



La niña era consciente, por comentarios de las amigas y porque su madre siempre la había prevenido al respecto, que los chicos, ya se sabe, van a lo que van, todos son iguales y enseguida te piden sexo. Por eso valoraba aun más a su novio, que nunca se propasaba, lo cual le hacía a ella deducir que su relación se basaba en el amor y que él era un auténtico caballero a la antigua usanza: comedido, respetuoso, cortés y educado. Esta forma de entender la falta de demanda de sexo de un varón por parte de algunas mujeres, es completamente errónea. No quiero yo decir con esto que el normal comportamiento de un hombre debe ser tratar de acostarse con la primera mujer con la que toma café, pero, como todos sabemos, los únicos varones que respetan muchísimo a las mujeres son los homosexuales; los demás, dentro de un tiempo prudencial, demandan sexo. En caso de no ocurrir esto, ella debería desconfiar y pensar que el tipo en cuestión no es trigo limpio y que esconde algo, pues en este asunto tanto se peca por la premura como por la lentitud. Roberto no era homosexual, pero sus intenciones no estaban ni mucho menos revestidas del aura de caballerosidad que Ester quería ver en ellas. Simplemente seguía la estrategia de hacer que la muchacha lo deseara, lo demandara, para írselo dando con cuentagotas haciendo que ella siempre necesitara más, quisiera descubrir más pues él pensaba que este era el camino para convertirla en la amante perfecta. Esta forma de actuar es táctica común y generalizada entre cualquiera que pretenda que otro le obedezca, desde los cuidadores de bonsáis que poco a poco y con infinita paciencia van consiguiendo que el árbol adopte la figura que ellos quieren, hasta los entrenadores de perros, que con el premio del caramelo o la golosina doblegan la voluntad de los animales consiguiendo que les obedezcan sin dilación. En este sentido Roberto actuaba más como un entrenador de perros que como un cultivador de bonsáis, pues lo que pretendía no era que Ester adoptase determinada figura o actitud, sino que activamente le obedeciera en la forma, el lugar y el momento que él ordenase. En lugar de golosina o terrón de azúcar utilizaba para conseguirlo el sexo.
Porque transcurrían los días, las semanas y los meses y Roberto no mostraba ningún interés ni solicitaba lo que la muchacha estaba deseando entregarle, lo cual comenzaba a generar en la chica una cierta inquietud. Por su forma de ser deducía que sin duda era ella la culpable de la situación: “Quizá no le gusto”, pensaba “o quizá esté saliendo con otra”, aunque esto último era físicamente imposible, salvo que actuase con nocturnidad, porque ellos permanecían juntos la mayor parte del día una vez cumplidas sus obligaciones laborales y escolares. La niña, en su ingenuidad y haciendo caso omiso del viejo refrán que dice al novio enséñale el coño, pero no todo, se sentía en la obligación de transmitir a Roberto todos y cada uno de sus pensamientos, sus inquietudes y sus deseos, de forma que, de vez en cuando, le preguntaba que por qué no la hacía suya plenamente, que ella lo estaba deseando y se sentía capaz y apta para satisfacerle. La contestación del chico era invariablemente la misma:
_ Aun no estás preparada. Me tienes que querer mucho más y entregarte totalmente a mí.
Estercita le daba vueltas en la cabeza a todo aquello sin ser capaz de imaginar de qué forma se podía querer más ni entregarse más. Le contaba a su novio sus desventuras pero Roberto zanjaba le espinosa cuestión diciéndole que confiara en él, que la deseaba y que no había nadie más que ella en su vida; que él sabría cuando había llegado el momento y que, una vez llegado, la tomaría sin dilatarlo ni un instante, pero que era menester no precipitarse. En honor a la verdad tampoco al muchacho le resultaba fácil mantener tan firme actitud y si no fuera por la morbosa ilusión que tenía de conseguir la entrega absoluta de su novia, habría claudicado hacía mucho tiempo. Frecuentes masturbaciones solitarias con el pensamiento puesto en el cuerpo de Ester trataban penosamente de suplir esa carencia. Pero el chico era tan raro y caprichoso que creía que si actuaba con precipitación, dejaría pasar una oportunidad única para conseguir lo que ambicionaba, que ciertamente no era otra cosa que poseer una esclava sexual. Así, se contenía con una fuerza de voluntad digna de mejor causa y con la esperanza puesta en lo que llegaría a conseguir si era prudente.
Con sus continuas preguntas sobre el asunto, la chica estaba revelándole inconscientemente el grado de apremio que tenía en cuanto a su necesidad de establecer relaciones sexuales, de manera que cuando la insistencia y las preguntas llegaron a producirse con demasiada reiteración, Roberto juzgó que quizá era el momento de comenzar a dar algo y decidió pasar a la acción.
Una tarde de primavera, de esas agradables que presagian el deseado verano, la pareja había estado merendando unos perritos calientes y unas cañas de cerveza en la hamburguesería San Luís, de la calle Cárcel Corona. Cuando terminaron decidieron caminar lentamente y sin rumbo. El atardecer invitaba al paseo así que andando con parsimonia llegaron hasta la explanada que se extiende frente a la fachada principal de la Facultad de Ciencias, en el antiguo Prado de la Magdalena. Iban cogidos de la mano y esporádicamente Roberto pasaba un brazo sobre los hombros de la chica y la atraía hacia él en un gesto de protección que a Ester le encantaba. Apoyados en el murete que rodeaba la explanada, mientras las ultimas luces del día iluminaban la escena, hablaban y hablaban de sus cosas. Pero la postura resultaba tan incómoda, que al poco tiempo terminaron sentados en el suelo, apoyando la espalda contra el pequeño muro de no más de ochenta centímetros de alto, que les servía de respaldo. Roberto sacó su paquete de Celtas y ofreció tabaco a la chiquilla que cogió uno. Ester había empezado a fumar, porque todo lo que hacía su novio le resultaba fascinante e incluso imitaba sus frases y gestos. Estaba, en fin, completamente enamorada de él. Veía por sus ojos, hablaba por sus labios y escuchaba por sus oídos.
Terminaron el cigarro y el joven comenzó a besarla en el cuello profusamente a la vez que con la mano le acariciaba los pechos, por encima de la blusa. La chica llevaba un pantalón verde y una blusa a juego. Su cuello, donde Roberto depositaba suavemente un torrente de besos, olía a Azur de Puig y el muchacho separaba el pelo negrísimo, para dejar al descubierto la oreja. La besó, chupando el lóbulo delicadamente, mientras con la mano alternaba las caricias entre un seno y otro.
Ester se había tumbado en el suelo cuan larga era. Su respiración se tornó cada vez más agitada, la mirada brillante, las aletas de la nariz palpitantes, procurando buscar desesperadamente los labios del muchacho para fundirse con él en apasionados besos, entreabriendo la boca, aspirando la lengua, suspirando y gimiendo entre dulces palabras de amor y de deseo. El chico, desabrochó la blusa, dejando al descubierto el vientre, plano y cálido. Besó y besó alrededor del ombligo, mientras acariciaba las piernas por encima del pantalón, pasando a veces la mano sobre el sexo de la chica que contenía la respiración en cada pasada. Roberto, sabiamente, alargaba el proceso. Acariciaba los pechos, besaba el vientre, pasaba la mano por las piernas, lamía el cuello y los labios; todo ello envuelto en mil palabras de amor y de deseo susurradas dulcemente en el oído de su novia. Sin embargo, no había hecho intención de quitar el sujetador a la muchacha. Ella sentía que aquella prenda estorbaba porque le daba la impresión de que repentinamente sus pechos habían crecido y se sentían oprimidos dentro de aquellas cazoletas; pero cuando hizo ademán de quitárselo, su novio no se lo consintió. Ester se dejó llevar. Al fin y al cabo era la primera vez que había llegado a tanto con un chico y estaba segura de que Roberto sabría como hacerlo. A pesar de todo no lograba entender por qué, teniendo en casa una cama, él había decidido empezar aquello allí; quizá las cosas habían surgido sin que nadie se lo propusiese, pero se decía que aquél era un sitio como otro cualquiera para entregarse, por fin, a él.
La manita de la chica, buscó el sexo del muchacho y acariciándole por encima del pantalón, sintió el bulto que ella juzgó enorme. Entonces, Roberto le hizo abrir las piernas tumbándose sobre ella, y aunque ambos estaban vestidos, inició los movimientos de vaivén que se realizan durante el coito. Ester podía sentir el bulto del pene, apoyado en su sexo, presionándole en la entrepierna a través del pantalón y la braguita, mientras que su novio estrujaba delicadamente sus senos y la besaba en la boca, metiéndole la lengua recorriendo su cuello con los labios y chupando los lóbulos de sus orejas. Ester nunca supo cuanto duró aquello pero siempre recordará la sorpresa y el estupor que sintió cuando Roberto se puso repentinamente en pie, encendió un cigarro y preguntó con desparpajo:
_ ¿Te ha gustado? -y sin darle tiempo a responder, añadió- Pues algo parecido se siente cuando se hace de verdad.
La noche había inundado con su sombra la explanada que sirve de aparcamiento en la Facultad de Ciencias. El aire se había vuelto más fresco, aunque la excitación que la muchacha sentía le proporcionaba el suficiente calor como para despreciar el frío de la noche. Ester se sentó en el suelo, arreglándose la ropa y pudo comprobar como las farolas iluminaban a los pocos viandantes que pasaban con prisa por la acera, situada a un centenar de metros, mientras que el lugar donde ellos estaban permanecía en la oscuridad. No supo qué decir. Simplemente cogió otro cigarrillo y aguardó a que su novio manifestara sus intenciones. No tuvo que esperar mucho:
_ Creo que ya es algo tarde y mañana tenemos que madrugar los dos. ¿Te acompaño a casa?
La niña permitió que él pasara un brazo sobre sus hombros y lentamente emprendió el camino de regreso hacia su domicilio. Notaba el sexo excitado, abierto, húmedo. Los pezones, turgentes casi le dolían rozando con el sujetador. La cabeza le daba mil vueltas, mientras escuchaba a Roberto que hablaba y hablaba sin parar de cosas que ella juzgaba en aquella ocasión intrascendentes. No pudo contenerse más y estalló con vehemencia:
_ ¿Se puede saber qué te pasa conmigo? Yo creo que esto que estamos haciendo no es normal. Si tú me quisieras como te quiero yo a ti estarías deseando hacerlo. Todo el mundo lo hace y yo les tengo que decir a las amigas que también lo hacemos. Me da corte contar la verdad.
Roberto, sin inmutarse, buscó sus labios para depositar en ellos un beso. Pero la muchacha lo rechazó.
_ ¿Por qué tenemos nosotros que hacer lo que tus amigas? Yo quiero que cuando lo hagamos sea para siempre, porque casi todas las chicas que conozco andan por ahí con unos y con otros. Eso es porque se precipitan y a mi no me pasa nada contigo. Sólo creo que aun no estás preparada y tienes que entregarte más a mí.
_ ¿Más? -A Ester le dolía que dijera aquello- Oye, estoy pensando en ti desde que me levanto, nos vemos todos los días, sueño contigo, procuro hacerte feliz y que estés bien y lo que quiero precisamente es entregarme a ti del todo. ¿Qué más puedo hacer?
_ Si estuvieras de verdad entregada a mí, no te pasarías todo el rato dándome la vara diciendo que no lo hacemos y que por qué no lo hacemos. Solamente harías lo que yo te dijera, porque serías mía. ¿Ves como aun no eres mía del todo y tienes que entregarte más a mí?
Ester reflexionó sobre todo aquello mientras continuaban en silencio camino de casa de su hermana. Realmente era una especie de diabólica trampa dialéctica, pero la chiquilla lo dio por cierto. Si estuviera totalmente entregada a él, se limitaría a confiar ciegamente y no exigiría nada, sabiendo, fuera de toda duda, que lo que Roberto hiciera siempre sería lo mejor para ella. Por otra parte, el chico le había hecho entender que si continuaba insistiendo, entrarían en un círculo vicioso. Ella se lo pediría y él se lo negaría argumentando que no era completamente suya, ya que se lo pedía. Resolvió, ser más prudente en adelante y evitar cualquier otro tipo de confrontación con el muchacho. Tenía la esperanza de que con esa actitud, un buen día se encontrase con que Roberto juzgara que era el momento adecuado y la tomase por fin.
La verdad es que el chico jugaba con la ventaja de que Ester era una niña acostumbrada a obedecer, con nulas o muy pocas oportunidades de manifestar una iniciativa, además de haber desarrollado un importante grado de timidez. Solamente ahora, gracias al apoyo, la valoración y la amistad de Roberto, estaba empezando a enfrentarse a su hermana y a rechazar con hostilidad cualquier injerencia del entorno que ella considerase desmesurada. Sin embargo, los años de sumisión a toda su familia, a su maestra y a sus profesores, pesaban de manera determinante en su personalidad, de suerte que no le resultaba difícil aceptar de buen grado lo que su novio quería. Porque la chica entendía perfectamente que la intención de Roberto era que ella permaneciese callada y expectante, deseándole pero sin manifestárselo de forma explícita. Como cuando de niña, en el pueblo, quería otro pedazo de flan de los que hacía su madre, pero nunca se atrevía a pedirlo. Sin embargo si algún adulto se lo ofrecía, ella asentía enérgicamente con la cabeza.
A todas estas, habían llegado a su casa. Como todas las noches, Roberto se despidió con un beso apasionado, pero aquella vez acarició con reiteración el sexo de su novia a través del pantalón. A ella, que estaba empezando a pasársele la excitación, le volvió de repente redoblada y apremiante. Se abrazó a él con verdadera necesidad, mientras pasaba también su manita por encima del pantalón del muchacho, notando el bulto que se había instalado allí al parecer de forma perenne. A pesar de las determinaciones que había tomado mentalmente hacía unos instantes, no pudo contenerse llegado el momento y reclamó a su novio casi con rabia:
_ Roberto, Roberto, por Dios cielo... Te quiero, no te vayas, sigue, sigue así...
El muchacho se desprendió secamente del abrazo y le dijo:
_ ¿Ves como no estás entregada a mí? Acabas de volver a pedirlo. Tienes que aprender mucho todavía. Hasta mañana cariño.
_ Roberto... -pero la puerta metálica del portal ya se había cerrado con estruendo y su novio desapareció en la fría oscuridad de la noche dejándola aturdida y confusa. Ester subió las escaleras de dos en dos hasta el segundo y abrió la puerta con su llave. Su hermana y su cuñado estaban terminando de cenar. Los niños dormían.
_ Son horas ¿eh? -grito su hermana- No, si al final, se lo tengo que decir a padre, lo que está pasando contigo, que haces lo que te da la gana y no bajas ya la mano a nada.
El volumen de voz iba subiendo mientras que la niña, desaparecía en su habitación y su cuñado, con una expresión de hastío murmuraba: “¿Ya estáis otra vez?...Yo me largo a la cama”. Pero Isabel no cejaba en el intento de echarle la bronca, rutando y rutando mientras se lavaba los dientes y se ponía el camisón. Por fin, con una última voz, le hizo saber que tenía algo de comer en el horno y que recogiese y fregase los platos de la cena, dejándole la cocina como un sol.
Se hizo, por fin, el silencio... Estercita se despojó de la blusa y liberó luego sus pechos del sujetador. Los pezones erectos casi le dolían. Se quitó los zapatos y los calcetines, desabrochó los pantalones y sentándose en la cama hizo que se deslizaran por sus piernas quedando vestida solamente con la braga. Antes de ponerse un albornoz blanco, observó su cuerpo desnudo en el espejo de la habitación. Los enhiestos pezones, los senos turgentes, el cuello, los ojos, los labios. El espejo era demasiado pequeño para permitirle contemplar conjuntamente la totalidad de su anatomía pero lo que vio le gustó y continuaba sin comprender por qué Roberto la rechazaba con tanta determinación.
Fue a la cocina aunque no era apetito de alimentos el que padecía Ester aquella noche. Se propuso recoger y fregar los cacharros, pensando que si los dejaba para el día siguiente iba a andar más apurada de tiempo, aparte de que si su hermana se levantaba y encontraba la cocina revuelta, podría generarse una disputa morrocotuda. Apiló platos, vasos y cubiertos de la mesa, depositándolos con cuidado en el fregadero. Empuñó decididamente un estropajo y esparció sobre él un generoso chorro de detergente. Comenzó mecánicamente a fregar primero los cubiertos: cuchillos, tenedores y cucharas pasaban por sus manos recibiendo su correspondiente enjabonado y restregado; pero su cabecita estaba en otra parte. Revivía con detenimiento todas las sensaciones que había experimentado aquella tarde y al fin, abandonando la prosaica tarea que estaba realizando, se secó las manos y de pie, al lado del fregadero comenzó a acariciarse los desnudos pechos, por debajo del albornoz. La mano izquierda pasaba suavemente de un pezón a otro, de un seno a otro, mientras que la derecha había ido descendiendo por su vientre desde el estómago hasta el borde de la braguita. Desató el cinturón que sujetaba la prenda de baño a su cuerpo y continuó más abajo localizando el clítoris en la parte superior de su sexo chorreante y terriblemente excitado debajo de la braga humedecida. Separó las piernas para facilitar la tarea y comenzó a tocar la pequeña protuberancia con su dedo corazón. La braguita le molestaba y se la quitó con la idea de meterla en la lavadora, pero su deseo era tan apremiante que simplemente la depositó, arrugada, a sus pies. Estaba completamente desnuda bajo el blanco albornoz y aún le entraron ganas de despojarse también de esta prenda, pero por precaución, no fuera a ser el caso de que alguien de la familia se levantase a deshora, se lo dejó puesto, aunque se echó los faldones sobre los hombros y se inclinó un poco sobre el fregadero abriendo totalmente las piernas para conseguir que su sexo estuviera más accesible. Continuó acariciándose, primero con delectación, pero poco a poco, la intensidad de la manipulación fue aumentando hasta que llegó a frotar desesperadamente sus labios vaginales, y todo su sexo con la palma abierta de la mano. A veces, paraba y volvía a manipular el clítoris con un dedo. Otras veces, ese mismo dedo travieso, penetraba muy ligeramente en la entrada de su vagina, humedecida y abierta. Volvió el violento frotamiento, recorriendo todo el sexo, apretándolo y sobándolo con una mano, mientras con la otra se pellizcaba delicadamente los pezones. El ritmo de la masturbación aumentó y en su cabeza estaban los besos de Roberto, el cuerpo de Roberto, el bulto del pantalón de Roberto… El orgasmo se acercaba y en un momento estalló, obligándola a morderse los labios para no gritar y quedando ligeramente recostada sobre el fregadero. No duró más de quince segundos. Se arregló la ropa y volvió a su quehacer doméstico, procurando terminar con la mayor diligencia posible. Al cabo, se dio por satisfecha, se lavó los dientes, se quitó por fin el albornoz y vistiendo un bonito pijama se metió en la cama. La cabeza le daba vueltas, pensando y pensando por qué le pasaban a ella esas cosas tan raras, pero el cansancio la venció pronto y no tardó en quedarse dormida.
Después de aquello pasaron algunas semanas sin más acontecimientos dignos de mención y de figurar en este escrito. Las relaciones entre la pareja continuaron como si nada hubiera ocurrido, simulando que la tensa escena de la Facultad de Ciencias no había tenido lugar. La niña acabó de asumir el razonamiento que su novio le había hecho, según el cual se autoinculpaba en exclusiva de la situación, porque efectivamente, si Roberto no acababa de decidirse a hacerle el amor, de ella era toda la responsabilidad, pues ya se le había explicado que debía limitarse a obedecer y esperar en silencio y claro, como no detenía sus demandas molestando a su novio más de lo que él merecía, pues el chico se negaba a satisfacerla; y hacía bien en castigarla, porque a la hora de la verdad ella no se estaba comportando conforme a lo que Roberto, a quien tanto debía, le demandaba. Hasta ese límite los torticeros pensamientos de Estercita la habían llevado y hasta ese punto tenía la niña una personalidad apocada, propincua a la obediencia y muy poco dada a la reivindicación, con una autoestima prácticamente inexistente y una dependencia afectiva digna de figurar en los manuales de psiquiatría. Sin embargo, había algo que verdaderamente estaba cambiando aunque de forma lenta y sutil: las hostilidades entre Ester y su hermana se incrementaban paulatinamente. La muchacha seguía siendo una excelente estudiante, pero cada vez le resultaba más difícil comportarse como una dócil sirvienta. Curiosamente estaba aprovechando el amor de Roberto para aumentar su autoestima, aunque ello solamente se pudiese percibir en lo tocante a las relaciones con terceras personas porque para su novio continuaba siendo la misma niña apocada, tímida e irresoluta de siempre, incapaz de una contravención y dispuesta a admitir todo lo que salía por la boca del muchacho. Pero con Isabel, aunque callaba, en su fuero interno se negaba a continuar ejerciendo de criada para toda la familia de su hermana. Tan alarmante era la situación y tan tensas e insostenibles se habían vuelto las relaciones que la chiquilla decidió, desde luego que de común acuerdo con su novio y una vez obtenida la aquiescencia de éste; hacer una carrera corta, para poder escapar cuanto antes de la tutela de la familia. Como su ilusión desde niña había sido siempre la medicina, eligió Ayudante Técnico Sanitario considerándolo un mal menor y se esforzó como nunca en mejorar sus calificaciones, para que le resultase más fácil acceder a la Escuela de Enfermería merced a su brillante expediente académico.
Los fines de semana solamente regresaba a casa de Isabel a dormir porque el resto del tiempo lo pasaba en compañía de Roberto. Además se veían todos los días, pues Ester seguía acudiendo a clase de inglés y a la salida siempre tenían tiempo para tomar un café, charlar un rato, y darse algunos besos envueltos en promesas de amor, de modo que la vida de la chiquilla realmente giraba en torno a su novio, como gira la tierra alrededor del sol, de quien recibe la luz, el calor y en definitiva, la vida. La niña ya había aceptado sin reservas el tipo de comportamiento que Roberto esperaba de ella y no volvió a sugerir ni mencionar nada que sonase remotamente a demanda de relaciones sexuales. Se limitaba a devolver los besos, cuando estos se producían y a reafirmar su amor, en respuesta a las interpelaciones de su novio.
Sin embargo Roberto había advertido en Ester una mudanza, apenas perceptible, pero que empezaba a producirle más inquietud que satisfacción. Le parecía a él que la chiquilla respondía con el rabillo del ojo a las miradas de otros chicos y en más de una ocasión la había sorprendido en una cafetería atisbando el esbelto cuerpo de algún joven. Quizá solamente fueran imaginaciones suyas, pero a él se le figuraba que las cosas empezaban a deslizarse por malos derroteros y fuera o no cierto que Ester miraba a los muchachos con menos recato del que a su novio le parecía conveniente, es bien sabido que cada uno actúa según lo que entiende por verosímil, independientemente de que lo sea o no. Y como Roberto creía a pies juntillas que Ester empezaba a resbalar por la senda de las miraditas a los chicos, pensó que las cosas no se podían demorar más. La escena de la Facultad de Ciencias se había vuelto a repetir casi todos los sábados y domingos en su casa, pero parecía que ya no era suficiente. El chico sabía que su novia se masturbaba después en la soledad de su habitación o en el cuarto de baño, porque como ya hemos dicho, Ester creía que no había que tener ningún secreto con el novio y a preguntas de este, le confesó, bajando avergonzada la cabeza, lo que hacía con su cuerpo en la cama o en la ducha. Roberto juzgó que era imperativo dar el siguiente paso, porque la niña lo necesitaba y él también. Además, de no darlo, podía echar al traste todo su plan después de haberlo estudiado y premeditado tan minuciosamente; porque este asunto era similar al juego de las siete y media según apreciación del muchacho, en el cual se pierde tanto por no llegar como por pasarse.
Un viernes, después de la clase de inglés, habló con su novia para decirle que cuando a la mañana siguiente acudiera a su casa, tendría reservada una sorpresa para ella.
_ ¿Te puedes imaginar qué es? -la niña, después de pensarlo un momento manifestó que quizá algún tipo de agasajo. La verdad es que su novio la obsequiaba y regalaba muchas cosas, mientras que ella no podía nunca corresponder, porque su economía siempre estaba en bancarrota y dicha situación era otro de los muchos motivos por los que a Ester le parecía conveniente someterse a las veleidades y caprichos de su novio; porque según imaginaba, ya que ella no podía ofrecerle nada, al menos estaba obligada a consentir todo lo que Roberto le pidiera, para corresponder a tanto como de él recibía.
_ Si, es un regalo que yo te voy a hacer y tu me vas a hacer a mí. ¿Sabes lo que es? -La mente de la muchacha estaba ya tan alejada de la idea de tener sexo con su novio que tuvo que confesar que no lo sabía.
_ Pues eso que antes me pedías tanto y que ahora ya no me pides. Y precisamente por haber dejado de solicitarlo, yo quiero concedértelo.
Ester bajo la cabeza con timidez y recato. Tantas veces la había reconvenido Roberto por causa de su deseo, desaforado a juicio del muchacho, y tantas veces se lo había reprochado ella misma que llegó un momento en que el mero hecho de sentirse excitada le daba vergüenza, como si algo malo estuviera pasando por su cuerpo, una pulsión que ella apenas podía controlar y que por añadidura disgustaba a su novio incumpliendo las instrucciones que de él había recibido, circunstancia esta que la niña era incapaz de perdonarse a sí misma. Pero el ansia y la expectación se apoderaron de ella, impidiéndole casi conciliar el sueño aquella noche, a pesar de su casi diaria masturbación antes de dormir. Pero el día señalado llegó por fin y Ester recibió la mañana con la misma ilusión desbordante con que se levantaba, de niña, cada seis de Enero. Como si acelerando el ritmo de sus actividades pudiera lograr que el tiempo pasara más deprisa, se vistió con extraordinaria precipitación, deseosa de llegar cuanto ante a la cita que tenía con Roberto. No es que hubieran quedado a ninguna hora determinada. Los sábados y domingos solía ir Ester a casa de su novio en cuanto terminaba de desayunar y se aseaba, por supuesto después de finalizar alguna de las alienantes tareas domésticas con las que su hermana solía agobiarla. Pero aquella mañana era muy especial, así que con extremada diligencia se duchó y se lavó el pelo, se perfumó y vistió sus mejores galas. Habitualmente llegaba a más de las doce a casa de su novio, pero aquel día llamó a la puerta a eso de las once y media.
Roberto la recibió con un beso y le dijo con sinceridad que estaba preciosa y que era la muchacha más bonita que había conocido, con lo cual la chica se sintió halagada y feliz. Su novio era así: siempre valorándola, siempre admirándola y diciéndole cosas bonitas que la hacían sentirse amada y segura, aumentando cada día un poco más la confianza que tenía en sí misma.
_ Estoy preparando una comida especial, he comprado cava y voy a hacer un postre -le dijo el muchacho.
_ ¿Celebramos algo? -preguntó la chica ingenuamente.
_ Sí. Que nos queremos.
Roberto, Roberto... Imaginativo y siempre sorprendente. Ester había pensado que en cuanto estuvieran juntos la desnudaría y le haría el amor con apremio y quizá con furia; sin embargo la mañana transcurría en apariencia como otra cualquiera. La verdad es que ella se sentía muy afortunada con aquél chico. Le miraba, trajinando en la cocina, vestido exclusivamente con un pantalón de pijama, luciendo sus brazos fuertes y su amplio torso y la muchacha sentía que algo en su interior palpitaba. Pero era evidente que las cosas no se iban a desarrollar como ella había previsto. Su novio no tenía ninguna intención de hacerle el amor, al menos por el momento, y en cualquier caso su conducta no parecía mostrar apremio, ni furor, ni tan siquiera vehemencia.
_ Ponte a leer o a hacer lo que quieras mientras yo termino aquí -le dijo Roberto en tanto ella le miraba embelesada.
En fin... Básicamente como todos los sábados. Era habitual que las mañanas de los fines de semana, el chico las emplease en hacer una limpieza más profunda de su vivienda, pues cotidianamente no tenía tiempo para otra cosa que no fuera pasar superficialmente el escobón y fregar los cacharros que utilizaba a diario. También los sábados y domingos se veía obligado a guisar, dejando medio preparadas las viandas que pensaba consumir durante la semana, aunque con mayor frecuencia de lo que a él le hubiera gustado, se veía forzado a echar mano de alimentos congelados o en conserva, porque en ocasiones perdía la lucha que mantenía a diario contra la escasez de tiempo. Verdaderamente se había revelado como un excelente cocinero y con frecuencia le decía a su novia que la cocina le fascinaba, porque le resultaba una actividad muy relajante y creativa. “Hasta en esto tengo suerte” se decía la chica para su coleto. Acostumbrada a su cuñado y a su padre, que ignoraban siquiera dónde estaba la puerta de la cocina, valoraba mucho la buena disposición de Roberto para los fogones. Habitualmente, mientras él realizaba sus quehaceres domésticos, la muchacha estudiaba tumbada en el sofá del comedor. Pero aquél día, esperando algo especial, no había traído sus apuntes, de manera que cogió al azar un libro de la estantería y comenzó a leer “El índice de deflación principal...” Economía y Proyección en la Banca.
En multitud de oportunidades se había ofrecido a Roberto, diciéndole que ella estaría encantada de ayudarle a limpiar la casa, poner la lavadora y recoger, pero el muchacho siempre se había negado, alegando que es obligación de cada uno limpiar lo que ensucia y ordenar lo que desordena. Estercita pensaba que eso no funcionaba con ninguno de los hombres que ella conocía, porque no se imaginaba ningún varón de su familia recogiendo la cocina. Aquello la reafirmaba en su teoría de que su novio era un chico especial y único, al que debería hacer todo lo posible por complacer para mantenerlo a su lado, pues estaba convencida de que él no tendría ninguna dificultad para encontrar otra, mientras que a ella le resultaría imposible prácticamente conseguir un muchacho con tales y tantas buenas prendas como aquellas de las que Roberto hacía gala. En resumen, que cuando dicen que el amor es ciego, lo dicen por algo, ya que Ester, mientras era capaz de percibir y ponderar todas las virtudes y cualidades de su novio, jamás pudo persuadirse de que el muchacho tuviera defecto alguno.
Aquél sábado no insistió en su ofrecimiento, aunque la chica mantuvo siempre la voluntad de ayudarle, pues no acababa de parecerle ajustado que mientras ella leía repantingada en el sofá, Roberto se dedicase a realizar tareas que la muchacha juzgaba impropias de un varón. Sin embargo, como sabía de antemano que su oferta iba a ser rechazada, como tantas veces lo había sido en el pasado, excusaba ya de insistir y menos aun aquél día concreto en que la cabeza le daba mil vueltas y se veía incapaz de concentrarse en nada. “Es necesario reestructurar las principales magnitudes macroeconómicas...” Leía sin leer y sin entender, sintiendo a su novio trajinando en la cocina y silbando. Decidió que tenía que relajarse y esperar acontecimientos.
Roberto sabía casi con precisión matemática lo que estaba pasando por la cabeza de su novia. A fuerza de ser sincera con él, de no ocultarle nada, Ester había entregado al muchacho la facultad de adivinar casi todos sus pensamientos y deseos. El chico sabía que ella imaginaba otra cosa. En cuanto la vio entrar por la puerta tan elegante y aseada, comprendió que la niña pensaba que allí mismo se le iba a tirar encima. Por eso decidió hacerla esperar. Se puso a cocinar con calma y con esmero. Revuelto de espárragos, setas y picadillo, mero al horno y tarta de coco y chocolate. De vez en cuando, descansaba y se iba al salón. Fumaba un cigarro con su novia, la besaba y la acariciaba. Se había quitado premeditadamente el calzoncillo, de manera que su sexo casi se podía ver a través de la fina tela del pantalón del pijama y adoptaba posturas que lograban que ella se fijase en el bulto que formaba su pene medio erecto. Como por otra parte continuaba desnudo de cintura para arriba, cada una de las visitas al salón conseguía aumentar aun más el grado de excitación de Ester, así como el suyo propio.
Por fin dio por concluidos definitivamente lo preparativos de la comida y desde la cocina voceó:
_ Esto ya está, preciosa. ¿Por qué no bajas a por pan mientras yo me ducho y me afeito? -La muchacha no se lo hizo repetir dos veces. Como una exhalación cogió las llaves y bajo de dos en dos las escaleras de manera que cuando Roberto se acababa de meter en la ducha ella había regresado mostrando triunfalmente una barra de pan en la mano. Su subconsciente mantenía la misma actitud peregrina que se había apoderado de él desde por la mañana, es decir, que si ella se apuraba en sus quehaceres u obligaciones, el tiempo transcurriría también más rápidamente, porque su expectación, así como su ardor y su deseo habían adquirido ya una categoría difícilmente controlable.
_ Ya estoy aquí.
_ Pues vete poniendo la mesa, por fa, que yo tardo cinco minutos.
Con esmero colocó los platos, los cubiertos, el pan y las servilletas. Descorchó cuidadosamente la botella de Marqués de Cáceres. Roberto siempre bebía tinto, independientemente de que se pudiera considerar un vino apropiado para el tipo de comida que iba a degustar. Últimamente comenzaba a cambiar los Rioja por Ribera de Duero, pero siempre tinto.
Cuando salió de la ducha, afeitado, peinado y perfumado, desnudo, salvo por la toalla que le envolvía la cintura, a la chica, arrebatada, casi se le para el corazón. “Está buenísimo” pensó mientras le devoraba con la mirada. Sin embargo se abstuvo de hacer ningún comentario en voz alta, no fuera a ser que, por su mala ventura, dijera algo inapropiado o excesivamente perentorio y Roberto la castigase dilatando aún más el tan esperado momento. Su novio escanció vino en ambos vasos y pasándole uno a Ester, brindó:
_ Por ti.
_ Por nosotros -respondió ella al brindis. Y ambos apuraron los vasos hasta la mitad.
_ Te sobra mucha ropa. ¿Por qué no te la vas quitando mientras yo hecho los huevos en el revuelto? -le dijo a la muchacha como al descuido, casi sin querer y sin darle importancia mientras desaparecía en la cocina envuelto en la toalla.
Cuando volvió, con los dos platos en la mano, Estercita estaba sentada a la mesa vestida solamente con las braguitas y el sujetador.
_ Escúchame tía buena: -Roberto la llamaba muchas veces así- Yo solamente tengo una toalla, de modo que estoy desnudo de cintura para arriba. Así debes estar tú y recuerda que hoy es un día especial para nosotros y me gustaría que me complacieras en todo.
Nada más lejos de la voluntad de Ester que disgustar a su novio, así que, azorada y llena de vergüenza, se quitó el sujetador dejando a la vista sus redondos y erguidos senos. Roberto, sin darle aparentemente importancia, comenzó a comer, invitándola a ella a hacer lo mismo. Sirvió otros dos vasos de vino y ambos bebieron con avidez.
_ Sé que te haces pajitas por la noche, pensando en mí, porque tú misma me lo has dicho. ¿Con qué dedo te las haces?
Inexplicablemente se encontró Ester mostrando su dedo corazón, levemente sonrojadas las mejillas por la turbación, los pezones erguidos, la actitud expectante y tremendamente excitada.
_ Imagínate que tienes el clítoris en la punta de la lengua y hazte una paja como te las sueles hacer, con los mismos movimientos, pero como si la boca fuera la vagina -Habían terminado el revuelto y Ester bebió otro buchito de vino, sacó un poco la lengua y comenzó a acariciársela con el dedo, metiéndolo de vez en cuando en la boca, Se sentía muy excitada, con los pechos turgentes y el sexo abierto y húmedo. Roberto la miraba con detenimiento y esa mirada, a la par que le provocaba vergüenza, incrementaba en ella aun más el deseo.
_ Voy a por el pescado.
“¿Cuándo va a acabar esta tortura?” pensó la niña. Volvió su novio con un par de rodajas de mero en una fuente y sirvió una a Ester, reservándose la otra para él.
_ Eres realmente encantadora y preciosa. Me gustas mucho y te quiero. Come antes de que se enfríe.
Aunque tenía ganas de comer, no era precisamente el hambre el principal apetito que Ester necesitaba saciar; pero obedeció, desde luego, y tomo un pedacito de pescado acompañado de un trozo de pan bien mojado en la salsa. Para tratar de que no se notase demasiado su inquietud y dar muestras de suficiencia, se creyó en la obligación de iniciar una conversación banal e intrascendente, que hubiera sido normal y acomodada a cualquier otra ocasión, pero que precisamente aquél día resultaba poco menos que ridícula.
_ Está buenísimo, igual que el revuelto. La verdad es que cocinas de puta madre -Roberto pareció no hacerle caso:
_ Como ahora tienes la boca ocupada, no puedes seguir dándome el espectáculo de masturbarte la lengua. Pero quiero que te hagas una paja de verdad, tocándote el clítoris y el coño. Claro que para eso es mejor que te quites la braga...
El vino ya había causado su efecto en la chiquilla, de modo que aparentemente sin pudor se incorporó un poco en la silla y se bajó la braguita, quitándosela a continuación del todo y mostrándola a su novio como un trofeo. Mientras continuaba llevándose el tenedor a la boca con la mano derecha, la izquierda bajó entre sus piernas y un par de deditos localizaron el clítoris abultado y la chorreante entrada de la vagina. Comenzó a acariciarse lentamente. La excitación era tanta que tuvo que dejar de comer. Roberto se dio cuenta y le pidió que parase, mientras él traía el postre y el cava.
Sobre el negro chocolate que cubría la tarta de coco, se podía leer, escrito con nata: “Te quiero tía buena”. Sirvió un par de generosos trozos, descorchó la botella de cava, escanció y ofreció una copa a su novia:
_ ¿Por qué brindamos? – preguntó.
_ Por ti.
_ Por nosotros -bebieron hasta apurar completamente las copas. A esas alturas, Ester ya estaba bastante mareada, en esa situación tan agradable, previa a la borrachera, cuando el bebedor se encuentra completamente desinhibido y feliz.
_ Siéntate en el sillón, por favor tía buena. Quiero ver tu cuerpo desnudo mientras te comes la tarta.
Inmediatamente la chiquilla se levantó y tomando en una mano el plato y el tenedor, se sentó en el sillón, mostrando al caminar la esbeltez de su espalda, la firmeza de sus nalgas y la delicada forma de sus piernas. Continuó comiendo, sentada, mientras Roberto no le quitaba ojo. “¿Por qué hará estas cosas?” pensó la niña mientras terminaba su trozo de tarta.
Paradójicamente, aunque ella misma consideraba que aquellos juegos y aquella actitud no podrían ser calificados nunca como normales por las gentes de bien, se sentía tremendamente excitada ejerciendo como protagonista y centro de toda aquella parafernalia y de aquél interminable preámbulo que su novio, a no dudar, había urdido precisamente para ella. Una especie de ceremonia en la cual Ester era la actriz principal y única, mientras que Roberto atendía a la coreografía, la puesta en escena y la dirección. Pero la chiquilla sabía que la obra había sido compuesta pensando exclusivamente en ella, y eso le producía un grado tal de halago y satisfacción, que la hacía sentirse extremadamente feliz, deseada y dichosa, entregada, mirada y admirada: única.
_ Antes no pude verte bien, porque la mesa te tapaba, pero ahora quiero que ahí, delante de mí te hagas una paja, con una mano en el coño y otra en la boca, acariciándote el clítoris de abajo y el de la lengua, como te enseñé antes.
El hecho de verse observada en actitudes tan vergonzantes y que hasta hacía pocos momentos formaban parte únicamente de sus actividades más privadas, además de provocarle una enorme turbación le producía una excitación nueva y diferente. Una curiosa mezcla entre la vergüenza y el deseo, o quizá era precisamente eso lo que le ocurría: la humillación que sentía al ser consciente de que la estaban mirando en tan íntima actitud, despertaba aun más su excitación, de modo que podemos afirmar que el hecho de notarse observada y de saber que jugaban con ella, era lo que desataba en la chica los últimos lazos del recato y la precipitaba en las profundas simas de la entrega y el deseo.
Ester, venciendo el pudor, separó un poco las piernas y con el dedo corazón de la mano izquierda comenzó a acariciarse, arriba, abajo, arriba abajo, sintiéndose el bultito del placer muy duro y la entrada de la vagina completamente empapada y abierta. A la vez, metía un par de dedos de su mano derecha en la boca y los chupaba y se acariciaba la lengua con verdadera pasión y total entrega, queriendo que su novio disfrutase íntegramente del espectáculo y sintiéndose ella misma única protagonista del mismo. De pronto su respiración comenzó a hacerse más agitada y pensó que el orgasmo estaba llegando.
_ Para. -ordenó Roberto tajante- Vamos a la cama. –indicó a continuación levantándose de la silla donde había estado sentado durante la comida y desde donde había ordenado, presenciado y dirigido todo el excitante juego. Al ponerse en pie, la toalla cayó al suelo y un pene tremendamente erecto y desafiante apuntó en dirección a Ester. Aunque pareciera mentira, nunca antes habían estado los dos desnudos. Roberto la cogió de la mano, ayudándola a levantarse del sillón y la llevó hasta el dormitorio, en pos de él. La tumbó en la cama y él hizo lo propio, a su lado. La besó con fuerza y pasión en los labios, aspirando su lengua; bajó por el cuello hasta los pezones que lamió y chupo, arrancando suspiros de placer a la chica. Pero cuando comenzó a acariciarla “ahí”, suavemente, como ella misma lo hacía, le pareció a Ester que entraba en el paraíso. Para moverse mejor, Roberto se tumbó a su lado y cogiendo la mano de la chiquilla la guió hacia su pene, enseñándole los movimientos de vaivén correctos, con la frecuencia y la intensidad que a él le gustaban, a la vez que la mano masculina no cesaba de masajear, estrujar y frotar el clítoris y la entrada de la vagina.
El orgasmo se produjo, lento y largo. Pero al contrario de lo que ella misma acostumbraba a hacer, su novio continuó manipulándole el sexo hábilmente. Ester siempre se conformaba con una vez, cuando se masturbaba. Ni siquiera se le ocurrió nunca pensar en la posibilidad de obtener más de un orgasmo. Pero Roberto perpetuó sus sabias caricias y el segundo vino, violento, intenso, haciéndola gritar de placer. Pero tampoco entonces su novio desistió. Al contrario: aumentando la intensidad de los movimientos sobre el clítoris la tercera explosión de placer sobrevino, casi dolorosa, obligando a Ester a sujetar la muñeca de su novio mientras le suplicaba con ansiedad que se detuviera.
Durante todo este proceso, la chica se había olvidado de manipular correctamente el pene que tenía en su mano. Lo movía de vez en cuando, pero sus propias sensaciones le impedían concentrarse y atender a las que ella podía proporcionar al muchacho. Este, cuando comprendió que la chica ya iba bien servida, con un suave “ahora me toca a mí” dirigió de nuevo los movimientos de la mano, hasta que consideró que la frecuencia y la presión eran correctas. Permitió entonces que la muchacha continuase sola. Ester, con la cabecita apoyada en el pecho masculino, miraba como su mano subía y bajaba, acariciando la picha de su novio, mientras este, entre suspiros la dirigía diciendo: “así, así” o “más rápido” o “aprieta un poco más” hasta que ella supo perfectamente como tenía que hacerlo. Poco a poco, las piernas de Roberto se tensaban cada vez más y súbitamente el pene comenzó a escupir su blanco líquido que caía en chorretones entre los dedos de la chica y sobra la tripa del muchacho que gritaba de placer mientras sujetaba la mano de su novia.
Y eso fue todo. Ester quedó un poco frustrada porque continuaba sin entender en absoluto el motivo por el que su novio no terminaba de tomarla del todo, aunque, como ya queda dicho, se resignaba a ello sumisamente, e incluso se sentía satisfecha de estar capacitada para proporcionar al chico exactamente lo que él quería. La niña conjeturaba, probablemente con razón, que quizá ninguna otra chica fuera capaz de someterse de aquella forma y eso producía en ella una sacudida de orgullo, como diciendo “mira todo lo que soy capaz de hacer y a lo que renuncio, simplemente porque tú me lo pides, por tu amor y por tu satisfacción”. En su más recóndito interior se ufanaba de ello ante sí misma y además, de aquella entrega y aquellas actividades obtenía verdaderamente un placer profundo y reconfortante. Ni que decir tiene que la especial forma de sexo que habían practicado aquél día, se repitió a partir de entonces con una periodicidad de dos o tres veces a la semana, pero nunca quiso Roberto pasar a mayores, de manera que al cabo de un par de meses, la chica comenzaba a estar de nuevo desesperada y reincidiendo en su primitivo pecado, tornaba a requerir a su novio durante las sesiones de sexo, cada vez de forma más apremiante, que la penetrase al fin.
Por entonces era Ester una habilísima masturbadora. Sabía predecir con exactitud el momento exacto en que se iba a producir la eyaculación y le encantaba entonces detener sus movimientos sobre el pene, permitiendo que la excitación disminuyese, para reanudarlos de nuevo cuando ella consideraba que era el momento. Su novio le enseñó que la eyaculación llega poco después de que los testículos se separan en su bolsa, así que Ester sabía en que momento debía contenerse. Aquello resultaba sumamente gratificante para el muchacho que estaba consiguiendo su primer propósito, es decir, convertir a aquella estupenda chiquilla de pueblo en una experta en sexualidad masculina; o mejor aún: en una experta en el tipo de sexualidad que a él le resultaba satisfactoria, porque en honor a la verdad, para Roberto los deseos y necesidades de la muchacha siempre estaban en un segundo plano y subordinados a los suyos propios. Incluso pensaba que ella debería sentirse satisfecha simplemente porque él aceptaba su entrega y su sumisión, independientemente de que esto colmase en sí mismo los deseos sexuales de la chica y sus necesidades afectivas. Lo peor de todo es que para Ester las cosas eran realmente así, como su novio las imaginaba. Se sentía feliz simplemente por ser capaz de proporcionarle a él lo que de ella pretendía. Ya se sabe que en una relación sexual es necesario que se establezca una reciprocidad entre ambos miembros de la pareja, tanto en lo sexual como en lo afectivo, pues a los dos incumbe alcanzar y proporcionar un similar placer y cariño. En el caso de nuestra pareja protagonista era así en efecto, aunque no parezca verosímil, porque Roberto estaba poco a poco obteniendo de ella lo que quería con lo cual se sentía feliz, satisfecho y ufano mientras que la chica experimentaba similares sentimientos al ser consciente de que estaba capacitada para proporcionar a su novio exactamente lo que él demandaba y sabiendo ella que esa sumisión y entrega estaba al alcance de pocas mujeres, se sentía feliz por formar parte de tan privilegiado grupo. Pero a pesar de los pesares Roberto jamás consintió en pasar a mayores en aquél juego, pese a las demandas cada vez más insistentes de la chica para que su novio tomase más y más de su cuerpo, incrementando paulatinamente su nivel de exigencia para así darle a ella la oportunidad de manifestarle hasta que punto le amaba y hasta donde estaba dispuesta a llegar, solamente por complacerle. Sin embargo, si alguna vez la chica, inmersa en el frenesí de la excitación, reiteraba demasiado sus demandas y sus pretensiones llegando al fastidio y a la pesadumbre, su novio la castigaba privándola de todo tipo de sexo con él durante una semana; incluso de aquella mísera y particular actividad erótica que era su peculiar estilo de masturbarse a dúo. De esta manera, Ester callaba de nuevo y pacientemente volvía a esperar acontecimientos.
Sin previo aviso, como tenía por costumbre cuando se trataba de asuntos importantes que incumbían a sus relaciones sexuales, un día le dijo su novio que estuviese preparada, porque el siguiente sábado tendría con él una experiencia diferente. Ester enloquecía con todo aquello. Nunca entendió por qué Roberto no iba directamente al grano, pero la verdad era también que para ella saberse capaz de permanecer siempre expectante, intentando ir un paso más allá, sin llegar a adivinar lo que le esperaba al día siguiente o al otro le producía una profunda excitación. El chico se había convertido asimismo en un hábil masturbador, perfecto conocedor del cuerpo de su novia, era capaz de predecir las reacciones de ella a la perfección; así, llegó a considerarse habitual que Ester consiguiera dos orgasmos. Incluso algún día llegó a los cuatro, quedando siempre, en cualquier caso, plenamente satisfecha. Pero la chica entendía que necesitaba sentirse penetrada, le parecía que eso era la culminación de todo y el no va más de la entrega, aunque Roberto ya le había explicado que la verdadera cesión no era la de aquellas que se abren de piernas exigiendo su propio placer y consintiendo subsidiariamente en el de su amante. La entrega real y absoluta era la suya, la de Ester, que simplemente ponía su cuerpo al servicio de su novio, renunciando a cualquier cosa que no fuera satisfacerle. Roberto le decía que debería sentirse muy orgullosa de esa capacidad que la naturaleza le había otorgado, así como él lo estaba por haber tenido el privilegio de conocerla. En realidad el chico sabía cómo, por dónde y a qué ritmo debía ir incrementando el dominio sobre el juvenil cuerpo de su novia. Se creyó también en la obligación de explicarle que, al contrario de lo que ella pensaba, la penetración no resulta una práctica habitual y lógica, sino vulgar y aburrida, con poca clase y carente de imaginación. Ester asentía mirándole a los ojos, pero en su más profundo interior estaba deseando de que llegase al fin el sábado, porque no se imaginaba, a pesar de todo lo que él le decía, que después de lo que estaban haciendo cupiese otra forma de sexo que no fuese la penetración.
Roberto, por su parte, había juzgado que en el tira y afloja que mantenía con su novia en el terreno de las actividades sexuales, había llegado el momento del afloja y era ya necesario enseñarle algo más. Así que quedaron citados para el viernes por la tarde, pues la chica consiguió adelantar un día los acontecimientos, después de mucho rogar alegando que no podría dormir en aquél estado de expectación.