viernes, 23 de octubre de 2009

X BUENOS AMIGOS




_ Con todo esto y otras muchas cosas de más importancia pero irrelevantes para el asunto que nos ocupa terminé mi carrera. Como ya te dije lo conseguí en cinco años, aprobando un curso cada año, de modo que unos días antes de cumplir los veintitrés era Licenciado en Derecho. Parecía un joven con brillante porvenir y de hecho creo que lo era, sin embargo me sentía profundamente infeliz porque no encontraba procedimiento para solucionar mi problema. Continuaba resultándome demasiado laborioso y frustrante practicar sexo satisfactorio a no ser que la chica se dejase dirigir por mí, sin requerir de caricias o dulces palabras, sin mostrarse besucona o empalagosa y limitándose a obedecerme; es decir, casi todo lo contrario al comportamiento habitual de las mujeres. Pero mi verdadera complicación era que yo realmente no quería que las cosas fueran así, luchaba contra esos comportamientos sin conseguir ganar nunca pero sin llegar tampoco a dar la batalla por perdida, agobiado además por el sentimiento de culpa que me paralizaba en este terreno. Cada vez que disponía de algún dinero volvía a contratar los servicios de aquella mujer de la primera vez, la cual, después de varias sesiones, llegó a confiar en mí hasta tal extremo que me permitió atarle los brazos a la espalda y darle algunos suaves azotes con la mano mientras me la follaba o la sodomizaba. Pero desde luego, que todas mis relaciones sexuales se limitasen a contratar los servicios de una profesional no suponía, ni muchísimo menos, el ideal de mi vida. A decir verdad, yo por entonces era bastante clásico en cuanto a convicciones sociales y familiares: quería un matrimonio y unos hijos, algo normal, incluso vulgar, dejando de lado el especial tipo de relación que en cuanto al sexo debería tener con la mujer con la cual supuestamente compartiera mi vida, de modo que en primer lugar era imperativo encontrar una chica capaz de satisfacerme sexualmente en mis insólitas apetencias, pero creía firmemente que ninguna otra persona en el mundo padecía este tipo de trastorno de la conducta y de ese modo consideré que lo que realmente debía hacer era olvidarme para siempre de esas fantasías, enterrarlas, desecharlas de mi mente, borrarlas y pensar en otras cosas. Un error monumental, por supuesto, porque nadie que pretenda luchar contra su propia naturaleza puede vencer jamás. Del mismo modo que el pez nunca va a volar ni el pájaro a sumergirse en el agua porque estas cosas son contrarias a su propia esencia, ahora tengo claro que la batalla por cambiar algo que es consustancial a mi personalidad jamás debería haberla librado. La libré por entonces, pero por supuesto la perdí.

Y ahora llegan los postres -Marcos interrumpía el relato cada vez que la camarera servía y no lo volvía a reanudar hasta que apuraba al último bocado con verdadera delectación. Rafa se había dado cuenta del detalle: mientras comía no hablaba, concentrando toda su atención en lo que estaba saboreando. Había pedido tiramisú. Se llevó una porción a la boca haciendo “Mmm...”, y le indicó a la camarera que sirviera algún licor. Continuó hablando:
_ Llegó un momento en que mi angustia me llevó a tal grado de desesperación que me comprometí conmigo mismo a salir con la primera mujer agradable que la oportunidad pusiera en mi camino. Pero no solamente salir de vez en cuando al cine o a tomar una copa, sino que si congeniábamos personal y socialmente, si ella tenía el nivel cultural adecuado, estaba dispuesto a olvidarme de todo y casarme con ella, independientemente de que en el sexo me diera o no lo que yo demandaba y necesitaba, absolutamente convencido de que jamás lo podría encontrar. “Si no tengo oportunidad de practicar ciertas cosas” pensaba conmigo mismo “terminarán olvidándoseme”. Equivocación manifiesta, error de apreciación que comparo de nuevo con el que cometen los homosexuales que se casan: podrán tener hijos, acostarse con una mujer y ser muy machos, pero jamás, nunca en su vida, conseguirán eliminar de su mente sus deseos y apetencias sexuales, con lo cual, como es imposible vivir fingiendo ser quien no se es durante toda la existencia, terminan en anuncios, bares y locales o ahora en Internet, buscando a otros hombres para dar rienda suelta a sus auténticos deseos. Caso de no hacerlo así y aun a pesar de todo, como acaban con frecuencia es con algún tipo de desequilibrio mental.

Pero todo esto que ahora tengo meridianamente claro, lo ignoraba a los veintitrés años, de modo que apareció una chica con la cual me entendía bien, aunque no en el sexo desde luego. Pero era una muchacha culta, agraciada, independiente económicamente, con veinte años, virgen… Me casé con ella, porque para acabar de arreglar las cosas y empujarme más aun a lo que es un matrimonio convencional conseguí un estupendo trabajo, dentro de la asesoría jurídica de una gran multinacional que tiene en Valladolid varias factorías. Así, todo estaba encarrilado para que viniera a convertirme en pocos años en el típico ejecutivo de esos que tienen mujer, dos hijos, chalet, perro, Mercedes y querida.
Marcos encendió con parsimonia otro cigarrillo y haciendo un gesto a la camarera, pidió los cafés.
_ ¿Tú cómo lo tomas? -y añadió a continuación- Estoy deseando conocerte mejor para no tener ya que hacerte estas preguntas.

Rafita dijo que él solía tomar cortado “tallat” en catalán. Y Marcos, por deferencia pidió dos “tallats”, aunque él acostumbraba a tomarlo solo. Solicitó también a la camarera la caja de Farias y eligió cuidadosamente uno, después de acercar varios al oído, haciéndoles crujir levemente entre sus dedos. Reanudó su historia:

_ Pero claro, como es fácil de comprender el matrimonio fue un desastre. Existe un axioma que dice que “hay matrimonios felices y otros que duran”, pero el mío concretamente debió de ser la excepción que confirma la regla, porque fue una relación infeliz y no llegó a mantenerse ni tres años. Evidentemente al poco de casarme regresé a contratar los servicios de las profesionales, porque si al principio pude funcionar con mi mujer con mayor o menor éxito, pasados algunos meses las actividades que podía realizar con ella me resultaban tan insulsas y faltas de erotismo que el sexo dentro del matrimonio me aburría, jamás lo demandaba y las cosas iban de mal en peor. Ante sus presiones y sus múltiples preguntas pretendiendo saber qué era lo que estaba sucediendo y en un alarde de inocencia por mi parte, me sinceré con ella, contándole lo que yo precisaba para que el sexo me resultara atractivo y pudiera así llevarlo a cabo con suficiente efectividad y reiteración, esperando al menos un poco de comprensión por su parte, es decir, pretendía que mi mujer percibiese el asunto como un problema, como una enfermedad o como una psicopatología digna de atención y cuidado, de terapia y de comprensión, que es como lo veía yo muy a mi pesar. Por el contrario, ella no se privó de decirme lo que pensaba, llamándome trastornado, sádico y enfermo en el tono más peyorativo de que fue capaz y asegurándome que tanto se iba a entregar a mí en la forma que yo lo demandaba como hacerse mora. A partir de aquél día, apenas unos meses después de la boda, dejamos de dormir juntos, aunque de cara al exterior éramos un matrimonio feliz. Dos personas jóvenes y saludables, ambas con un brillante futuro, recién casados y con toda la vida por delante. Pero en el hogar la tensión, las discusiones, el sentimiento de frustración por ambas partes y la percepción de haber sido engañada por parte de ella hacían la convivencia muy difícil. Porque no existe en esta vida nada más insoportable que la convivencia con una mujer mal follada o sin follar y hambrienta de sexo y tampoco hay nada más vengativo que una mujer despechada y la mía, muy lejos de comprenderme, entendía que yo la había engañado y despreciado, en consecuencia lo único que sentía por mi era aversión cuando no manifiesto odio.

Nueva pausa de Marcos, para pedir la cuenta. Se habían tomado el café y él había encendió el Farias con ademán de experto. Rafita estaba ya tan sobre ascuas, que no habló ni comentó nada para no interrumpir, deseando que su nuevo amigo continuara el relato con la mayor brevedad posible. Pero parecía que lo que realmente pretendía Marcos era precisamente despertar la atención y el interés de su reducida audiencia, porque se lo tomaba con una parsimonia que a juicio de Rafa era capaz de exasperar a cualquiera. Aspiró varias bocanadas de humo y continuó con estas reflexiones:

_ La verdad es que aunque había bastante resentimiento por su parte y desde luego no sin razón, como éramos gente educada y sobre todo como los daños no se habían prolongado demasiado en el tiempo, llegamos a un acuerdo y pudimos convivir en paz durante algunos meses. Justamente hasta que a mí me ocurrió algo que supuso mi caída del caballo, como la de San Pablo, así como la aceptación de mi persona como verdaderamente es y será siempre. Por lo tanto, a partir de ese hecho asumí lo que soy y obré en consecuencia.

Llegó la camarera con la nota y Marcos, sin mirarla, depositó en la bandeja una tarjeta Visa.

_ Y ese hecho tan crucial en mi vida fue algo simple. Asistí a la proyección de la película “Historia de O” en el cine Roxy. Salí transformado, no voy a decir que una luz interior me iluminaba porque sería demasiado cursi pero verdaderamente caí en la cuenta de que en la cinta se narraba precisamente y ni más ni menos lo que yo quería, lo que yo necesitaba y lo que iba a dedicarme a buscar a partir de aquél instante: una mujer como O para mí; insisto en que no conmigo, sino para mí. Ignoraba si en la vida real esas chicas verdaderamente existían, pero tenía claro que yo quería sentir la posesión sobre una mujer, como la sentía el amante de O, hasta tal punto que incluso podía cederla a otros, como se presta un libro o cualquier otro objeto. También razonaba que si alguien era capaz de escribir una novela y hacer una película sobre este asunto, quería decir que yo no estaba solo en el mundo, que existían más personas con mis apetencias y mis deseos; ahora, solo necesitaba encontrarlas. Todo esto se mezcló con la insatisfacción que me producía mi trabajo a pesar de estar muy bien pagado y ofrecerme grandes expectativas de futuro. Yo había estudiado Derecho para tratar de luchar por la Justicia, lo cual era exactamente lo contrario de lo que me veía obligado a hacer defendiendo los intereses de una gran multinacional.

De modo que un buen día le comuniqué a mi mujer mis intenciones. Iba a abandonar el trabajo y pensaba establecerme por mi cuenta, montar un despacho propio con la ilusión y la esperanza de que se convirtiera en un bufete importante; esa era mi idea y mi resolución y pensaba hacerlo con ella, sin ella o a pesar de ella. Por supuesto que estuvo en contra. La mujer tonta no existe y la mía era de las más listas. Se dio cuenta de donde me iba a meter y a donde la iba a arrastrar, pues jurídicamente, del mismo modo que en la sociedad de gananciales los ingresos pertenecen a la sociedad independientemente de cuál de sus dos miembros los genere, los gastos y las deudas también, porque a todo esto yo no tenía un duro para llevar adelante mi proyecto. Le expliqué que pensaba solicitar una hipoteca para comprar el despacho y me respondió diciendo que quería la separación. Yo me lo esperaba, desde luego, pues lo único que le faltaba a nuestra relación para saltar por los aires era que yo abandonase mi trabajo y me embarcara en una aventura con muchas perspectivas pero sin ninguna certeza. Ya sabes que las mujeres, genéticamente, buscan ante todo sentirse seguras y protegidas por el hombre que tienen al lado.

Así, a los pocos meses conseguimos un acuerdo sobre el que recayó sentencia, quedando jurídicamente separados. Disolvimos la sociedad de gananciales sin apenas controversia y como no procedía pensión compensatoria, mi mujer, dentro del acuerdo, se quedó con la vivienda y se hizo cargo de la hipoteca que pesaba sobre ella. A cambio yo busqué otro domicilio y me adjudiqué el poco dinero y las acciones que teníamos. De mi ex – mujer sé que no se ha vuelto a casar, ha tenido diversas relaciones y espero y deseo que disfrute de una vida muy feliz.

No voy a contarte ahora las dificultades económicas que atravesé porque aunque fueron muchas e importantes para mí, no vienen al caso con el argumento de esta historia, así que me gustaría comentarte otras cosas.

Desde el primer momento me dediqué con más tesón que suerte a buscar a mi O personal. Digo con más tesón que suerte porque, volviendo al tan manido ejemplo de los homosexuales, si yo quisiera una relación con otro hombre sabría perfectamente a qué lugares dirigirme o qué revistas comprar o con qué personas entrar en contacto. Te estoy hablando de una época en la que Internet aun no existía, ni los foros, ni los Chat, ni las Web de contactos… Y claro, las sumisas no llevan su condición escrita en la frente ni se les nota para nada, al contrario que a algunos homosexuales, de modo que no sabía por dónde empezar. Compré revistas de contactos como la que ha hecho posible que tú y yo nos hayamos conocido, inserté anuncios, respondí a muchos y mantuve varias relaciones D/s, la mayoría de ellas tan fugaces como insatisfactorias. Por supuesto que no me faltaron oportunidades para tener una nueva pareja, pero no estaba en mi mente cometer dos veces el mismo error. Nunca decía ni digo que no a ninguna mujer, pero al poco de la relación y antes de que los sentimientos lleguen a mayores, les cuento la verdad sobre cómo soy y lo que busco. Muchas lo han intentado atraídas a veces por sus fantasías, otras por mi supuesto atractivo y las más por mi posición y bienestar económico o por una mezcla de todo ello. Pero yo con toda sinceridad les explicaba al poco de conocerlas, que era condición indispensable para que la relación se mantuviera y prosperase que en lo tocante al sexo, ella se entregara a mi sin apenas condiciones, sin paliativos y sin cortapisas. En lo demás podría hacer lo que le viniera en gana, pero su cuerpo me pertenecería a mí, no a ella y sobre su cuerpo mandaba yo, apercibiéndola de que en caso de desobediencia sería castigada o incluso lo sería simplemente por el placer que me proporcionaría hacerlo, independientemente de que ella desobedeciera o no.
Algunas aguantaron un par de meses, otras solamente unos días, y la mayoría simplemente salieron corriendo en cuanto comprendieron lo que se exigía de ellas.
A través de los contactos las cosas fueron mejor, porque una mujer que se anuncia como sumisa o que responde a un anuncio en el que se solicita una sumisa, al menos sabe de qué va la cosa y aunque no tenga experiencia tiene interés y curiosidad y ambas circunstancias son siempre previas a la experiencia. De hecho llegué a mantener sesiones esporádicas con una durante más de un año, pero ella estaba casada, su marido ignoraba el asunto y obviamente resultaba muy difícil que se convirtiera en mi O personal. La dejé cuando ante la disyuntiva entre su marido y yo eligió a su familia. Me dijo que comprendiera, los hijos, los padres, etc. Lo comprendí, pero la dejé.

_ ¿Has cenado bien? -de repente, sin previo aviso, Marcos volvía al presente y sacaba a Rafa de su ensimismamiento -si te quedas con hambre pedimos otro postre...

_ No, no. Ha estado estupendamente. Pero por favor, sigue porque me tienes en ascuas. ¿Todo lo que me cuentas es cierto?

_ Ya te he dicho: Como el sol que nos alumbra. Pero, si te parece, vamos a otro sitio a tomar una copa y te sigo contando.

Aquella idea no entusiasmaba en absoluto a Rafael, porque pensaba que supondría una dilación en la conclusión de la interesante historia que estaba escuchando. Lo que quería era llegar, con la mayor celeridad posible al meollo del relato, porque ya se estaba imaginando lo que iba a venir a renglón seguido, de manera que manifestó a su amigo el enorme interés que tenía por conocer la totalidad de su historia cuanto antes y que si no le importaba, en el restaurante se encontraba muy a gusto. Ya irían a tomar la copa después de haber escuchado el relato hasta el final. Con una expresión de asentimiento, Marcos murmuró “vale, de acuerdo”. Y continuó:

_ Pasaron los años y aunque en el trabajo me fue muy bien, mucho mejor de lo que jamás hubiera imaginado, desesperaba yo de encontrar lo que buscaba en el sexo. Empezaba a rendirme de nuevo, o al menos a considerar la posibilidad de una rendición, de conformarme con relaciones esporádicas más o menos duraderas, con sesiones de vez en cuando; desechando la idea y la ilusión de una sumisa para mí, de encontrar a otra O para poseerla a mi entero servicio y discreción. Me dedicaba a ligar todo lo que podía, pues pensaba y no sin razón, que cuantas más mujeres conocieran mis intenciones y mi búsqueda, más probabilidades tenía yo de encontrar a la adecuada aunque la ilusión por hallara iba disminuyendo, limitándome a continuar con mis indagaciones rutinariamente, dando vueltas por los mismos sitios, haciendo las mismas proposiciones, con las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas frases. En lo del ligue tenía éxito, la verdad. Pero en lo demás muy poco.

Pero suele decirse que quien la sigue la consigue y cuando estaba a punto de tirar la toalla, de rendirme de nuevo esperando que esta rendición fuera la definitiva, me encontré a O una buena noche en el 7/7, ya sabes esa discoteca para carrozas que hay en la Rondilla, a la orilla del río.

Ella tenía algunos problemas familiares y uno muy grave personal: su novio acababa de dejarla de la forma más vil, humillante y ruin que puedes imaginarte. Tengo mucha experiencia, como comprenderás, en detectar la sumisión en las mujeres, llevo años en ello, así que casi desde el principio intuí que Ester, que así se llama esta mujer, estaba dotada con la sublime capacidad de la sumisión y la entrega. Con todo el tacto que pude y no poca paciencia traté de consolidar la relación logrando que se enamorase de mí como yo me había enamorando de ella. Cuando me contó con el necesario pormenor como y de qué forma habían tenido lugar sus experiencias sexuales anteriores, no albergué la menor duda de que su condición de sumisa era una realidad. De este modo tenemos un amo divorciado y sin compromiso y una esclava soltera: la mezcla de comburente y combustible estaba hecha y solamente hacía falta producir una pequeña chispa para que el incendio se declarara. Le hablé claramente, como siempre lo hacía, le dije lo que pretendía de ella, le expliqué que, a pesar de encontrarla sumamente atractiva como persona y como mujer, jamás llegaría a un compromiso firme si no era capaz de entregarme su cuerpo. Procuré hacerle ver que de hecho ya se lo había entregado a la persona equivocada, que había sido su novio y que yo la iba a amar, cuidar y respetar en la medida de mis posibilidades, con los cinco sentidos y para siempre. Cuando aceptó al menos intentarlo me hizo un hombre feliz y yo supe que había conseguido lo que llevaba buscando desde los veinticuatro años o, por mejor decir, casi toda la vida. Le puse, como primera condición, que se sometiera a alguna prueba para comprobar que realmente estaba lista para mí. Eso lo solía hacer con todas las que me decían que estaban dispuestas, pero mi sexto sentido me advirtió de que Ester superaría todas las pruebas sin dificultad. Aceptó y le dije que al día siguiente fuera a mi casa.

Rafa tenía los ojos desmesuradamente abiertos imaginando que por fin llegaba la clave de todo el relato, lo realmente interesante. Le rogó que continuara.
Los camareros empezaron a apagar discretamente las luces del local, indicándoles, sin decir palabra, que era la hora de cerrar. El tiempo había corrido mucho.

_ Nos están echando -dijo Marcos- así que mejor será que vayamos a otro sitio. Tomamos un güisqui y seguimos charlando, salvo que te esté aburriendo y quieras dejarlo para otro día.

_ Me gustaría que continuaras cuanto antes hasta el final -Rafa estaba verdaderamente interesado y anhelante. Le resultaba un fastidio tener que interrumpir en ese momento el relato -¿No podemos ir con el coche a un sitio tranquilo donde nadie nos moleste y donde nadie nos eche?

_ Bien, existe un lugar adecuado en las afueras donde podríamos tomar otra copa-dijo Marcos- Podemos acercarnos hasta allí. ¿Qué te parece? Yo continuo el relato mientras conduzco.

A Rafa todo le parecía perfectamente bien, siempre y cuando supusiera la reanudación inmediata de la historia. Eran más de la una de la noche y dedujo que si iban a tomar algo a otro sitio, les volvería a pasar lo mismo que en el restaurante. Así se lo hizo saber a Marcos indicándole que continuara el relato mientras iban a por el coche y que le parecía genial la idea de dirigirse a dondequiera que se dirigieran. Se levantaron de la mesa y salieron del restaurante. Apenas llegaron a la calle, Rafa dijo simplemente:

_ Sigue -Marcos continuó hablando, pero para saber lo que dijo hemos de esperar al capítulo siguiente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario