



Así que las cosas continuaron discurriendo por los caminos que la vida caprichosamente trazaba, sin dar sosiego ni tregua a los dos jóvenes en sus quehaceres, pero sin excesivas consternaciones ni asperezas, porque a Ester, una vez que hubo asumido pacientemente su papel le fue posible desprenderse de los desasosiegos y zozobras que había suscitado hasta entonces en ella la presunción del incierto futuro que con su novio le aguardaba. Sencillamente disfrutaba del presente, carpe diem, y cuando llegase el momento en que sus condiciones económicas medraran lo suficiente, plantearía luego su vida de modo más adecuado a sus gustos. No era su intención, en modo alguno, dar por terminada y definitivamente concluida su relación con Roberto; ni si quiera esa especial forma de sumisión que mostraba hacia él y que tanto la satisfacía y excitaba. Pero lo que tenía pensado esbozar, sin ninguna duda, era la necesidad de que entre los dos existiese un compromiso serio: si la cosa derivaba hacia el matrimonio, mucho mejor; pero lo que no iba a sufrir más era que continuasen viviendo separados, pues aquello le daba la sensación de ejercer de concubina o barragana ante los ojos de los demás, y aunque era consciente de que, en privado y en la intimidad, realmente era la querida de Roberto y además el serlo le producía gran morbo y excitación, necesitaba igualmente saber que también era su novia formal, su compañera o, en el colmo de la satisfacción, su esposa. Y no sólo era preciso que ella tuviera esta certeza, sino que requería que el resto del mundo lo supiera también. Establecidos estos presupuestos la duda le surgía si, a pesar de todo, llegado el momento en que ella lo planteara, el chico se negaba al compromiso. Ester se imaginaba con su carrera terminada y ejerciendo algún trabajo remunerado que le permitiera una independencia económica más o menos amplia. En este contexto plantearía a su novio, como condición indispensable, la necesidad de que entre ambos se estableciera una mutua responsabilidad seria, formal, pública y fehaciente, al menos de convivencia ya que no de matrimonio. Ella estaría dispuesta y encantada de continuar ejerciendo como su esclava sexual, sometida a las veleidades y caprichos de él, decidida a no pedir nada en este terreno circunscribiéndose a disfrutar de lo que el chico quisiera liberalmente entregarle. Pero… ¿Qué ocurriría si a pesar de todo Roberto se negaba al compromiso? ¿Estaría ella dispuesta a terminar con la relación? Esa duda rondó por su cabeza durante meses, pues no estaba muy convencida de que el muchacho quisiera establecer con ella una obligación hasta ese punto, aunque lo que tenía por absolutamente cierto, más allá de cualquier deferencia, era que desde luego no pensaba mantener indefinidamente el escenario en el que llevaban viviendo tres años: Roberto en su casa y ella en la de su hermana, encuentros vespertinos y de fin de semana para sexo, alguna salida al cine o de paseo y pare usted de contar. Le atormentaba la idea de tener que decidir entre someterse, prolongando indefinidamente una situación tan incierta o dar por terminada la relación con su chico.
El muchacho, por su parte, pensaba que al final había ganado el órdago que echó aquel día, porque su novia regresó con él antes de que transcurrieran veinticuatro horas, con las orejas gachas y demandando misericordia. Aquello para él fue como la constatación de la rendición incondicional, una especie de reconocimiento implícito de que en el cuerpo de Ester mandaba Roberto. Como le prometió, nunca jamás se volvió a mencionar el asunto, pero desde entonces el chico percibía que, aunque el comportamiento de Ester era de una subordinación intachable según sus propios criterios, había algo que no le acababa de encajar. Observaba en ella una especie de despreocupación o desinterés hacia él, una cierta desmotivación y abulia y se extrañaba de que nunca se produjesen discusiones originadas por la continua demanda de sexo “normal” como la propia Ester decía. Era evidente que la niña había cambiado, pero Roberto se declaraba incapaz de determinar si aquel cambio había de resultar, a la larga, para bien o para mal; porque siempre que interrogaba a su novia al respecto Ester le contestaba con evasivas, o simplemente le decía que era precisamente ese comportamiento el que se le llevaba demandando desde hacía tanto tiempo y ella había decidido atenerse escrupulosamente a lo que se le exigía, sin tratar de salirse para nada de las lindes ni de avanzar siquiera un paso más adelante.
En lo que no experimentó la joven ninguna desviación fue en su capacidad de estudio y de trabajo, de manera que en el orden personal de prioridades supeditaba cualquier actividad, por muy placentera que pudiera parecer, a sus obligaciones estudiantiles. Jamás faltaba a clase o a una práctica y no existía asignatura en la que su nivel académico bajase de notable. Ciertamente le gustaba su carrera y aunque nunca abandonó por completo la ilusión de llegar a ser médica, estaba deseando culminar sus estudios para comenzar a desempeñarse como enfermera sin solución de continuidad; porque pensaba, con razón, que ello le daría un doble motivo de satisfacción: por una parte su propia realización personal al constatar que había culminado una meta y por otra, la tan soñada, deseada y necesaria independencia económica, con la posibilidad de elegir el tipo de vida que quería tomando sus propias decisiones. Imaginaba que ahí, en algún lugar del ignoto mundo, le estaba aguardando algo único e incomparable, unas experiencias nuevas que nada tenían que ver con Roberto, con su familia o con cualquier otra cosa que hasta entonces hubiera conocido. No sabía verdaderamente qué buscaba, pero en su interior existía la firme creencia de que la vida le tenía que ofrecer más alternativas de las que le había ofrecido a su madre, inmolada en una tediosa existencia, monótona, gris y aburrida; girando siempre en torno a los demás y exclusivamente dedicada al trabajo duro y al cuidado de la casa y la familia. Al fin y al cabo ella era una chica despierta e inteligente, receptiva, capaz y sin prejuicios, de finales del siglo XX, así que llegó a la conclusión de que realmente no era una opción tan adecuada como parecía a primera vista aquello de casarse y tener hijos, pues a renglón seguido se veía condenada a sobrevivir el resto de sus días rodeada de ropa sucia, cacharros de cocina y narices con mocos. No descartaba, desde luego, el matrimonio convencional, pues cientos de generaciones pesaban en su inconsciente colectivo, pero no quería enterrarse en la vida conyugal y en las cargantes responsabilidades de una madre y ama de casa sin antes haber experimentado todas las sensaciones que la vida podía ofrecerle, pues aunque todavía ignoraba cuáles podrían ser éstas, tenía la seguridad de que existían. Imaginaba experiencias nuevas, diferentes y desconocidas que ella misma no sabía catalogar, sin embargo, era firme su determinación de conseguir sentir en su cuerpo y en su mente cosas únicas, quizá reservadas solamente a algunas pocas valientes elegidas. “La vida” pensaba “no puede ser tan monótona y aburrida como lo ha sido para mi madre y lo está siendo para mis hermanas”.
Por lo demás, llevaba desde COU conviviendo habitualmente con Roberto y haciendo apenas acto de presencia en casa de su hermana para dormir. Durante mucho tiempo le inquietó alcanzar a comprender por qué su novio no le proponía que vivieran juntos definitivamente e incluso llegó a sentirse de alguna forma culpable por ello, pues a poco que razonase, Estercita era capaz de deducir que ella era personalmente responsable de la segunda guerra mundial. Pero aquella cuestión fue paulatinamente perdiendo trascendencia hasta que llegó un momento en el que ya no le preocupaba lo más mínimo, porque conforme iban transcurriendo los meses, se iba incrementando su determinación de no llegar a buen fin con Roberto. Y esta traza no estaba motivada porque el chico le exigiera, sin paliativos, la entrega de su cuerpo y de sus apetencias, pues ya sabemos que ese tipo de humillaciones significaban para Ester más un motivo de excitación y de orgullo que de reparo o inconveniente; pero lo que le resultaba imposible de sufrir era la repulsión que su novio parecía profesar hacia el compromiso y la chica estaba segura de que si esa actitud persistiese una vez que ella se hubiera incorporado a la vida laboral, imposibilitaría de todo punto la continuidad de la relación, es decir: el asunto debería evolucionar hacia el matrimonio o hacia el compromiso serio y firme de vida en común; en caso de no ser así, ella no le auguraba ningún futuro. Por otra parte, la relación con sus padres era normal. Se limitaba a pasar las vacaciones con ellos por el verano, en Navidad y Semana Santa. No es que se mostrase entusiasmada ante la perspectiva de dilapidar sus días de descanso en Santiago del Arroyo, pero su capacidad económica hacía del todo punto quimérico pensar en otra cosa y como Roberto jamás le había propuesto cualquier forma diferente de disfrutar de las vacaciones, la chica no tenía alternativa. Ocasionalmente, algún otro día señalado, bajaba al pueblo a visitar a sus padres. Tío Cayito había envejecido de forma alarmante, sufría de continuas algias dorsales, hipertensión y alguna forma leve de insuficiencia respiratoria, aunque con todo y eso continuaba afanando en la huerta, labrando sus tierras y ayudando a su oíslo a engordar un par de marranos para surtir de chorizos y morcillas a todas sus hijas, yernos y nietos que cada vez eran más numerosos y todos con buena salud y singular apetito, a Dios gracias. De entre todas sus hijas, Ester, la Chiquita, continuaba siendo su preferida, y le toleraba, aunque no de buen grado, el tipo de vida que llevaba con el novio, de lo cual había sido aviesamente informado por Isabel, quien había cargado las tintas todo lo permisible en la descripción de los supuestos desmanes de su hermana pequeña. A buen seguro en otros tiempos y a cualquier otra de sus hijas, Cayo, en la medida de sus posibilidades, le habría reprochado o incluso prohibido concluyentemente un comportamiento tan disoluto, pero con la Chiquita, en cambio, lo aceptaba, aunque con más resignación que entusiasmo. Quizá el tiempo estaba haciendo al viejo tío Cayito más tolerante, pues ya se sabe que la edad suele, a veces, dulcificar los extremismos. Sin embargo, la Vivi, por su parte, se conservaba aparentemente igual que hacía veinte años, como si el tiempo no pasase por ella, indeleblemente enlutada y con pergeño de señora de pueblo que tan pronto aparentaba sesenta años como cincuenta, porque su figura apenas había variado prácticamente desde que Ester la recordaba, ya vestida de negro tras el fallecimiento de un hermano. El luto se fue concatenando, porque los años no perdonan y poco a poco iban muriendo familiares que generaban en conjunto, muchos más años de duelo que los que la propia Vivi iba a permanecer en esta tierra, de suerte que ella, como todas las mujeres de su edad y de su época, sobre todo en los pueblos, vestía de negro profundo desde los cincuenta años.
En lo tocante al sexo, la sodomización se repitió casi siempre que hacían el amor, después del miserable día en que se consumó la violación, consentida a medias. Comenzaban con caricias buco-genitales y terminaban corrientemente cuando Roberto hundía su polla salvajemente en el culo de la muchacha y acababa escupiendo allí su semen. Tal uso y abuso del agujero trasero, había logrado que este se dilatara lo suficiente como para parecer un segundo coño, más estrecho y apretado, eso sí, pero idóneo para alojar en su interior cualquier polla y capaz de proporcionar a Estercita largos y múltiples orgasmos cuando simultaneaba la penetración anal con una suave, profunda y experta masturbación en la zona del clítoris y la entrada de la vagina. Solamente se suspendían tales prácticas en los días de la regla, cuando lo único que Roberto utilizaba de la muchacha era su boca; que funcionaba también como otro coño, debido a la sublime habilidad que había adquirido a fuerza de repetir una y otra vez la felación. Pero... ¿y la auténtica vagina?
Aunque parezca increíble, lo cierto es que Ester no fue desvirgada hasta casi tres años después de haber comenzado a mantener relaciones sexuales, si puede dársele este nombre a las insólitas prácticas lúbricas que su novio toleraba y exigía. A la muchacha le parecía a veces que Roberto se limitaba a valerse de su precioso cuerpo con displicencia y en beneficio propio, sin cuidarse de nada más y que verosímilmente no la quería; pero en otras ocasiones, cuando su novio le proporcionaba aquellas largas y gratificantes tardes de sexo, se decía a sí misma que aunque el chico era bastante anómalo, resultaba evidente que la amaba de alguna extraña forma, pues se preocupaba siempre de que ella obtuviera su correspondiente dosis de placer. Esto, en puridad, no era cierto: Roberto se limitaba a mantenerla lo suficientemente satisfecha como para que no pensara en ningún otro, aunque no tanto que llegase a provocar la desgana hacia él; pero realmente le importaba un bledo si la muchacha necesitaba o no algo más en el ámbito afectivo. La joven hacía tiempo que había dejado de intentar que su novio la tomase, es decir que la tomase por la vagina, porque los otros dos orificios de su cuerpo estaban totalmente acostumbrados a sentir una polla en su interior. La niña pensaba a veces que todo aquello no era excesivamente correcto y que el amor había que hacerlo “como Dios manda”, pero no podía dejar de reconocer que en el fondo y en la forma aquellas humillaciones le gustaban profundamente y despertaban en ella el deseo y la excitación más allá de toda corrección. De este modo se generaba en Ester un sentimiento de culpabilidad (otro más) por complacerse en tan abyectas actividades. Pero por encima de todo añoraba un compromiso firme, una especie de proyecto de futuro con su novio que a ella le resultara verdaderamente sugestivo, aunque después de la determinación que tomó al día siguiente de la primera sodomización, nunca volvió a compartir con Roberto aquellos pensamientos. Se limitaba a disfrutar todo lo que podía de aquello que se le ofrecía y a esperar a que un día su chico quisiera comprometerse con ella y tal vez follarla al fin por el coño; pero si ese feliz momento no llegaba, ella decidiría lo que le conviniera, una vez que acabase sus estudios.
Precisamente porque Roberto venía notando últimamente un desapego en la chiquilla unido a una cierta actitud indiferente, decidió un día metérsela en el coño y tomarla finalmente por aquel agujero, el único que permanecía virgen en el dulce cuerpo de Ester. Tal vez tuviera miedo de que la chica se hartase de sus singularidades y le dejase tirado, o quizá sencillamente lo decidió así atendiendo a su capricho y albedrío, porque la consideración que a Roberto le merecían los deseos sexuales de su novia era totalmente nula. Había conseguido sus propósitos: Ester era una experta amante, sumisa y entregada, que le proporcionaba todo el placer necesario como y cuando él quería. Su maquiavélico plan, urdido cuando la conoció y llevado a cabo con meticulosidad y templanza, estaba dando sus frutos y se había revelado como una estrategia de triunfo. En lo único que no había tenido éxito era en lograr una actitud mas adecuada en la chica, pues aunque la disponibilidad de Ester era absoluta, parecía que su talante no era, digamos, de entrega activa, sino más bien de resignado consentimiento. A veces incluso le parecía a Roberto notar una cierta mirada de reproche o hastío en lo más profundo de los negros ojos femeninos, pero el muchacho era consciente de que, a pesar del éxito, nunca se logra todo lo que uno se propone y en caso de conseguirlo alguna vez por azar, la fortuna siempre es perecedera; de manera que, asumiendo el inevitable fracaso futuro de su relación, disfrutaba del presente todo lo que podía y si la mirada de su novia no era la apropiada, sí lo era en cambio la abertura de su culo, el goloso movimiento de su lengua sobre el glande y la posibilidad de meterle la polla hasta la gola sin que ella sintiera arcadas; habilidades estas sumamente importantes entre las cualidades y buenas prendas que una mujer debe poseer, a juicio del exuberante y enfermizo machismo de Roberto.
Sea por lo que fuere, un día estaban haciendo marranaditas como solían hacerlas tres o cuatro tardes a la semana. La actividad sexual era siempre vespertina, ya que por la mañana ambos tenían obligaciones que les impedían estar juntos y por la noche, una contrariada Ester regresaba siempre a casa de su hermana. Habitualmente la pareja se reunía en el domicilio de Roberto a la hora de la comida y después de la siesta convertían la cama en su particular campo de juegos sexual hasta que al muchacho le llegaba la hora de acudir a la academia. Ester le acompañaba, pero no era ya su alumna, porque se encontraba en un nivel muy superior al que podía impartir Roberto. Siempre se duchaban juntos antes de comenzar a hacer travesuras, ya que cada uno de ellos solía explorar con la lengua detenidamente todos los agujeros del cuerpo del otro, adoptando la ya conocida postura del sesenta y nueve. Cuando Roberto conseguía meter fácilmente un par de dedos en el culo de Ester, la muchacha se recostaba sobre su lado derecho y el chico detrás de ella. Después de experimentar con diversas posturas, su novio había decidido que aquella era la que resultaba más recomendable para ambos, pues los dos podían permanecer tumbados y además él tenía un mejor y más fácil acceso al culo de la chica. En esta posición, Ester doblaba las rodillas y elevaba ligeramente su pierna izquierda. De esta forma sus nalgas se separaban y el ano quedaba accesible. Entonces la niña se lubricaba perfectamente el agujerito trasero con la vaselina de un tubo que previsoramente guardaban en el cajón de la mesilla de noche, tomando una porción del contenido en sus dedos y untándose bien el esfínter, procurando que una buena parte del producto penetrase en su recto. A renglón seguido, sentía la apremiante polla del muchacho buscando el objetivo entre sus nalgas y para facilitar la maniobra, sacaba más el culo, levantando la pierna izquierda todo lo que podía hasta que el invasor se colaba por completo en su recto y comenzaba el conocido movimiento de mete y saca que, apoyado por la manipulación alternativa del clítoris y de los pechos, bien por ella misma o por su novio, le proporcionaba al menos un par de orgasmos antes de que Roberto descargase inundándole el culo con su semen. Aquella actividad, tenía el inconveniente de que a veces provocaba en la joven unos deseos incontenibles de defecar y en alguna ocasión tuvieron que parar casi en el último momento para que ella hiciera uso rápidamente del servicio. Aquello resultó tan desagradable e importunó tanto al muchacho, que tomó la determinación de impedir como fuera que volviese a ocurrir y desde entonces, antes de la siesta, la chica era obligada a ponerse un supositorio de glicerina o una lavativa para que luego vaciase bien sus intestinos, dejando el camino expedito a la ansiosa polla de su novio. Aquello a Ester le parecía el acabóse de la vergüenza y por lo tanto el no va más de le excitación, pues era obligada a realizar toda la operación en presencia de su novio. Aunque la chica pensaba que su cuerpo tenía otro agujero, perfectamente preparado para esas actividades y que era despreciado olímpicamente, la profunda turbación que sentía al ponerse el supositorio o el enema mientras Roberto la observaba le producía una fogosidad de tal categoría que dejaba de razonar con la cabeza, pensando solamente con el sexo y aceptando una vez más con satisfecha resignación lo que su novio demandaba. La simple posibilidad de verse compelida a convivir de continuo con su hermana, sin la compañía de Roberto y sin su escaso pero efectivo apoyo la aterrorizaba. Y a medida que se resignaba y la situación de sometimiento iba haciéndose imperecedera, la chica la percibía como algo normal y aceptándola y deleitándose con el placer que todo aquello le proporcionaba, se dejaba llevar sin oponer resistencia. Insistimos en que lo único que realmente le faltaba para ser feliz, era la aceptación, por parte de su novio, de un compromiso serio, bien de convivencia bien de matrimonio, que pudiese proporcionar a la chiquilla una cierta seguridad y confianza en el futuro. Por lo demás, lo admitía todo siempre inundada de placer y si Roberto le hubiera ofrecido ese compromiso, sin ninguna dudad hubiera podido reinstaurar la esclavitud en lo que se refiere a las relaciones con su novia.
Por eso aquel día, cuando después de un rato de darle por el culo recostados ambos sobre su lado derecho, el muchacho le dijo que se colocase en la posición de la perrita, la chica siguió resignándose y disfrutando, porque aquella postura y el supositorio le parecían el no va más de la humillación y por lo tanto de la excitación. A veces se odiaba a sí misma porque a pesar de la escasa consideración que le merecían las prácticas sexuales que realizaba con su novio, lo cierto era que le proporcionaban un inmenso placer y que si durante tres días no llevaban a cabo ningún tipo de juego sexual, no le quedaba más remedio que masturbarse imaginando que Roberto le estaba haciendo aquello que luego, en la realidad, le resultaba tan humillante. Pero en aquél momento, no pensaba desde luego la chiquilla en esas cosas, porque ya hemos dicho que cuando su excitación era la suficiente Ester utilizaba exclusivamente su sexo para elaborar los razonamientos, subordinando cualquier consideración a la obtención del placer. Así, adoptó rápidamente la posición requerida y deseando sentir de nuevo cuanto antes la polla de su chico en el culo, separó ella misma sus nalgas con las manos permitiendo que Roberto pudiera contemplar la extrema dilatación del ano de la muchacha. Apoyó el glande sobre el abierto agujero y cuando Ester pensaba sentir la polla de nuevo en el interior del recto, su novio cambió de parecer y la alojó, de un solo golpe en la vagina.
La joven, al sentirla dentro, emitió un sonido a medio camino entre el suave quejido y el grito de asombro. Era la primera vez que algo tan grande se metía allí. Una sensación nueva se apoderó de su cuerpo y cuando su novio inició el movimiento de vaivén e introdujo, para ayudarla, el dedo pulgar en su abierto culo, la chica explotó en un orgasmo brutal, nuevo y desconocido mientras gemía diciendo:
_ Mi amor, ¡ah! Mi amor... Mi vida... Gracias, gracias... Te quiero.
El chico le dio la vuelta, la tumbó boca arriba y separándole las piernas volvió a metérsela en el coño. Ni que decir tiene que Ester no sangró, porque el interior de su vagina había sido explorado a conciencia repetidamente por uno, dos o tres dedos tanto de ella como de su novio. Incluso, en una de sus masturbaciones en la ducha, en casa de su hermana, descubrió la utilidad del mango de un cepillo para el pelo y este artilugio se convirtió en compañero ideal de muchos de sus juegos solitarios, introduciéndolo en el ano o en el coño según los requerimientos del placer y la imaginación de la muchacha lo demandasen.
Pero la sensación de encontrarse llena de una polla, ardiente, firme, suave y complaciente era algo que nunca había experimentado así como también por vez primera sentía el cuerpo totalmente desnudo de su novio sobre ella, íntimamente unidos por el sexo, besándose apasionadamente en los labios y regalándose al oído dulces palabras de amor y de deseo. Por un momento la chica pensó que todo era posible, que habían vuelto al principio, que estaban en el aparcamiento de la Facultad de Ciencias y su novio hacía con ella lo que a su juicio debería haber hecho aquél día. Estos dulces recuerdos lograron que cuando sintió el abundante semen de Roberto derramándose en su interior le sobreviniera un orgasmo suave y prolongado, explotando a la vez en su mente un amor inmenso hacia su novio. Al final, cuando todo acabó y Roberto ya había encendido el cigarrillo, la muchacha estaba llorando; dice Vidueiras que en el codicilo no se especifica si de emoción, de placer, de decepción, de frustración o simplemente de pena por ella misma y por las ilusiones dilapidadas que había depositado un día en aquél chico que hoy, por fin, la había follado “como Dios manda” aunque con excesivo retraso. Pero ya era tarde para que todo aquel torrente de esperanzas y anhelos se mantuviera incólume y la explosión de amor que sintió en el momento del éxtasis sexual había sido simplemente eso: una explosión. Porque cuando se disipó el polvo que levantó, la muchacha pudo contemplar el mismo paisaje desolado que de costumbre: el desamor.
Como siempre que su novio decidía iniciar un nuevo tipo de actividad sexual, la penetración por vía vaginal se convirtió inmediatamente en cotidiana, aunque ciertamente nunca abandonaron los demás tipos de marranaditas, porque Roberto decía que si se limitaba exclusivamente a metérsela en el coño, su lindo culito se iría cerrando, porque la función desarrolla al órgano y la falta de uso lo atrofia. Así también olvidarían sus labios y su lengua la habilidad que ya habían adquirido, de manera que sus juegos empezaban usualmente con el sesenta y nueve y luego la chica se tumbaba sobre el costado derecho, con la pierna izquierda levantada o bien adoptaba la postura de la perrita, ofreciendo en cualquier caso a su novio el ano y el coño bien abiertos. Este la tomaba un rato por el ano y otro por la vagina, aunque a la hora de eyacular, podía ocurrírsele hacerlo en la boca y la cara de la muchacha, de manera que ella había llegado a conocer el sabor de su propio sexo y de su culo a través de la polla de su novio.
Excepcionalmente se tumbaba sobre ella en la conocida postura del misionero, pero en esas ocasiones siempre acababa apresándola por los muslos y llevando las rodillas de la chica hasta la altura de los hombros, en una forzada posición que conseguía que la grupa de la muchacha se levantase lo suficiente para que Roberto le hundiera la polla en el ano. “Me gusta ver la cara que pones cuando te doy por el culo”, solía decirle entonces a una muchacha muerta de vergüenza y chiflada de excitación. Incluso alguna vez, permaneciendo Roberto sentado en una silla, Ester se colocaba encima, de espaldas a su novio, introduciéndose lentamente el pene en el culo a medida que ella misma iba flexionando las piernas. Pero lo habitual, lo más normal y cotidiano era, después de una larga sesión de caricias buco-genitales, que la muchacha se tumbara sobre su costado derecho y el chico la penetrara por el culo o por el coño a su discreción.
Surgió un problema hasta entonces inusitado: evidentemente la actividad sexual por vía vaginal conllevaba un riesgo cierto de embarazo y alternada con la vía rectal podía además producir infecciones por hongos o bacterias, por lo que el sentido común imponía adoptar precauciones. La muchacha se atrevió a decir, a modo de consejo, que la medida más simple y efectiva para prevenir esos riesgos era el uso del preservativo, pero Roberto se negó a ello decididamente y con obstinada reiteración, alegando que no estaba dispuesto a detenerse en medio de los juegos sexuales para ponerse un condón y amenazando incluso con abandonar para siempre el uso de su coño si Ester le obligaba a ponerse el preservativo. La chica, que acababa de descubrir el orgasmo vaginal y lo consideraba el mejor de todos, razonando nuevamente con el sexo en lugar de hacerlo con la materia gris, consintió a regañadientes en lo que su novio pretendía y comenzó a tomar anticonceptivos por vía oral, que eran los únicos que a la sazón se podían conseguir con relativa facilidad, ya que era impensable que en cualquier servicio público de salud, colocaran un DIU a una chica soltera, sin olvidar la circunstancia de que a Ester le daría tanta vergüenza acudir a una consulta de planificación familiar, que esa opción ni siquiera llegó a plantearse.
Existía en aquel tiempo una especie de mercado negro de pastillas anticonceptivas y ahí era donde Ester conseguía las suyas. Si su novio la hubiera tomado por vía vaginal cuando ella aun creía en él, hacía solamente un par de años, quizá se habría decidido a no tomar las píldoras y arriesgarse a un embarazo, pensando que aquél podría ser el modo, un poco artero pero utilizado desde siempre por muchas, de forzar un compromiso serio por parte de Roberto. Pero entonces las cosas habían cambiado sustancialmente. El muchacho no representaba ya para Ester aquel príncipe azul que la liberaría de la férrea potestad de sus padres y hermanas sino una continuación de esa misma autoridad aunque abocada a otros campos y tapizada de concupiscencia. Era simplemente un chico que, a los decepcionados ojos de su novia, poseía únicamente la virtud de hacerla gozar de una forma casi salvaje, extrayendo de ella todo lo que tenía de animal sexual, que era cuantioso. Pero la muchacha reconocía que su novio no le aportaba nada más, ni en el plano afectivo ni en ningún otro. Actuaba con ella de modo extremadamente despótico en el sexo, lo cual a la chica le proporcionaba un sorprendente placer pecaminoso y culpable, pero en el plano afectivo la relación era un fracaso: Ester era sumisa sin saberlo, pero Roberto, aunque dominante, no llegaba a ser el amo excelente que la sublime docilidad de Ester necesitaba, porque este tipo de relación debe fundamentarse y establecerse partiendo de la admiración que la dominada siente por el dominante, a quien considera casi una divinidad. Pero hacía ya mucho tiempo que Roberto había sido excluido de la lista de deidades a las que adoraba la muchacha, aunque hubo una época en que la encabezaba. En el joven no se presumía un brillante futuro profesional, porque debido a la ausencia de preparación universitaria, Roberto estaría siempre constreñido a ocupar puestos secundarios en la jerarquía y esta circunstancia empezaba a ser valorada por Ester como muy negativa, porque comenzaba a percibir la importancia que puede llegar a tener la posición y sobre todo el dinero, en cuanto que su abundancia posibilita realizar actividades nuevas, diferentes y excitantes. Aquello de que “contigo pan y cebolla” no le parecía a la chica muy verosímil, más bien era partidaria de otro refrán que asegura que “cuando el dinero no entra por la puerta, el amor sale por la ventana”. A ella le encantaría viajar, ir de vacaciones, vestir a la moda y utilizar buenos perfumes; acudir a sofisticados restaurantes y ser conocida, respetada y admirada. Era consciente de que todo aquello resultaría prácticamente inalcanzable en compañía de su novio y por otra parte, tampoco se le veía a Roberto muy interesado en establecer con ella un compromiso, no ya de matrimonio si no simplemente de convivencia o incluso de mero respeto y comprensión.
Porque conforme el tiempo transcurría, lento pero inexorable, la muchacha era cada vez más consciente de que su novio, aunque era perfectamente capaz de suministrarle el placer sexual animal y salvaje que tanto le gustaba a ella, jamás le proporcionaría una satisfacción que conllevara el desarrollo de su personalidad y la experimentación de nuevas y arriesgadas sensaciones. No le contrariaba sentirse continuamente sometida a los caprichos y veleidades de Roberto, sino que eso fuese lo único que obtenía de él. Ella también tenía muchas cosas que decir y otras tantas que ofrecer a parte de su propio cuerpo y le gustaría que alguien la escuchara y tratara de valorarla no solamente en función de su coño, su culo o su boca. A veces deseaba ser la protagonista de sus propias sensaciones, experimentarlas, analizarlas y compartirlas con el muchacho. Realmente no sabía a ciencia cierta lo que buscaba o lo que deseaba, pero tenía la plena seguridad de que lo que se le ofrecía, aunque satisfactorio en el ámbito de lo sexual, no resultaba suficiente para ella en el terreno afectivo y personal. Un buen día, cuando parecía que el chico estaba muy accesible y de buen humor le espetó de pronto:
_ Oye Rober: ¿Por qué no jugamos a que tu mandas una semana en mi y yo otra en ti? Durante siete días hago yo todo lo que quieras y otros siete días lo haces tú y luego cambiamos otra vez. ¿Qué te parece? Podría ser divertido... ¿no? Yo tengo muchas ideas.
No era totalmente cierto que tuviera ideas, al menos no muchas. Pero le pareció una forma plausible de tantear a su novio para que admitiera un principio de cambio en sus relaciones sexuales. El chico le dirigió una mirada entre asombrada y despectiva limitándose a comentar:
_ Estás loca, tía. Estás como una puta regadera.
A la muchacha, que le había resultado extremadamente difícil conseguir simplemente plantear la cuestión, aquella inoportuna observación la dejó petrificada. Aunque en el fondo, conociendo el paño, desgraciadamente se temía una respuesta parecida; pero tenía la infundada esperanza de que se le facilitara una mínima opción para manifestar sus propias necesidades y apetencias. Por supuesto nunca más trató Ester de hacer partícipe a Roberto de sus emociones haciéndose cada vez más ostensible en ella aquella actitud, que el chico ya había percibido, de resignado y silencioso sometimiento, en lugar de activa y entusiasta cooperación. Por otra parte, tampoco se aludía jamás al manido asunto del compromiso de futuro, porque la propia muchacha era consciente de que aquello no podía perdurar en el tiempo y su novio, por activa y por pasiva, había contestado con evasivas cuando en el pasado Ester le argumentaba al respecto con cierta reiteración e incluso, a veces, con vehemencia. De esta forma, ambos sabían que su relación estaba definitivamente abocada al fracaso aunque permanecían tan distantes que ninguno de los dos comentaba sus frustrantes pensamientos con el otro: Ester porque, después de tantas tentativas arruinadas lo consideraba una pérdida de tiempo y Roberto porque, simplemente, no le interesaba en absoluto lo que su novia pudiera pensar o desear, siempre que él ostentara el monopolio de su cuerpo.
Existía sin embargo una gran diferencia entre los sentimientos de ambos. Roberto siempre supo lo que quería y lo que estaba dispuesto a ofrecer a cambio. Jamás pensó en amor, matrimonio o futuro con Ester y de forma premeditada y ruin utilizó los sentimientos de una preciosa virgen de diecisiete años, para convertirla, por amor y gracias a la personalidad de la chica que encontraba voluptuosa la entrega y la humillación, en una experta en cualquier tipo de práctica sexual que a él le resultara placentera. De este modo, aunque percibía claramente la posibilidad de que el término de todo aquello estuviera próximo, como pensaba que sus objetivos se habían cumplido, no lo consideraba, en puridad, un desengaño. Pero a la muchacha, llegar al convencimiento de que la relación con su novio había fracasado le comportó su primera gran decepción. Al principio, la confianza que depositó en Roberto era casi infinita y como consecuencia también resultó inmenso este sentimiento de desilusión y fiasco, que la volvió más desconfiada y taciturna; ya no le contaba a su novio apenas nada de sus sentimientos o vivencias, al contrario que antes, cuando incluso le decía cómo y cuando se masturbaba. De todas formas, siempre tuvo la sospecha de que realmente a él esas cosas jamás le habían interesado, porque lo único que verdaderamente le motivaba era que el esbelto cuerpo de la chica estuviera en todo momento accesible. Pero todas aquellas experiencias sentimentales lograron que en ella se operase un cambio que llevó a su ánimo a establecer, como premisa para sus futuras relaciones, algo profundamente negativo: por encima del amor, la comprensión y el entendimiento, colocó el dinero y la posición, porque pensaba, no sin cierta razón, que si una relación fracasa al menos era conveniente salvar del naufragio una buena tajada económica, ya fuera en forma de una esplendorosa calidad de vida, mientras la felicidad había durado, o en forma de dinerillo contante y sonante al tiempo de la ruptura. Porque a decir verdad, después de haber puesto su cuerpo y su alma a disposición de Roberto, ella ¿qué había obtenido? Comenzaba a razonar que lo que ella le había dado a su novio valía mucho más que lo que había recibido en contrapartida y no se consideraba suficientemente resarcida con el placer experimentado durante las largas tardes de sexo, o con las ayudas económicas para pagar a su hermana, o con los regalos por su cumpleaños, Navidad y Reyes. Pensaba ya, como muchas mujeres, que su cuerpo y su entrega sexual tenían un precio mucho más alto y no se consideraba suficientemente bien pagada con lo que había recibido a cambio, de manera que, en cierta forma, las que piensan así, que son muchas, se convierten en una suerte de prostitutas, posiblemente más caras que las otras y quizá de un solo hombre, pero putas al cabo.
Se mantenía sin embargo psicológicamente en forma, gracias a la total entrega a su carrera, porque el tiempo pasaba y ella iba aprobando paulatinamente asignatura tras asignatura con esfuerzo, pero sin dificultad. Ya estaba en último curso y acumulaba cinco matrículas de honor, consiguiendo todavía otras dos al acabar los estudios. Frecuentemente pensaba que si no hubiera sido por lo apremiante que en principio había resultado Roberto, ella hubiera estudiado Medicina, porque realmente se consideraba capacitada para ello y verdaderamente era una mujer inteligente y voluntariosa que hubiera superado con éxito la prueba de cualquier carrera. Otras veces en cambio se decía que si hubiera intentado cursar estudios superiores, aquella frustrante situación de vida se prolongaría tres o cuatro años más y ella misma no sabía si su espíritu hubiera podido soportarlo. Con eso se confortaba a sí misma, dando por buena la decisión de hacerse ATS y deseando finalizar cuanto antes sus estudios para comenzar a trabajar y poder poner así las cosas en su sitio, con su familia y con su novio.
Mientras tanto era evidente que la dedicación a su carrera constituía la primera de sus prioridades y paulatinamente comenzó a desentenderse de sus supuestas obligaciones para con Roberto, de forma que si en algún momento no le apetecía el sexo, simplemente se negaba a hacerlo, a despecho de su novio, alegando con frecuencia que tenía mucho que estudiar, aunque otras veces se limitaba a manifestar simplemente su desgana, porque tampoco le causaba ya ninguna inquietud que el chico la castigase con una semana o un mes de castidad forzada. Ella era capaz, por sí misma, de descargar las tensiones que siempre se acumulaban en su cuerpo. Asimismo es cierto que cuando una chica joven tiene necesidades sexuales insatisfechas, es más proclive a fijarse en los muchachos y a dejarse ligar y esto era lo que le también le ocurría a Estercita: flirteaba descaradamente con varios compañeros, aunque sin llegar a nada con ninguno de ellos, porque sabía, sin asomo de duda, que de enterarse su novio, se vería obligada a regresar a casa de su hermana con la cabeza baja y escuchando, durante demasiado tiempo, toda una retahíla de reprimendas y lamentaciones. Este previsible panorama la mantenía fiel a Roberto, pero ningún otro sentimiento positivo la ataba ya al muchacho, excepción hecha del deseo desaforado que en ella se despertaba muchas tardes y de la imperiosa necesidad que sentía a veces de que alguien, de vez en cuando, utilizase su cuerpo; por eso, de vez en cuando practicaba sexo con su novio, pero solamente si a ella también le apetecía y se dejaba piropear por sus compañeros, acudiendo con asiduidad a los bailes de fin de trimestre o fin de curso en la discoteca Atomium donde, con alguna copa de más, dicen las malas lenguas que permitía a cualquiera algunos tocamientos y besos demasiados atrevidos, aunque nadie ha podido presumir, sin faltar a la verdad, de haber pasado a mayores con Ester Bueno, porque en aquella época la chica, con la mirada puesta en el gran día de la finalización de su carrera, estudiaba y estudiaba.
Pero los meses pasan, generalmente con mayor celeridad de la que nos gustaría y todo llega en este mundo, incluso la muerte. Aquí nos encontramos ahora a la pequeña de Cayito con veintitrés espléndidos años y un flamante título universitario en el bolsillo que la posibilitaba, al fin, para ganar dinero y emanciparse económicamente. La suerte, que junto con la salud constituye uno de los más preciados bienes a los que puede el ser humano aspirar, vino en su ayuda, porque en aquel tiempo acababa de ser inaugurado el nuevo Hospital Universitario de Valladolid, un bárbaro edificio de once plantas, con mil cien camas que requería a toda prisa profesionales sanitarios de cualquier tipo y nivel. Esto vino a significar que la práctica totalidad de la promoción de Ester que había finalizado sus estudios en Junio, se incorporó en Octubre a prestar servicios en el nuevo centro hospitalario.
Al personal de nuevo ingreso, como suele suceder en casi todas las empresas, le asignaban los trabajos más desagradables y por eso a Ester le correspondió simplemente rotar de planta en planta y de servicio en servicio, en función de los descansos y de las sustituciones del resto del personal. Queremos con esto decir que si una buena mañana la ATS de la Segunda Norte despertaba con faringitis y decidía no acudir al trabajo, en su puesto era enviada Ester Bueno que hasta aquél mismo día se encontraba cubriendo una baja por maternidad en la Sexta Sur. Aquella situación era válida también, como es lógico, para el resto del personal de reciente incorporación. Pero esos cambios continuos de nivel de exigencia y responsabilidad hacían difícil llegar a un conocimiento profundo de un puesto de trabajo determinado, tanto en lo que se refiere a las labores propias del mismo, como a lograr una mínima relación con los compañeros y compañeras que allí desempeñaban sus funciones, de modo que cuando la chica estaba aclimatándose, era de nuevo requerida en otra planta y en otro servicio y así, jamás dejaba de ser “la nueva”. Aquello provocaba una singular frustración en nuestra protagonista, que por principio trataba siempre de realizar todo aquello que se le encomendaba con el mayor grado posible de corrección, dedicación y profesionalidad. Tanto fue así, que estuvo en varios momentos tentada a abandonar el centro hospitalario y marchar a Madrid para hacerse comadrona, pues pensaba que con una especialidad terminada, tendría una movilidad más restringida ya que no sería de recibo imaginar a una matrona desempeñando su trabajo en la planta de Traumatología. El hospital no habría puesto dificultades para concederle un año de excedencia por razón de ampliación de estudios, pero sabía positivamente que no podría contar con la ayuda económica de sus padres, pues estaba convencida de que ellos nunca entenderían su problema. El tío Cayo, cada vez que su hija se quejaba del trabajo le respondía diciendo que si prefería eso o entresacar remolacha y que lo que ella hacía no era realmente trabajar, puesto que no sudaba, ni pasaba frío o calor y la trataban como a una señorita. Esa arcaica manera de entender la vida frenó a la muchacha, pero tenemos que decir que sus primeros meses en el hospital fueron realmente duros y se llevó una gran decepción al comprobar que no existía comparación posible entre el trabajo que ella había imaginado cuando estudiaba y el que realmente estaba desempeñando en el centro hospitalario.
Tampoco en aquello, como de costumbre, pudo contar con la ayuda de Roberto, muchacho asombrosamente conformista para su edad y groseramente pragmático, que pensaba que el único beneficio que se le debe exigir a una actividad profesional es una suculenta remuneración económica y todo aquello de la realización personal, la entrega al trabajo y la propia autoestima eran zarandajas que a Ester se le quitarían cuando llevara en el trabajo diez años.
Sin embargo estaban a punto de ocurrir un par de acontecimientos que cambiarían para siempre la existencia de Estercita.
Se encontraba tan desesperada con el asunto de su movilidad funcional que resolvió, venciendo su timidez, dar un paso adelante y se decidió a pedir una entrevista con la jefa de personal del centro para tratar de exponerle su insatisfacción. Pero como también hacía tiempo que el vaso de su paciencia con su novio había rebosado, prácticamente la misma semana se determinó a hablar con Roberto muy seriamente para ponerle, como suele decirse, las peras a cuarto.
La supervisora comprendió perfectamente el problema de frustración e inseguridad que aquejaba a la muchacha y aunque se creyó en la obligación de reiterarle que las normas del centro eran esas, no obstante, en el momento en que hubiera una plaza fija libre y debido a que la Srta. Bueno ostentaba el número uno de su promoción, se la asignaría, salvo que fuera en algún departamento o servicio que Ester no se considerara capacitada para desempeñar. La joven porfió asegurando que ella estaba perfectamente preparada para cualquier trabajo dentro de su profesión y que lo único que deseaba era quedarse siempre en el mismo sitio, fuera este cual fuese. Con la firme promesa por parte de la encargada de que el asunto se solucionaría positivamente en un plazo muy breve, Ester Bueno preparó mentalmente lo que iba a decirle a su novio, y por fin se decidió a hacerlo al cabo de pocos días.
Lo primero que le soltó, así a bocajarro, fue que estaba verdaderamente saturada de no ser nada más que un cuerpo, de que sus deseos no le interesaran a nadie y de que en todo momento se hiciera lo que a él le parecía bien, sin llegar nunca a comprometerse y dando siempre largas a proyectos que para ella eran de vital importancia. Dijo que había callado durante casi tres años, pero que no podía continuar manteniéndose sumisamente en silencio porque se jugaba su salud mental.
_ En lo único que no te dejo hacer lo que quieres es en el sexo -se defendió Roberto débilmente y sin convicción- pero ya sabes que eso es una condición para que lo nuestro siga adelante. Si me vas a decir cómo y cuándo tengo que follarte ya puedes ir buscando otro pelele que te soporte.
Trabajo le costó a la muchacha mantener la educación y no enviarle a mal sitio en aquel mismo instante. Le respondió, despilfarrando paciencia, que estaba dispuesta a pasar por sus exigencias en la sexualidad, porque al fin y al cabo para ella resultaba siempre gratificante tanto en el fondo como en la forma; así, reconoció sin empacho que sentirse utilizada y humillada no sólo le proporcionaba una especial excitación y un exclusivo placer obsceno, sino que se había convertido para ella en una necesidad. Pero lo que no iba a consentir es que no se estableciera entre los dos, en un breve plazo de tiempo, un compromiso de continuidad, de matrimonio o al menos de convivencia. Esto lo decía realmente sabiendo con certeza que Roberto no iba a aceptar, porque lo que Ester deseaba en el fondo era dar por terminada la relación con su novio, ahora que tenía trabajo y se sentía independiente económicamente. Buscaba, ladinamente, provocar una situación sabiendo de antemano que para el chico sería inaceptable. De esta forma, ella estaba segura de que por fin rompería con él, pues de otro modo no las tenía todas consigo de verse capaz de hacerlo.
Efectivamente. El muchacho le dijo que de dónde había sacado que él no quería un compromiso firme:
_ Siempre dije que cuando acabaras la carrera.
_ Bien... Pues ya la acabé. Estoy trabajando y quiero saber qué va a ser de mi vida, porque espero que no pretendas que siga durmiendo en casa de mi hermana.
_ ¿Por qué no te buscas un piso?
_ ¿Por qué no vivo en este contigo?
_ Bueno... Yo creo que es un poco pronto. Algo precipitado. Quizá deberíamos esperar más.
_ ¿Ya estamos con lo de siempre? -realmente a Ester se le había acabado la paciencia- ¿Sabes lo que te digo? Pues que eres un indeciso, un tipo que no sabe lo que quiere, aunque yo creo que lo que te pasa de verdad es que eres un jeta, pero a mi no me vas a liar más. Quiero ser tu mujer, no tu lacaya, así que de momento me voy a ir donde mi hermana y si la semana que viene no me has llamado, puedes irte buscando a otra tonta.
_ Espera mujer. Vamos a hablarlo. Todo se puede hablar.
Pero Ester no estaba por la labor de hablar más. Deseaba fervientemente romper, pero quería quedar bien y no sabía cómo. Imaginaba que presionando debidamente en los asuntos donde no había posibilidad de transigencia, el propio Roberto la mandaría a paseo. Sin embargo no fue así. O al menos no fue eso lo que ocurrió de manera fulminante.
Quedaron en que para la semana siguiente se llamarían, pero pasaron los siete días y pasó más de un mes, sin que ninguno de los dos mostrase el menor interés por ponerse en contacto con el otro. La muchacha continuó viviendo con su hermana; ahora no solamente iba a dormir sino que en apariencia residía allí. Aunque verdaderamente apenas permanecía en casa el tiempo preciso para dormir y a veces comer, porque el trabajo y las continuas salidas nocturnas le impedían disponer de un minuto de ociosidad.
Para acabar de arreglar satisfactoriamente la situación, una mañana fue llamada al despacho de la supervisora y esta le comunicó que si por su parte no había ninguna objeción, a partir de la semana siguiente comenzaría a trabajar en UCI, asignada a la plantilla de aquel servicio de manera permanente. Fue advertida de que la UCI representaba uno de los lugares más estresantes y con mayor carga de trabajo del hospital, pero en aquél momento las opciones eran incorporarse a la plantilla de la Unidad de Cuidados Intensivos, o continuar rotando hasta que otra cosa mejor apareciera. Ester no lo dudó un momento, porque se consideraba perfectamente capacitada para desempeñar brillantemente cualquier tarea, jamás había esquivado ninguna de sus obligaciones y en concreto el trabajo nunca la había asustado. De esta forma, incluso la pequeña contrariedad que llevaba soportando en su actividad profesional acababa de evaporarse. A partir de aquél momento todo podía ser posible y la joven comenzó a buscar un piso en alquiler que la librara definitivamente de la tutela de su familia.
Durante aquellas primeras semanas de libertad recuperada, Ester ligó con avidez cuando y con quien le vino en gana. Cambiaba de acompañante cada noche y por primera vez se dejó hacer el amor en coches y descampados por hombres fortuitamente conocidos en discotecas de moda; porque ya no tenía la sensación de que engañaba a Roberto, pues consideraba su relación con él definitivamente rescindida y si antes no se había decidido a hacer lo que ahora hacía, había sido más por no provocar una crisis que por falta de ganas. El bueno de Nacho, que era un joven que siempre la había atraído, cayó también en sus redes y aunque era novio de una conocida, ello no fue óbice para que Estercita le plantara unos buenos cuernos a su amiga ni para que Nacho cooperara en tan deleznable acción. Una desconocida Ester disfrutaba desaforadamente de cada minuto de la libertad recién adquirida, bebiendo la vida casi diríamos que con ansiedad y atragantándose de emociones. Aunque ella no era consciente, realmente aquella actitud de complacencia y entrega a cuantos hombres se lo proponían e incluso a algunos que no lo hicieron, venía motivada por su necesidad de sentir que alguien se aprovechaba de su cuerpo y que era utilizada como un objeto sexual, creyéndose capaz de complacer a cualquier hombre al brindarle actividades que casi ninguna otra chica era capaz de ofrecer. Aun así empezaba a sentirse verdaderamente libre y casi diríamos que feliz. Seguía viviendo en casa de su hermana, como ya hemos dicho, pero habían cambiado mucho las circunstancias. Isabel, desde que la Chiquita había terminado la carrera y ganaba más que su marido parecía como si la considerase de otra condición. Daba la impresión de que ya no era su hermana pequeña, a quien se puede ordenar o prohibir a voluntad, sino más bien una señorita ATS, profesional con buen sueldo y mucho futuro, más digna de respeto y admiración que de reproches o imposiciones. En cualquier caso Ester estaba buscando piso o habitación, pues le resultaba imposible convivir con su hermana después de todo lo que había sufrido por su causa durante tantos años y aunque apreciaba el reciente cambio de actitud de Isabel, ni podía ni quería olvidar los pasados desprecios, amenazas y reconvenciones.
La Chiquita, después de casi dos meses sin ver a Roberto, estaba convencida de que su primer amor era cosa del pasado y que jamás, salvo coincidencia inesperada, se volverían a ver. Daba por finalizada aquella etapa y consideraba inimaginable cualquier posibilidad de retomarla. Por eso le extrañó mucho la llamada telefónica de Roberto pidiéndole que fuera a su casa a tomar café, pues quería hablar con ella para “dejar zanjadas varias cosas” según le dijo textualmente. Al principio la chica no estaba muy proclive a aceptar, pero el muchacho le ofreció tales y tantos argumentos, que al final decidió ir, pensando que, al fin y al cabo, sería una forma civilizada de dar por terminada su relación.
Así, el día de la cita a la hora señalada, una deslumbrante Ester, vestida con un faldellín y lo más provocativamente que supo, llamó al timbre de la casa, tan conocida para ella, del que había sido su novio durante casi seis años. Se abrió la puerta y la sorpresa de Estercita no tuvo límites al encontrarse ante una especie de bobalicona rubia y explosiva, que con voz de tiple le preguntó que quería.
_ Está... ¿Vive aquí Roberto?
_ Si, querías algo.
_ Bueno es que... yo había quedado hoy con él para tomar café.
_ Ah, pues no me ha dicho nada. -y dirigiéndose hacia el interior de la vivienda gritó- ¡Roberto, cariño, aquí hay una que dice que ha quedado a tomar café!
La voz, inconfundible para Ester, de Roberto respondió a lo lejos:
_ Ah, sí, sí… Dile que pase.
_ Pasa maja... Por aquí -dijo la desconocida señalando el pasillo.
_ Conozco el camino –replicó Ester desabrida- te lo aseguro.
Se sentía un poco trastornada, no sabía si rabiosa o simplemente asqueada, pero quería llegar a conocer el final de la trama y por ese motivo no inició una digna retirada en el momento en que la bobalicona rubia le abrió la puerta.
Entró en el cuarto de estar y observó el rostro hierático de Roberto, quien señalando a la desconocida dijo:
_ Te presento a mi novia -y apuntando a nuestra protagonista con un dedo anunció:
_ Esta es Ester.
Estercita, estupefacta y petrificada por el asombro aun tuvo tiempo de preguntar:
_ ¿Cuánto hace que sois novios?
_ Ya casi dos años -dijo la rubia cabeza hueca con su insufrible vocecilla atiplada. –Pero llevamos viviendo juntos solo un mes.
_ Eres el mayor hijo de puta que hay sobre la tierra -manifestó Ester, con rabia contenida dirigiéndose a su ex-novio.
_ ¿Qué te creías? -gritó Roberto- ¿Te crees imprescindible? ¡No me dejas tú a mí, hace dos años ya te había mandado yo a la mierda, lo único que tienes es un buen culo y la chupas de puta madre, pero si no lo puedo usar no quiero seguir contigo! Al fin y al cabo en el sexo eres obra mía, por eso eres una zorra tan experta.
Procurando salvar en lo posible la dignidad, conteniendo la ira y la rabia, Ester dio media vuelta y abandonó pausadamente el piso. No comprendía, nunca llegó a comprender porque Roberto trató de humillarla comportándose de aquella manera tan ruin y fementida. Lo cierto es que ella tampoco le amaba desde hacía tiempo y a decir verdad, ambos llevaban al menos dos años simplemente manteniendo una situación más rutinaria que otra cosa y cogida con alfileres; pero Ester pensaba que es necesario en cualquier contingencia mantener la elegancia en los modales y la buena educación. Porque no es bien educado el que sabe cuando hay que usar la pala del pescado o el cuchillo de postre, sino aquél que es capaz de controlar sus emociones sometiéndolas a las reglas de la urbanidad y de la cortesía. Le extrañó verdaderamente que su novio fuera tan arteramente vengativo o tan soberanamente machista para resultar incapaz de asimilar que su relación había terminado y que ciertamente lo único que procedía ya, era ponerle fin de manera civilizada.
También es cierto que un sentimiento de nostalgia y melancolía, de profunda pena y desamparo se apoderó de su alma cuando abandonó el portal de la casa donde había experimentado tantas cosas y depositado tantas ilusiones. Decidió que lo mejor era que se tomara unas copas, para prevenir la depresión y luego se iría a bailar a alguna de las discotecas donde ya estaba considerada como cliente habitual. El único problema era que a la mañana siguiente entraba a trabajar a las ocho, por lo que tendría que madrugar; pero paseando, paseando, envuelta en sus tristes recuerdos, entró en tres o cuatro bares y se bebió media docena de vinos con alguna tapa, mientras continuaba absorta en sus pensamientos. Inesperadamente, se encontró casi a la orilla del río, frente a una discoteca desconocida para ella. Le habían dicho que aquél local no le iba a gustar y lo cierto es que ni ella ni sus amigas habían entrado allí nunca. La verdad era que no salían de Atomium y Caifás, pero no sabemos muy bien por qué, ese día quiso Ester explorar aquel lugar desconocido. Se tomaría allí una copa y si había algo potable trataría de ligárselo para que le ayudara a pasar el mal trago sufrido. En caso contrario, desde aquél lugar marcharía directamente a casa y a la cama. Nunca se pudo imaginar que la decisión de entrar en aquella discoteca iba a posibilitar que un mundo diferente, de sensaciones nuevas y excitantes se abriese para ella introduciendo en su vida un definitivo cambio de rumbo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario