

El tío Cayo permaneció ingresado el tiempo suficiente para realizarle los más exhaustivos análisis y pruebas médicas de los que disponía en aquel momento la tecnología clínica. De ello se encargó su hija, evidentemente, pero también Marcos, que conocía o era amigo de la mitad del personal médico y directivo del centro. El resultado de todo aquello fue que se corroboró el diagnostico previo del padre de Ester: insuficiencia de riego. Existía una arriesgada intervención quirúrgica que podía paliar en parte la grave situación. Dicha intervención consistía en tratar de limpiar ambas carótidas mediante la introducción de un catéter a través de la arteria humeral. El riesgo era que durante la operación se produjera el desprendimiento de un trombo que en este caso iría a alojarse directamente en el cerebro, produciendo un cuadro de ictus de gravedad desconocida. Decidieron entonces los facultativos, de acuerdo con la familia pero sobre todo con Ester, que en este asunto siempre llevó la voz cantante en representación de su madre y hermanas, decidieron, decimos, que debería establecerse un fuerte tratamiento ambulatorio que tío Cayito tendría que seguir, para el resto de su vida.
Durante las tres semanas que estuvo ingresado, recibió la visita diaria de Marcos. Ni un solo día dejó de visitarle y de animarle. El enfermo, no hablaba nunca de la situación, de la extraña y para él incomprensible situación en la que vivía su Chiquita, con dos hombres y sin novio conocido. Conforme a la tradicional manera de entender la vida que Cayo conservaba, su Ester era una fracasada; no tenía hijos y tampoco marido a una edad en la que debería tener ambas cosas. En este sentido de nada servían las consideraciones acerca de su profesionalidad, su carrera y su trabajo: una mujer sin marido y sin hijos no era nada, no era nadie. Pero Cayo supo valorar debidamente las visitas y el afecto de Marcos y a su modo, silencioso y parco, se lo agradeció. Porque veía cotidianamente los desvelos y atenciones que aquel hombre le prodigaba, de qué modo insistía ante los médicos y enfermeras para que fuera bien tratado, cómo le consiguió una habitación para él solo, permitiendo que la Vivi le acompañara por las noches. Todo eso lo estimaba y reconocía el viejo tío Cayo. “Más que un hijo es para mí” le decía en susurros a la Vivi.
Sentía verdadero agradecimiento, pero castellano viejo, recio y parco en palabras, se expresaba más con miradas y gestos. Sin embargo Ester un día, sin poder contener más la tensión, se abrazó llorando a su amo mientras unos enormes lagrimones escurrían de sus bellos ojos negros. Solamente sabía decir entre suspiros:
_ Amo, mi querido amo, gracias... gracias.
El amo, también emocionado le quitaba importancia al asunto:
_ Esto lo haría cualquiera, reina, cualquiera que te conociera a ti.
Pero no quedó en esto el desvelo de Marcos, porque se tomó la molestia de averiguar quién era y en donde estaba el mejor cirujano vascular de España. Y por referencias de otros profesionales y amigos de Valladolid, como el Dr. Carreras y el Dr. Larrañaga, decidió que el tío Cayo se haría consultar en el departamento de cirugía cardiovascular de la clínica Ruber de Madrid.
Debido al exorbitante precio de la estancia y consulta en dicha clínica, una de las más caras de España, de la cual son pacientes entre otros los miembros de la familia real, Ester advirtió que de ninguna forma podría hacer frente a esos gastos, aunque como es lógico, le pareció buena la idea de hacer todos los esfuerzos necesarios por curar la enfermedad de su padre o paliarla y prolongarle así la vida, que en aquellos momentos pendía de un hilo. Tampoco estaba muy convencida de que los sabios doctores de la afamada clínica fueran a emitir un diagnóstico o una terapia a la de los más modestos médicos del Hospital Universitario de Valladolid.
A todo esto argumentó Marcos que él lo pagaría, pero para no hacer de menos a la chiquilla, le dijo que la factura constituiría un préstamo que ella debería reintegrarle mes a mes, apercibiéndola de que si no lo aceptaba así, en cualquier caso él hablaría con la Vivi, para tratar de convencerla de que las cosas se hicieran de aquella manera porque a él le parecía que en este caso no se podían permitir pasar por alto ninguna posibilidad. Como es de suponer, Ester aceptó agradecida, sobre todo porque cumplió muy de buena gana la única condición que su amo le puso para financiar aquel negocio: que en ninguna forma ni manera debería enterarse ni Cayo, ni Vivi, ni sus hermanas, que el dinero salía de él. Había que permitir que todos dieran por supuesto que era su hija Ester quien corría con los gastos. Lo cual pareció de perlas a la chica, pues de esta suerte podía presumir de un bienestar económico que estaba muy lejos de poseer, al menos por ella misma.
Acordado esto, se pidió luego hora a Madrid, y se trasladó al bueno de Cayo en ambulancia. Una vez repetidas las pruebas, se corroboró el diagnóstico que en Valladolid se había establecido, y se le puso un tratamiento de choque durante una semana, en la que permaneció ingresado, a qué quieres boca, en la citada clínica. Pasados los siete días, se le dio el alta, sensiblemente mejorado y con una estricta dieta y medicación adecuada fue enviado de nuevo a su casa.
Durante la estancia de Cayo y Vivi en Madrid, Ester pidió unos días de vacaciones para permanecer al lado de su padre y tanto Marcos como Rafa, fueron dos veces en la semana a visitarlos. El tío Cayo, siempre parco en palabras y remiso expresando sentimientos se limitaba a comentar en voz baja:
_ Esta Chiquita, esta Chiquita.
Pero afortunadamente el susto se pasó, aun permaneciendo el cuadro de gravedad de la dolencia y el riesgo cierto de un infarto cerebral o una isquemia. Los padres de Ester regresaron al pueblo, muy encargados por su hija de observar, punto por punto, la medicación y la dieta que en la Ruber le habían impuesto a Cayo.
Los juegos de los tres, sus divertidos y excitantes juegos, se suspendieron obviamente durante los veintitantos días que había durado el angustioso proceso. Pero una vez calmados los ánimos y teniendo una cierta seguridad de que por el momento la vida del padre de Ester no corría peligro, Marcos decidió retomar, aquella misma semana, la rutina de todos los días laborables
Ya hemos relatado lo que ocurría a diario, es decir, las jornadas digamos, normales. Lo malo, o lo bueno, según se mire, se desarrollaba los fines de semana. Ahí sí que se transformaba la sala de juegos en auténtica cámara de tortura. Por ejemplo, Ester llegó a permanecer largas horas con una docena de pinzas puestas en diversas partes de su cuerpo. Es cierto que se había portado muy mal, incurriendo en una imperdonable falta de atención y respeto hacia su amo.
Era viernes, por la tarde. Fecha y hora en la que, según Marcos, empezaba la diversión. Lo primero que ocurría los viernes después de comer y hacer la siesta, era la depilación de la esclava. “Limpieza y depilación Cosita” anunciaba el amo cuando ella se despertaba.
Ya sabemos que Marcos solía quedarse con los ojos entornados unos veinte minutos “durmiendo el telediario” como él decía. Pero tanto Rafa como Ester, se echaban la siesta de verdad: una señora siesta, hasta las cinco o las seis de la tarde, buscando sólo el descanso reparador y el comienzo de la relajación que el fin de semana anunciaba.
Después de despertarse, desperezarse y tomar café, el amo anunciaba que la sesión de “limpieza y depilación” iba a comenzar.
Todo este ritual, escrupulosamente preparado y repetido viernes tras viernes formaba parte de una liturgia que poco a poco se había ido perfeccionando, limando los fallos o asperezas, instalándose en la vida cotidiana de los tres, de suerte que llegaba a realizarse maquinal y satisfactoriamente para el amo. Ester conocía de antemano punto por punto lo que sucedería a continuación así como lo que se esperaba de ella. De esta forma, cuando su amo anunció que iba a proceder a su limpieza y depilación, se dirigió, cómo no, al salón de juegos, dejó toda su ropa en una silla y completamente desnuda se tumbó boca arriba en la camilla ginecológica y esperó, mientras su mente comenzaba a imaginar lo que se le venía encima, no por más sabido menos temido. El amo, maestro ya, permitía esos momentos previos a cualquier sesión, sabiendo que la tortura de la esclava empezaba ya entonces, como empieza la del paciente el mismo día que le anuncian una intervención quirúrgica. A veces pensaba Ester, que con sólo el anuncio de unos latigazos aplicados por Rafa, solamente con que a ella se le asegurase que su amo Rafael le iba a administrar veinte azotes, era castigo suficiente, independientemente de que los azotes se aplicasen efectivamente o no. Como decía el propio Marcos, en uno de tantos de sus dichos inefables “El objetivo de la visita del General al cuartel, se cumple diez minutos antes de que el General aparezca e independientemente de si viene o no”
Aquel cuarto, eufemísticamente llamado sala de juegos, era el único, como ya hemos dicho, que permanecía en todo momento herméticamente cerrado, salvo cuando se estaba utilizando para lo que había sido ideado y preparado. A la puerta siempre se le echaba la llave y la ventana, que daba a la terraza se mantenía perpetuamente clausurada y con la persiana caída, de manera que era obligación exclusiva de Ester conservar el salón de juegos en un perfecto estado de pulcritud y orden. A ello dedicaba un rato todos los días: abría entonces la ventana de par en par, pasaba la aspiradora por las estanterías, retirando de ellas previamente consoladores, bolas, pinzas, tubos de lubricante, depósitos de cera para depilación y de agua para enemas; la ropa propia de su personalidad de sirvienta y todos aquellos adminículos y utilidades que habían ido adquiriendo poco a poco por correo, disfrutando con ello como los niños escribiendo a los Reyes, probando luego todo en el cuerpo de la sumisa, jugando... Pasaba entonces un trapo alrededor de cada uno de estos aparatos limpiándoles el polvo con escrúpulo, doblaba primorosamente su ropa y tornaba a colocar todo en su sitio. Luego, aspiraba el suelo, volvía a cerrar la ventana, bajaba la persiana y conectaba el ambientador, con agradable olor a romero. Así, mantenía el salón de juegos en perfecto estado de pulcritud y al gusto de su amo, hombre extremadamente metódico, ordenado y sensible.
La señora de la limpieza, con el tiempo, acabó por acostumbrarse a que aquella habitación estuviera siempre cerrada, como si la casa tuviese un cuarto menos; nunca había vuelto a figurar entre sus obligaciones la limpieza de aquel dormitorio, pero como el sueldo no se rebajó en la misma proporción que el trabajo, jamás puso objeción o reparo alguno a aquel proceder. A todo se acostumbra uno aunque al principio, después de tantos años de disponer a su antojo, cuando se le prohibió el acceso a una parte de la vivienda la buena mujer hizo todo lo posible por averiguar qué ocurría ahí dentro. Porque aunque aquello no influía en su salario, sino era para bien, sí tocaba una fibra sensible de su cuerpo, cual era la curiosidad. Pero como nunca pudo conseguir satisfacerla de manera adecuada y suficiente, terminó por olvidarse del asunto. La llave del cuarto, oculta en lugar secreto e inaccesible, jamás fue capaz de encontrarla, aunque nosotros podemos estar seguros de que la buscó reiteradamente.
Era evidente que la buena mujer, inteligente y observadora, sospechaba que algo raro sucedía allí dentro y su entendimiento había logrado relacionar la clausura de aquella habitación, fuera lo que fuese lo que allí pasaba, con la llegada del nuevo inquilino a la vivienda. Porque lo que nunca terminó la señora de admitir del todo para sus adentros, es que Marcos y Ester hubieran decidido compartir el piso con un huésped. La buena mujer quería a Marcos de verdad, con ese cariño mezclado con respeto y sin esperar contrapartidas que las criadas viejas llegan a profesar a los miembros de la familia. Llevaba sirviéndole varios años y tenía muchas cosas que agradecerle. A Ester la toleró, al fin y al cabo era lógico y normal que Don Marcos buscase mujer, después de tantos años solo. Pero de Rafa pensaba que era un advenedizo que había llegado para trastornar la apacible vida del dueño de la casa y deducía que tanto el propietario de la vivienda como Doña Ester vivían peor ahora que cuando estaban solos. Nunca pudo averiguar la realidad de todo aquello, porque en su mente simplemente no entraba la posibilidad de que cosas de esas ocurrieran realmente y aun ni siquiera que existieran. La verdadera situación estaba tan alejada de sus conocimientos y percepciones que aunque se lo hubiesen jurado por lo más sagrado, jamás lo hubiera creído. Intentó durante algún tiempo desentrañar lo que pasaba, pero tanto Marcos, como Ester y Rafa, fueron tan cautos y discretos que a pesar de que ya se sabe que es improbable ocultar algo a la persona que limpia lo que usas, lograron ocultarlo, sin embargo. Ello fue posible, evidentemente, merced sobre todo a que la habitación destinada a los juegos, permanecía siempre perfectamente sellada y también a que ningún aparato o adminículo relacionado con el negocio que en aquel cuarto se trataba, estaba jamás en otro lugar de la casa, es decir, que todo el material, incluido el cajón de arena de la perrita, se guardaba en el cuarto de juegos después de usarlo, de modo que en puridad, la Sra. Humi no limpiaba realmente aquella habitación ni aquellos aparatos y quizá por eso lograron mantenerlos en la clandestinidad.
Ester, siguiendo las instrucciones de su amo, trataba de conservar su cuerpo totalmente libre de vello, salvo la porción, en forma de triángulo, perfectamente delimitada en su monte de Venus. No es que fuera una mujer velluda, pero era cierto que al tener el pelo negro como el carbón, el poco vello que le salía se le notaba bastante más que si fuera rubia. Se aplicaba cotidianamente a depilarse con fruición durante un tiempo más o menos largo dependiendo de sus otros quehaceres. Pero es obvio, que hay lugares en el propio cuerpo a los que una misma apenas tiene acceso, más aun para realizar una labor tan delicada y parsimoniosa. Ahí entraba la sesión de limpieza y depilación, de los viernes después de siesta.
Una hora después de ella sería cuando nos encontramos a la esclava, tumbada sobre la camilla de exploración ginecológica, absolutamente desnuda y esperando con impaciencia y angustia. Entraban los amos y Rafa, ejerciendo siempre de maestro de ceremonias, ataba las manos de la sumisa a las patas de la camilla, le alzaba las piernas hasta la posición máxima que los reposapiés permitían y manteniéndolas lo mas separadas posible las ataba también, dejando a la esclava inmóvil, como siempre le gustaba tenerla al amo, con las manos inutilizadas, las piernas abiertas y terriblemente separadas, medio dobladas las rodillas ofreciendo su sexo y su culo, perfectamente a la vista. Marcos, inspeccionaba con detenimiento, comenzando por los brazos. En donde veía un pelo, uno sólo que a su juicio podía haber hecho desaparecer la esclava sin necesidad de ayuda, allí colocaba una pinza. En esta primera inspección, entraban solo brazos, piernas, pechos y tripa, ya que Ester se encontraba tumbada sobre su espalda, quedando ésta y las nalgas ocultas, por tanto, a la vista. El coño, la raja del culo y el ano, se dejaban para una segunda inspección más detallada.
Con el tiempo, conforme se incrementaba la habilidad de Ester para auto depilarse, el número de pinzas disminuía proporcionalmente, aunque casi nunca dejó el amo de colocar menos de una docena al finalizar la revista. Rafa participaba también en la inspección e interpretando siempre el papel de chivato, señalaba algún pelillo que a Marcos se la podía haber pasado por alto, debido sobre todo a que la vista del sargento catalán se conservaba en mejores condiciones que la del letrado gallego, además de porque había casi quince años de diferencia de edad entre ellos quizá también por el desigual apego a la lectura que ambos tenían.
Pero la función principal de Rafa en esta liturgia, era enchufar y mantener caliente el depósito con la cera, para que cuando el amo diese por concluida la revisión, estuviera el producto listo para ser aplicado en las partes señaladas con las pinzas, donde se habían detectado pelos. Debido al sufrimiento que le acarreaba, tanto si ella misma se lo arrancaba, como si eran los amos los que la depilaban con la cera y como quiera que Ester era perfectamente consciente de lo que le esperaba al menos siete de cada ocho viernes por la tarde, procuraba mantenerse libre del molesto vello, al cual había llegado a odiar, tanto o más que lo odiaba aparentemente el propio amo. Pero muy a su pesar, no le había quedado más remedio que rendirse a la evidencia de que resultaba prácticamente imposible librarse de todos los malditos pelos, independientemente del tiempo o dedicación que emplease en eliminarlos. Siempre quedaba alguno. Eso a pesar de que llegó a conseguir cremas y productos depilatorios utilizados profesionalmente en el Hospital. Estos productos lograron reducir la densidad del vello, pero nunca consiguió que este desapareciera completamente.
Provisto de una espátula y con cierta parsimonia y detenimiento, extendía el amo una capa del producto, bien caliente, sobre cada zona señalada, retirando previamente la pinza: un poco en un brazo, otro poco en el otro, seguro que en ambas axilas y en la tripa. La cara anterior de los muslos solía tenerla sin vello, pero casi siempre había algo en la zona tibial e incluso en el empeine del pie. Una vez aplicada la cera, lo suficientemente fría como para no abrasar la piel, pero lo bastante caliente como para hacer daño, los amos se retiraban, a tomar otro café y Marcos a fumar otro cigarrillo, dejando a Ester atada mientras esperaban a que el producto se enfriase.
Cuando consideraban que la cosa estaba lista, regresaban a la sala de juegos y con varios tirones despiadados dejaban la parte delantera del cuerpo de la esclava libre de los antiestéticos pelitos, que tanto odiaba su amo. Lo que Ester más temía eran las axilas, aquello sí que dolía realmente de manera que en el transcurso de la semana procuraba dedicar a las axilas el tiempo suficiente como para asegurarse de que el viernes por la tarde estarían ambas totalmente desprovistas de pelos. Durante toda la maniobra, debemos de recordar que el sexo de la esclava solía permanecer prisionero en su red, de la cual nunca jamás se libraba, salvo durante los castigos de “buenas noches” como su amo llamaba al tratamiento diario, juego de cartas incluido, que se le aplicaba a la esclava antes de irse a la cama. El resto de su vida, y durante seis años, Ester mantuvo su coño sometido por el cinturón, la red de castidad, o una fuerte atadura que su amo le aplicaba.
El siguiente paso era la limpieza. Por limpieza, el amo siempre entendía la aplicación de un enema. No se refería a la limpieza exterior, que se daba por supuesta, sino a la limpieza interior del intestino y el recto de la sumisa. Para ello, sin necesidad de desatarla ni de cambiarle de postura, colocaba Rafa el depósito con un litro de agua colgado de uno de los reposapiés y Marcos untaba con lubricante el ano de la sumisa así como la cánula rectal. La cánula original, demasiado corta y estrecha a juicio del amo, había sido sustituida por otra que se ordenó fabricar expresamente, de ocho centímetros de largo y dos de diámetro, con la punta redondeada y un taladro todo a lo largo para permitir el paso de líquido, generalmente agua, que se iba a introducir en el cuerpo de Ester.
Con esto se conseguía que la esclava se sintiese literalmente sodomizada por la cánula, además de notar como lentamente el agua fría iba llenando sus entrañas. Mientras esto ocurría, solía Marcos acariciarle las tetas o el sexo por encima del cinturón que lo mantenía prisionero. La excitación y el deseo se despertaban en la sumisa inmediatamente. Rafa, entretanto le ofrecía su polla a lamer, haciéndole girar la cabeza para un lado y la esclava chupaba golosamente, de manera que ahí teníamos a Ester en una de las actitudes más humillantes que imaginarse pueda.
Cuando todo el líquido había entrado, el amo colocaba un plug, que hacía las veces de tapón, para impedir que a la esclava se le escapase ni una sola gota del agua que inundaba sus entrañas. La sumisa sentía la presión en sus tripas produciéndole mucha incomodidad y un cierto dolor. Mientras, su amo la acariciaba, dulce y amorosamente, chupaba con delectación sus pezones y la besaba en la boca, prodigándole las más sentidas palabras de amor y compasión. Rafa, a lo suyo, le cogía la cabeza y la obligaba a chupar más y más, metiendo todo lo que podía su polla en la boca de Ester, hasta producirle a veces arcadas.
Todo esto en medio de la sala de juegos con la iluminación pertinente que mostraba con nitidez el cuadro. Ester, siempre que sentía dolor o molestia, rompía a sudar, de manera que la piel le brillaba. Esto le encantaba a su amo, le parecía bonito, estéticamente bello, de manera que disfrutaba de la acción como un niño con su nuevo juguete. En el fondo, muy en el fondo, también Marcos actuaba a veces como un chiquillo a quien hubieran regalado un tren eléctrico.
_ Cosita querida –solía decirle- no te puedes imaginar lo guapa que estás y lo que me gustas, con la tripita llena, el coñito ahí guardado y esas tetazas que tienes con los pezones apuntando al techo. Te vamos a quitar el tapón, para que te vacíes hasta la última gota.
En verano, toda esta operación se realizaba en la terraza. Para ello, tumbaban a la esclava en el suelo, sobre las baldosas, duras y calientes por el sol y le ataban las manos a una argolla que habían colocado estratégicamente en el sitio adecuado de la pared, manteniéndole las piernas abiertas, merced a sujetarle los pies a una barra de más de un metro y en alto, ya que dicha barra se ataba con una cuerda también a otra argolla situada en la misma pared y en la vertical de la primera, pero a dos metros del suelo. Cuando llegaba el momento de quitarle el tapón, Ester se vaciaba sobre las baldosas y el líquido, mezclado con los excrementos escurría hasta el sumidero de la terraza. Después, Rafa era el encargado de lavarla con la manguera de regar y un escobón. Posteriormente y con el agua de la misma manguera empujaba los restos de todo lo que había salido del cuerpo de la esclava hasta el sumidero, dejando al final tanto la terraza como a la propia Ester, en perfecto estado de revista.
Pero esto no era posible en los inviernos vallisoletanos y en una terraza de un piso once, donde, como ya hemos dicho, hacía frío desde octubre hasta abril, así que en esa época, cuando se quitaba el tapón, se utilizaba la cubeta de la cual venía provista la camilla ginecológica que con tanto acierto había decidido la sumisa adquirir y allí Ester echaba todo lo que tenía en su interior, haciendo esfuerzos debido a la postura antinatural en la que se encontraba. Los amos, entonces hacían otro descanso, observando los sufrimientos de la esclava y haciendo obscenos y humillantes comentarios acerca del olor que despedía, Cuando a su juicio la operación había terminado, sacaban la cubeta a la terraza, la enjuagaban bien con la manguera y la volvían a colocar. Rafa era el encargado de esto, así como de pulverizar la sala de juegos con alcohol de romero para conseguir que el mal olor desapareciese inmediatamente.
Es ahora cuando empezaba la segunda parte de la depilación, que consistía en extender cera en la zona peri anal, la raja del culo y las ingles de la esclava. Marcos entendía que todas esas partes resultaban inaccesibles para que su Cosita pudiese realizar la eliminación del vello de forma adecuada de manera que no le aplicaba ningún castigo aunque encontrase en ellas algún antiestético pelito. Pero también debemos ser conscientes de que esa zona precisamente es la más dolorosa de depilar, debido a lo fino y delicado de la piel que la recubre. Pero esto a los amos aparentemente les producía indiferencia, pues con la habitual parsimonia y cuidado extendían la cera caliente, aunque Marcos, precavido, siempre introducía previamente un pequeño consolador en el ano de la esclava para evitar que, debido a la postura, le pudiera entrar algo de cera derretida en el recto lo cual podría producirle quemaduras de consideración y de difícil explicación, en caso de necesitar asistencia médica.
Pero estamos hablando de que Ester era una profesional de la sanidad y siempre avisaba cuando las actividades que sus amos realizaban con ella eran susceptibles de entrañar algún riesgo serio. En cuanto a Marcos ¿por qué no decirlo? Era ya un amo capacitado, que sabía perfectamente cómo, cuándo y hasta dónde podía llegar en sus dolorosos, morbosos, humillantes y excitantes juegos.
Una vez frío el producto, con parecidas caricias, palabras y manipulaciones que cuando depilaba el resto del cuerpo, procedía el amo a despegar las láminas de cera tirando a veces con fuerza y sin consideración aunque otras despegaba la cera lentamente, milímetro a milímetro, para prolongar más el sufrimiento de Ester y su propio disfrute.
En aquella postura no se podía depilar la espalda, ni las nalgas, ni la parte posterior de las piernas, con lo cual era necesario desatar a la sumisa y trasladarla al poste, donde, nuevamente sujeta y en cruz, como a Marcos le gustaba tenerla, se procedía a la eliminación del vello de esas partes del cuerpo. Aquí también el amo obviaba el castigo, entendiendo que resultaba imposible que la esclava pudiera depilarse esas zonas y como era un amo muy justo, según él mismo manifestaba con reiteración, no le parecía conformado a derecho, castigar por algo que la castigada no podía remediar, ya que la responsabilidad por una actuación bien sea por acción o por omisión, tiene necesariamente que ir aparejada con la libertad para actuar y la posibilidad de hacerlo efectivamente. Pero no por eso se privaba de que el juego durase el mayor tiempo posible, procediendo siempre a realizar la depilación en tres fases: primero la espalda, después las nalgas y por último la parte de detrás de las piernas, corvas y gemelos. Mientras todo esto ocurría, no se recataba de excitar a la esclava, acariciándole el sexo prisionero, pellizcándole con suavidad los pezones, pasando con reiteración sus dedos entre las nalgas, tratando de introducir la punta de uno de ellos en el ano de Ester, que sufría doblemente: primero, por el dolor que le producía la depilación en sí misma y segundo por la fuerte carga de deseo que su amo provocaba en ella, sabiendo, como sabía, que era un deseo condenado a la frustración, la represión y el fracaso.
Terminada por completo la depilación, extendían primorosamente por todo el sufrido cuerpo de la esclava la crema o pomada que ella misma conseguía a hurtadillas en el Hospital, cuya misión y efecto era impedir que el vello saliese y que se utiliza en los procesos quirúrgicos después de una trepanación, para evitar que el cabello del paciente aparezca antes de que la herida esté cicatrizada, pues si así fuera, dificultaría sobremanera las curas. Esta crema conseguía que el vello no fuese tan abundante como lo hubiera sido en circunstancias naturales, pero nunca logró, sin embargo, que desapareciera del todo, aunque los efectos de las reiteradas aplicaciones del ungüento, iban poco a poco consiguiendo que cada vez fuera más ralo.
Había días, viernes por la noche, en que el amo decidía quedarse a cenar en casa. En esas ocasiones avisaba con antelación suficiente a Ester, para que pudiera proveerse de lo necesario con el fin de preparar una sabrosa cena, con lo cual la esclava se veía obligada a comprar, haciendo gala de su mejor imaginación y a cocinar a uso de buena cocinera, ya que si el amo no quedaba enteramente satisfecho de la calidad, originalidad y preparación de las viandas, el castigo no se hacía esperar. En esas ocasiones adoptaba Ester la conocida personalidad de la sirvienta y de aquellas cuitas proceden las creaciones culinarias originales que incluso muchos años después continuaba Marcos preparando: pencas de acelga rellenas de jamón, ensalada templada de langostinos con garbanzos, morcilla con pasas y piñones en salsa de pimientos, bombones de coco... Pero precisamente aquel viernes del que estamos tratando, quiso el amo cenar fuera, por lo cual, los tres se vistieron adecuadamente y previa consulta telefónica a Panero, para ver si había mesa libre, tomaron el coche y se dirigieron al restaurante. Marcos era viejo cliente y conocido de Terenciano, de manera que en cualquier ocasión les proporcionaba una buena mesa. Los tres tenían perfectamente claro que los juegos en el exterior estaban prohibidos, con gran disgusto del amo por cierto, pero el fin último de toda aquella parafernalia era la obtención de placer para los tres y Ester había ya manifestado, después del viaje a Madrid que de aquella manera no lo obtenía.
De este modo, bajaron al restaurante y tomaron posesión de una mesa en el comedor que hay entrando a la izquierda. Saludó Terenciano gentilmente y comenzó a ofrecer la carta, recitando los platos mientras miraba al techo y añadiendo “exquisito” después de cada preparación. En cuanto se sentaron, un camarero, también conocido por Marcos pero del cual ignoraba el nombre aunque sabía que era del Arrabal, les presentó unas copas de fino y unos rabanitos helados. Continuaba Panero desgranando las exquisiteces de la carta y desde aquí solo podemos decir que Marcos tomó cigalas gran mesón y perdiz estofada con castañas y uvas, pero nos resulta imposible recordar lo que pidieron Ester y Rafa, aunque en casa de Terenciano nadie que pudiera pagar la cuenta comía mal por entonces, ni aún en la actualidad, a pesar del triste fallecimiento del dueño y motor del mesón, gran maestro de los cocineros vallisoletanos, Terenciano Panero.
Después de la cena, solían a veces tomar un café o una copa en algún pub, pues aunque a Ester y a Rafa les encantaban las discotecas, Marcos se había negado rotunda y drásticamente a soportar lo que él llamaba ruido, salvo que ello formase parte de algún modo de una morbosa actividad en la cual la esclava participase. Pero cuando Ester y Rafa querían bailar, iban ellos solos, pues en ningún momento pudieron persuadir al amo para que les acompañase alegando este que aunque él admitía ciertas pesadumbres lo hacía cuando no quedaba más remedio, por ejemplo en la consulta del dentista; pero sufrir por sufrir no le gustaba y mientras existiese Bach, pensar que él podría sumergirse en el ruido de una discoteca era pensar en lo excusado. De este modo, solían limitarse a tomar un irlandés en Herminios, en la bolera de Paco Suárez o en La Fuente de los Ángeles, en Villanubla.
Pero aquel día concretamente, decidió el amo que la bebida se la tomarían en casa y así, volvieron a coger el coche y regresaron prestamente. Ya dentro del vehículo, indicó Marcos que en cuanto llegasen debería la sumisa transformarse en la sirvienta para prepararles una copa, güisqui, J.B. en concreto, para ambos. Y así fue en efecto, ya que entraron en casa y se pusieron cómodos; Ester se desnudó completamente y dirigiéndose al cuarto de juegos, donde se guardaba la ropa apropiada para la sirvienta, se vistió, todo lo mejor que pudo. Encajó la cofia en la cabeza teniendo buen cuidado de que quedase recta y centrada, sujetó el liguero en su cintura y con gran precaución se vistió las medias, poniendo especial atención, como siempre le indicaba su amo, en que la costura quedase perfectamente recta, antes de sujetarlas al liguero. Debemos decir, en honor a la verdad, que la práctica hace maestros así que a fuerza de vestirse de sirvienta, había llegado ya Ester a adquirir una cierta habilidad que le permitía ponerse las medias con suficiente grado de perfección para los requisitos del amo y en un tiempo no demasiado largo. Una vez adecuadamente desenrolladas y ajustadas a las piernas, se miraba en un espejo para dar los últimos retoques, colocando las costuras perfectamente rectas y verticales. Se calzaba los zapatos, que mantenía siempre brillantes, ajustaba el corto delantalito blanco a su cintura y por último se ponía los guantes, mostrando cuidado de que quedaran ajustados a los dedos con perfección. Después de un último vistazo en el espejo, salió y se dirigió al salón, donde sus amos habían puesto ya música y se encontraban charlando relajadamente.
_ Ponnos dos güisquis Cosita –indicó el amo sin apenas permitir que la sumisa acabase de llegar. Y Ester, sacó dos vasos largos y aparentes, colocó tres cubitos de hielo y vertiendo un generoso chorro de J.B. en cada vaso se los ofreció, primero a su amo y después a Rafa.
Ellos, sentados en el sofá y Marcos con su permanente cigarrillo encendido probaron ligeramente la bebida. Sin embargo, su excitación era la suficiente como para que decidieran ocuparse más del cuerpo de su sumisa que de los vasos o el cigarrillo, de modo que ordenaron a la sirvienta que se aproximase y comenzaron a acariciarla y besarla, mientras los dos iban despojándose poco a poco de sus ropas incrementando la intensidad de las caricias que habían llegado ya a realizarse en los lugares más secretos del cuerpo de Ester.
Quedando desnudos, pasaban sus manos por las deliciosas curvas femeninas, acariciándola con suavidad a veces, con deseo otras, sin dejar de besarla mientras ella suspiraba y gemía. Ester había abierto las piernas para facilitarles los excitantes tocamientos en la cara interior de sus muslos, pues por sabido omitimos el detalle de que el cinturón de castidad no permitía otra cosa.
Se cansaron al fin los amos de aquello y decidieron ir a la cama. Rafa solicitó que la sumisa cambiase de personalidad, adoptando la de la esclava propiamente dicha y Marcos se lo concedió inmediatamente. Ester entendía que aquello iba a resultar el preludio de unos latigazos, pues era perfectamente consciente de que en cada ocasión en la que Rafael experimentaba excitación o deseo sexual, sus nalgas terminaban siendo azotadas. Pero obedeció, desde luego. Se quitó la ropa de la sirvienta y con presteza, completamente desnuda, se dirigió a dónde sus amos estaban, que ya era esperándola sobre la cama grande del dormitorio principal. Pidió Marcos que la esclava se encargase con la boca de mantener a punto su propia polla, mientras que Rafa lamía delicadamente a la chica que gemía y le pedía que la follara casi a gritos.
_ ¡Fóllame, fóllame –decía Ester en el paroxismo de la excitación. Y Rafa, solicitando el permiso de Marcos, liberó a la mujer del cinturón de castidad y no se hizo de rogar más de modo que la penetró iniciando el consabido movimiento de vaivén. Quiso el destino, o la excitación que ambos jóvenes alcanzasen casi simultáneamente el placer, y mientras Ester estallaba en un ruidoso orgasmo, Rafa se vaciaba completamente en el vientre de la muchacha. De este modo, la esclava apenas tuvo que trabajar, porque a partir de ese momento Marcos, aunque no había satisfecho su deseo, le mandó que le acariciara la espalda, las nalgas y las piernas, pues quería descansar un poco, mientras que Rafa, se daba media vuelta y a los pocos momentos estaba dormido, como solía hacer después de eyacular, aunque a decir verdad, era cierto que aguantaba bastante antes de hacerlo, al menos el tiempo suficiente para satisfacer a cualquier mujer, aunque aquel día, excepcionalmente, las cosas ocurrieron con demasiada rapidez y eso unido al cansancio que los tres arrastraban, derivó en que ambos amos se durmieran en breves instantes.
Al comprobar que se habían dormido, se relajó Ester, suspendiendo entonces las caricias en la espalda de su amo. Marcos ya la conocía, a decir verdad los tres se conocían perfectamente. El amo sabía que aumentando el grado de excitación de la sumisa, se podía aumentar también proporcionalmente el nivel y la dureza de los castigos.
También era perfectamente conocedor de los mecanismos que se deben utilizar para conseguir que una persona o una sociedad te obedezcan: si controlas las fuentes del placer y las fuentes del dolor, estás en la situación óptima para conseguir lo que quieras de las personas que dependen de tu voluntad para obtener placer o sufrir dolor. Esto no solamente es aplicable a una relación tan particular como la que nos ocupa, sino que podemos trasladar la misma premisa a cualquier tipo de actividad en la que intervenga alguien que domina y alguien que obedezca, aunque en este caso el concepto de placer deberemos ampliarlo, entendiendo por tal, todo aquello que proporcione bienestar, tranquilidad o seguridad, además de sexo. Asimismo el concepto de dolor deberá ser entendido también como todo aquello que conlleve angustia, intranquilidad, malestar o necesidad de cualquier tipo. De modo que, como ya había dicho el viejo D. Carlos quien controla las fuentes de satisfacción e insatisfacción de una sociedad, controla a sus individuos, lo cual podemos comprobar obviamente a diario si nos paramos a pensar en la relación entre el capital y los trabajadores. Los capitalistas controlan las fuentes de placer (alimentos, artículos de primera necesidad, vivienda, educación, sanidad) y también las del dolor ( paro, marginación, explotación, ignorancia) de modo que por eso son los amos de esta sociedad, pues en sus manos está proporcionar a los obreros satisfacción o insatisfacción, con lo cual consiguen la sumisión de éstos a su voluntad.
Pero, volviendo a lo nuestro y después de esta pequeña digresión socio política que espero no se nos tenga muy en cuenta ¿qué mejor modo de aumentar la excitación que mantener a la esclava días y días sin poder desahogarse? Ese realmente era el motivo por el cual Marcos ejercía un control tan estricto sobre la frecuencia de los orgasmos de Ester. Él sabía que una esclava excitada es una esclava mejor dispuesta y una esclava con un par de copas es una esclava desinhibida. Pero esto tenía como consecuencia, para la sumisa, un permanente estado de deseo, de ansiedad, de nerviosismo que a veces le impedía incluso dormir bien. En aquel momento, sintiendo la respiración pausada de sus amos, le hubiera encantado quedarse dormida también; sin embargo, el mucho tiempo que llevaba sin que se le permitiera desahogarse y el breve e insatisfactorio orgasmo que su amo Rafa había tenido la deferencia de proporcionarle le impedían relajarse lo suficiente como para conciliar el sueño. Padecía una especie de desasosiego o nerviosismo interior y cada vez que cerraba los ojos, imágenes eróticas inundaban su mente, su sexo volvía a abrirse y humedecerse, pero no se atrevía a acariciarse ella misma estando tumbada en la cama entre sus amos, pues si alguno de los dos se despertaba con el movimiento, tenía por cierto, como Marcos le había avisado con frecuencia, que le arrancarían la piel de las nalgas con el látigo.
Pero pudo más, al fin el cansancio y acabó durmiéndose tranquilamente. Nunca llegó a saber cuánto tiempo permaneció en brazos de Morfeo, pero lo que si supo es que un severo reproche de su amo la despertó:
_ ¡Esta cerda está roncando! ¡Roncando! ¿No te digo lo que hay? Rafa –llamó- Rafa, que Cosita se ha dormido y encima está roncando.
El aludido despertó sobresaltado. Ni todos los ronquidos del mundo hubieran hecho mella en su sueño, de no ser por las llamadas que Marcos le había dirigido, acompañadas de sacudidas enérgicas cogiéndole de un brazo.
¬_ ¿Cómo que se ha dormido? ¿No la habías mandado que te acariciara la espalda? –preguntó Rafa entreabriendo los ojos.
_ No solo se ha dormido sino que... ¡Roncaba! –Marcos adoptó para decir “roncaba” una expresión de gran indignación y contrariedad.
_ Me has decepcionado Cosita y esto lo vas a pagar caro. No te había dado permiso para que dejaras de acariciarme la espalda ni mucho menos para que te durmieras. Y encima roncas. ¿Es que te estás riendo de mí? ¿No me tienes respeto?
_ No, no, lo siento –pudo balbucear la aludida- no era esa mi intención ni mucho menos. Simplemente me dormí.
_ Pues te aseguro –afirmó con rotundidad el amo- que eso no te volverá a pasar, al menos esta noche.
Y diciendo esto, ordeno a la esclava que le acompañase al cuarto de los juegos. Rafa se levantó también y les siguió. Los tres estaban desnudos y Ester verdaderamente temblaba sin siquiera imaginar lo que le estaba aguardando.
Fue atada al poste, en la posición que tanto gustaba a su amo: con las piernas separadas y los brazos en cruz. Marcos se armó de un látigo y recorrió, con precisión y energía las piernas y las nalgas de Ester, con tal fuerza, que al menos media docena de los más de veinte latigazos que le suministró quedaron marcados en su piel. La esclava apretaba los labios para no gritar, cada vez que el látigo mordía dolorosamente su cuerpo.
Ester pensó, cuando Marcos dejó el rebenque, que al fin y al cabo el castigo no había sido excesivo. Lo que no sabía era que ni mucho menos habían terminado sus padecimientos. No la soltaron, al contrario: tiraron todo lo posible de la cuerda que sujetaba el palo horizontal donde estaban atados sus brazos, de tal forma que el cuerpo de la sumisa quedaba dolorosamente estirado, debiendo permanecer casi de puntillas para lograr un mínimo apoyo. Marcos cogió la caja con las pinzas y sin dejar de reñirle e insultarla fue colocándolas según la serie que a él más le agradaba: dos en el labio inferior, una en cada pezón, dos en la parte superior de la vagina, junto al clítoris y cuatro más repartidas en los labios vaginales. Cada vez que una pinza mordía en su cuerpo, un nuevo punto de dolor aparecía. Las que tenía en los labios le impedían cerrar la boca, de manera que estaba en una situación verdaderamente ridícula a la par que extremadamente dolorosa.
_ ¿Vas a llorar? –Le preguntó el amo- Porque si vas a llorar es mejor que me lo digas ahora. Mejor para ti quiero decir. Dime ¿quieres la mordaza? Ten en cuenta que si me dices que no la quieres y después me molestas con tus quejas y lloriqueos te aseguro que lo lamentarás. ¿La quieres?
El eterno dilema. Verdaderamente el dolor era intenso, pero la mordaza incrementaría aun más sus molestias. Por otra parte Ester ignoraba absolutamente cuanto tiempo iba a permanecer así, de modo que no sabía si llegaría un momento en el cual comenzaría a gritar y suplicar impelida por el sufrimiento.
_ Si por favor –se decidió por fin- ponme la mordaza.
Era mejor asegurarse, pensó Ester. Porque los castigos de Rafa estaban siempre basados en crueles series de azotes. Pero los del amo eran incluso peores porque se fundamentaban en poca intensidad de dolor durante mucho tiempo. Así que la sumisa podía colegir que, siendo este un castigo impuesto por su amo, podría durar mucho, mucho tiempo.
Sus deseos se cumplieron y la bola de la mordaza se alojó en su boca, dejándola imposibilitada por completo no ya para gritar, sino incluso para tragar, debido a que le resultaba imposible cerrar las mandíbulas, de manera que la saliva comenzaba a escurrírsele cayéndole sobre sus tetas. Por otra parte las pinzas puestas en su labio inferior, complicaban aun mas la cosas y el resto de los pequeños mordiscos que sentía en diversas partes de su cuerpo empezaban a hacerse insoportables mientras que el dolor en los pies, puestos de puntillas, la obligaba de vez en cuando a cambiar de postura, si es que podemos llamar así a tratar de apoyar la planta del pie en el suelo a costa de estirar dolorosamente los brazos.
_ Aquí te vas a quedar –le aseguró su amo- hasta que reflexiones y pidas perdón por haber preferido dormir en lugar de acariciarme.
Y diciendo esto, tanto él como Rafa salieron del cuarto de los juegos, apagaron la luz y cerraron la puerta.
Una absoluta sensación de desamparo se apoderó de Ester en cuanto se vio sola y con la luz apagada. El dolor continuaba incrementándose y poco a poco estaba llegando a hacerse insoportable. Trató desesperadamente de gritar, pidiendo perdón a su amo “Perdón, perdón AMO” decía con su mente, completamente compungida. Pero de su garganta apenas salían unos gemidos ahogados por la mordaza. Estaba realmente asustada, paralizada, no solamente por las recias ataduras sino por el miedo ya que la incertidumbre acerca de la duración en el tiempo de su lamentable situación la angustiaba. No sabía cuanto iba a durar el castigo y la imposibilidad para moverse, gritar o siquiera para cambiar de postura resultaba agobiante. Trató de liberarse, sin conseguirlo. Rafa era inteligente y aprendía rápido. Marcos le había enseñado a hacer nudos fuertes, imposibles de soltar, pero a la vez fáciles de desatar. El dolor de los pies le subía ya por las pantorrillas, de forma que optó por dar un descanso a sus maltrechas piernas, tratando de apoyar completamente las plantas de los pies en el suelo.
En ese momento, una música procedente del salón se abrió paso hasta sus oídos. Cuatro conocidas notas hicieron vibrar su tímpano y Ester pensó “Sinfonía nº 5 en Do menor, del viejo Don Luís. Primer movimiento: Allegro con brío”.
Aliviada, comenzó a notar al poco tiempo el dolor en los brazos, exageradamente tensos, de manera que tuvo que optar por ir cambiando alternativamente de postura, dando descanso a las piernas, a costa de los brazos y viceversa. Pero llegó un momento en el que el dolor era tal y tan intenso que ni siquiera cambiando de postura se aliviaba, porque el tiempo de descanso se iba haciendo cada vez más corto de manera que ni los brazos ni las piernas podían recuperarse.
“Segundo movimiento. Presto”
Por otra parte, las que no se cansaban nunca eran las pinzas, que seguían mordiendo dolorosamente en diversas partes de su cuerpo. Las que castigaban sus tetas le producían la extraña sensación de que le habían arrancado los pezones, de que no los tenía. Pensaba que el labio inferior se le había hinchado, debido a las dos pinzas que tenía puestas en él. Pero lo más insoportable de todo era el dolor que le ocasionaban las que tenía en los labios vaginales. Concretamente una de ellas, situada en su lado izquierdo le transmitía ya una sensación como de quemadura. Sus mandíbulas, tremendamente distendidas por la mordaza, también le dolían y de su boca continuaba escurriendo la saliva que ella era incapaz de tragar. Permanecía tensa y absolutamente bañada en sudor.
Pudo identificar las notas del Tercer Movimiento llegando lejanas, como procedentes de otro mundo, de un mundo en donde no había sufrimiento, rememorando situaciones placenteras, tranquilas y distendidas.
Trató nuevamente de liberarse, con bruscos tirones y movimientos sin conseguirlo, pero logrando a cambio incrementar, si ello fuera posible el dolor de sus brazos y sus piernas. Además, cada vez que las pinzas se movían, la intensidad del padecimiento que le producía cada una de ellas aumentaba, de forma que optó por permanecer lo más quieta posible y tratar de relajar la mente, pensando en otra cosa y esperando que su amo se apiadase de ella.
Quiso que sus pensamientos volaran a los pinares de su pueblo, como siempre que pretendía relajarse. Pero el dolor era tan intenso, las molestias tantas y tan variadas que le fue imposible dejar de pensar en todos y cada uno de los puntos dolorosos que laceraban su cuerpo de manera que, al cabo de algún tiempo y sin poderse contener más, se echó a llorar desconsoladamente, gimiendo de manera entrecortada a través de la mordaza y suplicando perdón a su amo. Suponía que llevaba en aquél lamentable estado veinte minutos porque la orquesta atacaba ya el contrapunto del “Finale, allegro ma non tropo”. Repentinamente se abrió la puerta y se encendió la luz.
Se sintió deslumbrada. Su vista ya se había acostumbrado a la oscuridad. A través de sus ojos llorosos pudo ver que su amo se acercaba, vestido con un albornoz. Detrás de él venía también Rafa, completamente desnudo. Marcos se acercó a ella lo suficiente como para que el algodón de la prenda que vestía rozase el maltrecho y dolorido cuerpo de la esclava, a la vez que Chanel Pour Homme la envolvía.
_ Ahora –dijo Marcos mirándola fijamente a los ojos- espero que realmente me pidas perdón, me supliques perdón y me digas que el castigo no ha sido suficiente teniendo en cuenta la gravedad de tu falta. Si no lo naces así, permitiré que continúes reflexionando. ¿Lo harás así?
Ester emitió un gruñido y asintió enérgicamente con la cabeza. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa, a decir cualquier cosa, a admitir cualquier cosa, con tal de librarse de aquel insoportable sufrimiento.
_ Está bien –continuó el amo- Lógicamente, para que puedas suplicarme perdón, es necesario que antes te quite la mordaza ¿no?
La esclava volvió gruñir, haciendo un gesto de asentimiento.
_ Sin embargo –puntualizó Marcos- prefiero quitarte antes las pinzas. ¿Quieres que te quite antes las pinzas o la mordaza?
Ester se daba cuenta del juego. Deliberadamente su amo trataba de prolongar aun más su sufrimiento. Sabiendo que aparentemente iba a terminar pronto su castigo, parecía que esos últimos minutos se hacían aun más insoportables y dolorosos. La ansiedad porque llegara pronto el final, le provocaba un mayor desasosiego. El amo repitió la pregunta:
_ ¿Primero las pinzas o la mordaza? -La esclava hizo un gesto encogiendo los hombros y ladeando la cabeza. Marcos continuó:
_ Entiendo por ese gesto que a ti particularmente te da lo igual ¿no es así? –Para Ester aquello tenía el aspecto de que no iba a terminar nunca. Asintió enérgicamente con la cabeza emitiendo Un “si” lo más claro que pudo a través de la mordaza. Continuaba llorando.
_ Bien –puntualizó el amo- voy a quitarte las pinzas primero. Pero quiero que te des cuenta de que cuando te quite la mordaza lo primero que deseo oír de tu boca serán convincentes suplicas de perdón por tu parte y lo segundo una petición de otro castigo, pues con este no has tenido suficiente para lo mal que te has comportado conmigo. Si no escucho lo que quiero escuchar, continuarás reflexionando como hasta ahora porque es necesario que comprendas lo desagradecida que has sido y lo mucho que me ha dolido. Solo de pensar que has preferido dormir en lugar de acariciar mi piel, cada vez que lo recuerdo, me dan ganas de marcharme y dejarte aquí, tal como estás.
Los aterrorizados ojos de la esclava lanzaron una muda petición de piedad, ante la horrible perspectiva que su amo dejaba insinuar.
_ ¿Has entendido todo lo que he dicho? –Ester volvió a asentir enérgicamente con la cabeza. Durante todo el diálogo, alternaba el apoyo sobre la planta de los pies, estirando dolorosamente los brazos, con la posición de puntillas, para que los brazos descansaran mientras el dolor le subía por las pantorrillas. A la vez, las pinzas seguían, incansables, produciéndole las más variadas sensaciones dolorosas. Las mandíbulas le dolían enormemente, incluso las nalgas le picaban por los azotes. Prácticamente en ninguna parte de su cuerpo percibía alguna sensación que pudiéramos llamar placentera. Volvió a asentir, deseando que aquello acabase cuanto antes, Lloraba y lloraba desconsoladamente, ahogándose entre la mordaza y sus propias lágrimas. Podía observar a Rafa, en segundo plano, completamente desnudo y con una visible erección.
_ Bueno –dijo por fin el amo- pero me gustaría antes pedirte un favor y espero que me lo concedas –estaba claro para Ester que aquello no terminaría nunca. Incluso se temía hacer algo mal y que sus amos se marcharan de nuevo, dejándola en la misma situación en que la habían encontrado. Esa posibilidad la aterraba, porque pensaba que no podría soportarlo, que su mente no lo resistiría. Conforme el amo hablaba, ella asentía con la cabeza, sin apenas percibir o entender lo que el amo quería o le decía. Aturdida por el dolor y con los sentidos embotados por el sufrimiento y la incertidumbre, continuaba asintiendo. Solamente percibió con claridad las últimas palabras de Marcos:
_ ... así que de verdad te agradezco mucho el que me dejes quitarte las pinzas como a mí me gusta. Ya sabes que esto se le da mejor a Rafa, de modo que te pongo en sus manos.
Ester no sabía realmente a lo que había accedido, pero cuando comprendió que era Rafael el encargado de hacerlo, pensó inmediatamente que sería algo terrible. El amo se retiró a un lado y Rafa se colocó ostentosamente delante de ella, mirándola frente a frente y con descaro a los ojos. Llevaba una fusta en la mano.
El primer fustazo le rozó la cara. El instrumento pasó a escasos milímetros porque pudo sentir el aire que despidió, aunque no llegó a tocarla.
_ Fallo –dijo Rafa. Pero casi sin solución de continuidad descargó otro golpe que impactó en los labios de Ester, desprendiendo violentamente ambas pinzas a cierta distancia.
Una verdadera oleada de dolor recorrió el cuerpo de la sumisa. “Esto es lo que me espera con TODAS LAS PINZAS” pensó angustiada. “No lo soportaré, perderé el conocimiento” Cerró los ojos porque prefería no ver cuando Rafa preparaba el golpe. De pronto sintió como si le taladraran el pecho y la pinza de su pezón izquierdo cayó al suelo. Trataba de gritar a través de la mordaza, se retorcía de dolor, continuaba con los ojos cerrados cuando sintió un fustazo en la teta derecha y escuchó la voz de Rafa diciendo “Fallo” Casi inmediatamente un nuevo golpe:
_ Fallo otra vez –dijo Rafa- eso es porque doy muy flojo y la pinza no salta.
El nuevo golpe arrancó la pinza, a la vez que impactaba contra el maltrecho pezón de Ester provocando en ella una oleada de dolor de tal intensidad que poco faltó para que perdiera el conocimiento. Intervino entonces el amo:
_ Dime, ¿quieres continuar hasta el final, o prefieres esperar un poco? –la esclava no contestó, apenas entendía lo que le decían, no podía emitir sonido alguno y ya ni siquiera era capaz de derramar lágrimas.
_ Bueno, no entiendo bien lo que quieres decirme, pero no te voy a quitar la mordaza para que nos molestes con tus gritos, así que voy a tomar la decisión por ti. –Y dirigiéndose a Rafa añadió- ¡Sigue!
El aludido no se hizo repetir la orden. Venían ahora las cuatro pinzas colocadas en los labios vaginales. Rafa pensó que debería concentrarse, pues un golpe mal dado podría provocar una lesión en la sumisa. Consideró que existían dos procedimientos para hacerlo. Uno era tratar de dar un golpe fuerte y atinado, para que se desprendiera la pinza; pero si el golpe fallaba, el dolor producido en esa zona sería casi irresistible y no se habría conseguido nada, ya que la pinza permanecería en su sitio. El segundo procedimiento consistía en una serie de suaves y repetidos fustazos sobre la misma pinza, casi sin tocar la piel, hasta conseguir que esta se desprendiera. Evidentemente cada uno de los pequeños fustazos necesarios produciría un enorme dolor en la sumisa, pero a cambio se tenía la seguridad de que no habría lesiones, de manera que optó por esta segunda vía.
Colocó el latiguillo de la fusta sobre una de las pinzas. El hecho de que Ester estuviera atada de tal manera que sus piernas se mostraban exageradamente separadas, facilitaba la labor. Comenzó a mover la fusta arriba y abajo, logrando que la pinza se moviera también y provocando en la esclava auténticos rugidos de dolor. Al menos rugidos parecían los que se escapaban de su garganta, atravesando la férrea mordaza.
Lamentablemente era necesario actuar con mayor violencia si se pretendía que la pinza se soltase, ya que después de unos instantes no se había movido de su sitio.
_ Lo siento por ti Cosita –apuntó Rafa- pero no me queda más remedio que hacerte daño.
“Como si hasta ahora me hubiera hecho caricias” pensó Ester consternada y mirando desesperadamente a su amo, para tratar de despertar en él un poco de conmiseración. Sin embargo, Marcos fumaba indolente un cigarrillo sin quitar la vista de la escena, eso sí, pero con la misma aparente frialdad que si estuviera contemplando una película.
La fusta se movió frenética e insistentemente y la primera pinza de los labios vaginales salió despedida provocando un verdadero estallido de dolor. Pero no la dejaron descansar. Aun no se había repuesto de la primera cuando ya la fusta estaba trabajando en la segunda. Algún golpe se escapaba impactando directamente en la entrada de su vagina, pero a aquellas alturas ya no sabía Ester que es lo que le dolía. Cuando la ultima pinza se desprendió, apenas podía creerlo. Su amo se acercó a ella, aflojó la mordaza y sacó la bola de su boca.
_ Amo, amo... Lo siento Amo, AMO –gritó Ester en cuanto pudo con las pocas fuerzas que le quedaban- perdóname te suplico que me perdones, por favor. Castígame más, castígame más he sido muy mala, esto no es castigo suficiente. Por favor Amo, te lo suplico, te ruego que me disculpes y que me castigues, por favor...
_ Cállate ya Cosita –intervino Marcos.
La esclava estaba completamente entregada, no ejercía ningún tipo de control sobre su propia mente. Si en aquel momento su amo le hubiera pedido la vida, quizá la hubiera obtenido, porque en el interior de Ester no existía en aquellos momentos absolutamente nada más que la voluntad de su amo. Si Marcos no hubiera intervenido ordenándola callar, la sumisa hubiera continuado suplicando y gimiendo durante minutos. Porque todo esto se desarrollaba entre sollozos a veces y con verdadero llanto otras. Marcos, mientras veía y escuchaba complacido a que grado de depravación y humillación había llevado a su esclava, comprendió perfectamente que los consejos que solía leer en las revistas especializadas estaban acertados. Para domar a una esclava se necesitan pocas cosas, pero básicamente es imprescindible mantenerla excitada, tener capacidad para castigarla y sobre todo tiempo, el tiempo suficiente para ir poco a poco consiguiendo de ella lo que quieres. El alcohol, en las dosis justas, también ayuda mucho.
_ Amo, querido y respetado amo, lo siento, castígame lo siento no volverá a suceder, te suplico que me castigues, te suplico que me perdones...
_ ¡Cállate! ¡Cállate ya Cosita! Te concedo todo lo que me pides: mi perdón y otro castigo.
Aquello dejó absolutamente desconcertada a Ester. Había imaginado que la exigencia de la petición de otro castigo, formaba parte de la parafernalia necesaria para humillarla aun más, pero en ningún momento había llegado a pensar que su amo se lo tomaría al pie de la letra. Le dolía exageradamente todo el cuerpo, cada uno de los mordiscos de las pinzas, los fustazos en el coño, tenía los pezones en carne viva, las mandíbulas doloridas, el baile de brazos y piernas no cesaba... ¿Cómo iba a soportar algo más?
_ Así que –continuó el amo- vas a permanecer atada aquí, tal como estás un ratito más. No te volveré a poner las pinzas, porque creo que te distraerán de aquello sobre lo que tienes que reflexionar: ni más ni menos que la importancia sublime que para ti debe tener que tu amo te permita tocar su piel. Para que estés más cómoda te quitaremos el cinturón de castidad, así tu coñito podrá abrirse y humedecerse si quiere. En cuanto a la mordaza tampoco te la pondré salvo, claro está, que nos molestes con tus lloriqueos. Debes permanecer en silencio, meditando sobre lo que te he dicho ¿de acuerdo?
_ Si amo, si amo, gracias amo, gracias.
A pesar de imaginarse lo que le esperaba, el grado de sumisión de Ester en aquellos momentos era tanto, que las palabras de agradecimiento no las decía como formando parte de un ritual, sino que verdaderamente las sentía. Estaba extrañamente convencida de que su amo le hacía un favor fijándose en ella, aunque solo fuera para castigarla. Se sentía tan poca cosa, tan débil e insignificante que valoraba cualquier palabra que aquél hombre, a quien amaba profundamente, le dirigiera.
_ Rafa, por favor, quítale el cinturón.
El aludido se acercó a Ester mirándola directamente a los ojos. La esclava bajó la vista, sin poder sostener la mirada. Le quitó el cinturón sin dificultad, y la mujer quedó como su madre la trajo al mundo.
_ El caso es –insinuó Rafa- que a mí todo esto me ha puesto ganas.
La verdad es que el muchacho exhibía una media erección, porque ya sabemos que no existía en el mundo actividad que excitase más a Rafael que la violencia. Contemplar o, mejor aún, producir el sufrimiento o la humillación de otra persona, no dejaba de despertar en él la apetencia sexual.
_ ¿Y qué quieres hacer? –preguntó Marcos.
_ Ella me ha puesto así y que ella me alivie. Le voy a bajar los brazos lo suficiente como para que se pueda doblar por la cintura hasta que me alcance la polla con la boca. Después la vuelvo a poner como estaba y las piernas ni se las desato. ¿Me dejas?
Rafa siempre pedía permiso para servirse de Ester. Siempre permanecía en un segundo plano, ayudando, dispuesto, pero a las órdenes de Marcos que era realmente quien tomaba la iniciativa.
_ Sírvete tu mismo. Yo estoy ya cansado y me voy a la cama. Piensa en lo que te he dicho Cosita –terminó dirigiéndose a su esclava.
Las intenciones de Rafa, constituyeron, paradójicamente, un alivio para Ester. Al menos durante el tiempo que su amo necesitara para eyacular, ella habría cambiado de postura, apoyaría las plantas de los pies en el suelo y no mantendría las doloridas extremidades tan exageradamente tirantes. Experimentó un enorme descanso cuando la tensión de la cuerda que sujetaba sus brazos en alto se aflojó; inmediatamente dobló los codos sintiendo al hacerlo dolor y alivio a la vez. Apoyó las plantas de los pies en el suelo y dobló lo que pudo las rodillas. Una gratificante sensación la invadió. Otro disco, evidentemente puesto por Marcos, hacía llegar una nueva música a sus oídos “La Pastoral” pensó identificándola inmediatamente “el primer movimiento”.
_ Dóblate por la cintura –le indicó Rafa sin más preámbulo.
Así lo hizo y apenas había acabado de adoptar la postura requerida ya tenía el pene de su amo recorriéndole la boca, dentro fuera, dentro fuera... No se esforzó nada la esclava, si hemos de ser sinceros, porque pretendía que aquello durase el mayor tiempo posible. Valiosos minutos que utilizaría para tratar de recuperar los maltrechos músculos de sus brazos y piernas.
Pero no era ella quien decidía ni el tiempo, ni la postura, ni el ritmo. La intensidad y duración del movimiento era a voluntad exclusivamente de Rafa, supeditado todo a la obtención de su propio placer. Le cogía la cabeza con ambas manos y le imprimía el ritmo que a él le proporcionaba mayor satisfacción, de forma que, en puridad, lo que realmente hacía era follarle la boca sin ningún miramiento.
Cuando la sumisa sintió la descarga de su amo contra el paladar, supo que su sufrimiento empezaría de nuevo en breves instantes. Efectivamente, Rafa salió de su boca, Ester escupió el semen que guardaba en ella y su amo volvió a metérsela con la indicación de que lo limpiara bien. Una vez consideró que estaba lo suficientemente limpio, tiró de nuevo de la cuerda hasta alcanzar la tensión deseada y sin siquiera unas buenas noches, o días, porque Ester ignoraba absolutamente qué hora era, apagó la luz y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Aunque breve, el tiempo que había empleado en satisfacer a su amo le había proporcionado suficiente alivio. Además, tenía la sensación de que la tensión de las cuerdas era menor que antes, quizá debido a que Rafa no se había esforzado lo suficiente esta vez; a parte el hecho de que ciertamente se había librado de los múltiples y dolorosos mordiscos de las pinzas. Como quiera que fuese, Ester consideró que su situación había dejado de ser tan notablemente desesperada. Es curioso comprobar cómo resulta atractivo y gratificante mejorar de estado, porque a pesar de que en realidad su posición continuaba siendo lamentable, ella disfrutaba de un mayor confort, aunque continuaba atada, con los brazos exageradamente estirados, las piernas separadas y totalmente inmovilizada. Pero podía apoyar las plantas de los pies en el suelo y las punzadas de las pinzas eran solo un doloroso recuerdo aunque la sensación de que le habían arrancado los pezones, continuaba siendo tan vívida, que de no ser porque se había mirado, hubiera podido jurar que realmente le faltaban.
Así permaneció, ignorando si transcurrían horas o minutos, perdida por completo la noción del tiempo en la más absoluta oscuridad. Comenzó a sentir hambre, por lo cual dedujo que quizá se fuera acercando la hora del desayuno, aunque no podía, no quería creer, que llevara tantas horas castigada. Sus pensamientos vagaban de un sitio a otro, pero cuando se detenía a recordar el cuerpo de su amo, sentía nuevamente que la excitación la recorría. Su coño, libre del anillo, palpitaba orgulloso por primera vez en casi quince días.
Escuchó ruido y la puerta se abrió súbitamente. Entro Rafael, encendiendo la luz que volvió a deslumbrar la vista de la esclava. La desató.
_ Dice tu amo –le informó- que vayas a la cocina, perrita.
La palabra “perrita”, añadida al final de la frase, indicó a Ester con toda claridad que era esa precisamente la personalidad que su amo demandaba de ella en ese momento. Se puso a cuatro patas sintiendo el dolor provocado por el entumecimiento de todas las articulaciones y comenzó a gatear lastimosamente hacia la cocina.
Le resultó extraño percatarse de que estaba comenzando a clarear. Un elemental cálculo le indicó entonces que todo el proceso de su castigo habría durado varias horas. Llegó, por fin a la cocina y sin levantar la vista del suelo, observó los pies de su amo metidos en unas zapatillas y se acercó a él, mientras notaba como el sexo le palpitaba entre las piernas.
_ ¡Vaya una perrita! -observó jocosamente Marcos. Y añadió
_ ¡Come! –mientras depositaba en el suelo un plato hondo con café con leche caliente y galletas.
La perrita agradeció de verdad aquello, pues ya hemos dicho que sentía hambre. Hundió el hocico en el plato y comenzó a comer ruidosamente. Percibió el olor a tabaco, lo cual le indicó que su amo estaba fumando, aunque no pudiera verle, pues la observación de los amos estaba siempre rigurosamente prohibida, cualquiera que fuera la personalidad que en aquél momento hubiera adoptado la esclava, de forma que nunca se le permitía levantar la vista. Pero cuando era la perrita, el hecho de mantener la mirada baja significaba que solamente veía el suelo y un metro por delante de ella. El olor del tabaco le despertó también las ganas de fumar, que habían permanecido casi olvidadas entre tantas desdichas.
Su amo la apremiaba para que comiera, de modo que a grandes bocados terminó su comida manchándose los labios y la barbilla con el café con leche y las migas de las galletas; pero a la perrita le estaba prohibido utilizar las manos en ningún caso, de modo que se relamió, hasta donde llegaba con la lengua, para tratar de limpiarse un poco. Su amo comenzó a acariciarle el coño.
_ Vaya, vaya con la perrita, qué agujerito más abierto tiene aquí. Vete a la cama –ordenó- túmbate boca arriba, con las piernas separadas y las rodillas dobladas sobre los hombros y espérame.
Gateando dolorosamente pudo llegar por fin Ester al dormitorio. Observó que Rafa no estaba, lo cual le indicó que quizá se le había concedido el sublime privilegio de dormir en la cama con su amo. Trepó al colchón, adoptó la postura requerida y esperó. Para entonces el deseo que experimentaba había alcanzado su grado máximo.
Apareció su amo, vestido con el albornoz, sin ropa interior y con el pene totalmente erecto. Se arrodilló sobre la cama, entre sus piernas, ofreciéndole un tubo de lubricante.
_ Quiero que te untes bien el culo con esto y que te lo habrás hasta que puedas meterte dos dedos. Con una mano te abres el culo y con la otra te tocas el clítoris, pero si te corres antes de tiempo te dejaré todo el fin de semana atada en la sala de juegos. Quiero que estés excitada y con el culo bien abierto, pero el orgasmo será cuando yo te diga, si es que al final me decido a permitir que lo consigas. Lo entiendes ¿no? -y ante el gesto afirmativo de la esclava añadió- ¡Pues ponte a ello!
No le hizo falta mucho esfuerzo a Ester, porque debido a la excitación retenida durante tantos días su ano estaba ya completamente dilatado, de manera que tomó una porción generosa de lubricante en los dedos de la mano derecha, se lo extendió por toda el perineo e introdujo primero uno y después dos dedos en su dilatado esfínter mientras que con la mano izquierda se acariciaba con mucho cuidado el clítoris, pues intuía que en cualquier momento podía perder el control y provocar el orgasmo.
_ Mira cómo se le abre el culo a la perrita –ironizaba su amo- es como otro coño lo que tienes. A ver ¡enséñamelo! ¡Sepárate las nalgas y enséñamelo!
La postura y la situación resultaban tan humillantes que Ester se encontraba completamente excitada. Extrajo los dos dedos que tenía metidos en su culo y con ambas manos separó sus nalgas, mientras permanecía con las rodillas dobladas sobre los hombros. Su ano, completamente dilatado, quedó totalmente expuesto a la vista de su amo. Sin previo aviso, él se acercó aun más a ella y ayudándose con la mano, le introdujo la mitad del pene en el culo. Marcos se echó entonces sobre su esclava, adoptando la conocida postura del misionero con la particularidad de que lo que le estaba follando era el culo, no el coño.
_ Ahora –indicó el amo- quiero que te corras, así que mueve bien la mano hasta que consigas todo el placer que deseas.
Obedeció Ester, como siempre, pero esta vez muy deseosa de hacerlo, pues notaba que estaba a punto. Su amo follaba su culo sin compasión, mientras la besaba los doloridos labios empujando y empujando muy fuerte dentro de su ano, incrementando el ritmo. Comenzaba Marcos a jadear de placer cuando el coño de la perrita, hábilmente manipulado por sus propios dedos explotó, y mientras su amo derramaba dentro de su culo varias oleadas de semen caliente, ella estallaba también en un gran orgasmo. Los dos continuaron todo lo que pudieron, asegurándose Ester de obtener todo el placer que pudiera, pues ignoraba cuando volvería a tener la oportunidad de hacerlo.
_ Gracias amo, gracias, gracias –apenas podía balbucir, verdaderamente emocionada y agradecida.
Su amo salió de ella, que permanecía inmóvil esperando órdenes.
_ Te quedas a dormir conmigo y ahora, la espalda te la voy a acariciar yo, para que veas que también sé agradecer cuando te comportas como debes.
Ester se echó de medio lado y comenzó a sentir las manos de su amo subiendo y bajando por su espalda.
No había pasado ni un minuto cuando estaba completa y plácidamente dormida.
La despertó el timbre del teléfono, repiqueteando con estridencia ya casi entrada la tarde. Comprobó entonces que había dormido al lado de su amo y se sintió satisfecha porque eso era una de las cosas más gratificantes para ella. La verdad es que Marcos sabía premiarla cuando acataba con resignación sus órdenes.
La muchacha permaneció adormilada en la cama mientras que su amo descolgaba el teléfono apresuradamente. Era habitual que las llamadas que se recibían fueran casi en exclusiva asuntos de Marcos, de manera que cuando estaba en casa y si se encontraba disponible, solía ser él quien atendía el teléfono, como en esta concreta ocasión había ocurrido, de modo que la muchacha continuó durmiendo sin preocuparse de más. En cuanto a Rafa, creemos que ni siquiera el timbre de un teléfono era suficiente para despertarlo.
Una vez atendida la llamada, el amo regresó al dormitorio con expresión contrita, se sentó en el borde de la cama y acarició el pelo de su esclava con infinito cariño. En su duermevela, disfrutaba la chica inmensamente de la dulce caricia, deseando que aquél instante no terminase nunca. Pero escuchó claramente la voz de Marcos diciéndole:
_ Ester, Ester, preciosa, despierta. Debemos vestirnos inmediatamente. Nos vamos a tu pueblo. Tu padre está muy grave.
A pesar de que Ester continuaba medio adormilada, a partir de aquél momento las cosas ocurrieron como una exhalación. En menos de lo que se tarda en pensarlo se encontraban los tres en el coche dirigiéndose a toda velocidad a Santiago del Arroyo. La chiquilla, reclamaba con apremio y angustia toda la información que Marcos había recibido por teléfono.
Aquella mañana, después de desayunarse sus sopas de leche, el tío Cayo se había dirigido parsimonioso a la tierra del Puente Canto, donde tenía un par de obradas de remolacha. Debido a la precariedad de medios y a la escasez de agua, se veía obligado a cambiar los tubos de riego y los aspersores cada cierto tiempo, pues carecía de material suficiente como para irrigar toda la finca, de modo que era necesario ir rotando el riego, tratando de mantener, en la medida de lo posible las remolachas en la mejor situación con los escasos medios de que disponía y a uso de buen labrador.
Ya llevaba el sol recorrido casi un cuarto de su camino cuando Cayo dio por finalizada su faena, después de caminar, larguera arriba y larguera abajo, varias veces la finca; cargando tubos, montando aspersores, orientándolos, probándolos. Se había sentado a descansar en una piedra de la linde, cuando acertó a pasar por el allí Paco, el del horno, camino de su propia labor.
_ ¡Eh! Ahí estas bien Cayo ¿eh? –saludó Paco haciendo un gesto con la cabeza.
Dicen que Cayito iba a contestar, pero se levantó y apenas pudo murmurar:
_ ¡Ay Dios, Paco, que malo me pongo! –y se desplomó.
Cuando Ester, Rafa y Marcos llegaron, estaba de cuerpo presente. Es más: cuando la hermana de Ester había llamado, la noticia que transmitió fue el fallecimiento de su padre, aunque Marcos quiso entregar a su esclava tan mala nueva en pequeñas dosis. Incluso antes de que su cuerpo terminara de derrumbarse sobre las trabajadas remolachas de la tierra del Puente Canto, ya era un cadáver el tío Cayito. Un ictus cerebral masivo acabó con su vida. Casi quince días después de que le dieran tierra, a Ester aun le dolían los labios, mortificados por las pinzas y si se acariciaba los pezones sentía todavía un cosquilleo.