

Variados y diferentes avatares ocurrieron a nuestra felicísima pareja durante aquél año, probablemente el más dichoso de su vida, al menos así lo calificamos ahora desde la distancia que nos proporciona nuestro ya inmediato declive, abocados como estamos a nuestro término y fin, llenos de recuerdos y de vida ya transcurrida, ya periclitada. Se sabe que es lugar común afirmar, como la estrofa manriqueña que cualquiera tiempo pasado fue mejor, sofisma que a menudo no es cierto, pues emitir juicios sobre el pasado, cuando uno es a la vez protagonista y juzgador, resulta tan subjetivo, tan condicionado por la sensibilidad interna, tan a posteriori, que es lógico y aun humano equivocarse al emitirlo. Pero mucho nos tememos que en este triste caso es tan verdad como el sol que nos alumbra, pues un anciano bien puede afirmar, sin temor a equivocarse que cualquiera tiempo pasado fue mejor, porque la vejez no tiene cura y nadie debería ignorar lo que hay tras ella, porque de viejo nadie pasa.
Pero dejando cosas de poco momento, volvamos a lo que importa. No se relajó ni un solo día la disciplina, eso desde luego y se retomaron los contactos con variadas personas aficionadas a estos singulares asuntos, aunque desde que faltaba Rafa las sesiones resultaban sin duda más imaginativas y menos violentas, haciendo mayor hincapié en la humillación, la sorpresa y la exhibición que en el dolor en sí. La liturgia de buenas noches, al finalizar la jornada continuó desde luego inamovible, así como también la representación de los tres personajes que Ester tenía que asumir. Pero no buscaban ya con tanta premura como al principio las relaciones con los demás, así como tampoco los castigos dolorosos en extremo, pues a aquellas alturas y como bien habrá podido colegir cualquier lector inteligente, el cuerpo de Ester presentaba ya varias marcas que habían adquirido el carácter de indelebles: cicatrices longitudinales en las nalgas, una quemadura de cigarrillo en cada pecho y la lanzada en el costado de la jornada de su crucifixión. Por supuesto que el primitivo pacto de convivencia había quedado completamente obsoleto, pues a Ester ya no le importaba aparecer con marcas, antes bien, se sentía orgullosa de ellas, incluso Marcos tenía que refrenarla a veces para que no las luciera intempestivamente porque su amo siempre tenía presente la ciudad donde vivían y aunque también se sentía orgulloso de lucir el cuerpo marcado de Ester en alguna remota playa, no así en la piscina del club de campo al que pertenecían. De este modo decidió limitar la intensidad de los castigos, pues aunque media docena de cicatrices en las nalgas producto de los azotes resultaban incluso agradables a la par que excitantes, pasar de ahí hubiera sido chabacano.
Pero claro está que estas limitaciones no impedían una perfecta relación amo-esclava. Además del ritual de buenas noches, al que ya hemos hecho reiterada referencia, se mantenía férreamente la regla por la cual las partes más íntimas de Ester permanecían siempre y en todo lugar al alcance de su amo y las tres personalidades en que se desdoblaba la inigualable sumisa continuaban reclamando su parte de tiempo cada una de ellas. La adquisición de ropa siempre resultaba extraordinariamente humillante para la esclava, por cuanto se hacía con su amo delante, probándose, vistiéndose y desvistiéndose delante de las dependientas de la lencería o de la tienda, escuchando y sufriendo los más variados comentarios por parte de Marcos que siempre trataba de resaltar la forma de sus nalgas o de sus pechos, para que las dependientas le prestaran atención y Ester se sintiera observada en sus partes más íntimas. También se mantenían las sorpresas del tipo “quiero azotarte ahora” independientemente del lugar o el momento en el que se encontraran, llegando esto al extremo de que una buena noche fueron en el coche a uno de los aparcamientos donde suelen acudir las parejas que carecen de sitios más adecuados para desahogar su amor o su deseo. Estacionaron el vehículo entre otros varios, apagaron las luces y Marcos ordenó a su sumisa que se desvistiera por completo. Pretendía exhibirla, a través de las ventanillas, ante las demás parejas. Pero su intención no llegó a buen término, pues aunque Ester, por supuesto, se desnudó, los cristales del coche se hallaban empañados debido al intenso frío que se sufre por las noches de invierno en la meseta castellana, y el dicho empañamiento, velando el cristal, impedía por completo la visibilidad. Contrariado el amo, la ordenó apearse del vehículo, desnuda como estaba y saliendo él también, la puso de rodillas y le metió el pene en la boca, comenzando Ester una felación mientras algunas de las ventanillas de los coches se abrían con disimulo. Cuando la cosa terminó, Marcos la ofreció a quien quisiera beneficiarse de ella, pregonando sus virtudes en voz alta, las excelencias de su boca tanto para hombres como para mujeres, la calidez de su culo, capaz de alojar la más grande de las pollas y la posibilidad de darle una buena azotaina si el trato recibido no resultaba plenamente satisfactorio. Todo esto pregonaba a voces, paseando entre los coches, con la sumisa desnuda aferrada por un brazo y prácticamente arrastrada, aterida de frío en la gélida noche castellana. Pero como ninguno de los asistentes a tan depravado espectáculo se encontraba solo ya que todos tenían su propia pareja en aquél momento, entendemos que nadie se atrevió a solicitarla, aunque la actividad sirvió, evidentemente. para producir en Ester tensos y excitantes momentos de humillación y expectación. En este mismo aparcamiento, otra noche, esta vez de verano, la azotó públicamente, remangada la falda a la cintura, los pechos apoyados sobre el capó del coche y las nalgas desnudas y ofrecidas, en la postura que a Marcos le gustaba. A punto estuvo de originarse un problema aquél día pues un par de chicos, movidos por su espíritu caballeresco y romántico, incapaces de entender el juego, quisieron defender a Ester, impidiendo un castigo tan riguroso y cruel, más aun en público. Y tuvo la esclava que jurar que ella merecía el tratamiento, por zorra y desobediente y que era su deseo y voluntad recibirlo, para que las cosas no pasaran a mayores. No es necesario especificar, desde luego, que estas actividades nunca se realizaban en Valladolid sino durante sus viajes a otras ciudades. En Madrid concretamente se trasladaban para estos juegos al estacionamiento del estadio Vicente Calderón, en la M-30.
Porque la pareja, había cambiado las recepciones en su casa por la asistencia a clubes, locales u otros domicilios. No queremos decir con esto que los viejos amigos como Francisco Javier no tuvieran siempre abierta la posibilidad de disfrutar de Ester, pero no se buscaba ya el encuentro domiciliario, sino la pertenencia a los cerrados y estrictos círculos de reconocidos aficionados que existían y existen en España y que se centran básicamente en tres lugares: Barcelona, Madrid y la Costa del Sol.
Porque para comprender este mundo es necesario pertenecer a esos círculos. Marcos solía compararlo con el tráfico de estupefacientes. Si a una persona no relacionada con dichas actividades le regalasen un kilo de cocaína que puede valer en el mercado clandestino una buena suma, no sabría qué hacer con él, dónde acudir a venderlo, como conectar con los compradores; pero alguien que trapichea de continuo es capaz, sin embargo, de convertir en dinero un regalo semejante en pocos minutos, porque es un hecho cierto que España ocupa el primer puesto en la relación de países europeos consumidores de coca, de lo cual se sigue que debe existir un mercado muy floreciente y activo en el país, mercado que no vemos, que casi ignoramos, si no pertenecemos a determinados círculos, no entramos en determinados establecimientos y no estamos en contacto con determinadas personas.
Así también ocurre en el mundo de las relaciones sadomasoquistas. Resulta casi imposible percibirlo y una vez que esto se logra es muy difícil pertenecer a él. Pero existe sin duda; sin ninguna duda. Y Ester y Marcos lo conocieron en profundidad. La generalización de Internet y la red IRC, facilitó mucho este conocimiento y pertenencia. Ambos entraban en determinados canales, cada uno con su apodo respectivo y a veces desde diferente ordenador: Marcos era Dominum, así en acusativo y Ester columbula, diminutivo latino de paloma. Merced a estos espacios virtuales de charla establecieron contacto con otras parejas estables de amo-sumisa y de ama-sumiso similares a ellos mismos, personas que convivían llevando a cabo todas sus fantasías. Ya sabemos que nuestros protagonistas conocían la existencia de La Mazmorra en Barcelona, pues el exclusivo local, se anunciaba en revistas especializadas y páginas Web del ramo. Pero en Madrid había un chalet, en Puerta de Hierro, más discreto y exclusivo, que lo tenían alquilado entre varios buenos aficionados con los cuales entraron en contacto a través, como decimos de IRC. Apodos diversos, tanto de dominantes como de sumisos o sumisas pasaron a formar parte de sus amistades, primero virtuales y después, transcurrido algún tiempo, reales de modo que un día fueron invitados a un encuentro en el discreto chalet de Puerta de Hierro y a partir de ese día se reunían con ellos asiduamente.
Para la socialización del individuo es imprescindible la relación con los demás. Pero para que esa socialización sea fructífera y colme las necesidades o expectativas de cada uno, resulta determinante que las personas con las que nos relacionamos compartan muchos o al menos algunos de nuestros planteamientos vitales. Eso es precisamente lo que Ester y Marcos hallaron en aquél chalet y con aquellos amigos. Eran personas como ellos, generalmente de un alto nivel económico y de un altísimo nivel cultural, que vivían como ellos, formando parejas estables y que, como ellos, entendían las relaciones sexuales de una forma peculiar. El chalet era amplio, con seis dormitorios, tres baños, una gran cocina-comedor, salón y jardín privado. Costaba por entonces el alquiler un pico, lejos del alcance de la mayoría de los españoles y verdaderamente constituía el domicilio de una de las parejas, aunque entre todos habían tenido industria suficiente para adaptar la bodega de forma que pudiera dedicarse a usos más excitantes y secretos. La pareja residente estaba primitivamente formada por un amo y su sumisa, pero posteriormente añadieron un esclavo doméstico que, en régimen de internado, se ocupaba de todos los quehaceres propios de una cocinera, doncella y ama de llaves, vestido siempre adecuadamente. En aquél lugar y en aquél ambiente encontraron Ester y Marcos personas que se convirtieron en auténticos amigos y que aun lo siguen siendo de Marcos, hasta el punto de que, en las tristes y finales circunstancias por las que está atravesando lo que queda de aquel letrado, alguno de estos amigos se ha ofrecido para que Marcos viva en su casa, atendido por él y por su sumisa, acompañado en todo momento, presenciando y participando en todas aquellas actividades que en su día le fueron tan gratas. Ni que decir tiene que agradecido y emocionado, ha rechazado el periclitado letrado este generoso ofrecimiento, alegando que aquello que le toca hacer ahora, ha de hacerlo solo, porque tanto el nacimiento como la muerte son sucesos personales, únicos en cada individuo, intransferibles e imposibles de compartir.
Cierto es que visitaron La Mazmorra en Barcelona y no es menos cierto que no desmereció Ester, ni muchísimo menos entre las varias sumisas que allí acudían, exhibidas por sus amos. Pero la distancia constituía un obstáculo insalvable para establecer con aquellas gentes relaciones continuas y estables, pues ni ellos se desplazaban asiduamente a Valladolid, ni Marcos y Ester lo hacían a Barcelona. Otro tanto ocurrió con el ambiente sadomasoquista de la Costa del Sol, que aunque lo conocieron, no lo frecuentaron, pues los casi 800 Km. que separan Valladolid de Málaga, son razón suficiente para explicar que nunca llegaran a integrarse en aquellos círculos.
Pero Madrid, no por ser Madrid, sino por la cercanía, con el chalet antedicho de Puerta de Hierro, resultó el lugar idóneo para que nuestra pareja encontrara gente similar y afín, no solamente por la peculiar manera de entender el sexo, sino también ateniéndonos a unos parámetros estrictamente culturales y sociales.
Y ocurrió que como la pequeña Ester continuaba sometida a la dictadura del cinturón de castidad, por consejo de un amo conocedor de la circunstancia, decidió Marcos cambiar el molesto adminículo por unas perforaciones en los labios vaginales, pues este experto amigo le indicó que resultaban mucho más prácticas, que su propia esclava las llevaba, como así lo pudo comprobar Marcos y que bastaba un pequeño candado para cerrar la entrada de la vagina y otro para imposibilitar la masturbación. Lo bueno, o lo malo, según se mire, resultaba ser que esas perforaciones era necesario practicarlas.
Recordamos la escena que hacía años vivieron en casa del Ama Virginia, en donde presenciaron cómo un amo colocaba unas anillas a su esclava. Por entonces, ni Marcos, ni por supuesto Ester, imaginaron que iban a llegar ni siquiera a pensar en hacer ellos algo así, pero he aquí cómo las circunstancias cambian y lo que antes nos parecía negro, se va tornando en gris y a veces, con un esfuerzo, incluso en gris claro, llegando a blanco en algunos casos extremos. Y así, le pidió un día Marcos a su querida Ester que permitiese la realización de las citadas perforaciones.
Se había informado el amo muy por lo menudo. Habrían de ser cuatro agujeros, dos a la altura del clítoris y otros dos a la altura de la vagina, practicados en los labios, del suficiente diámetro como para poder pasar después por ellos un par de pequeños candados, que una vez cerrados, imposibilitaban a la sumisa por supuesto la introducción de cualquier artilugio en la vagina y además la simple masturbación acariciándose el clítoris, pues el candado colocado en el lugar preciso, impedía esta práctica. Pero fue Marcos más lejos y pidió a su esclava que diera un paso más, pues debería Ester permitir que le hicieran también una pequeña perforación en cada pezón donde pensaba su amo colocar unas anillas. Y todo esto, como es obvio, en una sesión pública.
Allí fue el miedo de la pequeña Ester siguiendo la máxima tantas veces reiterada de que la sumisa comienza a sufrir en el mismo momento en que conoce el castigo, mucho antes de sentirlo físicamente. Y el miedo de Ester era siempre el mismo. Obviamente sentía temor al dolor. Sabía que iba a estar atada y que el proceso de perforación y anillamiento se llevaría a cabo con su consentimiento o sin él, pues una vez atada de nada iban a servir sus súplicas o reflexiones. Pero el verdadero pánico lo sentía imaginando que llegado un momento en que el dolor fuera terrible podría exigir a su amo, (repetimos: exigir) que diese por terminada aquella tortura, que la soltase y la dejase libre no volviéndose a hablar del asunto. Previno a su amo de esa posibilidad, suplicándole que la perdonara por anticipado si ello se producía y que, si llegaba el lamentable momento, no prestase atención a sus palabras y continuara taladrando y marcando su cuerpo tanto como le pareciera conveniente. Le aseguró Marcos que así lo haría sin duda, que como muchas veces habían hablado, ella disfrutaba de la libertad de decidir si admitía el castigo o no, pero una vez admitido, se llevaría a cabo sin posibilidad de contemplar ninguna otra opción. Una vez terminado, la esclava volvía a disfrutar del libre albedrío, decidiendo en cada momento si deseaba continuar sometida a su amo. En uso precisamente de ese libre albedrío, rendía Ester su voluntad ante la de Marcos, cada día, cada hora y cada segundo.
Pero como el letrado la amaba tanto, quería asegurarse de que la persona o personas que llevaran a cabo la delicada manipulación en los labios vaginales y los pezones de su amada y pequeña Ester, fueran lo suficientemente expertos como para realizar la intervención con nivel de seguridad y profesionalidad bastante y así, comentando sus deseos y dudas con el resto de los miembros de tan singular hermandad, surgió el nombre de aquél famoso médico cirujano, al que se había recurrido en más de una ocasión cuando a alguno de los hermanados le surgían similares necesidades. Y quiso el destino que este cirujano fuese el mismo que en su día realizó la cruenta operación de anillado de su esclava en casa del Ama Virginia, actividad que por entonces resultó extremadamente impactante para nuestra pareja protagonista. Y así, el mismo doctor, porque a estos caprichos y veleidades tiene el azar sometido al género humano, llevaría a cabo la perforación en los labios vaginales y pezones de Ester. Dicho eminente cirujano no formaba parte asiduamente de las reuniones que se llevaban a cabo en el chalet convertido en mazmorra y cámara de torturas, pero sí estaba disponible para cualquier necesidad relacionada con su arte y con las actividades que en aquella casa se llevaban a cabo.
Con este hombre trató Marcos los pormenores de la delicadísima intervención y así vino a saber que la única anestesia que se utilizaría sería la mínima que proporcionase el frío, ya que se aplicaría hielo durante un tiempo suficiente en la zona antes de su manipulación. La razón de esto era, según explicó el facultativo, no solamente proveer un mínimo de anestesia, sino sobre todo, paralizar o atenuar en la medida de lo posible el riego sanguíneo de los lugares a tratar de manera que le hemorragia fuera más fácilmente controlable. Le explicó también a Marcos que tanto en los pezones como en los labios vaginales dejaría insertadas unas anillas de acero inoxidable para evitar que al curar volvieran a cerrarse las perforaciones. Pero esas anillas no serían inamovibles, cosa que en absoluto aconsejó el doctor, sino que se podrían quitar una vez que las heridas estuvieran perfectamente cicatrizadas y que se hubiese eliminado el riesgo de que las perforaciones volvieran a ocluirse. Esta era la idea de Marcos en cuanto a los agujeros que se practicarían en los labios vaginales, pues el fin último de ellos era proporcionar la posibilidad de poner allí unos candados aparentes o no ponerlos, a voluntad del amo. Pero pretendió el letrado que en los pezones quedasen insertadas anillas inamovibles, de acero o platino. Sin embargo el experimentado y buen doctor desaconsejo esta opción absolutamente, explicando que si en algún momento de su vida necesitaba Ester que le practicasen un escáner o un TAC, las anillas, al ser metálicas, dificultarían o impedirían por completo la realización de dicha prueba. Sabio consejo el del doctor, que Marcos admitió y siguió al pie de la letra afortunadamente, pues llegó un día en que el cuerpo de Ester hubo de someterse a escáner y a TAC con mayor frecuencia de la que nunca se hubiera deseado.
Hechos que fueron los preparativos y consultadas las agendas de todos los interesados en participar, se decidió la operación para una fecha determinada, en concreto un sábado. La jornada comenzó con una comida de hermandad a cargo de Marcos que realizó un perfecto lechazo asado en pinchos en la barbacoa de la bodega, acompañado por un buen barreño de ensalada y una docena de botellas de Protos. Para postre, había encargado tres tartas de las conocidas como Ponches Segovianos y el ágape terminó con seis litros de excelente orujo gallego del Pazo de Fefiñanes, perfectamente convertidos en queimada por las experimentadas manos del letrado y al son de la música de Milladoiro. Todo el festín estuvo servido por las sumisas y sumisos. De tanto en vez, Marcos sacaba a Ester de su servidumbre, la sentaba en sus rodillas y le preguntaba al oído que cómo se encontraba, a lo cual la afortunada e inigualable esclava respondía que nerviosa, muy nerviosa pero decidida.
Llegó por fin el momento de la verdad. Marcos ofreció a su sumisa a cualquiera de los presentes que quisiera utilizarla, sin embargo no existió demanda, porque como alguien dijo, todos conocemos ya las excelencias de esta zorra y lo que queremos realmente es verla sufrir y gritar. Pidió entonces el amo un cariñoso y cerrado aplauso para su esclava, cosa que le fue concedida inmediatamente y entre palabras de ánimo de los asistentes y algún cariñoso beso de las demás sumisas, fue atada Ester en el lugar apropiado, que no era otro sino una cruz de San Andrés a la cual sujetaron los brazos y las piernas de la mujer, obligándola a mantener las extremidades perfectamente abiertas, separadas e inmóviles.
Llevado a cabo que fue lo antedicho, entró en acción el ínclito cirujano, sacando del congelador, repleto de cubitos de hielo para las copas, tres apósitos helados y aplicándolos, sujetos con esparadrapo, uno al sexo de Ester y los otros dos, uno en cada pezón, recomendando que la infortunada permaneciese así hasta que el hielo comenzara a derretirse.
Mientras esto ocurría, extrajo de un pequeño bolso de mano cuatro anillas abiertas y provistas de un cierre a rosca similar al que suele utilizarse para sujetar los collares. También sacó del siniestro maletín unas pinzas, varias agujas, agua oxigenada, Betadine y gasas y extendiendo todo el material sobre la mesa procedió a desinfectarlo cuidadosamente, utilizando para ello alcohol y colocando todo de nuevo en perfecto orden mientras se esperaba que los apósitos helados hicieran su efecto en el cuerpo de Ester.
Entre tanto la esclava permanecía atada e inmóvil, con la vista baja, como si estuviera examinando las baldosas que pavimentaban la bodega. De vez en cuando miraba el rescoldo de las brasas que habían servido para cocinar el lechazo, porque en todos los humanos el fuego supone un poderoso foco de atracción y a Ester particularmente le encantaba. En un par de ocasiones pidió agua, que le fue proporcionada por su amo, que no se separaba de su lado, acariciándola, besándola y dándole ánimos. La pequeña Ester pedía que la operación se llevase a efecto ya, cuanto antes, pues pensaba ella que la ansiedad y la tensión de la espera eran infinitamente peores que el dolor mismo que iba a sufrir.
Pero ya el facultativo tenía todo su instrumental preparado y acercándose a Ester la examinó, retirando los apósitos y comprobando que el hielo, que se estaba derritiendo, había hecho ya su efecto. Sin pérdida de tiempo, provisto de una pinza, sujetó los dos labios vaginales de la infortunada sumisa, justamente a la altura de la entrada de la vagina. Explicó que iba a perforar ambos labios a la vez, para así evitar que un agujero le saliera más alto que otro, ya que, afirmó sarcástico “a lo mejor a la zorra no le gusta que repitamos”
Las pinzas que utilizó para la ocasión eran un poco especiales. El lugar destinado a la sujeción estaba formado por dos pequeñas arandelas, de modo que al apretar la pinza, quedaba un espacio vacío en la parte interior. La herramienta llevaba un mecanismo de sujeción, un pequeño gatillo, de forma que una vez apretadas no se aflojaban solas, sino que era necesario desbloquearlas. Esto debía ser para que el cirujano no se viera obligado a sujetarlas y pudiera disponer de ambas manos para otros menesteres. Puesta que fue la pinza en su lugar, con un pequeño respingo por parte de Ester, el facultativo consultó a los allí presentes y sobre todo a Marcos, si les parecía que aquél era el sitio adecuado para insertar un candado que impidiese la entrada a la vagina y como le respondieran que sí, tomo una aguja y con decisión y energía perforó en el centro de la arandela que constituía la pinza hasta que la punta de la aguja apareció por el otro lado, después de atravesar los dos labios vaginales de la sufrida Ester.
Inopinadamente no se produjo el alarido de dolor que todos esperaban, aunque la mujer gritó, los presentes estuvieron de acuerdo en que había sabido controlarse perfectamente. Tampoco existió una hemorragia tan importante como Marcos pensaba y el cirujano sustituyó, con habilidad y decisión la aguja por una anilla. Controlada la pequeña hemorragia y perfectamente vendada la zona se procedió a realizar la misma operación a la altura del clítoris.
Pero entonces si gritó la esclava lastimosa y desaforadamente. Las perforaciones se hicieron a una distancia suficiente como para posibilitar que, una vez puesto el candado, la piel presionara sobre el sensible órgano, ocultándolo por completo de modo que entre eso y el propio candado, se pudiera evitar eficazmente que la mujer se manipulase a sí misma buscando placer. Para que esto fuera factible, era necesario hacer los taladros casi en la propia carne, no en los labios como los que ya se habían hecho para evitar la entrada a la vagina. De no hacerlo así, en su momento el candado no apretaría lo suficiente y podría dar lugar a que Cosita fuera capaz de introducir un dedo perspicaz por debajo del candado, dando al traste con las aviesas intenciones de su amo. Pero las perforaciones en esa zona si produjeron dolor y hemorragia. Ester gritó desaforadamente, chilló con toda la fuerza de sus pulmones, pero no pidió ni muchos menos exigió, que se detuviera tan endiablada actividad.
Quedaban los pezones. Para perforarlos la técnica resultó ser diferente. Con unas pinzas normales el cirujano aprisionó la punta del pezón y tiró de ella hacia sí hasta distenderlo. Una vez preparada la zona, provisto de una aguja en la otra mano, atravesaba el maltratado pezón por su parte media y, sin soltar la pinza, insertaba en él una anilla. Esta manipulación también resultó extraordinariamente dolorosa para Ester, que a esas alturas de la sesión lloraba copiosa y desconsoladamente, moqueando y dejando escurrir las lágrimas por las mejillas, más pálidas que de costumbre. Pero al fin todo acabó, se desató a la sumisa que temblaba de dolor y quedó rebajada de toda actividad y servidumbre durante aquel fin de semana. Sentía molestias al caminar, pues el simple movimiento de las piernas le producía dolor en la zona taladrada. Tampoco pudo en un par de días vestirse de la cintura para arriba, porque el roce de la ropa contra los perforados pezones le resultaba doloroso. Permanecieron una semana en el chalet de sus amigos, para que el doctor pudiera controlarla y hacerle las curas, cosa que llevaba a efecto diariamente. Durante aquellos días su amo la cuidó y mimó todo lo que buenamente supo y pudo, agradeciéndole muy por lo menudo lo que estaba haciendo por él. Fue felicitada profusamente por el resto de la hermandad, causando admiración en algunas sumisas y envidia en todos los amos. Pero al cabo de los siete días, el doctor le quitó las anillas que habían impedido una cicatrización no deseada e informó a Marcos de que la mujer estaba lista para que le pusieran los candados.
En tiendas especializadas venden candados aparentes para este menester y allí fue (inefables sex shops de la calle de la Ballesta) donde los compró Marcos, asesorado por el experto amo que había recomendado la operación. Los tales candados, son diminutos, de hasta dos centímetros en total, fabricados con acero inoxidable y provistos de una pequeña cerradura con una llave adecuada a su tamaño. En cuanto a las anillas para los pezones, las había de diversas medidas y hechuras, construidas en variados materiales y de diferentes precios. Para la ocasión eligió Marcos unas como de un par de centímetros de diámetro y realizadas en oro.
También en ceremonia pública, en la inolvidable bodega del maravilloso chalet, le colocó su amo a Ester todos aquellos adminículos, desterrando desde entonces para siempre el cinturón de castidad, engorroso instrumento felizmente superado por la comodidad y efectividad de los candados.
Una vez que se vio con las anillas en los pezones, fue informada por Marcos de que, a partir de aquél momento, cuando asumiera la personalidad de la sirvienta, debería llevar una pequeña bandeja colgada de las anillas, en la cual serviría el café, las copas o lo que a su amo le fuere menester, entendiendo que le estaría prohibido sujetar la dicha bandeja con las manos. Para ello le aseguró Marcos que él mismo tendría industria suficiente como para adquirir una bandeja aparente, con asas y en ellas unas ligeras cadenas que posibilitasen la operación. Ni que decir tiene que así fue efectivamente en cuanto regresaron a Valladolid. Al principio Ester no aguantaba demasiado peso, de modo que se veía obligada a ir y venir a la cocina repetidamente para poder acarrear la vajilla o los cubiertos. Pero poco a poco, los pezones se fueron fortaleciendo, que ya sabemos la vieja máxima hipocrática de que “la función crea al órgano y la falta de uso lo atrofia”; de modo que llegó a ser capaz de retirar la mesa en un par de viajes.
Y hablando de viajes, aunque esto viene aquí traído muy por los pelos, no podemos dejar de mencionar la maravillosa experiencia que resultó para ambos el recorrer a pie el camino de Santiago, itinerario realizado por entonces, poco después de que a Ester le fueran puestas las anillas y taladrados sus labios vaginales. Invirtieron en esa sorprendente ruta esotérica ocho semanas de primavera, entre los meses de Mayo y Junio.
No creemos que sea necesario explicar aquí, que la motivación para emprender tan larga caminata no era religiosa. Ni siquiera creían ninguno de los dos que realmente estuviera enterrado el apóstol Santiago en la cripta compostelana. Existe una teoría mantenida entre otros por el eminente profesor de Oxford Henry Chadwick que a Marcos le encantaría que fuera cierta. Según esa teoría son los huesos de Prisciliano los que descansan y son adorados y respetados dentro del ataúd de plata que reposa bajo el altar mayor de la catedral compostelana. A Marcos le gustaría que esto fuera así, pues si alguna religión tuviera que escoger alguna vez, sería priscilianista, último intento de conjugar el gnosticismo ancestral, la visión cosmogónica del mundo y el animismo con las nuevas y excluyentes corrientes monoteístas representadas primero por el cristianismo y después por el Islam. Prisciliano fue ejecutado en Burdeos por hereje y su cuerpo traído secretamente por sus discípulos para ser enterrado en su Galicia natal, en lugar ignorado. Esto ocurría en el siglo IV. Se supone que el lugar del enterramiento permaneció oculto, salvo para algunos discípulos que transmitieron el secreto de generación en generación. En el siglo IX se “descubren” unos huesos en un lugar ya tenido por sagrado, el Campus Stellae. La Iglesia de Roma confirma que son los huesos de Santiago, pero nosotros queremos creer que los priscilianistas han jugado una última y magistral baza, riendo mejor por reír los últimos. En excavaciones realizadas en la década de 1.950 bajo la cripta de la catedral compostelana, se descubrieron varias tumbas de los siglos V al IX todas orientadas al este, según era costumbre en los gnósticos nazareos. Debemos deducir sin temor a equivocarnos que el lugar ya era sobradamente conocido como necrópolis antes de que ocurriera la peregrina historia de la estrella. Queremos pensar que los discípulos y seguidores de Prisciliano, los gnósticos depositarios de la verdadera religión gallega se enterraron durante tres siglos al lado de su maestro y fundador. Incluso dicen que el camino de Santiago, no es otro sino el que siguió el cuerpo de Prisciliano transportado por sus discípulos desde Burdeos, donde fue ajusticiado hasta el Campus Stellae donde está enterrado.
Pero hemos de pedir perdón a los pacientes y desocupados lectores por estas disquisiciones a todas luces hueras y que nos alejan de la sustancia de este relato. Obtenido el perdón del lector o lectora benevolente y con su venia, continuamos.
Hay que decir aquí, para no faltar a la verdad, que si pensamos en el peregrino típico y tópico no reconoceríamos como pertenecientes al peregrinaje a Marcos y a Ester, en primer lugar porque los auténticos peregrinos, aquellos que realizan el itinerario por motivos estrictamente religiosos, tienen que ser perdonados de muchos pecados. Esta circunstancia excluye en cualquier caso el goce y el disfrute durante el trayecto, pues realizan el recorrido como una penitencia, no como una actividad lúdica. Pero no era esta la condición de nuestra pareja, ya que como no habían cometido pecados no tenían necesidad de obtener perdón y como tampoco habían hecho ninguna promesa ni ofrecido sacrificio alguno a la divinidad, realizaron el trayecto extrayendo de él cuanto goce de los sentidos pudieron. Si los peregrinos pecadores culminan el camino en 31 días, Marcos y Ester lo hicieron en 56. Porque si es cierto no utilizaron ningún otro medio de locomoción que sus propias piernas, no es menos cierto que comían en buenos restaurantes, dormían en buenos hoteles y jamás pisaron un albergue o un refugio. Pero recorrieron los más de 800 kilómetros andando, mezclándose con el paisaje y el paisanaje, saboreando el aire de cada puerto y de cada llanura, metiendo los pies en cada río, descansando bajo cada árbol y durmiendo la siesta en cada prado. Admiraron todas y cada una de las iglesias, ermitas y catedrales que bordean y jalonan la ruta jacobea, de exquisita factura románica; probaron viandas propias de cada zona, hablaron e intercambiaron experiencias con otros peregrinos andariegos y podemos asegurar que el realizar el tal itinerario es una de las muchas cosas por las que merece la pena la vida. Queremos decir que si una persona viene al mundo exclusivamente para recorrer el camino de Santiago, le ha merecido la pena nacer.
En compañía de un amigo, se fueron a Jaca y durmieron allí una noche. Al día siguiente más pronto que tarde se hicieron llevar por el amigo en coche hasta Somport (Summus Portus), en la vertiente norte de los Pirineos. Y comenzaron a andar, subiendo el viejo puerto, comunicación natural entre Francia y Aragón. No quiso Marcos comenzar el viaje en Roncesvalles, como tradicionalmente se comienza, sino que prefirió el paso más alejado de Somport.
La primera noche durmieron en Jaca y a partir de ahí, a un promedio de 16 Km. diarios pasaron por Sangüesa, Puente la Reina, Logroño, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Belorado, San Juan de Ortega, Burgos, Frómista (inigualable iglesia románica la de San Martín de Frómista, metro patrón y guía de las que vinieron después) Carrión de los Condes, Sahagún (el viejo Sant Facund), León, Astorga, Ponferrada, Villafranca del Bierzo, O Cebreiro (ya en tierras gallegas) Triacastela, Sarria, Portomarín, Arzúa y finalmente un día a prima tarde, coronaron O Monte de Gozo y vislumbraron a lo lejos las imponentes torres de la fachada del Obradoiro, con una mezcla de alegría, por haber llevado a cabo un trabajo y pena, pues con ello se daba fin a tan maravillosa experiencia. Bajaron y entraron en Santiago cruzando el río Lavacolla (Lavapene sería la traducción al castellano actual) donde los cansados peregrinos se lavaban antes de entrar en la ciudad y en la Catedral. Y así también lo hizo nuestra pareja, en el mismo río que había servido para tan alto menester durante mil años.
En varias ocasiones a lo largo de su vida, había sentido nuestro letrado una especie de frustración porque Dios, en su infinita sabiduría, no le proporcionó nunca el don de la Fe, así con mayúscula. Porque entrar por la puerta de peregrinos (A porta dos vintesete) en la catedral de Santiago después de haber culminado el camino, teniendo además Fe, creyendo en lo que todo aquello representa a nivel religioso, debe ser una experiencia estremecedora, porque ya sin fe lo es.
A la caída del sol, los peregrinos que esperaban en la plaza de Platerías, entraron en la catedral, monumental y sombría, acompañados por un deán. Aquella vez el botafumeiro, tantas veces visto y admirado, voló más alto para Marcos, perfumó mejor el aire encerrado entre los viejos y admirables muros, rozó las arquivoltas de las ventanas y trazó un arco a través de la bóveda de cañón del crucero más perfecto y sublime que nunca de forma que todos los genes de santiagueses se vinieron de pronto a la mente del emocionado letrado. Vívidamente recordó a su padre, a su abuelo, a sus tíos y tías; e imaginó a sus bisabuelos y tatarabuelos que habrían presenciado tantas veces el majestuoso vuelo del botafumeiro desde el mismo lugar en que Marcos se encontraba. Y de tal forma todas estas emociones se agolparon en su mente, que cuando el tiraboleiro mayor detuvo el vuelo del sin par incensario compostelano, por las mejillas de Marcos escurrieron dos lágrimas y en sus labios se esbozó una sonrisa. Las lágrimas surgieron de la emoción apenas controlada del momento y la sonrisa del travieso pensamiento que cruzó la mente del letrado: “La que has armado Prisciliano, maestro”
Descansaron en Santiago, en casa de una prima de Marcos. Ya habían estado allí otras veces, pues al letrado le gustaba visitar la ciudad, cada cierto tiempo. Perderse por los soportales bajo la fina lluvia, beber unos vinos en la calle de Francos, saludar a viejos amigos y conocidos… ¡Ah Santiago!
Por esos soportales de rincones sombríos
vagan, encapuchados en sus meditaciones,
los cartujanos pensamientos míos
Y repuestos ya del viaje, llevó Marcos a Ester a San Andrés de Teixido, por aquello de que A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo según reza el dicho popular. La ermita de San Andrés de Teixido pertenece al municipio de Cedeira, A Coruña y está considerado uno de los lugares de la península donde se ha adorado a la divinidad desde tiempo inmemorial, pues se han encontrado restos de un altar celta a Lug, el dios lobo, edificado sobre un monumento funerario pre céltico. Los romanos dedicaron el templo a Poseidón y a Ceres pero durante la cristianización cambió la advocación a San Andrés. Ya se sabe que para dominar a un pueblo es necesario apropiarse de sus ritos y de sus mitos. La Iglesia Católica esto lo ha hecho con una perfección digna de mejor causa.
El viejo templo, situado en la ladera norte de la sierra de A Capelada, literalmente colgado sobre el mar en uno de los puntos más septentrionales de la península, está rodeado de tradiciones y leyendas, muchas de ellas vivas todavía. Su propio nombre, teixido viene de teixo, tejo, el árbol sagrado de los celtas. Durante generaciones se ha creído que si no se visita al menos una vez en la vida el lugar, se visitará de muerto, reencarnado en forma de cualquier animal innoble, como una serpiente o una lagartija. A ningún gallego se le ocurriría matar ni siquiera un insecto durante la ascensión a San Andrés, ya que podría tratarse de la reencarnación de un pariente que, por su falta de previsión o de fe en vida, se ve obligado en espíritu a visitar la ermita de aquella innoble manera, para poder al fin descansar en paz.
Sabemos que es imposible mantener durante toda la vida la congruencia, de la misma forma que es imposible mantener íntegra la dignidad si queremos hacer tres comidas al día. Y este largo preámbulo no está aquí a humo de pajas, sino que viene muy al pelo porque queremos hacer notar una de las principales incongruencias de Marcos, que no era otra que, a pesar de proclamarse agnóstico, creer de alguna forma rara y sutil en San Andrés de Teixido y en otros cultos ancestrales galaicos. Se mofaba el letrado y denigraba abiertamente del Rocío, de las procesiones y de cualquier manifestación de la España de charanga y pandereta, pero a San Andrés que no se lo tocasen, el abrazo al Apóstol (a Prisciliano) en la catedral es tradición anual, así como o santo dos croques y alguna otra manifestación del gnosticismo y el animismo latentes todavía en el alma gallega. A Ester le molestaba mucho esto. No entendía por qué a Marcos le movía a burla el Rocío, pero la romería de San Cayetano se la tomaba en serio. El propio letrado reconocía su incongruencia, pero decía, como siempre que se veía obligado a admitir un defecto propio, que los defectos te hacen más humano, porque si fuéramos perfectos seríamos ángeles.
Pero retomemos aquí el hilo conductor de esta real y verdadera historia, después de las disquisiciones viajeras que nos hemos permitido y digamos que, de regreso en Valladolid, continuó la vida sin mayor novedad, es decir: feliz. Porque ya se sabe que cuando uno llega a cierta edad, que suele ser en torno a los cuarenta años, cada día que pasa sin novedades es un día feliz, pues a partir de esa edad las noticias generalmente son malas. Marcos continuaba disfrutando de su trabajo y Ester de sus estudios, pensando en la posibilidad de acabar la carrera en dos años a salvo, por supuesto, de lo que su amo mandase, pues todo, incluso sus estudios, estaba supeditado a la voluntad de su amo.
Aquella fue una buena época, quizá la mejor de sus vidas. La convivencia se había asentado definitivamente, y nunca surgían problemas entre ellos. Cuando se ama, se debe permitir que la persona amada se desarrolle tal cual es. En el caso de una relación como la que nos ocupa, le costó a Marcos un tiempo comprender que el desarrollo de Ester tal cual era ella, consistía en no hacer nada que a su amo no le gustara, anteponer cualquier necesidad suya a un capricho de su amo y consentir, en definitiva, que hasta la última brizna de su libertad cayese segada por la voluntad de su amo. Le costó al amo comprender esto, pues la relación había llegado a ser tal, que Ester pertenecía a Marcos en el mismo sentido que le pertenecía su coche o sus perros de caza, aunque evidentemente la utilidad del vehículo es diferente a la de los perros y esta a su vez diferente a la de una esclava. También son distintas las contraprestaciones o cuidados que necesita un perro, un coche o una mujer. Pero el sentido de posesión, como cosa poseída de facto era el mismo. Tanto es así que alguna vez pasó Ester la noche trabajando en un burdel de carretera, alquilada por su amo a cambio de unos miles de pesetas, exactamente igual que se puede alquilar cualquier animal u objeto poseído.
La asunción de las tres personalidades, el castigo de buenas noches y en general toda la liturgia de la relación se había mantenido intacta, pero además, de vez en cuando viajaban a Madrid el fin de semana o establecían contacto con alguna persona conocida a través de Internet, porque tanto el amo como la esclava necesitaban a veces demostrar fehacientemente el tipo de relación que los unía. Marcos se encontraba muy feliz y ufano de poseer una mujer con tantas y tan buenas partes y pretendía, que los demás la admiraran, y de esa forma, en el colmo de la egolatría, le envidiasen a él. Y así ocurría también con Ester, que sin el menor recato era capaz de decir, incluso en público, que ella pertenecía a Marcos, porque aunque no lo expresaba abiertamente si con cierta sutileza daba a entender que ella era tan feliz con su marido que a cambio le había entregado su voluntad.
Y de esa necesidad de dejar constancia ante los demás de su peculiar relación surgió la idea del marcado. Viendo la magistral (desde el punto de vista sadomasoquista que no cinematográfico) película Historia de O cuando llegaron a la secuencia en la que la sumisa es marcada a fuego en la nalga, Ester preguntó:
_ ¿Serías tu capaz de marcarme así?
_ Por supuesto, mientras que tú lo desearas, pero piensa que esa marca es inamovible, la cicatriz no se podría borrar más que con cirugía.
De momento las cosas se quedaron así, pero la semilla, que llevaba sembrada muchos años, estaba a punto de germinar. Ester no se decidía a dar ese paso irreversible, pues pensaba que si por casualidad su amo un día la rechazaba, ella no podría verse libre de su marca.
Pero ya sabemos que no era mujer que se rindiese fácilmente, porque tiraba más a tozuda que a inconstante y siendo esto así y dándole vueltas al asunto encontró la forma de encajar perfectamente en su ética de esclava el marcado con la posibilidad de que su amo la abandonase y decidió que así como un caballo se marca con el hierro de la finca en que nace y sin embargo puede ser vendido a otra persona, así podría ocurrir también con ella, en el caso de que su amo se cansara de tenerla a su servicio. Y la marca demostraría a todo el mundo de quien había sido ella y hasta qué extremo se había entregado a su amo.
Y una vez que tuvo perfectamente construido ese razonamiento un día se lo comentó a Marcos y este le dijo que si era por eso no tuviera preocupación, pues tanto pensaba él en abandonarla como en hacerse moro y aunque podría prestarla o alquilarla seguiría perteneciéndole, pues en esos menesteres del préstamo o el alquiler estaría obedeciendo sus órdenes y dando satisfacción a sus deseos. Y en cuanto a que él llegase en algún momento a cansarse de ella o a dejar de amarla, ni con el pensamiento.
Así fue como terminó por cuajar la idea de la marca. Ahora era necesario estudiar, muy por lo menudo, la mejor manera de llevarlo a la práctica. El primer problema era decidir la imagen y el tamaño que se imprimiría a fuego sobre el cuerpo de Ester. Después de estudiar entre los dos un sinnúmero de opciones, se decantó el amo por una M mayúscula inscrita en una circunferencia. Dicha circunferencia tendría un diámetro de tres centímetros, más o menos como una moneda de dos euros y la inicial de Marcos encajaría adecuadamente en ese tamaño.
Lo mandó el amo construir de ajuste, es decir: a partir de una sola pieza de chapa de acero inoxidable de 5 milímetros hacer un vaciado dejando la imagen que se pretendía marcar. Un altorrelieve digamos. En el centro de la M, mandó soldar una varilla de un metro de largo y al final le colocó una empuñadura de madera.
Resuelto este importante asunto, comenzó Marcos a ocuparse de planificar la celebración en la que Ester sería marcada. Evidente resultaba que el mejor sitio era la bodega del chalet, el mismo lugar donde le habían taladrado los labios vaginales. Pero quería el amo que esta ceremonia fuera distinta, con mucho mayor fuste y boato, pues algo singular y único se iba a celebrar. Habló primero de todos los detalles y preparativos con los inquilinos del chalet, para elegir conjuntamente la fecha más adecuada, que resultó ser, lógicamente un sábado. Comunicó Marcos su intención de invitar a todo el mundo, cuanto más gente mejor, pues quería que dentro de la cerrada sociedad a la que pertenecían, fuera noticia el marcado público de Ester, pues el que se divulgara tan importante circunstancia daría lugar a una mayor asistencia de público a la fiesta y por otro lado ello redundaría en el incremento de la admiración que los conocedores de su especial relación ya tenían hacia su esclava y hacia él mismo. No solía Marcos pecar de orgullo ni de pedantería, pero en lo tocante a su relación con Ester era verdaderamente un ególatra.
Se hicieron incluso invitaciones, las cuales se enviaron a todos los amigos y conocidos que nuestra pareja tenía repartidos por media España de resultas de lo cual, entre las invitaciones cursadas y el boca a boca, puede afirmarse que no quedó nadie perteneciente a la cerrada sociedad de la que hablamos que no supiera la fecha, hora y lugar en que se llevaría a cabo el marcado de Ester. De esa forma, cuando llegó el momento había bastante más público que el día de la colocación de las anillas.
Y como no hay fiesta en toda la cuenca Mediterránea que se precie que no acabe o comience con una comida, así fue esta también. Pero en la dicha comida no participó ya Ester, que fue atada, completamente inmovilizada de brazos y piernas, con los ojos vendados, mirando a la pared y con las nalgas expuestas, pues su amo le había comunicado que era su intención marcarla en la parte superior externa de la nalga derecha, de forma que permanecería atada y con los ojos vendados, esperando angustiada a que llegara el momento y nunca sabría cuando se le acercaría el hierro candente hasta que no lo sintiera abrasándole la piel.
Se preparó un buen fuego y se sirvió la comida, pues por razón de posibilitar la asistencia a las personas que no podían quedarse a pernoctar en Madrid, se decidió que la celebración fuese a mediodía, mejor que por la noche. Durante el banquete Ester permaneció atada, desnuda, de cara a la pared, con los ojos vendados, siendo a veces acariciada en los pechos, entre las piernas o en las nalgas y otras veces azotada suavemente con la mano, bien por su amo, bien por cualquiera de los invitados que lo deseara, pero ignorando siempre en qué momento se le aplicaría el hierro al rojo. Así que cada vez que sentía a alguien detrás de ella, temblaba imaginando que el cruel instante había llegado y respiraba tranquila cuando sentía la caricia o el azote.
En principio había imaginado Marcos que lo mejor sería proceder al marcado al terminar la comida, una vez servidos los postres y el café. Pero recapacitó, decidiendo que no era ese el momento adecuado, pues ello le privaría del efecto sorpresa. Lógicamente, si la reunión estaba a punto de finalizar, Ester entendería que su momento estaba próximo y no quería su amo encontrarla demasiado preparada. Así fue como, una vez terminado el primer plato, metió Marcos la marca entre las brasas, siendo observada la maniobra por todos los asistentes que se abstuvieron de comentar nada en voz alta parta evitar que Ester fuese consciente del punto de la ceremonia en el que se encontraba. Mientras que se sirvió y consumió el segundo plato, la marca permaneció en el fuego, para que alcanzara el punto de temperatura adecuado, que no era otro que el rojo vivo. Y antes de servir los postres, tomó Marcos el hierro y siendo observado por todos se acercó a su expuesta esclava. De repente se hizo el silencio y Ester pudo percibir que algo raro ocurría, justo un segundo antes de sentir, en su nalga derecha una especie de descarga eléctrica, como un relámpago que presionaba contra su piel mientras un increíble ramalazo de dolor se extendía por su cuerpo y el olor a carne chamuscada era perfectamente perceptible para todos. Le habían dicho a Marcos que era necesario mantener el hierro al menos cinco segundos pegado a la piel y ejerciendo una ligera presión. Pero para que no hubiera posibilidad de error el amo contó cadenciosamente hasta diez, mientras apretaba la marca contra la nalga de su querida esclava. El dolor de ella fue tanto que se orinó.
Inmediatamente se le aplicó Silvederma en la zona abrasada, una pomada contra las quemaduras, fue desatada, se le dio agua, comida y un analgésico. Al día siguiente tenía una gran ampolla con la forma de la M inscrita en una circunferencia y su amo se había asesorado de que lo conveniente era levantar la piel de dicha ampolla si se pretendía garantizar más aun que la marca fuese indeleble, pues de esa forma no existía posibilidad ninguna de que no apareciese una profunda y bien marcada cicatriz. Y así se hizo evidentemente. De esta forma, cuando al cabo de quince días la herida había terminado de curar, Ester exhibía en su nalga derecha la marca de su amo, en un color un poco más claro que el resto de la piel, ligeramente hundido y perfectamente visible. Con aquella marca vivió el resto de sus días y con ella murió, haciendo gala siempre de su sublime condición de esclava, mientras que su amo procuraba, a menudo sin conseguirlo, estar como amo, a la altura que la pequeña Ester estaba como sumisa.
Escribe aquí nuestro joven estudiante de humanidades que llegado a este punto en la recopilación de esta nunca vista historia, tampoco pudo resistir la tentación de dejar sus pensamientos por escrito en forma de notas a pie de página, a pesar de ser consciente de la promesa que había hecho a los sufridos lectores de obviar cualquier nuevo comentario. Pero lo que se cuenta resulta tan desaforado y fuera de razón, que no le queda más remedio que expresarlo así para descargo de su conciencia.
De este modo, haciendo un alto en su trabajo, decidió dar un paseo por el Franco para tratar de hilar de la mejor forma el comentario que escribiría. Después de cuatro tazas de Ribeiro blanco subió para ponerse de nuevo a la máquina, pero cayó en la cuenta que todo lo dicho al pie del capítulo veinte venía aquí como anillo al dedo. De modo que recomienda al lector que vuelva sobre sus pasos y relea las anotaciones hechas al final del dicho capítulo. Cosa que el lector no hará desde luego, porque lo que desea es llegar por fin al desenlace de esta singular y nunca vista historia para lo cual, sin perder un instante, continuará leyendo en el apartado que sigue, que es el veintitrés y que dice:
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