

Aprovechando quince días de vacaciones que por fortuna y excepcionalmente pudieron disfrutar por fin juntos, aquella primavera decidieron hacer un viaje. Logroño, Santander y Gijón, serían las ciudades que visitarían y no por capricho de ninguno de ellos ni por azar, sino porque en cualquiera de las tres tenían amigos, conocidos y conocedores de las actividades tan singulares que movían a nuestro trío a permanecer unidos. Y así pensaban, con buen criterio, que además de viajar y disfrutar de unos días de asueto, podrían compartir y explorar nuevas y excitantes actividades.
De esa forma, una buena mañana tomaron el vehículo y se dirigieron a Logroño. Allí conocían a una pareja de amo y esclava, ella de nombre Carmen y él con nombre desconocido, pues aunque lo tenía sin duda y lo tiene, se nos ha borrado por completo de la memoria. Sin embargo podemos llamarle Ángel, para de esa forma entendernos.
Era el caso que con esta pareja llevaba Ester carteándose largo tiempo, de forma que ya conocía los castigos, extremadamente crueles, a los que Ángel sometía a su esclava. Sin embargo, nunca había denotado el riojano mucho interés por compartir o mostrar su extraordinaria posesión en una sesión pública y cada vez que el amo vallisoletano proponía algo al respecto, contestaba él dando largas y evasivas, de manera que salvo el intercambio de correspondencia y algunas fotos no habían tenido la oportunidad de llegar a conocerse.
Aunque se sabía que Carmen era separada, viviendo con su hijo; desempeñándose como vigilante de seguridad, de edad de hasta treinta y seis años; más bien bajita, no muy agraciada pero fuerte o diríamos mejor, abandonando los eufemismos, gorda. Ángel, diez años más joven que ella era soltero, bien parecido, moreno y de ojos oscuros. Vivía solo y era en su casa en donde tenían lugar las sesiones, pues debido a la edad del hijo de Carmen que era ya de diez años, resultaba demasiado arriesgado y comprometido realizarlas estando el niño cerca. Aunque parezca increíble, en el momento en que Ángel y Carmen se conocieron se precipitó la disolución del matrimonio de ella, ya bastante dañado desde luego. Pero fue su absoluta convicción de que había nacido para servir a su amo, lo que provocó por fin la ruptura de la pareja.
Porque nosotros mantenemos la teoría de que casi siempre que una relación de pareja llega al final, es debido a que aparece una tercera persona. Con esto no queremos decir, ni mucho menos, que las terceras personas o los amantes ocasionales o permanentes sean en todo caso culpables de los fracasos matrimoniales. Entendemos que la relación lleva ya algún tiempo, a veces años, herida de muerte o definitivamente fallecida cuando uno de los dos miembros de la pareja busca apoyo emocional, sentimental, sexual o todo a la vez, en una tercera persona, lo cual precipita la ruptura y el fin de la relación.
Y esto suele ser así en cualquier caso, aunque las excepciones que las hay sin duda, no sirven más que para confirmar la regla. Suele ser así, decimos, independientemente de que unas veces es el hombre o marido quien busca compañía y amor fuera de la pareja y otras veces es ella, la mujer, quien lo hace. En este caso existe sin embargo, una gran diferencia. Cuando un hombre abandona a su mujer por otra, suele jactarse de ello ante los amigos y conocidos, porque entiende, aunque no siempre es necesariamente así, que cambia para mejorar y que a sus amigos también les gustaría atreverse a dar el paso que él con decisión o inconsciencia ha dado. Por su parte, la mujer abandonada y despechada, no deja de pregonar a los cuatro vientos lo mal que se ha portado con ella Fulanito, que la ha abandonado por una zorra, pues no otra consideración merece para ella la mujer que le ha robado, a su entender, el marido. De este modo, ella lo propaga siempre que puede y él también, de forma que llega a saberse de manera pública y notoria.
Cuando es la mujer quien abandona al marido por encontrar mejor acomodo en los brazos de otro las cosas suceden de diferente manera. En este caso ella calla, pues sabe el calificativo que inmediatamente le aplicarían su entorno y conocidos, máxime si en el paquete abandonado se incluyen también los hijos. Y el marido abandonado calla también, porque a nadie le gusta pasar por cornudo en una sociedad tan machista como esta. Es esto así y no creamos que porque conocemos pocos casos de mujeres que dejan a sus maridos por otro hombre es que no existen. Los hay realmente aunque quizá no tantos como al contrario, sin duda por los problemas económicos que todo esto lleva entremezclado.
De modo que, retomando el hilo de esta historia y solicitando la venia por estas nuevas digresiones a las cuales somos tan lamentablemente aficionados, el matrimonio de Carmen hacía aguas por todas partes, ella conoció a Ángel, probó y experimentó lo que era la sumisión, el dolor de un castigo, la entrega absoluta y decidió que jamás volvería con su marido, como así lo hizo efectivamente.
Poco a poco, su tolerancia al dolor se fue incrementando y su entrega a su amo llegó a ser total. En esta fase de culminación de la relación se encontraban cuando recibieron a nuestros amigos y protagonistas. No era el amo riojano muy partidario de entregar o prestar a su preciado tesoro, pero entendía sin embargo que habían llegado a un punto en que aquello era necesario si es que no quería correr el riesgo de la rutina y el aburrimiento.
Tenemos que reconocer que nunca en la vida hemos encontrado una esclava con mayor resistencia al dolor ni que mejor soportara los castigos físicos. Pero podemos añadir que fuimos testigos entonces de algo que jamás hemos vuelto a ver, cual es una tanda de azotes en las nalgas, previamente atravesadas por alfileres. Increíblemente, el amo clavaba ligeramente en el culo un par de docenas de alfileres, de esos que tienen una pequeña cabeza redonda con el suficiente volumen como para impedir que acaben penetrando totalmente en la carne. Una vez colocados, tomaba el látigo y descargaba veinte o treinta fuertes azotes sobre el trasero de Carmen. Cuando uno de los golpes impactaba sobre un alfiler, este se hundía dolorosamente en la nalga haciendo que un hilillo de sangre brotara y escurriera sobre la enrojecida piel de la sumisa y desencadenando un profundo aullido de dolor en la desgraciada, que sin embargo aguantaba impertérrita el castigo, sin necesidad de que su amo la inmovilizase. También tuvimos la ocasión de contemplar una tanda de cien azotes, repartidos por todo el cuerpo que previamente había sido atado por las muñecas y suspendido del techo, permitiéndole solamente apoyarse en las puntas de los pies. Cuando la infeliz fue desatada, una vez cumplido el castigo, dio con toda su obesa anatomía en el suelo, pues le fallaban las piernas y no conseguía mantenerse en pie.
Ante exhibición de nivel tan extraordinario, quedó Marcos ofuscado y decidió que Cosita estaba sin entrenar, aunque bien es cierto que existían y siempre existieron unos condicionantes importantes, entre ellos la imposibilidad de producir marcas, cosa que en el caso de Carmen y Ángel no ocurría, pues a decir verdad, nada tan alejado del aspecto de la sumisa riojana como un gimnasio.
En este caso el amo jamás se preocupaba del placer de su dócil compañera de juegos, de suerte que si Carmen obtenía o no un orgasmo no parecía importar a Ángel en absoluto, aunque también es verdad que no le aplicaba ningún artilugio que pudiera impedir en ella la propia auto satisfacción. El amo solía disfrutar de ella por todos sus agujeros, terminando siempre en la boca. Pero la esclava tenía dadas instrucciones de que en ningún caso le estaba permitido tragarse el semen, antes bien debía escupirlo en el suelo y después lamerlo directamente de allí, para acabar en esta ocasión tragándoselo definitivamente.
No pudo Marcos aquí presumir de nivel de esclava conforme a lo que acostumbraba y eso lo consideró un infortunio y le produjo una gran frustración; pero la verdad era que Ester no estaba capacitada en absoluto para competir con semejante sumisa. Permanecieron con Ángel y Carmen un par de días, saliendo a tapear por las mañanas y a cenar por las noches, al cabo de los cuales se despidieron para comenzar su siguiente singladura.
La cual les condujo a Santander en donde también tenían una conocida, de nombre olvidado, supuestamente sumisa y deseosa de presenciar una sesión, para saber si aquello realmente era lo que le gustaba. No las tenía todas consigo Marcos a este respecto, pues desconfiaba de las personas indecisas, pero decidió que Santander era una bonita ciudad y que podrían pasar en ella unos días. Si además existía la posibilidad de algún tipo de actividad conjunta tanto mejor, pero si no era así, la ciudad por sí misma bien merecía una visita.
Y en el hotel Bahía de la capital cántabra se hospedaron. Visitaron el museo del Cantábrico, cenaron en el puerto pesquero, pasearon por La Magdalena, viajaron a Potes, Comillas, Santillana, Laredo, San Vicente y Castro. Por fin, llamaron por teléfono a la niña en cuestión, que resultó ser una frágil y deliciosa criatura de edad de menos de treinta años, funcionaria, soltera, alta, delgada y un tanto desgarbada, exquisitamente perfumada con Ángel, de Thierry Mugler, con buen atuendo pero mal estilo. Llegó a la habitación del hotel y el amo habló con ella en privado preguntándole que es lo que en concreto quería ver y una vez puestos de acuerdo y aclarados los pormenores, Cosita le fue presentada, ataviada con el atuendo de doncella.
Ciertamente al principio la espectadora apenas era capaz de levantar la cabeza para mirar, aunque el deseo ferviente de hacerlo y la excitación, pudieron en seguida con la prudencia, de modo que avivada por el amo que le decía “Mírala bien, va a ser tuya” la desconocida escrutó con parsimonia el ejemplar femenino que tenía delante, observando curiosa el cinturón que sometía el sexo de aquella mujer de manera que en su conjunto le daba un cierto aspecto antiguo y medieval.
A una orden del amo, Ester se desnudó completamente. Se le ordenó ponerse de rodillas, con la cabeza apoyada en el suelo y separarse las nalgas con las manos para que la invitada pudiera inspeccionar el culo muy a su sabor, como así lo hizo realmente. Puesta de nuevo de pie, el amo guió la mano de la chica a través del cuerpo de Cosita, deteniéndose en el coño, sometido por el terrible cinturón, pasando un dedo entre las nalgas, pellizcando dolorosamente los pezones. Cuando Marcos lo juzgó conveniente ordenó a su esclava ponerse en posición de castigo, la cual era apoyar las manos sobre un sofá o el borde de la cama, exponiendo perfectamente el trasero, con las piernas abiertas y sin moverse. Una vez así situada, el amo descargó media docena de azotes aplicados con la regla, que simplemente consiguieron dibujar unas franjas coloradas sobre las nalgas de la esclava, pero que produjeron una importante reacción en la espectadora, una especie de crisis de excitación y deseo que observada por el amo, decidió aprovecharla y dirigiéndose a ella concretamente le comentó:
_ Sabes que has sido una niña mala. Te has portado muy mal y mereces un castigo ¿Verdad?
La aludida entró inmediatamente en el juego respondiendo con un “si” apenas audible.
El amo continuó dando instrucciones y haciendo comentarios de modo que al cabo de breves momentos tenía a la nueva sumisa tumbada boca abajo sobre sus rodillas, con la falda subida hasta la cintura y las bragas en los tobillos, accesibles las pequeñas nalgas. El amo seguía hablando asegurando que la sumisa había sido una niña mala, que había cometido muchos errores, muchas graves faltas y que debería pagar por eso. Alternaba caricias y azotes, primero más de aquellas que de estos pero poco a poco fue invirtiendo los términos hasta acabar propinando una serie de veinte fuertes palmetazos dados con la mano.
Entre tanto, Cosita permanecía inmóvil en la posición de castigo, pues nadie la había invitado a abandonarla y tenía bien aprendida la lección de que no debía moverse sin previa indicación de alguno de sus amos, con el culo marcado por las bandas rojas, expuesto y entregado. Rafa observaba complacido y excitado los azotes que Marcos descargaba sobre aquellas jóvenes nalgas femeninas que constituían la mínima expresión de un culo. Pero se hacía visible bajo su pantalón la excitación que la escena le producía. No pudiendo reprimirse y mientras el letrado manoseaba aquellas dulces nalgas, Rafa descargaba con fuerza el látigo sobre el culo de Ester, que trataba de aguantar impávida y sin moverse, emitiendo únicamente a veces una ahogada queja.
En menos de lo que se tarda en decirlo, Marcos hizo una señal a su ayudante y este ató perfectamente una contra otra las manos de la nueva sumisa, de manera que esta paso a estar inmovilizada y a la entera disposición del amo, aunque parecía que a la chica no le importaba realmente, incluso se diría que era aquello lo que estaba esperando. Despojada de la blusa y el sujetador, quedó completamente desnuda, mostrando sus diminutos y altivos pechos, temblorosa, excitada, hambrienta de deseo, con las nalgas coloradas por los azotes y la mirada fija en el suelo.
Y a partir de ahí se desencadenó la orgía, durante la cual la niña fue sodomizada con un consolador doble sujeto a la cintura de Ester y manejado magistralmente. La chiquilla fue también obligada a chupar y lamer el sexo de Rafa. Recorrido todo su cuerpo por la lengua de Marcos la sumisa gemía y gemía de excitación y de dolor, cuando las placenteras caricias eran sustituidas por pinzas, azotes o cera, pues el amo sabía perfectamente que el secreto de todo consistía en una perfecta combinación de dolor y placer, que mantuviera a la sumisa expectante, entregada y muerta de deseo.
Y tal fue el éxito de aquella sesión que tuvo por virtud retrasar en un día la reanudación del viaje de nuestro trío, pues decidieron repetirla aunque esta vez ya en casa de la nueva adquisición, la cual vivía, creemos recordar, en un piso situado en la calle General Moscardó.
Tenemos en la mente, como si hubiera ocurrido ayer, el aspecto de aquella chica. Concretamente en el acto de beber una copa de vino en su casa, el día que se celebró la segunda sesión y aunque tristemente hemos olvidado el nombre de aquella criatura, su imagen dulce y aniñada bebiendo vino todavía permanece en nuestra retina. Alguna otra vez viajó ella a Valladolid pero lamentablemente hace muchos años que hemos perdido todo contacto con esta deliciosa santanderina; solamente sabemos que se casó con un guardia civil y estamos seguros de que en la actualidad no lucirá el agradable físico que mostraba en aquella ocasión, ya que los años pasan dejando sus huellas de decadencia incluso en criaturas de tan agradable aspecto.
Y con esto emprendieron nuestros amigos la tercera y última singladura de su viaje de vacaciones que fue la que les llevó de Santander a Gijón. En aquella pequeña y plácida ciudad asturiana tenía nuestro trío una pareja conocida aunque no personalmente, compuesta por Miguel y Cristina, ella sumisa y el amo. Ella, funcionaria de la seguridad social, en mitad de la treintena, bien proporcionada, con un enorme, redondo y saliente culo, guapa de cara y agradable en el trato. Él, economista, propietario de una asesoría fiscal, moreno cetrino, con un cierto aire de bandolero andaluz decimonónico, desbordante de seguridad y auto estima, de edad de más de cuarenta. Llevaban casados quince años, tenían dos hijos y durante la célebre crisis del séptimo año, en lugar de romper el matrimonio o buscar fuera de él lo que podían encontrar dentro, decidieron hablar sin prejuicios de todo y de todos, contarse sus anhelos, sus sueños, sus deseos ocultos y sus frustraciones. De esta suerte empezaron a compartir sus intimidades con otras discretas parejas y a través de una de ellas, compuesta también por amo y sumisa, decidieron que exactamente esos eran los roles que ambos querían vivir.
No se vaya a creer por esto que la sumisión de Cristina se establecía para todas las actividades propias y naturales de un matrimonio con hijos, o que durante las veinticuatro horas sometía su voluntad a la de Marcos. Antes bien, ella era poseedora de criterio suficiente, mujer independiente y combativa, con ideas y voluntad propias. Pero llegaba la hora de la relación puramente sexual y su cuerpo dejaba de pertenecerle para pasar a ser propiedad y juguete de Miguel, que abandonaba entonces la personalidad de amante marido o padre afectuoso, para desempeñar la de amo estricto y más bien cruel.
Los dos se extrañaron en este sentido de que la relación de Marcos con Cosita fuera de amo a esclava durante las veinticuatro horas del día, excepción hecha de las obligaciones laborales o familiares de la sumisa. No entendía Cristina como alguien podía renunciar de tal modo al libre albedrío y al propio criterio. Dejando aparte la diferente estructura familiar (Marcos y Ester no tenían hijos qué cuidar) no sabía la gijonesa y tal vez nunca lo llegue a saber, la feliz ausencia de responsabilidad que proporciona la obediencia. Porque efectivamente, la condición necesaria para exigir responsabilidad a una persona que ejecuta un acto determinado, es que en el momento de llevarlo a cabo actúe con libertad y no sometida a ningún tipo de presión insoportable. Así, cuando alguien deja de ser libre, carece por tanto y en consecuencia de responsabilidad, ya que ésta en todo caso ha de exigírsele a la persona a quien obedece. De este modo, aunque Cristina era esclava en el sexo, no lo era en el resto de actividades inherentes a un ama de casa y madre de familia, con lo cual se le exigían las responsabilidades propias de su condición y de sus actuaciones, de las cuales estaba exenta Ester, pues ella se limitaba a esperar órdenes y eso sí, a cumplirlas con la mayor rapidez y diligencia, pero como jamás actuaba impelida por deseos o consideraciones personales, nunca era responsable de sus actos y en consecuencia, nunca se le exigía responsabilidad alguna.
Pero el caso es que los hijos de Miguel y Cristina estaban ya lo suficientemente crecidos como para que no fuera posible realizar en la intimidad del hogar determinadas prácticas, que no hay sonido más escandaloso que el de los azotes y en ciertas circunstancias a una sumisa le es imposible reprimir los gritos o incluso el llanto, sin necesidad de decir que a un amo le complace singularmente escucharlos. Así que después de darle varias vueltas y sopesar diferentes soluciones, decidió el matrimonio de común acuerdo comprar una casa en El Fresno, pequeña localidad situada a diez minutos al este de Gijón, que actualmente está invadida por el turismo pero que entonces era todavía una pequeña aldea agrícola y ganadera. Allí adquirieron una casita modesta, en estado casi ruinoso, construida de mampostería con vigas de castaño y tejado de pizarra, situada en un pequeño terreno de no más de mil metros cuadrados, dentro de un promontorio que se adentra en el mar, lindando norte con el Cantábrico (linda norte con Inglaterra, la mar por medio, como dicen algunas escrituras de la zona), alejada en varios cientos de metros del núcleo principal de población y que reunía todas las condiciones necesarias para la práctica de las morbosas actividades a las que la pareja se entregaba.
No solamente estaba cerca de Gijón, pero lo suficientemente alejada, sino que tampoco se encontraba rodeada por otras viviendas. Además, la pequeña finca vallada en donde estaba edificada la casa, la protegía muy bien de miradas indiscretas. Pero lo más importante era que el pueblo de El Fresno no ofrecía absolutamente ningún atractivo para un par de jóvenes adolescentes, cuáles eran los hijos de Miguel y Cristina, de modo que en muy pocas ocasiones manifestaban estos su deseo de pasar siquiera una noche en la casita. Maquiavélicamente este había sido uno de los más importantes argumentos de compra que el matrimonio valoró a la hora de adquirir el pequeño refugio: a los hijos no les iba a gustar. De modo que los chavales quedaban en Gijón los fines de semana, absolutamente libres y felices y no menos contentos marchaban sus padres a El Fresno, a veces solos, pero otras veces en compañía de amigos, conocedores todos y participantes de las peculiares actividades que tenían lugar los fines de semana en la casita.
En la reconstrucción de la modesta vivienda tuvo Miguel buen cuidado de proveerse de ciertos artículos que sirvieron después de mucha ayuda. Así, en el alpendre, mantuvo unos aros que en otro tiempo habían servido para amarrar las bridas de las caballerías y ya en el interior, colgada de una pared se encontraba una tralla, supuestamente antigua y un tajo o banco para la matanza. De una argolla sujeta con una abrazadera metálica a una viga, colgaba una antigua romana, que era fácil de descolgar para dejar la argolla expedita con el fin de dedicarla a otras actividades. Resumiendo diremos que la casa estaba perfectamente acondicionada para celebrar en ella sesiones sadomasoquistas, pero realizado todo con tal artificio y buen gusto que pasaría absolutamente inadvertido para el profano, pues la decoración se integraba perfectamente en el entorno y ninguna cosa destacaba manifiestamente por un uso distinto al meramente decorativo.
Y aquí pasaron nuestros protagonistas otro fin de semana, durante el cual tuvieron lugar diversas prácticas que ya hemos relatado con frecuencia. Cosita fue azotada y sodomizada, lo mismo que Cristina. Ambas fueron uncidas, completamente desnudas a un viejo yugo, de forma que se las obligó a permanecer constantemente una al lado del otro, incluso para la realización de las más íntimas tareas, pues en aquella casa las esclavas no tenían derecho a utilizar el servicio, con lo cual eran obligadas a salir y a aliviarse en la finca que circundaba la casa. Tampoco tenían derecho a utilizar el agua caliente, salvo que la temperatura exterior no llegara a los ocho grados, lo cual no ocurrió por entonces, pues disfrutaban de una cálida primavera si es que las primaveras pueden ser cálidas a orillas del Cantábrico. Cristina y Ester durmieron juntas y uncidas al yugo, por lo que se comprende que no descansaron adecuadamente, pues entre la incomodidad de su situación y el dolor que aun sentían por los azotes, apenas pudieron dormir.
Sin embargo eso no fue óbice para que por la mañana y antes del desayuno, fueran sacadas al exterior y con una manguera, un cepillo y un cubo de agua con jabón procediera Miguel a asearlas perfectamente, con gran sorna y regocijo de los demás presentes que las veían tiritar, mojadas, sin apenas dormir y en ayunas. Se les dio de desayunar directamente en el suelo empedrado con el apercibimiento de que deberían dejar las baldosas perfectamente limpias, so pena de repetir la tanda de azotes de la noche anterior. A ello se pusieron ambas infortunadas esclavas con dedicación, pasando la lengua repetidamente por el suelo, una vez terminado el desayuno.
Por indicación de Marcos, fueron desuncidas para que pudieran jugar con ellas sin impedimento y así las obligaron a chupar alternativamente el pene de los tres amos y Ester terminó sodomizando a Cristina con su célebre consolador doble de cintura.
En fin y para no extendernos más allá de lo que el comedimiento aconseja, diremos que disfrutaron mucho en aquél pequeño pueblo y en general de todo el viaje, con lo cual regresaron a Valladolid satisfechos y felices de haber podido pasar tantos días juntos, circunstancia esta realmente extraña, habida cuenta de los diferentes horarios laborales que los tres tenían.
Pero ocurrió que, al poco de reintegrarse a su vida cotidiana, se recibió una llamada de Doña Nuria comunicando que el viejo Don Pere había sufrido un infarto y que se encontraba ingresado en una clínica de Barcelona, en estado grave, aunque controlado. Lo cual produjo el terremoto subsiguiente en la rutina cotidiana de nuestro trío, pues Rafa se vio compelido, a pesar de todo, a trasladarse a Barcelona, ya que como la Nurieta continuaba en paradero desconocido, la buena de la señora de Doménech estaba totalmente desbordada por los acontecimientos, porque el verse obligada a tomar decisiones resultaba algo tan ajeno a su capacidad y a sus costumbres que no le quedó más alternativa que pedir ayuda a la primera persona de la que pudo echar mano, en este caso su hijo Rafael.
En cuanto al mayor, el Peret, no quería Doña Nuria hacer hincapié en lo que por sabido resultaba conveniente omitir. Hacía ya tiempo que había cruzado ese sutil punto de no retorno que existe entre los consumidores de drogas y que marca la diferencia entre vivir y existir; de manera que a pesar de su juventud, parecía un anciano, abandonado, menesteroso, descuidero, haciendo pequeños trapicheos y con las venas incapaces de soportar un pinchazo más.
Y todo esto contó Doña Nuria a Rafa para que su hijo, sin ella pedírselo expresamente, tomara la decisión de ir a Barcelona, como así fue en efecto, aunque el muchacho lo dudó algún tiempo. Pero Marcos le aconsejó que fuera, que es de grandes hombres perdonar y que su madre, aunque culpable por ocultamiento de muchas cosas, en estas circunstancias realmente le necesitaba, ya que no era mujer resoluta o acostumbrada a tomar decisiones, porque jamás en su vida le permitieron tomar una sola y ahora, llegado el momento, verdaderamente ignoraba cómo tenía que actuar lo cual le producía una gran ansiedad.
De modo que a la mañana siguiente de recibir la llamada de la angustiada Doña Nuria contando lo que ocurría, el joven sargento, aprovechando un vuelo militar, se trasladó de nuevo a su tierra y a su casa, de la cual hacía ya casi tres años que se había alejado y en todo ese tiempo ni había vuelto ni siquiera manifestado intención de volver; incluso estaba perdiendo su acento catalán, aquél que al principio le había ayudado tanto a establecer relaciones con las jóvenes vallisoletanas.
Pero dice el refrán y así lo quieren a veces las circunstancias, que nunca una desgracia viene sola y en este caso que estamos contando resultó así en efecto, pues a la misma hora que el avión de Rafael entraba en contacto con tierra catalana, su desafortunado hermano se inyectaba una cantidad letal de heroína en la yugular. Nunca se llegó a averiguar si esa inyección fue producto de un error de cálculo en la dosis o de una deliberada intención de quitarse la vida. Creemos además que el asunto carece de importancia, pues lo que se dice vida, ya hacía muchos años que había desaparecido para el pobre Peret, de modo que con la inyección se puso fin a su existencia, porque su vida se había acabado bastante antes.
Y estaba la familia organizando el funeral, cuando al bueno de Don Pere le repitió el infarto, produciéndole en esta ocasión la muerte. Así, se dio la tristísima y pocas veces vista circunstancia de enterrar en Collserola a un padre y a su hijo el mismo día, que es cosa afortunadamente infrecuente salvo caso de catástrofe.
Nadie que lea esto podrá dejar de comprender que aquellos dos fallecimientos supusieron una fuerte conmoción para Rafael y subsiguientemente un cambio en su vida y en la de nuestro trío protagonista. Porque nadie podrá estar en desacuerdo si decimos que es propio de personas bien nacidas olvidar los agravios, perdonar y tratar de convivir en amor y compañía con todo el mundo, más aun si hablamos, como es el caso, de la propia madre. Pero, a mayor abundamiento, se unía aquí la circunstancia de que, de buenas a primeras, el sargento Doménech había pasado a ser propietario de una enorme fortuna en bienes muebles y raíces, acciones, edificios, solares, establecimientos, inversiones y toda suerte de propiedades. En efecto, como por todos es sabido, el derecho catalán no otorga subsidiariamente con el matrimonio la sociedad de gananciales, salvo pacto en contra; estipulación que en el caso de los esposos Pere Doménech y Nuria Pons, no existía. De este modo, habida cuenta del fallecimiento de uno de los herederos, y de encontrarse la otra en paradero desconocido, pasaba todo el capital a manos de Rafa.
Se presentó entonces para nuestro joven amigo la necesidad de elegir entre continuar con su vida feliz en Valladolid o hacerse cargo de la herencia de su padre y trasladarse a Barcelona. Difícil disyuntiva sin ninguna duda, que mantuvo al sargento en permanente estado de desasosiego durante largas jornadas. Alternativamente se trasladaba de Valladolid a Barcelona, pues había pedido en el Ejército un permiso especial para atender sus asuntos, permiso que le fue concedido. Al fin, un buen día expuso sus dudas a Marcos y a Ester. Le aterraba pensar en convertirse en un trasunto de su padre, cosa que según su criterio ocurriría sin duda en caso de que se hiciese cargo de sus negocios. Por otra parte le parecía una falta de consideración e incluso una estupidez, despreciar aquella oportunidad que se le presentaba de disfrutar de cualquier cosa que el dinero pudiera proporcionar, es decir, en definitiva, disfrutar de cualquier cosa. Hablaron y hablaron sobre el asunto Ester y Rafa, mientras el amo permanecía en silencio escuchando y pensando, hasta que consideró que poseía datos suficientes como para emitir una opinión y reclamando atención dijo con voz pausada:
_ Incluso el que nunca juega a la lotería no debe despreciar un billete premiado, si por motivo del azar cae en sus manos. Sería estúpido, aun a pesar de odiar el juego, dejar de cobrar el billete. Pero de esto no debemos deducir que todo el que hace efectivo un billete de lotería se transforma en ludópata. Yo creo, Rafa, que deberías aprovechar la oportunidad que la vida te brinda, pero teniendo bien presente que has de luchar para no convertirte en lo que tanto odias y tanto daño te ha hecho: alguien como tu padre. Creo que tienes que gestionar y disfrutar del dinero que te has encontrado, que la vida te ha puesto delante, pero lo importante es que tengas claro en qué has de gastarlo y cómo lo has logrado, que no ha sido ni por tu esfuerzo ni por tus merecimientos, sino que gracias al trabajo de tus antepasados y a un golpe de fortuna que podríamos llamar tragedia, ha venido a parar a tus manos. Hazte cargo de todo, en buena hora y confía en que nunca llegues a ser otro Pere Doménech.
Así dijo y así se hizo. Porque el sargento pidió el pase a la reserva, lo cual le fue concedido y se trasladó a vivir a Barcelona, a su antigua mansión en Pedralbes, continuando de este modo la saga que había inaugurado, hacía cien años, su bisabuelo.
Al principio las llamadas, correos electrónicos (Internet comenzaba a popularizarse) y noticias del joven catalán menudeaban, pero ya se sabe que la larga ausencia causa el olvido y poco a poco la comunicación entre los tres se fue haciendo más escasa hasta que al cabo de algo más de un año desapareció casi por completo. Hemos de decir ahora que no consiguió el joven Rafa evadirse de la sombra de su padre, pues tenemos por cierto y averiguado que recientemente, con motivo de su divorcio, su esposa se vio en la necesidad de interponer contra él una denuncia por malos tratos, lo cual nos proporciona una pista cierta de que estamos ante un nuevo Pere Doménech, pero dentro de una sociedad distinta y con otro Código Penal. Aunque haciendo honor a la verdad, hay que manifestar que cuando ocurrieron los dolorosos sucesos que en su momento relataremos, se comportó con Ester y Marcos de la mejor manera posible y aun más allá. Pero su violencia ingénita unida a la prepotencia que puede proporcionar el exceso de dinero y de poder, transformaron a Rafa en una perfecta fotocopia de su padre.
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