

Al comienzo de este título inserta Vidueiras una pequeña nota entre paréntesis para avisarnos de que no es su intención mortificarnos con más comentarios, ya que entiende que de ahora en adelante no son ineludibles, pues el hilo y el argumento de la historia viene explicado con tanto pormenor y maestría que todo lo que se diga resultará superfluo.
Avisa sin embargo al lector desocupado, previniéndole de que no se asuste por el cambio tan radical que hallará en el capítulo que va a tener la bondad de leer. Es la presentación de un nuevo personaje, pero al poco tendrá el lector paciente la oportunidad de comprobar cómo encaja en la historia, integrándose perfectamente en la maquinaria de este relato singular e increíble.
Y reiterando que será la última vez que interrumpa con sus apreciaciones y comentarios, pasa a compilar el siguiente capítulo que es el octavo y dice como sigue:
Le pareció que había tenido muy mala suerte, cuando después de conseguir su flamante despacho como Sargento mecánico del Ejército del Aire, recibió la mala noticia de que sería destinado a la Base Aérea de Villanubla. Para Rafael Doménech i Pons, constituía un apreciable esfuerzo el mero hecho de salir temporalmente de Cataluña, aunque fuera simplemente a pasar unas vacaciones. Lo más que admitía y a regañadientes era viajar, nunca más de unos días, a lo que él llamaba “Paisos Catalans” que en buen castellano significa Baleares y la Comunidad Valenciana.
Por eso, la noticia de que tendría que pasarse los próximos seis años de su vida en un lugar como Villanubla, enclavado en una provincia que a su juicio era el máximo exponente del insoportable centralismo y fascismo, capital de la región que simbolizaba la opresión para Cataluña, le pareció algo casi imposible de soportar; pero el caso era que no existían alternativas, ya que por propia voluntad, o mejor aún, por su dejadez y vagancia en los estudios, se había convertido en soldado profesional y el mero hecho de una negativa a incorporarse a su nuevo destino, sería considerada por el Ejército del Aire como deserción y tendría que hacer frente a las responsabilidades penales subsiguientes.
Barcelonés de nacimiento y catalán en ejercicio, Rafa descendía de una familia procedente del Alto Ampurdán que había emigrado a la capital catalana a finales del siglo XIX. Su bisabuelo estableció una pequeña ferretería en El Poble Sec, negocio que había crecido mucho cuando lo heredó su abuelo y que se había convertido, cuando su padre se hizo cargo de la gestión, en un importante entramado comercial con varias docenas de ferreterías esparcidas por toda Cataluña.
De esta forma, mediante el expeditivo procedimiento de acumular riqueza, habían conseguido formar parte de la pequeña burguesía catalanista. Su marca de diferenciación con el resto de la burguesía española era que tenían a orgullo hablar catalán y sentirse catalanes para diferenciarse de la purria de castellanos, murcianos y andaluces que empezaban a llegar en avalanchas, tratando de hacerse con un puesto de trabajo en la incipiente industria del Principado. La ilusión de todos era dejar de pasar hambre como llevaban haciéndolo resignadamente sus humildes antepasados durante demasiadas generaciones en sus lejanos lugares de origen.
Ese mismo había sido el triste comienzo de los propios Doménech, aunque la cuarta generación, rodeada de opulencia, parecía haberlo olvidado. Huyeron de la miseria cuando abandonaron su localidad de origen, una pequeña aldehuela de la costa gerundense llamada San Miguel de Colera situada en las cercanías de la frontera con Francia. Escasa tierra de cultivo dura y abrupta, la mayor parte del término municipal estaba compuesto por monte y laderas impracticables para la agricultura. A finales del siglo XIX, el turismo era prácticamente inexistente y la única posibilidad de subsistencia en esa zona era la pesca, en un mar Mediterráneo ya esquilmado, o la agricultura, en las escasas parcelas cultivables que existían entre los baldíos; siempre con la espada de Damocles de las sequías y las lluvias torrenciales. Fue una de estas riadas, una de las famosas gotas frías, la que arrasó, bajando en tromba por la riera, la mitad del pueblo alcanzando de lleno la casa de los Doménech y reduciéndola a escombros. Junto con la modesta vivienda se había llevado la minúscula pero fértil y cuidada huerta a la par que el granizo malogró la casi totalidad de la cosecha de uva. El fuerte viento consiguió romper las amarras del San Miguel, un pequeño pesquero propiedad de la familia, que terminó embarrancado cerca de El Garbet. Todos lloraron cuando vieron al viejo arrastrero encallado y con cincuenta grados de escora debido a la vía de agua que se le había abierto al golpear contra una roca mientras el temporal lo arrastraba a la deriva. No se había hundido totalmente porque el arenoso fondo de El Garbet carecía de la profundidad suficiente y mientras descansaba la quilla en la arena, asomaba el puente y parte de la obra viva sobre la superficie, recibiendo con resignación los embates de la mar. Pero no hubo más remedio que malvenderlo para desguace a unos quincalleros de Llançá.
Esta conjunción en el tiempo de tantas desgracias terminó por decidir a Pere Doménech, bisabuelo de Rafa, a marchar a Barcelona. La idea llevaba tiempo rondándole por la cabeza, pero la catarata de desventuras que asoló a la familia en poco tiempo, precipitó su decisión. Un buen día, empaquetó sus escasas pertenencias, juntó los duros de plata que tenía escondidos, consiguió un puñado de reales por las ruinas de su casa, la chatarra de su barco, su huerta y su viñedo y acompañado por el triste sonido del llanto de su familia hizo subir cuidadosamente a sus cinco hijos y a su mujer a un desvencijado carrito tirado por un viejo burro y encaminó parsimoniosamente sus pasos a la gran capital.
A pesar de esos humildes comienzos, y merced al tesón y a la dedicación exclusiva al trabajo de dos generaciones de Doménech, el padre de Rafa era ya un gran empresario, con intereses en el sector de los mayoristas y proveedores del pequeño comercio. Tenía a orgullo decir que cualquier producto de ferretería que se vendiese en Barcelona, había pasado antes por alguno de sus almacenes. Poseedor de más de trescientos pequeños establecimientos repartidos por toda Cataluña, decidió un buen día, que el negocio de las ferreterías y bazares se le quedaba pequeño y como muchos otros industriales de los sesenta en España, comenzó a hacer sus pinitos en la promoción y construcción de viviendas. Las ganancias fueron muchas y los beneficios tantos que Pere Doménech III consiguió en poco tiempo ser admitido entre los más conspicuos miembros de la burguesía catalana. Residía en una pequeña mansión en el exclusivo barrio de Pedralbes, era poseedor de una embarcación de recreo que mantenía atracada en el pantalán de su bonito chalet en Ampuria Brava y en ningún momento se molestaba en ocultar su dominante posición económica: palco en el Liceo, tribuna en el Camp Nou, semana de la música en Perelada... En todos los eventos sociales de importancia aparecía la esbelta figura de D. Pere Doménech. Además de la casa, el chalet y el barco, también formaban parte de su patrimonio un apartamento en Viella, un BMW 720i, una mujer, la Nuria, y tres hijos: el Rafa, el Pere y la Nurieta.
Cuando decimos que su mujer y sus hijos eran parte integrante del patrimonio del Sr. Doménech, no estamos haciendo un comentario jocoso. Realmente D. Pere, pertenecía a la clase de hombre que piensa que su familia es una más de sus propiedades. Bien sea por descender de un clan con un arraigado sentido del patriarcado, o bien por el alto porcentaje de genes árabes que componían la dotación cromosómica de Pere Doménech, el caso es que se creía con derecho a disponer y organizar la vida de su mujer y sus hijos a su entera voluntad y discreción, siempre, eso sí, por el bien de ellos que eran menores de edad y no sabían lo que hacían. En esta consideración de la minoría de edad permanente de su familia entraba también, cómo no, Dña. Nuria.
Hombre de carácter dominante y abnegado trabajador, era capaz de soportar cualquier horario y cualquier circunstancia, menos la presencia de vagos en sus cercanías. Pero hete aquí, que no se sabe muy bien por qué pecados, quiso Dios castigarle con los hijos más holgazanes, irresponsables e inútiles que jamás habían llevado el apellido Doménech. A pesar de los castigos, muchas veces físicos, las amenazas, las promesas e incluso las súplicas, los Sres. Doménech habían terminado confesándose incapaces de encarrilar a su prole por dónde ellos pensaban que debía transcurrir la laboriosa vida de los herederos de un gran imperio comercial.
Rafa, después de terminar COU y obtener una nota muy baja en Selectividad, había perdido tres años matriculándose en un par de carreras sin llegar a aprobar más allá de dos asignaturas. El Pere, entraba y salía de la cárcel porque arrastraba un problema serio de adición a la heroína. Como en casa no le daban dinero suficiente, se veía compelido a realizar pequeños o grandes hurtos para procurarse su pico un día sí y otro no. La Nurieta vivía amancebada, desde los 18 años con un pintor fracasado en un mugriento piso de la Barceloneta.
Ante este panorama, Pere Doménech III tiró la toalla y a pesar de las lágrimas de Dña. Nuria, prohibió la entrada en su casa de los dos pequeños. Como era hombre cumplidor y prudente, movilizó a sus abogados para que consiguieran una sentencia judicial de acuerdo con sus deseos. En el fallo se especificó la pensión por alimentos a la que tenían derecho el Pere y la Nurieta, pero se manifestó que nunca jamás podían volver a la casa familiar y se liberaba a D. Pere Doménech de todas sus funciones como padre eximiéndole desde aquél momento de cualquier responsabilidad sobre las vidas y errores de sus hijos pequeños.
A Rafa le concedió graciosamente la oportunidad de preparar unas oposiciones al Cuerpo de Suboficiales del Ejército, con el apercibimiento indiscutible de que en caso de fracasar, correría la misma triste suerte que sus disolutos hermanos. El chico, que siempre había sido un gran deportista, superó las pruebas físicas sin dificultad y por lo demás, la influencia de su padre intervino, con tal eficiencia, que a los 24 años recibió su despacho de Sargento y aquí le tenemos llegando a Villanubla, en pleno páramo castellano.
Era Rafa un joven apuesto. Su dedicación desde niño a la práctica de todos los deportes había contribuido a formar un cuerpo atlético de casi un metro ochenta y cinco de estatura. Fuertes y musculosas piernas sostenían un tórax amplio y en la cintura no se acumulaba todavía ni un gramo de grasa. La piel morena y el pelo negro, los ojos azabache, las cejas pobladas, la mirada viva. Manos grandes, acostumbradas a asir los remos de la piragua y las barras de los gimnasios. Parco en palabras y en ademanes, remiso en mostrar emociones y sentimientos, era, por así decirlo un tío bueno, para el gusto de la mayoría de las mujeres. Sin embargo, nadie sabía decir si tenía novia, aunque se le conocían relaciones ocasionales con una media docena de chicas.
Llegaba a Valladolid con la moral por los suelos. En su ignorancia, porque Rafa era un ignorante que jamás había leído otra cosa que no fuera el diario Sport, pensaba que Castilla era una especie de destierro, y que jamás se acostumbraría a vivir allí. A quien nunca ha salido de su tierra, siempre le pasa lo mismo: cree que todo aquello que existe fuera del alcance de la sombra del campanario de su pueblo es, por definición, malo y en caso de que haya algo en alguna parte que merezca la pena, siempre será de peor calidad, o más feo o más caro que lo propio.
A pesar de Pedralbes y de las tres generaciones de barceloneses que le precedían, continuaba, en este sentido, siendo un campesino paleto e ignorante. Sin embargo, estaba claro que algo útil tendría que hacer en los muchos ratos de ocio que le dejase el servicio, ya que no era de recibo que a sus veinticuatro años se encerrase en la Base incluso los días francos de guardia.
No logró adaptarse, hay que decir la verdad. Aunque a fuer de sinceros, Rafael Doménech no había logrado adaptarse todavía a ninguna parte. En Castilla, echaba de menos su casa, con su madre al frente, sus conocidos, su ambiente, su idioma; cosas que en Barcelona le aburrían y le hastiaban, aquí las añoraba y le parecía insulsa la vida sin ellas. Pero como no se puede permanecer mucho tiempo aislado, cuando llevaba seis meses en Villanubla, empezó a bajar a Valladolid algunas noches que estaba libre de guardia; conoció un par de discotecas, ligó varias veces, pero nunca se integró de verdad en el ambiente de la capital castellana.
Rafa siempre había sido un solitario. No tenía realmente amigos ni los había tenido nunca. A lo más, compartía deporte, algún rato de ocio o de trabajo con sus compañeros, pero amigos de aquellos a los que se les hacen confidencias, de aquellos con los que se comparten secretos no tenía, de la misma forma que no tenía novia, aunque más de una madrugada se había despertado acompañado en una cama que no era la suya y que nunca lo sería. Sentía que todo en general, la vida, la sociedad, el Ejército, era un fraude y que nada merecía la pena. En una especie de paranoia, creía que todo el mundo se había confabulado para impedirle ser feliz, aunque tampoco tenía demasiado claro en qué consistía para él la felicidad.
Esta sarta de pensamientos, le mantenía casi siempre huraño y meditabundo, cabizbajo, serio y huidizo, lo cual no facilitaba en absoluto que una relación humana se prolongase en el tiempo, ya fuera de amistad o de amor. El sargento Doménech, siempre exhibía un mal humor constante y estaba deseando descargar su agresividad y su frustración con el primer recluta que se le pusiera a tiro. Entregado totalmente a su trabajo (de algo le servía al fin la extrema laboriosidad herencia de su familia), si a su juicio alguien no realizaba la labor encomendada con la suficiente celeridad y eficiencia, la bronca o el arresto eran inmediatos.
Así que tenemos al bueno de Rafa, odiado por sus inferiores, incapaz de mantener una relación duradera con una chica, sin amigos y deambulando los días libres por las calles de Valladolid.
Un día que tenía guardia, después de cenar y de tomarse un cortado en el bar de la Base, decidió pasarse por el cuarto de suboficiales a ver un poco la televisión. Se había organizado una partida de mus en la cantina y en aquel momento la sala de televisión estaba vacía. Se arrellanó en un sillón y cogió una revista de la mesita del centro. En la tele estaban poniendo un concurso lo suficientemente insulso como para que Rafa no le prestara ninguna atención, así es que se dispuso a hojear con parsimonia la publicación que tenía entre las manos.
Era una revista de relatos eróticos y contactos llamada “CLIMA”. Otras veces la había visto en la cámara de suboficiales aunque no le había prestado la más mínima atención, pero aquella noche, quizás por el aburrimiento, o porque de forma inconsciente la vista de las fotografías pornográficas que mostraba la publicación le había excitado, decidió leerla pormenorizadamente.
En las páginas dedicadas a contactos había varias secciones: heteros, homos, parejas, bisex, tríos, sádicos... Se detuvo en esta última sección y pasó la vista por varios anuncios. Uno de ellos atrajo su curiosidad, porque al final del anuncio aparecía la palabra VALLADOLID, así con mayúsculas. Leyó con atención:
SVA - 13.561 “No me importa tu sexo ni tu edad, ni si sois pareja o matrimonio o un par de amigos/as. Solamente busco alguien que me ayude a someter a mi sumisa, que me ayude a dominarla, a hacerla sentir que ella no es ella, que me pertenece. Admite muchos castigos: lluvia dorada, enemas, azotes, servidumbre. Ambos somos universitarios, cultos, agradables y educados. 42 y 34 años viviendo en pareja. Exclusivamente VALLADOLID.”
El anuncio le impactó. Volvió a leerlo y se imaginó a una mujer diez años mayor que él, desnuda y con las nalgas ofrecidas. Imaginó que se despojaba de su cinturón y azotaba una y otra vez aquellas nalgas y no pudo evitar una erección incipiente. Como un relámpago afloraron de nuevo a su mente escenas, vividas en su infancia y pubertad.
Tenía seis años y había estado jugando en el piso superior de la casa de Pedralbes. Por algún motivo que no viene a cuento, dejó caer desde la ventana un bonito cenicero de cristal que se hizo añicos en la acera, en el momento en que su padre metía el coche en el garaje. La mala fortuna quiso que la chiquillada fuera descubierta.
_ Rafa - bramó su padre entrando en casa - espérame en el despacho.
Hasta entonces, nunca había ocurrido nada en el despacho de su padre. Rafa era el mayor y tenía seis años; el Peret era un niño de dos y la Nurieta no había nacido, de forma que la vida, al menos para él había sido de lo más normal, teniendo en cuenta siempre la dureza y distanciamiento del carácter de su padre. No sabía el niño, que D. Pere Doménech consideraba la edad de seis años como la apropiada para comenzar el adiestramiento de sus hijos y que según sus retorcidas ideas pedagógicas, la base de toda buena educación eran los azotes.
Desgraciadamente el chiquillo lo averiguó aquél día a su costa. Esperó tranquilo, sin imaginarse lo que iba a pasar. Su padre se quitó la chaqueta del traje, guardó los zapatos en el armario del vestíbulo, se calzó unas chanclas, entró en el despacho y cerró la puerta tras él.
_ Sabes que has roto un cenicero ¿No es así? - El niño asintió con la cabeza.
_ Y yo debo establecer con celeridad una clara diferencia entre las personas de mi casa que rompen cosas y aquellas otras que no las rompen, porque si hoy destrozas un cenicero y nada cambia para ti, podrías mañana arrojar por la ventana toda la cristalería, o bien podría pensar tu hermano que los ceniceros están hechos para romperse.
Rafa no entendía muy bien toda aquella perorata. Permanecía en silencio y con la cabeza baja.
_ Pero ahora - continuó su padre implacable - vas a saber que no se puede romper nada en mi casa y permanecer impune. Quítate las zapatillas y los pantalones.
Rafita no había ido aquél día al colegio, porque estaba convaleciente de unas anginas, así que todavía permanecía en pijama. No entendió bien la orden de su padre y permaneció inmóvil.
_ ¡He dicho que te quites las zapatillas y los pantalones, niño desvergonzado y desobediente!
El tono ya no admitía réplica y el mensaje llegaba con claridad a la mente de Rafa, así que se quitó las zapatillas y se bajó los pantaloncitos del pijama. Su padre se acercó a él y sin mediar palabra le estampó en la carita un sonoro bofetón a la vez que acercando su boca al oído del niño vociferó:
_ ¡¡¡ Quítate los pantalones!!! ¡¡¡ Quítate los pantalones!!! - y en tono más suave prosiguió:
_ ¿No me has oído decirte que te quites los pantalones? ¿Por qué entonces solamente te los bajas? ¡¡¡Quítatelos ahora mismo maldito gusano desobediente!!!
Las lágrimas surcaban a raudales la simpática cara de Rafita. En la mejilla derecha, donde había impactado ruidosamente la mano abierta de su padre comenzaba a aparecer una mancha colorada. Se quitó los pantalones con toda la celeridad de que fue capaz, quedando con la camisetilla del pijama y el slip. Su padre no pareció satisfecho todavía:
_ Está visto que hoy no me vas a conceder el privilegio de ver tus nalgas desnudas - Otro bofetón dado del revés en la mejilla izquierda hundió al niño en un ataque de llanto y gritos. Llamaba a su madre y a la niñera, pero nadie acudía a socorrerle, aunque sus alaridos se escuchaban en toda la casa.
_ Vamos, vamos nenita déjate de tantos aspavientos y ¡¡quítate el maldito slip!!!. ¿No entiendes que quiero ver tus nalgas, tu colita y el agujero de tu culo, enano desobediente? ¡¡¡Quítate el slip!!! ¡¡¡Ahora!!!.
Con los ojos entrecerrados en el sillón de la cámara de suboficiales, Rafa trataba de contener las lágrimas. A pesar de que habían transcurrido dieciocho años desde los hechos que recordaba tan vívidamente y a pesar de que actuaciones parecidas se habían repetido hasta que cumplió casi los dieciséis, la primera vez nunca consiguió desterrarla de la memoria. Todo un mundo de confianza, amor y seguridad se hundió entonces a su alrededor y un sentimiento de abandono e infelicidad se apoderó de él para siempre a partir de aquella aciaga mañana.
Rememoraba con toda crudeza el momento en el que se bajo el slip, quedando por primera vez desnudo de cintura para abajo delante de su padre. Le flaqueaban las piernecillas, apretaba las nalgas y alternaba la posición de las manos, a veces secándose las lágrimas y otras veces, con una reacción de pudor que ni él mismo comprendía tratando de ocultar su minúsculo pene.
Su padre le ordenó darse la vuelta y contempló embelesado el culito del niño.
_ No tienes culo para mucho, pero creo que aguantarás una docena. Ven aquí.
Pere Doménech III se había sentado en una silla y su hijo Rafa se acercó a él. Cuando pudo alcanzarle, le asió violentamente por un bracito y el niño fue tumbado boca abajo sobre las rodillas paternas sin ninguna consideración ni miramiento. Con la mano izquierda sujetaba su padre las muñecas a la espalda del chiquillo inmovilizándole las manitas a la altura de la cintura. Con su mano derecha tanteó D. Pere las nalguitas diciendo:
_ A ver, a ver lo que escondes aquí - Separaba las nalgas del niño dejando al descubierto el agujerito del culo – Vaya, vaya, parece mentira que esto llegue un día a hacerse lo suficientemente grande.
De pronto, cambió de tono y un azote resonó en el despacho.
_ No romperé nada de esta casa - bramó su padre. Otro azote y repitió la misma frase. Alternaba los manotazos entre la nalga derecha y la izquierda y cada vez que descargaba el golpe, la frase volvía a martillar en los oídos de Rafita.
El niño se debatía tratando de escapar de la garra que le aprisionaba, entre un mar de llanto y una algarabía de chillidos, llamadas a su madre y ayes dolorosos.
_ No te escapes pececillo - decía D. Pere cuando los esfuerzos de Rafa estaban a punto de dar resultado.
_ No romperé nada de esta casa - el castigo continuaba y el dolor en las nalguitas se hacía insoportable. A Rafita le dio la impresión de que llevaban azotándole media hora, pero cuando la cosa terminó sólo había recibido diez azotes.
_ Puedes vestirte y quiero verte en el comedor, con la cara lavada, sin llorar y perfectamente aseado dentro de diez minutos. En caso contrario, a los postres volveremos a hacer una visita al despacho.
Dieciocho años más tarde, en la sala de televisión de suboficiales de las Base Aérea de Villanubla, creía el sargento Doménech sentir todavía que le escocían las nalgas aunque lo que realmente le quedó dolorido para siempre después de aquella cruel experiencia fue el alma. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Cuando, después de la primera zurra recibida, administrada por su padre salió corriendo a refugiarse en brazos de Dña. Nuria se encontró con la frialdad de ésta:
_ Rafita hijo, lávate la cara, péinate y ven a comer - le dijo como si el chiquillo llegase de jugar del jardín.
De aquellas tétricas actividades no se hablaba jamás en la familia y cuando el siniestro padre decidía que alguno de sus hijos se había hecho acreedor a una azotaina, le ordenaba esperarle en el despacho. Aquella situación podía durar horas y provocaba en la criatura un sentimiento de terror consiguiéndose lo que el torturador quería: el sufrimiento empezaba por el solo hecho de pensar en que el castigo iba a llegar. D. Pere aparecía en el despacho cuando lo creía conveniente, la puerta se cerraba y a los pocos momentos se escuchaban los azotes mezclados con los gritos y el llanto del castigado o con los agudos chillidos de la Nurieta si esta era la víctima. Aunque todos en la casa sabían lo que pasaba e incluso el servicio tenía que estar enterado, cuando finalizaba el castigo las actividades habituales de la familia proseguían con la mayor naturalidad.
Mucho había sufrido Rafa con las humillaciones y correctivos a los que su padre le sometía, a veces por la más mínima falta, otras veces por puro capricho y en todo caso con una evidente desproporción entre la dureza del castigo y la gravedad del pecado. Pasaban los años y llegaba la adolescencia, sin embargo, en su mente flotó permanentemente la idea de la venganza, de que un día, de alguna forma que todavía le era desconocida, podría vengarse de su padre. Pero de pronto, todo cambió para él, porque descubrió algo que iba a marcar su vida para siempre.
Aquél día le había tocado a su hermano. Durante los postres y a pesar de estar delante la doncella, D. Pere ordenó a su hijo que pasase al despacho y le esperase allí. Rafa lo recordaba perfectamente. El Peret debía tener entonces doce años, porque él, Rafa, tenía 16. Cuando su padre ordenaba a alguien que le acompañara a su despacho, todos en la familia sabían lo que aquello significaba: una buena tanda de azotes que D. Pere Doménech repartía con profusión entre sus hijos cuando él decidía que se lo merecían. Ni la Nurieta se libraba de ellos y por lo que Rafa intuía, incluso formaban parte de los juegos sexuales de sus padres, pues en alguna ocasión había escuchado, procedente del dormitorio principal, el chasquido inconfundible de una correa cayendo reiteradamente sobre unas nalgas desnudas y los quejidos ahogados de su madre.
Hacía algunos días se habían cambiado las puertas de la vivienda, instalando otras de estilo antiguo, con cerraduras a juego. Rafa, que era muy observador había comprobado que a través del ojo de la nueva cerradura, se contemplaba la casi totalidad del despacho de su padre. Siempre había sentido el deseo de poder contemplar un castigo, cuando el castigado no fuese él y desde que descubrió que el ojo de la cerradura le permitía visualizar el lugar exacto donde los azotes tenían lugar, se hizo el propósito de espiar la próxima azotaina, independientemente de quien fuese la víctima, el Peret o a la Nurieta.
Por fin había llegado el día. Su hermano se había encaminado con lentitud y resignación a su aciago destino. El padre, fumaba tranquilamente un cigarrillo acompañado de un café, después de haber saboreado el postre y Rafa pidió permiso para levantarse de la mesa, ya que había finalizado la comida familiar. Esa era otra de las rígidas normas de conducta impuestas a su familia por el Sr. Doménech. Nadie podía abandonar la mesa sin el permiso paterno y nadie debía ingerir el primer bocado sin rezar una oración.
Con un gesto, D. Pere concedió el permiso a Rafa y este se levantó haciendo ademán de dirigirse a su cuarto. Sin embargo, permaneció apostado detrás de la gran escalinata principal de la casa.
Cuando su padre entró en el despacho y cerró la puerta, el muchacho se aproximó como una sombra y comenzó a atisbar por el ojo de la cerradura. Estaba seguro de que nadie le iba a sorprender en aquella actitud tan indecorosa, porque cuando los castigos tenían lugar, ninguno de los habitantes de la casa osaba aproximarse al despacho del Sr. Doménech, quizá porque cuanto más lejos se mantuvieran, menos oían los lastimeros quejidos de los castigados y ya se sabe que para la burguesía, lo que no se oye y no se ve, no existe.
La escena que presenció a través de su diminuta atalaya, era similar a las que él mismo había vivido en demasiadas ocasiones, pero el hecho de presenciarla desencadenó en Rafa una respuesta que apenas podía controlar. Cuando contempló a su hermano, con los pantalones y los slip a la altura de los tobillos, los brazos y la cabeza apoyados en la mesa del despacho con las largas piernas y las redondas nalgas desnudas, ofrecidas, entreabiertas, Rafa sintió un cosquilleo en su pene y comprendió que empezaba a sobrevenirle una erección.
Pero cuando su padre, provisto de un ancho cinturón de cuero comenzó a azotar aquel hermoso culo, la erección era ya manifiesta. Cada marca roja que se dibujaba sobre las nalgas del Peret aumentaba le excitación de Rafa. Cuando el castigado comenzó a mover las nalgas, tratando de escapar de los azotes, su padre le anudó cada pierna a una pata de la mesa y obligándole a doblarse sobre el tablero, ató las manos del chico con un fuerte cordel y haciendo pasar cada extremo por debajo de la mesa, los sujetó con firmeza a las patas donde ya estaban atados los tobillos de su hijo, de manera que al Peret le resultaba imposible levantarse o moverse y ni siquiera tratar de taparse las doloridas nalgas con las manos. Inmovilizado así el muchacho, volvió D. Pere a retomar la correa y continuó el castigo.
Rafa observaba todo con asombro, delectación y una erección cada vez mas manifiesta. Los contoneos que el dolor provocaba en las piernas y nalgas del Peret hicieron que su hermano no pudiera evitar comenzar una lenta masturbación. El pene se le escapaba de los pantalones, aunque no estaba precisamente demasiado bien dotado. El castigo terminó y cuando el azotado se volvió y Rafa pudo contemplar su sexo desnudo y su cara bañada por las lágrimas eyaculó, sintiendo un placer indescriptible, como nunca antes lo había sentido aunque sus masturbaciones eran frecuentes. Eyaculó, mientras mentalmente insultaba a su hermano, le amenazaba con ponerle el culo como un tomate, con arrancarle la piel a azotes, con cortarle la colita y los huevos.
Apresuradamente se retiró de su observatorio, subió a su cuarto y después de comprobar la gran mancha de semen que lucía, se cambió de pantalones y slip y trató de analizar lo que le había ocurrido.
De entrada se sintió muy asustado. Con una sobria educación religiosa totalmente acorde con la moral Católica le pareció poco menos que indignante el placer que acababa de obtener y sobre todo cómo lo había obtenido; las imágenes concretas que desencadenaron su excitación hicieron que se considerase a sí mismo como un depravado, un monstruo. De aquello no debería enterarse nadie, sería como el secreto que se mantiene sobre una enfermedad ignominiosa. Una especie de castigo divino, su cruz. Pensaba que podría llevarlo en silencio sobre su conciencia toda la vida y que nunca jamás lo volvería a repetir.
Es cierto que luchaba contra esa forma especial de entender el sexo con todas sus fuerzas, pero la realidad es muy tozuda y contra el deseo no se puede hacer nada más que tratar de satisfacerlo o reprimirlo. Si se adopta esta última determinación, la infelicidad está asegurada con el consiguiente riesgo de acabar en la consulta de un psiquiatra. Pero cuando Rafa quería excitarse de verdad, pensaba en escenas de sumisión y castigo mientras se masturbaba y cuando empezó a salir con chicas, necesitaba imaginar sus delicadas nalgas marcadas por un cinturón, o sus pechos pellizcados con crueldad pera llegar a eyacular. En más de una ocasión, se sorprendió a sí mismo en el momento del paroxismo sexual, profiriendo insultos a la chica que compartía con él esos instantes, a veces con gran escándalo por parte de ella, aunque en ocasiones le decían después que esa actitud añadía morbo al asunto. Incluso alguna le confesó que llegó a sentirse más excitada con los insultos.
Le encantaba la postura de la perrita: la mujer de rodillas sobre la cama y él ensartándola por detrás. En esta postura podía contemplar a su total satisfacción las nalgas ofrecidas de la chica, imaginándoselas coloradas como un tomate gracias a la tanda de azotes que él mismo habría descargado sobre ellas. Sin embargo, cuando en una ocasión trató de hacerlo, la muchacha escapó asustada.
Compraba a veces la revista SadoMaso, dedicada monográficamente al tema, y también alguna que otra vez volvió a espiar los castigos de su hermano y hermana. Pero a decir verdad, debemos consignar que todas estas actividades le producían un gran sentimiento de culpa, de manera que como la culpa es algo que nadie quiere tener en casa, decidió que, para su desgracia, estaba marcado con la herencia de su padre. A esas alturas, Rafa comprendía perfectamente que el gusto del Sr. Doménech, por los castigos, vejaciones y azotes a sus hijos tenía un fuerte componente sexual, máxime cuando por el indiscreto ojo de la cerradura había observado con frecuencia el sospechoso bulto que aparecía en la bragueta de su padre mientras aplicaba unos correazos a su hermano o a la Nurieta. La constatación de que él había heredado la necesidad de infligir castigos y humillaciones a otros para obtener la excitación y satisfacción sexual plena, provocó en Rafa que se disparase de forma alarmante el odio que ya profesaba hacia la figura paterna desde la primera vez que le propinó una azotaina, cuando Rafita tenía seis años.
La imagen de su padre obscenamente excitado, observándole las nalgas con fruición, mientras le azotaba humillado y desnudo, le parecía totalmente repulsiva. Al hacerse repentinamente consciente de sus propias fantasías, comprendió que los frecuentes castigos paternos no eran una forma equivocada de educar, si no que constituían el mecanismo mediante el cual el Sr. Doménech conseguía su excitación sexual, utilizando a sus propios hijos como víctimas.
Pero a pesar de eso, de su lucha, de la continua negación de su sexualidad, las fantasías seguían estando ahí, persiguiéndole, llenando sus sueños por la noche y despertando su deseo durante cualquier tipo de acto sexual. Las reprimía, procuraba controlarlas y esconderlas en lo más profundo de su conciencia, pero esa excitación que le producía la mezcla de dolor y deseo se negaba a abandonarle totalmente.
Frecuentemente pensaba en lo que su madre habría podido sufrir en la soledad del dormitorio. Entonces decidió que su estirpe estaba maldita, poseída por una extraña compulsión y renegó mil veces de su progenitor, de su apellido y de su familia. Dña. Nuria tampoco se libraba de los sentimientos negativos que despertaba en su hijo, pues pensaba Rafa que peca el que mal actúa pero también el que conociendo el delito calla, consintiendo implícitamente el daño con su cobarde silencio. El odio hacía su padre le rezumaba por cada poro de su morena piel y se adivinaba en cada rencorosa mirada que le dirigía. En todos sus pensamientos anidaba un deseo de vengar las afrentas que D. Pere le había infligido, tanto a él como a sus hermanos; de librarse a sí mismo del infamante baldón que pensaba que había heredado de su padre y en cada palabra que cruzaba con su progenitor dejaba traslucir el desprecio y el odio.
Al principio, esta actitud lo único que le deparó fue una mayor profusión y dureza en los castigos, pero cuando se acercaba a los dieciocho años, el Sr. Doménech, simplemente se desentendió de él, como si no existiera, adoptando el mismo comportamiento que si tuviera solamente dos hijos. Quizá ello fuera debido a que el cuerpo de un hombre ya no representaba para él un objeto sexual apetecible, o quizá también el temor de que el enorme y fuerte muchachote pudiera muy bien hacerle frente un día. El caso es que transcurrieron unos años durante los cuales Rafa se sintió huérfano. Desde su primer castigo cuando corrió a refugiarse en los brazos de mamá y se encontró son su frialdad y distanciamiento, había renunciado voluntariamente a recibir el cariño y los cuidados de su madre y aunque durante todos esos años la relación con su padre había sido casi exclusivamente la de recibir y soportar azotes y vejaciones, al menos, de alguna forma extraña, el chico sentía que alguien se ocupaba de él. Dicen los que han sido torturados que llega un momento, después de muchos meses de malos tratos en que lo peor de todo lo que le puede ocurrir a la víctima es que el verdugo, el torturador, no se ocupe de ella como solía. Permanecer un día tras otro en la quietud y oscuridad de la celda, sin nadie que te dirija una palabra incluso un insulto. Sin sentir una mano humana aunque sea para maltratarte. Entonces es cuando se abate sobre el preso el más desolador sentimiento de desamparo y abandono.
Algo de eso fue, salvando las distancias, lo que sintió Rafael Doménech cuando su padre dejó de ocuparse por completo de él. Lo siguiente que le dijo, pasados ya casi cuatro años es que si no aprobaba las oposiciones para ingresar en el Ejército correría la misma suerte que sus hermanos, viéndose obligado a abandonar para siempre la casa paterna. Pero Rafa sabía muy bien que en cuatro años su padre jamás había preguntado por él, nunca había mostrado la menor inquietud por saber dónde estaba y qué hacía, si venía o no a cenar, si vivía o moría.
Ignoraba el sargento Doménech cuánto tiempo había transcurrido sumido en estas meditaciones, pero la sala de televisión comenzó a llenarse de gente. Parecía que la partida de mus había terminado y el personal de guardia acudía a distraerse contemplando cualquier infame programa televisivo. Rafa echó un nuevo vistazo al inquietante anuncio:
SVA - 13.561 “No me importa tu sexo ni tu edad, ni si sois pareja o matrimonio o un par de amigos/as. Solamente busco alguien que me ayude a someter a mi sumisa, que me ayude a dominarla, a hacerla sentir que ella no es ella, que me pertenece. Admite muchos castigos: lluvia dorada, enemas, azotes, servidumbre. Ambos somos universitarios, cultos, agradables y educados. 39 y 34 años viviendo en pareja. Exclusivamente VALLADOLID.”
Escondió discretamente la revista debajo de la chaqueta y abandonó en silencio la sala de televisión. Ni saludó ni se despidió de nadie, pero sus compañeros ya estaban acostumbrados a su huraño comportamiento. Iba a tratar de liberar sus demonios interiores, dando rienda suelta a todas sus fantasías y deseos tanto tiempo ocultos y reprimidos. A partir de aquél preciso momento se produjo en el Sargento Doménech una aceptación de su yo, de su propio ser y de su manera de entender la sexualidad. Había dejado de luchar y recordando los versos del Tenorio
“Clamé al cielo y no me oyó
y pues sus puertas me cierra
de mis pasos por la tierra
responda el cielo y no yo”
E imaginándose las nalgas de la anunciante ofrecidas y azotadas por él, después de masturbarse a conciencia se dispuso, con la mayor premura, a responder al impactante anuncio.