jueves, 24 de diciembre de 2009

XIX LOS AMIGOS



Aunque su primera experiencia con invitados, no resultó todo lo satisfactoria que ellos esperaban, no por eso cejó Marcos en su intento de mostrar a los demás su poder sobre Cosita, porque ya hemos explicado que todos los amos llegan, tarde o temprano, a experimentar esa necesidad y el letrado había entrado de lleno en esa etapa, de manera que como ya tenían una buena lista de posibles candidatos que habían superado con éxito todos los filtros, se limitó a ordenar a Ester que se pusiera en contacto con los siguientes, pero decidiendo que serían de Valladolid, pues de esa forma era factible un mayor conocimiento entre ellos antes de llegar a actuar, con lo cual se reducía sensiblemente el riesgo de un nuevo fracaso.
Y así conocieron y compartieron experiencias con muchas personas, tantas, que ahora mismo nos resulta imposible enumerarlas todas, aunque podemos hacer un esfuerzo y traer a la memoria aquellas que por una razón o por otra, produjeron un mayor impacto y no se han borrado de nuestro recuerdo. Y aunque quizá el orden cronológico no sea el correcto, podemos comenzar haciendo mención de un tal Álvaro Sanz joven vallisoletano con el cual tuvo Ester el privilegio de combatir, pues su amo deseaba experimentar la sensación de ver a un hombre y a una mujer desnudos luchando, así que organizó un día una pelea en el cuarto de los juegos, retirando la camilla a un rincón y colocando mantas en el suelo.

Él mismo estableció las reglas las cuales fueron la prohibición de golpes, mordiscos o pellizcos, considerándose perdedor al primero que tocase con la espalda en el suelo, como es uso en los combates de lucha grecorromana. Si ganase Álvaro, recibiría como premio pasar una noche con Ester a su disposición y si ganase ella, el premio sería pasar una noche con su amo. El castigo para el que perdiera no hacía diferencia por razón de sexo puesto que al perdedor o perdedora, se le suministrarían una veintena de azotes. Para equilibrar la desigual batalla, al chico se le ató una mano a la espalda, pues no parecía justo que peleasen en igualdad de condiciones. De esta forma, estando desnudos Álvaro y Ester, dio el amo la señal de comenzar y los dos luchadores se agarraron por los brazos, forcejeando una y otra vez, mientas el amo les animaba empleando el látigo con soltura sobre el cuerpo de quien, a su juicio, adolecía de una menor acometividad. Se había establecido que la pelea sería a doce asaltos de tres minutos y ganó Ester sin contemplaciones, pues aunque ambos a la par padecían de falta de técnica, el mayor peso y volumen de la esclava, además de la imposibilidad de Álvaro para utilizar una de sus manos resultaron decisivos a la hora de que Ester se alzase con el triunfo; pero todo aquello sirvió para que el amo incrementase la relación de actividades posibles y deseables a realizar.

También podemos mencionar a María, novia y compañera de Jesús. Conocidos ambos porque Ester respondió a un anuncio en el que ellos solicitaban una pareja o matrimonio de su edad para intercambios, sin mencionar otro tipo de juegos o actividades. Porque ya hacía tiempo que había considerado Marcos que debido al puritanismo de la antigua capital castellana, la escasez de candidatos dispuestos a admitir juegos de dominación y sumisión era tal, que bien se podría intentar algo con aquella pareja aunque fuera partiendo de una simple relación de intercambio. Máxime cuando en su anuncio especificaban que querían que la chica del posible contacto fuera bisexual. Marcos había advertido a Ester que resultaba más fácil introducir en estos juegos a alguien que ya hubiera roto determinados tabúes y esta pareja parecía haber roto dos, pues se decidían por el intercambio y por la bisexualidad. Se les explicó, primero por carta y después por teléfono, la situación en que los tres amigos vivían, haciendo hincapié en que formaban un trío estable, pero ocultando las especiales relaciones que los unían y las inusuales prácticas sexuales a las que se entregaban.

Así las cosas resultó ser la nueva parejita bastante singular, aunque agradable. Ella, María, de edad de más de treinta años por entonces, era una morena alta y bien lucida, de estado separada y con una hija. Jesús, bastante más joven, andaría en la mitad de la veintena, buen deportista y empleado en el banco Hipotecario de la calle de Gamazo. Vivían juntos en la Rondilla y ambos se reconocían bisexuales. Quedaron electrizados al saber que existían tríos conviviendo de forma estable. Salieron un par de noches a cenar los cinco, comprobando que congeniaban bien, lo cual decidió por fin a Marcos y un domingo les invitó a comer.

La introducción tuvo lugar de la forma que Rafa, Marcos y Ester habían planeado, A los postres, después de haber bebido vino suficiente Rafa tomó asiento en el sofá al lado de María y comenzó a acariciarla sensualmente. Pero ésta se revolvió echándose en los brazos de Ester con frenesí, comenzando ambas a besarse obscenamente y con pasión mientras se desnudaban la una a la otra con premura, investigando lugares ocultos, acariciándose y dejando pasmados a los tres hombres que observaban excitados la escena. Ester dirigió a su amo una silenciosa mirada, como pidiéndole permiso para continuar con lo que estaba haciendo, a lo cual el letrado respondió moviendo afirmativamente la cabeza. Poco a poco Marcos se acercó a ellas acariciando y besando a las dos mujeres que, a su vez se besaban y acariciaban entre sí mientras que Rafa se relamía mirando a Jesús provocativamente pero sin decidirse a intervenir porque él no se imaginaba besando a un hombre o acariciándole sino solo azotando sus nalgas. Pero al cabo se hizo notorio el poder y el control que Marcos ejercía sobre Ester, hasta tal punto que María le preguntó si ella no hacía nada por sí misma, limitándose exclusivamente a cumplir con lo que le mandaban. Pero esa era la pregunta que se esperaba que hicieran tarde o temprano y a ella contestó Ester diciendo:

_ Así es. Yo pertenezco a Marcos. Él es mi dueño, mi amo. Mi cuerpo le pertenece, como le pertenece su reloj. Solamente hago lo que él me manda y pongo todo de mi parte en hacerlo bien, para evitar que me castigue.
Aquello le sonó raro a Jesús:

_ ¿Cómo que te castigue? ¿Qué quieres decir? No entiendo eso.

Aquí intervino ya el amo para explicar pormenorizadamente los castigos en los que incurría Ester, a quien llamó ya Cosita, bien por merecerlos supuestamente, bien por el solo hecho de complacer a su dueño.

La nueva pareja no desconocía lo que era el sadomasoquismo de forma que inmediatamente cayeron en la cuenta del tipo de relación que mantenían realmente las personas con las que estaban tratando. Algo habían leído ambos al respecto, relatos en Clima o en Lib, anuncios y cosas similares, pero nunca habían presenciado nada parecido ni siquiera tenían noticia cierta, como en la mayoría de la gente es habitual, de que esas cosas verdaderamente existieran, de modo que el amo les invitó gustoso a presenciar luego una sesión, para satisfacer su curiosidad.

De esta suerte, Ester fue desnudada, atada y azotada. Se le administró un enema y se realizaron con ella los tratamientos habituales, en presencia de los invitados, que no perdían detalle del asunto. Descubrió entonces María el infinito y sublime placer que proporcionaba poder darle a una mujer por el culo, con el consolador doble que Marcos le proporcionó, de manera que la joven pareja pasó a formar parte de los contactos y relaciones de fin de semana y así continuó siendo durante mucho tiempo, hasta que Jesús, por razones aún desconocidas para nosotros, pidió el traslado a Orense y la relación entre ellos se rompió. Decidió María entonces aprovechar los requerimientos que un importante empresario de mediana edad dedicado a la confección de guías telefónicas publicitarias le llevaba haciendo cierto tiempo, de manera que se convirtió en su amante y puso fin a la relación que la unía con nuestros tres protagonistas, aunque todo esto ocurrió un par de años después de los hechos que sucintamente aquí hemos relatado.

Otro de los contactos que podemos recordar fue un extraordinario joven sumiso, de edad de hasta veinticuatro años, en la intimidad travestido, absolutamente femenino, domiciliado en Madrid y con muy buen nivel, capaz de aguantar buenas tandas de azotes, muchos más y más fuertes que Ester. Como es fácil comprender, en breve tiempo se convirtió en el ojito derecho de Rafa, pues nunca le decía que no, cuando el sargento empuñaba el látigo o la fusta y cruzaba reiterada e indelicadamente las nalgas de Alberto, que así se llamaba el muchacho aunque prefería que durante la sesión le llamasen Katia. A veces iban los tres amigos a Madrid a verle un fin de semana, pues vivía solo y en otras ocasiones era el chico quien se desplazaba a Valladolid. Perfectamente depilado, traía ropa suficiente como para cambiarse varias veces de hato en el transcurso del fin de semana; se colocaba una peluca larga de color castaño claro, se pintaba y maquillaba perfectamente y andaba con soltura sobre tacones.

También nos viene a la memoria Alicia López otra madrileña, cuarentona y casada con un conductor de camiones TIR el cual permanecía veinte días al mes fuera de casa. Suele decirse que si no siembras tu parcela alguien te la sembrará y como no tenían hijos y ella tampoco demasiadas ocupaciones, por no decir ninguna, dio en adquirir vicios, pues ya se sabe que la ociosidad es la madre de ellos y cuando nuestros amigos la conocieron ya los tenía todos: fumaba, bebía, jugaba al bingo y no despreciaba una raya de coca. En el sexo quería probar la sumisión, aunque lo que verdaderamente necesitaba era alguien que se ocupara de ella, y algo en lo que ocuparse ella misma. Pero no despreció el amo la ocasión de entrenarse con otra mujer, de forma que un sábado por la mañana se desplazaron a Madrid para conocerla, después de muchas y reiteradas conversaciones telefónicas. No le convenció mucho a Marcos el nivel, porque Alicia se parecía un poco a Luz, en el sentido de que entendía la cosa como un juego, hasta tal punto que el amo estaba tan condicionado que no le interesó repetir, máxime si consideramos que la nueva adquisición era más bien baja y un poco entrada en carnes, de manera que no poseía buenas partes suficientes como para lograr que nuestro letrado decidiera repetir la visita.
Con quienes sí estaban en contacto en Madrid, era con tres amas profesionales pues a Marcos le apetecía a veces prestar a su Cosita, aún pagando, para observar una sesión como espectador, de manera que así siempre aprendía algo, como él mismo decía. Aunque probaron varias o casi todas las amas que se anunciaban en las revistas o periódicos, verdaderamente se quedaron solo con tres, pues consideró Marcos que las demás disponían de menos práctica y menos material de los que ellos mismos tenían. Una de ellas, ama Virginia de nombre profesional, le propuso permitir sesiones en presencia y con la participación de amigos y amigas, a cambio de una cierta cantidad de dinero, algo parecido a lo que aquel día había ocurrido en el Sex Shop muchos meses atrás.

Aceptó el amo inmediatamente y en más de una ocasión fue Cosita exhibida en público, usada por los presentes, sodomizada, obligada a chupar toda suerte de sexos, tanto masculinos como femeninos, azotada, vejada y torturada de mil maneras. Fue en el gabinete de Virginia donde Marcos descubrió dos cosas: las jaulas y los azotes entre esclavas.

Solía esta ama, cuando a las sesiones acudía personal suficiente como para convertirlas en orgías, mantener a las esclavas esperando desnudas en una jaula, del tamaño apropiado para un perro, de forma que no podían permanecer más que a cuatro patas o sentadas, mientras ella se ocupaba de una de ellas en presencia de las demás y de los amos o simplemente descansaba fumando un cigarro e invitando a los presentes a vino y frutos secos, exquisitamente servidos por una ayudante que tenía. A Marcos lo de la jaula le gustó y convino con Ester y con Rafa que era necesario fabricar una para instalarla en el cuarto de juegos, a donde se retiraría Cosita cuando sus amos se lo ordenasen.

Otra nueva experiencia y conocimiento que adquirieron con Virginia, fue la competición entre esclavas, lo cual era realizado por aquella experta ama de varias maneras entre otras la lucha, ya conocida por Ester. Pero lo que resultó nuevo para ellos fue la competición a latigazos, la cual se realizaba atando a dos esclavas por sus muñecas izquierdas, de manera tal que no se pudiesen separar ni huir una de la otra. Aquí también conoció nuestro amo la utilidad y empleo de las esposas, que servían para lo mismo que una cuerda con un buen nudo o una cadena, pero su aplicación resultaba más rápida. Una vez bien sujetas muñeca con muñeca, generalmente esposadas, se les daba una fusta a cada una y se les obligaba a azotarse entre ellas a la vista de los participantes que solían animar a una o a otra e incluso a veces se cruzaron apuestas. Normalmente, al principio no se empleaban a fondo, pero siempre ocurría que una de ellas, a juicio de la otra, se extralimitaba con la intensidad del fustazo, de manera que quien lo había recibido, queriendo vengarse, descargaba uno igual de fuerte, lo cual degeneraba en una lluvia de azotes por ambas partes, sin más freno que cuando el ama decía basta o cuando una de las dos no podía soportarlo más. A la vencedora se le premiaba con un gratificante orgasmo, pero a la vencida se la solía castigar con una sesión de pinzas y se la enviaba a casa bien excitada y sin permitírsele ningún desahogo. Este era un juego que al ama Virginia le gustaba y que Marcos incorporó inmediatamente a sus preferidos, adquiriendo inmediatamente la categoría casi de habitual, cuando podía disfrutar de dos esclavas a la vez.

En esto no sucedía como en la lucha, que casi siempre ganaba Ester si la contrincante era mujer e incluso en ocasiones también aunque fuera hombre, siempre que se le diera a ella alguna mínima ventaja. Pero aquí no importaba quien fuera más fuerte, sino quien tuviera mayor aguante y desde luego que Ester nunca había brillado demasiado en eso, pues aunque se le aplicaron castigos muy duros, siempre fue estando atada e inmovilizada, de forma que privada de voluntad no le quedara más remedio que sufrirlos, pues el amo en estas ocasiones no solía hacer caso de las peticiones de clemencia. Pero si a Ester le daban la posibilidad, nunca admitía castigos excesivamente duros, por lo cual en este juego, al contrario que en la lucha, no gozaba de una ventaja excesiva, porque resulta increíble comprobar qué nivel de sufrimiento son capaces de soportar algunas buenas esclavas y esclavos.
Presenciaron un día como un hombre de casi cincuenta años era azotado de tal forma por la joven que tenía atada a su muñeca, que el ama Virginia tuvo que poner fin al juego, aunque el esclavo nunca se rindió. Se mantenía de rodillas en el suelo, mientras su pareja le sujetaba por los pelos y descargaba en sus nalgas y espalda una furiosa lluvia de fustazos que quizá llegaran en total a los cien, de suerte que se le abrió la piel con varios de ellos e incluso sangraba ligeramente, sin que por eso decidiera rendirse, aunque el dolor era obvio, a juzgar por los alaridos que emitía.

Había otra forma de hacer competir a las esclavas entre sí. Esto consistía en lo siguiente: se les obligaba a tumbarse en el suelo una sobre otra y se les colocaban unas esposas, muñeca izquierda de una de ellos con muñeca derecha de la otra y tobillo izquierdo con tobillo derecho. Una vez así sujetas, comenzaba el ama a azotar a la que tenía arriba, de manera que la castigada trataba de hacer pasar a la de abajo a la posición superior para librarse ella misma de los azotes, pues Virginia dejaba caer el látigo con cierta fuerza, al ritmo de una vez por segundo sin detenerse y sin parecer importarle en que nalgas, piernas o espalda lo descargaba, de manera que si una de las esclavas conseguía mantener a la otra durante todo el castigo en la posición superior, se libraba ella absolutamente de los golpes.

Una variante de esto consistía en atar a las sumisas en posición invertida, es decir, la muñeca derecha de una con el tobillo derecho de la otra y la muñeca izquierda con el tobillo izquierdo. De esta forma quedaban en una posición similar al sesenta y nueve y el castigo se desarrollaba de igual forma que el anterior.
En aquél gabinete, situado en un amplio y acondicionado piso de la calle Santa Engracia, presenciaron los tres amigos un espectáculo que muy pocas personas han visto. Nos estamos refiriendo al anillado de una sumisa, en vivo y ante un selecto grupo de invitados que habían pagado una sustanciosa cantidad por presenciarlo. Increíblemente para Marcos y para casi todos, la chica, que frisaba en los cuarenta años, soportó que le colocasen dos anillas de platino, una en cada uno de sus labios vaginales, sin ningún tipo de anestesia y sin mordaza o bozal, ya que aseguró que por amor a su amo no gritaría. Lo que sí pidió fue estar atada, pues no las tenía todas consigo de que en un momento de terror producido por el dolor intensísimo no tratara de salir huyendo. Se la ató, en efecto, de pie con los brazos en alto sujetos a una argolla del techo. Se le separaron las piernas lo suficiente como para que mostrase abiertamente su sexo y su amo, con la ayuda de Virginia, le aplicó una férrea atadura que le impedía juntarlas o moverlas. Sin más anestesia que la que puede producir unos cubitos de hielo aplicados a la zona, comenzó su amo esterilizando el material necesario hirviéndolo con una lámpara de alcohol y una vez preparado, procedió a perforar con una aguja uno de los labios vaginales en su parte media. Virginia le ayudaba limpiando la sangre y tratando de contener la pequeña hemorragia. El amo de la infortunada, con mano experta, retiró la aguja e insertó una de las anillas que cerró presionando un borde contra otro. Se le veía suelto en esos menesteres y él mismo tuvo el detalle de informar a los presentes que era cirujano.

Después realizó la misma operación con el otro labio, sin que en todo momento la mujer profiriese la menor queja, aunque era obvio que el dolor que estaba aguantando resultaba casi insoportable, porque las lágrimas corrían a raudales por su cara y sus ojos mostraban abiertamente una mirada en la que se mezclaban el terror y la desesperación con el orgullo. Tanto fue el dolor, que casi al final de la operación perdió el conocimiento y no se desplomó en el suelo porque las correas que la sujetaban la mantuvieron derecha, aunque fue necesario desatarla con celeridad y reavivarla. Con infinito cariño su amo la besó, la ayudo a vestirse, la acarició manifestó a los presentes que no había nadie como ella y le administró un calmante.
A continuación explicó el motivo por el que había decidido aplicar a su sumisa un tratamiento tan severo. El cual no era otro sino que la esclava, en momentos de debilidad y después de llevar varios días excitada sin permitírsele lograr el orgasmo, hacía uso reiteradamente de un consolador para aliviarse porque a pesar de las tajantes órdenes de su amo en contra de dichas prácticas, el espíritu de la sumisa sucumbía al deseo, pues debido a sus circunstancias familiares, que no creyó oportuno compartir con los allí presentes, el uso del cinturón de castidad era inviable.

Sabiendo esto su amo, decidieron, de común acuerdo, que era imprescindible encontrar un sistema que a ambos les garantizara que aquello nunca más volvería a ocurrir. El amo manifestó su deseo de anillarla, para después poder cerrar las anillas con un pequeño candado. La sumisa estuvo de acuerdo, siempre que se hiciera con anestesia. A lo cual el amo replicó, que sus delitos habían sido de tal magnitud y se habían producido con tanta reiteración, que el castigo debería ser proporcional y adecuado a las faltas, por lo cual había decidido ponerle las anillas sin anestesia alguna y además en público. Aterrorizada la valiente sumisa, suplicó clemencia, encontrándose con las más férrea decisión en contra por parte de él, hasta el extremo que le fue ofrecida la posibilidad de quedar libre, sin poder volver nunca más a servir a su amo o someterse al duro tratamiento que éste había decidido para ella.
Le aterraba más a la excepcional sumisa la posibilidad de no volver a ver a su dueño que el dolor y la humillación que pudiera producirle la colocación de las anillas de aquel modo tan cruel y por esa razón, nuestros amigos pudieron contemplar el antedicho espectáculo. Pero si el amo pretendía humillarla, no lo consiguió, pues todo el mundo la felicitó, dirigiéndole frases de cariño y admiración, de suerte que quedó más encumbrada a ojos de su amo y de los presentes de lo que ya estaba.
Aquello fue realmente impactante para los tres y en aquel momento Marcos pensó que debería incorporar a sus juegos las agujas, porque le fascinó ver brotar la sangre. Además, sintió sana envidia de aquel amo; a él también le gustaría poder hacer algo así con su Cosita y desde aquel momento concibió la idea de llegar a lograrlo, no sabía cómo ni cuándo, pero en aquel preciso instante decidió que de un modo u otro, un día u otro, marcaría de alguna manera a su esclava con una marca indeleble. Pero no debemos adelantar acontecimientos.

De manera que aprendieron muchas cosas en el gabinete del ama Virginia, porque además de lo dicho, Marcos, bajo la supervisión y el apoyo de la expertísima ama, conoció y practico diversas técnicas de ataduras, sujeción y servidumbre, de modo que la relación con ella resultó altamente provechosa para todos.
También conocieron en Valladolid a Antonia, por entonces joven profesora de la facultad de Ciencias, físicamente no muy agraciada pero buena sumisa si no fuera porque estaba recién casada y existían problemas con las marcas, el horario y cosas así. Aficionada al scat y a la coprofilia, no encontró en Marcos un amo interesado en explorar aquellos caminos, pues aunque le gustaba administrar supositorios o enemas y presenciar como su esclava se vaciaba o hacía de vientre, no era aficionado a jugar con el material excretado, porque era muy escrupuloso y nada partidario de soportar malos olores. Aun así, concedió a Antonia un privilegio, el cual fue que si algún día las obligaciones y compromisos de la sumisa se lo permitían y estaba en casa a la hora en la que Ester solía mover el vientre, le daría lo que andaba buscando y lo que tanto le gustaba. Y esto lo concedió Marcos por su patológico deseo de probarlo y conocerlo todo, experimentando en primera persona cualquier actividad, siempre que su existencia y su suerte le concediesen la oportunidad de hacerlo. Y este era el caso: la vida le ponía delante la posibilidad de ver a Ester hacer de vientre sobre una mujer y no podía desaprovechar esa ocasión.
Quiso la fortuna, que un sábado por la mañana, aprovechando que su marido había ido a atender a su madre enferma, se presentó Antonia a hora bien temprana, de manera que aun estaban los tres en la cama. Abrió Ester la puerta y la sumisa le pidió que informara al amo de su presencia y de que era su intención recibir lo que un día le prometió, porque el amo había tenido la bondad de explicarle que su sumisa solía mover el vientre por la mañana, después del desayuno.

Trasladó Ester el recado y Marcos, aun en la cama, respondió que estaba de acuerdo, pero que Antonia debería esperar, pues el otorgarle lo que pedía no era cosa que dependiera exclusivamente de su voluntad ni de la de su esclava, aunque sí estaba muy dispuesto a dárselo según lo había prometido. Ester tenía por costumbre aliviarse, como ya le habían dicho a Antonia, por la mañana después del desayuno y el cigarro y antes del baño o la ducha, así que de momento tendría que esperar.
De allí a poco se levantaron los amos a desayunar, pues Ester avisó que todo estaba listo. Mientras Antonia, por indicación del amo, esperaba en la terraza, porque era tiempo de canícula y se decidió llevar a cabo al aire libre toda la operación. Una vez desayunados y sintiendo Ester que le llegaba la necesidad de mover el vientre, por orden de su amo se fue para le terraza e indicó a Antonia que estaba lista y que ella se preparase, pues aquello no se podía demorar demasiado. La profesora se desnudó y se tumbó en el suelo a la vista de Rafa y Marcos, que no perdían detalle. Ester, subiéndose el camisón negro sobre los hombros y desnuda de cintura para abajo, se acuclilló sobre aquellas tetas blancas y ofrecidas, con la intención de hacer aquello que nadie podía hacer por ella mientras miraba a la esclava a los ojos.
Pero no eran esas las intenciones de Antonia que humildemente suplicó:

_ En la cara, por favor, en la cara.

Ester le dijo que quería mirarle a los ojos mientras lo hacía. También era ese el modo de actuar de su amo cuando le arrojaba a ella lluvia dorada la follaba el culo o presenciaba cómo se vaciaba después de un enema. A Marcos le gustaba mirarla directamente a los ojos, para que no sólo supiera que estaba siendo observada, sino que sintiera en lo más profundo de su entregado espíritu la prepotencia y el orgullo de su amo. Así pues, en esta ocasión, quiso Ester mirar a los ojos a Antonia durante el acto. Por eso no le gustó que ella le indicara que quería recibirlo en la cara. Sin embargo le dijo:

_ No te preocupes que aunque al principio quiera mirarte a la cara, espero tener material suficiente para darte gusto también en lo que me pides.

Y comenzó la operación, no sin antes exigir tanto a Rafa como a Marcos, que se marcharan, pues no estaba acostumbrada a hacer esas cosas en estas condiciones y sentía vergüenza. De lo cual deducimos que cuando era obligada a hacerlo después de un enema y en presencia de sus amos, demostraba un exquisito nivel de sumisión y entrega. Pero había una incongruencia:

_ ¿Cómo no sientes vergüenza con esa? -preguntó Rafa señalando despectivamente a Antonia, tumbada en el suelo.

_ Porque ésta no es nadie, no es nada y con vosotros vivo y os quiero.

Sabia respuesta, muy simple pero reveladora para quienes la puedan entender de la delicada y sutil tela de araña tejida en torno a los afectos que unían a los tres amigos. Antonia no era nada, no era nadie y así no sentía Ester apuro o vergüenza de realizar ante ella cualquier actividad por muy íntima que pudiera ser considerada, como igualmente la realizaba ante los muebles del cuarto de baño. Sin embargo Rafa y Marcos eran objeto de su afecto o de su amor. Al comienzo la relación estaba cimentada sobre el amor entre Ester y Marcos y sobre el interés de los tres. Ya se sabe que el interés es aquello que une a los distantes y separa a los distintos. Pero lo que empezó cimentado por la posibilidad de compartir ciertas aficiones comunes, había dado paso con el tiempo a una singular relación, entretejida de amistad, afecto y ¿por qué no decirlo? amor. Hasta tal punto que aquél día la esclava sintió vergüenza de mostrarse en tan delicada actividad ante Rafa y Marcos
La dejaron sola por lo tanto, atendiendo a sus deseos, aunque su amo se sintió un poco contrariado, pues le hubiera gustado presenciar la función; pero al cabo de cierto tiempo la sumisa entró en casa diciendo enfadada:

_ Cuando acabe de limpiarse la echáis por favor y os suplico que no venga más. Es una tía cerda y no quiero volver a verla nunca más. Me voy a meter en el baño dos horas, porque no sé si llegaré a quedar limpia de esta tía.

Lo que luego explicó fue que una vez comenzada la función, haciéndolo sobre las tetas de la esclava, ésta fue reptando poco a poco hasta que su cabeza quedó justo debajo de las nalgas de Ester, de modo que la última parte del material le cayó directamente sobre la nariz y la boca. Pero no contenta con eso, agarró a la chica por las caderas haciéndola sentarse sobre su cara, de forma que tuvo la osadía de tratar de limpiarle con la lengua toda aquella parte de su cuerpo que se había manchado con la operación, lamiendo y chupando con fruición toda la zona del ano y sus alrededores, desprendiendo con la lengua y la boca las manchas de suciedad, mientras, ella misma se extendía con la mano por la tripa, las tetas y el coño, el material que Ester había depositado en su cara y en su pecho. Apenas pudo la Chiquita librarse del abrazo, se puso en pie y entró corriendo y escandalizada en la casa. De Antonia no quisieron saber nada más, pues Ester dijo que le daría asco verla solamente imaginando en qué había empleado su boca y su lengua.

Pero aquello dejó también su huella porque el amo imaginó entonces que debería tener la posibilidad de llevar a cabo con Cosita aquellas actividades y que, independientemente de que a la hora de la verdad las llegara a realizar o no, necesitaba tener la seguridad de que Cosita admitía aquél tipo de juegos.

Conocieron también a Bonifacio, llamado Boni familiarmente que era amo y residía en Valladolid. Más inclinado a las pollas que a los coños disfrutó lo que pudo de Cosita que no fue mucho, pues su tendencia natural era más hacia Rafa que hacia Ester, con el consiguiente escándalo e indignación del catalán que vetó cualquier posibilidad de que Boni volviera.

También Fermín, fue un amo de Valladolid con el cual tuvieron alguna relación. Pero este tunante, lo que de verdad quería era lo que ya hemos comentado de muchos que se creen amos sin serlo: follarse a Ester sin ofrecer nada a cambio. Así que después de un par de intentos desistió Fermín y también nuestros protagonistas desistieron de llamarle de nuevo.

Pero sí hubo un amo de Valladolid con bastante morbo y suficiente imaginación como para conseguir que Marcos quisiera llamarle más de cuatro veces. El cual amo tenía y tiene el nombre de Francisco Javier y es profesor del conservatorio, furibundo melómano y expertísimo crítico musical, habitualmente autor de las reseñas de los conciertos que el periódico local suele publicar al día siguiente de celebrarse. Hombre que aun hoy permanece soltero, enamorado solamente de la música y que entonces vivía con su madre ya anciana. Contrahecho, cargado de espaldas, necesitado de dos muletas para caminar, absolutamente pletórico de profundo rencor hacia cualquier miembro de la humanidad de físico más favorecido, le gustaba escenificar una condena a azotes supuestamente dictada por un tribunal de la Inquisición. En aquella tétrica época, según él propio Francisco tuvo a bien explicarles, se imponían condenas a cien azotes, en lugar público si el condenado era pechero o en privado si era noble o hidalgo. En una docta charla, les informó que el vulgo cree que la Inquisición se dedicaba a enviar herejes y judíos a la hoguera, pero nada más lejos de la realidad. De los miles y miles de condenados por el Santo Oficio, muy pocos lo fueron a la hoguera, sino que la mayoría eran condenas menores, como garrote, galeras, azotes, prisión e incluso, increíblemente, hubo también absoluciones.

Pero no era la intención de Francisco Javier absolver a Ester, sino condenarla. Y el amo, lo que pretendía era obligar a su esclava a sufrir tamaña vejación de manos de un hombre con el físico tan desagradable como por su desgracia lo tenía el eminente musicólogo, que ya hemos dicho que era hombre frisando por entonces los cincuenta y si lo describimos como más cargado de espaldas de lo que a él le hubiera gustado, estamos utilizando un eufemismo para decir que era y es absolutamente jorobado. Bastante corto de vista, necesitado de gruesas lentes, bajito y realmente desagradable en el físico, aunque hemos de hacer constar en su descargo que ostentaba, con algo de pedantería, una vastísima cultura, abarcando casi todos los campos del conocimiento y sobresaliendo notoriamente en la música.

De modo que, para realizar su fantasía, se había provisto el propio y contrahecho sujeto del tipo de instrumento con el cual los verdugos del Santo Oficio señalaban las espaldas de sus víctimas, el cual era llamado vergajo, especie de látigo grueso que antiguamente se hacía con la verga de un toro, cortada, seca y retorcida. La dificultad para conseguir en estos modernos tiempos semejante órgano del tal animal, unida a la ignorancia en cuanto al método que debería usarse para transformarla en instrumento de castigo, impulsó a Francisco a fabricarse algo del mismo tamaño y se suponía que parecida consistencia de lo que debió ser un vergajo, utilizando materiales más asequibles, como lo fueron unas tiras de goma trenzadas y entrelazadas hasta alcanzar el grosor de una muñeca, todas ellas forradas con fino cuero negro. Y lo construyó tan bien y con tal industria que mostraba a todos orgullosamente su obra, como Velázquez debió de mostrar en su día Las Meninas.
Pues aquí le tenemos una mañana de sábado escenificando el cumplimiento de una condena inquisitorial sin faltar detalle, porque primero leyó la sentencia con mucha prosopopeya e imponente acento, que la tenía perfectamente redactada con ininteligibles términos legales y utilizando el castellano del siglo XVII. Según la cual, se daba por hecho probado, que Ester era sodomita y rea, por tanto, de pecado nefando. Pero como la condenada se había arrepentido voluntariamente en la tortura, el benévolo tribunal le imponía únicamente una pena de cien azotes que serían dados en lugar público ya que no le constaba al tribunal la limpieza de sangre de la condenada.

A toda esta liturgia asistían Rafa y Marcos boquiabiertos, entretanto Ester, desnuda de cintura para arriba y con las manos atadas, permanecía de pie con la cabeza baja y la mirada fija en el suelo, pues aunque sabía lo que le esperaba, ignoraba su intensidad y sentía un poco de miedo, porque sin temor a equivocarse se aseguraba a sí misma que el tal Francisco Javier, además de otros notorios defectos físicos, se le debía haber vuelto el juicio, o al menos en lo que tocaba al asunto de la Inquisición, que en él era recurrente y obsesivo.

Terminada que fue la lectura de la sentencia, el propio verdugo condujo, con sus andares renqueantes a la condenada al cuarto de juegos, donde de forma experta le lazó con un ballestrinque las manos al poste, quedando, por tanto, Ester preparada y dispuesta para recibir su condena por sodomía.

Tomó el verdugo en su mano el vergajo y lo restalló violentamente contra el suelo, para, supuestamente, probar su resistencia. Aquél sonido hizo que Ester, en lo más profundo de su ser se estremeciera. Se acercó a ella el verdugo, y soltándole el broche que llevaba le bajo hasta los tobillos la falda y la tanga. Le pidió perdón, como solían hacer los de su oficio cuando lo ejercían, incluso antes de dar garrote a un infeliz. A continuación se retiró unos pasos y el primer vergajazo impactó contra la espalda de Ester.

En verdad resultó el jorobado experto azotador, pues no dejó en las espaldas, nalgas y piernas de la supuesta rea ni una sola marca peligrosa después de tocada la sinfonía de cien notas que interpretó con su vergajo, contando él mismo los azotes uno a uno hasta llegar al centenar, en lo cual invirtió casi un cuarto de hora. Claro está que dolió, pero no fue el descontrol que Ester se temía. Si ese castigo se lo hubiera aplicado Rafa, probablemente hubiera sido necesaria una ambulancia. Pero Francisco sabía exactamente dónde y con qué intensidad debía dar, de modo que, aunque dolorida, aguantó Ester perfectamente los azotes. Terminado el castigo, el verdugo, bajándose los pantalones, se aproximó a ella, aun atada. Y mientras le rozaba con la polla las doloridas nalgas la reconvenía diciendo que nunca más fuese rea del pecado nefando, que se apartase de los sodomitas y que si así no lo hiciere, a más de verse de nuevo en este trance o alguno peor, vendría a perder su alma irremisiblemente.

Pero mientras esto decía se masturbaba violentamente, rozando con el glande las desnudas y ofrecidas nalgas de Ester, enrojecidas por los azotes. La situación era tan morbosa que la propia esclava se hubiera excitado si no fuera porque el desagradable aspecto de su torturador se lo impedía. Francisco eyaculó al fin entre las ardientes nalgas y Ester sintió como el semen del verdugo de la Inquisición le escurría por las piernas abajo.

Más de una docena de veces se repitió esto y aún hubo algo más. Porque Marcos le invitó un día a Francisco a probar las delicias de la boca de Cosita, pues de ese modo, pensaba con razón el amo, resultaría la sumisa aun más humillada, teniendo en cuenta sobre todo el desagradable aspecto físico del melómano. Y vino el verdugo a cogerle el gusto a eso de la boca, de modo tal, que desde que la probó no quería eyacular en otro sitio. Porque el amo, los fines de semana en los cuales por obligaciones laborales de cualquiera de ellos no se podían desplazar, aprovechaba para llamar a los amigos o conocidos de Valladolid, los suplentes, como él decía y entre ellos, uno de los más asiduos era Francisco. Así, poco a poco habían entrado a formar parte del cerrado, oculto y exclusivo círculo de los pocos aficionados vallisoletanos al sadomasoquismo, acabando en algún tiempo por conocerse todos.
Aun después de media docena de años, cuando Marcos y el verdugo coinciden en un concierto, se miran brevemente a los ojos y ambos bajan la cabeza. Porque aunque Francisco intentó mantener la amistad, Marcos no quiso hacerlo, pues explicó que cuando era amo y tenía a Cosita podía hacer casi cualquier cosa por mantener la entrega y sumisión de su esclava, pero que siendo simplemente Marcos, como ahora lo era, además de servirle Francisco de doloroso recuerdo de tiempos mejores, no entraba dentro de sus preferencias el tipo de actividades que gustaba realizar el sin igual verdugo de la Inquisición, trasunto de Cuasimodo con batuta.

En Madrid conocieron también a Diana, que era y continúa siendo, médica. Pero ella realmente se sentía paciente, de modo que pretendía que Marcos la examinase y le recetase unas inyecciones, como así se hacía, colocando el amo en las nalgas de la doctora hasta dos docenas de agujas de las que se utilizan en sanidad para las jeringas. Pero no solía mejorar con eso la pobre Diana, de manera que era necesario administrarle uno o dos enemas. Incluso hubo días en los que su enfermedad era tan grave, que Marcos, bajo las indicaciones de Ester se vio obligado a sondarla metiéndole un catéter hasta la vejiga. La médica estaba de suerte pues había dado con un amo asistido por una profesional de la sanidad que sabía llevar a cabo con habilidad aquellas tareas. Sin embargo al letrado no le entusiasmaban demasiado esos juegos. Queremos decir que, como siempre, aprovechó la oportunidad de probar cosas nuevas, pero al cabo de tres o cuatro visitas, como la enfermedad de Diana estaba estancada y ni mejoraba ni ella quería cambiar de tratamiento o abrirse un poco a otras posibilidades, decidió Marcos darle el alta y suspendió sus consultas no volviendo jamás a reanudarlas.

También nos gustaría constatar aquí, que muchos años después encontró Marcos en un canal de IRC alguien identificado con el apodo “enferma” y acordándose de Diana, pensó que quizá fuera ella y aunque realmente las posibilidades eran pocas, le picó para enviarle un privado en el que simplemente le decía “¿Diana?”. Inmediatamente la interpelada respondió, preguntando a su vez “¿Me conoces?” Y resultó que, increíblemente era la sumisa a la que Ester y su amo trataron durante no más de media docena de visitas. Supo entonces Marcos que la doctora se había casado y ya tenía algún hijo. Continuaba buscando desesperadamente a un amo que pudiera administrarle el tratamiento necesario para su total restablecimiento y mantenía a su marido en la más absoluta ignorancia acerca de sus andanzas y necesidades. “Otra pareja condenada al fracaso porque uno de sus miembros es incapaz de asumir algo indisolublemente unido a su propia personalidad” pensó Marcos.

Y ¿qué decir de Julio Vera? Este era un chico que contaba entonces menos de treinta años, aunque más de veinticinco. Vivía, compartiendo piso con otros dos compañeros de trabajo, en la calle Puente Colgante y respondió a uno de los anuncios de Ester. Buscaba amo o ama y no encajaba por lo tanto dentro del perfil que podía resultar aceptable para nuestro trío, a pesar de eso se decidió Marcos a entrar en contacto con él, pues en sus cartas describió sus preferencias y por parecerle al letrado singulares y pocas veces vistas quiso, como no, experimentarlas.

Este Julio no es que fuera muy agraciado realmente ni sobresaliese en nada por su físico. Creemos recordar que trabajaba en una empresa dedicada a las instalaciones eléctricas, Regino Franco quizá. Tampoco era un sumiso de extraordinario nivel pero le traemos aquí a colación, porque con él descubrieron los tres amigos otra de las casi infinitas posibilidades de este tipo de juegos, a la cual Julio era aficionado casi con exclusividad y despreciando cualquier otra posibilidad. Nos estamos refiriendo al castigo con corriente eléctrica o picana como suele ser llamado el aparato que se empleó para estos menesteres, sobre todo en las dictaduras del cono sur americano.

Pues bien: Julio era electricista, como ya hemos dicho y se había construido una picana para su uso particular. Este aparato, fundamentalmente compuesto por un transformador y un rectificador, se conectaba a cualquier enchufe de la red normal de 220 corriente alterna y tenía hasta seis salidas en forma de diminutas pinzas en corriente continua. Mediante un potenciómetro se podía regular la tensión de salida a voluntad, desde cero hasta 48 voltios.

Un programador añadido conseguía que la electricidad pasase alternativamente por cada una de las salidas, de manera esporádica en el tiempo y aleatoria en la secuencia con lo cual, el pobre torturado nunca sabía cuando ni a través de que pinza iba a recibir la siguiente descarga. El bueno de Julio, se conectaba a este infernal aparato en la soledad de su cuarto cuando quería hacerse una paja con un poco más de morbo y excitación.

Pero aunque dicen que masturbarse es practicar sexo con la persona que uno más quiere, nuestro electricista sumiso e inventor, buscaba fervientemente un ama o amo que quisiera jugar con él a eso, pues aunque conocía a una aficionada a este tipo de prácticas, creemos recordar que en Santander, la distancia y el trabajo le impedían visitarla con la asiduidad y frecuencia que él necesitaba.

De este modo propuso a Marcos y a Ester jugar a estos juegos y el amo, como no, aceptó inmediatamente, pues ya sabemos que su deseo de practicar, ver y conocer todo era casi compulsivo. Sin embargo, le hicieron notar a Julio que ellos no sabrían manejar tan sofisticado aparato, a lo cual repuso el sumiso que eso era fácil, pues la primera vez él se conectaría delante de ambos, como así se hizo efectivamente una tarde de sábado.

Se presentó Julio con su picana, que además de las muchas prestaciones que incorporaba, era también portátil, es decir, que se podía transportar en una pequeña bolsa o maletín. Se desnudó el sumiso y se arrodilló sobre el brazo de un sillón. Delante de nuestros tres protagonistas se colocó las pinzas, conectadas por finos cables al rectificador. Una en cada pezón y las otras cuatro, dos en el pene y otras dos en los testículos. Totalmente desnudo, conectó su diabólico aparato y los observadores pudieron comprobar como a veces la corriente pasaba de un pezón a otro, otras veces a través de su polla y otras por sus testículos, de forma efectivamente aleatoria sin que se pudiera establecer un ritmo ni una secuencia.

Cada vez que recibía una descarga, la zona afectada se contraía ligeramente pero de modo visible y el pene del muchacho comenzaba a entrar en erección. Ester, Marcos y Rafael estaban fascinados, sin quitar ojo ni un momento a todo cuanto sucedía frente a ellos. Explicó Julio que dependiendo de la tensión a la cual se regulase, podía el aparato proporcionar un casi agradable cosquilleo o realmente una descarga capaz de producir bastante daño, eliminando de golpe cualquier posibilidad de erección por algún tiempo. Poco a poco Marcos, pero sobre todo Ester se fue familiarizando con el artilugio y en un par de sesiones había realizado casi una formación profesional como electricista. El juego terminaba con Julio masturbándose, e incluso, si la excitación y el deseo contenido eran suficientes, podía llegar a eyacular sin tocarse, solamente con el paso de la corriente a través de su miembro.

Intentó Marcos por todos los medios probar con Cosita semejante invento, pero su sumisa no accedió en absoluto a ello, de forma reiterada e inapelable. Por otra parte, a Julio le ocurría un poco como a Diana, la doctora enferma, es decir, solamente admitía lo que a él le gustaba, sin abrirse a otras posibilidades. De esa forma, el amo dio por terminada la relación con él. Pero le reconvino a Cosita durante mucho tiempo su lamentable falta de nivel.

Si tuviéramos memoria suficiente, además de espacio, tiempo y ganas, podríamos prolongar la lista de contactos, conocidos, amigos y relaciones que los tres mantuvieron durante los años que vivieron juntos. Seríamos capaces de hacer una pormenorizada, explícita y casi inacabable relación si en ella incluyéramos todas y cada una de las personas con las que mantuvieron trato en uno u otro momento.
Pero he aquí que la memoria nos falla, además de no tener demasiadas ganas de prolongar esta tediosa lista más allá de lo estrictamente necesario, limitándonos un poco voluntariamente a los contactos más impactantes. Pero no podemos cerrar este inventario sin hablar de Eva.

Una espléndida mujer que contaba entonces 28 años, ojos azules que se descubrían hundidos por la miopía cuando se quitaba las gruesas gafas, maravilloso cabello rubio desparramado sobre los hombros, nariz grande, buen tipo y piernas largas. Exudaba sexualidad.

Era odontóloga de profesión y tenía y creemos que tiene todavía una consulta en Parquesol, que entonces aun no era el populoso barrio de cincuenta mil habitantes que es hoy, ya que prácticamente solo estaba construido la mitad y en una de las llamadas torres San Cristóbal, era donde la muchacha había establecido su vivienda y su consulta. Por entonces compartía domicilio con su novio o compañero, médico también, aunque no dentista. Había puesto en práctica con él diversos juegos en los cuales ella adoptaba un papel dominante, pero las limitaciones que su novio le imponía habían impedido que su fuerte carácter se desarrollara por completo. La cosa no iba más allá de unos azotitos en las nalgas, vendado de ojos, alguna sujeción a la cama y de vez en cuando, un dedito en el culo. Pero verdaderamente, en el fondo, quien decidía era él porque Eva se limitaba a jugar al juego que su novio deseaba, con las cartas que él quería y con las reglas que él establecía. De este modo, poco a poco a la chica se le fue quedando pequeña la relación en lo que a actividades sexuales se refiere y fue así como llegó a conocer a Ester, Marcos y Rafa.

Debemos constatar antes de continuar, un hecho que, no por obvio, deja de ser interesante. Al principio de cualquier relación hay un tiempo, más o menos largo, durante el cual la pareja trata de acoplarse cada uno a los gustos del otro, tanto en el sexo como en las demás actividades de la vida. Solamente la convivencia proporciona de verdad el conocimiento mutuo, por muchos años de relaciones que se lleven. Durante este proceso de conjunción, conocimiento y acoplamiento, el secreto está, como Marcos decía, en potenciar lo que une y respetar lo que separa, porque amor, entre otras muchas definiciones, consiste en ayudar a que la persona amada se desarrolle tal cual es, sin limitaciones ni cortapisas, siendo así que si existen pocas actividades voluntariamente compartidas y muchas practicadas individualmente por cada miembro de la pareja, la relación fracasará indudablemente, aunque por razones familiares, sociales o económicas pueda mantenerse en el tiempo indefinidamente.

Esto suele funcionar de esta manera en cualquier convivencia. Menos en una, que es precisamente la que nos ocupa. Cuando existe una relación de dominación-sumisión, la persona que desempeña el rol dominante trata de que la otra parte se acople a sus gustos, pero no viceversa, de suerte que para un amo, los límites que en su día le puso la esclava no deben representar una frontera infranqueable si interfieren con sus propios deseos. Antes al contrario, debe constituir para cualquier dominante un objetivo prioritario derribar y traspasar las limitaciones impuestas en su día por la sumisa, siempre con respeto, cariño y buen hacer, premiando y castigando, motivando y aplaudiendo, amando y deseando y haciéndose amor y desear.

Y todo este largo preámbulo, aunque parezca mentira viene muy al pelo, porque uno de los límites que impuso Ester cuando comenzó la convivencia de los tres fue, como recordaremos, la discreción. Y así se cumplió en efecto al principio escrupulosamente. Pero cuando llegó la etapa en la que el amo sintió la apremiante necesidad de que su poder fuera observado y reconocido, comenzó una sorda lucha para derribar esa intangible frontera. Marcos quería invitar a cualquier persona a presenciar una sesión, incluso de forma inopinada, delante de amigos o amigas de confianza aunque ignorantes de la especial relación que unía a nuestro trío. A esto Ester se negó rotundamente, como se había negado siempre. Más aun cuando la idea de su amo era dar una exhibición, en su propia casa y, además, para que la humillación y el reconocimiento de su poder fueran aun mayores, pretendía cobrar por ello a los asistentes, como el ama Virginia hacía en Madrid. Durante largos meses Ester desoyó las demandas de Marcos en este sentido, alegando, con mucha razón, que eso suponía traspasar claramente los límites que se habían establecido para organizar la convivencia y con los cuales todos habían estado en principio de acuerdo.

Pero el amo, que nunca supo de la existencia de la palabra fracaso, propuso entonces que esas exhibiciones que ella tanto deseaba, se hicieran con personas de fuera de Valladolid, conocidas a través de anuncios en las tantas veces nombradas y nunca bien ponderadas revistas SadoMaso, Lib y Clima. A esto continuó Ester poniendo objeciones, aunque ninguna de ellas era ya eximente pues pensaba que si eran personas forasteras, difícilmente podría encontrarlas después por la calle o que llegaran a reconocerla. Además, sabía que así complacería a su amo en una de sus fantasías.

Durante algún tiempo Marcos se conformó con eso, de manera que por espacio de varios meses insertaron anuncios en este sentido y gentes de ciudades cercanas y otras no tanto como Madrid, Santander o Bilbao, generalmente hombres aunque también alguna pareja, venían a presenciar una sesión, previo pago de una módica cantidad, más simbólica que verdaderamente efectiva que aunque en este momento no recordamos a cuánto ascendía nos parece que estaba en torno a las cinco mil pesetas.
En estas sesiones, de un par de horas de duración, Cosita era sometida a los castigos y vejaciones que el o los asistentes querían presenciar, de modo que unas veces era azotada y otras atada o sodomizada aunque en la mayoría de las ocasiones sufría un poco de todo.

Logrado esto, la lucha del amo continuó, porque nunca fue Marcos persona que se rindiese ante nada. Decía que necesitaba hacerlo ante personas de Valladolid, discretas desde luego, pero gente a la que uno se pudiera encontrar por la calle y que le pudieran reconocer, a él y a su esclava y así envidiarle, sabiendo de lo que disponía y de lo que era capaz. Muy reticente se mostró Ester en este sentido y muchas objeciones puso, pero al cabo, perdidamente enamorada de su amo, accedió al fin para darle gusto a él y en el fondo dárselo también a ella misma y fue de esa forma como entraron en contacto con gente de Valladolid y en concreto con Eva. La chica quería presenciar una sesión, pues era consciente de que existían muchos más esparcimientos de los que a ella se le permitían realizar con su novio y compañero y necesitaba conocer, ver, practicar esos excitantes juegos.

Y podemos dar fe de que los conoció y practico todos, al menos todos aquellos que entraban habitualmente dentro de lo cotidiano para Marcos y su esclava. La chica disfrutaba con cualquier cosa como una niña ilusionada y a decir verdad, nunca se ha conocido a nadie con tal capacidad para conseguir reiterados orgasmos, pues Eva era mujer capaz de lograrlos simplemente apretando sus muslos uno contra otro, de forma que cuando Cosita la lamía y chupaba sabiamente el sexo, la chica literalmente se deshacía.

Como suele ser habitual por lo que sabemos entre los amos, nuestra dentista tenía una verdadera obsesión por el culo, tanto propio como ajeno. Las nalgas y el ano eran siempre objeto de su más detallada atención y disfrutaba metiéndole a la esclava uno o dos dedos, aunque tampoco le hacía ascos al consolador doble, pero decía que con él no podía sentir el calor del cuerpo de la sumisa, como sí podía sentirlo con sus dedos. Esta obsesión y monomanía se extendía también a su propio culo, de forma que en alguna ocasión se dejó sodomizar por Rafa y el consolador doble lo empleó Ester con ella y ambas mutuamente con reiterada profusión. Verdaderamente, como ya hemos dicho, la chica exudaba sexo por todos sus poros, era capaz de masturbarse, según propia confesión hasta catorce veces diarias y no tenía reparos en contar, que entre paciente y paciente, en la consulta, mientras supuestamente se lavaba las manos en el servicio se tocaba frenéticamente, frotándose el clítoris y el sexo con una mano, mientras con la otra se metía un dedo o un par de ellos en el culo. Le gustaba atender a los pacientes semidesnuda, vestida únicamente con la bata y en todo lo que hacía, decía o pensaba, existía siempre sexo hasta tal punto que fue incluida por Marcos en la categoría de mujeres que tienen el clítoris en la mente, categoría esta que lejos de ser peyorativa, resultaba extremadamente plausible para el amo, pues él pertenecía sin duda también a la supuesta categoría de hombres que tienen el pene en la mente, relación esta mucho más larga que la anterior, si hubiera que ponerla por escrito, pero no menos plausible y también altamente recomendable según los criterios de Marcos, compartidos por los otros dos miembros del trío; porque era habitual que se diera el caso de que los tres pensaran o percibieran a una persona o unos hechos de forma similar, pero solamente el amo era capaz de sistematizar esos pensamientos, sintetizándolos en una o dos razonadas frases.

A todas estas, resultó que a su compañero sentimental lo conocía Ester, ya que ambos trabajaban en el mismo hospital. En principio la idea era que terminara incorporándose voluntariamente a los juegos, al menos para presenciarlos, a ver si de esa forma poco a poco se animaba a concederle más cosas a Eva. Pero Marcos logró que la chica cambiase de opinión, proponiéndole algo mucho más morboso, lo cual era que la propia Ester se le insinuase en el trabajo, para conseguir concertar con él una cita y tratar, poco a poco, de establecer una relación sexual, supuestamente secreta. El objetivo de todo esto era, como fácilmente se puede colegir, que Eva debería un día “sorprenderles” lo cual a la chica le daba un morbo enorme y como solía decir cuando una cosa le la parecía excepcionalmente agradable “me corro solo de pensarlo” pues hasta tal punto resultaba el sexo determinante en su vida que lo empleaba incluso para hacer comparativos, para delimitar extensiones o para describir sensaciones o sentimientos.

Pero las cosas no salieron como estaba planeado. Ester, que tenía una inteligencia reconocida ya por Dña. Margarita su maestra, llevaba tiempo observando con algo de alarma y no poco incomodo, que Marcos estaba excesivamente pendiente de Eva, preguntaba si iba o no a venir y se mostraba un tanto demasiado contento, a juicio de su esclava, cuando la chica aparecía. Esto nunca había ocurrido con ninguna otra persona de las muchas que les visitaban y la presunción de alguna conducta desleal inquietaba a Ester. Cada vez que interrogaba a Marcos al respecto siempre recibía la misma contestación:

_ La chica me gusta mucho, muchísimo. Pero no hay nada entre ella y yo salvo lo que tú sabes y lo que tú ves.

_ Pero ¿te gustaría que lo hubiera?

_ Yo sería capaz de llegar a cualquier cosa con Eva, pero jamás a tus espaldas.

Y aunque el interrogatorio cambiase de forma o de fondo, las conclusiones eran siempre, aparentemente las mismas. Pero Ester observaba la especial delectación con la que la lengua de su amo trabajaba el coño de Eva. Y un día en que la nueva amiga estaba a punto de sodomizar a Cosita con el consolador doble, teniendo Ester ya las nalgas separadas por sus manos y esperando la penetración, Eva se volvió hacia el amo y le dijo “tómame, tómame tu a mí por favor”. La sumisa sintió que los celos comenzaban a nacer en su corazón, porque esas palabras, esas frases dirigidas a su amo, habían estado, hasta el momento reservadas exclusivamente para ella.

Cuando los celos se despiertan es ya difícil conseguir que duerman de nuevo, pues cada detalle, cada palabra y cada mirada logran en la mente de la persona celosa, incrementar la inquietante sensación de que ha sido preterida o está siendo engañada. De este modo comenzaba Ester a mostrar malestar cuando su amo prestaba atenciones al cuerpo de Eva, con gran disgusto de esta. También ponía trabas a su propia sodomización y otro día en que la chica estaba a punto de arrojar su lluvia dorada sobre la boca abierta de Ester escuchó a su amo decir dirigiéndose a la odontóloga: “dáselo, dáselo todo preciosa”. Ester entonces decidió también poner mala cara a esta práctica.

Podemos asegurar sin ninguna vacilación que Eva hubiera sido capaz de volver loco a cualquier hombre y a Marcos sin duda le atraía mucho, como así se lo hacía saber, con total sinceridad a su sumisa. Pero en ningún momento la engañó ni la mintió, limitándose a responder con la verdad a todo lo que su adorada Ester le preguntaba. El problema era precisamente ese, que Marcos respondía con la verdad y no dejaba de decir que la chica le gustaba mucho y que le encantaba que viniera. Estas respuestas, lejos de tranquilizarla, incrementaban en la sumisa la sensación de que estaba empezando a ocupar un segundo lugar y eso, ni por su carácter ni por el tipo de relación que mantenía con Marcos, estaba dispuesta a consentirlo.

Y se hubiera negado inmediatamente a cualquier nueva visita de Eva, sino fuera por dos razones. Una, que estaba a punto de conseguir una cita con el compañero de la dentista y otra que también Rafa le pedía que permitiese a la muchacha continuar viniendo. Pero Ester, tomando precauciones, iba mostrando a Eva cada vez más incomodo cuando quería acceder a su cuerpo de forma que la chica empezaba ya a protestar llegando un día a preguntar abiertamente a Marcos a qué se debía ese drástico cambio de actitud, pues al principio siempre la animaba diciéndole “haz con ella lo que quieras” o “dile que te chupe bien” “fóllatela” “¿por qué no la azotas?” y cosas parecidas, sin embargo, ahora apenas podía tan siquiera mirarla.

Aquí la sumisa cometió un error, que contribuyó a alentar la vanidad de la chica y a precipitar los acontecimientos que tuvieron lugar más tarde. Y el error fue decirle la verdad, al menos su verdad. Porque en toda relación humana no es la verdad estricta lo que importa sino aquello que se toma por cierto, dado que las personas actuarán en consecuencia supeditadas a aquello que creen que es la verdad, independientemente de que realmente lo sea o no. Y Ester tenía por cierto que Marcos estaba poco menos que enamorado de Eva, lo cual era radicalmente falso, aunque como ya hemos dicho, nunca ocultó que la chica le gustaba extraordinariamente. De modo que cuando la dentista preguntó, imprudentemente recibió esta respuesta:

_ Pues ¿Sabes lo que ocurre? Que aquí mi amo, que es MI amo, pues se ha enamorado de ti, le tienes loco, me lo ha confesado.

_ ¿Es eso cierto Marcos? –preguntó Eva entre sorprendida y gloriosamente ufana. Pero antes de que el aludido tratara de responder que no, Ester increíblemente y por primera vez le gritó:

_ ¡No mientas! ¡No me mientas, desagradecido!

De modo que, sin ninguna responsabilidad por su parte, se acabó encontrando Marcos acusado y condenado por su esclava de una especie de delito de traición. Y no sirvieron por entonces alegatos ni componendas. Porque el pensamiento de Ester, como el de muchas otras personas no era capaz en ciertas ocasiones de construir un razonamiento lógico, sino que funcionaba en plan femenino estableciendo las premisas antes de analizar las demostraciones o las pruebas y tratando después de encajar la realidad, más o menos forzadamente en aquellas premisas inamovibles que había establecido a priori. Así, ella tenía por cierto que Marcos se había enamorado de Eva y que en su interior prefería a la joven dentista antes que a ella misma. Presupuesto esto, si Marcos negaba, su esclava pensaba que mentía, si miraba a Eva, era prueba fehaciente de que se había enamorado de ella; si no la miraba, estaba disimulando y cualquier cosa que pudiera decir o callar, hacer u omitir, su sumisa la adaptaba y la encajaba como supuesta demostración de lo que ella ya había establecido de antemano. Hemos conocido a demasiadas personas capaces de razonar de esta manera tan deleznable, emitiendo primero una sentencia y tratando después de encajar, aun con calzador, las pruebas en la sentencia previamente emitida. Menos mal que Ester no era así habitualmente porque sólo en esta ocasión mostró su capacidad para razonar totalmente obnubilada, porque la convivencia con personas proclives a este tipo de actuación resulta sencillamente, insoportable. Lo único que podemos suplicar al respecto es que un golpe de mala suerte no coloque a una de ellas al frente de un juzgado.

Pero lo que desencadenó la definitiva ruptura con Eva fue lo siguiente: la muchacha, sumamente halagada de saber o creer que Marcos se había enamorado de ella, comenzó a flirtear descaradamente con él, delante de su esclava, para desesperación y mal humor de Ester, que en privado se dirigía a ella como “esa zorra” o “esa puta salida”. Aun hoy no sabemos cómo se contuvo para no prohibir drásticamente cualquier relación con la dentista, sublata causa tolitur efectum, pero personalmente creemos que de manera voluntaria se puso a sí misma en la tesitura de comprobar si era capaz de retener a su amo por sus propios méritos, o por el contrario debía acabar prohibiendo las visitas de Eva y a Eva, pues en alguna ocasión, cuando su compañero estaba de guardia, habían ido todos a la consulta de Parquesol, e incluso habían puesto en práctica una modificación, sexual evidentemente, de la relación que una odontóloga tiene con un paciente.
Y las cosas, por fin, explotaron un día. La presunción, es madre de muchos otros vicios y generadora de errores en la percepción de la realidad. Y Eva, desde que se enteró de los supuestos sentimientos de Marcos hacia ella, sufría un grave ataque de vanidad, que la impulsó a llamar privadamente al letrado a su despacho, para tratar de tener con él una cita a espaldas de Ester y de Rafa.

Lo primero que se le ocurrió al amo durante la conversación telefónica, fue decirle taxativa y enfáticamente que no, pero su cerebro procesó más posibilidades, de forma que le respondió que estaría encantado y que había que buscar día y hora, pues era necesario conjugar muchos imponderables: el trabajo de ambos, que su compañero estuviera en el hospital y que tanto Rafa como Ester estuvieran también trabajando. A esto repuso Eva que fácilmente podían alquilar una habitación en un hotel, con lo cual estuvo Marcos supuestamente de acuerdo, quedando en que estudiaría su agenda y la llamaría al día siguiente.

Pero lo que hizo aquella misma noche fue poner en conocimiento de su esclava las maquiavélicas intenciones de la dentista. Parece que en aquél momento cayó Ester en la cuenta de que sus celos eran infundados y después de mucho maldecir y despotricar contra Eva y parte de sus ascendientes se le ocurrió un plan que quizá le permitiera vengarse de tamaña deslealtad. Marcos debería invitar a casa a la chica, y cuando Ester y Rafa juzgaran que había pasado el tiempo necesario como para que la sesión estuviera ya en un punto álgido aparecerían descubriendo el pastel.

Y tal como lo planearon, lo llevaron a cabo de allí a algunos días. Porque Marcos quedó citado con la muchacha en su propia casa alegando que estaría solo y que de esa forma no sería menester ir a ningún hotel, habida cuenta de que en cualquier caso estarían mucho más cómodos en casa.

Para mayor confirmación y que la chica no tuviese ninguna duda, la llamó Ester y como al descuido, puso en su conocimiento que el día aquél en concreto, ella estaría en Madrid, por razón de un curso de reciclaje, mientras que Rafa tendría guardia, por lo cual Marcos quedaría solo. Con esto, se despejaron completamente las dudas de Eva, que al principio se mostraba un poco reticente a, digamos, meterse en la boca del lobo.

Y así fue como la curiosidad mató al gato. Pues el día fijado a la hora convenida llegó Eva a casa de Marcos y, para empezar se desnudaron y ella se sentó sobre la encimera de la cocina, en una posición que con frecuencia había adoptado cuando ordenaba a Ester que le lamiera perfectamente el sexo y el culo por encima de la braga, pues la chica tenía muchas veces por costumbre empezar los juegos así. Marcos comenzó a acariciarla y a besarla pero cuando los suspiros de deseo empezaban a escapar de los labios de la chica, la puerta se abrió repentinamente y entraron Ester y Rafa, sorprendiendo a la muchacha todavía sentada y espatarrada sobre la encimera.

La primera y espontánea reacción de la brava Ester fue descargar un contundente y sonoro bofetón sobre la mejilla de la rubia que la hizo tambalear y perder el equilibrio de modo que a punto estuvo de dar con toda su belleza en el suelo, si no fuera porque Marcos la sujetó. Pero Rafa ya estaba aleccionado acerca de lo que debía hacer llegados a este punto y con diligencia y sin reparos lo llevo a cabo. Lo cual fue abalanzarse sobre Eva y sujetarla, con los brazos a la espalda de tal modo que no se pudiera mover. Hecho esto, entre las desoídas protestas de la chica, el amo fue presuroso a buscar una cuerda, con la cual le ató los brazos entre sí y estos al cuello, de tal forma que la rubia quedó completamente imposibilitada para utilizar sus extremidades superiores. De esta forma, le bajaron las bragas, le subieron la falda y la tumbaron sobre las rodillas del amo, que se había sentado en el sofá del salón.

A todas estas, ni Rafa, ni Marcos, ni Ester, habían pronunciado palabra. Solamente Eva protestaba y juraba, echándole la culpa al letrado que la había provocado y diciendo que lo sentía mucho, que jamás volvería a pasar y que la dejaran ir sin más daño que el que ya se había producido en su dignidad. Pero los tres estaban de acuerdo en que llegado el momento nadie pronunciaría una palabra, como así fue en efecto.

Una vez colocada la joven dentista en la posición que hemos dicho, es decir, tumbada boca abajo sobre las rodillas de Marcos, con las nalgas al aire y mientras Rafa le sujetaba las piernas para que no las pudiera mover, procedió Ester, lenta y meticulosamente a descargar azotes, propinados con una paleta, sobre aquellas dulces nalgas, que poco a poco iban adquiriendo un tono primero rosado, después rojizo y por último completamente rojo, casi sangrante, pues Ester no se contuvo hasta que llegó a contar el azote número cien. Todo ello sin pronunciar palabra de modo que no se escuchaba nada más que el golpe de la paleta sobre la carne y los gritos y aullidos de dolor de la muchacha.

Terminado el castigo el amo se puso de pie, arrojando el excitante cuerpo de Eva al suelo con cierta violencia. Los tres amigos eran precavidos y como por entonces aun no existían las cámaras de video ni mucho menos las cámaras Web, solían registrar conversaciones comprometedoras con una grabadora oculta que habían comprado, para curarse en salud en caso de problemas con alguno de los visitantes. Y aquello se hacía habitualmente desde el primer asunto con Cristóbal y Luz, pues pensaron que si la chica les hubiera denunciado, podrían haberse visto metidos en problemas, de modo que desde entonces adoptaron algunas precauciones, como eran, además de la susodicha grabación de conversaciones en las que quedase constancia del tipo de relación que voluntaria y libremente se establecía entre todos, también hacían lo posible porque las pruebas fueran por escrito, tratando de que en alguna carta, los futuros amigos o visitantes dejaran constancia de la aceptación libre del trato al que serían sometidos.

Esto último, en el caso de personas de Valladolid, era difícil, pues no existían motivos lógicos para justificar que alguien que vive en la misma ciudad, escriba acerca de sus disponibilidades o deseos, cuando eso se puede hacer más fácilmente de viva voz. Y en el caso concreto de Eva, así había sido, pero la conversación fue previsoramente grabada y en aquel triste día, mientras la chica permanecía atada, tirada en el suelo, con el culo como un tomate y llorando, Rafa fue a por el casete y le puso la cinta para que la oyera.

Entre gimoteos y suspiros, Eva musitaba “Cerdos hijos de puta” de vez en cuando, pero sin dejar de llorar ruidosa y copiosamente. Tanto fue así que la visión de las rojas nalgas y el llanto de la muchacha llegaron a excitar a Rafa de tal modo, que si no fuera porque el amo se lo prohibió, la hubiera violado allí mismo. Reconducida la situación procedieron con el plan que tenían según estaba previsto, lo cual consistía en administrar a la chica una lavativa de medio litro, como así se hizo, llevarla hasta la puerta, soltarle los brazos y arrojarla al pasillo junto con su ropa, con la recomendación de que corriera a buscar un servicio, si no quería hacérselo en plena calle.

Supimos después que Eva tuvo suerte y pudo entrar en un bar, aunque ya muy apurada y aunque Marcos ha vuelto a encontrarse con ella varias veces, tomando el aperitivo en la bolera de Paco Suárez, nunca jamás se dirigieron la palabra porque desde luego los contactos entre los tres se dieron por finalizados aquél día drásticamente.
Sería prolijo y casi interminable seguir aquí enumerando todas y cada una de las personas que podemos recordar. Pero resulta imposible terminar este capítulo sin mencionar a Eva y Nicolás, de Benavente en la provincia de Zamora, matrimonio, ambos zamoranos, pero que habían residido muchos años en el País Vasco, llegando a establecer allí varios prósperos negocios acumulando subsiguientemente un regular patrimonio. Pero llegados los malos tiempos y haciéndoseles insufrible pagar ciertos chantajes, vendieron todo lo que allí tenían y compraron inmuebles en Zamora y labrantíos en Benavente, construyéndose en ese pueblo, apartado de todos los caminos, una magnífica vivienda.

Aunque tenían un hijo, este todavía no contaba con edad suficiente como para resultar un problema insalvable y ellos habían dispuesto en su casa una habitación reservada para sus actividades secretas a la cual el chico no tenía acceso, aunque los dos eran conscientes de que, andando el tiempo llegaría el día en que aquello no se pudiera mantener. Sin embargo, ya tenían prevista la solución: cuando su hijo llegara a cierta edad, comprarían un apartamento en Zamora habilitado exclusivamente para sus juegos preferidos.

Ambos eran amos, lo cual significaba un problema para ellos, pues buscaban personas sumisas y a ser posible bisexuales. Nicolás, era extrañamente pelirrojo, aunque su mujer era morena. Nuestro trío protagonista visitó y fue visitado con cierta frecuencia por el matrimonio zamorano e incluso después de varios años de finalizada esta historia, coincidió Marcos con ellos en Valladolid y en el intercambio de información y noticias subsiguiente, pudo enterarse de que el apartamento de Zamora ya estaba disponible.

Jorge, también a él lo recordamos, era de Palencia y trabajaba en Telefónica. Gordo, fofo y feo, gustaba de ser azotado para que después se le permitiera masturbarse delante de la sumisa.

Un recuerdo para Antonio de la Cruz, singular voyeur aficionado a la fotografía, residente en Valladolid, que no participaba de otra forma que no fuera observando, pero que en su laboratorio reveló muchos escabrosos y secretos carretes, con cientos de fotografías que cuando las observamos ahora nos certifican que aquella maravillosa historia de amor fue cierta.

Y ya, indefectiblemente damos por terminado aquí este capítulo, pues de no ser así quizá no sepamos nunca como darle fin.