

_ Al día siguiente a la hora señalada se presentó en mi casa. Yo volví a insistir en lo que le decía siempre: lo guapa que estaba, lo que me gustaban sus ojos, sus labios... En una palabra: todo lo que ella tenía costumbre de escuchar de mí, pero en esta ocasión poniendo en ello el máximo énfasis de que era capaz. Ciertamente no me costaba mucho hacerlo, porque todo lo que le decía lo sentía verdaderamente: me había enamorado de ella. Ester, siempre tan reservada y tímida, casi se ponía colorada de oírlo aunque en el fondo sé que se sentía muy halagada y satisfecha de gustarme tanto. Incluso la vergüenza que en ella provocaban mis halagos le producía excitación sexual y a mí, el observarla con las mejillas ligeramente coloreadas y sin atreverse a alzar la mirada me avivaba el deseo más allá de cualquier consideración.
Lógicamente nosotros ya habíamos tenido sexo del que se considera normal, aunque tampoco mucho a decir verdad porque yo quería reservarme con ella, de modo que era mi intención comenzar verdaderamente la relación sexual propiamente dicha a partir de someterla a las pruebas que se iban a desarrollar a continuación y que yo tenía la certeza de que iba a superar con la más alta nota, como así fue realmente. Pero sigamos, que ya sabes que me enrollo a la menor oportunidad.
A parte de los elogios la conversación se desarrolló sin ninguna particularidad, como si tanto ella como yo ignorásemos para que había venido aquél día a mi casa. Recuerdo que hablamos de diversos países europeos: Francia y el Reino Unido sobre todo. Le comenté que yo conocía París, Londres y Ámsterdam. Ella me dijo que le daba envidia, y yo le respondí que si ella quisiera, algún día podríamos ir juntos. Después de una larga charla decidí que la prueba se posponía para el día siguiente. Desde luego que esa demora era parte del examen en sí mismo, pues lo que yo pretendía era comprobar hasta qué punto estaba dispuesta a renunciar a su libertad y a que fuera yo quien decidiese cómo, cuándo, dónde y de qué forma utilizaba su cuerpo.
Al otro día, llegó a mi casa a primera hora de la tarde, según habíamos convenido. Le dije que imaginara que yo era un pintor y que quería componer un cuadro con fondo veraniego, de playa o algo así, por lo que ella tendría que ponerse un traje de baño. Lógicamente, Ester no había traído ninguno porque no esperaba necesitarlo. Me lo dijo, pero decidí que se pusiera uno, tipo slip, que yo guardaba en uno de los cajones del armario. Pasamos al dormitorio, le di la prenda y le dije que la esperaba en el salón. Ella se desnudó y se puso el supuesto traje de baño que yo había adquirido aviesamente para la ocasión. Como estaba previsto, le quedaba tan pequeño que casi dejaba a la vista su sexo y se le metía en la raja del culo, mostrando las nalgas al descubierto. Además, como no tenía parte superior enseñaba las tetas en su totalidad. Le daba vergüenza salir así para exhibirse en mi presencia, pero a la vez, según me confesó más tarde, se encontraba tremendamente excitada. Estaba pensando la forma de cubrirse lo más posible con la minúscula prenda, cuando yo entré en el dormitorio y aparentemente sin mostrar interés ni asombro, comenté tranquilamente que por qué tardaba tanto, la cogí de la mano y me la llevé al salón. La hice situarse de pie frente a mí y comencé a observarla con fruición y detenimiento.
Es curioso como una situación tensa, que puede acabar con toda una operación, también es susceptible de conducirse favorablemente si uno es capaz de manejarla con tacto. Durante la observación, no hice ningún comentario sobre su desnudez así que cuando ella llevaba posando media hora, se le había olvidado que estaba mostrándome casi todo su cuerpo y se comportaba como siempre charlando los dos sin más novedad aunque te aseguro que al principio cuando la miraba con detenimiento, ella estaba colorada como un tomate y con los pezones erectos, muestra palpable de excitación y deseo.
La prueba continuó desarrollándose del mismo modo durante tres tardes más. Supuestamente yo era un pintor o un fotógrafo y ella posaba para mí, pero el artista no mantenía ningún tipo de relación con su modelo. Después me confesó Ester que todos aquellos preámbulos la habían excitado y encandilado aun más, alabando mi imaginación y buen hacer. Al cuarto día, cuando ella salía del dormitorio como siempre con su mini traje de baño puesto, pero sin sentir ya vergüenza por la costumbre, le dije que se sentara en el sofá a mi lado, porque quería enseñarle una cosa.
Se acomodó junto a mí y yo le mostré revistas pornográficas de contenido BDSM: hombres violando a una mujer, mujeres atadas masturbando a hombres o practicándoles una felación, y otras cosas con similar argumento. Además yo le iba comentando las fotos con detalle y cuando aparecía una polla en erección, le decía que en cualquier momento tendría ella una así de grande metida en el coño o en el culo y que terminaría también corriéndose en su cara.
Ester se estaba poniendo fuera de sí y yo se lo notaba. Sentía un extraño nerviosismo acompañado de sudor en las manos. Una especie de corriente eléctrica le recorría la espalda mientras que una extraña sensación se apoderaba de su sexo y sus pezones apuntaban al techo de la habitación. Abría y cerraba las piernas mientras seguía sentada a mi lado, casi desnuda, sin quitar los ojos de aquellas revistas. Yo había pasado mi brazo sobre sus hombros y le acariciaba la espalda con una mano, mientras con la otra pasaba lentamente las hojas, enseñándole todas aquellas imágenes y haciendo comentarios acerca de cada foto.
Después de haber estado un rato mirando la revista, decidí que teníamos que continuar pintando el supuesto cuadro o tomando las imaginarias fotos, así que le indiqué que adoptase su posición: de pie frente a mí. La miré.
_ ¿Qué tienes ahí? -dije señalándole la entrepierna. Con la excitación el coño se le había abierto y el diminuto traje de baño se había introducido entre sus labios vaginales de modo que casi la totalidad de su sexo asomaba por encima del slip.
Se puso más colorado que un tomate, verdaderamente preciosa. Intentó taparse con el slip, sin conseguirlo, porque realmente cuando yo compré el “traje de baño” lo que verdaderamente pedí fue una braguita para una niña de doce años. Me acerqué, la desnudé completamente y empecé a acariciarla. Se rindió inmediatamente y me dejó hacer. Le bajé el supuesto bañador hasta los tobillos, me arrodillé delante de ella y mientras le acariciaba las tetas y el sexo le decía:
_ Qué preciosidad, qué hermosura. ¿Te gusta guapísima? Mira lo que tenías aquí escondido y mira a quién se lo vas a dar.
Ella estaba totalmente entregada y cuando comencé a lamer y chupar su sexo sentí como suspiraba y le flaqueaban las piernas. A los pocos instantes tuvo un orgasmo sin remedio. Después, sin hacer ningún otro comentario, decidí que la prueba de aquél día había sido superada.
Desde entonces, aquello se repitió cada tarde. Ella me confesó luego que estaba feliz, que se sentía importante y que le daba mucho morbo la situación, hasta tal punto que el día que no podíamos vernos por motivos de trabajo se masturbaba imaginándolo. Sin embargo, yo no me desnudaba nunca ni permitía que ella me tocara o me viera. La cosa siempre era igual: le quitaba la ropa despacio, alabando y besando cada parte de su cuerpo que iba quedando al descubierto, la tumbaba en la cama boca abajo y la acariciaba durante mucho rato. Primero las piernas, luego la espalda, luego las nalgas y entre las nalgas. Siempre acababa en el agujero del culo, obligándola a separarse bien ella misma las nalgas con las manos para mostrármelo mientras yo le decía:
_ ¿De quién es este agujerito?” Y ella contestaba:
_ Tuyo, tuyo.
Ester no sólo estaba desnuda, si no que yo la hacía sentir desnuda, llena de vergüenza, indefensa y entregada. Pero aquello la volvía loca, de verdad, la ponía a cien. Separaba sus nalgas y besaba y lamía entre ellas, tratando de meter la punta de la lengua en su ano. Cuando ella estaba suficientemente excitada le ordenaba darse la vuelta, porque al principio empezábamos siempre con Ester tumbada boca abajo aunque las caricias durasen una hora. Cuando la ponía boca arriba, me lanzaba sobre su sexo chupando y besando mientras que le metía uno de mis dedos en el culo. Hay que decir que ella era una experta en la utilización de ese agujerito que se le abría como un segundo coño. Yo le llamaba “culito listo” porque era un agujero tan inteligente que le proporcionaba un gran placer. Jugaba con ella, con su cuerpo. Cuando yo comprendía que ella no aguantaba más y se iba a correr, la ponía de nuevo boca abajo y comenzaba otra vez con las caricias. Te juro que la volvía loco. Todo el tiempo que pasábamos juntos lo dedicábamos al sexo.
Un día le dije que la iba a hacer disfrutar como nunca lo había hecho, pero que tenía que confiar en mí. Ella hacía tiempo que confiaba ciegamente en mí así que me dijo, totalmente entregada, que podía hacer con su cuerpo lo que quisiera. Desnuda como siempre y yo vestido, la tumbé en la cama y la até la muñeca derecha al tobillo derecho y la muñeca izquierda al tobillo izquierdo. De esta forma Ester estaba en una especie de posición fetal, con las piernas encogidas; pero si la ponía boca arriba se le veía perfectamente el sexo y el ano y puesta boca abajo me ofrecía su culo en pompa con las nalgas separadas.
La puse boca abajo y empecé a acariciarle la espalda, pasando de vez en cuando un dedo por la raja del culo mientras le decía:
_ No quiero que se te abra el coño. Quiero vértelo cerrado, estrecho y seco; si no te castigaré. -Pero cuando la tocaba entre las piernas para comprobar su estado, ella tenía el sexo abierto y chorreante.
_
¿Quieres que te castigue? ¿Eso es lo que quieres? -Como no sabía qué contestar, yo insistía:
_ Respóndeme
_ No, no quiero que me castigues pero no puedo evitarlo -me contestaba entre jadeos.
_ Tu cuerpo es mío y harás con él lo que yo quiera y cuando yo quiera. Eso incluye este sucio agujero.
Diciendo esto, descargué un azote sobre sus nalgas ofrecidas y luego otro y otro y otro más. Paré, para comprobar el estado de su excitación y al ver que casi había desaparecido continué con mis caricias.
_ ¿Ves? Ya sabía yo que era posible cerrarte el coño -le dije. Pero al poco, mis tocamientos volvieron a hacer efecto y volví a amenazarla otra vez con los castigos. Pensarás que soy un maestro pero la verdad es que llevo muchos años a veces practicando y otras fantaseando con estas cosas.
_ Voy a volver a azotarte, pero ahora quiero que tú cuentes los azotes y me des las gracias por cada uno.
Le di un manotazo en una de sus nalgas y rápidamente dijo:
_ Uno, gracias. -Al momento, le di otro:
_ Dos, gracias; tres, gracias; cuatro, gracias;... -Así hasta diez, que tampoco son muchos si pensamos en todo lo que ha venido después.
Rafa continuaba con los ojos exageradamente abiertos y notaba también que algo estaba creciendo dentro de sus calzoncillos. Las imágenes del relato de Marcos se confundían con recuerdos de vivencias de su infancia. Imaginaba a alguna de las mujeres que había conocido, sometida a aquella experiencia. Por supuesto él se veía a sí mismo en el papel de azotador. Marcos contaba la historia con tanta veracidad y realismo, que era fácil representarse la escena. Le rogó que continuara.
_ Hasta ese día, siempre habíamos hecho las mismas cosas y aunque todas la habían puesto cachonda y me confesó que siempre había tenido placer, aquello resultó diferente. Nunca había sentido tanta desnudez, tanta vergüenza y tal sentimiento de entrega, de pertenecerme totalmente, de saber que estaba en mis manos, que era mía como quien tiene una cosa o un animal. Jamás la habían castigado. Con la segunda tanda de azotes, su sexo ya no se cerraba, aunque eso era, lo que supuestamente se buscaba con el castigo. Ester continuaba allí, atada, de rodillas sobre la cama, con la cabeza apoyada en la sábana, las nalgas coloradas y ofrecidas y el culo abierto, taladrado de vez en cuando por uno de mis dedos. Hasta tres sesiones de azotes hubo. Las nalgas le dolían una enormidad y el orgasmo estaba siempre a punto de sobrevenirle.
Le di la vuelta, y la puse boca arriba, pero sin soltarle las ataduras. En aquella postura, seguía con el culo abierto y ofrecido, pero a la vez pasaba su coño a primer plano.
_ Pobrecita mía. Papá le pegó en el culito, pero como ha sido una niña valiente, papá le va a dar un premio -le dije mientras acariciaba y chupaba su sexo y le introducía en el culo un par de dedos.
Se llevó una sorpresa cuando, por primera vez después de un mes largo de pruebas, al fin me desnudé y me puse encima de ella haciendo el sesenta y nueve. Metí la polla en su boca y ella supo lo que tenía que hacer porque como digo era ya una auténtica experta en todas esas actividades antes de que yo la conociera. Pasaba la lengua una y otra vez por mi sexo, me chupaba y lamía los huevos mientras yo suspiraba y gemía, pidiéndole más y más. Le dije que tenía cuatro dedos metidos en su culo y que nunca se lo había visto tan abierto, mientras le frotaba el clítoris con la otra mano y con rapidez. Metí profundamente mi polla en su boca, ahogándola y grité varias veces. Mi semen saltó entre sus labios mientras sus jugos escurrían por mis dedos.
Me gustaría decirte lo que yo sentía con todo aquello. Es difícil de explicar. Lo que te puedo asegurar es que me gustaba, es más: me volvía loco. Había encontrado lo que llevaba tantos años buscando, siempre estuve seguro, no sé por qué de que Ester sería mi O particular. Evidentemente no estaba aprovechándome de ella ni de mi posición o experiencia; los dos teníamos suficiente edad y sabíamos perfectamente a lo que estábamos jugando y por qué lo hacíamos. Ester estaba conmigo porque quería, nadie la obligaba. Iba a mi casa por voluntad propia y sabiendo perfectamente lo que se iba a encontrar allí que era exactamente lo que ella quería encontrarse. Es más: uno de los peores castigos que le impuse en un par de ocasiones fue permanecer una semana o diez días sin verme. Aquella relación en la que ella no tenía que hacer nada, porque con obedecer y dejarse llevar era suficiente para obtener todo el placer que una mujer puede necesitar, la volvía loca; le resultaba muy gratificante y satisfactoria. Lo que te cuento ocurre a una edad en la que yo estaba a punto de desesperar en mi búsqueda, de rendirme sin condiciones. Te puedo asegurar que yo entonces me enamoré completamente de Ester y sigo perdidamente enamorado de ella, al menos en la forma en que yo entiendo el amor.
_ ¿Y qué forma es esa? -de repente Rafa se dio cuenta de que estaba interrumpiendo, pero no pudo por menos que hacer la pregunta. La curiosidad le quemaba la boca.
_ Yo creo -respondió Marcos- que el amor, como lo definió Marañón, es “un proyecto sugestivo de vida en común”. Yo soy muy orteguiano ¿sabes?
El sargento Doménech apenas sabía quiénes eran Ortega o Marañón, pero sin embargo estaba seguro de dos cosas: una que tales sujetos no jugaban en el Barça y otra que si preguntaba quedaría inevitablemente descubierta su ignorancia, además de retrasar sin necesidad el final de la ya casi interminable historia, de modo que se limitó a decir:
_ Vale. Pero sigue -y Marcos, sin atreverse a entrar en disquisiciones sobre “La Rebelión de las Masas”, continuó:
_ A partir de aquélla sesión en la que Ester se sintió dominada y a partir de aquellos primeros azotes, las cosas fueron siempre parecidas: caricias y más caricias, tumbada boca abajo, empezando por la espalda y las piernas, siguiendo por las nalgas, pasándole el dedo por la raja del culo, muchas veces, despacio, hasta conseguir ponerla a cien. A partir de ahí venían las ataduras y los castigos, originales, excitantes y diferentes. Yo nunca pierdo la capacidad de sorprender a una sumisa.
La lámpara de mi dormitorio no funcionaba porque no estaba conectada a la instalación eléctrica. No es que yo sea un Adán para esas cosas, había un motivo. Ella siempre se había preguntado por qué estaba colgada de un gancho en el techo y nunca lucía. La iluminación de la habitación provenía de un par de lámparas que había sobre las mesillas de noche una a cada lado de la cama, pero la del techo colgaba de su gancho, totalmente inútil.
Un día averiguó Ester por fin el motivo por el cual aquélla lámpara no alumbraba. La descolgué, y até sus manos, bien separadas al palo de un escobón y sujeté éste por el centro con una cuerda al gancho de la lámpara. Después até sus pies, también bien separados a otro palo, de forma que ella quedó con las piernas y los brazos completamente extendidos, formando una especie de cruz de San Andrés y sin poderse mover ni desatar. Le apliqué entonces una de las maravillosas sesiones de excitación y castigo. Metí en su culo un consolador y le prohibí que se le cayese. Ella tenía que apretar bien el culo, tratando de cerrar su ano lo más posible para sujetarlo. Pero yo hacía la función opuesta: la acariciaba, lamía su sexo y la excitaba hasta que conseguía que ella se relajase, el culo se le abriera y el consolador cayese. Entonces la castigaba con azotes o con pinzas: una en el labio inferior, otra en cada pezón y otras dos o tres en los labios vaginales. Y la dejaba así, diciéndole que no quería oírla quejarse, mientras yo, tumbado en la cama desnudo y con las piernas abiertas me acariciaba lentamente el sexo para que ella lo viese. Otro castigo podía ser depilarla. Con cera arrancaba los pelos que le salían en el culo y después, para desinfectar como solía decirle, la lavaba con alcohol, lo cual le escocía una barbaridad. Pero siempre, siempre la cosa terminaba con una larga lamida de su coño y culo y al menos dos bestiales orgasmos por su parte.
Marcos encendió un nuevo cigarrillo, otro más, de la enorme cantidad de ellos que consumía. Lo encendió lentamente mientras guardaba silencio como para recomponer el hilo de su relato. Aspiró un par de bocanadas de humo y continuó:
_ Yo tengo una verdadera colección de consoladores, de todas las formas y tamaños, con vibración y sin ella, gruesos y finos. Alguna vez llegamos a salir a la calle, llevando Ester uno de ellos en el culo, sujeto a la cintura por unas correas. Mientras paseábamos o entrábamos en una cafetería yo le decía:
_ ¿Te imaginas lo que pensaría la gente si supieran lo que llevas en el culo? - Sólo de pensar que alguien pudiera verla así se le abría el coño y se excitaba muchísimo, de manera que cuando regresábamos a casa, iba ya loca de deseo, antes de empezar las caricias.
Un día le pregunté qué me ocultaba. Le extrañó la pregunta, pero yo insistí en que había cosas de su cuerpo que me resultaban desconocidas. Lo primero que Ester hacía al llegar a mi casa, pues aun no vivíamos juntos, era desnudarse del todo, así que me dijo que su cuerpo, como siempre, estaba a mi disposición y que no entendía cómo podía decirle, después de todo lo que compartíamos que había cosas de su cuerpo que yo no conocía. Me pidió que le dijera a qué cosas en concreto me refería para ponerlas inmediatamente a mi disposición pero yo le aseguré que el siguiente día en que comiéramos juntos en mi casa se solucionaría ese asunto.
Me confesó luego que desde ese momento empezó a soñar con que llegase el sábado para ir a comer a mi domicilio. Varias veces habíamos compartido mesa y mantel, pero nunca se me había ocurrido hacer nada raro durante la comida. Sin embargo ahora a Ester le picaba la curiosidad. ¿Qué sería lo que yo quería descubrir de su cuerpo?
Por fin amaneció el sábado y siguiendo mis órdenes se presentó en mi casa por la mañana, más cachonda que de costumbre creo yo y como siempre, en cuanto entró, se desnudó y dejó toda su ropa en el suelo. Eso era una norma que yo le había impuesto para todos los días. Me pasé toda aquella mañana obligándola a comer además de realizar con ella nuestros acostumbrados juegos sexuales: azotes, caricias, excitación, pinzas, etc. Parecía que nunca se acababan las croquetas, empanadillas, tortilla, chorizo, queso, jamón, morcilla, arroz con leche, natillas, flanes... Yo le insistía en que ella tenía que tragar todo lo que pudiera. Le tiraba los trozos de comida al suelo y Ester los recogía con la boca, sin utilizar las manos. Le decía a veces que ladrase, porque ella era mi perrita y que moviese el rabito, pero todo esto ya lo habíamos practicado otras veces. Los postres, se los comió directamente encima de mi polla y mis huevos, y también extendía algún pastel sobre la raja de su culo y luego le ordenaba que se lo comiese, untando sus propios dedos y chupándolos. Pero eso también lo habíamos hecho antes. Después, le ordené que subiera a la mesa del comedor y que se pusiera de rodillas sobre ella, con la frente apoyada en el tablero de la propia mesa. En esa postura ya había estado, porque yo le decía a veces que así estando yo sentado tranquilamente tenía su cuerpo a mi alcance y a la altura de mis ojos. Aquel día le extrañó que la mesa estuviese cubierta con un plástico, pero se subió y se puso como yo dije. Estando en mi casa, a ella no se le cerraba el coño desde que llegaba hasta que obtenía al menos dos orgasmos, de manera que después de llevar tres horas de juegos sexuales su excitación era enorme, sentía como se abrían su culo y su sexo sin que nadie los tocase y su respiración era agitada.
La novedad empezó cuando yo cogí un taburete de la cocina, lo puse sobre la mesa y ordené a Ester apoyar su tripa en él. La até una muñeca a una pata de la mesa, después la otra a otra pata y luego lo mismo con los tobillos: uno a cada pata de la mesa que quedaba libre así que cada una de sus extremidades estaba unida con una cuerda bien tirante a cada una de las cuatro patas de la mesa. De esa forma quedó bien sujeta, en el medio, con la barriga apoyada en el taburete, las piernas y los brazos bien estirados y separados, las tetas colgando y sin poderse mover.
El grado de excitación de Rafita era claramente visible. Se acariciaba disimuladamente la polla, a través del pantalón, con la mano derecha sin perderse una sola de las palabras de Marcos. Este continuó hablando:
_ Te dije que hay cosas en tu cuerpo que no conozco, pero ahora voy a conocerlas. ¿Sabes a qué me refiero? Me dijo que no, que pensaba que yo conocía perfectamente todo su cuerpo y que de todas maneras la tenía atada a mi disposición.
_ No sé cómo funciona tu cuerpo por dentro -le dije- nunca te he visto hacer de vientre, observar un primer plano de tu culo abriéndose y ver cómo va surgiendo la mierda del interior. Así que eso es lo que voy a hacer ahora.
Te juro que se quedó de piedra como nunca lo había estado. El día que la obligué a mear por primera vez delante de mí, puesta a cuatro patas en la bañera la vergüenza que pudo pasar. No podía relajarse hasta dejar salir el chorro de orina mientras yo la miraba a poca distancia en aquella postura tan humillante, porque sentada en la taza lo hacía sin problemas. Tuvimos que estar media tarde para conseguir que orinase como yo le decía y delante de mí, azotándola y obligándole a beber agua hasta que lo consiguió. Después de varios días repitiendo el experimento, también me entregó esa función de su cuerpo de modo que con frecuencia me gustaba que se tumbase en la bañera, con la cabeza baja y las rodillas dobladas sobre el pecho y ver como la meada salía de su coño. Cuando ella terminaba empezaba yo, regando con un chorro dorado todo su cuerpo desde los pies hasta la cara. A veces también me masturbaba después de orinar y cuando saltaba mi semen, se lo echaba sobre su cuerpo y le obligaba a recogerlo con sus dedos y a metérselo directamente en la boca.
Pero lo que le exigía ahora era mucho más difícil. A pesar del tiempo que llevábamos haciendo cositas juntos, ella nunca había hecho de vientre delante de mí. Si alguna vez, estando en casa, tuvo que ir al servicio, siempre cerró la puerta. Me decía después que sólo de pensar en otra cosa se hubiera muerto de vergüenza y nunca se había imaginado que yo pudiera pedirle eso. Precisamente una de las características de un buen amo es pedir aquello que una sumisa jamás se puede imaginar que le vayas a pedir.
Me suplicó, me dijo que se moriría de vergüenza que no quería hacerlo y que además no tenía ganas y eso no se podía hacer sin ganas. Fue inútil.
_ No importa que no tengas ganas, porque lo podemos provocar y después de lo que has comido hoy, tendrás un buen huevo que poner. Mira -le dije enseñándole una caja- estos son supositorios de glicerina, que consiguen que las niñas hagan caquita cuando no quieren hacerla delante de sus papás.
Le separé las nalgas, más aun de lo que ya estaban y le puse uno de los supositorios. De momento no pasó nada y yo seguí acariciándole el clítoris, chupándole de vez en cuando las tetas y preguntándole si todavía no sentía nada en la tripita para dar el espectáculo a papá. Empezaba a sentir algo, pero la pobre creía que podría aguantarlo apretando las nalgas y cerrando el culo todo lo que podía. Vino un segundo supositorio y empezaron los retortijones. Aumentó el ritmo de mi masturbación en su clítoris y le prohibí, de forma tajante que se corriera o que se le escapara un solo gramo de lo que tenía en el culo.
Ester trataba de cerrar su ano con desesperación. Por una parte sentía los retortijones y por otra el placer que yo le daba manipulando su sexo. Le metí en el culo un consolador en forma de pera unos de esos plug que aunque los retortijones fueran grandes y ella hiciera fuerza para echarlo, resultaría imposible sin que yo se lo quitase, así que estaba totalmente a mi merced y yo no permitía que se le escapara nada.
Le dije que aún no era el momento cuando ella me suplicaba que la dejase, que la soltase para ir al servicio. Al principio sentía vergüenza y placer. Estaba muy excitada, porque el sentir vergüenza la pone a tope, pero llegado un momento ya no sentía nada, ni vergüenza, ni timidez, ni dignidad, ni placer, ni respeto por sí misma. Estaba absolutamente en mis manos, no era nadie, no era nada y solamente pensaba en que la dejara satisfacer la enorme necesidad de hacer de vientre que le corroía las tripas.
Vino el tercer supositorio, le quité el consolador del culo y redoblé su masturbación.
_ Córrete, pero que no se te escape lo otro -le ordené.
Suplicó, gritó, lloró. Si, si te juro que lloró. Me dije que no podía, que se le escapaba, que la dejase ir al servicio. Llegado un momento su orgasmo reventó y casi a la vez, sin poderlo evitar, se abrió su culo y yo vi una pasta caliente escurrirle por el coño. Desde mi posición la veía caer, amontonándose sobre la mesa. Por eso estaba tapada con un plástico.
Creo que estuvo cinco minutos soltando mierda porque en la postura en que se encontraba debe ser muy difícil cagar, tenía que hacer mucho esfuerzo y empujar mucho pero como la tía tenía unas ganas enormes y la tripa llena, no paró hasta que se vació completamente. Yo estuve todo el rato mirándola a la cara en primer plano y le decía:
_ Eres una niña cerda. Además de hacer la marranada que has hecho, ahora te vuelves a excitar. Quieres que papá te castigue ¿no?- Y antes de que Ester hubiera terminado de evacuar por completo su vientre empecé una sesión de azotes alternando con una masturbación muy rápida hasta que se volvió a excitar y allí, con el mal olor, las piernas sucias y el culo como un tomate se corrió por segunda vez. Yo seguí masturbándola, incluso después de que se hubiera corrido, mientras ella gritaba y gritaba tratando de desatarse y retorciéndose suplicándome que parara.
Cuando por fin la desaté, casi no se tenía en pie. Envolvimos el plástico que había sobre la mesa, lo metimos en una bolsa de la basura y nos duchamos.
Rafita estaba completamente asustado. Nunca, jamás en la vida se le hubiera podido ocurrir que cosas así se hicieran. No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Experimentaba una mezcla de excitación, curiosidad y asco, porque las actividades escatológicas no eran santo de su devoción. Sin embargo había algo en aquella parte de la historia que Marcos estaba contando que le excitaba. A lo mejor era el tremendo grado de humillación que suponía el poder someter a alguien a un tratamiento como el que acababa de escuchar; tal vez la novedad, la situación, la imagen de la mujer atada en aquella postura, el caso era que todo le excitaba. Sin embargo la parte escatológica del asunto le desagradaba profundamente. Él se hubiera conformado con los azotes, no le gustaría tener que llegar a oler ciertas cosas.
_ ¿Estás seguro de que todo eso es cierto? -Marcos le volvió a decir que era totalmente una historia real, y que podía probarla simplemente preguntándoselo a la interesada, si lo que Rafa pretendía era que aportase pruebas.
_ No, no. Es que me parece una pasada. De todas formas eso de cagar es un poco asqueroso ¿No?
_ Sí -concedió Marcos- pero lo que te aseguro es que fue cierto, que me gustó hacerlo y que a Ester es la cosa que más vergüenza le daba y le da.
_ Eso sí que te lo creo, que le dé vergüenza. Bueno, pero sigue contando -Marcos encendió otro cigarro para finalizar la historia:
Con todo esto, como comprenderás, di por superadas todas las pruebas con éxito y le propuse que viviéramos juntos como amo y sumisa. Yo no creo en una relación 24/7 porque considero que la esclavitud se abolió hace años y además, si quiero a alguien que me obedezca siempre sin rechistar me compro un perro. Ester y yo tenemos una relación normal en todo lo que toca a nuestra vida profesional y también de cara al exterior. Ella es ATS y además está estudiando Medicina, por lo que no tiene demasiado tiempo libre. En casi todo llevamos una vida como la de cualquier otra pareja en nuestra situación y de nuestro nivel económico. Digo en casi todo porque existe solamente una excepción: el cuerpo de Ester no le pertenece a ella, sino a mí. Yo soy quien dice cuándo, cómo, dónde y de qué manera utilizo su cuerpo, tanto para mi servicio personal como para castigarlo, para jugar con él o para usarlo como objeto sexual.
Pero claro, a pesar de que me considero una persona muy imaginativa y con muchísimas fantasías, cuando la relación se prolonga varios años, llega un momento en que todo está hecho, la imaginación no da para más, cualquier actividad que se pueda realizar entre un amo y una sumisa ya la hemos repetido infinidad de veces. Y aquí es donde entras tú.
_ ¿De qué forma entro yo? –quiso saber Rafael interesado.
_ Quiero compartirla contigo, hacer sesiones conjuntas, renovar las prácticas e introducir otras nuevas si tú estás de acuerdo. Al menos me gustaría que la probaras, que la conocieras y que después valorases.
Ya te dije que vivimos los dos solos. No tenemos que dar cuentas a nadie. Ella estaría dispuesta a hacer casi todo lo que tu quisieras, si somos capaces entre los dos de llevarla a un grado de excitación y morbo suficiente. Lo único que no quiero es que le dejes marcas permanentes, tipo quemaduras o algo así y tampoco ciertas prácticas escatológicas. No me importa que la obligues a cagar delante de ti o de más personas, si las cosas llegan a ir tan bien como espero y deseo, como consecuencia de supositorios o enemas. Eso entra dentro del juego de la humillación. Pero nunca tocará la mierda, ni de ella, ni tuya ni de nadie. También quiero que sepas que Ester es escrupulosamente limpia, una fanática de la higiene, así que antes de empezar con cualquier tocamiento o caricia manual o bucal es imprescindible que te laves, o le ordenes a ella que te lave. No quiero decir con esto que nuestros encuentros deban comenzar siempre con una sesión de higiene, pero será imprescindible lavarse cuando tu consideres que es hora de empezar con el sexo.
También es importante que sepas que no somos promiscuos ni nos gustaría que tú lo fueras. No te pedimos fidelidad, pero si queremos saber si tienes relaciones con otras personas y quienes son esas personas, aunque nosotros no participemos en ellas. Lo que no nos gustaría es que nos engañaras. Además no tienes por qué. Puedes hacer lo que quieras con quien quieras, siempre que nosotros lo sepamos y a ser posible lo veamos. Si decido entregarte a Ester entre las varias cartas que he recibido, te la entregaré solamente a ti y a las personas que tú decidas. A partir de ahora, tú tienes la palabra.
Rafael estaba atónito. Casi no sabía qué contestar o qué actitud adoptar. De repente se iba a encontrar en posesión de un espléndido ejemplar de hembra, que prácticamente no le pedía nada y a cambio le daba la posibilidad de llevar adelante todos sus sueños, todos sus deseos tanto tiempo reprimidos. Había dejado de acariciarse el pene y aunque el deseo no había cesado, realmente parecía que se encontraban en una situación demasiado seria para continuar con aquellas maniobras. Rafa entendía que Marcos le estaba demandando una respuesta de forma perentoria y quizá con excesiva premura.
_ No querrás que te conteste ahora mismo ¿no? - interrogó a su amigo. Y seguidamente, sin darle tiempo a responder añadió:
_ Llévame hasta el aparcamiento donde tengo el coche, porque es tardísimo y yo me tengo que levantar mañana a las ocho. De paso me vas a contestar a unas preguntas. Abandonaron el local y Marcos puso en marcha el Alpine dirigiéndose lentamente de vuelta al centro de la ciudad. El interrogatorio comenzó:
_ Primero me gustaría saber si has recibido muchas respuestas.
_ Pues la verdad es que sí, lo que pasa es que la mayoría de ellas no me valían para nada. Lo primero que hago es seleccionar por el tipo de carta. Si tiene faltas de ortografía o de sintaxis, etc. va directamente a la papelera. Los casados y demás tampoco nos interesan, porque pedimos lo que ofrecemos. No estamos dispuestos a tenernos que ocultar de la mujer de nadie ni a estar pendiente de que si mi mujer está o no está, hoy puedo y mañana no. Como comprenderás después de estas dos barridas queda poca gente. He hablado con dos personas. Los dos querían únicamente una relación sexual sin poner ellos nada a cambio, pero no tenían ni idea de lo que iba este asunto aunque uno de ellos tiene mucho morbo y deseos de seguir. Ahora te he conocido a ti...
Rafa le interrumpió:
_ ¿Qué piensas de mí?
_ Me gustas. Y creo que físicamente le gustarás también a Ester, me parece que estás muy bien. Lo que no sé es si vas a ser capaz de llevar adelante lo que queremos, pero de momento me quedaría contigo. ¿Puedo preguntarte lo que piensas tú de mí?
Rafita no tuvo que devanarse mucho los sesos:
_ Me pareces una persona culta, seria y agradable pero como comprenderás quien realmente me interesa es ella, que me guste físicamente y que de verdad sea la sumisa que tú has descrito.
_ Esas son buenas noticias, porque no me cabe la menor duda de que su físico te gustará. En cuanto a la sumisión te aseguro que es bastante más de lo que aquí te he contado. El automóvil había llegado ya al aparcamiento de S. Benito en donde únicamente quedaban un par de coches. El 16 válvulas de Rafa era el que destacaba, pero parecía una insignificancia cuando el Alpine se colocó a su lado.
_ ¿No te ha escrito ninguna mujer o pareja?
_ No.
_ Y ¿tendrías algún inconveniente en que participara una mujer?
_ En absoluto. ¿Por qué? ¿Es que tienes novia?
_ No, yo solamente preguntaba -Rafa comprendió que había llegado el temido momento de decidirse, de decir si le interesaba lo que Marcos le ofrecía o no. Pero demoró todavía la respuesta.
Bruscamente Rafael cambió de tema:
_ ¿A qué hora te levantas? -parecía como que no quisiera responder si aceptaba o no el trato que le proponía su amigo pero tampoco estaba muy interesado en interrumpir la conversación.
_ A las seis.
_ Hostia, y me quejo yo de que tengo que madrugar. Bueno... -al final parecía que no quedaba más remedio que tomar una decisión -¿Qué tal si quedamos para otro día los tres y hacemos algo? ¿Dónde lo haríamos?
_ En nuestra casa desde luego. Yo trabajo por la mañana hasta las tres y algunos días también por la tarde. Ella está a turnos de modo que habría que programarlo. Podría ser casi cualquier día laborable por la tarde, excepto martes y jueves. Los fines de semana estamos libres a cualquier hora.
_ ¿Qué pasa los martes y los jueves?
_ Que viene la señora de la limpieza.
Nunca se hubiera imaginado Rafa esa respuesta. Estaba tratando de encontrar la trampa, porque él estaba seguro de que había alguna. No podía ser todo tan fácil, aunque los indicios le decían que su amigo no mentía. “La verdad es” pensó Rafa “que trabajan los dos y tienen que estar muy bien organizados.”
_ Bueno, dame un teléfono y te llamaré -al final, como habitualmente, dejaba la decisión para otro día. Marcos extrajo la cartera del bolsillo y puso en manos de su amigo una tarjeta. Este pudo comprobar que al menos en cuanto al nombre no le había mentido: Marcos Laxe Ameneiros. Abogado. Reiterándole su promesa de llamarle, bajó del Alpine y subió a su coche. Puso en marcha el motor y al dar la vuelta al vehículo para enfilarlo hacia la salida del aparcamiento pudo ver como el deportivo de Marcos se alejaba a toda velocidad.
Cuando llegó a la base se acostó, quedándose inmediatamente dormido. Le pareció que aún no había cerrado los ojos cuando sonó el despertador. Su primer pensamiento del día fue para Marcos y trató de analizar las sensaciones que había experimentado el día anterior. Recordando el relato, e imaginando que aquello lo podría llevar a la práctica, se excitaba, sin embargo continuaba buscando el embuste, la trampa. En algún lugar debía estar la mentira. No era posible que una persona se retratase a sí misma y a su pareja de esa forma tan sincera ante un perfecto desconocido. Rafita creía que todo el mundo era igual de desconfiado, temeroso e inseguro que él. No alcanzaba a comprender como un hombre, con la seguridad en sí mismo que Marcos aparentaba, fuese capaz de entregar a la mujer con la que vivía rebajándola hasta esos extremos, y humillándola delante de otro. Pero no cabía duda de que todo lo que le había contado era cierto y en sus propuestas finales se había preocupado de dejar meridianamente claro lo que ofrecía.
Lo que no tenía claro Rafael Doménech es lo que quería él mismo. Por una parte imaginarse azotando unas redondas nalgas femeninas le resultaba absolutamente atrayente. Podría desfogar sobre aquél culo toda su rabia, su odio hacia su padre y hacia la vida. Su frustración, su escasa autoestima, le impulsaban a llamar a Marcos inmediatamente para concertar una cita aquella misma tarde que le hiciera sentirse válido y superior. Por cierto, era jueves y no podrían hacer nada. Sin embargo no lograba entender el por qué su amigo pensaba entregarle de esa forma a su mujer.
Todos estos pensamientos le impedían concentrarse adecuadamente en su trabajo, de manera que resolvió dejarlos para más adelante. Después de echarse la siesta, volvería a tratar de aclararse las ideas sobre este asunto. Lo cierto es que tenía mucho sueño. Se había acostado a más de las tres de la mañana y para Rafa, dormir menos de ocho horas era un suplicio. Imaginaba cómo estaría Marcos, que se había levantado mucho antes. Se dio cuenta de que volvía a pensar en él sin poderlo remediar. Cada vez que trataba de hacer algo, de concentrarse en su trabajo, una extraña concatenación de ideas devolvía de nuevo a su mente escenas del relato.
Llegó la hora de comer y el sargento Doménech, que acostumbraba a hablar poco, aquél día permaneció mudo. Incluso tuvo que esforzarse en contestar alguna banalidad que le preguntaron. Mientras se llevaba la comida a la boca el pensamiento volaba. Terminó con celeridad y se fue a dormir la reparadora siesta.