



La ciudad a la que llegó el joven Marcos aquella desangelada mañana, no era todavía la Valladolid capital de Castilla y León, acaparadora de recursos y post industrial en que se convertiría andando el tiempo, sino una pequeña urbe provinciana, de poco más de ciento cincuenta mil habitantes que por aquellos años estaba construyendo demasiados barrios nuevos con excesiva prisa, escasa eficiencia y nula calidad.
La casualidad, como tantas veces, fue la que decidió que Marquiños estudiase en la capital castellana y no en cualquier otra parte. Después de haberse determinado irrevocablemente a marchar de su casa y de su ciudad y una vez alcanzado el acuerdo con su madre, su primera preocupación fue decidir dónde y cómo se matricularía. Su mente, extremadamente lógica y pragmática, con poco resquicio para la improvisación, estableció un orden de prioridades: lo importante era encontrar un alojamiento en algún lugar que contase con universidad y una vez resuelto esto, debería gestionar su matrícula, pues a él personalmente tanto le daba una población como otra, ya que el mero hecho de poder marcharse constituía en sí mismo un triunfo independientemente del lugar al que fueran a parar sus huesos. Y quiso el azar, que nunca descansa, que el hermano de un compañero suyo de instituto acabase de retornar a Santiago con su flamante título de Licenciado en Medicina y Cirugía bajo del brazo, título obtenido en la Universidad de Valladolid. Por mediación de este joven se puso Marcos en contacto con una pensión de estudiantes, una especie de casa de la Troya, pero en la capital del Pisuerga. La huéspeda le aseguró que le guardaría plaza en su casa para el siguiente curso y a partir de ahí, a través de la propia Universidad de Santiago, se matriculó en Valladolid en primero de Derecho. En la España de entonces este hecho era factible, pues el estado descentralizado o la autonomía de las Universidades era una entelequia: todas dependían del Ministerio de Educación y Ciencia y todo el poder y la capacidad de decisión estaba en Madrid. El muchacho realizó las gestiones necesarias derrochando paciencia y horas ante las ventanillas, pero al fin logró lo que pretendía: había encontrado, en la capital del Pisuerga, un lugar donde vivir por un precio no excesivamente disparatado y estaba matriculado en Valladolid.
Cargando con una maleta y un portamanteo y llevando de la mano una bolsa con la inscripción México 68 y los aros olímpicos, extraordinariamente cansado y medio dormido después de casi doce horas en el tren, alcanzó el bar de la estación y se sentó a tomar un café pues no juzgaba conveniente llegar a la pensión tan a deshora como lo era las cinco y media de la mañana y a pesar de que la patrona le aseguró por teléfono que no había ningún problema al respecto, decidió esperar hasta las siete por parecerle a él que esa hora, aunque tampoco excesivamente apropiada, al menos no resultaba tan intempestiva. Se sentó en una mesa y luego de dar cuenta del café y de los restos de un bocadillo, alcanzó el libro que había venido leyendo en el viaje, encendió un cigarrillo y se dispuso a esperar pacientemente. Sin embargo y a despecho de lo que solía ser habitual para él, le resultó imposible concentrarse. Disimuladamente escuchaba las conversaciones de los parroquianos, llamándole la atención la fonética, tan diferente a la que estaba acostumbrado a oír y a la suya propia. Juzgó que era un acento seco y nada dulce, quizá el correcto hablando en castellano, eso no lo dudaba, pues los expertos dicen que es precisamente en Valladolid donde con mayor corrección se habla el idioma de Cervantes, pero extrañaba a sus oídos el modo en que pronunciaban las vocales, tan cortas, de suerte que a no estar seguro de encontrarse en Castilla, le hubiera parecido que parlaban en algarabía. Escuchaba a ratos y leía otros, pero a poco más de las seis y viendo que se le cerraban los ojos sin remedio, salió del edificio de la estación, alquiló un taxi y dio la dirección de lo que iba a ser su nuevo domicilio en la calle Cárcel Corona. El coche arrancó con Marquiños en el asiento trasero haciendo esfuerzos por no dormirse mientras que sobre la antigua ciudad castellana amanecía.
Era uso del joven documentarse previamente a la visita a cualquier lugar, aunque fuera en viaje turístico de un día. Esta costumbre la mantuvo durante toda la vida, de forma que en ocasiones daba la sensación y así era en realidad, que él, como visitante, sabía más de la ciudad que los propios lugareños, pues suele ocurrir con frecuencia que nadie se preocupa de conocer lo que tiene cercano, imaginando que siempre habrá un momento adecuado para hacerlo. Así se tiene por cierto que hay gente que se muere después de recorrer medio mundo, pero desconoce su propio país. Nunca fue este el caso de Marcos, pues, como ya decimos, tenía por costumbre informarse con mucho pormenor sobre los lugares que iba a visitar y durante su vida tuvo la ocasión de conocer toda o gran parte de España. Si le parecía necesario recabar datos sobre cualquier población en la que iba a permanecer unas horas, podemos imaginar que cuando llegó a Valladolid, ciudad en la que esperaba vivir al menos cinco años, era capaz de dar una conferencia sobre la historia de la villa.
Vuelve a abrir aquí un paréntesis Vidueiras, para decir que este es el momento y la ocasión tan temida en que el autor de esta real y verdadera historia se remonta a nuestros primeros padres y al Génesis todo, dando al lector más enojo del que merece. Y dice el compilador de este nunca visto relato, que pudiera haber podado casi la mayor parte de lo que viene a continuación, pero si él se vio obligado a leerlo, es de la opinión que también debemos hacerlo todos, siguiendo la pérfida costumbre que tenía Lázaro de Tormes: métame yo en el charco si con ello se mete también el ciego. De modo que Vidueiras nos sentencia a leer el escrito original sin variar en él una coma. Cumplamos pues la condena esperando que la incomodidad pase prestamente sin producirnos enfado, porque pesadumbre nos la ha de dar, mal que nos pese. Y con resignación seguimos:
Así supo que la ciudad tiene su origen en una pequeña población vaccea, tribu celtíbera que hablaba alguna suerte de idioma de origen celta y que habitó cincuenta mil kilómetros cuadrados a lo largo de los cauces de los ríos Duero y Pisuerga (Dorius y Pisoraka), desde Soria hasta Zamora, allá por el siglo VII a.C. No se tiene constancia de que Valladolid fuera por entonces una ciudad importante como lo fueron Pallantia (Palencia) Tela (Tudela de Duero), Kauka (Coca) Pintia (Padilla de Duero), Amallóbriga (Tiedra), Arbukala (Toro), Lakóbriga (Carrión de los Condes), Interkatia (Montealegre de Campos) o Helmántika (Salamanca), pero está probado su comienzo vacceo. La controversia sobre el origen etimológico del topónimo ha durado años. Se manejaba, como más aceptado, valle de Olid, (haciendo mención a uno de los caudillos árabes que pasaron a la península en el siglo VII); pero también valle de los olivos, de difícil explicación, o incluso valle del sol, absolutamente indefendible. Sin embargo, descubrimientos realizados precisamente en la década de los sesenta vienen a corroborar la ascendencia vaccea, es decir celtíbera, del nombre: valles tolitum, que significa valle de las aguas. Toledo tendría el mismo origen etimológico celta romanizado.
Todas estas cosas había investigado Marcos invirtiendo horas en las bibliotecas de Santiago, pero en este momento no tenía más preocupación que pagar el taxi y conseguir arrastrarse él mismo, así como su bagaje, hasta poder dar con su cuerpo en un lugar aparente donde dormir. La huéspeda estaba recién levantada y le abrió la puerta vestida con bata a cuadros y pantuflas, estampándole un par de sonoros besos en las mejillas. Rosario era una mujer inmensa, tan cargada de carnes que solamente le faltaba tener buena voz para pasar por cantante de ópera. Tenía menos de cuarenta años aunque aparentaba algunos más, porque en su aspecto y forma de vestir no se mostraba juvenil precisamente. Era madre de tres hijos y esposa de un hombre menudo y flacucho, que abultaba la mitad que ella; su marido ganaba el sustento trabajando, siempre de noche, en una fábrica de conservas. Como el sueldo no era mucho y los hijos crecían comiendo y vistiendo, el día que el piso contiguo al suyo se puso a la venta, el matrimonio decidió comprarlo para establecer en él una pensión de estudiantes, aprovechando la situación del edificio donde vivían que no distaba más de diez minutos de cualquier facultad. Dicho y hecho: adquirieron la vivienda y abrieron una puerta para comunicarla con la suya propia. Realizaron en el nuevo piso las transformaciones pertinentes para pensionar en él al mayor número posible de chicos; de este modo, despojaron la cocina de todo su mobiliario propio y pusieron en ella un catre, convirtiéndola en dormitorio; otra cama en cada una de las alcobas pequeñas y dos en el dormitorio principal dieron como resultado que cinco jóvenes estudiantes universitarios vivían en setenta metros cuadrados y con un solo cuarto de baño, pues ni esta pieza ni el salón o comedor, sufrió modificación alguna. El no disponer más que de un aseo para tanta gente, conllevaba casi a diario conflictos a primera hora de la mañana, pero los chicos sufrían estas deficiencias con estoicismo, aunque no así la estricta norma de la casa que prohibía explícita y taxativamente visitas de personas de sexo femenino a deshora. Rosario amenazaba con la expulsión fulminante en caso de descubrirse tamaña fechoría, porque su casa era “una casa decente”. A pesar de tan severas medidas coercitivas, más de una vez los chicos se las ingeniaron para subir a las novias o amigas, colaborando entre todos para ocultar el delito a la huéspeda, siguiendo a pies juntillas aquella vieja máxima que dice “hoy por ti, mañana por mí”
Cuando Marcos conoció la distribución y posibilidades de la pensión, solicitó la habitación compartida, por resultar algo más barata que las otras y no estar su economía para dispendios. Pero ello no fue posible pues ya estaba ocupada por dos amigos leoneses que llevaban varios años estudiando juntos la misma carrera, de modo que el joven gallego tuvo que conformarse con un cuarto individual, situado a la entrada de la vivienda a la mano derecha del pasillo. Una cama de noventa con cabecero de haya, armario de dos cuerpos y mesa de noche a juego, un flexo sobre un bufete amplio y una silla de brazos componían la totalidad del mobiliario de la alcoba. Era “la mejor habitación de mi casa” según expresión que Rosario aplicaba a todas ellas.
El recién llegado depositó su equipaje en el suelo, pensando que ya tendría tiempo de ordenarlo adecuadamente; aceptó de buena gana el tazón de café con leche y los alcorzados que Rosario le ofrecía y pocos instantes después de meterse en la cama se quedó felizmente dormido, pensando que había iniciado la trayectoria de su nueva vida y que, como dice el refrán, un gran viaje comienza siempre por un pequeño paso.
Aunque era la primera vez que pisaba Valladolid, realmente conocía muchos de los pormenores históricos y actuales de la ciudad, por haber invertido el tiempo suficiente en averiguarlos. Así, sabía que en la Edad Media, las tierras que conforman la actual provincia quedaron completamente despobladas por haberse convertido en zona de guerra. Cabezón de Pisuerga continuó existiendo como pequeño reducto fortificado y cabeza de partido jurisdiccional y militar y cuando aquellas tierras volvieron a estar habitadas en el siglo XI, surgió una pequeña población, apenas una aldea, dentro de la jurisdicción de Cabezón. Ese es el origen de la actual ciudad de Valladolid.
En 1.072, Alfonso VI, rey de Castilla y de León, otorgó el señorío de aquella aldea a su ayo Don Pero Ansúrez, conde de Saldaña, con el encargo de repoblar la zona “usque ad flumen Pisoraca dicitur”, lo cual llevó a cabo el conde de muy buena gana como habitualmente se hacía por entonces, que era trayendo a algunos de sus propios vasallos desde el condado de Saldaña hasta sus nuevas posesiones en la margen izquierda del Pisuerga, ofreciéndoles pegujales y senaras con lo que se aseguraba la voluntariedad del traslado. El conde mandó construir también un palacio o castillo en el que establecería su residencia, así como una colegiata, cuyos restos se conservan al lado de la actual catedral herreriana. También dispuso el conde de Saldaña que se tendiera el primer puente que cruzó el río Pisuerga a la altura de Valladolid, el que hoy se llama Puente Mayor. De esta manera, la futura villa se convirtió en centro eclesiástico, burocrático y comercial
En el siglo XIII experimentó un rápido crecimiento destacándose de forma importante en el ámbito clerical y monumental. Alfonso X el Sabio celebró su boda con Dña. Violante en esta villa iniciándose desde entonces una serie de acontecimientos históricos: coronaciones, nacimientos de príncipes y matrimonios reales que dieron gran relevancia a la futura ciudad. Doña María de Molina, regente de Castilla durante la minoría de su hijo Fernando IV y posteriormente también de su nieto Alfonso XI residió en Valladolid y en 1.295 convocó Cortes lo cual proporcionó a la localidad un gran renombre y una singular importancia.
En el siglo XIV, el Estudio General de Valladolid (que funcionaba desde el siglo XI dependiendo de la Universidad de Palencia), se transformó a su vez en Universidad por privilegio pontificio. Poco después se le añadieron los Colegios de Santa Cruz y San Gregorio, verdaderos focos de cultura. Todavía por entonces no existía el concepto de capital propiamente dicho, pues los monarcas eran excesivamente itinerantes y el poder residía en el lugar donde se encontrasen en aquel momento los reyes. Pero en el siglo XIV fue Corte y residencia real en múltiples ocasiones, llenándose de palacios y casas blasonadas. Valladolid sobrellevó a partir de entonces un gran influjo social y cultural del clero.
En 1442 se asentó en la villa permanentemente lo que se conocía como Real Chancillería que verdaderamente era una Audiencia con poder equivalente a lo que hoy conocemos como Tribunal Supremo y representaba la última instancia judicial de los reinos de Castilla, León y Galicia. Dicha trascendental y poderosísima institución tuvo su sede a partir de 1485 en el Palacio de los Vivero. En esta casa se había celebrado casi de manera clandestina y en 1469, el matrimonio de los Reyes Católicos. Durante el siglo XV Valladolid llegó a ser la capital política de la Monarquía y aunque en esa época, como ya hemos dicho, no se tenía en cuenta el concepto actual de "capital", la ciudad pasa a ser un importante centro de poder gubernamental y administrativo y se convierte en la segunda urbe más populosa del Reino, después de Sevilla. Fue además una de las primeras poblaciones de España en poseer una imprenta.
Todas estas cosas había averiguado Marcos Laxe, dejándose muy a gusto las pestañas y parte de su tiempo en diversas bibliotecas de Santiago, así que podemos afirmar, como ya hemos tenido ocasión de decir, que llegaba a la capital castellana con unos conocimientos sobre la historia y circunstancias de la ciudad, muy superiores a los que podían tener la mayoría de los propios vallisoletanos. Su primera mañana a orillas del Pisuerga la pasó durmiendo, ya que despertó casi a mediodía, llamó a su familia para decirle que había llegado bien y después de asearse convenientemente comió con apetito lo que Rosario le sirvió. Todavía no habían llegado el resto de los que iban a ser sus compañeros de piso, pues propiamente no comenzaba el curso hasta pasados unos días, pero Marquiños, de propio intento, había juzgado oportuno incorporarse algunas jornadas antes para disponer de tiempo suficiente que le permitiera entran un poco en contacto con la ciudad, tomarle el pulso, localizar la Facultad de Derecho y pasear por sus calles. Comió bien, viandas sencillas pero adecuadamente aderezadas, dos platos y postre lo suficientemente abundantes como para matar el hambre de un joven sano de apenas diecisiete años, un metro noventa de estatura y casi ochenta y cinco kilos de peso; lo cual no es decir poco, porque nunca fue Marcos parco en el comer pues, como ya iremos viendo, de los siete pecados capitales solamente cayó en la lujuria y en la gula; sin embargo lo hizo con nulo propósito de enmienda y con tal frenesí y reiteración que bien podemos decir que esos pecados sirvieron por los otros cinco.
Levantados los manteles se dedicó con los cinco sentidos a la tarea de ordenar su habitación, deshaciendo el equipaje y colocando las cosas en su sitio. Decimos con los cinco sentidos porque el propio Marquiños era consciente de que la disposición y colocación de sus objetos que estableciese en aquel momento no iba a variar nunca mientras viviese en aquella casa y utilizase aquella habitación, por lo tanto resultaba de suma importancia que las decisiones que ahora adoptase fueran las correctas, de modo que cada uno de sus adminículos y ropas estuviera almacenado en el lugar más adecuado y no en otro cualquiera. Desde su época de interno y hasta su muerte, conservó una obsesiva pasión por el orden, de modo que resultaba para él insufrible ver sus cosas fuera de los lugares que previamente les había asignado. El orden en la distribución y colocación de los objetos genera una actuación más rutinaria en quien los utiliza, cosa absolutamente imposible si en cada ocasión un artículo de uso cotidiano se encuentra en un lugar diferente al que estaba en la ocasión anterior. Y como a la rutina llaman Marcos Laxe, resultaba imprescindible para él el orden. Una vez decidida la ubicación de cada objeto, de cada libro y de cada utensilio, el joven establecía con su entorno una relación inamovible, pudiendo transcurrir años sin que jamás, salvo causa imponderable de fuerza mayor, se alterase esa distribución. A cambio de este estricto sentido del orden nunca tenía que buscar las cosas, pues pensaba que el tiempo que las personas dedican a localizar aquello que no colocan donde deben, es preferible invertirlo en otras actividades más interesantes o lucrativas, sin mencionar la desazón y el incomodo que produce la necesidad de utilizar un objeto unida a la imposibilidad de localizarlo. Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, se tiene como el mandamiento decimoprimero en el decálogo personal de Marcos Laxe y el decimosegundo podría ser quédese todo como está, pues el cambio, en cualquier sentido, acaba con la rutina y este acabamiento siempre generó en Marcos inseguridad, al menos hasta que lograba establecer una nueva rutina dentro de un nuevo orden.
Cuando hubo rematado minuciosamente aquella tarea salió a la calle, tomando a mano derecha, pues en aquella dirección, según Rosario le había explicado, se encontraba el centro de la ciudad, para llegar al cual tenía que pasar por delante de la Universidad donde estaba resuelto a estudiar y culminar su carrera. A pocos metros del portal se encontró con un edificio de cierta importancia que resultó ser la casa donde murió Cristóbal Colón.
El siglo XVI supuso para Valladolid una época dorada. Se convirtió la ciudad en un centro mercantil y artesanal importante con una gran actividad en las artes. Llegó a ser prácticamente capital del mundo hispánico y sede del Consejo de Indias, lo cual por entonces significaba la ciudad más poderosa del mundo; acontecieron en ella toda clase de eventos trascendentales: muerte de Cristóbal Colón, firma de las capitulaciones de Magallanes antes de dar la vuelta al mundo, entrevista de Juan Sebastián Elcano con el emperador Carlos para darle cuenta y noticia de su trascendental viaje y nacimiento del futuro Felipe II que daría el título de ciudad a lo que hasta el momento era villa y que trasladaría la corte a Madrid a final del siglo. En el XVI se creó también el obispado y la vieja colegiata fundada por Don Pero Ansúrez se convirtió en catedral.
Un acontecimiento desastroso de este siglo fue el gran incendio que destruyó todo el centro urbano. Después de esta calamidad se construyó la plaza Mayor, siendo su trazado el que sirvió de modelo para futuras plazas en otras ciudades, entre ellas Madrid.
La tarde era más bien calurosa para lo que Marcos estaba acostumbrado a vivir a finales de Septiembre, pero ya Rosario le advirtió que, si pensaba regresar entrada la noche, debería llevar consigo alguna prenda de abrigo, pues ya se sabe que en Valladolid nueve meses de invierno y tres de infierno, aunque otros dicen que en la capital del Pisuerga solamente hay dos estaciones: el invierno y la del tren. Tomó complacido el consejo y llevando una chaqueta al brazo paseaba nuestro protagonista por la plaza del Museo, admirando la fachada del Colegio de Santa Cruz y a través de la calle de Las Librerías llegó a la plaza de la Universidad y pudo contemplar, por vez primera, la fachada churrigueresca de lo que iba a constituir su centro de estudios en los próximos cinco años, pues aunque en contadas ocasiones admitía Marcos la posibilidad de que su carrera se alargase algún año más, normalmente estaba convencido de que le sobraban capacidad y ganas para terminarla en el tiempo previsto.
En el siglo XVII, en 1601, la Corte se traslada de nuevo a Valladolid, a instancias de Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y duque de Lerma, quien ostentaba la privanza de su Católica Majestad Don Felipe III. El duque, por su cargo como ministro vivía siempre donde se hallaba el rey; al principio de su mandato este lugar era Madrid, pero en 1601 consiguió que el monarca accediera a trasladar la corte a Valladolid que por entonces era una ciudad muy importante con cerca de 80.000 vecinos y 15.000 casas (el promedio por aquella época era de 10.000 a 15.000 habitantes). El duque efectuó una magistral operación inmobiliaria seis meses antes del traslado, comprando propiedades e invirtiendo en su propio beneficio. Es lo que modernamente se conoce como especulación, tráfico de influencias e información privilegiada. Algunas de estas propiedades, como la llamada Huerta de la Rivera, se la vendió años después al rey, pocos meses antes del regreso de la corte a Madrid. Compró también un palacio a los herederos de Don Francisco de los Cobos, edificio que vendió al año siguiente también al monarca y que fue convertido en palacio real y ya en el siglo XX en sede de la Capitanía General de la VII Región Militar.
El regreso de la corte de Felipe III a Madrid en 1606 se hace también por la influencia y los consejos del duque de Lerma. Los historiadores piensan que este regreso estaba preparado de antemano y que el duque nunca tuvo la intención de abandonar por completo Madrid. Se sabe por los documentos que se conservan que ya en 1603 existen ciertas maniobras y acuerdos entre el alcalde de Madrid y el duque.
Pero durante los seis años en los que Valladolid fue residencia real se engrandeció la ciudad y se construyeron lugares tan emblemáticos como la plaza de San Pablo y la Huerta de la Rivera (Huerta del Rey), con jardines y plantaciones.
También en el siglo XVII y en estos años de traslado de la Corte tiene lugar la llegada de Cervantes y su familia, que se afinca en esta ciudad en una casa recién edificada de la calle del Rastro.
Tras el traslado definitivo de la Corte a Madrid, en 1606, Valladolid inicia su declive y decadencia que se mantiene durante todo el siglo XVIII. En el XIX, con la llegada del ferrocarril y el establecimiento de multitud de pequeños talleres subsidiarios del mismo además de una regular industria harinera, comienza de nuevo a levantar cabeza la ciudad. En los terrenos ocupados por el convento de los Agustinos Recoletos se edifica por entonces la avenida que hoy se conoce con el nombre de acera de Recoletos para establecer en ella las residencias de la naciente burguesía, que ya no era agraria como lo había sido hasta entonces, sino vinculada a las nuevas industrias. En los terrenos conocidos como Campo de Marte, que en la Edad Media fueron palestra y durante demasiados siglos palenque utilizado como quemadero de los herejes condenados por la Inquisición, se plantó el precioso jardín romántico conocido con el ostentoso nombre de Campo Grande y pensado como lugar de esparcimiento para los nuevos burgueses que vivían enfrente.
Pero no fue hasta la década de los cincuenta del siglo XX cuando la ciudad despertó verdaderamente de su letargo. El establecimiento en Valladolid de uno de los llamados Polos de Desarrollo por el gobierno tecnócrata franquista que en 1.959 acabó con la autarquía y con los sueños imperiales del régimen, propició la llegada de una pléyade de industrias. La multinacional francesa Renault erigió en la capital castellana varias factorías que producían miles de automóviles al día, constituyéndose en la empresa más importante que jamás ha tenido Castilla. Pero también ENDASA, TAFISA, NICAS y otra hornada de pequeñas industrias y talleres subsidiarios de ellas encontraron ocasión de prosperar al lado del Pisuerga. Todo lo cual propició la llegada de miles de emigrantes del resto de la región, a los cuales había que proporcionar vivienda, con lo cual se comenzaron a construir barrios enteros a las afueras con cientos de edificios de escasa calidad, hechos a toda prisa, sin ningún control y desprovistos muchos de ellos de las condiciones mínimas de habitabilidad que supuestamente debería cumplir cualquier vivienda edificada a finales del siglo XX, pero que llenaron los bolsillos de los especuladores. Sin embargo el centro de la ciudad se mantuvo más o menos intacto, de forma que nos encontramos con una población de origen y estructura medieval, rodeada por un sinnúmero de barrios nuevos, pero decadentes desde su nacimiento.
A Marcos Laxe, acostumbrado a Santiago, le pareció que Valladolid estaba a medias, es decir, que alguien no había terminado todavía su tarea. Faltaban puentes sobre el Pisuerga y túneles bajo las vías del tren, escuelas, centros médicos, comercio… La población se duplicó en diez años, pasando de los 90.000 habitantes censados en 1.958 a los 200.000 que figuraban en el censo de 1.972. La decadencia de la ciudad había sido de tal magnitud y duración que a finales de la década de los cincuenta del siglo XX contaba solamente con diez mil habitantes más que en 1.601, año del lucrativo traslado de la corte a la capital del Pisuerga propiciado por el duque de Lerma: en trescientos cincuenta años únicamente había diez mil vallisoletanos más. En la ciudad a la que llegó Marquiños todo era escaso e insuficiente, pues el crecimiento desmesurado de la población no se había planificado y quizá tampoco se había previsto.
Pero a tales tiempos tales tientos, y no había más que resignarse. Al fin y al cabo, por propia decisión estaba Marcos donde estaba y era preferible buscar el lado bueno de las cosas que empecinarse en el malo, porque cada lugar, cada persona y casi cada objeto, tienen su lado positivo que aprovechar. Pasó las jornadas previas al inicio del curso recorriendo la urbe, de modo que cuando se incorporaron sus compañeros de piso era capaz de identificar casi todas las calles del centro histórico y comercial, así como las avenidas o los lugares más importantes.
Una vez inaugurado el nuevo curso y comenzadas las clases Marcos se matriculó en un gimnasio al que acudía tres veces por semana y se sumergió en el estudio a tiempo completo, sin dedicar apenas una neurona a otra cosa que no fuera el Derecho Romano de modo que entre esa peculiar forma de ser y la escasez de medios económicos llevaba una vida casi cartujana. Porque el joven Laxe era tan responsable y sufría un nivel de auto exigencia tan extremo, que le parecía una pérdida de tiempo cualquier otra cosa que no fuera estudiar y asistir a clase. No tuvo problemas serios de convivencia con sus compañeros de piso, si bien es cierto que realmente nunca convivió con ellos: comían y cenaban juntos, pero Marcos jamás compartía salidas nocturnas, rondas de vinos, discotecas ni cosas parecidas. Siempre tenía que estudiar y nunca tenía dinero.
Además su mente estaba de tal modo enfrascada y sumergida en el estudio que incluso cualquier actividad o circunstancia la relacionaba inmediatamente con la materia que estaba tratando de memorizar en aquél momento. Si alguien tenía cuarenta y dos años, Marcos pensaba: Art. 42: La promesa de matrimonio no produce obligación de contraerlo ni de cumplir lo que se hubiere estipulado para el supuesto de su no celebración. No se admitirá a trámite la demanda en que se pretenda su cumplimiento. El pequeño de Rosario, la huéspeda, acudía a la catequesis para prepararse a recibir la Primera Comunión. El niño estudiaba el Catecismo en voz alta, con gran incomodo del estudiante de derecho. Si el chaval decía, por ejemplo, que la eucaristía era un sacramento, a Marquiños le venía a la cabeza la legis actio sacramento, que era un modus agendi de tipo general, que se aplicaba en los casos en que no había una acción específica prescrita. Tenía dos modalidades: la legis actio sacramento in personam y la legis actio sacramento in rem. Y con ocasión de un partido de balonmano en que el equipo local perdió por 10 puntos contra 35 la mente del joven alumno de derecho trasladó velozmente ese resultado a sus propios desvelos pensando: Art. 1.035 El heredero forzoso que concurra, con otros que también lo sean, a una sucesión, deberá traer a la masa hereditaria los bienes o valores que hubiese recibido del causante de la herencia, en vida de éste, por dote, donación u otro título lucrativo, para computarlo en la regulación de las legítimas y en la cuenta de partición. De este modo Marcos se encontraba enfrascado y absorbido por sus estudios, vivía por y para aprender Derecho y cualquier otra actividad la calificaba como circunstancial y subordinada a su obligación perentoria de aprobar las asignaturas con calificación brillante.
Doña Carmen le enviaba mensualmente la cantidad que habían acordado y le llamaba por teléfono cada tercer o cuarto día dándole cuenta de las novedades e interesándose por las de su hijo. El chaval apenas contaba nada sobre él; con el mayor cariño preguntaba siempre por su hermana limitándose por lo demás a decir que se encontraba bien y que no hacía cosa ninguna aparte de estudiar y asistir a clase, como así era en efecto. Y esta fue su vida, con insustanciales variaciones, durante los cinco años de carrera, pues desde luego Marcos Laxe obtuvo su licenciatura en Derecho en el tiempo previsto.
Pero ya en primero su falta de solvencia económica llegó a tal punto que se dio cuenta de que no podría sobrevivir de ningún modo, por muchas restricciones que se impusiese, con la asignación que le enviaba su madre. Y así, ni corto ni perezoso buscó un trabajo y encontró la posibilidad de desempeñarse como camarero los sábados y domingos en un conocido restaurante y también algún otro día si era el caso de que se celebrase una boda. No desaprovechó la ocasión y con aquello redondeó un poco más su presupuesto, pero a cambio eso le supuso menos tiempo para estudiar, de forma que era raro ver la habitación de Marcos con la luz apagada cualquier día antes de las dos de la mañana.
Las vacaciones de Navidad y Semana Santa las pasaba en Santiago, con su madre y su hermana. En verano, aprovechando el despegue del turismo en Galicia y su experiencia como camarero, trabajaba un par de meses en cualquier restaurante de la costa, normalmente en alguna población de las Rías Baixas, donde le daban alojamiento, manutención y salario a cambio de explotarle sin compasión doce horas diarias. Pero como por su esfuerzo, capacidad y voluntad nunca dejó asignatura alguna para Septiembre, empleaba el verano en ganar lo suficiente para no pasar demasiadas estrecheces durante el curso y así, a partir de segundo, entre la asignación de Doña Carmen, el trabajo de fin de semana en Valladolid y el de verano en las Rías Baixas, podemos decir que Marcos, sin ser un potentado, disponía de más efectivo que la mayoría de los estudiantes de entonces, que estaban sujetos simplemente a las propinas horras que sus padres querían darles, aunque a cambio no se veían forzados a trabajar.
Y con estas y otras cosas de menor cuantía llegamos al momento del fin y culminación de su carrera, feliz suceso que aconteció en Junio de 1.978. Unas semanas antes de que terminase el curso y presuntamente la carrera, recibió una carta de le Jefatura de Personal de la empresa FASA-RENAULT, la multinacional francesa que llevaba quince años fabricando coches en Valladolid. En ella se le hacía saber al joven y brillante alumno que ante la pronta culminación de sus estudios, la compañía, que tenía conocimiento de sus altos rendimientos académicos, estaría muy interesada y feliz si el nuevo abogado quisiera colaborar con ella.
No desaprovechó por supuesto Marcos la oportunidad que se le presentaba de obtener un trabajo aun antes de finalizar los estudios. Desde luego que ese era el premio a todas sus Matrículas de Honor, sus muchos Sobresalientes y algún Notable. Respondió cortésmente a la misiva adjuntando su número de teléfono y otro día recibió una llamada de alguien de la empresa con quien concertó una entrevista a la cual acudió un emperifollado Marcos Laxe, tres semanas antes de finalizar el curso y por lo tanto de obtener su título de Licenciado en Derecho.
Resumiendo y para no aburrir al lector, diremos que en Septiembre de 1.978, con un poco menos de veintitrés años, el joven abogado, que lo era desde hacía dos meses, se incorporó a la asesoría jurídica de la empresa FASA-RENAULT con un salario de veinte mil pesetas mensuales más tres pagas extraordinarias. Por entonces, el sueldo medio en España era de ocho mil pesetas al mes.
Ni que decir tiene que aquella incorporación supuso un cambio drástico en su vida. Abandonó para siempre su trabajo como camarero; la casa de Rosario, donde había vivido cinco años, pasó a formar parte del recuerdo y se acabaron también sus estrecheces económicas. Alquiló un piso en una zona elegante pero no demasiado cara, pues estaba determinado a vivir solo aunque ello le supusiera la incomodidad de tener que ocuparse de los bastimentos, la limpieza y la preparación de la comida. En cualquier caso el sueldo era suficiente para todo y entonces sí, por primera vez en su vida, Marcos conoció el auténtico libre albedrío que proporciona la independencia económica y resolvió no perderla nunca, pues el sabor del la libertad era tan dulce, que con razón se dice que solamente hay tres cosas por las que uno puede poner la vida en riesgo al tratar de defenderlas: la patria, la libertad y la honra.
A quien haya tenido la paciencia suficiente como para seguir con detenimiento este relato no le podrá extrañar saber que Marcos tampoco congenió con sus colegas y compañeros de trabajo. Serio, triste y retraído ocupaba todos sus esfuerzos en tratar de sacar adelante con brillantez los asuntos que se le encomendaban, dirigido por su jefe, persona veterana en la empresa y experimentada en lides jurídicas de contenido social y económico. El tiempo libre lo dedicaba a la lectura, como era su costumbre desde que aprendió a leer. Al año siguiente se compró un cochecito de segunda mano y con él descubrió una de sus pasiones latentes: la caza.
Marcos tenía un compañero, gran aficionado a las actividades venatorias, buen tirador y criador de perros que pasaba la vida hablando de perdices, codornices y liebres, relatando lances de caza, ojeos, comportamiento de los perros, perchas, éxitos y fracasos. Marcos prestaba más atención a eso que a cualquier otra conversación y un día decidió que él iba a probar aquello de la caza. Hombre prevenido y acostumbrado por naturaleza a planificarlo todo determinó que antes de nada era menester aprender a manejar la escopeta, a tirar y a afinar la puntería, para lo cual se inscribió en el único campo de tiro que existía en Valladolid, ubicado en el paraje conocido por el nombre de Alto de San Isidro. Inexplicablemente para él, descubrió que en cuanto le pusieron una escopeta en la mano, sin haber disparado antes nada más que las de perdigones, tomó los puntos con rapidez e hizo blanco. Por si tal circunstancia se debiera exclusivamente a la buena suerte, el instructor le pidió que repitiera y así lo hizo el alumno con similar puntería en cuantas ocasiones se lo solicitaron. Visto lo cual comprendió el joven letrado que no era necesario que nadie le enseñase a manipular una escopeta, pues aparentemente ya sabía él manejarla de forma innata. Sacó la licencia de armas y la de caza, compró una Sarasqueta de cañones paralelos, se apuntó al coto de su compañero, que tenía alguna plaza libre y una madrugada de Domingo del mes de Noviembre salió al campo, llegándose al cazadero que era un lugar situado en plena Tierra de Campos, entre las provincias de Valladolid y Zamora.
Por supuesto que aquel día no mató nada, ni siquiera vio pelo o pluma, pues cazaba solo, sin perro y sin conocer el terreno. Pero no se rindió el joven letrado y así, cada sábado y cada domingo de los meses en que estaba abierta la veda, se pateaba el coto, pero como siempre iba solo y sin perro que le ayudase, la mayoría de las veces simplemente paseaba la escopeta; pues enseguida advirtió que aquello de regresar con una docena de perdices ensartada en la lercha, era bastante más difícil de lo que en principio parecía y lo juzgó imposible sin la compañía y el servicio de un perro.
Otra circunstancia trascendente que le ocurrió por entonces fue su matrimonio. Conoció a una muchacha, algo más joven que él y a los veinticuatro años se casó cuando su esposa contaba veintiuno. Si el lector curioso preguntase ahora si Marcos estaba enamorado, el escritor sincero debería responder que no, en absoluto. Pero estaba cansado de vivir solo, le producía una gran tristeza llegar a casa y que nadie respondiese a sus buenas tardes; la chica trabajaba, gozaba de independencia económica y no estaba de mal ver, con lo cual consideró Marcos que era la candidata ideal para permitirle seguir haciendo lo que quería, pero acompañado. Abandonó el piso en alquiler y adquirió uno en propiedad, a medias con su mujer y con el banco.
Continuaba asistiendo al gimnasio desde que comenzó la carrera y continuaría así durante toda su existencia, mientras la salud no se lo impidió; su devoción por la lectura y la música clásica tampoco disminuyeron ni un ápice a lo largo de su vida; pero ahora en lo que estaba interesado de verdad era en la caza. Y como decidió que no quería compartir nada con sus compañeros de coto ni con los de trabajo y en resumen, con nadie en el mundo, siguió intentándolo él solo, con resultados mas bien nefastos, pues únicamente mataba algo un día si y otro no. Pero como era persistente, que es un eufemismo para llamarle testarudo, se negaba a comprar un perro para encerrarle en un piso y tantas ganas tenía de integrarse en un grupo como de que lo llevara el diablo. Quería aprender él por su cuenta, pues ya sabemos que desde niño fue Marcos incapaz de llevar a cabo cualquier empresa conjuntamente con sus semejantes.
Pero la buena fortuna vino en su auxilio. Un día en que andaba levantando codornices en las lindes del coto, siguiendo un regato sin cuidarse mucho de donde pisaba, por un mal paso se mancó en el calcañar. Un viejo pastor que desde lejos había contemplado el percance le auxilió, colocándole una bizma que para sus propias emergencias llevaba en el zurrón. Entablaron conversación y Marcos quedó prendado de la personalidad de Goyo, que este era el nombre del rabadán. De edad de hasta sesenta años, tan alto como ancho, vestido con zamarra y pantalón de pana, cubierto con una gorra de visera, protegidos los ojos con gafas de sol y calzado con botas de campo iba acompañado de un par de perros y un burro. Goyo llevaba siempre entre los labios un cigarrillo de picadura, a veces apagado y otras encendido, que él mismo se liaba de cuando en vez. Profundo conocedor del campo, de los animales y sus costumbres, había vivido toda la vida a expensas de las ovejas y la caza, empezando como zagal, al servicio de los ricos de su lugar y acabando ahora dueño de varios hatos que conformaban un rebaño de cientos de cabezas. Le contó a Marcos que era un poco algebrista y que de su propia mano componía un diaquilón si tenía tumores, un electuario para los males de vientre y hasta se ensalmaba a sí mismo; pero eso de ir a un hospital o a consulta o llamar al médico ¡abrenuncio! De modo que en su casa nunca hubo menester de doctor ni albéitar ni para él, ni para su oíslo ni para sus cinco hijos y ni siquiera para el ganado, que a todos les había bastado con las bizmas, diaquilones y electuarios que el propio Goyo preparaba con hierbas que él conocía. Porque tanto era capaz de despertar a una oveja modorra como de conseguir que una mañera quedase preñada o curar los catarros y diarreas que ocasionalmente habían padecido sus hijos. Y hasta a su mujer le había compuesto un bálsamo especial cuando se opiló, pues según él mismo tenía observado, la hembra, cuando se opila, se vuelve nerviosa. Y todo esto le contó a Marcos para darle confianza en sus conocimientos terapéuticos, sin darse cuenta de que, en cualquier caso, se veía el joven letrado obligado a solicitar su auxilio por ser la única persona visible en tres leguas y tanto le daba que fuese pastor como el mismo Galeno reencarnado.
Pero como de bien nacidos es ser agradecidos y en la cortesía siempre es preferible pecar por demasía que por escasez, le regaló Marcos la mitad de su percha que aunque escasa, porque no contaba ni con una docena de codornices, era todo lo que tenía y ya se sabe que a quien da lo que tiene no se le puede pedir más. Además abrió la mochila y sacó de ella una botella de Protos crianza que traía envuelta en una funda de hielo. Goyo extendió su centón que hizo de mantel y abriendo el zurrón extrajo de él una hogaza de pan y un queso entero que dijo que fabricaba él mismo con la mejor leche de sus ovejas. Se partió el pan y se encetó el queso, con lo que los dos merendaron conversando muy a su sabor en tanto la bizma hacía su efecto en el pie del letrado.
Le contó Goyo que aquella era zona de avutardas, esas portentosas aves a mitad de camino entre la gallina y el avestruz. La avutarda es el ave más grande de Europa y una de las mayores del mundo capaces de volar. En la época de celo, que es a primeros de marzo, el macho ahueca las plumas y se pasea, ufano y desafiante, como recién salido de una secadora industrial. Es ave protegida por escasa, aunque Marcos había visto ya algunas durante sus largos paseos por el cazadero. Pero donde realmente son relativamente abundantes es en las Lagunas de Villafáfila. Allí, como han perdido el miedo al depredador bípedo y con escopeta, puede observárselas con relativa facilidad durante todo el año. Y en aquella su primera conversación sobre avutardas le dijo Goyo a Marcos que él recordaba tiempos, hacía ya casi cuarenta años, en que se cazaban, porque aunque son difíciles de localizar, en la época del celo la urgencia del amor, como a tantos otros seres incluidos los humanos, las ciega y les hacer perder la compostura y su natural huidizo y mimético porque precisan llamar la atención de las hembras aun a costa de su propia vida. Entre las avutardas, los urogallos y otras aves, morir de amor tiene, a veces, un sentido literal. Pero le dijo el pastor que cuando su difunto padre mataba una, tenía la familia la comida asegurada por tres días y que antes están las personas, hijas de Dios, que las bestias del campo.
De todo esto y otras muchas cosas hablaron Marcos y Goyo aquella atardecida, pero se planteaba el problema de cómo se trasladaría el letrado hasta su vehículo, teniendo en cuenta que su pie no estaba muy a propósito para caminar. El alma caritativa de Gregorio le ofreció su pollino diciéndole:
_ Ya ve usted que es un burro muy majo, es overo, muy guapo. Se lo compré a un tratante en Zamora y me sirve de mucho para salir al campo, porque yo ya he andado todo lo que tenía que andar en la vida. Aunque al animal hay que cuidarle, no vaya usted a creer, que yo no le saco cuando llueve y hay que guardarlo si hace mucho frío y pasarle la almohaza… Bueno, pues lo que es un burro que es que hay que tener conocimiento de estas cosas. Pero le llevará a usted hasta el coche o hasta mi casa si me acepta la invitación. Y ya verá el día que yo engalane a mi pollino que le aderezo con unos jaeces y una enjalma de fustán que está como un pincel.
Marcos agradeció sinceramente el ofrecimiento de Goyo, pero le dijo que con llevarle hasta el coche ya era ayuda suficiente y que la invitación para ir a su casa se la reservaba para otro día, porque pensaba visitarle y obsequiarle para agradecerle sus atenciones y desvelos. Y a esto respondió Goyo:
_ Pues si es cierto que usted quiere agradecerme algo, lléveme de caza con usted, que yo no tengo plaza en el coto y es muy buen cazadero que todos los de mi pueblo hemos cazado en esas tierras siempre y uno lleva la escopeta en la sangre, con que hecho yo a faltar el vuelo de las perdices. Y aunque mi vista ya no es muy buena, me gustaría tomar los puntos a algún perdigón y aunque sea tirar unos cohetes. Porque yo salgo con el ganado más por entretenerme que por necesidad, con que si tengo algo mejor qué hacer le digo al zagal que se encargue de este hato.
Le juró Marcos por lo más sagrado que el siguiente fin de semana saldrían a cazar juntos y que le buscase donde posar en su pueblo, pues pensaba quedarse a dormir allí el sábado para mejor aprovechar el tiempo. A lo cual respondió Gregorio que él y su mujer estarían muy honrados de que se quedase a dormir en su casa.
Así comenzó una amistad que duró muchos años. Con frecuencia pensaba Marcos que en lo relativo a los asuntos del campo y de la caza, él era el Pequeño Saltamontes y Goyo el Anciano Maestro, pues todo lo que llegó a conocer el letrado sobre perdices, conejos, liebres, codornices, chochas, patos y toda la fauna castellana se lo debe a Goyo. También le ilustró acerca de las hierbas y matorrales que crecen en los páramos, en las lindes y en los tesos, bajo las encinas y entre los pinos; especies totalmente desconocidas para el joven, que el único campo del que tenía noticia era el de Laxe, al borde del Atlántico, completamente diferente en flora y fauna a las estepas terracampinas. Y además, por si fuera poco, con Gregorio aprendió Marcos a hablar castellano, el verdadero y genuino idioma de Cervantes que se conserva únicamente en los propios libros de Don Miguel y que aun pervive en el hablar común de la gente de cierta edad en Castilla, Nos estamos refiriendo al idioma auténtico, aquél que emplea al menos tres mil palabras de las cinco mil de que consta, teniendo en cuenta que un joven de hoy utiliza ochocientas.
Y fue el caso que el fin de semana siguiente, conforme a lo prometido, se llegó Marcos muy de mañana al pueblo de Goyo, que ya le estaba esperando con su escopeta y su gozque que él decía que era perdiguero y de buenos vientos. Llevaba a cuestas un morral provisto de todo género de bastimentos y sin apenas dar tiempo a que el letrado descendiera del coche ya le estaba apremiando para que le siguiera al ejido, tanta era su necesidad de bajar algún pájaro. No se hizo rogar Marcos y ambos amigos, pastor y abogado, con la escopeta preparada y el perro a los pies comenzaron a patear el cazadero.
Subieron una pequeña varga entre hazas de alcacer que daban una engañosa sensación de frescor, porque el día prometía ser caluroso, quizá alcanzasen los temidos cuarenta grados, aunque Marcos esperaba que para entonces estuvieran guarecidos en algún sitio fresco, pues le parecía a él que no sería capaz de soportar esas temperaturas a campo abierto. Pero no habrían pasado más de veinte minutos cuando el perro hizo una muestra señalando un majano, lo cual llevó a Goyo inmediatamente a terciar la escopeta y a demandar silencio con el dedo. A una señal, entró el perro haciendo salir un gazapo nuevo a la carrera y apenas había tenido Marcos tiempo de tomarle los puntos cuando ya el experimentado pastor lo había derribado de un solo tiro certero. El can, perfectamente enseñado, se lo acercó en la boca y Goyo lo puso a mear, como es costumbre, pues vaciándole la vejiga es mejor y más fácil su conservación.
_ Goyo, menos mal que me dijiste que no tenías buena vista –bromeó Marcos.
_ Pues no crea usted que mi vista ya no es lo que era, pero este tiro era fácil, el animal es nuevo y se atravesó, porque el mérito de darle a un conejo es cuando corre delante de ti, que hace el blanco pequeño.
_ ¿Y cómo es que le has tirado? Estamos en media veda y solo se puede tirar a las codornices.
_ Lo que hay en el pueblo es de los del pueblo y lo de Castilla de los castellanos. Qué quiere, siempre ha sido así. Y si me guardo el tiro vendrá luego un señorito de ciudad y matará y se llevará el conejo, que es de este pueblo tanto como yo.
No cabe duda de que la gestión de la caza es empresa dificultosa. Por estas fechas de verano tanto los gazapos y los lebratos como los cárabos se paran por la noche en el asfalto caliente de las carreteras y así mueren muchos, atropellados por los coches. Pero a veces las aves levantan el vuelo un momento antes y uno, que regresa a casa después de una agotadora jornada de caza o de un festín concupiscente y etílico, ve surgir ante el cristal del parabrisas una forma blanca, silenciosa y difusa como un espíritu.
_ La querencia de la codorniz es la ladera –sentenció Goyo- porque le gusta buscar el fresco entre las aulagas y las breñas. De modo que si queremos bajar alguna hay que moverse por los recuestos –añadió señalando con la barbilla la pendiente de un teso que no muy lejos de allí se divisaba. Y hacia él se dirigieron ambos amigos, con tanta suerte, que no bien se habían aproximado a su falda, entró el perro sin que fueran bastantes a detenerlo las voces que Gregorio le daba. Y aquella fue la primera ocasión en que Marcos cazó de verdad, pues se levantó un bando tan grande que apenas le daba tiempo a recargar la Sarasqueta. Bajaron en un momento media docena de pájaros cada uno y una quincineta a la que le tiró Goyo.
Pasando cerca de una pimpollada, entre unos bacillares recién amugronados les salió un viejo matacán, al que también tiró Goyo, sin rozarle. “Estos bichos saben más que el diablo” dijo a modo de disculpa. Pero perdices no vieron ninguna, porque por aquellos lugares, la falta de matas o cembos en que ocultarse, impiden a las patirrojas criar; porque no les basta con un hoyo o un cardo o un pequeño majano. Se llegaba la hora del almuerzo y sentados bajo un carrasco dieron buena cuenta de lo que Gregorio traía en el morral, bebieron vino fresco, conservado por Marcos en su habitual envoltura de hielo y después del cigarro y la charla continuaron la cacería. Teniendo en cuenta que se acercaba la hora criminal del mediodía y se auguraba un sol de justicia, regresaron al pueblo sin dejar el ojeo y pasando por una vereda vieron cruzar un bando de perdices.
_ Estas no están acreditadas –afirmó Goyo.
_ ¿Qué es eso de acreditadas?
_ Que no son auténticas, no es la verdadera patirroja castellana. Son perdices traídas de granjas para repoblar los cotos. Las perdices de mi tierra son mucho más listas. Nunca saldrían al camino. Al sentirnos se quedarían amonadas, inmóviles, confundidas con el campo, esperando a que pasara el peligro o a que un perro con buenos vientos las levantase. Estas como son hijas, nietas y bisnietas de animales criados en granjas han perdido ese instinto así que los escopeteros, el zorro y el milano acaban con ellas. A estas no las tiro yo.
Goyo era un cazador con sentido. No salía al campo a matar animales, sino a entablar una disputa de tú a tú con ellos. Solía decir que para matar aves ya tenía su mujer los pollos en el corral. Y este asunto de las perdices de granja soltadas después para repoblar cotos, es como el eterno retorno: como estos perdigones son fáciles de cobrar, cada temporada se acaba con ellos y en la primavera siguiente deben repoblarse de nuevo. En los buenos cotos es fácil ver perchas de una docena, cosa absolutamente imposible de conseguir en la actualidad si la perdiz fuera realmente bravía. Mientras tanto, la auténtica patirroja castellana se atrinchera y languidece. A Goyo le disgustaba la mala fama que estas perdices afeminadas le están creando a las autóctonas.
Una media legua antes de llegar al pueblo pasaron por unos edificios abandonados y medio derruidos. Goyo explicó que aquello, en tiempos, había sido una importantísima explotación ganadera de los ricos de su lugar, en donde él comenzó a trabajar como zagal a los diez años. Había un gran silencio en la finca, en torno a la casa que era por entonces un enorme pabellón de recreo en el que Goyo desearía todavía ver entrar, de vez en cuando, a los grandes señores que lo habitaron.
_ Todavía vienen a veces –dijo- A cazar más que a otra cosa.
Marcos llegó posteriormente a conocer a la perfección esas excursiones de la segunda o tercera generación de herederos a los restos de los lugares que convocaron un día todo el encanto de una era desaparecida: hamacas colocadas entre los hierbajos al sol del primer otoño, una improvisada merienda con pastas de la panadería del pueblo, la foto con las perdices, conejos y liebres a los pies, viejas historias que narran acontecimientos que sucedieron allí mismo, hace menos de cincuenta años, cuando papá… cuando el abuelo… Y parte de la Historia de España desprendiéndose de los anaqueles del pasado y rondando, enroscada en las anécdotas familiares, como un nostálgico fantasma de compañía… Silencios y recuerdos entre los primos que han aparcado a la entrada sus coches, con los que volverán esa misma noche a sus pisos de Valladolid o de Madrid. Canta un mirlo en el crepúsculo y el alma del lugar consigue ser, por un momento, la protagonista. Y la frase
- Qué bien se está aquí…
inaugura la retirada. Sí, Marcos, a lo largo de su vida, llegó a conocer bien esos momentos, los vivió infinidad de veces y aun sin haberlos vivido pudo imaginarlos fielmente aquél día en aquella finca abandonada, donde todavía subsistían los restos de un ingenioso ingenio para sacar agua que imaginó y construyó el amo; donde Gregorio volvió a ser un zagal que trabajaba como un hombre y que, cuando pillaba una hora muerta, la gastaba tallando la madera o, si había suerte, algún blanco hueso de vaca:
_ Aquí he sudado yo como un perro, majo… Porque lo que hay ahora no es nada con lo que había, no vaya usted a creer… Ahora está todo perdido pero de aquí salían todos los años dos mil vellones, cuando la lana valía buenos duros, muchas azumbres de leche y muchos baldeses y cordobanes muy buenos… Aquí dormíamos los criados, donde esas ventanas… Por ahí entrábamos y por ese camino íbamos al pueblo, todo derecho, a oír misa, a llevar el bodigo, a escuchar a un bulero o a lo que mandaran… Y como ninguno teníamos montura, íbamos de espolique las más de las veces, cargando encima con los blandones, lo que le digo. Hubo un día que las señoritas, que una era hija y la otra entenada, que se habían enterado de que yo tenía una maña para tallar, me dejaron coger un hueso de vaca, que no crea no era fácil de conseguir, porque los animales salían vivos de la finca, que se llevaban al matadero de Rioseco o a donde fuera… Pero bueno, lo que digo, que me dieron un hueso de paletilla de un eral con que yo me puse a labrar una crucecita y se la regalé, colgando de un bramante, a una compañera mía, una chica de mi tiempo que estaba sirviendo aquí en la casa… Y otro día estando en el tinelo me llaman las señoritas al comedor, que vaya luego, que estaban todos, y me dicen así, con todos delante, dicen: Goyito, nosotras no te damos un hueso de vaca para que vayas regalando cosas a las criadas, en vez de a las señoras…
Rodearon la casa en silencio y continuaron camino del pueblo.
_ Estamos mejor ahora ¿verdad Goyo?
Unos metros antes de llegar a las primeras casas del pueblo Gregorio se paró al lado de una tapia, encendió por enésima vez el cigarrillo que traía colgando del labio y agachándose para acariciar el cuello del perro dijo:
_ En esta barda pasó un sucedido en los años del hambre que dio mucho que lamentar… Se conoce que un par de esguízaros saltaron para llevarse algunas gallinas o lo que pillasen y el dueño, de que los vio desde la casa fue luego a llamar a los civiles. Y vino la Guardia en un periquete y les dio el alto y ellos, en vez de pararse, echaron mano de lo que tenían y salieron corriendo con que el sargento les tiró y mató a uno. De allí a poco vinieron los suyos a llevárselo, se conoce que para darle tierra en su lugar. Pues yo no he visto en mi vida una cosa igual a la mujer… Una fiera parecía, diciendo malas palabras, llorando, gritando y faltando a todos… Hasta en jácaras dicen que anduvo la historia…
_ Es que habían matado a su marido, Goyo - le dijo Marcos – Le habían metido un tiro por la espalda y eso no suele gustar, ni al muerto ni a sus seres queridos. Tampoco debería consentirlo la sociedad, pero ya sabemos a la época que te refieres. Es normal que la viuda estuviera desesperada.
_ Ya, ya… Pero…Eran años muy malos, majo… Había mucha hambre… Y venían a robar comida. La mujer se fue bien librada, pues a poco a poco no le acarició el morro el sargento con la culata, aun por encima.
El pueblo de Gregorio tiene una iglesia que eufemísticamente calificaremos como insólita: un cuerpo mutilado sin estilo definido o, mejor dicho, con ese estilo al que Marcos llama socarronamente “remordimiento español tardío”; fabricada en ladrillo que, a lo mejor, quiso ser mudéjar. Algo a modo de coronamiento, a mitad de camino entre cúpula y cimborrio, de pequeño tamaño y con frustrada vocación de minarete. Y adosado a ese cuerpo contrahecho y a modo de torre, cuatro pilares del ladrillo más pedestre se levantan con total desvergüenza, sirviendo de basa, a su vez, a otras cuatro columnillas blancas y torneadas. Sobre estas, rematando el despropósito, una cubierta a cuatro aguas con tejavana que recuerda a esos juegos de construcciones para niños, que antes eran de madera y ahora de plástico. Sin embargo Gregorio está orgulloso de ella, con lo cual queda claro que nadie es poseedor de la verdad en cuanto a criterios estéticos se refiere.
Al fin llegaron a casa del viejo pastor, a la hora de comer, con su percha de una docena de codornices, un gazapo y el avefría que bajó Goyo. Los hijos estaban en el campo con los hatos, así que el pastor presentó a su mujer, que les estaba esperando. La casa antes había sido de sus padres y antes de sus abuelos. Marcos pensó en la gente afortunada que vive en el mismo lugar en que lo hicieron varias generaciones de sus antepasados; gente de otra pasta, que necesariamente tiene otra conciencia de sus raíces y consecuentemente otra proyección de futuro. Goyo le enseñó los estratos de lo que fue su vida y la de su familia: reformas en el patio, antes llamado corral, mejoras sanitarias acometidas por él y sus hijos con el optimismo y la audacia de los años setenta, fotos de bodas celebradas durante casi un siglo, hijos, nietos, sobrinos, gente que ya no está pero que estará siempre. La cocina se le antojó al joven letrado como un paraíso de acogimiento y descanso. Se sentía muy bien allí, de espaldas a la ventana que da al patio, comiendo sentado a la mesa camilla y escuchando a la mujer de Goyo disculparse por el desorden del que tiene muchas tareas, poco tiempo y demasiados años. Las casas de las buenas personas son, con orden o sin él, infinitamente atractivas. Así lo manifestó el letrado y la señora se puso colorada. Algún día tendría que estudiarse la reacción cutánea al halago que padecen los castellanos.
La mujer de Goyo les sirvió un par de huevos fritos a cada uno, recién cogidos de los nidos y como acompañamiento una enorme fuente de patatas fritas y otra tal de ensalada bien aceitada: tomates, lechuga y cebolletas cortadas aquella misma mañana en la huerta. El vino era fresco y un punto agrio. El que ignore a qué sabe todo eso, debería preocuparse por probarlo antes de que sea demasiado tarde.
_ El alimento tiene que ser con sustancia –opinó Goyo mientras mascaba a dos carrillos- vamos digo yo ¿no? porque a mi parecer para eso se come ¿no? Y prefiero yo más unas berenjenas en almodrote que el marisco ese que llaman, que a mi entender debe de ser comida remilgada y de poco fundamento.
A través de la ventana se veía el corral y en él las gallinas picoteando. La mente de Marquiños se trasladó inmediatamente a Laxe, porque la vista desde la sala de espera de la casa de su padre era muy parecida a esta.
_ Las gallinas se crían solas –le informó la mujer- Un par de ambuestas de pienso cada noche, algo de cebada, los restos de la huerta y las badeas, más lo que pican ellas por ahí… Con diez gallinas tengo huevos para dar. Además de la pepitoria que hago con ellas cuando ya no ponen…
“Triste destino el que aguarda a los aquejados de falta de productividad en este mundo tan apegado al rendimiento y tan alejado del romanticismo”, pensó Marcos.
Salieron a tomar café a la cantina del pueblo. A partir de las cuatro, los parroquianos fueron llegando y se repartieron por las mesas con un orden que parecía establecido. Cartas, dominó y bromas gastadas de tanto repetirse, cordialidad de trámite y algarabía. Casi todos fumaban mientras que en la televisión hablaban mujeres lustrosas y hombres con aspecto afeminado a los que nadie prestaba atención. Restallaban las fichas de dominó sobre las mesas de mármol y un jubilado le dijo a otro que si estaba bobo, entre la albórbola de los demás. De vez en cuando alguien se levantaba y acercaba unos cafés, o se dirigía arrastrando los pies hasta los servicios, de donde regresaba indefectiblemente abrochándose la bragueta. Cuando Goyo contó a sus paisanos que aquél joven de ciudad había sido capaz de caminar dos leguas bajo el sol castellano para tratar de matar algunas codornices, les costó trabajo creerle. Parece ser, a juicio de la gente rural, que los que viven en la capital están genéticamente incapacitados para realizar cualquier esfuerzo físico más allá de atarse los zapatos. Los capitalinos a su vez piensan, que en los pueblos nadie sabe nada de nada, salvo de sus tareas propias, como son el pastoreo y la agricultura y aun no mucho. Y si existe alguno con un mayor barniz cultural, es simplemente la excepción que confirma la regla y de ningún modo sabrá más allá de leer y escribir. Esto es radicalmente falso en ambos sentidos. La proporción de cultura en los pueblos es la misma que en las ciudades y las gentes que viven en la capital no están físicamente imposibilitadas para realizar esfuerzos, como puede ser caminar tres o cuatro leguas.
En la cantina se lamentaban de la concentración parcelaria que les condujo prácticamente al monocultivo del cereal. Marcos escuchaba todo en silencio aprendiendo, no solamente los usos, costumbres y problemas de aquella gente sino incluso su idioma.
_ Quitaron los garbanzales y los majuelos… Las laderas estaban llenas… –decía uno- que cuando yo era mozo, buenos cuévanos de tempranillo se cogían en el viñedo de mi difunto padre.
Bajo los soportales, antes de llegar a la plaza del pueblo, se abría el cuchitril donde Benito reparaba zapatos. Goyo se lo presentó a Marcos. El zapatero era el único concejal comunista en cien kilómetros, empeñado por entonces en rescatar a los muertos de las cunetas donde los arrojaron sus asesinos durante aquella guerra y darles, que curioso, cristiana sepultura. Marcos, a lo largo de su vida, solo tuvo realmente dos amigos: el pastor y el zapatero. Pasó muchas horas hablando con Benito, sentado a su lado en un escabel mientras él manejaba la lezna con soltura. Había siempre montada en su tienda una pequeña tertulia, hombres mayores que se entendían con medias palabras, como los conspiradores. El pueblo de Goyo fue un pueblo de jornaleros, le contó Benito a Marcos. Una isla de socialismo en un desierto de agricultores conservadores. Hubo mucho asesinato en este pueblo, muchos certificados de defunción donde la desfachatez escribió “apendicitis” al lado del nombre de un hombre joven muerto a tiros en el monte y cuyo cuerpo saben encontrar aún ahora, los ancianos que en su día fueron espantados testigos o cobardes colaboradores.
_ Eso le hicieron a Rufino un mozo algo mayor que yo que estaba de ferrón y era del PSOE. Que le llevaron al arcabuco y le metieron un tiro y he visto yo que en el certificado pone apendicitis como causa de la muerte.
La amistad, el afecto, la complicidad y el respeto entre Goyo el pastor, Benito el zapatero y Marcos el abogado, duró muchos años, o por mejor decir, duró toda la vida. Ellos fueron los únicos verdaderos amigos que el letrado tuvo y en su pueblo y en su compañía se sentía feliz, tranquilo, relajado y a gusto, hablando sencillamente de cosas sencillas, como las ovejas o los zapatos, las codornices y las botas, la guerra civil y el franquismo.
Ahora, llegados a este punto de la historia, nos dice el joven Vidueiras que Gregorio debe de haber muerto, e incluso a lo mejor también Benito, pues a continuación vienen unas palabras como de despedida, a modo de epitafio o glosario de la amistad que entre Marcos y Goyo hubo. A Benito no se le nombra y ahí es donde surge la duda en Vidueiras: a tenor de las frases que a continuación vienen escritas parece evidente que Goyo había muerto cuando el autor las escribió, pero como del zapatero no hace mención no se puede deducir si ha muerto o sigue vivo. Y dichas palabras de despedida o epitafio son las que siguen:
Descansa en paz buen Gregorio, amigo, que ya sabes que de la muerte no nos libran ni tus conocimientos farmacológicos; donde estás ya no los necesitas y no fue tu saber empírico bastante para librarte del cáncer de estómago. Todas las heridas que me curaste quedaron bien con tus bizmas y las de mi alma mejor con tu amistad y tu sabiduría. Espero que estés disfrutando del paraíso de los cazadores y de los pastores; lugar donde las ovejas jamás se van a las lindes ni entran en las alfalfas y que en lugar de huríes está poblado por perdices, codornices, conejos y liebres. Pero para los realmente bienaventurados entre los cuales tú sin duda estás de los primeros, también en ese paraíso hay avutardas.
Y ahora es menester que abandonemos por algún tiempo a Marcos, con sus cacerías y su trabajo, con su mujer, a la que parece que no presta demasiada atención y con su vida, para entrarnos por la de Ester, que continúa locamente enamorada de Roberto, como podrá comprobar quien tenga el gusto de leer el capítulo que viene a continuación.
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