

HISTORIA DE MARCOS Y ESTER
SEGUNDA PARTE
La vida continuó desgranándose en torno al feliz trío sin más cosas dignas de reseñar. Marcos y Rafa, transformados totalmente en amos juguetones, perversos y desinhibidos, decidieron que su esclava debería adoptar a partir de aquél instante tres personalidades distintas, a criterio y juicio de sus dueños dependiendo de las obligaciones propias de cada momento.
La primera personalidad era la de una solícita sirvienta, utilizada cuando se obligaba a la esclava a realizar labores de servicio y asistencia a sus amos, como por ejemplo bañarlos, darles masaje, servirles la comida, etc. En ese papel, Ester vestía con zapatos de tacón, medias negras con liguero, delantal blanco, cofia y guantes.
Queremos decir que vestía así, pero mejor debemos puntualizar que esa era la única ropa que llevaba, de manera que su espalda, sus pechos, sus nalgas e incluso su coño, quedaban completamente al descubierto debido a que el delantal apenas la cubría. Su amo, había logrado tal habilidad manejando las cuerdas, que era capaz de aplicar una perfecta atadura en las tetas o bien le introducía en el sexo o en el ano consoladores, sujetándolos con varias vueltas de cuerda a la cintura.
Surgió aquí un problema, y no fue otro que la dificultad que Ester tenía para desplazarse sobre tacones de diez centímetros, porque debido a su altura nunca había considerado adecuado utilizar zapatos con tacón tan descomedido de modo que acusaba una evidente falta de práctica. Pero los amos se pusieron tercos como solían y al final se consiguió que la sirvienta caminara con agilidad y gracia calzada como Marcos y Rafa pretendían. Este personaje, el de la criada, incluía también un perfecto maquillaje con los labios y los ojos pintados.
La segunda personalidad era la de una perrita, como le llamaba su amo de forma humillante. Esta se adoptaba cuando la esclava no tenía ninguna obligación específica, es decir: cuando estaban viendo la tele, leyendo o escuchando música. La uniformidad entonces era más sencilla: Ester permanecía completamente desnuda y era obligada a caminar a cuatro patas, sin poder nunca ponerse de pie o sentarse en una silla o una butaca, sin permitírsele utilizar las manos absolutamente para ninguna función, debiendo realizar con la boca todas aquellas actividades que necesitara e incluso se le introducía un látigo, a manera de cola, en el culo. Solía el amo ordenar la personalidad de la perrita, una vez que la sirvienta hubiera terminado sus quehaceres, es decir que después de que les servía la comida o la cena y recogía la cocina, pasaba a ser la perrita. También se adoptaba esta personalidad casi siempre para dormir, de manera que el animalito era obligado a veces a permanecer toda la noche en la alfombra, al pie de la cama de cualquiera de sus dos amos. Y había una cosa que siempre se hacía. En cualquier tipo de actividad que se estuviera realizando, si la esclava sentía apremio de orinar o hacer de vientre, bien porque le resultara en ese momento necesario, bien porque se lo hubieran provocado aviesamente sus amos con supositorios o enemas, en el momento en que sentía que le venían ganas de hacer aquello que nadie podía hacer por ella, era obligada inmediatamente a transformarse en la perrita. Como hemos dicho anteriormente si la temperatura era agradable, el animalito hacía sus necesidades en la terraza y posteriormente era limpiada por sus amos con la manguera de regar las plantas y un cepillo. Pero si el frío arreciaba, se le permitía hacer sus necesidades dentro. Al principio puesta en cuclillas sobre la taza con un pie en cada borde y en cualquier caso en presencia de alguno de sus amos. Pero a Marcos, esta incómoda postura sobre la taza del inodoro, acabó pareciéndole también demasiado “humana” para la perrita, de manera que ideó comprar un cajón de madera con arena, como los que se utilizan para los gatos, pero con el tamaño aparente para que Ester pudiera acuclillarse allí. Y durante los meses fríos, ese era el evacuatorio de la perrita. El cajón se mantenía en el cuarto de baño y después de usarlo, era obligada a transformarse en la sirvienta para recoger los excrementos con pulcritud y guardarlos en una bolsa de plástico, tirándolos inmediatamente a la basura, evitando así los malos olores.
La tercera personalidad era la de la esclava, pura y simplemente, sin aditamentos. Esta se adoptaba cuando iba a ser castigada o cuando se requerían sus servicios sexuales. El uniforme era similar al de la perrita, es decir, completamente desnuda. La diferencia estribaba, sin embargo, en que podía ponerse de pie, andar, sentarse o utilizar sus manos.
En todo momento Ester portaba la red o el cinturón de castidad. Cuando iba a trabajar, lo llevaba puesto, así como si iba al gimnasio o realizaba cualquier otra labor fuera de casa. Si necesitaba orinar o defecar, como siempre era bajo la personalidad de la perrita, lo hacía a cuatro patas o en cuclillas y, además, consideraba Marcos, que la red de castidad al impedirle cualquier desahogo sexual, la mantenía siempre más propicia y receptiva.
Como es lógico, todos estos personajes y los juegos que conllevaban, se realizaban solamente en fines de semana o jornadas de asueto, ya que el trabajo les impedía a los tres practicarlos el resto de los días, como sin duda hubiera sido su deseo. Aun así, se estableció un ritual cotidiano que era el castigo de antes de dormir.
Marcos, que siempre estaba imaginando nuevos juegos, consideró un buen día, que si solamente ejercía como amo de semana en semana, podría darse el caso de que la esclava se olvidara de quién era y a quién pertenecía. Para obviar este supuesto inconveniente estableció que todos los días, antes de irse a la cama sería castigada, simplemente porque sí, porque le daba a él la gana y sin que aparentemente existiese o necesitase ningún motivo. Entonces, cada noche después de la cena y antes de ir a dormir, era llevada a la sala de juegos y se le ataban las manos a una de las barras, de manera que las mantuviera en cruz. El cuello se sujetaba al poste y los pies atados a los extremos de otra barra, la obligaban a permanecer con las piernas abiertas adoptando la misma postura que S. Andrés en la cruz. Una vez sujeta, se le quitaba la red de castidad, para que pudiera manifestar la excitación, pues como era frecuente que pasase hasta veinte días sin ningún tipo de alivio sexual, en el momento en que su coño se veía libre, se humedecía y el clítoris emergía ligeramente entre los labios. Como decía Marcos aplicando al caso un viejo refrán castellano “Si se estira el galgo es que huele la liebre”. Pero esta era, a juicio del amo, otra de las maravillosas propiedades de la red o el cinturón de castidad: al impedir cualquier tipo de satisfacción, incluso que ella misma pudiera tocarse el clítoris, estos adminículos le garantizaban a su amo que en el mismo instante en que ordenase que su esclava se viera libre de ellos, podría disfrutar de la visión de su sexo abierto, húmedo y lleno de deseo. En estos castigos cotidianos y nocturnos, participaban tanto Rafa como Marcos, cuando los dos se hallaban en casa, o solamente el letrado cuando el sargento se veía obligado a ausentarse por razones de trabajo. La cosa se desarrollaba, más o menos de la siguiente manera:
Con la esclava ya atada y con el sexo libre, mostrando una excitación considerable, se barajaba delante de ella un mazo de cartas, se cortaba el mazo y se extraía un naipe. El palo al que pertenecía ese primer naipe decidía el instrumento con el que iba a ser castigada. Así los oros correspondían a la regla, las copas al látigo, las espadas a la tralla y los bastos a la fusta. Una vez dilucidado el instrumento, se sacaba una segunda carta y el palo de ésta determinaba el lugar donde sería azotada: si eran oros en el pecho, si copas en la espalda, espadas en las nalgas y bastos en las piernas. Faltaba solamente por determinar el número de azotes y para eso se sumaban los numerales de las dos cartas que se habían sacado, de manera que los azotes podían ser como máximo veinticuatro, si el azar había designado dos reyes y como mínimo dos, si eran dos ases.
Todo este complicado sistema que encomendaba estrictamente a la suerte el tipo de castigo y su intensidad había sido ideado por Marcos y casi nunca se perdía el privilegio de aplicarlo él mismo. En el triste caso de que tuviera que viajar por motivos de trabajo y al encontrarse fuera de Valladolid no pudiera ocuparse de infligir el castigo, dejaba muy encargado a Rafa para que lo ejecutara sin falta. Como tenemos conocido, el día que era Rafael el ejecutor, la dureza era infinitamente mayor y el asunto terminaba lanzando un buen chorro de semen sobre las nalgas de la esclava.
Había otra curiosidad dentro de esta liturgia. El número de azotes, multiplicado por tres, coincidía exactamente con el número de segundos que se le otorgaban a la esclava para masturbarse y tratar de lograr el orgasmo después del castigo y antes de que le fuera puesta la red nuevamente. La función se desarrollaba de la siguiente manera: terminados los azotes, se le soltaba a la esclava la mano derecha de la barra donde había permanecido atada, aunque al resto de los miembros no se les otorgaba la libertad, de manera que Ester permanecía con las piernas abiertas y el brazo izquierdo sujeto. En la muñeca derecha se ataba una fina cuerda la cual se hacía pasar por una argolla del poste. A renglón seguido, el amo comenzaba a contar en voz alta: “Uno, dos, tres...” lentamente, a un ritmo similar al paso de los segundos. Durante este tiempo la esclava se esforzaba por recuperar la excitación quizá perdida en parte durante el castigo y frenéticamente intentaba alcanzar el orgasmo. Pero los amos tiraban con inflexibilidad y firmeza de la fina cuerda atada con maestría a su muñeca derecha, en el santiamén en que se desgranaba el último segundo, para evitar que se tocara el sexo ni un instante más de lo permitido. Se dio a veces el caso de que ese brusco tirón que coincidía con el intervalo siguiente al último segundo, se producía cuando el coño de Ester comenzaba a experimentar los espasmos previos al placer. Entonces la esclava se retorcía, tratando de alcanzar mediante movimientos de cintura lo que ya con su mano no podía conquistar y quedando sumida en la mayor de las desventuras.
Si repasamos las cuentas, vemos que el tiempo máximo del cual disponía Ester para alcanzar el placer era de un minuto y doce segundos, suponiendo que la suerte le hubiera beneficiado con dos reyes y le hubiera perjudicado con veinticuatro azotes. Es fácil comprender que con estas marcas difícilmente se consigue la excitación suficiente. Pero cuando los días pasan y las semanas pasan, contemplando a sus amos, chupándoles, acariciándoles, dándoles masajes, siendo sodomizada y excitada y negándosele siempre una satisfacción sexual, el deseo va creciendo y creciendo hasta llegar a un grado tal que casi siempre que la suerte le deparaba más de cincuenta segundos conseguía el orgasmo. De modo que dudaba a veces si desear más latigazos y consecuentemente más segundos para procurarse su auto satisfacción, o menos latigazos para evitar un castigo duro, porque sabía que esa iba a ser la única forma de placer que tendría en todo el tiempo que durase su relación con sus amos. Marcos ya se lo había avisado y así lo cumplió, efectivamente por regla general. El resto del tiempo mantenía la red en su sexo, se le aplicaba una férrea atadura o se veía constreñida al cinturón de castidad.
Terminado el castigo y el tiempo de relax, como su amo llamaba a los escasos segundos que le otorgaba para su propia satisfacción sexual, le volvían a colocar la red, a veces después de aplicarle un fuerte tratamiento en los pezones que consiguiese erradicar drásticamente su excitación. Posteriormente era desatada y luego cada uno se iba a dormir, a su cuarto, con un afectuoso beso de buenas noches.
Surgió también aquí un pequeño inconveniente porque se daba el caso esporádicamente de que Marcos estaba fuera y Rafa de guardia, con lo cual la esclava se encontraba sola en casa a la hora de irse a dormir, sin nadie que le pudiera aplicar el castigo. La magnanimidad del amo era tal, que le perdonó el tratamiento todos los días que coincidieran esas dos circunstancias: que él estuviera de viaje y Rafa de guardia. Esto realmente no ocurría más allá de un día cada dos meses, pero Marcos le dijo que debía sentirse contenta y afortunada por tener un amo tan misericordioso. Ese día la esclava se veía libre del castigo, pero también, por supuesto, de la posibilidad de satisfacción sexual, ya que lo que nunca jamás se perdonaba era el cinturón o la red de castidad.
Por otra parte se había conseguido que estos castigos y estos comportamientos pasasen a integrarse de un modo que podríamos llamar normal, en la vida del trío. Es decir que después de cenar juntos compartiendo mesa, mantel y conversación en aparente igualdad, recogían entre los tres la cocina, tomaban café y se ponían a ver la televisión porque aunque Marcos prefería retirarse a leer, tanto Rafa como Ester eran asiduos de la caja tonta. Casi nunca podía la mujer concentrarse en el programa que estaba viendo, sabiendo lo que indefectiblemente le esperaba. Cuando el amo decidía que ya estaba cansado y se iba a la cama, normalmente hacia las doce de la noche, se dirigía a la esclava ordenando:
_ Cosita, al salón de juegos.
Ester, sumisamente conocía perfectamente el ritual. Depositaba toda su ropa en su dormitorio y se dirigía al salón de juegos. “Hic locus terribilis est” había dicho Marcos en más de una ocasión. Allí, completamente desnuda, aguardaba de pie. Su amo no se hacía esperar mucho.
_ Átamela –decía dirigiéndose a Rafa. Este sujetaba a Ester al poste de la manera que hemos dicho y una vez firmemente sujeta e inmovilizada, procedía a quitarle la red de castidad, lo cual inmediatamente provocaba un suspiro de alivio en la sumisa. El amo se acercaba, para aumentar aún más el deseo, acariciando a la esclava y susurrándole al oído:
_ Estás muy rica Cosita, mira que coñito más abierto tienes. Me gustas. -Mientras decía esto masturbaba con delicadeza el sexo de Ester que goteaba. A veces, Marcos recogía una de las gotas pérfidamente y se la enseñaba, llevando el dedo a la altura de los ojos de su esclava mientras le decía:
_ Mira, mira. Estás a punto de reventar. Ya te escurre casi sin tocarte...
En esto, Rafa había cogido el mazo de cartas y lo estaba barajando. Aquel día la suerte le deparó un siete de copas y un caballo de oros. “Dieciocho azotes con látigo en las tetas” calculó Ester inmediatamente.
El amo parecía contrariado:
_ No me gusta azotarte en los pechos Cosita, me gusta más el culo. Pero hay que cumplir las reglas.
_ A mí también me gusta más el culo –subrayó Rafa.
Pero las reglas estaban establecidas para cumplirse y Marcos se hizo con el látigo, asiéndolo fuertemente con la mano derecha, se alejó un poco de su víctima y descargó el primer golpe sobre el pecho produciéndole una señal roja justo por debajo de los pezones. Ester contó:
_ Uno... –porque también estaba obligada a llevar la cuenta. Al principio, los tres o cuatro primeros no dolían demasiado. Pero cuando la profusión de latigazos hacía que el último aplicado se cruzase o sobrepusiese con otro dado anteriormente, el dolor estallaba, la piel de las tetas ardía en ese punto y la excitación desaparecía instantáneamente. Un juego de cuatro focos, estratégicamente situados, iluminaban la escena haciendo que la piel de Ester brillase, por el sudor y el miedo mostrando perfectamente la línea, de color rojo oscuro, producida por cada golpe. A medida que el castigo proseguía, aumentaba la posibilidad de que un impacto fuera descargado sobre otro dado con anterioridad y por lo tanto los estallidos de dolor se hacían más frecuentes. La esclava emitía débiles quejidos cuando esto ocurría y lanzaba a su amo miradas de conmiseración. Marcos, ya experto y aparentemente insensible, se tomaba su tiempo y para aplicar dieciocho latigazos invertía casi diez minutos, haciendo prolongadas pausas entre golpe y golpe, aprovechando entonces para besar y consolar a la esclava (“ánimo Cosita que ya te quedan pocos y yo sé que me quieres”).
Durante la tortura, la esclava a veces trataba de moverse, de desatarse, de cambiar de postura. Las piernas extraordinariamente abiertas, separadas y los brazos firmemente sujetos a la barra, la mantenían inmóvil, permitiéndole tan solo unos pocos centímetros de movilidad en las caderas, porque la cabeza también estaba sujeta, por el cuello a la argolla central de la barra horizontal. En estas circunstancias, cerraba a veces los ojos, cuando veía venir hacia ella el látigo, emitía quejas, lamentos, pedía perdón y a veces lloraba y suplicaba.
Pero seguía contando:
_ Once, doce...
Marcos, no ejecutaba la tortura con saña, como Rafa, pero si con la suficiente intensidad como para que cada latigazo hiciera daño individualmente y muchísimo daño cuando ocurría lo que ya hemos dicho, es decir, que un golpe montaba sobre otro anterior. Una vez terminado el castigo, se acercaba a contemplar pormenorizadamente el resultado de su obra, las bellas marcas rojas que surcaban el pecho de Ester, las acariciaba, delineándolas con el dedo y hacía comentarios similares a los que podría hacer un experto marchante ante el cuadro de un maestro. Rafa, entretanto, ataba a la mano derecha de la esclava una fina cuerda blanca de algodón, la hacía pasar a través de la argolla y cuando Marcos estaba preparado, desataba la muñeca del palo transversal y aflojaba la cuerda. Entonces, el amo comenzaba a contar, a un ritmo similar al paso de los segundos:
_ Uno... dos... tres... –Ester, en cuanto podía iniciaba con frenesí un movimiento de vaivén con la mano derecha sobre su sexo que recuperaba instantáneamente la excitación. En aquella concreta ocasión disponía de 54 efímeros segundos y le interesaba tratar de conseguir el orgasmo, porque sabía que era factible hacerlo a partir de cincuenta segundos y porque quizá la suerte no le volviera a deparar semejante oportunidad en muchos días. En ocasiones, sin embargo, la propia esclava renunciaba a tratar de masturbarse, porque entendía que era inútil intentarlo cuando el azar le había concedido menos de medio minuto para hacerlo. Pero hoy, desde el momento en que supo el número de segundos del que dispondría se decidió a intentarlo con todas sus fuerzas.
Para eso, durante los azotes, trató de aislarse mentalmente, de manera que mantuvo un torrente de pensamientos eróticos, con el objetivo de que su nivel de excitación no disminuyera demasiado a pesar del castigo y le resultase por tanto más factible recobrarla con prontitud. Al llegar la cuenta a los doce segundos, su sexo lucía ya completamente abierto y húmedo y cuando su amo se encontraba contando la treintena, la esclava notaba que lo conseguía, redoblando la velocidad del movimiento de vaivén, estaba segura de lograrlo. Al llegar al segundo cuarenta y siete, la primera oleada de placer agitó el cuerpo de Ester.
_ Cuarenta y ocho... cuarenta y nueve... cincuenta – cada segundo que caía, era una nueva contracción del sexo y un nuevo espasmo recorriendo su cuerpo. Aun tuvo tiempo, en el último instante, justo antes de que un fuerte tirón arrastrase hacia arriba su mano derecha, aun tuvo tiempo decimos, de acariciarse con suavidad, todo a lo largo de su coño, consiguiendo empapar los dedos en sus propios jugos.
Fue felicitada efusivamente por su amo y completamente relajada después de 23 días sin orgasmo, permitió que Rafa le colocase nuevamente la red en el sexo, esta vez sin doloroso tratamiento en los pezones, pues tal castigo se aplicaba solamente cuando ella no lograba el placer, bien por no disponer de tiempo suficiente a pesar de intentarlo, o bien porque ni siquiera lo intentaba al considerar que los segundos con los que la suerte la había agraciado aquél día eran tan escasos, que no merecía la pena el esfuerzo. Una vez desatada, limpió el suelo, colocó en su sitio las cuerdas y el látigo, se lavó los dientes y se trasladó al dormitorio. Esperaba allí, desnuda y de rodillas, sentada sobre los talones, por si Marcos o Rafa la necesitaban para algo. Aquel día sin embargo, ambos se sentían lo suficientemente cansados, como para no desear más juegos. Solo querían conciliar el sueño inmediatamente, de resultas prescindieron de los servicios que Ester les ofrecía y ésta, dando las buenas noches, se recostó sobre la cama y aunque sentía el escozor de los latigazos, sobre todo de uno que le impactó justo en el pezón, se durmió a los pocos minutos abrazada a su amo, porque el orgasmo la había dejado relajada y exhausta.
Por otra parte se había podido observar una notable mejoría en el carácter y la autoestima de todos. Marcos hacía gala de una personalidad que podríamos definir como esquizoide: dulce, sensible y educado ante los demás, pero áspero, burdo, incluso soez cuando ejercía de amo, aunque jamás dejaba de hacerle llegar a la esclava su inmenso amor por ella, ni aun cuando estuviera descargando una tanda de azotes sobre sus nalgas. En Marcos siempre habían cohabitado esas dos personas aunque hasta que conoció a Ester solo una de ellas se había podido mostrar.
A la enfermera Ester Bueno, en el Hospital le iba muy bien. Los contactos y amistades de su amo habían logrado que la trasladasen a la 4ª Sur, Oftalmología, en donde la mayor parte del tiempo se aburría soberanamente. Por las noches, mientras los enfermos dormían ella estudiaba o jugaba a los chinos, de a cinco duros las tres perdidas, con el celador y la Jefa de turno. Solía decirle Marcos, en plan jocoso, que el día que se viera obligada a trabajar de verdad, iba a ser incapaz ya de recordar incluso como se espantan las moscas a los enfermos. Pero la mujer se encontraba a gusto, sobre todo porque el tiempo libre del que disfrutaba le concedía la posibilidad de estudiar, porque se había propuesto terminar Medicina fuera como fuese. Aunque durante los brillantes años de estudiante de ATS toda su ilusión estaba fijada en llegar a ejercer su trabajo con la mayor dedicación y profesionalidad posible, en aquellos momentos consideraba la actividad laboral una molestia, que le impedía dedicarse a tiempo completo a lograr su título de Licenciada en Medicina y Cirugía.
Pero había cambiado a ojos vistas. Su vestuario era más caro y provocativo, las sesiones en el gimnasio endurecían y redondeaban sus músculos, expelía seguridad en sí misma por todos sus poros, miraba a los chicos a los ojos, cosa ante impensada y no bajaba la vista hasta que ellos la bajaban. Algunos entendían todo esto como una provocación, pero si se sobrepasaban solamente un punto, se encontraban indefectiblemente con la respuesta seca y tajante de la mujer, negándose radicalmente a cualquier otra relación que no fuera la amistad o la estrictamente profesional. A que los compañeros tuvieran este concepto de ella había contribuido sin duda su ganada fama como mujer de fácil acceso, conseguida durante los meses inmediatamente anteriores a conocer a Marcos, cuando técnicamente había roto ya con Roberto; tiempo aquél durante el cual Ester pensó que vengarse de los hombres era acostarse con la mayor cantidad posible de ellos, cosa a todas luces falsa, primeramente porque resulta imposible vengarse estrictamente de los hombres, habida cuenta de que merecerán ese apelativo aproximadamente cuatro mil quinientos millones de seres en este planeta, aparte de que entregarles tu cuerpo sin cortapisas, entendemos que es una forma demasiado agradable de actuar como para considerarla una venganza.
Pero poco a poco, la gente se iba dando cuenta de que Ester Bueno se había transformado y muchos colegían que parte de esa transformación se debía a la pareja de hombres, a cuál más interesante, que la acompañaban, ya que casi siempre que alguien se encontraba por la calle con Ester, la veía con un tío en cada brazo y nunca jamás nadie había tenido el privilegio de que la chica se parase y los presentase.
Un subjefe de planta, sin embargo, insuficientemente consciente de los cambios habidos en la enfermera Bueno, llegó a acosarla. Entendemos aquí por acosar, dirigirle piropos soeces, vulgares y chabacanos, demandarle sexo de forma explícita, amenazarla vehementemente con un traslado a otra planta si la chica se negaba a aceptar ciertas proposiciones que por sabidas obviaremos. Al principio, Ester creyó que era un farol, pero la Jefa de Enfermeras tuvo la delicadeza de poner en su conocimiento que estaban dando malos informes de ella, debidos todos al criterio unipersonal y subjetivo del médico que había intentado algo más que una relación laboral o de amistad con ella.
Impresionada al ver hasta dónde estaban llegando las cosas, pensó que el asunto se le iba a ir de las manos y lo comentó en casa, a sus amos. Rafa, hirviéndole la sangre, aseguró que iría al hospital y mataría allí mismo a aquel hijo de puta. Marcos, más tranquilo y experimentado en estas escaramuzas de la vida, le pidió una tregua, argumentándole que le permitiera intentarlo a él primero por vía pacífica. Ester estaba asustada, pero a la vez feliz, al verse tan protegida y querida por dos hombres que para ella eran ambos igual de estupendos, cada uno con sus peculiaridades y consciente de que entre los dos le daban lo que ninguna otra mujer tenía, a la vez que ella les ofrecía algo que muy pocas mujeres poseen: el don divino de la sumisión y la entrega de su cuerpo; maravilloso regalo que solamente algunos hombres privilegiados están en condiciones de disfrutar. Sabía que siempre había tenido razón. Hay en la vida actividades y relaciones completamente diferentes de aquellas que habían conformado la existencia de su madre, la Vivi.
Así que en esto, fue Marcos un día al Hospital. Habló con el Profesor Velasco Alonso, Catedrático y amigo, sin decirle nada del asunto que le traía, pero permitiendo que toda la planta le viese charlando amigablemente con el Jefe Supremo; hombre sabio, prestigiosísimo internista, profesor de todos los médicos vallisoletanos desde hacía veinte años, alumno él mismo del profesor Bolaños, afable y recto.
Cuando el letrado consideró que la charla ya era suficiente y que todo el Hospital sabía que un señor alto y bien plantado era amigo de D. Ramón, buscó Marcos al Dr. Zancajo, que así se llamaba el implicado. Era un tipo delgadito, no muy alto ni esbelto, con aspecto de enclenque ratón de biblioteca, barba mal afeitada y unas gafas anacrónicas colgadas de la nariz. Le abordó inmediatamente que pudo echarle la vista encima, diciéndole que durante su conversación con el Dr. Velasco, el mismo profesor le había expresado abundantes elogios acerca de su actividad profesional y personal.
_ Me alegra oír que disfruto de la estima de D. Ramón –se pavoneaba el interpelado.
Marcos le observó con detenimiento. Aquel ser, que apenas le sobrepasaba el hombro, con playeros y tejano, el fonendoscopio colgándole del cuello, provisto de varias libretas y bolígrafos que guardaba desordenadamente en el bolsillo pectoral de la bata blanca, aquel individuo, aquel tipejo, aquel hijo de puta, valiéndose de su posición y no de su hombría, estaba intentando llevarse a su esclava a la cama. Y no era eso lo malo: estaba MOLESTANDO a su esclava. En aquel momento casi le dio la razón a Rafa. Era necesario matarle allí mismo. Años de civilización le contuvieron.
_ ¿Conoce Vd. a Ester Bueno? –le espetó Marcos tratando de aparentar amabilidad.
El chulo se destapó:
_ Sí ¿cómo no? ¿Quién no conoce a Ester? –afirmó triunfante- es una de nuestras mejores enfermeras además de ser una mujer guapísima.
_ Y ¿sabe Vd. si tiene novio, o está casada? –continuó interrogando arteramente Marcos.
_ Pues no, mire, eso no lo sé... ¿La conoce Vd.? ¿Quiere hablar con ella?
El abogado no se pudo contener más. Como estaban en un pasillo muy transitado y a la vista del público, procuró que ni sus gestos ni el volumen de su voz delatasen violencia.
_ Con quien quiero hablar es contigo hijo de la gran puta, contigo es con quien quiero hablar, Ester tiene novio, ese novio soy yo y te voy a cortar los huevos si sigues molestándola.
_ Oiga, yo... Debe haber un error. Yo nunca la he molestado –el galeno comenzó a tartamudear visiblemente afectado.
_ Mira hijo puta. Si esto sale a la luz te juegas la carrera, porque voy a contratar doscientos abogados, dirigidos personalmente por mí y una página en el periódico para que te hundan. Pero eso no será lo peor para ti. Lo peor será que te cortaré los cojones yo mismo con una navaja, si sigues molestándola.
_ Oiga, nada más lejos de mi intención. Lo siento, yo solamente pretendía invitarla a salir. No sabía que tenía novio –la tartamudez aumentaba por momentos.
_ Y ¿cómo invitas tú a salir a las tías? ¿Amenazándolas con mandarlas a la 2ª Norte si no aceptan? Eres un hijo de puta y no tienes ni dignidad ni salero. Pero te voy a decir una cosa. No solamente no la volverás a molestar, sino que cuidarás de que no la moleste nadie y si eso pasa, me lo dirás a mí. Porque si me dice Ester que alguien se ha propasado con ella y tu no me has informado, pensaré que eres el culpable y te cortaré los huevos sin remedio. ¿Queda claro? ¿Te queda claro?
Toda esta conversación tenía lugar en voz baja y sin gestos elocuentes que pudieran denotar una discusión o una amenaza, en medio de un pasillo transitado por el personal del Hospital y los enfermos. Pero quiso el azar que al llegar a este punto del diálogo, el lugar quedase momentáneamente vacío, lo cual, constatado por Marcos, le dio la oportunidad de pasar un poco a mayores. Y a fe que la aprovechó. Porque agarró violentamente los testículos del Doctor con la mano derecha dando un fuerte apretón hasta que vio que el matasanos se retorcía de dolor. Mientras el letrado, con un tono de voz tranquilo y frío repetía:
_ ¿Lo has entendido?
Cuando el Dr. Zancajo balbució un “Si... si” Marcos soltó la presa, al tiempo que por el recodo del pasillo aparecía una señora en silla de ruedas empujada esforzadamente por un celador vestido de verde. Se recompuso la chaqueta, hizo ademán de sacudirse las manos y sin volver la vista atrás, se alejó dignamente, la cabeza alta, los pasos largos, sobresaliendo su enorme corpachón una cuarta por encima de los demás. El Dr. Zancajo lo siguió con la mirada, estupefacto, hasta que al doblar el primer recodo del pasillo, lo perdió de vista.
_ No creo que ese hijo de puta te vuelva a molestar –le informó a Ester aquel día al llegar a casa. Y a continuación le relató con profusión de detalles todo lo que había sucedido.
Mas cual no sería su sorpresa cuando Marcos se enteró por boca de su esclava, que probablemente en aquellos precisos momentos estaría Rafa “hablando” con el Dr. Zancajo, porque ni corto ni perezoso y sin encomendarse a Dios ni al diablo, decidió que no podía sufrir más la espera y con desaforado gesto, metiéndose las llaves del coche en el bolsillo había salido de casa mascullando:
_ A ese fill de puta lo mato yo ¿eh? Lo mato.
Marcos se asustó de verdad porque conocía, a expensas de Ester, el carácter extremadamente violento de Rafa y en su interior hizo votos porque la cosa no fuera a mayores y no hubiera ninguna desgracia que lamentar.
Efectivamente el asunto no pasó de una anécdota, pero cuando el Dr. Zancajo abandonaba el Hospital, después de tan ajetreado día, se encontró en la calle con alguien que se le presentó como el novio de Ester Bueno. “El segundo novio de la enfermera Bueno en el mismo día”, pensó el Dr. Pero este no se andaba con chiquitas. Le apremiaba pistola en mano para que se introdujera con rapidez en un oscuro portal de la desierta calle de la Piedad. Una fuerte descarga de adrenalina tensó el cuerpo del médico y por un momento imaginó que podía morir allí mismo ¿Quién coño era Ester Bueno para tener tanta y tan eficaz protección? ¿En qué maldita hora se le habría ocurrido a él hacer proposiciones a semejante personalidad? “No lo hubiera pasado peor si se las hago a la reina” pensó consternado para sus adentros.
_ Debes estar confundido muchacho –decía el médico tratando de aparentar una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir- he hablado con el novio de esa chica hace un momento.
_ Tú sí que estás confundido cabrón –aseguraba Rafa metiéndole el cañón de la Parabellum entre las costillas- Y ¿se puede saber que te dijo ese señor?
_ Me amenazó. Me dijo que si volvía a molestarla me cortaría los huevos -balbucía el Dr.
_ Pero... –quiso saber- ¿Quién de los dos es su novio?
_ Los dos, hijo puta, somos los dos novios de ella –explicaba Rafa. Y por si no hubiera estado demasiado convincente añadió:
_ ¿No tienes tú cuatro padres? ¿Por qué entonces no va Ester a tener dos novios?
El médico creyó firmemente que estaba tratando con un desequilibrado y que no iba a salir bien librado de aquello. Realmente, el aspecto de Rafa era de una persona que está fuera de sí. La rabia y el odio se le notaban en los gestos y en la mirada.
_ Mira muñeco –le dijo Rafa metiéndole el cañón de la pistola entre las costillas mientras que con la otra mano le zarandeaba por la solapa- su otro novio es muy buena persona, un tío blando y tal, ya sabes. Por eso te dijo que te cortaba los huevos si la volvías a molestar. Porque no tiene mala hostia. Pero yo sí que la tengo. Entonces no quiero que te vuelvas a dirigir a ella nunca más, para nada ¿estamos?
_ Pero, pero... –explicó el Dr. Zancajo sintiendo cada vez más fuerte la presión de la Parabellum en su quinto espacio intercostal– trabajamos juntos. Algo tendré que decirle.
_ Trabajabais juntos. Porque esa es una planta de mierda y tú estás deseando pedir el traslado, así que mejor lo haces mañana mismo. Y hasta que te lo den, coge la baja, porque yo no te corto los huevos como el blando del otro novio. ¡¡¡Yo te pego un tiro!!! ¿Estamos? ¿Te has enterado?
Para reafirmar estas imprecaciones, Rafa presionó más y más con el cañón entre las costillas y, no pudiéndose contener, terminó propinando al médico un rodillazo en los genitales que le hicieron doblarse por la cintura, mientras las gafas rodaban por el suelo. El momento lo aprovechó el catalán para guardarse su arma reglamentaria en el bolsillo y asestar un demoledor gancho a dos manos en la barbilla del galeno que dio con el Dr. Zancajo en el pavimento, cuan largo era. Rafa insistió:
_ Repito: pides el traslado y hasta que no te lo den no apareces por allí, coges la baja o te mueres ¿Enterado?
_ Si... si –el médico apenas podía respirar. El rodillazo en los huevos había sido demoledor y a resultas del gancho sangraba abundantemente por el mentón. Además, la ausencia de las gafas le hacía percibir los objetos difuminados, dándole aun mayor sensación de que todo aquello que le estaba pasando no era más que una pesadilla.
_ Pues eso –reafirmó Rafa abandonando la escena.
Y fuese. Y no hubo nada. Pero, por supuesto nunca más volvió a existir ningún contratiempo con el Dr. Zancajo. Efectivamente, como nos temíamos, se le presentó al día siguiente una grave bronconeumonía que le obligó a cesar en sus actividades durante un tiempo. Cuando se reincorporó, lo hizo en la 9ª planta.
Pero esto que es anecdótico, nos indica cómo había variado la personalidad de Rafa. No quedaba nada de aquél niño enterrado por la autoridad paterna, miedoso, irresoluto, sintiéndose culpable por lo que era y por lo que no era. Ahora afloraba su carácter mucho más decidido, arrogante y hasta un poco macarra, envuelto siempre en dosis masivas de violencia, intransigente e impaciente, pero seguro de sí mismo y decidido, dispuesto a plantar cara, quizá en demasía, luchador y según él mismo decía, feliz. A pesar de que resultaba obvio que en la extraña relación a tres que mantenían él era el actor secundario, el ayudante, el comparsa. Pero se encontraba muy a gusto en su papel, porque tenía a su alrededor a dos personas que le ofrecían todo aquello que nunca había podido conseguir: estima, consideración, libertad, buen sexo.
Marcos, por su parte, a veces dudaba de si estaba soñando o despierto. Y no tenía reparos en comentárselo a Ester y a Rafa, porque aunque la esclava era la esclava, evidentemente y el amo era el amo, por razón de edad y sobre todo de experiencia, el letrado era también una especie de padre espiritual o consejero tanto de Ester como de Rafa. ¿Cómo era posible que Ester llegara a pedir consejo a la misma persona que la humillaba, azotaba y sodomizaba? Todos tenían muy claro donde empezaba y donde terminaba el juego y a la mujer, más aun que a Rafa, le encantaba aprender, aprovecharse de los aparentemente inconmensurables conocimientos de los que Marcos hacía gala, escucharle pedir y seguir sus consejos, debatir con él puntos de vista, sensaciones, afectos, intereses. Cada día investigaba y descubría cosas nuevas, absolutamente distintas y distantes de lo que ella misma consideraba rutinario y vulgar. No tenía nada que ver su existencia con la de sus hermanas o con la de su madre que resultaban, para ella, el paradigma de la frustración. Nada le estaba prohibido, tenía dinero de sobra. Por primera vez en su vida no compraba en las rebajas, no miraba las ofertas, no llevaba las cuentas. Todo esto le daba valor para enfrentarse a las críticas de sus padres y de sus hermanas, que aunque no fueran explícitas si eran veladas pero constantes. Un sin fin de anuncios insertados en diferentes revistas de contactos, empezaban a dar sus frutos y la imaginación de Ester hervía sin trabas.
Marcos era más reservado, menos exultante en sus manifestaciones, porque aunque realmente se encontraba muy a gusto, no nos lo imaginamos palmoteando y dando saltitos de alegría ante una buena novedad, como solía hacer Ester. Tenía el tipo de sexo que quería y que llevaba buscando tantos años. Eso significaba para él haber logrado una meta, importantísima y extremadamente difícil de conseguir. Disfrutaba verdaderamente con aquella situación, la excitación, el morbo y el placer, le envolvían día a día en el bufete, en el gimnasio, en la calle, en casa. Pero era de carácter más introvertido que Ester, escuchaba mucho, pero hablaba poco. Guardaba para sí mismo sus sensaciones y emociones, más parecido a Rafa en esa faceta, porque la sumisa, a la hora de la verdad, era como una niña con zapatos nuevos, se emocionaba al poder comprar una falda que le gustaba, o al escuchar a su amo decirle lo que haría con ella el fin de semana. A Ester le hacía muy feliz disponer de suficiente dinero; ser independiente económicamente, tener su propio coche, comprar su propia ropa. No es que hubiera olvidado que todo aquello se debía al extraño pacto económico que regía sus relaciones financieras, pero había acabado acostumbrándose a ello. Sabía que tenía que agradecer su bienestar monetario al dinero de su amo. Reiteradas veces, tanto ella como Rafa en ataques de soberbia y autosuficiencia habían tratado de convencer a Marcos de que procedieran a una renegociación de aquel acuerdo. Pero el letrado siempre se negaba, por activa y por pasiva, alegando que aquella renegociación no entraba dentro de sus derechos como esclava; es más, le estaba absolutamente prohibida y que de lo que hacía con su dinero solamente él era responsable. Rafael, como siempre había disfrutado de buena posición económica, valoraba que se le tuviera en cuenta bastante más que el dinero; que se pidiera su opinión, que se le consultase. Tener una persona, como Ester, dispuesta a hacer todo aquello que a él se le antojase, a salvo de la voluntad de Marcos, era un privilegio y el chico lo sabía. Era consciente, después de haberlo hablado mucho con los dos, que Marcos hacía de amo, pero también de padre y amigo, era consciente de que él necesitaba aquello que la sumisa le ofrecía para lograr una excitación sexual conveniente, para obtener verdaderamente placer en el sexo. Y no por eso debería sentirse culpable o raro. Marcos, durante las sesiones, le daba tal relevancia al papel de Rafa que le hacía pensar que era imprescindible; se sabía único, apreciado y valorado por ser quien era y no por comportarse de la manera que los demás esperaban. La seguridad que sentía sabiendo que cualquier cosa que hiciera no repercutiría en la consideración y afecto que inspiraba a los demás, conocer de antemano lo que iba a pasar al día siguiente, que no habría sorpresas, que nadie le iba a pedir que le acompañase al despacho. Eso era lo que Rafa valoraba mucho más que el dinero.
En cuanto al sexo, los tres estaban encantados, satisfechos y felices con lo que tenían. Y todos eran conscientes de que una situación así era dificilísima de conseguir, aunque tanto la chica como ellos eran personas a las que no les resultaría difícil encontrar pareja, pues los tres poseían partes suficientes como para poder considerarlos apuestos y agradables. Pero conseguir lo que habían conseguido, lo que el azar había puesto ante ellos... Eso era la perfección.
Existían sin embargo profundas diferencia entre ellos a la hora de tomar en consideración la situación que estaban viviendo, de valorarla en su totalidad, con su pasado de carencias y frustraciones personales cada uno individualmente; su presente, en el que habían ya conseguido un total acoplamiento en la convivencia y en las actividades sexuales; pero también su futuro, la posible proyección en el tiempo de aquella situación. Rafa era íntimamente consciente de que la relación no perduraría, de alguna forma sabía que no era normal, no acababa de asumir que aquello pudiera perpetuarse demasiado. Y es evidentemente cierto que no era una relación habitual en la sociedad, porque aunque les daba la felicidad y proporcionaba a cada uno lo que siempre había estado buscando, Rafa pensaba en tener hijos algún día y creía comprender que no podría tenerlos dentro de aquella “familia” tan especial. Además continuaba deseando en su fuero interno regresar a su querida Cataluña y aunque a su modo, apreciaba muchísimo a ambos compañeros de piso y de juegos, en algún recodo profundo de su inconsciente, algo le decía que aquello no encajaría en una vida, digamos, normal. No se consideraba capaz de enfrentarse a los problemas, maledicencias y sinsabores que la sociedad le pondría enfrente si trataba de perdurar en esa situación considerada a todas luces perversa. Pero ni Marcos ni Ester se plantearon nunca la posibilidad de que aquello terminara mientras los tres se encontrasen a gusto. Y si llegase a su fin la relación con Rafa, la de ellos no habría quien la rompiese. Ninguno de los dos contemplaba un futuro en el que no permanecieran juntos. Estaban profundamente enamorados desde antes de que Rafael entrase en sus vidas, casi desde el día en que se conocieron. Así que nunca imaginaron que pudiera haber alguna circunstancia que les obligase a separarse, o simplemente a alejarse; aunque admitían que la relación con el catalán podría ser temporal, estaban seguros de que ellos compartirían el resto de su vida. Obviamente la compartieron, pues el resto de la vida de la esclava, transcurrió al lado de su querido amo, aunque desgraciadamente, no llegaron a envejecer juntos.
Pero no adelantemos acontecimientos y vayamos a lo que importa.
Se recibió un día sorpresivamente una llamada de la Vivi, asustada, avisando que el viejo tío Cayo no se encontraba bien, se mareaba y perdía la memoria. No es que tuviese demasiados años, pero lo cierto era que su salud se había resentido últimamente. Llamaba la Vivi, para ver si la Chiquita podía hacer algo al respecto, habida cuenta de su profesión y el lugar de su trabajo.
La verdad es que Ester se desvivió. Aquella misma tarde fue al pueblo y conversó largamente con el médico rural que trataba a sus padres. Por él, se enteró que el tío Cayo tenía un insuficiente nivel de riego en el cerebro, producido por una arteriosclerosis generalizada y a parte de sus problemas de columna, presentaba un bloqueo de rama derecha en la inervación del músculo cardíaco. Inmediatamente solicitó la chica una consulta en el Servicio de Medicina Interna del Hospital, trajeron a Cayo y lo ingresaron, para hacerle todo tipo de pruebas.
Como era lógico suponer, aquello influyó en la relación del trío. La esclava no tenía demasiadas ganas de jugar, aunque en ningún momento se la liberó de sus obligaciones ni de su cinturón de castidad. Tanto Marcos como Rafa, se volcaron en ayudarla, animarla y apoyarla, pues ella misma les había dicho que la situación de su padre era apurada.