jueves, 10 de septiembre de 2009

IV LA PRIMERA VEZ







La niña era consciente, por comentarios de las amigas y porque su madre siempre la había prevenido al respecto, que los chicos, ya se sabe, van a lo que van, todos son iguales y enseguida te piden sexo. Por eso valoraba aun más a su novio, que nunca se propasaba, lo cual le hacía a ella deducir que su relación se basaba en el amor y que él era un auténtico caballero a la antigua usanza: comedido, respetuoso, cortés y educado. Esta forma de entender la falta de demanda de sexo de un varón por parte de algunas mujeres, es completamente errónea. No quiero yo decir con esto que el normal comportamiento de un hombre debe ser tratar de acostarse con la primera mujer con la que toma café, pero, como todos sabemos, los únicos varones que respetan muchísimo a las mujeres son los homosexuales; los demás, dentro de un tiempo prudencial, demandan sexo. En caso de no ocurrir esto, ella debería desconfiar y pensar que el tipo en cuestión no es trigo limpio y que esconde algo, pues en este asunto tanto se peca por la premura como por la lentitud. Roberto no era homosexual, pero sus intenciones no estaban ni mucho menos revestidas del aura de caballerosidad que Ester quería ver en ellas. Simplemente seguía la estrategia de hacer que la muchacha lo deseara, lo demandara, para írselo dando con cuentagotas haciendo que ella siempre necesitara más, quisiera descubrir más pues él pensaba que este era el camino para convertirla en la amante perfecta. Esta forma de actuar es táctica común y generalizada entre cualquiera que pretenda que otro le obedezca, desde los cuidadores de bonsáis que poco a poco y con infinita paciencia van consiguiendo que el árbol adopte la figura que ellos quieren, hasta los entrenadores de perros, que con el premio del caramelo o la golosina doblegan la voluntad de los animales consiguiendo que les obedezcan sin dilación. En este sentido Roberto actuaba más como un entrenador de perros que como un cultivador de bonsáis, pues lo que pretendía no era que Ester adoptase determinada figura o actitud, sino que activamente le obedeciera en la forma, el lugar y el momento que él ordenase. En lugar de golosina o terrón de azúcar utilizaba para conseguirlo el sexo.
Porque transcurrían los días, las semanas y los meses y Roberto no mostraba ningún interés ni solicitaba lo que la muchacha estaba deseando entregarle, lo cual comenzaba a generar en la chica una cierta inquietud. Por su forma de ser deducía que sin duda era ella la culpable de la situación: “Quizá no le gusto”, pensaba “o quizá esté saliendo con otra”, aunque esto último era físicamente imposible, salvo que actuase con nocturnidad, porque ellos permanecían juntos la mayor parte del día una vez cumplidas sus obligaciones laborales y escolares. La niña, en su ingenuidad y haciendo caso omiso del viejo refrán que dice al novio enséñale el coño, pero no todo, se sentía en la obligación de transmitir a Roberto todos y cada uno de sus pensamientos, sus inquietudes y sus deseos, de forma que, de vez en cuando, le preguntaba que por qué no la hacía suya plenamente, que ella lo estaba deseando y se sentía capaz y apta para satisfacerle. La contestación del chico era invariablemente la misma:

_ Aun no estás preparada. Me tienes que querer mucho más y entregarte totalmente a mí.

Estercita le daba vueltas en la cabeza a todo aquello sin ser capaz de imaginar de qué forma se podía querer más ni entregarse más. Le contaba a su novio sus desventuras pero Roberto zanjaba le espinosa cuestión diciéndole que confiara en él, que la deseaba y que no había nadie más que ella en su vida; que él sabría cuando había llegado el momento y que, una vez llegado, la tomaría sin dilatarlo ni un instante, pero que era menester no precipitarse. En honor a la verdad tampoco al muchacho le resultaba fácil mantener tan firme actitud y si no fuera por la morbosa ilusión que tenía de conseguir la entrega absoluta de su novia, habría claudicado hacía mucho tiempo. Frecuentes masturbaciones solitarias con el pensamiento puesto en el cuerpo de Ester trataban penosamente de suplir esa carencia. Pero el chico era tan raro y caprichoso que creía que si actuaba con precipitación, dejaría pasar una oportunidad única para conseguir lo que ambicionaba, que ciertamente no era otra cosa que poseer una esclava sexual. Así, se contenía con una fuerza de voluntad digna de mejor causa y con la esperanza puesta en lo que llegaría a conseguir si era prudente.

Con sus continuas preguntas sobre el asunto, la chica estaba revelándole inconscientemente el grado de apremio que tenía en cuanto a su necesidad de establecer relaciones sexuales, de manera que cuando la insistencia y las preguntas llegaron a producirse con demasiada reiteración, Roberto juzgó que quizá era el momento de comenzar a dar algo y decidió pasar a la acción.
Una tarde de primavera, de esas agradables que presagian el deseado verano, la pareja había estado merendando unos perritos calientes y unas cañas de cerveza en la hamburguesería San Luís, de la calle Cárcel Corona. Cuando terminaron decidieron caminar lentamente y sin rumbo. El atardecer invitaba al paseo así que andando con parsimonia llegaron hasta la explanada que se extiende frente a la fachada principal de la Facultad de Ciencias, en el antiguo Prado de la Magdalena. Iban cogidos de la mano y esporádicamente Roberto pasaba un brazo sobre los hombros de la chica y la atraía hacia él en un gesto de protección que a Ester le encantaba. Apoyados en el murete que rodeaba la explanada, mientras las ultimas luces del día iluminaban la escena, hablaban y hablaban de sus cosas. Pero la postura resultaba tan incómoda, que al poco tiempo terminaron sentados en el suelo, apoyando la espalda contra el pequeño muro de no más de ochenta centímetros de alto, que les servía de respaldo. Roberto sacó su paquete de Celtas y ofreció tabaco a la chiquilla que cogió uno. Ester había empezado a fumar, porque todo lo que hacía su novio le resultaba fascinante e incluso imitaba sus frases y gestos. Estaba, en fin, completamente enamorada de él. Veía por sus ojos, hablaba por sus labios y escuchaba por sus oídos.
Terminaron el cigarro y el joven comenzó a besarla en el cuello profusamente a la vez que con la mano le acariciaba los pechos, por encima de la blusa. La chica llevaba un pantalón verde y una blusa a juego. Su cuello, donde Roberto depositaba suavemente un torrente de besos, olía a Azur de Puig y el muchacho separaba el pelo negrísimo, para dejar al descubierto la oreja. La besó, chupando el lóbulo delicadamente, mientras con la mano alternaba las caricias entre un seno y otro.
Ester se había tumbado en el suelo cuan larga era. Su respiración se tornó cada vez más agitada, la mirada brillante, las aletas de la nariz palpitantes, procurando buscar desesperadamente los labios del muchacho para fundirse con él en apasionados besos, entreabriendo la boca, aspirando la lengua, suspirando y gimiendo entre dulces palabras de amor y de deseo. El chico, desabrochó la blusa, dejando al descubierto el vientre, plano y cálido. Besó y besó alrededor del ombligo, mientras acariciaba las piernas por encima del pantalón, pasando a veces la mano sobre el sexo de la chica que contenía la respiración en cada pasada. Roberto, sabiamente, alargaba el proceso. Acariciaba los pechos, besaba el vientre, pasaba la mano por las piernas, lamía el cuello y los labios; todo ello envuelto en mil palabras de amor y de deseo susurradas dulcemente en el oído de su novia. Sin embargo, no había hecho intención de quitar el sujetador a la muchacha. Ella sentía que aquella prenda estorbaba porque le daba la impresión de que repentinamente sus pechos habían crecido y se sentían oprimidos dentro de aquellas cazoletas; pero cuando hizo ademán de quitárselo, su novio no se lo consintió. Ester se dejó llevar. Al fin y al cabo era la primera vez que había llegado a tanto con un chico y estaba segura de que Roberto sabría como hacerlo. A pesar de todo no lograba entender por qué, teniendo en casa una cama, él había decidido empezar aquello allí; quizá las cosas habían surgido sin que nadie se lo propusiese, pero se decía que aquél era un sitio como otro cualquiera para entregarse, por fin, a él.

La manita de la chica, buscó el sexo del muchacho y acariciándole por encima del pantalón, sintió el bulto que ella juzgó enorme. Entonces, Roberto le hizo abrir las piernas tumbándose sobre ella, y aunque ambos estaban vestidos, inició los movimientos de vaivén que se realizan durante el coito. Ester podía sentir el bulto del pene, apoyado en su sexo, presionándole en la entrepierna a través del pantalón y la braguita, mientras que su novio estrujaba delicadamente sus senos y la besaba en la boca, metiéndole la lengua recorriendo su cuello con los labios y chupando los lóbulos de sus orejas. Ester nunca supo cuanto duró aquello pero siempre recordará la sorpresa y el estupor que sintió cuando Roberto se puso repentinamente en pie, encendió un cigarro y preguntó con desparpajo:

_ ¿Te ha gustado? -y sin darle tiempo a responder, añadió- Pues algo parecido se siente cuando se hace de verdad.

La noche había inundado con su sombra la explanada que sirve de aparcamiento en la Facultad de Ciencias. El aire se había vuelto más fresco, aunque la excitación que la muchacha sentía le proporcionaba el suficiente calor como para despreciar el frío de la noche. Ester se sentó en el suelo, arreglándose la ropa y pudo comprobar como las farolas iluminaban a los pocos viandantes que pasaban con prisa por la acera, situada a un centenar de metros, mientras que el lugar donde ellos estaban permanecía en la oscuridad. No supo qué decir. Simplemente cogió otro cigarrillo y aguardó a que su novio manifestara sus intenciones. No tuvo que esperar mucho:

_ Creo que ya es algo tarde y mañana tenemos que madrugar los dos. ¿Te acompaño a casa?

La niña permitió que él pasara un brazo sobre sus hombros y lentamente emprendió el camino de regreso hacia su domicilio. Notaba el sexo excitado, abierto, húmedo. Los pezones, turgentes casi le dolían rozando con el sujetador. La cabeza le daba mil vueltas, mientras escuchaba a Roberto que hablaba y hablaba sin parar de cosas que ella juzgaba en aquella ocasión intrascendentes. No pudo contenerse más y estalló con vehemencia:

_ ¿Se puede saber qué te pasa conmigo? Yo creo que esto que estamos haciendo no es normal. Si tú me quisieras como te quiero yo a ti estarías deseando hacerlo. Todo el mundo lo hace y yo les tengo que decir a las amigas que también lo hacemos. Me da corte contar la verdad.

Roberto, sin inmutarse, buscó sus labios para depositar en ellos un beso. Pero la muchacha lo rechazó.

_ ¿Por qué tenemos nosotros que hacer lo que tus amigas? Yo quiero que cuando lo hagamos sea para siempre, porque casi todas las chicas que conozco andan por ahí con unos y con otros. Eso es porque se precipitan y a mi no me pasa nada contigo. Sólo creo que aun no estás preparada y tienes que entregarte más a mí.

_ ¿Más? -A Ester le dolía que dijera aquello- Oye, estoy pensando en ti desde que me levanto, nos vemos todos los días, sueño contigo, procuro hacerte feliz y que estés bien y lo que quiero precisamente es entregarme a ti del todo. ¿Qué más puedo hacer?

_ Si estuvieras de verdad entregada a mí, no te pasarías todo el rato dándome la vara diciendo que no lo hacemos y que por qué no lo hacemos. Solamente harías lo que yo te dijera, porque serías mía. ¿Ves como aun no eres mía del todo y tienes que entregarte más a mí?

Ester reflexionó sobre todo aquello mientras continuaban en silencio camino de casa de su hermana. Realmente era una especie de diabólica trampa dialéctica, pero la chiquilla lo dio por cierto. Si estuviera totalmente entregada a él, se limitaría a confiar ciegamente y no exigiría nada, sabiendo, fuera de toda duda, que lo que Roberto hiciera siempre sería lo mejor para ella. Por otra parte, el chico le había hecho entender que si continuaba insistiendo, entrarían en un círculo vicioso. Ella se lo pediría y él se lo negaría argumentando que no era completamente suya, ya que se lo pedía. Resolvió, ser más prudente en adelante y evitar cualquier otro tipo de confrontación con el muchacho. Tenía la esperanza de que con esa actitud, un buen día se encontrase con que Roberto juzgara que era el momento adecuado y la tomase por fin.

La verdad es que el chico jugaba con la ventaja de que Ester era una niña acostumbrada a obedecer, con nulas o muy pocas oportunidades de manifestar una iniciativa, además de haber desarrollado un importante grado de timidez. Solamente ahora, gracias al apoyo, la valoración y la amistad de Roberto, estaba empezando a enfrentarse a su hermana y a rechazar con hostilidad cualquier injerencia del entorno que ella considerase desmesurada. Sin embargo, los años de sumisión a toda su familia, a su maestra y a sus profesores, pesaban de manera determinante en su personalidad, de suerte que no le resultaba difícil aceptar de buen grado lo que su novio quería. Porque la chica entendía perfectamente que la intención de Roberto era que ella permaneciese callada y expectante, deseándole pero sin manifestárselo de forma explícita. Como cuando de niña, en el pueblo, quería otro pedazo de flan de los que hacía su madre, pero nunca se atrevía a pedirlo. Sin embargo si algún adulto se lo ofrecía, ella asentía enérgicamente con la cabeza.

A todas estas, habían llegado a su casa. Como todas las noches, Roberto se despidió con un beso apasionado, pero aquella vez acarició con reiteración el sexo de su novia a través del pantalón. A ella, que estaba empezando a pasársele la excitación, le volvió de repente redoblada y apremiante. Se abrazó a él con verdadera necesidad, mientras pasaba también su manita por encima del pantalón del muchacho, notando el bulto que se había instalado allí al parecer de forma perenne. A pesar de las determinaciones que había tomado mentalmente hacía unos instantes, no pudo contenerse llegado el momento y reclamó a su novio casi con rabia:

_ Roberto, Roberto, por Dios cielo... Te quiero, no te vayas, sigue, sigue así...

El muchacho se desprendió secamente del abrazo y le dijo:

_ ¿Ves como no estás entregada a mí? Acabas de volver a pedirlo. Tienes que aprender mucho todavía. Hasta mañana cariño.

_ Roberto... -pero la puerta metálica del portal ya se había cerrado con estruendo y su novio desapareció en la fría oscuridad de la noche dejándola aturdida y confusa. Ester subió las escaleras de dos en dos hasta el segundo y abrió la puerta con su llave. Su hermana y su cuñado estaban terminando de cenar. Los niños dormían.

_ Son horas ¿eh? -grito su hermana- No, si al final, se lo tengo que decir a padre, lo que está pasando contigo, que haces lo que te da la gana y no bajas ya la mano a nada.

El volumen de voz iba subiendo mientras que la niña, desaparecía en su habitación y su cuñado, con una expresión de hastío murmuraba: “¿Ya estáis otra vez?...Yo me largo a la cama”. Pero Isabel no cejaba en el intento de echarle la bronca, rutando y rutando mientras se lavaba los dientes y se ponía el camisón. Por fin, con una última voz, le hizo saber que tenía algo de comer en el horno y que recogiese y fregase los platos de la cena, dejándole la cocina como un sol.

Se hizo, por fin, el silencio... Estercita se despojó de la blusa y liberó luego sus pechos del sujetador. Los pezones erectos casi le dolían. Se quitó los zapatos y los calcetines, desabrochó los pantalones y sentándose en la cama hizo que se deslizaran por sus piernas quedando vestida solamente con la braga. Antes de ponerse un albornoz blanco, observó su cuerpo desnudo en el espejo de la habitación. Los enhiestos pezones, los senos turgentes, el cuello, los ojos, los labios. El espejo era demasiado pequeño para permitirle contemplar conjuntamente la totalidad de su anatomía pero lo que vio le gustó y continuaba sin comprender por qué Roberto la rechazaba con tanta determinación.

Fue a la cocina aunque no era apetito de alimentos el que padecía Ester aquella noche. Se propuso recoger y fregar los cacharros, pensando que si los dejaba para el día siguiente iba a andar más apurada de tiempo, aparte de que si su hermana se levantaba y encontraba la cocina revuelta, podría generarse una disputa morrocotuda. Apiló platos, vasos y cubiertos de la mesa, depositándolos con cuidado en el fregadero. Empuñó decididamente un estropajo y esparció sobre él un generoso chorro de detergente. Comenzó mecánicamente a fregar primero los cubiertos: cuchillos, tenedores y cucharas pasaban por sus manos recibiendo su correspondiente enjabonado y restregado; pero su cabecita estaba en otra parte. Revivía con detenimiento todas las sensaciones que había experimentado aquella tarde y al fin, abandonando la prosaica tarea que estaba realizando, se secó las manos y de pie, al lado del fregadero comenzó a acariciarse los desnudos pechos, por debajo del albornoz. La mano izquierda pasaba suavemente de un pezón a otro, de un seno a otro, mientras que la derecha había ido descendiendo por su vientre desde el estómago hasta el borde de la braguita. Desató el cinturón que sujetaba la prenda de baño a su cuerpo y continuó más abajo localizando el clítoris en la parte superior de su sexo chorreante y terriblemente excitado debajo de la braga humedecida. Separó las piernas para facilitar la tarea y comenzó a tocar la pequeña protuberancia con su dedo corazón. La braguita le molestaba y se la quitó con la idea de meterla en la lavadora, pero su deseo era tan apremiante que simplemente la depositó, arrugada, a sus pies. Estaba completamente desnuda bajo el blanco albornoz y aún le entraron ganas de despojarse también de esta prenda, pero por precaución, no fuera a ser el caso de que alguien de la familia se levantase a deshora, se lo dejó puesto, aunque se echó los faldones sobre los hombros y se inclinó un poco sobre el fregadero abriendo totalmente las piernas para conseguir que su sexo estuviera más accesible. Continuó acariciándose, primero con delectación, pero poco a poco, la intensidad de la manipulación fue aumentando hasta que llegó a frotar desesperadamente sus labios vaginales, y todo su sexo con la palma abierta de la mano. A veces, paraba y volvía a manipular el clítoris con un dedo. Otras veces, ese mismo dedo travieso, penetraba muy ligeramente en la entrada de su vagina, humedecida y abierta. Volvió el violento frotamiento, recorriendo todo el sexo, apretándolo y sobándolo con una mano, mientras con la otra se pellizcaba delicadamente los pezones. El ritmo de la masturbación aumentó y en su cabeza estaban los besos de Roberto, el cuerpo de Roberto, el bulto del pantalón de Roberto… El orgasmo se acercaba y en un momento estalló, obligándola a morderse los labios para no gritar y quedando ligeramente recostada sobre el fregadero. No duró más de quince segundos. Se arregló la ropa y volvió a su quehacer doméstico, procurando terminar con la mayor diligencia posible. Al cabo, se dio por satisfecha, se lavó los dientes, se quitó por fin el albornoz y vistiendo un bonito pijama se metió en la cama. La cabeza le daba vueltas, pensando y pensando por qué le pasaban a ella esas cosas tan raras, pero el cansancio la venció pronto y no tardó en quedarse dormida.

Después de aquello pasaron algunas semanas sin más acontecimientos dignos de mención y de figurar en este escrito. Las relaciones entre la pareja continuaron como si nada hubiera ocurrido, simulando que la tensa escena de la Facultad de Ciencias no había tenido lugar. La niña acabó de asumir el razonamiento que su novio le había hecho, según el cual se autoinculpaba en exclusiva de la situación, porque efectivamente, si Roberto no acababa de decidirse a hacerle el amor, de ella era toda la responsabilidad, pues ya se le había explicado que debía limitarse a obedecer y esperar en silencio y claro, como no detenía sus demandas molestando a su novio más de lo que él merecía, pues el chico se negaba a satisfacerla; y hacía bien en castigarla, porque a la hora de la verdad ella no se estaba comportando conforme a lo que Roberto, a quien tanto debía, le demandaba. Hasta ese límite los torticeros pensamientos de Estercita la habían llevado y hasta ese punto tenía la niña una personalidad apocada, propincua a la obediencia y muy poco dada a la reivindicación, con una autoestima prácticamente inexistente y una dependencia afectiva digna de figurar en los manuales de psiquiatría. Sin embargo, había algo que verdaderamente estaba cambiando aunque de forma lenta y sutil: las hostilidades entre Ester y su hermana se incrementaban paulatinamente. La muchacha seguía siendo una excelente estudiante, pero cada vez le resultaba más difícil comportarse como una dócil sirvienta. Curiosamente estaba aprovechando el amor de Roberto para aumentar su autoestima, aunque ello solamente se pudiese percibir en lo tocante a las relaciones con terceras personas porque para su novio continuaba siendo la misma niña apocada, tímida e irresoluta de siempre, incapaz de una contravención y dispuesta a admitir todo lo que salía por la boca del muchacho. Pero con Isabel, aunque callaba, en su fuero interno se negaba a continuar ejerciendo de criada para toda la familia de su hermana. Tan alarmante era la situación y tan tensas e insostenibles se habían vuelto las relaciones que la chiquilla decidió, desde luego que de común acuerdo con su novio y una vez obtenida la aquiescencia de éste; hacer una carrera corta, para poder escapar cuanto antes de la tutela de la familia. Como su ilusión desde niña había sido siempre la medicina, eligió Ayudante Técnico Sanitario considerándolo un mal menor y se esforzó como nunca en mejorar sus calificaciones, para que le resultase más fácil acceder a la Escuela de Enfermería merced a su brillante expediente académico.

Los fines de semana solamente regresaba a casa de Isabel a dormir porque el resto del tiempo lo pasaba en compañía de Roberto. Además se veían todos los días, pues Ester seguía acudiendo a clase de inglés y a la salida siempre tenían tiempo para tomar un café, charlar un rato, y darse algunos besos envueltos en promesas de amor, de modo que la vida de la chiquilla realmente giraba en torno a su novio, como gira la tierra alrededor del sol, de quien recibe la luz, el calor y en definitiva, la vida. La niña ya había aceptado sin reservas el tipo de comportamiento que Roberto esperaba de ella y no volvió a sugerir ni mencionar nada que sonase remotamente a demanda de relaciones sexuales. Se limitaba a devolver los besos, cuando estos se producían y a reafirmar su amor, en respuesta a las interpelaciones de su novio.

Sin embargo Roberto había advertido en Ester una mudanza, apenas perceptible, pero que empezaba a producirle más inquietud que satisfacción. Le parecía a él que la chiquilla respondía con el rabillo del ojo a las miradas de otros chicos y en más de una ocasión la había sorprendido en una cafetería atisbando el esbelto cuerpo de algún joven. Quizá solamente fueran imaginaciones suyas, pero a él se le figuraba que las cosas empezaban a deslizarse por malos derroteros y fuera o no cierto que Ester miraba a los muchachos con menos recato del que a su novio le parecía conveniente, es bien sabido que cada uno actúa según lo que entiende por verosímil, independientemente de que lo sea o no. Y como Roberto creía a pies juntillas que Ester empezaba a resbalar por la senda de las miraditas a los chicos, pensó que las cosas no se podían demorar más. La escena de la Facultad de Ciencias se había vuelto a repetir casi todos los sábados y domingos en su casa, pero parecía que ya no era suficiente. El chico sabía que su novia se masturbaba después en la soledad de su habitación o en el cuarto de baño, porque como ya hemos dicho, Ester creía que no había que tener ningún secreto con el novio y a preguntas de este, le confesó, bajando avergonzada la cabeza, lo que hacía con su cuerpo en la cama o en la ducha. Roberto juzgó que era imperativo dar el siguiente paso, porque la niña lo necesitaba y él también. Además, de no darlo, podía echar al traste todo su plan después de haberlo estudiado y premeditado tan minuciosamente; porque este asunto era similar al juego de las siete y media según apreciación del muchacho, en el cual se pierde tanto por no llegar como por pasarse.

Un viernes, después de la clase de inglés, habló con su novia para decirle que cuando a la mañana siguiente acudiera a su casa, tendría reservada una sorpresa para ella.

_ ¿Te puedes imaginar qué es? -la niña, después de pensarlo un momento manifestó que quizá algún tipo de agasajo. La verdad es que su novio la obsequiaba y regalaba muchas cosas, mientras que ella no podía nunca corresponder, porque su economía siempre estaba en bancarrota y dicha situación era otro de los muchos motivos por los que a Ester le parecía conveniente someterse a las veleidades y caprichos de su novio; porque según imaginaba, ya que ella no podía ofrecerle nada, al menos estaba obligada a consentir todo lo que Roberto le pidiera, para corresponder a tanto como de él recibía.

_ Si, es un regalo que yo te voy a hacer y tu me vas a hacer a mí. ¿Sabes lo que es? -La mente de la muchacha estaba ya tan alejada de la idea de tener sexo con su novio que tuvo que confesar que no lo sabía.

_ Pues eso que antes me pedías tanto y que ahora ya no me pides. Y precisamente por haber dejado de solicitarlo, yo quiero concedértelo.

Ester bajo la cabeza con timidez y recato. Tantas veces la había reconvenido Roberto por causa de su deseo, desaforado a juicio del muchacho, y tantas veces se lo había reprochado ella misma que llegó un momento en que el mero hecho de sentirse excitada le daba vergüenza, como si algo malo estuviera pasando por su cuerpo, una pulsión que ella apenas podía controlar y que por añadidura disgustaba a su novio incumpliendo las instrucciones que de él había recibido, circunstancia esta que la niña era incapaz de perdonarse a sí misma. Pero el ansia y la expectación se apoderaron de ella, impidiéndole casi conciliar el sueño aquella noche, a pesar de su casi diaria masturbación antes de dormir. Pero el día señalado llegó por fin y Ester recibió la mañana con la misma ilusión desbordante con que se levantaba, de niña, cada seis de Enero. Como si acelerando el ritmo de sus actividades pudiera lograr que el tiempo pasara más deprisa, se vistió con extraordinaria precipitación, deseosa de llegar cuanto ante a la cita que tenía con Roberto. No es que hubieran quedado a ninguna hora determinada. Los sábados y domingos solía ir Ester a casa de su novio en cuanto terminaba de desayunar y se aseaba, por supuesto después de finalizar alguna de las alienantes tareas domésticas con las que su hermana solía agobiarla. Pero aquella mañana era muy especial, así que con extremada diligencia se duchó y se lavó el pelo, se perfumó y vistió sus mejores galas. Habitualmente llegaba a más de las doce a casa de su novio, pero aquel día llamó a la puerta a eso de las once y media.

Roberto la recibió con un beso y le dijo con sinceridad que estaba preciosa y que era la muchacha más bonita que había conocido, con lo cual la chica se sintió halagada y feliz. Su novio era así: siempre valorándola, siempre admirándola y diciéndole cosas bonitas que la hacían sentirse amada y segura, aumentando cada día un poco más la confianza que tenía en sí misma.

_ Estoy preparando una comida especial, he comprado cava y voy a hacer un postre -le dijo el muchacho.

_ ¿Celebramos algo? -preguntó la chica ingenuamente.

_ Sí. Que nos queremos.

Roberto, Roberto... Imaginativo y siempre sorprendente. Ester había pensado que en cuanto estuvieran juntos la desnudaría y le haría el amor con apremio y quizá con furia; sin embargo la mañana transcurría en apariencia como otra cualquiera. La verdad es que ella se sentía muy afortunada con aquél chico. Le miraba, trajinando en la cocina, vestido exclusivamente con un pantalón de pijama, luciendo sus brazos fuertes y su amplio torso y la muchacha sentía que algo en su interior palpitaba. Pero era evidente que las cosas no se iban a desarrollar como ella había previsto. Su novio no tenía ninguna intención de hacerle el amor, al menos por el momento, y en cualquier caso su conducta no parecía mostrar apremio, ni furor, ni tan siquiera vehemencia.

_ Ponte a leer o a hacer lo que quieras mientras yo termino aquí -le dijo Roberto en tanto ella le miraba embelesada.

En fin... Básicamente como todos los sábados. Era habitual que las mañanas de los fines de semana, el chico las emplease en hacer una limpieza más profunda de su vivienda, pues cotidianamente no tenía tiempo para otra cosa que no fuera pasar superficialmente el escobón y fregar los cacharros que utilizaba a diario. También los sábados y domingos se veía obligado a guisar, dejando medio preparadas las viandas que pensaba consumir durante la semana, aunque con mayor frecuencia de lo que a él le hubiera gustado, se veía forzado a echar mano de alimentos congelados o en conserva, porque en ocasiones perdía la lucha que mantenía a diario contra la escasez de tiempo. Verdaderamente se había revelado como un excelente cocinero y con frecuencia le decía a su novia que la cocina le fascinaba, porque le resultaba una actividad muy relajante y creativa. “Hasta en esto tengo suerte” se decía la chica para su coleto. Acostumbrada a su cuñado y a su padre, que ignoraban siquiera dónde estaba la puerta de la cocina, valoraba mucho la buena disposición de Roberto para los fogones. Habitualmente, mientras él realizaba sus quehaceres domésticos, la muchacha estudiaba tumbada en el sofá del comedor. Pero aquél día, esperando algo especial, no había traído sus apuntes, de manera que cogió al azar un libro de la estantería y comenzó a leer “El índice de deflación principal...” Economía y Proyección en la Banca.

En multitud de oportunidades se había ofrecido a Roberto, diciéndole que ella estaría encantada de ayudarle a limpiar la casa, poner la lavadora y recoger, pero el muchacho siempre se había negado, alegando que es obligación de cada uno limpiar lo que ensucia y ordenar lo que desordena. Estercita pensaba que eso no funcionaba con ninguno de los hombres que ella conocía, porque no se imaginaba ningún varón de su familia recogiendo la cocina. Aquello la reafirmaba en su teoría de que su novio era un chico especial y único, al que debería hacer todo lo posible por complacer para mantenerlo a su lado, pues estaba convencida de que él no tendría ninguna dificultad para encontrar otra, mientras que a ella le resultaría imposible prácticamente conseguir un muchacho con tales y tantas buenas prendas como aquellas de las que Roberto hacía gala. En resumen, que cuando dicen que el amor es ciego, lo dicen por algo, ya que Ester, mientras era capaz de percibir y ponderar todas las virtudes y cualidades de su novio, jamás pudo persuadirse de que el muchacho tuviera defecto alguno.

Aquél sábado no insistió en su ofrecimiento, aunque la chica mantuvo siempre la voluntad de ayudarle, pues no acababa de parecerle ajustado que mientras ella leía repantingada en el sofá, Roberto se dedicase a realizar tareas que la muchacha juzgaba impropias de un varón. Sin embargo, como sabía de antemano que su oferta iba a ser rechazada, como tantas veces lo había sido en el pasado, excusaba ya de insistir y menos aun aquél día concreto en que la cabeza le daba mil vueltas y se veía incapaz de concentrarse en nada. “Es necesario reestructurar las principales magnitudes macroeconómicas...” Leía sin leer y sin entender, sintiendo a su novio trajinando en la cocina y silbando. Decidió que tenía que relajarse y esperar acontecimientos.

Roberto sabía casi con precisión matemática lo que estaba pasando por la cabeza de su novia. A fuerza de ser sincera con él, de no ocultarle nada, Ester había entregado al muchacho la facultad de adivinar casi todos sus pensamientos y deseos. El chico sabía que ella imaginaba otra cosa. En cuanto la vio entrar por la puerta tan elegante y aseada, comprendió que la niña pensaba que allí mismo se le iba a tirar encima. Por eso decidió hacerla esperar. Se puso a cocinar con calma y con esmero. Revuelto de espárragos, setas y picadillo, mero al horno y tarta de coco y chocolate. De vez en cuando, descansaba y se iba al salón. Fumaba un cigarro con su novia, la besaba y la acariciaba. Se había quitado premeditadamente el calzoncillo, de manera que su sexo casi se podía ver a través de la fina tela del pantalón del pijama y adoptaba posturas que lograban que ella se fijase en el bulto que formaba su pene medio erecto. Como por otra parte continuaba desnudo de cintura para arriba, cada una de las visitas al salón conseguía aumentar aun más el grado de excitación de Ester, así como el suyo propio.

Por fin dio por concluidos definitivamente lo preparativos de la comida y desde la cocina voceó:

_ Esto ya está, preciosa. ¿Por qué no bajas a por pan mientras yo me ducho y me afeito? -La muchacha no se lo hizo repetir dos veces. Como una exhalación cogió las llaves y bajo de dos en dos las escaleras de manera que cuando Roberto se acababa de meter en la ducha ella había regresado mostrando triunfalmente una barra de pan en la mano. Su subconsciente mantenía la misma actitud peregrina que se había apoderado de él desde por la mañana, es decir, que si ella se apuraba en sus quehaceres u obligaciones, el tiempo transcurriría también más rápidamente, porque su expectación, así como su ardor y su deseo habían adquirido ya una categoría difícilmente controlable.

_ Ya estoy aquí.

_ Pues vete poniendo la mesa, por fa, que yo tardo cinco minutos.

Con esmero colocó los platos, los cubiertos, el pan y las servilletas. Descorchó cuidadosamente la botella de Marqués de Cáceres. Roberto siempre bebía tinto, independientemente de que se pudiera considerar un vino apropiado para el tipo de comida que iba a degustar. Últimamente comenzaba a cambiar los Rioja por Ribera de Duero, pero siempre tinto.

Cuando salió de la ducha, afeitado, peinado y perfumado, desnudo, salvo por la toalla que le envolvía la cintura, a la chica, arrebatada, casi se le para el corazón. “Está buenísimo” pensó mientras le devoraba con la mirada. Sin embargo se abstuvo de hacer ningún comentario en voz alta, no fuera a ser que, por su mala ventura, dijera algo inapropiado o excesivamente perentorio y Roberto la castigase dilatando aún más el tan esperado momento. Su novio escanció vino en ambos vasos y pasándole uno a Ester, brindó:

_ Por ti.

_ Por nosotros -respondió ella al brindis. Y ambos apuraron los vasos hasta la mitad.

_ Te sobra mucha ropa. ¿Por qué no te la vas quitando mientras yo hecho los huevos en el revuelto? -le dijo a la muchacha como al descuido, casi sin querer y sin darle importancia mientras desaparecía en la cocina envuelto en la toalla.

Cuando volvió, con los dos platos en la mano, Estercita estaba sentada a la mesa vestida solamente con las braguitas y el sujetador.

_ Escúchame tía buena: -Roberto la llamaba muchas veces así- Yo solamente tengo una toalla, de modo que estoy desnudo de cintura para arriba. Así debes estar tú y recuerda que hoy es un día especial para nosotros y me gustaría que me complacieras en todo.

Nada más lejos de la voluntad de Ester que disgustar a su novio, así que, azorada y llena de vergüenza, se quitó el sujetador dejando a la vista sus redondos y erguidos senos. Roberto, sin darle aparentemente importancia, comenzó a comer, invitándola a ella a hacer lo mismo. Sirvió otros dos vasos de vino y ambos bebieron con avidez.

_ Sé que te haces pajitas por la noche, pensando en mí, porque tú misma me lo has dicho. ¿Con qué dedo te las haces?

Inexplicablemente se encontró Ester mostrando su dedo corazón, levemente sonrojadas las mejillas por la turbación, los pezones erguidos, la actitud expectante y tremendamente excitada.

_ Imagínate que tienes el clítoris en la punta de la lengua y hazte una paja como te las sueles hacer, con los mismos movimientos, pero como si la boca fuera la vagina -Habían terminado el revuelto y Ester bebió otro buchito de vino, sacó un poco la lengua y comenzó a acariciársela con el dedo, metiéndolo de vez en cuando en la boca, Se sentía muy excitada, con los pechos turgentes y el sexo abierto y húmedo. Roberto la miraba con detenimiento y esa mirada, a la par que le provocaba vergüenza, incrementaba en ella aun más el deseo.

_ Voy a por el pescado.

“¿Cuándo va a acabar esta tortura?” pensó la niña. Volvió su novio con un par de rodajas de mero en una fuente y sirvió una a Ester, reservándose la otra para él.

_ Eres realmente encantadora y preciosa. Me gustas mucho y te quiero. Come antes de que se enfríe.

Aunque tenía ganas de comer, no era precisamente el hambre el principal apetito que Ester necesitaba saciar; pero obedeció, desde luego, y tomo un pedacito de pescado acompañado de un trozo de pan bien mojado en la salsa. Para tratar de que no se notase demasiado su inquietud y dar muestras de suficiencia, se creyó en la obligación de iniciar una conversación banal e intrascendente, que hubiera sido normal y acomodada a cualquier otra ocasión, pero que precisamente aquél día resultaba poco menos que ridícula.

_ Está buenísimo, igual que el revuelto. La verdad es que cocinas de puta madre -Roberto pareció no hacerle caso:

_ Como ahora tienes la boca ocupada, no puedes seguir dándome el espectáculo de masturbarte la lengua. Pero quiero que te hagas una paja de verdad, tocándote el clítoris y el coño. Claro que para eso es mejor que te quites la braga...

El vino ya había causado su efecto en la chiquilla, de modo que aparentemente sin pudor se incorporó un poco en la silla y se bajó la braguita, quitándosela a continuación del todo y mostrándola a su novio como un trofeo. Mientras continuaba llevándose el tenedor a la boca con la mano derecha, la izquierda bajó entre sus piernas y un par de deditos localizaron el clítoris abultado y la chorreante entrada de la vagina. Comenzó a acariciarse lentamente. La excitación era tanta que tuvo que dejar de comer. Roberto se dio cuenta y le pidió que parase, mientras él traía el postre y el cava.

Sobre el negro chocolate que cubría la tarta de coco, se podía leer, escrito con nata: “Te quiero tía buena”. Sirvió un par de generosos trozos, descorchó la botella de cava, escanció y ofreció una copa a su novia:

_ ¿Por qué brindamos? – preguntó.

_ Por ti.

_ Por nosotros -bebieron hasta apurar completamente las copas. A esas alturas, Ester ya estaba bastante mareada, en esa situación tan agradable, previa a la borrachera, cuando el bebedor se encuentra completamente desinhibido y feliz.

_ Siéntate en el sillón, por favor tía buena. Quiero ver tu cuerpo desnudo mientras te comes la tarta.

Inmediatamente la chiquilla se levantó y tomando en una mano el plato y el tenedor, se sentó en el sillón, mostrando al caminar la esbeltez de su espalda, la firmeza de sus nalgas y la delicada forma de sus piernas. Continuó comiendo, sentada, mientras Roberto no le quitaba ojo. “¿Por qué hará estas cosas?” pensó la niña mientras terminaba su trozo de tarta.

Paradójicamente, aunque ella misma consideraba que aquellos juegos y aquella actitud no podrían ser calificados nunca como normales por las gentes de bien, se sentía tremendamente excitada ejerciendo como protagonista y centro de toda aquella parafernalia y de aquél interminable preámbulo que su novio, a no dudar, había urdido precisamente para ella. Una especie de ceremonia en la cual Ester era la actriz principal y única, mientras que Roberto atendía a la coreografía, la puesta en escena y la dirección. Pero la chiquilla sabía que la obra había sido compuesta pensando exclusivamente en ella, y eso le producía un grado tal de halago y satisfacción, que la hacía sentirse extremadamente feliz, deseada y dichosa, entregada, mirada y admirada: única.

_ Antes no pude verte bien, porque la mesa te tapaba, pero ahora quiero que ahí, delante de mí te hagas una paja, con una mano en el coño y otra en la boca, acariciándote el clítoris de abajo y el de la lengua, como te enseñé antes.

El hecho de verse observada en actitudes tan vergonzantes y que hasta hacía pocos momentos formaban parte únicamente de sus actividades más privadas, además de provocarle una enorme turbación le producía una excitación nueva y diferente. Una curiosa mezcla entre la vergüenza y el deseo, o quizá era precisamente eso lo que le ocurría: la humillación que sentía al ser consciente de que la estaban mirando en tan íntima actitud, despertaba aun más su excitación, de modo que podemos afirmar que el hecho de notarse observada y de saber que jugaban con ella, era lo que desataba en la chica los últimos lazos del recato y la precipitaba en las profundas simas de la entrega y el deseo.

Ester, venciendo el pudor, separó un poco las piernas y con el dedo corazón de la mano izquierda comenzó a acariciarse, arriba, abajo, arriba abajo, sintiéndose el bultito del placer muy duro y la entrada de la vagina completamente empapada y abierta. A la vez, metía un par de dedos de su mano derecha en la boca y los chupaba y se acariciaba la lengua con verdadera pasión y total entrega, queriendo que su novio disfrutase íntegramente del espectáculo y sintiéndose ella misma única protagonista del mismo. De pronto su respiración comenzó a hacerse más agitada y pensó que el orgasmo estaba llegando.

_ Para. -ordenó Roberto tajante- Vamos a la cama. –indicó a continuación levantándose de la silla donde había estado sentado durante la comida y desde donde había ordenado, presenciado y dirigido todo el excitante juego. Al ponerse en pie, la toalla cayó al suelo y un pene tremendamente erecto y desafiante apuntó en dirección a Ester. Aunque pareciera mentira, nunca antes habían estado los dos desnudos. Roberto la cogió de la mano, ayudándola a levantarse del sillón y la llevó hasta el dormitorio, en pos de él. La tumbó en la cama y él hizo lo propio, a su lado. La besó con fuerza y pasión en los labios, aspirando su lengua; bajó por el cuello hasta los pezones que lamió y chupo, arrancando suspiros de placer a la chica. Pero cuando comenzó a acariciarla “ahí”, suavemente, como ella misma lo hacía, le pareció a Ester que entraba en el paraíso. Para moverse mejor, Roberto se tumbó a su lado y cogiendo la mano de la chiquilla la guió hacia su pene, enseñándole los movimientos de vaivén correctos, con la frecuencia y la intensidad que a él le gustaban, a la vez que la mano masculina no cesaba de masajear, estrujar y frotar el clítoris y la entrada de la vagina.

El orgasmo se produjo, lento y largo. Pero al contrario de lo que ella misma acostumbraba a hacer, su novio continuó manipulándole el sexo hábilmente. Ester siempre se conformaba con una vez, cuando se masturbaba. Ni siquiera se le ocurrió nunca pensar en la posibilidad de obtener más de un orgasmo. Pero Roberto perpetuó sus sabias caricias y el segundo vino, violento, intenso, haciéndola gritar de placer. Pero tampoco entonces su novio desistió. Al contrario: aumentando la intensidad de los movimientos sobre el clítoris la tercera explosión de placer sobrevino, casi dolorosa, obligando a Ester a sujetar la muñeca de su novio mientras le suplicaba con ansiedad que se detuviera.

Durante todo este proceso, la chica se había olvidado de manipular correctamente el pene que tenía en su mano. Lo movía de vez en cuando, pero sus propias sensaciones le impedían concentrarse y atender a las que ella podía proporcionar al muchacho. Este, cuando comprendió que la chica ya iba bien servida, con un suave “ahora me toca a mí” dirigió de nuevo los movimientos de la mano, hasta que consideró que la frecuencia y la presión eran correctas. Permitió entonces que la muchacha continuase sola. Ester, con la cabecita apoyada en el pecho masculino, miraba como su mano subía y bajaba, acariciando la picha de su novio, mientras este, entre suspiros la dirigía diciendo: “así, así” o “más rápido” o “aprieta un poco más” hasta que ella supo perfectamente como tenía que hacerlo. Poco a poco, las piernas de Roberto se tensaban cada vez más y súbitamente el pene comenzó a escupir su blanco líquido que caía en chorretones entre los dedos de la chica y sobra la tripa del muchacho que gritaba de placer mientras sujetaba la mano de su novia.

Y eso fue todo. Ester quedó un poco frustrada porque continuaba sin entender en absoluto el motivo por el que su novio no terminaba de tomarla del todo, aunque, como ya queda dicho, se resignaba a ello sumisamente, e incluso se sentía satisfecha de estar capacitada para proporcionar al chico exactamente lo que él quería. La niña conjeturaba, probablemente con razón, que quizá ninguna otra chica fuera capaz de someterse de aquella forma y eso producía en ella una sacudida de orgullo, como diciendo “mira todo lo que soy capaz de hacer y a lo que renuncio, simplemente porque tú me lo pides, por tu amor y por tu satisfacción”. En su más recóndito interior se ufanaba de ello ante sí misma y además, de aquella entrega y aquellas actividades obtenía verdaderamente un placer profundo y reconfortante. Ni que decir tiene que la especial forma de sexo que habían practicado aquél día, se repitió a partir de entonces con una periodicidad de dos o tres veces a la semana, pero nunca quiso Roberto pasar a mayores, de manera que al cabo de un par de meses, la chica comenzaba a estar de nuevo desesperada y reincidiendo en su primitivo pecado, tornaba a requerir a su novio durante las sesiones de sexo, cada vez de forma más apremiante, que la penetrase al fin.

Por entonces era Ester una habilísima masturbadora. Sabía predecir con exactitud el momento exacto en que se iba a producir la eyaculación y le encantaba entonces detener sus movimientos sobre el pene, permitiendo que la excitación disminuyese, para reanudarlos de nuevo cuando ella consideraba que era el momento. Su novio le enseñó que la eyaculación llega poco después de que los testículos se separan en su bolsa, así que Ester sabía en que momento debía contenerse. Aquello resultaba sumamente gratificante para el muchacho que estaba consiguiendo su primer propósito, es decir, convertir a aquella estupenda chiquilla de pueblo en una experta en sexualidad masculina; o mejor aún: en una experta en el tipo de sexualidad que a él le resultaba satisfactoria, porque en honor a la verdad, para Roberto los deseos y necesidades de la muchacha siempre estaban en un segundo plano y subordinados a los suyos propios. Incluso pensaba que ella debería sentirse satisfecha simplemente porque él aceptaba su entrega y su sumisión, independientemente de que esto colmase en sí mismo los deseos sexuales de la chica y sus necesidades afectivas. Lo peor de todo es que para Ester las cosas eran realmente así, como su novio las imaginaba. Se sentía feliz simplemente por ser capaz de proporcionarle a él lo que de ella pretendía. Ya se sabe que en una relación sexual es necesario que se establezca una reciprocidad entre ambos miembros de la pareja, tanto en lo sexual como en lo afectivo, pues a los dos incumbe alcanzar y proporcionar un similar placer y cariño. En el caso de nuestra pareja protagonista era así en efecto, aunque no parezca verosímil, porque Roberto estaba poco a poco obteniendo de ella lo que quería con lo cual se sentía feliz, satisfecho y ufano mientras que la chica experimentaba similares sentimientos al ser consciente de que estaba capacitada para proporcionar a su novio exactamente lo que él demandaba y sabiendo ella que esa sumisión y entrega estaba al alcance de pocas mujeres, se sentía feliz por formar parte de tan privilegiado grupo. Pero a pesar de los pesares Roberto jamás consintió en pasar a mayores en aquél juego, pese a las demandas cada vez más insistentes de la chica para que su novio tomase más y más de su cuerpo, incrementando paulatinamente su nivel de exigencia para así darle a ella la oportunidad de manifestarle hasta que punto le amaba y hasta donde estaba dispuesta a llegar, solamente por complacerle. Sin embargo, si alguna vez la chica, inmersa en el frenesí de la excitación, reiteraba demasiado sus demandas y sus pretensiones llegando al fastidio y a la pesadumbre, su novio la castigaba privándola de todo tipo de sexo con él durante una semana; incluso de aquella mísera y particular actividad erótica que era su peculiar estilo de masturbarse a dúo. De esta manera, Ester callaba de nuevo y pacientemente volvía a esperar acontecimientos.

Sin previo aviso, como tenía por costumbre cuando se trataba de asuntos importantes que incumbían a sus relaciones sexuales, un día le dijo su novio que estuviese preparada, porque el siguiente sábado tendría con él una experiencia diferente. Ester enloquecía con todo aquello. Nunca entendió por qué Roberto no iba directamente al grano, pero la verdad era también que para ella saberse capaz de permanecer siempre expectante, intentando ir un paso más allá, sin llegar a adivinar lo que le esperaba al día siguiente o al otro le producía una profunda excitación. El chico se había convertido asimismo en un hábil masturbador, perfecto conocedor del cuerpo de su novia, era capaz de predecir las reacciones de ella a la perfección; así, llegó a considerarse habitual que Ester consiguiera dos orgasmos. Incluso algún día llegó a los cuatro, quedando siempre, en cualquier caso, plenamente satisfecha. Pero la chica entendía que necesitaba sentirse penetrada, le parecía que eso era la culminación de todo y el no va más de la entrega, aunque Roberto ya le había explicado que la verdadera cesión no era la de aquellas que se abren de piernas exigiendo su propio placer y consintiendo subsidiariamente en el de su amante. La entrega real y absoluta era la suya, la de Ester, que simplemente ponía su cuerpo al servicio de su novio, renunciando a cualquier cosa que no fuera satisfacerle. Roberto le decía que debería sentirse muy orgullosa de esa capacidad que la naturaleza le había otorgado, así como él lo estaba por haber tenido el privilegio de conocerla. En realidad el chico sabía cómo, por dónde y a qué ritmo debía ir incrementando el dominio sobre el juvenil cuerpo de su novia. Se creyó también en la obligación de explicarle que, al contrario de lo que ella pensaba, la penetración no resulta una práctica habitual y lógica, sino vulgar y aburrida, con poca clase y carente de imaginación. Ester asentía mirándole a los ojos, pero en su más profundo interior estaba deseando de que llegase al fin el sábado, porque no se imaginaba, a pesar de todo lo que él le decía, que después de lo que estaban haciendo cupiese otra forma de sexo que no fuese la penetración.

Roberto, por su parte, había juzgado que en el tira y afloja que mantenía con su novia en el terreno de las actividades sexuales, había llegado el momento del afloja y era ya necesario enseñarle algo más. Así que quedaron citados para el viernes por la tarde, pues la chica consiguió adelantar un día los acontecimientos, después de mucho rogar alegando que no podría dormir en aquél estado de expectación.

jueves, 3 de septiembre de 2009

III VALLADOLID






La ciudad a la que llegó el joven Marcos aquella desangelada mañana, no era todavía la Valladolid capital de Castilla y León, acaparadora de recursos y post industrial en que se convertiría andando el tiempo, sino una pequeña urbe provinciana, de poco más de ciento cincuenta mil habitantes que por aquellos años estaba construyendo demasiados barrios nuevos con excesiva prisa, escasa eficiencia y nula calidad.

La casualidad, como tantas veces, fue la que decidió que Marquiños estudiase en la capital castellana y no en cualquier otra parte. Después de haberse determinado irrevocablemente a marchar de su casa y de su ciudad y una vez alcanzado el acuerdo con su madre, su primera preocupación fue decidir dónde y cómo se matricularía. Su mente, extremadamente lógica y pragmática, con poco resquicio para la improvisación, estableció un orden de prioridades: lo importante era encontrar un alojamiento en algún lugar que contase con universidad y una vez resuelto esto, debería gestionar su matrícula, pues a él personalmente tanto le daba una población como otra, ya que el mero hecho de poder marcharse constituía en sí mismo un triunfo independientemente del lugar al que fueran a parar sus huesos. Y quiso el azar, que nunca descansa, que el hermano de un compañero suyo de instituto acabase de retornar a Santiago con su flamante título de Licenciado en Medicina y Cirugía bajo del brazo, título obtenido en la Universidad de Valladolid. Por mediación de este joven se puso Marcos en contacto con una pensión de estudiantes, una especie de casa de la Troya, pero en la capital del Pisuerga. La huéspeda le aseguró que le guardaría plaza en su casa para el siguiente curso y a partir de ahí, a través de la propia Universidad de Santiago, se matriculó en Valladolid en primero de Derecho. En la España de entonces este hecho era factible, pues el estado descentralizado o la autonomía de las Universidades era una entelequia: todas dependían del Ministerio de Educación y Ciencia y todo el poder y la capacidad de decisión estaba en Madrid. El muchacho realizó las gestiones necesarias derrochando paciencia y horas ante las ventanillas, pero al fin logró lo que pretendía: había encontrado, en la capital del Pisuerga, un lugar donde vivir por un precio no excesivamente disparatado y estaba matriculado en Valladolid.

Cargando con una maleta y un portamanteo y llevando de la mano una bolsa con la inscripción México 68 y los aros olímpicos, extraordinariamente cansado y medio dormido después de casi doce horas en el tren, alcanzó el bar de la estación y se sentó a tomar un café pues no juzgaba conveniente llegar a la pensión tan a deshora como lo era las cinco y media de la mañana y a pesar de que la patrona le aseguró por teléfono que no había ningún problema al respecto, decidió esperar hasta las siete por parecerle a él que esa hora, aunque tampoco excesivamente apropiada, al menos no resultaba tan intempestiva. Se sentó en una mesa y luego de dar cuenta del café y de los restos de un bocadillo, alcanzó el libro que había venido leyendo en el viaje, encendió un cigarrillo y se dispuso a esperar pacientemente. Sin embargo y a despecho de lo que solía ser habitual para él, le resultó imposible concentrarse. Disimuladamente escuchaba las conversaciones de los parroquianos, llamándole la atención la fonética, tan diferente a la que estaba acostumbrado a oír y a la suya propia. Juzgó que era un acento seco y nada dulce, quizá el correcto hablando en castellano, eso no lo dudaba, pues los expertos dicen que es precisamente en Valladolid donde con mayor corrección se habla el idioma de Cervantes, pero extrañaba a sus oídos el modo en que pronunciaban las vocales, tan cortas, de suerte que a no estar seguro de encontrarse en Castilla, le hubiera parecido que parlaban en algarabía. Escuchaba a ratos y leía otros, pero a poco más de las seis y viendo que se le cerraban los ojos sin remedio, salió del edificio de la estación, alquiló un taxi y dio la dirección de lo que iba a ser su nuevo domicilio en la calle Cárcel Corona. El coche arrancó con Marquiños en el asiento trasero haciendo esfuerzos por no dormirse mientras que sobre la antigua ciudad castellana amanecía.

Era uso del joven documentarse previamente a la visita a cualquier lugar, aunque fuera en viaje turístico de un día. Esta costumbre la mantuvo durante toda la vida, de forma que en ocasiones daba la sensación y así era en realidad, que él, como visitante, sabía más de la ciudad que los propios lugareños, pues suele ocurrir con frecuencia que nadie se preocupa de conocer lo que tiene cercano, imaginando que siempre habrá un momento adecuado para hacerlo. Así se tiene por cierto que hay gente que se muere después de recorrer medio mundo, pero desconoce su propio país. Nunca fue este el caso de Marcos, pues, como ya decimos, tenía por costumbre informarse con mucho pormenor sobre los lugares que iba a visitar y durante su vida tuvo la ocasión de conocer toda o gran parte de España. Si le parecía necesario recabar datos sobre cualquier población en la que iba a permanecer unas horas, podemos imaginar que cuando llegó a Valladolid, ciudad en la que esperaba vivir al menos cinco años, era capaz de dar una conferencia sobre la historia de la villa.

Vuelve a abrir aquí un paréntesis Vidueiras, para decir que este es el momento y la ocasión tan temida en que el autor de esta real y verdadera historia se remonta a nuestros primeros padres y al Génesis todo, dando al lector más enojo del que merece. Y dice el compilador de este nunca visto relato, que pudiera haber podado casi la mayor parte de lo que viene a continuación, pero si él se vio obligado a leerlo, es de la opinión que también debemos hacerlo todos, siguiendo la pérfida costumbre que tenía Lázaro de Tormes: métame yo en el charco si con ello se mete también el ciego. De modo que Vidueiras nos sentencia a leer el escrito original sin variar en él una coma. Cumplamos pues la condena esperando que la incomodidad pase prestamente sin producirnos enfado, porque pesadumbre nos la ha de dar, mal que nos pese. Y con resignación seguimos:

Así supo que la ciudad tiene su origen en una pequeña población vaccea, tribu celtíbera que hablaba alguna suerte de idioma de origen celta y que habitó cincuenta mil kilómetros cuadrados a lo largo de los cauces de los ríos Duero y Pisuerga (Dorius y Pisoraka), desde Soria hasta Zamora, allá por el siglo VII a.C. No se tiene constancia de que Valladolid fuera por entonces una ciudad importante como lo fueron Pallantia (Palencia) Tela (Tudela de Duero), Kauka (Coca) Pintia (Padilla de Duero), Amallóbriga (Tiedra), Arbukala (Toro), Lakóbriga (Carrión de los Condes), Interkatia (Montealegre de Campos) o Helmántika (Salamanca), pero está probado su comienzo vacceo. La controversia sobre el origen etimológico del topónimo ha durado años. Se manejaba, como más aceptado, valle de Olid, (haciendo mención a uno de los caudillos árabes que pasaron a la península en el siglo VII); pero también valle de los olivos, de difícil explicación, o incluso valle del sol, absolutamente indefendible. Sin embargo, descubrimientos realizados precisamente en la década de los sesenta vienen a corroborar la ascendencia vaccea, es decir celtíbera, del nombre: valles tolitum, que significa valle de las aguas. Toledo tendría el mismo origen etimológico celta romanizado.

Todas estas cosas había investigado Marcos invirtiendo horas en las bibliotecas de Santiago, pero en este momento no tenía más preocupación que pagar el taxi y conseguir arrastrarse él mismo, así como su bagaje, hasta poder dar con su cuerpo en un lugar aparente donde dormir. La huéspeda estaba recién levantada y le abrió la puerta vestida con bata a cuadros y pantuflas, estampándole un par de sonoros besos en las mejillas. Rosario era una mujer inmensa, tan cargada de carnes que solamente le faltaba tener buena voz para pasar por cantante de ópera. Tenía menos de cuarenta años aunque aparentaba algunos más, porque en su aspecto y forma de vestir no se mostraba juvenil precisamente. Era madre de tres hijos y esposa de un hombre menudo y flacucho, que abultaba la mitad que ella; su marido ganaba el sustento trabajando, siempre de noche, en una fábrica de conservas. Como el sueldo no era mucho y los hijos crecían comiendo y vistiendo, el día que el piso contiguo al suyo se puso a la venta, el matrimonio decidió comprarlo para establecer en él una pensión de estudiantes, aprovechando la situación del edificio donde vivían que no distaba más de diez minutos de cualquier facultad. Dicho y hecho: adquirieron la vivienda y abrieron una puerta para comunicarla con la suya propia. Realizaron en el nuevo piso las transformaciones pertinentes para pensionar en él al mayor número posible de chicos; de este modo, despojaron la cocina de todo su mobiliario propio y pusieron en ella un catre, convirtiéndola en dormitorio; otra cama en cada una de las alcobas pequeñas y dos en el dormitorio principal dieron como resultado que cinco jóvenes estudiantes universitarios vivían en setenta metros cuadrados y con un solo cuarto de baño, pues ni esta pieza ni el salón o comedor, sufrió modificación alguna. El no disponer más que de un aseo para tanta gente, conllevaba casi a diario conflictos a primera hora de la mañana, pero los chicos sufrían estas deficiencias con estoicismo, aunque no así la estricta norma de la casa que prohibía explícita y taxativamente visitas de personas de sexo femenino a deshora. Rosario amenazaba con la expulsión fulminante en caso de descubrirse tamaña fechoría, porque su casa era “una casa decente”. A pesar de tan severas medidas coercitivas, más de una vez los chicos se las ingeniaron para subir a las novias o amigas, colaborando entre todos para ocultar el delito a la huéspeda, siguiendo a pies juntillas aquella vieja máxima que dice “hoy por ti, mañana por mí”

Cuando Marcos conoció la distribución y posibilidades de la pensión, solicitó la habitación compartida, por resultar algo más barata que las otras y no estar su economía para dispendios. Pero ello no fue posible pues ya estaba ocupada por dos amigos leoneses que llevaban varios años estudiando juntos la misma carrera, de modo que el joven gallego tuvo que conformarse con un cuarto individual, situado a la entrada de la vivienda a la mano derecha del pasillo. Una cama de noventa con cabecero de haya, armario de dos cuerpos y mesa de noche a juego, un flexo sobre un bufete amplio y una silla de brazos componían la totalidad del mobiliario de la alcoba. Era “la mejor habitación de mi casa” según expresión que Rosario aplicaba a todas ellas.

El recién llegado depositó su equipaje en el suelo, pensando que ya tendría tiempo de ordenarlo adecuadamente; aceptó de buena gana el tazón de café con leche y los alcorzados que Rosario le ofrecía y pocos instantes después de meterse en la cama se quedó felizmente dormido, pensando que había iniciado la trayectoria de su nueva vida y que, como dice el refrán, un gran viaje comienza siempre por un pequeño paso.

Aunque era la primera vez que pisaba Valladolid, realmente conocía muchos de los pormenores históricos y actuales de la ciudad, por haber invertido el tiempo suficiente en averiguarlos. Así, sabía que en la Edad Media, las tierras que conforman la actual provincia quedaron completamente despobladas por haberse convertido en zona de guerra. Cabezón de Pisuerga continuó existiendo como pequeño reducto fortificado y cabeza de partido jurisdiccional y militar y cuando aquellas tierras volvieron a estar habitadas en el siglo XI, surgió una pequeña población, apenas una aldea, dentro de la jurisdicción de Cabezón. Ese es el origen de la actual ciudad de Valladolid.

En 1.072, Alfonso VI, rey de Castilla y de León, otorgó el señorío de aquella aldea a su ayo Don Pero Ansúrez, conde de Saldaña, con el encargo de repoblar la zona “usque ad flumen Pisoraca dicitur”, lo cual llevó a cabo el conde de muy buena gana como habitualmente se hacía por entonces, que era trayendo a algunos de sus propios vasallos desde el condado de Saldaña hasta sus nuevas posesiones en la margen izquierda del Pisuerga, ofreciéndoles pegujales y senaras con lo que se aseguraba la voluntariedad del traslado. El conde mandó construir también un palacio o castillo en el que establecería su residencia, así como una colegiata, cuyos restos se conservan al lado de la actual catedral herreriana. También dispuso el conde de Saldaña que se tendiera el primer puente que cruzó el río Pisuerga a la altura de Valladolid, el que hoy se llama Puente Mayor. De esta manera, la futura villa se convirtió en centro eclesiástico, burocrático y comercial

En el siglo XIII experimentó un rápido crecimiento destacándose de forma importante en el ámbito clerical y monumental. Alfonso X el Sabio celebró su boda con Dña. Violante en esta villa iniciándose desde entonces una serie de acontecimientos históricos: coronaciones, nacimientos de príncipes y matrimonios reales que dieron gran relevancia a la futura ciudad. Doña María de Molina, regente de Castilla durante la minoría de su hijo Fernando IV y posteriormente también de su nieto Alfonso XI residió en Valladolid y en 1.295 convocó Cortes lo cual proporcionó a la localidad un gran renombre y una singular importancia.

En el siglo XIV, el Estudio General de Valladolid (que funcionaba desde el siglo XI dependiendo de la Universidad de Palencia), se transformó a su vez en Universidad por privilegio pontificio. Poco después se le añadieron los Colegios de Santa Cruz y San Gregorio, verdaderos focos de cultura. Todavía por entonces no existía el concepto de capital propiamente dicho, pues los monarcas eran excesivamente itinerantes y el poder residía en el lugar donde se encontrasen en aquel momento los reyes. Pero en el siglo XIV fue Corte y residencia real en múltiples ocasiones, llenándose de palacios y casas blasonadas. Valladolid sobrellevó a partir de entonces un gran influjo social y cultural del clero.

En 1442 se asentó en la villa permanentemente lo que se conocía como Real Chancillería que verdaderamente era una Audiencia con poder equivalente a lo que hoy conocemos como Tribunal Supremo y representaba la última instancia judicial de los reinos de Castilla, León y Galicia. Dicha trascendental y poderosísima institución tuvo su sede a partir de 1485 en el Palacio de los Vivero. En esta casa se había celebrado casi de manera clandestina y en 1469, el matrimonio de los Reyes Católicos. Durante el siglo XV Valladolid llegó a ser la capital política de la Monarquía y aunque en esa época, como ya hemos dicho, no se tenía en cuenta el concepto actual de "capital", la ciudad pasa a ser un importante centro de poder gubernamental y administrativo y se convierte en la segunda urbe más populosa del Reino, después de Sevilla. Fue además una de las primeras poblaciones de España en poseer una imprenta.

Todas estas cosas había averiguado Marcos Laxe, dejándose muy a gusto las pestañas y parte de su tiempo en diversas bibliotecas de Santiago, así que podemos afirmar, como ya hemos tenido ocasión de decir, que llegaba a la capital castellana con unos conocimientos sobre la historia y circunstancias de la ciudad, muy superiores a los que podían tener la mayoría de los propios vallisoletanos. Su primera mañana a orillas del Pisuerga la pasó durmiendo, ya que despertó casi a mediodía, llamó a su familia para decirle que había llegado bien y después de asearse convenientemente comió con apetito lo que Rosario le sirvió. Todavía no habían llegado el resto de los que iban a ser sus compañeros de piso, pues propiamente no comenzaba el curso hasta pasados unos días, pero Marquiños, de propio intento, había juzgado oportuno incorporarse algunas jornadas antes para disponer de tiempo suficiente que le permitiera entran un poco en contacto con la ciudad, tomarle el pulso, localizar la Facultad de Derecho y pasear por sus calles. Comió bien, viandas sencillas pero adecuadamente aderezadas, dos platos y postre lo suficientemente abundantes como para matar el hambre de un joven sano de apenas diecisiete años, un metro noventa de estatura y casi ochenta y cinco kilos de peso; lo cual no es decir poco, porque nunca fue Marcos parco en el comer pues, como ya iremos viendo, de los siete pecados capitales solamente cayó en la lujuria y en la gula; sin embargo lo hizo con nulo propósito de enmienda y con tal frenesí y reiteración que bien podemos decir que esos pecados sirvieron por los otros cinco.

Levantados los manteles se dedicó con los cinco sentidos a la tarea de ordenar su habitación, deshaciendo el equipaje y colocando las cosas en su sitio. Decimos con los cinco sentidos porque el propio Marquiños era consciente de que la disposición y colocación de sus objetos que estableciese en aquel momento no iba a variar nunca mientras viviese en aquella casa y utilizase aquella habitación, por lo tanto resultaba de suma importancia que las decisiones que ahora adoptase fueran las correctas, de modo que cada uno de sus adminículos y ropas estuviera almacenado en el lugar más adecuado y no en otro cualquiera. Desde su época de interno y hasta su muerte, conservó una obsesiva pasión por el orden, de modo que resultaba para él insufrible ver sus cosas fuera de los lugares que previamente les había asignado. El orden en la distribución y colocación de los objetos genera una actuación más rutinaria en quien los utiliza, cosa absolutamente imposible si en cada ocasión un artículo de uso cotidiano se encuentra en un lugar diferente al que estaba en la ocasión anterior. Y como a la rutina llaman Marcos Laxe, resultaba imprescindible para él el orden. Una vez decidida la ubicación de cada objeto, de cada libro y de cada utensilio, el joven establecía con su entorno una relación inamovible, pudiendo transcurrir años sin que jamás, salvo causa imponderable de fuerza mayor, se alterase esa distribución. A cambio de este estricto sentido del orden nunca tenía que buscar las cosas, pues pensaba que el tiempo que las personas dedican a localizar aquello que no colocan donde deben, es preferible invertirlo en otras actividades más interesantes o lucrativas, sin mencionar la desazón y el incomodo que produce la necesidad de utilizar un objeto unida a la imposibilidad de localizarlo. Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, se tiene como el mandamiento decimoprimero en el decálogo personal de Marcos Laxe y el decimosegundo podría ser quédese todo como está, pues el cambio, en cualquier sentido, acaba con la rutina y este acabamiento siempre generó en Marcos inseguridad, al menos hasta que lograba establecer una nueva rutina dentro de un nuevo orden.

Cuando hubo rematado minuciosamente aquella tarea salió a la calle, tomando a mano derecha, pues en aquella dirección, según Rosario le había explicado, se encontraba el centro de la ciudad, para llegar al cual tenía que pasar por delante de la Universidad donde estaba resuelto a estudiar y culminar su carrera. A pocos metros del portal se encontró con un edificio de cierta importancia que resultó ser la casa donde murió Cristóbal Colón.

El siglo XVI supuso para Valladolid una época dorada. Se convirtió la ciudad en un centro mercantil y artesanal importante con una gran actividad en las artes. Llegó a ser prácticamente capital del mundo hispánico y sede del Consejo de Indias, lo cual por entonces significaba la ciudad más poderosa del mundo; acontecieron en ella toda clase de eventos trascendentales: muerte de Cristóbal Colón, firma de las capitulaciones de Magallanes antes de dar la vuelta al mundo, entrevista de Juan Sebastián Elcano con el emperador Carlos para darle cuenta y noticia de su trascendental viaje y nacimiento del futuro Felipe II que daría el título de ciudad a lo que hasta el momento era villa y que trasladaría la corte a Madrid a final del siglo. En el XVI se creó también el obispado y la vieja colegiata fundada por Don Pero Ansúrez se convirtió en catedral.

Un acontecimiento desastroso de este siglo fue el gran incendio que destruyó todo el centro urbano. Después de esta calamidad se construyó la plaza Mayor, siendo su trazado el que sirvió de modelo para futuras plazas en otras ciudades, entre ellas Madrid.

La tarde era más bien calurosa para lo que Marcos estaba acostumbrado a vivir a finales de Septiembre, pero ya Rosario le advirtió que, si pensaba regresar entrada la noche, debería llevar consigo alguna prenda de abrigo, pues ya se sabe que en Valladolid nueve meses de invierno y tres de infierno, aunque otros dicen que en la capital del Pisuerga solamente hay dos estaciones: el invierno y la del tren. Tomó complacido el consejo y llevando una chaqueta al brazo paseaba nuestro protagonista por la plaza del Museo, admirando la fachada del Colegio de Santa Cruz y a través de la calle de Las Librerías llegó a la plaza de la Universidad y pudo contemplar, por vez primera, la fachada churrigueresca de lo que iba a constituir su centro de estudios en los próximos cinco años, pues aunque en contadas ocasiones admitía Marcos la posibilidad de que su carrera se alargase algún año más, normalmente estaba convencido de que le sobraban capacidad y ganas para terminarla en el tiempo previsto.

En el siglo XVII, en 1601, la Corte se traslada de nuevo a Valladolid, a instancias de Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y duque de Lerma, quien ostentaba la privanza de su Católica Majestad Don Felipe III. El duque, por su cargo como ministro vivía siempre donde se hallaba el rey; al principio de su mandato este lugar era Madrid, pero en 1601 consiguió que el monarca accediera a trasladar la corte a Valladolid que por entonces era una ciudad muy importante con cerca de 80.000 vecinos y 15.000 casas (el promedio por aquella época era de 10.000 a 15.000 habitantes). El duque efectuó una magistral operación inmobiliaria seis meses antes del traslado, comprando propiedades e invirtiendo en su propio beneficio. Es lo que modernamente se conoce como especulación, tráfico de influencias e información privilegiada. Algunas de estas propiedades, como la llamada Huerta de la Rivera, se la vendió años después al rey, pocos meses antes del regreso de la corte a Madrid. Compró también un palacio a los herederos de Don Francisco de los Cobos, edificio que vendió al año siguiente también al monarca y que fue convertido en palacio real y ya en el siglo XX en sede de la Capitanía General de la VII Región Militar.

El regreso de la corte de Felipe III a Madrid en 1606 se hace también por la influencia y los consejos del duque de Lerma. Los historiadores piensan que este regreso estaba preparado de antemano y que el duque nunca tuvo la intención de abandonar por completo Madrid. Se sabe por los documentos que se conservan que ya en 1603 existen ciertas maniobras y acuerdos entre el alcalde de Madrid y el duque.

Pero durante los seis años en los que Valladolid fue residencia real se engrandeció la ciudad y se construyeron lugares tan emblemáticos como la plaza de San Pablo y la Huerta de la Rivera (Huerta del Rey), con jardines y plantaciones.

También en el siglo XVII y en estos años de traslado de la Corte tiene lugar la llegada de Cervantes y su familia, que se afinca en esta ciudad en una casa recién edificada de la calle del Rastro.

Tras el traslado definitivo de la Corte a Madrid, en 1606, Valladolid inicia su declive y decadencia que se mantiene durante todo el siglo XVIII. En el XIX, con la llegada del ferrocarril y el establecimiento de multitud de pequeños talleres subsidiarios del mismo además de una regular industria harinera, comienza de nuevo a levantar cabeza la ciudad. En los terrenos ocupados por el convento de los Agustinos Recoletos se edifica por entonces la avenida que hoy se conoce con el nombre de acera de Recoletos para establecer en ella las residencias de la naciente burguesía, que ya no era agraria como lo había sido hasta entonces, sino vinculada a las nuevas industrias. En los terrenos conocidos como Campo de Marte, que en la Edad Media fueron palestra y durante demasiados siglos palenque utilizado como quemadero de los herejes condenados por la Inquisición, se plantó el precioso jardín romántico conocido con el ostentoso nombre de Campo Grande y pensado como lugar de esparcimiento para los nuevos burgueses que vivían enfrente.

Pero no fue hasta la década de los cincuenta del siglo XX cuando la ciudad despertó verdaderamente de su letargo. El establecimiento en Valladolid de uno de los llamados Polos de Desarrollo por el gobierno tecnócrata franquista que en 1.959 acabó con la autarquía y con los sueños imperiales del régimen, propició la llegada de una pléyade de industrias. La multinacional francesa Renault erigió en la capital castellana varias factorías que producían miles de automóviles al día, constituyéndose en la empresa más importante que jamás ha tenido Castilla. Pero también ENDASA, TAFISA, NICAS y otra hornada de pequeñas industrias y talleres subsidiarios de ellas encontraron ocasión de prosperar al lado del Pisuerga. Todo lo cual propició la llegada de miles de emigrantes del resto de la región, a los cuales había que proporcionar vivienda, con lo cual se comenzaron a construir barrios enteros a las afueras con cientos de edificios de escasa calidad, hechos a toda prisa, sin ningún control y desprovistos muchos de ellos de las condiciones mínimas de habitabilidad que supuestamente debería cumplir cualquier vivienda edificada a finales del siglo XX, pero que llenaron los bolsillos de los especuladores. Sin embargo el centro de la ciudad se mantuvo más o menos intacto, de forma que nos encontramos con una población de origen y estructura medieval, rodeada por un sinnúmero de barrios nuevos, pero decadentes desde su nacimiento.

A Marcos Laxe, acostumbrado a Santiago, le pareció que Valladolid estaba a medias, es decir, que alguien no había terminado todavía su tarea. Faltaban puentes sobre el Pisuerga y túneles bajo las vías del tren, escuelas, centros médicos, comercio… La población se duplicó en diez años, pasando de los 90.000 habitantes censados en 1.958 a los 200.000 que figuraban en el censo de 1.972. La decadencia de la ciudad había sido de tal magnitud y duración que a finales de la década de los cincuenta del siglo XX contaba solamente con diez mil habitantes más que en 1.601, año del lucrativo traslado de la corte a la capital del Pisuerga propiciado por el duque de Lerma: en trescientos cincuenta años únicamente había diez mil vallisoletanos más. En la ciudad a la que llegó Marquiños todo era escaso e insuficiente, pues el crecimiento desmesurado de la población no se había planificado y quizá tampoco se había previsto.

Pero a tales tiempos tales tientos, y no había más que resignarse. Al fin y al cabo, por propia decisión estaba Marcos donde estaba y era preferible buscar el lado bueno de las cosas que empecinarse en el malo, porque cada lugar, cada persona y casi cada objeto, tienen su lado positivo que aprovechar. Pasó las jornadas previas al inicio del curso recorriendo la urbe, de modo que cuando se incorporaron sus compañeros de piso era capaz de identificar casi todas las calles del centro histórico y comercial, así como las avenidas o los lugares más importantes.

Una vez inaugurado el nuevo curso y comenzadas las clases Marcos se matriculó en un gimnasio al que acudía tres veces por semana y se sumergió en el estudio a tiempo completo, sin dedicar apenas una neurona a otra cosa que no fuera el Derecho Romano de modo que entre esa peculiar forma de ser y la escasez de medios económicos llevaba una vida casi cartujana. Porque el joven Laxe era tan responsable y sufría un nivel de auto exigencia tan extremo, que le parecía una pérdida de tiempo cualquier otra cosa que no fuera estudiar y asistir a clase. No tuvo problemas serios de convivencia con sus compañeros de piso, si bien es cierto que realmente nunca convivió con ellos: comían y cenaban juntos, pero Marcos jamás compartía salidas nocturnas, rondas de vinos, discotecas ni cosas parecidas. Siempre tenía que estudiar y nunca tenía dinero.

Además su mente estaba de tal modo enfrascada y sumergida en el estudio que incluso cualquier actividad o circunstancia la relacionaba inmediatamente con la materia que estaba tratando de memorizar en aquél momento. Si alguien tenía cuarenta y dos años, Marcos pensaba: Art. 42: La promesa de matrimonio no produce obligación de contraerlo ni de cumplir lo que se hubiere estipulado para el supuesto de su no celebración. No se admitirá a trámite la demanda en que se pretenda su cumplimiento. El pequeño de Rosario, la huéspeda, acudía a la catequesis para prepararse a recibir la Primera Comunión. El niño estudiaba el Catecismo en voz alta, con gran incomodo del estudiante de derecho. Si el chaval decía, por ejemplo, que la eucaristía era un sacramento, a Marquiños le venía a la cabeza la legis actio sacramento, que era un modus agendi de tipo general, que se aplicaba en los casos en que no había una acción específica prescrita. Tenía dos modalidades: la legis actio sacramento in personam y la legis actio sacramento in rem. Y con ocasión de un partido de balonmano en que el equipo local perdió por 10 puntos contra 35 la mente del joven alumno de derecho trasladó velozmente ese resultado a sus propios desvelos pensando: Art. 1.035 El heredero forzoso que concurra, con otros que también lo sean, a una sucesión, deberá traer a la masa hereditaria los bienes o valores que hubiese recibido del causante de la herencia, en vida de éste, por dote, donación u otro título lucrativo, para computarlo en la regulación de las legítimas y en la cuenta de partición. De este modo Marcos se encontraba enfrascado y absorbido por sus estudios, vivía por y para aprender Derecho y cualquier otra actividad la calificaba como circunstancial y subordinada a su obligación perentoria de aprobar las asignaturas con calificación brillante.


Doña Carmen le enviaba mensualmente la cantidad que habían acordado y le llamaba por teléfono cada tercer o cuarto día dándole cuenta de las novedades e interesándose por las de su hijo. El chaval apenas contaba nada sobre él; con el mayor cariño preguntaba siempre por su hermana limitándose por lo demás a decir que se encontraba bien y que no hacía cosa ninguna aparte de estudiar y asistir a clase, como así era en efecto. Y esta fue su vida, con insustanciales variaciones, durante los cinco años de carrera, pues desde luego Marcos Laxe obtuvo su licenciatura en Derecho en el tiempo previsto.

Pero ya en primero su falta de solvencia económica llegó a tal punto que se dio cuenta de que no podría sobrevivir de ningún modo, por muchas restricciones que se impusiese, con la asignación que le enviaba su madre. Y así, ni corto ni perezoso buscó un trabajo y encontró la posibilidad de desempeñarse como camarero los sábados y domingos en un conocido restaurante y también algún otro día si era el caso de que se celebrase una boda. No desaprovechó la ocasión y con aquello redondeó un poco más su presupuesto, pero a cambio eso le supuso menos tiempo para estudiar, de forma que era raro ver la habitación de Marcos con la luz apagada cualquier día antes de las dos de la mañana.

Las vacaciones de Navidad y Semana Santa las pasaba en Santiago, con su madre y su hermana. En verano, aprovechando el despegue del turismo en Galicia y su experiencia como camarero, trabajaba un par de meses en cualquier restaurante de la costa, normalmente en alguna población de las Rías Baixas, donde le daban alojamiento, manutención y salario a cambio de explotarle sin compasión doce horas diarias. Pero como por su esfuerzo, capacidad y voluntad nunca dejó asignatura alguna para Septiembre, empleaba el verano en ganar lo suficiente para no pasar demasiadas estrecheces durante el curso y así, a partir de segundo, entre la asignación de Doña Carmen, el trabajo de fin de semana en Valladolid y el de verano en las Rías Baixas, podemos decir que Marcos, sin ser un potentado, disponía de más efectivo que la mayoría de los estudiantes de entonces, que estaban sujetos simplemente a las propinas horras que sus padres querían darles, aunque a cambio no se veían forzados a trabajar.

Y con estas y otras cosas de menor cuantía llegamos al momento del fin y culminación de su carrera, feliz suceso que aconteció en Junio de 1.978. Unas semanas antes de que terminase el curso y presuntamente la carrera, recibió una carta de le Jefatura de Personal de la empresa FASA-RENAULT, la multinacional francesa que llevaba quince años fabricando coches en Valladolid. En ella se le hacía saber al joven y brillante alumno que ante la pronta culminación de sus estudios, la compañía, que tenía conocimiento de sus altos rendimientos académicos, estaría muy interesada y feliz si el nuevo abogado quisiera colaborar con ella.

No desaprovechó por supuesto Marcos la oportunidad que se le presentaba de obtener un trabajo aun antes de finalizar los estudios. Desde luego que ese era el premio a todas sus Matrículas de Honor, sus muchos Sobresalientes y algún Notable. Respondió cortésmente a la misiva adjuntando su número de teléfono y otro día recibió una llamada de alguien de la empresa con quien concertó una entrevista a la cual acudió un emperifollado Marcos Laxe, tres semanas antes de finalizar el curso y por lo tanto de obtener su título de Licenciado en Derecho.

Resumiendo y para no aburrir al lector, diremos que en Septiembre de 1.978, con un poco menos de veintitrés años, el joven abogado, que lo era desde hacía dos meses, se incorporó a la asesoría jurídica de la empresa FASA-RENAULT con un salario de veinte mil pesetas mensuales más tres pagas extraordinarias. Por entonces, el sueldo medio en España era de ocho mil pesetas al mes.

Ni que decir tiene que aquella incorporación supuso un cambio drástico en su vida. Abandonó para siempre su trabajo como camarero; la casa de Rosario, donde había vivido cinco años, pasó a formar parte del recuerdo y se acabaron también sus estrecheces económicas. Alquiló un piso en una zona elegante pero no demasiado cara, pues estaba determinado a vivir solo aunque ello le supusiera la incomodidad de tener que ocuparse de los bastimentos, la limpieza y la preparación de la comida. En cualquier caso el sueldo era suficiente para todo y entonces sí, por primera vez en su vida, Marcos conoció el auténtico libre albedrío que proporciona la independencia económica y resolvió no perderla nunca, pues el sabor del la libertad era tan dulce, que con razón se dice que solamente hay tres cosas por las que uno puede poner la vida en riesgo al tratar de defenderlas: la patria, la libertad y la honra.

A quien haya tenido la paciencia suficiente como para seguir con detenimiento este relato no le podrá extrañar saber que Marcos tampoco congenió con sus colegas y compañeros de trabajo. Serio, triste y retraído ocupaba todos sus esfuerzos en tratar de sacar adelante con brillantez los asuntos que se le encomendaban, dirigido por su jefe, persona veterana en la empresa y experimentada en lides jurídicas de contenido social y económico. El tiempo libre lo dedicaba a la lectura, como era su costumbre desde que aprendió a leer. Al año siguiente se compró un cochecito de segunda mano y con él descubrió una de sus pasiones latentes: la caza.

Marcos tenía un compañero, gran aficionado a las actividades venatorias, buen tirador y criador de perros que pasaba la vida hablando de perdices, codornices y liebres, relatando lances de caza, ojeos, comportamiento de los perros, perchas, éxitos y fracasos. Marcos prestaba más atención a eso que a cualquier otra conversación y un día decidió que él iba a probar aquello de la caza. Hombre prevenido y acostumbrado por naturaleza a planificarlo todo determinó que antes de nada era menester aprender a manejar la escopeta, a tirar y a afinar la puntería, para lo cual se inscribió en el único campo de tiro que existía en Valladolid, ubicado en el paraje conocido por el nombre de Alto de San Isidro. Inexplicablemente para él, descubrió que en cuanto le pusieron una escopeta en la mano, sin haber disparado antes nada más que las de perdigones, tomó los puntos con rapidez e hizo blanco. Por si tal circunstancia se debiera exclusivamente a la buena suerte, el instructor le pidió que repitiera y así lo hizo el alumno con similar puntería en cuantas ocasiones se lo solicitaron. Visto lo cual comprendió el joven letrado que no era necesario que nadie le enseñase a manipular una escopeta, pues aparentemente ya sabía él manejarla de forma innata. Sacó la licencia de armas y la de caza, compró una Sarasqueta de cañones paralelos, se apuntó al coto de su compañero, que tenía alguna plaza libre y una madrugada de Domingo del mes de Noviembre salió al campo, llegándose al cazadero que era un lugar situado en plena Tierra de Campos, entre las provincias de Valladolid y Zamora.

Por supuesto que aquel día no mató nada, ni siquiera vio pelo o pluma, pues cazaba solo, sin perro y sin conocer el terreno. Pero no se rindió el joven letrado y así, cada sábado y cada domingo de los meses en que estaba abierta la veda, se pateaba el coto, pero como siempre iba solo y sin perro que le ayudase, la mayoría de las veces simplemente paseaba la escopeta; pues enseguida advirtió que aquello de regresar con una docena de perdices ensartada en la lercha, era bastante más difícil de lo que en principio parecía y lo juzgó imposible sin la compañía y el servicio de un perro.

Otra circunstancia trascendente que le ocurrió por entonces fue su matrimonio. Conoció a una muchacha, algo más joven que él y a los veinticuatro años se casó cuando su esposa contaba veintiuno. Si el lector curioso preguntase ahora si Marcos estaba enamorado, el escritor sincero debería responder que no, en absoluto. Pero estaba cansado de vivir solo, le producía una gran tristeza llegar a casa y que nadie respondiese a sus buenas tardes; la chica trabajaba, gozaba de independencia económica y no estaba de mal ver, con lo cual consideró Marcos que era la candidata ideal para permitirle seguir haciendo lo que quería, pero acompañado. Abandonó el piso en alquiler y adquirió uno en propiedad, a medias con su mujer y con el banco.

Continuaba asistiendo al gimnasio desde que comenzó la carrera y continuaría así durante toda su existencia, mientras la salud no se lo impidió; su devoción por la lectura y la música clásica tampoco disminuyeron ni un ápice a lo largo de su vida; pero ahora en lo que estaba interesado de verdad era en la caza. Y como decidió que no quería compartir nada con sus compañeros de coto ni con los de trabajo y en resumen, con nadie en el mundo, siguió intentándolo él solo, con resultados mas bien nefastos, pues únicamente mataba algo un día si y otro no. Pero como era persistente, que es un eufemismo para llamarle testarudo, se negaba a comprar un perro para encerrarle en un piso y tantas ganas tenía de integrarse en un grupo como de que lo llevara el diablo. Quería aprender él por su cuenta, pues ya sabemos que desde niño fue Marcos incapaz de llevar a cabo cualquier empresa conjuntamente con sus semejantes.

Pero la buena fortuna vino en su auxilio. Un día en que andaba levantando codornices en las lindes del coto, siguiendo un regato sin cuidarse mucho de donde pisaba, por un mal paso se mancó en el calcañar. Un viejo pastor que desde lejos había contemplado el percance le auxilió, colocándole una bizma que para sus propias emergencias llevaba en el zurrón. Entablaron conversación y Marcos quedó prendado de la personalidad de Goyo, que este era el nombre del rabadán. De edad de hasta sesenta años, tan alto como ancho, vestido con zamarra y pantalón de pana, cubierto con una gorra de visera, protegidos los ojos con gafas de sol y calzado con botas de campo iba acompañado de un par de perros y un burro. Goyo llevaba siempre entre los labios un cigarrillo de picadura, a veces apagado y otras encendido, que él mismo se liaba de cuando en vez. Profundo conocedor del campo, de los animales y sus costumbres, había vivido toda la vida a expensas de las ovejas y la caza, empezando como zagal, al servicio de los ricos de su lugar y acabando ahora dueño de varios hatos que conformaban un rebaño de cientos de cabezas. Le contó a Marcos que era un poco algebrista y que de su propia mano componía un diaquilón si tenía tumores, un electuario para los males de vientre y hasta se ensalmaba a sí mismo; pero eso de ir a un hospital o a consulta o llamar al médico ¡abrenuncio! De modo que en su casa nunca hubo menester de doctor ni albéitar ni para él, ni para su oíslo ni para sus cinco hijos y ni siquiera para el ganado, que a todos les había bastado con las bizmas, diaquilones y electuarios que el propio Goyo preparaba con hierbas que él conocía. Porque tanto era capaz de despertar a una oveja modorra como de conseguir que una mañera quedase preñada o curar los catarros y diarreas que ocasionalmente habían padecido sus hijos. Y hasta a su mujer le había compuesto un bálsamo especial cuando se opiló, pues según él mismo tenía observado, la hembra, cuando se opila, se vuelve nerviosa. Y todo esto le contó a Marcos para darle confianza en sus conocimientos terapéuticos, sin darse cuenta de que, en cualquier caso, se veía el joven letrado obligado a solicitar su auxilio por ser la única persona visible en tres leguas y tanto le daba que fuese pastor como el mismo Galeno reencarnado.

Pero como de bien nacidos es ser agradecidos y en la cortesía siempre es preferible pecar por demasía que por escasez, le regaló Marcos la mitad de su percha que aunque escasa, porque no contaba ni con una docena de codornices, era todo lo que tenía y ya se sabe que a quien da lo que tiene no se le puede pedir más. Además abrió la mochila y sacó de ella una botella de Protos crianza que traía envuelta en una funda de hielo. Goyo extendió su centón que hizo de mantel y abriendo el zurrón extrajo de él una hogaza de pan y un queso entero que dijo que fabricaba él mismo con la mejor leche de sus ovejas. Se partió el pan y se encetó el queso, con lo que los dos merendaron conversando muy a su sabor en tanto la bizma hacía su efecto en el pie del letrado.

Le contó Goyo que aquella era zona de avutardas, esas portentosas aves a mitad de camino entre la gallina y el avestruz. La avutarda es el ave más grande de Europa y una de las mayores del mundo capaces de volar. En la época de celo, que es a primeros de marzo, el macho ahueca las plumas y se pasea, ufano y desafiante, como recién salido de una secadora industrial. Es ave protegida por escasa, aunque Marcos había visto ya algunas durante sus largos paseos por el cazadero. Pero donde realmente son relativamente abundantes es en las Lagunas de Villafáfila. Allí, como han perdido el miedo al depredador bípedo y con escopeta, puede observárselas con relativa facilidad durante todo el año. Y en aquella su primera conversación sobre avutardas le dijo Goyo a Marcos que él recordaba tiempos, hacía ya casi cuarenta años, en que se cazaban, porque aunque son difíciles de localizar, en la época del celo la urgencia del amor, como a tantos otros seres incluidos los humanos, las ciega y les hacer perder la compostura y su natural huidizo y mimético porque precisan llamar la atención de las hembras aun a costa de su propia vida. Entre las avutardas, los urogallos y otras aves, morir de amor tiene, a veces, un sentido literal. Pero le dijo el pastor que cuando su difunto padre mataba una, tenía la familia la comida asegurada por tres días y que antes están las personas, hijas de Dios, que las bestias del campo.

De todo esto y otras muchas cosas hablaron Marcos y Goyo aquella atardecida, pero se planteaba el problema de cómo se trasladaría el letrado hasta su vehículo, teniendo en cuenta que su pie no estaba muy a propósito para caminar. El alma caritativa de Gregorio le ofreció su pollino diciéndole:

_ Ya ve usted que es un burro muy majo, es overo, muy guapo. Se lo compré a un tratante en Zamora y me sirve de mucho para salir al campo, porque yo ya he andado todo lo que tenía que andar en la vida. Aunque al animal hay que cuidarle, no vaya usted a creer, que yo no le saco cuando llueve y hay que guardarlo si hace mucho frío y pasarle la almohaza… Bueno, pues lo que es un burro que es que hay que tener conocimiento de estas cosas. Pero le llevará a usted hasta el coche o hasta mi casa si me acepta la invitación. Y ya verá el día que yo engalane a mi pollino que le aderezo con unos jaeces y una enjalma de fustán que está como un pincel.

Marcos agradeció sinceramente el ofrecimiento de Goyo, pero le dijo que con llevarle hasta el coche ya era ayuda suficiente y que la invitación para ir a su casa se la reservaba para otro día, porque pensaba visitarle y obsequiarle para agradecerle sus atenciones y desvelos. Y a esto respondió Goyo:

_ Pues si es cierto que usted quiere agradecerme algo, lléveme de caza con usted, que yo no tengo plaza en el coto y es muy buen cazadero que todos los de mi pueblo hemos cazado en esas tierras siempre y uno lleva la escopeta en la sangre, con que hecho yo a faltar el vuelo de las perdices. Y aunque mi vista ya no es muy buena, me gustaría tomar los puntos a algún perdigón y aunque sea tirar unos cohetes. Porque yo salgo con el ganado más por entretenerme que por necesidad, con que si tengo algo mejor qué hacer le digo al zagal que se encargue de este hato.

Le juró Marcos por lo más sagrado que el siguiente fin de semana saldrían a cazar juntos y que le buscase donde posar en su pueblo, pues pensaba quedarse a dormir allí el sábado para mejor aprovechar el tiempo. A lo cual respondió Gregorio que él y su mujer estarían muy honrados de que se quedase a dormir en su casa.

Así comenzó una amistad que duró muchos años. Con frecuencia pensaba Marcos que en lo relativo a los asuntos del campo y de la caza, él era el Pequeño Saltamontes y Goyo el Anciano Maestro, pues todo lo que llegó a conocer el letrado sobre perdices, conejos, liebres, codornices, chochas, patos y toda la fauna castellana se lo debe a Goyo. También le ilustró acerca de las hierbas y matorrales que crecen en los páramos, en las lindes y en los tesos, bajo las encinas y entre los pinos; especies totalmente desconocidas para el joven, que el único campo del que tenía noticia era el de Laxe, al borde del Atlántico, completamente diferente en flora y fauna a las estepas terracampinas. Y además, por si fuera poco, con Gregorio aprendió Marcos a hablar castellano, el verdadero y genuino idioma de Cervantes que se conserva únicamente en los propios libros de Don Miguel y que aun pervive en el hablar común de la gente de cierta edad en Castilla, Nos estamos refiriendo al idioma auténtico, aquél que emplea al menos tres mil palabras de las cinco mil de que consta, teniendo en cuenta que un joven de hoy utiliza ochocientas.

Y fue el caso que el fin de semana siguiente, conforme a lo prometido, se llegó Marcos muy de mañana al pueblo de Goyo, que ya le estaba esperando con su escopeta y su gozque que él decía que era perdiguero y de buenos vientos. Llevaba a cuestas un morral provisto de todo género de bastimentos y sin apenas dar tiempo a que el letrado descendiera del coche ya le estaba apremiando para que le siguiera al ejido, tanta era su necesidad de bajar algún pájaro. No se hizo rogar Marcos y ambos amigos, pastor y abogado, con la escopeta preparada y el perro a los pies comenzaron a patear el cazadero.

Subieron una pequeña varga entre hazas de alcacer que daban una engañosa sensación de frescor, porque el día prometía ser caluroso, quizá alcanzasen los temidos cuarenta grados, aunque Marcos esperaba que para entonces estuvieran guarecidos en algún sitio fresco, pues le parecía a él que no sería capaz de soportar esas temperaturas a campo abierto. Pero no habrían pasado más de veinte minutos cuando el perro hizo una muestra señalando un majano, lo cual llevó a Goyo inmediatamente a terciar la escopeta y a demandar silencio con el dedo. A una señal, entró el perro haciendo salir un gazapo nuevo a la carrera y apenas había tenido Marcos tiempo de tomarle los puntos cuando ya el experimentado pastor lo había derribado de un solo tiro certero. El can, perfectamente enseñado, se lo acercó en la boca y Goyo lo puso a mear, como es costumbre, pues vaciándole la vejiga es mejor y más fácil su conservación.

_ Goyo, menos mal que me dijiste que no tenías buena vista –bromeó Marcos.

_ Pues no crea usted que mi vista ya no es lo que era, pero este tiro era fácil, el animal es nuevo y se atravesó, porque el mérito de darle a un conejo es cuando corre delante de ti, que hace el blanco pequeño.

_ ¿Y cómo es que le has tirado? Estamos en media veda y solo se puede tirar a las codornices.

_ Lo que hay en el pueblo es de los del pueblo y lo de Castilla de los castellanos. Qué quiere, siempre ha sido así. Y si me guardo el tiro vendrá luego un señorito de ciudad y matará y se llevará el conejo, que es de este pueblo tanto como yo.

No cabe duda de que la gestión de la caza es empresa dificultosa. Por estas fechas de verano tanto los gazapos y los lebratos como los cárabos se paran por la noche en el asfalto caliente de las carreteras y así mueren muchos, atropellados por los coches. Pero a veces las aves levantan el vuelo un momento antes y uno, que regresa a casa después de una agotadora jornada de caza o de un festín concupiscente y etílico, ve surgir ante el cristal del parabrisas una forma blanca, silenciosa y difusa como un espíritu.

_ La querencia de la codorniz es la ladera –sentenció Goyo- porque le gusta buscar el fresco entre las aulagas y las breñas. De modo que si queremos bajar alguna hay que moverse por los recuestos –añadió señalando con la barbilla la pendiente de un teso que no muy lejos de allí se divisaba. Y hacia él se dirigieron ambos amigos, con tanta suerte, que no bien se habían aproximado a su falda, entró el perro sin que fueran bastantes a detenerlo las voces que Gregorio le daba. Y aquella fue la primera ocasión en que Marcos cazó de verdad, pues se levantó un bando tan grande que apenas le daba tiempo a recargar la Sarasqueta. Bajaron en un momento media docena de pájaros cada uno y una quincineta a la que le tiró Goyo.

Pasando cerca de una pimpollada, entre unos bacillares recién amugronados les salió un viejo matacán, al que también tiró Goyo, sin rozarle. “Estos bichos saben más que el diablo” dijo a modo de disculpa. Pero perdices no vieron ninguna, porque por aquellos lugares, la falta de matas o cembos en que ocultarse, impiden a las patirrojas criar; porque no les basta con un hoyo o un cardo o un pequeño majano. Se llegaba la hora del almuerzo y sentados bajo un carrasco dieron buena cuenta de lo que Gregorio traía en el morral, bebieron vino fresco, conservado por Marcos en su habitual envoltura de hielo y después del cigarro y la charla continuaron la cacería. Teniendo en cuenta que se acercaba la hora criminal del mediodía y se auguraba un sol de justicia, regresaron al pueblo sin dejar el ojeo y pasando por una vereda vieron cruzar un bando de perdices.

_ Estas no están acreditadas –afirmó Goyo.

_ ¿Qué es eso de acreditadas?

_ Que no son auténticas, no es la verdadera patirroja castellana. Son perdices traídas de granjas para repoblar los cotos. Las perdices de mi tierra son mucho más listas. Nunca saldrían al camino. Al sentirnos se quedarían amonadas, inmóviles, confundidas con el campo, esperando a que pasara el peligro o a que un perro con buenos vientos las levantase. Estas como son hijas, nietas y bisnietas de animales criados en granjas han perdido ese instinto así que los escopeteros, el zorro y el milano acaban con ellas. A estas no las tiro yo.

Goyo era un cazador con sentido. No salía al campo a matar animales, sino a entablar una disputa de tú a tú con ellos. Solía decir que para matar aves ya tenía su mujer los pollos en el corral. Y este asunto de las perdices de granja soltadas después para repoblar cotos, es como el eterno retorno: como estos perdigones son fáciles de cobrar, cada temporada se acaba con ellos y en la primavera siguiente deben repoblarse de nuevo. En los buenos cotos es fácil ver perchas de una docena, cosa absolutamente imposible de conseguir en la actualidad si la perdiz fuera realmente bravía. Mientras tanto, la auténtica patirroja castellana se atrinchera y languidece. A Goyo le disgustaba la mala fama que estas perdices afeminadas le están creando a las autóctonas.

Una media legua antes de llegar al pueblo pasaron por unos edificios abandonados y medio derruidos. Goyo explicó que aquello, en tiempos, había sido una importantísima explotación ganadera de los ricos de su lugar, en donde él comenzó a trabajar como zagal a los diez años. Había un gran silencio en la finca, en torno a la casa que era por entonces un enorme pabellón de recreo en el que Goyo desearía todavía ver entrar, de vez en cuando, a los grandes señores que lo habitaron.

_ Todavía vienen a veces –dijo- A cazar más que a otra cosa.

Marcos llegó posteriormente a conocer a la perfección esas excursiones de la segunda o tercera generación de herederos a los restos de los lugares que convocaron un día todo el encanto de una era desaparecida: hamacas colocadas entre los hierbajos al sol del primer otoño, una improvisada merienda con pastas de la panadería del pueblo, la foto con las perdices, conejos y liebres a los pies, viejas historias que narran acontecimientos que sucedieron allí mismo, hace menos de cincuenta años, cuando papá… cuando el abuelo… Y parte de la Historia de España desprendiéndose de los anaqueles del pasado y rondando, enroscada en las anécdotas familiares, como un nostálgico fantasma de compañía… Silencios y recuerdos entre los primos que han aparcado a la entrada sus coches, con los que volverán esa misma noche a sus pisos de Valladolid o de Madrid. Canta un mirlo en el crepúsculo y el alma del lugar consigue ser, por un momento, la protagonista. Y la frase

- Qué bien se está aquí…

inaugura la retirada. Sí, Marcos, a lo largo de su vida, llegó a conocer bien esos momentos, los vivió infinidad de veces y aun sin haberlos vivido pudo imaginarlos fielmente aquél día en aquella finca abandonada, donde todavía subsistían los restos de un ingenioso ingenio para sacar agua que imaginó y construyó el amo; donde Gregorio volvió a ser un zagal que trabajaba como un hombre y que, cuando pillaba una hora muerta, la gastaba tallando la madera o, si había suerte, algún blanco hueso de vaca:

_ Aquí he sudado yo como un perro, majo… Porque lo que hay ahora no es nada con lo que había, no vaya usted a creer… Ahora está todo perdido pero de aquí salían todos los años dos mil vellones, cuando la lana valía buenos duros, muchas azumbres de leche y muchos baldeses y cordobanes muy buenos… Aquí dormíamos los criados, donde esas ventanas… Por ahí entrábamos y por ese camino íbamos al pueblo, todo derecho, a oír misa, a llevar el bodigo, a escuchar a un bulero o a lo que mandaran… Y como ninguno teníamos montura, íbamos de espolique las más de las veces, cargando encima con los blandones, lo que le digo. Hubo un día que las señoritas, que una era hija y la otra entenada, que se habían enterado de que yo tenía una maña para tallar, me dejaron coger un hueso de vaca, que no crea no era fácil de conseguir, porque los animales salían vivos de la finca, que se llevaban al matadero de Rioseco o a donde fuera… Pero bueno, lo que digo, que me dieron un hueso de paletilla de un eral con que yo me puse a labrar una crucecita y se la regalé, colgando de un bramante, a una compañera mía, una chica de mi tiempo que estaba sirviendo aquí en la casa… Y otro día estando en el tinelo me llaman las señoritas al comedor, que vaya luego, que estaban todos, y me dicen así, con todos delante, dicen: Goyito, nosotras no te damos un hueso de vaca para que vayas regalando cosas a las criadas, en vez de a las señoras…

Rodearon la casa en silencio y continuaron camino del pueblo.

_ Estamos mejor ahora ¿verdad Goyo?

Unos metros antes de llegar a las primeras casas del pueblo Gregorio se paró al lado de una tapia, encendió por enésima vez el cigarrillo que traía colgando del labio y agachándose para acariciar el cuello del perro dijo:

_ En esta barda pasó un sucedido en los años del hambre que dio mucho que lamentar… Se conoce que un par de esguízaros saltaron para llevarse algunas gallinas o lo que pillasen y el dueño, de que los vio desde la casa fue luego a llamar a los civiles. Y vino la Guardia en un periquete y les dio el alto y ellos, en vez de pararse, echaron mano de lo que tenían y salieron corriendo con que el sargento les tiró y mató a uno. De allí a poco vinieron los suyos a llevárselo, se conoce que para darle tierra en su lugar. Pues yo no he visto en mi vida una cosa igual a la mujer… Una fiera parecía, diciendo malas palabras, llorando, gritando y faltando a todos… Hasta en jácaras dicen que anduvo la historia…

_ Es que habían matado a su marido, Goyo - le dijo Marcos – Le habían metido un tiro por la espalda y eso no suele gustar, ni al muerto ni a sus seres queridos. Tampoco debería consentirlo la sociedad, pero ya sabemos a la época que te refieres. Es normal que la viuda estuviera desesperada.

_ Ya, ya… Pero…Eran años muy malos, majo… Había mucha hambre… Y venían a robar comida. La mujer se fue bien librada, pues a poco a poco no le acarició el morro el sargento con la culata, aun por encima.

El pueblo de Gregorio tiene una iglesia que eufemísticamente calificaremos como insólita: un cuerpo mutilado sin estilo definido o, mejor dicho, con ese estilo al que Marcos llama socarronamente “remordimiento español tardío”; fabricada en ladrillo que, a lo mejor, quiso ser mudéjar. Algo a modo de coronamiento, a mitad de camino entre cúpula y cimborrio, de pequeño tamaño y con frustrada vocación de minarete. Y adosado a ese cuerpo contrahecho y a modo de torre, cuatro pilares del ladrillo más pedestre se levantan con total desvergüenza, sirviendo de basa, a su vez, a otras cuatro columnillas blancas y torneadas. Sobre estas, rematando el despropósito, una cubierta a cuatro aguas con tejavana que recuerda a esos juegos de construcciones para niños, que antes eran de madera y ahora de plástico. Sin embargo Gregorio está orgulloso de ella, con lo cual queda claro que nadie es poseedor de la verdad en cuanto a criterios estéticos se refiere.

Al fin llegaron a casa del viejo pastor, a la hora de comer, con su percha de una docena de codornices, un gazapo y el avefría que bajó Goyo. Los hijos estaban en el campo con los hatos, así que el pastor presentó a su mujer, que les estaba esperando. La casa antes había sido de sus padres y antes de sus abuelos. Marcos pensó en la gente afortunada que vive en el mismo lugar en que lo hicieron varias generaciones de sus antepasados; gente de otra pasta, que necesariamente tiene otra conciencia de sus raíces y consecuentemente otra proyección de futuro. Goyo le enseñó los estratos de lo que fue su vida y la de su familia: reformas en el patio, antes llamado corral, mejoras sanitarias acometidas por él y sus hijos con el optimismo y la audacia de los años setenta, fotos de bodas celebradas durante casi un siglo, hijos, nietos, sobrinos, gente que ya no está pero que estará siempre. La cocina se le antojó al joven letrado como un paraíso de acogimiento y descanso. Se sentía muy bien allí, de espaldas a la ventana que da al patio, comiendo sentado a la mesa camilla y escuchando a la mujer de Goyo disculparse por el desorden del que tiene muchas tareas, poco tiempo y demasiados años. Las casas de las buenas personas son, con orden o sin él, infinitamente atractivas. Así lo manifestó el letrado y la señora se puso colorada. Algún día tendría que estudiarse la reacción cutánea al halago que padecen los castellanos.

La mujer de Goyo les sirvió un par de huevos fritos a cada uno, recién cogidos de los nidos y como acompañamiento una enorme fuente de patatas fritas y otra tal de ensalada bien aceitada: tomates, lechuga y cebolletas cortadas aquella misma mañana en la huerta. El vino era fresco y un punto agrio. El que ignore a qué sabe todo eso, debería preocuparse por probarlo antes de que sea demasiado tarde.

_ El alimento tiene que ser con sustancia –opinó Goyo mientras mascaba a dos carrillos- vamos digo yo ¿no? porque a mi parecer para eso se come ¿no? Y prefiero yo más unas berenjenas en almodrote que el marisco ese que llaman, que a mi entender debe de ser comida remilgada y de poco fundamento.

A través de la ventana se veía el corral y en él las gallinas picoteando. La mente de Marquiños se trasladó inmediatamente a Laxe, porque la vista desde la sala de espera de la casa de su padre era muy parecida a esta.

_ Las gallinas se crían solas –le informó la mujer- Un par de ambuestas de pienso cada noche, algo de cebada, los restos de la huerta y las badeas, más lo que pican ellas por ahí… Con diez gallinas tengo huevos para dar. Además de la pepitoria que hago con ellas cuando ya no ponen…

“Triste destino el que aguarda a los aquejados de falta de productividad en este mundo tan apegado al rendimiento y tan alejado del romanticismo”, pensó Marcos.

Salieron a tomar café a la cantina del pueblo. A partir de las cuatro, los parroquianos fueron llegando y se repartieron por las mesas con un orden que parecía establecido. Cartas, dominó y bromas gastadas de tanto repetirse, cordialidad de trámite y algarabía. Casi todos fumaban mientras que en la televisión hablaban mujeres lustrosas y hombres con aspecto afeminado a los que nadie prestaba atención. Restallaban las fichas de dominó sobre las mesas de mármol y un jubilado le dijo a otro que si estaba bobo, entre la albórbola de los demás. De vez en cuando alguien se levantaba y acercaba unos cafés, o se dirigía arrastrando los pies hasta los servicios, de donde regresaba indefectiblemente abrochándose la bragueta. Cuando Goyo contó a sus paisanos que aquél joven de ciudad había sido capaz de caminar dos leguas bajo el sol castellano para tratar de matar algunas codornices, les costó trabajo creerle. Parece ser, a juicio de la gente rural, que los que viven en la capital están genéticamente incapacitados para realizar cualquier esfuerzo físico más allá de atarse los zapatos. Los capitalinos a su vez piensan, que en los pueblos nadie sabe nada de nada, salvo de sus tareas propias, como son el pastoreo y la agricultura y aun no mucho. Y si existe alguno con un mayor barniz cultural, es simplemente la excepción que confirma la regla y de ningún modo sabrá más allá de leer y escribir. Esto es radicalmente falso en ambos sentidos. La proporción de cultura en los pueblos es la misma que en las ciudades y las gentes que viven en la capital no están físicamente imposibilitadas para realizar esfuerzos, como puede ser caminar tres o cuatro leguas.

En la cantina se lamentaban de la concentración parcelaria que les condujo prácticamente al monocultivo del cereal. Marcos escuchaba todo en silencio aprendiendo, no solamente los usos, costumbres y problemas de aquella gente sino incluso su idioma.

_ Quitaron los garbanzales y los majuelos… Las laderas estaban llenas… –decía uno- que cuando yo era mozo, buenos cuévanos de tempranillo se cogían en el viñedo de mi difunto padre.

Bajo los soportales, antes de llegar a la plaza del pueblo, se abría el cuchitril donde Benito reparaba zapatos. Goyo se lo presentó a Marcos. El zapatero era el único concejal comunista en cien kilómetros, empeñado por entonces en rescatar a los muertos de las cunetas donde los arrojaron sus asesinos durante aquella guerra y darles, que curioso, cristiana sepultura. Marcos, a lo largo de su vida, solo tuvo realmente dos amigos: el pastor y el zapatero. Pasó muchas horas hablando con Benito, sentado a su lado en un escabel mientras él manejaba la lezna con soltura. Había siempre montada en su tienda una pequeña tertulia, hombres mayores que se entendían con medias palabras, como los conspiradores. El pueblo de Goyo fue un pueblo de jornaleros, le contó Benito a Marcos. Una isla de socialismo en un desierto de agricultores conservadores. Hubo mucho asesinato en este pueblo, muchos certificados de defunción donde la desfachatez escribió “apendicitis” al lado del nombre de un hombre joven muerto a tiros en el monte y cuyo cuerpo saben encontrar aún ahora, los ancianos que en su día fueron espantados testigos o cobardes colaboradores.

_ Eso le hicieron a Rufino un mozo algo mayor que yo que estaba de ferrón y era del PSOE. Que le llevaron al arcabuco y le metieron un tiro y he visto yo que en el certificado pone apendicitis como causa de la muerte.

La amistad, el afecto, la complicidad y el respeto entre Goyo el pastor, Benito el zapatero y Marcos el abogado, duró muchos años, o por mejor decir, duró toda la vida. Ellos fueron los únicos verdaderos amigos que el letrado tuvo y en su pueblo y en su compañía se sentía feliz, tranquilo, relajado y a gusto, hablando sencillamente de cosas sencillas, como las ovejas o los zapatos, las codornices y las botas, la guerra civil y el franquismo.

Ahora, llegados a este punto de la historia, nos dice el joven Vidueiras que Gregorio debe de haber muerto, e incluso a lo mejor también Benito, pues a continuación vienen unas palabras como de despedida, a modo de epitafio o glosario de la amistad que entre Marcos y Goyo hubo. A Benito no se le nombra y ahí es donde surge la duda en Vidueiras: a tenor de las frases que a continuación vienen escritas parece evidente que Goyo había muerto cuando el autor las escribió, pero como del zapatero no hace mención no se puede deducir si ha muerto o sigue vivo. Y dichas palabras de despedida o epitafio son las que siguen:

Descansa en paz buen Gregorio, amigo, que ya sabes que de la muerte no nos libran ni tus conocimientos farmacológicos; donde estás ya no los necesitas y no fue tu saber empírico bastante para librarte del cáncer de estómago. Todas las heridas que me curaste quedaron bien con tus bizmas y las de mi alma mejor con tu amistad y tu sabiduría. Espero que estés disfrutando del paraíso de los cazadores y de los pastores; lugar donde las ovejas jamás se van a las lindes ni entran en las alfalfas y que en lugar de huríes está poblado por perdices, codornices, conejos y liebres. Pero para los realmente bienaventurados entre los cuales tú sin duda estás de los primeros, también en ese paraíso hay avutardas.

Y ahora es menester que abandonemos por algún tiempo a Marcos, con sus cacerías y su trabajo, con su mujer, a la que parece que no presta demasiada atención y con su vida, para entrarnos por la de Ester, que continúa locamente enamorada de Roberto, como podrá comprobar quien tenga el gusto de leer el capítulo que viene a continuación.