Nadie habrá dejado de recordar el espectacular y pavoroso incendio que no hace muchos años se declaró en la recoleta Rua dos Loureiros en Santiago de Compostela. Al menos ningún santiagués ha podido olvidarlo, porque a pesar de la diligencia y prontitud con la que actuaron los servicios de bomberos y policía, resultó imposible evitar la destrucción de varias casas, e incluso hubo personas que salieron maltrechas y algo asfixiadas aunque gracias al Apóstol llegaron todas a recuperarse. Lo cual ofreció interesante asunto de conversación a los vecinos de Santiago durante varios meses y aunque se llevó a cabo una investigación en forma, nunca se pudo determinar el motivo de tan espectacular y descomedido siniestro.
Como todo el mundo sabe o debería saber, la Rúa dos Loureiros es una pequeña calleja, estrecha y torcida, situada extramuros de la ciudad, al lado de lo que fue el cementerio de Bonaval, hoy convertido en parque. Viviendas de bajo y dos plantas, techadas con pizarra, como suele ser habitual en la zona, donde residían familias que conforman una pequeña comunicad regularmente avenida, como ocurre normalmente en las poblaciones que sin ser aldeas no alcanzan todavía la categoría de metrópolis. A consecuencia del incendio, varios vecinos perdieron su casa y alguno de ellos jamás volvió a residir allí.
Pero al cabo, la vida recuperó la rutina habitual y el siniestro pasó a convertirse en una historia más, dentro del rico anecdotario de la capital compostelana. Las viviendas afectadas se repararon, algunas fueron derribadas y se construyeron de nuevo con materiales supuestamente más apropiados y hoy la calle tiene un aspecto completamente diferente al que mostraba antes del fuego, aunque continúa siendo una calleja pequeña, estrecha y torcida.
Sabemos que en caso de catástrofe, la policía acordona la zona y los bomberos atacan las llamas hasta apagarlas. Pero en lo que casi nadie piensa es en lo que ocurre después, una vez sofocado el incendio, enfriados los últimos rescoldos y levantado el cerco policial. Pues lo que sucede entonces es que los servicios de limpieza intervienen luego, retirando cascotes, mangueando cenizas y recogiendo desperdicios para tratar de devolver a la zona siniestrada lo más rápidamente posible un aspecto pulido, retirando todo aquello susceptible de constituir un riesgo o una incomodidad para el transeúnte.
Y es el caso que en uno de los edificios completamente arrasados tenía su residencia y despacho un ilustre notario de Santiago que observó impotente asistido por un tagarote como además de su propia vivienda, gran parte de sus archivos y protocolos eran pasto de las llamas y los que no, quedaban inutilizados e inservibles entrando a formar parte de los desperdicios y residuos que la brigada de limpieza recogía a brazadas y depositaba en un contenedor. Allá iban los restos de testamentos, escrituras, libramientos y constituciones de préstamos o hipotecas; manejados sin ningún miramiento por las manos enguantadas de los limpiadores.
Y entre todos estos viejos y deteriorados documentos hubo uno, en bastante buen estado de conservación que llamó la atención del operario encargado de arrojarlo al contenedor. Tenía por titulo o encabezamiento Historia de Marcos y Ester y más abajo entre paréntesis decía: (una historia de amor). Parecía ser un testamento, o por mejor decir, un codicilo que alguien llamado Marcos Laxe había escrito en fecha no determinada, pues debido a que todo el documento estaba compuesto a mano y con letra no demasiado clara, no le fue posible al limpiador determinar su antigüedad.
Sin embargo el hombre era curioso y determinó guardar aquellos papeles librándolos así de la definitiva destrucción y olvido, para darlos a leer a persona más experta y entendida en letras escritas a mano cuando hubiere lugar y ocasión. Y no se retrasó mucho este momento, pues nuestro hombre tenía por costumbre aplacar la sed por la Rua de Francos con un tal Vidueiras, amigo y estudiante de Humanidades, a quien le comunicó su hallazgo y la curiosidad que tenía por leer, o al menos tener conocimiento, de lo que en aquel documento o codicilo se contenía.
Y así fue como Vidueiras, joven sagaz y astuto, más mojón que estudiante, leyó con detenimiento aquél escrito, encontrando que era una autobiografía en la cual se relataba casi toda la vida o al menos los más importantes sucesos de ella, de un abogado que había desempeñado su profesión en Valladolid y que al parecer escribió la historia encontrándose ya muy enfermo y acabado, queriendo dejar constancia de su existencia y de sus actos. Le pareció al virote que el relato estaba tan bien compuesto, así literariamente como en lo tocante al argumento de la historia, que cabría la posibilidad de retocarlo en las partes que a consecuencia del incendio le faltaban y tratar de darlo a la estampa, para de esta forma enjugar un poco su maltrecha economía. Y aunque era más harón que diligente se puso a ello con dedicación absoluta un par de meses, tiempo durante el cual se tiene constancia de que la venta de tazas de ribeiro descendió en el Franco, pues Vidueiras, que era uno de sus principales consumidores, se encontraba hasta tal punto ocupado y embebido en la composición y retoque de la historia que apenas se dedicaba a otra cosa: trasladó todo el escrito a su ordenador punto por punto sin alterar una coma, agregó de su cosecha las palabras o frases que el fuego había hecho ilegibles y solamente se atrevió a cambiar el uso de la primera persona en que el codicilo estaba escrito, como suelen estarlo las autobiografías, por la tercera, por parecerle a él que de ese modo el escritor se aleja de la acción, colocándose en un plano menos personal, lo cual le da la posibilidad de criticar a los personajes, posibilidad que desaparece si uno de ellos es, además, quien escribe.
Después de mucho corregir, añadir y enmendar dio por fin la obra por acabada y se dispuso a entrar en bureo con algunas editoriales, haciéndoles creer que la novela era original, producto de su propia invención y compuesta por su mano. Pero yo, que aunque de seco ingenio soy codicioso, con mayor nocturnidad que alevosía me hice con el escrito y ganando a Vidueiras por la mano lo di luego a la imprenta, para disfrute y entretenimiento de lectores desocupados y para remedio de mi bolsa. Y dicha historia comienza con el siguiente
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