya recobrado suficientes fuerzas, la esclava cayó de rodillas, permaneciendo en esta postura sin poder levantarse aunque lo intentó en un par de ocasiones. Observaba a los invitados que la estaban mirando, todos ellos conocidos y conocedores de su especial relación con Marcos y Rafa así como sabedores de a qué venían y lo que iban a presenciar. Eran una media docena, casi todos hombres aunque es cierto que había al menos una mujer. Allí, puesta de rodillas, dirigió sus ojos al suelo y pudo comprobar que, efectivamente había sangrado, pues a su lado descansaba el cruel instrumento con el que la habían golpeado presentando un color rojo oscuro. Comprobado esto, trató de mirarse la espalda por encima del hombro y se percató de las manchas longitudinales de sangre que la sábana lucía, a buen seguro producidas por las llagas de su propio cuerpo.
En estas tristes cavilaciones se encontraba cuando sintió una infinidad de picotazos en las sienes, la frente y la cabeza mientras por los rabillos de ambos ojos contemplaba una cascada de hojas y ramos de zarza que descendían a ambos lados de su cara a manera de dolorosa melena. Marcos la había coronado de espinas, sin piedad y provisto de guantes ajustaba el singular ornamento sobre su frente y su cabeza, tratando de que se sujetara clavando los pinchos de las zarzas en su piel. Y así lo hizo y lo consiguió efectivamente, pero de cada uno de los pinchazos brotó una pequeña gota de sangre que escurriendo hacia el cuello produjo varias señales rojizas en la cara de esta nueva y desventurado Jesucrista.
La trasladaron al fin al salón en donde se habían sentado los invitados que disponían de sitio, permaneciendo los demás de pie. Rafa fue el encargado de conducir a la rea al centro de la sala, frente a su amo que se había sentado. Viéndola así, sangrando, dolorida, medio mareada, semidesnuda ante los invitados, Marcos dijo:
_ Ecce homo. He aquí al hombre. Esto es lo que dijo Pilatos cuando llevaron de nuevo a Cristo a su presencia después de azotado. Lo dijo dirigiéndose a los judíos miembros del Sanedrín, que estaban presentes, así como a los demás que se habían congregado, unos partidarios y otros contrarios a Jesús. Pero todo el mundo, me refiero a los historiadores, todos creen que Pilatos quería salvarle la vida, o sea que no veía razón para matarlo. Por eso, les dijo que el nazareno ya había sufrido mucho con el castigo y les preguntó qué querían que hiciera con él.
Ester estaba impresionada, así como todos los presentes, del profundo conocimiento del evangelio que demostraba su amo. Pensó para sus adentros que incluso las cosas más raras e inverosímiles se pueden lograr, siempre y cuando exista una buena motivación para intentarlo. Y esa motivación tiene en todo caso un carácter personal, no es transferible, de manera que aquello que a alguien impulsa a otro quizá repele. Para Marcos, el deseo de reproducir más fielmente, la pasión de Cristo, resultó causa y motivo suficiente para estudiar con detenimiento el evangelio y la historia antigua que es lo mismo que hacen las personas piadosas, aunque los motivos que a ellas les inducen son, desde luego, muy diferentes.
_ Entonces yo –continuó el amo- como ahora hago de Pilatos, os pregunto qué queréis que haga con ella y vosotros, como los judíos de la época me vais a contestar que la crucifique, ya lo sé, por eso ni siquiera haré la pregunta, porque es lo que estáis deseando y lo que habéis venido a ver.
A estas alturas Ester temblaba de inquietud. Estaba casi segura de que le resultaría imposible aguantar lo que le esperaba, aunque ignoraba exactamente qué era lo que su diabólico e imaginativo amo le tenía reservado. Daba por hecho que no sería capaz de taladrar sus manos y sus pies con unos clavos, ya que si así fuera ella se negaría rotundamente. Pero incluso sentía temor de que a pesar de su negativa le hicieran algo no deseado ni contemplado en el ya obsoleto pacto de convivencia, de grado o por fuerza, como había sucedido con la pobre Luz, que resultó miserablemente violada a pesar de sus protestas. Miedo tenía la esclava de que otra vez triunfara el lado oscuro y las cosas se desmandasen de tal modo que cometieran con ella un verdadero desaguisado. Todo esto lo pensaba Ester, muy para sus adentros, mientras su amo continuaba hablando:
_ Todavía hizo Pilatos un último intento de salvarle porque había costumbre que por la Pascua judía se liberase a un preso y decidió que, haciendo uso de esa prerrogativa, liberaría a Jesús en lugar de a Barrabás que era en principio el que estaba previsto. Este Barrabás era ladrón, salteador de caminos y asesino y pensó el Cónsul que ante esa alternativa no dudaría el Sanedrín y los judíos allí convocados en optar por la liberación del nazareno, el cual al fin y al cabo, no era culpable de ningún delito claramente y desde luego no lo era de robo ni de asesinato.
Los presentes escuchaban atentamente. A alguno de ellos, aquello le sirvió para comprender, por primera vez, el motivo y las circunstancias de la muerte de Cristo, a pesar de ser todos, al menos de derecho, cristianos viejos. Pero ya se sabe que la religión es en España una rutina más, que se vive pero no se siente, de modo que la inmensa mayoría de los españoles desconoce en profundidad tanto la Biblia como los textos antiguos de los apóstoles e incluso los fundamentos reales de la religión que se supone que practica. Ahora bien: los actos sociales relacionados con el culto se celebran tirando la casa por la ventana, porque las bodas de gente que no cree y las primeras comuniones de niños nacidos en el seno de familias agnósticas suponen un dispendio digno de mejor causa; en todo esto se hace notar un hipocresía digna de un estudio sociológico. Pero Marcos continuaba:
_ Realmente tenía sentido lo que Pilatos pensaba, es decir, Barrabás era una amenaza para la sociedad, delincuente y asesino confeso; si fuese soltado cualquiera de los presentes podría llegar a ser su víctima, de modo que lo mejor sería crucificarle y liberar a Jesús. Pero lo que Pilatos no sabía era que el nazareno representaba una amenaza para el Sanedrín, pues en varias ocasiones puso en tela de juicio tanto el poder de aquella institución como su doctrina: no tenía reparos en proclamarse a sí mismo rey de los judíos y decía que iba a establecer un orden nuevo, algo que parecía peligroso a los ortodoxos clérigos del Templo de Jerusalén, como lo parecería hoy mismo al propio Sínodo si Cristo volviera a predicar por las calles. Por tanto, los miembros del Sanedrín comenzaron a vocear “Suelta a Barrabás, suelta a Barrabás” coreados por la plebe, que como siempre, hace coro a quien más y mejor grita. Lo intentó Pilatos por última vez preguntando “¿Qué queréis que haga entonces con este hombre?” a lo que la muchedumbre enardecida, siguiendo a los sacerdotes y miembros del clero respondió “¡Crucifícale!”. En este punto fue donde el romano pidió agua para lavarse las manos ante todos y dijo aquello de “Caiga sobre vosotros la sangre de este justo” pero no tuvo valor para oponerse a los deseos de los sacerdotes, aunque supongo que tampoco le importaría mucho la vida o la muerte de un carpintero judío más o menos.
Rafa, llegados a este punto del relato había sacado unas cervezas y algunos frutos secos repartiéndolo todo entre los invitados, aunque a Ester no le ofreció ni una cosa ni otra. Así que la gente comía y bebía feliz y ensimismada en la historia que Marcos estaba relatando el cual, una vez apurado el vaso de cerveza continuó:
_ No hay datos objetivos históricamente, pero se supone, por la hora, que el camino del calvario se emprendió después de comer, de modo que eso es lo que vamos a hacer nosotros. Llevaremos a Jesucristo a su celda y comeremos tranquilamente.
Dicho lo cual, acompañaron a Ester al cuarto de juegos que por aquellos días hacia las veces de ergástula, en donde de nuevo volvieron a atarla por el cuello al poste central, soltándole a continuación las manos y ofreciéndole otra vez pan y agua. Y puesto a su alcance el barreño por si necesitaba aliviarse de alguna forma el cuerpo, la dejaron sola en aquella cuita, acompañada únicamente por sus tristes y afligidos pensamientos.
La desdichada, lo primero que hizo fue tratar de quitarse las zarzas de la cabeza, cosa que logró no sin dificultad pues cada una de las espinas suponía un pequeño desgarro y una nueva gota de sangre. Más aún: alguna de las púas quedaron clavadas en su piel, produciéndole una molestia continua. Las notaba al pasarse los dedos con suavidad por la frente y sienes, pero no podía desprenderse de ellas a falta de un espejo para verlas y unas pinzas aparentes que le permitieran extraerlas, de modo que no tuvo otro remedio que continuar sufriendo pacientemente la molestia. Cada movimiento renovaba el dolor de los azotes así que procedió a quitarse la sábana que tenía anudada al cuello para poder examinar con cierto pormenor su lacerada espalda y la encontró casi por completo cubierta de las señales del látigo, así como también las nalgas y en menor medida los muslos y pantorrillas. Pasaba delicadamente las yemas de los dedos acariciando la maltrecha piel y sentía las tumefacciones y protuberancias de las heridas que los azotes habían causado, alguna de ellas todavía abierta y casi sangrante.
Pero la naturaleza reclamaba su parte en todo esto y comió el buen pedazo de pan y bebió la jarra de agua, parca comida desde luego, pero suficiente como para engañar un poco el estómago. Con lo cual le vinieron ganas de orinar y hacer del cuerpo, pues hacía ya más de veinticuatro horas que no se aliviaba el vientre, así que se acomodó lo mejor que pudo en el barreño y allí dio rienda suelta a su necesidad y aun sin tener papel ni otro medio con que limpiarse quedó después bastante relajada y satisfecha, hasta el punto de que, tumbada a descansar sobre el duro suelo entró en un duermevela, entre angustiada y excitada, porque luego de todo, así como satisfizo su hambre y su sed aunque de forma harto escueta, también el sexo quería demandar la parte de satisfacción que le correspondía y estando medio dormida le sobrevino un deseo que trataba de pasar por alto, como si no existiese, pues pensaba que para lo que le esperaba era mejor encontrarse excitada, que siempre la excitación y el deseo no satisfechos la había llevado a las más altas cotas en cuanto a soportar con obediencia los castigos. Prefería no imaginar qué harían con ella, así que tratando de no pensar en nada, ni siquiera en su excitación, cerró los ojos y consiguió relajarse, aunque no dormir, esperando con resignada impaciencia que todo aquello acabase sin tener demasiado que lamentar.
No habría pasado mucho más de una hora cuando regresaron sus amos y los invitados. Enseguida manifestó Marcos su desagrado por el olor que el barreño desprendía, por lo cual ordenó a Rafa que inmediatamente lo vaciara y pulverizara en toda la estancia alcohol de romero con generosidad, aunque, arguyó, probablemente así olerían las cárceles y prisiones en el primer siglo de nuestra era y aun hasta hace poco más de cien años la higiene de esos establecimientos dejaba mucho que desear. Perfumado el cuarto, continuó Marcos mostrando desagrado porque Jesucrista se había atrevido a despojarse de la corona de espinas sin pedir permiso, sin embargo, razonó en voz alta él mismo diciendo que tampoco se le había prohibido expresamente hacerlo y que el incidente tenía fácil solución volviendo a coronarla de nuevo. Hizo también alguna indicación sobre la incongruencia que suponía un Cristo con tetas como las que Ester lucía, pero aseguró Marcos que de allí a poco nadie le prestaría atención a las tetas y si a otras cosas de mayor importancia y entretenimiento; comentario que fue causa de increíble angustia e inquietud para la propia sentenciada. Pero antes de nada tuvo a bien el amo hacer algunas indicaciones acerca de lo que iba a resultar el penúltimo acto de aquella obra, o sea, el camino del calvario. Y así dijo:
_ Es falsa también la iconografía que nos presenta a Jesús con la cruz a cuestas. Los palos verticales de las cruces eran fijos, quiero decir que estaban siempre puestos a las afueras de las ciudades en los lugares donde se producían las crucifixiones, un poco como pasaría después en la edad media y en la moderna con la horca, que siempre había una a las afueras de cada ciudad. Dependiendo del número de habitantes y de las circunstancias, había uno o varios de esos postes en cada población, llegando incluso en Roma, en alguna época a más de un centenar. Desde luego que el respeto por la vida no era el mismo que hoy y al concepto de derechos humanos le quedaba diecinueve siglos para existir. O sea que lo del Cristo con la cruz a cuestas es mentira.
La totalidad de los asistentes, incluida la propia Ester que permanecía de pie y completamente desnuda, luciendo sus tetas sin poder evitarlo, escuchaban absortos todas aquellas explicaciones. Si algún día Marcos quisiera preparar un doctorado en Historia, la tesis ya la tenía casi redactada.
_ Lo que se hacía -continuó explicando- era obligar al reo a transportar el palo horizontal de la cruz, que además de necesitarlo para llevar a cabo la crucifixión, también servía para atar a él los brazos extendidos del condenado, evitando así cualquier intento de huida en el camino hacia el suplicio. Se le colocaba ese palo sobre los hombros y se la ataban los brazos todo a lo largo del palo, un poco como los “empalaos” de Valverde de la Vera en Semana Santa.
Desde entonces, la Semana Santa tuvo una connotación especial para Ester y la vista o la simple mención de los “empalaos” la retrotraía siempre a los hechos que tuvieron lugar el día en que, por designio de su amo, desempeñó el papel de Jesucristo durante la pasión. Pero Marcos continuaba hablando y nadie de los presentes había notado que Rafa no estaba, por eso se sorprendieron un poco al verle aparecer con un madero de algo más de metro y medio de largo y casi una cuarta de diámetro. Era un tronco de pino al que se le había quitado la corteza.
_ Esto hará -explicó el amo- de brazo horizontal. Lo encargó Rafa a un carpintero, sin decirle por supuesto para que era. Pesa unos diez kilos y puedo imaginar que es parecido a los que se usarían para lo que lo vamos a utilizar nosotros.
Ester contemplaba en silencio pero absolutamente aterrorizada. Pensaba, cada vez con mayor convicción, que algo terrible le iba a ocurrir, quería salir corriendo y dar todo por terminado, pues estaba cierta de que los sucesos que vendrían a continuación, darían que lamentar y aunque no tenía muy claro lo que el destino le deparaba, si estaba completamente convencida de que iba a resultar algo nefasto y profundamente doloroso, cuando no decididamente insoportable. Pero se abstenía de comentar nada, pues el amor y el respeto por su amo la inducían a tratar de aguantar lo más posible, para ganar así su estima y aprecio y evitar dejarle en ridículo ante tantas personas. Se acercó a ella Rafa y volvió a anudarle la sábana al cuello, pues desde que la esclava se la quitó para examinarse las llagas había permanecido la prenda en el suelo y la sumisa completamente desnuda. A renglón seguido el madero fue colocado sobre los hombros del nuevo Jesucristo y el catalán, en funciones de soldado romano, ató los brazos extendidos de Ester a dicho madero con tantas y tales vueltas de cuerda que quedaron casi ocultos y formando un solo cuerpo con el poste, de forma que era capaz únicamente de mover las manos desde las muñecas, pero le resultaba imposible doblar los codos aunque solamente fuera un milímetro. A continuación soltó la cadena que la sujetaba por el cuello al poste y por indicación del amo volvió a colocarle en la cabeza la lacerante corona, sin ningún miramiento, procurando apretar bien para que los pinchos se clavasen evitando así la caída intempestiva del adorno aunque produciendo de nuevo pequeñas y dolorosas hemorragias que se manifestaban por los hilillos de sangre que le escurrían al Cristo apócrifo por la cara, dándole un aspecto comparable al que debió haber tenido el auténtico. Marcos, aparentemente ajeno a la angustia y al dolor de su esclava continuaba explicando:
_ Lo de la corona de espinas debió ser algo casual para hacerle burla, teniendo en cuenta que el personaje se proclamaba rey de los judíos. Quiero decir que por lo que yo sé, no era habitual una cosa así ni mucho menos. Bien. En Jerusalén y en la época, las crucifixiones se ejecutaban en un pequeño teso que había extramuros de la ciudad llamado entonces Gólgota y en donde estaban colocados una media docena de postes clavados en la tierra y listos para utilizarse. Normalmente las ejecuciones se realizaban en grupos, quiero decir que era muy raro que se ajusticiara a un solo reo, de manera que se esperaba a tener varios para ejecutar las sentencias conjuntamente. Así, parece cierto que Jesucristo fue crucificado junto con dos condenados por robo. Tampoco era habitual condenar y ejecutar la sentencia en el mismo día, salvo que la pena fuera de azotes, porque incluso cuando era a galeras, se esperaba a tener varios reos para organizar la cuerda que les llevaría a su destino. Parece que en este caso el Sanedrín temía un levantamiento de los discípulos y adeptos de Jesús si se demoraba la ejecución, valorando demasiado las posibilidades de rebelión de un pequeño grupo de desarrapados. Pero pensaron que suprimida la causa suprimido el efecto y por eso debió ser la inmediatez del cumplimiento de la pena a partir del momento de la sentencia.
Paró un momento Marcos para encender un cigarrillo. El olor a tabaco despertó las ansias incontroladas de Ester por fumar, ya que llevaba algo más de veinticuatro horas sin probarlo, cuando habitualmente en ese tiempo habría consumido un paquete. Pero dadas las circunstancias lo cierto era que la falta de nicotina representaba un minúsculo inconveniente comparado con el dolor, el hambre, la angustia y el miedo que sentía imaginando lo que vendría a continuación. Inhaló el amo profundamente el humo un par de veces y continuó:
_ Desde el palacio de Pilatos al monte Gólgota hay exactamente dos mil setecientos metros. Lo sé porque en cualquier plano de la moderna Jerusalén vienen localizados ambos puntos, aunque lo que era entonces el campo de crucifixión, a las afueras de la ciudad, queda hoy muy céntrico, pero entiendo que la distancia no ha variado y he hecho un cálculo por el cual mi Jesucristo tiene que dar doscientas setenta vueltas a esta habitación para recorrer esos dos mil setecientos metros.
“¡Doscientas setenta vueltas!” pensó Ester aterrada “sin apenas haber comido ni dormido y con este peso encima. No lo resistiré”
Pero ni al amo ni a los asistentes parecía importarles demasiado lo que la angustiada Jesucrista pensase, porque acto seguido trajeron sillas, las arrimaron lo más posible a las paredes de la habitación, que estaba prácticamente vacía y Rafa delimitó, pintándolo con una tiza, una especie de senda o camino que daba la vuelta completa al cuarto, rodeando el poste central y lo más cerca posible de las paredes. No quiso o no pudo Ester pararse a comprobar mentalmente si los cálculos de su amo eran correctos, porque una vez todo el mundo sentado y trazados los límites del camino, a una voz de Marcos comenzó a avanzar, atada como estaba al madero, principiando su particular camino del calvario.
El sistema que había ideado el amo para contar las vueltas sin temor a equivocarse, era un poco primitivo pero muy efectivo. Sobre sus rodillas descansaba una bolsa de plástico conteniendo exactamente doscientos setenta garbanzos, los cuales eran trasladados uno a uno a otra bolsa coincidiendo con el paso de la esclava frente a él. De esta manera se aseguraba de no perder la cuenta, ya que había pensado que de llevarla mentalmente hubiera resultado muy posible equivocarse.
Inteligentemente caminaba Ester con lentitud, pues imaginaba que en algún momento le fallarían las fuerzas, ya que el trabajo era mucho para una pobre mujer hambrienta, falta de descanso y recién azotada cruelmente. Completó las primeras cincuenta vueltas sin demasiada dificultad, pero a partir de ahí comenzó a experimentar cansancio, no tanto en las piernas como en los hombros, que le dolían como consecuencia del daño que el madero producía en ellos. Los asistentes, al principio silenciosos y expectantes pronto se aburrieron del rutinario caminar de la condenada y comenzaron a charlar entre ellos, fumando y bebiendo cerveza, vino o café, servido diligentemente por Rafa, que hacía las funciones de ayuda de cámara en aquella representación, una especie de todo terreno, tan pronto soldado romano como asistente del amo o anfitrión cordial.
Después de media hora de caminar llevaba Cristo recorridos algo más de novecientos metros y el cansancio se hacía ya patente en su rostro. El dolor que el madero le causaba en los hombros se incrementaba, lo cual la hacía pensar que quizá se le estarían abriendo llagas, aunque no podía de ninguna forma comprobarlo. En este punto, el único que permanecía realmente atento a los acontecimientos era el amo, dedicado con los cinco sentidos a observar y vigilar a su esclava, trasegando los garbanzos en el momento oportuno.
Pero llegada a las ciento y pico vueltas, las fuerzas de la rea fallaron hasta tal punto que se detuvo, tratando de recuperarse y respirando fatigosamente. En ese momento, al romper la rutina de su cansado y lento caminar, todos los ojos se volvieron hacia ella y hacia su amo, esperando una reacción de él.
Pero Marcos dejó pasar unos minutos antes de ordenar de nuevo a su esclava que continuase, la cual lo hizo tambaleándose al principio y con demasiada lentitud, por lo cual Rafa, a un gesto de Marcos, le propinó unos buenos tres o cuatro fuertes azotes con el látigo, que tuvieron la virtud de devolver un mejor ritmo a los pasos de la desventurada Jesucrista.
A esas alturas realmente Ester caminaba en un estado que podríamos calificar de zombi, totalmente desorientada, sin saber cuánto tiempo llevaba haciéndolo ni percatarse de lo que le quedaba. Simplemente en su mente había una idea fija: seguir, avanzar, continuar, caminar, soportar el dolor de los hombros, seguir, seguir, seguir...
Volvió la rutina y volvió el silencio cuando de pronto, el aire en vibración sacudió la membrana timpánica de Ester; la cadena de huesecillos –martillo, yunque y estribo- se puso en movimiento de modo que agitó la ventana oval y levantó una tempestad infinitesimal en el fluido del laberinto. Los extremos filamentosos del nervio auditivo temblaron como algas en un mar picado; un gran número de milagros oscuros se efectuaron en su cerebro y Ester murmuró extáticamente:
_ Bach. Pasión según San Mateo.
Así era en efecto, que el amo había indicado a Rafa que pusiera en marcha el disco con volumen suficiente como para poder escucharlo desde el cuarto de juegos, tanto él como los invitados y así mismo la propia Ester, pues pensaba Marcos con acierto que, además de ser música muy apropiada para la ocasión, era una de las piezas favoritas de su esclava y le serviría para, escuchándola, no pensar demasiado en su negra suerte ni en sus sufrimientos, pues quería el amo lograr a toda costa que su proyecto de escenificar la pasión y muerte de Cristo se cumpliera totalmente y a su gusto, por lo cual no le pareció desproporcionado facilitar a la esclava el parco apoyo que aquella audición podía proporcionarle. Rafa, como siempre, hubiera preferido Iron Butterfly, pero el amo no estuvo en absoluto de acuerdo.
Con aquello y otro par de cortos descansos llegó la infeliz a la vuelta doscientas, sudando por todos los poros de su piel, temblorosas las piernas, doloridos los pies y sangrantes los hombros. En la cual vuelta el propia amo y director de escena la detuvo, pues explicó a los presentes que se tiene por cierto que la última parte del camino hacia el calvario no fue Jesús solo quien llevó el madero, pues su debilidad era ya tanta que le resultaba imposible caminar de manera que fue preciso permitir que le ayudaran. A cambio de eso y como él no quería desatarla del madero ni tampoco acortar el camino había previsto darle un cierto descanso en la vuelta número doscientos, así como agua, pues también se tenía por cierto que eso fue lo que hizo Verónica además de enjugarle el sudor.
La primera parte de la Pasión según San Mateo había terminado y se permitió a la esclava sentarse sobre la camilla ginecológica que se había colocado en un rincón del cuarto para dejar vía libre al camino del calvario. Le proporcionó Rafa una buena jarra de agua, de la que Jesucrista bebió con avidez casi medio litro y con una toalla húmeda enjuagaron su cara y refrescaron sus tetas, permitiéndole diez minutos de reparador y necesario descanso.
Una vez transcurridos estos se la obligó a reanudar la marcha, ya más reconfortada. Hubiera dado un ojo de la cara porque al menos durante el tiempo del descanso la hubieran liberado del sufrimiento producido en los hombros por el atroz madero, pero aquello ni siquiera el amo lo planteó y ella se abstuvo de preguntarlo o de comentar nada, pues ya el día anterior, al comenzar toda aquella odisea, le había hecho Marcos el encargo fehaciente de que no pronunciase palabra ni se dirigiese a él ni a nadie hasta que todo hubiera terminado, salvo para responder a preguntas si se le hicieran, pero en ningún modo por propia voluntad o iniciativa, apercibiéndole de durísimos y dolorosos castigos si contraviniese esta orden.
Reanudó, decimos, la marcha para completar los últimos metros. Y como todo lo que comienza necesariamente ha de terminar, acabó también aquél trayecto cuando el amo cambió de bolsa el último garbanzo e indicó a la desorientada y maltrecha sumisa que podía sentarse de nuevo en la camilla o tumbarse en el suelo, opción esta elegida por Ester, pues pensó que de esa forma liberaría un poco sus hombros del peso que los afligía y laceraba, de modo que ayudada por el polivalente Rafa, se tumbó en el suelo cuan larga era experimentando inmediatamente una dulce sensación de bienestar.
Allí habló de nuevo el amo y dijo:
_ Tengo que decir que es falso también lo de los clavos. Absolutamente falso. Los objetos de hierro eran muy apreciados, caros y difíciles de obtener en la época y de ninguna manera se desperdiciaban tres clavos para ajusticiar a nadie. Hay descripciones de lo que era una crucifixión hechas por contemporáneos y un buen estudio de la pasión y muerte de Cristo desde un punto de vista médico. Todo eso lo he leído estos días atrás, así puedo explicar, más o menos, como debió de ser la cosa.
Los asistentes callaban escuchando las doctas palabras de Marcos. Ya se habían acostumbrado todos al profundo conocimiento que el letrado demostraba, de modo que esperaban sus explicaciones con ganas de aprender.
_ El condenado –continuó el profesor- ya llevaba los brazos atados al madero transversal. En la parte más alta del poste vertical, clavado en el lugar del ajusticiamiento, se colocaba una polea o garrucha y merced a ella se izaba al reo, colgado del madero transversal, hasta alcanzar una posición cercana a la adecuada. Entonces, se le ataban los tobillos fuertemente al poste vertical, con las vueltas de cuerda y nudos necesarios como para que le fuera imposible siquiera separarlos un milímetro de la madera. Una vez hecho esto, se tensaba su cuerpo por medio de la garrucha hasta dejarlo completamente estirado, momento en que se fijaba la cuerda de la polea normalmente al propio poste vertical, de modo que no cediese ni se aflojase en absoluto. En esa posición, el condenado moría por asfixia, ya que la tensión a la que estaba sometido su cuerpo le impedía realizar por completo y con efectividad los movimientos respiratorios necesarios. Existen imágenes, cuadros y cosas así que representan una crucifixión de este tipo aunque son pocos la verdad, pues lo habitual es lo de los clavos, pero es totalmente falso.
Todos los presentes estaban descubriendo verdaderamente lo que era una crucifixión. Incluso el propio Marcos lo había descubierto hacía poco. Ya sabemos que la motivación para aprender viene por distintos e inopinados caminos.
_ No era habitual –continuó el erudito- esperar a que los reos muriesen digamos, por si mismos, pues mientras estuvieran con vida era necesario mantenerlos custodiados por soldados o guardas, para evitar que sus familiares o compinches los liberasen, de modo que pasado algún tiempo, los mismos soldados los mataban dando por terminado su trabajo. También era corriente que las familias de los condenados, sobornasen a los legionarios para que acabaran cuanto antes con la vida de su pariente, evitándole así el atroz sufrimiento. Pero hay un caso documentado en Roma de muerte en la cruz con una agonía de cuatro días. Creo yo que eso fue debido a que el condenado estaba mal atado y podía respirar, pues es imposible que estando bien sujeto y con la función respiratoria muy disminuida, aguantase tanto tiempo. Pero bueno, a lo que vamos: dicen las fuentes que llegado un momento, un soldado romano le dio a Cristo una lanzada en el costado, para acelerar su muerte. Esto era lo normal, así como también lo era romperles las piernas, de modo que quedasen colgando solamente por los brazos, con lo cual la muerte por asfixia se aceleraba, aunque este método era, evidentemente, mucho más atroz y doloroso que el de la lanzada en el costado.
Finalizó aquí el amo sus doctísimas explicaciones y a continuación comunicó a los presentes como tenía él la intención de que se desarrollase su particular y privada crucifixión, imitando y simulando lo mejor posible la auténtica. Al oír todo esto, la desventurada Jesucrista que permanecía tumbada en el suelo descansando y reponiendo fuerzas para tratar de soportar lo que le esperaba se echó a temblar de nuevo, a pesar de que su amo aseguraba a los circunstantes que no tenía la menor intención de matar a su Cosita, aserto este que también Ester creía sin duda; pero a cambio ignoraba que sufrimientos le esperaban todavía y hasta qué punto la cruel y magnífica mente de su amo era capaz de maquinar.
Pronto salió de dudas pues Rafa, subido a una pequeña escalera había instalado en la parte superior del poste una polea, lo cual dio indicio cierto a la desventurada esclava de lo que iba a pasar, como así fue efectivamente. Hecho firme el gancho de la garrucha al madero que sujetaba los brazos de Jesucristo, comenzó Rafa a tensar la trócola y sin siquiera darle tiempo u ocasión a la pobre condenada para ponerse en pie, se vio primeramente arrastrada y después, poco a poco elevada por la fuerza de la polea, de modo que en unos minutos quedó colgando sin poder apoyar los pies en el suelo. Efectivamente, como su amo había explicado, en el momento en que llegó a estar completamente suspendida comenzó a notar la dificultad para respirar, pues no podía llenar por completo de aire los pulmones, de modo que inspiraba y espiraba entrecortadamente y con mayor ritmo que el habitual. Queriendo paliar un poco esa angustia, Ester trataba de descargar parte del peso de su cuerpo en las piernas, para lo cual aprisionaba con fuerza el madero con los tobillos y se elevaba un poco. Mientras podía mantener esa posición respiraba con normalidad, pero al cabo, la forzada postura hacía que tuviera que disminuir la presión de los tobillos y volvía a quedar suspendida con lo cual el proceso comenzaba de nuevo.
_ ¿Veis? -explicó Marcos- por esto les ataban los tobillos al madero vertical, para impedir que pudieran doblar las rodillas y sujetar el peso de su cuerpo, lo cual les daría la oportunidad de respirar. Si a esta la mantuviéramos así podría vivir días, pero si le atásemos los tobillos al madero viviría solamente horas. Lo que pasa es que a Cristo se los ataron de forma que también nosotros lo haremos.
Alguno de los asistentes se asustó realmente pensando que iba a presenciar un cruel asesinato ritual a pesar de que en todo momento el amo aseguraba que no pensaba ni siquiera producir en su Cristo particular un daño irreversible. Pero le fueron atados efectivamente los tobillos por Rafa, aunque el truco estuvo en que no le dejaron el cuerpo totalmente estirado sino que la sujeción se hizo de tal forma que la pobre rea mantenía las rodillas dobladas, de modo que podía, a voluntad, descansar el peso de su cuerpo sobre los tobillos sujetos con varias vueltas de cuerda al madero vertical, con lo cual extendía las rodillas y relajaba los músculos que participan en la respiración, de forma que recobraba perfectamente el aliento aunque el dolor y los rasguños de los hombros y ahora de los tobillos le hacían sufrir bastante.
Antes de subirla a la cruz, la habían despojado de la sábana con la que se medio cubrió durante el camino del calvario, de forma que aparecía ahora su cuerpo totalmente desnudo, expuesto a esa tortura a la vista de todos. El amo se acercó y acarició con suavidad su sexo, chupándolo con tan buena maña y tino que inmediatamente la mujer se excitó, lo cual constituyó un espectáculo impactante: parecía realmente Jesucristo, con la corona de espinas y todo, las muestras de los azotes, las manchas y gotas de sangre por su cara, pero extrañamente tenía tetas y en su rostro, además del dolor, se reflejaba el deseo. Alguno de los presentes dijo “Desconcertante” y quizá ese sea el adjetivo que mejor define la situación.
Pero como un espectáculo no impacta siempre, al cabo de un rato de observar, los asistentes fueron perdiendo paulatinamente el interés, de forma que volvieron a ocuparse de actividades más vulgares y cotidianas beber, fumar y charlar. Solamente Antonio, tan profesional y digno, había tomado y continuaba tomando fotografías sin parar. Fue su intención componer un cuadro blasfemo a imitación de los que se ven del tipo “María y los apóstoles al pie de la cruz” pero ninguno de los invitados quiso permitir que le fotografiaran en tan comprometida situación. El tiempo transcurría y de vez en cuando el amo atendía a su Cristo volviendo a manipularle el sexo y las tetas adecuadamente de forma que Ester, a pesar de todo, se mantenía en una casi permanente excitación.
_ Dicen los Evangelios –comunicó Marcos después de pedir atención interrumpiendo las animadas charlas- que pidió agua y le subieron una esponja empapada en ella de la cual bebió. Este es el momento del agua.
Y diciendo y haciendo le acercó Rafa una esponja empapada en agua a la boca, de la cual Cristo chupó y bebió con ganas lo que pudo porque verdaderamente tenía sed. Estaba absolutamente dolorida, exhausta, hambrienta y deseando que todo aquello terminara ya cuanto antes. Pero también se encontraba muy excitada porque su amo no descuidaba en absoluto la atención a su sexo, bien con la mano bien con la boca, ya que por la postura de la crucificada su coño quedaba a la altura de la cara de los participantes. También una mujer asistente pidió permiso para “jugar con el coño de cristo” como dijo textualmente y Marcos se lo concedió encantado, advirtiéndole sin embargo, que de ninguna manera debería llegar a provocarle el orgasmo. Erraba aquí el amo pues el malestar y sufrimiento de su esclava era tanto que jamás hubiera llegado al placer aunque resultaba evidente para todos que se hallaba muy excitada.
Y pasó el tiempo de nuevo y el amo explicó que a Cristo le habían dado una lanzada en el costado para acelerar su muerte y de esa forma era su intención que su particular crucificada la recibiera también, o al menos algo que pudiera comparársele. Lo cual llevó a cabo Rafa, haciendo suavemente con un cuchillo bien afilado un corte en la piel de la esclava a la altura del costado donde supuestamente le dieron la lanzada a Cristo. La herida fue de un par de centímetros, no tan profunda que pudiera causar daños irremediables pero si lo suficiente como para que brotara la sangre, que escurría sobre su pierna izquierda, produciendo a la infeliz un intenso dolor que se sumaba a todos los que ya sufría. Se quería consolar Ester pensando que el proceso estaba a punto de terminar, pues aquella “lanzada” era síntoma de que todo se acercaba a su fin, aparte de considerar que los asistentes ya se aburrían y andaban buscando otro tipo de distracciones, bebiendo aquellos que estaban solos y besándose y acariciándose los que se encontraban emparejados.
Una hora y media había transcurrido desde que Ester había subido a la cruz cuando el amo dio por terminada la crucifixión, no sin antes avisar que aun quedaba el último acto, pues Cristo había sido sepultado en un panteón proporcionado por uno de sus seguidores y así sería también sepultada su Jesús particular. De este modo, ordenó que Rafa hiciera descender a Ester de la cruz así que el aludido le desató los tobillos y aflojó lentamente la garrucha hasta terminar de bajarla del todo. A la pobre torturada se le doblaban las rodillas, de modo que apenas podía permanecer en pie. Le desataron el madero de los hombros, y sintió un intenso dolor a la par que alivio al poder bajar los brazos y volver a moverlos de nuevo. Pero su amo le advirtió que estaba muerta, con lo cual no debería realizar absolutamente ningún movimiento y era obligatorio que mantuviera los ojos cerrados bajo pena de severos y estrictos castigos. La esclava, despojada ya de las zarzas que laceraban su frente y su cabeza, se tumbó en el suelo, lo cual agradeció grandemente porque le suponía un enorme esfuerzo permanecer vertical, cerró los ojos y esperó acontecimientos.
_ Los enterramientos judíos de la época -explicó Marcos- se efectuaban depositando simplemente el cuerpo amortajado en una cueva construida previamente en alguna ladera o talud donde normalmente se enterraba a toda una familia. La cueva se cerraba posteriormente con un murete de mampostería con el fin de evitar que las alimañas dieran cuenta del cadáver. Nosotros aquí no tenemos cueva, pero si tenemos en la terraza un cajón que hemos mandado construir de aglomerado y que va a hacer las veces de sepulcro.
Esto, como casi todo lo que había acontecido en las últimas horas, era nuevo para Ester, quien desconocía que existiera tal cajón en la terraza. Bien es cierto que nunca se le ocurría fisgarla a fondo y la dicha terraza era tan grande, que solamente se usaba realmente la parte que coincidía con la salida a la misma desde el salón, transcurriendo semanas sin que nadie pisase el resto. Lo que inquietaba a Ester ahora era saber cuánto tiempo dispondría su amo que ella permaneciese en ese improvisado sepulcro.
_ Cristo murió hacia la media tarde del viernes –informó el amo como si le leyese el pensamiento- y fue enterrado con rapidez, pues nadie quería que llegara el sábado, día sagrado para los judíos y permaneciera el cuerpo insepulto, porque en sábado no estaba permitido realizar ningún trabajo ni siquiera un mínimo esfuerzo físico, ya que incluso cocinar estaba prohibido. De modo que bajaron el cuerpo de la cruz y rápidamente lo trasladaron al sepulcro. Eso haremos nosotros ahora. Para esto necesito que al menos tres de vosotros ayuden a Rafa a transportar el cuerpo.
Inmediatamente surgieron varios voluntarios. Ester, el supuesto cadáver de Cristo, que permanecía con los ojos cerrados tumbada en el suelo y completamente desnuda, fue cogida en volandas y una vez trasladada a la terraza se la depositó, por orden de su amo, en las proximidades del cajón que iba a hacer de sepultura. Aunque tenía los ojos cerrados, pudo la infeliz examinar su ataúd con disimulo, dándose cuenta de que vendría a tener un metro ochenta de largo, por sesenta centímetros de ancho y otros sesenta de alto. Afortunadamente ella no era de las que sufren claustrofobia, pero de todas formas el pensar en permanecer allí algún tiempo no resultaba nada agradable.
_ Los judíos siempre amortajaban a sus muertos –siguió Marcos explicando- y exactamente eso es lo que vamos a hacer nosotros ahora. He podido informarme de que antes de envolverlos en la mortaja untaban sus cuerpos con aceite, más o menos perfumado dependiendo de las posibilidades económicas de cada familia. Yo personalmente me ocuparé de eso y como he adquirido varios rollos de gasa después la amortajaremos.
Tumbada en el suelo como estaba el supuesto cadáver, entre Rafa y Marcos le dieron la vuelta poniéndola boca abajo, porque Ester había asumido perfectamente su obligación de permanecer absolutamente inmóvil y con los ojos cerrados, simulando de la mejor manera posible estar muerta. Una vez colocada en posición completamente desnuda y lacerada como estaba, su amo procedió a lavar con cuidado su cuerpo utilizando disolución de agua oxigenada, en la cual empapó bien un algodón y le fue aplicando compresas sobre cada uno de los rasguños y heridas, empezando por el cuello y terminando por los pies. Le dieron la vuelta y la operación volvió a repetirse, aunque todos pudieron observar los pezones erectos en las tetas del cadáver lo cual le confería un aspecto un tanto extraño e incluso grotesco. Cuando hubo sido perfectamente lavada y desinfectada, vuelta otra vez a colocarla boca abajo y entonces su amo tomó en las manos una buena porción de aceite de perfumería y derramó también una cantidad generosa sobre el cuerpo de la esclava. Hecho esto, procedió a extender el lubricante por todas partes, con suavidad y delicadeza, deteniéndose quizá más tiempo del necesario al pasar la mano por entre las nalgas, tanteando a veces la entrada del agujerito trasero con un dedo travieso y comprobando lo abierto y dilatado que estaba, señal inequívoca de un grado singular de excitación.
Lo cual todos pudieron comprobar que era cierto cuando volvieron de nuevo a poner el cuerpo boca arriba y tuvieron la oportunidad de observar, separando los labios vaginales, lo húmedo y abierto que tenía el coño, lo cual provocó sonrisas e incluso risas y chascarrillos entre los asistentes, siendo Ester y su visible excitación el objeto de burlas y mofas. Pero eso mismo, la vergüenza que le producía verse en ese estado ante tantas personas vestidas, la excitaba aun más, porque esa era su condición como ya sabemos y verdaderamente los castigos los sufría, pero las humillaciones las disfrutaba.
Marcos, continuó con su labor de aceitar aquel cuerpo aparentemente sin prestar atención a nada más. Sin embargo, simulando que simplemente distribuía el aceite, le manoseaba y acariciaba las tetas, así como el sexo y el clítoris, deteniéndose en aquélla parte del cuerpo bastante más de lo que era necesario simplemente para ungirlo. De modo que la excitación de la esclava iba en aumento y llegó un momento en que el amo masturbaba a su sumisa ya sin contemplaciones, llevándola varias veces casi al borde del orgasmo, para después continuar acariciándola y engrasándole los pechos, la tripa y las piernas mientras lo consideraba oportuno y el grado máximo de excitación bajaba, momento en el cual retomaba la masturbación de nuevo, repitiendo todo este ciclo en media docena de ocasiones y llevando al supuesto cadáver a grados extremos de excitación y placer.
Pero no era la intención del letrado permitir un desahogo por entonces, aunque si consintió que algunas personas más del grupo jugasen con aquel sexo humedecido. Pero de repente decidió que ya había bastante y que era menester amortajarlo, para lo cual, una vez listos los rollos de gasa, comenzó, con la ayuda de Rafa y de algunos asistentes, a envolver el cuerpo de aquella supuesta y desventurada Jesucrista, primero una pierna, después la otra, un brazo, otro brazo y el resto del cuerpo incluida la cara impidiéndole así también la visión, dejándole fuera del apretado vendaje solamente la nariz, pues la boca se la habían cerrado con varias tiras anchas de esparadrapo. Al terminar, habían conseguido que Ester presentara un aspecto similar al de una momia egipcia, si no fuera por los trozos de moderno esparadrapo que sujetaban perfectamente las gasas impidiendo efectivamente que se aflojasen o incluso que se moviesen. Vista la obra terminada, le pareció al amo satisfactoria aunque insuficiente y así dijo:
_ Esto bastaría si fuera realmente el cadáver de un judío de la época, supongo yo. Pero quiero impedir que Cosita me estropee la representación y se haga alguna marranadita una vez metida en el sepulcro, porque ya habéis visto que está muy salida. Así que lo vamos a impedir, sujetándole los brazos y las manos a los lados del cuerpo con todas las vueltas de gasa que sean necesarias para que no las pueda mover.
Dicho y hecho, colocaron los brazos del cadáver bien extendidos a lo largo del cuerpo de forma que las manos coincidían a la altura de los muslos y con nuevos rollos de gasa envolvieron los brazos conjuntamente con las piernas y el cuerpo de forma que cuando dieron el trabajo por definitivamente concluido a Ester le resultaba imposible mover ni siquiera un dedo, de forma que pensar en masturbarse era pensar en lo excusado. A pesar de todo, el amo decidió aplicar un nuevo paquete de gasa a la entrepierna, aunque esta ya estaba completamente cubierta, para así asegurarse que de ninguna forma podría tocarse ni siquiera moverse, salvo la cabeza. Terminaron por fin toda la operación y entonces si que tenía Ester el aspecto de una momia, desdibujados los contornos del cuerpo, envuelta toda en gasa y ofreciendo el aspecto de un paquete alargado con perfil someramente humano. Entre varios elevaron el cadáver lo suficiente como para poder depositarlo dentro del ataúd y así se encontró la aterrorizada sumisa prácticamente sepultada viva.
Ya hemos dicho que afortunadamente para ella, no sufría claustrofobia, pero lo que realmente le aterraba era pensar el tiempo que su amo podía dejarla allí. Le parecía recordar que Jesucristo había muerto un viernes y resucitado un domingo. Si Marcos quisiera mantener tan fielmente su representación, eso supondría que ella iba a permanecer allí, sola e inmóvil unas treinta y seis horas, lo cual entendía que era mucho más de lo que podría soportar, teniendo en cuenta el tiempo que llevaba sin comer y sin apenas beber. De lo que si se percató antes de que le cubrieran la cara y los ojos con las gasas, fue de la previsión que sus amos mostraron al confeccionar el maldito ataúd o sepulcro, ya que a la altura de la cabeza estaba taladrado por varios orificios, lo cual le permitiría respirar perfectamente y sin temor. Desde el fondo de aquél tétrico cajón, pudo oír la voz de su amo diciendo:
_ Una cosa que no he logrado entender, es por qué si Cristo murió un viernes y resucitó un domingo dicen las escrituras que lo hizo al tercer día. Es algo que para mí no tiene sentido ni explicación, porque contemos como contemos de viernes a domingo van dos. Incluso cuando alguien fue a visitar la tumba el domingo por la mañana la encontró vacía, lo cual indica que bien pudo resucitar el mismo sábado. Pero bueno, como lo que yo quiero es seguir lo más fielmente posible toda la pasión, vamos a cerrar la sepultura y cumpliremos, de acuerdo con los textos sagrados.
La suerte estaba echada, pensó Ester, pues parecía claro que su amo tenía la intención de dejarla allí hasta el domingo. Ella sabía perfectamente que le resultaría imposible resistirlo, pero lo que le producía pavor era que a pesar de todo su amo no consintiese en sacarla de su triste situación hasta que se hubieran cumplido los plazos. Sin dejar de considerar, por supuesto, cómo podría ella avisarla de que algo fuese realmente mal, considerando que le resultaba imposible moverse, gritar, o llamar la atención de alguna forma.
Pero la ceremonia del enterramiento continuó y Ester pudo percibir, aunque no ver, como se colocaba la tapa de aquél siniestro cajón y con cuanto cuidado se la atornillaba con varios tirafondos a la estructura. No le produjo sensación de oscuridad, ya que desde hacía un buen rato permanecía con los ojos vendados, pero si experimentó un profundo desamparo cuando todo quedó en silencio porque sus amos y el resto de los invitados se alejaron, dejándola allí sola sumida en sus tristes pensamientos.
De lo que más sufría era de hambre, aunque el dolor, la sed y el cansancio tampoco le eran ajenos. Incluso las últimas manipulaciones que su amo le prodigó en el sexo la habían dejado como recuerdo un cierto malestar, producto de la excitación no consumada. De acuerdo que a esa sensación estaba acostumbrada incluso era casi permanente en ella, teniendo en cuenta el empleo habitual del cinturón de castidad y la extrema dificultad que tenía para llegar al orgasmo durante los castigos de buenas noches, mientras que la facilidad para excitarse era suma porque de eso se encargaba su amo casi con dedicación exclusiva y muy buenos resultados. Pero en aquella triste situación, la sensación de deseo no satisfecho se sumaba a todas las demás: el dolor de la herida en el costado, los azotes, la cabeza y la frente marcadas por las espinas de las zarzas, los brazos tanto tiempo tensos y sujetos al madero, los hombros magullados y despellejados por el peso y el roce, el hambre, la sed... ¿Cómo podría soportarlo?
Sin embargo, después de cierto tiempo de angustia y de malos pensamientos, el cansancio era tanto que se relajó, quedando dormida no con un sueño profundo y reparador, pero si desconectada completamente de la realidad espacio temporal, lo cual provocó que los minutos, muchos o pocos que estuvo adormilada, pasaran con rapidez para ella.
Mientras tanto, los invitados y sus anfitriones habían montado una buena y excitante juerga en la casa. Entre ellos había sumisas y amos de forma que tenemos entendido que todo se prolongó hasta altas horas de la madrugada, aunque la infortunada Jesucrista continuó yaciendo en su sepultura sin enterarse de nada que no fueran sus pesares y desventuras.
Entre duermevela y duermevela transcurrían las horas, perdida completamente la noción del tiempo, cuando despertaba del todo no sabía la hora que era, ni siquiera si era de noche o ya había amanecido. La sed le atormentaba y aunque el hambre se le había pasado otra molestia comenzaba a surgir en su interior, la cual era las ganas de orinar, cada vez más incontrolables y apremiantes. Desesperada trató de llamar a su amo, sin poder producir nada más que roncos gemidos emitidos por la nariz y sin que nadie aparentemente la oyese. Estar aguantando las ganas de orinar le resultaba extremadamente desagradable, porque eso hacía que ni un solo instante pudiera relajarse y adormilarse de nuevo de modo que decidió dar rienda suelta a lo que retenía en la vejiga, aun a costa de hacérselo sobre sí misma, mojándose completamente como así fue en efecto.
Inmediatamente después de orinar volvió a relajarse, aunque la situación se prolongaba a su juicio tanto, que le resultaba cada vez más insoportable. Completamente inmovilizada empezaba a sufrir el síndrome de los picores que aquejan y desesperan a los escayolados: la sensación de picor extremo junto con la imposibilidad de rascarse. Además, a todo esto se unió otro mal, el cual fue el desagradable olor producido por su propia orina, así como el frío húmedo que sentía en las partes de su cuerpo que el pis había mojado, sobre todo los muslos pero también la tripa, pues la humedad se había extendido rápidamente a través de las gasas que la envolvían.
Lentamente transcurría el tiempo, pero ella no sabía cuánto. Tampoco era muy consciente de si verdaderamente llegaba a dormirse o simplemente permitía que las horas pasasen intentando distraer el pensamiento ocupándolo en diversos recuerdos agradables que se solapaban unos sobre otros. Creemos que fue capaz de tararear casi todo el cuarto movimiento de la novena, también entonó mentalmente una serie de viejos romances que sabía, dejó vagar su imaginación transportándola a los pinares de su pueblo y de vez en cuando, volvía a quedar adormilada, aunque empezaba a sospechar que el sopor que la invadía estaba más producido por la debilidad y carencia de agua que por verdadero sueño. Era consciente de que un ser humano no puede sobrevivir tres días sin ingerir líquidos y comenzaba a temer que de verdad le ocurriera algo irrecuperable, con lo cual esporádicamente reanudaba sus llamadas de auxilio, haciendo todo lo posible por ser escuchada, sin conseguirlo nunca, al menos en lo que ella percibía, pero logrando a cambio una gran sensación de fatiga y desesperación que la inducían de nuevo al sueño, cada vez más profundo que la vez anterior. Así, sumergida en esta cadena de acontecimientos pasaban sobre ella lentamente las horas.
Una de las veces en que despertó fue consciente perfectamente de que los síntomas que padecía eran los propios de una huelguista de hambre. Para rematar sus males se le había despertado la necesidad de evacuar el vientre. Imaginaba que llevaba allí encerrada tanto tiempo que el domingo quizá estuviese ya muy avanzado, sin embargo nadie acudía a rescatarla. Entonces un pensamiento aterrador se apoderó de ella. ¿Y si a Marcos y a Rafa les había ocurrido algo? Podían haber salido con el coche y sufrir un accidente, quizá estuvieran los dos inconscientes o incluso muertos, lo cual supondría sin ninguna duda su propio fallecimiento, pues aunque alguien llegase en breves horas a la casa, jamás la encontrarían metida en aquél cajón. Estaba claro que si en las próximas horas no la rescataban, quizá el daño sería irreparable. Los retortijones y la necesidad de vaciar el vientre eran ya apremiantes, como lo eran también sus ahogados gemidos guturales. Tratando de golpear con la cabeza en las tablas de aglomerado de su ataúd para llamar la atención, llegó incluso a provocarse un espléndido chichón, pero nadie acudía, no se oía nada, estaba absolutamente sola y abandonada, despotricando contra sí misma por haber consentido que las cosas llegasen hasta estos preocupantes niveles. Estaba claro que su amo, si ella se lo permitía, no tenía fin, aunque por otra parte no dejaba de comprender que en eso consistía prácticamente el juego: el amo debía ir venciendo los límites y derribando las barreras que la esclava le ponía a priori y con eso demostraba ser un verdadero y rotundo amo dominante. El final de todo esto no existía, el límite estaba en el infinito.
Pasado el ataque de rabia llegó la desolación y por debajo de las gasas que cubrían sus ojos se echó a llorar desconsoladamente mientras hacía esfuerzos desesperados por evacuar sus intestinos, ya que el férreo vendaje le dificultaba incluso eso. Pero tenazmente consiguió que todo lo que le sobraba saliera, notándolo caliente y pastoso pegado a sus nalgas. Víctima del esfuerzo y de la profunda sensación de abandono, volvió de nuevo a quedarse dormida, pensando que quizá ya fuese lunes e imaginando, sin asomo de duda, que de allí sacarían su esqueleto.
La despertó un sonido extraño procedente de arriba, como de la tapa del ataúd. Podía escuchar perfectamente la voz de su amo, aunque no entendía muy bien lo que decía. Identificó el ruido como el que producía un tornillo girando en la madera, de lo cual dedujo que estaban rescatándola, que alguien aflojaba la tapa del sepulcro para sacarla de allí. Reanudó sus ahogados y desesperados gemidos para que quienquiera que fuese su rescatador o rescatadores no cejaran en su empeño y se dieran prisa. No pasó mucho tiempo sin que percibiera una bocanada de aire fresco y la voz suave, conocida, reconfortante de su amo diciendo:
_ Cosita linda, mi querida Cosita. Te has ganado todo, todo. Te lo mereces todo y yo te lo voy a dar.
Mientras escuchaba estas cariñosas y reconfortantes frases sentía como alguien cortaba las gasas y vendas que la oprimían. Quedó libre su boca y apenas pudo musitó:
_ Gracias, gracias amo, gracias...
_ Gracias a ti querida Cosita mía, muchas gracias a ti –corrigió Marcos- Te has portado como jamás imaginé que lo harías, estoy muy orgulloso de ti y te lo voy a premiar. Ahora procura no abrir los ojos, porque quizá la luz te moleste.
Y mientras Marcos decía esto, Rafa cortaba las gasas que vendaban la cabeza de la infortunada y mantenían sus ojos cerrados. A pesar del consejo trató de abrirlos inmediatamente y un doloroso chorro de luz los inundó. Pero pudo entrever el rostro sonriente de su amo y así se echó a llorar plácida y desconsoladamente.
Continuó llorando, sin poder pronunciar una palabra mientras Rafa y Marcos terminaban de liberarla de todas las vendas y gasas que habían sujetado e inmovilizado su cuerpo. Debido al lamentable estado de suciedad en el que se encontraba decidieron sus amos lavarla un poco allí mismo, empleando la manguera que utilizaban para regar, de forma que cuando estuvo medianamente presentable, desnuda, hambrienta y cansada, ayudada por sus amos fue trasladada al cuarto de baño. Allí le esperaba una bañadera llena de abundante agua caliente con gel y sales en donde se sumergió complacida. Al fin abriendo completamente los ojos pudo preguntar:
_ ¿Qué día es hoy? ¿Qué hora es?
_ Es sábado, casi mediodía.
Le parecía mentira que solamente hubiese estado en el sepulcro poco más de doce horas. El tiempo se le había hecho tan largo y los sufrimientos y angustias fueron tantas, que a su juicio debería ser ya lunes o cuando menos domingo por la tarde. Pero no veía ningún motivo para que sus amos le mintieran de forma que aceptó de buena gana la hora y le fecha. A pesar de todos los miedos que había tenido, pudo saber después que en ningún momento sus amos se habían movido de su lado, no se les ocurrió abandonar la casa ni por un segundo y estaban cerca de ella, aunque en silencio, escuchando sus golpes y sus angustiosas maneras de tratar de llamar la atención.
Fue verdaderamente una sorpresa el que el propio Marcos le llevara a la bañera una jarra de limonada fresca y un vaso. Esa bebida, que ella misma preparaba a veces, consistía en el zumo de un limón, un litro de agua, una cucharadita de bicarbonato, otra de sal y una cucharada de azúcar. Nada tan reconfortante y sabroso, capaz de devolver las sales, la glucosa y los líquidos necesarios a cualquier cuerpo aquejado por deshidratación o simplemente cansancio.
Pero aun le reportaría muchas más sorpresas aquel fin de semana. Hacía ya algún tiempo que su amo había decidido que los masajes que Cosita les daba, pasasen de ser simples caricias a auténticos masajes de profesional, por lo cual adquirió un libro titulado “Guía práctica del masaje” y obligó a Ester a estudiarlo concienzudamente, de modo que a aquellas alturas la esclava era capaz ya de aplicar unos masajes que no tenían nada que envidiar a los de un rehabilitador profesional. Y viene a cuento esto porque también sus amos, a base de preguntar, leer y recibir dichos masajes, habían aprendido a darlos y así, cuando una vez bañada y perfumada salió de la bañadera, la llevaron al cuarto de juegos, pero no para practicar con ella nuevas y desconsideradas torturas como la propia infeliz había imaginado, sino para, tumbada en la célebre camilla ginecológica, aplicarle o suministrarle un espectacular masaje a cuatro manos, que tuvo la virtud de terminar de desentumecer sus músculos que ya habían despertado con el baño caliente. Se le hacía extraño recibir ella las atenciones que normalmente prodigaba, pero su amo insistió en que durante aquellos dos días iba a ser así, en premio a su extraordinario comportamiento, aunque debería tener por cierto que el lunes, las aguas retornarían a su cauce habitual y se recuperarían todas las buenas costumbres.
De este modo, sus amos le sirvieron la comida, pues el hambre hacía presa verdaderamente en su cuerpo. Se pesó por curiosidad y observó consternada que en tres días había perdido dos kilos, aunque le supo decir a su amo que la mayor parte eran líquidos que recuperaría en pocas horas. Satisfecha su hambre, decidió Marcos que era hora de dormir la siesta y así se la llevo a la cama con él. Antes de que el sopor la invadiese, su amo le prodigó un sin fin de caricias con la lengua en su coño, tan largas y cariñosas y con tal habilidad y maestría que a pesar del cansancio la llevó en pocos minutos al orgasmo. Después, por primera vez en tres días se durmió plácidamente sobre una cama.
Pero fue cierto: durante aquellos dos días se cambiaron las tornas y sus amos ejercieron de sirvientes, atendiéndola de forma tan cariñosa y solícita con masajes, ricas viandas, postres y cuidados que dio sin duda por bien empleada la crucifixión, pues además de todo lo que estaba recibiendo, gozaba de la inmensa consideración y cariño de su amo, lo cual era sin duda para ella más importante.
Baste decir que en dos días tuvo más de ocho orgasmos, terminando así largas sesiones de sexo en las que participaban tanto Rafa como Marcos, pero siempre sirviéndola a ella, atendiéndola y dándole placer.
Pero llego el lunes y, como su amo había pronosticado, se recuperaron las buenas costumbres.
Y a pesar de que el ínclito compilador de esta sin igual historia nos había hecho la merced de ahorrarnos sus comentarios, parece que tras la lectura de este capítulo no pudo mantener su intención, pues viene a decirnos que lo que aquí se narra le parece a él tan descomedido y fuera de todo orden que lo tiene por poco verosímil y aun por apócrifo. Con todo y eso, asegura que lo transcribe tal como lo halló en el codicilo, sin ponerle una coma ni quitarle un punto y deja a la discreción y entendimiento del lector el juicio sobre la autenticidad de los hechos que en él se narran, haciendo constar, no obstante, que el verdadero autor de este relato sin par, jura por sus barbas que todo lo que manifiesta es tan verdad como la luz del sol que nos alumbra. Y con esta interrupción, que esperamos confiados que sea la última, pasa Vidueiras a transcribir el siguiente capítulo que es el veintiuno y que dice lo que a continuación se leerá.