viernes, 27 de noviembre de 2009

XV DE COMPRAS




_ Arriba Cosita linda, arriba que ya son casi las diez y hay muchísimo que hacer.

Las palabras se abrían paso con dificultad en su cerebro, embotado por los fármacos. Tenía la sensación de que apenas habían transcurrido unos minutos desde que se quedara dormida, pero lo cierto es que la soleada mañana ya estaba bastante avanzada. Cuando por fin logró despertar por completo, lo primero de lo que fue consciente fue el desagradable escozor que le producía el roce con la sábana en las nalgas.

_ He despertado a Rafa y vamos a desayunar aquí los tres, así que en cuanto llegue, pides el desayuno.

El catalán no se hizo esperar. Llamó a la puerta y antes de que nadie le contestara, entró dando los buenos días. Vestido simplemente con un albornoz, sin afeitar ni peinar presentaba un aspecto lastimoso, pero a la vez saludable, como el de una persona que ha dormido bien. Ester pidió por teléfono tostadas, lazos, mermelada, mantequilla, café con leche y zumo de naranja. Se vistió con un excitante salto de cama de color negro que permitía entrever sus desnudas formas. Marcos, cogió su albornoz.

_ Cosita, es que queremos que estés desnuda. Eres tan guapa y nos gusta tanto tu cuerpo que no podemos dejar de vértelo ni un momento.

A Ester todo aquello la atraía, la volvía loca, porque a su amo le sobraba capacidad para lograr que un juego perverso nunca se detuviera. Apenas se habían acabado de levantar, cuando ya retomaba nuevamente la dirección de escena. No conseguía solamente que Ester estuviera efectivamente desnuda, sino que hacía que se sintiera desnuda, entregada, a merced de sus caprichos, pero a la vez querida, deseada, protegida. Esa exposición de desnudez delante de sus amos que estaban vestidos, producía en ella una excitante sensación de humillación y vergüenza.
En esto, llamaron delicadamente a la puerta con tres rítmicos golpecitos y una voz femenina anunció el desayuno. Ester hizo ademán de marcharse al cuarto de baño, pero su amo le indicó distraídamente:

_ Abre tu, Cosita.

_ Marcos -objetó ella- estoy completamente desnuda. Además se me notan las marcas de los azotes.

_ ¿No vas a ser capaz de darme un solo día algún capricho aunque nos salgamos un poquito del pacto? No eres buena conmigo Cosita y me vas a hacer enfadar. Te advierto que puedo ser muy malo cuando me enfado.

Ester, según contó luego a su amo, se paró a pensar, reflexionó. Aquellos juegos habían quedado explícitamente prohibidos. Marcos no podía mostrar nunca ante otras personas la condición de ella, salvo ante aquellas que en verdad supieran por anticipado de qué iba el asunto. No era necesario que acreditaran experiencia, pero tampoco se trataba de sorprender a nadie. Ninguna de las dos premisas se cumplían en aquella situación, así como tampoco se habían cumplido la tarde anterior en el restaurante. Ester pensó que si permitía que aquello continuara, quizá la cosa comenzara a degenerar peligrosamente. Pero la llamada a la puerta se repitió.

_ ¡Abre de una puta vez maldita desobediente! –increpó Marcos a la vez que le daba una sonora bofetada.

No sólo fue la personalidad sumisa de Ester; si no también su íntimo deseo de probar cosas verdaderamente nuevas y fuertes. El caso es que abrió la puerta completamente desnuda a excepción del aro de oro que lucía en su dedo anular. Una joven camarera, atractiva, ataviada con uniforme gris claro, delantalito, guantes y cofia blancos y parapetada tras un carrito de ruedas en el cual venían los tres desayunos la miró estupefacta reflejando en su cara una increíble expresión de asombro. Balbuceó:

_ Perdón... Habían pedido tres servicios de desayuno... Volveré en otro momento.

_ No, no cariño –dijo el letrado acercándose a la puerta- pasa que tenemos hambre. No te preocupes por lo que ves, esta es Cosita y es mía –manifestó por toda explicación.

Dubitativa, la chica empujó suavemente el carrito y penetró despacio en la soleada habitación sin atreverse casi a levantar la vista del suelo. Contaría apenas veinte años y en los dos que llevaba trabajando en el hotel había presenciado demasiadas excentricidades de los clientes, pero aquello superaba realmente todo lo que la más calenturienta imaginación hubiera podido concebir. Se limitó a situar el carro en el lugar adecuado y comenzó a disponer el servicio sobre la mesa mientras un tenue rubor coloreaba sus mejillas, haciéndola aun más atractiva en su inocencia.

_ Ayúdale Cosita, no seas mala –indicó Marcos- ¿No ves que la chica sola no puede?

_ No... No se preocupe señor -la muchacha había levantado la vista para contestar y entonces pudo darse cuenta de que la mujer desnuda que le había abierto la puerta, mostraba en la mejilla las señales inconfundibles de un reciente bofetón y al colocarse a su lado para ayudarla, se percató de que además tenía las nalgas cruzadas por lo que parecían ser inequívocas marcas de pasados latigazos.

_ ¿Has desayunado hija? – preguntó el letrado paternalmente.

_ Sí... Sí señor.

_ Pero podrás tomarte un café con nosotros ¿no?

_ No señor, gracias.

_ Mira niña –Marcos ya se estaba impacientando- perdona la pregunta ¿Cuánto ganas al mes?

La asombrada camarera dijo una cifra que ahora somos incapaces de precisar. El abogado, cogió su cartera y extrajo de ella una cierta cantidad en billetes de cinco mil pesetas.

_ Esto es para ti, si te quedas tomando un café con nosotros mientras desayunamos y después me ayudas a hacer una depilación.

La muchacha calibró en un instante que la cantidad de dinero que se le mostraba era similar a la que ella ganaba en casi seis semanas.

_ Señor... -comenzó a objetar dubitativamente. El letrado la interrumpió:

_ No me llames señor. Yo soy Marcos, este es Rafa y esas nalgas que tienes a tu lado son de Cosita, como te dije antes. Y trátame de tu. ¿Qué problemas tienes?

_ Bueno... Yo me quedaría encantada. Es mucho dinero pero tengo que justificar este tiempo. No puedo desaparecer del trabajo sin dar explicaciones.

Marcos, acostumbrado por su profesión y por su forma de ser a tomar decisiones rápidas descolgó el teléfono.

_ ¿Servicio de habitaciones?... Mire, por favor, necesito que la camarera que me han enviado con el desayuno se quede algún tiempo con nosotros para ayudar a mi señora a depilarse. ¿Es eso posible?... No, no. Por supuesto... Uds. me cargan en la cuenta lo que crean conveniente... ¿Cómo te llamas y que número tienes? -terminó dirigiéndose a la atónita muchacha.

Esta dijo su nombre, apellidos y número de empresa con un murmullo casi inaudible y Marcos los transmitió alto y claro a través del teléfono. Dio las gracias y colgó el aparato.

_ Problema resuelto -manifestó triunfalmente- Ven a sentarte a mi lado. ¿Cómo quieres el café?

_ Con leche -afirmó la chica audazmente mientras se disponía a servir.

_ No, no lo has entendido. Tú te sientas con nosotros. Eres mi invitada. Cosita nos servirá. Toma -añadió dándole a la muchacha el dinero. Y dirigiéndose a Ester- Ya has oído, lo quiere con leche.

La camarera, en el colmo de la estupefacción tomó asiento guardándose el dinero en el bolsillo del vestido. En aquellos momentos ignoraba por completo en qué iba a parar todo aquél asunto y si le hubiesen hablado de S/m, quizá hubiera creído que se trataba de un nuevo grupo de rock desconocido para ella. Pero como por lo pronto acababa de obtener una importante suma, estaba casi decidida a continuar.

_ Perdona que te moleste cariño –añadió el amo- pero es que Cosita, como es tan torpe, a lo mejor se mancha. Haz el favor de prestarle tu delantal, tu cofia y tus guantes.

_ Señor... Yo... - pero fue interrumpida con vehemencia:

_ No quiero más señor ni más historias. Si quieres ganarte el dinero que te he dado tienes que hacer lo que yo te diga. Y si no, me lo devuelves y te largas. Yo personalmente me ocuparé de dar una queja sobre ti al director del hotel. Soy cliente habitual y conozco a todos tus jefes- repuso el letrado faroleando y elevando ostensiblemente el tono de voz.

Si hemos de ser sinceros, no era cierto que conociera a todos los jefes de la atribulada camarera, pero el farol dio resultado pues la muchacha se levantó como impulsada por un resorte y le pasó a Ester el delantal, la cofia y los guantes que esta se puso apresuradamente comenzando a servir el desayuno.

Mientras tanto Rafa permanecía taciturno y en silencio, como en él solía ser habitual, contemplando la curiosa escena. La verdad es que en el muchacho se había operado una gran transformación a raíz de aquella relación a tres que ya duraba casi un año; se encontraba más seguro de sí mismo y apenas le quedaban rastros de la paranoia de antaño. Pero su personalidad nunca resultó tan fuerte y arrolladora como la de Marcos lo cual conllevaba que siempre se mantuviera en un discreto segundo lugar, a la espera de las decisiones del letrado. En su fuero interno nunca consideró a su amigo “su amo”, porque tampoco el letrado propuso nunca aplicarle a él un castigo o tratarle como a sirviente, aunque hay que significar que Marcos se arrepintió luego toda la vida de no haberlo hecho, porque eso le privó de saber si Rafa lo hubiera aceptado, aunque nosotros personalmente creemos que sí. Pero a la hora de la acción le obedecía siempre y sin rechistar, con toda la prontitud y diligencia que podía, anteponiendo la satisfacción de Marcos a la suya propia. Lo cierto es que a cambio obtenía todo lo que en el sexo siempre había soñado: una bonita mujer con la cual hacer el amor de mil maneras y unas nalgas, redondas y fuertes sobre las que podía descargar su extraordinaria agresividad, con ensañamiento de forma alevosa e impremeditada. También se encontraba digamos, protegido, al sentirse querido y arropado por la pareja lo cual incrementaba poco a poco su descalabrada autoestima.

Ester terminó de preparar los desayunos, untó las tostadas con toda la pericia de que fue capaz, removió el azúcar e iba a proceder a servirse también algo a sí misma. Sin embargo, se le indicó que permaneciera de pie, pues podría ocurrir que sus amos precisasen de sus servicios.

_ ¿Qué te parece Cosita? ¿Verdad que está guapísima con el delantalito y todo eso de tu uniforme? –preguntó Marcos dirigiéndose a la camarera. Ciertamente Ester ofrecía un aspecto de lo más ridículo, desnuda pero con la cofia, el delantal y los guantes. Por otra parte mostraba las nalgas al aire en su totalidad, cruelmente marcadas. La camarera permanecía en silencio, pero no dejaba de mirar estupefacta el desnudo cuerpo de Ester, en el cual creemos que adivinaría modales y porte de cierta clase a pesar de la ridícula situación por la que en aquellos momentos atravesaba, sirviéndole un café a ella, la servidora de cafés y mostrando tal grado de sumisión y respeto hacia el caballero alto que a la chica le parecía imposible de creer.

_ ¿Tienes novio? –insistió Marcos curioso.

_ Si, llevamos seis meses.

_ Supongo que ya te lo habrás follado.

_ Si -la muchacha, extraordinariamente tímida bajó la cabeza y el rubor de sus mejillas, que casi había ya desaparecido, resurgió de nuevo- hemos hecho el amor alguna vez.

_ Bueno, entonces ya conoces más o menos como es el cuerpo de un hombre. Lo que no ignoramos es si sabes cómo es el cuerpo de una mujer y si te gustan. Ahora dime si te parece que tu novio está mejor que mi Cosita o no.

La chica, tuvo que admitir que Ester era muy guapa, aunque a ella en particular le gustaban los hombres. Y los hombres jóvenes, puntualizó.

_ ¡Ah! Te gustan jóvenes. Entonces puedes follar con Rafa si quieres -el aludido, continuaba desayunando en silencio pero dirigió un guiño de complicidad a la atemorizada camarera.

_ Si eso es al fin lo que queréis, ahí está el dinero y yo me marcho -dijo la muchacha airadamente- lo único que yo tenía que hacer era tomar un café y ayudar a depilar a la señora. -Resultaba evidente que la chica era “formal”, es decir que a los veinte años rechazaba un noventa y nueve por ciento de las oportunidades que la vida le ofrecía para practicar sexo. Claro está que a los cuarenta, cuando se viera constreñida a ese uno por ciento con el que en principio se había conformado, trataría desesperadamente de recuperar todo el tiempo perdido, con resultados generalmente patéticos. Pero eso exactamente es una chica “formal”.

Marcos, acostumbrado a las réplicas y contrarréplicas en las salas de vistas, con habilidad retomó la situación:

_ No cariño, no queremos que folles si no te gusta. Yo solamente te lo decía por si después de mirar tanto a Cosita notabas una cierta desazón entre las piernas, pero te ofrezco aliviarte como amigo, no es tu obligación. De todas formas si durante el tiempo que estés aquí cambias de idea y quieres que te coman bien el coño, no tienes más que decirlo. Pero ahora vamos a darle el desayuno a Cosita -dijo. Cogió un plato de anchura suficiente, puso sobre él una tostada, una pella de mantequilla y otra de mermelada sin molestarse siquiera en extenderlas sobre el pan. Lo depositó con suavidad en el suelo, junto con una taza de café con leche y un vaso de zumo de naranja. Ester, ya había sido perfectamente adiestrada en la manera correcta de comer para cumplir los gustos de sus amos, así que se despojó del uniforme de camarera y poniéndose a cuatro patas en el suelo comenzó a comer sin utilizar las manos, mientras Marcos encendió un cigarrillo, sin prestarle aparentemente la menor atención, charlando con la camarera y con Rafa con la misma actitud que si quien comía a cuatro patas en la habitación fuera un animal doméstico.

_ Ahora –dijo el letrado al cabo- aunque ya sé que Cosita te parece guapa, nos vas a ayudar a ponerla más guapa. Vamos a depilarla completamente, no quiero que quede en su cuerpo ni un solo pelo. Le dejaremos un poco encima del coñito, pero le vamos a quitar todo lo demás. ¿Terminaste el desayuno perrita? - preguntó dirigiéndose a Ester que estaba haciendo ímprobos esfuerzos por beberse el café de la taza, sorbiendo ruidosamente.

_ Sí.

_ Bueno, Rafa. Vamos a lavarla bien por dentro y por fuera. ¿Dónde podemos hacerlo?

El aludido, levantando imperceptiblemente la cabeza y sin pronunciar palabra, señaló la propia mesa en la que aun permanecían las tazas, platos y cubiertos del desayuno. La camarera suponemos que ya había decidido que tanto la chica que permanecía desnuda comiendo en el suelo como los perros, como el caballero alto que decía ser su propietario no estaban bien de la cabeza. Sin embargo el otro más joven que no abría la boca salvo para introducir en ella el café o la tostada no debía irles muy a la zaga. “Están los tres chinados” decidió por fin para su coleto. Marcos ordenó a Ester dejar libre la mesa, colocando cuidadosamente todo el servicio en el carrito donde lo había traído la camarera. Esta observaba todo sin perder detalle, pero no osaba hacer ningún comentario.

Cuando Ester oyó a su amo indicar que era necesario lavarla “por dentro y por fuera”, supo que le iban a administrar un enema o unos supositorios. A eso se refería Marcos siempre cuando decía “hay que lavarla por dentro”. Ante la perspectiva de verse en aquella humillante situación delante de una atractiva joven desconocida, la excitación, el morbo y el deseo hacían presa en su cuerpo. Sin alegar nada, terminó de recoger el servicio de desayuno y esperó nuevas órdenes. Estas no se demoraron mucho. Con suma amabilidad y cariño, pero con firmeza, ordenó su amo que se tumbase boca arriba sobre la mesa, con las piernas encogidas y sujetándose las rodillas a la altura de los hombros. En esa humillante posición, sus nalgas se separaban y mostraba a cualquiera que quisiera mirar la vagina y toda la raja del culo, incluso el ano, ligeramente abierto.

Rafa, diligente y prevenido, ya había preparado el artilugio para aplicar enemas sin esperar a que Marcos lo demandara, porque también era perfectamente consciente de lo que iba a venir a continuación. Traía en una mano el depósito con un litro de agua y en la otra el tubo de lubricante.

Marcos había modificado el aparato de administrar enemas. La cánula, demasiado corta y estrecha a su juicio, la sustituyó por otra de dos centímetros de diámetro y ocho de largo, construida expresamente. También incrementó la longitud de la goma en más de un metro, para posibilitar la aplicación de la lavativa aún encontrándose Ester alejada del depósito. Ella sabía, por su profesión, que no era conveniente administrar más de litro y medio de agua y Marcos casi nunca pasaba del litro. También eran conscientes de los problemas que podía ocasionar el aplicar más de tres veces por semana lavativas o supositorios de glicerina, debido a la posibilidad de destrucción de la flora intestinal, pero esas cosas casi nunca se ordenaban porque la verdad era que durante la semana apenas tenían tiempo, ocasión y ganas para juegos. Mantenían una especial relación en la cual Marcos la dominaba absolutamente y jugaba con su cuerpo a su antojo, pero en ningún caso se le pasaría por la cabeza hacerle realmente daño. La quería muchísimo, mucho más de lo que nunca quiso a nadie…
Rafael le ofreció el artilugio y él, dirigiéndose a la intrigada camarera indicó:

_ Sujeta esto en alto cariño, para que el agua pueda entrar en la tripa de Cosita.

La muchacha, sin atreverse a decir nada, tomó el depósito por el asa y lo sujetó por encima de su cabeza. Mientras, Marcos había untado perfectamente la cánula con lubricante y poniéndose otro poco en un dedo, lo introdujo con suavidad en el culo de Ester.

_ ¡Uy qué cerradita estás zorra! Si no abres el culo me parece que te voy a hacer daño.

Para la aludida la situación era de extrema vergüenza, por lo tanto de gran excitación. No le costó trabajó relajarse y responder positivamente a las caricias que su amo le hacía en el ano.

_ Ahora, ahora –dijo este satisfecho. Y tomando prestamente la cánula de manos de Rafa la introdujo hasta el fondo en el ano dilatado de Ester. Esta dio un respingo.

_ Vamos a abrir esta llave -continuó dirigiéndose a la camarera y señalando el diminuto grifo del aparato- para que el agua fresquita entre en el culo de Cosita y lo limpie bien- Unió la acción a la palabra y el líquido del depósito se deslizó efectivamente en el interior del caliente recto de Ester- ¿Sientes el frescor cariño? -preguntó.

_ Si... sí, ya entra.

La joven camarera contemplaba la escena con los ojos desmesuradamente abiertos reflejando en el rostro una mezcla de intriga y escepticismo. Entendemos que le resultaba difícil creer que realmente todo aquello estuviera pasando ante sus ojos, que fuera casi protagonista de aquellos insólitos sucesos. Suponemos que no le disgustaba demasiado, aunque tampoco parecía demostrar que le estuviese resultando especialmente atractivo o excitante. Imaginamos que sentía como si desde el exterior de una jaula del Zoo de la Casa de Campo, estuviera contemplando un animal difícil y raro con el cual no tenía ni tendría nunca la posibilidad de interactuar.

El nivel del agua descendía lentamente y Ester comenzó a emitir unos suaves suspiros.

_ Levanta más –dijo el letrado a la camarera señalando el depósito- para que acabemos cuanto antes. Cosita -continuó dirigiéndose a Ester- ¿Tienes el culo lleno?

_ Sí... Sí

En efecto, la totalidad del líquido había penetrado ya en el recto de la mujer, lo cual producía en ella una enorme necesidad de ir al servicio para aliviar la presión que en su interior sentía. Retiró Marcos la cánula indicando a Rafa que recogiera el aparato y comenzó a masajear tiernamente la tensa tripa de Ester dirigiéndole dulces palabras para motivarla a aguantar todavía más.

_ Acaríciala un poco, no seas mala... ¿No ves que le duele la tripita? -la camarera extendió tímidamente la mano sobre el vientre de Ester que continuaba en la misma posición, con las rodillas dobladas sobre los hombros pero apretando el culo todo lo que podía. La camarera notó la extrema tensión de los abdominales y sinceramente experimentó una cierta compasión por aquella mujer, aparentemente normal, pero realmente débil y entregada, que permitía que cometieran con ella semejantes desafueros.

_ Bueno –concedió el amo por fin- ya puedes ir a hacer caquita. Vete poniendo como a mí me gusta y espera a que estemos allí. Queremos verte.

En casa, si no llovía o hacía demasiado frío, Ester estaba obligada a hacer sus necesidades en el sumidero de la terraza, en la misma postura que adoptan los perros. En caso de que el tiempo no acompañara, se le permitía utilizar el servicio, pero de ningún modo sentada ya que esa postura privaba a sus amos de una buena visión y además Marcos decía que eso parecía “demasiado humano” para una perrita como ella era. Ester se ponía en cuclillas sobre la taza, apoyando un pie a cada lado y tratando de mantenerse en ese equilibrio inestable porque sus amos, cada vez más perversos y expertos, aseguraban que ese era el modo de que todo resultara mucho más humillante. Esta era la postura que ella sabía que tenía que adoptar y en ella estaba tratando de mantenerse estática y aguantando los retortijones cuando entraron, la camarera Rafa y Marcos en el servicio decididos a no perderse ni un segundo del espectáculo.

_ Muy bien preciosa -la consoló el letrado- ya puedes empezar.
Ester sintió un fuerte dolor en la tripa y abrió el culo. Un chorro de líquido salió con fuerza, impactando en la taza y salpicando de suciedad sus nalgas. Se sentía extraordinariamente avergonzada y humillada, el enema le llenaba los intestinos y a la molestia en el abdomen se unía la sensación de estar siendo observada en esa actitud tan intima. Sin embargo su grado de excitación era enorme. Mientras hacía aquello, Marcos le metió un par de dedos en la vagina, iniciando un movimiento de vaivén que le provocó un orgasmo. Soltó otro chorro y le pareció que la tensión en su recto descendía.

_ Perfecto, muy bien guapísima -alabó su amo- lo estás haciendo muy bien. ¿Qué te parece cariño mi Cosita? ¿Te gusta el espectáculo que nos está dando? -dijo dirigiéndose a la camarera a la vez que accionaba el mecanismo de vaciado de la cisterna.

_ No sé... Esto es nuevo. No sé qué pensar. Lo que no me gusta es el olor.

_ Pues a mí me pone -intervino Rafa por una vez mientras se acariciaba ostensiblemente el pene por debajo del albornoz- Me gustaría que me la dejaras un momento -continuó dirigiéndose a Marcos.

Ester se echó a temblar. Cada vez que Rafael intervenía era para aplicarle castigos extraordinariamente crueles e inhumanos. Aquél muchacho era realmente un sádico en el más amplio y peyorativo sentido de la palabra.

_ Ahora no tenemos mucho tiempo para juegos –condescendió el abogado- pero ya oyes Cosita que dice mi amiga que aquí no huele nada bien. Siéntate en la taza y juega un poquito con Rafa mientras terminas de vaciar el culo.

Ester obedeció y se encontró inmediatamente con la picha de Rafael delante de los labios. La tomó con las manos y se le introdujo entera en la boca a la vez que su ano volvía a abrirse y soltaba un nuevo y potente chorro de líquido.

_ ¡Ag! Esto es muy desagradable. Huele mal. Nos vamos y cuando termines con ella nos avisas ¿Vale?

La camarera y el letrado pasaron a la habitación y Rafa se entretuvo algún tiempo exigiendo que Ester le chupara el pene con delectación aunque no llegó a eyacular. Tenía la sensación de que era mejor reservarse para más tarde. Aunque no sabía exactamente lo que su amigo había previsto, intuía que el día prometía ser lo suficientemente entretenido como para decidirse a esperar mejor ocasión para correrse.

_ ¡Ya podéis pasar! -voceó dirigiéndose al dormitorio- y tu, si ya estás limpia, métete en la bañera y lávate perfectamente.

Entraron Marcos y la camarera a la vez que Ester abría los grifos para mediar la bañadera de agua templada. Vuelta de espaldas mostraba perfectamente las nalgas, donde ostentaba las señales de los azotes de la noche anterior. La chica, intrigada desde el principio con aquellas marcas, no pudo contener más su curiosidad y me preguntó a qué se debían.

_ Es que –explicó el amo- ayer estuvo Rafa jugando con ella y como Cosita se portó mal, no tuvo más remedio que castigarla. Cosita es muy buena y guapa, pero algo tonta. Si no le das unos azotitos no aprende.

“¿Unos azotitos?” suponemos que pensaría asombrada la camarera. “Por las señales que tiene le han dado una paliza en toda regla. ¡Qué gente más rara!”.

_ Cielo –dijo Marcos dirigiéndome a ella- ahora te toca trabajar a ti. El depósito de la cera está en ese armario; enchúfalo para que se vaya calentando porque cuando Cosita se haya lavado bien la vamos a depilar.

El gel de baño y el agua caliente habían producido un efecto de relajación en el maltratado cuerpo de Ester aunque a la par sentía cierto escozor excitante en algunas de las partes más laceradas de sus nalgas. Salió con lentitud de la bañadera y se envolvió en una acogedora toalla para secarse.

_ Siéntate en la taza y pon las manos sobre las rodillas –se le ordenó. Con cierta parsimonia adoptó la posición indicada y fue entonces cuando la camarera, siguiendo las instrucciones precisas que Marcos le daba, procedió a untarle cuidadosamente los brazos con la cera derretida. La chica extendía el producto y cuando éste se enfriaba, el amo daba el tirón. Si se cansaban intercambiaban los papeles “tira tú y unto yo” hasta que de esa forma depilaron completamente los brazos. Posteriormente ordenaron a Ester ponerse en pie, colocando las manos sobre la cabeza y continuaron eliminando dolorosamente con el mismo método el vello de axilas y piernas.

_ Para las partes más interesantes vamos a ponernos en la mesa. –Indicó Marcos - Así que tráete para acá la cera y enchúfala cielo. Y tu Cosita querida ponte a cuatro patitas sobre la mesa, separándote las nalgas con las manos para que se abra bien el culito, que lo vamos a dejar como el de una recién nacida.

Aquello sí que fue doloroso. No es que Ester fuera una mujer muy velluda, pero la cera caliente en la zona del ano y los despiadados tirones arrancando los pelos del culo le producían explosiones de auténtico dolor. “Y aún queda el lugar más sensible”, pensaba la desdichada con aprensión.

Ellos, en casa, hablaban siempre largo y tendido acerca de lo que todos experimentaban durante las sesiones. No existía ningún secreto que no compartieran y esa era la forma de conseguir que la relación mejorase con el tiempo. Al menos en su parte estrictamente sexual, aunque verdaderamente consideramos nosotros que Marcos ha sido un privilegiado por numerosas razones y entre otras porque jamás tuvo que ocultar nada a su pareja. Pero sigamos con lo que estábamos contando.

Cuando los amos juzgaron que al fin habían logrado liberar el cuerpo de Ester de todos los pelos que lo afeaban, Marcos, provisto de un rotulador trazó con mano firme tres líneas rectas en el pubis, delimitando perfectamente la zona de vello que él deseaba mantener. Venía a ser un triángulo equilátero de unos dos centímetros de lado, uno de cuyos vértices coincidía con el arranque del sexo. Seguidamente se ordenó a Ester tumbarse sobre la mesa en la misma posición, tan conocida por ella, que tenía para recibir el enema. Acariciaron su clítoris y su vagina, comprobando la enorme excitación que tenía. Aunque no la pudo mantenerla demasiado tiempo, porque la operación de aplicar cera caliente en las ingles resultó lo suficientemente lesiva como para conseguir que la excitación desapareciera y el tirón posterior obligó a Ester a proferir un agudo grito de dolor. La camarera se mostraba visiblemente afectada por el daño que producía; pero Marcos era aparentemente insensible y ordenó que la operación continuara muy por lo menudo hasta que consiguieron que la totalidad del cuerpo de Ester estuviera en las condiciones de ausencia absoluta de vello que los amos pretendían. El pelo de la pequeña zona en forma de triángulo que se mantuvo sobre el sexo, fue recortado con unas tijeras hasta dejarlo de una longitud apropiada: no más de medio centímetro.

_ A partir de hoy –ordenó Marcos luego tajante- quiero que estés siempre así, depilada. Ya sé que hay sitios donde no te llegas, pero esos te los haré yo. El resto del cuerpo es asunto tuyo. ¿No te parece cariño que mi Cosita está más guapa así? -terminó dirigiéndose a la camarera. La chica, que ya se había envalentonado lo suficiente respondió sin dudar:

_ A mí me gusta ahora y antes -a lo que Marcos objetó, creemos que de forma inapropiada, que como Cosita le pertenecía, era él precisamente quien decidía en qué condiciones debía estar.

_ Ahora Rafa y yo nos vamos a duchar y a asear. Cosita se tumbará en la cama y tú le aplicaras esta crema balsámica por todo el cuerpo. ¿Entiendes lo que quiere decir por todo el cuerpo? –preguntó el letrado dirigiéndose a la camarera con una sonrisa irónica. Y sin esperar respuesta, como era su costumbre, continuó- Primero por la espalda, las nalgas y las piernas y después por delante. ¿De acuerdo? Es porque tiene la piel enrojecida de la cera y los tirones, pero hoy queremos que esté muy guapa.

Ester, acostumbrada a obedecer con diligencia se tumbó en la cama boca abajo y esperó. Rafa se fue a su habitación y Marcos se metió en el cuarto de baño dejando a la camarera a solas con aquel magnífico ejemplar de hembra que permanecía echada con displicencia y sin pronunciar palabra. La chica sabía que su obligación era extender la crema hidratante sobre aquel cuerpo tan atractivo, pero suponemos que le daba bastante reparo o vergüenza. Sin embargo, los extraordinarios sucesos que había tenido la fortuna de presenciar durante aquella inusual mañana, le aportaron la seguridad necesaria así como el convencimiento de que nada malo le pasaría hiciera ella lo que hiciese con aquella mujer; de esta suerte, tomó un poco de crema en el cuenco de la mano y la repartió con cuidado, extendiéndola por las piernas de Ester, casi con miedo, comenzando seguidamente a frotar con delicadeza hasta verificar que la totalidad del balsámico producto era rápidamente absorbido por la piel. Repitió la operación en la espalda y suponemos que pudo comprobar la calidad de la musculatura cuando su mano pasaba una y otra vez a lo largo del gran dorsal. No se atrevía a tocar las laceradas nalgas.

_ ¿Le echo también en el culo? -preguntó a media voz intuyendo la respuesta:

_ Como quieras.

_ Lo que quiero decir -trató de aclarar la chica- es si no le dolerá mucho, si no será peor.

_ No debes preocuparte por eso, tú haz lo que tengas que hacer y lo que Marcos te ha mandado.

Aquella respuesta no servía para aclarar las dudas de la muchacha, pero se decidió por fin a extender una buena porción del producto sobre las nalgas de Ester, que continuaba tumbada boca abajo y que agradeció la frescura de la crema y la suavidad de las caricias que aquellas manitas le proporcionaban. La chica se envalentonó:

_ ¿Por qué deja Vd. que le hagan todo esto? Ni a un perro se lo harían.

Era curiosa la situación: Ester se encontraba, desnuda y completamente entregada en manos de una muchacha desconocida, a la cual seguramente debería obediencia si ella quisiera hacer con su cuerpo cualquier cosa humillante o dolorosa. Pero esa chica, delegada de su amo en aquél momento, la trataba de usted. Ester le respondió que ella pertenecía a Marcos, de la misma forma que le pertenece un objeto a una persona. Cuando la muchacha insistió, queriendo saber la razón por la que era consentidora de aquella pertenencia, la única respuesta que recibió fue que si no lo había comprendido al verlo, jamás lo entendería.

Las suaves caricias en las cálidas nalgas proporcionaron inmediatamente una sensación placentera en Ester y esto conllevó que su excitación aumentara. Continuaba tumbada boca abajo, de forma que la muchacha no era consciente de la excitación que sus caricias estaban produciendo. Pero hete aquí que Rafa volvió y Marcos salí entonces del cuarto de baño. Ambos estaban limpios y olorosos, dando por finalizado su aseo. El letrado se hizo consciente de inmediato de la situación e increpó severamente a la pobre camarera porque todavía no había finalizado su trabajo.

_ Ponte boca arriba zorra –ordenó a Ester- a ver si esta niña quiere untarte bien de crema por delante.

Obedeció y fue entonces cuando la apesadumbrada muchacha pudo percatarse, ruborizándose, de la incómoda situación en la que ella pensaba que había colocado a aquella mujer que tenía entre sus manos. Fue precisamente en el sexo húmedo, en lo primero que se posaron sus asustados ojos que al fin se permitieron una cierta dosis de lascivia en la mirada. Marcos, mientras comenzaba a vestirse mirándose en el espejo, le dijo como al desgaire:

_ Échale crema por los brazos y el pecho, pero sobre todo en las ingles que las tendrá en carne viva.

La chica, con mano temblorosa y visiblemente azorada, cumplió sin embargo la orden, pero dejando para el final la parte más comprometida y delicada. Cada vez que su mano pasaba sobre el vientre, o rozaba las tetas de Ester esta se estremecía. Pero cuando sintió las delicadas caricias de la joven y atractiva muchacha en sus ingles extendiendo con delectación la crema, no pudo evitar dejar escapar unos suspiros de placer. Para la camarera, esta actividad resultaba incómoda pero a la par excitante. Marcos se percató inmediatamente de la situación y aproximándome a la joven con su mejor sonrisa le preguntó afablemente y con gesto de complicidad:

_ ¿De verdad no te has puesto cachonda cariño? Te aseguro que esta putita es casi una profesional y tiene una lengua muy sabia que es capaz de meter en tu vagina y en tu culito hasta que llegues al placer. ¿Quieres que te la preste para que te alivie?

Como la chica respondiera negativamente de forma reiterada y enérgica, el letrado al fin consideró terminado el trabajo de la camarera y con un tajante “Tú te lo pierdes. Ya puedes irte” continuó vistiéndose. La muchacha, con la cabeza baja, recogió el servicio del desayuno saludó educadamente y abandonó la habitación empujando nuevamente su carrito. Pasados algunos años, alcanzaría mayor madurez y suponemos que entonces se habrá arrepentido mil veces de no haber aprovechado convenientemente aquella inusual oportunidad de hacer algo distinto, porque seguro que jamás en su mediocre vida volvió a tener otra ocasión para hacer otra cosa que no fuera trabajar, parir, limpiar, criar futuros mediocres y dar placer, a veces, a su mediocre marido.

Rafa y Marcos urgieron a Ester para que cuanto antes se encontrara en disposición de salir a la calle, porque el tiempo había corrido muy deprisa y eran ya las once de la mañana. Pero según su amo había manifestado reiteradamente, tenían muchísimas cosas que hacer, por eso el apremio. Ester obedeció, como siempre, con la mayor presteza de que fue capaz, vistiendo un elegante conjunto y rociada con su habitual Chanel. Llegaron los tres perfectamente atildados y pulidos al vestíbulo del hotel y pidieron un taxi. Por indicación de Marcos, el taxista les condujo a una determinada dirección.

Ester no sabía nada aun. No tenía ni la más ligera idea de lo que le esperaba. Pero cuando el coche se detuvo y los tres entraron en una elegante aunque discreta lencería de la selecta calle de Serrano, comenzó la chica a sospechar lo que se le venía encima y de nuevo recordó que aquello no estaba incluido dentro del pacto que regulaba su entrega. Después, hablando con sus amos, les dijo que en un primer momento de precipitación había decidido negarse a hacer cualquier cosa que no estuviera previamente convenida, pero luego recapacitó con mayor tranquilidad, optando entonces por secundar los deseos de sus dueños. No pudo negar tampoco que también la motivara la curiosidad por experimentar nuevas sensaciones en carne propia y así poder decidir a posteriori si le habían resultado agradables y excitantes, o por el contrario quedaban descartadas definitivamente de sus prácticas habituales.

_ Buenos días –saludó Marcos educadamente a la dependienta.

Una mujer más cerca de los cuarenta que de los treinta, bien conservada, peinada con exquisitez y gusto, vistiendo un sobrio pero elegante conjunto y exhalando un suave aroma a perfume caro, se quitó las gafas para mirar a los recién llegados y devolvió el saludo sonriendo.

_ Necesitábamos varias cosas –explicó el letrado- Veamos... Unos ligueros blancos y otros negros, junto con un par de medias para cada liguero, tangas blancas y negras, sujetadores, bodys, saltos de cama, camisones... En fin -dijo para abreviar- toda la lencería que necesita una mujer elegante y sexy.

La dependienta se había puesto de nuevo las gafas e iba tomando notas con rapidez en una pequeña libreta, mientras Marcos hablaba. Suponemos que le cayó bien aquel señor educado y alto que venía dispuesto a gastarse muchos duros en su tienda.

_ ¿Talla? -preguntó mirando a Ester por encima de la montura de las gafas y tratando de calcular el tamaño de las prendas que le pedían.

Ester le dijo la talla y Marcos previno a la dependienta, acerca de que existía el pequeño inconveniente de que era él, precisamente, quien tendría que dar el visto bueno a todas y cada una de las prendas que adquirieran en su establecimiento, con lo cual resultaba absolutamente necesario que se las vieran puestas previamente.

La señora, hábil en echar cuentas, hizo un rápido cálculo mental y llegó a la conclusión de que el beneficio resultante de esa venta era de verdad una cantidad muy interesante. Nunca nadie había venido a equiparse completamente de lencería porque su producto era caro y a pesar de tener el establecimiento en una zona muy pudiente de Madrid, las clientas compraban poco a poco, simplemente reponiendo las prendas viejas o estropeadas. Trató de recapacitar, estudiando ventajas e inconvenientes mientras la mirada inquisitiva de sus posibles compradores no se apartaba de ella.

_ ¿Necesitaría probarse entonces? -quiso saber la señora mirando nuevamente de reojo a Ester.

_ Por supuesto –aclaró Marcos- ¿Cómo pretende si no que sepamos si le queda bien?

_ Entiendo que... -se defendía la lencera- quieren ustedes organizar una especie de pasarela de lencería, en plan privado ¿Es eso?

_ Exactamente señora –dijo el letrado- esa es la expresión correcta: pase de lencería privado.


_ Está bien, de acuerdo. Pero cerraré la tienda al público mientras se prueba.

Aquello no fue del agrado de los amos, pero no tuvieron más remedio que conformarse, al menos de momento. La dueña, mirando a su alrededor con aprensión, echó el cerrojo, corrió los visillos y colocó el cartel de “Cerrado”. A continuación se dirigió a la trastienda, pero al cabo de unos minutos regresó sujetando entre los brazos un buen montón de cajas de colores variados y tamaños diversos. Las depositó a duras penas sobre el mostrador y con sumo cuidado comenzó a extraer de ellas diferentes prendas: braguitas, tangas, bodys, medias, ligueros, sujetadores de diversas formas, hechuras, colores y tallas.

Al principio, cada vez que mostraba alguna novedad, trataba de comentar con Ester la calidad del tejido y la exclusividad del diseño, pero en vista de que la aludida no respondía en absoluto, terminó por dirigirse a Marcos y el letrado asentía o negaba según le agradase o no lo que la dependienta tan atentamente le ofrecía.
Mientras que Rafa esperaba aburrido, Ester permanecía en silencio observando con detenimiento como su amo elegía para ella la ropa, valorando con exquisito cuidado cada prenda y decidiéndose siempre por la más sexy y elegante. La chica se había tranquilizado un tanto cuando la tendera decidió que cerraría al público mientras ella se probaba. Ester pensaba que no hubiera podido resistir la humillación de entrar y salir del probador medio desnuda y con la tienda repleta de clientes.
Al cabo de un buen rato, Marcos ya había realizado una primera selección, apartando a un lado del mostrador una buena cantidad de elegantes prendas de lencería. Entonces indicó a Ester que era el momento de probarse.

_ Pasa al probador, cariño. Quítate toda la ropa y ponte este liguero con estas medias.

Ahora llegaba el momento supremo de la verdad. Ester pensó que si todo se limitaba a entrar en el probador, ponerse medias y liguero y permitir que sus amos la observaran, no resultaría demasiado difícil complacerles. Prestamente hizo lo que se le ordenó y después de cerrar la portezuela del diminuto cubículo, se desnudó y sin dificultad se colocó el liguero.

Pero vestirse unas medias de forma adecuada y elegante no resultaba tan sencillo para una mujer que no estaba acostumbrada a utilizar ese tipo de prendas; más aun teniendo en cuenta el estado de excitación y nerviosismo que experimentaba. Era incapaz de adecuar convenientemente el tamaño de los tirantillos del liguero para que las medias le quedaran perfectamente tensas y ajustadas. Le estaba resultando tarea casi imposible. Pasado un tiempo prudencial, al ver que no salía abrió Marcos inesperadamente la puerta del probador y observó sonriendo los apuros por los que pasaba Ester.

_ Por favor señora, ¿sería tan amable de ayudar a esta putita a ponerse las medias? Es tan torpe que no sabe hacerlo sola.

Aquello era lo que Ester temía. La elegante y perfumada señora se acercó al probador y comprobó los esfuerzos que la muchacha hacía por situar las medias en la posición adecuada. Apenas echó una mirada sobre el cuerpo desnudo de la chica cuando se percató de las señales que lucía en las nalgas. La señora, dirigió a Marcos una mirada cargada de suficiencia.

_ Permítame -musitó solícita mientras tensaba con mano experta el liguero, rozando con sus deditos delicados y fríos los muslos de Ester hasta colocar la prenda perfectamente en su sitio.

_ Creo que así está muy guapa –dijo Marcos- A ver cariño: ¿quieres salir de ahí y darte una vuelta para que veamos qué tal te quedan?

A Ester ese tipo de cosas le resultaban humillantes en extremo y por lo mismo, muy excitantes. Por eso y por complacer y obedecer a su amo cumplió inmediatamente la orden y caminó pausadamente por la tienda luciendo su desnudo cuerpo ataviado exclusivamente con las medias y el liguero. Después confesó, que toda aquella humillación la había excitado mucho realmente.

Pero la maniobra se reiteró con otras medias, otros ligueros, varias tangas, camisones, saltos de cama, bodys... Y paulatinamente Ester iba cogiendo confianza al tiempo que su excitación se hacía cada vez más ostensible. Entre paseo y paseo por la tienda bajo la atenta y crítica mirada de la proba dependienta, sintiendo esporádicamente el suave roce de las manos siempre frías de aquella señora y las caricias de los dedos familiares de Marcos en la piel lograron al fin una excitación completa. Sentía, cada vez que se probaba una tanga, que algo le entraba por el culo y aquella sensación resultaba para ella extremadamente excitante. También es necesario hacer constar, en honor a la verdad, que Marcos siempre regulaba a la perfección el número de sus orgasmos, quedándose indefectiblemente corto, de manera que el deseo acumulado desde hacía días facilitaba que el resultado de aquel taimado juego fuera la ostentosa excitación de su querida Cosita.

Vestida con una diminuta tanga negra, ligueros y medias del mismo color y un camisón de encaje cortito y casi transparente, también negro se encontraba Ester paseando ante la experta mirada de la dependienta y la libidinosa de su amo, cada vez más excitado. Mientras, Rafa, aunque no perdía detalle no intervenía, dando la impresión de aburrimiento. En esto golpearon suavemente la puerta del establecimiento y antes de que la propietaria pudiera evitarlo, Marcos se precipitó hacia el cerrojillo y abrió, invitando a pasar con la mejor de sus sonrisas a una chica jovencita y una señora casi cuarentona, madre e hija a juzgar por el parecido.

_ Adelante -dijo- Nosotros estamos haciendo un pase privado, pero estoy convencido de que a la modelo, que es un poco putita, no le importará en absoluto su presencia.

La madre y la hija miraban con pasmo el cuerpo semidesnudo de aquella mujer, vestida con exquisita lencería femenina. La transparencia del camisón enseñaba, más que ocultaba las formas de Ester y las marcas de los azotes eran visibles. La dueña del local quiso disculparse, empezando un ligero balbuceo, pero antes de que nadie pudiera reaccionar, ambas mujeres habían dado la vuelta dirigiéndose de nuevo, con ademán indignado, a la puerta de salida. Marcos trató de detenerlas diciéndoles que su opinión sería también muy interesante y que todo aquello no las comprometía a nada, pero ellas, sin dejarse persuadir, en menos de lo que se tarda en contarlo abandonaron el local.

La dueña, compungida, les rogó que terminaran con la compra y se marcharan, porque en el trato explícitamente se había puesto de manifiesto que la puerta permanecería cerrada, situación ésta que no se había cumplido. Comprensivo, terminó Marcos decidiendo la ropa que quería, ordenó a Ester que se vistiese y se sentó a esperar a que la paciente mujer envolviera todo y les pasara la cuenta.

En esto estaban, cuando la madre que hacía sólo cinco minutos había abandonado la tienda con altanería regresó, aporreando la puerta con la firme decisión de no cesar en los golpes hasta que la dejaran entrar. Era clienta veterana del establecimiento, de modo que a la dueña no le quedó más remedio que abrir y empezaba a mascullar una retahíla de disculpas, que la señora cortó abruptamente diciendo:

_ No me cuentes nada Veba, hija. Yo sé de qué va todo esto. Lo que nunca pude sospechar es que a ti te iba el rollo. -Y dirigiéndose a Marcos preguntó:

_ ¿Es tu esclava verdad? No sabía yo que Veba, tan santurrona ella, tuviera estas magníficas virtudes.

_ Si, es mi esclava –respondió el letrado conciliador- pero te aseguro que tu amiga no tiene nada que ver en esto, aunque se lo hemos ofrecido. Nos hizo prometer que la puerta estaría cerrada, promesa que yo incumplí y solamente a base de ofrecerle la posibilidad de una buena compra accedió a atendernos.

_ Bueno pues -dijo la señora con desenvoltura- aquí estoy yo que me encantaría continuar presenciando vuestro desfile privado.

_ Tú perdiste tu oportunidad cuando te marchaste hace un momento -sentenció con altanería-. El gordo sólo toca una vez y ahora lo dejaste pasar.

_ Hombre, comprende. Estaba la niña delante. Sería incapaz de permitir que ella se enterase.

_ Pues a veces es mejor que sean las propias madres las que descubran a las hijas todas las posibilidades del sexo. Repito que tu oportunidad ha pasado.
La compungida señora no era, desde luego, de las que se rinden ante el primer contratiempo:

_ Está bien -dijo- Pero al menos toma mi teléfono y llámame si cambias de opinión. Te pagaré bien, porque la perrita merece la pena.

Marcos aceptó la tarjeta que la señora le ofrecía prometiéndose a sí mismo llamarla algún día. Hacía tiempo que esa morbosa idea le rondaba por la cabeza: alquilar a su Cosita, no prestar como haría cualquier amigo sino alquilar a cambio de dinero como hacen los grandes empresarios y los chulos de putas. Pagó la cuenta, dando instrucciones precisas a la dueña de la lencería para que le enviaran a la mayor brevedad todos los artículos que había adquirido a su nombre al hotel Convención. Llamaron un taxi y se despidieron amablemente de ambas amigas.

El automóvil les dejó en la calle de la Ballesta, donde por entonces se encontraban todos los Sex Shops de Madrid, desde los más infectos hasta los más caros y elegantes. Estos últimos eran los que habían despertado la atención del depravado abogado. El “modus operandi” fue similar al que se había llevado a cabo en la lencería, con la diferencia de que en estos establecimientos probaron esposas, mordazas, pinzas, látigos y consoladores. Existía un local especializado en S/M, con el cual se había puesto Marcos en contacto telefónico previamente para preparar la jugada y negociando con persuasión, consiguió llegar a un pacto justo con el dependiente, un chaval de menos de treinta años que estaba realmente de vuelta de todo. Aquella misma tarde, a las cinco, podría probar en Ester todo el material que quisiese, siempre que a la sesión pudieran asistir algunos buenos amigos previamente seleccionados. La verdad es que en Madrid por aquella época no existía un local apropiado para que los amos exhibieran a las sumisas; incluso ignoramos si existe ahora. Sin embargo en Barcelona había un establecimiento en la calle Escornalbou y sabemos que ahora está abierto a determinado público el Club Rosas Cinco. Pero a lo que vamos; por entonces el dicho Sex Shop hacia en Madrid las veces del local de Escornalbou en Barcelona.

Marcos estuvo de acuerdo inmediatamente con la posibilidad de probar material delante de algunos invitados pero, siempre negociante, le hizo prometer al chaval encargado del Sex Shop, que le haría un 20% de descuento en la totalidad de los artículos que adquirieran. Aquél establecimiento había montado en la trastienda una verdadera cámara de tortura, con inmóviles maniquíes de látex en las posturas propias de amos y esclavos. El dependiente le aseguró que podría llevar a cabo una entretenida sesión a la que asistirían algunos amigos y habiendo convenido todo esto, como ya sentían hambre decidieron ir a comer a un lugar de los preferidos por Marcos.

El restaurante era nada menos que Zalacaín, en la calle Álvarez de Baena, a un paso de la plaza Dr. Marañón. Rafa se quedó atónito cuando comprobó que a Marcos le saludaban los Oyarbide, José Jiménez, el director; Custodio, el sumiller; Campillo, jefe de sala. El letrado, a su vez envió un saludo para Benja Urdiain, el cocinero. Para Rafael, era increíble que a su amigo le conocieran perfectamente y por su nombre las personas que regentaban uno de los mejores restaurantes de España en aquella época, junto con Arzak en San Sebastián. No es que el chico no hubiera comido en las mejores mesas de Cataluña, pero el carácter su padre, serio, adusto y nada comunicativo no era proclive, como el de Marcos, a entablar conversación con cocineros o jefes de sala. Para mayor abundamiento, el letrado era buen gastrónomo, degustaba y disfrutaba de lo que comía, admiraba a los grandes maestros de la cocina y no tenía ningún reparo en pedir al camarero que felicitara al chef de su parte si la presentación y realización del menú había colmado sus expectativas. Don Pere Doménech, por el contrario, comía para aplacar el hambre, independientemente de que lo hiciera en Can Fabes o en una hamburguesería. Algo parecido a lo que ocurriría si alguien con dinero pudiese contratar a Velázquez para pintar de color crema la pared del salón de su casa.

Pero hablando de Zalacaín, tenemos que decir que el matrimonio Oyarbide, fundadores del establecimiento, habían recibido el Premio Nacional de Gastronomía y clientes habituales de la casa eran Presidentes del Gobierno, altas instituciones del estado y la familia real. Verdaderamente para Rafa que a pesar de todo continuaba siendo un campesino, eran experiencias nuevas que le hacían muy feliz, disfrutando con todo como un niño la mañana de Reyes.

La comida fue apoteósica en verdad, aunque también lo fue la factura. Marcos pagó casi lo que Rafael o Ester ganaban en un mes, pero hay que tener en cuenta que resulta un gran dispendio codearse con los famosos y sentada en una mesa contigua comía, acompañada por una amiga, Dña. Amparo Illana, esposa del ex-presidente Suárez y un poco más lejos el Teniente General Gutiérrez Mellado.

Ester tampoco estaba más acostumbrada que Rafa a ver y tratar personajes de lo que llaman alta sociedad, pero no le producía ninguna satisfacción verlos ni mucho menos hablar con ellos. En cuanto a Marcos, simplemente odiaba a aquella gente con toda su alma, aunque envolvía el odio en la más exquisita cordialidad, porque está claro que ese tipo de personas son, de entrada, los propietarios del dinero y si alguien quiere ganarlo, tiene que estar a bien con ellos, porque el secreto de toda economía consiste en permanecer siempre detrás de los ricos, procurando recoger el dinero que ellos van gastando. Rafa disfrutó lo suyo, simplemente por el hecho de reconocer a tres o cuatro personas habituales en las revistas del corazón, ya se sabe: tusonas y rufianes educados, pero rufianes y tusonas al fin y al cabo.

Bebieron y bebió sobre todo Ester, por indicación de su amo, para que fuera preparándose y no hiciera mal papel en la sesión que iban a protagonizar a continuación. Le habían puesto la red de castidad, pues no se fiaban de que pudiera masturbarse sin permiso, eso que ella juraba que jamás lo haría y Marcos le había explicado detalladamente que una inobediencia de ese calibre conllevaría el inmediato despellejamiento de las nalgas a azotes. Pero prefirieron curarse en salud así que Rafa le colocó la red, por si acaso. Los dos amos estuvieron de acuerdo en que eso era lo mejor, al notar que en la lencería la excitación de Ester había sido ya muy manifiesta y en el Sex Shop completamente desvergonzada. De modo que en la propia tienda de artículos sexuales, quedó el coño de Ester protegido y aprisionado por la red de castidad, sometido a su férrea prisión.

Pero ya se aproximaba la hora de comprobar si verdaderamente los progresos de Marcos y Rafa como dominantes y los de Ester como sumisa eran suficientes como para despertar la atención de una audiencia que se suponía selecta y experimentada aunque realmente no lo era tanto. Cogieron un taxi y se dirigieron al Sex Shop.
El dueño, previsoramente, había tenido el acierto de acondicionar el local haciendo un rimero con el material estibado en el almacén. Posteriormente arrimó una docena de sillas situándolas de cara a una tarima que hacía las veces de pequeño escenario. Allí colocó un potro, forrado de cuero negro y sobre una mesa cuadrangular distribuyó, a disposición de los amos, cadenas, látigo, esposas y otros adminículos de similar jaez, mediante los cuales se esperaba que pudieran desempeñar con soltura su cometido. Estaba claro que no era la primera vez que aquellas actuaciones tenían lugar, porque el personal denotaba una cierta experiencia en la colocación de los objetos, así es que en muy poco tiempo la sala quedó acondicionada. Rafa y Marcos presenciaban todo, mientras que Ester se había retirado a otra habitación en dónde permanecía sola, atemorizada, dolorosamente consciente de su propia individualidad, expectante e indefensa.

Los invitados comenzaron a llegar, saludándose unos a otros como viejos conocidos mientras iban ocupando sus asientos. En total se pudieron contar nueve personas: siete hombres y dos mujeres. La norma de aquellas reuniones establecía una estricta puntualidad, de manera que apenas pasados unos minutos de las cinco, el establecimiento fue cerrado al público y Pablo, el dueño, hizo las presentaciones puesto en pie sobre la tarima:

_ Queridos amigos -dijo con jovialidad- os he llamado porque quiero ofreceros la oportunidad de contemplar en directo una sesión que este amo vallisoletano, asistido por su ayudante nos va a ofrecer en la persona de su Cosita. Espero que disfrutéis de todo y que al final penséis que ha merecido la pena. Ya veo que falta mucha gente que suele ser habitual, pero resulta que el asunto se concretó esta misma mañana, y me ha sido imposible avisaros con mayor antelación. Por eso muchos aficionados no han podido venir. Y ahora os presento a Marcos -terminó, sin más preámbulos señalando al aludido.

Resueltamente y ayudado por la buena cantidad de alcohol que había trasegado durante la comida se dispuso el letrado, acostumbrado a esas lides, a dirigirse con soltura a los allí reunidos. Él mismo estaba un poco sorprendido de poder representar aquel papel con tanta parsimonia y sangre fría, pero la verdad es que no le resultaba difícil. Todo le salía de un modo espontáneo y natural, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida más que sesiones de dominación. Cierto es que jugaba con la ventaja de la costumbre de hablar en público, tanto en las Salas de Audiencias como en sus clases en la Facultad de Derecho. Pero una cosa es exponer un asunto que el orador domina, aunque sea algo tan abstruso como puede serlo el concepto de “litis consortio pasiva necesaria” y otra muy diferente lo que pensaba llevar a cabo a continuación.

_ Amigos -dijo sinceramente para comenzar- quiero agradeceros en primer lugar el interés que tenéis en verme a mí, a Rafa y a la putita, pero voy a advertiros de que es la primera vez que hacemos esto en público, de modo que si la sesión no os satisface, pido disculpas desde ahora. Este -dijo señalándole- es mi amigo y ayudante, se llama Rafael y ahora vais a ver a la zorra -Y dirigiéndose a Rafa añadió- Vete a buscarla.

El aludido se trasladó rápidamente a la habitación donde Ester esperaba. Le ordenó desnudarse completamente, quitándole la red de castidad y le colocó un collar de perro. Mientras tanto Marcos continuaba hablando:

_ Estoy pensando que lo mejor es que me indiquéis lo que queréis ver o lo que queréis hacer con la zorra y trataré de complaceros en la medida de lo posible porque ella y yo tenemos un pacto que ninguno de los dos traspasa. Si lo que pedís no se contempla en el pacto no os lo podré ofrecer...

En ese momento estaba Rafa entrando en la sala, erguido y orgulloso llevando a Ester del collar, completamente desnuda y a cuatro patas como una perrita obediente. Lucía las hermosas nalgas cruzadas por los trallazos de la noche anterior que se movían rítmicamente mientras avanzaba con lentitud gateando entre los espectadores. El espectáculo resultaba sumamente excitante. Marcos esperaba en pie sobre la tarima, elevada veinte centímetros del suelo mientras los asistentes estaban sentados, con lo cual la visión que tenían de él era perfecta. Ya había examinado el letrado el poste, el potro y los diversos látigos, correas, pinzas y consoladores. Hizo subir a Ester al estrado y sin dejarla ponerse en pie se la presentó al auditorio:

_ Esta es mi puta particular, de la que os hablé. Como veis, ahora tiene las nalgas muy marcadas porque ayer desobedeció a Rafa y tuvimos que castigarla. Eso nos priva de la posibilidad de volver a azotarla hoy, porque no puedo dejar tantas marcas en su culito, pero otra cosa se me ocurrirá. No me negareis que es muy guapa ¿eh? Levántate para que te vean -ordenó a Ester.

Esta se puso en pie con presteza, pero continuó con la cabeza baja y la mirada en el suelo. Un murmullo de admiración recorrió la sala. Marcos la acariciaba y pellizcaba suavemente los pezones.

_ Date la vuelta cielo. Estos amigos querrán ver tus nalgas -Apenas acababa el amo de hablar cuando Ester se había girado 180 grados mostrando al público su señalado culo y su espalda. El letrado continuaba acariciándola.

_ Está bien ¿eh? Y no habéis visto lo mejor. Zorra, ponte a cuatro patas con el culo en pompa y sepárate bien las nalgas con las manos. Pablo, por favor ¿Tienes supositorios o una lavativa?

Ester, en la postura indicada mostraba a todo el mundo su ano, completamente dilatado debido a la excitación. Aquello, aunque era humillante, le proporcionaba placer, porque la gente que la estaba observando con tanta atención, sabía a qué iba allí y lo que quería ver, a diferencia de lo ocurrido en el restaurante, en la lencería y con la camarera

Pablo les acercó una caja de supositorios y un tubo de glicerina y Marcos untó perfectamente la raja del culo de Ester con la crema, introduciendo un par de dedos en el ano.

_ ¡Cómo estás cariño! -Exclamó al comprobar la dilatación de aquél recto- ¿Eres una cochinita o es que el asunto te está gustando? ¿Te gusta que te vean estos amigos?

_ Si, si -confesó Ester sintiendo dos de los dedos de su amo en el culo, mientras el auditorio sonreía.

_ Pues ahora vas a darnos un pequeño espectáculo -Y diciendo esto introdujo un supositorio de glicerina en aquel dilatado ano, empujando hasta el fondo con el dedo. Parte del público, puesto en pie, se había acercado para no perderse detalle. Algunos hombres se acariciaban el pene por encima del pantalón, excitándose, mientras que una de las parejas se masturbaba a dúo.

Penetró un segundo y frío supositorio y luego un tercero, llenando el culo de Ester de glicerina oleosa y escurridiza. Los retortijones empezaban a hacer mella en ella y Marcos, dirigiéndose al público preguntó si querían presenciar lo que venía a continuación o preferían que la putita se retirase a hacerlo al servicio. Hubo división de opiniones. Una de las chicas dijo:

_ A mí me gustaría verlo pero la verdad es que huele muy mal.

Entonces Pablo, el dueño del Sex Shop terció:

_ Si es sólo ese el problema, le podemos poner unas braguitas de plástico, que ajustan perfectamente sin dejar escapar nada de olor ni de otra cosa, pero que al ser transparentes permiten ver toda la operación.

El público votó mayoritariamente por esa inteligente propuesta. El letrado, que desconocía la existencia de esa maravillosa prenda dentro de la variada tecnología de la humillación, se apresuró a tomar mentalmente buena nota, con la intención de adquirir un par de ellas al finalizar la sesión. Si existía la posibilidad de observar a Ester haciendo de vientre sin necesidad de soportar los olores propios de la acción, él quería hacer uso reiterado de esa posibilidad.

Se retiró Pablo y buscó en una estantería, regresando enseguida con la prenda, que resultó ser una especie de pantaloncitos para bebés, aunque de la talla adecuada, que se ajustaban perfectamente a los muslos y a la cintura mediante unas gomas aparentes que se apretaban y se ataban. En general aquella suerte de braguita, ligeramente elástica se pegaba completamente a la piel y debido a su total transparencia permitía la visión de todo lo que ocurría bajo ella. Ester fue obligada a ponerse aquello y después, siguiendo las indicaciones de su amo, se colocó a cuatro patas en la posición de la perrita, mostrando el culo a los espectadores. Marcos, sentado cómodamente sobre su espalda, de cara a la grupa, separaba las nalgas con sus manos y a través del sutil aunque resistente plástico enseñaba el ano, extraordinariamente dilatado de Ester.

_ Cuando queráis -dijo dirigiéndose a los espectadores. Varias excitadas voces respondieron “¡Ahora, ahora mismo”

_ Bueno mi querida Cosita, no me defraudes. Has comido bien, tienes ganas y debes tener una buena cantidad que echar así que ¡échala! ¡Empuja fuerte!

La postura no era la más apropiada lo cual obligó a la chica a realizar un trabajo considerable, contrayendo varias veces los músculos del vientre y tratando de empujar hacia afuera todo lo que le llenaba el intestino. Tanto esfuerzo se vio al fin recompensado y precedida por una ventosidad, apareció una buena cantidad de mierda, caliente y pastosa que saliendo de su ano iba llenando casi por completo los pantaloncitos impermeables. El público aplaudía.

_ Vete a ducharte cochina. Y preséntate de nuevo aquí inmediatamente.
Pablo la condujo al tugurio que hacía de servicio en el establecimiento: un cuartucho oscuro, infecto y maloliente en el que se podía ver, a la tenue luz de una bombilla sucia de 40 vatios que colgaba del techo, una taza de retrete y una ducha de teléfono, pero todo ello oxidado y apestoso. Ester se despojó de la prenda que había mantenido al público a salvo de olores y por indicación del dueño la depositó en una bolsa de basura que cerró herméticamente. A continuación se introdujo en la ducha y ayudándose con el teléfono logró retirar de sus nalgas y su culo la totalidad de la porquería que se le había quedado pegada, aunque la llegada de un nuevo retortijón le obligó a paralizar momentáneamente sus labores de aseo para sentarse con apuro en el retrete y terminar de evacuar el escaso material que ya le quedaba en el intestino. Realizar todas aquellas actividades en presencia de Pablo resultaba verdaderamente humillante y por tanto extraordinariamente excitante para ella, según confesó después a sus amos. Por fin logró ducharse, enjabonándose perfectamente con una esponja y un gel oloroso, únicas concesiones a la modernidad existentes en aquel garito. Cuando dio por terminadas sus abluciones y siempre bajo la mirada vigilante de Pablo se reintegró al escenario escrupulosamente limpia, perfumada y apetecible.

_ Espero que esto os haya gustado. Creo que ahora vamos a atarla al poste y la voy a dejar en vuestras manos. Podéis hacerle lo que más os guste, menos azotarla en las nalgas porque como ya os dije, hoy están demasiado castigadas.

Sujetaron a Ester fuertemente las manos a una argolla que colgaba de lo alto del poste, con lo cual quedó totalmente desnuda de frente y expuesta a los deseos de los espectadores. Se acercó un hombre de unos cincuenta años y cogiendo unas pinzas se las colocó en los pezones mientras la obligaba a darle las gracias.

_ Cada vez que tú me des las gracias -le dijo con suavidad al oído- yo continuaré acariciándote el coño.

Ester, para que con la excitación le resultara más llevadero el agudo dolor que las pinzas infligían a sus pezones, murmuraba ininterrumpidamente: “Gracias, señor, gracias señor”

Pero otros espectadores reclamaban su turno con premura. Uno de ellos, le dio la vuelta y sujetó su cintura al poste, de forma que ahora la espalda, las lastimadas nalgas y las corvas quedaban perfectamente a la vista. El dolor de las pinzas se acercaba al límite de lo soportable, según Ester comentó después.

_ No se le puede azotar el culo, pero supongo que las piernas si -inquirió aquél caballero dirigiendo su mirada a Marcos.

_ ¡Ah! Por supuesto -dije él orgulloso- aquí tienes un látigo.

Con maestría, aquel individuo descargo veinte latigazos sobre los muslos de Ester, que gritaba después de cada impacto mientras que el color blanco de la piel de sus piernas se iba tornando rojo en estrechas franjas horizontales. El torturador, con la picha fuera del pantalón y mostrando una erección palpable, pidió permiso para desatarla y tumbarla en el potro. Se le concedió la licencia y Ester se vio atada de nuevo, con mano maestra, pero esta vez al potro, boca abajo, los pies apoyados en el suelo y las piernas terriblemente separadas, mostrando la totalidad de la raja del culo y la extraordinaria abertura de su ano.

_ ¡Está depilada! -exclamó el caballero sin poderse contener cuando se percató de la ausencia de vello entre las nalgas de la chica. Al oírlo, varios espectadores se levantaron prestamente, acercándose y comprobando por sí mismos, muy por lo menudo, la veracidad de aquella observación. Incluso hubo algunos, más osados que el resto, que pasaron las manos una y otra vez por la raja del culo de Ester para cerciorarse, sin posibilidad de duda, de que aquella parte del cuerpo estaba auténticamente libre de vello. “Tiene un culo muy femenino” comentó alguien. En general todos los asistentes valoraron mucho esta particularidad del depilado y Marcos fue calurosamente felicitado por ello.

Mientras, Ester esperaba en aquella incómoda postura. El roce de las pinzas contra el cuero del potro atormentaba aun más sus pezones produciéndole un dolor insoportable, aunque su eventual torturador, haciendo caso omiso a las desgarradas súplicas de la chica se impregnó el pene con gel lubricante y sin mediar palabra lo introdujo hasta la mitad en aquél culo ofrecido. Ester dio un respingo pero el hombre arremetió un par de veces más hasta conseguir enterrar la totalidad de su polla en el apetecible y receptivo recto que se le ofrecía. Con un par de movimientos se vació completamente mientras resoplaba como una mula.

Aquello fue muy aplaudido y una de las mujeres presentes dijo que había llegado la hora de los coños. Desató a Ester y le quitó las pinzas que aún llevaba puestas. Un alarido de dolor fue la respuesta de la chica, que se repitió, aun más intenso, cuando la perversa le acarició los pezones y no con suavidad. Fue nuevamente tumbada en el potro, esta vez boca arriba, con la cabeza colgando, las manos libres y las piernas firmemente sujetas. La señora hizo coincidir su vagina con la boca de la sumisa y le ordenó que chupara porque quería sentir la lengua en su interior. Ester se dedicó a ello con entusiasmo, mientras la mujer le acariciaba suavemente las tetas y el coño, aunque pellizcándole con crueldad los pezones si observaba que los movimientos de la lengua en su vagina decaían demasiado. En un determinado momento, la mujer se volvió de espaldas y le ofreció el ano, donde Ester metió también la lengua, chupando y chupando mientras ella se masturbaba frotándose el clítoris con una mano y metiendo tres dedos de la otra en su propio coño, hasta que le sobrevino el orgasmo y el público prorrumpió en aplausos estentóreos.

_ ¡Alto! -dijo la desconocida- aun no he terminado. Y añadió:

_ Pablo, trae el cubo, anda.

El aludido se aproximó con un cubo de plástico del tipo de los que se utilizan para le fregona y lo colocó con cuidado justo debajo de la colgante cabeza de Ester.
La mujer tomó posiciones. Apoyó el coño en la abierta boca de la chica y esta sintió que un chorro de orina caliente y amarga se la llenaba poco a poco, rebosaba y escurría por las comisuras de los labios. Debido a la posición colgante de la cabeza le resultaba imposible no tragar buena parte de la lluvia dorada que estaba recibiendo. Pero la sobrante le escurría hacia la nariz y los ojos, terminando por caer en el recipiente que astutamente había situado Pablo bajo su cabeza. Cuando la señora se retiró después de vaciar su vejiga, Ester cerró la boca, todavía llena de orina y sintió como el líquido dorado bañaba su cara, penetraba en la nariz, le mojaba los ojos y llegaba incluso a escurrirle por el pelo, terminando por caer en el interior del cubo en forma de abundante goteo.

Una pareja joven, quiso compartirla probándola a la par. Para ello, le pusieron un consolador doble, metiendo una parte en la vagina de Ester. La chica, de unos treinta años, menuda, nerviosa y fea, se sentó sobre la otra parte iniciando una tenaz cabalgada mientras que él, treinta y tantos, fornido y apetecible, ofreció su pene a la dolorida boca que sin embargo aun tuvo fuerzas para chupar aquello hasta que sintió el líquido blanco chocar contra su lengua. Nuevos aplausos, pero la chica no había tenido bastante y se quedó montada mientras otro joven ocupaba el puesto que el novio había dejado libre entre los labios de Ester. Cuando este segundo invasor eyaculó, por la cara de Ester resbalaban gotas de semen que salían de su boca, y se mezclaban con la orina que todavía no se había secado del todo. La chica, sin embargo, aún no había conseguido todo lo que deseaba así que frenéticamente continuó su cabalgada y otro hombre, de más de sesenta años, ocupó la boca que había quedado libre. Ester, con las mandíbulas doloridas de tanto chupar se ayudaba con las manos en sus caricias al nuevo invasor ya que, previsoramente, no se las habían encadenado. La chavala que la montaba, solicitó el permiso de Marcos para hacer que su querida Cosita tuviera un orgasmo, aunque el amo, que conocía a la sumisa mejor que nadie en el mundo, ya había notado que llevaba conseguidos uno tras otro, pero concedió su permiso para que hicieran con Cosita lo que quisieran. Así pues, llegó el momento en que el viejo, sintiendo que se corría le ordenó a Ester sacar la lengua, abrir la boca y acariciarle con más fuerza hasta que aquel pene escupió su líquido sobre la lengua que le acariciaba, a la vez que la chica aullaba como una posesa, mordiendo y arañando el pecho de Ester y esta se corría una vez más, blandamente, mansamente, dejando que sus cálidos líquidos fluyeran a través del consolador que la chica que la cabalgaba movía con singular maestría.

Nadie más la quiso probar por lo que se estaba dando por acabada la sesión cuando el acompañante de la primera mujer, la que le orinó encima dijo:

_ Un momento por favor. Mara quiere probar una cosa pero no se atreve y creo que es el momento de no renunciar a nada. ¿No os parece?

Intervino Marcos:

_ No te cortes cariño ¿Qué quieres hacer?

_ Me gustaría ponerme un consolador doble y darle por el culo. Me da mucho morbo.

_ Eso está hecho, cielo –dijo el amo- Sube aquí y elige el que más te guste.

La mujer subió al estrado con determinación. Entre ella y Marcos escogieron un consolador doble, con la parte destinada a la vagina lo suficientemente larga y gruesa como para que la señora pudiera obtener su correspondiente dosis de placer, pero con la parte destinada al ano de Ester adecuadamente fina y corta como para no desgarrarla. Un consolador, en fin, aparente para los designios de aquella chica.
Mientras toda aquella gente estaba disfrutando de Cosita, tanto Rafa como Marcos no podían permanecer impasibles. Poco a poco se fueron quitando ropa hasta llegar a despojarse completamente de ella presenciando, desnudos y excitados, todas y cada una de las sevicias que aquella gente practicaba con su Ester, sintiéndose llenos de deseo, orgullosos de poseer aquél magnífico ejemplar y siendo felicitados por todos con auténtica admiración y no poca malsana envidia. Cuando la mujer se desvistió, fue el propio Marcos, totalmente desnudo quien le colocó un poco de vaselina en el interior de la vagina para facilitar la entrada del consolador, mientras la miraba con ojos de deseo. Al público no le había pasado inadvertida la situación y aplaudía frenéticamente.

_ ¿No te gustaría que yo te follara a ti también? –preguntó el letrado insinuante y descarado.

_ No, quiero follármela a ella -un murmullo de decepción recorrió la sala. Pero la señora añadió:

_ Al menos de momento... -Y los aplausos volvieron a surgir.

Ayudó Marcos a la mujer a ponerse el consolador, introduciéndoselo delicadamente en la vagina mientras le acariciaba el clítoris. Después se lo ajustó y ató a la cintura con suavidad pero con firmeza, porque el truco de esto es que el artilugio no se mueva de su sitio, para que así los empujones que da en el culo de la persona que está siendo sodomizada se transmitan íntegramente a la vagina de la sodomizadora.
Se ordenó a Ester tumbarse boca arriba, con las piernas recogidas y las rodillas a la altura de los hombros en la postura que tan bien conocía. Marcos le introdujo la vaselina en el ano y la mujer se tumbó sobre ella.

_ Métetelo tu sola, cerdita. Guía tú el consolador hasta la entrada de tu culo. Cuando lo tengas colocado me avisas.

La gente se había levantado y rodeaba la escena. Ester, tomó el consolador que sobresalía de la vagina de aquella mujer y lo introdujo ligeramente en su culo. Cuando pensó que estaba bien posicionado avisó con un tenue:

_ Ya está.

Entonces la mujer apretó hasta sentir que la presión de su vagina se transmitía al culo de aquella desconocida y comenzó unos movimientos de vaivén, observando la cara de placer de la sumisa mientras le ordenaba:

_ Mastúrbate, tócate tú el clítoris porque quiero que te corras conmigo.
Ester obedeció sintiendo como el culo se le abría más y más a medida que su excitación aumentaba. En aquel infernal círculo cuanto más se excitaba, más se le abría el culo y con mayor profundidad le entraba el consolador, por lo cual más se excitaba. Esto tuvo como consecuencia que el aparato llegase a desaparecer casi por completo en el interior de su cuerpo mientras los movimientos de la mujer aumentaban frenéticamente de ritmo hasta que estalló en un orgasmo, acompañado por grandes gritos. Ester consiguió también otro profundo y placentero, sintiendo los espasmos en el ano. No pudo tampoco evitar gritar de placer. Todo terminó con un apasionado beso de la señora en los carnosos labios de Cosita.

_ Quítate el consolador, preciosa -le pidió Marcos repentinamente a la chica- porque ahora nos toca a nosotros.

Ordenó a Ester que fuera a lavarse y a vestirse. Rafa se colocó boca arriba sobre el potro. Acto seguido Marcos se dirigió a la desconocida:

_ ¿No te gustaría sentarte ahí? –le preguntó señalando la polla de Rafa
La mujer dudó un momento pero su novio o acompañante la animó. Se sentó entonces metiéndose la polla de Rafa en la vagina, inclinándose y dejando al descubierto el ano. Apuntó Marcos el pene hacia al abierto culo que se le ofrecía, y consiguió, no sin cierta dificultad la penetración. Durante cinco minutos cabalgaron los tres al unísono, encadenando la mujer varios orgasmos, hasta que Rafa se corrió, como era su costumbre entre grandes espasmos y alaridos y Marcos, sacándole la polla del culo se masturbó derramando el semen sobre sus nalgas.

Ester ya había salido de la ducha perfectamente vestida y aseada, a tiempo de comprobar cómo los asistentes felicitaban a su amo y depositaban, uno a uno, ciertas cantidades de dinero en su mano mientras él les entregaba amablemente una tarjeta con un apartado de correos y los despedía. Cuando todo el mundo se hubo retirado, tuvieron ocasión de realizar un apresurado recuento comprobando que habían recaudado al pie de siete mil pesetas lo cual junto con otras quince mil que suponía el descuento por el abundante material que se llevaban, redondeaba una cifra cercana a los cinco mil duros. Pensaba Rafa que habían hecho un gran negocio, sin embargo todo aquello para quien resultó verdaderamente productivo fue para el establecimiento, pues Pablo les comunicó que entre ventas que había hecho (uno de los participantes le encargó un potro) y las entradas que había cobrado, sus ganancias se acercaban a las cincuenta mil pesetas así que le había resultado la operación muy lucrativa, como se esperaba.

Salieron a tomar un café y aprovechó Marcos para darle a su chica las más fervientes muestras de amor y consideración Le dijo que lo había hecho muy bien, que estaba muy orgulloso de ella y que la quería con locura. Ella le respondió que había quedado tan satisfecha, habían sido tantos los orgasmos que pensaba que nunca más volvería a tener ganas. Evidentemente esto no fue así, pero creemos que en aquel momento si le hubiesen propuesto otro juego, se habría negado, aunque esa situación, esa sensación de estar plenamente satisfecha en lo sexual, se repetía casi todos los fines de semana durante todos los años que duró su relación. Llegaba a dolerle la vagina y el culo de tanto ser follada.

Se dirigieron al hotel, se ducharon, se asearon, recogieron sus cosas y enfilaron el coche en dirección a Valladolid. Durante el viaje Ester dijo que estaba dispuesta a repetir lo del Sex Shop, pero lo del restaurante, la camarera y la lencería no volvería a hacerlo nunca más. No le había gustado. Como se podrá comprender fácilmente, la exhibición se repitió, no sólo en Madrid sino también en el local de Escornalbou en Barcelona. Tenemos noticias de que últimamente un grupo de aficionados, alquilan un día a la semana un Pub en Madrid para reunirse, hacer exhibiciones, intercambios, etc. Pero ese local nosotros ya no lo conocemos. Pertenece a una nueva generación.

El sábado y el domingo los dedicaron al turismo, visitando El Prado, paseando por Rosales, el Madrid de los Austrias, la Puerta de Toledo… Comieron en Las Cuevas de Luís Candelas y se comportaron como cualquier visitante japonés.

Ya era de noche el domingo cuando llegaron los tres rendidos a casa.

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