viernes, 20 de noviembre de 2009

XIV UN VIAJE A MADRID




Gran parte del instrumental que necesitaban para sus juegos lo adquirieron por correo. En la inefable revista SadoMaso, desgraciadamente desaparecida y pionera en castellano sobre el tema, aparecía publicidad de los mejores Sex Shops especializados no sólo de España, sino de Europa. Los establecimientos españoles se concentraban en buena medida en Barcelona y los europeos en Amsterdam y el Reino Unido, pero ofrecían la posibilidad de realizar pedidos a cobro revertido, o mediante Visa o Master Card que solían ser enviados con diligencia y en discretos envoltorios. De esta forma adquirieron un rebenque de siete colas, una fusta, una regla forrada de cuero y una fina tralla como instrumentos de castigo. También compraron consoladores anales, además de los que ya tenían Marcos y Ester, otro doble para vagina y ano, una mordaza de bola, una braga con consolador incorporado, bolas chinas y plugs para el culo. Marcos se había ocupado de construir él mismo una serie de pequeños consoladores de teflón de forma apropiada para poderlos llevar insertados en el ano y sujetos con finas cuerdas a la cintura. Adquirieron también un antifaz ciego de cuero y una máscara. El cinturón y la red de castidad tuvieron que pedirlos a Amsterdam, pero también se hicieron con esos aparatos.

Ciertamente invirtieron en juguetes un pequeño capital, porque este material es inexplicablemente muy caro, pero poco a poco llegaron a reunir la cantidad suficiente de estos adminículos como para poder considerar que estaban bastante bien surtidos. ¿Por qué pues les pareció imprescindible ir a Madrid? Existía un pequeño problema que no era factible solventar por correo. Marcos y Rafa deseaban ropa adecuada para vestir a Ester, otorgándole el papel de hacendosa y eficiente sirvienta con uniforme de color oscuro y minúscula falda, delantal y cofia blancos, guantes a juego y zapato de tacón.

También necesitaban para ella exquisita lencería femenina muy sexy y preciosa. Era por tanto absolutamente necesario que Ester se probara esa ropa porque, debido a que podría después quedarle mal, era demasiado arriesgado adquirirla por correo. En principio tenían pensado acudir al único Sex Shop de Madrid especializado en este asunto y recomendado por SadoMaso que se hallaba en la calle Hortaleza, entre Gran Vía y Alonso Martínez. Sin embargo cayeron en la cuenta de que las prendas sexy podían comprarse en cualquier establecimiento aunque no fuera dedicado específicamente al sexo o al sado. Los tres eran conscientes de que en Valladolid resultaba imposible realizar esas compras si Ester se tenía que probar de la forma en que los amos deseaban. Sabemos perfectamente lo que es una ciudad pequeña y nuestra pareja, sobre todo Marcos, era demasiado conocida para que el tipo de pruebas que tenían en el pensamiento se pudieran realizar sin correr el riesgo de que la cosa trascendiera. También sabían que esas actividades figuraban explícitamente como prohibidas en el pacto que habían hecho, sin embargo los amos estaban ciertos de que de alguna forma iban a conseguir que la sumisa les diera ese capricho.

Pararon a tomar café en Las Chimeneas, un área de servicio de la autopista a mitad de camino entre Valladolid y la capital. Rafa no conocía Madrid y Marcos y Ester se habían propuesto hacerle disfrutar de la villa todo lo que pudieran. Por entonces la Comunidad Autónoma de Castilla y León, apenas tenía responsabilidades transferidas y todos los asuntos de la Administración estaban centralizados en Madrid de manera que muchos vallisoletanos se veían en la obligación de desplazarse a la capital por negocios o trabajo; o bien, como otros hacían, nombrar allí un representante. Habitualmente, cuando Marcos tenía que pernoctar en Madrid ya fuera por placer o para gestionar algún asunto del bufete, solía hacerlo en el hotel Convención de la calle O’ Donell, un cinco estrellas obscenamente lujoso, que abonaba siempre con cargo a la empresa que en aquel momento tuviera. Pues allí reservaron una habitación individual y otra doble. La categoría del establecimiento aunque hubiera sido totalmente inimaginable para Ester, de no ser por Marcos, no lo era para Rafa que estaba más acostumbrado a moverse en esos ambientes. La reserva incluía únicamente el desayuno, lo cual les ofrecía la oportunidad de salir a comer y cenar cada día a un restaurante diferente de Madrid.

A partir de Villacastín, todo resultó desconocido para el catalán: le encantó pasar cerca de El Pardo y de La Zarzuela... En fin: estaba como un niño la mañana del seis de Enero. Cada vez que avistaban un lugar del cual el chico tenía noticia o aparecía ante ellos algún edificio famoso aunque nunca lo hubiera visto, no dejaba de lanzar exclamaciones con una actitud que Marcos condenó inmediatamente como hortera mientras que a Ester, terciando, le pareció simplemente espontánea.

_ Bueno hombre, para ya que se te van a caer las bellotas del bolsillo. Cuando bajemos del coche tu haz como si no fueras de pueblo -le dijo Marcos jocosamente mientras conducía después de que el chico hubiera exclamado: “¡¡¡ Mira!!! ¡¡¡ La Puerta de Alcalá!!!” chillando y palmoteando como un niño.

Ante el comentario de su amigo, el muchacho se quedó callado y haciendo gala de su timidez dijo:

_ Bueno, soy de un pueblo que se llama Barcelona. Como tú eres de una gran capital como Laxe te pediré permiso para hacer comentarios.

_ No es eso, pero creo que te pasas y vas a dar una imagen de paleto. ¿No te parece Ester?

Aquí se vieron las tablas de la aludida que desde su asiento comentó:

_ No me parece paleto en absoluto. Me parece de una espontaneidad envidiable. No hay que ser tan estirados y circunspectos siempre.

A este comentario, expresado con educación pero con sinceridad, contestó Marcos sin poder evitarlo:

_ Te quiero Ester, te quiero de verdad. Estoy enamorado de ti.
El caso es que con razón o sin ella, viniendo a cuento o no, Marcos y Ester se declaraban cada poco su amor. Resultaban algo empalagosos quizá, pero realmente tenemos por absolutamente cierto y averiguado que se amaban con verdadera pasión y absoluta sinceridad. Incluso podemos afirmar sin miedo a quedar por mentirosos que Marcos jamás amó a nadie así.

Llegaron al hotel y Rafa bajó para avisar a recepción. Ya se sabe la parafernalia de los hoteles de lujo: botones, aparcacoches, reverencias, zalemas... Guiados por un mozo solícito, llegaron a sus habitaciones, contiguas y ambas excelentes.
No hace falta describir las habitaciones: televisión, radio, bar, toallas, bañadera de hidromasaje, gel, champú, teléfono. A los tres les parecieron magníficas.

Como norma, se estableció que Ester y Marcos dormirían en la habitación doble y Rafa en la individual, aunque los amos hicieron notar que quizá decidiesen cambiar esa regla, en función de que el comportamiento de ella fuese o no el esperado. Realmente Marcos era un maestro en preparar las circunstancias para tratar de doblegar la voluntad de una persona. Cuando Ester se portaba mal, el primer castigo era la ausencia de sexo y el segundo y más duro era la prohibición de dormir con él. En multitud de ocasiones le solicitaba, estando castigada, dormir abrazada a su amo; pero siempre escuchó una negativa hasta que el tiempo del castigo no estaba inexorablemente cumplido. Y aunque Ester, nunca se desmoralizaba y continuaba demandando ese pequeño privilegio con verdadera reiteración, Marcos jamás le levantó la condena. Esto le hacía entender al amo que para ella constituía un asunto de suma importancia el hecho de que él accediera a compartir con ella su cama y por eso aquél día pensaba ofrecérselo como premio a cambio de que Ester se prestase a llevar a cabo lo que sus dueños deseaban.

Aquella misma noche, después de ducharse y arreglarse convenientemente, fueron a cenar al Príncipe de Viana, en la calle Falla. Como primera medida, Ester salió del hotel sin ropa interior, y durante la cena fue obligada a mantener en todo momento la excitación, para lo cual debía meter la mano con disimulo por debajo de la falda y manipularse el clítoris. Cada cierto tiempo revisaba alguno de sus amos su estado tocándole el sexo a hurtadillas bajo la mesa. Cuando llegaron los postres, la excitación de Ester había adquirido un carácter dramático.

_ Rafa ¿me haces un favor? –preguntó Marcos. Y sin esperar a que el aludido respondiera continuó:

_ Vete con Cosita al servicio y métele un consolador en el coñito. Lo traigo aquí -afirmó previsoramente a la vez que le pasaba a Rafa un pequeño envoltorio.

_ ¿Y cómo quieres que haga para metérselo?

_ Ese es asunto tuyo y de ella. Preocúpate solamente de que no se masturbe y ponle el consolador. Cuando lo consigas, se lo sujetas bien a la cintura con las correas y os volvéis a la mesa

_ Ven conmigo -dijo entonces Rafa dirigiéndose a Ester. Y esta, sumisamente lo siguió hasta los servicios.

El Príncipe de Viana tiene, o tenía por entonces, una zona común en los servicios, para ambos sexos donde había lavamanos y máquinas para limpiar zapatos y luego una zona independiente para caballeros y otra para señoras. Rafa pensó, con buen criterio, que en caso de ser descubiertos, daría menos escándalo que la vieran a ella en el servicio de caballeros que si le ven a él en el de señoras, así que entraron los dos en la zona reservada al género masculino que en aquel momento estaba vacía. Rafa la conminó a que se bajase la falda y se pusiera en la posición adecuada para recibir el consolador en la vagina, con las piernas abiertas y separadas. La mujer, por miedo a ser descubierta, trataba de negociar un permiso para ponerse el consolador ella sola en la intimidad de un retrete. Rafa alegaba que las instrucciones de Marcos habían sido precisas y que era él quien debía meterle el consolador en el coño. De modo que imperativamente la requirió para que se bajase la falda y abriese las piernas. Ester continuaba pidiendo, cada vez menos fervientemente que se le permitiera hacerlo a ella. Pero Rafa era realmente dominante y en ningún caso iba a ceder. Terminó impacientándose:

_ ¿Quieres que te la baje yo? -preguntó por fin desesperado- ¡Desabróchate la puta blusa que te voy a dejar los pezones como un sacacorchos! ¡Verás si te bajas la falda!

Ester, mostrando por fin su mejor disposición, obedeció y en aquél momento un elegante caballero entró en el servicio. La chica corrió a esconderse en un retrete, aunque demasiado tarde porque para el desconocido la maniobra había resultado evidente, ya que tuvo tiempo de ver la mano de un chico bajo la desabrochada blusa de una mujer que además tenía la falda en los tobillos, encontrándose totalmente desnuda de cintura para abajo. El caballero y Rafa sin pronunciar una palabra, se quedaron mirándose. Al fin el catalán se decidió a hablar:

_ Tío -dijo dirigiéndose al desconocido- ¿quieres ver algo que no has visto nunca? -y ante la pasividad del caballero continuó- venga tío, no te cortes, ponte en la puerta, que no tardamos nada.

Dejándose arrastrar por las impetuosas frases del joven, el hombre obedeció mecánicamente y atrancó con su propio cuerpo la puerta de entrada a los servicios. En aquél momento Rafa arrastró a Ester por un brazo fuera del retrete y le ordenó que se pusiera frente a ellos, con la falda en los tobillos y la blusa desabrochada pero sin perder ni un segundo. Así lo hizo Ester con presteza y su amo, acercándose a ella, procedió a pellizcarle ambos pezones con los dedos pulgar e índice, retorciéndoselos con verdadero ensañamiento hasta conseguir que la chica cayera de rodillas y logrando que se le escapasen gritos de dolor. El caballero, apoyado en la puerta, observaba pasmado la escena sin saber a ciencia cierta cómo iba a acabar aquella impremeditada aventura. Rafael colocó entonces con facilidad el consolador en el coño de la chica que continuaba a cuatro patas en el suelo y a continuación lo sujetó con las correas firmemente a la cintura.

_ Déjame salir a mí ahora, que yo terminé mi curre -dijo dirigiéndose imperativamente al estupefacto desconocido. Y añadió:

_ Ahí la tienes, puedes hacer con ella lo que quieras, pero sin salir de aquí ¿eh? No te la puedes llevar a casa porque es nuestra. Y tú pórtate bien -le dijo a Ester mientras desaparecía dirigiéndose al comedor.

La situación era realmente morbosa. Ester, con el consolador en el coño, la blusa desabrochada y la falda por los tobillos se encontraba, por orden de su amo, a la entera disposición de un desconocido en el servicio de uno de los más elegantes restaurantes de Madrid. Aquél caballero, reaccionando a tiempo con prudencia, no se atrevió a llevar a cabo lo que sin duda su deseo le pedía y renunció a continuar y a aprovecharse del supuesto privilegio que le habían concedido, limitándose a regresar a su mesa sin pronunciar una sola palabra. Cuando Ester quedó sola, se arregló la ropa, abandonó el servicio y volvió a sentarse al lado de sus amos.

_ Ya me ha contado Rafa la aventurita –dijo Marcos a modo de saludo- ¿No le gustaste al viejo?

_ No lo sé –respondió ella sumisamente- yo creo que no se atrevió.

_ Y tú ¿te hubieras atrevido?

_ Yo solamente quiero complacerte.

El desconocido protagonista de la aventura, era un distinguido y noble sesentón que cenaba en una mesa contigua con una señora y lanzaba furtiva y repetidamente inquisitivas miradas a Ester. Marcos no dejó de darse cuenta de ello.

_ No te quita la vista de encima Cosita -dijo- Vamos a darle otra oportunidad. Quiero que cada vez que te mire le guiñes el ojo. Su mujer, o lo que sea, está de espaldas a nosotros y no te puede ver. Provócale, incítale, haz lo que quieras mientras tomamos el café pero tienes que conseguir que cuando tú vuelvas a ir al servicio el hombre te siga.

_ ¿Tengo que volver al servicio? -preguntó Ester. A lo que su amo repuso mientras le enseñaba las bolas chinas:

_ No querrás meterte esto aquí, a la vista de todo el mundo. Y tienes que darme las gracias porque he sido previsor y también traje lubricante.

La situación era para los tres verdaderamente excitante. Ester respondía con guiños y realizando obscenos gestos con la lengua a las miradas que cada vez con mayor descaro le dirigía el desconocido mientras Marcos, por debajo de la mesa, le acariciaba el clítoris y procuraba mover el consolador para que se mantuviera bien excitada. En esos momentos su amo era consciente de que el poder que tenía sobre ella se estaba manifestando en toda su gloria y extensión, como el de Jesucristo el día de la resurrección; veía su mirada de deseo y sentía la tensión en su clítoris cuando lo acariciaba mientras observaba complacido los gestos y guiños de Ester dirigidos al desconocido. Por su parte, Rafael presenciaba la escena sin pronunciar palabra, como en él solía ser habitual, haciendo el papel de espectador o figurante y dejando en manos de Marcos la responsabilidad de la dirección de la obra.

Terminado que se hubo el café, puso el letrado las bolas chinas y el tubito de vaselina en la mano de Ester ordenándole que volviera al servicio y regresara con todas las bolas enterradas en su culo, pero sin olvidarse de invitar discretamente al caballero a acompañarla y a observarla mientras lo hacía. Dicho y hecho, la chica se levantó y dirigiendo al desconocido un casi imperceptible movimiento de cabeza se encaminó lentamente a los servicios.

Entró y se entretuvo el tiempo suficiente, en la zona mixta, lavándose las manos con parsimonia y esperando que aquel hombre la hubiera seguido con discreción. Ya estaba a punto de rendirse pensando en realizar a solas el encargo, cuando la puerta se abrió y el señor penetró en el servicio cerrando con presura, tras de sí.

_ ¿Qué quieres? -preguntó a bocajarro- ¿No tienes bastante con los dos que te acompañan? ¿Qué es eso del consolador que te han puesto?

Ester le explicó sucintamente la situación:

_ Yo pertenezco al hombre alto, de los dos que están en la mesa. Quiero decir que soy suya, de su propiedad. Por su orden me han puesto el consolador y también por su orden te he hecho gestos y guiños hasta conseguir que estés aquí. Asimismo me ha mandado -continuó mostrándole lo que traía en la mano- introducirme estas bolas en el culo en tu presencia. A partir de ahí tendrás que hablar con él si quieres saber más o pretendes otras cosas.

_ Venga mujer -repuso el desconocido- vamos a entrar en un retrete y me haces una mamadita ¿vale? Déjate de cosas raras.

_ Eso es imposible. No puedo hacer nada sin su consentimiento y lo único que te pido por favor es que mires como me meto las bolas.

_ ¡Anda y que te follen! -respondió airadamente el caballero haciendo mutis.
Ester entró en un servicio, cerró la puerta por dentro, se bajó la falda y después de untarse perfectamente el ano con lubricante introdujo una a una las cinco bolas con facilidad, asombrándose ella mismo de lo dilatado que tenía el esfínter debido al mucho tiempo que llevaba excitada. Cumplimentada la orden, regresó a la mesa y explicó a sus amos lo que había sucedido. Marcos se mostró un tanto contrariado, pero pidieron la cuenta que ascendió a una cantidad astronómica y salieron. Al pasar por la mesa del desconocido, el letrado no pudo resistir la tentación, así que se inclinó y dirigiéndose a él en un tono lo suficientemente alto como para que la mujer que le acompañaba pudiera oírlo le dijo:

_ Eres un poco tonto tú. Todo lo que te ha contado esta putita es cierto y por no querer participar te has perdido una buena ocasión, porque la tía te va ¿verdad? Señora -añadió dirigiéndose a la mujer- este nunca le pondrá los cuernos, no se preocupe. Es un “cagao”.

La cara de estupefacción de la pareja era digna de un cartel de teatro. Acto seguido, sin dejar a nadie tiempo para reaccionar, los tres salieron a la calle. Ester no dejaba de comentar profundamente asombrada de sí misma:

_ Joder, joder... Eso que decía mi madre que yo era muy vergonzosa... No sé cómo me he atrevido, estoy lanzada, no sé qué me pasa. Será el vino, tiene que ser el vino -decía a modo de justificación.

No solamente el alcohol que habían ingerido los tres durante la cena tenía la culpa, o por mejor decir la virtud de ese extraordinario comportamiento de Ester. El verse en una ciudad diferente, rodeada por gente desconocida aceleraba en ella el profundo deseo que ya acumulaba de mostrar su capacidad como sumisa y la desinhibía todavía más. Amablemente le preguntó su amo si las bolas estaban perfectamente alojadas en su sitio y si el consolador le molestaba mucho, a lo que ella respondió afirmativamente en ambas ocasiones.

Desde la recepción del restaurante llamaron un taxi y se dirigieron a Pentagrama, un pub con música ambiental clásica que era el favorito de Marcos en Madrid junto con otro de similares características llamado Scherzo. El letrado siempre tildaba despectivamente de “ruido” cualquier música que no pudiera incluirse en la categoría de clásica y permanentemente estaba escuchando o tarareando alguna composición de su agrado. Ester adoptaba en principio un tono displicente cada vez que Marcos ponía un disco. Pero después de algún intento la mujer le fue cogiendo el gusto y ayudada por los comentarios y explicaciones de su amo, resultó que en poco tiempo consiguió entrar a formar parte del selecto club de los amantes de la buena música, música clásica o música culta como también se la conoce de forma un poco pedante. Sin embargo la providencia se había mostrado tan pacata con el sentido del oído de Ester, que jamás su amo consiguió que llegase a apreciar verdaderamente y en profundidad las composiciones de los grandes maestros. Sigamos sin embargo hablando del viaje a Madrid: Como a Ester terminó por gustarle la música clásica y a Marcos siempre le había vuelto loco, Rafa se encontraba en minoría así que no le quedó más remedio que resignarse a ir a un establecimiento en donde se podía escuchar a Bach, Beethoven, Haendel o Vivaldi en lugar de Bonny M, como hubiera sido su deseo.
Pentagrama era un local (actualmente cerrado, creemos) donde se realizaban actuaciones en directo, además de contar en todo momento con música ambiental clásica. El dueño, José Carlos Cabello, conocido de Marcos, era un extraordinario aficionado y un purista experto, que además de regentar ese local tenía entonces un programa sobre música barroca y del renacimiento en Radio 2 (“Conversación galante” se llamaba el programa) y era catedrático de Armonía y Contrapunto en el Conservatorio de Madrid. Recibía al Sr. Laxe siempre personalmente y con suma amabilidad les acomodó en la mejor mesa que quedaba libre, justo a tiempo para asistir al comienzo de un concierto ofrecido por un pequeño cuarteto de cuerda compuesto por alumnos del propio José Carlos. La política del establecimiento era permitir tocar en directo a cualquiera que tuviese un mínimo de calidad y consentir que al final de la actuación “pasasen la gorra” para complementar la exigua asignación económica con que el Sr. Cabello les premiaba. Pentagrama, como negocio, marchaba viento en popa hasta tal punto que por entonces el propio Marcos había realizado serios estudios de mercado para abrir en Valladolid un establecimiento similar aunque nunca llegó a decidirse porque la inversión era verdaderamente importante, en torno a los veinte millones de la época y no logró despertar el interés de nadie en la capital pucelana que estuviera realmente dispuesto a arriesgar dinero en aquella empresa.

Degustando un vodka con naranja, un J. B. con hielo y un chupito de orujo blanco, asistieron interesados a uno de los conciertos para violín, cuerda y bajo continuo de J. S. Bach, aunque la función de bajo no la realizaba en este caso el clave, sino el violonchelo. Mientras el público se encontraba absorto, procurando no perderse ni la más pequeña fusa del concierto, la mano de su amo acariciaba delicadamente la entrepierna de Ester, procurando mover el consolador y despertando en ella un enorme deseo. A la par, la mujer sentía el culo lleno, porque cada vez que cambiaba de postura, las bolas se movían en su interior haciéndole experimentar una sensación parecida a unas ligeras ganas de hacer de vientre.

Cuando la actuación terminó, depositó Marcos rumbosamente mil pesetas en la bandeja petitoria con el consiguiente escándalo por parte de Ester. Tanto fue así que incluso su amo creyó conveniente pedirle permiso para, además, invitar a los jóvenes músicos, razonándole que a ellos mil pesetas más o menos no les iban a suponer ningún trastorno mientras que era casi seguro que solucionarían la semana de los cuatro futuros virtuosos. Ester le dijo que de bueno que era llegaba a tonto, pero como eso ya se lo habían dicho al letrado reiteradamente y más de cuatro personas, había terminado por no darle importancia. Desde allí regresaron al hotel, porque Marcos indicó que al día siguiente, viernes, tenían muchísimas actividades previstas.
Decidieron en aquella ocasión, que ya era hora de satisfacer los deseos sexuales que llevaban arrastrando toda la tarde y se juntaron los tres en la habitación doble. Se ordenó a la sumisa que se desnudara y preparase el baño a sus amos, avisando cuando la bañadera estuviese llena. Sin pérdida de tiempo, Ester se despojó de toda su ropa quedando vestida únicamente con el consolador:

_ Estás muy atractiva así, Cosita –dijo su amo acercándose a ella y acariciándole suavemente las nalgas- prepáranos el baño, cielo.

Cuando la bañadera estuvo mediada de reconfortante agua templada, Ester vertió sobre ella un abundante chorro de gel oloroso y avisó a sus amos. Ellos mientras tanto esperaban tumbados en la cama y el letrado, como siempre, fumando.

Primero Rafa y después Marcos se metieron en la amplísima bañadera. Ester les enjabonó delicadamente, pasando varias veces la esponja por los sexos y las rajas del culo según se le indicó que hiciera. Dieron por finalizado el baño y mandaron a la chica a ducharse. Cuando hubo acabado, les encontró nuevamente en la cama, pero esta vez cubiertos solamente por una toalla. Ordenaron entonces a Ester que les excitara y ella puso manos a la obra chupando, lamiendo y acariciando ambos cuerpos. En premio, le fue colocada una pinza en cada pezón mientras sus amos la besaban los dos a la vez o alternativamente con pasión, pasándole reiteradamente el dedo por la raja del culo.

Le sobresalía del ano la cuerdecita con la anilla que denotaba que las bolas chinas aun se encontraban allí así que decidieron sacárselas de modo que ella adoptó la postura de la perrita, de rodillas en la cama y con el culo en pompa, porque sabía que esa era la posición que sus amos consideraban adecuada cuando deseaban jugar con su ano, ya fuera para meterle o extraerle las bolas chinas o los consoladores. Delicadamente untaron de nuevo el dilatado esfínter con vaselina y Marcos tiró con lentitud de la anilla con una mano, mientras con la otra le acariciaba el clítoris y movía el consolador dentro de su vagina. Al mismo tiempo, Rafa se colocó de forma adecuada para poder meterle la picha en la boca. Ester estaba loca de deseo y trataba de descargarlo chupando con auténtica ansiedad todo lo que se ponía al alcance de sus labios; pasaba la lengua por los testículos y el culo de Rafael y se metía en la boca el pene. Sintió salir una a una las bolitas porque con suma lentitud y cuidado su amo continuaba tirando de la cuerda pero disminuyendo la intensidad del tirón cuando observaba que una bola aparecía tratando de escapar de su oscuro agujero. De esta manera alargaba en la medida de lo posible el juego y con ello la excitación y el placer de Ester y el suyo propio. Pero después de extraída la ultima bolita le ordenó que no se moviera. Al cabo de unos breves momentos, Ester sintió el frío de un supositorio enterrándose en su recto. Le quitaron las pinzas y le acariciaron los pezones que ya estaban doloridos por los fuertes pellizcos que Rafa le había dado en tan sensible parte en el restaurante de modo que eso le provocó un fuerte dolor.

_ Cosita, cuando no aguantes más las ganas, vete al baño, vacías bien el culo, te vuelves a lavar y regresas.

Toda la operación no se demoró más allá de cinco minutos, porque Ester llevaba cierto tiempo con necesidad de ir al servicio debido a que las bolas chinas excitan ese deseo. Se le ordenó colocarse de nuevo en la posición que tenía antes del supositorio y cogiendo una nueva porción de vaselina comenzaron a jugar con su ano, metiendo y sacando los dedos.

_ Cosita querida ¿de quién es este agujerito tan abierto? – preguntaba Marcos ingenuamente. Y cuando ella susurraba “tuyo, vuestro”. Su amo insistía:

_ ¿Y qué es lo que quiere que le metamos?- a lo que Ester, al borde de la desesperación respondía:

_ Lo que quieras, lo que queráis... Yo soy vuestra.

_ Bueno pues si eres nuestra, quiero que me chupes el culo hasta que se me abra tanto como a ti –le ordenó Rafa colocándose delante de ella y adoptando la posición adecuada para facilitarle la tarea.

Con frenesí enterró entonces Ester la lengua entre las nalgas que se le ofrecían, manteniendo en todo momento la postura de la perrita. Enseguida llegó a localizar el negro agujero lamiéndolo con deseo y pasión. Su lengua entraba y salía con facilidad mientras a la vez manipulaba la polla de su amo. Rafa, no pudiendo resistir más, se colocó detrás de ella momento que aprovechó Marcos para ofrecer su polla a la boca de la chica que inmediatamente supo lo que tenía que hacer. Rafael, después de quitarle el consolador de la vagina exploró con un par de dedos el dilatado culo de la mujer, lo cual le indicaba a Ester que iba a ser sodomizada porque los juegos con su ano eran siempre una maniobra previa para encularla. También resultó así en aquella ocasión y Ester pudo sentir la picha de Rafa entrando y saliendo en su abierto culo, pero cuál no sería su sorpresa cuando después de diez o doce envites Rafa gritó:

_ Me corro tía, jo, me corro no puedo evitarlo -y sacando rápidamente la polla del culo de Ester derramó un pequeño torrente de semen blanco sobre sus nalgas a la vez que Marcos le ordenaba intensificar sus movimientos de lengua y de mano consiguiendo correrse también en su boca.

_ Has sido un chica mala Cosita, mira lo que le has hecho a Rafa con tu culo, no ha podido evitar correrse ¿Crees que eso está bien? Responde

_ No, no está bien.

_ Entonces es justo que te castigue –sentenció Marcos- Rafa, átamela al respaldo de ese sillón- ordenó dirigiéndose a su amigo.

Evidentemente habían llevado el material necesario en un pequeño maletín negro de cuero. Rafael sacó de allí una cuerda blanca de algodón. El muchacho había adquirido ya suficiente pericia en el uso de las cuerdas así que en muy poco tiempo Ester estuvo firmemente sujeta al sillón con la tripa apoyada en el respaldo, la cabeza a una cuarta del cojín y atada de pies y manos a las patas del mueble, de manera que el culo, redondo y blanco, quedaba perfectamente expuesto, entreabierto y ofrecido a la altura adecuada. Sin mediar una palabra más Marcos tomó la regla y descargó una veintena de fuertes azotes repartidos entre ambas nalgas, dejando transcurrir el tiempo suficiente entre ellos, pero con tal meticulosidad y esmero que no quedó ni un centímetro cuadrado de la piel del culo de Ester sin recibir al menos un par de golpes. Le recordó que en el vigente pacto que regulaba sus relaciones, le estaba permitido incrementar la intensidad de los castigos los viernes, pero teniendo en cuenta que todavía era jueves, él entendía que ese incremento podía ser aún mayor. Entretanto Rafa observaba la escena acariciándose el sexo hasta conseguir lucir de nuevo una buena erección. Cuando Marcos acabó de propinar los veinte golpes el muchacho, dirigiéndose a él, preguntó:

_ ¿Puedo? -a la vez que señalaba inequívocamente con la cabeza el maltrecho cuerpo de Ester.

_ Por supuesto que sí –respondió Marcos- al fin y al cabo es a ti a quién te ha hecho la putada, hay que enseñarle a controlar el culo para que no te dé tanto placer tan rápidamente.

Cuando luego hablaron Marcos y Ester de ese viaje a Madrid, ella le confesó que en el momento en que oyó que él, su amo daba autorización a Rafa para azotarla, comenzó a temblar, porque sabía por experiencia que los castigos de Rafita nada tenían que ver en intensidad con los de Marcos. Pero precisamente ese temor al castigo, era lo que se buscaba y lo que resulta tremendamente excitante para una sumisa en este tipo de relación. Así que, aunque en aquella postura le resultaba muy difícil, trató de tensar los glúteos para aminorar el dolor y paralizada por el miedo esperó a sentir el primer golpe.

Este no se hizo esperar, pero Rafa había cambiado de instrumento y un sonoro trallazo restalló en la habitación impactando en las nalgas de Ester que lanzó un grito doloroso. Rafa se acercó y observó con detenimiento el resultado de su obra.

_ Queda una pequeña marca -dijo- pero creo que el lunes no se le notará nada así que voy a continuar.

Asintió el letrado con la cabeza y acercando una silla se sentó al lado de Ester diciéndole frases amables y cariñosas para tranquilizarla:

_ Mira lo que te pasa por ser mala, has enfadado a Rafa y ahora te tiene que castigar. Pero no tengas miedo Cosita, cariño que yo estoy aquí para consolarte -Ester realmente temblaba- y te voy a dar muchos besitos para que aguantes, porque ya sabes que yo te quiero mucho.

_ No por favor, por favor, haré lo que queráis -gemía Ester- lo que queráis pero no más azotes con la tralla no, por favor...

Pero aquellas peticiones, aquellas súplicas, formaban parte del juego y tanto ella como los amos lo sabían.

El segundo trallazo resonó de nuevo con fuerza. Las nalgas de Ester habían sido ya tan castigadas por la regla que mostraban un vivo color carmesí sobre el que se marcaban perfectamente los dos latigazos que Rafa había descargado. Esta vez Ester lanzó un verdadero aullido de dolor mientras pedía a gritos que no continuara el castigo y trataba de desasirse. Rafa suspendió momentáneamente la aplicación del tercer golpe y extrajo del maletín otra cuerda y la mordaza. Aseguró aun más al sillón el dolorido cuerpo de Ester y le ajustó la mordaza a la boca.

_ No me importa que se oigan los trallazos, porque nadie será capaz de identificar ese sonido, pero los gritos dan mucho el cante. Ahora no habrá más interrupciones -aseguró- Voy a darte veinte azotes y llevo dos, pero tú vas a marcar el ritmo. Cada vez que quieras uno, mueve la cabeza. Cuanto antes te los dé, antes te desato. Yo no tengo prisa, porque esto me excita, así que tú verás.
Era verdaderamente diabólico. Ester se encontraba ante una duda infernal: si pedía un azote tras otro con el propósito de acortar la duración del castigo, el dolor en las nalgas sería insoportable; pero si los espaciaba demasiado lo que no podría resistir serían los calambres en las articulaciones. De entrada optó por tomarse un descanso. En ese momento hubiera dado un año de su vida por poder librarse de lo que le aguardaba, por poder simplemente acariciarse las doloridas nalgas, solamente deseaba que alguien le pasara la mano con cuidado por la maltrecha zona. Sin embargo sabía que si se libraba, daría otro año de su vida por volver a sentir el miedo y la angustia que estaba experimentando. Ellos, Rafa y Marcos, en vista de que la chica no solicitaba la reanudación del castigo se tumbaron nuevamente en la cama. Entonces Ester emitió un gruñido nasal para llamar su atención y cuando miraron hacia ella, les hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Hablando de la escena a posteriori y en casa, ella le dijo a Marcos que en aquel momento estaba decidida a acabar con aquello cuanto antes, quería ser valiente y demostrar a sus amos que era una auténtica esclava capaz de aguantar el dolor y los castigos que ellos decidieran imponerle.

_ ¿Quieres otro? -le preguntó Rafa mostrándole el temible instrumento. Ester afirmó, moviendo la cabeza y Marcos volvió a sentarse a su lado.

Resonó de nuevo la tralla y la chica profirió unos ininteligibles sonidos guturales, pero volvió a afirmar con la cabeza. Inmediatamente sintió un nuevo azote quemándole literalmente las nalgas. Se echó a llorar, mientras Marcos, puesto de rodillas entre sus piernas le acariciaba el clítoris y metía su lengua en la vagina, alternando con apasionados besos en la cara y en los ojos. La bola de la mordaza distendía hasta tal punto sus mandíbulas que le resultaba imposible incluso mover la lengua, de manera que era incapaz de tragar y la saliva le escurría mezclándose con las lágrimas. Los labios de su amo se impregnaban con aquellos fluidos a medida que pasaban una y otra vez por toda su cara besándola con extraordinario cariño, acariciando su cuello y su espalda, susurrando en su oído dulces palabras de amor. En medio de las lágrimas y de los besos, volvió a pedir por gestos un nuevo trallazo que le fue aplicado acto seguido. Este le había dolido menos, porque Rafa erró el golpe y la fina tralla impactó en los muslos de la sufrida Ester, que se habían salvado del castigo con la regla y no estaban todavía doloridos. Envalentonada por esto y deseando que Rafa volviera a fallar, pidió más. Pero en esta ocasión Rafa no falló y dio la casualidad de que parte del azote impactó sobre otro dado anteriormente. El llanto de la chica arreciaba y en compensación también las palabras de amor de su amo, sus dulces besos y sus lánguidas caricias. Luego ella le confesó que sentía algo que le escurría por los muslos y pensó que estaba sangrando, tan insoportable era el dolor. La escena continuó hasta que llegó el trallazo número quince, momento en el cual decidió no solicitar más, porque sentía que se ahogaba y entre el llanto y la mordaza apenas podía respirar.

Se interrumpió el castigo y los amos descansaron fumando Marcos otro cigarro. La mujer seguía sintiendo que algo le escurría por los muslos y trataba de averiguar qué era desde su incómoda posición, sin conseguirlo. El proceso duraba ya veinte minutos. La boca, extraordinariamente distendida le dolía bastante y los calambres en las articulaciones comenzaban a aparecer aunque semejaban una caricia en comparación con lo que sentía en el culo. Luego le dijo a su amo que le daba la impresión de que alguien había colocado una plancha al rojo sobre sus nalgas y no la retiraba de ahí. “Me quedan sólo cinco” pensaba. Y volvió a llamar la atención de sus dueños.

Después confesó a Marcos que los dos últimos azotes no los sintió. Cuando comenzaron a desatarla, pensó que se habían apiadado de ella aplicándole solamente dieciocho, pero no era así. Sucedía que no estaba totalmente consciente cuando Rafa le dio los dos últimos trallazos. Al quitarle la sujeción de las cuerdas y la mordaza, cayó al suelo llorando amarga y desconsoladamente. Entonces se miró, imaginando que estaba llena de sangre, pero no vio nada.

_ ¿Qué me escurría por los muslos? - preguntó entre gemidos.

_ Sudor, Cosita, era sudor. Apretabas tanto el culo que no hacías más que sudar.

Cogió Marcos un tubo de Menaven Gel y aplicó, con cuidado exquisito, extensas capas sobre la piel abrasada de las nalgas de Ester. Entretanto la besaba con cariño y la acariciaba diciéndole:

_ Cosita, mi Cosita... Te has portado muy bien mi amor, pobre Cosita mía que Rafa le pegó mucho en el culito -y continuaba tratando de consolarla como un padre consuela a una niña- Rafa es malo y no le vamos a querer.

Con la ayuda de la pomada el dolor fue cediendo, y al fin recuperó Ester la fuerza suficiente como para ponerse en pie e ir a mirarse al espejo del cuarto de baño. Contó dieciocho marcas de un rojo oscuro en las nalgas. “Se conoce” pensó “que dos de los azotes no fueron dados con la suficiente intensidad”. Pero cuando se observó con mayor detenimiento comprobó que lucía también una marca en un muslo y otra en la espalda. Recordaba el golpe que le ocasionó la señal del muslo, pero la de la espalda nunca supo como se había podido producir. En algunos sitios había marcas que estaban a punto de sangrar. Quizá hubiera llegado a producirse alguna pequeña hemorragia de no ser por la rápida aplicación del Menaven.

_ El caso es -le dijo entonces Rafa- que con esto me has puesto cachondo. Ya sabes que a mí los azotes me ponen mucho. Así que con el permiso de Marcos tendrás que hacer algo para bajarme esto.

Efectivamente, el joven lucía de nuevo una buena erección. El pensar en los azotes ya le excitaba, de modo que no había nada en el mundo que le excitase más que aplicarlos.

_ Cosita preciosa, tienes que hacer que Rafa se corra. Pero con muchísimo cariño. -Le ordenó su amo.

Ester se puso de rodillas ante Rafa, que permanecía de pie. Comenzó a chupar lo que el joven le ofrecía: primero la chica lamía la punta mientras subía y bajaba la mano acariciando el pene; después, sin interrumpir el movimiento de vaivén se metía la polla en la boca, chupaba y chupaba, procurando rozar con la lengua el glande para que Rafa obtuviera mayor placer. La muchacha le acariciaba alternativamente entre las nalgas y Marcos le metió a ella un dedo en el ano.

_ Dame las gracias Ester -pidió entonces Rafa- dame las gracias por dejar que te metas mi polla en tu boca.

_ Gracias, gracias -musitó la chica sumisamente. Y continuó- Gracias por dejar que te chupe la polla, gracias por tus azotes, gracias por correrte en mi boca si es que quieres hacerlo.

_ Dime que me quieres -insistió Rafa al borde mismo de la eyaculación.

_ Te quiero, te deseo y te necesito -afirmó Ester con rotundidad.

La manipulación llevada a cabo por la chica en el sexo de Rafael no se había interrumpido y el muchacho avisó que se vaciaba sin remedio. Entonces Ester se introdujo la picha en la boca hasta el fondo redoblando el movimiento mientras Marcos avisaba:

_ No te retires Cosita, no se te ocurra retirarte.

Ester recibió entre sus labios la pequeña descarga de Rafa y continuó chupando como se le había ordenado, degustando el sabor soso del semen hasta que Rafael indicó a la chica que parase, sujetándole la muñeca con su mano.

_ Ahora me toca a mí por fin –manifestó Marcos triunfalmente tumbándose en la cama

_ Cosita -susurró- estás preciosa. Ven, ven aquí conmigo y hazme el amor.
Tumbado en la cama, completamente desnudo, boca arriba, con las piernas abiertas y acariciándose la polla su amo Marcos la esperaba.

_ Chúpame bien la polla Cosita linda, aquí, como yo te ha enseñado -dijo mientras se la mostraba. Ester se aplicó a ello mientras Marcos suspiraba comentando entre jadeos la maestría que su Cosita había adquirido en aquellos menesteres. Realmente habían sido de gran utilidad las muchas lecciones que durante días y días le había impartido su antiguo novio acerca de las diversas técnicas que era necesario aplicar en las caricias buco-genitales para que resultaran más agradables. Sintiendo que le llegaba la eyaculación e incapaz de resistir por más tiempo la lengua y los labios de Ester en su pene la tumbó boca arriba y Marcos, puesto sobre ella, le introdujo lentamente la polla en el coño, con todo el amor del que fue capaz. Comenzó una cabalgada lenta, mientras Ester experimentaba la sensación de ser por fin penetrada, sintiendo el roce suave en la vagina y alcanzando un orgasmo intenso e interminable. Su amo se tendía sobre ella, abrazándola y ambos comenzaron a besarse con pasión. Él paso una mano por debajo del cuerpo de ella y le metió un dedo en el culo a la vez que continuaba haciéndole el amor.

Ester se encontraba al borde mismo del paroxismo cuando Marcos perforó con un dedo su dilatado ano, sintiendo a través de la pared del recto, la dureza de su propia polla y continuando la cabalgada cada vez con mayor frenesí. Solamente hubiera necesitado un par de movimientos más para correrse, pero entonces salió de ella, se tumbó boca arriba y le ordenó que se pusiera sobre él, volviendo a penetrarla lentamente.

Rafa entonces se colocó frente a la grupa de la muchacha y con un enérgico “Quita” apartó la mano de Marcos del culo abierto y ofrecido de la chica, ocupando con su propia lengua el lugar donde había estado hacía sólo un instante el dedo.

_ ¡Tu lengua, tu lengua en mi culo! -apenas tuvo tiempo la mujer de pronunciar la frase entrecortadamente cuando un soberbio orgasmo sacudió todo su cuerpo. Sentirse penetrada por el pene de Marcos a la vez que una húmeda lengua se introducía en su ano desencadenó el clímax de manera fulminante. Por regla general, la manipulación del agujerito trasero proporcionaba siempre un orgasmo a Ester. A la vez se corrió su amo por fin después de tantas horas de deseo acrecentado, morbo, juegos y placer.

_ Cosita, quiero que duermas conmigo, porque Rafa ha sido malo, te ha pegado mucho en el culito y no le queremos.

El aludido, se limitó a vestirse y dar las buenas noches. Ya en el umbral de la puerta de la habitación preguntó a qué hora se iban a levantar al día siguiente. Le indicó Marcos que durmiera sin preocuparse de nada, porque ya decidiría él la hora de despertarse y desayunar. Rafael, desapareció cerrando la puerta.

_ Marcos –dijo entonces Ester sumisamente- no creo que haya habido hasta ahora para mi ningún día mejor que hoy. La sensación que tengo debido a todo lo experimentado es muy fuerte y el culo me pica, me duele al contacto con las sábanas así que no sé si podré dormir, pero me tumbaré a tu lado.

_ Te quiero y tengo soluciones para todo. Tómate estas dos pastillitas, se te quitará el dolor y dormirás como una niña. Además te advierto que mañana tendremos un día muy agitado.

Ester obedeció. Tragó con un sorbo de agua una cápsula de color verde y una pequeña píldora de color rojo. Buscapina y Valium 10. Aquello fue suficiente para que al cabo de treinta minutos la invadiera un profundo sueño, mientras se mantenía abrazada al querido cuerpo desnudo de su amo. El efecto de los fármacos resultó más fuerte que el dolor o cualquier otra sensación y se quedó plácidamente dormida mientras Marcos le acariciaba la espalda.

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