viernes, 2 de octubre de 2009

VII ESTER



Este local estaba entonces de moda, dentro de un determinado público. Solía decirse que al 7/7 acudían las separadas, divorciadas, viudas y malcasadas de la ciudad, con fama o condición reconocida de livianas; pero a Marcos, era ese precisamente el tipo de señoras que le atraía, porque de estas mujeres podía demandar con mayor facilidad una relación sexual que si se dirigiera a locales frecuentados por chicas más jóvenes, en dónde, para tener éxito, tendría que pasear con ellas, invitarlas, decirles que las quería y en definitiva, perder mucho tiempo, habida cuenta de que Marcos no se acercaba al sexo opuesto salvo cuando la necesidad de satisfacer su deseo era perentoria. En modo alguno entraba en sus planes establecer una relación afectiva perdurable, una amistad o simplemente una comunicación. Lo ideal para él sería llegar a una discoteca, o a algún lugar en donde hubiese mujeres y sin necesidad incluso de hablar, bailar o tomar una copa, ir requiriéndolas una a una para tener una relación sexual inmediata, hasta llegar a contactar con alguna que aceptase. Esa forma de ser, o de pensar le convertía en un perfecto cliente, potencial y efectivo, de las muchas mancebías y casas de lenocinio que había en Valladolid, como las hay en el resto del mundo; porque es bien sabido lo que dice el refrán: “Donde hay tejas, hay putas”

El único motivo por el que solía intentar primero el ligue, ya fuera en el 7/7 o en algún otro local de similar pelaje, era la perspectiva de afrontar un reto. Su estricto sentido de la competitividad, rayando casi con lo patológico, le impulsaba a pensar que bien merecía la pena pagar unos duros por la entrada a la discoteca, si a cambio se le ofrecía la posibilidad de alzarse con el triunfo que representaba ser más habilidoso que cualquier otro de los clientes para abandonar el local emparejado; podría entonces incluso follar dos docenas de veces, antes de que la chica se percatase de que sus intenciones no iban más allá del sexo y le mandase a paseo. El caso es que generalmente tenía éxito, porque un físico apuesto le acompañaba y también ayudaba mucho la ostentación que hacía de coche caro, saneada economía y buenas maneras. Simpático cuando quería, buen conversador, extraordinariamente culto y educado, hasta el profundo acento gallego que todavía conservaba e incluso cultivaba en ocasiones, resultaba atractivo para las vallisoletanas. Porque es bien sabido que las personas, para esto de las relaciones, solemos sobrevalorar lo diferente: a las suecas les gustan los latinos o los mulatos y a estos les gustan las rubias; a los oriundos les gustan las forasteras; a las bajas, los altos y siempre, siempre, a las pobres los ricos.

El establecimiento era una típica discoteca fundada en los setenta con la pretensión de ofrecer un lugar de baile, diversión y esparcimiento para un público maduro, ya que lo que predominaba en Valladolid, como creemos que sucedía y aun sucede en muchas partes, eran espacios destinados a adolescentes y veinteañeros; pero la ciudad adolecía de establecimientos pensados para personas de una edad un poco mayor. Se accedía al local bajando unas escaleras. Decoración en rojo con pista de baile central rodeada de una veintena de mesas. Barra a la derecha entrando y servicios al fondo. Música de los sesenta y setenta, adecuada a la edad de las personas que frecuentaban el lugar, que rondaba los treinta y cinco. Ginebra, güisqui y ron de garrafa. Era voz común que a partir de las cuatro de la mañana, solían acudir allí las prostitutas que terminaban el trabajo a tomarse una penúltima copa, aunque Marcos no lo hubiera podido atestiguar porque jamás fue trasnochador y nunca había permanecido en el local hasta tan tarde. Su estrategia venatoria era siempre la misma. Acodado en la barra, pedía una cerveza mientras escrutaba con detenimiento al público femenino del local. Este público, curtido en similares ojeos, generalmente solía darse cuenta de la entrada de un apetecible espécimen de macho y mientras el cazador observaba a la presa de frente, ella, con el rabillo del ojo, le devolvía disimuladamente la mirada. Aquél día, quizá porque aún no eran las diez de la noche, había muy poca gente y entre las féminas, ninguna bajaba de los cuarenta, a pesar de que todas trataban de disimularlo, con más o menos éxito, a base de vestimentas juveniles y diversos tipos de afeites. Pero esa era, precisamente, la edad que Marcos consideraba como límite máximo tolerable para que una mujer le resultase apetecible, por lo tanto, la práctica totalidad de la clientela femenina del local quedaba aquél día fuera de su rececho. Decidió tomarse la cerveza con parsimonia, para tratar de descubrir a alguna susceptible de interesarle y a la vez dar tiempo a que llegase más público, pero enseguida tuvo la sensación de que aquella noche acabaría en algún otro lugar menos respetable que el 7/7, porque la jornada no estaba nada animada. Al fin y al cabo, era jueves. El personal estaba cansado después de una jornada laboral y tenía que trabajar al día siguiente.

En estas averiguaciones consigo mismo estaba nuestro amigo, cuando la vio bajando las escaleras de acceso al establecimiento, e inmediatamente decidió que aquella mujer era el objeto ideal para su reto de esa noche. Vestida informalmente con un ajustado pantalón vaquero azul y una fina camiseta blanca, Marcos pudo comprobar lo agraciado de su cuerpo cuando se despojó con soltura del chaquetón de piel que la cubría, entregándoselo a la señora del guardarropa. Mediría un metro sesenta y cinco, o quizá algo más, aunque subida sobre sus zapatos de ajustado tacón se elevaba, a no dudar, por encima del uno setenta. Una melena negra, suavemente ondulada y corta, enmarcaba su cara, exquisita, con belleza clásica de diosa griega. Rondaría los veinticinco años, aunque como para esto de calcular la edad por la apariencia se reconocía Marcos bastante incompetente, no quiso establecer un juicio definitivo, pues era posible que pudiese cometer un error intolerable. La bella se aproximó a la barra y pidió una tónica con ginebra. Aquél era el momento:

_ Oye perdona -se le acercó Marcos- me he fijado en ti cuando has entrado y no me queda más remedio que decirte que eres una de las chicas más preciosas que he visto en mi vida. Espero que no te moleste que te lo diga, pero es que si me lo callo reviento.

Había llegado a seleccionar aquella perorata entre otras muchas, después de que, empleando durante varios años el método de ensayo y error, los resultados le confirmaran que era la entrada más brillante y la que comúnmente solía ofrecer mejores resultados. Su experiencia le certificaba que, además de ser ese el sistema óptimo de abordar a una mujer, aquella resultaba la frase más adecuada para hacerlo y era imprescindible recitarla para que sus posibilidades de obtener resultados satisfactorios aumentasen. Definitivamente se tomaba el asunto como una cacería más, cambiando de coto, de presa y de arma, pero siguiendo, punto por punto, la conducta que su propia experiencia refrendaba como la más adecuada para cobrar tamaña pieza. La chica le miró y dijo:

_ Gracias, eres muy amable y creo que a nadie le molesta que le digan piropos con clase y con elegancia.

En aquél momento a Marcos se le pasó por la cabeza la imagen de la mujer que tenía delante desnuda, pero inmediatamente retornó a la realidad. La primera fase había salido bien, la liebre estaba al descubierto y confiada. No era cuestión de arriesgarse con extrañas maniobras. Había que continuar, conforme a las leyes no escritas de este tipo de jornadas venatorias; no escritas, pero conocidas perfectamente por el apuesto letrado.

_ Es que hay veces que sientes cosas que no te queda más remedio que decir, o sea, que la emoción es tan grande que te hace decir algo. Como cuando ves un paisaje muy bonito y aunque sea dices “Hostia” o “Joder”, pero no puedes quedarte callado. Así me ha pasado a mí cuando te he visto.

_ Bueno hombre. No creo yo que la cosa sea para tanto -los carnosos labios de la chica sonreían y los enormes ojos negros, denotaban satisfacción mientras persistentemente examinaban, muy por lo menudo, a su interlocutor.

_ Creo que soy una chica del montón, como otra cualquiera. Las hay mucho mejores que yo.

_ Depende de para quién. Oye, yo no voy a discutir que a lo mejor hay algún subnormal al que no le gustas -nueva y amplia sonrisa de la chica- pero yo te digo simplemente lo que me ha parecido a mí. Bueno... siento haberte abordado así. Supongo que estarás esperando a alguien y a esa persona no le gustaría verte hablando conmigo cuando llegue. ¡Qué suerte tienen algunos!

El plan entraba en la segunda fase: averiguar si estaba sola.

_ No he quedado con nadie. He venido aquí simplemente a tomar una copa, porque era demasiado pronto para volver a casa.

A él se le iluminó la vista, como le ocurría cuando una perdiz, descolgada de una ladera, entraba en su campo de tiro. Después de todo parecía que la noche se iba componiendo. Se allegó un poco más a la muchacha para poder contemplarla con esmero. La melena negra enmarcaba una cara morena, donde destacaban extraordinariamente unos enormes, profundos y expresivos ojos del color del carbón, brillantes y con un atisbo de melancolía. Los labios carnosos dejaban ver, cuando sonreía, unos dientes blanquísimos, de suerte que si no fuera por la nariz recta, podría incluso pasar por mulata, o al menos cuarterona. La camiseta blanca, ajustada al talle, dibujaba unos pechos que parecían de proporciones adecuadas, aunque Marcos no podía colegir bien su forma o tamaño, debido a que estaban protegidos por un sujetador. Además, la ropa ajustada, permitía comprobar la ausencia de sobrepeso y la bella proporción de las formas del cuerpo. El hombre maldijo mil veces la moda de los pantalones que impedían observar las piernas de las muchachas. Sin embargo pudo constatar que las caderas eran amplias y debido a la extraordinaria estrechez de los vaqueros, la forma de las nalgas se adivinaba perfectamente. Imaginar unas nalgas, para él, era asociarlas a azotes. Trató de borrar de su mente inmediatamente esos turbadores pensamientos y se percató de que la chica exhalaba un perfume que le era esencialmente grato: Eau de Rochas.

_ No me puedo creer que una preciosidad como tu esté sola -siguió adulando Marcos- ¿Es que no tienen ojos los vallisoletanos?

_ Oye, tú no eres de aquí ¿no? Lo digo por el habla.
Ese era el momento que Marcos estaba esperando, el instante preciso en que es menester apretar el gatillo sin vacilación, disparando al menos uno de los cartuchos de la paralela y reservando el segundo por si el primero no resultase suficiente.

_ No -dijo- soy de Galicia.

Y mientras decía esto echó mano a la cartera y sacó de ella cuidadosamente una tarjeta que entregó a la chica. Esta leyó con curiosidad: “Marcos Laxe Ameneiros. Abogado.”

“Un abogado” pensó ella, “al final siempre acabamos necesitando médicos y abogados, aunque hablemos tan mal de ellos”.

_ Yo no tengo tarjetas aquí, pero te puedo decir que me llamo Ester Bueno y soy ATS. Trabajo en el Hospital Clínico y soy de un pueblo de la provincia.

_ Bueno Ester, pues encantado de conocerte. Todo el mundo me llama Marcos. -Sin permitir que la mujer reaccionara, le plantó un par de besos en las mejillas.- ¿Nos sentamos? -preguntó cogiendo el vaso de la chica y el suyo propio y dirigiéndose resueltamente hacia una de las mesas que rodeaban la pista de baile.

En lo concerniente a las mujeres, Marcos se desenvolvía con una gran seguridad. No era esta una actitud fingida, porque para ello no tenía que esforzarse o desvirtuar su propia forma de ser, sino que verdaderamente se sentía seguro de sí mismo cuando se relacionaba con el sexo femenino. En el primer encuentro, cuando sus pretensiones no iban más allá de iniciar un acercamiento, ya trataba de imponer condiciones o puntos de vista, exhibiendo una auto-confianza y un aplomo que en él casi podíamos decir que eran congénitos en lo concerniente a las relaciones con los demás. Con sus compañeros de trabajo, con extraños e incluso con sus superiores se mostraba hablador cuando le interesaba y su amplísima cultura le permitía ser hábil dialécticamente, haciendo gala de extraordinarias dotes de persuasión, reforzado todo ello por la capacidad para cautivar y conservar la atención. Pero especialmente con las mujeres derrochaba una gran seguridad apareciendo siempre ante ellas locuaz y campechano. El motivo era invariablemente el mismo: al letrado le interesaban exclusivamente las mujeres que mostrasen ser intelectualmente inferiores o afectivamente dependientes, porque aunque le complacía que la chica aportase a la relación una economía saneada o un salario suficiente, en absoluto mostraba en aquél tiempo el menor interés sexual por alguna que revelase una excesiva seguridad en sí misma, o que, a su juicio, fuese más culta o inteligente que él, pues pensaba que ese arquetipo de mujeres era incompatible, sin lugar a dudas, con el tipo de actividades que el letrado tenía intención de llevar a cabo con ellas. Y por entonces esa opinión la asumía todavía como verdad revelada, aunque no le quedó más remedio que corregirla cuando el tiempo y la experiencia le demostraron que no era cierta. Por eso, porque huía de ese tipo de mujer independiente afectivamente, segura de sí misma, culta y autosuficiente, le resultaba fácil moverse en un plano de superioridad con las demás, que eran las únicas que le interesaban sexualmente, lo cual hacía que por unos momentos sus sentimientos de autoestima y exceso de confianza se magnificasen hasta extremos impensables, surgiendo entonces la auténtica personalidad, el verdadero ego de Marcos.

Por eso, con gran aplomo, había cogido los vasos de los dos y se había dirigido hacía una mesa vacía. A Ester apenas le dio otra opción que la de seguirle, de suerte que repentinamente se encontró sentada con un desconocido conversando tranquilamente.

Los concienzudos estudios que Marcos había realizado sobre la mejor manera de llevar a cabo un primer acercamiento a una mujer para que no resultase infructuoso, le aconsejaban continuar hablando sin pausa, pero evitando en todo momento echar mano de lugares comunes como aquello de “¿Estudias o trabajas?” o “¿Vienes mucho por aquí?” y frases similares. Tampoco era interesante permitir que la conversación degenerara hacia temas banales como el tiempo o el tráfico. Lo que verdaderamente daba por lo general excelentes resultados, era mostrarse fascinado por la vida, el trabajo o las circunstancias personales de la chica en cuestión, interesándose por ella como si ninguna otra cosa existiese en el mundo. Sin llegar a ser nunca inquisitivo o excesivamente curioso, era preciso manifestar admiración hacia todas las cualidades o vivencias de la posible presa, siempre con el mayor comedimiento y discreción y dentro de una cierta sindéresis. Si una chica te dice, por ejemplo, “Pues a mí me gusta mucho dormir” está totalmente desaconsejado, si lo que se pretende es concluir la noche con su cuerpo a tu disposición, hacerle ninguna observación impertinente acerca de lo holgazana que puede llegar a ser; antes bien: se debe manifestar una profunda admiración y sana envidia por la suerte que tiene de poder dormir largas horas a pierna suelta, indicando de paso que eso es síntoma de una conciencia tranquila y que en el buen descanso está la base de la buena salud.
Él sabía por experiencia que las mujeres suelen valorar mucho, al menos subconscientemente, el interés que un hombre atractivo, elegante, culto y de buenas prendas pueda mostrar por ellas, por su vida, su trabajo y sus preocupaciones. Está claro que esa satisfacción por el hecho de que alguien se preocupe por uno se hace extensiva a cualquier persona, porque no es un sentimiento exclusivo del sexo femenino. A los hombres también les complace suscitar interés, pero esto a Marcos no le importaba, porque si alguien comenzara a hacerle a él preguntas sobre su vida o sus ocupaciones, inmediatamente levantaría la barrera protectora de la desconfianza y tacharía al curioso de impertinente, deduciendo invariablemente que algo perverso vendría buscando. Sin embargo, la táctica de mostrarse interesado en la vida y milagros de la chica que acababa de conocer, le daba normalmente excelentes resultados. Le parecía, como así era en efecto, que era capaz de manipularlas, y eso le hacía sentirse superior a ellas pues pensaba que bastaban media docena de frases adecuadas, dichas en el tono correcto y en el momento conveniente para que una chica hiciera, más o menos, lo que a él le apetecía. No podemos dejar de reconocer que en cierto modo era así, pero sin embargo debemos manifestar que si Marcos no luciera un estupendo físico, una saneada situación económica y una vasta cultura acompañada de exquisita educación y buenos modales, las cosas no hubieran sido siempre tan sencillas para él con las mujeres. En Valladolid, a aquellas alturas, el apellido Laxe ya significaba algo, al menos en el mundo del foro, por eso, cuando ofrecía su tarjeta inmediatamente después de intercambiar tres frases con una desconocida, lo hacía para que la posible presa que ya había sido descubierta en el rececho, pudiera comprobar que estaba hablando con una persona relativamente influyente, de saneada economía, y de prometedor futuro. Así, en cinco minutos, la mujer abordada sabía que Marcos estaba bien físicamente, porque saltaba a la vista, que tenía una profesión solvente y bien pagada, que su trabajo comportaba un reconocimiento social y por si fuera poco, el hombre era inteligente y parecía simpático y educado. La red, sutil y atractiva se había tendido y en la conversación subsiguiente era necesario simplemente, dejar que el pececillo entrase en ella. Marcos Laxe, era un experto en estas cosas.

Sobre la base de todas estas pautas de comportamiento se desarrolló la charla que tuvo lugar cuando ambos se sentaron a la mesa. Marcos se interesó muchísimo por el trabajo de ella y Ester se explayó contándole la responsabilidad y la exigencia de una enfermera que lleva a cabo sus funciones en la UCI. Él se mostró maravillado por su labor y dedicación haciéndole notar lo meritorio y difícil de su trabajo. A continuación se tocó el tema del lugar de nacimiento, ya que Ester se mostraba fascinada con el acento gallego de Marcos e inquirió al letrado sobre la cuestión. Al poco, convirtiéndose el interrogado en interrogador, se enteró Marcos de donde había nacido ella y no dejó pasar la oportunidad para un halago, manifestando la suerte que ambos tenían por haberse criado en un pueblo y además aseguró haber leído en alguna parte, que los niños que se crían en contacto estrecho con la naturaleza son más sanos, no solo físicamente sino psicológicamente.

Cuando sonó una lenta, Marcos la invitó a bailar.

Se consagró a abrazarla con consistencia y delicadeza por la cintura, bajando de vez en cuando sus manos, como al descuido, para acariciar las dulces nalgas femeninas, aunque teniendo cuidado de no ejercer demasiada presión para impedir ser tachado de soez, pero si la suficiente como para que Ester notase su cuerpo, cargado de deseo, muy pegado al de ella. Mientras tanto, a media voz, vertía en su oído sutilmente toda la letanía de palabras amables, requiebros y halagos que tenía guardados en la memoria. Aquellas frases ejercían en el espíritu de la mujer el efecto de una droga: iban ganando su confianza, se sentía cada vez más valorada y los pocos recelos que podría haber albergado hacia aquél hombre desconocido se esfumaban con rapidez. Todo ello la impulsaba a apretujar aun más estrechamente su cuerpo contra el de Marcos, de suerte que casi sin percatarse, se encontró besándole con entrega y con gusto, sintiendo como la lengua vigorosa entraba en su boca, la recorría, la poseía; experimentaba escalofríos cuando apreciaba los dientes de aquél hombre mordisqueando con suavidad sus labios o su cuello mientras las fuertes manos masculinas abrazaban estrechamente su cintura impidiendo que su cuerpo, ya tan predispuesto, se separara ni siquiera un milímetro del de él. La verdad es que Ester estaba aquél día más inclinada a la aventura que de costumbre, porque además de haber bebido cuatro vinos y una ginebra con tónica, sentía la necesidad de pasar página apresuradamente sobre el último y lamentable capítulo de su vida.

Para Marcos aquello iba viento en popa y albergaba la esperanza de alcanzar buen puerto cuanto antes. Siguieron bailando hasta que volvió a sonar una canción con ritmo demasiado rápido. Entonces, tomándola del hombro, volvieron a la mesa, aunque esta vez Marcos ya no se sentó frente a ella, si no a su lado, para poder continuar el acecho conforme a las normas: pasando un brazo sobre sus hombros y alternando las dulces palabras con los suaves besos en el cuello. Observaba a la mujer cada vez más entregada y decidió dar el último paso.

_ ¿Quieres que nos vayamos a otro sitio? -Aquella era la prueba definitiva, el sí o el no. Había disparado el segundo cartucho de su Sarasqueta y en la respuesta de ella estaba el reconocimiento del éxito o el fracaso de la cacería, de toda la actividad de incitación premeditada que había puesto en escena desde que la vio descender, tan seductoramente, las escaleras del 7/7.

_ ¿Qué hora es? -preguntó a su vez Ester consultando su reloj- Jo tío, son las once y yo tengo que madrugar mañana, entro a currar a las ocho. Sí que me gustaría irme contigo, pero es que hoy no puedo.

Marcos blasfemó con el pensamiento. El segundo tiro había fallado y la liebre, aunque herida, huía a esconderse en el arcabuco. Sin embargo, galantemente, dijo:

_ No te preocupes, el hecho de haberte conocido ya es bastante premio por hoy, no se puede ser avaricioso. Además supongo que tendrás novio, marido o algo así y vengo yo aquí a comprometerte el primer día.

_ A mi nadie me compromete. Me comprometo yo sola cuando me da la gana y de verdad que me gustaría irme contigo pero hoy no puedo. No vine aquí pensando en ligar, lo que pasa es que apareciste tú y me caes muy bien. Mañana, si quieres, quedamos ¿Vale? Porque yo no curro.

_ Por mi encantado -se consoló Marcos- dime a qué hora y te iré a buscar... A propósito: ¿tienes o no tienes novio o marido? Como comprenderás, estoy muy interesado por ti, me gustas mucho y quiero saber en dónde me meto.

A Marcos se le daba un ardite la posible pareja de la chica porque lo único que objetivamente pretendía era que, durante un par de meses, se abriera bien de piernas para él. Los sucesivos fracasos experimentados a lo largo de tantos años le habían conducido a aquella triste conclusión. Aceptaba de antemano que sus relaciones con el sexo débil no podían durar más de ocho o diez semanas porque indefectiblemente eso era lo que ocurría: en el momento en que el letrado exponía con claridad suficiente sus pretensiones, la mujer comenzaba a mostrarse reticente y a iniciar una retirada, tan rápida a veces, que casi se le podría llamar, de forma más tajante, una huída. Excepción hecha de una muchacha hacía muchos años, pues logró despertar en ella tal necesidad afectiva hacia él que la llevó a condescender en muchas de las demandas del letrado. Incluso aguantó, solamente por complacerle, un par de sesiones de azotes, no demasiado fuertes desde luego; pero la cosa explotó el día que intentó atarla. A partir de entonces no volvió a saber más de ella.
Por todas esas experiencias negativas que le habían llevado casi a admitir con estoicismo que lo que él buscaba no existía realmente, asumía que lo único que podía conseguir de las mujeres era un par de meses de sexo, además del placer que en sí mismo le proporcionaba el simple hecho de afrontar el reto de la conquista.
A esta vallisoletana que acababa de conocer no podía decirle todavía sus pretensiones, porque el acecho siempre hay que hacerlo en silencio y con el viento de cara para no espantar a las presas. Eso se llevaría a cabo, según el plan que la experiencia le había hecho establecer, cuando hubiera indicios suficientes de que la mujer estaba, como suele decirse, coladita por él. De momento tenía que simular un enorme interés en saber si existía o no otro hombre.

_ Había una especie de novio -concedió Ester- pero en la actualidad no hay nadie. Ya te lo contaré con más detalle. Yo es que ahora tengo que irme.

_ ¿Tienes coche? -Marcos al enterarse de que la chica había venido andando se ofreció solícito a llevarla a casa. Era la oportunidad para lucir su vehículo, porque aunque los dos tiros habían fallado, el letrado era consciente de que existían todavía recursos suficientes como para no perder la pista de la presa. Sabía que era necesario que ella se enterase del coche que tenía. En efecto: el Alpine produjo en Ester la consecuencia deseada. El letrado se entretuvo en explicarle cómo funcionaba el ordenador de a bordo, la potencia que tenía, lo que gastaba, por supuesto le dijo lo que le había costado y puso a sonar el magnífico equipo estéreo Pioneer que había hecho instalar en el vehículo. Ester, que en lo referente a la tecnología estaba aún en fase de sacudirse los terrones, se sentía maravillada por todo e iba entrando más y más en la red que el hombre tendía arteramente a su alrededor.

Haciendo ella de copiloto, llegaron a una calle situada en el barrio de Las Batallas y cuando doblaron una esquina la muchacha le indicó un edificio pidiéndole que detuviese el coche. El hombre pudo leer “Calle de Sagunto” en un cartel metálico con letras blancas sobre fondo azul fijado en una fachada. El besuqueo de despedida fue arrebatador. Marcos acarició con suavidad los pechos de la muchacha y pudo comprobar que ella entreabría la boca y movía ligeramente las aletas de la nariz en un gesto inequívoco de deseo anhelante. Quedaron en que él la vendría a buscar al día siguiente a las nueve para ir a cenar.

“Ahora sí que tengo que ir a echar un polvo” pensó Marcos “esta hija de puta me ha puesto a cien”. Llegar al lupanar le costó dar varias vueltas con el coche, pero al fin, por tres mil pesetas, consiguió el desahogo que estaba necesitando. Reconfortado con un bocadillo de calamares y una caña en un pequeño bar cerca de la Antigua, regresó a su casa y se metió en la cama.

Al día siguiente, por fin era viernes. Siempre que la veda estaba abierta, los fines de semana cambiaba el birrete y la toga por la escopeta y el morral. El sábado, a la salida del sol, ya se encontraba en el cazadero, provisto de los pertrechos necesarios y acompañado habitualmente por Goyo y alguno de sus perros, dispuesto a disfrutar apasionadamente, pues el simple hecho de pensar en salir al campo ya era motivo suficiente de esparcimiento para él. Pero cuando la veda le impedía dedicarse a su pasatiempo favorito, los fines de semana le dejaban frío, porque casi prefería estar entretenido en el despacho que no saber cómo gastar el tiempo libre, pues a pesar de que invertía muchas horas en la lectura y en el cine, son estas actividades solitarias que se realizan envueltas en silencio y aunque él no era consciente, estaba necesitando compañía. Al fin y al cabo, a pesar de sus peculiaridades era un ser humano. Por eso la caza le complacía tanto: iba aparejada a la conversación con Goyo, la comida en familia y la larga tertulia en la cantina del pueblo. Hasta tal punto se aburría los sábados y domingos en que no podía descolgar la escopeta, que solía incluso cambiar los turnos de oficio con los compañeros, de modo que no tuviera nunca que enfrentarse a un largo fin de semana de soledad, inactividad y tedio. Pera ahora el asunto prometía ser diferente, porque estaba verdaderamente excitado y anhelante con la posibilidad de probar por fin a su nueva conquista. Ignoraba por qué pero le parecía que aquella mujer podría ser lo que andaba buscando o al menos podría aportarle motivos de satisfacción durante algunos meses. Sea como fuere, parecía que le había entrado por el ojo derecho.

Almorzó fuera, como cotidianamente hacía, en un restaurante cercano y familiar situado en las proximidades del edificio donde tenía el bufete. Normalmente, salvo que asuntos de trascendental importancia requiriesen su atención, los viernes no regresaba al despacho después de comer y aquél día en concreto, tras la siesta y el gimnasio, se duchó y aseó a conciencia. Inmaculadamente vestido con pantalón y camisa a juego, cazadora Burberrys y Castellanos, se roció con una buena dosis de Paco Rabanne y a bordo de su espectacular vehículo se dirigió a la cita. Por la mañana había tenido la precaución de ordenar un profundo lavado y encerado del coche en el taller acostumbrado, de suerte que el blanco de la carrocería brillaba como si lo hubieran lustrado. Ya sabemos que todos estos preámbulos a un encuentro sugestivo, son comunes a la mayoría de los mortales, porque el efecto que se procura es agradar a la otra persona para influir positivamente en ella y de esa forma consolidar la relación. Cuando alguien nos interesa solemos mostrarle la parte de nosotros que quiere ver, disimulando todo aquello que sabemos o intuimos que le desagrada. Este comportamiento en general es válido para toda clase de relaciones humanas, desde una entrevista para conseguir trabajo, pasando por una reunión de negocios o una cita amorosa y tanto los hombres como las mujeres acatan, aun sin ser conscientes, esta regla. El caso de Marcos no era una excepción, con la salvedad de que él sabía perfectamente que las cosas funcionaban así y actuaba de aquella manera no tanto para robustecer la relación, como para conseguir, cuanto antes, una gratificante ración de sexo, pues a priori y considerando sus múltiples y fracasadas experiencias, era todo lo que pensaba obtener de una mujer.

Realmente aquella chica vivía en un barrio periférico y aunque después de tantos años Marcos conocía la ciudad al dedillo, le costó dar muchas vueltas por callejas estrechas y complicadas antes de llegar. Al fin reconoció el lugar. Paró en doble fila, dejando encendidas las luces de emergencia, se apoyó displicentemente en la aleta del Alpine y se dispuso a esperar. Inmediatamente cayó en la cuenta de que en aquél suburbio no debía ser frecuente la vista de un hombre apuesto elegantemente vestido al lado de un coche de lujo, porque la gente, sobre todo las mujeres, le miraban y algunas casi con descaro.

No tuvo que aguardar mucho. Se abrió la puerta del portal y surgió Ester, vestida con un traje de chaqueta, medias y botines, llevando bajo el brazo el chaquetón de piel de la noche anterior y enganchado al hombro, un pequeño bolso negro. La falda, bastante corta aunque no escandalosa, dejaba ver, por fin, unas preciosas piernas rectas y torneadas. “Está de puta madre” pensó Marcos, “mucho mejor que ayer.” Se acercó a ella y la saludó con un suave beso en cada mejilla. Galantemente le abrió la portezuela derecha del vehículo para que ella se sentase, pues sabía que aquellos detalles que antaño no se valoraban por habituales en los caballeros, ahora eran estimados en gran medida por las mujeres, que a pesar del feminismo, siempre gustarán de esas atenciones. Dando la vuelta por detrás del vehículo él ocupó el puesto del conductor.

_ Si ayer me parecías la chica más guapa que había visto en mi vida hoy ya no sé qué decir, porque estás preciosa, increíble. Te sienta mucho mejor la falda que el pantalón.


Ester se creyó obligada a dar las gracias mientras se sonrojaba ligeramente al ser consciente de que su cuerpo estaba siendo examinado. Tampoco a ella se le había escapado que Marcos estaba radiante, pero no se le ocurrió decir nada; su inconsciente colectivo, forjado tras generaciones de patriarcado, le impedía piropear a un hombre, aunque no se privó de escudriñarle detenidamente con el rabillo del ojo mientras él conducía. “Vamos a cenar ¿te parece?” Y Ester se dejaba llevar a través de las calles de Valladolid, sentada en el impresionante deportivo, conducido por aquél hombretón gallego, igualmente magnífico.

El artificioso letrado había tomado la determinación de llevar a su nueva conquista a uno de los restaurantes verdaderamente exclusivos de Valladolid, un lugar de esos en los que abonar la cuenta constituye en sí mismo un dispendio. No dudaba de que aquello propiciaría una actitud muy favorable en la chica, tornándola más propincua a consentir en las intenciones del astuto abogado. Además, a él personalmente le gustaba el sitio, le trataban con familiaridad como a cliente habitual y al estar cerca de la Plaza Mayor, le ofrecía la posibilidad de estacionar el vehículo sin problemas, porque las callejas del centro de Valladolid, estrechas y zigzagueantes, aunque le encantaban desde un punto de vista estético, le resultaban molestas cuando se trataba de conducir por ellas, a pesar de tenerlas perfectamente conocidas.
Pero ya tenemos a la pareja dispuesta a degustar una sabrosa cena y a charlar de lo divino y de lo humano, porque una vez verificado el interés mutuo, para llegar al conocimiento es imprescindible dialogar. A instancias de Marcos, Ester hizo un resumen, complacida, de la mayor parte de su existencia, sus vivencias, su infancia, sus problemas con Roberto… En definitiva: todo aquello que a su acompañante podía interesarle. No pensemos por eso que nuestro amigo pecaba de impertinente o inquisitivo. Tanto por su profesión como por su natural inteligente y despierto, tenía pericia sobrada como para que Ester percibiese únicamente la sensación de que aquél apuesto caballero se interesaba amablemente por ella y que todas las preguntas que le hacía obedecían a la única y honesta intención de conocerla cada vez mejor. Con sutileza, pero sin darle excesiva pausa, Marcos preguntaba y Ester respondía, cambiando de cuestión y de época, hasta que él obtuvo un acabado retrato de ella. Le ayudaba a soltar la lengua el exquisito y fresco vino espumoso que el letrado había pedido, un caldo suave, ligero y de buen paladar, adecuado, como él decía, para emborrachar mujeres. No dejaba tampoco de ocuparse, como al desgaire, de que la copa de ella nunca estuviese vacía. Asentía o negaba ostensiblemente con la cabeza de forma adecuada a lo que la chica iba relatando, sin dejar de mirarla a los ojos mostrando suma atención, como si bebiese sus palabras y todo aquello que saliera de su boca constituyese para él asunto de singular trascendencia. Así, entre unas cosas y otras, logró que la mujer le confiase casi todos los detalles importantes de su vida.

Todavía Ester no se había explayado en profundidad sobre sus atípicas relaciones sexuales con Roberto, pues le parecía precipitado en la primera cita contar a un desconocido situaciones que, en puridad, eran simplemente la quintaesencia de la humillación con la circunstancia agravante de que a ella le habían resultado extraordinariamente excitantes. Si le habló de su novio, de sus hermanas y de cómo había transcurrido su infancia y adolescencia, pero nada dijo, o al menos nada tuvo intención de decir, sobre las especiales características que rodearon su descubrimiento y ulterior práctica del sexo. Jamás había confiado a nadie eso, pues pensaba que cualquiera que lo supiese la tildaría cuanto menos de estúpida. Y si llegara a hablar con total franqueza, diciendo que a ella le complacían sexualmente aquellas humillaciones, quizá alguien decidiera que, además de la estupidez, estaba aquejada de alguna psicopatía. De modo que, a pesar del vino que había ingerido en exceso, mantuvo la discreción suficiente como para no mencionar en absoluto aquél enojoso asunto a su nuevo acompañante.

Pero Marcos era perro viejo, acostumbrado a leer entre líneas. Experto psicólogo, no en vano se había tragado todos los libros acerca del comportamiento humano que el azar, o su propia intención, habían puesto a su alcance. La mitad de sus clientes eran mujeres separadas o que pretendían estarlo, y el trato con ellas, que suelen ver en al abogado un trasunto de psicólogo, le había proporcionado además la posibilidad de comprobar experimentalmente si las teorías aprendidas en los libros se ajustaban a los parámetros inmutables de la realidad. Así, no le fue difícil descubrir, entre las frases de Estercita, indicios ciertos de que podía estar ante la mujer de sus sueños, aquella que por fin iba a proporcionarle lo que llevaba buscando tantos años. Era pronto aún para emitir un juicio, pero los elementos probatorios resultaban altamente significativos.

Aunque Ester habló y habló, Marcos, por el contrario, apenas dijo nada de sí mismo, pues pensaba que aquél era el momento de prestar atención, no de reclamarla. Escuchaba sin pestañear todo lo que la mujer iba refiriendo de su pueblo, su trabajo, su novio y sus hermanas… Si la chica callaba, pensando que se había agotado el asunto o que estaba resultando prolija, Marcos hacía derivar la conversación hacia contenidos fútiles, pero solamente para proporcionar a la presa un respiro que le permitiera a él retomar el interrogatorio con renovada técnica, como cuando el torero, ante un toro escaso de fuerzas, le da tiempo y distancia para que se recupere antes de continuar la faena. Pero a Ester le resultaba muy halagador que un hombre tan atractivo, todo un abogado de reconocido prestigio (ya se había encargado ella de investigar quien era realmente aquel Marcos Laxe) fuera capaz de manifestar tanta atención e interés por su persona. No estaba acostumbrada a ese comportamiento y le complacía sentirse el centro del mundo, rodeada de cuidados y frases amables. No sabía que estaba tratando con un maestro de la seducción y quizá aunque lo hubiese sabido, tampoco le hubiera importado.

Entre otras muchas cosas, Marcos averiguó que a ella no le gustaban demasiado las discotecas, a pesar de que últimamente acudía a ellas con asiduidad junto con un grupito de conocidos de ambos sexos, básicamente compañeros y compañeras de trabajo pero también otras personas con las que había entrado en contacto únicamente debido a que todos frecuentaban el mismo ambiente noctámbulo de bares musicales. Y como Valladolid aun no era una ciudad demasiado grande, al cabo de un mes de recorrer los mismos locales hasta la madrugada, Ester entró a formar parte, de pleno derecho, de la fauna nocturna de la ciudad, más por aburrimiento, hastío y deseo de probar cosas nuevas que por verdadero deleite y convencimiento. Así que a Marcos le dijo la verdad, que no le apetecía demasiado el jolgorio de una discoteca, con lo cual a él se le esfumó la oportunidad de excitarla durante un sensual baile lento. En vez de ello, determinó llevarla al Herminios, local del cual era también cliente habitual. El lugar le parecía agradable y discreto, con la suficiente penumbra como para dedicarse a acariciar y besar a la chica hasta que llegase el momento de proponerle ir a dormir a un hotel. Ester ya conocía el sitio y se mostró encantada de ir a tomar allí una copa. Nosotros creemos, sin embargo, que aquél día hubiera acudido a las mismas puertas del infierno con tal de poder seguir al lado de aquel atractivo letrado gallego.

Siguiendo el plan previsto, se sentaron muy juntos en uno de los amplios sofás y pidieron unas consumiciones. La penumbra, el alcohol y el tenue jazz que sonaba de fondo hicieron su efecto y así, cuando a Marcos le pareció que había llegado el momento oportuno, comenzó a mordisquear con sus labios tiernamente el cuello de la chica, apartando con delicadeza su negra melena y permitiendo que su perfume le envolviera. Al poco, ella le ofreció la boca y estuvieron besándose apasionadamente durante un buen rato, mientras él, percatándose de que la liebre estaba a tiro, se atrevió a acariciar sus pechos con firmeza. Al sentir aquella maniobra, el beso de Ester se hizo aun más profundo y frenético, lo cual le dio pie a él para meter la mano debajo de la falda, remontando suavemente con las yemas de sus dedos el muslo femenino, sobre la media. Cuando ascendió, llegando a la liga, ella abrió las piernas y Marcos accedió a su sexo, separando un poco la braga. La notó tremendamente húmeda, excitada y abierta. Disimuladamente, pues al fin y al cabo estaban en un lugar público, le acarició el clítoris con un dedo mientras le susurraba en el oído:

_ Vamos a otro sitio, preciosa, mi vida... Te deseo, quiero tenerte... Mira como me pones -y diciendo esto, con un gesto obsceno impropio de su refinamiento, pero extraordinariamente eficaz para la consecución de sus objetivos, llevó una mano de Ester a su horcajadura de modo que ella percibiese la erección. La chica acarició un poco el pene por encima del pantalón y simplemente dijo:

_ Vámonos.

Por fin había llegado el momento. Se levantaron y él la ayudó con galantería a ponerse el chaquetón. Salieron abrazados del local: Marcos pasando su brazo sobre los hombros de la chica y ella asida firmemente a la cintura masculina. Así continuaron entrelazados, caminando e intercambiándose besos esporádicamente hasta que llegaron al lugar donde estaba estacionado el vehículo. Él le dijo a donde se dirigían, y aunque ella no conocía el hotel San Cristóbal, seguía mostrándose dispuesta a acompañarle a cualquier parte.

En la conversación o, mejor dicho, en el interrogatorio al que Marcos sometió a Ester durante la cena, había advertido que ella era una mujer que valoraba mucho su trabajo y su independencia. Se apercibió perfectamente de que estaba saturada de obediencia, a sus padres, a sus hermanas y a Roberto, aunque como el letrado era perspicaz, creyó intuir por indicios ciertos, que en aquella subordinación a su novio había algo más que amor o resignación. Estaba casi seguro de que aquél sometimiento tenía un formidable componente sexual y esa certeza le encandilaba de tal forma que procuraba no cometer con la mujer ni el más mínimo error, pensando que en ella podría hallar por fin lo que andaba buscando. De esta forma le pareció lo más adecuado, de momento, declararse él mismo feminista y ferviente defensor de la libertad de la mujer y de la igualdad de derechos manifestando que le fascinaban las chicas independientes y seguras de sí mismas. Lo cual básicamente era cierto; al menos desde la perspectiva legal y jurídica era lo que venía defendiendo desde que comenzó a ejercitarse en su profesión. En cualquier caso estaba claro que si Ester se hubiera revelado como una muchacha timorata e irresoluta, Marcos habría defendido el papel del hombre como macho protector, capaz de ofrecer seguridad, consuelo y alivio a las débiles mujeres. Pero la chica desconocía esa capacidad de él para adaptarse a la personalidad de sus conquistas y creía, a pies juntillas, que la imagen que percibía de Marcos era la verdadera. No es que el letrado le ofreciera una imagen falsa, simplemente le ocultaba algunas pretensiones, del mismo modo que Ester trataba de encubrirle otras, porque deliberadamente omitió todo lo relativo a las actividades sexuales mantenidas con Roberto durante el noviazgo, de las cuales se sentía tan culpable, pues se le antojaba aberrantes. Y si le costaba reconocer, ante sí misma que había disfrutado con fruición de todo aquello pensar en que iba a compartirlo con un casi desconocido, era pensar en lo excusado. Paradójicamente resultó que en la primera cita ambos ocultaban lo que les iba a hacer perfectamente compatibles durante doce años, uniéndoles hasta la muerte e incluso más allá.
A pesar de las recientes experiencias de Ester con los hombres no había adquirido todavía la chica el grado de conocimiento suficiente como para discernir cuando su acompañante puntual fingía ser como no era en realidad. Bien es cierto que tampoco le daba demasiada importancia, porque realmente lo único que buscaba en el fondo es alguien a quien entregar su cuerpo por unas horas. Pero ahora estaba fascinada con su nuevo amigo; no solamente le gustaba su físico, sino que su carácter tan decidido y seguro, tan sentimental y galante, parecía hecho a su medida, así que después de la sesión de besos y caricias en el Herminios, se encontraba lo bastante estimulada como para acceder encantada a la invitación de acompañarle a algún otro lugar más discreto en donde pudieran dar rienda suelta a sus deseos con mayor intimidad. Lo que nunca se podía imaginar es que iban a ir a un hotel. Esperaba una incómoda sesión en el asiento trasero del coche, pero aquél abogado resultó ser muy rumboso y europeo.

Marcos, por su parte, tenía bastante controlada la situación, aunque había algo que no ajustaba dentro de sus rigurosos esquemas mentales. Percibía como meridianamente claro que estaba frente a una chica celosa en extremo de su autonomía y libertad; en varias ocasiones, durante la cena, insinuó o explícitamente dijo que por nada del mundo ni por nadie renunciaría a su independencia económica. Sin embargo, refiriéndose a su novio había pronunciado frases que no concordaban con esos supuestos. “Hacía conmigo lo que quería” “Yo siempre estuve dispuesta a sus caprichos”… Si eso era así, debería existir en todo ello un componente sexual, que de ser cierto, convertiría a Ester en la chica de sus sueños. Como por entonces el letrado no reconocía que una mujer independiente y segura de sí misma puede ser simultáneamente una perfecta sumisa, no le encajaba esa especie de doble personalidad que creía descubrir en Ester. Pero precisamente gracias a ella, a lo que después experimentaron y vivieron juntos, no le quedó al letrado más remedio que cambiar de opinión, viniendo a reconocer que una mujer puede ser sumisa y disfrutar con ello independientemente de lo que aparente o efectivamente viva en su quehacer cotidiano, ya sea independiente económicamente o no lo sea, guapa o fea, gorda o flaca. Incluso hay más. Porque posteriores y múltiples experiencias le hicieron comprender que muchas de las ejecutivas agresivas de entre treinta y cuarenta años, que pasean por la vida pisando fuerte y comiéndose el mundo, devoradoras de hombres en el trabajo, directoras de equipos de ventas cumpliendo objetivos o miembros de importantes consejos de administración, están tan colmadas de tomar decisiones trascendentales y de soportar presiones para las que no están genéticamente preparadas, por lo cual buscan, en actividades más íntimas, que alguien decida por ellas, pues tienden a considerar el sexo como un desafío más de los muchos que afrontan cotidianamente en su vida profesional, de modo que si la cosa no resulta a plena satisfacción, se sienten responsables y necesitan huir de más responsabilidades de las que ya tienen en su trabajo. Porque es obvio que a una sumisa no se le puede imputar la culpa en el caso de que el sexo no funcione; ella se limita a obedecer, completamente entregada y absteniéndose de tomar decisiones. Luego la responsabilidad es toda del dominante, a pesar de que, paradójicamente, si los juegos resultan satisfactorios y excitantes para ambos el éxito se suele atribuir a la sumisa.

Pero no adelantemos acontecimientos y vayamos a lo que en este momento nos importa. Dejaron el vehículo en el estacionamiento del hotel, en La Cistérniga y mientras Marcos pedía la habitación, ella esperaba discretamente en el hall. A pesar de todo aquellas situaciones le seguían dando un poco de vergüenza, porque, como ya hemos dicho, en asuntos de mundo todavía estaba sacudiéndose el tamo de la ropa. Sin embargo cuando observó que Marcos le hizo un gesto, mostrándole ostensiblemente la llave de la habitación, se acercó a él y le siguió, caminando respetuosamente dos pasos por detrás del letrado y adoptando ya una actitud de subordinación.
El hotel se había construido hacía pocos años, para tratar de paliar la carencia de este tipo de servicios que por entonces padecía la ciudad y con ello hacer de paso un buen negocio. Al fin y al cabo, La Cistérniga dista solamente siete kilómetros de Valladolid y tanto los solares como los impuestos, resultaban allí menos asfixiantes; además, la concesión de la licencia de obra era más fácil y los controles de calidad menos rigurosos que en la capital. El edificio tenía la característica de no tener ninguna, es decir: estéticamente no resaltaba por nada en especial, salvo los inmensos jardines de la entrada. Pero con todo y eso la habitación era agradable, con buena calefacción, aseada y suficiente para llevar a cabo la función a la que pensaban destinarla Ester y Marcos.
Cuando entraron, él colocó previsoramente el cartel de “No molesten” y cerró la puerta. Sin mediar palabra, la abrazó, besándola apasionadamente en los labios. Ella, un tanto azorada, solamente supo decir “Espera” y se quitó el chaquetón arrojándolo sobre una butaca. Tornaron a abrazarse y a besarse mientras Marcos apretujaba el joven cuerpo femenino contra el suyo. Le quitó la chaqueta, y volviendo a los besos, metió una mano por debajo de la falda acariciando sus nalgas, firmes, suaves y frías. Acostumbrada a la rutinaria liturgia que siempre precedía al sexo con Roberto ella dijo:

_ Nos duchamos ¿eh? -mientras comenzaba a quitarse la ropa- primero yo y después tú, o si quieres, los dos juntos- añadió con un leve rubor en las mejillas.

Marcos esperó a que ella se desnudase, pero no se resignó a aguardar a la ducha. Cuando Ester dejó al descubierto unos pechos redondos y firmes, cuya blancura destacaba sobre el resto de la morena piel, se abalanzó sobre ella y sin darle tiempo a reaccionar la abrazó con fuerza mientras la besaba empujándola suavemente sobre la cama. Sin abandonar los besos en los labios y en los senos, acariciaba su sexo con una mano mientras con la otra desabrochaba frenéticamente los botones de su propia camisa. Cuando estuvo desnudo de cintura para arriba se tumbó sobre ella, comiéndole literalmente la boca y sintiendo el contacto de los erectos pezones sobre su pecho. Al poco, procedió a despojarse de los pantalones y el slip. Ester estaba rendida. Se dejaba hacer pasivamente, como siempre, sin acordarse ya de la ducha. Arqueó un poco la cintura y deslizó sus braguitas hasta los tobillos, terminando de quitárselas con los pies. Así, él quedó totalmente desnudo y ella solamente con las medias.

Marcos, acariciando el clítoris de la mujer y metiendo un par de dedos en su coño, comprobó que estaba lo suficientemente excitada, húmeda y abierta como para poder penetrarla inmediatamente. Se instaló encima de ella y con suavidad comenzó a acariciar la entrada de la vagina moviendo su propio pene erecto con la mano. Los impetuosos suspiros de Ester revelaban que lo estaba deseando de manera que, sin demorarse más, la penetró con un par de movimientos de cadera, iniciando inmediatamente un mete y saca sin dejar de besar a la chica en los labios, en el cuello y bajando a veces a sus pechos. Estercita estaba en la gloria. Era tan clásica, que aquella postura le resultaba de lo más gratificante; precisamente hacer el amor de aquella manera, simple, común y normal era lo que siempre había querido y casi nunca había logrado con Roberto. El jadeo de la chica aumentó y cuando se hizo verdaderamente compulsivo, Marcos eyaculó, a la vez que ella conseguía un orgasmo.
Continuó besándola sin abandonar la postura. Ella no se movía, no pronunciaba palabra y simplemente se dejaba hacer. Marcos pensó que si él quisiera, podría mantener aquello indefinidamente, siempre y cuando, claro está, la erección le aguantase. Al fin, Ester lo apartó suavemente con un gesto.

_ Menos mal que al fin me he atrevido a ponerme el DIU, porque ya sé que a los hombres os molesta el preservativo y mi intención no es molestar sino hacer que disfrutéis de mí y con mi cuerpo.

“Me cago en la puta” pensó Marcos. Un fallo imperdonable. Normalmente, siguiendo sus elaborados y habituales patrones de conducta para conseguir el amor de las mujeres, se mostraba muy interesado en saber si podía eyacular en el interior de la vagina, manifestando explícitamente que era preciso tener mucho cuidado, que él no tenía ningún inconveniente en ponerse un preservativo y que en todo caso es la mujer la que decide. Sin embargo, cuando comprendía que la relación había concluido, no le importaba correrse en cualquier sitio sin ningún control. Esto último no se lo dijo a Ester, pero si le declaró lo primero, asegurándole que él siempre era extremadamente cuidadoso, pero que en esta ocasión la vista de su precioso cuerpo desnudo le había hecho olvidar cualquier otra consideración que no fuera el hacerle el amor inmediatamente.

La verdad es que, dejando de lado las habituales muestras de galantería y adulación que Marcos solía prodigar a las mujeres cuando quería conquistarlas, algo de lo que decía era cierto, porque de todas las chicas que había conocido en su vida, sin duda Ester era la más guapa y la que tenía un cuerpo más apetecible, considerando además que era ocho años más joven que él. Si unimos a esto su actitud subordinada pero activa y las pistas ciertas que ella involuntariamente le daba acerca de su capacidad para la sumisión y la entrega, llegamos al resultado de que cuando se quitó el sujetador, dejando al descubierto sus preciosos pechos, la razón de Marcos se nubló y no pensó más que en satisfacer su deseo de disfrutar de aquel pimpollo que con tanta esplendidez se le entregaba.

_ Ahora es cuando viene la ducha -dijo él en un tono que no admitía réplica- Mejor todavía: el baño, pero los dos juntos.

Se puso de pie y le dio la mano, como tratando de ayudarla a levantarse de la cama a la vez que la impulsaba a hacerlo. Ester pudo entonces admirar su cuerpo desnudo. Era una especie de dios griego, la imagen del David de Miguel Ángel, pero más musculoso y maduro. Pensó que le recordaba algo a un actor de cine, aunque no pudo determinar exactamente a quien. La diferencia de edad, que hubiera resultado un inconveniente para muchas otras, sin embargo representaba para Ester un aliciente más, pues en su interior consideraba un privilegio que un hombre hecho y derecho, maduro y experimentado mostrase interés por ella, que era tan poca cosa. A aquellas alturas, después de sus recientes semanas de libertinaje y desenfreno, era perfectamente capaz de juzgar, por comparación, el tamaño de los atributos masculinos y no le pareció insuficiente el que Marcos lucía, de nuevo casi erecto, llegando a considerar que no estaba nada mal dotado. Se dirigieron al baño, de la mano y mientras la bañadera se llenaba de agua tibia, continuaron besándose, comprobando él que ella tenía el sexo totalmente abierto y mojado, pues los restos de su propio semen se escapaban entre los labios vaginales.

Cuando el nivel de agua fue suficiente, los dos se acomodaron en el interior de la amplia bañadera, sentados y apoyando ella su espalda en el pecho de Marcos. Este comenzó a enjabonarle los senos, mientras la besaba en el cuello con delectación. La mujer sentía la erección del hombre presionando contra sus nalgas y se dejaba hacer, como de costumbre, entregada completamente a su compañero que masajeaba con maestría y delicadeza sus senos, bajando de vez en cuando una mano, para acariciarla entre los muslos. Cuando el agua amenazaba con rebosar, Ester cerró el grifo, quedando los dos medio sumergidos y entregados con profusión a mutuas caricias y besos.
El grado de excitación de ambos llegó a ser suficiente como para obligarles a abandonar la suave sensación del agua tibia y sin dar tregua a los besos y a las caricias, se secaron mutuamente mientras Marcos continuaba vertiendo en el oído de ella la sarta más interminable de requiebros, piropos y frases amables. Casi todas eran ciertas, aunque el letrado no las sentía en aquel momento con la intensidad que las decía, pero esas manifestaciones de amor y deseo a media voz, entre besos apasionados y suaves caricias, con vehemencia y reiteración conseguían que Ester bendijera mentalmente la suerte que había tenido cuando se decidió a entrar en el 7/7 después de la putada de Roberto, pues creía que todo lo que Marcos susurraba a su oído, era completamente cierto y pensaba que quizá había encontrado, de nuevo, el amor de su vida. Resultaba evidente que la mujer manifestaba por una parte una extrema carencia afectiva y por la otra una necesidad casi imperiosa de entregarse y ser poseída experimentando con situaciones y personas desconocidas, pues pensaba que cualquier cosa resultaría para ella más excitante y divertida que sus frustrantes vivencias anteriores. Con esto olvidaba que hubo un tiempo en que aquellas experiencias, que ahora tildaba de frustrantes, la habían hecho feliz y que no siempre en la vida se cambia para mejorar, porque suele ser lamentablemente cierto aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sin embargo, en este caso concreto y para nuestra protagonista realmente se estaba abriendo un mundo de sensaciones y experiencias que de momento ni siquiera intuía.

Tumbados en la cama, desnudos, él comenzó a lamer sus pezones, descendiendo de vez en cuando hasta el ombligo y el principio del vello púbico. Observó que la chica tenía una bonita mata de pelo negro, arreglada, depilada, y cuidada, que le cubría parcialmente el monte de Venus mientras que las ingles y el resto del sexo aparecían completamente depilados. Esto le daba a entender a Marcos, que era una mujer promiscua, pues ninguna se compone lo que tiene en la entrepierna si no espera llegar a exponerlo. En cualquier caso resulta mucho más atrayente lamer un coñito afeitado que uno con pelos. Después de estas consideraciones de índole práctica y estética, determinó hacer un sesenta y nueve y adoptando la posición adecuada consiguió que su pene quedara a la altura de la boca de la muchacha mientras él, separándole los labios vaginales, buscó el clítoris con la lengua, esperando que la preciosa morena supiera lo que tenía que hacer con la picha que se le presentaba a la altura de los ojos.

No tuvo que esperar mucho para comprender que no era la primera vez ni la segunda que Ester practicaba una felación. Con la mano derecha acariciaba el pene rítmicamente arriba abajo, arriba abajo, metiéndoselo a la vez en la boca, chupando el glande con los labios y lamiéndolo con la lengua, mientras que con la mano izquierda le acariciaba alternativamente los testículos y entre las nalgas. “Esto no se aprende en un día” pensó Marcos cada vez más entregado a la tarea de hacerle a la chica una buena comida de coño. Según su técnica, con el dedo anular de la mano derecha le acariciaba entre las nalgas, mientras los dedos índice y medio de la misma mano se metían profundamente en la vagina. Si observaba que el culo se abría, el dedo que lo acariciaba terminaba traspasando el ano. A la vez, con la mano izquierda, separaba los labios vaginales, dejando el clítoris a la vista y expuesto a las succiones y lametones que le prodigaba sin parar. De esta suerte, la mujer sentía placer en su ano, su vagina y su clítoris.

Ya sabemos que Ester estaba acostumbrada a ese tipo de prácticas y ni que decir tiene que cuando se sintió acariciada de esta forma tan habitual por un desconocido creyó entrar en el séptimo cielo. Realmente ninguno de sus ocasionales amantes había llegado a la talla de Roberto, porque todos habían pecado, según su criterio, de un exceso de premura y de un defecto de contención. Pero este hombre se estaba comportando perfectamente, jugaba con su cuerpo, como a ella le gustaba llevándola a aquél punto tan peligroso en el que Ester utilizaba para pensar su clítoris en lugar de su materia gris. Al poco, explotó en un orgasmo y cuando estaba a punto de conseguir otro, Marcos detuvo su manipulación cambiando de postura. Se puso él debajo y ella encima, reanudando las caricias con los labios y la lengua en un sesenta y nueve sin fin. El hombre había observado que el culo de ella estaba totalmente dilatado, de manera que, teniéndola arriba, con las piernas separadas y las nalgas bien abiertas, se dedicó a lamer toda su raja, empezando en el clítoris y terminando en el agujerito del culo, entreteniéndose allí y metiendo la lengua todo lo que podía. Hay que decir que la técnica dio un resultado mejor incluso que el esperado, pues al poco tiempo permitió que Marcos pudiera meter un par de dedos en cada uno de los agujeros de la muchacha, deduciendo inmediatamente que el ano tampoco lo tenía virgen, porque era imposible que se dilatase tanto si antes no la habían sodomizado varias veces. Lo que estaba claro era que la introducción de los dedos en el culo y la vagina volvió a llevar a la chica al borde del orgasmo y como ella seguía manipulando sabiamente la polla de Marcos, este, no pudiendo contenerse más, abandonó la posición en la que estaba y manteniéndola a ella de rodillas sobre la cama, la ensartó por detrás, en la postura que le era más grata. En cuanto Ester le sintió dentro estalló y Marcos, imaginándose las nalgas de la muchacha surcadas de correazos, le dio tres o cuatro azotes flojos, le perforó el culo con su dedo pulgar y a la vez que incrementaba el ritmo de la polla en la vagina se corrió, lenta y profusamente, mientras la chica conseguía el cuarto orgasmo de la jornada. Casi sin solución de continuidad, se dejaron ambos caer en la cama, se abrazaron y se quedaron dormidos.

Era casi mediodía cuando se despertó Marcos, levantándose sigilosamente para ir al baño. No pudo evitar, sin embargo, que Ester despertara a su vez, incorporándose en la cama y sintiéndose muy alarmada al comprobar la hora que era.

_ Tío, yo estoy de tarde, me tengo que marchar a toda hostia -Marcos trató de tranquilizarla:

_ Bueno mujer, cálmate. Son solamente las doce y ¿Tú a qué hora entras?

_ A las tres. Pero tengo que ir a casa, cambiarme y comer algo -Mientras mantenían esta conversación, el hombre se estaba duchando y ella se sentó desvergonzadamente en la taza y vació ruidosamente su vejiga. A Marcos esto le pareció tan excitante que no pudo evitar ni quiso disimular una incipiente erección. Al contrario: la experiencia le decía que las mujeres se sienten muy bien cuando son conscientes de que provocan deseo en los hombres, de manera que mostrándole ostensiblemente su pene le dijo:

_ Mira como me pones preciosidad. Anoche me lo pase genial y me gustaría repetirlo ahora mismo ¿Quieres?

Ester le miraba sonriendo mientras le decía que ella también se lo había pasado muy bien y que, aunque el deseo era mutuo, el tiempo era escaso. Le llamo cielo y cariño, afirmó que era el hombre más atractivo e increíble que había conocido y que estaba determinada a que lo de anoche se repitiese muchas veces. Cuando terminó de hablar se encontró metida con él en la ducha. Marcos imaginó que sería factible volvérsela a follar, pero decidió que era mejor comportarse y antes de que la cosa pasara a mayores le entraron también a él las prisas. Salió del agua y se secó someramente con la toalla, comenzando a vestirse casi con agobio. Ester le miró extrañada.

_ ¿No decías que querías repetir? ¿A qué vienen ahora esas prisas?

Marcos era un hombre muy inteligente:

_ Es que como me has dicho que no tienes tiempo, prefiero vestirme rápidamente para no caer en la tentación de incordiarte… Y a ver si así se me baja esto -terminó diciendo mientras ponía la mano abierta sobre su sexo. Ester valoró muy positivamente la actitud del hombre, creyendo, como siempre, que era sincero.

_ Muchas gracias, eres un cielo. Si fuera mi novio, seguro que no salía de aquí sin follarme o al menos sin hacerle una mamada.

La chica había adquirido ya la suficiente familiaridad como para contarle un par de anécdotas relativas a su novio mientras desayunaban con premura en el comedor del hotel. Aquellos pormenores resultaron ser lo suficientemente reveladores como para que Marcos se ratificase en su intuición de que aquella admirable muchacha era sumisa sin saberlo. También pudo entender entonces cabalmente a qué se debía la maestría de Ester chupando pollas y con el pensamiento agradeció a Roberto la “buena educación” que había proporcionado a su novia. Terminaron el desayuno y se dirigieron en el coche al domicilio de Estercita. Al despedirse, Marcos le dio las gracias volviendo a insistir en lo bien que lo había pasado y en la necesidad de repetirlo. Ella manifestó que sus sentimientos eran los mismos y que como también tenía mucho que agradecerle, lo mejor era olvidar por ambas partes las manifestaciones de gratitud. El letrado terminó su alegato con maestría:

_ A pesar de lo bien que estuvo anoche, no te puedes imaginar qué es lo que más me ha gustado de todo lo que ha pasado desde que estamos juntos.

Ester dijo que no, que no se lo imaginaba.

_ Pues el que a Roberto le llames tu ex. Eso significa que a partir de ahora no tengo que luchar contra nadie y solamente estoy yo para conseguir que te enamores de mí. -La mujer se derretía:

_ Ya casi lo estoy tonto. ¡Qué cielo eres! -dijo dándole un suave beso y desapareciendo en el portal de su casa.

Mientras subía las escaleras la mente, como un torbellino, le daba mil vueltas. Era increíble todo lo que había sucedido en unos pocos días... El trabajo… Roberto… Y ahora este atractivo caballero. “Ester” -se dijo para ella misma- “¿no te estarás enamorando?”

Por ser sincera llegó a la conclusión de que, a pesar de que para ella resultase casi una necesidad, no le satisfacía en absoluto la vida que llevaba últimamente, festejando hoy con uno y mañana con otro, barzoneando por las discotecas y bares musicales de la ciudad y creándose una fama (porque esa era otra cuestión) de chica ligera y de fácil acceso, solícita y versada en el sexo. Eso podría resultar adecuado quizá para unos días, digamos que como premio o compensación por los años de tedioso absolutismo; también como experiencia nueva que había que probar, pero tales conductas no representaban el ideal de su vida, porque aunque empezaba a ser consciente de que solamente encontraba verdadero placer en la entrega y la subordinación, experimentando satisfacción y orgullo al ser capaz de ofrecer a un hombre lo que ninguna otra podía, la necesidad de compromiso era también un imperativo para alcanzar una cierta estabilidad. Realmente Estercita hacía gala de un clasicismo en su ética y en sus convicciones que le era imposible abandonar. Quería probar a vivir de manera distinta con la idea de que le resultara más excitante, pero aquellas semanas de vino y rosas exclusivamente habían dejado en su interior vacío y necesidad de afecto y comunicación. Resultaba interesante, eso sí, salir a ligar cada noche, sintiéndose libre y despertando en los hombres deseo y halagos. También era excitante tomarse unas copas y perdida la vergüenza, darse un lote de escándalo en la penumbra de la discoteca; incluso follar en un coche aparcado en el cerro de San Cristóbal, al lado de otros vehículos donde también había jóvenes parejas disfrutando del sexo. Pero aquél no era realmente un planteamiento de vida susceptible de perdurar en el tiempo. Su cada vez más amplio círculo de conocidos empezaba ya a comentar lo accesible y fácil que era Ester Bueno, además de lo sorprendentemente experta que resultaba en las artes amatorias. Eso la chica no lo sabía, pero verdaderamente estaba sucediendo y resultaba extraordinariamente negativo para su imagen. Aunque ignoraba los comentarios, ella ya se empezaba a cansar de todo aquello y requería una relación más estable. No otro Roberto, por supuesto, eso nunca. Pero si un hombre capaz de comprenderla y valorarla, de compartir con ella esperanzas y anhelos, de recibir su cuerpo con agradecimiento y satisfacción, con orgullo. Y también ¿por qué no? hábil, imaginativo y dispuesto a experimentar nuevas sensaciones en la cama. “Eso es lo que yo necesito” pensó mientras se vestía para ir a trabajar.

El problema consistía en tener la certeza de que Marcos Laxe respondía perfectamente a esas expectativas, porque la joven ya se había dado cuenta de que, para bien o para mal, aquél no iba a ser un hombre más de los varios a los que había entregado su cuerpo en las última semanas. En definitiva lo que Ester pretendía era conocer el futuro, algo a todas luces imposible, pero un atisbo en su interior le decía que estaba ante circunstancias especiales con una persona diferente a cualquiera de las que había conocido hasta entonces. Pero a pesar de todo ¿cómo estar segura de acertar? Ya había sido engañada una vez y si le volviera a suceder no tendría más remedio que considerarlo un fracaso personal. Tal vez el hombre aparentaba con extraordinaria habilidad ser y tener todo lo que a ella le gustaba, pero en el fondo quizá simplemente fingía. Aunque bien pensado ¿para qué iba a hacer todo aquello si Ester no necesitaba ese despliegue de destrezas para poner inmediatamente su cuerpo a disposición de un hombre? Todas estas dudas asaltaban su linda cabecita y para desecharlas, con un gesto instintivo pasaba la mano con los dedos abiertos a través de su melena negrísima. Pero al fin resolvió que lo único irrefutable era que el continuo vagabundeo con diferentes hombres solitarios por locales nocturnos, merodeando los fines de semana por las calles de la ciudad, la dejaba frustrada y vacía; de modo que como la única manera de salir de la duda acerca de la capacidad de Marcos para hacerla feliz era incrementar la intensidad de su relación con él, a eso precisamente pensaba Ester dedicarse en cuerpo y alma a partir de aquél momento. Estaba segura de conseguirlo, porque era perfectamente consciente del deseo que su joven y atractivo cuerpo despertaba en los hombres y en concreto en aquél elegante caballero gallego. Ese deseo, le daba a ella poder para lograr muchas cosas de ellos, al menos la primera noche. Lo que no tenía nada claro era que no acabase enamorándose otra vez, como una imbécil, de aquél apuesto, maduro y rumboso Sr. Laxe, aunque siempre se había dicho a sí misma que jamás volvería a dejarse arrastrar por el amor y que su objetivo iba a ser, en cualquier caso, aprovecharse de los hombres. Pero en el corazón no manda la cabeza y menos aún en una mujer que apenas había cumplido veinticinco años y llevaba media vida sintiéndose sola. No había ningún motivo para no dejarse arrastrar por los sentimientos y por el deseo: un hombre guapo, alto, inteligente, atractivo y culto, que estaba pendiente de ella y además, con una economía consolidada, dentro de una actividad que otorgaba a sus practicantes un reconocido prestigio social. “Hay que intentarlo” se dijo la joven enfermera con determinación mientras cogía el abarrotado ascensor del Hospital para incorporarse con alegría a su trabajo.

Marcos echó una última mirada aprobatoria al cuerpo de Ester cuando la chica se dio la vuelta para desaparecer en el portal de su casa. Por un momento se quedó pensando en la frase “Ya casi lo estoy” que había pronunciado ella refiriéndose a su amor por él y se congratuló de que este asunto marchase con tan buen viento. La mujer merecía el esfuerzo y en apenas dos días había conseguido encandilar a la joven belleza morena. Tenía la sensación de que iba a lograr su entrega, al menos durante un par de meses o quizá más, porque los indicios eran que posiblemente se hallaba ante la pieza que llevaba tantos años rastreando.

jueves, 24 de septiembre de 2009

VI EL DESAMOR





Así que las cosas continuaron discurriendo por los caminos que la vida caprichosamente trazaba, sin dar sosiego ni tregua a los dos jóvenes en sus quehaceres, pero sin excesivas consternaciones ni asperezas, porque a Ester, una vez que hubo asumido pacientemente su papel le fue posible desprenderse de los desasosiegos y zozobras que había suscitado hasta entonces en ella la presunción del incierto futuro que con su novio le aguardaba. Sencillamente disfrutaba del presente, carpe diem, y cuando llegase el momento en que sus condiciones económicas medraran lo suficiente, plantearía luego su vida de modo más adecuado a sus gustos. No era su intención, en modo alguno, dar por terminada y definitivamente concluida su relación con Roberto; ni si quiera esa especial forma de sumisión que mostraba hacia él y que tanto la satisfacía y excitaba. Pero lo que tenía pensado esbozar, sin ninguna duda, era la necesidad de que entre los dos existiese un compromiso serio: si la cosa derivaba hacia el matrimonio, mucho mejor; pero lo que no iba a sufrir más era que continuasen viviendo separados, pues aquello le daba la sensación de ejercer de concubina o barragana ante los ojos de los demás, y aunque era consciente de que, en privado y en la intimidad, realmente era la querida de Roberto y además el serlo le producía gran morbo y excitación, necesitaba igualmente saber que también era su novia formal, su compañera o, en el colmo de la satisfacción, su esposa. Y no sólo era preciso que ella tuviera esta certeza, sino que requería que el resto del mundo lo supiera también. Establecidos estos presupuestos la duda le surgía si, a pesar de todo, llegado el momento en que ella lo planteara, el chico se negaba al compromiso. Ester se imaginaba con su carrera terminada y ejerciendo algún trabajo remunerado que le permitiera una independencia económica más o menos amplia. En este contexto plantearía a su novio, como condición indispensable, la necesidad de que entre ambos se estableciera una mutua responsabilidad seria, formal, pública y fehaciente, al menos de convivencia ya que no de matrimonio. Ella estaría dispuesta y encantada de continuar ejerciendo como su esclava sexual, sometida a las veleidades y caprichos de él, decidida a no pedir nada en este terreno circunscribiéndose a disfrutar de lo que el chico quisiera liberalmente entregarle. Pero… ¿Qué ocurriría si a pesar de todo Roberto se negaba al compromiso? ¿Estaría ella dispuesta a terminar con la relación? Esa duda rondó por su cabeza durante meses, pues no estaba muy convencida de que el muchacho quisiera establecer con ella una obligación hasta ese punto, aunque lo que tenía por absolutamente cierto, más allá de cualquier deferencia, era que desde luego no pensaba mantener indefinidamente el escenario en el que llevaban viviendo tres años: Roberto en su casa y ella en la de su hermana, encuentros vespertinos y de fin de semana para sexo, alguna salida al cine o de paseo y pare usted de contar. Le atormentaba la idea de tener que decidir entre someterse, prolongando indefinidamente una situación tan incierta o dar por terminada la relación con su chico.

El muchacho, por su parte, pensaba que al final había ganado el órdago que echó aquel día, porque su novia regresó con él antes de que transcurrieran veinticuatro horas, con las orejas gachas y demandando misericordia. Aquello para él fue como la constatación de la rendición incondicional, una especie de reconocimiento implícito de que en el cuerpo de Ester mandaba Roberto. Como le prometió, nunca jamás se volvió a mencionar el asunto, pero desde entonces el chico percibía que, aunque el comportamiento de Ester era de una subordinación intachable según sus propios criterios, había algo que no le acababa de encajar. Observaba en ella una especie de despreocupación o desinterés hacia él, una cierta desmotivación y abulia y se extrañaba de que nunca se produjesen discusiones originadas por la continua demanda de sexo “normal” como la propia Ester decía. Era evidente que la niña había cambiado, pero Roberto se declaraba incapaz de determinar si aquel cambio había de resultar, a la larga, para bien o para mal; porque siempre que interrogaba a su novia al respecto Ester le contestaba con evasivas, o simplemente le decía que era precisamente ese comportamiento el que se le llevaba demandando desde hacía tanto tiempo y ella había decidido atenerse escrupulosamente a lo que se le exigía, sin tratar de salirse para nada de las lindes ni de avanzar siquiera un paso más adelante.

En lo que no experimentó la joven ninguna desviación fue en su capacidad de estudio y de trabajo, de manera que en el orden personal de prioridades supeditaba cualquier actividad, por muy placentera que pudiera parecer, a sus obligaciones estudiantiles. Jamás faltaba a clase o a una práctica y no existía asignatura en la que su nivel académico bajase de notable. Ciertamente le gustaba su carrera y aunque nunca abandonó por completo la ilusión de llegar a ser médica, estaba deseando culminar sus estudios para comenzar a desempeñarse como enfermera sin solución de continuidad; porque pensaba, con razón, que ello le daría un doble motivo de satisfacción: por una parte su propia realización personal al constatar que había culminado una meta y por otra, la tan soñada, deseada y necesaria independencia económica, con la posibilidad de elegir el tipo de vida que quería tomando sus propias decisiones. Imaginaba que ahí, en algún lugar del ignoto mundo, le estaba aguardando algo único e incomparable, unas experiencias nuevas que nada tenían que ver con Roberto, con su familia o con cualquier otra cosa que hasta entonces hubiera conocido. No sabía verdaderamente qué buscaba, pero en su interior existía la firme creencia de que la vida le tenía que ofrecer más alternativas de las que le había ofrecido a su madre, inmolada en una tediosa existencia, monótona, gris y aburrida; girando siempre en torno a los demás y exclusivamente dedicada al trabajo duro y al cuidado de la casa y la familia. Al fin y al cabo ella era una chica despierta e inteligente, receptiva, capaz y sin prejuicios, de finales del siglo XX, así que llegó a la conclusión de que realmente no era una opción tan adecuada como parecía a primera vista aquello de casarse y tener hijos, pues a renglón seguido se veía condenada a sobrevivir el resto de sus días rodeada de ropa sucia, cacharros de cocina y narices con mocos. No descartaba, desde luego, el matrimonio convencional, pues cientos de generaciones pesaban en su inconsciente colectivo, pero no quería enterrarse en la vida conyugal y en las cargantes responsabilidades de una madre y ama de casa sin antes haber experimentado todas las sensaciones que la vida podía ofrecerle, pues aunque todavía ignoraba cuáles podrían ser éstas, tenía la seguridad de que existían. Imaginaba experiencias nuevas, diferentes y desconocidas que ella misma no sabía catalogar, sin embargo, era firme su determinación de conseguir sentir en su cuerpo y en su mente cosas únicas, quizá reservadas solamente a algunas pocas valientes elegidas. “La vida” pensaba “no puede ser tan monótona y aburrida como lo ha sido para mi madre y lo está siendo para mis hermanas”.

Por lo demás, llevaba desde COU conviviendo habitualmente con Roberto y haciendo apenas acto de presencia en casa de su hermana para dormir. Durante mucho tiempo le inquietó alcanzar a comprender por qué su novio no le proponía que vivieran juntos definitivamente e incluso llegó a sentirse de alguna forma culpable por ello, pues a poco que razonase, Estercita era capaz de deducir que ella era personalmente responsable de la segunda guerra mundial. Pero aquella cuestión fue paulatinamente perdiendo trascendencia hasta que llegó un momento en el que ya no le preocupaba lo más mínimo, porque conforme iban transcurriendo los meses, se iba incrementando su determinación de no llegar a buen fin con Roberto. Y esta traza no estaba motivada porque el chico le exigiera, sin paliativos, la entrega de su cuerpo y de sus apetencias, pues ya sabemos que ese tipo de humillaciones significaban para Ester más un motivo de excitación y de orgullo que de reparo o inconveniente; pero lo que le resultaba imposible de sufrir era la repulsión que su novio parecía profesar hacia el compromiso y la chica estaba segura de que si esa actitud persistiese una vez que ella se hubiera incorporado a la vida laboral, imposibilitaría de todo punto la continuidad de la relación, es decir: el asunto debería evolucionar hacia el matrimonio o hacia el compromiso serio y firme de vida en común; en caso de no ser así, ella no le auguraba ningún futuro. Por otra parte, la relación con sus padres era normal. Se limitaba a pasar las vacaciones con ellos por el verano, en Navidad y Semana Santa. No es que se mostrase entusiasmada ante la perspectiva de dilapidar sus días de descanso en Santiago del Arroyo, pero su capacidad económica hacía del todo punto quimérico pensar en otra cosa y como Roberto jamás le había propuesto cualquier forma diferente de disfrutar de las vacaciones, la chica no tenía alternativa. Ocasionalmente, algún otro día señalado, bajaba al pueblo a visitar a sus padres. Tío Cayito había envejecido de forma alarmante, sufría de continuas algias dorsales, hipertensión y alguna forma leve de insuficiencia respiratoria, aunque con todo y eso continuaba afanando en la huerta, labrando sus tierras y ayudando a su oíslo a engordar un par de marranos para surtir de chorizos y morcillas a todas sus hijas, yernos y nietos que cada vez eran más numerosos y todos con buena salud y singular apetito, a Dios gracias. De entre todas sus hijas, Ester, la Chiquita, continuaba siendo su preferida, y le toleraba, aunque no de buen grado, el tipo de vida que llevaba con el novio, de lo cual había sido aviesamente informado por Isabel, quien había cargado las tintas todo lo permisible en la descripción de los supuestos desmanes de su hermana pequeña. A buen seguro en otros tiempos y a cualquier otra de sus hijas, Cayo, en la medida de sus posibilidades, le habría reprochado o incluso prohibido concluyentemente un comportamiento tan disoluto, pero con la Chiquita, en cambio, lo aceptaba, aunque con más resignación que entusiasmo. Quizá el tiempo estaba haciendo al viejo tío Cayito más tolerante, pues ya se sabe que la edad suele, a veces, dulcificar los extremismos. Sin embargo, la Vivi, por su parte, se conservaba aparentemente igual que hacía veinte años, como si el tiempo no pasase por ella, indeleblemente enlutada y con pergeño de señora de pueblo que tan pronto aparentaba sesenta años como cincuenta, porque su figura apenas había variado prácticamente desde que Ester la recordaba, ya vestida de negro tras el fallecimiento de un hermano. El luto se fue concatenando, porque los años no perdonan y poco a poco iban muriendo familiares que generaban en conjunto, muchos más años de duelo que los que la propia Vivi iba a permanecer en esta tierra, de suerte que ella, como todas las mujeres de su edad y de su época, sobre todo en los pueblos, vestía de negro profundo desde los cincuenta años.

En lo tocante al sexo, la sodomización se repitió casi siempre que hacían el amor, después del miserable día en que se consumó la violación, consentida a medias. Comenzaban con caricias buco-genitales y terminaban corrientemente cuando Roberto hundía su polla salvajemente en el culo de la muchacha y acababa escupiendo allí su semen. Tal uso y abuso del agujero trasero, había logrado que este se dilatara lo suficiente como para parecer un segundo coño, más estrecho y apretado, eso sí, pero idóneo para alojar en su interior cualquier polla y capaz de proporcionar a Estercita largos y múltiples orgasmos cuando simultaneaba la penetración anal con una suave, profunda y experta masturbación en la zona del clítoris y la entrada de la vagina. Solamente se suspendían tales prácticas en los días de la regla, cuando lo único que Roberto utilizaba de la muchacha era su boca; que funcionaba también como otro coño, debido a la sublime habilidad que había adquirido a fuerza de repetir una y otra vez la felación. Pero... ¿y la auténtica vagina?

Aunque parezca increíble, lo cierto es que Ester no fue desvirgada hasta casi tres años después de haber comenzado a mantener relaciones sexuales, si puede dársele este nombre a las insólitas prácticas lúbricas que su novio toleraba y exigía. A la muchacha le parecía a veces que Roberto se limitaba a valerse de su precioso cuerpo con displicencia y en beneficio propio, sin cuidarse de nada más y que verosímilmente no la quería; pero en otras ocasiones, cuando su novio le proporcionaba aquellas largas y gratificantes tardes de sexo, se decía a sí misma que aunque el chico era bastante anómalo, resultaba evidente que la amaba de alguna extraña forma, pues se preocupaba siempre de que ella obtuviera su correspondiente dosis de placer. Esto, en puridad, no era cierto: Roberto se limitaba a mantenerla lo suficientemente satisfecha como para que no pensara en ningún otro, aunque no tanto que llegase a provocar la desgana hacia él; pero realmente le importaba un bledo si la muchacha necesitaba o no algo más en el ámbito afectivo. La joven hacía tiempo que había dejado de intentar que su novio la tomase, es decir que la tomase por la vagina, porque los otros dos orificios de su cuerpo estaban totalmente acostumbrados a sentir una polla en su interior. La niña pensaba a veces que todo aquello no era excesivamente correcto y que el amor había que hacerlo “como Dios manda”, pero no podía dejar de reconocer que en el fondo y en la forma aquellas humillaciones le gustaban profundamente y despertaban en ella el deseo y la excitación más allá de toda corrección. De este modo se generaba en Ester un sentimiento de culpabilidad (otro más) por complacerse en tan abyectas actividades. Pero por encima de todo añoraba un compromiso firme, una especie de proyecto de futuro con su novio que a ella le resultara verdaderamente sugestivo, aunque después de la determinación que tomó al día siguiente de la primera sodomización, nunca volvió a compartir con Roberto aquellos pensamientos. Se limitaba a disfrutar todo lo que podía de aquello que se le ofrecía y a esperar a que un día su chico quisiera comprometerse con ella y tal vez follarla al fin por el coño; pero si ese feliz momento no llegaba, ella decidiría lo que le conviniera, una vez que acabase sus estudios.

Precisamente porque Roberto venía notando últimamente un desapego en la chiquilla unido a una cierta actitud indiferente, decidió un día metérsela en el coño y tomarla finalmente por aquel agujero, el único que permanecía virgen en el dulce cuerpo de Ester. Tal vez tuviera miedo de que la chica se hartase de sus singularidades y le dejase tirado, o quizá sencillamente lo decidió así atendiendo a su capricho y albedrío, porque la consideración que a Roberto le merecían los deseos sexuales de su novia era totalmente nula. Había conseguido sus propósitos: Ester era una experta amante, sumisa y entregada, que le proporcionaba todo el placer necesario como y cuando él quería. Su maquiavélico plan, urdido cuando la conoció y llevado a cabo con meticulosidad y templanza, estaba dando sus frutos y se había revelado como una estrategia de triunfo. En lo único que no había tenido éxito era en lograr una actitud mas adecuada en la chica, pues aunque la disponibilidad de Ester era absoluta, parecía que su talante no era, digamos, de entrega activa, sino más bien de resignado consentimiento. A veces incluso le parecía a Roberto notar una cierta mirada de reproche o hastío en lo más profundo de los negros ojos femeninos, pero el muchacho era consciente de que, a pesar del éxito, nunca se logra todo lo que uno se propone y en caso de conseguirlo alguna vez por azar, la fortuna siempre es perecedera; de manera que, asumiendo el inevitable fracaso futuro de su relación, disfrutaba del presente todo lo que podía y si la mirada de su novia no era la apropiada, sí lo era en cambio la abertura de su culo, el goloso movimiento de su lengua sobre el glande y la posibilidad de meterle la polla hasta la gola sin que ella sintiera arcadas; habilidades estas sumamente importantes entre las cualidades y buenas prendas que una mujer debe poseer, a juicio del exuberante y enfermizo machismo de Roberto.

Sea por lo que fuere, un día estaban haciendo marranaditas como solían hacerlas tres o cuatro tardes a la semana. La actividad sexual era siempre vespertina, ya que por la mañana ambos tenían obligaciones que les impedían estar juntos y por la noche, una contrariada Ester regresaba siempre a casa de su hermana. Habitualmente la pareja se reunía en el domicilio de Roberto a la hora de la comida y después de la siesta convertían la cama en su particular campo de juegos sexual hasta que al muchacho le llegaba la hora de acudir a la academia. Ester le acompañaba, pero no era ya su alumna, porque se encontraba en un nivel muy superior al que podía impartir Roberto. Siempre se duchaban juntos antes de comenzar a hacer travesuras, ya que cada uno de ellos solía explorar con la lengua detenidamente todos los agujeros del cuerpo del otro, adoptando la ya conocida postura del sesenta y nueve. Cuando Roberto conseguía meter fácilmente un par de dedos en el culo de Ester, la muchacha se recostaba sobre su lado derecho y el chico detrás de ella. Después de experimentar con diversas posturas, su novio había decidido que aquella era la que resultaba más recomendable para ambos, pues los dos podían permanecer tumbados y además él tenía un mejor y más fácil acceso al culo de la chica. En esta posición, Ester doblaba las rodillas y elevaba ligeramente su pierna izquierda. De esta forma sus nalgas se separaban y el ano quedaba accesible. Entonces la niña se lubricaba perfectamente el agujerito trasero con la vaselina de un tubo que previsoramente guardaban en el cajón de la mesilla de noche, tomando una porción del contenido en sus dedos y untándose bien el esfínter, procurando que una buena parte del producto penetrase en su recto. A renglón seguido, sentía la apremiante polla del muchacho buscando el objetivo entre sus nalgas y para facilitar la maniobra, sacaba más el culo, levantando la pierna izquierda todo lo que podía hasta que el invasor se colaba por completo en su recto y comenzaba el conocido movimiento de mete y saca que, apoyado por la manipulación alternativa del clítoris y de los pechos, bien por ella misma o por su novio, le proporcionaba al menos un par de orgasmos antes de que Roberto descargase inundándole el culo con su semen. Aquella actividad, tenía el inconveniente de que a veces provocaba en la joven unos deseos incontenibles de defecar y en alguna ocasión tuvieron que parar casi en el último momento para que ella hiciera uso rápidamente del servicio. Aquello resultó tan desagradable e importunó tanto al muchacho, que tomó la determinación de impedir como fuera que volviese a ocurrir y desde entonces, antes de la siesta, la chica era obligada a ponerse un supositorio de glicerina o una lavativa para que luego vaciase bien sus intestinos, dejando el camino expedito a la ansiosa polla de su novio. Aquello a Ester le parecía el acabóse de la vergüenza y por lo tanto el no va más de le excitación, pues era obligada a realizar toda la operación en presencia de su novio. Aunque la chica pensaba que su cuerpo tenía otro agujero, perfectamente preparado para esas actividades y que era despreciado olímpicamente, la profunda turbación que sentía al ponerse el supositorio o el enema mientras Roberto la observaba le producía una fogosidad de tal categoría que dejaba de razonar con la cabeza, pensando solamente con el sexo y aceptando una vez más con satisfecha resignación lo que su novio demandaba. La simple posibilidad de verse compelida a convivir de continuo con su hermana, sin la compañía de Roberto y sin su escaso pero efectivo apoyo la aterrorizaba. Y a medida que se resignaba y la situación de sometimiento iba haciéndose imperecedera, la chica la percibía como algo normal y aceptándola y deleitándose con el placer que todo aquello le proporcionaba, se dejaba llevar sin oponer resistencia. Insistimos en que lo único que realmente le faltaba para ser feliz, era la aceptación, por parte de su novio, de un compromiso serio, bien de convivencia bien de matrimonio, que pudiese proporcionar a la chiquilla una cierta seguridad y confianza en el futuro. Por lo demás, lo admitía todo siempre inundada de placer y si Roberto le hubiera ofrecido ese compromiso, sin ninguna dudad hubiera podido reinstaurar la esclavitud en lo que se refiere a las relaciones con su novia.
Por eso aquel día, cuando después de un rato de darle por el culo recostados ambos sobre su lado derecho, el muchacho le dijo que se colocase en la posición de la perrita, la chica siguió resignándose y disfrutando, porque aquella postura y el supositorio le parecían el no va más de la humillación y por lo tanto de la excitación. A veces se odiaba a sí misma porque a pesar de la escasa consideración que le merecían las prácticas sexuales que realizaba con su novio, lo cierto era que le proporcionaban un inmenso placer y que si durante tres días no llevaban a cabo ningún tipo de juego sexual, no le quedaba más remedio que masturbarse imaginando que Roberto le estaba haciendo aquello que luego, en la realidad, le resultaba tan humillante. Pero en aquél momento, no pensaba desde luego la chiquilla en esas cosas, porque ya hemos dicho que cuando su excitación era la suficiente Ester utilizaba exclusivamente su sexo para elaborar los razonamientos, subordinando cualquier consideración a la obtención del placer. Así, adoptó rápidamente la posición requerida y deseando sentir de nuevo cuanto antes la polla de su chico en el culo, separó ella misma sus nalgas con las manos permitiendo que Roberto pudiera contemplar la extrema dilatación del ano de la muchacha. Apoyó el glande sobre el abierto agujero y cuando Ester pensaba sentir la polla de nuevo en el interior del recto, su novio cambió de parecer y la alojó, de un solo golpe en la vagina.
La joven, al sentirla dentro, emitió un sonido a medio camino entre el suave quejido y el grito de asombro. Era la primera vez que algo tan grande se metía allí. Una sensación nueva se apoderó de su cuerpo y cuando su novio inició el movimiento de vaivén e introdujo, para ayudarla, el dedo pulgar en su abierto culo, la chica explotó en un orgasmo brutal, nuevo y desconocido mientras gemía diciendo:

_ Mi amor, ¡ah! Mi amor... Mi vida... Gracias, gracias... Te quiero.

El chico le dio la vuelta, la tumbó boca arriba y separándole las piernas volvió a metérsela en el coño. Ni que decir tiene que Ester no sangró, porque el interior de su vagina había sido explorado a conciencia repetidamente por uno, dos o tres dedos tanto de ella como de su novio. Incluso, en una de sus masturbaciones en la ducha, en casa de su hermana, descubrió la utilidad del mango de un cepillo para el pelo y este artilugio se convirtió en compañero ideal de muchos de sus juegos solitarios, introduciéndolo en el ano o en el coño según los requerimientos del placer y la imaginación de la muchacha lo demandasen.

Pero la sensación de encontrarse llena de una polla, ardiente, firme, suave y complaciente era algo que nunca había experimentado así como también por vez primera sentía el cuerpo totalmente desnudo de su novio sobre ella, íntimamente unidos por el sexo, besándose apasionadamente en los labios y regalándose al oído dulces palabras de amor y de deseo. Por un momento la chica pensó que todo era posible, que habían vuelto al principio, que estaban en el aparcamiento de la Facultad de Ciencias y su novio hacía con ella lo que a su juicio debería haber hecho aquél día. Estos dulces recuerdos lograron que cuando sintió el abundante semen de Roberto derramándose en su interior le sobreviniera un orgasmo suave y prolongado, explotando a la vez en su mente un amor inmenso hacia su novio. Al final, cuando todo acabó y Roberto ya había encendido el cigarrillo, la muchacha estaba llorando; dice Vidueiras que en el codicilo no se especifica si de emoción, de placer, de decepción, de frustración o simplemente de pena por ella misma y por las ilusiones dilapidadas que había depositado un día en aquél chico que hoy, por fin, la había follado “como Dios manda” aunque con excesivo retraso. Pero ya era tarde para que todo aquel torrente de esperanzas y anhelos se mantuviera incólume y la explosión de amor que sintió en el momento del éxtasis sexual había sido simplemente eso: una explosión. Porque cuando se disipó el polvo que levantó, la muchacha pudo contemplar el mismo paisaje desolado que de costumbre: el desamor.

Como siempre que su novio decidía iniciar un nuevo tipo de actividad sexual, la penetración por vía vaginal se convirtió inmediatamente en cotidiana, aunque ciertamente nunca abandonaron los demás tipos de marranaditas, porque Roberto decía que si se limitaba exclusivamente a metérsela en el coño, su lindo culito se iría cerrando, porque la función desarrolla al órgano y la falta de uso lo atrofia. Así también olvidarían sus labios y su lengua la habilidad que ya habían adquirido, de manera que sus juegos empezaban usualmente con el sesenta y nueve y luego la chica se tumbaba sobre el costado derecho, con la pierna izquierda levantada o bien adoptaba la postura de la perrita, ofreciendo en cualquier caso a su novio el ano y el coño bien abiertos. Este la tomaba un rato por el ano y otro por la vagina, aunque a la hora de eyacular, podía ocurrírsele hacerlo en la boca y la cara de la muchacha, de manera que ella había llegado a conocer el sabor de su propio sexo y de su culo a través de la polla de su novio.

Excepcionalmente se tumbaba sobre ella en la conocida postura del misionero, pero en esas ocasiones siempre acababa apresándola por los muslos y llevando las rodillas de la chica hasta la altura de los hombros, en una forzada posición que conseguía que la grupa de la muchacha se levantase lo suficiente para que Roberto le hundiera la polla en el ano. “Me gusta ver la cara que pones cuando te doy por el culo”, solía decirle entonces a una muchacha muerta de vergüenza y chiflada de excitación. Incluso alguna vez, permaneciendo Roberto sentado en una silla, Ester se colocaba encima, de espaldas a su novio, introduciéndose lentamente el pene en el culo a medida que ella misma iba flexionando las piernas. Pero lo habitual, lo más normal y cotidiano era, después de una larga sesión de caricias buco-genitales, que la muchacha se tumbara sobre su costado derecho y el chico la penetrara por el culo o por el coño a su discreción.

Surgió un problema hasta entonces inusitado: evidentemente la actividad sexual por vía vaginal conllevaba un riesgo cierto de embarazo y alternada con la vía rectal podía además producir infecciones por hongos o bacterias, por lo que el sentido común imponía adoptar precauciones. La muchacha se atrevió a decir, a modo de consejo, que la medida más simple y efectiva para prevenir esos riesgos era el uso del preservativo, pero Roberto se negó a ello decididamente y con obstinada reiteración, alegando que no estaba dispuesto a detenerse en medio de los juegos sexuales para ponerse un condón y amenazando incluso con abandonar para siempre el uso de su coño si Ester le obligaba a ponerse el preservativo. La chica, que acababa de descubrir el orgasmo vaginal y lo consideraba el mejor de todos, razonando nuevamente con el sexo en lugar de hacerlo con la materia gris, consintió a regañadientes en lo que su novio pretendía y comenzó a tomar anticonceptivos por vía oral, que eran los únicos que a la sazón se podían conseguir con relativa facilidad, ya que era impensable que en cualquier servicio público de salud, colocaran un DIU a una chica soltera, sin olvidar la circunstancia de que a Ester le daría tanta vergüenza acudir a una consulta de planificación familiar, que esa opción ni siquiera llegó a plantearse.

Existía en aquel tiempo una especie de mercado negro de pastillas anticonceptivas y ahí era donde Ester conseguía las suyas. Si su novio la hubiera tomado por vía vaginal cuando ella aun creía en él, hacía solamente un par de años, quizá se habría decidido a no tomar las píldoras y arriesgarse a un embarazo, pensando que aquél podría ser el modo, un poco artero pero utilizado desde siempre por muchas, de forzar un compromiso serio por parte de Roberto. Pero entonces las cosas habían cambiado sustancialmente. El muchacho no representaba ya para Ester aquel príncipe azul que la liberaría de la férrea potestad de sus padres y hermanas sino una continuación de esa misma autoridad aunque abocada a otros campos y tapizada de concupiscencia. Era simplemente un chico que, a los decepcionados ojos de su novia, poseía únicamente la virtud de hacerla gozar de una forma casi salvaje, extrayendo de ella todo lo que tenía de animal sexual, que era cuantioso. Pero la muchacha reconocía que su novio no le aportaba nada más, ni en el plano afectivo ni en ningún otro. Actuaba con ella de modo extremadamente despótico en el sexo, lo cual a la chica le proporcionaba un sorprendente placer pecaminoso y culpable, pero en el plano afectivo la relación era un fracaso: Ester era sumisa sin saberlo, pero Roberto, aunque dominante, no llegaba a ser el amo excelente que la sublime docilidad de Ester necesitaba, porque este tipo de relación debe fundamentarse y establecerse partiendo de la admiración que la dominada siente por el dominante, a quien considera casi una divinidad. Pero hacía ya mucho tiempo que Roberto había sido excluido de la lista de deidades a las que adoraba la muchacha, aunque hubo una época en que la encabezaba. En el joven no se presumía un brillante futuro profesional, porque debido a la ausencia de preparación universitaria, Roberto estaría siempre constreñido a ocupar puestos secundarios en la jerarquía y esta circunstancia empezaba a ser valorada por Ester como muy negativa, porque comenzaba a percibir la importancia que puede llegar a tener la posición y sobre todo el dinero, en cuanto que su abundancia posibilita realizar actividades nuevas, diferentes y excitantes. Aquello de que “contigo pan y cebolla” no le parecía a la chica muy verosímil, más bien era partidaria de otro refrán que asegura que “cuando el dinero no entra por la puerta, el amor sale por la ventana”. A ella le encantaría viajar, ir de vacaciones, vestir a la moda y utilizar buenos perfumes; acudir a sofisticados restaurantes y ser conocida, respetada y admirada. Era consciente de que todo aquello resultaría prácticamente inalcanzable en compañía de su novio y por otra parte, tampoco se le veía a Roberto muy interesado en establecer con ella un compromiso, no ya de matrimonio si no simplemente de convivencia o incluso de mero respeto y comprensión.

Porque conforme el tiempo transcurría, lento pero inexorable, la muchacha era cada vez más consciente de que su novio, aunque era perfectamente capaz de suministrarle el placer sexual animal y salvaje que tanto le gustaba a ella, jamás le proporcionaría una satisfacción que conllevara el desarrollo de su personalidad y la experimentación de nuevas y arriesgadas sensaciones. No le contrariaba sentirse continuamente sometida a los caprichos y veleidades de Roberto, sino que eso fuese lo único que obtenía de él. Ella también tenía muchas cosas que decir y otras tantas que ofrecer a parte de su propio cuerpo y le gustaría que alguien la escuchara y tratara de valorarla no solamente en función de su coño, su culo o su boca. A veces deseaba ser la protagonista de sus propias sensaciones, experimentarlas, analizarlas y compartirlas con el muchacho. Realmente no sabía a ciencia cierta lo que buscaba o lo que deseaba, pero tenía la plena seguridad de que lo que se le ofrecía, aunque satisfactorio en el ámbito de lo sexual, no resultaba suficiente para ella en el terreno afectivo y personal. Un buen día, cuando parecía que el chico estaba muy accesible y de buen humor le espetó de pronto:

_ Oye Rober: ¿Por qué no jugamos a que tu mandas una semana en mi y yo otra en ti? Durante siete días hago yo todo lo que quieras y otros siete días lo haces tú y luego cambiamos otra vez. ¿Qué te parece? Podría ser divertido... ¿no? Yo tengo muchas ideas.

No era totalmente cierto que tuviera ideas, al menos no muchas. Pero le pareció una forma plausible de tantear a su novio para que admitiera un principio de cambio en sus relaciones sexuales. El chico le dirigió una mirada entre asombrada y despectiva limitándose a comentar:

_ Estás loca, tía. Estás como una puta regadera.

A la muchacha, que le había resultado extremadamente difícil conseguir simplemente plantear la cuestión, aquella inoportuna observación la dejó petrificada. Aunque en el fondo, conociendo el paño, desgraciadamente se temía una respuesta parecida; pero tenía la infundada esperanza de que se le facilitara una mínima opción para manifestar sus propias necesidades y apetencias. Por supuesto nunca más trató Ester de hacer partícipe a Roberto de sus emociones haciéndose cada vez más ostensible en ella aquella actitud, que el chico ya había percibido, de resignado y silencioso sometimiento, en lugar de activa y entusiasta cooperación. Por otra parte, tampoco se aludía jamás al manido asunto del compromiso de futuro, porque la propia muchacha era consciente de que aquello no podía perdurar en el tiempo y su novio, por activa y por pasiva, había contestado con evasivas cuando en el pasado Ester le argumentaba al respecto con cierta reiteración e incluso, a veces, con vehemencia. De esta forma, ambos sabían que su relación estaba definitivamente abocada al fracaso aunque permanecían tan distantes que ninguno de los dos comentaba sus frustrantes pensamientos con el otro: Ester porque, después de tantas tentativas arruinadas lo consideraba una pérdida de tiempo y Roberto porque, simplemente, no le interesaba en absoluto lo que su novia pudiera pensar o desear, siempre que él ostentara el monopolio de su cuerpo.

Existía sin embargo una gran diferencia entre los sentimientos de ambos. Roberto siempre supo lo que quería y lo que estaba dispuesto a ofrecer a cambio. Jamás pensó en amor, matrimonio o futuro con Ester y de forma premeditada y ruin utilizó los sentimientos de una preciosa virgen de diecisiete años, para convertirla, por amor y gracias a la personalidad de la chica que encontraba voluptuosa la entrega y la humillación, en una experta en cualquier tipo de práctica sexual que a él le resultara placentera. De este modo, aunque percibía claramente la posibilidad de que el término de todo aquello estuviera próximo, como pensaba que sus objetivos se habían cumplido, no lo consideraba, en puridad, un desengaño. Pero a la muchacha, llegar al convencimiento de que la relación con su novio había fracasado le comportó su primera gran decepción. Al principio, la confianza que depositó en Roberto era casi infinita y como consecuencia también resultó inmenso este sentimiento de desilusión y fiasco, que la volvió más desconfiada y taciturna; ya no le contaba a su novio apenas nada de sus sentimientos o vivencias, al contrario que antes, cuando incluso le decía cómo y cuando se masturbaba. De todas formas, siempre tuvo la sospecha de que realmente a él esas cosas jamás le habían interesado, porque lo único que verdaderamente le motivaba era que el esbelto cuerpo de la chica estuviera en todo momento accesible. Pero todas aquellas experiencias sentimentales lograron que en ella se operase un cambio que llevó a su ánimo a establecer, como premisa para sus futuras relaciones, algo profundamente negativo: por encima del amor, la comprensión y el entendimiento, colocó el dinero y la posición, porque pensaba, no sin cierta razón, que si una relación fracasa al menos era conveniente salvar del naufragio una buena tajada económica, ya fuera en forma de una esplendorosa calidad de vida, mientras la felicidad había durado, o en forma de dinerillo contante y sonante al tiempo de la ruptura. Porque a decir verdad, después de haber puesto su cuerpo y su alma a disposición de Roberto, ella ¿qué había obtenido? Comenzaba a razonar que lo que ella le había dado a su novio valía mucho más que lo que había recibido en contrapartida y no se consideraba suficientemente resarcida con el placer experimentado durante las largas tardes de sexo, o con las ayudas económicas para pagar a su hermana, o con los regalos por su cumpleaños, Navidad y Reyes. Pensaba ya, como muchas mujeres, que su cuerpo y su entrega sexual tenían un precio mucho más alto y no se consideraba suficientemente bien pagada con lo que había recibido a cambio, de manera que, en cierta forma, las que piensan así, que son muchas, se convierten en una suerte de prostitutas, posiblemente más caras que las otras y quizá de un solo hombre, pero putas al cabo.

Se mantenía sin embargo psicológicamente en forma, gracias a la total entrega a su carrera, porque el tiempo pasaba y ella iba aprobando paulatinamente asignatura tras asignatura con esfuerzo, pero sin dificultad. Ya estaba en último curso y acumulaba cinco matrículas de honor, consiguiendo todavía otras dos al acabar los estudios. Frecuentemente pensaba que si no hubiera sido por lo apremiante que en principio había resultado Roberto, ella hubiera estudiado Medicina, porque realmente se consideraba capacitada para ello y verdaderamente era una mujer inteligente y voluntariosa que hubiera superado con éxito la prueba de cualquier carrera. Otras veces en cambio se decía que si hubiera intentado cursar estudios superiores, aquella frustrante situación de vida se prolongaría tres o cuatro años más y ella misma no sabía si su espíritu hubiera podido soportarlo. Con eso se confortaba a sí misma, dando por buena la decisión de hacerse ATS y deseando finalizar cuanto antes sus estudios para comenzar a trabajar y poder poner así las cosas en su sitio, con su familia y con su novio.

Mientras tanto era evidente que la dedicación a su carrera constituía la primera de sus prioridades y paulatinamente comenzó a desentenderse de sus supuestas obligaciones para con Roberto, de forma que si en algún momento no le apetecía el sexo, simplemente se negaba a hacerlo, a despecho de su novio, alegando con frecuencia que tenía mucho que estudiar, aunque otras veces se limitaba a manifestar simplemente su desgana, porque tampoco le causaba ya ninguna inquietud que el chico la castigase con una semana o un mes de castidad forzada. Ella era capaz, por sí misma, de descargar las tensiones que siempre se acumulaban en su cuerpo. Asimismo es cierto que cuando una chica joven tiene necesidades sexuales insatisfechas, es más proclive a fijarse en los muchachos y a dejarse ligar y esto era lo que le también le ocurría a Estercita: flirteaba descaradamente con varios compañeros, aunque sin llegar a nada con ninguno de ellos, porque sabía, sin asomo de duda, que de enterarse su novio, se vería obligada a regresar a casa de su hermana con la cabeza baja y escuchando, durante demasiado tiempo, toda una retahíla de reprimendas y lamentaciones. Este previsible panorama la mantenía fiel a Roberto, pero ningún otro sentimiento positivo la ataba ya al muchacho, excepción hecha del deseo desaforado que en ella se despertaba muchas tardes y de la imperiosa necesidad que sentía a veces de que alguien, de vez en cuando, utilizase su cuerpo; por eso, de vez en cuando practicaba sexo con su novio, pero solamente si a ella también le apetecía y se dejaba piropear por sus compañeros, acudiendo con asiduidad a los bailes de fin de trimestre o fin de curso en la discoteca Atomium donde, con alguna copa de más, dicen las malas lenguas que permitía a cualquiera algunos tocamientos y besos demasiados atrevidos, aunque nadie ha podido presumir, sin faltar a la verdad, de haber pasado a mayores con Ester Bueno, porque en aquella época la chica, con la mirada puesta en el gran día de la finalización de su carrera, estudiaba y estudiaba.

Pero los meses pasan, generalmente con mayor celeridad de la que nos gustaría y todo llega en este mundo, incluso la muerte. Aquí nos encontramos ahora a la pequeña de Cayito con veintitrés espléndidos años y un flamante título universitario en el bolsillo que la posibilitaba, al fin, para ganar dinero y emanciparse económicamente. La suerte, que junto con la salud constituye uno de los más preciados bienes a los que puede el ser humano aspirar, vino en su ayuda, porque en aquel tiempo acababa de ser inaugurado el nuevo Hospital Universitario de Valladolid, un bárbaro edificio de once plantas, con mil cien camas que requería a toda prisa profesionales sanitarios de cualquier tipo y nivel. Esto vino a significar que la práctica totalidad de la promoción de Ester que había finalizado sus estudios en Junio, se incorporó en Octubre a prestar servicios en el nuevo centro hospitalario.

Al personal de nuevo ingreso, como suele suceder en casi todas las empresas, le asignaban los trabajos más desagradables y por eso a Ester le correspondió simplemente rotar de planta en planta y de servicio en servicio, en función de los descansos y de las sustituciones del resto del personal. Queremos con esto decir que si una buena mañana la ATS de la Segunda Norte despertaba con faringitis y decidía no acudir al trabajo, en su puesto era enviada Ester Bueno que hasta aquél mismo día se encontraba cubriendo una baja por maternidad en la Sexta Sur. Aquella situación era válida también, como es lógico, para el resto del personal de reciente incorporación. Pero esos cambios continuos de nivel de exigencia y responsabilidad hacían difícil llegar a un conocimiento profundo de un puesto de trabajo determinado, tanto en lo que se refiere a las labores propias del mismo, como a lograr una mínima relación con los compañeros y compañeras que allí desempeñaban sus funciones, de modo que cuando la chica estaba aclimatándose, era de nuevo requerida en otra planta y en otro servicio y así, jamás dejaba de ser “la nueva”. Aquello provocaba una singular frustración en nuestra protagonista, que por principio trataba siempre de realizar todo aquello que se le encomendaba con el mayor grado posible de corrección, dedicación y profesionalidad. Tanto fue así, que estuvo en varios momentos tentada a abandonar el centro hospitalario y marchar a Madrid para hacerse comadrona, pues pensaba que con una especialidad terminada, tendría una movilidad más restringida ya que no sería de recibo imaginar a una matrona desempeñando su trabajo en la planta de Traumatología. El hospital no habría puesto dificultades para concederle un año de excedencia por razón de ampliación de estudios, pero sabía positivamente que no podría contar con la ayuda económica de sus padres, pues estaba convencida de que ellos nunca entenderían su problema. El tío Cayo, cada vez que su hija se quejaba del trabajo le respondía diciendo que si prefería eso o entresacar remolacha y que lo que ella hacía no era realmente trabajar, puesto que no sudaba, ni pasaba frío o calor y la trataban como a una señorita. Esa arcaica manera de entender la vida frenó a la muchacha, pero tenemos que decir que sus primeros meses en el hospital fueron realmente duros y se llevó una gran decepción al comprobar que no existía comparación posible entre el trabajo que ella había imaginado cuando estudiaba y el que realmente estaba desempeñando en el centro hospitalario.

Tampoco en aquello, como de costumbre, pudo contar con la ayuda de Roberto, muchacho asombrosamente conformista para su edad y groseramente pragmático, que pensaba que el único beneficio que se le debe exigir a una actividad profesional es una suculenta remuneración económica y todo aquello de la realización personal, la entrega al trabajo y la propia autoestima eran zarandajas que a Ester se le quitarían cuando llevara en el trabajo diez años.

Sin embargo estaban a punto de ocurrir un par de acontecimientos que cambiarían para siempre la existencia de Estercita.

Se encontraba tan desesperada con el asunto de su movilidad funcional que resolvió, venciendo su timidez, dar un paso adelante y se decidió a pedir una entrevista con la jefa de personal del centro para tratar de exponerle su insatisfacción. Pero como también hacía tiempo que el vaso de su paciencia con su novio había rebosado, prácticamente la misma semana se determinó a hablar con Roberto muy seriamente para ponerle, como suele decirse, las peras a cuarto.

La supervisora comprendió perfectamente el problema de frustración e inseguridad que aquejaba a la muchacha y aunque se creyó en la obligación de reiterarle que las normas del centro eran esas, no obstante, en el momento en que hubiera una plaza fija libre y debido a que la Srta. Bueno ostentaba el número uno de su promoción, se la asignaría, salvo que fuera en algún departamento o servicio que Ester no se considerara capacitada para desempeñar. La joven porfió asegurando que ella estaba perfectamente preparada para cualquier trabajo dentro de su profesión y que lo único que deseaba era quedarse siempre en el mismo sitio, fuera este cual fuese. Con la firme promesa por parte de la encargada de que el asunto se solucionaría positivamente en un plazo muy breve, Ester Bueno preparó mentalmente lo que iba a decirle a su novio, y por fin se decidió a hacerlo al cabo de pocos días.
Lo primero que le soltó, así a bocajarro, fue que estaba verdaderamente saturada de no ser nada más que un cuerpo, de que sus deseos no le interesaran a nadie y de que en todo momento se hiciera lo que a él le parecía bien, sin llegar nunca a comprometerse y dando siempre largas a proyectos que para ella eran de vital importancia. Dijo que había callado durante casi tres años, pero que no podía continuar manteniéndose sumisamente en silencio porque se jugaba su salud mental.

_ En lo único que no te dejo hacer lo que quieres es en el sexo -se defendió Roberto débilmente y sin convicción- pero ya sabes que eso es una condición para que lo nuestro siga adelante. Si me vas a decir cómo y cuándo tengo que follarte ya puedes ir buscando otro pelele que te soporte.

Trabajo le costó a la muchacha mantener la educación y no enviarle a mal sitio en aquel mismo instante. Le respondió, despilfarrando paciencia, que estaba dispuesta a pasar por sus exigencias en la sexualidad, porque al fin y al cabo para ella resultaba siempre gratificante tanto en el fondo como en la forma; así, reconoció sin empacho que sentirse utilizada y humillada no sólo le proporcionaba una especial excitación y un exclusivo placer obsceno, sino que se había convertido para ella en una necesidad. Pero lo que no iba a consentir es que no se estableciera entre los dos, en un breve plazo de tiempo, un compromiso de continuidad, de matrimonio o al menos de convivencia. Esto lo decía realmente sabiendo con certeza que Roberto no iba a aceptar, porque lo que Ester deseaba en el fondo era dar por terminada la relación con su novio, ahora que tenía trabajo y se sentía independiente económicamente. Buscaba, ladinamente, provocar una situación sabiendo de antemano que para el chico sería inaceptable. De esta forma, ella estaba segura de que por fin rompería con él, pues de otro modo no las tenía todas consigo de verse capaz de hacerlo.

Efectivamente. El muchacho le dijo que de dónde había sacado que él no quería un compromiso firme:

_ Siempre dije que cuando acabaras la carrera.

_ Bien... Pues ya la acabé. Estoy trabajando y quiero saber qué va a ser de mi vida, porque espero que no pretendas que siga durmiendo en casa de mi hermana.

_ ¿Por qué no te buscas un piso?

_ ¿Por qué no vivo en este contigo?

_ Bueno... Yo creo que es un poco pronto. Algo precipitado. Quizá deberíamos esperar más.

_ ¿Ya estamos con lo de siempre? -realmente a Ester se le había acabado la paciencia- ¿Sabes lo que te digo? Pues que eres un indeciso, un tipo que no sabe lo que quiere, aunque yo creo que lo que te pasa de verdad es que eres un jeta, pero a mi no me vas a liar más. Quiero ser tu mujer, no tu lacaya, así que de momento me voy a ir donde mi hermana y si la semana que viene no me has llamado, puedes irte buscando a otra tonta.

_ Espera mujer. Vamos a hablarlo. Todo se puede hablar.

Pero Ester no estaba por la labor de hablar más. Deseaba fervientemente romper, pero quería quedar bien y no sabía cómo. Imaginaba que presionando debidamente en los asuntos donde no había posibilidad de transigencia, el propio Roberto la mandaría a paseo. Sin embargo no fue así. O al menos no fue eso lo que ocurrió de manera fulminante.

Quedaron en que para la semana siguiente se llamarían, pero pasaron los siete días y pasó más de un mes, sin que ninguno de los dos mostrase el menor interés por ponerse en contacto con el otro. La muchacha continuó viviendo con su hermana; ahora no solamente iba a dormir sino que en apariencia residía allí. Aunque verdaderamente apenas permanecía en casa el tiempo preciso para dormir y a veces comer, porque el trabajo y las continuas salidas nocturnas le impedían disponer de un minuto de ociosidad.

Para acabar de arreglar satisfactoriamente la situación, una mañana fue llamada al despacho de la supervisora y esta le comunicó que si por su parte no había ninguna objeción, a partir de la semana siguiente comenzaría a trabajar en UCI, asignada a la plantilla de aquel servicio de manera permanente. Fue advertida de que la UCI representaba uno de los lugares más estresantes y con mayor carga de trabajo del hospital, pero en aquél momento las opciones eran incorporarse a la plantilla de la Unidad de Cuidados Intensivos, o continuar rotando hasta que otra cosa mejor apareciera. Ester no lo dudó un momento, porque se consideraba perfectamente capacitada para desempeñar brillantemente cualquier tarea, jamás había esquivado ninguna de sus obligaciones y en concreto el trabajo nunca la había asustado. De esta forma, incluso la pequeña contrariedad que llevaba soportando en su actividad profesional acababa de evaporarse. A partir de aquél momento todo podía ser posible y la joven comenzó a buscar un piso en alquiler que la librara definitivamente de la tutela de su familia.

Durante aquellas primeras semanas de libertad recuperada, Ester ligó con avidez cuando y con quien le vino en gana. Cambiaba de acompañante cada noche y por primera vez se dejó hacer el amor en coches y descampados por hombres fortuitamente conocidos en discotecas de moda; porque ya no tenía la sensación de que engañaba a Roberto, pues consideraba su relación con él definitivamente rescindida y si antes no se había decidido a hacer lo que ahora hacía, había sido más por no provocar una crisis que por falta de ganas. El bueno de Nacho, que era un joven que siempre la había atraído, cayó también en sus redes y aunque era novio de una conocida, ello no fue óbice para que Estercita le plantara unos buenos cuernos a su amiga ni para que Nacho cooperara en tan deleznable acción. Una desconocida Ester disfrutaba desaforadamente de cada minuto de la libertad recién adquirida, bebiendo la vida casi diríamos que con ansiedad y atragantándose de emociones. Aunque ella no era consciente, realmente aquella actitud de complacencia y entrega a cuantos hombres se lo proponían e incluso a algunos que no lo hicieron, venía motivada por su necesidad de sentir que alguien se aprovechaba de su cuerpo y que era utilizada como un objeto sexual, creyéndose capaz de complacer a cualquier hombre al brindarle actividades que casi ninguna otra chica era capaz de ofrecer. Aun así empezaba a sentirse verdaderamente libre y casi diríamos que feliz. Seguía viviendo en casa de su hermana, como ya hemos dicho, pero habían cambiado mucho las circunstancias. Isabel, desde que la Chiquita había terminado la carrera y ganaba más que su marido parecía como si la considerase de otra condición. Daba la impresión de que ya no era su hermana pequeña, a quien se puede ordenar o prohibir a voluntad, sino más bien una señorita ATS, profesional con buen sueldo y mucho futuro, más digna de respeto y admiración que de reproches o imposiciones. En cualquier caso Ester estaba buscando piso o habitación, pues le resultaba imposible convivir con su hermana después de todo lo que había sufrido por su causa durante tantos años y aunque apreciaba el reciente cambio de actitud de Isabel, ni podía ni quería olvidar los pasados desprecios, amenazas y reconvenciones.

La Chiquita, después de casi dos meses sin ver a Roberto, estaba convencida de que su primer amor era cosa del pasado y que jamás, salvo coincidencia inesperada, se volverían a ver. Daba por finalizada aquella etapa y consideraba inimaginable cualquier posibilidad de retomarla. Por eso le extrañó mucho la llamada telefónica de Roberto pidiéndole que fuera a su casa a tomar café, pues quería hablar con ella para “dejar zanjadas varias cosas” según le dijo textualmente. Al principio la chica no estaba muy proclive a aceptar, pero el muchacho le ofreció tales y tantos argumentos, que al final decidió ir, pensando que, al fin y al cabo, sería una forma civilizada de dar por terminada su relación.

Así, el día de la cita a la hora señalada, una deslumbrante Ester, vestida con un faldellín y lo más provocativamente que supo, llamó al timbre de la casa, tan conocida para ella, del que había sido su novio durante casi seis años. Se abrió la puerta y la sorpresa de Estercita no tuvo límites al encontrarse ante una especie de bobalicona rubia y explosiva, que con voz de tiple le preguntó que quería.

_ Está... ¿Vive aquí Roberto?

_ Si, querías algo.

_ Bueno es que... yo había quedado hoy con él para tomar café.

_ Ah, pues no me ha dicho nada. -y dirigiéndose hacia el interior de la vivienda gritó- ¡Roberto, cariño, aquí hay una que dice que ha quedado a tomar café!

La voz, inconfundible para Ester, de Roberto respondió a lo lejos:

_ Ah, sí, sí… Dile que pase.

_ Pasa maja... Por aquí -dijo la desconocida señalando el pasillo.

_ Conozco el camino –replicó Ester desabrida- te lo aseguro.

Se sentía un poco trastornada, no sabía si rabiosa o simplemente asqueada, pero quería llegar a conocer el final de la trama y por ese motivo no inició una digna retirada en el momento en que la bobalicona rubia le abrió la puerta.

Entró en el cuarto de estar y observó el rostro hierático de Roberto, quien señalando a la desconocida dijo:

_ Te presento a mi novia -y apuntando a nuestra protagonista con un dedo anunció:

_ Esta es Ester.

Estercita, estupefacta y petrificada por el asombro aun tuvo tiempo de preguntar:

_ ¿Cuánto hace que sois novios?

_ Ya casi dos años -dijo la rubia cabeza hueca con su insufrible vocecilla atiplada. –Pero llevamos viviendo juntos solo un mes.

_ Eres el mayor hijo de puta que hay sobre la tierra -manifestó Ester, con rabia contenida dirigiéndose a su ex-novio.

_ ¿Qué te creías? -gritó Roberto- ¿Te crees imprescindible? ¡No me dejas tú a mí, hace dos años ya te había mandado yo a la mierda, lo único que tienes es un buen culo y la chupas de puta madre, pero si no lo puedo usar no quiero seguir contigo! Al fin y al cabo en el sexo eres obra mía, por eso eres una zorra tan experta.

Procurando salvar en lo posible la dignidad, conteniendo la ira y la rabia, Ester dio media vuelta y abandonó pausadamente el piso. No comprendía, nunca llegó a comprender porque Roberto trató de humillarla comportándose de aquella manera tan ruin y fementida. Lo cierto es que ella tampoco le amaba desde hacía tiempo y a decir verdad, ambos llevaban al menos dos años simplemente manteniendo una situación más rutinaria que otra cosa y cogida con alfileres; pero Ester pensaba que es necesario en cualquier contingencia mantener la elegancia en los modales y la buena educación. Porque no es bien educado el que sabe cuando hay que usar la pala del pescado o el cuchillo de postre, sino aquél que es capaz de controlar sus emociones sometiéndolas a las reglas de la urbanidad y de la cortesía. Le extrañó verdaderamente que su novio fuera tan arteramente vengativo o tan soberanamente machista para resultar incapaz de asimilar que su relación había terminado y que ciertamente lo único que procedía ya, era ponerle fin de manera civilizada.
También es cierto que un sentimiento de nostalgia y melancolía, de profunda pena y desamparo se apoderó de su alma cuando abandonó el portal de la casa donde había experimentado tantas cosas y depositado tantas ilusiones. Decidió que lo mejor era que se tomara unas copas, para prevenir la depresión y luego se iría a bailar a alguna de las discotecas donde ya estaba considerada como cliente habitual. El único problema era que a la mañana siguiente entraba a trabajar a las ocho, por lo que tendría que madrugar; pero paseando, paseando, envuelta en sus tristes recuerdos, entró en tres o cuatro bares y se bebió media docena de vinos con alguna tapa, mientras continuaba absorta en sus pensamientos. Inesperadamente, se encontró casi a la orilla del río, frente a una discoteca desconocida para ella. Le habían dicho que aquél local no le iba a gustar y lo cierto es que ni ella ni sus amigas habían entrado allí nunca. La verdad era que no salían de Atomium y Caifás, pero no sabemos muy bien por qué, ese día quiso Ester explorar aquel lugar desconocido. Se tomaría allí una copa y si había algo potable trataría de ligárselo para que le ayudara a pasar el mal trago sufrido. En caso contrario, desde aquél lugar marcharía directamente a casa y a la cama. Nunca se pudo imaginar que la decisión de entrar en aquella discoteca iba a posibilitar que un mundo diferente, de sensaciones nuevas y excitantes se abriese para ella introduciendo en su vida un definitivo cambio de rumbo.