jueves, 28 de enero de 2010

EPÍLOGO


Mi nombre es Alfonso Vidueiras Carreira, soy natural de Boiro y resido en Santiago, en cuya Universidad estudio Filosofía desde hace más años de los que debiera, dicho sea de paso.

El azar, que tanto interviene en los destinos de los hombres, quiso que cayera en mis manos hace algún tiempo este documento o codicilo que termino de transcribir. No voy a negar que el principal motivo por el que abordé tamaña empresa fue exclusivamente monetario: pensaba yo que la historia merecía la pena y quizá pudiera ser dada a la estampa, lo cual vendría muy al pelo para el remedio de mi bolsa.

Ciertamente es una historia de amor, según se manifiesta a continuación del epígrafe, pero también de muerte, conforme puede comprobar cualquiera que tenga la bondad y la paciencia de leer hasta el final este epílogo. A mí particularmente, tanto los personajes como el argumento del relato llegaron a atraparme de tal suerte que apenas podía dejar de pensar en ellos, dedicando casi la totalidad de mi tiempo a ordenar y compilar los folios de los que está compuesto el codicilo, deseando concluir cuanto antes mi trabajo para así conocer por fin el final de la historia.

Una vez rematada mi empresa mi decepción fue grande. No me gustan los finales tristes y por otra parte me parecía a mí que la historia no estaba definitivamente concluida porque no terminaba de explicar lo que había acontecido con Marcos y con Rafael, pues aunque por el contexto se podía imaginar, en la historia no está manifestado de forma clara y explícita.

De este modo, movido por el ánimo de encontrar en todo esto algún final radiante, por mi cuenta y a mis expensas investigué lo que pude, llegando al conocimiento de lo siguiente:

Tras la muerte de Ester, su enamorado amo se dejo vencer por sentimientos de gran desconsuelo y melancolía, sin poder encontrar nada en la vida que le hiciese salir de ellos. Todo cuanto le rodeaba avivaba sus tristes recuerdos y el abatimiento terminó adueñándose tan completamente de su alma, que decidió romper con cualquier cosa que le hiciera rememorar el pasado. Así, abandonando todo lo que había constituido su vida, traspasó su bufete, se deshizo de sus propiedades y vendió su ático maravilloso, incapaz por más tiempo de vivir donde antes tanto había disfrutado del amor. Una vez rematada y definitivamente concluida la labor de deshacerse del pasado, quiso retornar a sus orígenes y adquirió una casa en Laxe, donde se retiró a vivir con la pretensión de que la muerte le encontrara al lado del mar, cuando quisiera venir a visitarle.

Lo cual no se demoró demasiado, pues apenas llevaba un año en la villa donde creció, cuando el tabaco, del que tanto había abusado, reclamó sus deudas y aunque desde la irreparable pérdida de Ester parecía que la existencia no tenía ya sentido para él, la verdad es que después de diagnosticada la fatal enfermedad aún luchó por su vida el tiempo suficiente como para dejar concluido el presente escrito. Al cabo, el combate se le hizo tan duro que terminó por admitir lo inevitable y se dejó llevar, falleciendo en el mismo hospital de Santiago donde también su padre había entregado el alma muchos años antes y casi a la misma edad. Y esto, se non è vero, è ben trovato

En cuanto a Rafael Domenech, tengo por muy cierto y averiguado que fue detenido por el asesinato a golpes de su ex mujer y celebrado el juicio se le halló culpable, siendo condenado a veintidós años de prisión. En la actualidad todavía está cumpliendo la condena.

jueves, 21 de enero de 2010

XXIII EL ÚLTIMO VIAJE





Y cuando llegue el día
del último viaje…

Las leyes humanas son necesarias para regir los problemas de conducta social y colectiva. Se revelan, sin embargo, inútiles para los problemas inherentes a la ética o a la moral, pues al ser éstas esencialmente individuales y casuísticas, son, por lo tanto, antirreglamentarias. Por ello resulta sumamente curioso anotar el carácter regresivo de las leyes humanas desde el punto de vista biológico. Es evidente que el animal no necesita de otras normas que las universales y cósmicas del instinto, grabadas a fuego en sus cromosomas. Ateniéndose irremisiblemente a ellas, viven los animales en salvaje aislamiento o en colectividades tan perfectamente organizadas como las de las abejas. Pero esta perfección individual o colectiva esconde en si misma la trampa, a veces mortal, del inmovilismo. Un panal es hoy prácticamente idéntico a aquellos que describió Virgilio en sus versos inmortales, de modo que si por virtud de la magia pudiéramos transportar a la actualidad una de las abejas de entonces, al animalito no le sería difícil integrarse en la sociedad de las abejas de hoy. Nada echaría en falta, no descubriría nuevas costumbres, nuevos lenguajes, nada prácticamente habría cambiado. Porque la organización social de las abejas es perfecta en tanto se mantengan inamovibles las condiciones que así la generaron y como perfecta no necesita cambiar. El peligro surge cuando son las condiciones externas al panal las que cambian. El inmovilismo de las conductas instintivas impide que las sociedades animales adecuen sus cambios a la velocidad con que a veces se transforma el medio y muchas de ellas llegan a desaparecer, imposibilitadas para adaptarse.

¿Qué pensaría sin embargo el propio Virgilio si pudiera viajar en el tiempo y apearse en nuestro siglo XXI?

Porque para que la vida del hombre progrese es necesario el cambio, incluso a pesar de que las condiciones que dieron origen a nuestra especie no hayan variado sustancialmente. El hombre, merced a la inteligencia, puede librarse del férreo control de los instintos y puede evolucionar independientemente de que las condiciones ambientales lo hagan. El proceso de creación, adaptación y perfeccionamiento de nuestra sociedad civilizada, es intrínsecamente el proceso de racionalización y superación de los instintos.

El hombre se libera de las leyes instintivas y merced a su inteligencia las somete al control de su voluntad. Pero en esta liberación se esconde a la vez la clave de su perfección y el origen de sus pecados. Un hombre no matará invariablemente a otro hombre si ambos se encuentran ante una única ración de alimento o encelados ante una hembra única. El ser humano puede ser capaz, en un rasgo de superación de sus instintos, de pasar hambre para que coma su prójimo, o de sublimar inteligentemente el deseo sexual. Pero a la vez, el hombre puede llegar, merced a esa misma inteligencia, a lo que el animal jamás haría: comer hasta hartarse y guardar lo que le sobra para especular y enriquecerse mientras a su lado miles de hambrientos de su misma especie fallecen de inanición. También, gracias a esta superación de los instintos, puede el ser humano, después de satisfecho su deseo sexual, subir a los cielos del erotismo, la sensualidad y la concupiscencia anteponiendo el placer al deseo y el deseo a la procreación, variando las pautas de la conducta sexual Estereotipada de la especie tanto cuanto quiera, retorciéndolas si es necesario, explorando nuevos horizontes, inventando diferentes sensaciones, estableciendo nuevas diferencias entre procreación, sexo y erotismo, como también en su día las estableció entre alimentación y gastronomía.

Porque evidentemente no era la procreación, ni siquiera el deseo, lo que impelía a Marcos y a Ester a modificar de forma tan notoria la conducta sexual que la especie entiende por normal. Buscaban romper tabúes, traspasar fronteras, cometer pecados, llegar a lo más alto de la concupiscencia, volar entre las nubes del erotismo, descender a los infiernos de la abyección y el vicio, experimentar, cambiar.

Es innata la tendencia de los hombres y mujeres que viven sujetos al ejercicio de una profesión a compensar la monotonía de este ejercicio con la práctica pública o el secreto cultivo de otras actividades. Todos llevamos dentro un repertorio de impulsos, de deseos, de vocaciones, mucho más complejo de lo que indica nuestra etiqueta oficial. Aun en el caso improbable de que hayamos acertado con nuestra verdadera vocación, una tendencia oculta y con frecuencia más de una, nos impulsa a servir en silencio a preocupaciones que no son las que nos proporcionan nuestro pane nostrum cotidianum y tampoco nos sirven para mejorar posiciones en los escalafones profesionales. Con ello mantenemos vivo, en primer lugar, el afán necesario de la diversión en sentido estricto, esto es de diversificar, de combatir el hastío de los quehaceres oficiales y rutinarios, aunque estos nos satisfagan mucho, derivando parte de nuestras atenciones por senderos diferentes. La profesión más sinceramente sentida y amada, más encajada con nuestras aptitudes, acaba por automatizarse, por perder su roce fecundo con el ambiente y la improvisación, convirtiéndose por eso mismo en un ejercicio mecánico fácil y con frecuencia estéril.

Hasta el acto creador, que tiene siempre una buena dosis de emoción e imprevisión, acaba por producirse de un modo reflejo; el poeta, el pintor o el descubridor de verdades se habitúan a la inspiración y se aburren casi tanto como el operario que, en una fábrica, recibe invariablemente la misma pieza que ha de colocar siempre en el mismo lugar del producto en elaboración. Las formas iniciales de la vida son puro ritmo. El progreso de la actividad humana se caracteriza, además de por la posibilidad y la necesidad de cambiar, por la ruptura de ese ritmo, por el desorden. Hay un desorden creador específico de nuestra especie y es tanto más importante cuanto más noble es el estrato de la actividad humana sobre la que actúa y por ello el descubrimiento de la verdad o la creación de la belleza coinciden especialmente con la tendencia del espíritu a escapar de la dirección única, de la actividad isócrona para lanzarse por rumbos diversos e imprevistos.

Esta es la razón de que pocas personas se resignen a ocupar, no ya su trabajo, sino su misma ociosidad en un único modo de acción. Nadie se sujeta a vivir sin una especie de preocupación de reserva, a retaguardia de la primordial con la que, así como el cuerpo se defiende con sus depósitos de grasa de un eventual ayuno, el espíritu se precave de su enemigo mortal, que es el hastío.

La actividad principal de cada ser humano suele tener pues su doble secundario y en múltiples ocasiones más de uno. Con frecuencia ocurre que nuestra actividad laboral, aquella que nos preocupa y nos absorbe, nos ha sido impuesta por el medio o por uno de esos errores de vocación que las personas cometen con tanta frecuencia en el trance de elegir profesión, carrera u oficio. En los difíciles años de la adolescencia, ese trance se corre muchas veces sin más probabilidades de acertar que aquellas con las que cuenta el jugador de lotería. En los frecuentes casos de error, la vocación verdadera y por tanto la verdadera aptitud, coincide entonces con la actividad secundaria, elegida en la madurez, ausentes de presiones familiares o sociales, con suficiente conocimiento de causa pero que solo podemos ejercer durante aquellos ratos que nos deja libres nuestra actividad principal, fuente de nuestra economía pero también de nuestra frustración. Así, los minutos que el ingeniero dedica a escribir una página de literatura una vez terminado su trabajo, denotan a un escritor o incluso un poeta frustrado y oprimido por el cálculo y las matemáticas y no es raro el caso de que al fin la vocación triunfe sobre la profesión y nuestro ingeniero arrincone las tablas de logaritmos para embarcarse en el proceloso mundo del pentámetro yámbico. El obrero de la fábrica empleará su tiempo sobrante en injertar esquejes en su huerto, agricultor frustrado que espera con ansiedad el momento de la jubilación para dedicarse a su verdadera vocación. Quizá el profesor de matemáticas se dedique a tocar ocultamente el violín, soñando con el Paganini que no es ni jamás será.

¿Y el abogado? ¿Cuál puede ser la vocación frustrada de un abogado?

Lejos de nosotros el funesto vicio de dogmatizar, pues ni siquiera nos gusta diseñar pautas de comportamiento o generalizar. De este modo nuestros conocimientos no abarcan lo bastante como para establecer alguna de las vocaciones frustradas de los letrados; ni siquiera encontramos medio fiable para vincular las palabras “vocación frustrada” y “abogado”, aunque lo que sí podemos afirmar y afirmamos de hecho, es que la vocación de Marcos coincidía con su profesión, pues desde la adolescencia pensó en ejercitar el Derecho, como lo hizo su abuelo, en lugar de la medicina, como su padre.

Y podemos afirmar aquí también que el letrado se hallaba libre del automatismo en la práctica de su trabajo, pues nada tan contrario a la reiteración como un bufete de abogados. Sin embargo y a pesar de todo eso, siempre trató Marcos de aumentar su tiempo libre para dedicarlo a un sinfín de actividades que podemos catalogar como aficiones si es que no queremos cometer la desmesura de calificar a nuestro protagonista como hombre de variadas vocaciones, una especie de Leonardo da Vinci con toga a veces, con mandil y gorro otras, con escopeta y caña cada vez que podía, con pinceles y lienzo… Pero siempre, en cualquier caso, con la maleta preparada y deseando viajar.

Porque si nos viéramos obligados a reducir a una el sinnúmero de aficiones que nuestro letrado practicó, la más importante a nuestro juicio sería sin duda la de viajero. Si nos fuera posible establecer el número de kilómetros que recorrió solamente por placer, en cualquier medio de locomoción observaríamos que resulta una cantidad desmesurada, porque para Marcos siempre estuvo el destino en el propio viaje, de forma que lo importante no era llegar, sino desplazarse. Y esto era así hasta el punto de que se cuentan por docenas el número de países que nuestro abogado conoció. No existe ninguna ciudad española que no haya pateado, apenas hay lugar dentro de la península situado al norte del paralelo 42 que no visitara una o varias veces y no se puede nombrar una sola población por aislada o diminuta que sea de Castilla y León o Galicia en la que no haya estado, pues de forma sistemática se propuso un día conocerlas todas y creemos sin duda que las conoció.

Hasta tal punto era frenética la pasión por el viaje, que resultaba la única actividad que gozaba del privilegio de ser antepuesta a veces a su propio trabajo. Así pues, si Ester le ofrecía una tarde de cine, de teatro, de ópera o de sexo, podía responder Marcos que estaba muy ocupado. Pero si la pequeña Ester le solicitaba un viaje para realizar durante algún puente, fácilmente se podía conseguir que el letrado hurtase uno o dos días a sus obligaciones para realizarlo con mayor fruición.

Porque es cierto que el establecimiento del despacho y los primeros años de puesta en funcionamiento del bufete que dirigía, fueron duros y difíciles, con abundantes periodos de estrecheces económicas, con deseos incluso a veces de rendición incondicional. Todas las profesiones padecen un cierto grado de nepotismo y endogamia. La de abogado también y por eso resultó extremadamente difícil abrirse un hueco en el mundo del foro vallisoletano con un apellido totalmente desconocido entre los establecidos e incluso de difícil pronunciación para muchos, incapaces para la fonética de la x gallega que es similar a la j francesa o a la sh inglesa.

Así decimos que fue duro pero se superó, a base de buen hacer, mucho trabajo, entrega total, profesionalidad, sinceridad y humanidad. Pero llegada la situación a un punto determinado, parecía que el despacho funcionase solo, de forma que apenas era necesaria la presencia de Marcos, habida cuenta de la suerte y buen tino con que eligió a sus colaboradores. De esta forma podía perfectamente regalarse con quince días de vacaciones aun en Junio, siempre y cuando la alternativa para aprovechar esos días fuese un viaje.

Y en esta ocasión así sucedieron los hechos, pues la pequeña Ester aquel mes había aprobado todas las asignaturas de la carrera menos una, la cual pensaba superar sin ninguna duda en Septiembre, con lo cual obtendría el título de Licenciada en Medicina y Cirugía, con permiso especial para matar, como solía decir Marcos, ya que jurídicamente solo a un médico se le puede imputar una muerte considerándola como negligencia profesional. El caso es que la propia Ester organizó el viaje y una vez planificado, tentó a Marcos para que cometiese el exceso de disfrutar de unas vacaciones la segunda quincena de Junio. El letrado, que siempre ha mantenido la tesis de que la mejor forma de vencer la tentación es caer en ella, aceptó inmediatamente cuando comprobó el plan de ruta.

Porque iba a ser un viaje recorriendo la vertiente sur de los Pirineos, desde Roncesvalles a Llançá, durante diez días, para terminar después practicando el dolce far niente en una playa de la costa brava durante otros cinco días más.

De modo que una buena mañana largaron amarras y después de parar a comer en Logroño llegaron a la tarde a Pamplona. Se alojaron en el Maisonave, como solían hacer en Pamplona y una vez más visitaron la catedral y los jardines de La Taconera; tomaron café donde solía hacerlo Hemingway y comieron en el Leire. El verano, recién comenzado, invitaba a pasear.

Con base en Pamplona viajaron a Valcarlos justo en el límite con la frontera francesa, atravesando el célebre desfiladero de Roncesvalles, donde parece ser que los vascos ganaron una importante batalla a Carlomagno. Visitaron el monasterio, que constituye el primer centro de acogida de peregrinos en suelo español, dentro de la antigua ruta jacobea. Por su parte Valcarlos (Luzaide en euskera) constituye un caso curioso ya que la población se alinea a ambos lados del antiguo camino de Santiago, hoy carretera, en el fondo del valle, dándose el caso único de que las viviendas situadas en un lado de la calle son españolas, mientras que las de enfrente son francesas. Internacionalismo sin problemas el de Valcarlos.

Impresionante también el célebre desfiladero, donde desde luego resulta fácil destrozar un ejército enemigo porque el fondo del valle es estrecho, apenas lo justo para que transcurra el río y la carretera. Las paredes que lo circundan escarpadas y prácticamente verticales, configuran una orografía apropiada para que unos pocos hombres arrojando piedras desde arriba puedan diezmar un ejército a su paso por el fondo del valle. No entramos a valorar si históricamente fue o no cierto, pero si decimos que la orografía se presta a ello.

Lo que si se practica ciertamente en los valles traspirenaicos navarros es la caza de la paloma a pasa y contrapasa. Lo cual consiste en conocer previamente las rutas migratorias de las zuritas y torcaces que pasan el invierno con nosotros y como la paloma no es ave que le guste volar alto, esas rutas transcurren necesariamente por los valles de los Pirineos, donde suelen esperarlas varias escopetas. Pero concretamente en Roncesvalles, e imaginamos que en algún otro desfiladero menos famoso históricamente, se practica un curioso ritual. Varios hombres suben a lo alto del desfiladero llevando unos trozos finos de madera cortados con la figura de un halcón en vuelo. Cuando observan que se aproxima un bando de palomas, lanzan al aire uno de esos recortes de madera, y las zuritas, engañadas pensando que es una rapaz, obedecen inmediatamente a su instinto, lanzándose en picado al fondo del valle, pues es bien sabido que los halcones y azores solo son capaces de capturar presas en el aire, nunca en tierra, de modo que ante la presencia de lo que las palomas toman por un halcón, se dejan caer al fondo del valle con la intención de posarse. Pero allá abajo, escondidas, están esperando las escopetas.

Visitaron también partiendo de Pamplona las hoces del Lumbier, donde aun pueden observarse almadías; suponemos que será uno de los pocos lugares de Europa donde todavía se pueda contemplar el espectáculo paleolítico del transporte de troncos flotando en el río. ¡Qué decir de las hoces del Lumbier! Pero también hay que considerar la belleza del propio pueblo, típico de montaña, con casas de recio muro de mampostería y vigas y cierres de madera, exuberante comarca de árboles y agua, tan parecida a Galicia pero a la vez con una personalidad propia inconfundible.

Pasadas un par de noches en Pamplona se trasladaron a Jaca, aprovechando el desplazamiento para visitar el Monasterio de Leire, cerca de Yesa y su pantano. Ya estuvieron en Leire cuando hicieron el camino de Santiago, pues este monasterio está situado en el itinerario del llamado “camino aragonés”, el que parte de Somport. Pero el edificio y su entorno es de tal belleza que nadie se extraña de que el Abad Virila se mantuviera trescientos años embelesado contemplando el paisaje mientras escuchaba el trino de un ave.

Berdún, antigua fortaleza amurallada, descansa indolente sobre un pequeño teso, al cual cubre por completo de casas, simulando desde lejos una especie de isla en la llanura del valle del río Aragón.

Y Jaca. Antigua tierra de los llamados por Plinio “iacetani” fue la primera capital de Aragón y conserva el edificio románico más antiguo de España: su catedral, del siglo X. En esta ciudad montaraz, pirenaica y aragonesa, turística y recóndita se alojaron en el Gran Hotel y comieron en El Tizón, recorrieron la llamada ciudadela, antiguo campamento romano y estableciendo sus cuarteles en ella visitaron Villanúa y Canfranc, por aquello de conocer lugares tan famosos para la práctica del esquí. Pero sobre todo, por encima de cualquier consideración, emplearon una tarde entera en San Juan de la Peña.

Este monasterio troglodita, fundado nada menos que en 920 por Galindo II Aznárez, conde de Aragón, es la cuna, el germen, la semilla de lo que un día llegaría a constituir el reino de Aragón. Es otro de los lugares sagrados, esotéricos, gnósticos, que merecen sin duda varias visitas.

Ya desde antes de empezar el viaje se venía mostrando Ester algo apática, desganada, con poca iniciativa. Estaba contenta porque había adelgazado, es decir, había logrado llegar a los 63, lo cual para su estatura era un peso que se encontraba en el límite de lo que los criterios estéticos de su amo considerarían delgadez. Pero la pequeña Ester, además de adelgazar estaba cansada, desaforadamente cansada, sin motivo aparente para ese cansancio. Esta circunstancia del agotamiento inopinado de la chica se puso palmariamente de manifiesto durante el viaje, pues como Marcos solía decir, una de las cosas más fatigosas que ha inventado la sociedad moderna es el turismo. En efecto, el turista pretende en una semana o incluso en una tarde, acumular los conocimientos sobre el medio que tienen aquellos que llevan viviendo allí diez generaciones. Para eso es imprescindible correr, no descansar en absoluto, atragantarse de monumentos, catedrales, museos, comida típica, y rincones con encanto. El resultado de todo esto es el agotamiento físico del turista que en muchas ocasiones está deseando que terminen las vacaciones para descansar en casa, como le ocurría al famoso viudo de Tomasa del cual dice la copla que mandó escribir en la tumba de su esposa el siguiente epitafio:

Aquí descansa Tomasa
gorda, desdentada y fría
que murió de apoplejía
mientras yo descanso en casa.

Pero solicitando de nuevo la venia por estas digresiones tan propias de aquél que tiene mucho que decir y poco tiempo para hacerlo, contaremos cómo en efecto el cansancio de Ester era absolutamente anormal y preocupante, pues lejos de los hábitos turísticos de Marcos hacer el japonés, antes bien, prefería dejar cosas por ver que apresurarse, pues pensaba que siempre existía la posibilidad de regresar. Pero aun así, Cosita estaba cansada. Era remisa a levantarse por la mañana, necesitaba dormir la siesta, sentarse cada poco tiempo, apenas tenía apetito y se encontraba exageradamente pálida.

Dice un refrán (Qué el diablo te lleve a ti y a tus refranes, Sancho maldito) que el mérito consiste en saber que es galgo antes de verle los cojones. Queremos decir que si necesitamos verle los atributos para saber si es macho no estamos realizando ninguna proeza. Lo meritorio es que desde lejos podamos decir si es galgo o galga. Y esto viene aquí a cuento, porque todos esos síntomas que relatamos, son indicios claros de una enfermedad grave, pero esto lo hemos sabido a posteriori, es decir, después de verle los cojones. Entonces simplemente pensábamos que Ester pasaba una mala época, o que las horas de estudio invertidas en el último trimestre le habían pasado factura y teníamos la seguridad de que con unos días de descanso, sol y baños de mar se le pasaría todo. De este modo simplemente procuraban no excederse en las caminatas y organizar las cosas de tal modo que la exhausta Ester pudiese dormir su siesta cada día.

Desde Jaca a Viella pasaron por Sabiñánigo, por Broto y por Ainsa, remontando el curso del río Ara hasta llegar a lo más profundo y elevado del Pirineo. Estas poblaciones perdidas en un maravilloso valle, hundidas y rodeadas de las montañas más altas de la península representan desde luego las postrimerías de una cultura rural y agrícola, completamente extinguida a día de hoy, pues la industria de estos pueblos es el turismo. Ainsa, sobre todo, con sus casonas blasonadas, construidas de buena fábrica de mampostería, con zócalos de sillarejo o incluso sillería en los más nobles edificios, constituye el paradigma de lo que decimos. En la década de los cincuenta no existía en aquella población ningún hotel, ni pensión, ni restaurante. La gente vivía de la madera, de la ganadería extensiva de montaña, de la caza y la pesca. Hoy es prolífica la comarca en hoteles, casas rurales, apartamentos, senderismo y todo este tipo de actividades que pretenden rememorar lo que un día constituyó realmente la vida de unas personas. Y así, llegan los madrileños y barceloneses, vestidos de Coronel Tapioca, alquilan un apartamento, hacen una ruta a pie y otra a caballo, mientras los chicos se aburren y mandan mensajes con el móvil y regresan a Madrid, donde explican orgullosamente que han estado caminando por un lugar ¡sin asfaltar! Jo tío, imagínate, es que alucinas ¿no? ¡Qué guay!

Josep Plá describía el valle de Arán como una esmeralda y ese es efectivamente el aspecto que tiene visto desde el alto de la Bonaigua. Pero cuando llegas a través del túnel, dejando a la izquierda la mole imponente del Aneto y recorres el valle desde Viella a Bossost, solamente observas las inmensas masas montañosas que te rodean e imaginas lo que debe haber sido un invierno allí, antes del túnel, antes de la estación de esquí de Baqueira, antes de los hoteles y del turismo. Las condiciones de aislamiento y pobreza en una población hoy tan próspera debieron resultar muy duras. El valle se abre a Francia, por lo cual la comunicación con ese país resulta más fácil que con España. Y en el valle de Arán se da una circunstancia muy curiosa, que casi todo el mundo ignora, a excepción de los propios araneses: existe un río, un importante río que nace en España y desemboca en Francia, en el Atlántico. Efectivamente en el valle de Arán, en el municipio de Canejan, nace nada menos que el Garona que después de pasar por Toulouse y Burdeos desemboca en el Cantábrico en Royan, a 60 kilómetros al sur de La Rochela.

El hotel Acevi Vall d´Arán los acogió un par de noches, mientras visitaron casi todas las localidades del pequeño valle, tratando de entablar conversación con los pocos aborígenes que encontraban pues el concepto que Marcos tenía del turismo no encajaba en absoluto dentro de los gustos al uso. Se trataba de hablar con la gente, de modo que a cualquier sitio que iba, procuraba pegar la hebra con algún anciano, siempre solos y deseosos de ser escuchados, encantados de transmitir sus conocimientos irrepetibles. De este modo, existen en el valle algunas poblaciones alejadas de cualquier pretensión turística y en estás emplearon precisamente el tiempo, porque contemplar lujosas mansiones o sofisticados chalés no motivaba a Marcos en absoluto y en todo caso bastante menos que la conversación con un anciano, en Bossost, que recordaba perfectamente el maquis, el contrabando de café, los judíos que llegaban de Francia huyendo del terror nazi... Un libro de historia viva, a quien invitaron a comer y con quien pasó Marcos dos días conversando, en gratísima y amena charla.

Pero si algo indica verdaderamente lo que era el aislamiento de este valle es el tratar de abandonarlo, no a través del túnel, sino a través del puerto de la Bonaigua. Hemos de considerar primero que, si bien el túnel lleva en servicio cuarenta años, la carretera que atraviesa la Bonaigua se construyó en 1.925 lo cual nos indica que antes de esta fecha, la gente nacía, vivía y moría en el valle sin salir nunca de él, como no fuera hacia Francia, pues ya decimos que, a pesar de ser suelo español, el valle de Arán se abre hacia el norte, siguiendo el curso del Garona.

Nuestra pareja decidió, intrépida, trasladarse a Puigcerdá, como estaba previsto, pero en lugar de hacerlo desandando parte de lo andado valiéndose del nuevo túnel, quiso Marcos atravesar la Bonaigua hasta Esterri d´Aneu, ruta habitual y única hasta la construcción del túnel, pero hoy evidentemente descartada por los viajeros prudentes.

La subida del puerto, hasta Baqueira pasando por Artiés y Tredós no es mala, pues las célebres pistas de esquí justifican sobradamente el mantenimiento de una amplia carretera, bien asfaltada y con anchos arcenes a pesar de estar dotada de innumerables y peligrosas curvas. Pero se asciende por ella sin excesivas dificultades. Al fin y al cabo, de Baqueira a Viella, la capital del valle, solamente hay 14 kilómetros, aunque eso si, de una descomunal pendiente.

Llegados a la estación de esquí decidieron tomar un café y recabar información a los nativos acera del estado de la carretera que atravesaba la Bonaigua, y por todas partes recibieron consejos totalmente contrarios al intento, calificando incluso de estulticia el pretender atravesar el viejo y peligroso puerto existiendo ya el túnel. Claramente se veía que los araneses poseían un eminente sentido práctico de los quehaceres y un sentimiento trágico de la vida, contrapuestos ambos absolutamente con los de aquellos que consideraban un privilegio pisar donde nadie había pisado, contemplar un paisaje virgen, disfrutando en el hecho mismo de mirar, sin necesidad de poseer o acudir a ninguna parte.

Pero fuese como fuera resolvieron emprender viaje. A partir de Baqueira la carretera cambiaba espectacularmente, pues al no utilizarse no se consideraba lógico invertir en su mantenimiento. En puridad debería abandonar el ampuloso nombre de carretera pues convertida en una estrecha senda, con restos de asfalto de vez en cuando, ascendía zigzagueante hasta lo alto del puerto, donde existe una pequeña ermita y donde pararon para contemplar efectivamente la esmeralda del valle, desde los 2.200 metros de la Bonaigua. Una manada de caballos salvajes pastaba en una ladera cercana y en el prado que rodeaba la ermita (Ermita de la Mare de Deu de la Bona Aigua) una explosión de vida saltaba a cada paso: cientos de insectos en un prado jamás contaminado por los insecticidas.

Pensó Marcos que no había sido tan difícil la ascensión al puerto. Cierto que la carretera dejaba mucho que desear, con un precipicio cortado a pico prácticamente en el lado izquierdo subiendo, pero no era él hombre que se arredrase por eso, acostumbrado al Padornelo, La Canda, Pedrafita, el Manzanal, el Alto del Árbol… Galicia es paisaje montañoso, con malas carreteras, pero él las había recorrido en profundidad.

Sin embargo la cosa cambió cuando iniciaron el descenso del puerto. Parece que hasta el alto de la Bonaigua, algo de mantenimiento se invertía en la vía, quizá debido a la propia existencia de le ermita, que a no dudar gozaría de la devoción de los araneses. Pero a partir de ahí, el descenso por la ladera sur del Pirineo hasta Esterri d´Aneu, fue verdaderamente propio de de la Cuadra Salcedo. Solo queremos hacer notar, que emplearon cuatro horas en recorrer los 20 kilómetros que separan Baqueira de Esterri. Ahora bien: nos faltan palabras para describir un paisaje tan agreste y monumental, con poblados bosques de abetos, manchas de hayas y robles, nogales, ríos, arroyos, torrentes, cascadas, aprovechadas a veces con una pequeña presa y una mini central eléctrica, todo ello a la sombra imponente del padre Aneto, que lo vigila todo, con su ojo manchado de nieve blanca, allá cerca del cielo. Desde allí contempla los desvelos de sus criaturas, desde los trabajos de las ardillas y los desmanes, el esfuerzo de la trucha remontando, el bombardeo del quebrantahuesos, el vuelo en picado del águila, el delicado paseo del muflón, e incluso el renqueante sufrir del motor del Renault Safrane de Marcos y Ester, subiendo lentamente, aplastando tomillos y aulagas con las ruedas, abandonada ya por completo la pretensión de denominar carretera a aquella mala calzada romana. Pero allí, en la bajada de la Bonaigua, en la cara sur de los Pirineos, fue la última vez, la última, en que Marcos pudo disfrutar de los azotes a su esclava, estando los dos a solas en un paraje campestre, solitario, magnífico y monumental. Y la cosa ocurrió de la siguiente forma:

Ya hemos dicho que entre Baqueira y Esterri d´Aneu, lo que en su día fue carretera transcurre ahora a través del paisaje más agreste, despoblado e impresionante que ambos habían visto nunca. Pedrafita, La Canda, El Padornelo… representan un juego de niños en comparación con aquello. Nadie va ya por esa carretera, porque la construcción del túnel de Viella la ha dejado obsoleta y prácticamente intransitable, pues es natural preferir veinte minutos de túnel a cuatro horas de puerto. Salvo en el caso de intrépidos aventureros y exploradores, como Marcos y Ester lo fueron aquel verano. Y viene esto a cuento porque, al salir de Viella, como les previnieron tanto contra el puerto, compraron los bastimentos y bebidas necesarias pues columbraron la posibilidad de que se les llegara el hambre en el trayecto y pudieran comer allí, antes de acceder a Esterri o a cualquier otro lugar habitado, como así fue en efecto. De manera que llegada la hora en la que sus estómagos pedían lo que les pertenece, buscaron una estrecha senda o vereda y por ella se metieron con el coche hasta que se alargaron como quinientos metros del camino principal, que no otra cosa era la carretera. Y allí, en medio del sotobosque de carrascos y abetos, comieron y bebieron de lo que habían llevado. Después de siesta, no muy larga, se le ocurrió a Marcos disfrutar del cuerpo de su esclava, poseerlo plenamente, con lo cual, recogieron los restos de la pitanza, guardaron las cosas en el coche y tomando el amo de él el material que sabía que iba a necesitar, avanzaron por la moheda hasta que se internaron un punto en lo más cerrado del arcabuco, llegándose a un nocedal con algo más de docena y media de árboles viejos, frondosos y tan cargados de fruto como darse pueda. Por la fecha, las nueces no estaban en sazón pero aún comieron varias después de apalear unas ramas con un varal. Eran nueces completamente silvestres, sin tratar, no pequeñas, pero muchas con cariedón, aunque las sanas eran mollares, sin bizna y con la carne rígida y sabrosa. El aroma de las alholvas ascendía del campo y el sol estaba iniciando su descenso hacia el ocaso pues serían como las cinco de una calurosa tarde, sin embargo la temperatura era agradable a la sombra de los viejos nogales. Allí, se desnudó Ester y puesta de rodillas ante Marcos, le hizo aquello para lo que tan bien servía su boca. Llegada la excitación al extremo necesario, comunicó el amo la intención de azotarla, de forma que ella permaneció de pie, de espaldas a su dueño, con las piernas separadas, esperando el castigo. El instrumento que había cogido Marcos del coche era un pequeño rebenque, corto pero efectivo con el cual comenzó a azotarla muy a su sabor, hasta que suplicó ella por favor que tuviera la bondad de atarla, pues estaba segura de que si el castigo continuaba se vería tentada a escapar corriendo. “No me importa que escapes” dijo su amo “porque estás desnuda y yo vestido y el monte tiene bastantes zarzas y madreselvas como para que sea un espectáculo verte correr entre ellas mientras yo voy detrás azotándote, de modo que continúa en posición o escapa si quieres” Con lo cual continuó sin moverse, pero tratando de cubrirse con las manos, lo que disgustaba a su amo, por lo que tomando una cuerda de la cual se había provisto en el coche, la ató a un abeto de buen diámetro, en posición tal, que parecía que se abrazaba al tronco del árbol con brazos y piernas, como si quisiera trepar por él. La áspera corteza molestaba la piel delicada de las tetas y así puesta, tomando Marcos la distancia necesaria, reanudó el castigo minuciosamente, lentamente, procurando que ningún azote montase sobre otro anterior, para poder prolongar lo más posible su placer y el de su esclava. Con cada golpe le preguntaba “¿Qué eres?” Y ella respondía “Una mierda, soy una mierda”. “¿Quién eres?” insistía el amo “Una zorra, tu puta, tu zorra” respondía ella entrecortadamente. “¿Qué deseas?” seguía Marcos preguntando después de otro azote “Que me folles, que me des por el culo, que me destroces” respondía ella en medio del paroxismo provocado por el dolor y el placer.

Cuando el amo consideró que había tenido lo suficiente, la desató del árbol, comprobando los rasguños en la piel de los pechos y el vientre. Entonces ató sus muñecas a sus tobillos, le quitó los candados de la vagina y del clítoris y en aquella postura, de pie, la tomó por los agujeros que le ofrecía todo el tiempo que quiso, mientras ella gemía, pidiendo más y diciendo “Fóllate a tu mierda, a tu zorra, fóllala, destrózale el culo” y cosas parecidas. Comprendiendo el amo que no podía aguantar más, la soltó y puesta de rodillas le ordenó continuar con la misma labor con la que había empezado el juego, hasta que él hallándose bien satisfecho, eyaculó blandamente en su boca mientras una pareja de carboneros miraban la escena posados en la rama de un árbol, se escuchaba lejano el ulular de la lechuza y algo más cerca un carpintero horadaba su nido con el monótono y repetitivo golpear de su pico en la madera. Marcos la puso de pie y la abrazó, con amor, con respeto, con dulzura, acariciando su desnudo cuerpo, apreciándola, venerándola, pasando suavemente sus dedos por las marcas del látigo, besando sus arañados pechos, diciéndole y declarándole su amor. De vuelta al coche, aun desnuda, se quiso retirar un tanto para orinar, pero su amo no lo consintió de forma que puesta en cuclillas, orinó en la tierra, mientras Marcos lo hacía en su boca, vaciando ambas vejigas los dos a la vez. Finalizado todo a su plena satisfacción. Le volvió a colocar los candados y cuando por fin llegaron a Esterri, era casi de noche por lo que decidieron pernoctar allí mismo, sin querer continuar el viaje hasta Puigcerdá como estaba previsto, así que el Hotel Esterri Park acogió sus exhaustos cuerpos.

Pasaron al día siguiente por Sort, pequeña localidad agrícola y ganadera situada en un bonito valle y comieron en El Celler en Seo de Urgel, preciosa ciudad donde las haya, que guarda en su interior como una reliquia la inimitable catedral de Santa María, en románico lombardo. Además, para los vallisoletanos de condición o de adopción, la comarca de Urgel debería tener unas connotaciones propias y únicas, pues ya hemos dicho en su momento que en la provincia de Valladolid, en Urueña, existe la ermita de la Anunciada, en estilo románico lombardo o románico catalán, único edificio en este estilo arquitectónico en Valladolid y uno de los pocos fuera del ámbito cultural de Cataluña. Lo que creemos no haber explicado al sufrido lector es el por qué se construyeron en las cercanías de Valladolid dos edificios de estilo románico catalán, el dicho de la Anunciada que se conserva y el monasterio de Santa María de Valbuena, reedificado después en gótico cisterciense. Y el motivo de este inusual florecimiento de un orden arquitectónico tan propio de Cataluña y alejado por tanto de lo común de Castilla es por lo que sigue:

Es históricamente cierto que Alfonso III reconquistó a los musulmanes el territorio donde hoy se asienta Valladolid, estableciendo la frontera en el río Duero. También está probado que concedió estos terrenos y carta puebla a Don Pero Ansúrez, conde de Saldaña, quien se tiene como fundador de la ciudad, lo cual quizá no sea del todo cierto históricamente ya que parece raro admitir que un valle fértil y regado por tres ríos no estuviera poblado con anterioridad al año 1.100.

Sea esto como fuere, resulta que al tal Don Pero no le dio Dios hijos varones y si una hija a quien vino a casar con Armengold, Conde de Urgel. De esta forma la vallisoletana de trasladó a Cataluña y como resultado de ese singular maridaje su hija, Estefanía de Armengold, nieta por tanto del conde Don Pero, heredó el dicho condado de Saldaña y se trasladó a vivir a Valladolid para tomar posesión de él y disfrutarle. Mas dicen las crónicas que la joven Estefanía, nacida en Urgel, acompañada de marido catalán, desconocía las costumbres, gustos e incluso el idioma castellano, aunque por entonces todas las personas cultas se entendían en latín, estando por tanto libres del problema de las lenguas. El caso es que Estefanía trató de mantener sus costumbres en Valladolid y aunque pensamos que a la larga no lo conseguiría, lo cierto es que se hizo traer de su tierra incluso arquitectos, quienes edificaron las dos construcciones citadas. Por eso decimos que los vallisoletanos, de hecho o de derecho, deberían sentirse vinculados de alguna forma especial con este precioso rincón de Cataluña.

Y solicitando nuevamente la venia de los posibles y sufridos lectores de esta real y verdadera historia, continuamos con el hilo de ella y así decimos que aquél día nuestra pareja protagonista llegó a dormir a Puigcerdá, en donde Ester daba cada vez más muestras de postración y enfermedad, hasta el extremo que Marcos se sintió obligado a consultar a un médico en la dicha ciudad fronteriza, el cual, en un alarde increíble de ignorancia profesional, dictaminó que era simplemente agotamiento y prescribió un complejo vitamínico, mucho reposo y buena alimentación. Pero la propia Ester, más hábil al parecer médicamente hablando, le dijo a Marcos que su intención era hacerse un amplio reconocimiento a su regreso a Valladolid, con lo cual estuvo el letrado de acuerdo, aunque no le dio más importancia en aquél momento que la estrictamente anecdótica. Y volvemos a hacer hincapié en la necesidad de dictaminar el sexo del galgo antes de palpar sus atributos sexuales, pues lo que entonces se consideró una anécdota, no lo fue tal como veremos.

Bien es cierto que el abogado jamás imaginó que se produciría por segunda vez la muerte de un ser querido tan prematuramente. Decimos por segunda vez, pues la primera consideramos que fue la de su padre, ya que entendemos que los 51 años no es edad adecuada para morirse. Jamás imaginó el letrado que a una mujer sana y fuerte que contaba por entonces con 38 años le pudiera ocurrir algo más que un dolor de muelas. Pero lo mismo pensaba de su padre e incluso de su abuelo, porque en lo tocante a muertes prematuras parece que el destino nunca ha estado del todo satisfecho en relación con Marcos.

El caso es que pasaron en Puigcerdá dos noches, visitando la increíble localidad de Llivia, enclavada en territorio francés y perteneciente sin embargo a España, de tal forma que para acceder a ella es necesario abandonar el territorio español, en una curiosa paradoja motivada por el Tratado de los Pirineos de 1.659 entre España y Francia. Dicho tratado establecía textualmente que la paz entre ambas naciones se firmaba a costa de que España cediera a Francia los pueblos de las comarcas del Vallespir, Conflent y parte de la Cerdaña, que forman hoy el departamento francés de Pirineos Orientales. Pero al ejecutarse el tratado, los negociadores españoles se dieron cuenta de que Llivia no era un pueblo, sino una villa de modo que continuó y continúa formando parte del territorio español.

Efectivamente para llegar a Llivia, es necesario tomar una carretera internacional que discurre, a partir de Puigcerdá tres kilómetros por territorio francés. Es una vía que conduce exclusivamente a Llivia y que antes de la pertenencia de España a la Unión Europea, estaba vallada y con indicaciones de prohibición de girar en ambos sentidos en cada cruce, según informaron los lugareños a preguntas de la interesada pareja. La dicha carretera, dejando a la derecha la localidad francesa de Bourg Madame entra de nuevo en territorio español para conducirnos a Llivia.

En esta singular localidad leridana observó Marcos un detalle. No le pasaron inadvertidas unas argollas que había de buen tamaño a lo largo de todas las casas del pueblo, a una altura como de un metro del suelo. Estas argollas estaban por todas partes y aunque al principio el letrado les buscó un uso ganadero, como podía ser para atar allí a los caballos o como talanquera, la cantidad de ellas que había hacía imposible admitir razonablemente esa utilidad. Y como nunca quiso Marcos quedarse con la duda, allí mismo preguntó a un anciano (siempre los ancianos) que tomaba el sol sentado en una silla baja de anea. Y fue informado de que las argollas eran porque en tiempo de invierno se hacía pasar a través de ellas una cuerda gruesa o estacha la cual servía para que los viandantes pudieran sujetarse en medio de las enormes nevadas y heladas que la zona soportaba, de forma que desde cualquier casa del pueblo se podía ir a cualquier otra sin necesidad de soltarse de la dicha cuerda, dificultando de esta forma en mucho las caídas, ya que dijo el anciano que en aquel su pueblo, no se veían libres de la nieve y el hielo desde noviembre hasta marzo, esto cuando menos. Admirado quedó Marcos del ingenio de aquella gente, pues a pesar de haber visitado muchas villas, pueblos y ciudades en lugares de alta montaña y con buenas nevadas, nunca jamás vio cosa similar en ninguno de ellos.

También visitaron el Museo de Farmacia que está constituido en lo que se considera farmacia más antigua de Europa y tuvieron la ocasión de comprobar cómo en las localidades fronterizas puede darse una especie de nueva Babel, sin alterar en nada el funcionamiento normal de sus gentes, sus comunicaciones, sus relaciones o sus quehaceres. Así, en el restaurante en que cenaron en Llivia, se daba el caso de que parte de los clientes y camareros hablaban en catalán, parte en francés, parte en castellano e incluso un grupo en portugués y a pesar de eso, todo el mundo se entendía, circunstancia que a menudo no ocurre incluso con la propia mujer a pesar de que hablas su misma lengua. Esto sirve también para demostrar, a nuestro juicio, la nula importancia del idioma cuando la necesidad y el deseo de entenderse es grande, a pesar de lo que piensan al respecto las buenas gentes que viven en lugares donde sólo se habla una lengua, pues tienden a creer que el hablar más de una es un atraso, sin hacer mención desde luego a la consideración que les merece la suya propia, que es, sin lugar a dudas, la mejor del mundo.

Otro día por la mañana abandonaron Puigcerdá y pararon en Ripoll a comer. Ripoll, por si sola bien merece una estancia de una semana. Y el Monasterio de Santa María de Ripoll, casi se llevaría la semana entera. Magnífico edificio románico lombardo, casi a la altura de la catedral de Santiago (Dios me perdone), perfectamente conservado, con un impresionante claustro, una fachada que sin llegar a la explosión del Pórtico de la Gloria, no desmerece en absoluto de ninguna de las que hemos visto. Llamada la Biblia en Piedra, la fachada está totalmente cubierta por una cristalera para evitar su deterioro, demostrando una vez más lo celosos de su arte y su cultura que se muestran los catalanes, actitud esta que defendemos y defendió públicamente Marcos a la entrada del dicho Monasterio de Santa María de Ripoll según contaremos ahora mismo.

Es el caso que nuestra pareja estaba haciendo cola, junto con otros contribuyentes, para obtener una entrada que posibilitase la visita a tan singular edificio. Detrás de ellos estaba un matrimonio, castellano por la fonética, que maldecían de la supuesta tacañería de los catalanes que eran capaces de cobrar por visitar una iglesia. Y se preguntaban estos singulares gestores del patrimonio (Dios los bendiga y los conserve lejos de las obras artísticas) se preguntaban, decimos, interesados, cómo era posible que en Ripoll (ellos pronunciaban Ripol, porque a su juicio otra de las particularidades nefastas de los catalanes era que no hablaban en cristiano, o si lo hacían lo hacían mal, resultando risibles desde luego) acudiera alguien a la iglesia si cobraban por entrar en ella. En estas disquisiciones estaban cuando un par de buenas mujeres penetraron en el templo sin que nadie les exigiese la entrada. Esto fue demasiado, de forma que el supuesto marido, aparentemente hombre alzó la voz inmediatamente preguntando que cómo era posible que aquellas mujeres entraran sin pagar. A lo cual una señorita le informó muy educadamente que aquellas mujeres eran vecinas del pueblo, y que sería difícil mantener que tuvieran que pagar por acudir a su propia Iglesia. La informadora continuó su labor didáctica con más paciencia de la que los visitantes se merecían, diciendo que si quisieran visitar el claustro, el museo o cualquier otra dependencia del monasterio tendrían que pagar también a pesar de ser vecinas, pero no así la iglesia, pues era la parroquia de su pueblo. Y a partir de ahí se entabló una pequeña polémica, pues el turista alegaba que él sólo quería visitar la iglesia y que, por tanto, no tendría tampoco que pagar a pesar de no ser del pueblo. Que dónde se había visto pagar por ver una iglesia (ahí demostró que no se había alejado más de tres kilómetros de su aldea natal, pues en cualquier parte del mundo has de pagar incluso por respirar) y que él no pensaba pagar.

Marcos, que había permanecido en silencio durante la disputa, no pudo sufrirlo ya más, a pesar de los gestos que Ester hacía intentando retenerle. Y así intervino en la polémica diciendo que a él le parecía perfecto que cobraran, que era cierto que en Castilla no lo hacían pero que podría proporcionar al visitante una lista de monumentos en ruinas situados en Castilla y que él personalmente estaba encantado de pagar a cambio de que el patrimonio cultural se conservase resultándole indiferente que este patrimonio se situara en Cataluña o en Tailandia. Por otra parte, aseguró el letrado, de ninguna manera resultaba obligatoria la visita al monasterio, de forma que quien no quisiera verlo podía marcharse inmediatamente, cosa que Marcos recomendaba muy fervientemente que hiciera la desdichada pareja. Incluso dijo más, pues manifestó estar cierto de que la iglesia de la aldea de aquél buen hombre guardaba tesoros artísticos aun mayores que la de Ripoll (se esforzó en pronunciar la consonante final) y que debería él influir para que a partir de entonces cobraran también en la iglesia de su pueblo a los visitantes e incluso en un alarde recaudatorio sin precedentes, a todo el mundo. Otrosí reconvino y dijo: que gentes como él no deberían salir de su aldea, pues jamás iban a disfrutar otra cosa que no fuera el propio terruño y que la mitad de los problemas de cohesión de nuestra sociedad era debida a personas tan nefastas, cerriles y recalcitrantes como él.

Dicho todo esto con tan buenas palabras y vehemencia que al terminar originó un espontáneo aplauso de los sufridos colistas que produjo como consecuencia la huída abochornada de la redicha pareja. Y alguien que se identificó como barcelonés, felicitó personalmente a Marcos preguntándole de dónde era. A lo que este contestó diciendo que gallego, lo que produjo en el interlocutor un gesto de aquiescencia y la frase: “Ya sabía yo que usted no podía ser castellano”. A lo cual Marcos respondió diciendo que todo lo que pensaba del incómodo y respondón turista, lo pensaba también de su nuevo interlocutor, pues ambos por igual generalizaban y prejuzgaban a personas, ciudades e incluso pueblos que no conocían.

Pero todo esto que nos inunda ahora el recuerdo no es óbice para considerar el impacto tan grato que el dicho monasterio de Ripoll produjo en nuestro abogado. Visitaron la tumba de Guifré el Pilós, conde de Besalú (el Wifredo el Velloso de sus estudios infantiles), fundador de la dinastía catalana, tumba respetada y siempre rodeada de flores y permanecieron toda la mañana en el Monasterio.

Ya por la tarde, continuaron su viaje pasando por Olot y aunque era su intención llegar a Llançá aquél mismo día no pudieron por menos que detenerse 24 horas de modo que pidieron alojamiento en el hotel Borrell y emplearon otro día en visitar los volcanes, la ribera del Fluviá y la vieja ciudad de Olot. Ya se sabe: Com a Olot, enlloc.

La antigua capital de la Garrotxa tiene el privilegio de ser el lugar donde por primera vez se quejó Ester de dolor en el vientre:

_ No es dolor -dijo poniendo su mano un poco más arriba de su ingle derecha- sino una molestia, como si tuviera algo aquí. Marcos le dijo que podía ser apendicitis al fin y al cabo, pues a él le parecía que el dolor propio de esa enfermedad se localiza en la parte derecha del bajo vientre. Durante el resto de su vida estará recordando el viejo letrado la frase con la que Ester respondió a esto:

_ Puede ser apendicitis y puede ser una sentencia de muerte -dijo.

Esta frase produjo entonces en Marcos una manifestación de repulsa:

_ ¿Estás tonta? -le respondió inmediatamente– tienes la hipocondría de los estudiantes de medicina, que padecen todas las enfermedades que estudian. En todo el tiempo que llevamos juntos es la primera vez que te duele algo, de modo que no seas histérica y compórtate normalmente.

Pero ¿por qué diría Ester esa frase? ¿No podía haberse conformado con otra, por ejemplo: “puede ser apendicitis pero puede ser otra cosa” o “seguro que será apendicitis” o alguna otra frase similar. ¿Por qué dijo eso precisamente? ¿Esa frase revela algo, o fue simple casualidad? Cuando posteriormente preguntaba Marcos a Ester sobre la cuestión, esta le decía que la frase le salió así, sin pensar. Pero Marcos siempre creyó que aquellas palabras obedecían a algo. ¿A qué? Jamás lo llegaremos a saber.

Y otro día de mañana salieron y pasaron por Figueras, que como ciudad no tiene mucho que ver, francamente. Pero Ester tenía la intención y el deseo de visitar el museo Dalí, pues este pintor le parecía genial, aunque Marcos siempre discrepó de eso, manifestando que no se necesitaba a Dalí existiendo Velázquez y que una vez que se ve su sala en el Prado, apenas se necesita ver más pintura. Pero en fin… Condescendió y ambos visitaron el Museo Dalí, comieron en el restaurante Empordá, situado en la antigua Nacional II, faro y guía de la cocina ampurdanesa de mar y montaña (pollo con langosta). Y tuvieron ocasión de degustar allí unos caracoles situados entre la media docena de mejores preparaciones de caracol que Marcos ha probado en su vida.

Ya de noche llegaron a Llançá donde tenían reservada habitación en el hotel Grimar en la carretera que va a Port Bou. Pero estaba el agua tan apetecible que se dieron un baño en la playa antes de ir a comer un delicioso suquet de peix con una botella de Blanc Pescador.

A pesar del descanso Ester no mejoraba. Marcos se mostraba ya muy preocupado y si no había regresado inmediatamente a Valladolid, era porque la pequeña Ester no daba muestras de enfermedad, ni fiebre, ni dolor (salvo aquella molestia en el vientre) y la única manifestación que mostraba de padecer algún desarreglo era el extremado cansancio y las siempre perennes ganas de dormir. Sin embargo Marcos tenía perfectamente claro que lo primero que harían al volver a Valladolid, sería poner a la pequeña Ester en manos de todos los médicos necesarios.

Al saber que iban a Cataluña habían asegurado al inefable, Rafa, su viejo amigo, que le avisarían cuando llegaran, pues él prometió ir a hacerles una visita, cualquiera que fuese el sitio de Cataluña donde se encontrasen. Dadas las circunstancias de la falta de salud de Ester, no quería Marcos avisar, sino regresar a casa con la mayor celeridad posible. Pero he aquí que Ester insistió, y así decidió llamar a Rafa ella misma desde la habitación del hotel, coligiendo Marcos por las respuestas de ella, que la conversación había sido subida de tono, pues a Ester se le iba poniendo la célebre “cara de clítoris” conforme hablaba con Rafael.

El caso es que el joven y nuevo miembro de la alta burguesía catalana no iba ligero de equipaje, pues entre otras muchas pertenencias había heredado el chalet (allí le llaman torre) que el viejo Don Pere tenía en Ampuriabrava, cerca de Vilademat, con automóvil de lujo en la puerta principal y embarcación en la trasera. Esto distaba apenas cien kilómetros de Llançá de modo que, atendiendo a las ganas que Ester demostraba de que Rafa le pusiera la mano encima y la polla dentro, concertaron con él una cita y el día señalado se presentaron en Ampuriabrava.

Resultó esta una urbanización que puede considerarse el paradigma del urbanismo capitalista y burgués, donde todos los lujos tienen su asiento y desde donde parece imposible creer siquiera que existe el sufrimiento, la enfermedad, la guerra y muerte que sin embargo asolan el mundo. No deberíamos llamar chalet a aquellos edificios, ni siquiera torres; son verdaderas mansiones situadas cada una de ellas en un terreno de más o menos tres mil metros, dentro de una urbanización construida con tal industria, que a través de kilómetros de canales han hecho pasar el mar a la tierra, de forma que las viviendas tienen un canal por la parte de atrás y una carretera por la de delante. Allí podemos ver buenos yates amarrados al puerto trasero y potentes vehículos de lujo estacionados frente al pórtico delantero.

Y este era el caso, tal cual, de la residencia de verano de Rafa. Atendiendo a lo dificultoso que resulta orientarse allí entre cientos de torres, de canales y de carreteras, el propio Rafa les salió a esperar a la autopista A-7 y después de los saludos de rigor, expresados con alegría y reconocimiento a Marcos y con descaro y deseo a Ester, el antiguo sargento indicó que le siguieran y poniéndose a los mandos de un potente BMW t-4 descapotable, después de mil giros y otros tantos vericuetos llegaron a la mansión donde Rafa solía descansar los fines de semana y pasar buena parte de sus vacaciones.

Se dieron mutuas novedades. No vayamos a creer que desde que Rafael se incorporó a la dirección de sus empresas a raíz de la muerte de su padre no habían vuelto a tener noticias los unos de los otros. Ni mucho menos era así, ya que frecuentemente se telefoneaban y Marcos y Ester estaban al corriente de que al joven catalán le iban los negocios viento en popa, sumergido ya sin paliativos en la promoción y construcción de viviendas, como un nuevo esquinero de la Diagonal. Su hermana no había aparecido de modo que era él quien dirigía las empresas, disfrutaba de los beneficios y ocupaba los inmuebles que antes habían sido de su padre, convirtiéndose de este modo en una copia fiel de lo que Don Pere había supuesto: todas aquellas cosas que Rafa había odiado tanto cuando no las podía disfrutar, formaban parte intrínseca ahora de lo que él consideraba su vida. La embarcación (un precioso once metros con 400 CV) un par de automóviles de lujo, el chalet en Baqueira, la residencia en Pedralbes, la torre en Ampuriabrava, el pequeño y discreto estudio de la Diagonal, transformado en picadero e incluso en cámara de torturas, el servicio, el palco en el Liceo, el Palau, las recepciones en Sant Jaume… Una versión renovada de Don Pere a todos los efectos, salvo que por entonces todavía permanecía sin más compromiso que aquél que podían despertar en él unas nalgas dispuestas a ser azotadas, en tanto en cuanto lo estén, aunque hemos sabido que posteriormente se casó y terminó divorciado después de un largo contencioso en el que hubo acusaciones de malos tratos por parte de su mujer. Pero esta circunstancia ocurrió algunos años más tarde porque por entonces el único vínculo afectivo que mantenía con sus semejantes era el de la atención, cuidado y compañía a Doña Nuria, que por fin lograba la buena mujer un poco de paz y consideración.

En cuanto al chalet o torre, era un edificio supuestamente modernista, de dos plantas y bajo cubierta (no se pueden construir sótanos en Ampuriabrava) perfectamente decorado y dispuesto para la llegada de su dueño. En un pequeño anexo vivía un matrimonio que se encargaba de mantener todo en perfecto orden. Orgullosamente les mostró Rafa la casa y les dijo que por qué no se trasladaban allí, ya que aunque él tenía que regresar a Barcelona, podían considerar aquella casa como suya. Estaba meditando Marcos la respuesta cuando Ester preguntó:

_ No me digas que tienes que marcharte ¿Ni siquiera pasaremos una noche juntos?

Entendió el amo inmediatamente que su viciosa esclava quería experimentar cuanto antes de nuevo lo que tantas veces había sentido con Rafa, y así respondió Marcos al ofrecimiento aceptándolo y asegurándole que se mudarían allí en cuanto tuvieran ocasión.

Y les comentó Rafa que para celebrar su estancia había preparado una excursión a las Islas Medas a bordo de su pequeña gran embarcación, bautizada pretenciosamente con el nombre de Eolo. De esta manera embarcaron y zarparon unas dos horas antes de mediodía, puesto el ex-sargento al timón, que ya había obtenido el título que le facultaba para patronear embarcaciones de aquella eslora y desplazamiento, título que se conoce en Galicia despectivamente con el nombre de tituliño como contrapunto del Título de Patrón de Cabotaje o el de Patrón de Pesca. Dicen los paisanos da costa da Morte que el tituliño es para los de Madrid y por ahí, mientras que los gallegos obtienen acreditaciones que les facultan para pilotar o patronear buques de mayor porte y calado.

Pero es el caso que después de navegar muy a modo por los canales que comunican la urbanización con el mar abierto, encontraron la bocana y pusieron rumbo a Las Medas, a unos buenos 18 nudos, a donde llegaron justo a la hora de la comida. Marcos no pudo ni quiso vencer la tentación y puestas unas gafas con tubo respirador se lanzó al agua contemplando y admirando los bellísimos y únicos paisajes submarinos de los fondos de las Medas, paisajes que se dan en muy pocos sitios ya en el Mediterráneo, mar contaminado donde los haya. Pero en las Medas se pueden contemplar todavía importantes poblaciones de corales, praderas de posidonia, y una biodiversidad verdaderamente notable, todo lo cual ayudado por la transparencia de las aguas, posibilita para alguien aficionado al buceo participar de un espectáculo que solo tiene parangón con ciertos fondos de la isla de Cabrera y del cabo de Gata, en lo que al Mediterráneo español se refiere, pues el Atlántico, aquejado siempre de grandes mareas y aguas turbias, impide la contemplación de sus fondos, aunque los hay diversos y exuberantes.

Un buen rato echó Marcos emergiendo para tomar aire y sumergiéndose de nuevo. Como buen depredador sintió no haber llevado consigo su escopeta lanza arpones, pues tuvo a tiro diversos e importantes especímenes, entre ellos un mero de hasta once kilos de peso según calculó el propio letrado a ojo. Aunque todo el entorno de las Medas tiene categoría de Parque Natural Marítimo Terrestre y está por tanto prohibido cazar o pescar, no dejaban de írsele al depredador los ojos detrás de tanta belleza y de tan buenos blancos.

Mientras tanto, ni Rafa ni Ester llegaron a bañarse, pero Marcos pudo observar la maniobra de acercamiento y excitación que en cubierta llevaba a cabo el Sr. Doménech, con gran contento y aquiescencia de su sumisa. Habían hecho bien en ir, pensaba mientras descendía una y otra vez.

Después del baño, el apetito que ya existía se incrementó aun más de modo que decidieron comer y Rafa descorchó una botella de un cava sin igual, fabricado expresamente para él y se dispuso a disfrutar con Ester de los placeres de la carne. Se le ordenó entonces a la esclava que se desnudase y sirviera la comida a sus amos, sentados en toldilla, la cual comida consistió en emparedados, sándwiches fríos, helado, fruta y cava.

_ ¿Cuánto llevas sin correrte Ester? –preguntó.

_ Desde que Marcos me usó en los Pirineos –contestó la interpelada con humildad.

_ Y ¿tienes ganas? ¿No tienes muchas ganas de correrte con lo viciosa que tú eres y lo que te gusta?

_ Si –respondió escuetamente Ester bajando la mirada.

_ ¿No te gustaría chuparme la polla, esa polla que tú conoces tan bien y que después te la metiera en el culo? Responde.

_ Si –volvió a decir Ester, sin atreverse a levantar la vista y con un murmullo de voz. Pero Marcos, su amo, pudo observar un pequeño estremecimiento al responder.

_ Siendo así y con permiso de tu amo, voy a azotarte, porque sé que has echado en falta mis azotes y además porque nadie te habrá azotado nunca a bordo de un barco y después, cuando se me canse el brazo, me la chuparás hasta que me la pongas todo lo dura que puedas y en ese momento si Marcos lo permite te la meteré en el culo hasta que me canse, no necesito ni quitarte los candados porque tu cuerpo tiene agujeros suficientes para satisfacerme. Ya sabes que preferentemente elegiré tu boca para correrme, porque después de esta comida seguro que el semen te apetecerá ¿No es así?

_ Si –repitió Ester el monosílabo con un volumen apenas audible, pero extraordinariamente excitada.

_ No te hemos oído –intervino entonces Marcos, su amo– dinos en voz alta y clara lo que quieres. Y míranos a la cara para decirlo.

_ Quiero que Rafa me azote –manifestó entonces Ester- y que me la meta en el culo y que se corra en mi boca.

La expresión del rostro de Rafa, era la encarnación del deseo y la lascivia. La esclava, desnuda y con los candados en el sexo, parecía la esencia misma de le lujuria.

Y allí empezó de nuevo la cosa como tantas veces. Porque pareció entonces que aquella embarcación había sido utilizada ya en varias ocasiones con fines distintos o complementarios a la navegación en sí misma, ya que aparecieron unas cadenas en un armario del sollado perfectamente adecuadas para sujetar a la sumisa a dos argollas que en el costado había a la altura del través, donde fue sujeta efectivamente por la muñecas, ligeramente doblada sobre la borda, contemplando ella la superficie del mar, con la tripa apoyada en la tapa de regala, las tetas colgando, los tobillos atados cada uno a una cornamusa y las piernas extraordinariamente abiertas y separadas.

Y así fue como Rafa enarboló un buen rebenque que tenía guardado, lo cual nos dio a entender de nuevo que aquella embarcación se utilizaba para muchas cosas. Y con parsimonia al principio pero con premura después, descargó fuertes azotes sobre las nalgas y las piernas de Ester, hasta ponerlas de un color rojo vivo, momento en el que el joven Sr. Doménech se despojó del traje de baño y sin desatar a la sumisa ni permitir que esta se moviera, le introdujo en el culo casi media polla, comenzando un movimiento de vaivén, mientras le decía que desde un barco fondeado a unos setecientos metros la estaban observando, como así era en efecto según Marcos pudo comprobar con los prismáticos, pues en el dicho barco tres hombres, también con prismáticos no se perdían la escena.

Pero Rafa quería más, de modo que Ester fue desatada y llevada ante su amo Marcos que excitado por la contemplación de la escena se relamía con lo que le esperaba.

_ Chupa esto –le dijo Marcos mostrándole el pene- y cuando Ester se ponía de rodillas para chupar, Rafa agregó:

_ Separa las piernas mientras chupas. Voy a metértela entera en el culo.

Y dicho y hecho, mientras los pasajeros del otro barco observaban, la lengua de Ester se paseó por el conocido sexo de su amo y la polla de Rafa se hundió por completo en su culo.

Diremos que acabado esto se tumbaron Ester y Rafa en una hamaca. El catalán, a pesar de lo que había dicho, observando de cerca el sexo de la esclava quiso quitarle el candado, como así lo hizo y cuando la encontró dispuesta para recibirle, separándole las piernas introdujo de un solo golpe su pene en el coño abierto y mojado de Ester.

Pero esta no dio un suspiro de satisfacción ni un respingo, sino un grito enorme y desgarrador de dolor, de puro dolor, mientras que huyendo y liberándose del abrazo con el que Rafa la sujetaba se incorporó, apretándose el vientre con ambas manos mientras decía:

_ ¡Dios! Cómo me duele.

En un primer momento Rafa se sintió incluso halagado, pensando que aquel dolor era producido por la desmesura de su miembro, que aunque grande no lo era tanto como para originar unos efectos dolorosos súbitos e intensos, sobre todo en una mujer acostumbrada a recibir en su interior pollas de todos los tamaños.

Inmediatamente Marcos se percató de que algo raro ocurría. Ester se tendió en cubierta y el propio Rafa la tapó con una toalla. La sumisa se quejaba de dolor en el bajo vientre, en el lado derecho, donde supuestamente podría localizarse una apendicitis. Sin pérdida de tiempo viraron, poniendo rumbo a tierra, mientras que la pequeña Ester se iba recuperando.

_ ¿Crees que es apendicitis? – preguntó su amo.

_ No –dijo Ester en un murmullo- mira.

Y tomando la mano de Marcos que permanecía a su lado acariciándole la cabeza, la condujo al punto del vientre donde le dolía.

_ Aprieta un poco –pidió- podrás notar un bulto.

Y su amo apretó y notó efectivamente un bulto. Con sumo cuidado porque la pobre Ester se quejaba pasó los dedos por el entorno del bulto y le pareció que tenía el tamaño de una nuez. Sin embargo Ester le informó que sería bastante más grande, ya que a la palpación solo se puede detectar un 20% del tamaño de los tumores o quistes internos.

_ ¿Cuánto hace que tienes esto? –preguntó su amo angustiado.

_ No sé, me lo he notado hace un mes. Pensé en ir al médico al acabar el curso, porque creía que era un quiste de ovario que ya los he tenido en otras ocasiones y dependiendo de la fase del ciclo crecen más o menos. No le di importancia. Sin embargo esto ya es otra cosa, porque en este mes he tenido la regla y no ha variado para nada. Incluso creo que ha aumentado.

Estaban llegando a puerto. Marcos le pidió a Rafa que le buscara en Barcelona un ginecólogo de confianza. Aun antes de atracar llamó el muchacho a su madre por teléfono y esta recomendó el suyo propio, que fue el Dr. Torres en la calle Gral. Mitre. Aunque este doctor daba hora para tres semanas, gracias a la intervención de Dña. Nuria consiguieron cita en tres días solamente.

De este modo todo se reorganizó. Ester se quedó en Ampuriabrava en casa de Rafa, Marcos regresó a Llançá para recoger todo el equipaje y pagar el hotel. Se avisó por teléfono a la familia que el letrado tenía en la capital catalana y todo se hizo con tal tino y celeridad, que a las 24 horas de producido el incidente a bordo del Eolo, ya estaban instalados en Barcelona en casa de la familia de Marcos. Y a las 72 horas era Ester examinada, muy por lo menudo, por el Dr. Torres. Terminado el exhaustivo examen e invitados por el médico a tomar asiento frente a él en torno a la mesa del despacho, les comunicó que Ester no tenía nada relacionado con la ginecología, al menos nada que se pudiera detectar sin unos análisis. Pero que a la espera de los resultados de dichos análisis de sangre y orina que ya se habían pedido, quería manifestarles que efectivamente tenía un quiste (no suelen llamarlo tumor al principio) en el colon ascendente y que deberían pedir hora a un especialista en cirugía digestiva.

Dicho y hecho. Marcos y Ester no conocían ni tenían referencia alguna de la calidad profesional de los médicos barceloneses, de modo que se fiaron del criterio de las primas de Marcos, siendo así que en pocos días y ya con los análisis pertinentes en la mano, consultaron con un especialista en aparato digestivo, de cuyo nombre no es que no queramos acordarnos, sino que no nos acordamos aunque queremos hacerlo, en el hospital Sagrado Corazón de la calle Viladomat.

La primera vez todo se resolvió diciendo: “hay que hacer más análisis y una colonoscopia”. De modo que entre unas cosas y otras no fue hasta pasados casi diez días de la crisis dolorosa a bordo del Eolo cuando por fin los doctores establecieron un diagnóstico cierto y un tratamiento para la enfermedad de Ester.

Durante esos días, amo y esclava hablaron mucho y profundamente, sobre la conveniencia o no de regresar a casa para allí hacerse todas las pruebas y someterse a la posible intervención quirúrgica, pues Ester ya por entonces sabía perfectamente que el “quiste” que tenía, no era tal, y que tendrían que extirpárselo. El dilema estaba entre continuar en Barcelona o regresar a Valladolid. Desde luego que en la capital catalana, entre la familia de Marcos y el propio Rafa se encontraban ambos perfectamente atendidos y cavilando pensaron que fuera la que fuese la dolencia de Ester, al fin y al cabo estaban en Barcelona, que sin ninguna duda contaría con profesionales y equipos al menos tan buenos como los que había en Valladolid y probablemente mejores. De este modo decidieron quedarse, en casa de la tía de Marcos.

Y llegó el día del principio del fin, o del fin de la felicidad. Y fue cuando el doctor de cuyo nombre queremos acordarnos aunque no podemos, a la vista de la colonoscopia, la resonancia, el TAC y los análisis, decidió que era imperativo intervenir quirúrgicamente a Ester, para extirparle el tumor (ya se utilizaba esa palabra maldita) que tenía en el colon. A preguntas de ella, como más experta en estas materias, respondió el cirujano diciendo que era un tumor primario, localizado, denso y compacto, de fácil extirpación y muy buen pronóstico. De este modo él recomendaba que la paciente quedase ya ingresada para comenzar el preoperatorio.

Semanas después le confesó Ester a Marcos que en ese momento ella supo que era muy grave. Conocía perfectamente los protocolos a seguir ante cada caso y esa urgencia en operar hasta el extremo de recomendar el ingreso inmediato para abreviar tiempo, era síntoma claro de la gravedad del caso, pues si no fuera así se la citaría en su momento para la intervención y el preoperatorio se realizaría siguiendo tratamiento ambulatorio, nunca ingreso. Sin embargo en aquél momento Marcos pensaba que aquello no sería más que un pequeño contratiempo, que Ester se recuperaría desde luego, y que él iba a estar a la altura de las circunstancias, para lo cual lo primero que hizo fue llamar a su despacho para decir lo que pasaba y que no le esperasen de momento. El mes de Agosto, normalmente inhábil, estaba próximo y aunque así no hubiera sido, había en el bufete suficientes profesionales cualificados como para atender cualquier asunto. Telefoneó también a la familia de Ester y a la suya propia, pero en un ambiente relajado y tranquilo, como si la dolencia de su querida esclava fuera una caries.

Y llegó el día de la intervención, festividad de la Virgen del Carmen y después de seis angustiosas horas de quirófano, le devolvieron a Ester, tan llena de tubos, sondas, sueros y máquinas, tan pálida y con tal aspecto de enferma que Marcos no pudo resistir y rompió a llorar.

Salió al pasillo y allí encontró al cirujano que iba a entrar a la habitación a ver a su paciente.

_ ¿Cómo ha ido todo Dr.? –preguntó Marcos ingenuo.

_ Bueno, usted sabe que su esposa está muy grave, gravísima. Yo me he limitado a extirpar el tumor, pero las metástasis requieren otro tipo de tratamiento. De modo que cuando se recupere un poco del postoperatorio yo recomendaría el traslado a la unidad de Oncología de la clínica Quirón, bajo los cuidados de colegas eminentes y amigos míos, con los cual hablaré yo personalmente. Pero desde luego no se haga usted muchas ilusiones, yo diría que ninguna.

En aquel instante se enteró Marcos del estado de suma gravedad de su pequeña Ester. Lo del cáncer de colon ya lo imaginaba, lo sabían prácticamente los dos. Pero siempre había albergado la esperanza de que todo el mal se limitara a eso.

Podemos imaginar uno de esos edificios, altos, ostentosos, aparentemente inmunes incluso al paso del tiempo, pero que se vienen abajo con unas cuantas diminutas cargas de dinamita situadas estratégicamente en los pilares más sensibles. Cuando se produce la explosión, en unos segundos el edificio se derrumba entero, cayendo casi a plomo, con singular estruendo, pero cayendo al fin, como un castillo de naipes de ladrillo. Esa es la imagen que podría definir perfectamente lo que ocurrió en el alma de Marcos en aquél momento. Se derrumbó. El Dr. le permitió quedarse unos momentos a solas en un pequeño despacho. Ester estaba todavía casi inconsciente y el letrado aprovechó aquellos minutos para tratar de recomponer un poco su vida, sin conseguirlo, porque su vida, a decir verdad, no se recompuso nunca más.

Como Canio, en Los Payasos de Leoncavallo, ¡Actuar! mientras preso del delirio no supo ya qué decía ni qué hacía. Pero a pesar de todo era necesario esforzarse, ponerse la máscara, cambiar en bromas el dolor y el llanto. Reír de la pena que le embargaba, burlarse del dolor que acababa con su corazón.

Recitar!
Mentre preso del delirio non so più
quel che dice e quel che faccio!
Eppur... e d'uopo... sforzati!
Bah, se' tu forse un uom!
Tu se' Pagliaccio!
Vesti la giubba e la faccia infarina.
La gente paga e rider vuole qua,
e se Arlecchin t'invola Colombina,
ridi, Pagliaccio, e ognun applaudirà!
Tramuta in lazzi lo spasmo ed il pianto;
in una smorfia il singhiozzo e il dolore...
Ridi, Pagliaccio, sul taro amore infranto!
Ridi del duol
che t'avvelena il cor!

Y así regresó a la habitación, para que su queridísima Ester le viera en el momento de despertar del todo. Se lavó la cara, fumó nerviosamente otro cigarro y sentándose a la cabecera de la cama cogió su mano y la saludó:

_ Hola princesa.

_ Hola –respondió Ester débilmente- ¿Cómo ha ido todo?

_ Bien, muy bien –y aquella fue la primera vez que le dijo una mentira.

Trasladada a la clínica Quirón y puesta en manos del más afamado de los oncólogos, realizadas por este y por sus ayudantes todas las pruebas necesarias, se emitió, por fin, un diagnóstico y un pronóstico definitivo. La paciente, Ester Bueno González había sido intervenida de una neoplasia en rama ascendente del colon, presentando metástasis en hígado y peritoneo, constituyendo todo ello un cuadro de pronóstico extremadamente grave e incompatible con la vida en un plazo de dos a ocho meses. Esto le fue comunicado a Marcos un 23 de Agosto y Ester falleció en la madrugada del 14 de Mayo siguiente a los 39 años. No se cumplió el pronóstico por 15 días.

No hace falta decir aquí que por parte de Marcos se intentó todo, absolutamente todo; incluso de forma inconsecuente el abogado oró todos aquellos meses, prometió, pidió, amenazó. Por consejo del médico y de la fundición DOMO no se le dijo a Ester la verdad y ella fingió ignorarla algún tiempo, aunque llegados a las últimas diez semanas, ninguno de los dos quiso fingir más y abiertamente hablaban de la muerte cercana y al final deseada.

Con el fallecimiento de Ester acabó esta historia de amor, aunque quisiéramos puntualizar que aquí da fin solamente la historia que no el amor mismo. Para la cual suplico benevolencia en el posible lector interesado, porque no ha sido compuesta con pretensiones de obtener un premio, ni siquiera el reconocimiento por parte de nadie. Simplemente con la intención de que alguien recuerde a Marcos y a Ester, el día que ambos falten.


CAVARADOSSI
(rimane alquanto pensieroso, quindi
si mette a scrivere... ma dopo tracciate
alcune linee è invaso dalle rimembranze,
e si arresta dallo scrivere)
(pensando)
E lucevan le stelle...
ed olezzava la terra...
stridea l'uscio dell'orto...
e un passo sfiorava la rena...
Entrava ella, fragrante,
mi cadea fra le braccia...
Oh! dolci baci, o languide carezze,
mentr'io fremente
le belle forme disciogliea dai veli!
Svanì per sempre
il sogno mio d'amore...
L'ora è fuggita...
E muoio disperato!
E non ho amato mai tanto la vita!...

(scoppia in singhiozzi, coprendosi il volto
colle mani. Dalla scala viene Spoletta,
accompagnato dal Sergente e seguito da
Tosca: il Sergente porta una lanterna -
Spoletta accenna a Tosca ove trovasi
Cavaradossi, poi chiama a sé il Carceriere:
con questi e col Sergente ridiscende, non
senza aver prima dato ad una sentinella,
che sta in fondo, l'ordine di sorvegliare il
prigioniero).


CAVARADOSSI
(Permanece pensativo, después,
se pone a escribir pero, después
de algunas líneas, le invaden los
recuerdos, y cesa de escribir)
(pensando)
Y brillaban las estrellas
y olía la tierra...
chirriaba la puerta del huerto
y unos pasos hacían florecer la arena...
Entraba ella fragante
y caía entre mis brazos...
¡Oh dulces besos, oh lánguidas caricias!
Mientras yo estremecido
las bellas formas iba desvelando...
Para siempre desvanecido
mi sueño de amor...
Ese tiempo ha acabado...
¡Y voy a morir desesperado!
¡Y jamás he amado tanto la vida!

(Rompe en sollozos y se coge la
cabeza entre las manos. De la
escalera viene Spoletta acompañado
por el sargento y seguido de Tosca.
El sargento lleva una linterna.
Spoletta indica a Tosca dónde se
encuentra Cavaradossi; luego con
el carcelero y el sargento baja,
no sin antes indicar a un centinela
que vigile al prisionero.)

FINIS CORONAT OPUS

jueves, 14 de enero de 2010

XXII LA MARCA





Variados y diferentes avatares ocurrieron a nuestra felicísima pareja durante aquél año, probablemente el más dichoso de su vida, al menos así lo calificamos ahora desde la distancia que nos proporciona nuestro ya inmediato declive, abocados como estamos a nuestro término y fin, llenos de recuerdos y de vida ya transcurrida, ya periclitada. Se sabe que es lugar común afirmar, como la estrofa manriqueña que cualquiera tiempo pasado fue mejor, sofisma que a menudo no es cierto, pues emitir juicios sobre el pasado, cuando uno es a la vez protagonista y juzgador, resulta tan subjetivo, tan condicionado por la sensibilidad interna, tan a posteriori, que es lógico y aun humano equivocarse al emitirlo. Pero mucho nos tememos que en este triste caso es tan verdad como el sol que nos alumbra, pues un anciano bien puede afirmar, sin temor a equivocarse que cualquiera tiempo pasado fue mejor, porque la vejez no tiene cura y nadie debería ignorar lo que hay tras ella, porque de viejo nadie pasa.

Pero dejando cosas de poco momento, volvamos a lo que importa. No se relajó ni un solo día la disciplina, eso desde luego y se retomaron los contactos con variadas personas aficionadas a estos singulares asuntos, aunque desde que faltaba Rafa las sesiones resultaban sin duda más imaginativas y menos violentas, haciendo mayor hincapié en la humillación, la sorpresa y la exhibición que en el dolor en sí. La liturgia de buenas noches, al finalizar la jornada continuó desde luego inamovible, así como también la representación de los tres personajes que Ester tenía que asumir. Pero no buscaban ya con tanta premura como al principio las relaciones con los demás, así como tampoco los castigos dolorosos en extremo, pues a aquellas alturas y como bien habrá podido colegir cualquier lector inteligente, el cuerpo de Ester presentaba ya varias marcas que habían adquirido el carácter de indelebles: cicatrices longitudinales en las nalgas, una quemadura de cigarrillo en cada pecho y la lanzada en el costado de la jornada de su crucifixión. Por supuesto que el primitivo pacto de convivencia había quedado completamente obsoleto, pues a Ester ya no le importaba aparecer con marcas, antes bien, se sentía orgullosa de ellas, incluso Marcos tenía que refrenarla a veces para que no las luciera intempestivamente porque su amo siempre tenía presente la ciudad donde vivían y aunque también se sentía orgulloso de lucir el cuerpo marcado de Ester en alguna remota playa, no así en la piscina del club de campo al que pertenecían. De este modo decidió limitar la intensidad de los castigos, pues aunque media docena de cicatrices en las nalgas producto de los azotes resultaban incluso agradables a la par que excitantes, pasar de ahí hubiera sido chabacano.

Pero claro está que estas limitaciones no impedían una perfecta relación amo-esclava. Además del ritual de buenas noches, al que ya hemos hecho reiterada referencia, se mantenía férreamente la regla por la cual las partes más íntimas de Ester permanecían siempre y en todo lugar al alcance de su amo y las tres personalidades en que se desdoblaba la inigualable sumisa continuaban reclamando su parte de tiempo cada una de ellas. La adquisición de ropa siempre resultaba extraordinariamente humillante para la esclava, por cuanto se hacía con su amo delante, probándose, vistiéndose y desvistiéndose delante de las dependientas de la lencería o de la tienda, escuchando y sufriendo los más variados comentarios por parte de Marcos que siempre trataba de resaltar la forma de sus nalgas o de sus pechos, para que las dependientas le prestaran atención y Ester se sintiera observada en sus partes más íntimas. También se mantenían las sorpresas del tipo “quiero azotarte ahora” independientemente del lugar o el momento en el que se encontraran, llegando esto al extremo de que una buena noche fueron en el coche a uno de los aparcamientos donde suelen acudir las parejas que carecen de sitios más adecuados para desahogar su amor o su deseo. Estacionaron el vehículo entre otros varios, apagaron las luces y Marcos ordenó a su sumisa que se desvistiera por completo. Pretendía exhibirla, a través de las ventanillas, ante las demás parejas. Pero su intención no llegó a buen término, pues aunque Ester, por supuesto, se desnudó, los cristales del coche se hallaban empañados debido al intenso frío que se sufre por las noches de invierno en la meseta castellana, y el dicho empañamiento, velando el cristal, impedía por completo la visibilidad. Contrariado el amo, la ordenó apearse del vehículo, desnuda como estaba y saliendo él también, la puso de rodillas y le metió el pene en la boca, comenzando Ester una felación mientras algunas de las ventanillas de los coches se abrían con disimulo. Cuando la cosa terminó, Marcos la ofreció a quien quisiera beneficiarse de ella, pregonando sus virtudes en voz alta, las excelencias de su boca tanto para hombres como para mujeres, la calidez de su culo, capaz de alojar la más grande de las pollas y la posibilidad de darle una buena azotaina si el trato recibido no resultaba plenamente satisfactorio. Todo esto pregonaba a voces, paseando entre los coches, con la sumisa desnuda aferrada por un brazo y prácticamente arrastrada, aterida de frío en la gélida noche castellana. Pero como ninguno de los asistentes a tan depravado espectáculo se encontraba solo ya que todos tenían su propia pareja en aquél momento, entendemos que nadie se atrevió a solicitarla, aunque la actividad sirvió, evidentemente. para producir en Ester tensos y excitantes momentos de humillación y expectación. En este mismo aparcamiento, otra noche, esta vez de verano, la azotó públicamente, remangada la falda a la cintura, los pechos apoyados sobre el capó del coche y las nalgas desnudas y ofrecidas, en la postura que a Marcos le gustaba. A punto estuvo de originarse un problema aquél día pues un par de chicos, movidos por su espíritu caballeresco y romántico, incapaces de entender el juego, quisieron defender a Ester, impidiendo un castigo tan riguroso y cruel, más aun en público. Y tuvo la esclava que jurar que ella merecía el tratamiento, por zorra y desobediente y que era su deseo y voluntad recibirlo, para que las cosas no pasaran a mayores. No es necesario especificar, desde luego, que estas actividades nunca se realizaban en Valladolid sino durante sus viajes a otras ciudades. En Madrid concretamente se trasladaban para estos juegos al estacionamiento del estadio Vicente Calderón, en la M-30.

Porque la pareja, había cambiado las recepciones en su casa por la asistencia a clubes, locales u otros domicilios. No queremos decir con esto que los viejos amigos como Francisco Javier no tuvieran siempre abierta la posibilidad de disfrutar de Ester, pero no se buscaba ya el encuentro domiciliario, sino la pertenencia a los cerrados y estrictos círculos de reconocidos aficionados que existían y existen en España y que se centran básicamente en tres lugares: Barcelona, Madrid y la Costa del Sol.

Porque para comprender este mundo es necesario pertenecer a esos círculos. Marcos solía compararlo con el tráfico de estupefacientes. Si a una persona no relacionada con dichas actividades le regalasen un kilo de cocaína que puede valer en el mercado clandestino una buena suma, no sabría qué hacer con él, dónde acudir a venderlo, como conectar con los compradores; pero alguien que trapichea de continuo es capaz, sin embargo, de convertir en dinero un regalo semejante en pocos minutos, porque es un hecho cierto que España ocupa el primer puesto en la relación de países europeos consumidores de coca, de lo cual se sigue que debe existir un mercado muy floreciente y activo en el país, mercado que no vemos, que casi ignoramos, si no pertenecemos a determinados círculos, no entramos en determinados establecimientos y no estamos en contacto con determinadas personas.

Así también ocurre en el mundo de las relaciones sadomasoquistas. Resulta casi imposible percibirlo y una vez que esto se logra es muy difícil pertenecer a él. Pero existe sin duda; sin ninguna duda. Y Ester y Marcos lo conocieron en profundidad. La generalización de Internet y la red IRC, facilitó mucho este conocimiento y pertenencia. Ambos entraban en determinados canales, cada uno con su apodo respectivo y a veces desde diferente ordenador: Marcos era Dominum, así en acusativo y Ester columbula, diminutivo latino de paloma. Merced a estos espacios virtuales de charla establecieron contacto con otras parejas estables de amo-sumisa y de ama-sumiso similares a ellos mismos, personas que convivían llevando a cabo todas sus fantasías. Ya sabemos que nuestros protagonistas conocían la existencia de La Mazmorra en Barcelona, pues el exclusivo local, se anunciaba en revistas especializadas y páginas Web del ramo. Pero en Madrid había un chalet, en Puerta de Hierro, más discreto y exclusivo, que lo tenían alquilado entre varios buenos aficionados con los cuales entraron en contacto a través, como decimos de IRC. Apodos diversos, tanto de dominantes como de sumisos o sumisas pasaron a formar parte de sus amistades, primero virtuales y después, transcurrido algún tiempo, reales de modo que un día fueron invitados a un encuentro en el discreto chalet de Puerta de Hierro y a partir de ese día se reunían con ellos asiduamente.
Para la socialización del individuo es imprescindible la relación con los demás. Pero para que esa socialización sea fructífera y colme las necesidades o expectativas de cada uno, resulta determinante que las personas con las que nos relacionamos compartan muchos o al menos algunos de nuestros planteamientos vitales. Eso es precisamente lo que Ester y Marcos hallaron en aquél chalet y con aquellos amigos. Eran personas como ellos, generalmente de un alto nivel económico y de un altísimo nivel cultural, que vivían como ellos, formando parejas estables y que, como ellos, entendían las relaciones sexuales de una forma peculiar. El chalet era amplio, con seis dormitorios, tres baños, una gran cocina-comedor, salón y jardín privado. Costaba por entonces el alquiler un pico, lejos del alcance de la mayoría de los españoles y verdaderamente constituía el domicilio de una de las parejas, aunque entre todos habían tenido industria suficiente para adaptar la bodega de forma que pudiera dedicarse a usos más excitantes y secretos. La pareja residente estaba primitivamente formada por un amo y su sumisa, pero posteriormente añadieron un esclavo doméstico que, en régimen de internado, se ocupaba de todos los quehaceres propios de una cocinera, doncella y ama de llaves, vestido siempre adecuadamente. En aquél lugar y en aquél ambiente encontraron Ester y Marcos personas que se convirtieron en auténticos amigos y que aun lo siguen siendo de Marcos, hasta el punto de que, en las tristes y finales circunstancias por las que está atravesando lo que queda de aquel letrado, alguno de estos amigos se ha ofrecido para que Marcos viva en su casa, atendido por él y por su sumisa, acompañado en todo momento, presenciando y participando en todas aquellas actividades que en su día le fueron tan gratas. Ni que decir tiene que agradecido y emocionado, ha rechazado el periclitado letrado este generoso ofrecimiento, alegando que aquello que le toca hacer ahora, ha de hacerlo solo, porque tanto el nacimiento como la muerte son sucesos personales, únicos en cada individuo, intransferibles e imposibles de compartir.

Cierto es que visitaron La Mazmorra en Barcelona y no es menos cierto que no desmereció Ester, ni muchísimo menos entre las varias sumisas que allí acudían, exhibidas por sus amos. Pero la distancia constituía un obstáculo insalvable para establecer con aquellas gentes relaciones continuas y estables, pues ni ellos se desplazaban asiduamente a Valladolid, ni Marcos y Ester lo hacían a Barcelona. Otro tanto ocurrió con el ambiente sadomasoquista de la Costa del Sol, que aunque lo conocieron, no lo frecuentaron, pues los casi 800 Km. que separan Valladolid de Málaga, son razón suficiente para explicar que nunca llegaran a integrarse en aquellos círculos.

Pero Madrid, no por ser Madrid, sino por la cercanía, con el chalet antedicho de Puerta de Hierro, resultó el lugar idóneo para que nuestra pareja encontrara gente similar y afín, no solamente por la peculiar manera de entender el sexo, sino también ateniéndonos a unos parámetros estrictamente culturales y sociales.
Y ocurrió que como la pequeña Ester continuaba sometida a la dictadura del cinturón de castidad, por consejo de un amo conocedor de la circunstancia, decidió Marcos cambiar el molesto adminículo por unas perforaciones en los labios vaginales, pues este experto amigo le indicó que resultaban mucho más prácticas, que su propia esclava las llevaba, como así lo pudo comprobar Marcos y que bastaba un pequeño candado para cerrar la entrada de la vagina y otro para imposibilitar la masturbación. Lo bueno, o lo malo, según se mire, resultaba ser que esas perforaciones era necesario practicarlas.

Recordamos la escena que hacía años vivieron en casa del Ama Virginia, en donde presenciaron cómo un amo colocaba unas anillas a su esclava. Por entonces, ni Marcos, ni por supuesto Ester, imaginaron que iban a llegar ni siquiera a pensar en hacer ellos algo así, pero he aquí cómo las circunstancias cambian y lo que antes nos parecía negro, se va tornando en gris y a veces, con un esfuerzo, incluso en gris claro, llegando a blanco en algunos casos extremos. Y así, le pidió un día Marcos a su querida Ester que permitiese la realización de las citadas perforaciones.
Se había informado el amo muy por lo menudo. Habrían de ser cuatro agujeros, dos a la altura del clítoris y otros dos a la altura de la vagina, practicados en los labios, del suficiente diámetro como para poder pasar después por ellos un par de pequeños candados, que una vez cerrados, imposibilitaban a la sumisa por supuesto la introducción de cualquier artilugio en la vagina y además la simple masturbación acariciándose el clítoris, pues el candado colocado en el lugar preciso, impedía esta práctica. Pero fue Marcos más lejos y pidió a su esclava que diera un paso más, pues debería Ester permitir que le hicieran también una pequeña perforación en cada pezón donde pensaba su amo colocar unas anillas. Y todo esto, como es obvio, en una sesión pública.

Allí fue el miedo de la pequeña Ester siguiendo la máxima tantas veces reiterada de que la sumisa comienza a sufrir en el mismo momento en que conoce el castigo, mucho antes de sentirlo físicamente. Y el miedo de Ester era siempre el mismo. Obviamente sentía temor al dolor. Sabía que iba a estar atada y que el proceso de perforación y anillamiento se llevaría a cabo con su consentimiento o sin él, pues una vez atada de nada iban a servir sus súplicas o reflexiones. Pero el verdadero pánico lo sentía imaginando que llegado un momento en que el dolor fuera terrible podría exigir a su amo, (repetimos: exigir) que diese por terminada aquella tortura, que la soltase y la dejase libre no volviéndose a hablar del asunto. Previno a su amo de esa posibilidad, suplicándole que la perdonara por anticipado si ello se producía y que, si llegaba el lamentable momento, no prestase atención a sus palabras y continuara taladrando y marcando su cuerpo tanto como le pareciera conveniente. Le aseguró Marcos que así lo haría sin duda, que como muchas veces habían hablado, ella disfrutaba de la libertad de decidir si admitía el castigo o no, pero una vez admitido, se llevaría a cabo sin posibilidad de contemplar ninguna otra opción. Una vez terminado, la esclava volvía a disfrutar del libre albedrío, decidiendo en cada momento si deseaba continuar sometida a su amo. En uso precisamente de ese libre albedrío, rendía Ester su voluntad ante la de Marcos, cada día, cada hora y cada segundo.

Pero como el letrado la amaba tanto, quería asegurarse de que la persona o personas que llevaran a cabo la delicada manipulación en los labios vaginales y los pezones de su amada y pequeña Ester, fueran lo suficientemente expertos como para realizar la intervención con nivel de seguridad y profesionalidad bastante y así, comentando sus deseos y dudas con el resto de los miembros de tan singular hermandad, surgió el nombre de aquél famoso médico cirujano, al que se había recurrido en más de una ocasión cuando a alguno de los hermanados le surgían similares necesidades. Y quiso el destino que este cirujano fuese el mismo que en su día realizó la cruenta operación de anillado de su esclava en casa del Ama Virginia, actividad que por entonces resultó extremadamente impactante para nuestra pareja protagonista. Y así, el mismo doctor, porque a estos caprichos y veleidades tiene el azar sometido al género humano, llevaría a cabo la perforación en los labios vaginales y pezones de Ester. Dicho eminente cirujano no formaba parte asiduamente de las reuniones que se llevaban a cabo en el chalet convertido en mazmorra y cámara de torturas, pero sí estaba disponible para cualquier necesidad relacionada con su arte y con las actividades que en aquella casa se llevaban a cabo.

Con este hombre trató Marcos los pormenores de la delicadísima intervención y así vino a saber que la única anestesia que se utilizaría sería la mínima que proporcionase el frío, ya que se aplicaría hielo durante un tiempo suficiente en la zona antes de su manipulación. La razón de esto era, según explicó el facultativo, no solamente proveer un mínimo de anestesia, sino sobre todo, paralizar o atenuar en la medida de lo posible el riego sanguíneo de los lugares a tratar de manera que le hemorragia fuera más fácilmente controlable. Le explicó también a Marcos que tanto en los pezones como en los labios vaginales dejaría insertadas unas anillas de acero inoxidable para evitar que al curar volvieran a cerrarse las perforaciones. Pero esas anillas no serían inamovibles, cosa que en absoluto aconsejó el doctor, sino que se podrían quitar una vez que las heridas estuvieran perfectamente cicatrizadas y que se hubiese eliminado el riesgo de que las perforaciones volvieran a ocluirse. Esta era la idea de Marcos en cuanto a los agujeros que se practicarían en los labios vaginales, pues el fin último de ellos era proporcionar la posibilidad de poner allí unos candados aparentes o no ponerlos, a voluntad del amo. Pero pretendió el letrado que en los pezones quedasen insertadas anillas inamovibles, de acero o platino. Sin embargo el experimentado y buen doctor desaconsejo esta opción absolutamente, explicando que si en algún momento de su vida necesitaba Ester que le practicasen un escáner o un TAC, las anillas, al ser metálicas, dificultarían o impedirían por completo la realización de dicha prueba. Sabio consejo el del doctor, que Marcos admitió y siguió al pie de la letra afortunadamente, pues llegó un día en que el cuerpo de Ester hubo de someterse a escáner y a TAC con mayor frecuencia de la que nunca se hubiera deseado.

Hechos que fueron los preparativos y consultadas las agendas de todos los interesados en participar, se decidió la operación para una fecha determinada, en concreto un sábado. La jornada comenzó con una comida de hermandad a cargo de Marcos que realizó un perfecto lechazo asado en pinchos en la barbacoa de la bodega, acompañado por un buen barreño de ensalada y una docena de botellas de Protos. Para postre, había encargado tres tartas de las conocidas como Ponches Segovianos y el ágape terminó con seis litros de excelente orujo gallego del Pazo de Fefiñanes, perfectamente convertidos en queimada por las experimentadas manos del letrado y al son de la música de Milladoiro. Todo el festín estuvo servido por las sumisas y sumisos. De tanto en vez, Marcos sacaba a Ester de su servidumbre, la sentaba en sus rodillas y le preguntaba al oído que cómo se encontraba, a lo cual la afortunada e inigualable esclava respondía que nerviosa, muy nerviosa pero decidida.

Llegó por fin el momento de la verdad. Marcos ofreció a su sumisa a cualquiera de los presentes que quisiera utilizarla, sin embargo no existió demanda, porque como alguien dijo, todos conocemos ya las excelencias de esta zorra y lo que queremos realmente es verla sufrir y gritar. Pidió entonces el amo un cariñoso y cerrado aplauso para su esclava, cosa que le fue concedida inmediatamente y entre palabras de ánimo de los asistentes y algún cariñoso beso de las demás sumisas, fue atada Ester en el lugar apropiado, que no era otro sino una cruz de San Andrés a la cual sujetaron los brazos y las piernas de la mujer, obligándola a mantener las extremidades perfectamente abiertas, separadas e inmóviles.

Llevado a cabo que fue lo antedicho, entró en acción el ínclito cirujano, sacando del congelador, repleto de cubitos de hielo para las copas, tres apósitos helados y aplicándolos, sujetos con esparadrapo, uno al sexo de Ester y los otros dos, uno en cada pezón, recomendando que la infortunada permaneciese así hasta que el hielo comenzara a derretirse.

Mientras esto ocurría, extrajo de un pequeño bolso de mano cuatro anillas abiertas y provistas de un cierre a rosca similar al que suele utilizarse para sujetar los collares. También sacó del siniestro maletín unas pinzas, varias agujas, agua oxigenada, Betadine y gasas y extendiendo todo el material sobre la mesa procedió a desinfectarlo cuidadosamente, utilizando para ello alcohol y colocando todo de nuevo en perfecto orden mientras se esperaba que los apósitos helados hicieran su efecto en el cuerpo de Ester.

Entre tanto la esclava permanecía atada e inmóvil, con la vista baja, como si estuviera examinando las baldosas que pavimentaban la bodega. De vez en cuando miraba el rescoldo de las brasas que habían servido para cocinar el lechazo, porque en todos los humanos el fuego supone un poderoso foco de atracción y a Ester particularmente le encantaba. En un par de ocasiones pidió agua, que le fue proporcionada por su amo, que no se separaba de su lado, acariciándola, besándola y dándole ánimos. La pequeña Ester pedía que la operación se llevase a efecto ya, cuanto antes, pues pensaba ella que la ansiedad y la tensión de la espera eran infinitamente peores que el dolor mismo que iba a sufrir.

Pero ya el facultativo tenía todo su instrumental preparado y acercándose a Ester la examinó, retirando los apósitos y comprobando que el hielo, que se estaba derritiendo, había hecho ya su efecto. Sin pérdida de tiempo, provisto de una pinza, sujetó los dos labios vaginales de la infortunada sumisa, justamente a la altura de la entrada de la vagina. Explicó que iba a perforar ambos labios a la vez, para así evitar que un agujero le saliera más alto que otro, ya que, afirmó sarcástico “a lo mejor a la zorra no le gusta que repitamos”

Las pinzas que utilizó para la ocasión eran un poco especiales. El lugar destinado a la sujeción estaba formado por dos pequeñas arandelas, de modo que al apretar la pinza, quedaba un espacio vacío en la parte interior. La herramienta llevaba un mecanismo de sujeción, un pequeño gatillo, de forma que una vez apretadas no se aflojaban solas, sino que era necesario desbloquearlas. Esto debía ser para que el cirujano no se viera obligado a sujetarlas y pudiera disponer de ambas manos para otros menesteres. Puesta que fue la pinza en su lugar, con un pequeño respingo por parte de Ester, el facultativo consultó a los allí presentes y sobre todo a Marcos, si les parecía que aquél era el sitio adecuado para insertar un candado que impidiese la entrada a la vagina y como le respondieran que sí, tomo una aguja y con decisión y energía perforó en el centro de la arandela que constituía la pinza hasta que la punta de la aguja apareció por el otro lado, después de atravesar los dos labios vaginales de la sufrida Ester.

Inopinadamente no se produjo el alarido de dolor que todos esperaban, aunque la mujer gritó, los presentes estuvieron de acuerdo en que había sabido controlarse perfectamente. Tampoco existió una hemorragia tan importante como Marcos pensaba y el cirujano sustituyó, con habilidad y decisión la aguja por una anilla. Controlada la pequeña hemorragia y perfectamente vendada la zona se procedió a realizar la misma operación a la altura del clítoris.

Pero entonces si gritó la esclava lastimosa y desaforadamente. Las perforaciones se hicieron a una distancia suficiente como para posibilitar que, una vez puesto el candado, la piel presionara sobre el sensible órgano, ocultándolo por completo de modo que entre eso y el propio candado, se pudiera evitar eficazmente que la mujer se manipulase a sí misma buscando placer. Para que esto fuera factible, era necesario hacer los taladros casi en la propia carne, no en los labios como los que ya se habían hecho para evitar la entrada a la vagina. De no hacerlo así, en su momento el candado no apretaría lo suficiente y podría dar lugar a que Cosita fuera capaz de introducir un dedo perspicaz por debajo del candado, dando al traste con las aviesas intenciones de su amo. Pero las perforaciones en esa zona si produjeron dolor y hemorragia. Ester gritó desaforadamente, chilló con toda la fuerza de sus pulmones, pero no pidió ni muchos menos exigió, que se detuviera tan endiablada actividad.

Quedaban los pezones. Para perforarlos la técnica resultó ser diferente. Con unas pinzas normales el cirujano aprisionó la punta del pezón y tiró de ella hacia sí hasta distenderlo. Una vez preparada la zona, provisto de una aguja en la otra mano, atravesaba el maltratado pezón por su parte media y, sin soltar la pinza, insertaba en él una anilla. Esta manipulación también resultó extraordinariamente dolorosa para Ester, que a esas alturas de la sesión lloraba copiosa y desconsoladamente, moqueando y dejando escurrir las lágrimas por las mejillas, más pálidas que de costumbre. Pero al fin todo acabó, se desató a la sumisa que temblaba de dolor y quedó rebajada de toda actividad y servidumbre durante aquel fin de semana. Sentía molestias al caminar, pues el simple movimiento de las piernas le producía dolor en la zona taladrada. Tampoco pudo en un par de días vestirse de la cintura para arriba, porque el roce de la ropa contra los perforados pezones le resultaba doloroso. Permanecieron una semana en el chalet de sus amigos, para que el doctor pudiera controlarla y hacerle las curas, cosa que llevaba a efecto diariamente. Durante aquellos días su amo la cuidó y mimó todo lo que buenamente supo y pudo, agradeciéndole muy por lo menudo lo que estaba haciendo por él. Fue felicitada profusamente por el resto de la hermandad, causando admiración en algunas sumisas y envidia en todos los amos. Pero al cabo de los siete días, el doctor le quitó las anillas que habían impedido una cicatrización no deseada e informó a Marcos de que la mujer estaba lista para que le pusieran los candados.

En tiendas especializadas venden candados aparentes para este menester y allí fue (inefables sex shops de la calle de la Ballesta) donde los compró Marcos, asesorado por el experto amo que había recomendado la operación. Los tales candados, son diminutos, de hasta dos centímetros en total, fabricados con acero inoxidable y provistos de una pequeña cerradura con una llave adecuada a su tamaño. En cuanto a las anillas para los pezones, las había de diversas medidas y hechuras, construidas en variados materiales y de diferentes precios. Para la ocasión eligió Marcos unas como de un par de centímetros de diámetro y realizadas en oro.

También en ceremonia pública, en la inolvidable bodega del maravilloso chalet, le colocó su amo a Ester todos aquellos adminículos, desterrando desde entonces para siempre el cinturón de castidad, engorroso instrumento felizmente superado por la comodidad y efectividad de los candados.

Una vez que se vio con las anillas en los pezones, fue informada por Marcos de que, a partir de aquél momento, cuando asumiera la personalidad de la sirvienta, debería llevar una pequeña bandeja colgada de las anillas, en la cual serviría el café, las copas o lo que a su amo le fuere menester, entendiendo que le estaría prohibido sujetar la dicha bandeja con las manos. Para ello le aseguró Marcos que él mismo tendría industria suficiente como para adquirir una bandeja aparente, con asas y en ellas unas ligeras cadenas que posibilitasen la operación. Ni que decir tiene que así fue efectivamente en cuanto regresaron a Valladolid. Al principio Ester no aguantaba demasiado peso, de modo que se veía obligada a ir y venir a la cocina repetidamente para poder acarrear la vajilla o los cubiertos. Pero poco a poco, los pezones se fueron fortaleciendo, que ya sabemos la vieja máxima hipocrática de que “la función crea al órgano y la falta de uso lo atrofia”; de modo que llegó a ser capaz de retirar la mesa en un par de viajes.

Y hablando de viajes, aunque esto viene aquí traído muy por los pelos, no podemos dejar de mencionar la maravillosa experiencia que resultó para ambos el recorrer a pie el camino de Santiago, itinerario realizado por entonces, poco después de que a Ester le fueran puestas las anillas y taladrados sus labios vaginales. Invirtieron en esa sorprendente ruta esotérica ocho semanas de primavera, entre los meses de Mayo y Junio.

No creemos que sea necesario explicar aquí, que la motivación para emprender tan larga caminata no era religiosa. Ni siquiera creían ninguno de los dos que realmente estuviera enterrado el apóstol Santiago en la cripta compostelana. Existe una teoría mantenida entre otros por el eminente profesor de Oxford Henry Chadwick que a Marcos le encantaría que fuera cierta. Según esa teoría son los huesos de Prisciliano los que descansan y son adorados y respetados dentro del ataúd de plata que reposa bajo el altar mayor de la catedral compostelana. A Marcos le gustaría que esto fuera así, pues si alguna religión tuviera que escoger alguna vez, sería priscilianista, último intento de conjugar el gnosticismo ancestral, la visión cosmogónica del mundo y el animismo con las nuevas y excluyentes corrientes monoteístas representadas primero por el cristianismo y después por el Islam. Prisciliano fue ejecutado en Burdeos por hereje y su cuerpo traído secretamente por sus discípulos para ser enterrado en su Galicia natal, en lugar ignorado. Esto ocurría en el siglo IV. Se supone que el lugar del enterramiento permaneció oculto, salvo para algunos discípulos que transmitieron el secreto de generación en generación. En el siglo IX se “descubren” unos huesos en un lugar ya tenido por sagrado, el Campus Stellae. La Iglesia de Roma confirma que son los huesos de Santiago, pero nosotros queremos creer que los priscilianistas han jugado una última y magistral baza, riendo mejor por reír los últimos. En excavaciones realizadas en la década de 1.950 bajo la cripta de la catedral compostelana, se descubrieron varias tumbas de los siglos V al IX todas orientadas al este, según era costumbre en los gnósticos nazareos. Debemos deducir sin temor a equivocarnos que el lugar ya era sobradamente conocido como necrópolis antes de que ocurriera la peregrina historia de la estrella. Queremos pensar que los discípulos y seguidores de Prisciliano, los gnósticos depositarios de la verdadera religión gallega se enterraron durante tres siglos al lado de su maestro y fundador. Incluso dicen que el camino de Santiago, no es otro sino el que siguió el cuerpo de Prisciliano transportado por sus discípulos desde Burdeos, donde fue ajusticiado hasta el Campus Stellae donde está enterrado.

Pero hemos de pedir perdón a los pacientes y desocupados lectores por estas disquisiciones a todas luces hueras y que nos alejan de la sustancia de este relato. Obtenido el perdón del lector o lectora benevolente y con su venia, continuamos.
Hay que decir aquí, para no faltar a la verdad, que si pensamos en el peregrino típico y tópico no reconoceríamos como pertenecientes al peregrinaje a Marcos y a Ester, en primer lugar porque los auténticos peregrinos, aquellos que realizan el itinerario por motivos estrictamente religiosos, tienen que ser perdonados de muchos pecados. Esta circunstancia excluye en cualquier caso el goce y el disfrute durante el trayecto, pues realizan el recorrido como una penitencia, no como una actividad lúdica. Pero no era esta la condición de nuestra pareja, ya que como no habían cometido pecados no tenían necesidad de obtener perdón y como tampoco habían hecho ninguna promesa ni ofrecido sacrificio alguno a la divinidad, realizaron el trayecto extrayendo de él cuanto goce de los sentidos pudieron. Si los peregrinos pecadores culminan el camino en 31 días, Marcos y Ester lo hicieron en 56. Porque si es cierto no utilizaron ningún otro medio de locomoción que sus propias piernas, no es menos cierto que comían en buenos restaurantes, dormían en buenos hoteles y jamás pisaron un albergue o un refugio. Pero recorrieron los más de 800 kilómetros andando, mezclándose con el paisaje y el paisanaje, saboreando el aire de cada puerto y de cada llanura, metiendo los pies en cada río, descansando bajo cada árbol y durmiendo la siesta en cada prado. Admiraron todas y cada una de las iglesias, ermitas y catedrales que bordean y jalonan la ruta jacobea, de exquisita factura románica; probaron viandas propias de cada zona, hablaron e intercambiaron experiencias con otros peregrinos andariegos y podemos asegurar que el realizar el tal itinerario es una de las muchas cosas por las que merece la pena la vida. Queremos decir que si una persona viene al mundo exclusivamente para recorrer el camino de Santiago, le ha merecido la pena nacer.

En compañía de un amigo, se fueron a Jaca y durmieron allí una noche. Al día siguiente más pronto que tarde se hicieron llevar por el amigo en coche hasta Somport (Summus Portus), en la vertiente norte de los Pirineos. Y comenzaron a andar, subiendo el viejo puerto, comunicación natural entre Francia y Aragón. No quiso Marcos comenzar el viaje en Roncesvalles, como tradicionalmente se comienza, sino que prefirió el paso más alejado de Somport.

La primera noche durmieron en Jaca y a partir de ahí, a un promedio de 16 Km. diarios pasaron por Sangüesa, Puente la Reina, Logroño, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Belorado, San Juan de Ortega, Burgos, Frómista (inigualable iglesia románica la de San Martín de Frómista, metro patrón y guía de las que vinieron después) Carrión de los Condes, Sahagún (el viejo Sant Facund), León, Astorga, Ponferrada, Villafranca del Bierzo, O Cebreiro (ya en tierras gallegas) Triacastela, Sarria, Portomarín, Arzúa y finalmente un día a prima tarde, coronaron O Monte de Gozo y vislumbraron a lo lejos las imponentes torres de la fachada del Obradoiro, con una mezcla de alegría, por haber llevado a cabo un trabajo y pena, pues con ello se daba fin a tan maravillosa experiencia. Bajaron y entraron en Santiago cruzando el río Lavacolla (Lavapene sería la traducción al castellano actual) donde los cansados peregrinos se lavaban antes de entrar en la ciudad y en la Catedral. Y así también lo hizo nuestra pareja, en el mismo río que había servido para tan alto menester durante mil años.

En varias ocasiones a lo largo de su vida, había sentido nuestro letrado una especie de frustración porque Dios, en su infinita sabiduría, no le proporcionó nunca el don de la Fe, así con mayúscula. Porque entrar por la puerta de peregrinos (A porta dos vintesete) en la catedral de Santiago después de haber culminado el camino, teniendo además Fe, creyendo en lo que todo aquello representa a nivel religioso, debe ser una experiencia estremecedora, porque ya sin fe lo es.

A la caída del sol, los peregrinos que esperaban en la plaza de Platerías, entraron en la catedral, monumental y sombría, acompañados por un deán. Aquella vez el botafumeiro, tantas veces visto y admirado, voló más alto para Marcos, perfumó mejor el aire encerrado entre los viejos y admirables muros, rozó las arquivoltas de las ventanas y trazó un arco a través de la bóveda de cañón del crucero más perfecto y sublime que nunca de forma que todos los genes de santiagueses se vinieron de pronto a la mente del emocionado letrado. Vívidamente recordó a su padre, a su abuelo, a sus tíos y tías; e imaginó a sus bisabuelos y tatarabuelos que habrían presenciado tantas veces el majestuoso vuelo del botafumeiro desde el mismo lugar en que Marcos se encontraba. Y de tal forma todas estas emociones se agolparon en su mente, que cuando el tiraboleiro mayor detuvo el vuelo del sin par incensario compostelano, por las mejillas de Marcos escurrieron dos lágrimas y en sus labios se esbozó una sonrisa. Las lágrimas surgieron de la emoción apenas controlada del momento y la sonrisa del travieso pensamiento que cruzó la mente del letrado: “La que has armado Prisciliano, maestro”

Descansaron en Santiago, en casa de una prima de Marcos. Ya habían estado allí otras veces, pues al letrado le gustaba visitar la ciudad, cada cierto tiempo. Perderse por los soportales bajo la fina lluvia, beber unos vinos en la calle de Francos, saludar a viejos amigos y conocidos… ¡Ah Santiago!

Por esos soportales de rincones sombríos
vagan, encapuchados en sus meditaciones,
los cartujanos pensamientos míos

Y repuestos ya del viaje, llevó Marcos a Ester a San Andrés de Teixido, por aquello de que A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo según reza el dicho popular. La ermita de San Andrés de Teixido pertenece al municipio de Cedeira, A Coruña y está considerado uno de los lugares de la península donde se ha adorado a la divinidad desde tiempo inmemorial, pues se han encontrado restos de un altar celta a Lug, el dios lobo, edificado sobre un monumento funerario pre céltico. Los romanos dedicaron el templo a Poseidón y a Ceres pero durante la cristianización cambió la advocación a San Andrés. Ya se sabe que para dominar a un pueblo es necesario apropiarse de sus ritos y de sus mitos. La Iglesia Católica esto lo ha hecho con una perfección digna de mejor causa.

El viejo templo, situado en la ladera norte de la sierra de A Capelada, literalmente colgado sobre el mar en uno de los puntos más septentrionales de la península, está rodeado de tradiciones y leyendas, muchas de ellas vivas todavía. Su propio nombre, teixido viene de teixo, tejo, el árbol sagrado de los celtas. Durante generaciones se ha creído que si no se visita al menos una vez en la vida el lugar, se visitará de muerto, reencarnado en forma de cualquier animal innoble, como una serpiente o una lagartija. A ningún gallego se le ocurriría matar ni siquiera un insecto durante la ascensión a San Andrés, ya que podría tratarse de la reencarnación de un pariente que, por su falta de previsión o de fe en vida, se ve obligado en espíritu a visitar la ermita de aquella innoble manera, para poder al fin descansar en paz.
Sabemos que es imposible mantener durante toda la vida la congruencia, de la misma forma que es imposible mantener íntegra la dignidad si queremos hacer tres comidas al día. Y este largo preámbulo no está aquí a humo de pajas, sino que viene muy al pelo porque queremos hacer notar una de las principales incongruencias de Marcos, que no era otra que, a pesar de proclamarse agnóstico, creer de alguna forma rara y sutil en San Andrés de Teixido y en otros cultos ancestrales galaicos. Se mofaba el letrado y denigraba abiertamente del Rocío, de las procesiones y de cualquier manifestación de la España de charanga y pandereta, pero a San Andrés que no se lo tocasen, el abrazo al Apóstol (a Prisciliano) en la catedral es tradición anual, así como o santo dos croques y alguna otra manifestación del gnosticismo y el animismo latentes todavía en el alma gallega. A Ester le molestaba mucho esto. No entendía por qué a Marcos le movía a burla el Rocío, pero la romería de San Cayetano se la tomaba en serio. El propio letrado reconocía su incongruencia, pero decía, como siempre que se veía obligado a admitir un defecto propio, que los defectos te hacen más humano, porque si fuéramos perfectos seríamos ángeles.

Pero retomemos aquí el hilo conductor de esta real y verdadera historia, después de las disquisiciones viajeras que nos hemos permitido y digamos que, de regreso en Valladolid, continuó la vida sin mayor novedad, es decir: feliz. Porque ya se sabe que cuando uno llega a cierta edad, que suele ser en torno a los cuarenta años, cada día que pasa sin novedades es un día feliz, pues a partir de esa edad las noticias generalmente son malas. Marcos continuaba disfrutando de su trabajo y Ester de sus estudios, pensando en la posibilidad de acabar la carrera en dos años a salvo, por supuesto, de lo que su amo mandase, pues todo, incluso sus estudios, estaba supeditado a la voluntad de su amo.

Aquella fue una buena época, quizá la mejor de sus vidas. La convivencia se había asentado definitivamente, y nunca surgían problemas entre ellos. Cuando se ama, se debe permitir que la persona amada se desarrolle tal cual es. En el caso de una relación como la que nos ocupa, le costó a Marcos un tiempo comprender que el desarrollo de Ester tal cual era ella, consistía en no hacer nada que a su amo no le gustara, anteponer cualquier necesidad suya a un capricho de su amo y consentir, en definitiva, que hasta la última brizna de su libertad cayese segada por la voluntad de su amo. Le costó al amo comprender esto, pues la relación había llegado a ser tal, que Ester pertenecía a Marcos en el mismo sentido que le pertenecía su coche o sus perros de caza, aunque evidentemente la utilidad del vehículo es diferente a la de los perros y esta a su vez diferente a la de una esclava. También son distintas las contraprestaciones o cuidados que necesita un perro, un coche o una mujer. Pero el sentido de posesión, como cosa poseída de facto era el mismo. Tanto es así que alguna vez pasó Ester la noche trabajando en un burdel de carretera, alquilada por su amo a cambio de unos miles de pesetas, exactamente igual que se puede alquilar cualquier animal u objeto poseído.

La asunción de las tres personalidades, el castigo de buenas noches y en general toda la liturgia de la relación se había mantenido intacta, pero además, de vez en cuando viajaban a Madrid el fin de semana o establecían contacto con alguna persona conocida a través de Internet, porque tanto el amo como la esclava necesitaban a veces demostrar fehacientemente el tipo de relación que los unía. Marcos se encontraba muy feliz y ufano de poseer una mujer con tantas y tan buenas partes y pretendía, que los demás la admiraran, y de esa forma, en el colmo de la egolatría, le envidiasen a él. Y así ocurría también con Ester, que sin el menor recato era capaz de decir, incluso en público, que ella pertenecía a Marcos, porque aunque no lo expresaba abiertamente si con cierta sutileza daba a entender que ella era tan feliz con su marido que a cambio le había entregado su voluntad.

Y de esa necesidad de dejar constancia ante los demás de su peculiar relación surgió la idea del marcado. Viendo la magistral (desde el punto de vista sadomasoquista que no cinematográfico) película Historia de O cuando llegaron a la secuencia en la que la sumisa es marcada a fuego en la nalga, Ester preguntó:

_ ¿Serías tu capaz de marcarme así?

_ Por supuesto, mientras que tú lo desearas, pero piensa que esa marca es inamovible, la cicatriz no se podría borrar más que con cirugía.

De momento las cosas se quedaron así, pero la semilla, que llevaba sembrada muchos años, estaba a punto de germinar. Ester no se decidía a dar ese paso irreversible, pues pensaba que si por casualidad su amo un día la rechazaba, ella no podría verse libre de su marca.

Pero ya sabemos que no era mujer que se rindiese fácilmente, porque tiraba más a tozuda que a inconstante y siendo esto así y dándole vueltas al asunto encontró la forma de encajar perfectamente en su ética de esclava el marcado con la posibilidad de que su amo la abandonase y decidió que así como un caballo se marca con el hierro de la finca en que nace y sin embargo puede ser vendido a otra persona, así podría ocurrir también con ella, en el caso de que su amo se cansara de tenerla a su servicio. Y la marca demostraría a todo el mundo de quien había sido ella y hasta qué extremo se había entregado a su amo.

Y una vez que tuvo perfectamente construido ese razonamiento un día se lo comentó a Marcos y este le dijo que si era por eso no tuviera preocupación, pues tanto pensaba él en abandonarla como en hacerse moro y aunque podría prestarla o alquilarla seguiría perteneciéndole, pues en esos menesteres del préstamo o el alquiler estaría obedeciendo sus órdenes y dando satisfacción a sus deseos. Y en cuanto a que él llegase en algún momento a cansarse de ella o a dejar de amarla, ni con el pensamiento.

Así fue como terminó por cuajar la idea de la marca. Ahora era necesario estudiar, muy por lo menudo, la mejor manera de llevarlo a la práctica. El primer problema era decidir la imagen y el tamaño que se imprimiría a fuego sobre el cuerpo de Ester. Después de estudiar entre los dos un sinnúmero de opciones, se decantó el amo por una M mayúscula inscrita en una circunferencia. Dicha circunferencia tendría un diámetro de tres centímetros, más o menos como una moneda de dos euros y la inicial de Marcos encajaría adecuadamente en ese tamaño.

Lo mandó el amo construir de ajuste, es decir: a partir de una sola pieza de chapa de acero inoxidable de 5 milímetros hacer un vaciado dejando la imagen que se pretendía marcar. Un altorrelieve digamos. En el centro de la M, mandó soldar una varilla de un metro de largo y al final le colocó una empuñadura de madera.
Resuelto este importante asunto, comenzó Marcos a ocuparse de planificar la celebración en la que Ester sería marcada. Evidente resultaba que el mejor sitio era la bodega del chalet, el mismo lugar donde le habían taladrado los labios vaginales. Pero quería el amo que esta ceremonia fuera distinta, con mucho mayor fuste y boato, pues algo singular y único se iba a celebrar. Habló primero de todos los detalles y preparativos con los inquilinos del chalet, para elegir conjuntamente la fecha más adecuada, que resultó ser, lógicamente un sábado. Comunicó Marcos su intención de invitar a todo el mundo, cuanto más gente mejor, pues quería que dentro de la cerrada sociedad a la que pertenecían, fuera noticia el marcado público de Ester, pues el que se divulgara tan importante circunstancia daría lugar a una mayor asistencia de público a la fiesta y por otro lado ello redundaría en el incremento de la admiración que los conocedores de su especial relación ya tenían hacia su esclava y hacia él mismo. No solía Marcos pecar de orgullo ni de pedantería, pero en lo tocante a su relación con Ester era verdaderamente un ególatra.

Se hicieron incluso invitaciones, las cuales se enviaron a todos los amigos y conocidos que nuestra pareja tenía repartidos por media España de resultas de lo cual, entre las invitaciones cursadas y el boca a boca, puede afirmarse que no quedó nadie perteneciente a la cerrada sociedad de la que hablamos que no supiera la fecha, hora y lugar en que se llevaría a cabo el marcado de Ester. De esa forma, cuando llegó el momento había bastante más público que el día de la colocación de las anillas.

Y como no hay fiesta en toda la cuenca Mediterránea que se precie que no acabe o comience con una comida, así fue esta también. Pero en la dicha comida no participó ya Ester, que fue atada, completamente inmovilizada de brazos y piernas, con los ojos vendados, mirando a la pared y con las nalgas expuestas, pues su amo le había comunicado que era su intención marcarla en la parte superior externa de la nalga derecha, de forma que permanecería atada y con los ojos vendados, esperando angustiada a que llegara el momento y nunca sabría cuando se le acercaría el hierro candente hasta que no lo sintiera abrasándole la piel.

Se preparó un buen fuego y se sirvió la comida, pues por razón de posibilitar la asistencia a las personas que no podían quedarse a pernoctar en Madrid, se decidió que la celebración fuese a mediodía, mejor que por la noche. Durante el banquete Ester permaneció atada, desnuda, de cara a la pared, con los ojos vendados, siendo a veces acariciada en los pechos, entre las piernas o en las nalgas y otras veces azotada suavemente con la mano, bien por su amo, bien por cualquiera de los invitados que lo deseara, pero ignorando siempre en qué momento se le aplicaría el hierro al rojo. Así que cada vez que sentía a alguien detrás de ella, temblaba imaginando que el cruel instante había llegado y respiraba tranquila cuando sentía la caricia o el azote.

En principio había imaginado Marcos que lo mejor sería proceder al marcado al terminar la comida, una vez servidos los postres y el café. Pero recapacitó, decidiendo que no era ese el momento adecuado, pues ello le privaría del efecto sorpresa. Lógicamente, si la reunión estaba a punto de finalizar, Ester entendería que su momento estaba próximo y no quería su amo encontrarla demasiado preparada. Así fue como, una vez terminado el primer plato, metió Marcos la marca entre las brasas, siendo observada la maniobra por todos los asistentes que se abstuvieron de comentar nada en voz alta parta evitar que Ester fuese consciente del punto de la ceremonia en el que se encontraba. Mientras que se sirvió y consumió el segundo plato, la marca permaneció en el fuego, para que alcanzara el punto de temperatura adecuado, que no era otro que el rojo vivo. Y antes de servir los postres, tomó Marcos el hierro y siendo observado por todos se acercó a su expuesta esclava. De repente se hizo el silencio y Ester pudo percibir que algo raro ocurría, justo un segundo antes de sentir, en su nalga derecha una especie de descarga eléctrica, como un relámpago que presionaba contra su piel mientras un increíble ramalazo de dolor se extendía por su cuerpo y el olor a carne chamuscada era perfectamente perceptible para todos. Le habían dicho a Marcos que era necesario mantener el hierro al menos cinco segundos pegado a la piel y ejerciendo una ligera presión. Pero para que no hubiera posibilidad de error el amo contó cadenciosamente hasta diez, mientras apretaba la marca contra la nalga de su querida esclava. El dolor de ella fue tanto que se orinó.

Inmediatamente se le aplicó Silvederma en la zona abrasada, una pomada contra las quemaduras, fue desatada, se le dio agua, comida y un analgésico. Al día siguiente tenía una gran ampolla con la forma de la M inscrita en una circunferencia y su amo se había asesorado de que lo conveniente era levantar la piel de dicha ampolla si se pretendía garantizar más aun que la marca fuese indeleble, pues de esa forma no existía posibilidad ninguna de que no apareciese una profunda y bien marcada cicatriz. Y así se hizo evidentemente. De esta forma, cuando al cabo de quince días la herida había terminado de curar, Ester exhibía en su nalga derecha la marca de su amo, en un color un poco más claro que el resto de la piel, ligeramente hundido y perfectamente visible. Con aquella marca vivió el resto de sus días y con ella murió, haciendo gala siempre de su sublime condición de esclava, mientras que su amo procuraba, a menudo sin conseguirlo, estar como amo, a la altura que la pequeña Ester estaba como sumisa.

Escribe aquí nuestro joven estudiante de humanidades que llegado a este punto en la recopilación de esta nunca vista historia, tampoco pudo resistir la tentación de dejar sus pensamientos por escrito en forma de notas a pie de página, a pesar de ser consciente de la promesa que había hecho a los sufridos lectores de obviar cualquier nuevo comentario. Pero lo que se cuenta resulta tan desaforado y fuera de razón, que no le queda más remedio que expresarlo así para descargo de su conciencia.
De este modo, haciendo un alto en su trabajo, decidió dar un paseo por el Franco para tratar de hilar de la mejor forma el comentario que escribiría. Después de cuatro tazas de Ribeiro blanco subió para ponerse de nuevo a la máquina, pero cayó en la cuenta que todo lo dicho al pie del capítulo veinte venía aquí como anillo al dedo. De modo que recomienda al lector que vuelva sobre sus pasos y relea las anotaciones hechas al final del dicho capítulo. Cosa que el lector no hará desde luego, porque lo que desea es llegar por fin al desenlace de esta singular y nunca vista historia para lo cual, sin perder un instante, continuará leyendo en el apartado que sigue, que es el veintitrés y que dice: