jueves, 21 de enero de 2010

XXIII EL ÚLTIMO VIAJE





Y cuando llegue el día
del último viaje…

Las leyes humanas son necesarias para regir los problemas de conducta social y colectiva. Se revelan, sin embargo, inútiles para los problemas inherentes a la ética o a la moral, pues al ser éstas esencialmente individuales y casuísticas, son, por lo tanto, antirreglamentarias. Por ello resulta sumamente curioso anotar el carácter regresivo de las leyes humanas desde el punto de vista biológico. Es evidente que el animal no necesita de otras normas que las universales y cósmicas del instinto, grabadas a fuego en sus cromosomas. Ateniéndose irremisiblemente a ellas, viven los animales en salvaje aislamiento o en colectividades tan perfectamente organizadas como las de las abejas. Pero esta perfección individual o colectiva esconde en si misma la trampa, a veces mortal, del inmovilismo. Un panal es hoy prácticamente idéntico a aquellos que describió Virgilio en sus versos inmortales, de modo que si por virtud de la magia pudiéramos transportar a la actualidad una de las abejas de entonces, al animalito no le sería difícil integrarse en la sociedad de las abejas de hoy. Nada echaría en falta, no descubriría nuevas costumbres, nuevos lenguajes, nada prácticamente habría cambiado. Porque la organización social de las abejas es perfecta en tanto se mantengan inamovibles las condiciones que así la generaron y como perfecta no necesita cambiar. El peligro surge cuando son las condiciones externas al panal las que cambian. El inmovilismo de las conductas instintivas impide que las sociedades animales adecuen sus cambios a la velocidad con que a veces se transforma el medio y muchas de ellas llegan a desaparecer, imposibilitadas para adaptarse.

¿Qué pensaría sin embargo el propio Virgilio si pudiera viajar en el tiempo y apearse en nuestro siglo XXI?

Porque para que la vida del hombre progrese es necesario el cambio, incluso a pesar de que las condiciones que dieron origen a nuestra especie no hayan variado sustancialmente. El hombre, merced a la inteligencia, puede librarse del férreo control de los instintos y puede evolucionar independientemente de que las condiciones ambientales lo hagan. El proceso de creación, adaptación y perfeccionamiento de nuestra sociedad civilizada, es intrínsecamente el proceso de racionalización y superación de los instintos.

El hombre se libera de las leyes instintivas y merced a su inteligencia las somete al control de su voluntad. Pero en esta liberación se esconde a la vez la clave de su perfección y el origen de sus pecados. Un hombre no matará invariablemente a otro hombre si ambos se encuentran ante una única ración de alimento o encelados ante una hembra única. El ser humano puede ser capaz, en un rasgo de superación de sus instintos, de pasar hambre para que coma su prójimo, o de sublimar inteligentemente el deseo sexual. Pero a la vez, el hombre puede llegar, merced a esa misma inteligencia, a lo que el animal jamás haría: comer hasta hartarse y guardar lo que le sobra para especular y enriquecerse mientras a su lado miles de hambrientos de su misma especie fallecen de inanición. También, gracias a esta superación de los instintos, puede el ser humano, después de satisfecho su deseo sexual, subir a los cielos del erotismo, la sensualidad y la concupiscencia anteponiendo el placer al deseo y el deseo a la procreación, variando las pautas de la conducta sexual Estereotipada de la especie tanto cuanto quiera, retorciéndolas si es necesario, explorando nuevos horizontes, inventando diferentes sensaciones, estableciendo nuevas diferencias entre procreación, sexo y erotismo, como también en su día las estableció entre alimentación y gastronomía.

Porque evidentemente no era la procreación, ni siquiera el deseo, lo que impelía a Marcos y a Ester a modificar de forma tan notoria la conducta sexual que la especie entiende por normal. Buscaban romper tabúes, traspasar fronteras, cometer pecados, llegar a lo más alto de la concupiscencia, volar entre las nubes del erotismo, descender a los infiernos de la abyección y el vicio, experimentar, cambiar.

Es innata la tendencia de los hombres y mujeres que viven sujetos al ejercicio de una profesión a compensar la monotonía de este ejercicio con la práctica pública o el secreto cultivo de otras actividades. Todos llevamos dentro un repertorio de impulsos, de deseos, de vocaciones, mucho más complejo de lo que indica nuestra etiqueta oficial. Aun en el caso improbable de que hayamos acertado con nuestra verdadera vocación, una tendencia oculta y con frecuencia más de una, nos impulsa a servir en silencio a preocupaciones que no son las que nos proporcionan nuestro pane nostrum cotidianum y tampoco nos sirven para mejorar posiciones en los escalafones profesionales. Con ello mantenemos vivo, en primer lugar, el afán necesario de la diversión en sentido estricto, esto es de diversificar, de combatir el hastío de los quehaceres oficiales y rutinarios, aunque estos nos satisfagan mucho, derivando parte de nuestras atenciones por senderos diferentes. La profesión más sinceramente sentida y amada, más encajada con nuestras aptitudes, acaba por automatizarse, por perder su roce fecundo con el ambiente y la improvisación, convirtiéndose por eso mismo en un ejercicio mecánico fácil y con frecuencia estéril.

Hasta el acto creador, que tiene siempre una buena dosis de emoción e imprevisión, acaba por producirse de un modo reflejo; el poeta, el pintor o el descubridor de verdades se habitúan a la inspiración y se aburren casi tanto como el operario que, en una fábrica, recibe invariablemente la misma pieza que ha de colocar siempre en el mismo lugar del producto en elaboración. Las formas iniciales de la vida son puro ritmo. El progreso de la actividad humana se caracteriza, además de por la posibilidad y la necesidad de cambiar, por la ruptura de ese ritmo, por el desorden. Hay un desorden creador específico de nuestra especie y es tanto más importante cuanto más noble es el estrato de la actividad humana sobre la que actúa y por ello el descubrimiento de la verdad o la creación de la belleza coinciden especialmente con la tendencia del espíritu a escapar de la dirección única, de la actividad isócrona para lanzarse por rumbos diversos e imprevistos.

Esta es la razón de que pocas personas se resignen a ocupar, no ya su trabajo, sino su misma ociosidad en un único modo de acción. Nadie se sujeta a vivir sin una especie de preocupación de reserva, a retaguardia de la primordial con la que, así como el cuerpo se defiende con sus depósitos de grasa de un eventual ayuno, el espíritu se precave de su enemigo mortal, que es el hastío.

La actividad principal de cada ser humano suele tener pues su doble secundario y en múltiples ocasiones más de uno. Con frecuencia ocurre que nuestra actividad laboral, aquella que nos preocupa y nos absorbe, nos ha sido impuesta por el medio o por uno de esos errores de vocación que las personas cometen con tanta frecuencia en el trance de elegir profesión, carrera u oficio. En los difíciles años de la adolescencia, ese trance se corre muchas veces sin más probabilidades de acertar que aquellas con las que cuenta el jugador de lotería. En los frecuentes casos de error, la vocación verdadera y por tanto la verdadera aptitud, coincide entonces con la actividad secundaria, elegida en la madurez, ausentes de presiones familiares o sociales, con suficiente conocimiento de causa pero que solo podemos ejercer durante aquellos ratos que nos deja libres nuestra actividad principal, fuente de nuestra economía pero también de nuestra frustración. Así, los minutos que el ingeniero dedica a escribir una página de literatura una vez terminado su trabajo, denotan a un escritor o incluso un poeta frustrado y oprimido por el cálculo y las matemáticas y no es raro el caso de que al fin la vocación triunfe sobre la profesión y nuestro ingeniero arrincone las tablas de logaritmos para embarcarse en el proceloso mundo del pentámetro yámbico. El obrero de la fábrica empleará su tiempo sobrante en injertar esquejes en su huerto, agricultor frustrado que espera con ansiedad el momento de la jubilación para dedicarse a su verdadera vocación. Quizá el profesor de matemáticas se dedique a tocar ocultamente el violín, soñando con el Paganini que no es ni jamás será.

¿Y el abogado? ¿Cuál puede ser la vocación frustrada de un abogado?

Lejos de nosotros el funesto vicio de dogmatizar, pues ni siquiera nos gusta diseñar pautas de comportamiento o generalizar. De este modo nuestros conocimientos no abarcan lo bastante como para establecer alguna de las vocaciones frustradas de los letrados; ni siquiera encontramos medio fiable para vincular las palabras “vocación frustrada” y “abogado”, aunque lo que sí podemos afirmar y afirmamos de hecho, es que la vocación de Marcos coincidía con su profesión, pues desde la adolescencia pensó en ejercitar el Derecho, como lo hizo su abuelo, en lugar de la medicina, como su padre.

Y podemos afirmar aquí también que el letrado se hallaba libre del automatismo en la práctica de su trabajo, pues nada tan contrario a la reiteración como un bufete de abogados. Sin embargo y a pesar de todo eso, siempre trató Marcos de aumentar su tiempo libre para dedicarlo a un sinfín de actividades que podemos catalogar como aficiones si es que no queremos cometer la desmesura de calificar a nuestro protagonista como hombre de variadas vocaciones, una especie de Leonardo da Vinci con toga a veces, con mandil y gorro otras, con escopeta y caña cada vez que podía, con pinceles y lienzo… Pero siempre, en cualquier caso, con la maleta preparada y deseando viajar.

Porque si nos viéramos obligados a reducir a una el sinnúmero de aficiones que nuestro letrado practicó, la más importante a nuestro juicio sería sin duda la de viajero. Si nos fuera posible establecer el número de kilómetros que recorrió solamente por placer, en cualquier medio de locomoción observaríamos que resulta una cantidad desmesurada, porque para Marcos siempre estuvo el destino en el propio viaje, de forma que lo importante no era llegar, sino desplazarse. Y esto era así hasta el punto de que se cuentan por docenas el número de países que nuestro abogado conoció. No existe ninguna ciudad española que no haya pateado, apenas hay lugar dentro de la península situado al norte del paralelo 42 que no visitara una o varias veces y no se puede nombrar una sola población por aislada o diminuta que sea de Castilla y León o Galicia en la que no haya estado, pues de forma sistemática se propuso un día conocerlas todas y creemos sin duda que las conoció.

Hasta tal punto era frenética la pasión por el viaje, que resultaba la única actividad que gozaba del privilegio de ser antepuesta a veces a su propio trabajo. Así pues, si Ester le ofrecía una tarde de cine, de teatro, de ópera o de sexo, podía responder Marcos que estaba muy ocupado. Pero si la pequeña Ester le solicitaba un viaje para realizar durante algún puente, fácilmente se podía conseguir que el letrado hurtase uno o dos días a sus obligaciones para realizarlo con mayor fruición.

Porque es cierto que el establecimiento del despacho y los primeros años de puesta en funcionamiento del bufete que dirigía, fueron duros y difíciles, con abundantes periodos de estrecheces económicas, con deseos incluso a veces de rendición incondicional. Todas las profesiones padecen un cierto grado de nepotismo y endogamia. La de abogado también y por eso resultó extremadamente difícil abrirse un hueco en el mundo del foro vallisoletano con un apellido totalmente desconocido entre los establecidos e incluso de difícil pronunciación para muchos, incapaces para la fonética de la x gallega que es similar a la j francesa o a la sh inglesa.

Así decimos que fue duro pero se superó, a base de buen hacer, mucho trabajo, entrega total, profesionalidad, sinceridad y humanidad. Pero llegada la situación a un punto determinado, parecía que el despacho funcionase solo, de forma que apenas era necesaria la presencia de Marcos, habida cuenta de la suerte y buen tino con que eligió a sus colaboradores. De esta forma podía perfectamente regalarse con quince días de vacaciones aun en Junio, siempre y cuando la alternativa para aprovechar esos días fuese un viaje.

Y en esta ocasión así sucedieron los hechos, pues la pequeña Ester aquel mes había aprobado todas las asignaturas de la carrera menos una, la cual pensaba superar sin ninguna duda en Septiembre, con lo cual obtendría el título de Licenciada en Medicina y Cirugía, con permiso especial para matar, como solía decir Marcos, ya que jurídicamente solo a un médico se le puede imputar una muerte considerándola como negligencia profesional. El caso es que la propia Ester organizó el viaje y una vez planificado, tentó a Marcos para que cometiese el exceso de disfrutar de unas vacaciones la segunda quincena de Junio. El letrado, que siempre ha mantenido la tesis de que la mejor forma de vencer la tentación es caer en ella, aceptó inmediatamente cuando comprobó el plan de ruta.

Porque iba a ser un viaje recorriendo la vertiente sur de los Pirineos, desde Roncesvalles a Llançá, durante diez días, para terminar después practicando el dolce far niente en una playa de la costa brava durante otros cinco días más.

De modo que una buena mañana largaron amarras y después de parar a comer en Logroño llegaron a la tarde a Pamplona. Se alojaron en el Maisonave, como solían hacer en Pamplona y una vez más visitaron la catedral y los jardines de La Taconera; tomaron café donde solía hacerlo Hemingway y comieron en el Leire. El verano, recién comenzado, invitaba a pasear.

Con base en Pamplona viajaron a Valcarlos justo en el límite con la frontera francesa, atravesando el célebre desfiladero de Roncesvalles, donde parece ser que los vascos ganaron una importante batalla a Carlomagno. Visitaron el monasterio, que constituye el primer centro de acogida de peregrinos en suelo español, dentro de la antigua ruta jacobea. Por su parte Valcarlos (Luzaide en euskera) constituye un caso curioso ya que la población se alinea a ambos lados del antiguo camino de Santiago, hoy carretera, en el fondo del valle, dándose el caso único de que las viviendas situadas en un lado de la calle son españolas, mientras que las de enfrente son francesas. Internacionalismo sin problemas el de Valcarlos.

Impresionante también el célebre desfiladero, donde desde luego resulta fácil destrozar un ejército enemigo porque el fondo del valle es estrecho, apenas lo justo para que transcurra el río y la carretera. Las paredes que lo circundan escarpadas y prácticamente verticales, configuran una orografía apropiada para que unos pocos hombres arrojando piedras desde arriba puedan diezmar un ejército a su paso por el fondo del valle. No entramos a valorar si históricamente fue o no cierto, pero si decimos que la orografía se presta a ello.

Lo que si se practica ciertamente en los valles traspirenaicos navarros es la caza de la paloma a pasa y contrapasa. Lo cual consiste en conocer previamente las rutas migratorias de las zuritas y torcaces que pasan el invierno con nosotros y como la paloma no es ave que le guste volar alto, esas rutas transcurren necesariamente por los valles de los Pirineos, donde suelen esperarlas varias escopetas. Pero concretamente en Roncesvalles, e imaginamos que en algún otro desfiladero menos famoso históricamente, se practica un curioso ritual. Varios hombres suben a lo alto del desfiladero llevando unos trozos finos de madera cortados con la figura de un halcón en vuelo. Cuando observan que se aproxima un bando de palomas, lanzan al aire uno de esos recortes de madera, y las zuritas, engañadas pensando que es una rapaz, obedecen inmediatamente a su instinto, lanzándose en picado al fondo del valle, pues es bien sabido que los halcones y azores solo son capaces de capturar presas en el aire, nunca en tierra, de modo que ante la presencia de lo que las palomas toman por un halcón, se dejan caer al fondo del valle con la intención de posarse. Pero allá abajo, escondidas, están esperando las escopetas.

Visitaron también partiendo de Pamplona las hoces del Lumbier, donde aun pueden observarse almadías; suponemos que será uno de los pocos lugares de Europa donde todavía se pueda contemplar el espectáculo paleolítico del transporte de troncos flotando en el río. ¡Qué decir de las hoces del Lumbier! Pero también hay que considerar la belleza del propio pueblo, típico de montaña, con casas de recio muro de mampostería y vigas y cierres de madera, exuberante comarca de árboles y agua, tan parecida a Galicia pero a la vez con una personalidad propia inconfundible.

Pasadas un par de noches en Pamplona se trasladaron a Jaca, aprovechando el desplazamiento para visitar el Monasterio de Leire, cerca de Yesa y su pantano. Ya estuvieron en Leire cuando hicieron el camino de Santiago, pues este monasterio está situado en el itinerario del llamado “camino aragonés”, el que parte de Somport. Pero el edificio y su entorno es de tal belleza que nadie se extraña de que el Abad Virila se mantuviera trescientos años embelesado contemplando el paisaje mientras escuchaba el trino de un ave.

Berdún, antigua fortaleza amurallada, descansa indolente sobre un pequeño teso, al cual cubre por completo de casas, simulando desde lejos una especie de isla en la llanura del valle del río Aragón.

Y Jaca. Antigua tierra de los llamados por Plinio “iacetani” fue la primera capital de Aragón y conserva el edificio románico más antiguo de España: su catedral, del siglo X. En esta ciudad montaraz, pirenaica y aragonesa, turística y recóndita se alojaron en el Gran Hotel y comieron en El Tizón, recorrieron la llamada ciudadela, antiguo campamento romano y estableciendo sus cuarteles en ella visitaron Villanúa y Canfranc, por aquello de conocer lugares tan famosos para la práctica del esquí. Pero sobre todo, por encima de cualquier consideración, emplearon una tarde entera en San Juan de la Peña.

Este monasterio troglodita, fundado nada menos que en 920 por Galindo II Aznárez, conde de Aragón, es la cuna, el germen, la semilla de lo que un día llegaría a constituir el reino de Aragón. Es otro de los lugares sagrados, esotéricos, gnósticos, que merecen sin duda varias visitas.

Ya desde antes de empezar el viaje se venía mostrando Ester algo apática, desganada, con poca iniciativa. Estaba contenta porque había adelgazado, es decir, había logrado llegar a los 63, lo cual para su estatura era un peso que se encontraba en el límite de lo que los criterios estéticos de su amo considerarían delgadez. Pero la pequeña Ester, además de adelgazar estaba cansada, desaforadamente cansada, sin motivo aparente para ese cansancio. Esta circunstancia del agotamiento inopinado de la chica se puso palmariamente de manifiesto durante el viaje, pues como Marcos solía decir, una de las cosas más fatigosas que ha inventado la sociedad moderna es el turismo. En efecto, el turista pretende en una semana o incluso en una tarde, acumular los conocimientos sobre el medio que tienen aquellos que llevan viviendo allí diez generaciones. Para eso es imprescindible correr, no descansar en absoluto, atragantarse de monumentos, catedrales, museos, comida típica, y rincones con encanto. El resultado de todo esto es el agotamiento físico del turista que en muchas ocasiones está deseando que terminen las vacaciones para descansar en casa, como le ocurría al famoso viudo de Tomasa del cual dice la copla que mandó escribir en la tumba de su esposa el siguiente epitafio:

Aquí descansa Tomasa
gorda, desdentada y fría
que murió de apoplejía
mientras yo descanso en casa.

Pero solicitando de nuevo la venia por estas digresiones tan propias de aquél que tiene mucho que decir y poco tiempo para hacerlo, contaremos cómo en efecto el cansancio de Ester era absolutamente anormal y preocupante, pues lejos de los hábitos turísticos de Marcos hacer el japonés, antes bien, prefería dejar cosas por ver que apresurarse, pues pensaba que siempre existía la posibilidad de regresar. Pero aun así, Cosita estaba cansada. Era remisa a levantarse por la mañana, necesitaba dormir la siesta, sentarse cada poco tiempo, apenas tenía apetito y se encontraba exageradamente pálida.

Dice un refrán (Qué el diablo te lleve a ti y a tus refranes, Sancho maldito) que el mérito consiste en saber que es galgo antes de verle los cojones. Queremos decir que si necesitamos verle los atributos para saber si es macho no estamos realizando ninguna proeza. Lo meritorio es que desde lejos podamos decir si es galgo o galga. Y esto viene aquí a cuento, porque todos esos síntomas que relatamos, son indicios claros de una enfermedad grave, pero esto lo hemos sabido a posteriori, es decir, después de verle los cojones. Entonces simplemente pensábamos que Ester pasaba una mala época, o que las horas de estudio invertidas en el último trimestre le habían pasado factura y teníamos la seguridad de que con unos días de descanso, sol y baños de mar se le pasaría todo. De este modo simplemente procuraban no excederse en las caminatas y organizar las cosas de tal modo que la exhausta Ester pudiese dormir su siesta cada día.

Desde Jaca a Viella pasaron por Sabiñánigo, por Broto y por Ainsa, remontando el curso del río Ara hasta llegar a lo más profundo y elevado del Pirineo. Estas poblaciones perdidas en un maravilloso valle, hundidas y rodeadas de las montañas más altas de la península representan desde luego las postrimerías de una cultura rural y agrícola, completamente extinguida a día de hoy, pues la industria de estos pueblos es el turismo. Ainsa, sobre todo, con sus casonas blasonadas, construidas de buena fábrica de mampostería, con zócalos de sillarejo o incluso sillería en los más nobles edificios, constituye el paradigma de lo que decimos. En la década de los cincuenta no existía en aquella población ningún hotel, ni pensión, ni restaurante. La gente vivía de la madera, de la ganadería extensiva de montaña, de la caza y la pesca. Hoy es prolífica la comarca en hoteles, casas rurales, apartamentos, senderismo y todo este tipo de actividades que pretenden rememorar lo que un día constituyó realmente la vida de unas personas. Y así, llegan los madrileños y barceloneses, vestidos de Coronel Tapioca, alquilan un apartamento, hacen una ruta a pie y otra a caballo, mientras los chicos se aburren y mandan mensajes con el móvil y regresan a Madrid, donde explican orgullosamente que han estado caminando por un lugar ¡sin asfaltar! Jo tío, imagínate, es que alucinas ¿no? ¡Qué guay!

Josep Plá describía el valle de Arán como una esmeralda y ese es efectivamente el aspecto que tiene visto desde el alto de la Bonaigua. Pero cuando llegas a través del túnel, dejando a la izquierda la mole imponente del Aneto y recorres el valle desde Viella a Bossost, solamente observas las inmensas masas montañosas que te rodean e imaginas lo que debe haber sido un invierno allí, antes del túnel, antes de la estación de esquí de Baqueira, antes de los hoteles y del turismo. Las condiciones de aislamiento y pobreza en una población hoy tan próspera debieron resultar muy duras. El valle se abre a Francia, por lo cual la comunicación con ese país resulta más fácil que con España. Y en el valle de Arán se da una circunstancia muy curiosa, que casi todo el mundo ignora, a excepción de los propios araneses: existe un río, un importante río que nace en España y desemboca en Francia, en el Atlántico. Efectivamente en el valle de Arán, en el municipio de Canejan, nace nada menos que el Garona que después de pasar por Toulouse y Burdeos desemboca en el Cantábrico en Royan, a 60 kilómetros al sur de La Rochela.

El hotel Acevi Vall d´Arán los acogió un par de noches, mientras visitaron casi todas las localidades del pequeño valle, tratando de entablar conversación con los pocos aborígenes que encontraban pues el concepto que Marcos tenía del turismo no encajaba en absoluto dentro de los gustos al uso. Se trataba de hablar con la gente, de modo que a cualquier sitio que iba, procuraba pegar la hebra con algún anciano, siempre solos y deseosos de ser escuchados, encantados de transmitir sus conocimientos irrepetibles. De este modo, existen en el valle algunas poblaciones alejadas de cualquier pretensión turística y en estás emplearon precisamente el tiempo, porque contemplar lujosas mansiones o sofisticados chalés no motivaba a Marcos en absoluto y en todo caso bastante menos que la conversación con un anciano, en Bossost, que recordaba perfectamente el maquis, el contrabando de café, los judíos que llegaban de Francia huyendo del terror nazi... Un libro de historia viva, a quien invitaron a comer y con quien pasó Marcos dos días conversando, en gratísima y amena charla.

Pero si algo indica verdaderamente lo que era el aislamiento de este valle es el tratar de abandonarlo, no a través del túnel, sino a través del puerto de la Bonaigua. Hemos de considerar primero que, si bien el túnel lleva en servicio cuarenta años, la carretera que atraviesa la Bonaigua se construyó en 1.925 lo cual nos indica que antes de esta fecha, la gente nacía, vivía y moría en el valle sin salir nunca de él, como no fuera hacia Francia, pues ya decimos que, a pesar de ser suelo español, el valle de Arán se abre hacia el norte, siguiendo el curso del Garona.

Nuestra pareja decidió, intrépida, trasladarse a Puigcerdá, como estaba previsto, pero en lugar de hacerlo desandando parte de lo andado valiéndose del nuevo túnel, quiso Marcos atravesar la Bonaigua hasta Esterri d´Aneu, ruta habitual y única hasta la construcción del túnel, pero hoy evidentemente descartada por los viajeros prudentes.

La subida del puerto, hasta Baqueira pasando por Artiés y Tredós no es mala, pues las célebres pistas de esquí justifican sobradamente el mantenimiento de una amplia carretera, bien asfaltada y con anchos arcenes a pesar de estar dotada de innumerables y peligrosas curvas. Pero se asciende por ella sin excesivas dificultades. Al fin y al cabo, de Baqueira a Viella, la capital del valle, solamente hay 14 kilómetros, aunque eso si, de una descomunal pendiente.

Llegados a la estación de esquí decidieron tomar un café y recabar información a los nativos acera del estado de la carretera que atravesaba la Bonaigua, y por todas partes recibieron consejos totalmente contrarios al intento, calificando incluso de estulticia el pretender atravesar el viejo y peligroso puerto existiendo ya el túnel. Claramente se veía que los araneses poseían un eminente sentido práctico de los quehaceres y un sentimiento trágico de la vida, contrapuestos ambos absolutamente con los de aquellos que consideraban un privilegio pisar donde nadie había pisado, contemplar un paisaje virgen, disfrutando en el hecho mismo de mirar, sin necesidad de poseer o acudir a ninguna parte.

Pero fuese como fuera resolvieron emprender viaje. A partir de Baqueira la carretera cambiaba espectacularmente, pues al no utilizarse no se consideraba lógico invertir en su mantenimiento. En puridad debería abandonar el ampuloso nombre de carretera pues convertida en una estrecha senda, con restos de asfalto de vez en cuando, ascendía zigzagueante hasta lo alto del puerto, donde existe una pequeña ermita y donde pararon para contemplar efectivamente la esmeralda del valle, desde los 2.200 metros de la Bonaigua. Una manada de caballos salvajes pastaba en una ladera cercana y en el prado que rodeaba la ermita (Ermita de la Mare de Deu de la Bona Aigua) una explosión de vida saltaba a cada paso: cientos de insectos en un prado jamás contaminado por los insecticidas.

Pensó Marcos que no había sido tan difícil la ascensión al puerto. Cierto que la carretera dejaba mucho que desear, con un precipicio cortado a pico prácticamente en el lado izquierdo subiendo, pero no era él hombre que se arredrase por eso, acostumbrado al Padornelo, La Canda, Pedrafita, el Manzanal, el Alto del Árbol… Galicia es paisaje montañoso, con malas carreteras, pero él las había recorrido en profundidad.

Sin embargo la cosa cambió cuando iniciaron el descenso del puerto. Parece que hasta el alto de la Bonaigua, algo de mantenimiento se invertía en la vía, quizá debido a la propia existencia de le ermita, que a no dudar gozaría de la devoción de los araneses. Pero a partir de ahí, el descenso por la ladera sur del Pirineo hasta Esterri d´Aneu, fue verdaderamente propio de de la Cuadra Salcedo. Solo queremos hacer notar, que emplearon cuatro horas en recorrer los 20 kilómetros que separan Baqueira de Esterri. Ahora bien: nos faltan palabras para describir un paisaje tan agreste y monumental, con poblados bosques de abetos, manchas de hayas y robles, nogales, ríos, arroyos, torrentes, cascadas, aprovechadas a veces con una pequeña presa y una mini central eléctrica, todo ello a la sombra imponente del padre Aneto, que lo vigila todo, con su ojo manchado de nieve blanca, allá cerca del cielo. Desde allí contempla los desvelos de sus criaturas, desde los trabajos de las ardillas y los desmanes, el esfuerzo de la trucha remontando, el bombardeo del quebrantahuesos, el vuelo en picado del águila, el delicado paseo del muflón, e incluso el renqueante sufrir del motor del Renault Safrane de Marcos y Ester, subiendo lentamente, aplastando tomillos y aulagas con las ruedas, abandonada ya por completo la pretensión de denominar carretera a aquella mala calzada romana. Pero allí, en la bajada de la Bonaigua, en la cara sur de los Pirineos, fue la última vez, la última, en que Marcos pudo disfrutar de los azotes a su esclava, estando los dos a solas en un paraje campestre, solitario, magnífico y monumental. Y la cosa ocurrió de la siguiente forma:

Ya hemos dicho que entre Baqueira y Esterri d´Aneu, lo que en su día fue carretera transcurre ahora a través del paisaje más agreste, despoblado e impresionante que ambos habían visto nunca. Pedrafita, La Canda, El Padornelo… representan un juego de niños en comparación con aquello. Nadie va ya por esa carretera, porque la construcción del túnel de Viella la ha dejado obsoleta y prácticamente intransitable, pues es natural preferir veinte minutos de túnel a cuatro horas de puerto. Salvo en el caso de intrépidos aventureros y exploradores, como Marcos y Ester lo fueron aquel verano. Y viene esto a cuento porque, al salir de Viella, como les previnieron tanto contra el puerto, compraron los bastimentos y bebidas necesarias pues columbraron la posibilidad de que se les llegara el hambre en el trayecto y pudieran comer allí, antes de acceder a Esterri o a cualquier otro lugar habitado, como así fue en efecto. De manera que llegada la hora en la que sus estómagos pedían lo que les pertenece, buscaron una estrecha senda o vereda y por ella se metieron con el coche hasta que se alargaron como quinientos metros del camino principal, que no otra cosa era la carretera. Y allí, en medio del sotobosque de carrascos y abetos, comieron y bebieron de lo que habían llevado. Después de siesta, no muy larga, se le ocurrió a Marcos disfrutar del cuerpo de su esclava, poseerlo plenamente, con lo cual, recogieron los restos de la pitanza, guardaron las cosas en el coche y tomando el amo de él el material que sabía que iba a necesitar, avanzaron por la moheda hasta que se internaron un punto en lo más cerrado del arcabuco, llegándose a un nocedal con algo más de docena y media de árboles viejos, frondosos y tan cargados de fruto como darse pueda. Por la fecha, las nueces no estaban en sazón pero aún comieron varias después de apalear unas ramas con un varal. Eran nueces completamente silvestres, sin tratar, no pequeñas, pero muchas con cariedón, aunque las sanas eran mollares, sin bizna y con la carne rígida y sabrosa. El aroma de las alholvas ascendía del campo y el sol estaba iniciando su descenso hacia el ocaso pues serían como las cinco de una calurosa tarde, sin embargo la temperatura era agradable a la sombra de los viejos nogales. Allí, se desnudó Ester y puesta de rodillas ante Marcos, le hizo aquello para lo que tan bien servía su boca. Llegada la excitación al extremo necesario, comunicó el amo la intención de azotarla, de forma que ella permaneció de pie, de espaldas a su dueño, con las piernas separadas, esperando el castigo. El instrumento que había cogido Marcos del coche era un pequeño rebenque, corto pero efectivo con el cual comenzó a azotarla muy a su sabor, hasta que suplicó ella por favor que tuviera la bondad de atarla, pues estaba segura de que si el castigo continuaba se vería tentada a escapar corriendo. “No me importa que escapes” dijo su amo “porque estás desnuda y yo vestido y el monte tiene bastantes zarzas y madreselvas como para que sea un espectáculo verte correr entre ellas mientras yo voy detrás azotándote, de modo que continúa en posición o escapa si quieres” Con lo cual continuó sin moverse, pero tratando de cubrirse con las manos, lo que disgustaba a su amo, por lo que tomando una cuerda de la cual se había provisto en el coche, la ató a un abeto de buen diámetro, en posición tal, que parecía que se abrazaba al tronco del árbol con brazos y piernas, como si quisiera trepar por él. La áspera corteza molestaba la piel delicada de las tetas y así puesta, tomando Marcos la distancia necesaria, reanudó el castigo minuciosamente, lentamente, procurando que ningún azote montase sobre otro anterior, para poder prolongar lo más posible su placer y el de su esclava. Con cada golpe le preguntaba “¿Qué eres?” Y ella respondía “Una mierda, soy una mierda”. “¿Quién eres?” insistía el amo “Una zorra, tu puta, tu zorra” respondía ella entrecortadamente. “¿Qué deseas?” seguía Marcos preguntando después de otro azote “Que me folles, que me des por el culo, que me destroces” respondía ella en medio del paroxismo provocado por el dolor y el placer.

Cuando el amo consideró que había tenido lo suficiente, la desató del árbol, comprobando los rasguños en la piel de los pechos y el vientre. Entonces ató sus muñecas a sus tobillos, le quitó los candados de la vagina y del clítoris y en aquella postura, de pie, la tomó por los agujeros que le ofrecía todo el tiempo que quiso, mientras ella gemía, pidiendo más y diciendo “Fóllate a tu mierda, a tu zorra, fóllala, destrózale el culo” y cosas parecidas. Comprendiendo el amo que no podía aguantar más, la soltó y puesta de rodillas le ordenó continuar con la misma labor con la que había empezado el juego, hasta que él hallándose bien satisfecho, eyaculó blandamente en su boca mientras una pareja de carboneros miraban la escena posados en la rama de un árbol, se escuchaba lejano el ulular de la lechuza y algo más cerca un carpintero horadaba su nido con el monótono y repetitivo golpear de su pico en la madera. Marcos la puso de pie y la abrazó, con amor, con respeto, con dulzura, acariciando su desnudo cuerpo, apreciándola, venerándola, pasando suavemente sus dedos por las marcas del látigo, besando sus arañados pechos, diciéndole y declarándole su amor. De vuelta al coche, aun desnuda, se quiso retirar un tanto para orinar, pero su amo no lo consintió de forma que puesta en cuclillas, orinó en la tierra, mientras Marcos lo hacía en su boca, vaciando ambas vejigas los dos a la vez. Finalizado todo a su plena satisfacción. Le volvió a colocar los candados y cuando por fin llegaron a Esterri, era casi de noche por lo que decidieron pernoctar allí mismo, sin querer continuar el viaje hasta Puigcerdá como estaba previsto, así que el Hotel Esterri Park acogió sus exhaustos cuerpos.

Pasaron al día siguiente por Sort, pequeña localidad agrícola y ganadera situada en un bonito valle y comieron en El Celler en Seo de Urgel, preciosa ciudad donde las haya, que guarda en su interior como una reliquia la inimitable catedral de Santa María, en románico lombardo. Además, para los vallisoletanos de condición o de adopción, la comarca de Urgel debería tener unas connotaciones propias y únicas, pues ya hemos dicho en su momento que en la provincia de Valladolid, en Urueña, existe la ermita de la Anunciada, en estilo románico lombardo o románico catalán, único edificio en este estilo arquitectónico en Valladolid y uno de los pocos fuera del ámbito cultural de Cataluña. Lo que creemos no haber explicado al sufrido lector es el por qué se construyeron en las cercanías de Valladolid dos edificios de estilo románico catalán, el dicho de la Anunciada que se conserva y el monasterio de Santa María de Valbuena, reedificado después en gótico cisterciense. Y el motivo de este inusual florecimiento de un orden arquitectónico tan propio de Cataluña y alejado por tanto de lo común de Castilla es por lo que sigue:

Es históricamente cierto que Alfonso III reconquistó a los musulmanes el territorio donde hoy se asienta Valladolid, estableciendo la frontera en el río Duero. También está probado que concedió estos terrenos y carta puebla a Don Pero Ansúrez, conde de Saldaña, quien se tiene como fundador de la ciudad, lo cual quizá no sea del todo cierto históricamente ya que parece raro admitir que un valle fértil y regado por tres ríos no estuviera poblado con anterioridad al año 1.100.

Sea esto como fuere, resulta que al tal Don Pero no le dio Dios hijos varones y si una hija a quien vino a casar con Armengold, Conde de Urgel. De esta forma la vallisoletana de trasladó a Cataluña y como resultado de ese singular maridaje su hija, Estefanía de Armengold, nieta por tanto del conde Don Pero, heredó el dicho condado de Saldaña y se trasladó a vivir a Valladolid para tomar posesión de él y disfrutarle. Mas dicen las crónicas que la joven Estefanía, nacida en Urgel, acompañada de marido catalán, desconocía las costumbres, gustos e incluso el idioma castellano, aunque por entonces todas las personas cultas se entendían en latín, estando por tanto libres del problema de las lenguas. El caso es que Estefanía trató de mantener sus costumbres en Valladolid y aunque pensamos que a la larga no lo conseguiría, lo cierto es que se hizo traer de su tierra incluso arquitectos, quienes edificaron las dos construcciones citadas. Por eso decimos que los vallisoletanos, de hecho o de derecho, deberían sentirse vinculados de alguna forma especial con este precioso rincón de Cataluña.

Y solicitando nuevamente la venia de los posibles y sufridos lectores de esta real y verdadera historia, continuamos con el hilo de ella y así decimos que aquél día nuestra pareja protagonista llegó a dormir a Puigcerdá, en donde Ester daba cada vez más muestras de postración y enfermedad, hasta el extremo que Marcos se sintió obligado a consultar a un médico en la dicha ciudad fronteriza, el cual, en un alarde increíble de ignorancia profesional, dictaminó que era simplemente agotamiento y prescribió un complejo vitamínico, mucho reposo y buena alimentación. Pero la propia Ester, más hábil al parecer médicamente hablando, le dijo a Marcos que su intención era hacerse un amplio reconocimiento a su regreso a Valladolid, con lo cual estuvo el letrado de acuerdo, aunque no le dio más importancia en aquél momento que la estrictamente anecdótica. Y volvemos a hacer hincapié en la necesidad de dictaminar el sexo del galgo antes de palpar sus atributos sexuales, pues lo que entonces se consideró una anécdota, no lo fue tal como veremos.

Bien es cierto que el abogado jamás imaginó que se produciría por segunda vez la muerte de un ser querido tan prematuramente. Decimos por segunda vez, pues la primera consideramos que fue la de su padre, ya que entendemos que los 51 años no es edad adecuada para morirse. Jamás imaginó el letrado que a una mujer sana y fuerte que contaba por entonces con 38 años le pudiera ocurrir algo más que un dolor de muelas. Pero lo mismo pensaba de su padre e incluso de su abuelo, porque en lo tocante a muertes prematuras parece que el destino nunca ha estado del todo satisfecho en relación con Marcos.

El caso es que pasaron en Puigcerdá dos noches, visitando la increíble localidad de Llivia, enclavada en territorio francés y perteneciente sin embargo a España, de tal forma que para acceder a ella es necesario abandonar el territorio español, en una curiosa paradoja motivada por el Tratado de los Pirineos de 1.659 entre España y Francia. Dicho tratado establecía textualmente que la paz entre ambas naciones se firmaba a costa de que España cediera a Francia los pueblos de las comarcas del Vallespir, Conflent y parte de la Cerdaña, que forman hoy el departamento francés de Pirineos Orientales. Pero al ejecutarse el tratado, los negociadores españoles se dieron cuenta de que Llivia no era un pueblo, sino una villa de modo que continuó y continúa formando parte del territorio español.

Efectivamente para llegar a Llivia, es necesario tomar una carretera internacional que discurre, a partir de Puigcerdá tres kilómetros por territorio francés. Es una vía que conduce exclusivamente a Llivia y que antes de la pertenencia de España a la Unión Europea, estaba vallada y con indicaciones de prohibición de girar en ambos sentidos en cada cruce, según informaron los lugareños a preguntas de la interesada pareja. La dicha carretera, dejando a la derecha la localidad francesa de Bourg Madame entra de nuevo en territorio español para conducirnos a Llivia.

En esta singular localidad leridana observó Marcos un detalle. No le pasaron inadvertidas unas argollas que había de buen tamaño a lo largo de todas las casas del pueblo, a una altura como de un metro del suelo. Estas argollas estaban por todas partes y aunque al principio el letrado les buscó un uso ganadero, como podía ser para atar allí a los caballos o como talanquera, la cantidad de ellas que había hacía imposible admitir razonablemente esa utilidad. Y como nunca quiso Marcos quedarse con la duda, allí mismo preguntó a un anciano (siempre los ancianos) que tomaba el sol sentado en una silla baja de anea. Y fue informado de que las argollas eran porque en tiempo de invierno se hacía pasar a través de ellas una cuerda gruesa o estacha la cual servía para que los viandantes pudieran sujetarse en medio de las enormes nevadas y heladas que la zona soportaba, de forma que desde cualquier casa del pueblo se podía ir a cualquier otra sin necesidad de soltarse de la dicha cuerda, dificultando de esta forma en mucho las caídas, ya que dijo el anciano que en aquel su pueblo, no se veían libres de la nieve y el hielo desde noviembre hasta marzo, esto cuando menos. Admirado quedó Marcos del ingenio de aquella gente, pues a pesar de haber visitado muchas villas, pueblos y ciudades en lugares de alta montaña y con buenas nevadas, nunca jamás vio cosa similar en ninguno de ellos.

También visitaron el Museo de Farmacia que está constituido en lo que se considera farmacia más antigua de Europa y tuvieron la ocasión de comprobar cómo en las localidades fronterizas puede darse una especie de nueva Babel, sin alterar en nada el funcionamiento normal de sus gentes, sus comunicaciones, sus relaciones o sus quehaceres. Así, en el restaurante en que cenaron en Llivia, se daba el caso de que parte de los clientes y camareros hablaban en catalán, parte en francés, parte en castellano e incluso un grupo en portugués y a pesar de eso, todo el mundo se entendía, circunstancia que a menudo no ocurre incluso con la propia mujer a pesar de que hablas su misma lengua. Esto sirve también para demostrar, a nuestro juicio, la nula importancia del idioma cuando la necesidad y el deseo de entenderse es grande, a pesar de lo que piensan al respecto las buenas gentes que viven en lugares donde sólo se habla una lengua, pues tienden a creer que el hablar más de una es un atraso, sin hacer mención desde luego a la consideración que les merece la suya propia, que es, sin lugar a dudas, la mejor del mundo.

Otro día por la mañana abandonaron Puigcerdá y pararon en Ripoll a comer. Ripoll, por si sola bien merece una estancia de una semana. Y el Monasterio de Santa María de Ripoll, casi se llevaría la semana entera. Magnífico edificio románico lombardo, casi a la altura de la catedral de Santiago (Dios me perdone), perfectamente conservado, con un impresionante claustro, una fachada que sin llegar a la explosión del Pórtico de la Gloria, no desmerece en absoluto de ninguna de las que hemos visto. Llamada la Biblia en Piedra, la fachada está totalmente cubierta por una cristalera para evitar su deterioro, demostrando una vez más lo celosos de su arte y su cultura que se muestran los catalanes, actitud esta que defendemos y defendió públicamente Marcos a la entrada del dicho Monasterio de Santa María de Ripoll según contaremos ahora mismo.

Es el caso que nuestra pareja estaba haciendo cola, junto con otros contribuyentes, para obtener una entrada que posibilitase la visita a tan singular edificio. Detrás de ellos estaba un matrimonio, castellano por la fonética, que maldecían de la supuesta tacañería de los catalanes que eran capaces de cobrar por visitar una iglesia. Y se preguntaban estos singulares gestores del patrimonio (Dios los bendiga y los conserve lejos de las obras artísticas) se preguntaban, decimos, interesados, cómo era posible que en Ripoll (ellos pronunciaban Ripol, porque a su juicio otra de las particularidades nefastas de los catalanes era que no hablaban en cristiano, o si lo hacían lo hacían mal, resultando risibles desde luego) acudiera alguien a la iglesia si cobraban por entrar en ella. En estas disquisiciones estaban cuando un par de buenas mujeres penetraron en el templo sin que nadie les exigiese la entrada. Esto fue demasiado, de forma que el supuesto marido, aparentemente hombre alzó la voz inmediatamente preguntando que cómo era posible que aquellas mujeres entraran sin pagar. A lo cual una señorita le informó muy educadamente que aquellas mujeres eran vecinas del pueblo, y que sería difícil mantener que tuvieran que pagar por acudir a su propia Iglesia. La informadora continuó su labor didáctica con más paciencia de la que los visitantes se merecían, diciendo que si quisieran visitar el claustro, el museo o cualquier otra dependencia del monasterio tendrían que pagar también a pesar de ser vecinas, pero no así la iglesia, pues era la parroquia de su pueblo. Y a partir de ahí se entabló una pequeña polémica, pues el turista alegaba que él sólo quería visitar la iglesia y que, por tanto, no tendría tampoco que pagar a pesar de no ser del pueblo. Que dónde se había visto pagar por ver una iglesia (ahí demostró que no se había alejado más de tres kilómetros de su aldea natal, pues en cualquier parte del mundo has de pagar incluso por respirar) y que él no pensaba pagar.

Marcos, que había permanecido en silencio durante la disputa, no pudo sufrirlo ya más, a pesar de los gestos que Ester hacía intentando retenerle. Y así intervino en la polémica diciendo que a él le parecía perfecto que cobraran, que era cierto que en Castilla no lo hacían pero que podría proporcionar al visitante una lista de monumentos en ruinas situados en Castilla y que él personalmente estaba encantado de pagar a cambio de que el patrimonio cultural se conservase resultándole indiferente que este patrimonio se situara en Cataluña o en Tailandia. Por otra parte, aseguró el letrado, de ninguna manera resultaba obligatoria la visita al monasterio, de forma que quien no quisiera verlo podía marcharse inmediatamente, cosa que Marcos recomendaba muy fervientemente que hiciera la desdichada pareja. Incluso dijo más, pues manifestó estar cierto de que la iglesia de la aldea de aquél buen hombre guardaba tesoros artísticos aun mayores que la de Ripoll (se esforzó en pronunciar la consonante final) y que debería él influir para que a partir de entonces cobraran también en la iglesia de su pueblo a los visitantes e incluso en un alarde recaudatorio sin precedentes, a todo el mundo. Otrosí reconvino y dijo: que gentes como él no deberían salir de su aldea, pues jamás iban a disfrutar otra cosa que no fuera el propio terruño y que la mitad de los problemas de cohesión de nuestra sociedad era debida a personas tan nefastas, cerriles y recalcitrantes como él.

Dicho todo esto con tan buenas palabras y vehemencia que al terminar originó un espontáneo aplauso de los sufridos colistas que produjo como consecuencia la huída abochornada de la redicha pareja. Y alguien que se identificó como barcelonés, felicitó personalmente a Marcos preguntándole de dónde era. A lo que este contestó diciendo que gallego, lo que produjo en el interlocutor un gesto de aquiescencia y la frase: “Ya sabía yo que usted no podía ser castellano”. A lo cual Marcos respondió diciendo que todo lo que pensaba del incómodo y respondón turista, lo pensaba también de su nuevo interlocutor, pues ambos por igual generalizaban y prejuzgaban a personas, ciudades e incluso pueblos que no conocían.

Pero todo esto que nos inunda ahora el recuerdo no es óbice para considerar el impacto tan grato que el dicho monasterio de Ripoll produjo en nuestro abogado. Visitaron la tumba de Guifré el Pilós, conde de Besalú (el Wifredo el Velloso de sus estudios infantiles), fundador de la dinastía catalana, tumba respetada y siempre rodeada de flores y permanecieron toda la mañana en el Monasterio.

Ya por la tarde, continuaron su viaje pasando por Olot y aunque era su intención llegar a Llançá aquél mismo día no pudieron por menos que detenerse 24 horas de modo que pidieron alojamiento en el hotel Borrell y emplearon otro día en visitar los volcanes, la ribera del Fluviá y la vieja ciudad de Olot. Ya se sabe: Com a Olot, enlloc.

La antigua capital de la Garrotxa tiene el privilegio de ser el lugar donde por primera vez se quejó Ester de dolor en el vientre:

_ No es dolor -dijo poniendo su mano un poco más arriba de su ingle derecha- sino una molestia, como si tuviera algo aquí. Marcos le dijo que podía ser apendicitis al fin y al cabo, pues a él le parecía que el dolor propio de esa enfermedad se localiza en la parte derecha del bajo vientre. Durante el resto de su vida estará recordando el viejo letrado la frase con la que Ester respondió a esto:

_ Puede ser apendicitis y puede ser una sentencia de muerte -dijo.

Esta frase produjo entonces en Marcos una manifestación de repulsa:

_ ¿Estás tonta? -le respondió inmediatamente– tienes la hipocondría de los estudiantes de medicina, que padecen todas las enfermedades que estudian. En todo el tiempo que llevamos juntos es la primera vez que te duele algo, de modo que no seas histérica y compórtate normalmente.

Pero ¿por qué diría Ester esa frase? ¿No podía haberse conformado con otra, por ejemplo: “puede ser apendicitis pero puede ser otra cosa” o “seguro que será apendicitis” o alguna otra frase similar. ¿Por qué dijo eso precisamente? ¿Esa frase revela algo, o fue simple casualidad? Cuando posteriormente preguntaba Marcos a Ester sobre la cuestión, esta le decía que la frase le salió así, sin pensar. Pero Marcos siempre creyó que aquellas palabras obedecían a algo. ¿A qué? Jamás lo llegaremos a saber.

Y otro día de mañana salieron y pasaron por Figueras, que como ciudad no tiene mucho que ver, francamente. Pero Ester tenía la intención y el deseo de visitar el museo Dalí, pues este pintor le parecía genial, aunque Marcos siempre discrepó de eso, manifestando que no se necesitaba a Dalí existiendo Velázquez y que una vez que se ve su sala en el Prado, apenas se necesita ver más pintura. Pero en fin… Condescendió y ambos visitaron el Museo Dalí, comieron en el restaurante Empordá, situado en la antigua Nacional II, faro y guía de la cocina ampurdanesa de mar y montaña (pollo con langosta). Y tuvieron ocasión de degustar allí unos caracoles situados entre la media docena de mejores preparaciones de caracol que Marcos ha probado en su vida.

Ya de noche llegaron a Llançá donde tenían reservada habitación en el hotel Grimar en la carretera que va a Port Bou. Pero estaba el agua tan apetecible que se dieron un baño en la playa antes de ir a comer un delicioso suquet de peix con una botella de Blanc Pescador.

A pesar del descanso Ester no mejoraba. Marcos se mostraba ya muy preocupado y si no había regresado inmediatamente a Valladolid, era porque la pequeña Ester no daba muestras de enfermedad, ni fiebre, ni dolor (salvo aquella molestia en el vientre) y la única manifestación que mostraba de padecer algún desarreglo era el extremado cansancio y las siempre perennes ganas de dormir. Sin embargo Marcos tenía perfectamente claro que lo primero que harían al volver a Valladolid, sería poner a la pequeña Ester en manos de todos los médicos necesarios.

Al saber que iban a Cataluña habían asegurado al inefable, Rafa, su viejo amigo, que le avisarían cuando llegaran, pues él prometió ir a hacerles una visita, cualquiera que fuese el sitio de Cataluña donde se encontrasen. Dadas las circunstancias de la falta de salud de Ester, no quería Marcos avisar, sino regresar a casa con la mayor celeridad posible. Pero he aquí que Ester insistió, y así decidió llamar a Rafa ella misma desde la habitación del hotel, coligiendo Marcos por las respuestas de ella, que la conversación había sido subida de tono, pues a Ester se le iba poniendo la célebre “cara de clítoris” conforme hablaba con Rafael.

El caso es que el joven y nuevo miembro de la alta burguesía catalana no iba ligero de equipaje, pues entre otras muchas pertenencias había heredado el chalet (allí le llaman torre) que el viejo Don Pere tenía en Ampuriabrava, cerca de Vilademat, con automóvil de lujo en la puerta principal y embarcación en la trasera. Esto distaba apenas cien kilómetros de Llançá de modo que, atendiendo a las ganas que Ester demostraba de que Rafa le pusiera la mano encima y la polla dentro, concertaron con él una cita y el día señalado se presentaron en Ampuriabrava.

Resultó esta una urbanización que puede considerarse el paradigma del urbanismo capitalista y burgués, donde todos los lujos tienen su asiento y desde donde parece imposible creer siquiera que existe el sufrimiento, la enfermedad, la guerra y muerte que sin embargo asolan el mundo. No deberíamos llamar chalet a aquellos edificios, ni siquiera torres; son verdaderas mansiones situadas cada una de ellas en un terreno de más o menos tres mil metros, dentro de una urbanización construida con tal industria, que a través de kilómetros de canales han hecho pasar el mar a la tierra, de forma que las viviendas tienen un canal por la parte de atrás y una carretera por la de delante. Allí podemos ver buenos yates amarrados al puerto trasero y potentes vehículos de lujo estacionados frente al pórtico delantero.

Y este era el caso, tal cual, de la residencia de verano de Rafa. Atendiendo a lo dificultoso que resulta orientarse allí entre cientos de torres, de canales y de carreteras, el propio Rafa les salió a esperar a la autopista A-7 y después de los saludos de rigor, expresados con alegría y reconocimiento a Marcos y con descaro y deseo a Ester, el antiguo sargento indicó que le siguieran y poniéndose a los mandos de un potente BMW t-4 descapotable, después de mil giros y otros tantos vericuetos llegaron a la mansión donde Rafa solía descansar los fines de semana y pasar buena parte de sus vacaciones.

Se dieron mutuas novedades. No vayamos a creer que desde que Rafael se incorporó a la dirección de sus empresas a raíz de la muerte de su padre no habían vuelto a tener noticias los unos de los otros. Ni mucho menos era así, ya que frecuentemente se telefoneaban y Marcos y Ester estaban al corriente de que al joven catalán le iban los negocios viento en popa, sumergido ya sin paliativos en la promoción y construcción de viviendas, como un nuevo esquinero de la Diagonal. Su hermana no había aparecido de modo que era él quien dirigía las empresas, disfrutaba de los beneficios y ocupaba los inmuebles que antes habían sido de su padre, convirtiéndose de este modo en una copia fiel de lo que Don Pere había supuesto: todas aquellas cosas que Rafa había odiado tanto cuando no las podía disfrutar, formaban parte intrínseca ahora de lo que él consideraba su vida. La embarcación (un precioso once metros con 400 CV) un par de automóviles de lujo, el chalet en Baqueira, la residencia en Pedralbes, la torre en Ampuriabrava, el pequeño y discreto estudio de la Diagonal, transformado en picadero e incluso en cámara de torturas, el servicio, el palco en el Liceo, el Palau, las recepciones en Sant Jaume… Una versión renovada de Don Pere a todos los efectos, salvo que por entonces todavía permanecía sin más compromiso que aquél que podían despertar en él unas nalgas dispuestas a ser azotadas, en tanto en cuanto lo estén, aunque hemos sabido que posteriormente se casó y terminó divorciado después de un largo contencioso en el que hubo acusaciones de malos tratos por parte de su mujer. Pero esta circunstancia ocurrió algunos años más tarde porque por entonces el único vínculo afectivo que mantenía con sus semejantes era el de la atención, cuidado y compañía a Doña Nuria, que por fin lograba la buena mujer un poco de paz y consideración.

En cuanto al chalet o torre, era un edificio supuestamente modernista, de dos plantas y bajo cubierta (no se pueden construir sótanos en Ampuriabrava) perfectamente decorado y dispuesto para la llegada de su dueño. En un pequeño anexo vivía un matrimonio que se encargaba de mantener todo en perfecto orden. Orgullosamente les mostró Rafa la casa y les dijo que por qué no se trasladaban allí, ya que aunque él tenía que regresar a Barcelona, podían considerar aquella casa como suya. Estaba meditando Marcos la respuesta cuando Ester preguntó:

_ No me digas que tienes que marcharte ¿Ni siquiera pasaremos una noche juntos?

Entendió el amo inmediatamente que su viciosa esclava quería experimentar cuanto antes de nuevo lo que tantas veces había sentido con Rafa, y así respondió Marcos al ofrecimiento aceptándolo y asegurándole que se mudarían allí en cuanto tuvieran ocasión.

Y les comentó Rafa que para celebrar su estancia había preparado una excursión a las Islas Medas a bordo de su pequeña gran embarcación, bautizada pretenciosamente con el nombre de Eolo. De esta manera embarcaron y zarparon unas dos horas antes de mediodía, puesto el ex-sargento al timón, que ya había obtenido el título que le facultaba para patronear embarcaciones de aquella eslora y desplazamiento, título que se conoce en Galicia despectivamente con el nombre de tituliño como contrapunto del Título de Patrón de Cabotaje o el de Patrón de Pesca. Dicen los paisanos da costa da Morte que el tituliño es para los de Madrid y por ahí, mientras que los gallegos obtienen acreditaciones que les facultan para pilotar o patronear buques de mayor porte y calado.

Pero es el caso que después de navegar muy a modo por los canales que comunican la urbanización con el mar abierto, encontraron la bocana y pusieron rumbo a Las Medas, a unos buenos 18 nudos, a donde llegaron justo a la hora de la comida. Marcos no pudo ni quiso vencer la tentación y puestas unas gafas con tubo respirador se lanzó al agua contemplando y admirando los bellísimos y únicos paisajes submarinos de los fondos de las Medas, paisajes que se dan en muy pocos sitios ya en el Mediterráneo, mar contaminado donde los haya. Pero en las Medas se pueden contemplar todavía importantes poblaciones de corales, praderas de posidonia, y una biodiversidad verdaderamente notable, todo lo cual ayudado por la transparencia de las aguas, posibilita para alguien aficionado al buceo participar de un espectáculo que solo tiene parangón con ciertos fondos de la isla de Cabrera y del cabo de Gata, en lo que al Mediterráneo español se refiere, pues el Atlántico, aquejado siempre de grandes mareas y aguas turbias, impide la contemplación de sus fondos, aunque los hay diversos y exuberantes.

Un buen rato echó Marcos emergiendo para tomar aire y sumergiéndose de nuevo. Como buen depredador sintió no haber llevado consigo su escopeta lanza arpones, pues tuvo a tiro diversos e importantes especímenes, entre ellos un mero de hasta once kilos de peso según calculó el propio letrado a ojo. Aunque todo el entorno de las Medas tiene categoría de Parque Natural Marítimo Terrestre y está por tanto prohibido cazar o pescar, no dejaban de írsele al depredador los ojos detrás de tanta belleza y de tan buenos blancos.

Mientras tanto, ni Rafa ni Ester llegaron a bañarse, pero Marcos pudo observar la maniobra de acercamiento y excitación que en cubierta llevaba a cabo el Sr. Doménech, con gran contento y aquiescencia de su sumisa. Habían hecho bien en ir, pensaba mientras descendía una y otra vez.

Después del baño, el apetito que ya existía se incrementó aun más de modo que decidieron comer y Rafa descorchó una botella de un cava sin igual, fabricado expresamente para él y se dispuso a disfrutar con Ester de los placeres de la carne. Se le ordenó entonces a la esclava que se desnudase y sirviera la comida a sus amos, sentados en toldilla, la cual comida consistió en emparedados, sándwiches fríos, helado, fruta y cava.

_ ¿Cuánto llevas sin correrte Ester? –preguntó.

_ Desde que Marcos me usó en los Pirineos –contestó la interpelada con humildad.

_ Y ¿tienes ganas? ¿No tienes muchas ganas de correrte con lo viciosa que tú eres y lo que te gusta?

_ Si –respondió escuetamente Ester bajando la mirada.

_ ¿No te gustaría chuparme la polla, esa polla que tú conoces tan bien y que después te la metiera en el culo? Responde.

_ Si –volvió a decir Ester, sin atreverse a levantar la vista y con un murmullo de voz. Pero Marcos, su amo, pudo observar un pequeño estremecimiento al responder.

_ Siendo así y con permiso de tu amo, voy a azotarte, porque sé que has echado en falta mis azotes y además porque nadie te habrá azotado nunca a bordo de un barco y después, cuando se me canse el brazo, me la chuparás hasta que me la pongas todo lo dura que puedas y en ese momento si Marcos lo permite te la meteré en el culo hasta que me canse, no necesito ni quitarte los candados porque tu cuerpo tiene agujeros suficientes para satisfacerme. Ya sabes que preferentemente elegiré tu boca para correrme, porque después de esta comida seguro que el semen te apetecerá ¿No es así?

_ Si –repitió Ester el monosílabo con un volumen apenas audible, pero extraordinariamente excitada.

_ No te hemos oído –intervino entonces Marcos, su amo– dinos en voz alta y clara lo que quieres. Y míranos a la cara para decirlo.

_ Quiero que Rafa me azote –manifestó entonces Ester- y que me la meta en el culo y que se corra en mi boca.

La expresión del rostro de Rafa, era la encarnación del deseo y la lascivia. La esclava, desnuda y con los candados en el sexo, parecía la esencia misma de le lujuria.

Y allí empezó de nuevo la cosa como tantas veces. Porque pareció entonces que aquella embarcación había sido utilizada ya en varias ocasiones con fines distintos o complementarios a la navegación en sí misma, ya que aparecieron unas cadenas en un armario del sollado perfectamente adecuadas para sujetar a la sumisa a dos argollas que en el costado había a la altura del través, donde fue sujeta efectivamente por la muñecas, ligeramente doblada sobre la borda, contemplando ella la superficie del mar, con la tripa apoyada en la tapa de regala, las tetas colgando, los tobillos atados cada uno a una cornamusa y las piernas extraordinariamente abiertas y separadas.

Y así fue como Rafa enarboló un buen rebenque que tenía guardado, lo cual nos dio a entender de nuevo que aquella embarcación se utilizaba para muchas cosas. Y con parsimonia al principio pero con premura después, descargó fuertes azotes sobre las nalgas y las piernas de Ester, hasta ponerlas de un color rojo vivo, momento en el que el joven Sr. Doménech se despojó del traje de baño y sin desatar a la sumisa ni permitir que esta se moviera, le introdujo en el culo casi media polla, comenzando un movimiento de vaivén, mientras le decía que desde un barco fondeado a unos setecientos metros la estaban observando, como así era en efecto según Marcos pudo comprobar con los prismáticos, pues en el dicho barco tres hombres, también con prismáticos no se perdían la escena.

Pero Rafa quería más, de modo que Ester fue desatada y llevada ante su amo Marcos que excitado por la contemplación de la escena se relamía con lo que le esperaba.

_ Chupa esto –le dijo Marcos mostrándole el pene- y cuando Ester se ponía de rodillas para chupar, Rafa agregó:

_ Separa las piernas mientras chupas. Voy a metértela entera en el culo.

Y dicho y hecho, mientras los pasajeros del otro barco observaban, la lengua de Ester se paseó por el conocido sexo de su amo y la polla de Rafa se hundió por completo en su culo.

Diremos que acabado esto se tumbaron Ester y Rafa en una hamaca. El catalán, a pesar de lo que había dicho, observando de cerca el sexo de la esclava quiso quitarle el candado, como así lo hizo y cuando la encontró dispuesta para recibirle, separándole las piernas introdujo de un solo golpe su pene en el coño abierto y mojado de Ester.

Pero esta no dio un suspiro de satisfacción ni un respingo, sino un grito enorme y desgarrador de dolor, de puro dolor, mientras que huyendo y liberándose del abrazo con el que Rafa la sujetaba se incorporó, apretándose el vientre con ambas manos mientras decía:

_ ¡Dios! Cómo me duele.

En un primer momento Rafa se sintió incluso halagado, pensando que aquel dolor era producido por la desmesura de su miembro, que aunque grande no lo era tanto como para originar unos efectos dolorosos súbitos e intensos, sobre todo en una mujer acostumbrada a recibir en su interior pollas de todos los tamaños.

Inmediatamente Marcos se percató de que algo raro ocurría. Ester se tendió en cubierta y el propio Rafa la tapó con una toalla. La sumisa se quejaba de dolor en el bajo vientre, en el lado derecho, donde supuestamente podría localizarse una apendicitis. Sin pérdida de tiempo viraron, poniendo rumbo a tierra, mientras que la pequeña Ester se iba recuperando.

_ ¿Crees que es apendicitis? – preguntó su amo.

_ No –dijo Ester en un murmullo- mira.

Y tomando la mano de Marcos que permanecía a su lado acariciándole la cabeza, la condujo al punto del vientre donde le dolía.

_ Aprieta un poco –pidió- podrás notar un bulto.

Y su amo apretó y notó efectivamente un bulto. Con sumo cuidado porque la pobre Ester se quejaba pasó los dedos por el entorno del bulto y le pareció que tenía el tamaño de una nuez. Sin embargo Ester le informó que sería bastante más grande, ya que a la palpación solo se puede detectar un 20% del tamaño de los tumores o quistes internos.

_ ¿Cuánto hace que tienes esto? –preguntó su amo angustiado.

_ No sé, me lo he notado hace un mes. Pensé en ir al médico al acabar el curso, porque creía que era un quiste de ovario que ya los he tenido en otras ocasiones y dependiendo de la fase del ciclo crecen más o menos. No le di importancia. Sin embargo esto ya es otra cosa, porque en este mes he tenido la regla y no ha variado para nada. Incluso creo que ha aumentado.

Estaban llegando a puerto. Marcos le pidió a Rafa que le buscara en Barcelona un ginecólogo de confianza. Aun antes de atracar llamó el muchacho a su madre por teléfono y esta recomendó el suyo propio, que fue el Dr. Torres en la calle Gral. Mitre. Aunque este doctor daba hora para tres semanas, gracias a la intervención de Dña. Nuria consiguieron cita en tres días solamente.

De este modo todo se reorganizó. Ester se quedó en Ampuriabrava en casa de Rafa, Marcos regresó a Llançá para recoger todo el equipaje y pagar el hotel. Se avisó por teléfono a la familia que el letrado tenía en la capital catalana y todo se hizo con tal tino y celeridad, que a las 24 horas de producido el incidente a bordo del Eolo, ya estaban instalados en Barcelona en casa de la familia de Marcos. Y a las 72 horas era Ester examinada, muy por lo menudo, por el Dr. Torres. Terminado el exhaustivo examen e invitados por el médico a tomar asiento frente a él en torno a la mesa del despacho, les comunicó que Ester no tenía nada relacionado con la ginecología, al menos nada que se pudiera detectar sin unos análisis. Pero que a la espera de los resultados de dichos análisis de sangre y orina que ya se habían pedido, quería manifestarles que efectivamente tenía un quiste (no suelen llamarlo tumor al principio) en el colon ascendente y que deberían pedir hora a un especialista en cirugía digestiva.

Dicho y hecho. Marcos y Ester no conocían ni tenían referencia alguna de la calidad profesional de los médicos barceloneses, de modo que se fiaron del criterio de las primas de Marcos, siendo así que en pocos días y ya con los análisis pertinentes en la mano, consultaron con un especialista en aparato digestivo, de cuyo nombre no es que no queramos acordarnos, sino que no nos acordamos aunque queremos hacerlo, en el hospital Sagrado Corazón de la calle Viladomat.

La primera vez todo se resolvió diciendo: “hay que hacer más análisis y una colonoscopia”. De modo que entre unas cosas y otras no fue hasta pasados casi diez días de la crisis dolorosa a bordo del Eolo cuando por fin los doctores establecieron un diagnóstico cierto y un tratamiento para la enfermedad de Ester.

Durante esos días, amo y esclava hablaron mucho y profundamente, sobre la conveniencia o no de regresar a casa para allí hacerse todas las pruebas y someterse a la posible intervención quirúrgica, pues Ester ya por entonces sabía perfectamente que el “quiste” que tenía, no era tal, y que tendrían que extirpárselo. El dilema estaba entre continuar en Barcelona o regresar a Valladolid. Desde luego que en la capital catalana, entre la familia de Marcos y el propio Rafa se encontraban ambos perfectamente atendidos y cavilando pensaron que fuera la que fuese la dolencia de Ester, al fin y al cabo estaban en Barcelona, que sin ninguna duda contaría con profesionales y equipos al menos tan buenos como los que había en Valladolid y probablemente mejores. De este modo decidieron quedarse, en casa de la tía de Marcos.

Y llegó el día del principio del fin, o del fin de la felicidad. Y fue cuando el doctor de cuyo nombre queremos acordarnos aunque no podemos, a la vista de la colonoscopia, la resonancia, el TAC y los análisis, decidió que era imperativo intervenir quirúrgicamente a Ester, para extirparle el tumor (ya se utilizaba esa palabra maldita) que tenía en el colon. A preguntas de ella, como más experta en estas materias, respondió el cirujano diciendo que era un tumor primario, localizado, denso y compacto, de fácil extirpación y muy buen pronóstico. De este modo él recomendaba que la paciente quedase ya ingresada para comenzar el preoperatorio.

Semanas después le confesó Ester a Marcos que en ese momento ella supo que era muy grave. Conocía perfectamente los protocolos a seguir ante cada caso y esa urgencia en operar hasta el extremo de recomendar el ingreso inmediato para abreviar tiempo, era síntoma claro de la gravedad del caso, pues si no fuera así se la citaría en su momento para la intervención y el preoperatorio se realizaría siguiendo tratamiento ambulatorio, nunca ingreso. Sin embargo en aquél momento Marcos pensaba que aquello no sería más que un pequeño contratiempo, que Ester se recuperaría desde luego, y que él iba a estar a la altura de las circunstancias, para lo cual lo primero que hizo fue llamar a su despacho para decir lo que pasaba y que no le esperasen de momento. El mes de Agosto, normalmente inhábil, estaba próximo y aunque así no hubiera sido, había en el bufete suficientes profesionales cualificados como para atender cualquier asunto. Telefoneó también a la familia de Ester y a la suya propia, pero en un ambiente relajado y tranquilo, como si la dolencia de su querida esclava fuera una caries.

Y llegó el día de la intervención, festividad de la Virgen del Carmen y después de seis angustiosas horas de quirófano, le devolvieron a Ester, tan llena de tubos, sondas, sueros y máquinas, tan pálida y con tal aspecto de enferma que Marcos no pudo resistir y rompió a llorar.

Salió al pasillo y allí encontró al cirujano que iba a entrar a la habitación a ver a su paciente.

_ ¿Cómo ha ido todo Dr.? –preguntó Marcos ingenuo.

_ Bueno, usted sabe que su esposa está muy grave, gravísima. Yo me he limitado a extirpar el tumor, pero las metástasis requieren otro tipo de tratamiento. De modo que cuando se recupere un poco del postoperatorio yo recomendaría el traslado a la unidad de Oncología de la clínica Quirón, bajo los cuidados de colegas eminentes y amigos míos, con los cual hablaré yo personalmente. Pero desde luego no se haga usted muchas ilusiones, yo diría que ninguna.

En aquel instante se enteró Marcos del estado de suma gravedad de su pequeña Ester. Lo del cáncer de colon ya lo imaginaba, lo sabían prácticamente los dos. Pero siempre había albergado la esperanza de que todo el mal se limitara a eso.

Podemos imaginar uno de esos edificios, altos, ostentosos, aparentemente inmunes incluso al paso del tiempo, pero que se vienen abajo con unas cuantas diminutas cargas de dinamita situadas estratégicamente en los pilares más sensibles. Cuando se produce la explosión, en unos segundos el edificio se derrumba entero, cayendo casi a plomo, con singular estruendo, pero cayendo al fin, como un castillo de naipes de ladrillo. Esa es la imagen que podría definir perfectamente lo que ocurrió en el alma de Marcos en aquél momento. Se derrumbó. El Dr. le permitió quedarse unos momentos a solas en un pequeño despacho. Ester estaba todavía casi inconsciente y el letrado aprovechó aquellos minutos para tratar de recomponer un poco su vida, sin conseguirlo, porque su vida, a decir verdad, no se recompuso nunca más.

Como Canio, en Los Payasos de Leoncavallo, ¡Actuar! mientras preso del delirio no supo ya qué decía ni qué hacía. Pero a pesar de todo era necesario esforzarse, ponerse la máscara, cambiar en bromas el dolor y el llanto. Reír de la pena que le embargaba, burlarse del dolor que acababa con su corazón.

Recitar!
Mentre preso del delirio non so più
quel che dice e quel che faccio!
Eppur... e d'uopo... sforzati!
Bah, se' tu forse un uom!
Tu se' Pagliaccio!
Vesti la giubba e la faccia infarina.
La gente paga e rider vuole qua,
e se Arlecchin t'invola Colombina,
ridi, Pagliaccio, e ognun applaudirà!
Tramuta in lazzi lo spasmo ed il pianto;
in una smorfia il singhiozzo e il dolore...
Ridi, Pagliaccio, sul taro amore infranto!
Ridi del duol
che t'avvelena il cor!

Y así regresó a la habitación, para que su queridísima Ester le viera en el momento de despertar del todo. Se lavó la cara, fumó nerviosamente otro cigarro y sentándose a la cabecera de la cama cogió su mano y la saludó:

_ Hola princesa.

_ Hola –respondió Ester débilmente- ¿Cómo ha ido todo?

_ Bien, muy bien –y aquella fue la primera vez que le dijo una mentira.

Trasladada a la clínica Quirón y puesta en manos del más afamado de los oncólogos, realizadas por este y por sus ayudantes todas las pruebas necesarias, se emitió, por fin, un diagnóstico y un pronóstico definitivo. La paciente, Ester Bueno González había sido intervenida de una neoplasia en rama ascendente del colon, presentando metástasis en hígado y peritoneo, constituyendo todo ello un cuadro de pronóstico extremadamente grave e incompatible con la vida en un plazo de dos a ocho meses. Esto le fue comunicado a Marcos un 23 de Agosto y Ester falleció en la madrugada del 14 de Mayo siguiente a los 39 años. No se cumplió el pronóstico por 15 días.

No hace falta decir aquí que por parte de Marcos se intentó todo, absolutamente todo; incluso de forma inconsecuente el abogado oró todos aquellos meses, prometió, pidió, amenazó. Por consejo del médico y de la fundición DOMO no se le dijo a Ester la verdad y ella fingió ignorarla algún tiempo, aunque llegados a las últimas diez semanas, ninguno de los dos quiso fingir más y abiertamente hablaban de la muerte cercana y al final deseada.

Con el fallecimiento de Ester acabó esta historia de amor, aunque quisiéramos puntualizar que aquí da fin solamente la historia que no el amor mismo. Para la cual suplico benevolencia en el posible lector interesado, porque no ha sido compuesta con pretensiones de obtener un premio, ni siquiera el reconocimiento por parte de nadie. Simplemente con la intención de que alguien recuerde a Marcos y a Ester, el día que ambos falten.


CAVARADOSSI
(rimane alquanto pensieroso, quindi
si mette a scrivere... ma dopo tracciate
alcune linee è invaso dalle rimembranze,
e si arresta dallo scrivere)
(pensando)
E lucevan le stelle...
ed olezzava la terra...
stridea l'uscio dell'orto...
e un passo sfiorava la rena...
Entrava ella, fragrante,
mi cadea fra le braccia...
Oh! dolci baci, o languide carezze,
mentr'io fremente
le belle forme disciogliea dai veli!
Svanì per sempre
il sogno mio d'amore...
L'ora è fuggita...
E muoio disperato!
E non ho amato mai tanto la vita!...

(scoppia in singhiozzi, coprendosi il volto
colle mani. Dalla scala viene Spoletta,
accompagnato dal Sergente e seguito da
Tosca: il Sergente porta una lanterna -
Spoletta accenna a Tosca ove trovasi
Cavaradossi, poi chiama a sé il Carceriere:
con questi e col Sergente ridiscende, non
senza aver prima dato ad una sentinella,
che sta in fondo, l'ordine di sorvegliare il
prigioniero).


CAVARADOSSI
(Permanece pensativo, después,
se pone a escribir pero, después
de algunas líneas, le invaden los
recuerdos, y cesa de escribir)
(pensando)
Y brillaban las estrellas
y olía la tierra...
chirriaba la puerta del huerto
y unos pasos hacían florecer la arena...
Entraba ella fragante
y caía entre mis brazos...
¡Oh dulces besos, oh lánguidas caricias!
Mientras yo estremecido
las bellas formas iba desvelando...
Para siempre desvanecido
mi sueño de amor...
Ese tiempo ha acabado...
¡Y voy a morir desesperado!
¡Y jamás he amado tanto la vida!

(Rompe en sollozos y se coge la
cabeza entre las manos. De la
escalera viene Spoletta acompañado
por el sargento y seguido de Tosca.
El sargento lleva una linterna.
Spoletta indica a Tosca dónde se
encuentra Cavaradossi; luego con
el carcelero y el sargento baja,
no sin antes indicar a un centinela
que vigile al prisionero.)

FINIS CORONAT OPUS