jueves, 27 de agosto de 2009

II CASTILLA






Un día, a finales del caluroso verano de 1.965, Dña. Margarita, acatando las órdenes de la superioridad, dio por terminadas sus vacaciones y retornó a Santiago del Arroyo, localidad en la que se desempeñaba como maestra titular desde hacía tantos años, que su figura era ya para muchos del pueblo consustancial con el propio inmueble de la escuela. A ella no le disgustaba el destino, quizá porque ya se había acomodado a vivir rodeada del cariño y el respeto de todo el pueblo, pero también y fundamentalmente, porque su marido y sus hijos vivían en un lugar cercano, de forma que durante las vacaciones y otros días no lectivos, que como es notorio son muchos en el año, no le resultaba a Dña. Margarita incómodo desplazarse para pasarlos con su familia. Incluso su esposo, en sus frecuentes viajes a Valladolid, paraba siempre en Santiago, así que era rara la semana en la que no le hiciera alguna visita.

La escuela era como todas las de entonces. Un edificio de cal y canto, enfoscado y enjalbegado de blanco, con los niños en un aula y las niñas en otra de manera que nunca coincidían los dos sexos ni siquiera en el momento del recreo, ya que previsoramente este tenía lugar con media hora de diferencia. La estricta y vetusta moral nacional católica de la época, imponía una serie de rigurosas normas que hoy nos parecen ridículas y lo eran también entonces, pero que increíblemente estuvieron vigentes en España hasta finales de la década de los setenta.

Viejos pupitres de madera descolorida manchados de tinta, encerado negro, mesa de la maestra sobre una pequeña tarima, estufa de leña para sobrellevar los crudos inviernos de la zona, olor a goma de borrar y sacapuntas, todo ello presidido por el crucifijo y los hieráticos retratos en blanco y negro de Franco y José Antonio, constituían a simple vista lo más destacado del aula. Leche en polvo antes del recreo, Parvulito para las pequeñas, Enciclopedia de Álvarez (intuitiva, sintética, práctica) para las demás, oración y tabla de multiplicar a primera hora de la mañana… Cuando empezó el curso, Dña. Margarita retomó la rutina habitual; ni podía impartir una enseñanza de calidad ni tampoco se lo exigían. Su obligación se limitaba simplemente a mantener recogidas a las casi cuarenta niñas del pueblo, con edades comprendidas entre los cinco y los catorce años, tratando de enseñarles a leer, a manejar las cuatro reglas de la Aritmética, a escribir con el menor número de errores posible, unos rudimentos de Historia y una asignatura única en Europa: Labores del Hogar, obviamente reservada en exclusiva a las niñas, futuras esposas sumisas y madres cristianas, como textualmente se decía que debían ser las mujeres españolas en un documento oficial. Todo ello se aderezaba con una estricta enseñanza de la religión y la moral oficiales y una formación política y humana que se resumía en aprenderse de memoria los no sé cuántos puntos de Falange así como repetir hasta la saciedad aquello de “caídos por Dios y por España ¡Presentes!” Y también “Franco, Franco, Franco ¡Arriba España!”.

Es bien sabido que durante el mes de Septiembre solamente había clase por la mañana. Los primeros días se malgastaban tontamente haciendo las presentaciones y tratando de que todas, incluida la propia maestra, volvieran a acostumbrarse a vivir constreñidas a un horario. El principal problema era acomodar a las niñas que se incorporaban por primera vez a la escuela. Criaturitas de cinco y seis años que generalmente esperaban con horror su primer día de clase, porque con demasiada frecuencia y total impunidad, en la España de la época entraba la letra con sangre y aunque la maestra de Santiago del Arroyo no era de las habituales del palo y tente tieso, la mayoría de las niñas pequeñas temían verdaderamente el momento de su incorporación a la comunidad escolar.

El segundo día lectivo, antes de empezar la clase, se presentó Mª Luisa, una antigua alumna de Dña. Margarita, como lo eran la totalidad de las mujeres del pueblo con menos de cuarenta años. Mª Luisa llevaba de la mano a su hermanita pequeña para confiarla por primera vez a los cuidados de la maestra. La niña, delgadita, espigada, ojos y trenzas de color azabache, mirada asustada, zapato negro, media blanca y guardapolvo rosa, respondió diciendo que se llamaba Ester, cuando la maestra, afable, le preguntó el nombre.

Todas sus hermanas, habían sido alumnas de Dña. Margarita y la profesora no tenía reparo en admitir que eran chicas inteligentes y despiertas, si bien por la precaria economía de tío Cayito, su padre, ninguna de ellas había continuado los estudios en la ciudad. Se limitaban a cumplir, a trancas y barrancas los ocho años de enseñanza obligatoria, faltando a clase para sacar remolacha, entresacar ajos, ahechar lentejas o vendimiar. Una vez obtenido el título de graduado escolar, pasaban a integrar las fuerzas de la emigración, consiguiendo indeseables trabajos en Valladolid, o casándose con alguno de un pueblo cercano que las llevaba al País Vasco, Cataluña o incluso más lejos, para vivir una existencia plena de desarraigo y melancolía.

La buena maestra pensaba en todo esto con tristeza, cuando dio la bienvenida a Estercita indicándole que podía ocupar un puesto en la primera fila de la clase. Doña Margarita mandaba sentar a las pequeñas delante para, teniéndolas más próximas, tratar en la medida de lo posible de mantenerlas más controladas y evitar que armaran demasiado alboroto. Mª Luisa se dirigió a ella:

_ Que dice mi madre que como todavía no ha cumplido los seis, que si hay que darla a Vd. algo.

La madre de Ester y Mª Luisa era consciente de que hasta que los pequeños no cumplían los seis años, el Estado no les reconocía a los padres el derecho a enviar a sus hijos gratuitamente a la escuela, por lo que la casi totalidad de maestros y maestras del territorio nacional, admitían niños menores de la edad reglamentaria a cambio de una pequeña compensación económica. También existía otro medio para tratar de redondear un poco el exiguo sueldo de un maestro, mejorando a la vez en otro tanto la calidad de la enseñanza. Se trataba de alargar la jornada lectiva una hora más cada día para el grupo de alumnos cuyos padres podían pagarlo y que voluntariamente decidían que resultaba adecuado y conveniente que sus hijos permanecieran en la escuela sesenta minutos más. Era lo que se conocía con el nombre de permanencias.

_ ¿Cuándo los cumple? -preguntó a su vez Dña. Margarita.

_ Para San Antón.

_ Bueno pues, total por tres meses que se quede.

A la maestra le daba un poco de pena la situación de aquella familia y pensó que las cuatro perras que iba a dejar de percibir, a ella no le suponían excesivo trastorno, mientras que para la familia Bueno podían significar la diferencia entre que Estercita merendase como Dios manda, o se limitase a un trozo de pan con tocino y cebolla.

Las circunstancias, siempre y en todo lugar adversas para los trabajadores, eran especialmente penosas en la España de la época y concretamente en Castilla resultaban verdaderamente dramáticas, porque en la década de los sesenta, más de un millón de obreros castellanos, andaluces, extremeños y murcianos se vieron obligados a tratar de sobrevivir en las regiones más industrializadas del norte y noreste o en el extranjero, enviando la mayor parte del dinero que conseguían ahorrar, a costa de muchísimo trabajo y grandes sacrificios, a sus familiares que por edad, mala ventura o falta de arrojo y decisión, no habían podido emigrar. Tal era así, que algún año de aquella década, los envíos monetarios de los emigrantes constituyeron cuantitativamente, la mayor aportación de divisas que entró en el país, por encima incluso del turismo incipiente. Aquella recia gente, heredera de los descubridores y conquistadores de antaño movidos también por la misma precariedad y hambre, se había visto forzada a abandonar sus pueblos y a alejarse de sus allegados, conocidos y amigos, porque en la tierra donde habían tenido la desventura de nacer no encontraban las proporciones adecuadas para poder alimentar a su familia a costa y a pesar incluso de trabajar sin cuento durante diez horas diarias y seis días a la semana. El Domingo, era preceptivo descansar, no porque no hubiera labor, que nunca faltaba, sino porque trabajar era pecado, aunque no debía serlo permitir que la gente pasase hambre a la vista de los nulos esfuerzos que las autoridades de cualquier tipo llevaban a cabo para remediar la tristísima situación. Se dio la paradoja en alguna ocasión, de que la Guardia Civil amonestó, con más o menos severidad y por indicación del cura, a algún pobre labrador que aprovechaba el día festivo para terminar de sembrar el melonar, recoger la senara o labrar su pegujal que, para su desgracia, le había sido imposible culminar durante los días laborables por falta de tiempo. A todas estas, los señoritos, los profesionales liberales y la pequeña burguesía gozaban del privilegio de la enseñanza para sus hijos, la sanidad, la buena vivienda y la ausencia de paro. Además, prácticamente todos los puestos de alguna relevancia en la administración estaban ocupados fundamentalmente por amigos, descendientes y familiares de los vencedores en la guerra civil. El nepotismo y las recomendaciones habían adquirido carácter casi oficial y de la gran burguesía o la aristocracia es preferible no hablar, pues aquella mala gente caminaba e iba apestando la tierra, en inolvidable verso de Machado. La clase dirigente, tanto política como económica, estaba tan alejada de la realidad social del país en el que medraban holgazaneando, que no estarían más lejos si vivieran en Marte.

En esta triste sociedad vino al mundo en Enero de 1.960, Ester Bueno González, la niña que aquel segundo día del curso 65-66 se incorporaba a la escuela de Dña. Margarita. Los padres de la chiquilla se llamaban Cayo y Viviana. Cayito, llamado por mote el Banderas era hombre fornido y de genio vivo, algo porro y un poco alarbe; de nariz grande y boca pequeña, lampiño de cuerpo y la cabeza con menos pelo del que le gustaría y aun este albarazado; cubierta la calva con una boina perenne; pantalones de pana más bisuntos de lo que la Vivi podía sufrir y chaleco sobre la camisa. Su mujer era bajita, enlutada desde que Dios recuerda; sufrida y trabajadora; rechoncha de cuerpo y vestida siempre con mandil y faldriquera; gastaba una saya negra y alforzada que la cubría hasta más abajo de las rodillas. Tenía los ojos como el carbón, pero vivos y a pesar de su fiera nariz, su talante general era el de una mujer apacible, y verdaderamente hacía honor a su aspecto, pues resultaba dulce y cariñosa con todos. A Cayo y Viviana ya los había bendecido Dios con nada menos que seis hijas, la menor de las cuáles le llevaba diez años a Estercita, de manera que cuando su mujer le confirmó que volvía a estar encinta, tío Cayito pensó que a la Vivi la preñaba el aire y que así fuera igual de paridora la marrana que había echado aquél año. Porque entre la edad, que a nadie perdona, y el agotamiento que arrastraba cotidianamente, la verdad era que de un tiempo a esta parte no hacía demasiado uso del matrimonio y en su simpleza pensaba que después de tanto parir, su mujer estaría ya seca, porque los cuarenta y cuatro no los cumplía cuando salió preñada de la última. Tío Cayo, el Banderas, estaba tratando de sacar adelante a sus seis hijas, trabajando de lunes a sábado en una infecta fábrica de ladrillos en Valladolid y dedicándose los fines de semana a cuidar la labranza, porque todo esfuerzo resultaba insuficiente para llenar tantas bocas hambrientas y vestir tantos cuerpos en crecimiento. Llamamos aquí labranza a cuatro o cinco pequeños trozos de terreno repartidos aleatoriamente por todo el término municipal; porque por entonces la concentración parcelaria todavía no había hecho acto de presencia en Santiaguillo. Cayito y la Vivi tenían un par de hazas en el Pino Gordo, otras dos en el Puente Canto, otra en la vega, otra en el recuesto del Llanillo, que era buena para melonar, y una pimpollada, herencia de la abuela, al pie de la aceña, donde antaño había un azud que ahora estaba arruinado. Llevaban además algún pegujal y eran propietarios de un majuelo de garnacha, pequeño pero bueno, que abastecía a Cayo casi todos los años de uva suficiente para que él tratara de elaborar cada Octubre treinta o cuarenta cántaros de vino, cantidad bastante para su propio consumo, en una pequeña bodega situada a trescientos metros de la casa donde vivían, todo ello herencia de abuela Isabel. A la vivienda de Cayo y Viviana se entraba por una trasera compuesta de peinazos y cuarterones, labrada con arte en buena madera, con sus aldabas y todo, que daba acceso a un gran corralón flanqueado por tenadas. Y antes de la primera puerta interior se elevaba otro cobertizo en figura de pestaña horizontal, muy enjalbegado de cal, con sus chafarrinadas de almagre, a manera de faldón de disciplinante en día de Jueves Santo. El zaguán, o portal interior, estaba pintado con el mismo jalbegue, a excepción de las ya dichas ráfagas de almagre y todos los años se tenía cuidado de lavarle la cara con un baño de aguacal. En la pared del portal, frente a la puerta, había una especie de vasar, aparador o anaquel, donde se presentaba desde luego a los que entraban toda la vajilla de la casa: doce platos llanos, otros tantos hondos o escudillas, tres fuentes grandes, todas de Talavera de la Reina y en medio dos jarras de vidrio con sus cenefas azules hacia el brocal y sus asas arpadas, como crestas de gallo. A los dos lados del vasar se levantaban desde el suelo con proporcionada elevación dos poyos de tierra, almagrados por el pie y encalados por el plano, sobre cada uno de los cuales se habían abierto cuatro a manera de hornacinas, para asentar otros tantos cántaros de barro, algunos de agua para beber, pues ya se sabía de la calidad sin comparación de la que manaba ininterrumpidamente de la fuente que había al lado de la escuela; otros de agua del arroyo para los demás menesteres de la casa y uno de ellos, el más principal, del vino que Cayito elaboraba cada año con toda la atención y cuidado y que iba trayendo del carral que tenía en la bodega a medida que lo consumía.

Hacia la mano derecha del zaguán, según entramos por la puerta del corral, estaba la sala principal, que era adecuadamente amplia y espaciosa. En su centro una alcatifa muy fina y primorosamente trabajada aunque ya algo raída y eran los muebles de la sala seis cuadros de los más primorosos y finos de la famosa calle de Santiago de Valladolid, que representaban un San Jorge, una Santa Bárbara, un Santiago a caballo, un San Roque, una Nuestra Señora del Carmen y un San Antonio Abad con todo y su cochinillo al pie: en sustancia casi todo el santoral estaba en cuadros y figuras en la sala de la casa de Ester, denotando que allí vivía gente muy creyente, con una religiosidad simple y sin complicaciones, pero sincera, y ostentando una fe a prueba de cualquier tentación. Había un bufete con su sobremesa de jerga listonada a flecos, un banco de álamo, dos sillas de tijera antiguas y otra que al parecer había sido de vaqueta, pero sólo conservaba el respaldo, que en el asiento no quedaba más que el armazón; a su lado un arca grande y junto a ella un cofre sin forro y sin cerradura. A la entrada de la alcoba se dejaba ver una cortina de gasa con sus listas de randas de a cuatro pesetas el metro, cuya cenefa estaba toda cuajada de escapularios con cintas amaranto y Santas Teresas de barro en sus urnitas de cartón revestidas de seda, todo distribuido y colocado con mucha gracia y primor. Era, en definitiva, un caserón amplio y destartalado, construido de piedra arenisca con mortero de cal y arena y sostenido sobre paredes maestras de un metro de espesor y buenas vigas de negrillo; quizá hubiese sido bueno en otro tiempo, pero hacía ya tantos años que nadie en el pueblo recordaba su fábrica. La planta baja estaba ocupada por la cocina, la sala y una alcoba; por unas crujientes y empinadas escaleras de madera se accedía a la planta alta donde se abrían el dormitorio del matrimonio y otras dos alcobas más. Encima de las almohadas arambeles randados muy primorosos y sobre cada cama un alhamar cepillado y limpio; al lado una mesa de noche conteniendo en su interior la bacinilla, pues por entonces todavía no tenía el Banderas agua corriente en su casa y que bajaran las chicas al corral en plena noche y helando a aliviar una necesidad, les sería de más daño que provecho. Pero continuando la escalada a través de los viejos peldaños de olmo, algunos más carcomidos de lo que Cayo quisiera, se alcanzaba el sobrado donde, esparramada por el suelo, solía haber una parva de patatas y colgadas más de una docena de ristras de ajos y manojos de cebollas en cantidad suficiente para el consumo anual. También, suspendidos de enormes escarpias clavadas en las alfarjías de los lucernarios que atravesaban la cubierta de canal a tejavana, se curaban un par de jamones y cuarenta o cincuenta kilos de chorizos bajo la atenta vigilancia y cuidados de tía Viviana, que tenía reconocida en varias leguas a la redonda una mano sin igual para aderezar la matanza, siguiendo al pie de la letra aquella vieja fórmula: por cada arroba de carne media libra de pimentón y media libra de sal. El corral no era muy grande, pero suficiente para que, bajo las antiguas tenadas, se albergasen dos gallineros, una gazapera y una zahúrda donde se criaban media docena de gallinas ponedoras, unos conejos y pollos para carne y un par de marranos. Aunque sin duda el aposento más importante del corral era la caballeriza del Andaluz, un macho burreño y ruano con el que Cayito realizaba las labores necesarias para mantener produciendo sus escasas diez obradas de terreno.

En vista de que las hijas llegaban, pero sus escasas propiedades no se ampliaban en la misma proporción y ante el firme convencimiento de que la suma estrechez en la que vivían se convertiría en hambre sin paliativos, el tío Cayo, fuerte y trabajador donde los haya, buscó un empleo en Valladolid. Se compró una Lambreta y a las seis de la mañana, bajo cualquier circunstancia meteorológica, después de desayunar, cogía la tartera con la comida que amorosamente le preparaba su mujer y sin olvidarse de la damajuana de vino marchaba a la fábrica, recorriendo en la moto los treinta kilómetros que le separaban de la capital. De ocho de la mañana a ocho de la tarde trabajaba como una bestia de carga, con un descanso de una hora para dar buena cuenta de los contenidos de la tartera y de la damajuana. Regresaba al pueblo cerca de las nueve y aún entonces, en tiempo de verano, se bajaba a regar porque había que aprovechar el fresco de la noche y la escasa agua que discurría por el cauce del arroyo de El Henar que dividía el término en dos mitades casi iguales. Incluso había días, que se quedaba regando hasta que amanecía Dios, para evitar que la remolacha o los ajos se perdieran, de forma que marchaba de la tierra directamente de nuevo a la fábrica, habiendo dado un par de cabezadas en una cuneta envuelto en un centón. Los domingos y días festivos, araba, binaba, entresacaba, o escardaba la huerta, dependiendo de la estación del año y del fruto que el tiempo trajera.

No creamos por esto que la familia de Cayo Bueno y Viviana González nadaba en la abundancia. Por el contrario, todos esos ímprobos esfuerzos y trabajos servían únicamente para que las chicas pudieran comer sin mucho dispendio y vestir decorosamente. Y si pensásemos que tía Viviana permanecía ociosa cometeríamos una imperdonable injusticia. El cuidado de los animales del corral, cerdos, conejos, pollos, gallinas y macho, eran competencia exclusiva suya, así como la elaboración de la comida, limpieza de la casa, barrido y baldeo de los suelos, lavado y recosido de la ropa, cuidado y atención a las niñas... Queremos hacer notar sin embargo, que cuando decimos lavado de ropa, no nos referimos al hecho milagroso de introducir la ropa sucia en una máquina, añadir detergente y pulsar un botón. Lavar la ropa en la mayoría de los núcleos rurales de la España de los años sesenta y desde luego en Santiaguillo, consistía en bajar al arroyo con una gran sera de mimbre llena de prendas sucias apoyada en la cintura y sobre ella una tabla de lavar y un cantero de jabón manufacturado artesanalmente por la propia ama de casa, a base de una sabia combinación entre sosa cáustica por un lado y sebo y otras grasas de desecho por otro. Llegada al prado, colocaba la tabla en el borde del arroyo y con abnegación, arrodillada en tierra comenzaba la penosísima tarea de hacer la colada enjabonando y restregando contra la tabla cada una de las piezas de ropa. Con frecuencia, por el invierno, para acceder al agua era necesario romper con una piedra la capa de hielo que cubría el arroyo. No, no. De cualquier forma que lo contemplemos tenemos que llegar a la conclusión de que la tía Viviana también trabajaba mucho, desde que amanecía Dios hasta casi la media noche, todo el día trajinando y haldeando de la cocina al corral y del corral al sobrado; sube y baja, vete y vuelve, siempre deprisa y con más menesteres que tiempo para hacerlos.

Aquí escribe Vidueiras en letra cursiva, para dar a entender al lector que lo que dice es producto de su propia opinión e ingenio, que el autor de esta jamás vista historia vuelve a extenderse, con mayor prolijidad que comedimiento, en descripciones chirles y de poca o ninguna sustancia para el entendimiento y disfrute de quien lee, pues como ocurrió cuando se metió por los vericuetos de averiguar los orígenes históricos de la villa de Laxe, ahora se extiende a los de la provincia de Valladolid; e incluso hay miedo de que en cualquier ocasión, con razón o sin ella, venga a remontarse a nuestros primeros padres y al Génesis todo. Y dice nuestro inefable estudiante de Humanidades, que si en lo tocante a Laxe él mismo cercenó de un golpe todo lo que le pareció insustancial, no piensa hacerlo así ahora; pues por alguna jamás vista circunstancia puede haber lectores interesados en conocer estos pormenores. Sin embargo, continúa explicando Vidueiras en su escrito en cursiva, es tal la prolijidad de datos, apuntes y referencias, que sin duda causarían enojo y pesadumbre si se dejaran tal cual figuran en el original. De este modo, erigiéndose a sí mismo en trujamán y juez y parte de todo ello, decidió hacer un escrutinio en los párrafos autógrafos, demediando a su antojo, transcribiendo lo que a su entender merecía ser transcrito y eliminando lo hebén y baladí; teniendo siempre el máximo cuidado de que todo ello no redundase en menoscabo de la claridad que para la comprensión de este meritorio relato es necesaria. Y no cabe la menor duda de que, al menos en el momento de escribir lo que dejó en cursiva, estaba Vidueiras un poco aliquebrado y mustio, porque acaba maldiciendo el instante en que se le vino a la mente la idea de componer una historia tan seca y aburrida como hasta el momento parece ser la presente. Y aun dice más: que si pudieran excusarle del trabajo de transcribirla y compilarla sacándole de la empresa en la que se metió enhoramala el día que el manuscrito cayó en sus manos, daría él bien a gusto su mejor trenca, de dos que tiene y al cabo dice que espera que los elogios, si es que hay alguno, sean por lo que deja escrito y no por lo que suprime. Hace notar también que, como estas son simplemente galeradas, se podría en su momento corregir aquello que el editor juzgase como inapropiado o impertinente antes de darlo definitivamente a la estampa. Hecha esta salvedad continúa con la historia diciendo:

El río Duero discurre de Este a Oeste a través de la provincia de Valladolid, entrando en ella por el término de Bocos de Duero y abandonándola por Villafranca del mismo apellido, después de recorrerla a lo largo de ciento cincuenta kilómetros, pasando por localidades tan célebres y celebradas como Peñafiel, Tudela o Tordesillas. Pero el Durius flumen llevó a cabo en tiempos una labor tanto o más importante que la de aportar agua a los surcos y a las golas, cual fue servir de división y frontera durante doscientos años en aquella guerra civil entre españoles musulmanes y cristianos que los historiadores puristas llaman Reconquista y que consumió vidas y haciendas de los habitantes de la península durante casi ocho siglos.

En efecto: en el año 900 el rey asturiano Alfonso III conquista Simancas, Zamora y Toro estableciendo el Duero como línea defensiva y frontera natural entre las dos Españas de la época. Esta situación se mantuvo básicamente y con pocas variaciones hasta que casi dos siglos después, en 1.085, Alfonso VI conquista Toledo y hace retroceder hacia el sur la divisoria entre la España cristiana y la musulmana estableciéndola en la cuenca del Tajo.

Nunca supo Alfonso III que cuando constituyó la frontera en el Duero estaba también decidiendo el reparto de la futura provincia de Valladolid en dos regiones o comarcas perfectamente diferenciadas, no solamente en cuanto a su orografía y paisaje, sino y sobre todo, en cuanto a sus costumbres, usos, peculiaridades lingüísticas, idiosincrasia e incluso toponimia y morfología de sus habitantes. Nos estamos refiriendo a la Tierra de Campos, al norte del río y la Tierra de Pinares, al sur. El efecto de esos doscientos años, junto con las dificultades de comunicación posteriores (hasta el siglo XVIII solamente había tres puentes sobre el Duero en la provincia: Tudela, Puente Duero y Tordesillas) es hoy casi tan notable y las diferencias entre las dos comarcas tantas, que quien desconozca los motivos históricos que las originaron jamás les encontrará una explicación plausible.

Tierra de Campos es la Castilla típica y tópica. Enormes extensiones llanas como la palma de la mano y desarboladas como un desierto, donde se cultivan fundamentalmente cereales; gentes desconfiadas, inmóviles e inmovilistas, apegadas al terruño y a las costumbres, incapaces de cambiar o ser cambiadas. Hombres duros, cabales y recios, paradigmas de aquello de al pan, pan y al vino, vino; encerrados en lo más profundo de su alma y sin ningún deseo de salir de allí.

Faltaría a la verdad quien afirmara que la gente de Tierra de Pinares es el contrapunto de esto. Las diferencias no llegan a tanto. Pero si alguna industria hay en la provincia (a parte de la que existe en la capital) esa está en Tierra de Pinares, si existe algún nuevo ingenio o artificio capaz de producir riqueza, lo encontraremos en Tierra de Pinares, si alguna localidad ha crecido en número de habitantes en los últimos veinticinco años, está en Tierra de Pinares… Suaves cerros cubiertos de pinos, vegas regadas por los arroyos, pozos o ríos, retazos también de cereal en los tesos, fábricas de transformación de la madera, conserveras, turismo… Actividades todas estas que denotan la industria e ingenio de los árabes en contraposición con la molicie y la desidia que aqueja y está acabando físicamente con Tierra de Campos, porque los pueblos y aldeas de la comarca desaparecen por fallecimiento de sus habitantes sin que los jóvenes encuentren motivo alguno para continuar allí. No digo yo que en algún caso esto haya ocurrido también en Tierra de Pinares, pero del mismo modo que se podría hacer una lista con lugares despoblados o a punto de estarlo en la zona norte de Valladolid, se podría hacer otra, tal y tan buena, con localidades que han prosperado o lo están haciendo en la parte sur.

Incluso los nombres de lugares o accidentes geográficos, como ya hemos dicho, son etimológicamente diferentes: latinos y godos en Tierra de Campos; árabes en Tierra de Pinares. Frente a Cogeces, Villalón; frente a Megeces, Villabrágima y frente al río Adaja, el Valderaduey, son sólo algunos ejemplos de topónimos de muy distinta raíz; latinos unos y árabes otros. En Tierra de Campos se encuentran todavía tipos humanos altos, rubios y de ojos claros, propiamente alanos, que resulta casi imposible encontrar en Tierra de Pinares.

Y solamente para tocar algunas de las diferencias lingüísticas hay que dejar constancia de que en Tierra de Pinares se utiliza casi siempre el artículo antes del nombre propio, como se hace en árabe. Así dicen “La María” o “La Estercita” expresiones completamente desconocidas en Tierra de Campos. Algo anecdótico es también saber que, al sur del Duero, se llama “tío” o “tía” a una persona que por su edad, condición y cualidades merezca respeto; aunque no tenga ningún parentesco con quien le nombra. Esta expresión tampoco se usa en Tierra de Campos y el origen de ella, según tengo yo averiguado, es que las mujeres árabes llaman “tío” al marido, como signo de respeto y obediencia, al considerarlo hermano de su padre.

Santiago del Arroyo dista una legua de Portillo, localidad siempre famosa por sus alcorzados y en tiempos también por sus alcalleres. Al sur linda con San Miguel del Arroyo, del cual Santiago era y aún creo que continúa siendo, una pedanía; porque San Miguel cuenta con mayor extensión y número de habitantes que Santiago, aunque ambos compartían por entonces las mismas estrecheces y miserias. Orográficamente, el lugar de nacimiento de Ester es un estrecho valle excavado por el arroyo de El Henar y el pueblo en sí se sitúa en la margen derecha del cauce. Por entonces había setenta casas habitadas, apiñadas todas ellas en cuatro calles paralelas a la carretera de Valladolid a Segovia, que atravesaba el núcleo urbano describiendo dos o tres peligrosas vueltas y revueltas que hacían de la travesía del pueblo una zona que requería extremo cuidado para los conductores, aunque todavía era peor para los lugareños, pues más de un paisano de Ester había dejado la vida en el asfalto, atropellado por algún automóvil o camión conducidos alocadamente por un desaprensivo.

Limitan el valle viejas colinas desgastadas por la erosión, cubiertas de pinos y de nombre sonoro: Pico la Encina, El Llanillo, el monte Barcelona… Baldíos rancios y estériles, aptos solamente para pimpollada o majuelo y fértiles únicamente en caza; las estrechas riberas del arroyo son las únicas franjas de terreno verdaderamente fecundas del término municipal. Antaño casi toda aquella tierra estaba en manos de la familia Sastre, que poseía también sitios, casas y lugares en el pueblo. Pero los Sastre, en franca decadencia, habían ido vendiendo sus propiedades, de suerte que en la década de los sesenta casi todas las familias de Santiaguillo poseían algún pedazo de terreno, aunque ninguna de ellas era propietaria de la porción suficiente como para vivir sin algo más de precariedad que de abundancia.

Los padres de Ester no eran precisamente de los tocados por el dedo de la fortuna y la niña vio transcurrir su infancia escuchando conversaciones a sus mayores en las que siempre se dejaba traslucir una honda preocupación por todo lo relacionado con la economía. Heredera de la ropa de sus hermanas y atendida siempre por alguna de estas, la relación con sus padres fue casi inexistente en cuanto a demostraciones palpables de afecto y cuidados, bien es cierto que, en general, tratar de buscar sentimentales entre los castellanos es jugar a la lotería. Cuando Ester tenía seis años, su hermana mayor se casó y se fue a Valladolid porque su marido tenía allí trabajo. Al poco de esto, el tío Cayo, en hora menguada, tuvo un grave accidente en la fábrica, como consecuencia del cual quedó tan molido y estropeado de la columna que terminaron jubilándolo por invalidez. Después, otra hermana, marchó a Vitoria, donde su primo, que había emigrado antes, le consiguió un trabajo en una fábrica de naipes conocida por todo lo descubierto de la tierra y así, al mismo ritmo que Estercita crecía, la familia se iba disgregando. Su padre, aunque siempre aquejado de dolores en el espinazo, continuó cultivando la tierra e incluso arregló la vivienda, proveyéndola de agua corriente y cuarto de baño. Solía El Banderas decir en la cantina del pueblo, por burla, que en su casa siempre se había disfrutado de agua corriente, pues cuando se necesitaba una herrada de ella, cualquiera de sus hijas iba corriendo a la fuente a llenarla… En fin… Que cumplía Ester diez años cuando Dña. Margarita, que estaba ya en edad de jubilación, la mandó a dar recado a sus padres, que fueran a verla que quería hablar con ellos.

La pequeña era hasta el momento casi un modelo. Su vida transcurría monótonamente, como las de todos los habitantes de la Castilla rural en la época. El tedio se rompía el día de la fiesta, que había baile y verbena; cuatro días por el verano con cine al aire libre, en la campa de la escuela; en Navidad y Reyes, muñeca Pierina incluida; el día de la Primera Comunión y poco más. Estercita era estudiosa e inteligente y lectora infatigable de cuanto caía en sus manos que era más bien poco. Como nunca se vio apremiada a trabajar a diferencia de sus hermanas mayores, podía dedicar su tiempo libre a quehaceres más placenteros y que le proporcionaban un mayor aporte cultural. La vida en el pueblo no le resultaba demasiado atractiva, así que procuraba escapar a través de la lectura o el cine visto por televisión. Siempre vigilada por alguna hermana, la figura de su padre era para ella tan lejana como la del Espíritu Santo, aunque viviesen en la misma casa y se hablasen cotidianamente con afecto. El tío Cayo la consideraba casi una nieta y siempre la llamaba “Chiquita”, desde que nació. Ester se mostraba a veces algo distante, más por respeto y timidez que por otra cosa porque quería a su padre con locura y nunca le había dado ninguna desazón seria. La Estercita, la pequeña de Cayo, el Banderas, era una niña puesta como ejemplo por otras madres del pueblo ante sus hijas más díscolas o menos respetuosas. Siempre iba arregladita y bien apersonada, atusado el cabello y aseada de cara; con ropa recosida pero limpia, no jugaba con los chicos, era muy estudiosa y obedecía a todas sus hermanas, además de a su padre y a su madre. Si algún familiar o invitado le daba una adehala por algún recado o una propina horra, la guardaba en su alcancía aunque por su gusto quisiera gastarla en chochos o alfeñiques, pero decía su madre que era preciso ahorrar, porque nunca se sabe lo que puede venir y que no nos mande Dios todo lo que podemos aguantar. Queda patente que en el entorno de Estercita la conformidad y el temor a un futuro incierto eran actitudes comunes. Lo que la buena gente no sabía, era que tanto acatar y sentirse dirigida, estaba creando en la niña una personalidad incapaz de tomar decisiones y un poco frustrada. No entendía por qué en su casa todo el mundo tenía derecho a indicarle lo que ella debía hacer, mientras que sus amigas se limitaban a obedecer a sus padres y hermanos mayores, pero a su vez mandaban sobre algún hermano de menor edad, circunstancia esta de la que Ester no disfrutaba.
Incluso un día, poco antes de tomar la Comunión, le preguntó a D. Antonio, el cura, que en que mandamiento ponía que había que obedecer a las hermanas. El sacerdote, asombrosamente hábil con la Dialéctica, como todos los de su profesión, le respondió que no había ninguna orden en el decálogo que explícitamente obligase a someterse a las hermanas, pero si se decía en el 4º mandamiento que era necesario honrar a las personas mayores en “edad, dignidad y gobierno”. Además, si a Estercita le molestaba tanto obedecer a sus hermanas, que pensase que estas actuaban por delegación de sus padres y aunque tenía cuatro mayores que ella viviendo en casa, debía consolarse pensando que desgraciadamente sus cuatro abuelos habían muerto y que si Dios los hubiera conservado con vida, también tendrían derecho a preconizar sobre lo que era bueno o malo en relación con ella. Así que se trataba simplemente de cambiar la autoridad admitida de los abuelos, por la más discutible de las hermanas mayores. De esta suerte, el grado de conformidad de Ester con su condición de persona que se limita a cumplir órdenes, iba aumentando y consolidándose. Estaba claro que ella había nacido para obedecer, para que todo el mundo le dijera cómo y cuando debía actuar y si alguna vez protestaba un poquito, bastaba un estentóreo “¡Chiquita!” de su padre, para hacerla callar inmediatamente, porque la niña era la quintaesencia del retraimiento y la timidez.

Por eso no llegaba a comprender por qué Dña. Margarita quería hablar con sus padres. Normalmente, los críos asocian esta conducta de los maestros a alguna mala acción y esperan que de dichas conversaciones salga para ellos un castigo o cuando menos una reprimenda; así que aquél día Estercita se dirigió a su casa, al salir de la escuela, con algo de preocupación y tratando de recordar, sin conseguirlo, cuándo y en qué había fallado.

_ Madre, que dice Dña. Margarita que vayáis a hablar con ella, padre y tú -pregonó la niña casi a gritos entrando por la puerta de su casa mientras arrojaba la cartera encima de una silla.

_ ¿Qué has hecho? ¿Ha pasado algo? -preguntó la Vivi un poco preocupada.

_ Yo no sé. Yo no he hecho nada - Estercita estaba segura de que no había ningún mal motivo para que su maestra solicitara una entrevista con sus padres. Pero el caso resultó que a la salida de clase, por la tarde, tío Cayo y su mujer, estaban esperando en la plazuela que hay junto a las escuelas. Cuando la última de las niñas hubo salido, Cayo se aproximó a la puerta del aula vacía, seguido a corta distancia por la Vivi y quitándose respetuosamente la boina, se dirigió a Dña. Margarita que estaba recogiendo unos papeles esparcidos sobre la mesa de la maestra.

_ ¿Da su permiso?

_ Pase Vd. Cayo, pase. Y Vd. también Viviana -autorizó la profesora sonriendo afablemente- siéntense donde puedan.

_ Es que nos ha dicho la Chiquita que nos había mandado Vd. llamar -dijo Cayito dubitativo.

_ Así es, en efecto. Saben Vds. que he sido la maestra de cinco de sus siete hijas, todas chicas muy inteligentes y trabajadoras, absolutamente capaces de continuar estudiando o incluso llegar a la universidad.

Tío Cayo y tía Viviana se miraron adarvados. Dña. Margarita continuó:

_ Sin embargo, hasta este momento no me atreví a proponerles nada, porque era consciente de las dificultades por las que Vds. han pasado. Pero ahora creo que sus condiciones económicas han mejorado un tanto, con una hija bien casada, otra trabajando honradamente en Vitoria y otra a punto de casarse, espero que también bien. Además, está la pensión y lo poco o mucho que pueda sacar de las granjerías. ¿No es cierto?

_ No crea, no crea Vd. -respondió taimado Cayito- La pensión es parca ya sabe. Y el terreno, pues con mucho trabajo dando poco fruto. Pero algo mejor si que andamos gracias a Dios, si señora -tuvo que admitir al fin.

_ Bueno, pues me parece que este buen momento no lo podemos desaprovechar con Estercita. La niña vale muchísimo, es muy inteligente y trabajadora, la mejor de sus hermanas. Por eso me gustaría, si Vds. no tienen inconveniente, prepararla para el Ingreso en el Bachillerato. El examen sería el próximo mes de Mayo y tengo el total convencimiento de que Ester lo superaría sin dificultad.

Todo aquello le sonaba a Cayo a música celestial. Había oído hablar del Bachillerato, pero pensaba que eso eran solamente cosas de ricos. Él, a duras penas conseguía garabatear su nombre, leía silabeando y la tabla de multiplicar ya se le había olvidado. La Vivi, por su parte, permanecía sin abrir la boca, escuchando las palabras de la maestra completamente asombrada. Ella nunca supo leer ni escribir.

_ Vd. cree que la Chiquita vale para eso -dijo al fin Cayo- y yo también lo creo, que ninguna de las chicas salió inocente, gracias a Dios y esta es la más lista de todas, sí señora. Pero dígame: ¿Cuál es la razón de todo eso? -y cuando dijo la palabra “razón” se acompañó con el inequívoco gesto de contar dinero, frotando los dedos índice y medio de la mano derecha con el pulgar.

_ Mire Cayo: estudiar el Bachillerato no es caro. Lo único que ocurre es que Ester tendría que vivir en Valladolid, para poder ir a clase al Instituto todos los días, o bien desplazarse desde aquí al Arrabal. Pero yo he pensado que como tienen una hija casada en la capital y pronto van a tener otra, no sería demasiado trastorno que la niña viviera con alguna hermana. Quizá tuvieran Vds. que contribuir un poco económicamente. Yo desconozco las posibilidades de sus hijas, pero creo que entre todos debemos dar a Ester esta oportunidad que sus hermanas no tuvieron, aún mereciéndola todas sobradamente. No quiero que me contesten ahora mismo, pero piénsenlo y respóndame en un par de días. Yo me encargaría de matricularla y arreglar todos los papeles.

En ese momento, Viviana, que se había limitado hasta entonces a prestar atención con los cinco sentidos permaneciendo en silencio, terció en la conversación para manifestar con contundencia:

_ Si dice Vd. que la mi Ester vale para estudiar y puede, como hay Dios le digo que en lo que a nosotros toca lo vamos a procurar.

Y de esa forma, nos encontramos ahora a Estercita, en Octubre del año siguiente matriculada en 1º de Bachillerato en el Instituto Núñez de Arce de Valladolid, después de haber superado el examen de ingreso con Matrícula de Honor, por lo que sus padres no tuvieron que hacer otro dispendio que el correspondiente a los libros de texto, cuadernos y material escolar, pues debido a su alta calificación en el examen de ingreso, se le otorgó el privilegio de la matrícula gratuita. La buena de Dña. Margarita, les gestionó también la solicitud de una beca y de resultas les concedieron unos duros que evitaron la posible carga para la economía de su hermana Isabel, con quien la niña iba a vivir y que ya tenía dos chavales. Con el sueldo de Mariano, su marido, la familia no pasaba necesidades, aunque era preceptivo administrar con mucha sobriedad las pesetas para procurar que a final de mes sobrasen algunas o, en caso de cataclismo, no faltasen demasiadas. Una de las hermanas, de las dos que tenía en Valladolid, se mostró reticente cuando Cayo le comentó la posibilidad de que la Chiquita viviese con ella, pero Isabel, la otra, aceptó encantada la propuesta, porque pensaba que de esta forma tendría una ayuda para los niños y la casa. En definitiva una criada sin sueldo y a su merced.

La vivienda de Isabel y Mariano, era un típico piso construido deprisa y corriendo en los años sesenta en una barriada nueva, Las Batallas, insuficientemente dotada y sin apenas urbanizar. Con menos de setenta metros cuadrados, disponía de tres dormitorios, un comedor, cocina y baño, todo reducido a la mínima expresión. Estercita ocupó uno de los dormitorios, mientras que sus dos sobrinos dormían en el otro y su hermana y Mariano en el mayor de los tres.

A lo largo de los años que duró el Bachillerato, Ester desempeñó verdaderamente el papel de sirvienta en casa de su hermana, ayudándola en todo, desde la crianza de los sobrinos, a pesar de que eran casi de su misma edad, hasta la compra, limpieza y planchado; sin olvidar, por supuesto, la asistencia a clase y los estudios de forma que la personalidad de la chiquilla terminó por amoldarse completamente al papel de eterna obediente, con lo cual nos quedamos sin saber si es que ella era así en el fondo o las circunstancias de su infancia y adolescencia, siempre rodeada de personas mayores a las que respetaba y servía, habían conformado de esa manera su personalidad. El dilema eterno, digno de las más graves polémicas filosóficas, de si fue antes el huevo o la gallina.

Pero es el caso que Ester culminó con extremada brillantez el Bachillerato, figurando en su libro escolar un rimero de matrículas de honor. Sus padres y toda la familia estaban muy orgullosos de ella; el viejo Cayito empezaba muchas conversaciones en el bar del pueblo diciendo “Qué te parece de la Chiquita ¿eh?”. Aunque por otra parte no dejaba pasar una oportunidad sin decirle a la niña que lo que ella había conseguido era gracias al sacrificio de todos, menospreciando de alguna forma inconscientemente la inteligencia y el propio esfuerzo de la chiquilla, su inmenso tesón y su enorme fuerza de voluntad. Aquellos aviesos comentarios producían en Ester la sensación de que todo lo que tenía era merced a los demás, una suerte de préstamo sin interés, pero que la niña procuraba devolver mostrándose siempre obediente y solícita, tratando de que nadie tuviera motivo para hacer ni siquiera un mal comentario sobre ella. Si en algún momento flaqueaba y daba una respuesta inapropiada a su hermana inmediatamente se le recordaba que la alternativa era una fábrica o ir a entresacar ajos y Ester siempre acababa callando y asintiendo con resignación pero a la vez satisfecha, pues pensaba que el premio a su estoicismo y a su sumisión, era verse libre de las duras faenas agrícolas, de un rápido matrimonio con algún azacán o badulaque de un lugar vecino o del alienante trabajo en una cadena de montaje de cualquier industria. En lugar de estas penosas alternativas se le ofrecía la eventualidad de poder acceder a la Universidad, de modo que no cabía duda acerca de la actitud a tomar: satisfacción en la sumisión y en la obediencia.

De una u otra forma, tenemos a aquella niña de trenzas negras y guardapolvo rosa que en 1.965 se incorporaba a la escuela de Doña Margarita, convertida en una señorita de dieciséis años que esperaba culminar el nuevo curso de COU con la misma brillantez con que había terminado los anteriores. Pero aquél curso se iba a introducir una excitante novedad en el instituto: por primera vez se incorporarían chicos a la clase de las niñas, de forma que la tímida Ester por una parte estaba ansiosa por llegar a clase aquél primer día aunque por otra, algo en su interior la mantenía inquieta y un poco asustada.

Estaba claro que nunca había tenido contacto con un chico. No hablamos ya de una relación más o menos seria que, teniendo en cuenta la edad de nuestra protagonista y la sociedad en la que vivía estaría completamente fuera de lugar. Su experiencia con el sexo opuesto no había pasado de un ocasional y disimulado vistazo a algún guapo muchacho, bajando inmediatamente la cabeza si el observado se daba cuenta y devolvía la mirada. Por supuesto que conocía teóricamente lo que un hombre y una mujer hacen para tener hijos, y lo que pueden hacer para disfrutar sin tenerlos. Hay que recordar que Ester nunca dejó de ser una chica de pueblo, acostumbrada desde niña a contemplar las intimidades de los animales, sin contar con que en clase les habían explicado algo de esto; aunque de manera más científica que práctica, es cierto, pero al menos alguien les informó un poco sobre la reproducción humana. Además, había comentarios de amigas más atrevidas que ella, acerca de furtivos besos en los portales y alguna que otra caricia en un cine, pero Estercita jamás había permitido que la acompañaran a casa y no ciertamente porque no le hubiera gustado, sino por pura y simple timidez. Incluso pensaba, quizá con razón, que si su hermana se enterase de que andaba con chicos la regañaría. Por otra parte a ella nunca le habían dado dinero para ir al cine o para gastos, de manera que los fines de semana se los pasaba estudiando o ayudando a su hermana con la casa y los niños. Los días de vacaciones los malgastaba en el pueblo, pues en ningún momento tuvieron ni ella ni su familia la suficiente capacidad económica como para permitirse otras opciones más interesantes. En Santiago el trabajo y las obligaciones eran aun mayores, porque a la habitual ayuda en casa solían añadirse algunas interminables jornadas en el campo, de manera que su exigua vida de relación se circunscribía a las conversaciones con un par de buenas amigas cuando decidían estudiar juntas o compartir apuntes.

Es cierto que a veces le producía algún desasosiego el oír por la noche, mientras ella estudiaba, los quejidos profundos y los suspiros de su hermana haciendo el amor mientras su cuñado resoplaba con furia, porque todo podía escucharse sin querer a través del fino tabique de rasilla que separaba el cuarto del matrimonio del suyo propio. Incluso había logrado predecir el momento del orgasmo, atendiendo al aumento del ritmo y la intensidad de los suspiros. Cuando Isabel explotaba, lanzando a veces verdaderos alaridos, Estercita se quedaba un momento pensativa, absorta, intentando imaginar que clase de sensación sería esa que hacía que su hermana se comportara de forma tan poco comedida lanzando esos gritos y gemidos. Pero al poco rato, se concentraba de nuevo en la materia que estaba estudiando y se olvidaba del asunto, hasta que los hechos volvían a repetirse cualquier otra noche.

También una vez, tuvo la oportunidad de ver a uno de sus sobrinos desnudo. Creo que ya hemos dicho que a Marianete, el mayor de ellos, le llevaba Ester poco más de un año y en una ocasión, un sábado por la mañana en que la niña estaba estudiando en su cuarto, como habitualmente hacía, el chico llegó sudoroso de jugar un partido de baloncesto y se metió en la ducha. Al notar la ausencia de sus padres y hermano, tal vez se creyó que estaba solo en la casa, pero la realidad es que no tuvo la precaución de echar el cerrojillo de la puerta del cuarto de baño y cuando Ester, teniendo necesidad de orinar, la abrió, se lo encontró totalmente desnudo, de pie frente a ella, secándose el cuerpo con una toalla blanca y luciendo una media erección que logró que la chica quedara fascinada por esa parte de la anatomía masculina durante varios días.

Era la primera vez que veía a un chico así, aunque en el Instituto había circulado subrepticiamente una colección de fotos pornográficas y a alguna de ellas le había echado un vistazo, pero jamás había tenido hasta entonces la oportunidad de contemplar nada al natural que mereciera un poco la pena. Es verdad que cerró con prontitud la puerta del baño, poniéndose terriblemente colorada, pero no pudo evitar que la imagen del pene casi erecto de su sobrino la persiguiera incesantemente durante varios días. Al final, llegó a la conclusión de que aquellos pensamientos eran intrínsecamente malos, por lo que utilizando una parte de su enorme fuerza de voluntad, se los quitó de la cabeza dedicándose de nuevo por entero a sus labores domésticas y estudiantiles.

Pero ahora el asunto era muy diferente. En clase iba a convivir con media docena de chicos, todos ellos poseedores de una parte similar a la que lució aquél día su sobrino y que tanta inquietud había suscitado en ella. Se sentía excitada y ansiosa. Desde que le había venido la regla, hacía un par de años, además de la evidente transformación que se operó en su cuerpo, a su mente acudían también con demasiada frecuencia escenas eróticas, incluso soñaba que veía muchachos desnudos o que alguno de ellos, siempre el más guapo, le daba apasionados besos en los labios. Sin embargo siempre terminaba controlándose y alejando de ella todos aquellos pensamientos, considerando que ese tipo de divagaciones la distraía de su objetivo, que era estudiar.

Llegó al instituto, buscó su aula, ocupó un pupitre y se acodó sobre él. La clase de Ciencias aún no había comenzado y se entretuvo hablando con las compañeras a las que no veía desde el mes de Junio. De pronto se hizo el silencio y entre sonrisas y cuchicheos de las chicas, dos desgarbados muchachos entraron en la clase y sin apenas levantar la vista del suelo, se sentaron uno al lado del otro. Al poco tiempo llegó D. Francisco, acompañado de cuatro chicos más, alguno de ellos realmente guapo, según comentaron las más expertas.

El Instituto Niñez de Arce había sido siempre femenino, mientras que el masculino se llamaba Instituto Zorrilla. Realmente ambos centros ocuparon durante muchísimos años el mismo edificio, pero no vayamos a creer por eso que la enseñanza era mixta o que había una parte para los chicos y otra para las chicas. Cuando decimos el mismo edificio, queremos indicar que de nueve de la mañana a dos de la tarde aquél caserón de ladrillo situado en la plaza de San Pablo se llamaba Instituto Zorrilla y estaba ocupado por muchachos de diez a diecisiete años. Pero por arte de magia, desde las tres de la tarde hasta las ocho de la noche pasaba a denominarse Instituto Núñez de Arce y estaba ocupado por chicas de las mismas edades. Los hábiles moralistas del franquismo conseguían así que en un solo edificio pudieran estudiar los dos sexos sin recurrir a la enseñanza mixta. Realmente toda una prueba de sinergia y adecuación de los recursos, aunque los profesores nunca lograron evitar el trasiego de notas, citas y cartas de amor que se escondían en los rincones de los pupitres, sabiendo sus usuarios que aquel mismo lugar iba a ser ocupado, pasadas unas horas, por una persona del sexo opuesto y similar edad.

Pero debido a que el aumento de población estudiantil en los años sesenta hacía insostenible el sistema, se construyó en el Paseo de Isabel la Católica un edificio nuevo para albergar el Instituto Núñez de Arce. En este centro, obra concebida por el conspicuo arquitecto Sr. Fissac al parecer durante una noche de tercianas, más parecido a un gallinero que a otra cosa ninguna, es donde Ester Bueno cursó COU y donde se incorporaron, aquella mañana de Octubre, seis aturdidos muchachos en medio de una clase de casi treinta chicas.

D. Francisco hizo las presentaciones:

_ Ya sabéis que a partir de este curso el instituto será mixto, por lo tanto quiero presentaros a vuestros nuevos compañeros. -A continuación fue diciendo en voz alta el nombre de cada uno de los chicos, a la vez que el interpelado levantaba la mano entre los cuchicheos y las sonrisas de las muchachas expectantes. Realmente no fue una buena idea la del profesor de Ciencias, porque alguno de los alumnos varones pasó verdadera vergüenza. Tal vez hubiera sido mejor comenzar la clase como si nada diferente ocurriera, pero desde luego D. Francisco, a sus casi setenta años, no destacaba por su capacidad para comprender los sentimientos y afectos de los adolescentes.

Como casi todo en la vida, al principio las chicas estaban inquietas por la novedad, pero poco a poco el tiempo fue poniendo las cosas en su sitio y a mediados del trimestre, los nuevos compañeros pasaban completamente desapercibidos, excepción hecha de tres o cuatro niñas, más atrevidas que el resto, que flirteaban descaradamente con los muchachos. Incluso tenemos entendido que surgió alguna bonita historia de amor.

Pero nada de esto influía en la férrea condición de nuestra protagonista que continuaba entregada al estudio con dedicación exclusiva y con el mismo apasionamiento que de costumbre. Al llegar las vacaciones de Navidad, le pidió permiso a su padre para asistir a una academia con el fin de perfeccionar su conocimiento de la lengua inglesa y como Cayito consideró que el gasto no era descomunal, dio su visto bueno. Ester, que ya tenía decidido de antemano a qué escuela quería ir, al comienzo del segundo trimestre se encontró asistiendo a clase de inglés de seis a siete de la tarde en una academia que se anunciaba pomposamente como “Warwick House. Centro Lingüístico Cultural”, situada en la calle de López Gómez.

Desde el primer momento que le echó la vista encima al profesor, se enamoró perdidamente con ese amor supino e intenso de los adolescentes. Se trataba de un joven cinco años mayor que ella, alto y guapo, al parecer abierto, simpático y accesible. A Ester le pareció el tío más bueno que jamás había visto y mantenía, durante toda la clase, los ojos fijos en él. Le miraba con disimulo a la cara cuando estaba sentado y cuando el profesor se levantaba para explicar algo en el encerado, ella paseaba la vista con delectación por todo su cuerpo. La chica tenía diecisiete años y el joven profesor veintidós; era pues una alocada pasión juvenil, el típico enamoramiento irresponsable y sin futuro, pero era amor, al cabo.

Las facciones y el cuerpo de Roberto, su profesor de inglés, pasaron a convertirse en una fijación para ella. Malgastaba continuamente el tiempo pensando en él, soñaba que se besaban e incluso trataba de imaginar, a veces, cómo sería su cuerpo desnudo. A mediados del segundo trimestre Ester había comprendido que resultaba absolutamente imprescindible hallar un remedio para su obsesión, pero desde luego quedaba a priori descartada la posibilidad de decírselo a Roberto abiertamente. El problema era que ella desconocía como insinuarse, esa ritualizada pauta de comportamiento que llevan a cabo las mujeres con mayor madurez, para hacerle entender a un hombre lo que quieren sin necesidad de pronunciar una sola palabra; actitud que por otra parte los hombres medianamente experimentados saben captar inmediatamente.

Ester era una niña. Pero Roberto no.

Por supuesto que no le habían pasado inadvertidas las miradas de aquella magnífica muchacha de diecisiete años, alta y morena, de larga cabellera negra, labios carnosos y ojos como el carbón. Él no tenía experiencia en dar clase a personas casi de su edad, porque los dos años anteriores había estado con niños y niñas más pequeños. Un avispado amigo le había dicho que siempre hay alguna pupila que se enamora de su profesor, pero Roberto no dio ninguna importancia al comentario. Sucede, sin embargo, que su experiencia con las mujeres era muy superior a lo que podría considerarse habitual a su edad, por lo que se dio cuenta de lo que estaba pasando por la mente de su alumna y decidió que, como la chiquilla merecía la pena, iba a tratar de ligar con ella.

Por eso un día le pidió que se quedara un momento después de clase con la disculpa de tratar de solucionar un asunto banal y aprovechó la oportunidad para deshacerse en palabras amables e invitar a la chica a tomar un café. Ni que decir tiene que Ester aceptó sin dudarlo inmediatamente y durante la conversación ante las dos humeantes tazas, Roberto le dijo que se había fijado en ella desde el primer día y que le gustaría que fueran amigos, pero las estrictas normas de la academia le impedían mantener una relación de ese tipo con una alumna, por lo cual era mejor que quedasen un día en otro sitio si a ella no le importaba. Ester accedió de nuevo sin hacer observaciones manifestando que estaba dispuesta a cualquier hora, salvo las de clase y en cualquier sitio. Esta falta de reparos, hizo comprender a Roberto que sus sospechas eran ciertas pero elevadas al cuadrado. La chica estaba completamente coladita por él.

Se citaron en la cafetería Niebla, en la calle Ruiz Hernández esquina a Librerías. Eran las cuatro de la tarde y Roberto pidió un Magno. Ester, queriendo hacerse la mayor, pidió otro. Comenzaron a conversar.

A la chiquilla con ayuda del coñac se le soltó la lengua, porque no tenía costumbre de beber, ni mucho ni poco. Por eso no puso objeciones a contarle a Roberto de dónde era, dónde vivía y su situación personal. Tampoco estaba todavía en la edad de desconfiar de nadie y tenía tendencia a creer, como todas las personas poco experimentadas, no solamente que los demás estaban provistos de similares normas éticas y personales que ella misma, sino que los sentimientos que las personas le inspiraban eran recíprocos. Según esto, su profesor de inglés debería sentirse atraído por ella, de la misma forma que ella se sentía atraída por él.

Aunque esto no era cierto con la vehemencia que Estercita hubiera deseado, la verdad es que Roberto estaba fascinado por la muchacha. Ahora que la tenía cerca, podía saborear lentamente la belleza juvenil de su rostro y cuando salieron a pasear, observó su cuerpo, bien formado y apetecible. Precisamente por haber tenido relaciones con varias chicas, sabía apreciar la serena belleza y el comportamiento ingenuo de Ester. Le encantaban las historias que le contaba del pueblo y la niña disfrutaba hablando, sabiendo que por primera vez alguien la escuchaba con interés. El tiempo se les pasó volando así que decidieron volver a reunirse para continuar la conversación.

Primero se veían un par de veces a la semana, pero paulatinamente sus encuentros fueron ganando en frecuencia y duración de modo que al cabo de un par de meses se hicieron novios oficiales. Durante este tiempo, Ester se enteró de que Roberto trabajaba en la Caja de Ahorros Popular y que el único mérito que tenía para ser profesor de inglés era haber vivido cuatro años en Londres, pero no poseía titulación ninguna que le capacitase para la enseñanza del idioma, aunque a decir verdad era un pedagogo nato. Sin embargo, la única motivación que le había llevado a la docencia era económica: ganarse unas perrillas para complementar el exiguo sueldo que le pagaba la Caja. También supo la muchacha que el chico vivía solo en la calle Torquemada, en la Rondilla. Roberto le habló de su madre, de su hermana, que estaba estudiando y de la muerte de su padre hacía ya seis años. Ester se entregó a él ciegamente, sin reservas, encontrando en su compañía apoyo, comprensión, seguridad y una gran felicidad.

Aunque llevaban ya dos meses saliendo, en ningún momento hubo entre ellos el menor contacto físico ni el menor roce si hacemos excepción de una docena de castos besos y algunas caricias en las manos. A los pocos días de comenzar a hablar, Roberto se enteró de que la chiquilla era virgen y decidió obrar con exquisita cautela para darle confianza y evitar que huyera despavorida. Por otra parte le agradaba mucho la posibilidad de ser él quien estrenara a una muñequita como aquella y por eso se propuso hacer todo lo que fuera preciso para no malbaratar la ocasión única que se le presentaba. También se sentía muy ufano cada vez que pensaba que se le brindaba la oportunidad de educar en el sexo a una maravillosa chiquilla y había aceptado el reto consigo mismo de hacer de Ester una experta en el arte del amor, o al menos con las suficientes habilidades como para satisfacerle a él totalmente. Pero para todo esto era menester ir con suma delicadeza y cautela exquisita.

Por eso se limitaba a hablar, pasear con ella, invitarla a cenar o al cine, comprarle regalos y todas esas atenciones y detalles que nadie había tenido nunca con la niña. Cada vez que se planteaba algún dilema del tipo “a dónde ir esta tarde”, Roberto permitía sabiamente que Estercita eligiera, asegurando que él estaría bien en cualquier parte siempre que fuera en su compañía. Esto a la niña le encantaba. Por primera vez, alguien respetaba sus gustos y le daba libertad de actuación, valorándola por su forma de ser y no por su manera de comportarse.
Pero del mismo modo que le ocurría cuando pensaba que la obediencia y sumisión a sus padres y hermanas traía como premio el verse libre de determinados quehaceres y la posibilidad de acudir a la Universidad, pensaba la niña que la felicidad y el amor que Roberto le proporcionaba debería pagárselo de alguna forma. La chiquilla siempre se sintió tan poca cosa, que se consideraba en deuda con todo el mundo, y como era educada y de buena crianza, sentía la necesidad de pagar las deudas, devolviendo lo que pudiera para satisfacer a aquellas personas que supuestamente la favorecían, pues ya se sabe que de bien nacidos es ser agradecidos. Así había terminado por adorar a Roberto, y cuando decimos adorar no estamos empleando una frase hecha o un lugar común: queremos decir que Estercita reverenciaba a su novio con sumo honor y respeto, considerándole casi como cosa divina.

La existencia del muchacho no había pasado desapercibida para su hermana, pues la Estercita estaba cada vez menos tiempo en casa. Para ser más exactos, permanecía en el domicilio el tiempo estrictamente necesario para comer, dormir, estudiar y llevar a cabo sus trabajos escolares. Continuaba echando una mano en las labores domésticas, pero las protestas eran cada vez más frecuentes y con mayor vehemencia así que cuando Isabel le ordenaba algo, la respuesta de la niña era siempre en tono desabrido y contestón con lo cual se conseguía que su hermana maldijese mil veces la aparición del novio. Lo malo es que lo decía en voz alta y con ello lograba el efecto contrario al que aparentemente pretendía: cuanto peor hablaba de Roberto, mayor era el amor, la ternura y la adoración que Ester sentía hacia él.

Porque realmente Estercita estaba adamada hasta los huesos de su esbelto profesor de inglés. El sentimiento era recíproco, aunque no tan intenso por parte de Roberto que era bastante más frío que ella, menos vehemente e impulsivo y más calculador. A Ester le ofrecía una gran confianza el hecho de que jamás hubiera intentado propasarse, que le cediera la acera, le hiciera regalos y se comportara según lo que antiguamente se definía como un perfecto caballero. Toda esa actitud solícita y galante hacía que se sintiese por primera vez no como una niña, sino como una mujer madura y deseable, aunque si realmente hubiera sido madura o al menos más experimentada tendría que haber desconfiado de la actitud de un hombre que después de unos meses no intenta al menos un contacto sexual con una mujer. Alguna vez, cuando la acompañaba a casa, se habían dado un beso en la mejilla y aunque en muchas ocasiones ella había ofrecido sus labios, no siempre el chico les había prestado atención. La niña sabía perfectamente que el fin último del enamoramiento es hacer el amor y estaba preparada para cuando llegase ese feliz momento. Además, como Roberto no le había ocultado sus pasadas aventuras, a la muchacha le daba mucha confianza saber que su novio era suficientemente experimentado y que, a buen seguro, la guiaría por el mejor camino y procuraría no hacerle daño para que todo saliera a la perfección. Alguna de las tardes que habían pasado solos en su casa, pensó que había llegado el momento, pero Roberto se conformó con media docena de besos y unas cuantas caricias en las manos.

Pero es preciso que abandonemos ahora a la enamorada Ester a su suerte, pues debemos ocuparnos de otros asuntos y otras personas, de las cuales pensamos dar detallada cuenta en el capítulo siguiente, esperando que este que aquí concluye no le haya causado al infortunado lector demasiado desasosiego y padecimiento.

viernes, 21 de agosto de 2009

I GALICIA








Si definimos A Costa da Morte como el abrupto pedazo de tierra gallega situado entre Coruña y Muros donde el inmenso Atlántico descarga con mayor ímpetu su furia que en cualquier otro lugar de España, podríamos entonces considerar que la pequeña villa marinera de Laxe se encuentra ubicada casi en el centro geográfico de dicha costa. Abocada al mar y dependiente de él desde siempre y para siempre, es una tierra suave, húmeda y lluviosa, acostumbrada a dormir acunada por las tormentas y los vientos del oeste, donde no existe ni un solo rincón que no sepa a mar, que no huela a mar.

Entre punta Insua, donde se sitúa el faro de Laxe y punta Roncudo, conocido hito en las cartas de navegación, se extiende el estuario formado por la desembocadura del río Anllons, que no llega a ser una ría en el sentido galaico del término, pero si una ensenada o estero tan espacioso que es capaz de proporcionar aguas relativamente tranquilas, dentro de la fogosidad con que la mar azota casi a diario la célebre costa de tan tétrico nombre.

Situada en la ribera sur del estuario del Anllons, de clima templado y con un índice de pluviosidad inmisericorde Laxe goza de una tranquila playa de 2 km. de extensión casi en el centro del pueblo y paralela al arenal discurre la calle Rosalía de Castro, que en puridad es un elegante paseo marítimo con edificios dotados de blancas galerías acristaladas a través de las cuales los laxenses se asoman a la mar durante los largos y tempestuosos días invernales. Es una villa señorial e histórica que desde finales de los años sesenta ha alcanzado un gran arraigo turístico, convirtiéndose en el verano en una localidad alegre y de gran encanto. En su lonja se trafica y mercadea con toda suerte de pescados y mariscos, los cuales se sirven también, perfectamente aderezados en los variados restaurantes con que cuenta la población.



En este punto hace Vidueiras un inciso para decir que le parece a él que el autor de esta singular y verdadera historia se extiende con algo mayor desmesura de la que conviene, pintando con demasiado pormenor los orígenes e historia de la villa, hablando de la Torre da Moa, la laguna de Traba y los condes del mismo nombre, así como de las familias Moscoso, Altamira, Montero y Núñez; describiendo lo que contiene cualquier población marinera con otras semejantes menudencias. Todo lo cual le parece a Vidueiras huero y de poca sustancia para el seguimiento y disfrute del propósito principal de esta historia, que tiene su sentido más en la verdad que en las frías digresiones. Por lo que motu proprio decide omitirlo y continuar con lo que sigue:

Laxe siempre estuvo poblada por hombres cabales y mujeres enlutadas, resignadas y pacientes, muchas de ellas viudas, madres o hijas de navegantes o pescadores fallecidos en la mar. En la primera mitad de la década de los cincuenta, cuando el fenómeno del turismo era prácticamente desconocido al menos en España, sus casi cuatro mil habitantes vivían mayoritariamente de la mar: pesca y actividades subsidiarias, como el tejido y la reparación de redes; un par de carpinterías de ribera donde se armaban, botaban y entraban en dique cuando era necesario, casi todas las embarcaciones de bajura y jabeques que faenaban a vista de costa. Una pequeña industria conservera artesanal y familiar completaba el panorama económico del municipio. Existían sin embargo algunos disidentes, pocos en honor a la verdad, que obtenían el pan de cada día de la agricultura, la ganadería o la explotación forestal, de modo que no era raro observar alguna ladera sembrada de patatas o maíz, una fila de vacas rubias trasladándose con parsimonia por la linde del camino, desde el prado a la cuadra o viceversa y algún carro tirado por un par de imponentes bueyes descendiendo del monte, poblado de aulagas, helechos y zarzas, con su carga de troncos de pino, regoldo o roble; pues en aquel tiempo aun no había hecho su aparición el azote del eucalipto. Pero lo habitual era que los hombres fueran marineros o pescadores y las mujeres permanecieran en el hogar, porque de todos es sabido que el matriarcado en Galicia funciona aun hoy, de modo que no es necesario decir que mientras los hombres están fuera, las mujeres gobiernan y organizan perfectamente la casa, ocupándose no solamente de las tareas domésticas sino del cuidado y explotación de las minúsculas parcelas agrícolas que, en una economía típica de subsistencia y autoconsumo, producen el fruto necesario para sobrevivir un año más.

La vida por entonces era más dura, difícil y precaria que hoy, así que en este caso podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que no es cierto aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. La única posibilidad de subsistir que se le ofrecía a un niño por entonces en Laxe era la mar o la emigración. Los viejos, y hablamos de gente con poco más de cincuenta años, incapaces ya de resistir largas jornadas a bordo, se ocupaban de coser redes, repintar barcos, mantener las artes de pesca en perfecto estado, ordeñar la vaca… Tareas todas estas también asignadas a los niños cuando salían de la escuela. Las mujeres, con los maridos generalmente ausentes durante largas temporadas, habían de ejercer de padre y madre a la vez, rezando siempre porque una desventura no sorprendiera a ninguno de sus seres queridos en la mar, pues no era infrecuente el caso de señoras que tenían a su padre, a su marido y a uno o dos de sus hijos embarcados. “Que Deus vos vexa ir e vir” era la despedida habitual cuando los arrastreros zarpaban a llenar sus bodegas de merluza en Gran Sol… En fin: por entonces la vida era muy dura y nadie estaba ocioso, como nadie lo está en una sociedad cuyo único objetivo resulta ser no morir de hambre.

En una villa de tal importancia y renombre no faltaban, por supuesto, actividades que podríamos denominar como servicios. Panaderías que surtían a la población y a las parroquias circunvecinas repartiendo molletas, caras y de buena calidad para los pudientes y boronas, modestas y asequibles para la mayoría. Apenas la claridad del día deshacía las tinieblas de la noche, cuando el hijo mayor de Miguel, uno de los panaderos, salía llevando de la brida a su jumento rucio, enalbardado y con un par de serones rebosantes de panes recién horneados. El chico se protegía de la lluvia habitual con un paraguas y el rucio y los panes lo hacían con una lona, recorriendo a lo largo de la jornada todos o la mayor parte de los caseríos y rueiros hasta que no le quedaba una sola pieza sin vender.

También existían por entonces en Laxe varias tiendas de aquellas que podían proporcionar a sus clientes desde jarcias hasta jabón, pasando por material escolar o insecticida. Entrañables establecimientos que estarán siempre presentes en la memoria de los que tenemos más edad de la que nos gustaría, pero perfectamente desconocidos para la juventud; antecedentes quizá, de las grandes superficies, sin las pretensiones de estas y regidos casi siempre por algún tendero o tendera que resultaba ser persona conocida, próxima y humana.

En Laxe, casi todos los servicios eran por duplicado: dos carnicerías, dos pescaderías, dos panaderos… En la escuela había dos maestras y dos maestros empeñados en lograr que la chiquillería de la villa llegase a los catorce años sabiendo poco más que leer y escribir. Había también dos albéitares encargados de ayudar cuando los partos de las vacas o de las cerdas presentaban dificultades, así como de vacunar contra la rabia al sinnúmero de perros, a mitad de camino entre callejeros y domésticos, que deambulaban libremente por la población. De la salud y atención sanitaria de los laxenses se ocupaban también, como no, dos médicos.

Por entonces los facultativos rurales se llamaban técnicamente médicos de Asistencia Pública Domiciliaria (APD) y uno de los que desempeñaba esta función era Don Marcos, hombre que tenía por apellido el nombre de la villa donde trabajaba: Laxe.

Don Marcos Laxe era hombre garrido, serio y afable, perfectamente pulido en el vestir, compostelano, de agudo ingenio, un tanto burlesco, de muchas reverendas y buena persona sin paliativos que cuando tomó posesión de su plaza contaba apenas cuarenta años. Veinte antes había tenido la mala fortuna, como tantos otros, de verse arrastrado a participar en la rebelión militar de 1.936 del lado contrario a aquél al que sus ideas progresistas le hubieran conducido libremente. Antes de que tuviera tiempo de terminar su carrera de medicina en Santiago fue movilizado y la guerra le supuso, a parte de otras calamidades cuitas y desventuras que no es necesario relacionar aquí, un retraso de tres años en la culminación de sus estudios, de manera que una vez acabados estos y ante las dificultades económicas por las que atravesaba su familia, cruelmente represaliada por los vencedores, decidió suspender su proyecto de especializarse en Otorrinolaringología y después de dar varios tumbos haciendo sustituciones y desempeñando plazas en propiedad provisional por diversos pueblos de Castilla, ganó unas oposiciones y fue destinado a la villa de Laxe, como médico de APD en propiedad.

La Seguridad Social que hoy conocemos, era prácticamente un esbozo de lo que vendría a ser en 1.982. En efecto: solamente los trabajadores por cuenta ajena tenían el privilegio de ser afiliados a ella. Pero en Laxe y en general en toda España, apenas existía ese tipo de relación laboral, pues la mayoría de la población pasaba tantas privaciones por cuenta propia que nadie era tan rico como para necesitar o poder permitirse a un semejante trabajando para él. La atención sanitaria se organizaba entonces por el sistema de igualas, es decir, cada familia, dependiendo del número de sus miembros, pagaba una cantidad fija a alguno de los médicos del lugar a cambio de la cual disponía de la asistencia del facultativo durante las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año. Estos emolumentos del Dr. se complementaban con la vivienda que le otorgaba el ayuntamiento, así como la leña que necesitase y una pequeña cantidad anual para que atendiera a los menesterosos que ni siquiera podían pagar la iguala.

Don Marcos tomó posesión como Médico Titular y Jefe Local de Sanidad de Laxe en Septiembre de 1.960. Se estableció en la vivienda que el ayuntamiento tenía asignada para el facultativo local, conocida como Casa del Médico y situada en el Camiño da Besugeira, casi en la esquina con la rúa Agra de Abaixo. La casa era un inmueble de dos pisos y zaquizamí, construido de mampostería y vigas de castaño en cuya planta baja estaba el consultorio: sala de espera, aseo, sala de curas y el despacho del doctor. El médico y su familia habitaban propiamente en la planta alta: comedor, cuarto de estar, cocina, baño y cuatro dormitorios. Desde luego era una admirable vivienda para la época; disponía de agua corriente y contaba con tres estufas y una chimenea que en los largos y desapacibles inviernos, permanentemente lluviosos y grises, permanecían siempre encendidas porque, como ya hemos dicho, el concejo tenía obligación de suministrar la leña que el Dr. necesitase, lo cual se traducía efectivamente en cuatro cargas al año. De este modo se podía echar sin duelo al fuego otro compacto tronco de castaño para que mantuviese el rescoldo toda la noche mientras afuera soplaba la ventisca y rugían las olas.

También disfrutaba la casa del médico de un patio o corral, situado obviamente en la planta baja detrás del consultorio, donde la señora del doctor cuidaba de la existencia de una docena de pollos y otra de conejos para carne, así como media de gallinas que proporcionaban al facultativo los huevos necesarios para él, su señora, su hijo y su suegra de forma que el autoconsumo, típico de la sociedad gallega, alcanzaba también a la familia de Don Marcos. Sus pacientes podían distraerse mientras aguardaban en la sala de espera, contemplando por la ventana el edificante espectáculo de la señora del doctor matando y desplumando un pollo o desollando un conejo; actividad esta que aunque hoy causaría gran admiración e incluso rechazo, pasaba por entonces casi desapercibida, ya que resultaba cotidiana para todas o la mayor parte de las mujeres, no digo de Laxe, sino de cualquier punto de la España rural. Y aun podían y debían considerarse privilegiadas las que disfrutaban de la posibilidad de matar y guisar un pollo o un conejo cuando más o menos les venía en gana.

“O neno do médico”, el pequeño Marquiños, había nacido mientras su padre ejercía en un pueblo de La Mancha de cuyo nombre tampoco quiere acordarse Vidueiras, bien porque no figure expresamente en el codicilo o bien porque de su propia voluntad le parezca conveniente omitirlo. Pero, a pesar de manchego, Marquiños llegó tan niño a Laxe que los cinco años ya los cumplió en la villa marinera, de forma que él se consideraba y se consideró siempre laxense pues efectivamente su lugar de nacimiento fue más circunstancial que esencial en su vida. Y aquél mismo curso de 1.960-61, provisto de cabás, pizarra y pizarrín, comenzó a asistir a la escuela del lugar y a pesar de su situación privilegiada se integró como pudo en la sociedad educativa, porque Marquiños nunca fue uno más; era “o neno do médico”.

Marquiños era un niño alto, rubio y de ojos verdes; travieso y curioso por naturaleza y de ánimo propincuo a realizar todo tipo de travesuras impropias de un chiquillo de su edad y condición, todo lo cual le llevó a congeniar bastante bien con los demás escolares. A la edad de siete u ocho años ya era capaz de localizar la mayor parte de los nidos de las aves que criaban en los tejados, en la costa o en el monte, identificando a que especie pertenecían: si eran tordos, pardales, cormoranes, gaviotas o lechuzas; conocía el mejor sitio para fondear nasas, los más apropiados remansos para largar el sedal; las pequeñas grietas, que en marea alta quedaban sumergidas, donde se escondían los pulpos y las paredes de los acantilados donde los escaramujos eran gordos como un dedo pulgar. Experto en aderezar las relingas, era capaz de gobernar un bote tan diestra y certeramente que a pesar de mareas y corrientes jamás llegó a colisionar con un abrojo. También era aficionado a arriesgadas escaladas a los árboles o a los tejados y espectaculares carreras en bicicleta por las empinadas calles de la población además de otras actividades de mayor peligro y riesgo que el que a sus padres les hubiera gustado. Definitivamente era un trasgo, pero con todo esto el chiquillo consiguió, sin pretenderlo, que los demás muchachos le aceptasen e incluso algunos llegaran a admirarlo, porque ya se sabe que a cierta edad la admiración no se deriva precisamente del ejercicio de la virtud, sino más bien de su ausencia, o sea, de la capacidad para contradecir a los mayores y de la valentía para hacer lo opuesto a aquello que los adultos suponen que debe hacerse.

Marquiños admiraba a su padre más allá de toda ponderación. Con criterios que quizá no obedecieran a percepciones objetivas le consideraba, sin atisbo de duda, el mejor médico del mundo, el más sabio, el más preocupado por sus pacientes y en suma, el heredero directo de Hipócrates y Galeno. Cierto que Don Marcos era persona de amabilidad extremada, rebosante de paciencia, comunicativo aunque serio y siempre dispuesto a contestar o atender las miles de preguntas y pequeñas cuestiones que su hijo, de ingenio curioso y vivaz, le planteaba cotidianamente. Pero los sueños infantiles de Marquiños eran llegar algún día a ser como su padre, aunque en lo más profundo de su ser sabía que iba a resultarle extremadamente difícil lograrlo pues en lo tocante a hombría de bien, Don Marcos había colocado el listón demasiado alto.


Pero cuando decimos que el pequeño Marcos quería ser como su padre, no nos referimos a la profesión, que también, sino sobre todo a la forma de ser y comportarse en la vida, a la bondad, la abnegación y la dedicación a los demás; al compromiso por la justicia y a la valentía que llevó en ocasiones al doctor Laxe a enfrentarse a autoridades de camisa azul, correaje y pistola al cinto, por defender personas y luchar contra situaciones que al día de hoy nos parecerían ridículas y más propias del siglo XIII que del XX. Don Marcos era hombre extraordinariamente culto, que dedicaba todo su tiempo libre a la lectura, hasta el punto de que mantenía una cuenta corriente en una librería de Santiago y había llegado a acumular una biblioteca de casi mil volúmenes que a medida que iba creciendo iba ocupando más espacio en la casa, de manera que llegó un momento en que la práctica totalidad de las paredes vacías de la vivienda estaban cubiertas de libros, para desesperación de Doña Carmen, su mujer.

Pero todo lo que en Marquiños era admiración y respeto por su padre se traducía en desapego, cuando no en manifiesto desdén hacia su madre. Dice aquí Vidueiras en una anotación al margen, que aunque ha tratado de comprender por qué esto era así leyendo todo el codicilo muy por lo menudo, nunca pudo llegar a averiguarlo, bien sea porque él no lo entendió al no estar suficientemente declarado, o bien porque el auténtico autor de esta singular y apasionante historia lo omitió a sabiendas; quizá por parecerle de poca sustancia y ningún provecho. Sea como fuere, nos quedamos sin saber a qué obedecía ese alejamiento de Marquiños con respecto a su madre, pero aunque permanezcamos en la ignorancia acerca de su causa u origen, podemos constatar como cierto y perfectamente averiguado que el desamor y distanciamiento entre Doña Carmen y su hijo existía. No acudía el niño, como parecería normal, a los brazos de su madre ante un problema o una necesidad de afecto, sino a los de su padre; cuando se iba a dormir daba las buenas noches a su abuela y a Don Marcos y solamente añadía a su madre cuando era reconvenido; llegaba de la escuela preguntando por papá y cuando el Doctor salía a dar uno de sus habituales y largos paseos su hijo le acompañaba; siempre y cuando Doña Carmen hubiera decidido quedarse en casa ya que, en caso contrario, el que no iba era el muchacho. En resumen: parece quedar claro que madre e hijo eran incompatibles y tenemos por cierto que lo eran, aunque repetimos que ni el autor del codicilo nos ha manifestado claramente por qué, ni su compilador y corrector ha logrado jamás descubrirlo.

Sin embargo y a pesar de todo, la primera infancia del pequeño Marcos Laxe transcurrió feliz y despreocupada, dentro de un adecuado ambiente familiar, mimado y querido por todos. En casi todas las ocasiones esa protección y ese cuidado resultaban demasiado agobiantes para un chiquillo de espíritu independiente y ánimo emprendedor, como Marquiños lo era; que hubiera preferido que se redujeran las atenciones con respecto a él, a cambio de ver disminuir también, en similar proporción, la estrecha vigilancia a la que sus mayores le tenían sometido, la cual imposibilitaba o dificultaba en numerosas ocasiones la realización de determinadas travesuras o actividades que le estaban prohibidas, bien por impropias o, en la mayoría de las veces, por peligrosas.

Buen estudiante donde los haya, lector empedernido como su padre, mimado por su abuela, travieso, juguetón y deportista, amante de la captura de cualquier tipo de animal silvestre, aficionado al riesgo y a todo aquello que supusiera culminar un reto; podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Marquiños tuvo una niñez adecuada, salvo quizá por el exceso de protección y cuidado al que se vio sometido como anteriormente hemos dicho. Pero esto también vino a solucionarse porque ocurrió algo totalmente imprevisto que permitió al chiquillo dejar de ser el centro de atención de todos: nació su hermana.

Aunque no se manifestaba de forma palmaria ni siquiera consciente porque siempre hay que guardar las formas, obviamente los continuos desprecios y el ostensible desamor que su hijo le demostraba con ocasión o sin ella y cada vez que podía, habían terminado por hacer mella en el subconsciente de Doña Carmen, de modo que el niño percibía que ella le pagaba sutilmente con la misma moneda. No queremos decir con esto que le castigase más allá de lo que el chico merecía, porque a decir verdad Marquiños se hacía acreedor a estar castigado siempre. Tampoco el sentimiento se manifestaba por algún tipo de desatención o falta de cuidados; quizá analizando detalladamente la situación pudiéramos llegar a concluir que realmente ese despego de la madre para con el hijo no existía objetivamente. Sin embargo y a despecho de todo y de todos, Marquiños así lo sentía y según su criterio la corriente de malquerencia había acabado por fluir en ambos sentidos: del hijo a la madre y de la madre al hijo.

Pero existiera o no esa ojeriza que el muchacho percibía, cuando la hermana de Marcos nació, todo el amor materno de la mujer del médico se volcó a raudales en la niña. Tenemos por regla y norma general que las madres siempre están más ilusionadas y pendientes de sus hijas que de sus hijos y en este caso particular imaginamos además que Doña Carmen esperaba ser correspondida por la niña, al menos en la medida de lo que se considera normal, ya que con su hijo no había tenido nunca esa ventura; aunque jamás en su larga vida lo reconoció, probablemente porque nunca le halló una explicación y lo cierto es que verdaderamente nadie la ha encontrado todavía. Pero para el pequeño Marquiños, el nacimiento de su hermana cuando él tenía sólo siete años, supuso la definitiva radicalización del aborrecimiento hacia su progenitora, a la par que la disminución sensible de la atención y cuidados que de forma tan obsesiva y agobiante se le venían prodigando. A partir de entonces disfrutó de mayor libertad que nunca, tanto para dedicarse a investigar y experimentar en cosas que no eran muy del agrado de sus mayores, como para leer, ir a bañarse a la playa, saquear nidos en el monte o en los tejados, pescar o realizar cualquier actividad lejos de los vigilantes ojos de su madre.

Esto le supuso un curioso sentimiento ambivalente. Por una parte estaba encantado y se sentía feliz de verse libre en parte del control materno, pero por otra consideraba que ya no recibía la atención que hasta aquél momento había percibido como natural. Esto, que técnicamente se conoce como “síndrome del hermano mayor” lo superó Marquiños, como todos los hermanos mayores lo superan, al cabo de algunos meses.

Ya se sabe que los niños son intrínsecamente egoístas. Así, “o neno do médico” pensaba que él tenía derecho a que le quisieran, a que se ocuparan de su persona de forma exclusiva y a que le dedicaran toda la atención, independientemente de que después él correspondiese con desprecio y desamor a esos desvelos. No son así las cosas en la vida, desde luego y todos estos sentimientos encontrados y ambivalentes dieron como resultado en Marquiños, como reacción lógica, una mayor unión con su padre.

Porque está claro que un hombre adulto es capaz de congeniar mejor con un niño de siete u ocho años que con una bebita recién nacida o con una nena que apenas está aprendiendo a hablar o a andar. De este modo, Don Marcos, presumiblemente sin darse cuenta, mantenía una más estrecha relación con su hijo que con su hija. Lo cual acrecentaba en el chiquillo la unión con su padre y la incompatibilidad con su madre.

Insistimos en que el pequeño Marcos, a pesar de todas estas circunstancias que simplemente forman parte de la vida, fue un niño feliz, alegre, comunicativo y sociable. Supo asimilar perfectamente el nacimiento de su hermana, adoptando enseguida la actitud protectora del hermano mayor, lo cual le colocaba en un plano de superioridad frente a la niña y eso le servía para mantener intacto su ego. No hace falta que nos detengamos ahora explicando que todas estas cosas no las llevó a cabo el chaval de forma consciente, son simples subterfugios que los hermanos mayores utilizan para llegar primero a admitir y después a querer a sus hermanos más pequeños. Y entre todas estas tretas la de sentirse superior al recién nacido debido a las posibilidades y habilidades que proporciona la mayor edad, es de las más utilizadas y es de la que echó mano el subconsciente de Marquiños en esta ocasión. Con muy buenos resultados desde luego, pues estamos en condiciones de afirmar, sin sospecha de duda, que el afecto y el cariño de Marcos por su hermana se mantuvo a lo largo de toda su existencia, superando baches, tormentas e incluso huracanes y abismos.

Pero ocurrió una cosa que ni el subconsciente ni el consciente del pequeño pudo jamás superar porque casi dos años después de nacer su hermana y cuando el chiquillo tenía ocho de edad, sus padres decidieron que estudiara interno en el colegio de los Maristas de Santiago, pues les parecía, como así era en realidad, que la escuela de Laxe no podía proporcionar al chaval los conocimientos necesarios para superar con éxito el examen de ingreso en el bachillerato. Y por otra parte, la educación que se podía recibir por entonces en un pueblo era adecuada para futuros marineros, pescadores, agricultores o artesanos; pero es evidente que los padres de Marcos, ambos universitarios, aspiraban a algo más para su hijo y en la villa marinera no existía posibilidad alguna de continuar estudiando, una vez terminada la escuela primaria.

Así, en un infausto día de Octubre de 1.963 y en hora menguada, el pequeño Marcos escoltado por sus padres, recorrió los sesenta kilómetros que separan Laxe de Santiago y sentó plaza como alumno interno en el colegio de los Maristas. Al principio no era consciente de lo que significaba estar interno, pensaba que la separación de sus padres, de su hermanita y de su casa sería temporal y duraría una o dos semanas, como cuando le enviaban a pasar unos días a casa de algún tío. Pero cuando llegó Noviembre y comprendió que no iba a regresar con su familia y con sus amigos a pesar de pedírselo a su padre con lágrimas en los ojos, cayó en la cuenta de la desventura que se había abatido sobre él.

Nunca pudo arrostrar aquella situación. Durante cinco años el cuitado sufrió el calvario de ser arrancado de su casa desde Octubre a Navidad, desde después de Reyes a Semana Santa y desde el lunes de Pascua hasta el verano. Durante cinco años las lágrimas, amargas y sin ningún consuelo, acompañaron los tristes viajes de retorno al colegio. Al niño le robaron para siempre la infancia y nunca jamás la recuperó. Los días de Reyes, fecha de alegría y celebración para todos los chiquillos, se convirtieron en abatidos y angustiosos para Marquiños, pues señalaban la antevíspera de la vuelta al colegio. El chaval travieso, sociable y juguetón se transformó en un niño solitario, mohíno y apenado, refugiado exclusivamente en la lectura como modo de evasión de su triste realidad; poco o nada sociable, absolutamente incapaz de una manifestación de cariño, de un gesto alegre, de una sonrisa. Un niño rencoroso, que se sentía abandonado, traicionado incluso por su padre, pues ante los sofiones y los persistentes ruegos envueltos en amargas lágrimas solicitando quedarse en el pueblo, Don Marcos alegaba que aquello era absolutamente imposible, salvo que lo que pretendiera en la vida fuera exclusivamente embarcarse para Gran Sol a los dieciséis años. Al chaval, desde luego, no le hubiera importado en absoluto navegar hacia el mismo infierno, con tal de poder permanecer en su hogar. No existen palabras, no hay frases lo suficientemente expresivas para trasladar al papel el inmenso sentimiento de soledad, pena, abandono y frustración que el internado producía al chiquillo. Noches enteras llorando en silencio solamente al pensar que tenía que retornar a lo que él consideraba su cárcel y su destierro.

En el colegio no se escuchaba el rumor del mar por la noche, a lo lejos. El pequeño Marcos era casi consubstancial con el mar, necesitaba verlo, olerlo, sentirlo; de manera que en Santiago, además de la falta de su familia, sus amigos, su casa y su ambiente, le faltaba también el mar y eso le producía una mayor impresión de desánimo y alejamiento.

Llegados a este punto del relato escribe Vidueiras entre paréntesis, que en el codicilo original hay aquí insertados unos versos compuestos sin ninguna duda por el autor de esta nunca vista historia. Y que se estuvo mucho tiempo con la duda de si copiarlos o condenarlos al olvido, pues ya se sabe que el autor, además de no ser buen escritor, tampoco era un poeta consumado. Pero al cabo decidió no transcribirlos porque, aunque no consumado, sí era el autor poeta consumido, de modo que los versos carecían una toda gracia en su composición. A más de que el propio Vidueiras se considera a sí mismo un tanto poeta también, pues ya se sabe que la poesía es enfermedad incurable y contagiosa, así que por rivalidad entre vates decidió no copiarlos; pero que eso no es óbice para el seguimiento y disfrute de esta real y verdadera historia, que continúa diciendo:

Por supuesto que en el colegio jamás se integró, del mismo modo que un preso no se integra en una cárcel considerándola siempre como algo transitorio y ajeno a su voluntad y a sus deseos. Pero la larga estancia en el internado le condujo, por una parte a la pérdida absoluta de su fe religiosa, y por otra a la exclusión de la comunidad infantil y juvenil de Laxe, pues aunque nunca fue uno más entre la chiquillería del pueblo por su exclusiva condición de hijo del médico, el alejamiento durante tantos meses de sus antiguos compinches de escuela y travesuras, le aisló definitivamente de la compañía de los chavales de la villa marinera. Y así, ni se integraba en el colegio, ni en el pueblo, ni en la familia ni en ninguna parte.

Muy buen estudiante sin embargo, obtuvo siempre calificaciones brillantes, pues el muchacho consideraba un fracaso personal alcanzar una valoración inferior a notable en cualquier asignatura y a lo largo de todo el bachillerato solo obtuvo dos suspensos. Era el típico niño que pasaba los recreos leyendo un libro, sin apenas hablar con nadie, sin jugar, sin amigos y lo que es peor, sin ganas de tenerlos. Un profesor le dijo un día a Don Marcos que parecía que el niño estaba siempre triste. El docente acertó en el diagnóstico sin ninguna duda. Hasta los catorce años, edad en la cual el chaval pudo asumir y asumió los motivos por los cuales sus padres habían decidido que estudiase interno, el pequeño Marcos fue un chico triste, resentido y amargado. Estas sensaciones se manifestaban en fulminantes sofiones extremadamente airados y violentos cuando surgía alguna controversia con otro chaval. Hechos y actitudes que entre los chicos son habituales y se sustancian simplemente con un par de empujones o insultos, en Marcos provocaban efectos totalmente desproporcionados a la causa y de una violencia y agresividad tan descomedidas que en una ocasión le rompió un brazo con un palo a un compañero, en otra le atravesó la mano con un bolígrafo a otro, en una tercera, propinó tal paliza a un muchacho dejándolo tan lleno de tolondros que el pobre necesitó guardar cama algunos días para recuperarse. Y podríamos seguir enumerando conflictos resueltos con dosis de ira y violencia absolutamente desaforadas.

Esta actitud del chico llevó incluso a la dirección del colegio a plantearse su expulsión y quizá eso fuera lo que el chaval en su subconsciente pretendía. El día que Marquiños golpeó a un compañero de clase de tal forma que a poco más le envía al hospital, los papeles de expulsión estuvieron firmados. Solamente la hábil negociación y el atinado discurso de Don Marcos impidieron que esta se consumase, aunque esa espada de Damocles siempre pendió desde entonces sobre la cabeza del conflictivo chaval.

Decíamos que a los catorce años, más o menos, el chico estuvo en condiciones de asumir los motivos que impulsaron a sus padres a decidir su internado. Pero el daño ya estaba hecho. La personalidad está casi formada a esa edad y la del joven Marcos Laxe era la típica de alguien huidizo, esencialmente triste, asocial y entregado casi en exclusiva a pasatiempos solitarios. La lectura por ejemplo, pero también el cine; dos actividades que le proporcionaban una clara ocasión para evadirse de su triste realidad. En los libros buscaba Marquiños no solamente solaz y esparcimiento sino respuestas a las miles de preguntas impropias de su edad que se hacía a diario: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, por qué estamos aquí, a qué es debido que seamos como somos y no de otra manera. Quería entenderlo todo, saberlo todo, poseer los conocimientos suficientes como para ser capaz de encontrar una explicación lógica a cualquier evento, circunstancia o esencia que se le presentase, sin darse cuenta de que cientos de filósofos llevan miles de años preguntándose lo mismo sin ponerse nunca de acuerdo en las respuestas. Pero desde luego que sus ratos de esparcimiento giraban básicamente en torno a la lectura y en menor medida al cine y siempre pensó que no necesitaba nada más y aunque quizá esto no sea exactamente cierto, la verdad es que nunca tuvo nada más, porque jamás le fue posible practicar un deporte de equipo, jamás participó en reuniones ni en actividades conjuntas, apenas pudo recordar, una vez adulto, algún amigo de la infancia, de esos que se supone que todo el mundo tiene.

Nunca son las cosas blancas o negras en la vida, generalmente son grises, con matices, circunstancias y detalles que nos obligan, si somos comedidos, a no calificar un hecho como bueno sin ponderación o esencialmente malo. El colegio no fue, desde luego, una etapa brillante y provechosa en la vida del niño pero, unido a su afición desmedida por la lectura, le proporcionó, además de un exquisito e infrecuente nivel cultural, algo que le había de servir de mucho en la vida, como fue la capacidad para ser constante, metódico y ordenado, un nivel de auto exigencia casi patológico y una concepción esencialmente pesimista incierta y resignada del futuro; en definitiva le curtió para afrontar el difícil tránsito por la vida. No es que las cualidades o características antedichas haya que tomarlas por positivas, pues ya hemos dicho que nada es malo o bueno en esencia; lo que queda claro es que muy poco o nada tenían en común el Marquiños alegre y confiado que jugaba con su hermana en Laxe a la edad de ocho años con el Marcos triste y trascendente que aprobó en Septiembre la reválida de 4º.

Cuando el Dr. Laxe, tras nueva oposición, ganada brillantemente con el número uno, se trasladó a Santiago proveído como médico de la Seguridad Social, toda la familia se mudó con él y el joven Marcos, que por entonces tenía quince años, pensó que su condena como interno en los Maristas había concluido. Y así fue en efecto, pues sus padres compraron un piso en el nuevo ensanche de Compostela, lo que se conoce como “El Burgo de las Naciones” en la calle Fernando III El Santo y la familia estableció allí su domicilio. Consecuentemente el chaval abandonó el internado e incluso el colegio, tan intensamente odiado y aborrecido por él, matriculándose en el instituto público que le correspondía conforme a su lugar de residencia. En dicho instituto concluyó brillantemente el joven Marcos Laxe sus estudios de bachillerato.

No es necesario decir que el hecho de que su familia se trasladara a vivir a Santiago y Marcos pudiera abandonar el odiado internado, trajo como consecuencia una mayor felicidad en la existencia del muchacho. Ya hemos contado que la marca que había causado el colegio y el alejamiento de su casa y de sus padres a la edad de ocho años resultaría permanente e imborrable, sin embargo el acudir al instituto y regresar a su domicilio todas las tardes lo vivía Marcos como un sueño hecho realidad. En sus años de internado le producía una profunda melancolía, una tristeza sin límites observar como los alumnos externos regresaban a sus casas al finalizar las clases, mientras él los veía marchar desde el patio conteniendo las lágrimas que pugnaban por brotarle a raudales. Ahora, alumno del instituto, era como uno de esos externos: Marcos regresaba a casa todos los días. Y este hecho, que debería parecernos algo de lo más habitual y cotidiano para un chaval de su edad, lo valoraba Marquiños como si fuera una bendición de Dios dirigida a él personalmente. Parecía que la vida había cambiado y que las cosas empezaban a normalizarse. Incluso sin pretenderlo logró hacer algún amigo, un muchacho, hijo de un militar y compañero de clase, con el cual disputó Marcos apasionantes partidas de ajedrez, las cuales perdió siempre si hemos de ser sinceros. Pero casi podemos afirmar, que este chico fue el primer amigo de infancia y juventud que tuvo y lo consiguió a la edad de quince años.

Sin embargo, el auténtico problema no consistía en que Marquiños no tuviera amigos, sino en que pensaba que no los necesitaba, circunstancia ésta absolutamente inhabitual y totalmente contraria a la esencia del género humano; más aun a la forma de ser y actuar de los adolescentes que según los expertos necesitan amigos para aprender a socializarse. Desde luego nunca los buscó y consiguientemente nunca los tuvo. No le era menester nada, excepción hecha de un libro o una película, para sentirse feliz y satisfecho. Jamás participó en las típicas pandillas de adolescentes y lo que es peor, nunca creyó necesitarlo; era raro verle acompañado de un amigo o colega de clase y la comunicación, que se considera imprescindible para el ser humano, la tenía casi exclusivamente con su padre y con algún profesor, pues las preocupaciones, motivaciones y expectativas de las personas de su edad le producían aburrimiento y hastío, apreciación esta que prácticamente mantuvo intacta a lo largo de su vida. Pensemos que a los catorce años Marcos Laxe leía a Marx y a Engels, a Marcuse, a Rosa Luxemburg y a Freud. ¿De qué iba a hablar con chavales absortos en El Capitán Trueno y en Bonanza? ¿Qué actividades o inquietudes iba a compartir con ellos?

Por entonces también le sobrevino el rijo como resulta absolutamente normal. Miraba a las chicas con otros ojos porque hasta ese momento las había considerado siempre con una mezcla de indiferencia y desprecio pero aunque la intensidad y la dirección de sus apetitos sexuales diferían en mucho a los de sus compañeros, no dejó el muchacho de percibir los cambios que con la cercanía de la juventud experimentaba su cuerpo. Esto no quiere decir que anduviera todo el día detrás de las chicas ni mucho menos; más bien lo contrario: las chicas andaban detrás de él con escasa o nula fortuna. A pesar de todo se masturbaba habitualmente y en varias ocasiones respondió a ciertas insinuaciones intentando establecer relaciones con alguna muchacha pero sin conseguirlo nunca, porque como no se entregaba a ello con la ilusión, el esfuerzo la dedicación y la perseverancia suficientes las cosas no llegaban a pasar a mayores. Aunque sentía la necesidad del sexo, le daba la impresión de que la actividad sexual en sí misma iba a resultarle demasiado insulsa y rutinaria, de modo que aunque de vez en cuando realizaba un conato de acercamiento a alguna chiquilla, como su interés no era excesivo ni apremiante y tampoco porfiaba ante la primera negativa de la niña, no tenía demasiado éxito; o por mejor decir, no tenía éxito en absoluto.

Sus fantasías iban por otros caminos. Ya casi desde niño le gustaban las películas en las cuales el argumento se desarrollaba en torno al secuestro de una mujer, ya fuera por piratas o por delincuentes para pedir un rescate. Sus ensueños sexuales, con los cuales se masturbaba a la edad de quince años se basaban, más o menos, en la misma trama, con la diferencia de que era él, Marcos, quien raptaba a las muchachas y no pedía ningún rescate por ellas. Simplemente se las quedaba para utilizarlas como juguetes sexuales. Todavía de muy niño, queremos pensar que a la edad de diez o doce años y sin ninguna connotación erótica desde luego, uno de sus juegos consistía en azotar a un madero que estaba en el corral de su casa en Laxe con un corbacho que él mismo se fabricó de cuerdas. El chico acababa de leer La Cabaña del Tío Tom y en sus recreaciones solitarias imaginaba ser el propietario de una plantación y el tronco que servía para atrancar la trasera del corral un negro fugado, al cual era menester castigar con cien azotes en escarmiento por su intento de fuga, los cuales Marquiños aplicaba al madero con su manojo de cuerdas trenzadas, meticulosamente y con fruición.

No hace falta explicar que el chaval ignoraba por completo que todas esas apetencias manifestadas desde la infancia tienen un nombre. Creemos que ni siquiera era consciente de que sus fantasías eran diferentes a las de los demás y ya estaban indicando que su vida sexual tomaría un rumbo muy distinto al habitual. Pero tenemos por perfectamente averiguado que la mezcla de los deseos eróticos con la dominación y la consiguiente humillación del objeto del deseo, era innata en Marcos, o al menos se manifestó así aun antes de la pubertad, es decir, antes del sexo.

Lo normal hubiera sido que con su liberación del internado finalizaran también y concluyeran definitivamente sus desgracias y así lo creía Marquiños por entonces, pero si el lector curioso y desocupado pasa adelante con su lectura verá como no fue eso lo que ocurrió; antes al contrario: porque esa ingrata cualidad circunstancial, temporal e incomprensible que llamamos vida, le reservaba un cataclismo mucho mayor que cualquiera de los que había vivido hasta entonces: infinitamente mayor que el internado, incomparablemente mayor que el desamor de su madre, enormemente mayor que su tristeza y su aislamiento. Contaba marcos con dieciséis años de edad y entonces, de un cáncer fulminante, murió su padre en apenas un mes.

Durante los veintitrés días que Don Marcos permaneció ingresado antes de fallecer, su hijo no se separó de su lado desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche, hora en que tomaba el relevo Doña Carmen. Aquellos días acompañando a su padre en las angustiosas horas de la agonía y la muerte, vinieron a formar parte integral y definitiva de los recuerdos más dolorosos que el joven Marcos almacenó para siempre en su memoria. Y no sólo de los recuerdos, sino de la esencia misma de su vida. El muchacho nunca llegó a admitir que su padre adorado moriría, pues a esa edad la vida de los progenitores no se cuestiona, es algo tan natural y consustancial con la existencia de un adolescente como el sol que sale. Se sabe que sale, se da por supuesto que está ahí; jamás se imagina uno que una mañana el astro rey no aparecerá y quedaremos todos los habitantes del planeta sumidos en la oscuridad para siempre; así ocurre con la vida de los padres cuando uno tiene solamente dieciséis años.

En una ocasión nada más, durante aquellas infaustas tres semanas, se alejó Marquiños de su padre y fue con motivo de acompañar a su madre a Laxe para recoger algunas pertenencias y documentos de inexcusable necesidad. Durante el viaje, la buena de Doña Carmen a quien el cirujano que había operado a Don Marcos le había resumido el pronóstico diciéndole simplemente “considérate viuda” quiso preparar a su hijo, aquejado de una imprudente esperanza, para lo que se les venía a todos encima. El resultado fue uno de los furibundos ataques de ira de Marquiños, pues el chaval consideró y así se lo hizo saber a su madre con agrias palabras y tono desabrido, que era una exagerada, que a su padre simplemente le habían operado y que sin ninguna duda se recuperaría.

Pero no fue así y un día de Enero de 1.972 a la menguada hora de más o menos las cuatro de la tarde, don Marcos Laxe fallecía en lo que hoy es Hospital General de Galicia, abrumado por el tártago de ignorar lo que había de ser de sus hijos. Y al día siguiente fue enterrado en el cementerio de Bonaval con asistencia al sepelio de la práctica totalidad de la población de Laxe, sumamente afectada por la pérdida de quien había sido su médico durante tantos años. El Ayuntamiento de la villa marinera otorgó una mención especial de reconocimiento a la labor efectuada en el pueblo por el facultativo difunto.

Durante el resto de la existencia de Marcos, como ya hemos dicho, las tres últimas semanas de vida de su padre y sobre todo su funeral y entierro, estuvieron presentes de forma consciente en su recuerdo y en su añoranza, produciéndole un dolor sordo, profundo y constante que conformó su personalidad más aun que el colegio o que cualquier otra circunstancia y que de adulto le llevó a escribir unos versos en los que se consideraba a sí mismo como un retoño de la muerte. Ninguno de los días del resto de su vida, ninguno en absoluto, dejó de recordar la augusta figura de Don Marcos: tan pronto venían a su memoria actividades, frases o anécdotas relacionadas con él, como su cadáver dentro del ataúd o el funeral en la iglesia y la larga fila de sus compañeros del instituto dándole el pésame; sus lágrimas, inconsolables, silenciosas y tristes, su soledad a pesar de estar rodeado por la familia y por un número incontable de personas, entre amigos y vecinos de Laxe, compañeros de clase, conocidos… Marquiños se sintió solo entonces y esa soledad jamás le abandonó. La tristeza, que ya había hecho su aparición en el carácter del muchacho desde que fue desterrado al colegio, se enseñoreó a la sazón de su vida de modo tal, que Marcos Laxe nunca estuvo triste: fue triste.

Como uno de esos edificios que se derrumban con algunas cargas de dinamita sabiamente colocadas y distribuidas por los lugares adecuados, así se vino abajo en apenas dos meses la familia entera de Don Marcos Laxe. Doña Carmen, incapaz por completo de remontar el vuelo, mohína y abatida, cayó en la trampa que su hijo le tendía, que no era otra más que llevarle la contraria en todo y discutir por todo. El muchacho tenía la sensación, absolutamente alejada de la verdad, de que su madre había sido incapaz de hacer feliz a su padre. En apoyo de esta hipótesis acudían a la memoria de Marquiños alguna discusión, de no mucha intensidad, habida en el seno del matrimonio; discusión que en circunstancias normales no representaría para el chico ni siquiera un recuerdo, pero que ahora le parecía a él que era la prueba palpable y fehaciente de que sus padres no habían sido felices. Aunque eso resultaba totalmente incierto, él lo apreciaba así y ya se sabe que cada uno de nosotros toma decisiones no tanto en función de la verdad absoluta y objetiva, difícil de alcanzar en cualquier caso, como de la verdad percibida, de lo verosímil. Presupuesto esto, él actuaba en función de la percepción que tenía de que sus padres no habían sido felices y desde luego ya se sabía quien era la culpable. Su madre, que nunca había sido santo de su devoción, pasó ahora a convertirse en el enemigo a batir, sin paliativos. La convivencia se tornó insoportable absolutamente. Marcos se marchaba a clase por la mañana y no regresaba hasta la hora de comer. Pero quince minutos después de la comida desaparecía de nuevo y no volvía hasta la hora justa de la cena, que consumía rápidamente para encerrarse cuanto antes en su habitación ¡Qué diferencia con aquellas alegres comidas y cenas en vida de su padre en Laxe! ¡Cuánta añoranza! ¡Cuántos recuerdos! ¡Cuántas vivencias perdidas para siempre!

Esa vida independiente del joven Marquiños, como si no formara parte de la familia, alejado de todo y de todos exasperaba y disgustaba a Doña Carmen, que se sentía incapaz de controlar al muchacho, pero sin embargo sufría angustias y temores al comprobar que las cosas no iban por el camino trazado y no tenían visos de regresar a él. Una circunstancia que el bueno de Don Marcos hubiera solucionado con apenas una mirada, su viuda era incapaz de hacerle frente aunque bien sabe Dios que empleaba en ello todo su entendimiento y las pocas fuerzas que le habían quedado después del drama.

Pero la situación lejos de mejorar empeoraba y el distanciamiento del chaval iba en aumento manteniendo siempre una actitud que podríamos calificar como defensiva frente a su madre; siempre dispuesto y apercibido para iniciar una discusión, una controversia, una disputa. Con independencia de cual fuera la causa o el motivo, para el muchacho simplemente todo aquello que hacía su madre o procedía de ella era negativo, estaba mal hecho o, en caso de concederle el beneficio de la duda, resultaba insuficiente. De este modo la madre sufría y el chico también, pues esa situación de tensión afectaba a todo lo que había quedado de la familia.

Resultaría un ejercicio arriesgado e inútil buscar ahora culpables de todo eso. La madre de Marcos vivía una situación que la desbordaba absolutamente, no podía ni sabía hacer nada más. Después del fallecimiento de su marido, había esperado encontrarse por fin con el amor, el apoyo y el respeto de su hijo; sin embargo, solo encontró rencor, reproches y desafección. Por otra parte el odio hacia lo que la vida le había ofrecido hasta el momento, había inundado al muchacho y ya se sabe que el rencor, la angustia o la infelicidad se vuelcan siempre en primer lugar contra quienes nos rodean. El duelo, considerado como el período de tiempo necesario para que una persona recomponga su existencia y aprenda a vivir en ausencia del ser amado, duró en Doña Carmen cinco años, durante los cuales fue incapaz de conducir a sus hijos de forma adecuada y con arreglo a sus supuestas capacidades y conocimientos, e incluso podríamos afirmar que fue también incapaz de conducirse a sí misma. A su madre le duró el duelo cinco largos años, pero al cabo lo superó y comenzó a revivir nuevamente en ausencia del ser amado. Pero el duelo en Marquiños duró toda la vida.

La primera vez que el muchacho llegó a casa habiendo tomado en el Franco algunos vinos más de los que debiera, la discusión entre madre e hijo llegó a tales extremos de odio y de violencia que Marquiños no lo pudo sufrir y decidió que aquello había sido suficiente. Dejó pasar algunos días porque aunque vehemente el chico era razonable y consideró que las decisiones importantes era necesario adoptarlas con la cabeza fría y el ánimo sosegado. Pasadas algunas jornadas manifestó entonces a su madre que estaba determinado a marcharse de casa; absolutamente resuelto a ello sin posibilidad de reconsideración o enmienda. Lo que ahora solamente necesitaba averiguar era si contaba con el apoyo de su progenitora o no. Si podía partir con su aquiescencia y su ayuda económica se marcharía a comenzar sus estudios universitarios a otra ciudad. En caso contrario se embarcaría para Gran Sol, aquello que Don Marcos tantas veces le había dicho que sería su salida en caso de permanecer en Laxe en lugar de ir a estudiar al internado. Y aunque toda aquella lamentable situación le daba repulgos y le asuraba un tanto, con la mayor firmeza el joven hizo saber a su madre que estaba determinado a marcharse y que pensar que iba a permanecer al lado de una persona como ella era pensar en lo excusado.

La discusión había sido fuerte, eso obvio y se dijeron por ambas partes frases no muy afortunadas, desde luego; porque ya se sabe que cuando el furor desata el corazón suele desatar también la lengua. Sin embargo está claro que solamente fueron palabras dichas en un instante de ira y desesperación, pues creemos tener por cierto que en ningún momento ni la madre ni el hijo valoraron verdaderamente todo lo que expresaron ni tuvieron en cuenta el daño que podían hacerse mutuamente con la sarta de reproches que se arrojaron a la cara. Pese a todo, Marquiños en lo más profundo de su ser, hacía responsable a su madre de su desdicha y como sublata causa tollitur efectum, tenía por cierto que alejado de Doña Carmen su vida recuperaría la paz, porque realmente a la felicidad ya no aspiraba y quizá no volvió a aspirar nunca. La paz que había disfrutado durante el último año de vida de su padre, cuando se vio libre del internado y pensó que iba a recuperar la existencia que se considera normal en cualquier adolescente.

Dice aquí Viduerias, compilador de esta grande historia que muchas y muy variadas razones se exponen en el codicilo y se podrían traer aquí a colación para explicar con mayor detenimiento la drástica decisión que en aquellos días adoptó Marquiños. Pero ya se sabe que la prolijidad es la madre del fastidio y como el propio Vidueiras cree que con lo que lleva escrito puede el lector inteligente hacerse una idea cabal de la situación y extraer sus propias conclusiones, manifiesta no querer seguir abundando más en tan lastimoso asunto por no dar pesadumbre y así pasa adelante diciendo lo que a continuación se leerá.

El caso fue que la viuda del Dr. Laxe, se tomó varios días para pensar en el asunto muy por lo menudo, pues la cosa era de la suficiente gravedad y envergadura como para consultarla reiteradamente con la almohada. Como no veía alternativas fiables y tampoco estaba en disposición de ánimo para imponer ninguna, no encontró solución e ignoraba completamente la decisión a tomar ante esa disyuntiva. Lo que sí hizo la buena mujer por activa y por pasiva reiteradamente y derrochando paciencia, fue tratar de convencer a Marquiños, sin conseguirlo, de que donde mejor estaba era en casa; pero conociendo la determinación, rayana en la testarudez, de la que hacía gala su hijo y siendo madre a pesar de todo, decidió que el joven partiera con su bendición y su apoyo económico, pues más valía saberle estudiando una carrera en otra ciudad que embruteciéndose en un pesquero sobre una mar temible a doscientas millas al suroeste de Irlanda, habiendo arrojado previamente por la borda su porvenir.

Así fue que llegaron a un pacto o acuerdo que a ambos les pareció satisfactorio habida cuenta de que la situación económica de la familia no era, tras el fallecimiento de Don Marcos, demasiado floreciente. Doña Carmen se comprometió a enviarle todos los meses una cantidad de dinero equivalente a la que gastaría si permaneciera en casa; dicha cantidad fue calculada y decidida de común acuerdo entre ambos y en el supuesto de que tal soporte no fuera suficiente, como no lo era en efecto, para cubrir sus gastos viviendo en otra ciudad, el resto debería procurárselo él mismo merced a su trabajo o a la industria que más conveniente le pareciera.

A partir de ese acuerdo Marcos se movilizó y como por ensalmo la paz y la concordia regresaron al hogar de los Laxe a la par que la ilusión y la actividad frenética prendían de nuevo en el joven estudiante. Aquél mismo curso había terminado el bachillerato, era por lo tanto momento de preocuparse de elegir la carrera a seguir y de gestionar la matrícula en la universidad. Decidió estudiar Derecho, después de llegar a la conclusión de que el ejercicio de la abogacía era el único que le permitiría realmente luchar por la Justicia. La Medicina, practicada por su padre como quien profesa una religión, era una actividad sumamente necesaria pero entraba más en el terreno de la caridad que en el de la justicia, según apreciación razonada y razonable de Marcos. Las carreras técnicas quedaban totalmente descartadas por escasamente humanas y asimismo la Filosofía en todas sus ramas, pues el joven consideraba que su ejercicio, aunque también necesario, no tenía más perspectiva y futuro que la docencia y no le parecía adecuado dedicar su vida a enseñar que el movimiento es el paso de la potencia al acto, o que el cabo de Gata está en Almería. En este escrutinio que hizo en las carreras universitarias había desechado también las filologías por la misma razón: demasiado teóricas y poco prácticas. De modo que la duda quedó entre la Medicina y el Derecho y Marcos se inclinó por el foro debido a la razón anteriormente expuesta: consideraba la abogacía como la única posibilidad de dedicar su vida a luchar por la Justicia, con mayúsculas. Desde luego que el ejercicio del Derecho y la lucha por la Justicia no tienen nada en común, pero Marcos no lo sabía por entonces: su virginidad cívica aun estaba intacta.

Resulta difícil juzgar si este radical giro que imprimió Marcos a su vida fue consecuencia del temor, la valentía o la temeridad. Podría resultar en el fondo que el miedo a las consecuencias de un continuo enfrentamiento con su madre pudiera haberle llevado a huir cobardemente de la situación, prefiriendo arrostrar en soledad la consecución de una empresa tan arriesgada como aquella en la que iba a ponerse. Pero con el mismo resultado se podría afirmar también que fue la valentía y la decisión lo que motivó a Marquiños a dar tan singular paso adelante, o atrás, según se mire. No compartió aquello que dice el refrán de que “mándeme mi amo y coma yo a su mesa” prefiriendo no tener quien le mandara a pesar de que nadie le asegurara tampoco que iba a tener mesa donde comer. Pero también es cierto que la valentía cuando no está acompañada de la discreción, se convierte en temeridad, con lo cual podemos afirmar que por cualquiera de las tres razones: miedo, valentía o temeridad, o a lo mejor por una mezcla aleatoria de las tres, Marcos decidió romper con todo y empezar una nueva vida por su cuenta.

Así que él mismo gestionó su matrícula, reunió los documentos necesarios y buscó alojamiento. De este modo a las cinco y diez de la madrugada de un día de finales de Septiembre, el tren expreso procedente de Coruña, Ferrol y Avilés con destino Madrid hizo su entrada por vía segunda andén segundo en la estación de Valladolid. Del convoy descendió un somnoliento Marcos Laxe Ameneiros cargado de maletas y de satisfacción por haber aquistado su libertad, pero de nuevo solo en una ciudad desconocida. Al mes siguiente cumpliría diecisiete años.

Y es preciso ahora que dejemos al joven Marcos organizando su vida en Valladolid, conociendo la ciudad, la facultad y a sus compañeros de pensión, porque es menester que nos ocupemos de otros asuntos tocantes al desarrollo de esta historia. Lo cual haremos en el capítulo que sigue, si es que el lector benevolente tiene a bien acompañarnos en su lectura.