




Un día, a finales del caluroso verano de 1.965, Dña. Margarita, acatando las órdenes de la superioridad, dio por terminadas sus vacaciones y retornó a Santiago del Arroyo, localidad en la que se desempeñaba como maestra titular desde hacía tantos años, que su figura era ya para muchos del pueblo consustancial con el propio inmueble de la escuela. A ella no le disgustaba el destino, quizá porque ya se había acomodado a vivir rodeada del cariño y el respeto de todo el pueblo, pero también y fundamentalmente, porque su marido y sus hijos vivían en un lugar cercano, de forma que durante las vacaciones y otros días no lectivos, que como es notorio son muchos en el año, no le resultaba a Dña. Margarita incómodo desplazarse para pasarlos con su familia. Incluso su esposo, en sus frecuentes viajes a Valladolid, paraba siempre en Santiago, así que era rara la semana en la que no le hiciera alguna visita.
La escuela era como todas las de entonces. Un edificio de cal y canto, enfoscado y enjalbegado de blanco, con los niños en un aula y las niñas en otra de manera que nunca coincidían los dos sexos ni siquiera en el momento del recreo, ya que previsoramente este tenía lugar con media hora de diferencia. La estricta y vetusta moral nacional católica de la época, imponía una serie de rigurosas normas que hoy nos parecen ridículas y lo eran también entonces, pero que increíblemente estuvieron vigentes en España hasta finales de la década de los setenta.
Viejos pupitres de madera descolorida manchados de tinta, encerado negro, mesa de la maestra sobre una pequeña tarima, estufa de leña para sobrellevar los crudos inviernos de la zona, olor a goma de borrar y sacapuntas, todo ello presidido por el crucifijo y los hieráticos retratos en blanco y negro de Franco y José Antonio, constituían a simple vista lo más destacado del aula. Leche en polvo antes del recreo, Parvulito para las pequeñas, Enciclopedia de Álvarez (intuitiva, sintética, práctica) para las demás, oración y tabla de multiplicar a primera hora de la mañana… Cuando empezó el curso, Dña. Margarita retomó la rutina habitual; ni podía impartir una enseñanza de calidad ni tampoco se lo exigían. Su obligación se limitaba simplemente a mantener recogidas a las casi cuarenta niñas del pueblo, con edades comprendidas entre los cinco y los catorce años, tratando de enseñarles a leer, a manejar las cuatro reglas de la Aritmética, a escribir con el menor número de errores posible, unos rudimentos de Historia y una asignatura única en Europa: Labores del Hogar, obviamente reservada en exclusiva a las niñas, futuras esposas sumisas y madres cristianas, como textualmente se decía que debían ser las mujeres españolas en un documento oficial. Todo ello se aderezaba con una estricta enseñanza de la religión y la moral oficiales y una formación política y humana que se resumía en aprenderse de memoria los no sé cuántos puntos de Falange así como repetir hasta la saciedad aquello de “caídos por Dios y por España ¡Presentes!” Y también “Franco, Franco, Franco ¡Arriba España!”.
Es bien sabido que durante el mes de Septiembre solamente había clase por la mañana. Los primeros días se malgastaban tontamente haciendo las presentaciones y tratando de que todas, incluida la propia maestra, volvieran a acostumbrarse a vivir constreñidas a un horario. El principal problema era acomodar a las niñas que se incorporaban por primera vez a la escuela. Criaturitas de cinco y seis años que generalmente esperaban con horror su primer día de clase, porque con demasiada frecuencia y total impunidad, en la España de la época entraba la letra con sangre y aunque la maestra de Santiago del Arroyo no era de las habituales del palo y tente tieso, la mayoría de las niñas pequeñas temían verdaderamente el momento de su incorporación a la comunidad escolar.
El segundo día lectivo, antes de empezar la clase, se presentó Mª Luisa, una antigua alumna de Dña. Margarita, como lo eran la totalidad de las mujeres del pueblo con menos de cuarenta años. Mª Luisa llevaba de la mano a su hermanita pequeña para confiarla por primera vez a los cuidados de la maestra. La niña, delgadita, espigada, ojos y trenzas de color azabache, mirada asustada, zapato negro, media blanca y guardapolvo rosa, respondió diciendo que se llamaba Ester, cuando la maestra, afable, le preguntó el nombre.
Todas sus hermanas, habían sido alumnas de Dña. Margarita y la profesora no tenía reparo en admitir que eran chicas inteligentes y despiertas, si bien por la precaria economía de tío Cayito, su padre, ninguna de ellas había continuado los estudios en la ciudad. Se limitaban a cumplir, a trancas y barrancas los ocho años de enseñanza obligatoria, faltando a clase para sacar remolacha, entresacar ajos, ahechar lentejas o vendimiar. Una vez obtenido el título de graduado escolar, pasaban a integrar las fuerzas de la emigración, consiguiendo indeseables trabajos en Valladolid, o casándose con alguno de un pueblo cercano que las llevaba al País Vasco, Cataluña o incluso más lejos, para vivir una existencia plena de desarraigo y melancolía.
La buena maestra pensaba en todo esto con tristeza, cuando dio la bienvenida a Estercita indicándole que podía ocupar un puesto en la primera fila de la clase. Doña Margarita mandaba sentar a las pequeñas delante para, teniéndolas más próximas, tratar en la medida de lo posible de mantenerlas más controladas y evitar que armaran demasiado alboroto. Mª Luisa se dirigió a ella:
_ Que dice mi madre que como todavía no ha cumplido los seis, que si hay que darla a Vd. algo.
La madre de Ester y Mª Luisa era consciente de que hasta que los pequeños no cumplían los seis años, el Estado no les reconocía a los padres el derecho a enviar a sus hijos gratuitamente a la escuela, por lo que la casi totalidad de maestros y maestras del territorio nacional, admitían niños menores de la edad reglamentaria a cambio de una pequeña compensación económica. También existía otro medio para tratar de redondear un poco el exiguo sueldo de un maestro, mejorando a la vez en otro tanto la calidad de la enseñanza. Se trataba de alargar la jornada lectiva una hora más cada día para el grupo de alumnos cuyos padres podían pagarlo y que voluntariamente decidían que resultaba adecuado y conveniente que sus hijos permanecieran en la escuela sesenta minutos más. Era lo que se conocía con el nombre de permanencias.
_ ¿Cuándo los cumple? -preguntó a su vez Dña. Margarita.
_ Para San Antón.
_ Bueno pues, total por tres meses que se quede.
A la maestra le daba un poco de pena la situación de aquella familia y pensó que las cuatro perras que iba a dejar de percibir, a ella no le suponían excesivo trastorno, mientras que para la familia Bueno podían significar la diferencia entre que Estercita merendase como Dios manda, o se limitase a un trozo de pan con tocino y cebolla.
Las circunstancias, siempre y en todo lugar adversas para los trabajadores, eran especialmente penosas en la España de la época y concretamente en Castilla resultaban verdaderamente dramáticas, porque en la década de los sesenta, más de un millón de obreros castellanos, andaluces, extremeños y murcianos se vieron obligados a tratar de sobrevivir en las regiones más industrializadas del norte y noreste o en el extranjero, enviando la mayor parte del dinero que conseguían ahorrar, a costa de muchísimo trabajo y grandes sacrificios, a sus familiares que por edad, mala ventura o falta de arrojo y decisión, no habían podido emigrar. Tal era así, que algún año de aquella década, los envíos monetarios de los emigrantes constituyeron cuantitativamente, la mayor aportación de divisas que entró en el país, por encima incluso del turismo incipiente. Aquella recia gente, heredera de los descubridores y conquistadores de antaño movidos también por la misma precariedad y hambre, se había visto forzada a abandonar sus pueblos y a alejarse de sus allegados, conocidos y amigos, porque en la tierra donde habían tenido la desventura de nacer no encontraban las proporciones adecuadas para poder alimentar a su familia a costa y a pesar incluso de trabajar sin cuento durante diez horas diarias y seis días a la semana. El Domingo, era preceptivo descansar, no porque no hubiera labor, que nunca faltaba, sino porque trabajar era pecado, aunque no debía serlo permitir que la gente pasase hambre a la vista de los nulos esfuerzos que las autoridades de cualquier tipo llevaban a cabo para remediar la tristísima situación. Se dio la paradoja en alguna ocasión, de que la Guardia Civil amonestó, con más o menos severidad y por indicación del cura, a algún pobre labrador que aprovechaba el día festivo para terminar de sembrar el melonar, recoger la senara o labrar su pegujal que, para su desgracia, le había sido imposible culminar durante los días laborables por falta de tiempo. A todas estas, los señoritos, los profesionales liberales y la pequeña burguesía gozaban del privilegio de la enseñanza para sus hijos, la sanidad, la buena vivienda y la ausencia de paro. Además, prácticamente todos los puestos de alguna relevancia en la administración estaban ocupados fundamentalmente por amigos, descendientes y familiares de los vencedores en la guerra civil. El nepotismo y las recomendaciones habían adquirido carácter casi oficial y de la gran burguesía o la aristocracia es preferible no hablar, pues aquella mala gente caminaba e iba apestando la tierra, en inolvidable verso de Machado. La clase dirigente, tanto política como económica, estaba tan alejada de la realidad social del país en el que medraban holgazaneando, que no estarían más lejos si vivieran en Marte.
En esta triste sociedad vino al mundo en Enero de 1.960, Ester Bueno González, la niña que aquel segundo día del curso 65-66 se incorporaba a la escuela de Dña. Margarita. Los padres de la chiquilla se llamaban Cayo y Viviana. Cayito, llamado por mote el Banderas era hombre fornido y de genio vivo, algo porro y un poco alarbe; de nariz grande y boca pequeña, lampiño de cuerpo y la cabeza con menos pelo del que le gustaría y aun este albarazado; cubierta la calva con una boina perenne; pantalones de pana más bisuntos de lo que la Vivi podía sufrir y chaleco sobre la camisa. Su mujer era bajita, enlutada desde que Dios recuerda; sufrida y trabajadora; rechoncha de cuerpo y vestida siempre con mandil y faldriquera; gastaba una saya negra y alforzada que la cubría hasta más abajo de las rodillas. Tenía los ojos como el carbón, pero vivos y a pesar de su fiera nariz, su talante general era el de una mujer apacible, y verdaderamente hacía honor a su aspecto, pues resultaba dulce y cariñosa con todos. A Cayo y Viviana ya los había bendecido Dios con nada menos que seis hijas, la menor de las cuáles le llevaba diez años a Estercita, de manera que cuando su mujer le confirmó que volvía a estar encinta, tío Cayito pensó que a la Vivi la preñaba el aire y que así fuera igual de paridora la marrana que había echado aquél año. Porque entre la edad, que a nadie perdona, y el agotamiento que arrastraba cotidianamente, la verdad era que de un tiempo a esta parte no hacía demasiado uso del matrimonio y en su simpleza pensaba que después de tanto parir, su mujer estaría ya seca, porque los cuarenta y cuatro no los cumplía cuando salió preñada de la última. Tío Cayo, el Banderas, estaba tratando de sacar adelante a sus seis hijas, trabajando de lunes a sábado en una infecta fábrica de ladrillos en Valladolid y dedicándose los fines de semana a cuidar la labranza, porque todo esfuerzo resultaba insuficiente para llenar tantas bocas hambrientas y vestir tantos cuerpos en crecimiento. Llamamos aquí labranza a cuatro o cinco pequeños trozos de terreno repartidos aleatoriamente por todo el término municipal; porque por entonces la concentración parcelaria todavía no había hecho acto de presencia en Santiaguillo. Cayito y la Vivi tenían un par de hazas en el Pino Gordo, otras dos en el Puente Canto, otra en la vega, otra en el recuesto del Llanillo, que era buena para melonar, y una pimpollada, herencia de la abuela, al pie de la aceña, donde antaño había un azud que ahora estaba arruinado. Llevaban además algún pegujal y eran propietarios de un majuelo de garnacha, pequeño pero bueno, que abastecía a Cayo casi todos los años de uva suficiente para que él tratara de elaborar cada Octubre treinta o cuarenta cántaros de vino, cantidad bastante para su propio consumo, en una pequeña bodega situada a trescientos metros de la casa donde vivían, todo ello herencia de abuela Isabel. A la vivienda de Cayo y Viviana se entraba por una trasera compuesta de peinazos y cuarterones, labrada con arte en buena madera, con sus aldabas y todo, que daba acceso a un gran corralón flanqueado por tenadas. Y antes de la primera puerta interior se elevaba otro cobertizo en figura de pestaña horizontal, muy enjalbegado de cal, con sus chafarrinadas de almagre, a manera de faldón de disciplinante en día de Jueves Santo. El zaguán, o portal interior, estaba pintado con el mismo jalbegue, a excepción de las ya dichas ráfagas de almagre y todos los años se tenía cuidado de lavarle la cara con un baño de aguacal. En la pared del portal, frente a la puerta, había una especie de vasar, aparador o anaquel, donde se presentaba desde luego a los que entraban toda la vajilla de la casa: doce platos llanos, otros tantos hondos o escudillas, tres fuentes grandes, todas de Talavera de la Reina y en medio dos jarras de vidrio con sus cenefas azules hacia el brocal y sus asas arpadas, como crestas de gallo. A los dos lados del vasar se levantaban desde el suelo con proporcionada elevación dos poyos de tierra, almagrados por el pie y encalados por el plano, sobre cada uno de los cuales se habían abierto cuatro a manera de hornacinas, para asentar otros tantos cántaros de barro, algunos de agua para beber, pues ya se sabía de la calidad sin comparación de la que manaba ininterrumpidamente de la fuente que había al lado de la escuela; otros de agua del arroyo para los demás menesteres de la casa y uno de ellos, el más principal, del vino que Cayito elaboraba cada año con toda la atención y cuidado y que iba trayendo del carral que tenía en la bodega a medida que lo consumía.
Hacia la mano derecha del zaguán, según entramos por la puerta del corral, estaba la sala principal, que era adecuadamente amplia y espaciosa. En su centro una alcatifa muy fina y primorosamente trabajada aunque ya algo raída y eran los muebles de la sala seis cuadros de los más primorosos y finos de la famosa calle de Santiago de Valladolid, que representaban un San Jorge, una Santa Bárbara, un Santiago a caballo, un San Roque, una Nuestra Señora del Carmen y un San Antonio Abad con todo y su cochinillo al pie: en sustancia casi todo el santoral estaba en cuadros y figuras en la sala de la casa de Ester, denotando que allí vivía gente muy creyente, con una religiosidad simple y sin complicaciones, pero sincera, y ostentando una fe a prueba de cualquier tentación. Había un bufete con su sobremesa de jerga listonada a flecos, un banco de álamo, dos sillas de tijera antiguas y otra que al parecer había sido de vaqueta, pero sólo conservaba el respaldo, que en el asiento no quedaba más que el armazón; a su lado un arca grande y junto a ella un cofre sin forro y sin cerradura. A la entrada de la alcoba se dejaba ver una cortina de gasa con sus listas de randas de a cuatro pesetas el metro, cuya cenefa estaba toda cuajada de escapularios con cintas amaranto y Santas Teresas de barro en sus urnitas de cartón revestidas de seda, todo distribuido y colocado con mucha gracia y primor. Era, en definitiva, un caserón amplio y destartalado, construido de piedra arenisca con mortero de cal y arena y sostenido sobre paredes maestras de un metro de espesor y buenas vigas de negrillo; quizá hubiese sido bueno en otro tiempo, pero hacía ya tantos años que nadie en el pueblo recordaba su fábrica. La planta baja estaba ocupada por la cocina, la sala y una alcoba; por unas crujientes y empinadas escaleras de madera se accedía a la planta alta donde se abrían el dormitorio del matrimonio y otras dos alcobas más. Encima de las almohadas arambeles randados muy primorosos y sobre cada cama un alhamar cepillado y limpio; al lado una mesa de noche conteniendo en su interior la bacinilla, pues por entonces todavía no tenía el Banderas agua corriente en su casa y que bajaran las chicas al corral en plena noche y helando a aliviar una necesidad, les sería de más daño que provecho. Pero continuando la escalada a través de los viejos peldaños de olmo, algunos más carcomidos de lo que Cayo quisiera, se alcanzaba el sobrado donde, esparramada por el suelo, solía haber una parva de patatas y colgadas más de una docena de ristras de ajos y manojos de cebollas en cantidad suficiente para el consumo anual. También, suspendidos de enormes escarpias clavadas en las alfarjías de los lucernarios que atravesaban la cubierta de canal a tejavana, se curaban un par de jamones y cuarenta o cincuenta kilos de chorizos bajo la atenta vigilancia y cuidados de tía Viviana, que tenía reconocida en varias leguas a la redonda una mano sin igual para aderezar la matanza, siguiendo al pie de la letra aquella vieja fórmula: por cada arroba de carne media libra de pimentón y media libra de sal. El corral no era muy grande, pero suficiente para que, bajo las antiguas tenadas, se albergasen dos gallineros, una gazapera y una zahúrda donde se criaban media docena de gallinas ponedoras, unos conejos y pollos para carne y un par de marranos. Aunque sin duda el aposento más importante del corral era la caballeriza del Andaluz, un macho burreño y ruano con el que Cayito realizaba las labores necesarias para mantener produciendo sus escasas diez obradas de terreno.
En vista de que las hijas llegaban, pero sus escasas propiedades no se ampliaban en la misma proporción y ante el firme convencimiento de que la suma estrechez en la que vivían se convertiría en hambre sin paliativos, el tío Cayo, fuerte y trabajador donde los haya, buscó un empleo en Valladolid. Se compró una Lambreta y a las seis de la mañana, bajo cualquier circunstancia meteorológica, después de desayunar, cogía la tartera con la comida que amorosamente le preparaba su mujer y sin olvidarse de la damajuana de vino marchaba a la fábrica, recorriendo en la moto los treinta kilómetros que le separaban de la capital. De ocho de la mañana a ocho de la tarde trabajaba como una bestia de carga, con un descanso de una hora para dar buena cuenta de los contenidos de la tartera y de la damajuana. Regresaba al pueblo cerca de las nueve y aún entonces, en tiempo de verano, se bajaba a regar porque había que aprovechar el fresco de la noche y la escasa agua que discurría por el cauce del arroyo de El Henar que dividía el término en dos mitades casi iguales. Incluso había días, que se quedaba regando hasta que amanecía Dios, para evitar que la remolacha o los ajos se perdieran, de forma que marchaba de la tierra directamente de nuevo a la fábrica, habiendo dado un par de cabezadas en una cuneta envuelto en un centón. Los domingos y días festivos, araba, binaba, entresacaba, o escardaba la huerta, dependiendo de la estación del año y del fruto que el tiempo trajera.
No creamos por esto que la familia de Cayo Bueno y Viviana González nadaba en la abundancia. Por el contrario, todos esos ímprobos esfuerzos y trabajos servían únicamente para que las chicas pudieran comer sin mucho dispendio y vestir decorosamente. Y si pensásemos que tía Viviana permanecía ociosa cometeríamos una imperdonable injusticia. El cuidado de los animales del corral, cerdos, conejos, pollos, gallinas y macho, eran competencia exclusiva suya, así como la elaboración de la comida, limpieza de la casa, barrido y baldeo de los suelos, lavado y recosido de la ropa, cuidado y atención a las niñas... Queremos hacer notar sin embargo, que cuando decimos lavado de ropa, no nos referimos al hecho milagroso de introducir la ropa sucia en una máquina, añadir detergente y pulsar un botón. Lavar la ropa en la mayoría de los núcleos rurales de la España de los años sesenta y desde luego en Santiaguillo, consistía en bajar al arroyo con una gran sera de mimbre llena de prendas sucias apoyada en la cintura y sobre ella una tabla de lavar y un cantero de jabón manufacturado artesanalmente por la propia ama de casa, a base de una sabia combinación entre sosa cáustica por un lado y sebo y otras grasas de desecho por otro. Llegada al prado, colocaba la tabla en el borde del arroyo y con abnegación, arrodillada en tierra comenzaba la penosísima tarea de hacer la colada enjabonando y restregando contra la tabla cada una de las piezas de ropa. Con frecuencia, por el invierno, para acceder al agua era necesario romper con una piedra la capa de hielo que cubría el arroyo. No, no. De cualquier forma que lo contemplemos tenemos que llegar a la conclusión de que la tía Viviana también trabajaba mucho, desde que amanecía Dios hasta casi la media noche, todo el día trajinando y haldeando de la cocina al corral y del corral al sobrado; sube y baja, vete y vuelve, siempre deprisa y con más menesteres que tiempo para hacerlos.
Aquí escribe Vidueiras en letra cursiva, para dar a entender al lector que lo que dice es producto de su propia opinión e ingenio, que el autor de esta jamás vista historia vuelve a extenderse, con mayor prolijidad que comedimiento, en descripciones chirles y de poca o ninguna sustancia para el entendimiento y disfrute de quien lee, pues como ocurrió cuando se metió por los vericuetos de averiguar los orígenes históricos de la villa de Laxe, ahora se extiende a los de la provincia de Valladolid; e incluso hay miedo de que en cualquier ocasión, con razón o sin ella, venga a remontarse a nuestros primeros padres y al Génesis todo. Y dice nuestro inefable estudiante de Humanidades, que si en lo tocante a Laxe él mismo cercenó de un golpe todo lo que le pareció insustancial, no piensa hacerlo así ahora; pues por alguna jamás vista circunstancia puede haber lectores interesados en conocer estos pormenores. Sin embargo, continúa explicando Vidueiras en su escrito en cursiva, es tal la prolijidad de datos, apuntes y referencias, que sin duda causarían enojo y pesadumbre si se dejaran tal cual figuran en el original. De este modo, erigiéndose a sí mismo en trujamán y juez y parte de todo ello, decidió hacer un escrutinio en los párrafos autógrafos, demediando a su antojo, transcribiendo lo que a su entender merecía ser transcrito y eliminando lo hebén y baladí; teniendo siempre el máximo cuidado de que todo ello no redundase en menoscabo de la claridad que para la comprensión de este meritorio relato es necesaria. Y no cabe la menor duda de que, al menos en el momento de escribir lo que dejó en cursiva, estaba Vidueiras un poco aliquebrado y mustio, porque acaba maldiciendo el instante en que se le vino a la mente la idea de componer una historia tan seca y aburrida como hasta el momento parece ser la presente. Y aun dice más: que si pudieran excusarle del trabajo de transcribirla y compilarla sacándole de la empresa en la que se metió enhoramala el día que el manuscrito cayó en sus manos, daría él bien a gusto su mejor trenca, de dos que tiene y al cabo dice que espera que los elogios, si es que hay alguno, sean por lo que deja escrito y no por lo que suprime. Hace notar también que, como estas son simplemente galeradas, se podría en su momento corregir aquello que el editor juzgase como inapropiado o impertinente antes de darlo definitivamente a la estampa. Hecha esta salvedad continúa con la historia diciendo:
El río Duero discurre de Este a Oeste a través de la provincia de Valladolid, entrando en ella por el término de Bocos de Duero y abandonándola por Villafranca del mismo apellido, después de recorrerla a lo largo de ciento cincuenta kilómetros, pasando por localidades tan célebres y celebradas como Peñafiel, Tudela o Tordesillas. Pero el Durius flumen llevó a cabo en tiempos una labor tanto o más importante que la de aportar agua a los surcos y a las golas, cual fue servir de división y frontera durante doscientos años en aquella guerra civil entre españoles musulmanes y cristianos que los historiadores puristas llaman Reconquista y que consumió vidas y haciendas de los habitantes de la península durante casi ocho siglos.
En efecto: en el año 900 el rey asturiano Alfonso III conquista Simancas, Zamora y Toro estableciendo el Duero como línea defensiva y frontera natural entre las dos Españas de la época. Esta situación se mantuvo básicamente y con pocas variaciones hasta que casi dos siglos después, en 1.085, Alfonso VI conquista Toledo y hace retroceder hacia el sur la divisoria entre la España cristiana y la musulmana estableciéndola en la cuenca del Tajo.
Nunca supo Alfonso III que cuando constituyó la frontera en el Duero estaba también decidiendo el reparto de la futura provincia de Valladolid en dos regiones o comarcas perfectamente diferenciadas, no solamente en cuanto a su orografía y paisaje, sino y sobre todo, en cuanto a sus costumbres, usos, peculiaridades lingüísticas, idiosincrasia e incluso toponimia y morfología de sus habitantes. Nos estamos refiriendo a la Tierra de Campos, al norte del río y la Tierra de Pinares, al sur. El efecto de esos doscientos años, junto con las dificultades de comunicación posteriores (hasta el siglo XVIII solamente había tres puentes sobre el Duero en la provincia: Tudela, Puente Duero y Tordesillas) es hoy casi tan notable y las diferencias entre las dos comarcas tantas, que quien desconozca los motivos históricos que las originaron jamás les encontrará una explicación plausible.
Tierra de Campos es la Castilla típica y tópica. Enormes extensiones llanas como la palma de la mano y desarboladas como un desierto, donde se cultivan fundamentalmente cereales; gentes desconfiadas, inmóviles e inmovilistas, apegadas al terruño y a las costumbres, incapaces de cambiar o ser cambiadas. Hombres duros, cabales y recios, paradigmas de aquello de al pan, pan y al vino, vino; encerrados en lo más profundo de su alma y sin ningún deseo de salir de allí.
Faltaría a la verdad quien afirmara que la gente de Tierra de Pinares es el contrapunto de esto. Las diferencias no llegan a tanto. Pero si alguna industria hay en la provincia (a parte de la que existe en la capital) esa está en Tierra de Pinares, si existe algún nuevo ingenio o artificio capaz de producir riqueza, lo encontraremos en Tierra de Pinares, si alguna localidad ha crecido en número de habitantes en los últimos veinticinco años, está en Tierra de Pinares… Suaves cerros cubiertos de pinos, vegas regadas por los arroyos, pozos o ríos, retazos también de cereal en los tesos, fábricas de transformación de la madera, conserveras, turismo… Actividades todas estas que denotan la industria e ingenio de los árabes en contraposición con la molicie y la desidia que aqueja y está acabando físicamente con Tierra de Campos, porque los pueblos y aldeas de la comarca desaparecen por fallecimiento de sus habitantes sin que los jóvenes encuentren motivo alguno para continuar allí. No digo yo que en algún caso esto haya ocurrido también en Tierra de Pinares, pero del mismo modo que se podría hacer una lista con lugares despoblados o a punto de estarlo en la zona norte de Valladolid, se podría hacer otra, tal y tan buena, con localidades que han prosperado o lo están haciendo en la parte sur.
Incluso los nombres de lugares o accidentes geográficos, como ya hemos dicho, son etimológicamente diferentes: latinos y godos en Tierra de Campos; árabes en Tierra de Pinares. Frente a Cogeces, Villalón; frente a Megeces, Villabrágima y frente al río Adaja, el Valderaduey, son sólo algunos ejemplos de topónimos de muy distinta raíz; latinos unos y árabes otros. En Tierra de Campos se encuentran todavía tipos humanos altos, rubios y de ojos claros, propiamente alanos, que resulta casi imposible encontrar en Tierra de Pinares.
Y solamente para tocar algunas de las diferencias lingüísticas hay que dejar constancia de que en Tierra de Pinares se utiliza casi siempre el artículo antes del nombre propio, como se hace en árabe. Así dicen “La María” o “La Estercita” expresiones completamente desconocidas en Tierra de Campos. Algo anecdótico es también saber que, al sur del Duero, se llama “tío” o “tía” a una persona que por su edad, condición y cualidades merezca respeto; aunque no tenga ningún parentesco con quien le nombra. Esta expresión tampoco se usa en Tierra de Campos y el origen de ella, según tengo yo averiguado, es que las mujeres árabes llaman “tío” al marido, como signo de respeto y obediencia, al considerarlo hermano de su padre.
Santiago del Arroyo dista una legua de Portillo, localidad siempre famosa por sus alcorzados y en tiempos también por sus alcalleres. Al sur linda con San Miguel del Arroyo, del cual Santiago era y aún creo que continúa siendo, una pedanía; porque San Miguel cuenta con mayor extensión y número de habitantes que Santiago, aunque ambos compartían por entonces las mismas estrecheces y miserias. Orográficamente, el lugar de nacimiento de Ester es un estrecho valle excavado por el arroyo de El Henar y el pueblo en sí se sitúa en la margen derecha del cauce. Por entonces había setenta casas habitadas, apiñadas todas ellas en cuatro calles paralelas a la carretera de Valladolid a Segovia, que atravesaba el núcleo urbano describiendo dos o tres peligrosas vueltas y revueltas que hacían de la travesía del pueblo una zona que requería extremo cuidado para los conductores, aunque todavía era peor para los lugareños, pues más de un paisano de Ester había dejado la vida en el asfalto, atropellado por algún automóvil o camión conducidos alocadamente por un desaprensivo.
Limitan el valle viejas colinas desgastadas por la erosión, cubiertas de pinos y de nombre sonoro: Pico la Encina, El Llanillo, el monte Barcelona… Baldíos rancios y estériles, aptos solamente para pimpollada o majuelo y fértiles únicamente en caza; las estrechas riberas del arroyo son las únicas franjas de terreno verdaderamente fecundas del término municipal. Antaño casi toda aquella tierra estaba en manos de la familia Sastre, que poseía también sitios, casas y lugares en el pueblo. Pero los Sastre, en franca decadencia, habían ido vendiendo sus propiedades, de suerte que en la década de los sesenta casi todas las familias de Santiaguillo poseían algún pedazo de terreno, aunque ninguna de ellas era propietaria de la porción suficiente como para vivir sin algo más de precariedad que de abundancia.
Los padres de Ester no eran precisamente de los tocados por el dedo de la fortuna y la niña vio transcurrir su infancia escuchando conversaciones a sus mayores en las que siempre se dejaba traslucir una honda preocupación por todo lo relacionado con la economía. Heredera de la ropa de sus hermanas y atendida siempre por alguna de estas, la relación con sus padres fue casi inexistente en cuanto a demostraciones palpables de afecto y cuidados, bien es cierto que, en general, tratar de buscar sentimentales entre los castellanos es jugar a la lotería. Cuando Ester tenía seis años, su hermana mayor se casó y se fue a Valladolid porque su marido tenía allí trabajo. Al poco de esto, el tío Cayo, en hora menguada, tuvo un grave accidente en la fábrica, como consecuencia del cual quedó tan molido y estropeado de la columna que terminaron jubilándolo por invalidez. Después, otra hermana, marchó a Vitoria, donde su primo, que había emigrado antes, le consiguió un trabajo en una fábrica de naipes conocida por todo lo descubierto de la tierra y así, al mismo ritmo que Estercita crecía, la familia se iba disgregando. Su padre, aunque siempre aquejado de dolores en el espinazo, continuó cultivando la tierra e incluso arregló la vivienda, proveyéndola de agua corriente y cuarto de baño. Solía El Banderas decir en la cantina del pueblo, por burla, que en su casa siempre se había disfrutado de agua corriente, pues cuando se necesitaba una herrada de ella, cualquiera de sus hijas iba corriendo a la fuente a llenarla… En fin… Que cumplía Ester diez años cuando Dña. Margarita, que estaba ya en edad de jubilación, la mandó a dar recado a sus padres, que fueran a verla que quería hablar con ellos.
La pequeña era hasta el momento casi un modelo. Su vida transcurría monótonamente, como las de todos los habitantes de la Castilla rural en la época. El tedio se rompía el día de la fiesta, que había baile y verbena; cuatro días por el verano con cine al aire libre, en la campa de la escuela; en Navidad y Reyes, muñeca Pierina incluida; el día de la Primera Comunión y poco más. Estercita era estudiosa e inteligente y lectora infatigable de cuanto caía en sus manos que era más bien poco. Como nunca se vio apremiada a trabajar a diferencia de sus hermanas mayores, podía dedicar su tiempo libre a quehaceres más placenteros y que le proporcionaban un mayor aporte cultural. La vida en el pueblo no le resultaba demasiado atractiva, así que procuraba escapar a través de la lectura o el cine visto por televisión. Siempre vigilada por alguna hermana, la figura de su padre era para ella tan lejana como la del Espíritu Santo, aunque viviesen en la misma casa y se hablasen cotidianamente con afecto. El tío Cayo la consideraba casi una nieta y siempre la llamaba “Chiquita”, desde que nació. Ester se mostraba a veces algo distante, más por respeto y timidez que por otra cosa porque quería a su padre con locura y nunca le había dado ninguna desazón seria. La Estercita, la pequeña de Cayo, el Banderas, era una niña puesta como ejemplo por otras madres del pueblo ante sus hijas más díscolas o menos respetuosas. Siempre iba arregladita y bien apersonada, atusado el cabello y aseada de cara; con ropa recosida pero limpia, no jugaba con los chicos, era muy estudiosa y obedecía a todas sus hermanas, además de a su padre y a su madre. Si algún familiar o invitado le daba una adehala por algún recado o una propina horra, la guardaba en su alcancía aunque por su gusto quisiera gastarla en chochos o alfeñiques, pero decía su madre que era preciso ahorrar, porque nunca se sabe lo que puede venir y que no nos mande Dios todo lo que podemos aguantar. Queda patente que en el entorno de Estercita la conformidad y el temor a un futuro incierto eran actitudes comunes. Lo que la buena gente no sabía, era que tanto acatar y sentirse dirigida, estaba creando en la niña una personalidad incapaz de tomar decisiones y un poco frustrada. No entendía por qué en su casa todo el mundo tenía derecho a indicarle lo que ella debía hacer, mientras que sus amigas se limitaban a obedecer a sus padres y hermanos mayores, pero a su vez mandaban sobre algún hermano de menor edad, circunstancia esta de la que Ester no disfrutaba.
Incluso un día, poco antes de tomar la Comunión, le preguntó a D. Antonio, el cura, que en que mandamiento ponía que había que obedecer a las hermanas. El sacerdote, asombrosamente hábil con la Dialéctica, como todos los de su profesión, le respondió que no había ninguna orden en el decálogo que explícitamente obligase a someterse a las hermanas, pero si se decía en el 4º mandamiento que era necesario honrar a las personas mayores en “edad, dignidad y gobierno”. Además, si a Estercita le molestaba tanto obedecer a sus hermanas, que pensase que estas actuaban por delegación de sus padres y aunque tenía cuatro mayores que ella viviendo en casa, debía consolarse pensando que desgraciadamente sus cuatro abuelos habían muerto y que si Dios los hubiera conservado con vida, también tendrían derecho a preconizar sobre lo que era bueno o malo en relación con ella. Así que se trataba simplemente de cambiar la autoridad admitida de los abuelos, por la más discutible de las hermanas mayores. De esta suerte, el grado de conformidad de Ester con su condición de persona que se limita a cumplir órdenes, iba aumentando y consolidándose. Estaba claro que ella había nacido para obedecer, para que todo el mundo le dijera cómo y cuando debía actuar y si alguna vez protestaba un poquito, bastaba un estentóreo “¡Chiquita!” de su padre, para hacerla callar inmediatamente, porque la niña era la quintaesencia del retraimiento y la timidez.
Por eso no llegaba a comprender por qué Dña. Margarita quería hablar con sus padres. Normalmente, los críos asocian esta conducta de los maestros a alguna mala acción y esperan que de dichas conversaciones salga para ellos un castigo o cuando menos una reprimenda; así que aquél día Estercita se dirigió a su casa, al salir de la escuela, con algo de preocupación y tratando de recordar, sin conseguirlo, cuándo y en qué había fallado.
_ Madre, que dice Dña. Margarita que vayáis a hablar con ella, padre y tú -pregonó la niña casi a gritos entrando por la puerta de su casa mientras arrojaba la cartera encima de una silla.
_ ¿Qué has hecho? ¿Ha pasado algo? -preguntó la Vivi un poco preocupada.
_ Yo no sé. Yo no he hecho nada - Estercita estaba segura de que no había ningún mal motivo para que su maestra solicitara una entrevista con sus padres. Pero el caso resultó que a la salida de clase, por la tarde, tío Cayo y su mujer, estaban esperando en la plazuela que hay junto a las escuelas. Cuando la última de las niñas hubo salido, Cayo se aproximó a la puerta del aula vacía, seguido a corta distancia por la Vivi y quitándose respetuosamente la boina, se dirigió a Dña. Margarita que estaba recogiendo unos papeles esparcidos sobre la mesa de la maestra.
_ ¿Da su permiso?
_ Pase Vd. Cayo, pase. Y Vd. también Viviana -autorizó la profesora sonriendo afablemente- siéntense donde puedan.
_ Es que nos ha dicho la Chiquita que nos había mandado Vd. llamar -dijo Cayito dubitativo.
_ Así es, en efecto. Saben Vds. que he sido la maestra de cinco de sus siete hijas, todas chicas muy inteligentes y trabajadoras, absolutamente capaces de continuar estudiando o incluso llegar a la universidad.
Tío Cayo y tía Viviana se miraron adarvados. Dña. Margarita continuó:
_ Sin embargo, hasta este momento no me atreví a proponerles nada, porque era consciente de las dificultades por las que Vds. han pasado. Pero ahora creo que sus condiciones económicas han mejorado un tanto, con una hija bien casada, otra trabajando honradamente en Vitoria y otra a punto de casarse, espero que también bien. Además, está la pensión y lo poco o mucho que pueda sacar de las granjerías. ¿No es cierto?
_ No crea, no crea Vd. -respondió taimado Cayito- La pensión es parca ya sabe. Y el terreno, pues con mucho trabajo dando poco fruto. Pero algo mejor si que andamos gracias a Dios, si señora -tuvo que admitir al fin.
_ Bueno, pues me parece que este buen momento no lo podemos desaprovechar con Estercita. La niña vale muchísimo, es muy inteligente y trabajadora, la mejor de sus hermanas. Por eso me gustaría, si Vds. no tienen inconveniente, prepararla para el Ingreso en el Bachillerato. El examen sería el próximo mes de Mayo y tengo el total convencimiento de que Ester lo superaría sin dificultad.
Todo aquello le sonaba a Cayo a música celestial. Había oído hablar del Bachillerato, pero pensaba que eso eran solamente cosas de ricos. Él, a duras penas conseguía garabatear su nombre, leía silabeando y la tabla de multiplicar ya se le había olvidado. La Vivi, por su parte, permanecía sin abrir la boca, escuchando las palabras de la maestra completamente asombrada. Ella nunca supo leer ni escribir.
_ Vd. cree que la Chiquita vale para eso -dijo al fin Cayo- y yo también lo creo, que ninguna de las chicas salió inocente, gracias a Dios y esta es la más lista de todas, sí señora. Pero dígame: ¿Cuál es la razón de todo eso? -y cuando dijo la palabra “razón” se acompañó con el inequívoco gesto de contar dinero, frotando los dedos índice y medio de la mano derecha con el pulgar.
_ Mire Cayo: estudiar el Bachillerato no es caro. Lo único que ocurre es que Ester tendría que vivir en Valladolid, para poder ir a clase al Instituto todos los días, o bien desplazarse desde aquí al Arrabal. Pero yo he pensado que como tienen una hija casada en la capital y pronto van a tener otra, no sería demasiado trastorno que la niña viviera con alguna hermana. Quizá tuvieran Vds. que contribuir un poco económicamente. Yo desconozco las posibilidades de sus hijas, pero creo que entre todos debemos dar a Ester esta oportunidad que sus hermanas no tuvieron, aún mereciéndola todas sobradamente. No quiero que me contesten ahora mismo, pero piénsenlo y respóndame en un par de días. Yo me encargaría de matricularla y arreglar todos los papeles.
En ese momento, Viviana, que se había limitado hasta entonces a prestar atención con los cinco sentidos permaneciendo en silencio, terció en la conversación para manifestar con contundencia:
_ Si dice Vd. que la mi Ester vale para estudiar y puede, como hay Dios le digo que en lo que a nosotros toca lo vamos a procurar.
Y de esa forma, nos encontramos ahora a Estercita, en Octubre del año siguiente matriculada en 1º de Bachillerato en el Instituto Núñez de Arce de Valladolid, después de haber superado el examen de ingreso con Matrícula de Honor, por lo que sus padres no tuvieron que hacer otro dispendio que el correspondiente a los libros de texto, cuadernos y material escolar, pues debido a su alta calificación en el examen de ingreso, se le otorgó el privilegio de la matrícula gratuita. La buena de Dña. Margarita, les gestionó también la solicitud de una beca y de resultas les concedieron unos duros que evitaron la posible carga para la economía de su hermana Isabel, con quien la niña iba a vivir y que ya tenía dos chavales. Con el sueldo de Mariano, su marido, la familia no pasaba necesidades, aunque era preceptivo administrar con mucha sobriedad las pesetas para procurar que a final de mes sobrasen algunas o, en caso de cataclismo, no faltasen demasiadas. Una de las hermanas, de las dos que tenía en Valladolid, se mostró reticente cuando Cayo le comentó la posibilidad de que la Chiquita viviese con ella, pero Isabel, la otra, aceptó encantada la propuesta, porque pensaba que de esta forma tendría una ayuda para los niños y la casa. En definitiva una criada sin sueldo y a su merced.
La vivienda de Isabel y Mariano, era un típico piso construido deprisa y corriendo en los años sesenta en una barriada nueva, Las Batallas, insuficientemente dotada y sin apenas urbanizar. Con menos de setenta metros cuadrados, disponía de tres dormitorios, un comedor, cocina y baño, todo reducido a la mínima expresión. Estercita ocupó uno de los dormitorios, mientras que sus dos sobrinos dormían en el otro y su hermana y Mariano en el mayor de los tres.
A lo largo de los años que duró el Bachillerato, Ester desempeñó verdaderamente el papel de sirvienta en casa de su hermana, ayudándola en todo, desde la crianza de los sobrinos, a pesar de que eran casi de su misma edad, hasta la compra, limpieza y planchado; sin olvidar, por supuesto, la asistencia a clase y los estudios de forma que la personalidad de la chiquilla terminó por amoldarse completamente al papel de eterna obediente, con lo cual nos quedamos sin saber si es que ella era así en el fondo o las circunstancias de su infancia y adolescencia, siempre rodeada de personas mayores a las que respetaba y servía, habían conformado de esa manera su personalidad. El dilema eterno, digno de las más graves polémicas filosóficas, de si fue antes el huevo o la gallina.
Pero es el caso que Ester culminó con extremada brillantez el Bachillerato, figurando en su libro escolar un rimero de matrículas de honor. Sus padres y toda la familia estaban muy orgullosos de ella; el viejo Cayito empezaba muchas conversaciones en el bar del pueblo diciendo “Qué te parece de la Chiquita ¿eh?”. Aunque por otra parte no dejaba pasar una oportunidad sin decirle a la niña que lo que ella había conseguido era gracias al sacrificio de todos, menospreciando de alguna forma inconscientemente la inteligencia y el propio esfuerzo de la chiquilla, su inmenso tesón y su enorme fuerza de voluntad. Aquellos aviesos comentarios producían en Ester la sensación de que todo lo que tenía era merced a los demás, una suerte de préstamo sin interés, pero que la niña procuraba devolver mostrándose siempre obediente y solícita, tratando de que nadie tuviera motivo para hacer ni siquiera un mal comentario sobre ella. Si en algún momento flaqueaba y daba una respuesta inapropiada a su hermana inmediatamente se le recordaba que la alternativa era una fábrica o ir a entresacar ajos y Ester siempre acababa callando y asintiendo con resignación pero a la vez satisfecha, pues pensaba que el premio a su estoicismo y a su sumisión, era verse libre de las duras faenas agrícolas, de un rápido matrimonio con algún azacán o badulaque de un lugar vecino o del alienante trabajo en una cadena de montaje de cualquier industria. En lugar de estas penosas alternativas se le ofrecía la eventualidad de poder acceder a la Universidad, de modo que no cabía duda acerca de la actitud a tomar: satisfacción en la sumisión y en la obediencia.
De una u otra forma, tenemos a aquella niña de trenzas negras y guardapolvo rosa que en 1.965 se incorporaba a la escuela de Doña Margarita, convertida en una señorita de dieciséis años que esperaba culminar el nuevo curso de COU con la misma brillantez con que había terminado los anteriores. Pero aquél curso se iba a introducir una excitante novedad en el instituto: por primera vez se incorporarían chicos a la clase de las niñas, de forma que la tímida Ester por una parte estaba ansiosa por llegar a clase aquél primer día aunque por otra, algo en su interior la mantenía inquieta y un poco asustada.
Estaba claro que nunca había tenido contacto con un chico. No hablamos ya de una relación más o menos seria que, teniendo en cuenta la edad de nuestra protagonista y la sociedad en la que vivía estaría completamente fuera de lugar. Su experiencia con el sexo opuesto no había pasado de un ocasional y disimulado vistazo a algún guapo muchacho, bajando inmediatamente la cabeza si el observado se daba cuenta y devolvía la mirada. Por supuesto que conocía teóricamente lo que un hombre y una mujer hacen para tener hijos, y lo que pueden hacer para disfrutar sin tenerlos. Hay que recordar que Ester nunca dejó de ser una chica de pueblo, acostumbrada desde niña a contemplar las intimidades de los animales, sin contar con que en clase les habían explicado algo de esto; aunque de manera más científica que práctica, es cierto, pero al menos alguien les informó un poco sobre la reproducción humana. Además, había comentarios de amigas más atrevidas que ella, acerca de furtivos besos en los portales y alguna que otra caricia en un cine, pero Estercita jamás había permitido que la acompañaran a casa y no ciertamente porque no le hubiera gustado, sino por pura y simple timidez. Incluso pensaba, quizá con razón, que si su hermana se enterase de que andaba con chicos la regañaría. Por otra parte a ella nunca le habían dado dinero para ir al cine o para gastos, de manera que los fines de semana se los pasaba estudiando o ayudando a su hermana con la casa y los niños. Los días de vacaciones los malgastaba en el pueblo, pues en ningún momento tuvieron ni ella ni su familia la suficiente capacidad económica como para permitirse otras opciones más interesantes. En Santiago el trabajo y las obligaciones eran aun mayores, porque a la habitual ayuda en casa solían añadirse algunas interminables jornadas en el campo, de manera que su exigua vida de relación se circunscribía a las conversaciones con un par de buenas amigas cuando decidían estudiar juntas o compartir apuntes.
Es cierto que a veces le producía algún desasosiego el oír por la noche, mientras ella estudiaba, los quejidos profundos y los suspiros de su hermana haciendo el amor mientras su cuñado resoplaba con furia, porque todo podía escucharse sin querer a través del fino tabique de rasilla que separaba el cuarto del matrimonio del suyo propio. Incluso había logrado predecir el momento del orgasmo, atendiendo al aumento del ritmo y la intensidad de los suspiros. Cuando Isabel explotaba, lanzando a veces verdaderos alaridos, Estercita se quedaba un momento pensativa, absorta, intentando imaginar que clase de sensación sería esa que hacía que su hermana se comportara de forma tan poco comedida lanzando esos gritos y gemidos. Pero al poco rato, se concentraba de nuevo en la materia que estaba estudiando y se olvidaba del asunto, hasta que los hechos volvían a repetirse cualquier otra noche.
También una vez, tuvo la oportunidad de ver a uno de sus sobrinos desnudo. Creo que ya hemos dicho que a Marianete, el mayor de ellos, le llevaba Ester poco más de un año y en una ocasión, un sábado por la mañana en que la niña estaba estudiando en su cuarto, como habitualmente hacía, el chico llegó sudoroso de jugar un partido de baloncesto y se metió en la ducha. Al notar la ausencia de sus padres y hermano, tal vez se creyó que estaba solo en la casa, pero la realidad es que no tuvo la precaución de echar el cerrojillo de la puerta del cuarto de baño y cuando Ester, teniendo necesidad de orinar, la abrió, se lo encontró totalmente desnudo, de pie frente a ella, secándose el cuerpo con una toalla blanca y luciendo una media erección que logró que la chica quedara fascinada por esa parte de la anatomía masculina durante varios días.
Era la primera vez que veía a un chico así, aunque en el Instituto había circulado subrepticiamente una colección de fotos pornográficas y a alguna de ellas le había echado un vistazo, pero jamás había tenido hasta entonces la oportunidad de contemplar nada al natural que mereciera un poco la pena. Es verdad que cerró con prontitud la puerta del baño, poniéndose terriblemente colorada, pero no pudo evitar que la imagen del pene casi erecto de su sobrino la persiguiera incesantemente durante varios días. Al final, llegó a la conclusión de que aquellos pensamientos eran intrínsecamente malos, por lo que utilizando una parte de su enorme fuerza de voluntad, se los quitó de la cabeza dedicándose de nuevo por entero a sus labores domésticas y estudiantiles.
Pero ahora el asunto era muy diferente. En clase iba a convivir con media docena de chicos, todos ellos poseedores de una parte similar a la que lució aquél día su sobrino y que tanta inquietud había suscitado en ella. Se sentía excitada y ansiosa. Desde que le había venido la regla, hacía un par de años, además de la evidente transformación que se operó en su cuerpo, a su mente acudían también con demasiada frecuencia escenas eróticas, incluso soñaba que veía muchachos desnudos o que alguno de ellos, siempre el más guapo, le daba apasionados besos en los labios. Sin embargo siempre terminaba controlándose y alejando de ella todos aquellos pensamientos, considerando que ese tipo de divagaciones la distraía de su objetivo, que era estudiar.
Llegó al instituto, buscó su aula, ocupó un pupitre y se acodó sobre él. La clase de Ciencias aún no había comenzado y se entretuvo hablando con las compañeras a las que no veía desde el mes de Junio. De pronto se hizo el silencio y entre sonrisas y cuchicheos de las chicas, dos desgarbados muchachos entraron en la clase y sin apenas levantar la vista del suelo, se sentaron uno al lado del otro. Al poco tiempo llegó D. Francisco, acompañado de cuatro chicos más, alguno de ellos realmente guapo, según comentaron las más expertas.
El Instituto Niñez de Arce había sido siempre femenino, mientras que el masculino se llamaba Instituto Zorrilla. Realmente ambos centros ocuparon durante muchísimos años el mismo edificio, pero no vayamos a creer por eso que la enseñanza era mixta o que había una parte para los chicos y otra para las chicas. Cuando decimos el mismo edificio, queremos indicar que de nueve de la mañana a dos de la tarde aquél caserón de ladrillo situado en la plaza de San Pablo se llamaba Instituto Zorrilla y estaba ocupado por muchachos de diez a diecisiete años. Pero por arte de magia, desde las tres de la tarde hasta las ocho de la noche pasaba a denominarse Instituto Núñez de Arce y estaba ocupado por chicas de las mismas edades. Los hábiles moralistas del franquismo conseguían así que en un solo edificio pudieran estudiar los dos sexos sin recurrir a la enseñanza mixta. Realmente toda una prueba de sinergia y adecuación de los recursos, aunque los profesores nunca lograron evitar el trasiego de notas, citas y cartas de amor que se escondían en los rincones de los pupitres, sabiendo sus usuarios que aquel mismo lugar iba a ser ocupado, pasadas unas horas, por una persona del sexo opuesto y similar edad.
Pero debido a que el aumento de población estudiantil en los años sesenta hacía insostenible el sistema, se construyó en el Paseo de Isabel la Católica un edificio nuevo para albergar el Instituto Núñez de Arce. En este centro, obra concebida por el conspicuo arquitecto Sr. Fissac al parecer durante una noche de tercianas, más parecido a un gallinero que a otra cosa ninguna, es donde Ester Bueno cursó COU y donde se incorporaron, aquella mañana de Octubre, seis aturdidos muchachos en medio de una clase de casi treinta chicas.
D. Francisco hizo las presentaciones:
_ Ya sabéis que a partir de este curso el instituto será mixto, por lo tanto quiero presentaros a vuestros nuevos compañeros. -A continuación fue diciendo en voz alta el nombre de cada uno de los chicos, a la vez que el interpelado levantaba la mano entre los cuchicheos y las sonrisas de las muchachas expectantes. Realmente no fue una buena idea la del profesor de Ciencias, porque alguno de los alumnos varones pasó verdadera vergüenza. Tal vez hubiera sido mejor comenzar la clase como si nada diferente ocurriera, pero desde luego D. Francisco, a sus casi setenta años, no destacaba por su capacidad para comprender los sentimientos y afectos de los adolescentes.
Como casi todo en la vida, al principio las chicas estaban inquietas por la novedad, pero poco a poco el tiempo fue poniendo las cosas en su sitio y a mediados del trimestre, los nuevos compañeros pasaban completamente desapercibidos, excepción hecha de tres o cuatro niñas, más atrevidas que el resto, que flirteaban descaradamente con los muchachos. Incluso tenemos entendido que surgió alguna bonita historia de amor.
Pero nada de esto influía en la férrea condición de nuestra protagonista que continuaba entregada al estudio con dedicación exclusiva y con el mismo apasionamiento que de costumbre. Al llegar las vacaciones de Navidad, le pidió permiso a su padre para asistir a una academia con el fin de perfeccionar su conocimiento de la lengua inglesa y como Cayito consideró que el gasto no era descomunal, dio su visto bueno. Ester, que ya tenía decidido de antemano a qué escuela quería ir, al comienzo del segundo trimestre se encontró asistiendo a clase de inglés de seis a siete de la tarde en una academia que se anunciaba pomposamente como “Warwick House. Centro Lingüístico Cultural”, situada en la calle de López Gómez.
Desde el primer momento que le echó la vista encima al profesor, se enamoró perdidamente con ese amor supino e intenso de los adolescentes. Se trataba de un joven cinco años mayor que ella, alto y guapo, al parecer abierto, simpático y accesible. A Ester le pareció el tío más bueno que jamás había visto y mantenía, durante toda la clase, los ojos fijos en él. Le miraba con disimulo a la cara cuando estaba sentado y cuando el profesor se levantaba para explicar algo en el encerado, ella paseaba la vista con delectación por todo su cuerpo. La chica tenía diecisiete años y el joven profesor veintidós; era pues una alocada pasión juvenil, el típico enamoramiento irresponsable y sin futuro, pero era amor, al cabo.
Las facciones y el cuerpo de Roberto, su profesor de inglés, pasaron a convertirse en una fijación para ella. Malgastaba continuamente el tiempo pensando en él, soñaba que se besaban e incluso trataba de imaginar, a veces, cómo sería su cuerpo desnudo. A mediados del segundo trimestre Ester había comprendido que resultaba absolutamente imprescindible hallar un remedio para su obsesión, pero desde luego quedaba a priori descartada la posibilidad de decírselo a Roberto abiertamente. El problema era que ella desconocía como insinuarse, esa ritualizada pauta de comportamiento que llevan a cabo las mujeres con mayor madurez, para hacerle entender a un hombre lo que quieren sin necesidad de pronunciar una sola palabra; actitud que por otra parte los hombres medianamente experimentados saben captar inmediatamente.
Ester era una niña. Pero Roberto no.
Por supuesto que no le habían pasado inadvertidas las miradas de aquella magnífica muchacha de diecisiete años, alta y morena, de larga cabellera negra, labios carnosos y ojos como el carbón. Él no tenía experiencia en dar clase a personas casi de su edad, porque los dos años anteriores había estado con niños y niñas más pequeños. Un avispado amigo le había dicho que siempre hay alguna pupila que se enamora de su profesor, pero Roberto no dio ninguna importancia al comentario. Sucede, sin embargo, que su experiencia con las mujeres era muy superior a lo que podría considerarse habitual a su edad, por lo que se dio cuenta de lo que estaba pasando por la mente de su alumna y decidió que, como la chiquilla merecía la pena, iba a tratar de ligar con ella.
Por eso un día le pidió que se quedara un momento después de clase con la disculpa de tratar de solucionar un asunto banal y aprovechó la oportunidad para deshacerse en palabras amables e invitar a la chica a tomar un café. Ni que decir tiene que Ester aceptó sin dudarlo inmediatamente y durante la conversación ante las dos humeantes tazas, Roberto le dijo que se había fijado en ella desde el primer día y que le gustaría que fueran amigos, pero las estrictas normas de la academia le impedían mantener una relación de ese tipo con una alumna, por lo cual era mejor que quedasen un día en otro sitio si a ella no le importaba. Ester accedió de nuevo sin hacer observaciones manifestando que estaba dispuesta a cualquier hora, salvo las de clase y en cualquier sitio. Esta falta de reparos, hizo comprender a Roberto que sus sospechas eran ciertas pero elevadas al cuadrado. La chica estaba completamente coladita por él.
Se citaron en la cafetería Niebla, en la calle Ruiz Hernández esquina a Librerías. Eran las cuatro de la tarde y Roberto pidió un Magno. Ester, queriendo hacerse la mayor, pidió otro. Comenzaron a conversar.
A la chiquilla con ayuda del coñac se le soltó la lengua, porque no tenía costumbre de beber, ni mucho ni poco. Por eso no puso objeciones a contarle a Roberto de dónde era, dónde vivía y su situación personal. Tampoco estaba todavía en la edad de desconfiar de nadie y tenía tendencia a creer, como todas las personas poco experimentadas, no solamente que los demás estaban provistos de similares normas éticas y personales que ella misma, sino que los sentimientos que las personas le inspiraban eran recíprocos. Según esto, su profesor de inglés debería sentirse atraído por ella, de la misma forma que ella se sentía atraída por él.
Aunque esto no era cierto con la vehemencia que Estercita hubiera deseado, la verdad es que Roberto estaba fascinado por la muchacha. Ahora que la tenía cerca, podía saborear lentamente la belleza juvenil de su rostro y cuando salieron a pasear, observó su cuerpo, bien formado y apetecible. Precisamente por haber tenido relaciones con varias chicas, sabía apreciar la serena belleza y el comportamiento ingenuo de Ester. Le encantaban las historias que le contaba del pueblo y la niña disfrutaba hablando, sabiendo que por primera vez alguien la escuchaba con interés. El tiempo se les pasó volando así que decidieron volver a reunirse para continuar la conversación.
Primero se veían un par de veces a la semana, pero paulatinamente sus encuentros fueron ganando en frecuencia y duración de modo que al cabo de un par de meses se hicieron novios oficiales. Durante este tiempo, Ester se enteró de que Roberto trabajaba en la Caja de Ahorros Popular y que el único mérito que tenía para ser profesor de inglés era haber vivido cuatro años en Londres, pero no poseía titulación ninguna que le capacitase para la enseñanza del idioma, aunque a decir verdad era un pedagogo nato. Sin embargo, la única motivación que le había llevado a la docencia era económica: ganarse unas perrillas para complementar el exiguo sueldo que le pagaba la Caja. También supo la muchacha que el chico vivía solo en la calle Torquemada, en la Rondilla. Roberto le habló de su madre, de su hermana, que estaba estudiando y de la muerte de su padre hacía ya seis años. Ester se entregó a él ciegamente, sin reservas, encontrando en su compañía apoyo, comprensión, seguridad y una gran felicidad.
Aunque llevaban ya dos meses saliendo, en ningún momento hubo entre ellos el menor contacto físico ni el menor roce si hacemos excepción de una docena de castos besos y algunas caricias en las manos. A los pocos días de comenzar a hablar, Roberto se enteró de que la chiquilla era virgen y decidió obrar con exquisita cautela para darle confianza y evitar que huyera despavorida. Por otra parte le agradaba mucho la posibilidad de ser él quien estrenara a una muñequita como aquella y por eso se propuso hacer todo lo que fuera preciso para no malbaratar la ocasión única que se le presentaba. También se sentía muy ufano cada vez que pensaba que se le brindaba la oportunidad de educar en el sexo a una maravillosa chiquilla y había aceptado el reto consigo mismo de hacer de Ester una experta en el arte del amor, o al menos con las suficientes habilidades como para satisfacerle a él totalmente. Pero para todo esto era menester ir con suma delicadeza y cautela exquisita.
Por eso se limitaba a hablar, pasear con ella, invitarla a cenar o al cine, comprarle regalos y todas esas atenciones y detalles que nadie había tenido nunca con la niña. Cada vez que se planteaba algún dilema del tipo “a dónde ir esta tarde”, Roberto permitía sabiamente que Estercita eligiera, asegurando que él estaría bien en cualquier parte siempre que fuera en su compañía. Esto a la niña le encantaba. Por primera vez, alguien respetaba sus gustos y le daba libertad de actuación, valorándola por su forma de ser y no por su manera de comportarse.
Pero del mismo modo que le ocurría cuando pensaba que la obediencia y sumisión a sus padres y hermanas traía como premio el verse libre de determinados quehaceres y la posibilidad de acudir a la Universidad, pensaba la niña que la felicidad y el amor que Roberto le proporcionaba debería pagárselo de alguna forma. La chiquilla siempre se sintió tan poca cosa, que se consideraba en deuda con todo el mundo, y como era educada y de buena crianza, sentía la necesidad de pagar las deudas, devolviendo lo que pudiera para satisfacer a aquellas personas que supuestamente la favorecían, pues ya se sabe que de bien nacidos es ser agradecidos. Así había terminado por adorar a Roberto, y cuando decimos adorar no estamos empleando una frase hecha o un lugar común: queremos decir que Estercita reverenciaba a su novio con sumo honor y respeto, considerándole casi como cosa divina.
La existencia del muchacho no había pasado desapercibida para su hermana, pues la Estercita estaba cada vez menos tiempo en casa. Para ser más exactos, permanecía en el domicilio el tiempo estrictamente necesario para comer, dormir, estudiar y llevar a cabo sus trabajos escolares. Continuaba echando una mano en las labores domésticas, pero las protestas eran cada vez más frecuentes y con mayor vehemencia así que cuando Isabel le ordenaba algo, la respuesta de la niña era siempre en tono desabrido y contestón con lo cual se conseguía que su hermana maldijese mil veces la aparición del novio. Lo malo es que lo decía en voz alta y con ello lograba el efecto contrario al que aparentemente pretendía: cuanto peor hablaba de Roberto, mayor era el amor, la ternura y la adoración que Ester sentía hacia él.
Porque realmente Estercita estaba adamada hasta los huesos de su esbelto profesor de inglés. El sentimiento era recíproco, aunque no tan intenso por parte de Roberto que era bastante más frío que ella, menos vehemente e impulsivo y más calculador. A Ester le ofrecía una gran confianza el hecho de que jamás hubiera intentado propasarse, que le cediera la acera, le hiciera regalos y se comportara según lo que antiguamente se definía como un perfecto caballero. Toda esa actitud solícita y galante hacía que se sintiese por primera vez no como una niña, sino como una mujer madura y deseable, aunque si realmente hubiera sido madura o al menos más experimentada tendría que haber desconfiado de la actitud de un hombre que después de unos meses no intenta al menos un contacto sexual con una mujer. Alguna vez, cuando la acompañaba a casa, se habían dado un beso en la mejilla y aunque en muchas ocasiones ella había ofrecido sus labios, no siempre el chico les había prestado atención. La niña sabía perfectamente que el fin último del enamoramiento es hacer el amor y estaba preparada para cuando llegase ese feliz momento. Además, como Roberto no le había ocultado sus pasadas aventuras, a la muchacha le daba mucha confianza saber que su novio era suficientemente experimentado y que, a buen seguro, la guiaría por el mejor camino y procuraría no hacerle daño para que todo saliera a la perfección. Alguna de las tardes que habían pasado solos en su casa, pensó que había llegado el momento, pero Roberto se conformó con media docena de besos y unas cuantas caricias en las manos.
Pero es preciso que abandonemos ahora a la enamorada Ester a su suerte, pues debemos ocuparnos de otros asuntos y otras personas, de las cuales pensamos dar detallada cuenta en el capítulo siguiente, esperando que este que aquí concluye no le haya causado al infortunado lector demasiado desasosiego y padecimiento.
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