

Media tarde sería cuando Ester llegó a casa de Roberto. El calor apretaba y la chica vestía una falda larga y holgada, que entonces estaban de moda y una camiseta tan ajustada que a través de ella se dibujaba la forma de sus pechos. Los chicos la miraban por la calle, pero a ella los piropos le molestaban, pues ya sabemos que era extraordinariamente tímida. Sin embargo el hecho de sentirse observada además de producirle vergüenza, o quizá precisamente por eso, despertaba su libido y más aún porque pensaba que esa excitación se le notaba, que el chico que la piropeaba se daría cuenta de su vergüenza y su deseo, así que nunca sabía cómo tenía que reaccionar ante un halago. Prefería pasar desapercibida, aunque teniendo en cuenta su belleza y su estupendo físico este deseo era de muy difícil realización.
A aquellas alturas de la relación, la chica tenía llaves del piso de su novio, lo cual le producía la agradable sensación de pertenecerle, de poseer cosas en común y de “ser” una pareja en lugar de “estar” en pareja. Ella, en el domicilio de Roberto, entraba y salía cuando le venía en gana, porque prácticamente vivían juntos, salvo que Ester iba a hacer acto de presencia a casa de su hermana por la noche un tanto para guardar las apariencias pero sobre todo con el fin de evitar más enfrentamientos y broncas de las que ya había, que eran bastantes. Las relaciones con su hermana llevaban cierto tiempo atravesando una fase crítica que no auguraba nada bueno, porque la niña obediente y sumisa a la que todos estaban acostumbrados empezaba a dejar de serlo, o al menos Isabel así lo percibía; de este modo, cuando la recriminaban, se erguía por primera vez con orgullo y no dejaba pulla sin responder. Todo esto era debido a que la relación con Roberto había incrementado de forma notable su auto confianza porque la chica pensaba que tenía a alguien a su lado y eso hacía que se sintiera muy segura y capaz, por lo que la dependencia afectiva de sus padres y hermanas iba flaqueando conforme se consolidaba la relación con su novio, aunque no debemos olvidar que Ester Bueno podría ser perfectamente sinónimo de dependencia afectiva. Aquella tarde, su hermana le había pedido que se quedase, porque en breve marcharían ella y los chicos al pueblo para pasar allí el verano y era menester hacer limpieza general. Pero Ester le contestó con voz clara y demasiado alta que su padre ya les mandaba suficiente dinero como para que ella se viese obligada a permanecer eternamente sometida a la voluntad y merced de su hermana y además trabajando para ella sin sueldo ni recompensa. Con esto se tomaron a voces, amenazas e incluso insultos, pero con todo y eso Estercita se vistió y se marchó a casa de su novio porque se le daba un ardite de todas las murmuraciones que quedaba su hermana ensartando y tampoco quería entrar en argados para tratar de justificar algo a lo que estaba segura que tenía derecho.
Después de lo que habían hablado los días anteriores y de todo lo que se removió en la cabecita de la muchacha no es necesario decir que por nada del mundo se perdería aquella tarde con Roberto. La excitación que le producía saber que por fin había llegado la tan ansiada hora en la que se iba a entregar completamente a su amado novio, la forzó a masturbarse con fruición aquella noche, imaginando cómo se desarrollaría el acontecimiento.
_ Hola cielote -dijo entrando en el piso de Roberto. El muchacho la salió a recibir al pasillo; hacía calor y vestía únicamente un incitante slip. “Vaya bueno que está” pensó Ester “y que suerte tengo de ser suya”.
_ Hola morenaza. Estaba deseando que vinieras -le contestó su novio mientras la besaba en los labios.
La chica pudo notar el bulto que formaba el pene bajo el slip.
_ Ahora vamos a ducharnos, porque hace mucho calor y supongo que estaremos algo sudados. ¿Te parece?
Roberto decía “¿Te parece?” en un tono que no admitía réplica. Era una frase retórica que utilizaba con frecuencia cuando quería algo. No esperaba a que su interlocutor respondiera. Simplemente hacía la pregunta por cortesía, pero pasaba a la acción sin solución de continuidad.
Así fue también aquella vez. Mientras le preguntaba, se estaba quitando el slip y abriendo el grifo de la ducha. La niña, al principio, se mostraba algo vergonzosa y reticente, pero precisamente el rubor acrecentaba en ella la excitación sexual así que al ver la decisión de su novio, se desnudó también con rapidez y en pocos momentos estaban ambos entrelazados bajo el chorro suavemente tibio y reconfortante. Roberto colocó una profusa cantidad de gel oloroso en una esponja blanda y comenzó a frotar delicadamente todo el cuerpo de su novia, empezando por el cuello, los pechos y la espalda. Cuando llegó a las nalgas, firmes y cálidas, le indicó con cariño que separara las piernas y pasó reiteradamente la esponja por la rajita del culo de ella que cada vez que sentía la caricia suspiraba, mordiéndose el labio inferior en un gesto muy suyo.
Para Ester todo aquello era nuevo. Jamás se habían duchado juntos debido a las arteras y extrañas ideas que su novio tenía acerca de cómo debía ir dosificando las experiencias sexuales. Por entonces la chica ya estaba completamente entregada a él, aunque no con demasiado convencimiento si con mucha resignación y felicidad. A ella le hubiera gustado poder tomar algunas decisiones en lo tocante a la forma y la cadencia de sus relaciones sexuales; que sus requerimientos de sexo fueran atendidos, simplemente por ser suyos. Ella suponía, con buen tino, que si un chico la amaba debería no solamente satisfacerla en esas cosas, sino sentirse muy feliz porque ella se lo demandara y consintiera en permitírselo. Una dualidad de sensaciones y sentimientos luchaba en su cabeza y en su corazón: por una parte entendía, como muchacha inteligente y comedida, que ella tenía el derecho a opinar sobre su propio cuerpo, a decidir cuándo y de qué manera le apetecía satisfacer su libido, y su novio estaba constreñido a la obligación y al privilegio de dejarla ahíta en este aspecto. Pero estas emociones eran vencidas por la necesidad que sentía de hacer feliz a Roberto; conjeturaba que ella era una privilegiada por ser capaz de entregarle de aquella forma desaforada su voluntad y aunque resultaba cabalmente consciente de que su novio se servía de su cuerpo y la estaba utilizando como juguete sexual, ello le producía gran excitación erótica e íntima satisfacción personal, pues la inmensidad de su amor hacia él alcanzaba tales cotas que todo lo salvaba y por todo pasaba simplemente a cambio de que Roberto se sintiera orgulloso de ella y feliz. Estaba saturada de obediencia pues llevaba toda la vida sometida a sus padres y hermanas, no sabía vivir de otro modo y ahora también cedía ante su novio. Con la singular diferencia de que, en esa cesión, existía un componente erótico, una actitud de entrega sexual que le resultaba gratificante y extraordinariamente excitante. Aunque quizá no fuera sometimiento la palabra exacta que definía lo que demandaba de ella la intransigente actitud de Roberto, porque realmente nunca le exigía un determinado comportamiento, simplemente deseaba y lograba que la chica se limitase a esperar a sus demandas con total entrega y sumisión y él decidía dónde, cuándo y cómo se practicaba la masturbación a dúo que era, por el momento, la única actividad sexual que la pareja llevaba a cabo. Resultaba también extraordinariamente singular, que este curioso comportamiento atañía exclusivamente al sexo, porque en las demás actividades propias de una joven pareja de novios, era ella la que decidía en la inmensa mayoría de las situaciones y gozaba de la más absoluta libertad para hacer lo que tuviera a bien. Roberto siempre le consultaba y jamás tomaba una decisión sin que Ester hubiera dado su opinión sobre el asunto, incluso en temas relacionados con el trabajo de él, que en principio parecería que escapaban a la consideración de una muchachita totalmente inexperta en asuntos bancarios. En cualquier caso, a ella le hubiera gustado desempeñar, también en el sexo, un papel, sino más activo en lo propiamente físico, si en la toma de decisiones en cuanto a la frecuencia con que el juego se llevaba a cabo; pero era plenamente consciente de la imposibilidad de realizar su deseo, pues como ya hemos dicho, si alguna vez se mostraba demasiado apremiante en sus requerimientos, Roberto era capaz de mantenerla en castidad varios días y por entonces la pequeña Ester Bueno ya se había descubierto como una mujer con enormes necesidades sexuales. A parte de las tres o cuatro veces a la semana que se dejaba masturbar por su novio, casi no había noche que no se hiciese ella misma unos dedos antes de dormir.
Cuando Roberto consideró que había acariciado y lavado suficientemente a su novia por la espalda, las nalgas y entre las nalgas, insistiendo delicadamente en el agujerito del culo, continuó por la parte de delante, frotando con mucho mimo el sexo y los pechos mientras la chica mantenía las piernas bien separadas para facilitar la maniobra suspirando y gimiendo de placer. Como siempre, parecía que Roberto no tenía ninguna prisa y se deleitaba mimando y excitando a su novia mientras le decía dulces palabras al oído. A Ester aquello la hechizaba, porque, como todas las mujeres, valoraba mucho la delicadeza y las largas caricias antes de llegar al sexo propiamente dicho. Tenía que reconocer que su experiencia no era mucha, o mejor dicho, era nula, pero realmente Roberto sabía deleitarla, excitándola y llevándola a un punto en el que cualquier otra consideración que no fuera el sexo, pasaba irremediablemente a segundo plano. Esperaba la chiquilla que aquél mismo día se consumase la tan deseada penetración, con lo cual le habría dado a su novio todo lo que podía darle, en lo físico y en lo espiritual y afectivo.
Cuando llevaban un buen rato de juegos en la ducha y Ester mostraba un estado de fogosidad que la inducía a comerse literalmente los labios de su novio cuando este la besaba, Roberto cerró el grifo, cogió la toalla y secó concienzudamente el tierno cuerpo femenino y el suyo propio. Durante todo ese tiempo, el muchacho había mantenido una visible excitación que se acentuaba con el roce de los dos cuerpos desnudos. Terminaron de secarse y para evitar que la chica pisase descalza en el suelo, la cogió galantemente en sus brazos y trasladándola al dormitorio, la depositó delicadamente sobre la cama. A continuación se tumbó él a su lado, permaneciendo ambos boca arriba y totalmente desnudos sobre la sábana; extrajo un cigarrillo del paquete que estaba sobre la mesilla, lo encendió y se lo ofreció a Ester. Acto seguido cogió otro para él y colocó el cenicero sobre su propio pecho desnudo, como hacían siempre cuando fumaban después del sexo.
Aquello asustó un poco a la chica, pues debido a los peregrinos comportamientos eróticos de su novio, llegó a pensar por un momento que todo había terminado y que aquella experiencia de ducha en común, era todo lo que iba a sacar en claro aquella tarde. Sin embargo, mientras fumaban, Roberto se dirigió a ella:
_ Sabes que te quiero mucho y me tienes loquito. Además creo que cada vez estás más entregada a mí y por eso hoy vamos a ir más lejos de lo que hemos ido hasta ahora en la cama. Seguro que no me defraudas y haces todo lo que yo te diga. ¿Estás dispuesta?
La chica se limitó a reiterarle de nuevo, que disponía de ella para lo que quisiera y que haría todo lo posible y aun algo más, por no defraudarle. Sin embargo, la frase “hoy vamos a ir más lejos”, le resultaba un tanto inquietante. ¿Acaso aquello suponía que tampoco iba a haber penetración y que todo obedecía a otra arana más de Roberto? Ester tenía la confianza de que esta vez su novio la tomaría sin más, por fin, después de tanto tiempo de sumisión y espera. Pero algo en su interior le decía que el muchacho tenía más sorpresas preparadas para ella.
Apagaron los cigarrillos y Roberto puso el cenicero sobre la mesa de noche. Comenzó entonces a besar a su novia, como tenía por costumbre, con pasión y delicadeza en el cuello, en los labios, detrás de las orejas, chupando sus pezones... Pero la chica echaba de menos las caricias en el clítoris. Extrañamente los besos no se acompañaban con la manipulación y el frotamiento de su coño, como era lo habitual pero durante todo aquél protocolo el chico no había llegado a tocarle el sexo y aquello, al igual que la ducha en común, también era nuevo, pero resultaba desconcertante. Sin embargo Roberto no se oponía a que ella manipulara su pene con la maestría de la que ya hacía gala y la chica lo notaba extraordinariamente duro y apetecible, como siempre. Ester decidió no pensar más y entregarse completamente a lo que a su novio le viniera en gana hacer con ella.
Lo cual, en aquél momento, era bajar lentamente, entre besos y lametones, hasta el estómago de la niña. Ella abría las piernas para facilitar la ansiada caricia manual, pero esta nunca llegaba a producirse. Sentía la respiración de Roberto sobre su vello púbico y se encontraba tremendamente excitada. Pensaba que, a poco que se lo propusiera podría llegar al orgasmo simplemente así: con los besos de su novio en el vientre y acariciándole mientras tanto la picha.
Pero en un instante y sin previo aviso, el muchacho se puso sobre ella en la conocida postura del sesenta y nueve y separando con las manos los labios vaginales, dejo a la vista todo el sexo de la muchacha; comenzó entonces a lamer el clítoris mientras con los dedos frotaba la entrada del coño con movimientos circulares. En menos de veinte segundos, le sobrevino a Ester el primer orgasmo. Pero Roberto continuaba lamiendo y chupando allí abajo, masajeando el clítoris con la punta de la lengua e introduciéndola esporádicamente en su abierta y húmeda vagina, lamiéndole todo el sexo una y otra vez hasta que la excitación de ella volvió a alcanzar el borde del segundo orgasmo. En aquél momento su novio se detuvo con gran desconsuelo de la muchacha.
_ Chúpame tú a mí también - le dijo.
La postura que Roberto había adoptado hacía que su pene y sus testículos quedasen frente a la cara de Ester y al alcance de su boca. La chiquilla contemplaba embelesada el excitante cuerpo de su novio desde una perspectiva que nunca hasta aquél momento había logrado. Sin embargo no poseía ningún tipo de experiencia para llevar adelante, con una mínima garantía de éxito, lo que Roberto había solicitado de ella; aunque tenía conocimiento de que esas cosas se hacen entre un chico y una chica, e incluso en alguna de sus incesantes fantasías eróticas se veía chupando el pene de su novio, nunca supuso hacerlo en aquella postura, sino que se imaginaba a Roberto tumbado en la cama boca arriba y a ella lamiéndole el capullo con complacencia o incluso a veces el chico de pie y ella de rodillas, como adorándole, mientras besaba y chupaba golosamente su polla.
En principio trató de jugar con la lengua y los labios todo a lo largo del pene, deteniéndose especialmente en la punta, mientras se abrazaba a la cintura del muchacho, imitando las caricias que con tan delicioso resultado, le estaba él haciendo en su clítoris y su vagina. Pero como no utilizaba las manos y la habilidad que tenía con la boca era tan escasa, una y otra vez se le escapaba el miembro de entre los labios cuando intentaba imprimirle un movimiento de mete y saca lo suficientemente rápido y constante para que a su novio le resultara placentero. Al cabo, Roberto deshizo la postura diciéndole:
_ Te voy a enseñar a chupar bien una polla.
Apoyó en la cama con cuidado las rodillas, una a cada lado del pecho de ella, de manera que la boca de la muchacha quedaba a escasos centímetros de su pene y a continuación le indicó:
_ Tienes que hacer lo mismo que cuando me haces una paja, pero a la vez que me la acaricias con la mano te metes el capullo en la boca, haciendo que roce al entrar con los labios y una vez dentro, con los carrillos; pero sin tocarlo con los dientes. ¿Vale? Prueba a ver.
Ester comenzó la maniobra levantando ligeramente la cabeza. Su novio le colocó la almohada doblada bajo la nuca para que la posición le resultase más cómoda y la chica sentía las fuertes nalgas del muchacho rozando contra sus pechos. Al principio le resultó un poco difícil coordinar los movimientos, pero en breve consiguió hacerlo de manera bastante satisfactoria introduciéndose en la boca casi la mitad del duro y caliente pene, procurando acariciar con los labios y la lengua el glande, rosado y brillante, tanto al entrar como al salir; a la vez que con una mano imprimía un suave movimiento de vaivén sobre la piel del pene y con la otra acariciaba los colgantes y llenos testículos. Su novio, completamente excitado ante el espectáculo de la dulce boca de la muchacha taladrada por su polla, le indicó que cuando observase que los huevos se separaban, era señal inequívoca de la inminencia de la eyaculación, como ella ya sabía. Entonces debía cesar por completo en su actividad y limitarse a lamer el glande con la lengua exclusivamente, firme pero suavemente, como si fuese un helado hasta observar que los testículos recuperaban su posición habitual, momento en el que podía reiniciar la felación. Por dos veces consiguió la sensual muchacha, con pasión y entrega, llevarle al borde del clímax hasta que Roberto se dio por satisfecho, considerando que su novia había superado con nota el examen de chupar pollas.
Después de un descanso para fumar otro cigarro, el muchacho volvió a adoptar la postura del sesenta y nueve y Ester sintió de nuevo las caricias de la lengua masculina en su sexo, lamiendo el clítoris y penetrando en la entrada de la vagina. A la vez que ella, ya con cierta experiencia y maestría, le chupaba la polla con consistencia y le acariciaba delicadamente los testículos. Para la chica, las sensaciones eran muy agradables: las manos de su novio separándole los labios vaginales y la lengua lamiendo una y otra vez, casi desde el ano hasta el monte de Venus, deteniéndose en el clítoris, chupándolo, absorbiéndolo... No sabía si estaba teniendo varios orgasmos o era uno sólo que le duraba mucho tiempo cuando sintió un dedo de Roberto acariciándole el culo, imprimiendo un movimiento circular alrededor del ano, como si aquél dedito explorador quisiera meterse por su agujero trasero. Al principio ella se asustó pero la caricia era tan placentera, suave y persistente que su novio consiguió que ella relajara convenientemente el esfínter hasta el punto de permitirle introducir en él la puntita del dedo. Aquello hizo estallar a la muchacha en un auténtico y bestial clímax durante el cual logró meterse completamente la polla de su novio en la boca y llevar a este al borde mismo de la eyaculación.
Cuando el muchacho consideró que ella estaba ya lo suficientemente satisfecha, se acomodó nuevamente en la misma postura que había adoptado para impartirle la clase sobre cómo chupar pollas, es decir, con una rodilla a cada lado del pecho de la chica y le dio instrucciones precisas para que aquella vez, cuando observase que la eyaculación se acercaba continuara sin apartar la cara ni los labios, sino que transformando mentalmente su boca en su vagina, procurase recoger en ella la totalidad del semen que el durísimo pene expulsaría. La muchacha se aplicó al asunto con tal maestría y entrega, que en pocos momentos y debido al grado de excitación contenida de su novio, consiguió lo que pretendía. Uno tras otro, los chorros de semen impactaban en su lengua, en su paladar y en sus labios, escurriendo por la barbilla y mojándole el pecho. Sintió su calidez y su sabor en la boca, mientras continuaba agitando y chupando vigorosamente la polla para tratar de extraerle hasta la última gota de aquél líquido blanco, soso y pegajoso. Al final, Roberto gritó de placer y con su mano detuvo la de ella, retirando el miembro del alcance de aquella maravillosa boca succionadora, mientras le decía:
_ Muy bien cariño, muy bien... Solo te faltó tragarte todo.
Quedaron completamente exhaustos, sin apenas hablarse, fumando, tumbados en la cama. Pero los pensamientos de la pequeña Ester volaban, intentando comprender lo que había pasado y por qué las cosas con Roberto ocurrían siempre de una forma tan extraña e impredecible; cual era el motivo por el que no hacían nunca el amor de aquella manera que ella consideraba normal, como lo hacían todas las parejas de novios, pero sobre todo trataba de conjeturar dónde estaba el fin de aquel comportamiento y cuando se llegaría a él. No es que no le hubiera gustado la experiencia, antes al contrario había disfrutado muchísimo con ese nuevo tipo de relación sexual que ella conocía de oídas pero que nunca hasta aquel día había practicado. Se había sentido muy satisfecha y ufana de que su boca hubiera servido como objeto de placer para su novio y como receptáculo para su semen; pero continuaba pareciéndole extraño la tenaz reticencia que el chico mostraba a la penetración y por otra parte, cada vez con más frecuencia, pensaba que en todo aquel asunto ella tenía algo que decir; sin embargo nunca llegó a estar saturada de esperar a que Roberto decidiese, o de prestarse a sus extraños comportamientos sexuales con la resignación y el sometimiento que formaban parte intrínseca de su manera de ser.
En las controversias con sus padres y hermana comenzaba a despuntar en ella una incuestionable rebeldía que incluso la impulsaba, en ocasiones, a osar rebatir a cualquiera de ellos con una cierta presunción y jactancia, expresando opiniones y deseos propios, frecuentemente contrarios a los de sus familiares. Pero este comportamiento nunca se daba si la controversia o polémica era con Roberto. Porque ese aumento de la auto confianza al que reiteradamente hemos hecho referencia no estaba logrando también que se plantease con mayor asiduidad si el sometimiento a su novio era lógico; si era soportable y sobre todo, a que extraña pulsión era debido que todo aquello, tan extraño y fuera de lo común, a ella le resultase asombrosamente excitante y placentero. Le encantaba practicar sexo con él y continuaba profundamente enamorada del muchacho, de modo que optó por conformarse de momento con la nueva experiencia y tratar de repetirla con la mayor periodicidad que pudiera. Confiaba en que el día en que por fin su novio la tomase como ella esperaba estaría cerca y entre tanto iba a procurar convertirse en la más hábil chupadora de pollas que pudiera, cumpliendo así los deseos de Roberto, como ya había logrado ser una maestra de la masturbación. Estaba deseando repetir el experimento de aquella tarde, para tratar de tragarse todo el semen, pues el no haberlo hecho así en esta ocasión, había motivado un pequeño reproche por parte de su adorado novio. Verdaderamente la chica, no entendía lo que le ocurría, pues a veces sólo quería formar parte de una pareja normal, con prácticas normales, hablar de matrimonio, de hijos y de comprarse un piso… Pero como todo aquello con su novio estaba vetado se sometía a la voluntad del chico y se resignaba disfrutando con lo que tenía que además en el fondo y en la forma le encantaba. Jamás consiguió que los temas que ella consideraba propios de una pareja joven, despertaran en el recalcitrante muchacho el más mínimo interés y cuando salía a relucir el asunto del matrimonio, Roberto siempre se evadía con el consiguiente “aun no estamos preparados”.
Entretanto el muchacho pensaba, satisfecho, que las cosas iban saliendo conforme él las había planeado con tanta antelación y meticulosidad, de suerte que estaba seguro de conseguir, en breve plazo, tener una auténtica sumisa y maestra del sexo a su disposición. Ello hacía que cada vez su consideración hacia la muchacha aumentase, pues lo que más valoraba Roberto en este mundo era la entrega sexual de una mujer, sin pedir a cambio nada que no fuera la obtención del placer en sí mismo y observaba complacido que Ester tenía un gran futuro en ese campo. Cualquier lector inteligente se habrá dado cuenta de que Roberto era amo y Ester sumisa, aunque ninguno de los dos lo sabía en aquel tiempo e ignoramos si Roberto fue consciente de ello alguna vez en su vida. Pero por entonces y siguiendo con nuestro hilo argumental, jamás llegó el muchacho a plantearse, ni siquiera como hipótesis, la idea del matrimonio o de la constitución de una pareja estable con ella, porque el amor, como lo entienden la mayoría de los mortales, no formaba parte del espectro de sensaciones que era capaz de concebir Roberto, el ególatra. Para el chico aquello era una suerte que le había caído del cielo, una especie de bendición o prerrogativa que no sabía cuánto tiempo iba a mantenerse ni se lo cuestionaba pero quizá precisamente por eso, trataba de aprovechar su privilegiada situación todo lo que podía y si la conversación se desviaba peligrosamente hacia temas que no eran de su agrado por demasiado comprometedores, procuraba evadirse, cambiar de asunto o simplemente manifestar que esas cosas se plantearían el día que ella acabara la carrera y tuviera un trabajo. Roberto sabía que para su novia era cuestión de importancia el matrimonio y la fundación de una familia tradicional, como la formada por Cayo y la Vivi. Por eso el muchacho nunca le decía que sus propios pensamientos no iban por aquellos derroteros; al menos no tenía intención de decirlo antes de haber conseguido su completa entrega y total sumisión. No le manifestaba explícitamente sus intenciones y deseos, pero tampoco le prometía nada: ni le aseguraba, ni le negaba. Simplemente se limitaba a disfrutar del sexo, del cuerpo y del amor de aquella maravillosa muchachita que se había cruzado en su camino y que debido, como no, a su habilidad y buen hacer estaba totalmente entregada a él.
La vida, por otra parte transcurría a su ritmo reglamentario y predecible. Ester Bueno comenzó ilusionada su carrera de Ayudante Técnico Sanitario en la Escuela Universitaria de Enfermería y continuó viviendo prácticamente con su novio, salvo que, llegada la noche, iba a dormir resignadamente a casa de su hermana, no sabemos muy bien si por tradición o porque Roberto nunca le había propuesto en serio que vivieran juntos, pues el muchacho pensaba que eso conllevaba una especie de compromiso y huía de todo lo que implicase, siquiera remotamente, una responsabilidad seria hacia ella. Pero las relaciones de Ester con su hermana habían cambiado drásticamente de modo tan sustancial, que la chica ya nunca ayudaba en los quehaceres domésticos. A cambio, entregaba a Isabel una cierta cantidad de dinero al mes que lograba haciendo alguna noche de canguro y cuando no tenía trabajo suficiente que le permitiera reunir lo estipulado, Roberto le prestaba la diferencia, aunque la verdad es que ella nunca se lo devolvió y él jamás se lo reclamó. La transformación habida en la personalidad de Ester le llevaba a un continuo enfrentamiento con su hermana, negándose por sistema a ayudar en las labores de la casa que hasta entonces habían corrido básicamente por su cuenta. La chica argumentaba, no sin razón, que solamente iba allí a dormir y que su padre continuaba aportando una ayuda económica a la familia de su cuñado, procedente del dinero que a ella le otorgaban siempre en concepto de beca y con eso consideraba que los gastos derivados de su propia manutención se satisfacían con creces. Para evitar enfrentamientos decidieron que Ester también pagaría por su habitación, pero a cambio nunca comía ni cenaba en casa de su hermana y no realizaba ninguna de las tareas que tantos años había venido haciendo, salvo el aseo de su propio cuarto. A la chica realmente le hubiera gustado irse a vivir con su novio pero este siempre le decía que cuando acabase la carrera y que aún era pronto y no estaba preparada.
Por su parte el muchacho proseguía con su alienante trabajo en la Caja y con sus clases de inglés vespertinas. Pudo adquirir un SEAT 600 de segunda mano por veinte mil ptas. y eso les permitió ir al campo algún domingo por la tarde, así como trasladarse esporádicamente al pueblo de Ester en donde conoció a los padres de la chica e incluso podemos decir que mutuamente se entendieron bastante bien, sobre todo con el tío Cayo, al que Roberto juzgó como un hombre con la misma escala de valores que su propio padre, salvando el abismo de la diferencia cultural y de extracción social. Pero básicamente concordó lo suficiente con la familia y el ambiente de Ester como para que todo el mundo en Santiago del Arroyo lo considerase el novio y futuro esposo de la pequeña de Cayito. Por su parte la chiquilla no perdía ocasión de presumir de pretendiente guapo y elegante entre sus menos afortunadas convecinas que se veían compelidas a resignarse con cualquier azacán aborigen o foráneo, pero que en ningún caso alcanzaba, a juicio de Ester, la clase, categoría y hermosura de su amado Roberto.
A partir de la tarde en que empezaron con las caricias buco-genitales, este tipo de práctica se incorporó a la habitualidad de sus relaciones sexuales y efectivamente Estercita llegó a ser una experta en el arte de la felación, chupándole a su novio la polla con la misma desenvoltura que si tocase el albogue, y casi siempre conseguía tragar el semen sin que se desperdiciara una sola gota. También habían incorporado caricias y tocamientos en el ano, de manera que el culito de Ester ya admitía tranquilamente un par de dedos de Roberto y ella también trataba de meter uno de los suyos en el culo del muchacho, consiguiéndolo muchas veces mientras hacían un sesenta y nueve sin fin. Practicaban también con cierta asiduidad las caricias y los besos entre las nalgas, llegando en ocasiones la chica a sentir dentro de su culo la punta de la lengua del muchacho y a introducir ella también la suya en el ano del chico. Roberto le dijo que a este tipo de práctica se la conocía con el nombre de “beso negro”.
Pero no se había pasado de ahí, a pesar de que hacía ya casi dos años que se conocían. Ester comenzó a dar otra vez señales de perder la paciencia necesitando de nuevo experimentar cosas diferentes; a ver si era posible que Roberto se diese cuenta de que era menester hacer el amor, por fin, como Dios manda y de que el asunto no admitía más dilación. Pero es bien sabido que cada vez que ella abiertamente se lo proponía, el chico volvía con la consabida cantinela de “no estás preparada, la prueba es que sigues pidiéndomelo”. Sin embargo, Ester era muy observadora e inteligente y hacía tiempo que había caído en la cuenta de que la forma de incrementar la ración de sexo era prestar ostensiblemente atención a otros muchachos. Este era un comportamiento que llevaba indefectiblemente a Roberto a concederle algún tipo de consuelo sexual, así que cuando la chica tenía ganas, no lo pedía, porque sabía que de hacerlo le sería negado. Se limitaba a comentar en voz alta lo guapo y apetitoso que estaba tal o cual muchacho para conseguir, casi inmediatamente que su novio la llevase a la cama. Esto debería haberla llevado a recapacitar sobre el temeroso machismo del chico. Ese componente machista imbuía a Roberto a creer que un hombre debe mantener satisfecha a su pareja para evitar que esta se fije en nadie, sin embargo, no concedía importancia a los auténticos deseos y necesidades sexuales que la propia mujer experimentase. Con todo, el caso es que aquello le daba resultado a la muchacha y con ese retorcido mecanismo conseguía poder decir lo que pensaba y lo que necesitaba en la cama porque cuando su novio la castigaba sin relaciones porque “te has portado mal” como él mismo le decía, ella se limitaba a mirar con profunda admiración y de forma ostensible a cualquier hombre que pasase por su lado. Entonces Roberto admitía condescendiente:
_ Bueno... Por esta vez te levantaré el castigo. Vámonos a casa y hacemos una marranadita.
Siempre se refería al sexo como marranaditas, a besar le llamaba hocicar y en cualquier caso trataba de desvirtuar todo lo sublime que la sexualidad puede tener y aunque esto al principio disgustaba bastante a la chica que poseía una idea ingenua y elevada del amor, al final terminó por acostumbrarse y ella misma llamaba también marranaditas a la singular forma que tenían de relacionarse sexualmente.
Porque a pesar de todas las argucias y miradas a otros hombres, aunque conseguía sexo cuando lo necesitaba, le resultaba imposible lograr que Roberto pasase adelante y se decidiera por fin a tomarla, a follarla, a joderla, “a metérsela hasta el estómago” como ella misma le pidió un día desaforadamente. Lo más que alcanzaba era que le alzara los castigos de abstinencia sexual de los cuales se hacía rea, según sentencias inapelables de Roberto; pero habían transcurrido casi tres meses desde la primera felación y la chica no había sido poderosa para hacer que las cosas avanzaran por los derroteros que ella quería y necesitaba.
Tan desesperada estaba y tan impotente se sentía para reformar el estado de la situación, que un día enhoramala, en lugar de retornar después de las prácticas a casa de su novio, según tenía por costumbre, se citó con un compañero de clase. No es que tuviera la aviesa intención de engañar a Roberto, o tal vez sí, porque Vidueiras dice que en el codicilo original no queda este punto bien determinado, pero lo que realmente ocurrió es que pasó la tarde placenteramente acompañada por uno de los más atractivos estudiantes de ATS, porque verdaderamente Ester poseía las suficientes buenas partes como para poder elegir, ya que era, sin lugar a dudas, una sensual y admirable muchacha que ya había rechazado muchas proposiciones en su corta existencia. Sin embargo ocurrió que en aquél momento, no se sabe muy bien por qué razón, se decidió a aceptar la reiterada invitación de su compañero. Quizá porque se sintió halagada, pero lo más seguro es que en el fondo de su corazón deseaba que su novio se enterase de aquello y reaccionase en el sentido que ella quería: con una proposición seria de matrimonio o al menos de convivencia; aunque se hubiera dado por satisfecha con que el muchacho le hiciera el amor como ella entendía que había que hacerlo. No es que rechazase el tipo de prácticas sexuales que realizaban, pues todo aquello de la entrega resultaba para ella subyugante y arrebatador, pero ocurría que Ester pensaba que esos juegos eran simplemente el preludio de un coito en toda regla, o de algo más fuerte y excitante, algo indeterminado que intuía pero que nunca llegaba a producirse.
El caso es que cuando al día siguiente le explicó a su novio el motivo por el que no había ido a visitarlo la tarde anterior, se desencadenó en Roberto parte de la reacción que ella esperaba; únicamente que no obtuvo todos los resultados apetecidos y previstos pues el muchacho estalló en un inusual acceso de ira, arrebato y malos modales como jamás hasta entonces había mostrado. Después de conocer el motivo de la ausencia de su novia la tarde anterior, se dirigió a ella en tono admonitorio y elevando la voz le dijo señalándola con el dedo índice:
_ ¡Así que quieres follar! ¿Eh? ¡Es eso lo que quieres! ¿No? Parece que todo lo demás no te importa. ¡Pues te voy a follar ahora mismo, así que vete a la cama, vamos a la cama que vas a tener por fin lo que llevas tanto tiempo buscando!
La chica le explicó que simplemente había salido con un compañero de clase, que no existía ningún motivo espurio para hacer lo que había hecho, (aunque esto no era cierto) y que ella se encontraba muy a gusto con él y jamás se le había pasado por la imaginación tener relaciones con ningún otro. Pero Roberto la cogió del brazo y prácticamente la arrastró hacia el dormitorio con furia y energía inusitadas y desconocidas hasta entonces por Ester. Aquello la asustó un poco, la excitó muchísimo y a la vez hizo que se sintiera halagada de poder desencadenar esa reacción de celos en su novio, porque decía el refrán de su pueblo que “el que no sabe de celos no sabe lo que es amor” y ella lo interpretaba “a senso contrario” es decir: si Roberto era capaz de ponerse celoso, quería decir que la amaba.
En el dormitorio fue desnudada sin ningún miramiento: no hubo besos ni caricias como solía ser habitual. Una vez desnuda se tumbó en la cama, pero el muchacho le gritó:
_ ¡Así no! Date la vuelta, ponte de rodillas, apoya la cabeza en la almohada, saca el culo y abre las piernas.
Esa postura ya era conocida por la chica. A veces la adoptaba para que su novio, desde atrás accediera más fácilmente con la lengua a su sexo y a su ano. Otras veces era el chico quien se mantenía así mientras ella le practicaba un largo y placentero beso negro, lamiéndole los testículos y la raja del culo, procurando detenerse en el ano y tratando de introducir allí la lengua. Pero siempre habían llegado a aquello después de un sin fin de besos, caricias y palabras de amor y deseo, vertidas en voz baja con delicadeza y suavidad en el oído. Aquél día, sin embargo, fue diferente: Roberto todavía estaba empezando a desnudarse cuando Ester ya le esperaba en la postura de la perrita, con el culo en pompa y las piernas separadas, con la vagina y el ano abiertos y ofrecidos. Se notaba deseosa, porque aquella forma peculiar y violenta de ser tratada le resultaba especialmente excitante, produciéndole un morbo desconocido, diferente y en cierto modo culpable, lo cual le hacía aun más atrayente. Esperó turbada a que su novio terminara de desnudarse y enseguida sintió las hábiles caricias manipulando su clítoris y la parte más externa de su vagina, mientras que algún dedo presionaba a la entrada de su ano, que ya se abría con facilidad. Ciertamente, siempre que practicaban el sexo, después de la tarde en que ella descubrió la felación, su novio le metía al principio uno pero últimamente dos o incluso tres dedos en el culo, de forma que el agujerito cada vez se abría y relajaba más y con mayor facilidad y prontitud; así llegó un momento en que la chica asociaba subconscientemente el tener algo en el ano con el orgasmo lo cual era precisamente lo que Roberto quería que se produjera. Y esto era así hasta tal extremo que en muchas ocasiones, sintiendo próximo el estallido de placer, pedía a su novio, sin poderse contener, que le metiese otro dedo más a lo que el chaval reaccionaba sacando los que tenía dentro mientras le decía que era a él en exclusiva a quién correspondía decidir el número de dedos que le metía en el culo, porque a la hora de practicar el sexo, ella no tenía culo, ni coño, ni boca: su cuerpo entero pertenecía a su novio. Pero tantas horas de práctica habían logrado que el agujerito trasero se le abriera aína, y así fue también aquella tarde, porque a los cinco minutos de haber iniciado Roberto la manipulación, ya tenía un par de dedos profundamente enterrados en el culo de su novia.
Ella disfrutaba de la sensación, no por conocida menos agradable, pues ya se sabe que esto del sexo es similar a la comida: aunque un día quedes ahíto o te empaches, no por eso dejarás de sentir hambre la jornada siguiente. Pero cuando estaba a punto del primer orgasmo su novio suspendió el movimiento de vaivén de los dedos en su abierto culo y se los sacó de allí con violencia. La chica no sabía cómo era posible que Roberto conociera tan a la perfección su cuerpo, hasta el extremo de poder predecir el orgasmo con menos de treinta segundos de antelación. Él le había enseñado que en los chicos, cuando los testículos se separan quiere decir que la eyaculación es inmediata, sin embargo Ester no comprendía lo que en su propio cuerpo delataba la proximidad del orgasmo aunque predecirlo resultaba mucho más fácil de lo que ella pensaba, porque el ritmo y la intensidad de sus suspiros no dejaban lugar a dudas para su amante habitual.
Inmediatamente echó de menos algo en el culo. Su novio le acariciaba el clítoris, la vagina y el ano, esparciendo por toda la zona los jugos que manaban de su propio cuerpo, pero su culo estaba vacío. De pronto, sintió lo que le parecieron un par de dedos de Roberto apoyándose en su agujerito trasero, pugnando por entrar y se relajó de buena gana para recibirlos en su interior. En esto, el muchacho la tomó por las caderas y ella sintió que algo grande y caliente se abría paso a través de su ano dilatándole el culo como nunca y produciéndole un profundo dolor. Se dio cuenta, demasiado tarde, que su novio la estaba sodomizando sin embargo no trató de escapar de aquello que ella consideraba una excitante humillación, y aun de haberlo intentado no hubiera tenido ningún éxito porque Roberto la mantenía firmemente sujeta por las caderas y cuanto más se movía más profundamente penetraba la invasora polla en su culo. La verdad era que el dolor había cedido y una desconocida e inquietante sensación de profundo placer, incógnito pero intensamente grato, la invadía.
_ ¡Esto es lo que quieres! ¡Así es como te gusta! ¿Verdad que sí, zorra? Piensa que Nacho te está observando... Mira, Nacho, la zorrita de Ester Bueno como disfruta con una polla en el culo.
Ignacio, evidentemente, era el compañero con el cual había pasado Ester la tarde anterior. Mientras Roberto le decía todo esto movía sin parar las caderas, deslizando la picha con furia y energía a lo largo del recto de su novia, ya completamente relajado y abierto. Por entonces la muchacha empezaba a cooperar en su propia sodomización, porque el placer que sentía ayudado por la profunda excitación que le proporcionaba la sensación de humillación y los insultos que su novio le dirigía superaba a cualquier otra consideración que hubiera podido plantearse. Se llevó una mano al clítoris iniciando una suave masturbación, pero Roberto, dándose cuenta de la maniobra, aceleró sus movimientos y aferrándose con auténtica fiereza a sus nalgas le llenó el culo de semen mientras lanzaba grandes gritos y terminó la eyaculación antes de que ella hubiera podido obtener el primer placer.
Quedó tumbada, boca abajo sobre la cama, con la cara hundida en la almohada, llorando y tragando acíbar. Extrañamente y por primera vez, Roberto no se quedó para consolarla; antes bien: en cuanto hubo terminado de escurrirse bien la polla sobre las nalgas de la muchacha se fue a duchar, y se quedó fumando en otra habitación, escuchando impasible los ahogados sollozos de Ester.
La chica estaba adarvada y así permaneció un buen rato, hipando desconsoladamente y sin poderse mover. Pero al cabo, después de un tiempo, superó su pasmo y aturdimiento y ella también se duchó, sintiendo el ano dolorido y el sexo húmedo y excitado, porque la habían conducido al extremo de la humillación y por lo tanto, de la excitación, pero le habían vedado el placer. De forma recatada, se vistió y fue a sentarse, encendiendo también un cigarro al lado de su novio.
_ ¿Qué piensas hacer ahora? -preguntó al muchacho mirándole a la cara.
_ Yo nada. No pienso hacer nada. Tú eres la que tienes que decidir si quieres que te trate como hasta ahora o prefieres convertirte en una puta, a la que solamente le gusta follar y sentir una polla dentro.
_ Pero... ¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué delito he cometido? Sólo salí un día con un compañero de clase.
_ Tu cuerpo me pertenece -le espetó Roberto sin dudarlo- y puedes aceptarlo o no. Si lo aceptas, seguiremos como hasta ahora y si no te parece bien ya sabes dónde está la puerta. Yo no voy a cambiar y tampoco pienso consentir tu insubordinación y mucho menos que me pongas los cuernos.
_ ¡Yo sólo salí a tomar una cerveza con Nacho! -se defendía Ester- no hubo nada más... Te lo juro, ni cuernos ni hostias.
Pero Roberto no tenía nada de tonto y se había dado cuenta de que el motivo oculto de su extemporánea salida con el compañero de clase, había sido provocar en él una reacción dirigida a conseguir lo que la muchacha venía demandando tanto tiempo: un compromiso. Por eso le dijo:
_ Yo no soy ningún imbécil y sé lo que quieres. Pero estás equivocada en el método para conseguirlo. Si te muestras obediente y entregada a mí, apenas te quedan un par de pruebas que pasar para que yo decida proponerte un compromiso serio. Pero si quieres hacer lo que te dé la gana, no es conmigo con quien debes estar y por lo tanto, será mejor que cojas tus cosas y te largues. Ni más ni menos.
Positivamente, Ester comprendió que su novio no le daba otra opción. Jamás cambiaría. Aquel muchacho amable, cariñoso, detallista que había logrado en pocas semanas que ella se adamase irremediablemente, había mudado tanto, que había llegado a convertirse en el vivo trasunto de su padre, de sus hermanas o de todo lo que olía a autoridad y que ella tanto había respetado siempre. Ya no pedía: exigía; ya no convencía: amenazaba; ya no dialogaba: ordenaba... Y para mayor desconcierto la chica no era capaz de sentir por él simplemente el respeto o el temor que ordinariamente había sentido por la autoridad, pues ya no podía dejar de reconocer que todo aquello, unido adecuadamente al sexo, le gustaba hasta tal extremo que cualquier otra consideración pasaba a ser secundaria. Roberto acababa de enfrentarla a una disyuntiva de difícil resolución: o continuaba ejerciendo de querida o chica para todo de su novio, o regresaba con la cabeza gacha a casa de su hermana, para volver a sentir el control de su familia sobre sus actos y sobre su tiempo. ¡Ah! ¡Cuándo acabaría la carrera para poder ponerse a trabajar y lograr la anhelada independencia económica!
Roberto condescendió:
_ No pretendo que lo decidas ahora mismo. Pero lo que vas a hacer inmediatamente es marcharte, sabiendo que si regresas, entenderé que quieres entregarte totalmente a mi sin restricciones, no como lo has estado hasta ahora, sino mucho más. Si es así, nunca se volverá a mencionar este asunto. Si no quieres volver, te llevaré en el coche tus pertenencias a casa de tu hermana. Ahora vete.
_ Roberto... - la muchacha intentó prolongar el diálogo, pero el chico la cortó con un radical “Vete, vete ahora mismo”, así que Ester, con los ojos anegados en lágrimas se marchó, sintiendo que el ruido pesado de la puerta cerrándose tras de sí caía sobre ella como una losa.
En cuanto llegó a casa de Isabel se dio cuenta de que el quedarse allí era una solución inaceptable, porque apenas apareció cuando empezaron las pullas y los dimes por parte de su hermana hasta que Ester se retiró a su cuarto, lamentándose amargamente de su suerte y tratando de estudiar, sin conseguirlo.
Aquella triste noche, reflexionó pormenorizadamente sobre todo lo que había pasado y no tardó en llegar a la conclusión, a la que habitualmente llegaba en situaciones similares, de que la responsabilidad era suya por intentar solapadamente engañar a su asendereado novio y por querer tener poder de decisión sobre su cuerpo, que ella sabía que no le pertenecía. Hasta tal punto llegaba el amor y la necesidad que tenía de Roberto y tanto y tan bien había trabajado este en su personalidad que la niña terminó auto convencida, después de un largo razonamiento, de que su novio tenía razón y ella era la mala. Decidió levantarse con sigilo e ir al pasillo para llamarle por teléfono sin más dilación y pedirle perdón sumisamente. Estaba comenzando a marcar el número cuando la voz de su hermana surgió, estentórea, del dormitorio de matrimonio:
_ ¿Qué hora te crees que es para llamar? Además... ¡El teléfono no es gratis!
Isabel casi siempre tenía algo de razón en el fondo, aunque dicha parte de razón quedaba generalmente invalidada por la forma desconsiderada y atroz que esgrimía para exponer sus argumentos. Ya era muy tarde, es cierto; pero en ningún momento se le ocurrió preguntar a su hermana cual era el motivo de aquella llamada tan a deshora. Sin embargo Ester, en aquél preciso momento, sintió que el desaforado comentario sobre el teléfono había sido la gota que había colmado el vaso de su paciencia y contención para siempre. Decidió, con todas sus fuerzas, que le pidiera Roberto lo que le pidiese, siempre sería más soportable que aguantar la estrambótica autoridad de su hermana un solo día más. “De momento” pensó “quédense las cosas como están y en esta misma hora me voy a dormir”. Así lo hizo, después de masturbarse a conciencia hasta conseguir encadenar un par de orgasmos.
A la mañana siguiente, desde una cabina y entre clase y clase llamó a su novio al trabajo, le pidió perdón y le comunicó que aquella tarde se reuniría con él en su casa, como de costumbre, si la volvía a admitir. Roberto, entre amables palabras y promesas de amor le dijo que se asegurase de lo que hacía, porque no se le concedería una segunda oportunidad; pero en caso de que estuviera resuelta a aceptar el férreo estado de cosas que ya conocía y aun más, él la recibiría encantado y que, como le había dicho ayer, jamás se volvería a mencionar el asunto.
Sin embargo, todo aquello había echado por tierra irremisiblemente muchas de las ilusiones casi infantiles y la totalidad de las expectativas de un futuro que Ester hubiera querido compartir con su novio. Desde entonces, tuvo la seguridad de que, para que su relación fuera persistente, para continuar teniendo la suerte que tenía de que un chico tan guapo y maravilloso la aceptara, era condición indispensable someterse sin restricciones. Así, tomó la decisión de entregarse a él tanto como se le pidiera, pues comprendió que en ese comportamiento se fundaba la relación. Dejaría de lado la desesperación y la desconfianza y entregaría a su novio su cuerpo, sus pensamientos, todo su ser y toda su existencia para que Roberto hiciera con ello lo que mejor le pareciera, sin asomo ya de rebeldía por su parte. Y cuando Ester Bueno tomaba una decisión, solía llevarla hasta el final, ayudada por una firme determinación y por una voluntad de hierro. Aquel día estableció para su noviazgo una nueva pauta de comportamiento gracias a la cual, según ella imaginaba, también pensaba aprovecharse de la relación que tenía con el muchacho. A decir verdad era un chico atento y amable, siempre que no se le contradijera en los asuntos sexuales. Por otra parte tenía una situación económica que, aunque no boyante, era muy superior a la media de su edad, porque los demás conocidos de Ester, la inmensa mayoría estudiantes, siempre andaban a la cuarta pregunta. Además, en la cama le daba el placer necesario más allá de toda consideración. Claro está que ella nunca se lo podía solicitar pero, si no exigía, la oferta sexual era satisfactoria y el hecho cierto de no poder demandarlo debería considerarlo como la alcabala que tenía que satisfacer para que él se dignara disfrutar de su cuerpo. El recuerdo de la sodomización, de la vergüenza y humillación que soportó le resultaba extraordinariamente gratificante. Por todo esto, decidió que aquel chico era una buena compañía para no pasar los años de carrera sola, para disfrutar de una cierta holgura económica y sobre todo para no tener la necesidad de depender siempre de su familia. Si a cambio de eso tenía que entregarle su cuerpo y su libertad, se las entregaría de buen grado; al fin y a la postre ya estaba avezada a ello. Al fin y al cabo, obedecer formaba parte consustancial de la personalidad de Estercita.
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