jueves, 8 de octubre de 2009

VIII Cataluña




Al comienzo de este título inserta Vidueiras una pequeña nota entre paréntesis para avisarnos de que no es su intención mortificarnos con más comentarios, ya que entiende que de ahora en adelante no son ineludibles, pues el hilo y el argumento de la historia viene explicado con tanto pormenor y maestría que todo lo que se diga resultará superfluo.

Avisa sin embargo al lector desocupado, previniéndole de que no se asuste por el cambio tan radical que hallará en el capítulo que va a tener la bondad de leer. Es la presentación de un nuevo personaje, pero al poco tendrá el lector paciente la oportunidad de comprobar cómo encaja en la historia, integrándose perfectamente en la maquinaria de este relato singular e increíble.

Y reiterando que será la última vez que interrumpa con sus apreciaciones y comentarios, pasa a compilar el siguiente capítulo que es el octavo y dice como sigue:

Le pareció que había tenido muy mala suerte, cuando después de conseguir su flamante despacho como Sargento mecánico del Ejército del Aire, recibió la mala noticia de que sería destinado a la Base Aérea de Villanubla. Para Rafael Doménech i Pons, constituía un apreciable esfuerzo el mero hecho de salir temporalmente de Cataluña, aunque fuera simplemente a pasar unas vacaciones. Lo más que admitía y a regañadientes era viajar, nunca más de unos días, a lo que él llamaba “Paisos Catalans” que en buen castellano significa Baleares y la Comunidad Valenciana.
Por eso, la noticia de que tendría que pasarse los próximos seis años de su vida en un lugar como Villanubla, enclavado en una provincia que a su juicio era el máximo exponente del insoportable centralismo y fascismo, capital de la región que simbolizaba la opresión para Cataluña, le pareció algo casi imposible de soportar; pero el caso era que no existían alternativas, ya que por propia voluntad, o mejor aún, por su dejadez y vagancia en los estudios, se había convertido en soldado profesional y el mero hecho de una negativa a incorporarse a su nuevo destino, sería considerada por el Ejército del Aire como deserción y tendría que hacer frente a las responsabilidades penales subsiguientes.

Barcelonés de nacimiento y catalán en ejercicio, Rafa descendía de una familia procedente del Alto Ampurdán que había emigrado a la capital catalana a finales del siglo XIX. Su bisabuelo estableció una pequeña ferretería en El Poble Sec, negocio que había crecido mucho cuando lo heredó su abuelo y que se había convertido, cuando su padre se hizo cargo de la gestión, en un importante entramado comercial con varias docenas de ferreterías esparcidas por toda Cataluña.

De esta forma, mediante el expeditivo procedimiento de acumular riqueza, habían conseguido formar parte de la pequeña burguesía catalanista. Su marca de diferenciación con el resto de la burguesía española era que tenían a orgullo hablar catalán y sentirse catalanes para diferenciarse de la purria de castellanos, murcianos y andaluces que empezaban a llegar en avalanchas, tratando de hacerse con un puesto de trabajo en la incipiente industria del Principado. La ilusión de todos era dejar de pasar hambre como llevaban haciéndolo resignadamente sus humildes antepasados durante demasiadas generaciones en sus lejanos lugares de origen.
Ese mismo había sido el triste comienzo de los propios Doménech, aunque la cuarta generación, rodeada de opulencia, parecía haberlo olvidado. Huyeron de la miseria cuando abandonaron su localidad de origen, una pequeña aldehuela de la costa gerundense llamada San Miguel de Colera situada en las cercanías de la frontera con Francia. Escasa tierra de cultivo dura y abrupta, la mayor parte del término municipal estaba compuesto por monte y laderas impracticables para la agricultura. A finales del siglo XIX, el turismo era prácticamente inexistente y la única posibilidad de subsistencia en esa zona era la pesca, en un mar Mediterráneo ya esquilmado, o la agricultura, en las escasas parcelas cultivables que existían entre los baldíos; siempre con la espada de Damocles de las sequías y las lluvias torrenciales. Fue una de estas riadas, una de las famosas gotas frías, la que arrasó, bajando en tromba por la riera, la mitad del pueblo alcanzando de lleno la casa de los Doménech y reduciéndola a escombros. Junto con la modesta vivienda se había llevado la minúscula pero fértil y cuidada huerta a la par que el granizo malogró la casi totalidad de la cosecha de uva. El fuerte viento consiguió romper las amarras del San Miguel, un pequeño pesquero propiedad de la familia, que terminó embarrancado cerca de El Garbet. Todos lloraron cuando vieron al viejo arrastrero encallado y con cincuenta grados de escora debido a la vía de agua que se le había abierto al golpear contra una roca mientras el temporal lo arrastraba a la deriva. No se había hundido totalmente porque el arenoso fondo de El Garbet carecía de la profundidad suficiente y mientras descansaba la quilla en la arena, asomaba el puente y parte de la obra viva sobre la superficie, recibiendo con resignación los embates de la mar. Pero no hubo más remedio que malvenderlo para desguace a unos quincalleros de Llançá.

Esta conjunción en el tiempo de tantas desgracias terminó por decidir a Pere Doménech, bisabuelo de Rafa, a marchar a Barcelona. La idea llevaba tiempo rondándole por la cabeza, pero la catarata de desventuras que asoló a la familia en poco tiempo, precipitó su decisión. Un buen día, empaquetó sus escasas pertenencias, juntó los duros de plata que tenía escondidos, consiguió un puñado de reales por las ruinas de su casa, la chatarra de su barco, su huerta y su viñedo y acompañado por el triste sonido del llanto de su familia hizo subir cuidadosamente a sus cinco hijos y a su mujer a un desvencijado carrito tirado por un viejo burro y encaminó parsimoniosamente sus pasos a la gran capital.

A pesar de esos humildes comienzos, y merced al tesón y a la dedicación exclusiva al trabajo de dos generaciones de Doménech, el padre de Rafa era ya un gran empresario, con intereses en el sector de los mayoristas y proveedores del pequeño comercio. Tenía a orgullo decir que cualquier producto de ferretería que se vendiese en Barcelona, había pasado antes por alguno de sus almacenes. Poseedor de más de trescientos pequeños establecimientos repartidos por toda Cataluña, decidió un buen día, que el negocio de las ferreterías y bazares se le quedaba pequeño y como muchos otros industriales de los sesenta en España, comenzó a hacer sus pinitos en la promoción y construcción de viviendas. Las ganancias fueron muchas y los beneficios tantos que Pere Doménech III consiguió en poco tiempo ser admitido entre los más conspicuos miembros de la burguesía catalana. Residía en una pequeña mansión en el exclusivo barrio de Pedralbes, era poseedor de una embarcación de recreo que mantenía atracada en el pantalán de su bonito chalet en Ampuria Brava y en ningún momento se molestaba en ocultar su dominante posición económica: palco en el Liceo, tribuna en el Camp Nou, semana de la música en Perelada... En todos los eventos sociales de importancia aparecía la esbelta figura de D. Pere Doménech. Además de la casa, el chalet y el barco, también formaban parte de su patrimonio un apartamento en Viella, un BMW 720i, una mujer, la Nuria, y tres hijos: el Rafa, el Pere y la Nurieta.

Cuando decimos que su mujer y sus hijos eran parte integrante del patrimonio del Sr. Doménech, no estamos haciendo un comentario jocoso. Realmente D. Pere, pertenecía a la clase de hombre que piensa que su familia es una más de sus propiedades. Bien sea por descender de un clan con un arraigado sentido del patriarcado, o bien por el alto porcentaje de genes árabes que componían la dotación cromosómica de Pere Doménech, el caso es que se creía con derecho a disponer y organizar la vida de su mujer y sus hijos a su entera voluntad y discreción, siempre, eso sí, por el bien de ellos que eran menores de edad y no sabían lo que hacían. En esta consideración de la minoría de edad permanente de su familia entraba también, cómo no, Dña. Nuria.
Hombre de carácter dominante y abnegado trabajador, era capaz de soportar cualquier horario y cualquier circunstancia, menos la presencia de vagos en sus cercanías. Pero hete aquí, que no se sabe muy bien por qué pecados, quiso Dios castigarle con los hijos más holgazanes, irresponsables e inútiles que jamás habían llevado el apellido Doménech. A pesar de los castigos, muchas veces físicos, las amenazas, las promesas e incluso las súplicas, los Sres. Doménech habían terminado confesándose incapaces de encarrilar a su prole por dónde ellos pensaban que debía transcurrir la laboriosa vida de los herederos de un gran imperio comercial.

Rafa, después de terminar COU y obtener una nota muy baja en Selectividad, había perdido tres años matriculándose en un par de carreras sin llegar a aprobar más allá de dos asignaturas. El Pere, entraba y salía de la cárcel porque arrastraba un problema serio de adición a la heroína. Como en casa no le daban dinero suficiente, se veía compelido a realizar pequeños o grandes hurtos para procurarse su pico un día sí y otro no. La Nurieta vivía amancebada, desde los 18 años con un pintor fracasado en un mugriento piso de la Barceloneta.

Ante este panorama, Pere Doménech III tiró la toalla y a pesar de las lágrimas de Dña. Nuria, prohibió la entrada en su casa de los dos pequeños. Como era hombre cumplidor y prudente, movilizó a sus abogados para que consiguieran una sentencia judicial de acuerdo con sus deseos. En el fallo se especificó la pensión por alimentos a la que tenían derecho el Pere y la Nurieta, pero se manifestó que nunca jamás podían volver a la casa familiar y se liberaba a D. Pere Doménech de todas sus funciones como padre eximiéndole desde aquél momento de cualquier responsabilidad sobre las vidas y errores de sus hijos pequeños.

A Rafa le concedió graciosamente la oportunidad de preparar unas oposiciones al Cuerpo de Suboficiales del Ejército, con el apercibimiento indiscutible de que en caso de fracasar, correría la misma triste suerte que sus disolutos hermanos. El chico, que siempre había sido un gran deportista, superó las pruebas físicas sin dificultad y por lo demás, la influencia de su padre intervino, con tal eficiencia, que a los 24 años recibió su despacho de Sargento y aquí le tenemos llegando a Villanubla, en pleno páramo castellano.

Era Rafa un joven apuesto. Su dedicación desde niño a la práctica de todos los deportes había contribuido a formar un cuerpo atlético de casi un metro ochenta y cinco de estatura. Fuertes y musculosas piernas sostenían un tórax amplio y en la cintura no se acumulaba todavía ni un gramo de grasa. La piel morena y el pelo negro, los ojos azabache, las cejas pobladas, la mirada viva. Manos grandes, acostumbradas a asir los remos de la piragua y las barras de los gimnasios. Parco en palabras y en ademanes, remiso en mostrar emociones y sentimientos, era, por así decirlo un tío bueno, para el gusto de la mayoría de las mujeres. Sin embargo, nadie sabía decir si tenía novia, aunque se le conocían relaciones ocasionales con una media docena de chicas.

Llegaba a Valladolid con la moral por los suelos. En su ignorancia, porque Rafa era un ignorante que jamás había leído otra cosa que no fuera el diario Sport, pensaba que Castilla era una especie de destierro, y que jamás se acostumbraría a vivir allí. A quien nunca ha salido de su tierra, siempre le pasa lo mismo: cree que todo aquello que existe fuera del alcance de la sombra del campanario de su pueblo es, por definición, malo y en caso de que haya algo en alguna parte que merezca la pena, siempre será de peor calidad, o más feo o más caro que lo propio.

A pesar de Pedralbes y de las tres generaciones de barceloneses que le precedían, continuaba, en este sentido, siendo un campesino paleto e ignorante. Sin embargo, estaba claro que algo útil tendría que hacer en los muchos ratos de ocio que le dejase el servicio, ya que no era de recibo que a sus veinticuatro años se encerrase en la Base incluso los días francos de guardia.

No logró adaptarse, hay que decir la verdad. Aunque a fuer de sinceros, Rafael Doménech no había logrado adaptarse todavía a ninguna parte. En Castilla, echaba de menos su casa, con su madre al frente, sus conocidos, su ambiente, su idioma; cosas que en Barcelona le aburrían y le hastiaban, aquí las añoraba y le parecía insulsa la vida sin ellas. Pero como no se puede permanecer mucho tiempo aislado, cuando llevaba seis meses en Villanubla, empezó a bajar a Valladolid algunas noches que estaba libre de guardia; conoció un par de discotecas, ligó varias veces, pero nunca se integró de verdad en el ambiente de la capital castellana.

Rafa siempre había sido un solitario. No tenía realmente amigos ni los había tenido nunca. A lo más, compartía deporte, algún rato de ocio o de trabajo con sus compañeros, pero amigos de aquellos a los que se les hacen confidencias, de aquellos con los que se comparten secretos no tenía, de la misma forma que no tenía novia, aunque más de una madrugada se había despertado acompañado en una cama que no era la suya y que nunca lo sería. Sentía que todo en general, la vida, la sociedad, el Ejército, era un fraude y que nada merecía la pena. En una especie de paranoia, creía que todo el mundo se había confabulado para impedirle ser feliz, aunque tampoco tenía demasiado claro en qué consistía para él la felicidad.

Esta sarta de pensamientos, le mantenía casi siempre huraño y meditabundo, cabizbajo, serio y huidizo, lo cual no facilitaba en absoluto que una relación humana se prolongase en el tiempo, ya fuera de amistad o de amor. El sargento Doménech, siempre exhibía un mal humor constante y estaba deseando descargar su agresividad y su frustración con el primer recluta que se le pusiera a tiro. Entregado totalmente a su trabajo (de algo le servía al fin la extrema laboriosidad herencia de su familia), si a su juicio alguien no realizaba la labor encomendada con la suficiente celeridad y eficiencia, la bronca o el arresto eran inmediatos.
Así que tenemos al bueno de Rafa, odiado por sus inferiores, incapaz de mantener una relación duradera con una chica, sin amigos y deambulando los días libres por las calles de Valladolid.

Un día que tenía guardia, después de cenar y de tomarse un cortado en el bar de la Base, decidió pasarse por el cuarto de suboficiales a ver un poco la televisión. Se había organizado una partida de mus en la cantina y en aquel momento la sala de televisión estaba vacía. Se arrellanó en un sillón y cogió una revista de la mesita del centro. En la tele estaban poniendo un concurso lo suficientemente insulso como para que Rafa no le prestara ninguna atención, así es que se dispuso a hojear con parsimonia la publicación que tenía entre las manos.

Era una revista de relatos eróticos y contactos llamada “CLIMA”. Otras veces la había visto en la cámara de suboficiales aunque no le había prestado la más mínima atención, pero aquella noche, quizás por el aburrimiento, o porque de forma inconsciente la vista de las fotografías pornográficas que mostraba la publicación le había excitado, decidió leerla pormenorizadamente.

En las páginas dedicadas a contactos había varias secciones: heteros, homos, parejas, bisex, tríos, sádicos... Se detuvo en esta última sección y pasó la vista por varios anuncios. Uno de ellos atrajo su curiosidad, porque al final del anuncio aparecía la palabra VALLADOLID, así con mayúsculas. Leyó con atención:

SVA - 13.561 “No me importa tu sexo ni tu edad, ni si sois pareja o matrimonio o un par de amigos/as. Solamente busco alguien que me ayude a someter a mi sumisa, que me ayude a dominarla, a hacerla sentir que ella no es ella, que me pertenece. Admite muchos castigos: lluvia dorada, enemas, azotes, servidumbre. Ambos somos universitarios, cultos, agradables y educados. 42 y 34 años viviendo en pareja. Exclusivamente VALLADOLID.”

El anuncio le impactó. Volvió a leerlo y se imaginó a una mujer diez años mayor que él, desnuda y con las nalgas ofrecidas. Imaginó que se despojaba de su cinturón y azotaba una y otra vez aquellas nalgas y no pudo evitar una erección incipiente. Como un relámpago afloraron de nuevo a su mente escenas, vividas en su infancia y pubertad.

Tenía seis años y había estado jugando en el piso superior de la casa de Pedralbes. Por algún motivo que no viene a cuento, dejó caer desde la ventana un bonito cenicero de cristal que se hizo añicos en la acera, en el momento en que su padre metía el coche en el garaje. La mala fortuna quiso que la chiquillada fuera descubierta.

_ Rafa - bramó su padre entrando en casa - espérame en el despacho.
Hasta entonces, nunca había ocurrido nada en el despacho de su padre. Rafa era el mayor y tenía seis años; el Peret era un niño de dos y la Nurieta no había nacido, de forma que la vida, al menos para él había sido de lo más normal, teniendo en cuenta siempre la dureza y distanciamiento del carácter de su padre. No sabía el niño, que D. Pere Doménech consideraba la edad de seis años como la apropiada para comenzar el adiestramiento de sus hijos y que según sus retorcidas ideas pedagógicas, la base de toda buena educación eran los azotes.

Desgraciadamente el chiquillo lo averiguó aquél día a su costa. Esperó tranquilo, sin imaginarse lo que iba a pasar. Su padre se quitó la chaqueta del traje, guardó los zapatos en el armario del vestíbulo, se calzó unas chanclas, entró en el despacho y cerró la puerta tras él.

_ Sabes que has roto un cenicero ¿No es así? - El niño asintió con la cabeza.
_ Y yo debo establecer con celeridad una clara diferencia entre las personas de mi casa que rompen cosas y aquellas otras que no las rompen, porque si hoy destrozas un cenicero y nada cambia para ti, podrías mañana arrojar por la ventana toda la cristalería, o bien podría pensar tu hermano que los ceniceros están hechos para romperse.

Rafa no entendía muy bien toda aquella perorata. Permanecía en silencio y con la cabeza baja.

_ Pero ahora - continuó su padre implacable - vas a saber que no se puede romper nada en mi casa y permanecer impune. Quítate las zapatillas y los pantalones.
Rafita no había ido aquél día al colegio, porque estaba convaleciente de unas anginas, así que todavía permanecía en pijama. No entendió bien la orden de su padre y permaneció inmóvil.

_ ¡He dicho que te quites las zapatillas y los pantalones, niño desvergonzado y desobediente!

El tono ya no admitía réplica y el mensaje llegaba con claridad a la mente de Rafa, así que se quitó las zapatillas y se bajó los pantaloncitos del pijama. Su padre se acercó a él y sin mediar palabra le estampó en la carita un sonoro bofetón a la vez que acercando su boca al oído del niño vociferó:

_ ¡¡¡ Quítate los pantalones!!! ¡¡¡ Quítate los pantalones!!! - y en tono más suave prosiguió:

_ ¿No me has oído decirte que te quites los pantalones? ¿Por qué entonces solamente te los bajas? ¡¡¡Quítatelos ahora mismo maldito gusano desobediente!!!
Las lágrimas surcaban a raudales la simpática cara de Rafita. En la mejilla derecha, donde había impactado ruidosamente la mano abierta de su padre comenzaba a aparecer una mancha colorada. Se quitó los pantalones con toda la celeridad de que fue capaz, quedando con la camisetilla del pijama y el slip. Su padre no pareció satisfecho todavía:

_ Está visto que hoy no me vas a conceder el privilegio de ver tus nalgas desnudas - Otro bofetón dado del revés en la mejilla izquierda hundió al niño en un ataque de llanto y gritos. Llamaba a su madre y a la niñera, pero nadie acudía a socorrerle, aunque sus alaridos se escuchaban en toda la casa.

_ Vamos, vamos nenita déjate de tantos aspavientos y ¡¡quítate el maldito slip!!!. ¿No entiendes que quiero ver tus nalgas, tu colita y el agujero de tu culo, enano desobediente? ¡¡¡Quítate el slip!!! ¡¡¡Ahora!!!.

Con los ojos entrecerrados en el sillón de la cámara de suboficiales, Rafa trataba de contener las lágrimas. A pesar de que habían transcurrido dieciocho años desde los hechos que recordaba tan vívidamente y a pesar de que actuaciones parecidas se habían repetido hasta que cumplió casi los dieciséis, la primera vez nunca consiguió desterrarla de la memoria. Todo un mundo de confianza, amor y seguridad se hundió entonces a su alrededor y un sentimiento de abandono e infelicidad se apoderó de él para siempre a partir de aquella aciaga mañana.

Rememoraba con toda crudeza el momento en el que se bajo el slip, quedando por primera vez desnudo de cintura para abajo delante de su padre. Le flaqueaban las piernecillas, apretaba las nalgas y alternaba la posición de las manos, a veces secándose las lágrimas y otras veces, con una reacción de pudor que ni él mismo comprendía tratando de ocultar su minúsculo pene.

Su padre le ordenó darse la vuelta y contempló embelesado el culito del niño.

_ No tienes culo para mucho, pero creo que aguantarás una docena. Ven aquí.
Pere Doménech III se había sentado en una silla y su hijo Rafa se acercó a él. Cuando pudo alcanzarle, le asió violentamente por un bracito y el niño fue tumbado boca abajo sobre las rodillas paternas sin ninguna consideración ni miramiento. Con la mano izquierda sujetaba su padre las muñecas a la espalda del chiquillo inmovilizándole las manitas a la altura de la cintura. Con su mano derecha tanteó D. Pere las nalguitas diciendo:

_ A ver, a ver lo que escondes aquí - Separaba las nalgas del niño dejando al descubierto el agujerito del culo – Vaya, vaya, parece mentira que esto llegue un día a hacerse lo suficientemente grande.

De pronto, cambió de tono y un azote resonó en el despacho.

_ No romperé nada de esta casa - bramó su padre. Otro azote y repitió la misma frase. Alternaba los manotazos entre la nalga derecha y la izquierda y cada vez que descargaba el golpe, la frase volvía a martillar en los oídos de Rafita.

El niño se debatía tratando de escapar de la garra que le aprisionaba, entre un mar de llanto y una algarabía de chillidos, llamadas a su madre y ayes dolorosos.

_ No te escapes pececillo - decía D. Pere cuando los esfuerzos de Rafa estaban a punto de dar resultado.

_ No romperé nada de esta casa - el castigo continuaba y el dolor en las nalguitas se hacía insoportable. A Rafita le dio la impresión de que llevaban azotándole media hora, pero cuando la cosa terminó sólo había recibido diez azotes.

_ Puedes vestirte y quiero verte en el comedor, con la cara lavada, sin llorar y perfectamente aseado dentro de diez minutos. En caso contrario, a los postres volveremos a hacer una visita al despacho.

Dieciocho años más tarde, en la sala de televisión de suboficiales de las Base Aérea de Villanubla, creía el sargento Doménech sentir todavía que le escocían las nalgas aunque lo que realmente le quedó dolorido para siempre después de aquella cruel experiencia fue el alma. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Cuando, después de la primera zurra recibida, administrada por su padre salió corriendo a refugiarse en brazos de Dña. Nuria se encontró con la frialdad de ésta:

_ Rafita hijo, lávate la cara, péinate y ven a comer - le dijo como si el chiquillo llegase de jugar del jardín.

De aquellas tétricas actividades no se hablaba jamás en la familia y cuando el siniestro padre decidía que alguno de sus hijos se había hecho acreedor a una azotaina, le ordenaba esperarle en el despacho. Aquella situación podía durar horas y provocaba en la criatura un sentimiento de terror consiguiéndose lo que el torturador quería: el sufrimiento empezaba por el solo hecho de pensar en que el castigo iba a llegar. D. Pere aparecía en el despacho cuando lo creía conveniente, la puerta se cerraba y a los pocos momentos se escuchaban los azotes mezclados con los gritos y el llanto del castigado o con los agudos chillidos de la Nurieta si esta era la víctima. Aunque todos en la casa sabían lo que pasaba e incluso el servicio tenía que estar enterado, cuando finalizaba el castigo las actividades habituales de la familia proseguían con la mayor naturalidad.

Mucho había sufrido Rafa con las humillaciones y correctivos a los que su padre le sometía, a veces por la más mínima falta, otras veces por puro capricho y en todo caso con una evidente desproporción entre la dureza del castigo y la gravedad del pecado. Pasaban los años y llegaba la adolescencia, sin embargo, en su mente flotó permanentemente la idea de la venganza, de que un día, de alguna forma que todavía le era desconocida, podría vengarse de su padre. Pero de pronto, todo cambió para él, porque descubrió algo que iba a marcar su vida para siempre.

Aquél día le había tocado a su hermano. Durante los postres y a pesar de estar delante la doncella, D. Pere ordenó a su hijo que pasase al despacho y le esperase allí. Rafa lo recordaba perfectamente. El Peret debía tener entonces doce años, porque él, Rafa, tenía 16. Cuando su padre ordenaba a alguien que le acompañara a su despacho, todos en la familia sabían lo que aquello significaba: una buena tanda de azotes que D. Pere Doménech repartía con profusión entre sus hijos cuando él decidía que se lo merecían. Ni la Nurieta se libraba de ellos y por lo que Rafa intuía, incluso formaban parte de los juegos sexuales de sus padres, pues en alguna ocasión había escuchado, procedente del dormitorio principal, el chasquido inconfundible de una correa cayendo reiteradamente sobre unas nalgas desnudas y los quejidos ahogados de su madre.

Hacía algunos días se habían cambiado las puertas de la vivienda, instalando otras de estilo antiguo, con cerraduras a juego. Rafa, que era muy observador había comprobado que a través del ojo de la nueva cerradura, se contemplaba la casi totalidad del despacho de su padre. Siempre había sentido el deseo de poder contemplar un castigo, cuando el castigado no fuese él y desde que descubrió que el ojo de la cerradura le permitía visualizar el lugar exacto donde los azotes tenían lugar, se hizo el propósito de espiar la próxima azotaina, independientemente de quien fuese la víctima, el Peret o a la Nurieta.

Por fin había llegado el día. Su hermano se había encaminado con lentitud y resignación a su aciago destino. El padre, fumaba tranquilamente un cigarrillo acompañado de un café, después de haber saboreado el postre y Rafa pidió permiso para levantarse de la mesa, ya que había finalizado la comida familiar. Esa era otra de las rígidas normas de conducta impuestas a su familia por el Sr. Doménech. Nadie podía abandonar la mesa sin el permiso paterno y nadie debía ingerir el primer bocado sin rezar una oración.

Con un gesto, D. Pere concedió el permiso a Rafa y este se levantó haciendo ademán de dirigirse a su cuarto. Sin embargo, permaneció apostado detrás de la gran escalinata principal de la casa.

Cuando su padre entró en el despacho y cerró la puerta, el muchacho se aproximó como una sombra y comenzó a atisbar por el ojo de la cerradura. Estaba seguro de que nadie le iba a sorprender en aquella actitud tan indecorosa, porque cuando los castigos tenían lugar, ninguno de los habitantes de la casa osaba aproximarse al despacho del Sr. Doménech, quizá porque cuanto más lejos se mantuvieran, menos oían los lastimeros quejidos de los castigados y ya se sabe que para la burguesía, lo que no se oye y no se ve, no existe.

La escena que presenció a través de su diminuta atalaya, era similar a las que él mismo había vivido en demasiadas ocasiones, pero el hecho de presenciarla desencadenó en Rafa una respuesta que apenas podía controlar. Cuando contempló a su hermano, con los pantalones y los slip a la altura de los tobillos, los brazos y la cabeza apoyados en la mesa del despacho con las largas piernas y las redondas nalgas desnudas, ofrecidas, entreabiertas, Rafa sintió un cosquilleo en su pene y comprendió que empezaba a sobrevenirle una erección.

Pero cuando su padre, provisto de un ancho cinturón de cuero comenzó a azotar aquel hermoso culo, la erección era ya manifiesta. Cada marca roja que se dibujaba sobre las nalgas del Peret aumentaba le excitación de Rafa. Cuando el castigado comenzó a mover las nalgas, tratando de escapar de los azotes, su padre le anudó cada pierna a una pata de la mesa y obligándole a doblarse sobre el tablero, ató las manos del chico con un fuerte cordel y haciendo pasar cada extremo por debajo de la mesa, los sujetó con firmeza a las patas donde ya estaban atados los tobillos de su hijo, de manera que al Peret le resultaba imposible levantarse o moverse y ni siquiera tratar de taparse las doloridas nalgas con las manos. Inmovilizado así el muchacho, volvió D. Pere a retomar la correa y continuó el castigo.

Rafa observaba todo con asombro, delectación y una erección cada vez mas manifiesta. Los contoneos que el dolor provocaba en las piernas y nalgas del Peret hicieron que su hermano no pudiera evitar comenzar una lenta masturbación. El pene se le escapaba de los pantalones, aunque no estaba precisamente demasiado bien dotado. El castigo terminó y cuando el azotado se volvió y Rafa pudo contemplar su sexo desnudo y su cara bañada por las lágrimas eyaculó, sintiendo un placer indescriptible, como nunca antes lo había sentido aunque sus masturbaciones eran frecuentes. Eyaculó, mientras mentalmente insultaba a su hermano, le amenazaba con ponerle el culo como un tomate, con arrancarle la piel a azotes, con cortarle la colita y los huevos.

Apresuradamente se retiró de su observatorio, subió a su cuarto y después de comprobar la gran mancha de semen que lucía, se cambió de pantalones y slip y trató de analizar lo que le había ocurrido.

De entrada se sintió muy asustado. Con una sobria educación religiosa totalmente acorde con la moral Católica le pareció poco menos que indignante el placer que acababa de obtener y sobre todo cómo lo había obtenido; las imágenes concretas que desencadenaron su excitación hicieron que se considerase a sí mismo como un depravado, un monstruo. De aquello no debería enterarse nadie, sería como el secreto que se mantiene sobre una enfermedad ignominiosa. Una especie de castigo divino, su cruz. Pensaba que podría llevarlo en silencio sobre su conciencia toda la vida y que nunca jamás lo volvería a repetir.

Es cierto que luchaba contra esa forma especial de entender el sexo con todas sus fuerzas, pero la realidad es muy tozuda y contra el deseo no se puede hacer nada más que tratar de satisfacerlo o reprimirlo. Si se adopta esta última determinación, la infelicidad está asegurada con el consiguiente riesgo de acabar en la consulta de un psiquiatra. Pero cuando Rafa quería excitarse de verdad, pensaba en escenas de sumisión y castigo mientras se masturbaba y cuando empezó a salir con chicas, necesitaba imaginar sus delicadas nalgas marcadas por un cinturón, o sus pechos pellizcados con crueldad pera llegar a eyacular. En más de una ocasión, se sorprendió a sí mismo en el momento del paroxismo sexual, profiriendo insultos a la chica que compartía con él esos instantes, a veces con gran escándalo por parte de ella, aunque en ocasiones le decían después que esa actitud añadía morbo al asunto. Incluso alguna le confesó que llegó a sentirse más excitada con los insultos.
Le encantaba la postura de la perrita: la mujer de rodillas sobre la cama y él ensartándola por detrás. En esta postura podía contemplar a su total satisfacción las nalgas ofrecidas de la chica, imaginándoselas coloradas como un tomate gracias a la tanda de azotes que él mismo habría descargado sobre ellas. Sin embargo, cuando en una ocasión trató de hacerlo, la muchacha escapó asustada.

Compraba a veces la revista SadoMaso, dedicada monográficamente al tema, y también alguna que otra vez volvió a espiar los castigos de su hermano y hermana. Pero a decir verdad, debemos consignar que todas estas actividades le producían un gran sentimiento de culpa, de manera que como la culpa es algo que nadie quiere tener en casa, decidió que, para su desgracia, estaba marcado con la herencia de su padre. A esas alturas, Rafa comprendía perfectamente que el gusto del Sr. Doménech, por los castigos, vejaciones y azotes a sus hijos tenía un fuerte componente sexual, máxime cuando por el indiscreto ojo de la cerradura había observado con frecuencia el sospechoso bulto que aparecía en la bragueta de su padre mientras aplicaba unos correazos a su hermano o a la Nurieta. La constatación de que él había heredado la necesidad de infligir castigos y humillaciones a otros para obtener la excitación y satisfacción sexual plena, provocó en Rafa que se disparase de forma alarmante el odio que ya profesaba hacia la figura paterna desde la primera vez que le propinó una azotaina, cuando Rafita tenía seis años.

La imagen de su padre obscenamente excitado, observándole las nalgas con fruición, mientras le azotaba humillado y desnudo, le parecía totalmente repulsiva. Al hacerse repentinamente consciente de sus propias fantasías, comprendió que los frecuentes castigos paternos no eran una forma equivocada de educar, si no que constituían el mecanismo mediante el cual el Sr. Doménech conseguía su excitación sexual, utilizando a sus propios hijos como víctimas.

Pero a pesar de eso, de su lucha, de la continua negación de su sexualidad, las fantasías seguían estando ahí, persiguiéndole, llenando sus sueños por la noche y despertando su deseo durante cualquier tipo de acto sexual. Las reprimía, procuraba controlarlas y esconderlas en lo más profundo de su conciencia, pero esa excitación que le producía la mezcla de dolor y deseo se negaba a abandonarle totalmente.
Frecuentemente pensaba en lo que su madre habría podido sufrir en la soledad del dormitorio. Entonces decidió que su estirpe estaba maldita, poseída por una extraña compulsión y renegó mil veces de su progenitor, de su apellido y de su familia. Dña. Nuria tampoco se libraba de los sentimientos negativos que despertaba en su hijo, pues pensaba Rafa que peca el que mal actúa pero también el que conociendo el delito calla, consintiendo implícitamente el daño con su cobarde silencio. El odio hacía su padre le rezumaba por cada poro de su morena piel y se adivinaba en cada rencorosa mirada que le dirigía. En todos sus pensamientos anidaba un deseo de vengar las afrentas que D. Pere le había infligido, tanto a él como a sus hermanos; de librarse a sí mismo del infamante baldón que pensaba que había heredado de su padre y en cada palabra que cruzaba con su progenitor dejaba traslucir el desprecio y el odio.
Al principio, esta actitud lo único que le deparó fue una mayor profusión y dureza en los castigos, pero cuando se acercaba a los dieciocho años, el Sr. Doménech, simplemente se desentendió de él, como si no existiera, adoptando el mismo comportamiento que si tuviera solamente dos hijos. Quizá ello fuera debido a que el cuerpo de un hombre ya no representaba para él un objeto sexual apetecible, o quizá también el temor de que el enorme y fuerte muchachote pudiera muy bien hacerle frente un día. El caso es que transcurrieron unos años durante los cuales Rafa se sintió huérfano. Desde su primer castigo cuando corrió a refugiarse en los brazos de mamá y se encontró son su frialdad y distanciamiento, había renunciado voluntariamente a recibir el cariño y los cuidados de su madre y aunque durante todos esos años la relación con su padre había sido casi exclusivamente la de recibir y soportar azotes y vejaciones, al menos, de alguna forma extraña, el chico sentía que alguien se ocupaba de él. Dicen los que han sido torturados que llega un momento, después de muchos meses de malos tratos en que lo peor de todo lo que le puede ocurrir a la víctima es que el verdugo, el torturador, no se ocupe de ella como solía. Permanecer un día tras otro en la quietud y oscuridad de la celda, sin nadie que te dirija una palabra incluso un insulto. Sin sentir una mano humana aunque sea para maltratarte. Entonces es cuando se abate sobre el preso el más desolador sentimiento de desamparo y abandono.

Algo de eso fue, salvando las distancias, lo que sintió Rafael Doménech cuando su padre dejó de ocuparse por completo de él. Lo siguiente que le dijo, pasados ya casi cuatro años es que si no aprobaba las oposiciones para ingresar en el Ejército correría la misma suerte que sus hermanos, viéndose obligado a abandonar para siempre la casa paterna. Pero Rafa sabía muy bien que en cuatro años su padre jamás había preguntado por él, nunca había mostrado la menor inquietud por saber dónde estaba y qué hacía, si venía o no a cenar, si vivía o moría.

Ignoraba el sargento Doménech cuánto tiempo había transcurrido sumido en estas meditaciones, pero la sala de televisión comenzó a llenarse de gente. Parecía que la partida de mus había terminado y el personal de guardia acudía a distraerse contemplando cualquier infame programa televisivo. Rafa echó un nuevo vistazo al inquietante anuncio:

SVA - 13.561 “No me importa tu sexo ni tu edad, ni si sois pareja o matrimonio o un par de amigos/as. Solamente busco alguien que me ayude a someter a mi sumisa, que me ayude a dominarla, a hacerla sentir que ella no es ella, que me pertenece. Admite muchos castigos: lluvia dorada, enemas, azotes, servidumbre. Ambos somos universitarios, cultos, agradables y educados. 39 y 34 años viviendo en pareja. Exclusivamente VALLADOLID.”

Escondió discretamente la revista debajo de la chaqueta y abandonó en silencio la sala de televisión. Ni saludó ni se despidió de nadie, pero sus compañeros ya estaban acostumbrados a su huraño comportamiento. Iba a tratar de liberar sus demonios interiores, dando rienda suelta a todas sus fantasías y deseos tanto tiempo ocultos y reprimidos. A partir de aquél preciso momento se produjo en el Sargento Doménech una aceptación de su yo, de su propio ser y de su manera de entender la sexualidad. Había dejado de luchar y recordando los versos del Tenorio

“Clamé al cielo y no me oyó
y pues sus puertas me cierra
de mis pasos por la tierra
responda el cielo y no yo”

E imaginándose las nalgas de la anunciante ofrecidas y azotadas por él, después de masturbarse a conciencia se dispuso, con la mayor premura, a responder al impactante anuncio.

viernes, 2 de octubre de 2009

VII ESTER



Este local estaba entonces de moda, dentro de un determinado público. Solía decirse que al 7/7 acudían las separadas, divorciadas, viudas y malcasadas de la ciudad, con fama o condición reconocida de livianas; pero a Marcos, era ese precisamente el tipo de señoras que le atraía, porque de estas mujeres podía demandar con mayor facilidad una relación sexual que si se dirigiera a locales frecuentados por chicas más jóvenes, en dónde, para tener éxito, tendría que pasear con ellas, invitarlas, decirles que las quería y en definitiva, perder mucho tiempo, habida cuenta de que Marcos no se acercaba al sexo opuesto salvo cuando la necesidad de satisfacer su deseo era perentoria. En modo alguno entraba en sus planes establecer una relación afectiva perdurable, una amistad o simplemente una comunicación. Lo ideal para él sería llegar a una discoteca, o a algún lugar en donde hubiese mujeres y sin necesidad incluso de hablar, bailar o tomar una copa, ir requiriéndolas una a una para tener una relación sexual inmediata, hasta llegar a contactar con alguna que aceptase. Esa forma de ser, o de pensar le convertía en un perfecto cliente, potencial y efectivo, de las muchas mancebías y casas de lenocinio que había en Valladolid, como las hay en el resto del mundo; porque es bien sabido lo que dice el refrán: “Donde hay tejas, hay putas”

El único motivo por el que solía intentar primero el ligue, ya fuera en el 7/7 o en algún otro local de similar pelaje, era la perspectiva de afrontar un reto. Su estricto sentido de la competitividad, rayando casi con lo patológico, le impulsaba a pensar que bien merecía la pena pagar unos duros por la entrada a la discoteca, si a cambio se le ofrecía la posibilidad de alzarse con el triunfo que representaba ser más habilidoso que cualquier otro de los clientes para abandonar el local emparejado; podría entonces incluso follar dos docenas de veces, antes de que la chica se percatase de que sus intenciones no iban más allá del sexo y le mandase a paseo. El caso es que generalmente tenía éxito, porque un físico apuesto le acompañaba y también ayudaba mucho la ostentación que hacía de coche caro, saneada economía y buenas maneras. Simpático cuando quería, buen conversador, extraordinariamente culto y educado, hasta el profundo acento gallego que todavía conservaba e incluso cultivaba en ocasiones, resultaba atractivo para las vallisoletanas. Porque es bien sabido que las personas, para esto de las relaciones, solemos sobrevalorar lo diferente: a las suecas les gustan los latinos o los mulatos y a estos les gustan las rubias; a los oriundos les gustan las forasteras; a las bajas, los altos y siempre, siempre, a las pobres los ricos.

El establecimiento era una típica discoteca fundada en los setenta con la pretensión de ofrecer un lugar de baile, diversión y esparcimiento para un público maduro, ya que lo que predominaba en Valladolid, como creemos que sucedía y aun sucede en muchas partes, eran espacios destinados a adolescentes y veinteañeros; pero la ciudad adolecía de establecimientos pensados para personas de una edad un poco mayor. Se accedía al local bajando unas escaleras. Decoración en rojo con pista de baile central rodeada de una veintena de mesas. Barra a la derecha entrando y servicios al fondo. Música de los sesenta y setenta, adecuada a la edad de las personas que frecuentaban el lugar, que rondaba los treinta y cinco. Ginebra, güisqui y ron de garrafa. Era voz común que a partir de las cuatro de la mañana, solían acudir allí las prostitutas que terminaban el trabajo a tomarse una penúltima copa, aunque Marcos no lo hubiera podido atestiguar porque jamás fue trasnochador y nunca había permanecido en el local hasta tan tarde. Su estrategia venatoria era siempre la misma. Acodado en la barra, pedía una cerveza mientras escrutaba con detenimiento al público femenino del local. Este público, curtido en similares ojeos, generalmente solía darse cuenta de la entrada de un apetecible espécimen de macho y mientras el cazador observaba a la presa de frente, ella, con el rabillo del ojo, le devolvía disimuladamente la mirada. Aquél día, quizá porque aún no eran las diez de la noche, había muy poca gente y entre las féminas, ninguna bajaba de los cuarenta, a pesar de que todas trataban de disimularlo, con más o menos éxito, a base de vestimentas juveniles y diversos tipos de afeites. Pero esa era, precisamente, la edad que Marcos consideraba como límite máximo tolerable para que una mujer le resultase apetecible, por lo tanto, la práctica totalidad de la clientela femenina del local quedaba aquél día fuera de su rececho. Decidió tomarse la cerveza con parsimonia, para tratar de descubrir a alguna susceptible de interesarle y a la vez dar tiempo a que llegase más público, pero enseguida tuvo la sensación de que aquella noche acabaría en algún otro lugar menos respetable que el 7/7, porque la jornada no estaba nada animada. Al fin y al cabo, era jueves. El personal estaba cansado después de una jornada laboral y tenía que trabajar al día siguiente.

En estas averiguaciones consigo mismo estaba nuestro amigo, cuando la vio bajando las escaleras de acceso al establecimiento, e inmediatamente decidió que aquella mujer era el objeto ideal para su reto de esa noche. Vestida informalmente con un ajustado pantalón vaquero azul y una fina camiseta blanca, Marcos pudo comprobar lo agraciado de su cuerpo cuando se despojó con soltura del chaquetón de piel que la cubría, entregándoselo a la señora del guardarropa. Mediría un metro sesenta y cinco, o quizá algo más, aunque subida sobre sus zapatos de ajustado tacón se elevaba, a no dudar, por encima del uno setenta. Una melena negra, suavemente ondulada y corta, enmarcaba su cara, exquisita, con belleza clásica de diosa griega. Rondaría los veinticinco años, aunque como para esto de calcular la edad por la apariencia se reconocía Marcos bastante incompetente, no quiso establecer un juicio definitivo, pues era posible que pudiese cometer un error intolerable. La bella se aproximó a la barra y pidió una tónica con ginebra. Aquél era el momento:

_ Oye perdona -se le acercó Marcos- me he fijado en ti cuando has entrado y no me queda más remedio que decirte que eres una de las chicas más preciosas que he visto en mi vida. Espero que no te moleste que te lo diga, pero es que si me lo callo reviento.

Había llegado a seleccionar aquella perorata entre otras muchas, después de que, empleando durante varios años el método de ensayo y error, los resultados le confirmaran que era la entrada más brillante y la que comúnmente solía ofrecer mejores resultados. Su experiencia le certificaba que, además de ser ese el sistema óptimo de abordar a una mujer, aquella resultaba la frase más adecuada para hacerlo y era imprescindible recitarla para que sus posibilidades de obtener resultados satisfactorios aumentasen. Definitivamente se tomaba el asunto como una cacería más, cambiando de coto, de presa y de arma, pero siguiendo, punto por punto, la conducta que su propia experiencia refrendaba como la más adecuada para cobrar tamaña pieza. La chica le miró y dijo:

_ Gracias, eres muy amable y creo que a nadie le molesta que le digan piropos con clase y con elegancia.

En aquél momento a Marcos se le pasó por la cabeza la imagen de la mujer que tenía delante desnuda, pero inmediatamente retornó a la realidad. La primera fase había salido bien, la liebre estaba al descubierto y confiada. No era cuestión de arriesgarse con extrañas maniobras. Había que continuar, conforme a las leyes no escritas de este tipo de jornadas venatorias; no escritas, pero conocidas perfectamente por el apuesto letrado.

_ Es que hay veces que sientes cosas que no te queda más remedio que decir, o sea, que la emoción es tan grande que te hace decir algo. Como cuando ves un paisaje muy bonito y aunque sea dices “Hostia” o “Joder”, pero no puedes quedarte callado. Así me ha pasado a mí cuando te he visto.

_ Bueno hombre. No creo yo que la cosa sea para tanto -los carnosos labios de la chica sonreían y los enormes ojos negros, denotaban satisfacción mientras persistentemente examinaban, muy por lo menudo, a su interlocutor.

_ Creo que soy una chica del montón, como otra cualquiera. Las hay mucho mejores que yo.

_ Depende de para quién. Oye, yo no voy a discutir que a lo mejor hay algún subnormal al que no le gustas -nueva y amplia sonrisa de la chica- pero yo te digo simplemente lo que me ha parecido a mí. Bueno... siento haberte abordado así. Supongo que estarás esperando a alguien y a esa persona no le gustaría verte hablando conmigo cuando llegue. ¡Qué suerte tienen algunos!

El plan entraba en la segunda fase: averiguar si estaba sola.

_ No he quedado con nadie. He venido aquí simplemente a tomar una copa, porque era demasiado pronto para volver a casa.

A él se le iluminó la vista, como le ocurría cuando una perdiz, descolgada de una ladera, entraba en su campo de tiro. Después de todo parecía que la noche se iba componiendo. Se allegó un poco más a la muchacha para poder contemplarla con esmero. La melena negra enmarcaba una cara morena, donde destacaban extraordinariamente unos enormes, profundos y expresivos ojos del color del carbón, brillantes y con un atisbo de melancolía. Los labios carnosos dejaban ver, cuando sonreía, unos dientes blanquísimos, de suerte que si no fuera por la nariz recta, podría incluso pasar por mulata, o al menos cuarterona. La camiseta blanca, ajustada al talle, dibujaba unos pechos que parecían de proporciones adecuadas, aunque Marcos no podía colegir bien su forma o tamaño, debido a que estaban protegidos por un sujetador. Además, la ropa ajustada, permitía comprobar la ausencia de sobrepeso y la bella proporción de las formas del cuerpo. El hombre maldijo mil veces la moda de los pantalones que impedían observar las piernas de las muchachas. Sin embargo pudo constatar que las caderas eran amplias y debido a la extraordinaria estrechez de los vaqueros, la forma de las nalgas se adivinaba perfectamente. Imaginar unas nalgas, para él, era asociarlas a azotes. Trató de borrar de su mente inmediatamente esos turbadores pensamientos y se percató de que la chica exhalaba un perfume que le era esencialmente grato: Eau de Rochas.

_ No me puedo creer que una preciosidad como tu esté sola -siguió adulando Marcos- ¿Es que no tienen ojos los vallisoletanos?

_ Oye, tú no eres de aquí ¿no? Lo digo por el habla.
Ese era el momento que Marcos estaba esperando, el instante preciso en que es menester apretar el gatillo sin vacilación, disparando al menos uno de los cartuchos de la paralela y reservando el segundo por si el primero no resultase suficiente.

_ No -dijo- soy de Galicia.

Y mientras decía esto echó mano a la cartera y sacó de ella cuidadosamente una tarjeta que entregó a la chica. Esta leyó con curiosidad: “Marcos Laxe Ameneiros. Abogado.”

“Un abogado” pensó ella, “al final siempre acabamos necesitando médicos y abogados, aunque hablemos tan mal de ellos”.

_ Yo no tengo tarjetas aquí, pero te puedo decir que me llamo Ester Bueno y soy ATS. Trabajo en el Hospital Clínico y soy de un pueblo de la provincia.

_ Bueno Ester, pues encantado de conocerte. Todo el mundo me llama Marcos. -Sin permitir que la mujer reaccionara, le plantó un par de besos en las mejillas.- ¿Nos sentamos? -preguntó cogiendo el vaso de la chica y el suyo propio y dirigiéndose resueltamente hacia una de las mesas que rodeaban la pista de baile.

En lo concerniente a las mujeres, Marcos se desenvolvía con una gran seguridad. No era esta una actitud fingida, porque para ello no tenía que esforzarse o desvirtuar su propia forma de ser, sino que verdaderamente se sentía seguro de sí mismo cuando se relacionaba con el sexo femenino. En el primer encuentro, cuando sus pretensiones no iban más allá de iniciar un acercamiento, ya trataba de imponer condiciones o puntos de vista, exhibiendo una auto-confianza y un aplomo que en él casi podíamos decir que eran congénitos en lo concerniente a las relaciones con los demás. Con sus compañeros de trabajo, con extraños e incluso con sus superiores se mostraba hablador cuando le interesaba y su amplísima cultura le permitía ser hábil dialécticamente, haciendo gala de extraordinarias dotes de persuasión, reforzado todo ello por la capacidad para cautivar y conservar la atención. Pero especialmente con las mujeres derrochaba una gran seguridad apareciendo siempre ante ellas locuaz y campechano. El motivo era invariablemente el mismo: al letrado le interesaban exclusivamente las mujeres que mostrasen ser intelectualmente inferiores o afectivamente dependientes, porque aunque le complacía que la chica aportase a la relación una economía saneada o un salario suficiente, en absoluto mostraba en aquél tiempo el menor interés sexual por alguna que revelase una excesiva seguridad en sí misma, o que, a su juicio, fuese más culta o inteligente que él, pues pensaba que ese arquetipo de mujeres era incompatible, sin lugar a dudas, con el tipo de actividades que el letrado tenía intención de llevar a cabo con ellas. Y por entonces esa opinión la asumía todavía como verdad revelada, aunque no le quedó más remedio que corregirla cuando el tiempo y la experiencia le demostraron que no era cierta. Por eso, porque huía de ese tipo de mujer independiente afectivamente, segura de sí misma, culta y autosuficiente, le resultaba fácil moverse en un plano de superioridad con las demás, que eran las únicas que le interesaban sexualmente, lo cual hacía que por unos momentos sus sentimientos de autoestima y exceso de confianza se magnificasen hasta extremos impensables, surgiendo entonces la auténtica personalidad, el verdadero ego de Marcos.

Por eso, con gran aplomo, había cogido los vasos de los dos y se había dirigido hacía una mesa vacía. A Ester apenas le dio otra opción que la de seguirle, de suerte que repentinamente se encontró sentada con un desconocido conversando tranquilamente.

Los concienzudos estudios que Marcos había realizado sobre la mejor manera de llevar a cabo un primer acercamiento a una mujer para que no resultase infructuoso, le aconsejaban continuar hablando sin pausa, pero evitando en todo momento echar mano de lugares comunes como aquello de “¿Estudias o trabajas?” o “¿Vienes mucho por aquí?” y frases similares. Tampoco era interesante permitir que la conversación degenerara hacia temas banales como el tiempo o el tráfico. Lo que verdaderamente daba por lo general excelentes resultados, era mostrarse fascinado por la vida, el trabajo o las circunstancias personales de la chica en cuestión, interesándose por ella como si ninguna otra cosa existiese en el mundo. Sin llegar a ser nunca inquisitivo o excesivamente curioso, era preciso manifestar admiración hacia todas las cualidades o vivencias de la posible presa, siempre con el mayor comedimiento y discreción y dentro de una cierta sindéresis. Si una chica te dice, por ejemplo, “Pues a mí me gusta mucho dormir” está totalmente desaconsejado, si lo que se pretende es concluir la noche con su cuerpo a tu disposición, hacerle ninguna observación impertinente acerca de lo holgazana que puede llegar a ser; antes bien: se debe manifestar una profunda admiración y sana envidia por la suerte que tiene de poder dormir largas horas a pierna suelta, indicando de paso que eso es síntoma de una conciencia tranquila y que en el buen descanso está la base de la buena salud.
Él sabía por experiencia que las mujeres suelen valorar mucho, al menos subconscientemente, el interés que un hombre atractivo, elegante, culto y de buenas prendas pueda mostrar por ellas, por su vida, su trabajo y sus preocupaciones. Está claro que esa satisfacción por el hecho de que alguien se preocupe por uno se hace extensiva a cualquier persona, porque no es un sentimiento exclusivo del sexo femenino. A los hombres también les complace suscitar interés, pero esto a Marcos no le importaba, porque si alguien comenzara a hacerle a él preguntas sobre su vida o sus ocupaciones, inmediatamente levantaría la barrera protectora de la desconfianza y tacharía al curioso de impertinente, deduciendo invariablemente que algo perverso vendría buscando. Sin embargo, la táctica de mostrarse interesado en la vida y milagros de la chica que acababa de conocer, le daba normalmente excelentes resultados. Le parecía, como así era en efecto, que era capaz de manipularlas, y eso le hacía sentirse superior a ellas pues pensaba que bastaban media docena de frases adecuadas, dichas en el tono correcto y en el momento conveniente para que una chica hiciera, más o menos, lo que a él le apetecía. No podemos dejar de reconocer que en cierto modo era así, pero sin embargo debemos manifestar que si Marcos no luciera un estupendo físico, una saneada situación económica y una vasta cultura acompañada de exquisita educación y buenos modales, las cosas no hubieran sido siempre tan sencillas para él con las mujeres. En Valladolid, a aquellas alturas, el apellido Laxe ya significaba algo, al menos en el mundo del foro, por eso, cuando ofrecía su tarjeta inmediatamente después de intercambiar tres frases con una desconocida, lo hacía para que la posible presa que ya había sido descubierta en el rececho, pudiera comprobar que estaba hablando con una persona relativamente influyente, de saneada economía, y de prometedor futuro. Así, en cinco minutos, la mujer abordada sabía que Marcos estaba bien físicamente, porque saltaba a la vista, que tenía una profesión solvente y bien pagada, que su trabajo comportaba un reconocimiento social y por si fuera poco, el hombre era inteligente y parecía simpático y educado. La red, sutil y atractiva se había tendido y en la conversación subsiguiente era necesario simplemente, dejar que el pececillo entrase en ella. Marcos Laxe, era un experto en estas cosas.

Sobre la base de todas estas pautas de comportamiento se desarrolló la charla que tuvo lugar cuando ambos se sentaron a la mesa. Marcos se interesó muchísimo por el trabajo de ella y Ester se explayó contándole la responsabilidad y la exigencia de una enfermera que lleva a cabo sus funciones en la UCI. Él se mostró maravillado por su labor y dedicación haciéndole notar lo meritorio y difícil de su trabajo. A continuación se tocó el tema del lugar de nacimiento, ya que Ester se mostraba fascinada con el acento gallego de Marcos e inquirió al letrado sobre la cuestión. Al poco, convirtiéndose el interrogado en interrogador, se enteró Marcos de donde había nacido ella y no dejó pasar la oportunidad para un halago, manifestando la suerte que ambos tenían por haberse criado en un pueblo y además aseguró haber leído en alguna parte, que los niños que se crían en contacto estrecho con la naturaleza son más sanos, no solo físicamente sino psicológicamente.

Cuando sonó una lenta, Marcos la invitó a bailar.

Se consagró a abrazarla con consistencia y delicadeza por la cintura, bajando de vez en cuando sus manos, como al descuido, para acariciar las dulces nalgas femeninas, aunque teniendo cuidado de no ejercer demasiada presión para impedir ser tachado de soez, pero si la suficiente como para que Ester notase su cuerpo, cargado de deseo, muy pegado al de ella. Mientras tanto, a media voz, vertía en su oído sutilmente toda la letanía de palabras amables, requiebros y halagos que tenía guardados en la memoria. Aquellas frases ejercían en el espíritu de la mujer el efecto de una droga: iban ganando su confianza, se sentía cada vez más valorada y los pocos recelos que podría haber albergado hacia aquél hombre desconocido se esfumaban con rapidez. Todo ello la impulsaba a apretujar aun más estrechamente su cuerpo contra el de Marcos, de suerte que casi sin percatarse, se encontró besándole con entrega y con gusto, sintiendo como la lengua vigorosa entraba en su boca, la recorría, la poseía; experimentaba escalofríos cuando apreciaba los dientes de aquél hombre mordisqueando con suavidad sus labios o su cuello mientras las fuertes manos masculinas abrazaban estrechamente su cintura impidiendo que su cuerpo, ya tan predispuesto, se separara ni siquiera un milímetro del de él. La verdad es que Ester estaba aquél día más inclinada a la aventura que de costumbre, porque además de haber bebido cuatro vinos y una ginebra con tónica, sentía la necesidad de pasar página apresuradamente sobre el último y lamentable capítulo de su vida.

Para Marcos aquello iba viento en popa y albergaba la esperanza de alcanzar buen puerto cuanto antes. Siguieron bailando hasta que volvió a sonar una canción con ritmo demasiado rápido. Entonces, tomándola del hombro, volvieron a la mesa, aunque esta vez Marcos ya no se sentó frente a ella, si no a su lado, para poder continuar el acecho conforme a las normas: pasando un brazo sobre sus hombros y alternando las dulces palabras con los suaves besos en el cuello. Observaba a la mujer cada vez más entregada y decidió dar el último paso.

_ ¿Quieres que nos vayamos a otro sitio? -Aquella era la prueba definitiva, el sí o el no. Había disparado el segundo cartucho de su Sarasqueta y en la respuesta de ella estaba el reconocimiento del éxito o el fracaso de la cacería, de toda la actividad de incitación premeditada que había puesto en escena desde que la vio descender, tan seductoramente, las escaleras del 7/7.

_ ¿Qué hora es? -preguntó a su vez Ester consultando su reloj- Jo tío, son las once y yo tengo que madrugar mañana, entro a currar a las ocho. Sí que me gustaría irme contigo, pero es que hoy no puedo.

Marcos blasfemó con el pensamiento. El segundo tiro había fallado y la liebre, aunque herida, huía a esconderse en el arcabuco. Sin embargo, galantemente, dijo:

_ No te preocupes, el hecho de haberte conocido ya es bastante premio por hoy, no se puede ser avaricioso. Además supongo que tendrás novio, marido o algo así y vengo yo aquí a comprometerte el primer día.

_ A mi nadie me compromete. Me comprometo yo sola cuando me da la gana y de verdad que me gustaría irme contigo pero hoy no puedo. No vine aquí pensando en ligar, lo que pasa es que apareciste tú y me caes muy bien. Mañana, si quieres, quedamos ¿Vale? Porque yo no curro.

_ Por mi encantado -se consoló Marcos- dime a qué hora y te iré a buscar... A propósito: ¿tienes o no tienes novio o marido? Como comprenderás, estoy muy interesado por ti, me gustas mucho y quiero saber en dónde me meto.

A Marcos se le daba un ardite la posible pareja de la chica porque lo único que objetivamente pretendía era que, durante un par de meses, se abriera bien de piernas para él. Los sucesivos fracasos experimentados a lo largo de tantos años le habían conducido a aquella triste conclusión. Aceptaba de antemano que sus relaciones con el sexo débil no podían durar más de ocho o diez semanas porque indefectiblemente eso era lo que ocurría: en el momento en que el letrado exponía con claridad suficiente sus pretensiones, la mujer comenzaba a mostrarse reticente y a iniciar una retirada, tan rápida a veces, que casi se le podría llamar, de forma más tajante, una huída. Excepción hecha de una muchacha hacía muchos años, pues logró despertar en ella tal necesidad afectiva hacia él que la llevó a condescender en muchas de las demandas del letrado. Incluso aguantó, solamente por complacerle, un par de sesiones de azotes, no demasiado fuertes desde luego; pero la cosa explotó el día que intentó atarla. A partir de entonces no volvió a saber más de ella.
Por todas esas experiencias negativas que le habían llevado casi a admitir con estoicismo que lo que él buscaba no existía realmente, asumía que lo único que podía conseguir de las mujeres era un par de meses de sexo, además del placer que en sí mismo le proporcionaba el simple hecho de afrontar el reto de la conquista.
A esta vallisoletana que acababa de conocer no podía decirle todavía sus pretensiones, porque el acecho siempre hay que hacerlo en silencio y con el viento de cara para no espantar a las presas. Eso se llevaría a cabo, según el plan que la experiencia le había hecho establecer, cuando hubiera indicios suficientes de que la mujer estaba, como suele decirse, coladita por él. De momento tenía que simular un enorme interés en saber si existía o no otro hombre.

_ Había una especie de novio -concedió Ester- pero en la actualidad no hay nadie. Ya te lo contaré con más detalle. Yo es que ahora tengo que irme.

_ ¿Tienes coche? -Marcos al enterarse de que la chica había venido andando se ofreció solícito a llevarla a casa. Era la oportunidad para lucir su vehículo, porque aunque los dos tiros habían fallado, el letrado era consciente de que existían todavía recursos suficientes como para no perder la pista de la presa. Sabía que era necesario que ella se enterase del coche que tenía. En efecto: el Alpine produjo en Ester la consecuencia deseada. El letrado se entretuvo en explicarle cómo funcionaba el ordenador de a bordo, la potencia que tenía, lo que gastaba, por supuesto le dijo lo que le había costado y puso a sonar el magnífico equipo estéreo Pioneer que había hecho instalar en el vehículo. Ester, que en lo referente a la tecnología estaba aún en fase de sacudirse los terrones, se sentía maravillada por todo e iba entrando más y más en la red que el hombre tendía arteramente a su alrededor.

Haciendo ella de copiloto, llegaron a una calle situada en el barrio de Las Batallas y cuando doblaron una esquina la muchacha le indicó un edificio pidiéndole que detuviese el coche. El hombre pudo leer “Calle de Sagunto” en un cartel metálico con letras blancas sobre fondo azul fijado en una fachada. El besuqueo de despedida fue arrebatador. Marcos acarició con suavidad los pechos de la muchacha y pudo comprobar que ella entreabría la boca y movía ligeramente las aletas de la nariz en un gesto inequívoco de deseo anhelante. Quedaron en que él la vendría a buscar al día siguiente a las nueve para ir a cenar.

“Ahora sí que tengo que ir a echar un polvo” pensó Marcos “esta hija de puta me ha puesto a cien”. Llegar al lupanar le costó dar varias vueltas con el coche, pero al fin, por tres mil pesetas, consiguió el desahogo que estaba necesitando. Reconfortado con un bocadillo de calamares y una caña en un pequeño bar cerca de la Antigua, regresó a su casa y se metió en la cama.

Al día siguiente, por fin era viernes. Siempre que la veda estaba abierta, los fines de semana cambiaba el birrete y la toga por la escopeta y el morral. El sábado, a la salida del sol, ya se encontraba en el cazadero, provisto de los pertrechos necesarios y acompañado habitualmente por Goyo y alguno de sus perros, dispuesto a disfrutar apasionadamente, pues el simple hecho de pensar en salir al campo ya era motivo suficiente de esparcimiento para él. Pero cuando la veda le impedía dedicarse a su pasatiempo favorito, los fines de semana le dejaban frío, porque casi prefería estar entretenido en el despacho que no saber cómo gastar el tiempo libre, pues a pesar de que invertía muchas horas en la lectura y en el cine, son estas actividades solitarias que se realizan envueltas en silencio y aunque él no era consciente, estaba necesitando compañía. Al fin y al cabo, a pesar de sus peculiaridades era un ser humano. Por eso la caza le complacía tanto: iba aparejada a la conversación con Goyo, la comida en familia y la larga tertulia en la cantina del pueblo. Hasta tal punto se aburría los sábados y domingos en que no podía descolgar la escopeta, que solía incluso cambiar los turnos de oficio con los compañeros, de modo que no tuviera nunca que enfrentarse a un largo fin de semana de soledad, inactividad y tedio. Pera ahora el asunto prometía ser diferente, porque estaba verdaderamente excitado y anhelante con la posibilidad de probar por fin a su nueva conquista. Ignoraba por qué pero le parecía que aquella mujer podría ser lo que andaba buscando o al menos podría aportarle motivos de satisfacción durante algunos meses. Sea como fuere, parecía que le había entrado por el ojo derecho.

Almorzó fuera, como cotidianamente hacía, en un restaurante cercano y familiar situado en las proximidades del edificio donde tenía el bufete. Normalmente, salvo que asuntos de trascendental importancia requiriesen su atención, los viernes no regresaba al despacho después de comer y aquél día en concreto, tras la siesta y el gimnasio, se duchó y aseó a conciencia. Inmaculadamente vestido con pantalón y camisa a juego, cazadora Burberrys y Castellanos, se roció con una buena dosis de Paco Rabanne y a bordo de su espectacular vehículo se dirigió a la cita. Por la mañana había tenido la precaución de ordenar un profundo lavado y encerado del coche en el taller acostumbrado, de suerte que el blanco de la carrocería brillaba como si lo hubieran lustrado. Ya sabemos que todos estos preámbulos a un encuentro sugestivo, son comunes a la mayoría de los mortales, porque el efecto que se procura es agradar a la otra persona para influir positivamente en ella y de esa forma consolidar la relación. Cuando alguien nos interesa solemos mostrarle la parte de nosotros que quiere ver, disimulando todo aquello que sabemos o intuimos que le desagrada. Este comportamiento en general es válido para toda clase de relaciones humanas, desde una entrevista para conseguir trabajo, pasando por una reunión de negocios o una cita amorosa y tanto los hombres como las mujeres acatan, aun sin ser conscientes, esta regla. El caso de Marcos no era una excepción, con la salvedad de que él sabía perfectamente que las cosas funcionaban así y actuaba de aquella manera no tanto para robustecer la relación, como para conseguir, cuanto antes, una gratificante ración de sexo, pues a priori y considerando sus múltiples y fracasadas experiencias, era todo lo que pensaba obtener de una mujer.

Realmente aquella chica vivía en un barrio periférico y aunque después de tantos años Marcos conocía la ciudad al dedillo, le costó dar muchas vueltas por callejas estrechas y complicadas antes de llegar. Al fin reconoció el lugar. Paró en doble fila, dejando encendidas las luces de emergencia, se apoyó displicentemente en la aleta del Alpine y se dispuso a esperar. Inmediatamente cayó en la cuenta de que en aquél suburbio no debía ser frecuente la vista de un hombre apuesto elegantemente vestido al lado de un coche de lujo, porque la gente, sobre todo las mujeres, le miraban y algunas casi con descaro.

No tuvo que aguardar mucho. Se abrió la puerta del portal y surgió Ester, vestida con un traje de chaqueta, medias y botines, llevando bajo el brazo el chaquetón de piel de la noche anterior y enganchado al hombro, un pequeño bolso negro. La falda, bastante corta aunque no escandalosa, dejaba ver, por fin, unas preciosas piernas rectas y torneadas. “Está de puta madre” pensó Marcos, “mucho mejor que ayer.” Se acercó a ella y la saludó con un suave beso en cada mejilla. Galantemente le abrió la portezuela derecha del vehículo para que ella se sentase, pues sabía que aquellos detalles que antaño no se valoraban por habituales en los caballeros, ahora eran estimados en gran medida por las mujeres, que a pesar del feminismo, siempre gustarán de esas atenciones. Dando la vuelta por detrás del vehículo él ocupó el puesto del conductor.

_ Si ayer me parecías la chica más guapa que había visto en mi vida hoy ya no sé qué decir, porque estás preciosa, increíble. Te sienta mucho mejor la falda que el pantalón.


Ester se creyó obligada a dar las gracias mientras se sonrojaba ligeramente al ser consciente de que su cuerpo estaba siendo examinado. Tampoco a ella se le había escapado que Marcos estaba radiante, pero no se le ocurrió decir nada; su inconsciente colectivo, forjado tras generaciones de patriarcado, le impedía piropear a un hombre, aunque no se privó de escudriñarle detenidamente con el rabillo del ojo mientras él conducía. “Vamos a cenar ¿te parece?” Y Ester se dejaba llevar a través de las calles de Valladolid, sentada en el impresionante deportivo, conducido por aquél hombretón gallego, igualmente magnífico.

El artificioso letrado había tomado la determinación de llevar a su nueva conquista a uno de los restaurantes verdaderamente exclusivos de Valladolid, un lugar de esos en los que abonar la cuenta constituye en sí mismo un dispendio. No dudaba de que aquello propiciaría una actitud muy favorable en la chica, tornándola más propincua a consentir en las intenciones del astuto abogado. Además, a él personalmente le gustaba el sitio, le trataban con familiaridad como a cliente habitual y al estar cerca de la Plaza Mayor, le ofrecía la posibilidad de estacionar el vehículo sin problemas, porque las callejas del centro de Valladolid, estrechas y zigzagueantes, aunque le encantaban desde un punto de vista estético, le resultaban molestas cuando se trataba de conducir por ellas, a pesar de tenerlas perfectamente conocidas.
Pero ya tenemos a la pareja dispuesta a degustar una sabrosa cena y a charlar de lo divino y de lo humano, porque una vez verificado el interés mutuo, para llegar al conocimiento es imprescindible dialogar. A instancias de Marcos, Ester hizo un resumen, complacida, de la mayor parte de su existencia, sus vivencias, su infancia, sus problemas con Roberto… En definitiva: todo aquello que a su acompañante podía interesarle. No pensemos por eso que nuestro amigo pecaba de impertinente o inquisitivo. Tanto por su profesión como por su natural inteligente y despierto, tenía pericia sobrada como para que Ester percibiese únicamente la sensación de que aquél apuesto caballero se interesaba amablemente por ella y que todas las preguntas que le hacía obedecían a la única y honesta intención de conocerla cada vez mejor. Con sutileza, pero sin darle excesiva pausa, Marcos preguntaba y Ester respondía, cambiando de cuestión y de época, hasta que él obtuvo un acabado retrato de ella. Le ayudaba a soltar la lengua el exquisito y fresco vino espumoso que el letrado había pedido, un caldo suave, ligero y de buen paladar, adecuado, como él decía, para emborrachar mujeres. No dejaba tampoco de ocuparse, como al desgaire, de que la copa de ella nunca estuviese vacía. Asentía o negaba ostensiblemente con la cabeza de forma adecuada a lo que la chica iba relatando, sin dejar de mirarla a los ojos mostrando suma atención, como si bebiese sus palabras y todo aquello que saliera de su boca constituyese para él asunto de singular trascendencia. Así, entre unas cosas y otras, logró que la mujer le confiase casi todos los detalles importantes de su vida.

Todavía Ester no se había explayado en profundidad sobre sus atípicas relaciones sexuales con Roberto, pues le parecía precipitado en la primera cita contar a un desconocido situaciones que, en puridad, eran simplemente la quintaesencia de la humillación con la circunstancia agravante de que a ella le habían resultado extraordinariamente excitantes. Si le habló de su novio, de sus hermanas y de cómo había transcurrido su infancia y adolescencia, pero nada dijo, o al menos nada tuvo intención de decir, sobre las especiales características que rodearon su descubrimiento y ulterior práctica del sexo. Jamás había confiado a nadie eso, pues pensaba que cualquiera que lo supiese la tildaría cuanto menos de estúpida. Y si llegara a hablar con total franqueza, diciendo que a ella le complacían sexualmente aquellas humillaciones, quizá alguien decidiera que, además de la estupidez, estaba aquejada de alguna psicopatía. De modo que, a pesar del vino que había ingerido en exceso, mantuvo la discreción suficiente como para no mencionar en absoluto aquél enojoso asunto a su nuevo acompañante.

Pero Marcos era perro viejo, acostumbrado a leer entre líneas. Experto psicólogo, no en vano se había tragado todos los libros acerca del comportamiento humano que el azar, o su propia intención, habían puesto a su alcance. La mitad de sus clientes eran mujeres separadas o que pretendían estarlo, y el trato con ellas, que suelen ver en al abogado un trasunto de psicólogo, le había proporcionado además la posibilidad de comprobar experimentalmente si las teorías aprendidas en los libros se ajustaban a los parámetros inmutables de la realidad. Así, no le fue difícil descubrir, entre las frases de Estercita, indicios ciertos de que podía estar ante la mujer de sus sueños, aquella que por fin iba a proporcionarle lo que llevaba buscando tantos años. Era pronto aún para emitir un juicio, pero los elementos probatorios resultaban altamente significativos.

Aunque Ester habló y habló, Marcos, por el contrario, apenas dijo nada de sí mismo, pues pensaba que aquél era el momento de prestar atención, no de reclamarla. Escuchaba sin pestañear todo lo que la mujer iba refiriendo de su pueblo, su trabajo, su novio y sus hermanas… Si la chica callaba, pensando que se había agotado el asunto o que estaba resultando prolija, Marcos hacía derivar la conversación hacia contenidos fútiles, pero solamente para proporcionar a la presa un respiro que le permitiera a él retomar el interrogatorio con renovada técnica, como cuando el torero, ante un toro escaso de fuerzas, le da tiempo y distancia para que se recupere antes de continuar la faena. Pero a Ester le resultaba muy halagador que un hombre tan atractivo, todo un abogado de reconocido prestigio (ya se había encargado ella de investigar quien era realmente aquel Marcos Laxe) fuera capaz de manifestar tanta atención e interés por su persona. No estaba acostumbrada a ese comportamiento y le complacía sentirse el centro del mundo, rodeada de cuidados y frases amables. No sabía que estaba tratando con un maestro de la seducción y quizá aunque lo hubiese sabido, tampoco le hubiera importado.

Entre otras muchas cosas, Marcos averiguó que a ella no le gustaban demasiado las discotecas, a pesar de que últimamente acudía a ellas con asiduidad junto con un grupito de conocidos de ambos sexos, básicamente compañeros y compañeras de trabajo pero también otras personas con las que había entrado en contacto únicamente debido a que todos frecuentaban el mismo ambiente noctámbulo de bares musicales. Y como Valladolid aun no era una ciudad demasiado grande, al cabo de un mes de recorrer los mismos locales hasta la madrugada, Ester entró a formar parte, de pleno derecho, de la fauna nocturna de la ciudad, más por aburrimiento, hastío y deseo de probar cosas nuevas que por verdadero deleite y convencimiento. Así que a Marcos le dijo la verdad, que no le apetecía demasiado el jolgorio de una discoteca, con lo cual a él se le esfumó la oportunidad de excitarla durante un sensual baile lento. En vez de ello, determinó llevarla al Herminios, local del cual era también cliente habitual. El lugar le parecía agradable y discreto, con la suficiente penumbra como para dedicarse a acariciar y besar a la chica hasta que llegase el momento de proponerle ir a dormir a un hotel. Ester ya conocía el sitio y se mostró encantada de ir a tomar allí una copa. Nosotros creemos, sin embargo, que aquél día hubiera acudido a las mismas puertas del infierno con tal de poder seguir al lado de aquel atractivo letrado gallego.

Siguiendo el plan previsto, se sentaron muy juntos en uno de los amplios sofás y pidieron unas consumiciones. La penumbra, el alcohol y el tenue jazz que sonaba de fondo hicieron su efecto y así, cuando a Marcos le pareció que había llegado el momento oportuno, comenzó a mordisquear con sus labios tiernamente el cuello de la chica, apartando con delicadeza su negra melena y permitiendo que su perfume le envolviera. Al poco, ella le ofreció la boca y estuvieron besándose apasionadamente durante un buen rato, mientras él, percatándose de que la liebre estaba a tiro, se atrevió a acariciar sus pechos con firmeza. Al sentir aquella maniobra, el beso de Ester se hizo aun más profundo y frenético, lo cual le dio pie a él para meter la mano debajo de la falda, remontando suavemente con las yemas de sus dedos el muslo femenino, sobre la media. Cuando ascendió, llegando a la liga, ella abrió las piernas y Marcos accedió a su sexo, separando un poco la braga. La notó tremendamente húmeda, excitada y abierta. Disimuladamente, pues al fin y al cabo estaban en un lugar público, le acarició el clítoris con un dedo mientras le susurraba en el oído:

_ Vamos a otro sitio, preciosa, mi vida... Te deseo, quiero tenerte... Mira como me pones -y diciendo esto, con un gesto obsceno impropio de su refinamiento, pero extraordinariamente eficaz para la consecución de sus objetivos, llevó una mano de Ester a su horcajadura de modo que ella percibiese la erección. La chica acarició un poco el pene por encima del pantalón y simplemente dijo:

_ Vámonos.

Por fin había llegado el momento. Se levantaron y él la ayudó con galantería a ponerse el chaquetón. Salieron abrazados del local: Marcos pasando su brazo sobre los hombros de la chica y ella asida firmemente a la cintura masculina. Así continuaron entrelazados, caminando e intercambiándose besos esporádicamente hasta que llegaron al lugar donde estaba estacionado el vehículo. Él le dijo a donde se dirigían, y aunque ella no conocía el hotel San Cristóbal, seguía mostrándose dispuesta a acompañarle a cualquier parte.

En la conversación o, mejor dicho, en el interrogatorio al que Marcos sometió a Ester durante la cena, había advertido que ella era una mujer que valoraba mucho su trabajo y su independencia. Se apercibió perfectamente de que estaba saturada de obediencia, a sus padres, a sus hermanas y a Roberto, aunque como el letrado era perspicaz, creyó intuir por indicios ciertos, que en aquella subordinación a su novio había algo más que amor o resignación. Estaba casi seguro de que aquél sometimiento tenía un formidable componente sexual y esa certeza le encandilaba de tal forma que procuraba no cometer con la mujer ni el más mínimo error, pensando que en ella podría hallar por fin lo que andaba buscando. De esta forma le pareció lo más adecuado, de momento, declararse él mismo feminista y ferviente defensor de la libertad de la mujer y de la igualdad de derechos manifestando que le fascinaban las chicas independientes y seguras de sí mismas. Lo cual básicamente era cierto; al menos desde la perspectiva legal y jurídica era lo que venía defendiendo desde que comenzó a ejercitarse en su profesión. En cualquier caso estaba claro que si Ester se hubiera revelado como una muchacha timorata e irresoluta, Marcos habría defendido el papel del hombre como macho protector, capaz de ofrecer seguridad, consuelo y alivio a las débiles mujeres. Pero la chica desconocía esa capacidad de él para adaptarse a la personalidad de sus conquistas y creía, a pies juntillas, que la imagen que percibía de Marcos era la verdadera. No es que el letrado le ofreciera una imagen falsa, simplemente le ocultaba algunas pretensiones, del mismo modo que Ester trataba de encubrirle otras, porque deliberadamente omitió todo lo relativo a las actividades sexuales mantenidas con Roberto durante el noviazgo, de las cuales se sentía tan culpable, pues se le antojaba aberrantes. Y si le costaba reconocer, ante sí misma que había disfrutado con fruición de todo aquello pensar en que iba a compartirlo con un casi desconocido, era pensar en lo excusado. Paradójicamente resultó que en la primera cita ambos ocultaban lo que les iba a hacer perfectamente compatibles durante doce años, uniéndoles hasta la muerte e incluso más allá.
A pesar de las recientes experiencias de Ester con los hombres no había adquirido todavía la chica el grado de conocimiento suficiente como para discernir cuando su acompañante puntual fingía ser como no era en realidad. Bien es cierto que tampoco le daba demasiada importancia, porque realmente lo único que buscaba en el fondo es alguien a quien entregar su cuerpo por unas horas. Pero ahora estaba fascinada con su nuevo amigo; no solamente le gustaba su físico, sino que su carácter tan decidido y seguro, tan sentimental y galante, parecía hecho a su medida, así que después de la sesión de besos y caricias en el Herminios, se encontraba lo bastante estimulada como para acceder encantada a la invitación de acompañarle a algún otro lugar más discreto en donde pudieran dar rienda suelta a sus deseos con mayor intimidad. Lo que nunca se podía imaginar es que iban a ir a un hotel. Esperaba una incómoda sesión en el asiento trasero del coche, pero aquél abogado resultó ser muy rumboso y europeo.

Marcos, por su parte, tenía bastante controlada la situación, aunque había algo que no ajustaba dentro de sus rigurosos esquemas mentales. Percibía como meridianamente claro que estaba frente a una chica celosa en extremo de su autonomía y libertad; en varias ocasiones, durante la cena, insinuó o explícitamente dijo que por nada del mundo ni por nadie renunciaría a su independencia económica. Sin embargo, refiriéndose a su novio había pronunciado frases que no concordaban con esos supuestos. “Hacía conmigo lo que quería” “Yo siempre estuve dispuesta a sus caprichos”… Si eso era así, debería existir en todo ello un componente sexual, que de ser cierto, convertiría a Ester en la chica de sus sueños. Como por entonces el letrado no reconocía que una mujer independiente y segura de sí misma puede ser simultáneamente una perfecta sumisa, no le encajaba esa especie de doble personalidad que creía descubrir en Ester. Pero precisamente gracias a ella, a lo que después experimentaron y vivieron juntos, no le quedó al letrado más remedio que cambiar de opinión, viniendo a reconocer que una mujer puede ser sumisa y disfrutar con ello independientemente de lo que aparente o efectivamente viva en su quehacer cotidiano, ya sea independiente económicamente o no lo sea, guapa o fea, gorda o flaca. Incluso hay más. Porque posteriores y múltiples experiencias le hicieron comprender que muchas de las ejecutivas agresivas de entre treinta y cuarenta años, que pasean por la vida pisando fuerte y comiéndose el mundo, devoradoras de hombres en el trabajo, directoras de equipos de ventas cumpliendo objetivos o miembros de importantes consejos de administración, están tan colmadas de tomar decisiones trascendentales y de soportar presiones para las que no están genéticamente preparadas, por lo cual buscan, en actividades más íntimas, que alguien decida por ellas, pues tienden a considerar el sexo como un desafío más de los muchos que afrontan cotidianamente en su vida profesional, de modo que si la cosa no resulta a plena satisfacción, se sienten responsables y necesitan huir de más responsabilidades de las que ya tienen en su trabajo. Porque es obvio que a una sumisa no se le puede imputar la culpa en el caso de que el sexo no funcione; ella se limita a obedecer, completamente entregada y absteniéndose de tomar decisiones. Luego la responsabilidad es toda del dominante, a pesar de que, paradójicamente, si los juegos resultan satisfactorios y excitantes para ambos el éxito se suele atribuir a la sumisa.

Pero no adelantemos acontecimientos y vayamos a lo que en este momento nos importa. Dejaron el vehículo en el estacionamiento del hotel, en La Cistérniga y mientras Marcos pedía la habitación, ella esperaba discretamente en el hall. A pesar de todo aquellas situaciones le seguían dando un poco de vergüenza, porque, como ya hemos dicho, en asuntos de mundo todavía estaba sacudiéndose el tamo de la ropa. Sin embargo cuando observó que Marcos le hizo un gesto, mostrándole ostensiblemente la llave de la habitación, se acercó a él y le siguió, caminando respetuosamente dos pasos por detrás del letrado y adoptando ya una actitud de subordinación.
El hotel se había construido hacía pocos años, para tratar de paliar la carencia de este tipo de servicios que por entonces padecía la ciudad y con ello hacer de paso un buen negocio. Al fin y al cabo, La Cistérniga dista solamente siete kilómetros de Valladolid y tanto los solares como los impuestos, resultaban allí menos asfixiantes; además, la concesión de la licencia de obra era más fácil y los controles de calidad menos rigurosos que en la capital. El edificio tenía la característica de no tener ninguna, es decir: estéticamente no resaltaba por nada en especial, salvo los inmensos jardines de la entrada. Pero con todo y eso la habitación era agradable, con buena calefacción, aseada y suficiente para llevar a cabo la función a la que pensaban destinarla Ester y Marcos.
Cuando entraron, él colocó previsoramente el cartel de “No molesten” y cerró la puerta. Sin mediar palabra, la abrazó, besándola apasionadamente en los labios. Ella, un tanto azorada, solamente supo decir “Espera” y se quitó el chaquetón arrojándolo sobre una butaca. Tornaron a abrazarse y a besarse mientras Marcos apretujaba el joven cuerpo femenino contra el suyo. Le quitó la chaqueta, y volviendo a los besos, metió una mano por debajo de la falda acariciando sus nalgas, firmes, suaves y frías. Acostumbrada a la rutinaria liturgia que siempre precedía al sexo con Roberto ella dijo:

_ Nos duchamos ¿eh? -mientras comenzaba a quitarse la ropa- primero yo y después tú, o si quieres, los dos juntos- añadió con un leve rubor en las mejillas.

Marcos esperó a que ella se desnudase, pero no se resignó a aguardar a la ducha. Cuando Ester dejó al descubierto unos pechos redondos y firmes, cuya blancura destacaba sobre el resto de la morena piel, se abalanzó sobre ella y sin darle tiempo a reaccionar la abrazó con fuerza mientras la besaba empujándola suavemente sobre la cama. Sin abandonar los besos en los labios y en los senos, acariciaba su sexo con una mano mientras con la otra desabrochaba frenéticamente los botones de su propia camisa. Cuando estuvo desnudo de cintura para arriba se tumbó sobre ella, comiéndole literalmente la boca y sintiendo el contacto de los erectos pezones sobre su pecho. Al poco, procedió a despojarse de los pantalones y el slip. Ester estaba rendida. Se dejaba hacer pasivamente, como siempre, sin acordarse ya de la ducha. Arqueó un poco la cintura y deslizó sus braguitas hasta los tobillos, terminando de quitárselas con los pies. Así, él quedó totalmente desnudo y ella solamente con las medias.

Marcos, acariciando el clítoris de la mujer y metiendo un par de dedos en su coño, comprobó que estaba lo suficientemente excitada, húmeda y abierta como para poder penetrarla inmediatamente. Se instaló encima de ella y con suavidad comenzó a acariciar la entrada de la vagina moviendo su propio pene erecto con la mano. Los impetuosos suspiros de Ester revelaban que lo estaba deseando de manera que, sin demorarse más, la penetró con un par de movimientos de cadera, iniciando inmediatamente un mete y saca sin dejar de besar a la chica en los labios, en el cuello y bajando a veces a sus pechos. Estercita estaba en la gloria. Era tan clásica, que aquella postura le resultaba de lo más gratificante; precisamente hacer el amor de aquella manera, simple, común y normal era lo que siempre había querido y casi nunca había logrado con Roberto. El jadeo de la chica aumentó y cuando se hizo verdaderamente compulsivo, Marcos eyaculó, a la vez que ella conseguía un orgasmo.
Continuó besándola sin abandonar la postura. Ella no se movía, no pronunciaba palabra y simplemente se dejaba hacer. Marcos pensó que si él quisiera, podría mantener aquello indefinidamente, siempre y cuando, claro está, la erección le aguantase. Al fin, Ester lo apartó suavemente con un gesto.

_ Menos mal que al fin me he atrevido a ponerme el DIU, porque ya sé que a los hombres os molesta el preservativo y mi intención no es molestar sino hacer que disfrutéis de mí y con mi cuerpo.

“Me cago en la puta” pensó Marcos. Un fallo imperdonable. Normalmente, siguiendo sus elaborados y habituales patrones de conducta para conseguir el amor de las mujeres, se mostraba muy interesado en saber si podía eyacular en el interior de la vagina, manifestando explícitamente que era preciso tener mucho cuidado, que él no tenía ningún inconveniente en ponerse un preservativo y que en todo caso es la mujer la que decide. Sin embargo, cuando comprendía que la relación había concluido, no le importaba correrse en cualquier sitio sin ningún control. Esto último no se lo dijo a Ester, pero si le declaró lo primero, asegurándole que él siempre era extremadamente cuidadoso, pero que en esta ocasión la vista de su precioso cuerpo desnudo le había hecho olvidar cualquier otra consideración que no fuera el hacerle el amor inmediatamente.

La verdad es que, dejando de lado las habituales muestras de galantería y adulación que Marcos solía prodigar a las mujeres cuando quería conquistarlas, algo de lo que decía era cierto, porque de todas las chicas que había conocido en su vida, sin duda Ester era la más guapa y la que tenía un cuerpo más apetecible, considerando además que era ocho años más joven que él. Si unimos a esto su actitud subordinada pero activa y las pistas ciertas que ella involuntariamente le daba acerca de su capacidad para la sumisión y la entrega, llegamos al resultado de que cuando se quitó el sujetador, dejando al descubierto sus preciosos pechos, la razón de Marcos se nubló y no pensó más que en satisfacer su deseo de disfrutar de aquel pimpollo que con tanta esplendidez se le entregaba.

_ Ahora es cuando viene la ducha -dijo él en un tono que no admitía réplica- Mejor todavía: el baño, pero los dos juntos.

Se puso de pie y le dio la mano, como tratando de ayudarla a levantarse de la cama a la vez que la impulsaba a hacerlo. Ester pudo entonces admirar su cuerpo desnudo. Era una especie de dios griego, la imagen del David de Miguel Ángel, pero más musculoso y maduro. Pensó que le recordaba algo a un actor de cine, aunque no pudo determinar exactamente a quien. La diferencia de edad, que hubiera resultado un inconveniente para muchas otras, sin embargo representaba para Ester un aliciente más, pues en su interior consideraba un privilegio que un hombre hecho y derecho, maduro y experimentado mostrase interés por ella, que era tan poca cosa. A aquellas alturas, después de sus recientes semanas de libertinaje y desenfreno, era perfectamente capaz de juzgar, por comparación, el tamaño de los atributos masculinos y no le pareció insuficiente el que Marcos lucía, de nuevo casi erecto, llegando a considerar que no estaba nada mal dotado. Se dirigieron al baño, de la mano y mientras la bañadera se llenaba de agua tibia, continuaron besándose, comprobando él que ella tenía el sexo totalmente abierto y mojado, pues los restos de su propio semen se escapaban entre los labios vaginales.

Cuando el nivel de agua fue suficiente, los dos se acomodaron en el interior de la amplia bañadera, sentados y apoyando ella su espalda en el pecho de Marcos. Este comenzó a enjabonarle los senos, mientras la besaba en el cuello con delectación. La mujer sentía la erección del hombre presionando contra sus nalgas y se dejaba hacer, como de costumbre, entregada completamente a su compañero que masajeaba con maestría y delicadeza sus senos, bajando de vez en cuando una mano, para acariciarla entre los muslos. Cuando el agua amenazaba con rebosar, Ester cerró el grifo, quedando los dos medio sumergidos y entregados con profusión a mutuas caricias y besos.
El grado de excitación de ambos llegó a ser suficiente como para obligarles a abandonar la suave sensación del agua tibia y sin dar tregua a los besos y a las caricias, se secaron mutuamente mientras Marcos continuaba vertiendo en el oído de ella la sarta más interminable de requiebros, piropos y frases amables. Casi todas eran ciertas, aunque el letrado no las sentía en aquel momento con la intensidad que las decía, pero esas manifestaciones de amor y deseo a media voz, entre besos apasionados y suaves caricias, con vehemencia y reiteración conseguían que Ester bendijera mentalmente la suerte que había tenido cuando se decidió a entrar en el 7/7 después de la putada de Roberto, pues creía que todo lo que Marcos susurraba a su oído, era completamente cierto y pensaba que quizá había encontrado, de nuevo, el amor de su vida. Resultaba evidente que la mujer manifestaba por una parte una extrema carencia afectiva y por la otra una necesidad casi imperiosa de entregarse y ser poseída experimentando con situaciones y personas desconocidas, pues pensaba que cualquier cosa resultaría para ella más excitante y divertida que sus frustrantes vivencias anteriores. Con esto olvidaba que hubo un tiempo en que aquellas experiencias, que ahora tildaba de frustrantes, la habían hecho feliz y que no siempre en la vida se cambia para mejorar, porque suele ser lamentablemente cierto aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sin embargo, en este caso concreto y para nuestra protagonista realmente se estaba abriendo un mundo de sensaciones y experiencias que de momento ni siquiera intuía.

Tumbados en la cama, desnudos, él comenzó a lamer sus pezones, descendiendo de vez en cuando hasta el ombligo y el principio del vello púbico. Observó que la chica tenía una bonita mata de pelo negro, arreglada, depilada, y cuidada, que le cubría parcialmente el monte de Venus mientras que las ingles y el resto del sexo aparecían completamente depilados. Esto le daba a entender a Marcos, que era una mujer promiscua, pues ninguna se compone lo que tiene en la entrepierna si no espera llegar a exponerlo. En cualquier caso resulta mucho más atrayente lamer un coñito afeitado que uno con pelos. Después de estas consideraciones de índole práctica y estética, determinó hacer un sesenta y nueve y adoptando la posición adecuada consiguió que su pene quedara a la altura de la boca de la muchacha mientras él, separándole los labios vaginales, buscó el clítoris con la lengua, esperando que la preciosa morena supiera lo que tenía que hacer con la picha que se le presentaba a la altura de los ojos.

No tuvo que esperar mucho para comprender que no era la primera vez ni la segunda que Ester practicaba una felación. Con la mano derecha acariciaba el pene rítmicamente arriba abajo, arriba abajo, metiéndoselo a la vez en la boca, chupando el glande con los labios y lamiéndolo con la lengua, mientras que con la mano izquierda le acariciaba alternativamente los testículos y entre las nalgas. “Esto no se aprende en un día” pensó Marcos cada vez más entregado a la tarea de hacerle a la chica una buena comida de coño. Según su técnica, con el dedo anular de la mano derecha le acariciaba entre las nalgas, mientras los dedos índice y medio de la misma mano se metían profundamente en la vagina. Si observaba que el culo se abría, el dedo que lo acariciaba terminaba traspasando el ano. A la vez, con la mano izquierda, separaba los labios vaginales, dejando el clítoris a la vista y expuesto a las succiones y lametones que le prodigaba sin parar. De esta suerte, la mujer sentía placer en su ano, su vagina y su clítoris.

Ya sabemos que Ester estaba acostumbrada a ese tipo de prácticas y ni que decir tiene que cuando se sintió acariciada de esta forma tan habitual por un desconocido creyó entrar en el séptimo cielo. Realmente ninguno de sus ocasionales amantes había llegado a la talla de Roberto, porque todos habían pecado, según su criterio, de un exceso de premura y de un defecto de contención. Pero este hombre se estaba comportando perfectamente, jugaba con su cuerpo, como a ella le gustaba llevándola a aquél punto tan peligroso en el que Ester utilizaba para pensar su clítoris en lugar de su materia gris. Al poco, explotó en un orgasmo y cuando estaba a punto de conseguir otro, Marcos detuvo su manipulación cambiando de postura. Se puso él debajo y ella encima, reanudando las caricias con los labios y la lengua en un sesenta y nueve sin fin. El hombre había observado que el culo de ella estaba totalmente dilatado, de manera que, teniéndola arriba, con las piernas separadas y las nalgas bien abiertas, se dedicó a lamer toda su raja, empezando en el clítoris y terminando en el agujerito del culo, entreteniéndose allí y metiendo la lengua todo lo que podía. Hay que decir que la técnica dio un resultado mejor incluso que el esperado, pues al poco tiempo permitió que Marcos pudiera meter un par de dedos en cada uno de los agujeros de la muchacha, deduciendo inmediatamente que el ano tampoco lo tenía virgen, porque era imposible que se dilatase tanto si antes no la habían sodomizado varias veces. Lo que estaba claro era que la introducción de los dedos en el culo y la vagina volvió a llevar a la chica al borde del orgasmo y como ella seguía manipulando sabiamente la polla de Marcos, este, no pudiendo contenerse más, abandonó la posición en la que estaba y manteniéndola a ella de rodillas sobre la cama, la ensartó por detrás, en la postura que le era más grata. En cuanto Ester le sintió dentro estalló y Marcos, imaginándose las nalgas de la muchacha surcadas de correazos, le dio tres o cuatro azotes flojos, le perforó el culo con su dedo pulgar y a la vez que incrementaba el ritmo de la polla en la vagina se corrió, lenta y profusamente, mientras la chica conseguía el cuarto orgasmo de la jornada. Casi sin solución de continuidad, se dejaron ambos caer en la cama, se abrazaron y se quedaron dormidos.

Era casi mediodía cuando se despertó Marcos, levantándose sigilosamente para ir al baño. No pudo evitar, sin embargo, que Ester despertara a su vez, incorporándose en la cama y sintiéndose muy alarmada al comprobar la hora que era.

_ Tío, yo estoy de tarde, me tengo que marchar a toda hostia -Marcos trató de tranquilizarla:

_ Bueno mujer, cálmate. Son solamente las doce y ¿Tú a qué hora entras?

_ A las tres. Pero tengo que ir a casa, cambiarme y comer algo -Mientras mantenían esta conversación, el hombre se estaba duchando y ella se sentó desvergonzadamente en la taza y vació ruidosamente su vejiga. A Marcos esto le pareció tan excitante que no pudo evitar ni quiso disimular una incipiente erección. Al contrario: la experiencia le decía que las mujeres se sienten muy bien cuando son conscientes de que provocan deseo en los hombres, de manera que mostrándole ostensiblemente su pene le dijo:

_ Mira como me pones preciosidad. Anoche me lo pase genial y me gustaría repetirlo ahora mismo ¿Quieres?

Ester le miraba sonriendo mientras le decía que ella también se lo había pasado muy bien y que, aunque el deseo era mutuo, el tiempo era escaso. Le llamo cielo y cariño, afirmó que era el hombre más atractivo e increíble que había conocido y que estaba determinada a que lo de anoche se repitiese muchas veces. Cuando terminó de hablar se encontró metida con él en la ducha. Marcos imaginó que sería factible volvérsela a follar, pero decidió que era mejor comportarse y antes de que la cosa pasara a mayores le entraron también a él las prisas. Salió del agua y se secó someramente con la toalla, comenzando a vestirse casi con agobio. Ester le miró extrañada.

_ ¿No decías que querías repetir? ¿A qué vienen ahora esas prisas?

Marcos era un hombre muy inteligente:

_ Es que como me has dicho que no tienes tiempo, prefiero vestirme rápidamente para no caer en la tentación de incordiarte… Y a ver si así se me baja esto -terminó diciendo mientras ponía la mano abierta sobre su sexo. Ester valoró muy positivamente la actitud del hombre, creyendo, como siempre, que era sincero.

_ Muchas gracias, eres un cielo. Si fuera mi novio, seguro que no salía de aquí sin follarme o al menos sin hacerle una mamada.

La chica había adquirido ya la suficiente familiaridad como para contarle un par de anécdotas relativas a su novio mientras desayunaban con premura en el comedor del hotel. Aquellos pormenores resultaron ser lo suficientemente reveladores como para que Marcos se ratificase en su intuición de que aquella admirable muchacha era sumisa sin saberlo. También pudo entender entonces cabalmente a qué se debía la maestría de Ester chupando pollas y con el pensamiento agradeció a Roberto la “buena educación” que había proporcionado a su novia. Terminaron el desayuno y se dirigieron en el coche al domicilio de Estercita. Al despedirse, Marcos le dio las gracias volviendo a insistir en lo bien que lo había pasado y en la necesidad de repetirlo. Ella manifestó que sus sentimientos eran los mismos y que como también tenía mucho que agradecerle, lo mejor era olvidar por ambas partes las manifestaciones de gratitud. El letrado terminó su alegato con maestría:

_ A pesar de lo bien que estuvo anoche, no te puedes imaginar qué es lo que más me ha gustado de todo lo que ha pasado desde que estamos juntos.

Ester dijo que no, que no se lo imaginaba.

_ Pues el que a Roberto le llames tu ex. Eso significa que a partir de ahora no tengo que luchar contra nadie y solamente estoy yo para conseguir que te enamores de mí. -La mujer se derretía:

_ Ya casi lo estoy tonto. ¡Qué cielo eres! -dijo dándole un suave beso y desapareciendo en el portal de su casa.

Mientras subía las escaleras la mente, como un torbellino, le daba mil vueltas. Era increíble todo lo que había sucedido en unos pocos días... El trabajo… Roberto… Y ahora este atractivo caballero. “Ester” -se dijo para ella misma- “¿no te estarás enamorando?”

Por ser sincera llegó a la conclusión de que, a pesar de que para ella resultase casi una necesidad, no le satisfacía en absoluto la vida que llevaba últimamente, festejando hoy con uno y mañana con otro, barzoneando por las discotecas y bares musicales de la ciudad y creándose una fama (porque esa era otra cuestión) de chica ligera y de fácil acceso, solícita y versada en el sexo. Eso podría resultar adecuado quizá para unos días, digamos que como premio o compensación por los años de tedioso absolutismo; también como experiencia nueva que había que probar, pero tales conductas no representaban el ideal de su vida, porque aunque empezaba a ser consciente de que solamente encontraba verdadero placer en la entrega y la subordinación, experimentando satisfacción y orgullo al ser capaz de ofrecer a un hombre lo que ninguna otra podía, la necesidad de compromiso era también un imperativo para alcanzar una cierta estabilidad. Realmente Estercita hacía gala de un clasicismo en su ética y en sus convicciones que le era imposible abandonar. Quería probar a vivir de manera distinta con la idea de que le resultara más excitante, pero aquellas semanas de vino y rosas exclusivamente habían dejado en su interior vacío y necesidad de afecto y comunicación. Resultaba interesante, eso sí, salir a ligar cada noche, sintiéndose libre y despertando en los hombres deseo y halagos. También era excitante tomarse unas copas y perdida la vergüenza, darse un lote de escándalo en la penumbra de la discoteca; incluso follar en un coche aparcado en el cerro de San Cristóbal, al lado de otros vehículos donde también había jóvenes parejas disfrutando del sexo. Pero aquél no era realmente un planteamiento de vida susceptible de perdurar en el tiempo. Su cada vez más amplio círculo de conocidos empezaba ya a comentar lo accesible y fácil que era Ester Bueno, además de lo sorprendentemente experta que resultaba en las artes amatorias. Eso la chica no lo sabía, pero verdaderamente estaba sucediendo y resultaba extraordinariamente negativo para su imagen. Aunque ignoraba los comentarios, ella ya se empezaba a cansar de todo aquello y requería una relación más estable. No otro Roberto, por supuesto, eso nunca. Pero si un hombre capaz de comprenderla y valorarla, de compartir con ella esperanzas y anhelos, de recibir su cuerpo con agradecimiento y satisfacción, con orgullo. Y también ¿por qué no? hábil, imaginativo y dispuesto a experimentar nuevas sensaciones en la cama. “Eso es lo que yo necesito” pensó mientras se vestía para ir a trabajar.

El problema consistía en tener la certeza de que Marcos Laxe respondía perfectamente a esas expectativas, porque la joven ya se había dado cuenta de que, para bien o para mal, aquél no iba a ser un hombre más de los varios a los que había entregado su cuerpo en las última semanas. En definitiva lo que Ester pretendía era conocer el futuro, algo a todas luces imposible, pero un atisbo en su interior le decía que estaba ante circunstancias especiales con una persona diferente a cualquiera de las que había conocido hasta entonces. Pero a pesar de todo ¿cómo estar segura de acertar? Ya había sido engañada una vez y si le volviera a suceder no tendría más remedio que considerarlo un fracaso personal. Tal vez el hombre aparentaba con extraordinaria habilidad ser y tener todo lo que a ella le gustaba, pero en el fondo quizá simplemente fingía. Aunque bien pensado ¿para qué iba a hacer todo aquello si Ester no necesitaba ese despliegue de destrezas para poner inmediatamente su cuerpo a disposición de un hombre? Todas estas dudas asaltaban su linda cabecita y para desecharlas, con un gesto instintivo pasaba la mano con los dedos abiertos a través de su melena negrísima. Pero al fin resolvió que lo único irrefutable era que el continuo vagabundeo con diferentes hombres solitarios por locales nocturnos, merodeando los fines de semana por las calles de la ciudad, la dejaba frustrada y vacía; de modo que como la única manera de salir de la duda acerca de la capacidad de Marcos para hacerla feliz era incrementar la intensidad de su relación con él, a eso precisamente pensaba Ester dedicarse en cuerpo y alma a partir de aquél momento. Estaba segura de conseguirlo, porque era perfectamente consciente del deseo que su joven y atractivo cuerpo despertaba en los hombres y en concreto en aquél elegante caballero gallego. Ese deseo, le daba a ella poder para lograr muchas cosas de ellos, al menos la primera noche. Lo que no tenía nada claro era que no acabase enamorándose otra vez, como una imbécil, de aquél apuesto, maduro y rumboso Sr. Laxe, aunque siempre se había dicho a sí misma que jamás volvería a dejarse arrastrar por el amor y que su objetivo iba a ser, en cualquier caso, aprovecharse de los hombres. Pero en el corazón no manda la cabeza y menos aún en una mujer que apenas había cumplido veinticinco años y llevaba media vida sintiéndose sola. No había ningún motivo para no dejarse arrastrar por los sentimientos y por el deseo: un hombre guapo, alto, inteligente, atractivo y culto, que estaba pendiente de ella y además, con una economía consolidada, dentro de una actividad que otorgaba a sus practicantes un reconocido prestigio social. “Hay que intentarlo” se dijo la joven enfermera con determinación mientras cogía el abarrotado ascensor del Hospital para incorporarse con alegría a su trabajo.

Marcos echó una última mirada aprobatoria al cuerpo de Ester cuando la chica se dio la vuelta para desaparecer en el portal de su casa. Por un momento se quedó pensando en la frase “Ya casi lo estoy” que había pronunciado ella refiriéndose a su amor por él y se congratuló de que este asunto marchase con tan buen viento. La mujer merecía el esfuerzo y en apenas dos días había conseguido encandilar a la joven belleza morena. Tenía la sensación de que iba a lograr su entrega, al menos durante un par de meses o quizá más, porque los indicios eran que posiblemente se hallaba ante la pieza que llevaba tantos años rastreando.