jueves, 17 de septiembre de 2009

V LA EXPERIENCIA





Media tarde sería cuando Ester llegó a casa de Roberto. El calor apretaba y la chica vestía una falda larga y holgada, que entonces estaban de moda y una camiseta tan ajustada que a través de ella se dibujaba la forma de sus pechos. Los chicos la miraban por la calle, pero a ella los piropos le molestaban, pues ya sabemos que era extraordinariamente tímida. Sin embargo el hecho de sentirse observada además de producirle vergüenza, o quizá precisamente por eso, despertaba su libido y más aún porque pensaba que esa excitación se le notaba, que el chico que la piropeaba se daría cuenta de su vergüenza y su deseo, así que nunca sabía cómo tenía que reaccionar ante un halago. Prefería pasar desapercibida, aunque teniendo en cuenta su belleza y su estupendo físico este deseo era de muy difícil realización.

A aquellas alturas de la relación, la chica tenía llaves del piso de su novio, lo cual le producía la agradable sensación de pertenecerle, de poseer cosas en común y de “ser” una pareja en lugar de “estar” en pareja. Ella, en el domicilio de Roberto, entraba y salía cuando le venía en gana, porque prácticamente vivían juntos, salvo que Ester iba a hacer acto de presencia a casa de su hermana por la noche un tanto para guardar las apariencias pero sobre todo con el fin de evitar más enfrentamientos y broncas de las que ya había, que eran bastantes. Las relaciones con su hermana llevaban cierto tiempo atravesando una fase crítica que no auguraba nada bueno, porque la niña obediente y sumisa a la que todos estaban acostumbrados empezaba a dejar de serlo, o al menos Isabel así lo percibía; de este modo, cuando la recriminaban, se erguía por primera vez con orgullo y no dejaba pulla sin responder. Todo esto era debido a que la relación con Roberto había incrementado de forma notable su auto confianza porque la chica pensaba que tenía a alguien a su lado y eso hacía que se sintiera muy segura y capaz, por lo que la dependencia afectiva de sus padres y hermanas iba flaqueando conforme se consolidaba la relación con su novio, aunque no debemos olvidar que Ester Bueno podría ser perfectamente sinónimo de dependencia afectiva. Aquella tarde, su hermana le había pedido que se quedase, porque en breve marcharían ella y los chicos al pueblo para pasar allí el verano y era menester hacer limpieza general. Pero Ester le contestó con voz clara y demasiado alta que su padre ya les mandaba suficiente dinero como para que ella se viese obligada a permanecer eternamente sometida a la voluntad y merced de su hermana y además trabajando para ella sin sueldo ni recompensa. Con esto se tomaron a voces, amenazas e incluso insultos, pero con todo y eso Estercita se vistió y se marchó a casa de su novio porque se le daba un ardite de todas las murmuraciones que quedaba su hermana ensartando y tampoco quería entrar en argados para tratar de justificar algo a lo que estaba segura que tenía derecho.

Después de lo que habían hablado los días anteriores y de todo lo que se removió en la cabecita de la muchacha no es necesario decir que por nada del mundo se perdería aquella tarde con Roberto. La excitación que le producía saber que por fin había llegado la tan ansiada hora en la que se iba a entregar completamente a su amado novio, la forzó a masturbarse con fruición aquella noche, imaginando cómo se desarrollaría el acontecimiento.

_ Hola cielote -dijo entrando en el piso de Roberto. El muchacho la salió a recibir al pasillo; hacía calor y vestía únicamente un incitante slip. “Vaya bueno que está” pensó Ester “y que suerte tengo de ser suya”.

_ Hola morenaza. Estaba deseando que vinieras -le contestó su novio mientras la besaba en los labios.

La chica pudo notar el bulto que formaba el pene bajo el slip.

_ Ahora vamos a ducharnos, porque hace mucho calor y supongo que estaremos algo sudados. ¿Te parece?

Roberto decía “¿Te parece?” en un tono que no admitía réplica. Era una frase retórica que utilizaba con frecuencia cuando quería algo. No esperaba a que su interlocutor respondiera. Simplemente hacía la pregunta por cortesía, pero pasaba a la acción sin solución de continuidad.

Así fue también aquella vez. Mientras le preguntaba, se estaba quitando el slip y abriendo el grifo de la ducha. La niña, al principio, se mostraba algo vergonzosa y reticente, pero precisamente el rubor acrecentaba en ella la excitación sexual así que al ver la decisión de su novio, se desnudó también con rapidez y en pocos momentos estaban ambos entrelazados bajo el chorro suavemente tibio y reconfortante. Roberto colocó una profusa cantidad de gel oloroso en una esponja blanda y comenzó a frotar delicadamente todo el cuerpo de su novia, empezando por el cuello, los pechos y la espalda. Cuando llegó a las nalgas, firmes y cálidas, le indicó con cariño que separara las piernas y pasó reiteradamente la esponja por la rajita del culo de ella que cada vez que sentía la caricia suspiraba, mordiéndose el labio inferior en un gesto muy suyo.

Para Ester todo aquello era nuevo. Jamás se habían duchado juntos debido a las arteras y extrañas ideas que su novio tenía acerca de cómo debía ir dosificando las experiencias sexuales. Por entonces la chica ya estaba completamente entregada a él, aunque no con demasiado convencimiento si con mucha resignación y felicidad. A ella le hubiera gustado poder tomar algunas decisiones en lo tocante a la forma y la cadencia de sus relaciones sexuales; que sus requerimientos de sexo fueran atendidos, simplemente por ser suyos. Ella suponía, con buen tino, que si un chico la amaba debería no solamente satisfacerla en esas cosas, sino sentirse muy feliz porque ella se lo demandara y consintiera en permitírselo. Una dualidad de sensaciones y sentimientos luchaba en su cabeza y en su corazón: por una parte entendía, como muchacha inteligente y comedida, que ella tenía el derecho a opinar sobre su propio cuerpo, a decidir cuándo y de qué manera le apetecía satisfacer su libido, y su novio estaba constreñido a la obligación y al privilegio de dejarla ahíta en este aspecto. Pero estas emociones eran vencidas por la necesidad que sentía de hacer feliz a Roberto; conjeturaba que ella era una privilegiada por ser capaz de entregarle de aquella forma desaforada su voluntad y aunque resultaba cabalmente consciente de que su novio se servía de su cuerpo y la estaba utilizando como juguete sexual, ello le producía gran excitación erótica e íntima satisfacción personal, pues la inmensidad de su amor hacia él alcanzaba tales cotas que todo lo salvaba y por todo pasaba simplemente a cambio de que Roberto se sintiera orgulloso de ella y feliz. Estaba saturada de obediencia pues llevaba toda la vida sometida a sus padres y hermanas, no sabía vivir de otro modo y ahora también cedía ante su novio. Con la singular diferencia de que, en esa cesión, existía un componente erótico, una actitud de entrega sexual que le resultaba gratificante y extraordinariamente excitante. Aunque quizá no fuera sometimiento la palabra exacta que definía lo que demandaba de ella la intransigente actitud de Roberto, porque realmente nunca le exigía un determinado comportamiento, simplemente deseaba y lograba que la chica se limitase a esperar a sus demandas con total entrega y sumisión y él decidía dónde, cuándo y cómo se practicaba la masturbación a dúo que era, por el momento, la única actividad sexual que la pareja llevaba a cabo. Resultaba también extraordinariamente singular, que este curioso comportamiento atañía exclusivamente al sexo, porque en las demás actividades propias de una joven pareja de novios, era ella la que decidía en la inmensa mayoría de las situaciones y gozaba de la más absoluta libertad para hacer lo que tuviera a bien. Roberto siempre le consultaba y jamás tomaba una decisión sin que Ester hubiera dado su opinión sobre el asunto, incluso en temas relacionados con el trabajo de él, que en principio parecería que escapaban a la consideración de una muchachita totalmente inexperta en asuntos bancarios. En cualquier caso, a ella le hubiera gustado desempeñar, también en el sexo, un papel, sino más activo en lo propiamente físico, si en la toma de decisiones en cuanto a la frecuencia con que el juego se llevaba a cabo; pero era plenamente consciente de la imposibilidad de realizar su deseo, pues como ya hemos dicho, si alguna vez se mostraba demasiado apremiante en sus requerimientos, Roberto era capaz de mantenerla en castidad varios días y por entonces la pequeña Ester Bueno ya se había descubierto como una mujer con enormes necesidades sexuales. A parte de las tres o cuatro veces a la semana que se dejaba masturbar por su novio, casi no había noche que no se hiciese ella misma unos dedos antes de dormir.

Cuando Roberto consideró que había acariciado y lavado suficientemente a su novia por la espalda, las nalgas y entre las nalgas, insistiendo delicadamente en el agujerito del culo, continuó por la parte de delante, frotando con mucho mimo el sexo y los pechos mientras la chica mantenía las piernas bien separadas para facilitar la maniobra suspirando y gimiendo de placer. Como siempre, parecía que Roberto no tenía ninguna prisa y se deleitaba mimando y excitando a su novia mientras le decía dulces palabras al oído. A Ester aquello la hechizaba, porque, como todas las mujeres, valoraba mucho la delicadeza y las largas caricias antes de llegar al sexo propiamente dicho. Tenía que reconocer que su experiencia no era mucha, o mejor dicho, era nula, pero realmente Roberto sabía deleitarla, excitándola y llevándola a un punto en el que cualquier otra consideración que no fuera el sexo, pasaba irremediablemente a segundo plano. Esperaba la chiquilla que aquél mismo día se consumase la tan deseada penetración, con lo cual le habría dado a su novio todo lo que podía darle, en lo físico y en lo espiritual y afectivo.

Cuando llevaban un buen rato de juegos en la ducha y Ester mostraba un estado de fogosidad que la inducía a comerse literalmente los labios de su novio cuando este la besaba, Roberto cerró el grifo, cogió la toalla y secó concienzudamente el tierno cuerpo femenino y el suyo propio. Durante todo ese tiempo, el muchacho había mantenido una visible excitación que se acentuaba con el roce de los dos cuerpos desnudos. Terminaron de secarse y para evitar que la chica pisase descalza en el suelo, la cogió galantemente en sus brazos y trasladándola al dormitorio, la depositó delicadamente sobre la cama. A continuación se tumbó él a su lado, permaneciendo ambos boca arriba y totalmente desnudos sobre la sábana; extrajo un cigarrillo del paquete que estaba sobre la mesilla, lo encendió y se lo ofreció a Ester. Acto seguido cogió otro para él y colocó el cenicero sobre su propio pecho desnudo, como hacían siempre cuando fumaban después del sexo.

Aquello asustó un poco a la chica, pues debido a los peregrinos comportamientos eróticos de su novio, llegó a pensar por un momento que todo había terminado y que aquella experiencia de ducha en común, era todo lo que iba a sacar en claro aquella tarde. Sin embargo, mientras fumaban, Roberto se dirigió a ella:

_ Sabes que te quiero mucho y me tienes loquito. Además creo que cada vez estás más entregada a mí y por eso hoy vamos a ir más lejos de lo que hemos ido hasta ahora en la cama. Seguro que no me defraudas y haces todo lo que yo te diga. ¿Estás dispuesta?

La chica se limitó a reiterarle de nuevo, que disponía de ella para lo que quisiera y que haría todo lo posible y aun algo más, por no defraudarle. Sin embargo, la frase “hoy vamos a ir más lejos”, le resultaba un tanto inquietante. ¿Acaso aquello suponía que tampoco iba a haber penetración y que todo obedecía a otra arana más de Roberto? Ester tenía la confianza de que esta vez su novio la tomaría sin más, por fin, después de tanto tiempo de sumisión y espera. Pero algo en su interior le decía que el muchacho tenía más sorpresas preparadas para ella.

Apagaron los cigarrillos y Roberto puso el cenicero sobre la mesa de noche. Comenzó entonces a besar a su novia, como tenía por costumbre, con pasión y delicadeza en el cuello, en los labios, detrás de las orejas, chupando sus pezones... Pero la chica echaba de menos las caricias en el clítoris. Extrañamente los besos no se acompañaban con la manipulación y el frotamiento de su coño, como era lo habitual pero durante todo aquél protocolo el chico no había llegado a tocarle el sexo y aquello, al igual que la ducha en común, también era nuevo, pero resultaba desconcertante. Sin embargo Roberto no se oponía a que ella manipulara su pene con la maestría de la que ya hacía gala y la chica lo notaba extraordinariamente duro y apetecible, como siempre. Ester decidió no pensar más y entregarse completamente a lo que a su novio le viniera en gana hacer con ella.

Lo cual, en aquél momento, era bajar lentamente, entre besos y lametones, hasta el estómago de la niña. Ella abría las piernas para facilitar la ansiada caricia manual, pero esta nunca llegaba a producirse. Sentía la respiración de Roberto sobre su vello púbico y se encontraba tremendamente excitada. Pensaba que, a poco que se lo propusiera podría llegar al orgasmo simplemente así: con los besos de su novio en el vientre y acariciándole mientras tanto la picha.

Pero en un instante y sin previo aviso, el muchacho se puso sobre ella en la conocida postura del sesenta y nueve y separando con las manos los labios vaginales, dejo a la vista todo el sexo de la muchacha; comenzó entonces a lamer el clítoris mientras con los dedos frotaba la entrada del coño con movimientos circulares. En menos de veinte segundos, le sobrevino a Ester el primer orgasmo. Pero Roberto continuaba lamiendo y chupando allí abajo, masajeando el clítoris con la punta de la lengua e introduciéndola esporádicamente en su abierta y húmeda vagina, lamiéndole todo el sexo una y otra vez hasta que la excitación de ella volvió a alcanzar el borde del segundo orgasmo. En aquél momento su novio se detuvo con gran desconsuelo de la muchacha.

_ Chúpame tú a mí también - le dijo.

La postura que Roberto había adoptado hacía que su pene y sus testículos quedasen frente a la cara de Ester y al alcance de su boca. La chiquilla contemplaba embelesada el excitante cuerpo de su novio desde una perspectiva que nunca hasta aquél momento había logrado. Sin embargo no poseía ningún tipo de experiencia para llevar adelante, con una mínima garantía de éxito, lo que Roberto había solicitado de ella; aunque tenía conocimiento de que esas cosas se hacen entre un chico y una chica, e incluso en alguna de sus incesantes fantasías eróticas se veía chupando el pene de su novio, nunca supuso hacerlo en aquella postura, sino que se imaginaba a Roberto tumbado en la cama boca arriba y a ella lamiéndole el capullo con complacencia o incluso a veces el chico de pie y ella de rodillas, como adorándole, mientras besaba y chupaba golosamente su polla.

En principio trató de jugar con la lengua y los labios todo a lo largo del pene, deteniéndose especialmente en la punta, mientras se abrazaba a la cintura del muchacho, imitando las caricias que con tan delicioso resultado, le estaba él haciendo en su clítoris y su vagina. Pero como no utilizaba las manos y la habilidad que tenía con la boca era tan escasa, una y otra vez se le escapaba el miembro de entre los labios cuando intentaba imprimirle un movimiento de mete y saca lo suficientemente rápido y constante para que a su novio le resultara placentero. Al cabo, Roberto deshizo la postura diciéndole:

_ Te voy a enseñar a chupar bien una polla.

Apoyó en la cama con cuidado las rodillas, una a cada lado del pecho de ella, de manera que la boca de la muchacha quedaba a escasos centímetros de su pene y a continuación le indicó:

_ Tienes que hacer lo mismo que cuando me haces una paja, pero a la vez que me la acaricias con la mano te metes el capullo en la boca, haciendo que roce al entrar con los labios y una vez dentro, con los carrillos; pero sin tocarlo con los dientes. ¿Vale? Prueba a ver.

Ester comenzó la maniobra levantando ligeramente la cabeza. Su novio le colocó la almohada doblada bajo la nuca para que la posición le resultase más cómoda y la chica sentía las fuertes nalgas del muchacho rozando contra sus pechos. Al principio le resultó un poco difícil coordinar los movimientos, pero en breve consiguió hacerlo de manera bastante satisfactoria introduciéndose en la boca casi la mitad del duro y caliente pene, procurando acariciar con los labios y la lengua el glande, rosado y brillante, tanto al entrar como al salir; a la vez que con una mano imprimía un suave movimiento de vaivén sobre la piel del pene y con la otra acariciaba los colgantes y llenos testículos. Su novio, completamente excitado ante el espectáculo de la dulce boca de la muchacha taladrada por su polla, le indicó que cuando observase que los huevos se separaban, era señal inequívoca de la inminencia de la eyaculación, como ella ya sabía. Entonces debía cesar por completo en su actividad y limitarse a lamer el glande con la lengua exclusivamente, firme pero suavemente, como si fuese un helado hasta observar que los testículos recuperaban su posición habitual, momento en el que podía reiniciar la felación. Por dos veces consiguió la sensual muchacha, con pasión y entrega, llevarle al borde del clímax hasta que Roberto se dio por satisfecho, considerando que su novia había superado con nota el examen de chupar pollas.

Después de un descanso para fumar otro cigarro, el muchacho volvió a adoptar la postura del sesenta y nueve y Ester sintió de nuevo las caricias de la lengua masculina en su sexo, lamiendo el clítoris y penetrando en la entrada de la vagina. A la vez que ella, ya con cierta experiencia y maestría, le chupaba la polla con consistencia y le acariciaba delicadamente los testículos. Para la chica, las sensaciones eran muy agradables: las manos de su novio separándole los labios vaginales y la lengua lamiendo una y otra vez, casi desde el ano hasta el monte de Venus, deteniéndose en el clítoris, chupándolo, absorbiéndolo... No sabía si estaba teniendo varios orgasmos o era uno sólo que le duraba mucho tiempo cuando sintió un dedo de Roberto acariciándole el culo, imprimiendo un movimiento circular alrededor del ano, como si aquél dedito explorador quisiera meterse por su agujero trasero. Al principio ella se asustó pero la caricia era tan placentera, suave y persistente que su novio consiguió que ella relajara convenientemente el esfínter hasta el punto de permitirle introducir en él la puntita del dedo. Aquello hizo estallar a la muchacha en un auténtico y bestial clímax durante el cual logró meterse completamente la polla de su novio en la boca y llevar a este al borde mismo de la eyaculación.

Cuando el muchacho consideró que ella estaba ya lo suficientemente satisfecha, se acomodó nuevamente en la misma postura que había adoptado para impartirle la clase sobre cómo chupar pollas, es decir, con una rodilla a cada lado del pecho de la chica y le dio instrucciones precisas para que aquella vez, cuando observase que la eyaculación se acercaba continuara sin apartar la cara ni los labios, sino que transformando mentalmente su boca en su vagina, procurase recoger en ella la totalidad del semen que el durísimo pene expulsaría. La muchacha se aplicó al asunto con tal maestría y entrega, que en pocos momentos y debido al grado de excitación contenida de su novio, consiguió lo que pretendía. Uno tras otro, los chorros de semen impactaban en su lengua, en su paladar y en sus labios, escurriendo por la barbilla y mojándole el pecho. Sintió su calidez y su sabor en la boca, mientras continuaba agitando y chupando vigorosamente la polla para tratar de extraerle hasta la última gota de aquél líquido blanco, soso y pegajoso. Al final, Roberto gritó de placer y con su mano detuvo la de ella, retirando el miembro del alcance de aquella maravillosa boca succionadora, mientras le decía:

_ Muy bien cariño, muy bien... Solo te faltó tragarte todo.
Quedaron completamente exhaustos, sin apenas hablarse, fumando, tumbados en la cama. Pero los pensamientos de la pequeña Ester volaban, intentando comprender lo que había pasado y por qué las cosas con Roberto ocurrían siempre de una forma tan extraña e impredecible; cual era el motivo por el que no hacían nunca el amor de aquella manera que ella consideraba normal, como lo hacían todas las parejas de novios, pero sobre todo trataba de conjeturar dónde estaba el fin de aquel comportamiento y cuando se llegaría a él. No es que no le hubiera gustado la experiencia, antes al contrario había disfrutado muchísimo con ese nuevo tipo de relación sexual que ella conocía de oídas pero que nunca hasta aquel día había practicado. Se había sentido muy satisfecha y ufana de que su boca hubiera servido como objeto de placer para su novio y como receptáculo para su semen; pero continuaba pareciéndole extraño la tenaz reticencia que el chico mostraba a la penetración y por otra parte, cada vez con más frecuencia, pensaba que en todo aquel asunto ella tenía algo que decir; sin embargo nunca llegó a estar saturada de esperar a que Roberto decidiese, o de prestarse a sus extraños comportamientos sexuales con la resignación y el sometimiento que formaban parte intrínseca de su manera de ser.

En las controversias con sus padres y hermana comenzaba a despuntar en ella una incuestionable rebeldía que incluso la impulsaba, en ocasiones, a osar rebatir a cualquiera de ellos con una cierta presunción y jactancia, expresando opiniones y deseos propios, frecuentemente contrarios a los de sus familiares. Pero este comportamiento nunca se daba si la controversia o polémica era con Roberto. Porque ese aumento de la auto confianza al que reiteradamente hemos hecho referencia no estaba logrando también que se plantease con mayor asiduidad si el sometimiento a su novio era lógico; si era soportable y sobre todo, a que extraña pulsión era debido que todo aquello, tan extraño y fuera de lo común, a ella le resultase asombrosamente excitante y placentero. Le encantaba practicar sexo con él y continuaba profundamente enamorada del muchacho, de modo que optó por conformarse de momento con la nueva experiencia y tratar de repetirla con la mayor periodicidad que pudiera. Confiaba en que el día en que por fin su novio la tomase como ella esperaba estaría cerca y entre tanto iba a procurar convertirse en la más hábil chupadora de pollas que pudiera, cumpliendo así los deseos de Roberto, como ya había logrado ser una maestra de la masturbación. Estaba deseando repetir el experimento de aquella tarde, para tratar de tragarse todo el semen, pues el no haberlo hecho así en esta ocasión, había motivado un pequeño reproche por parte de su adorado novio. Verdaderamente la chica, no entendía lo que le ocurría, pues a veces sólo quería formar parte de una pareja normal, con prácticas normales, hablar de matrimonio, de hijos y de comprarse un piso… Pero como todo aquello con su novio estaba vetado se sometía a la voluntad del chico y se resignaba disfrutando con lo que tenía que además en el fondo y en la forma le encantaba. Jamás consiguió que los temas que ella consideraba propios de una pareja joven, despertaran en el recalcitrante muchacho el más mínimo interés y cuando salía a relucir el asunto del matrimonio, Roberto siempre se evadía con el consiguiente “aun no estamos preparados”.

Entretanto el muchacho pensaba, satisfecho, que las cosas iban saliendo conforme él las había planeado con tanta antelación y meticulosidad, de suerte que estaba seguro de conseguir, en breve plazo, tener una auténtica sumisa y maestra del sexo a su disposición. Ello hacía que cada vez su consideración hacia la muchacha aumentase, pues lo que más valoraba Roberto en este mundo era la entrega sexual de una mujer, sin pedir a cambio nada que no fuera la obtención del placer en sí mismo y observaba complacido que Ester tenía un gran futuro en ese campo. Cualquier lector inteligente se habrá dado cuenta de que Roberto era amo y Ester sumisa, aunque ninguno de los dos lo sabía en aquel tiempo e ignoramos si Roberto fue consciente de ello alguna vez en su vida. Pero por entonces y siguiendo con nuestro hilo argumental, jamás llegó el muchacho a plantearse, ni siquiera como hipótesis, la idea del matrimonio o de la constitución de una pareja estable con ella, porque el amor, como lo entienden la mayoría de los mortales, no formaba parte del espectro de sensaciones que era capaz de concebir Roberto, el ególatra. Para el chico aquello era una suerte que le había caído del cielo, una especie de bendición o prerrogativa que no sabía cuánto tiempo iba a mantenerse ni se lo cuestionaba pero quizá precisamente por eso, trataba de aprovechar su privilegiada situación todo lo que podía y si la conversación se desviaba peligrosamente hacia temas que no eran de su agrado por demasiado comprometedores, procuraba evadirse, cambiar de asunto o simplemente manifestar que esas cosas se plantearían el día que ella acabara la carrera y tuviera un trabajo. Roberto sabía que para su novia era cuestión de importancia el matrimonio y la fundación de una familia tradicional, como la formada por Cayo y la Vivi. Por eso el muchacho nunca le decía que sus propios pensamientos no iban por aquellos derroteros; al menos no tenía intención de decirlo antes de haber conseguido su completa entrega y total sumisión. No le manifestaba explícitamente sus intenciones y deseos, pero tampoco le prometía nada: ni le aseguraba, ni le negaba. Simplemente se limitaba a disfrutar del sexo, del cuerpo y del amor de aquella maravillosa muchachita que se había cruzado en su camino y que debido, como no, a su habilidad y buen hacer estaba totalmente entregada a él.

La vida, por otra parte transcurría a su ritmo reglamentario y predecible. Ester Bueno comenzó ilusionada su carrera de Ayudante Técnico Sanitario en la Escuela Universitaria de Enfermería y continuó viviendo prácticamente con su novio, salvo que, llegada la noche, iba a dormir resignadamente a casa de su hermana, no sabemos muy bien si por tradición o porque Roberto nunca le había propuesto en serio que vivieran juntos, pues el muchacho pensaba que eso conllevaba una especie de compromiso y huía de todo lo que implicase, siquiera remotamente, una responsabilidad seria hacia ella. Pero las relaciones de Ester con su hermana habían cambiado drásticamente de modo tan sustancial, que la chica ya nunca ayudaba en los quehaceres domésticos. A cambio, entregaba a Isabel una cierta cantidad de dinero al mes que lograba haciendo alguna noche de canguro y cuando no tenía trabajo suficiente que le permitiera reunir lo estipulado, Roberto le prestaba la diferencia, aunque la verdad es que ella nunca se lo devolvió y él jamás se lo reclamó. La transformación habida en la personalidad de Ester le llevaba a un continuo enfrentamiento con su hermana, negándose por sistema a ayudar en las labores de la casa que hasta entonces habían corrido básicamente por su cuenta. La chica argumentaba, no sin razón, que solamente iba allí a dormir y que su padre continuaba aportando una ayuda económica a la familia de su cuñado, procedente del dinero que a ella le otorgaban siempre en concepto de beca y con eso consideraba que los gastos derivados de su propia manutención se satisfacían con creces. Para evitar enfrentamientos decidieron que Ester también pagaría por su habitación, pero a cambio nunca comía ni cenaba en casa de su hermana y no realizaba ninguna de las tareas que tantos años había venido haciendo, salvo el aseo de su propio cuarto. A la chica realmente le hubiera gustado irse a vivir con su novio pero este siempre le decía que cuando acabase la carrera y que aún era pronto y no estaba preparada.
Por su parte el muchacho proseguía con su alienante trabajo en la Caja y con sus clases de inglés vespertinas. Pudo adquirir un SEAT 600 de segunda mano por veinte mil ptas. y eso les permitió ir al campo algún domingo por la tarde, así como trasladarse esporádicamente al pueblo de Ester en donde conoció a los padres de la chica e incluso podemos decir que mutuamente se entendieron bastante bien, sobre todo con el tío Cayo, al que Roberto juzgó como un hombre con la misma escala de valores que su propio padre, salvando el abismo de la diferencia cultural y de extracción social. Pero básicamente concordó lo suficiente con la familia y el ambiente de Ester como para que todo el mundo en Santiago del Arroyo lo considerase el novio y futuro esposo de la pequeña de Cayito. Por su parte la chiquilla no perdía ocasión de presumir de pretendiente guapo y elegante entre sus menos afortunadas convecinas que se veían compelidas a resignarse con cualquier azacán aborigen o foráneo, pero que en ningún caso alcanzaba, a juicio de Ester, la clase, categoría y hermosura de su amado Roberto.

A partir de la tarde en que empezaron con las caricias buco-genitales, este tipo de práctica se incorporó a la habitualidad de sus relaciones sexuales y efectivamente Estercita llegó a ser una experta en el arte de la felación, chupándole a su novio la polla con la misma desenvoltura que si tocase el albogue, y casi siempre conseguía tragar el semen sin que se desperdiciara una sola gota. También habían incorporado caricias y tocamientos en el ano, de manera que el culito de Ester ya admitía tranquilamente un par de dedos de Roberto y ella también trataba de meter uno de los suyos en el culo del muchacho, consiguiéndolo muchas veces mientras hacían un sesenta y nueve sin fin. Practicaban también con cierta asiduidad las caricias y los besos entre las nalgas, llegando en ocasiones la chica a sentir dentro de su culo la punta de la lengua del muchacho y a introducir ella también la suya en el ano del chico. Roberto le dijo que a este tipo de práctica se la conocía con el nombre de “beso negro”.

Pero no se había pasado de ahí, a pesar de que hacía ya casi dos años que se conocían. Ester comenzó a dar otra vez señales de perder la paciencia necesitando de nuevo experimentar cosas diferentes; a ver si era posible que Roberto se diese cuenta de que era menester hacer el amor, por fin, como Dios manda y de que el asunto no admitía más dilación. Pero es bien sabido que cada vez que ella abiertamente se lo proponía, el chico volvía con la consabida cantinela de “no estás preparada, la prueba es que sigues pidiéndomelo”. Sin embargo, Ester era muy observadora e inteligente y hacía tiempo que había caído en la cuenta de que la forma de incrementar la ración de sexo era prestar ostensiblemente atención a otros muchachos. Este era un comportamiento que llevaba indefectiblemente a Roberto a concederle algún tipo de consuelo sexual, así que cuando la chica tenía ganas, no lo pedía, porque sabía que de hacerlo le sería negado. Se limitaba a comentar en voz alta lo guapo y apetitoso que estaba tal o cual muchacho para conseguir, casi inmediatamente que su novio la llevase a la cama. Esto debería haberla llevado a recapacitar sobre el temeroso machismo del chico. Ese componente machista imbuía a Roberto a creer que un hombre debe mantener satisfecha a su pareja para evitar que esta se fije en nadie, sin embargo, no concedía importancia a los auténticos deseos y necesidades sexuales que la propia mujer experimentase. Con todo, el caso es que aquello le daba resultado a la muchacha y con ese retorcido mecanismo conseguía poder decir lo que pensaba y lo que necesitaba en la cama porque cuando su novio la castigaba sin relaciones porque “te has portado mal” como él mismo le decía, ella se limitaba a mirar con profunda admiración y de forma ostensible a cualquier hombre que pasase por su lado. Entonces Roberto admitía condescendiente:

_ Bueno... Por esta vez te levantaré el castigo. Vámonos a casa y hacemos una marranadita.

Siempre se refería al sexo como marranaditas, a besar le llamaba hocicar y en cualquier caso trataba de desvirtuar todo lo sublime que la sexualidad puede tener y aunque esto al principio disgustaba bastante a la chica que poseía una idea ingenua y elevada del amor, al final terminó por acostumbrarse y ella misma llamaba también marranaditas a la singular forma que tenían de relacionarse sexualmente.

Porque a pesar de todas las argucias y miradas a otros hombres, aunque conseguía sexo cuando lo necesitaba, le resultaba imposible lograr que Roberto pasase adelante y se decidiera por fin a tomarla, a follarla, a joderla, “a metérsela hasta el estómago” como ella misma le pidió un día desaforadamente. Lo más que alcanzaba era que le alzara los castigos de abstinencia sexual de los cuales se hacía rea, según sentencias inapelables de Roberto; pero habían transcurrido casi tres meses desde la primera felación y la chica no había sido poderosa para hacer que las cosas avanzaran por los derroteros que ella quería y necesitaba.

Tan desesperada estaba y tan impotente se sentía para reformar el estado de la situación, que un día enhoramala, en lugar de retornar después de las prácticas a casa de su novio, según tenía por costumbre, se citó con un compañero de clase. No es que tuviera la aviesa intención de engañar a Roberto, o tal vez sí, porque Vidueiras dice que en el codicilo original no queda este punto bien determinado, pero lo que realmente ocurrió es que pasó la tarde placenteramente acompañada por uno de los más atractivos estudiantes de ATS, porque verdaderamente Ester poseía las suficientes buenas partes como para poder elegir, ya que era, sin lugar a dudas, una sensual y admirable muchacha que ya había rechazado muchas proposiciones en su corta existencia. Sin embargo ocurrió que en aquél momento, no se sabe muy bien por qué razón, se decidió a aceptar la reiterada invitación de su compañero. Quizá porque se sintió halagada, pero lo más seguro es que en el fondo de su corazón deseaba que su novio se enterase de aquello y reaccionase en el sentido que ella quería: con una proposición seria de matrimonio o al menos de convivencia; aunque se hubiera dado por satisfecha con que el muchacho le hiciera el amor como ella entendía que había que hacerlo. No es que rechazase el tipo de prácticas sexuales que realizaban, pues todo aquello de la entrega resultaba para ella subyugante y arrebatador, pero ocurría que Ester pensaba que esos juegos eran simplemente el preludio de un coito en toda regla, o de algo más fuerte y excitante, algo indeterminado que intuía pero que nunca llegaba a producirse.

El caso es que cuando al día siguiente le explicó a su novio el motivo por el que no había ido a visitarlo la tarde anterior, se desencadenó en Roberto parte de la reacción que ella esperaba; únicamente que no obtuvo todos los resultados apetecidos y previstos pues el muchacho estalló en un inusual acceso de ira, arrebato y malos modales como jamás hasta entonces había mostrado. Después de conocer el motivo de la ausencia de su novia la tarde anterior, se dirigió a ella en tono admonitorio y elevando la voz le dijo señalándola con el dedo índice:

_ ¡Así que quieres follar! ¿Eh? ¡Es eso lo que quieres! ¿No? Parece que todo lo demás no te importa. ¡Pues te voy a follar ahora mismo, así que vete a la cama, vamos a la cama que vas a tener por fin lo que llevas tanto tiempo buscando!
La chica le explicó que simplemente había salido con un compañero de clase, que no existía ningún motivo espurio para hacer lo que había hecho, (aunque esto no era cierto) y que ella se encontraba muy a gusto con él y jamás se le había pasado por la imaginación tener relaciones con ningún otro. Pero Roberto la cogió del brazo y prácticamente la arrastró hacia el dormitorio con furia y energía inusitadas y desconocidas hasta entonces por Ester. Aquello la asustó un poco, la excitó muchísimo y a la vez hizo que se sintiera halagada de poder desencadenar esa reacción de celos en su novio, porque decía el refrán de su pueblo que “el que no sabe de celos no sabe lo que es amor” y ella lo interpretaba “a senso contrario” es decir: si Roberto era capaz de ponerse celoso, quería decir que la amaba.

En el dormitorio fue desnudada sin ningún miramiento: no hubo besos ni caricias como solía ser habitual. Una vez desnuda se tumbó en la cama, pero el muchacho le gritó:

_ ¡Así no! Date la vuelta, ponte de rodillas, apoya la cabeza en la almohada, saca el culo y abre las piernas.

Esa postura ya era conocida por la chica. A veces la adoptaba para que su novio, desde atrás accediera más fácilmente con la lengua a su sexo y a su ano. Otras veces era el chico quien se mantenía así mientras ella le practicaba un largo y placentero beso negro, lamiéndole los testículos y la raja del culo, procurando detenerse en el ano y tratando de introducir allí la lengua. Pero siempre habían llegado a aquello después de un sin fin de besos, caricias y palabras de amor y deseo, vertidas en voz baja con delicadeza y suavidad en el oído. Aquél día, sin embargo, fue diferente: Roberto todavía estaba empezando a desnudarse cuando Ester ya le esperaba en la postura de la perrita, con el culo en pompa y las piernas separadas, con la vagina y el ano abiertos y ofrecidos. Se notaba deseosa, porque aquella forma peculiar y violenta de ser tratada le resultaba especialmente excitante, produciéndole un morbo desconocido, diferente y en cierto modo culpable, lo cual le hacía aun más atrayente. Esperó turbada a que su novio terminara de desnudarse y enseguida sintió las hábiles caricias manipulando su clítoris y la parte más externa de su vagina, mientras que algún dedo presionaba a la entrada de su ano, que ya se abría con facilidad. Ciertamente, siempre que practicaban el sexo, después de la tarde en que ella descubrió la felación, su novio le metía al principio uno pero últimamente dos o incluso tres dedos en el culo, de forma que el agujerito cada vez se abría y relajaba más y con mayor facilidad y prontitud; así llegó un momento en que la chica asociaba subconscientemente el tener algo en el ano con el orgasmo lo cual era precisamente lo que Roberto quería que se produjera. Y esto era así hasta tal extremo que en muchas ocasiones, sintiendo próximo el estallido de placer, pedía a su novio, sin poderse contener, que le metiese otro dedo más a lo que el chaval reaccionaba sacando los que tenía dentro mientras le decía que era a él en exclusiva a quién correspondía decidir el número de dedos que le metía en el culo, porque a la hora de practicar el sexo, ella no tenía culo, ni coño, ni boca: su cuerpo entero pertenecía a su novio. Pero tantas horas de práctica habían logrado que el agujerito trasero se le abriera aína, y así fue también aquella tarde, porque a los cinco minutos de haber iniciado Roberto la manipulación, ya tenía un par de dedos profundamente enterrados en el culo de su novia.

Ella disfrutaba de la sensación, no por conocida menos agradable, pues ya se sabe que esto del sexo es similar a la comida: aunque un día quedes ahíto o te empaches, no por eso dejarás de sentir hambre la jornada siguiente. Pero cuando estaba a punto del primer orgasmo su novio suspendió el movimiento de vaivén de los dedos en su abierto culo y se los sacó de allí con violencia. La chica no sabía cómo era posible que Roberto conociera tan a la perfección su cuerpo, hasta el extremo de poder predecir el orgasmo con menos de treinta segundos de antelación. Él le había enseñado que en los chicos, cuando los testículos se separan quiere decir que la eyaculación es inmediata, sin embargo Ester no comprendía lo que en su propio cuerpo delataba la proximidad del orgasmo aunque predecirlo resultaba mucho más fácil de lo que ella pensaba, porque el ritmo y la intensidad de sus suspiros no dejaban lugar a dudas para su amante habitual.

Inmediatamente echó de menos algo en el culo. Su novio le acariciaba el clítoris, la vagina y el ano, esparciendo por toda la zona los jugos que manaban de su propio cuerpo, pero su culo estaba vacío. De pronto, sintió lo que le parecieron un par de dedos de Roberto apoyándose en su agujerito trasero, pugnando por entrar y se relajó de buena gana para recibirlos en su interior. En esto, el muchacho la tomó por las caderas y ella sintió que algo grande y caliente se abría paso a través de su ano dilatándole el culo como nunca y produciéndole un profundo dolor. Se dio cuenta, demasiado tarde, que su novio la estaba sodomizando sin embargo no trató de escapar de aquello que ella consideraba una excitante humillación, y aun de haberlo intentado no hubiera tenido ningún éxito porque Roberto la mantenía firmemente sujeta por las caderas y cuanto más se movía más profundamente penetraba la invasora polla en su culo. La verdad era que el dolor había cedido y una desconocida e inquietante sensación de profundo placer, incógnito pero intensamente grato, la invadía.

_ ¡Esto es lo que quieres! ¡Así es como te gusta! ¿Verdad que sí, zorra? Piensa que Nacho te está observando... Mira, Nacho, la zorrita de Ester Bueno como disfruta con una polla en el culo.

Ignacio, evidentemente, era el compañero con el cual había pasado Ester la tarde anterior. Mientras Roberto le decía todo esto movía sin parar las caderas, deslizando la picha con furia y energía a lo largo del recto de su novia, ya completamente relajado y abierto. Por entonces la muchacha empezaba a cooperar en su propia sodomización, porque el placer que sentía ayudado por la profunda excitación que le proporcionaba la sensación de humillación y los insultos que su novio le dirigía superaba a cualquier otra consideración que hubiera podido plantearse. Se llevó una mano al clítoris iniciando una suave masturbación, pero Roberto, dándose cuenta de la maniobra, aceleró sus movimientos y aferrándose con auténtica fiereza a sus nalgas le llenó el culo de semen mientras lanzaba grandes gritos y terminó la eyaculación antes de que ella hubiera podido obtener el primer placer.

Quedó tumbada, boca abajo sobre la cama, con la cara hundida en la almohada, llorando y tragando acíbar. Extrañamente y por primera vez, Roberto no se quedó para consolarla; antes bien: en cuanto hubo terminado de escurrirse bien la polla sobre las nalgas de la muchacha se fue a duchar, y se quedó fumando en otra habitación, escuchando impasible los ahogados sollozos de Ester.

La chica estaba adarvada y así permaneció un buen rato, hipando desconsoladamente y sin poderse mover. Pero al cabo, después de un tiempo, superó su pasmo y aturdimiento y ella también se duchó, sintiendo el ano dolorido y el sexo húmedo y excitado, porque la habían conducido al extremo de la humillación y por lo tanto, de la excitación, pero le habían vedado el placer. De forma recatada, se vistió y fue a sentarse, encendiendo también un cigarro al lado de su novio.

_ ¿Qué piensas hacer ahora? -preguntó al muchacho mirándole a la cara.

_ Yo nada. No pienso hacer nada. Tú eres la que tienes que decidir si quieres que te trate como hasta ahora o prefieres convertirte en una puta, a la que solamente le gusta follar y sentir una polla dentro.

_ Pero... ¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué delito he cometido? Sólo salí un día con un compañero de clase.

_ Tu cuerpo me pertenece -le espetó Roberto sin dudarlo- y puedes aceptarlo o no. Si lo aceptas, seguiremos como hasta ahora y si no te parece bien ya sabes dónde está la puerta. Yo no voy a cambiar y tampoco pienso consentir tu insubordinación y mucho menos que me pongas los cuernos.

_ ¡Yo sólo salí a tomar una cerveza con Nacho! -se defendía Ester- no hubo nada más... Te lo juro, ni cuernos ni hostias.

Pero Roberto no tenía nada de tonto y se había dado cuenta de que el motivo oculto de su extemporánea salida con el compañero de clase, había sido provocar en él una reacción dirigida a conseguir lo que la muchacha venía demandando tanto tiempo: un compromiso. Por eso le dijo:

_ Yo no soy ningún imbécil y sé lo que quieres. Pero estás equivocada en el método para conseguirlo. Si te muestras obediente y entregada a mí, apenas te quedan un par de pruebas que pasar para que yo decida proponerte un compromiso serio. Pero si quieres hacer lo que te dé la gana, no es conmigo con quien debes estar y por lo tanto, será mejor que cojas tus cosas y te largues. Ni más ni menos.

Positivamente, Ester comprendió que su novio no le daba otra opción. Jamás cambiaría. Aquel muchacho amable, cariñoso, detallista que había logrado en pocas semanas que ella se adamase irremediablemente, había mudado tanto, que había llegado a convertirse en el vivo trasunto de su padre, de sus hermanas o de todo lo que olía a autoridad y que ella tanto había respetado siempre. Ya no pedía: exigía; ya no convencía: amenazaba; ya no dialogaba: ordenaba... Y para mayor desconcierto la chica no era capaz de sentir por él simplemente el respeto o el temor que ordinariamente había sentido por la autoridad, pues ya no podía dejar de reconocer que todo aquello, unido adecuadamente al sexo, le gustaba hasta tal extremo que cualquier otra consideración pasaba a ser secundaria. Roberto acababa de enfrentarla a una disyuntiva de difícil resolución: o continuaba ejerciendo de querida o chica para todo de su novio, o regresaba con la cabeza gacha a casa de su hermana, para volver a sentir el control de su familia sobre sus actos y sobre su tiempo. ¡Ah! ¡Cuándo acabaría la carrera para poder ponerse a trabajar y lograr la anhelada independencia económica!

Roberto condescendió:

_ No pretendo que lo decidas ahora mismo. Pero lo que vas a hacer inmediatamente es marcharte, sabiendo que si regresas, entenderé que quieres entregarte totalmente a mi sin restricciones, no como lo has estado hasta ahora, sino mucho más. Si es así, nunca se volverá a mencionar este asunto. Si no quieres volver, te llevaré en el coche tus pertenencias a casa de tu hermana. Ahora vete.

_ Roberto... - la muchacha intentó prolongar el diálogo, pero el chico la cortó con un radical “Vete, vete ahora mismo”, así que Ester, con los ojos anegados en lágrimas se marchó, sintiendo que el ruido pesado de la puerta cerrándose tras de sí caía sobre ella como una losa.

En cuanto llegó a casa de Isabel se dio cuenta de que el quedarse allí era una solución inaceptable, porque apenas apareció cuando empezaron las pullas y los dimes por parte de su hermana hasta que Ester se retiró a su cuarto, lamentándose amargamente de su suerte y tratando de estudiar, sin conseguirlo.

Aquella triste noche, reflexionó pormenorizadamente sobre todo lo que había pasado y no tardó en llegar a la conclusión, a la que habitualmente llegaba en situaciones similares, de que la responsabilidad era suya por intentar solapadamente engañar a su asendereado novio y por querer tener poder de decisión sobre su cuerpo, que ella sabía que no le pertenecía. Hasta tal punto llegaba el amor y la necesidad que tenía de Roberto y tanto y tan bien había trabajado este en su personalidad que la niña terminó auto convencida, después de un largo razonamiento, de que su novio tenía razón y ella era la mala. Decidió levantarse con sigilo e ir al pasillo para llamarle por teléfono sin más dilación y pedirle perdón sumisamente. Estaba comenzando a marcar el número cuando la voz de su hermana surgió, estentórea, del dormitorio de matrimonio:

_ ¿Qué hora te crees que es para llamar? Además... ¡El teléfono no es gratis!

Isabel casi siempre tenía algo de razón en el fondo, aunque dicha parte de razón quedaba generalmente invalidada por la forma desconsiderada y atroz que esgrimía para exponer sus argumentos. Ya era muy tarde, es cierto; pero en ningún momento se le ocurrió preguntar a su hermana cual era el motivo de aquella llamada tan a deshora. Sin embargo Ester, en aquél preciso momento, sintió que el desaforado comentario sobre el teléfono había sido la gota que había colmado el vaso de su paciencia y contención para siempre. Decidió, con todas sus fuerzas, que le pidiera Roberto lo que le pidiese, siempre sería más soportable que aguantar la estrambótica autoridad de su hermana un solo día más. “De momento” pensó “quédense las cosas como están y en esta misma hora me voy a dormir”. Así lo hizo, después de masturbarse a conciencia hasta conseguir encadenar un par de orgasmos.

A la mañana siguiente, desde una cabina y entre clase y clase llamó a su novio al trabajo, le pidió perdón y le comunicó que aquella tarde se reuniría con él en su casa, como de costumbre, si la volvía a admitir. Roberto, entre amables palabras y promesas de amor le dijo que se asegurase de lo que hacía, porque no se le concedería una segunda oportunidad; pero en caso de que estuviera resuelta a aceptar el férreo estado de cosas que ya conocía y aun más, él la recibiría encantado y que, como le había dicho ayer, jamás se volvería a mencionar el asunto.

Sin embargo, todo aquello había echado por tierra irremisiblemente muchas de las ilusiones casi infantiles y la totalidad de las expectativas de un futuro que Ester hubiera querido compartir con su novio. Desde entonces, tuvo la seguridad de que, para que su relación fuera persistente, para continuar teniendo la suerte que tenía de que un chico tan guapo y maravilloso la aceptara, era condición indispensable someterse sin restricciones. Así, tomó la decisión de entregarse a él tanto como se le pidiera, pues comprendió que en ese comportamiento se fundaba la relación. Dejaría de lado la desesperación y la desconfianza y entregaría a su novio su cuerpo, sus pensamientos, todo su ser y toda su existencia para que Roberto hiciera con ello lo que mejor le pareciera, sin asomo ya de rebeldía por su parte. Y cuando Ester Bueno tomaba una decisión, solía llevarla hasta el final, ayudada por una firme determinación y por una voluntad de hierro. Aquel día estableció para su noviazgo una nueva pauta de comportamiento gracias a la cual, según ella imaginaba, también pensaba aprovecharse de la relación que tenía con el muchacho. A decir verdad era un chico atento y amable, siempre que no se le contradijera en los asuntos sexuales. Por otra parte tenía una situación económica que, aunque no boyante, era muy superior a la media de su edad, porque los demás conocidos de Ester, la inmensa mayoría estudiantes, siempre andaban a la cuarta pregunta. Además, en la cama le daba el placer necesario más allá de toda consideración. Claro está que ella nunca se lo podía solicitar pero, si no exigía, la oferta sexual era satisfactoria y el hecho cierto de no poder demandarlo debería considerarlo como la alcabala que tenía que satisfacer para que él se dignara disfrutar de su cuerpo. El recuerdo de la sodomización, de la vergüenza y humillación que soportó le resultaba extraordinariamente gratificante. Por todo esto, decidió que aquel chico era una buena compañía para no pasar los años de carrera sola, para disfrutar de una cierta holgura económica y sobre todo para no tener la necesidad de depender siempre de su familia. Si a cambio de eso tenía que entregarle su cuerpo y su libertad, se las entregaría de buen grado; al fin y a la postre ya estaba avezada a ello. Al fin y al cabo, obedecer formaba parte consustancial de la personalidad de Estercita.

jueves, 10 de septiembre de 2009

IV LA PRIMERA VEZ







La niña era consciente, por comentarios de las amigas y porque su madre siempre la había prevenido al respecto, que los chicos, ya se sabe, van a lo que van, todos son iguales y enseguida te piden sexo. Por eso valoraba aun más a su novio, que nunca se propasaba, lo cual le hacía a ella deducir que su relación se basaba en el amor y que él era un auténtico caballero a la antigua usanza: comedido, respetuoso, cortés y educado. Esta forma de entender la falta de demanda de sexo de un varón por parte de algunas mujeres, es completamente errónea. No quiero yo decir con esto que el normal comportamiento de un hombre debe ser tratar de acostarse con la primera mujer con la que toma café, pero, como todos sabemos, los únicos varones que respetan muchísimo a las mujeres son los homosexuales; los demás, dentro de un tiempo prudencial, demandan sexo. En caso de no ocurrir esto, ella debería desconfiar y pensar que el tipo en cuestión no es trigo limpio y que esconde algo, pues en este asunto tanto se peca por la premura como por la lentitud. Roberto no era homosexual, pero sus intenciones no estaban ni mucho menos revestidas del aura de caballerosidad que Ester quería ver en ellas. Simplemente seguía la estrategia de hacer que la muchacha lo deseara, lo demandara, para írselo dando con cuentagotas haciendo que ella siempre necesitara más, quisiera descubrir más pues él pensaba que este era el camino para convertirla en la amante perfecta. Esta forma de actuar es táctica común y generalizada entre cualquiera que pretenda que otro le obedezca, desde los cuidadores de bonsáis que poco a poco y con infinita paciencia van consiguiendo que el árbol adopte la figura que ellos quieren, hasta los entrenadores de perros, que con el premio del caramelo o la golosina doblegan la voluntad de los animales consiguiendo que les obedezcan sin dilación. En este sentido Roberto actuaba más como un entrenador de perros que como un cultivador de bonsáis, pues lo que pretendía no era que Ester adoptase determinada figura o actitud, sino que activamente le obedeciera en la forma, el lugar y el momento que él ordenase. En lugar de golosina o terrón de azúcar utilizaba para conseguirlo el sexo.
Porque transcurrían los días, las semanas y los meses y Roberto no mostraba ningún interés ni solicitaba lo que la muchacha estaba deseando entregarle, lo cual comenzaba a generar en la chica una cierta inquietud. Por su forma de ser deducía que sin duda era ella la culpable de la situación: “Quizá no le gusto”, pensaba “o quizá esté saliendo con otra”, aunque esto último era físicamente imposible, salvo que actuase con nocturnidad, porque ellos permanecían juntos la mayor parte del día una vez cumplidas sus obligaciones laborales y escolares. La niña, en su ingenuidad y haciendo caso omiso del viejo refrán que dice al novio enséñale el coño, pero no todo, se sentía en la obligación de transmitir a Roberto todos y cada uno de sus pensamientos, sus inquietudes y sus deseos, de forma que, de vez en cuando, le preguntaba que por qué no la hacía suya plenamente, que ella lo estaba deseando y se sentía capaz y apta para satisfacerle. La contestación del chico era invariablemente la misma:

_ Aun no estás preparada. Me tienes que querer mucho más y entregarte totalmente a mí.

Estercita le daba vueltas en la cabeza a todo aquello sin ser capaz de imaginar de qué forma se podía querer más ni entregarse más. Le contaba a su novio sus desventuras pero Roberto zanjaba le espinosa cuestión diciéndole que confiara en él, que la deseaba y que no había nadie más que ella en su vida; que él sabría cuando había llegado el momento y que, una vez llegado, la tomaría sin dilatarlo ni un instante, pero que era menester no precipitarse. En honor a la verdad tampoco al muchacho le resultaba fácil mantener tan firme actitud y si no fuera por la morbosa ilusión que tenía de conseguir la entrega absoluta de su novia, habría claudicado hacía mucho tiempo. Frecuentes masturbaciones solitarias con el pensamiento puesto en el cuerpo de Ester trataban penosamente de suplir esa carencia. Pero el chico era tan raro y caprichoso que creía que si actuaba con precipitación, dejaría pasar una oportunidad única para conseguir lo que ambicionaba, que ciertamente no era otra cosa que poseer una esclava sexual. Así, se contenía con una fuerza de voluntad digna de mejor causa y con la esperanza puesta en lo que llegaría a conseguir si era prudente.

Con sus continuas preguntas sobre el asunto, la chica estaba revelándole inconscientemente el grado de apremio que tenía en cuanto a su necesidad de establecer relaciones sexuales, de manera que cuando la insistencia y las preguntas llegaron a producirse con demasiada reiteración, Roberto juzgó que quizá era el momento de comenzar a dar algo y decidió pasar a la acción.
Una tarde de primavera, de esas agradables que presagian el deseado verano, la pareja había estado merendando unos perritos calientes y unas cañas de cerveza en la hamburguesería San Luís, de la calle Cárcel Corona. Cuando terminaron decidieron caminar lentamente y sin rumbo. El atardecer invitaba al paseo así que andando con parsimonia llegaron hasta la explanada que se extiende frente a la fachada principal de la Facultad de Ciencias, en el antiguo Prado de la Magdalena. Iban cogidos de la mano y esporádicamente Roberto pasaba un brazo sobre los hombros de la chica y la atraía hacia él en un gesto de protección que a Ester le encantaba. Apoyados en el murete que rodeaba la explanada, mientras las ultimas luces del día iluminaban la escena, hablaban y hablaban de sus cosas. Pero la postura resultaba tan incómoda, que al poco tiempo terminaron sentados en el suelo, apoyando la espalda contra el pequeño muro de no más de ochenta centímetros de alto, que les servía de respaldo. Roberto sacó su paquete de Celtas y ofreció tabaco a la chiquilla que cogió uno. Ester había empezado a fumar, porque todo lo que hacía su novio le resultaba fascinante e incluso imitaba sus frases y gestos. Estaba, en fin, completamente enamorada de él. Veía por sus ojos, hablaba por sus labios y escuchaba por sus oídos.
Terminaron el cigarro y el joven comenzó a besarla en el cuello profusamente a la vez que con la mano le acariciaba los pechos, por encima de la blusa. La chica llevaba un pantalón verde y una blusa a juego. Su cuello, donde Roberto depositaba suavemente un torrente de besos, olía a Azur de Puig y el muchacho separaba el pelo negrísimo, para dejar al descubierto la oreja. La besó, chupando el lóbulo delicadamente, mientras con la mano alternaba las caricias entre un seno y otro.
Ester se había tumbado en el suelo cuan larga era. Su respiración se tornó cada vez más agitada, la mirada brillante, las aletas de la nariz palpitantes, procurando buscar desesperadamente los labios del muchacho para fundirse con él en apasionados besos, entreabriendo la boca, aspirando la lengua, suspirando y gimiendo entre dulces palabras de amor y de deseo. El chico, desabrochó la blusa, dejando al descubierto el vientre, plano y cálido. Besó y besó alrededor del ombligo, mientras acariciaba las piernas por encima del pantalón, pasando a veces la mano sobre el sexo de la chica que contenía la respiración en cada pasada. Roberto, sabiamente, alargaba el proceso. Acariciaba los pechos, besaba el vientre, pasaba la mano por las piernas, lamía el cuello y los labios; todo ello envuelto en mil palabras de amor y de deseo susurradas dulcemente en el oído de su novia. Sin embargo, no había hecho intención de quitar el sujetador a la muchacha. Ella sentía que aquella prenda estorbaba porque le daba la impresión de que repentinamente sus pechos habían crecido y se sentían oprimidos dentro de aquellas cazoletas; pero cuando hizo ademán de quitárselo, su novio no se lo consintió. Ester se dejó llevar. Al fin y al cabo era la primera vez que había llegado a tanto con un chico y estaba segura de que Roberto sabría como hacerlo. A pesar de todo no lograba entender por qué, teniendo en casa una cama, él había decidido empezar aquello allí; quizá las cosas habían surgido sin que nadie se lo propusiese, pero se decía que aquél era un sitio como otro cualquiera para entregarse, por fin, a él.

La manita de la chica, buscó el sexo del muchacho y acariciándole por encima del pantalón, sintió el bulto que ella juzgó enorme. Entonces, Roberto le hizo abrir las piernas tumbándose sobre ella, y aunque ambos estaban vestidos, inició los movimientos de vaivén que se realizan durante el coito. Ester podía sentir el bulto del pene, apoyado en su sexo, presionándole en la entrepierna a través del pantalón y la braguita, mientras que su novio estrujaba delicadamente sus senos y la besaba en la boca, metiéndole la lengua recorriendo su cuello con los labios y chupando los lóbulos de sus orejas. Ester nunca supo cuanto duró aquello pero siempre recordará la sorpresa y el estupor que sintió cuando Roberto se puso repentinamente en pie, encendió un cigarro y preguntó con desparpajo:

_ ¿Te ha gustado? -y sin darle tiempo a responder, añadió- Pues algo parecido se siente cuando se hace de verdad.

La noche había inundado con su sombra la explanada que sirve de aparcamiento en la Facultad de Ciencias. El aire se había vuelto más fresco, aunque la excitación que la muchacha sentía le proporcionaba el suficiente calor como para despreciar el frío de la noche. Ester se sentó en el suelo, arreglándose la ropa y pudo comprobar como las farolas iluminaban a los pocos viandantes que pasaban con prisa por la acera, situada a un centenar de metros, mientras que el lugar donde ellos estaban permanecía en la oscuridad. No supo qué decir. Simplemente cogió otro cigarrillo y aguardó a que su novio manifestara sus intenciones. No tuvo que esperar mucho:

_ Creo que ya es algo tarde y mañana tenemos que madrugar los dos. ¿Te acompaño a casa?

La niña permitió que él pasara un brazo sobre sus hombros y lentamente emprendió el camino de regreso hacia su domicilio. Notaba el sexo excitado, abierto, húmedo. Los pezones, turgentes casi le dolían rozando con el sujetador. La cabeza le daba mil vueltas, mientras escuchaba a Roberto que hablaba y hablaba sin parar de cosas que ella juzgaba en aquella ocasión intrascendentes. No pudo contenerse más y estalló con vehemencia:

_ ¿Se puede saber qué te pasa conmigo? Yo creo que esto que estamos haciendo no es normal. Si tú me quisieras como te quiero yo a ti estarías deseando hacerlo. Todo el mundo lo hace y yo les tengo que decir a las amigas que también lo hacemos. Me da corte contar la verdad.

Roberto, sin inmutarse, buscó sus labios para depositar en ellos un beso. Pero la muchacha lo rechazó.

_ ¿Por qué tenemos nosotros que hacer lo que tus amigas? Yo quiero que cuando lo hagamos sea para siempre, porque casi todas las chicas que conozco andan por ahí con unos y con otros. Eso es porque se precipitan y a mi no me pasa nada contigo. Sólo creo que aun no estás preparada y tienes que entregarte más a mí.

_ ¿Más? -A Ester le dolía que dijera aquello- Oye, estoy pensando en ti desde que me levanto, nos vemos todos los días, sueño contigo, procuro hacerte feliz y que estés bien y lo que quiero precisamente es entregarme a ti del todo. ¿Qué más puedo hacer?

_ Si estuvieras de verdad entregada a mí, no te pasarías todo el rato dándome la vara diciendo que no lo hacemos y que por qué no lo hacemos. Solamente harías lo que yo te dijera, porque serías mía. ¿Ves como aun no eres mía del todo y tienes que entregarte más a mí?

Ester reflexionó sobre todo aquello mientras continuaban en silencio camino de casa de su hermana. Realmente era una especie de diabólica trampa dialéctica, pero la chiquilla lo dio por cierto. Si estuviera totalmente entregada a él, se limitaría a confiar ciegamente y no exigiría nada, sabiendo, fuera de toda duda, que lo que Roberto hiciera siempre sería lo mejor para ella. Por otra parte, el chico le había hecho entender que si continuaba insistiendo, entrarían en un círculo vicioso. Ella se lo pediría y él se lo negaría argumentando que no era completamente suya, ya que se lo pedía. Resolvió, ser más prudente en adelante y evitar cualquier otro tipo de confrontación con el muchacho. Tenía la esperanza de que con esa actitud, un buen día se encontrase con que Roberto juzgara que era el momento adecuado y la tomase por fin.

La verdad es que el chico jugaba con la ventaja de que Ester era una niña acostumbrada a obedecer, con nulas o muy pocas oportunidades de manifestar una iniciativa, además de haber desarrollado un importante grado de timidez. Solamente ahora, gracias al apoyo, la valoración y la amistad de Roberto, estaba empezando a enfrentarse a su hermana y a rechazar con hostilidad cualquier injerencia del entorno que ella considerase desmesurada. Sin embargo, los años de sumisión a toda su familia, a su maestra y a sus profesores, pesaban de manera determinante en su personalidad, de suerte que no le resultaba difícil aceptar de buen grado lo que su novio quería. Porque la chica entendía perfectamente que la intención de Roberto era que ella permaneciese callada y expectante, deseándole pero sin manifestárselo de forma explícita. Como cuando de niña, en el pueblo, quería otro pedazo de flan de los que hacía su madre, pero nunca se atrevía a pedirlo. Sin embargo si algún adulto se lo ofrecía, ella asentía enérgicamente con la cabeza.

A todas estas, habían llegado a su casa. Como todas las noches, Roberto se despidió con un beso apasionado, pero aquella vez acarició con reiteración el sexo de su novia a través del pantalón. A ella, que estaba empezando a pasársele la excitación, le volvió de repente redoblada y apremiante. Se abrazó a él con verdadera necesidad, mientras pasaba también su manita por encima del pantalón del muchacho, notando el bulto que se había instalado allí al parecer de forma perenne. A pesar de las determinaciones que había tomado mentalmente hacía unos instantes, no pudo contenerse llegado el momento y reclamó a su novio casi con rabia:

_ Roberto, Roberto, por Dios cielo... Te quiero, no te vayas, sigue, sigue así...

El muchacho se desprendió secamente del abrazo y le dijo:

_ ¿Ves como no estás entregada a mí? Acabas de volver a pedirlo. Tienes que aprender mucho todavía. Hasta mañana cariño.

_ Roberto... -pero la puerta metálica del portal ya se había cerrado con estruendo y su novio desapareció en la fría oscuridad de la noche dejándola aturdida y confusa. Ester subió las escaleras de dos en dos hasta el segundo y abrió la puerta con su llave. Su hermana y su cuñado estaban terminando de cenar. Los niños dormían.

_ Son horas ¿eh? -grito su hermana- No, si al final, se lo tengo que decir a padre, lo que está pasando contigo, que haces lo que te da la gana y no bajas ya la mano a nada.

El volumen de voz iba subiendo mientras que la niña, desaparecía en su habitación y su cuñado, con una expresión de hastío murmuraba: “¿Ya estáis otra vez?...Yo me largo a la cama”. Pero Isabel no cejaba en el intento de echarle la bronca, rutando y rutando mientras se lavaba los dientes y se ponía el camisón. Por fin, con una última voz, le hizo saber que tenía algo de comer en el horno y que recogiese y fregase los platos de la cena, dejándole la cocina como un sol.

Se hizo, por fin, el silencio... Estercita se despojó de la blusa y liberó luego sus pechos del sujetador. Los pezones erectos casi le dolían. Se quitó los zapatos y los calcetines, desabrochó los pantalones y sentándose en la cama hizo que se deslizaran por sus piernas quedando vestida solamente con la braga. Antes de ponerse un albornoz blanco, observó su cuerpo desnudo en el espejo de la habitación. Los enhiestos pezones, los senos turgentes, el cuello, los ojos, los labios. El espejo era demasiado pequeño para permitirle contemplar conjuntamente la totalidad de su anatomía pero lo que vio le gustó y continuaba sin comprender por qué Roberto la rechazaba con tanta determinación.

Fue a la cocina aunque no era apetito de alimentos el que padecía Ester aquella noche. Se propuso recoger y fregar los cacharros, pensando que si los dejaba para el día siguiente iba a andar más apurada de tiempo, aparte de que si su hermana se levantaba y encontraba la cocina revuelta, podría generarse una disputa morrocotuda. Apiló platos, vasos y cubiertos de la mesa, depositándolos con cuidado en el fregadero. Empuñó decididamente un estropajo y esparció sobre él un generoso chorro de detergente. Comenzó mecánicamente a fregar primero los cubiertos: cuchillos, tenedores y cucharas pasaban por sus manos recibiendo su correspondiente enjabonado y restregado; pero su cabecita estaba en otra parte. Revivía con detenimiento todas las sensaciones que había experimentado aquella tarde y al fin, abandonando la prosaica tarea que estaba realizando, se secó las manos y de pie, al lado del fregadero comenzó a acariciarse los desnudos pechos, por debajo del albornoz. La mano izquierda pasaba suavemente de un pezón a otro, de un seno a otro, mientras que la derecha había ido descendiendo por su vientre desde el estómago hasta el borde de la braguita. Desató el cinturón que sujetaba la prenda de baño a su cuerpo y continuó más abajo localizando el clítoris en la parte superior de su sexo chorreante y terriblemente excitado debajo de la braga humedecida. Separó las piernas para facilitar la tarea y comenzó a tocar la pequeña protuberancia con su dedo corazón. La braguita le molestaba y se la quitó con la idea de meterla en la lavadora, pero su deseo era tan apremiante que simplemente la depositó, arrugada, a sus pies. Estaba completamente desnuda bajo el blanco albornoz y aún le entraron ganas de despojarse también de esta prenda, pero por precaución, no fuera a ser el caso de que alguien de la familia se levantase a deshora, se lo dejó puesto, aunque se echó los faldones sobre los hombros y se inclinó un poco sobre el fregadero abriendo totalmente las piernas para conseguir que su sexo estuviera más accesible. Continuó acariciándose, primero con delectación, pero poco a poco, la intensidad de la manipulación fue aumentando hasta que llegó a frotar desesperadamente sus labios vaginales, y todo su sexo con la palma abierta de la mano. A veces, paraba y volvía a manipular el clítoris con un dedo. Otras veces, ese mismo dedo travieso, penetraba muy ligeramente en la entrada de su vagina, humedecida y abierta. Volvió el violento frotamiento, recorriendo todo el sexo, apretándolo y sobándolo con una mano, mientras con la otra se pellizcaba delicadamente los pezones. El ritmo de la masturbación aumentó y en su cabeza estaban los besos de Roberto, el cuerpo de Roberto, el bulto del pantalón de Roberto… El orgasmo se acercaba y en un momento estalló, obligándola a morderse los labios para no gritar y quedando ligeramente recostada sobre el fregadero. No duró más de quince segundos. Se arregló la ropa y volvió a su quehacer doméstico, procurando terminar con la mayor diligencia posible. Al cabo, se dio por satisfecha, se lavó los dientes, se quitó por fin el albornoz y vistiendo un bonito pijama se metió en la cama. La cabeza le daba vueltas, pensando y pensando por qué le pasaban a ella esas cosas tan raras, pero el cansancio la venció pronto y no tardó en quedarse dormida.

Después de aquello pasaron algunas semanas sin más acontecimientos dignos de mención y de figurar en este escrito. Las relaciones entre la pareja continuaron como si nada hubiera ocurrido, simulando que la tensa escena de la Facultad de Ciencias no había tenido lugar. La niña acabó de asumir el razonamiento que su novio le había hecho, según el cual se autoinculpaba en exclusiva de la situación, porque efectivamente, si Roberto no acababa de decidirse a hacerle el amor, de ella era toda la responsabilidad, pues ya se le había explicado que debía limitarse a obedecer y esperar en silencio y claro, como no detenía sus demandas molestando a su novio más de lo que él merecía, pues el chico se negaba a satisfacerla; y hacía bien en castigarla, porque a la hora de la verdad ella no se estaba comportando conforme a lo que Roberto, a quien tanto debía, le demandaba. Hasta ese límite los torticeros pensamientos de Estercita la habían llevado y hasta ese punto tenía la niña una personalidad apocada, propincua a la obediencia y muy poco dada a la reivindicación, con una autoestima prácticamente inexistente y una dependencia afectiva digna de figurar en los manuales de psiquiatría. Sin embargo, había algo que verdaderamente estaba cambiando aunque de forma lenta y sutil: las hostilidades entre Ester y su hermana se incrementaban paulatinamente. La muchacha seguía siendo una excelente estudiante, pero cada vez le resultaba más difícil comportarse como una dócil sirvienta. Curiosamente estaba aprovechando el amor de Roberto para aumentar su autoestima, aunque ello solamente se pudiese percibir en lo tocante a las relaciones con terceras personas porque para su novio continuaba siendo la misma niña apocada, tímida e irresoluta de siempre, incapaz de una contravención y dispuesta a admitir todo lo que salía por la boca del muchacho. Pero con Isabel, aunque callaba, en su fuero interno se negaba a continuar ejerciendo de criada para toda la familia de su hermana. Tan alarmante era la situación y tan tensas e insostenibles se habían vuelto las relaciones que la chiquilla decidió, desde luego que de común acuerdo con su novio y una vez obtenida la aquiescencia de éste; hacer una carrera corta, para poder escapar cuanto antes de la tutela de la familia. Como su ilusión desde niña había sido siempre la medicina, eligió Ayudante Técnico Sanitario considerándolo un mal menor y se esforzó como nunca en mejorar sus calificaciones, para que le resultase más fácil acceder a la Escuela de Enfermería merced a su brillante expediente académico.

Los fines de semana solamente regresaba a casa de Isabel a dormir porque el resto del tiempo lo pasaba en compañía de Roberto. Además se veían todos los días, pues Ester seguía acudiendo a clase de inglés y a la salida siempre tenían tiempo para tomar un café, charlar un rato, y darse algunos besos envueltos en promesas de amor, de modo que la vida de la chiquilla realmente giraba en torno a su novio, como gira la tierra alrededor del sol, de quien recibe la luz, el calor y en definitiva, la vida. La niña ya había aceptado sin reservas el tipo de comportamiento que Roberto esperaba de ella y no volvió a sugerir ni mencionar nada que sonase remotamente a demanda de relaciones sexuales. Se limitaba a devolver los besos, cuando estos se producían y a reafirmar su amor, en respuesta a las interpelaciones de su novio.

Sin embargo Roberto había advertido en Ester una mudanza, apenas perceptible, pero que empezaba a producirle más inquietud que satisfacción. Le parecía a él que la chiquilla respondía con el rabillo del ojo a las miradas de otros chicos y en más de una ocasión la había sorprendido en una cafetería atisbando el esbelto cuerpo de algún joven. Quizá solamente fueran imaginaciones suyas, pero a él se le figuraba que las cosas empezaban a deslizarse por malos derroteros y fuera o no cierto que Ester miraba a los muchachos con menos recato del que a su novio le parecía conveniente, es bien sabido que cada uno actúa según lo que entiende por verosímil, independientemente de que lo sea o no. Y como Roberto creía a pies juntillas que Ester empezaba a resbalar por la senda de las miraditas a los chicos, pensó que las cosas no se podían demorar más. La escena de la Facultad de Ciencias se había vuelto a repetir casi todos los sábados y domingos en su casa, pero parecía que ya no era suficiente. El chico sabía que su novia se masturbaba después en la soledad de su habitación o en el cuarto de baño, porque como ya hemos dicho, Ester creía que no había que tener ningún secreto con el novio y a preguntas de este, le confesó, bajando avergonzada la cabeza, lo que hacía con su cuerpo en la cama o en la ducha. Roberto juzgó que era imperativo dar el siguiente paso, porque la niña lo necesitaba y él también. Además, de no darlo, podía echar al traste todo su plan después de haberlo estudiado y premeditado tan minuciosamente; porque este asunto era similar al juego de las siete y media según apreciación del muchacho, en el cual se pierde tanto por no llegar como por pasarse.

Un viernes, después de la clase de inglés, habló con su novia para decirle que cuando a la mañana siguiente acudiera a su casa, tendría reservada una sorpresa para ella.

_ ¿Te puedes imaginar qué es? -la niña, después de pensarlo un momento manifestó que quizá algún tipo de agasajo. La verdad es que su novio la obsequiaba y regalaba muchas cosas, mientras que ella no podía nunca corresponder, porque su economía siempre estaba en bancarrota y dicha situación era otro de los muchos motivos por los que a Ester le parecía conveniente someterse a las veleidades y caprichos de su novio; porque según imaginaba, ya que ella no podía ofrecerle nada, al menos estaba obligada a consentir todo lo que Roberto le pidiera, para corresponder a tanto como de él recibía.

_ Si, es un regalo que yo te voy a hacer y tu me vas a hacer a mí. ¿Sabes lo que es? -La mente de la muchacha estaba ya tan alejada de la idea de tener sexo con su novio que tuvo que confesar que no lo sabía.

_ Pues eso que antes me pedías tanto y que ahora ya no me pides. Y precisamente por haber dejado de solicitarlo, yo quiero concedértelo.

Ester bajo la cabeza con timidez y recato. Tantas veces la había reconvenido Roberto por causa de su deseo, desaforado a juicio del muchacho, y tantas veces se lo había reprochado ella misma que llegó un momento en que el mero hecho de sentirse excitada le daba vergüenza, como si algo malo estuviera pasando por su cuerpo, una pulsión que ella apenas podía controlar y que por añadidura disgustaba a su novio incumpliendo las instrucciones que de él había recibido, circunstancia esta que la niña era incapaz de perdonarse a sí misma. Pero el ansia y la expectación se apoderaron de ella, impidiéndole casi conciliar el sueño aquella noche, a pesar de su casi diaria masturbación antes de dormir. Pero el día señalado llegó por fin y Ester recibió la mañana con la misma ilusión desbordante con que se levantaba, de niña, cada seis de Enero. Como si acelerando el ritmo de sus actividades pudiera lograr que el tiempo pasara más deprisa, se vistió con extraordinaria precipitación, deseosa de llegar cuanto ante a la cita que tenía con Roberto. No es que hubieran quedado a ninguna hora determinada. Los sábados y domingos solía ir Ester a casa de su novio en cuanto terminaba de desayunar y se aseaba, por supuesto después de finalizar alguna de las alienantes tareas domésticas con las que su hermana solía agobiarla. Pero aquella mañana era muy especial, así que con extremada diligencia se duchó y se lavó el pelo, se perfumó y vistió sus mejores galas. Habitualmente llegaba a más de las doce a casa de su novio, pero aquel día llamó a la puerta a eso de las once y media.

Roberto la recibió con un beso y le dijo con sinceridad que estaba preciosa y que era la muchacha más bonita que había conocido, con lo cual la chica se sintió halagada y feliz. Su novio era así: siempre valorándola, siempre admirándola y diciéndole cosas bonitas que la hacían sentirse amada y segura, aumentando cada día un poco más la confianza que tenía en sí misma.

_ Estoy preparando una comida especial, he comprado cava y voy a hacer un postre -le dijo el muchacho.

_ ¿Celebramos algo? -preguntó la chica ingenuamente.

_ Sí. Que nos queremos.

Roberto, Roberto... Imaginativo y siempre sorprendente. Ester había pensado que en cuanto estuvieran juntos la desnudaría y le haría el amor con apremio y quizá con furia; sin embargo la mañana transcurría en apariencia como otra cualquiera. La verdad es que ella se sentía muy afortunada con aquél chico. Le miraba, trajinando en la cocina, vestido exclusivamente con un pantalón de pijama, luciendo sus brazos fuertes y su amplio torso y la muchacha sentía que algo en su interior palpitaba. Pero era evidente que las cosas no se iban a desarrollar como ella había previsto. Su novio no tenía ninguna intención de hacerle el amor, al menos por el momento, y en cualquier caso su conducta no parecía mostrar apremio, ni furor, ni tan siquiera vehemencia.

_ Ponte a leer o a hacer lo que quieras mientras yo termino aquí -le dijo Roberto en tanto ella le miraba embelesada.

En fin... Básicamente como todos los sábados. Era habitual que las mañanas de los fines de semana, el chico las emplease en hacer una limpieza más profunda de su vivienda, pues cotidianamente no tenía tiempo para otra cosa que no fuera pasar superficialmente el escobón y fregar los cacharros que utilizaba a diario. También los sábados y domingos se veía obligado a guisar, dejando medio preparadas las viandas que pensaba consumir durante la semana, aunque con mayor frecuencia de lo que a él le hubiera gustado, se veía forzado a echar mano de alimentos congelados o en conserva, porque en ocasiones perdía la lucha que mantenía a diario contra la escasez de tiempo. Verdaderamente se había revelado como un excelente cocinero y con frecuencia le decía a su novia que la cocina le fascinaba, porque le resultaba una actividad muy relajante y creativa. “Hasta en esto tengo suerte” se decía la chica para su coleto. Acostumbrada a su cuñado y a su padre, que ignoraban siquiera dónde estaba la puerta de la cocina, valoraba mucho la buena disposición de Roberto para los fogones. Habitualmente, mientras él realizaba sus quehaceres domésticos, la muchacha estudiaba tumbada en el sofá del comedor. Pero aquél día, esperando algo especial, no había traído sus apuntes, de manera que cogió al azar un libro de la estantería y comenzó a leer “El índice de deflación principal...” Economía y Proyección en la Banca.

En multitud de oportunidades se había ofrecido a Roberto, diciéndole que ella estaría encantada de ayudarle a limpiar la casa, poner la lavadora y recoger, pero el muchacho siempre se había negado, alegando que es obligación de cada uno limpiar lo que ensucia y ordenar lo que desordena. Estercita pensaba que eso no funcionaba con ninguno de los hombres que ella conocía, porque no se imaginaba ningún varón de su familia recogiendo la cocina. Aquello la reafirmaba en su teoría de que su novio era un chico especial y único, al que debería hacer todo lo posible por complacer para mantenerlo a su lado, pues estaba convencida de que él no tendría ninguna dificultad para encontrar otra, mientras que a ella le resultaría imposible prácticamente conseguir un muchacho con tales y tantas buenas prendas como aquellas de las que Roberto hacía gala. En resumen, que cuando dicen que el amor es ciego, lo dicen por algo, ya que Ester, mientras era capaz de percibir y ponderar todas las virtudes y cualidades de su novio, jamás pudo persuadirse de que el muchacho tuviera defecto alguno.

Aquél sábado no insistió en su ofrecimiento, aunque la chica mantuvo siempre la voluntad de ayudarle, pues no acababa de parecerle ajustado que mientras ella leía repantingada en el sofá, Roberto se dedicase a realizar tareas que la muchacha juzgaba impropias de un varón. Sin embargo, como sabía de antemano que su oferta iba a ser rechazada, como tantas veces lo había sido en el pasado, excusaba ya de insistir y menos aun aquél día concreto en que la cabeza le daba mil vueltas y se veía incapaz de concentrarse en nada. “Es necesario reestructurar las principales magnitudes macroeconómicas...” Leía sin leer y sin entender, sintiendo a su novio trajinando en la cocina y silbando. Decidió que tenía que relajarse y esperar acontecimientos.

Roberto sabía casi con precisión matemática lo que estaba pasando por la cabeza de su novia. A fuerza de ser sincera con él, de no ocultarle nada, Ester había entregado al muchacho la facultad de adivinar casi todos sus pensamientos y deseos. El chico sabía que ella imaginaba otra cosa. En cuanto la vio entrar por la puerta tan elegante y aseada, comprendió que la niña pensaba que allí mismo se le iba a tirar encima. Por eso decidió hacerla esperar. Se puso a cocinar con calma y con esmero. Revuelto de espárragos, setas y picadillo, mero al horno y tarta de coco y chocolate. De vez en cuando, descansaba y se iba al salón. Fumaba un cigarro con su novia, la besaba y la acariciaba. Se había quitado premeditadamente el calzoncillo, de manera que su sexo casi se podía ver a través de la fina tela del pantalón del pijama y adoptaba posturas que lograban que ella se fijase en el bulto que formaba su pene medio erecto. Como por otra parte continuaba desnudo de cintura para arriba, cada una de las visitas al salón conseguía aumentar aun más el grado de excitación de Ester, así como el suyo propio.

Por fin dio por concluidos definitivamente lo preparativos de la comida y desde la cocina voceó:

_ Esto ya está, preciosa. ¿Por qué no bajas a por pan mientras yo me ducho y me afeito? -La muchacha no se lo hizo repetir dos veces. Como una exhalación cogió las llaves y bajo de dos en dos las escaleras de manera que cuando Roberto se acababa de meter en la ducha ella había regresado mostrando triunfalmente una barra de pan en la mano. Su subconsciente mantenía la misma actitud peregrina que se había apoderado de él desde por la mañana, es decir, que si ella se apuraba en sus quehaceres u obligaciones, el tiempo transcurriría también más rápidamente, porque su expectación, así como su ardor y su deseo habían adquirido ya una categoría difícilmente controlable.

_ Ya estoy aquí.

_ Pues vete poniendo la mesa, por fa, que yo tardo cinco minutos.

Con esmero colocó los platos, los cubiertos, el pan y las servilletas. Descorchó cuidadosamente la botella de Marqués de Cáceres. Roberto siempre bebía tinto, independientemente de que se pudiera considerar un vino apropiado para el tipo de comida que iba a degustar. Últimamente comenzaba a cambiar los Rioja por Ribera de Duero, pero siempre tinto.

Cuando salió de la ducha, afeitado, peinado y perfumado, desnudo, salvo por la toalla que le envolvía la cintura, a la chica, arrebatada, casi se le para el corazón. “Está buenísimo” pensó mientras le devoraba con la mirada. Sin embargo se abstuvo de hacer ningún comentario en voz alta, no fuera a ser que, por su mala ventura, dijera algo inapropiado o excesivamente perentorio y Roberto la castigase dilatando aún más el tan esperado momento. Su novio escanció vino en ambos vasos y pasándole uno a Ester, brindó:

_ Por ti.

_ Por nosotros -respondió ella al brindis. Y ambos apuraron los vasos hasta la mitad.

_ Te sobra mucha ropa. ¿Por qué no te la vas quitando mientras yo hecho los huevos en el revuelto? -le dijo a la muchacha como al descuido, casi sin querer y sin darle importancia mientras desaparecía en la cocina envuelto en la toalla.

Cuando volvió, con los dos platos en la mano, Estercita estaba sentada a la mesa vestida solamente con las braguitas y el sujetador.

_ Escúchame tía buena: -Roberto la llamaba muchas veces así- Yo solamente tengo una toalla, de modo que estoy desnudo de cintura para arriba. Así debes estar tú y recuerda que hoy es un día especial para nosotros y me gustaría que me complacieras en todo.

Nada más lejos de la voluntad de Ester que disgustar a su novio, así que, azorada y llena de vergüenza, se quitó el sujetador dejando a la vista sus redondos y erguidos senos. Roberto, sin darle aparentemente importancia, comenzó a comer, invitándola a ella a hacer lo mismo. Sirvió otros dos vasos de vino y ambos bebieron con avidez.

_ Sé que te haces pajitas por la noche, pensando en mí, porque tú misma me lo has dicho. ¿Con qué dedo te las haces?

Inexplicablemente se encontró Ester mostrando su dedo corazón, levemente sonrojadas las mejillas por la turbación, los pezones erguidos, la actitud expectante y tremendamente excitada.

_ Imagínate que tienes el clítoris en la punta de la lengua y hazte una paja como te las sueles hacer, con los mismos movimientos, pero como si la boca fuera la vagina -Habían terminado el revuelto y Ester bebió otro buchito de vino, sacó un poco la lengua y comenzó a acariciársela con el dedo, metiéndolo de vez en cuando en la boca, Se sentía muy excitada, con los pechos turgentes y el sexo abierto y húmedo. Roberto la miraba con detenimiento y esa mirada, a la par que le provocaba vergüenza, incrementaba en ella aun más el deseo.

_ Voy a por el pescado.

“¿Cuándo va a acabar esta tortura?” pensó la niña. Volvió su novio con un par de rodajas de mero en una fuente y sirvió una a Ester, reservándose la otra para él.

_ Eres realmente encantadora y preciosa. Me gustas mucho y te quiero. Come antes de que se enfríe.

Aunque tenía ganas de comer, no era precisamente el hambre el principal apetito que Ester necesitaba saciar; pero obedeció, desde luego, y tomo un pedacito de pescado acompañado de un trozo de pan bien mojado en la salsa. Para tratar de que no se notase demasiado su inquietud y dar muestras de suficiencia, se creyó en la obligación de iniciar una conversación banal e intrascendente, que hubiera sido normal y acomodada a cualquier otra ocasión, pero que precisamente aquél día resultaba poco menos que ridícula.

_ Está buenísimo, igual que el revuelto. La verdad es que cocinas de puta madre -Roberto pareció no hacerle caso:

_ Como ahora tienes la boca ocupada, no puedes seguir dándome el espectáculo de masturbarte la lengua. Pero quiero que te hagas una paja de verdad, tocándote el clítoris y el coño. Claro que para eso es mejor que te quites la braga...

El vino ya había causado su efecto en la chiquilla, de modo que aparentemente sin pudor se incorporó un poco en la silla y se bajó la braguita, quitándosela a continuación del todo y mostrándola a su novio como un trofeo. Mientras continuaba llevándose el tenedor a la boca con la mano derecha, la izquierda bajó entre sus piernas y un par de deditos localizaron el clítoris abultado y la chorreante entrada de la vagina. Comenzó a acariciarse lentamente. La excitación era tanta que tuvo que dejar de comer. Roberto se dio cuenta y le pidió que parase, mientras él traía el postre y el cava.

Sobre el negro chocolate que cubría la tarta de coco, se podía leer, escrito con nata: “Te quiero tía buena”. Sirvió un par de generosos trozos, descorchó la botella de cava, escanció y ofreció una copa a su novia:

_ ¿Por qué brindamos? – preguntó.

_ Por ti.

_ Por nosotros -bebieron hasta apurar completamente las copas. A esas alturas, Ester ya estaba bastante mareada, en esa situación tan agradable, previa a la borrachera, cuando el bebedor se encuentra completamente desinhibido y feliz.

_ Siéntate en el sillón, por favor tía buena. Quiero ver tu cuerpo desnudo mientras te comes la tarta.

Inmediatamente la chiquilla se levantó y tomando en una mano el plato y el tenedor, se sentó en el sillón, mostrando al caminar la esbeltez de su espalda, la firmeza de sus nalgas y la delicada forma de sus piernas. Continuó comiendo, sentada, mientras Roberto no le quitaba ojo. “¿Por qué hará estas cosas?” pensó la niña mientras terminaba su trozo de tarta.

Paradójicamente, aunque ella misma consideraba que aquellos juegos y aquella actitud no podrían ser calificados nunca como normales por las gentes de bien, se sentía tremendamente excitada ejerciendo como protagonista y centro de toda aquella parafernalia y de aquél interminable preámbulo que su novio, a no dudar, había urdido precisamente para ella. Una especie de ceremonia en la cual Ester era la actriz principal y única, mientras que Roberto atendía a la coreografía, la puesta en escena y la dirección. Pero la chiquilla sabía que la obra había sido compuesta pensando exclusivamente en ella, y eso le producía un grado tal de halago y satisfacción, que la hacía sentirse extremadamente feliz, deseada y dichosa, entregada, mirada y admirada: única.

_ Antes no pude verte bien, porque la mesa te tapaba, pero ahora quiero que ahí, delante de mí te hagas una paja, con una mano en el coño y otra en la boca, acariciándote el clítoris de abajo y el de la lengua, como te enseñé antes.

El hecho de verse observada en actitudes tan vergonzantes y que hasta hacía pocos momentos formaban parte únicamente de sus actividades más privadas, además de provocarle una enorme turbación le producía una excitación nueva y diferente. Una curiosa mezcla entre la vergüenza y el deseo, o quizá era precisamente eso lo que le ocurría: la humillación que sentía al ser consciente de que la estaban mirando en tan íntima actitud, despertaba aun más su excitación, de modo que podemos afirmar que el hecho de notarse observada y de saber que jugaban con ella, era lo que desataba en la chica los últimos lazos del recato y la precipitaba en las profundas simas de la entrega y el deseo.

Ester, venciendo el pudor, separó un poco las piernas y con el dedo corazón de la mano izquierda comenzó a acariciarse, arriba, abajo, arriba abajo, sintiéndose el bultito del placer muy duro y la entrada de la vagina completamente empapada y abierta. A la vez, metía un par de dedos de su mano derecha en la boca y los chupaba y se acariciaba la lengua con verdadera pasión y total entrega, queriendo que su novio disfrutase íntegramente del espectáculo y sintiéndose ella misma única protagonista del mismo. De pronto su respiración comenzó a hacerse más agitada y pensó que el orgasmo estaba llegando.

_ Para. -ordenó Roberto tajante- Vamos a la cama. –indicó a continuación levantándose de la silla donde había estado sentado durante la comida y desde donde había ordenado, presenciado y dirigido todo el excitante juego. Al ponerse en pie, la toalla cayó al suelo y un pene tremendamente erecto y desafiante apuntó en dirección a Ester. Aunque pareciera mentira, nunca antes habían estado los dos desnudos. Roberto la cogió de la mano, ayudándola a levantarse del sillón y la llevó hasta el dormitorio, en pos de él. La tumbó en la cama y él hizo lo propio, a su lado. La besó con fuerza y pasión en los labios, aspirando su lengua; bajó por el cuello hasta los pezones que lamió y chupo, arrancando suspiros de placer a la chica. Pero cuando comenzó a acariciarla “ahí”, suavemente, como ella misma lo hacía, le pareció a Ester que entraba en el paraíso. Para moverse mejor, Roberto se tumbó a su lado y cogiendo la mano de la chiquilla la guió hacia su pene, enseñándole los movimientos de vaivén correctos, con la frecuencia y la intensidad que a él le gustaban, a la vez que la mano masculina no cesaba de masajear, estrujar y frotar el clítoris y la entrada de la vagina.

El orgasmo se produjo, lento y largo. Pero al contrario de lo que ella misma acostumbraba a hacer, su novio continuó manipulándole el sexo hábilmente. Ester siempre se conformaba con una vez, cuando se masturbaba. Ni siquiera se le ocurrió nunca pensar en la posibilidad de obtener más de un orgasmo. Pero Roberto perpetuó sus sabias caricias y el segundo vino, violento, intenso, haciéndola gritar de placer. Pero tampoco entonces su novio desistió. Al contrario: aumentando la intensidad de los movimientos sobre el clítoris la tercera explosión de placer sobrevino, casi dolorosa, obligando a Ester a sujetar la muñeca de su novio mientras le suplicaba con ansiedad que se detuviera.

Durante todo este proceso, la chica se había olvidado de manipular correctamente el pene que tenía en su mano. Lo movía de vez en cuando, pero sus propias sensaciones le impedían concentrarse y atender a las que ella podía proporcionar al muchacho. Este, cuando comprendió que la chica ya iba bien servida, con un suave “ahora me toca a mí” dirigió de nuevo los movimientos de la mano, hasta que consideró que la frecuencia y la presión eran correctas. Permitió entonces que la muchacha continuase sola. Ester, con la cabecita apoyada en el pecho masculino, miraba como su mano subía y bajaba, acariciando la picha de su novio, mientras este, entre suspiros la dirigía diciendo: “así, así” o “más rápido” o “aprieta un poco más” hasta que ella supo perfectamente como tenía que hacerlo. Poco a poco, las piernas de Roberto se tensaban cada vez más y súbitamente el pene comenzó a escupir su blanco líquido que caía en chorretones entre los dedos de la chica y sobra la tripa del muchacho que gritaba de placer mientras sujetaba la mano de su novia.

Y eso fue todo. Ester quedó un poco frustrada porque continuaba sin entender en absoluto el motivo por el que su novio no terminaba de tomarla del todo, aunque, como ya queda dicho, se resignaba a ello sumisamente, e incluso se sentía satisfecha de estar capacitada para proporcionar al chico exactamente lo que él quería. La niña conjeturaba, probablemente con razón, que quizá ninguna otra chica fuera capaz de someterse de aquella forma y eso producía en ella una sacudida de orgullo, como diciendo “mira todo lo que soy capaz de hacer y a lo que renuncio, simplemente porque tú me lo pides, por tu amor y por tu satisfacción”. En su más recóndito interior se ufanaba de ello ante sí misma y además, de aquella entrega y aquellas actividades obtenía verdaderamente un placer profundo y reconfortante. Ni que decir tiene que la especial forma de sexo que habían practicado aquél día, se repitió a partir de entonces con una periodicidad de dos o tres veces a la semana, pero nunca quiso Roberto pasar a mayores, de manera que al cabo de un par de meses, la chica comenzaba a estar de nuevo desesperada y reincidiendo en su primitivo pecado, tornaba a requerir a su novio durante las sesiones de sexo, cada vez de forma más apremiante, que la penetrase al fin.

Por entonces era Ester una habilísima masturbadora. Sabía predecir con exactitud el momento exacto en que se iba a producir la eyaculación y le encantaba entonces detener sus movimientos sobre el pene, permitiendo que la excitación disminuyese, para reanudarlos de nuevo cuando ella consideraba que era el momento. Su novio le enseñó que la eyaculación llega poco después de que los testículos se separan en su bolsa, así que Ester sabía en que momento debía contenerse. Aquello resultaba sumamente gratificante para el muchacho que estaba consiguiendo su primer propósito, es decir, convertir a aquella estupenda chiquilla de pueblo en una experta en sexualidad masculina; o mejor aún: en una experta en el tipo de sexualidad que a él le resultaba satisfactoria, porque en honor a la verdad, para Roberto los deseos y necesidades de la muchacha siempre estaban en un segundo plano y subordinados a los suyos propios. Incluso pensaba que ella debería sentirse satisfecha simplemente porque él aceptaba su entrega y su sumisión, independientemente de que esto colmase en sí mismo los deseos sexuales de la chica y sus necesidades afectivas. Lo peor de todo es que para Ester las cosas eran realmente así, como su novio las imaginaba. Se sentía feliz simplemente por ser capaz de proporcionarle a él lo que de ella pretendía. Ya se sabe que en una relación sexual es necesario que se establezca una reciprocidad entre ambos miembros de la pareja, tanto en lo sexual como en lo afectivo, pues a los dos incumbe alcanzar y proporcionar un similar placer y cariño. En el caso de nuestra pareja protagonista era así en efecto, aunque no parezca verosímil, porque Roberto estaba poco a poco obteniendo de ella lo que quería con lo cual se sentía feliz, satisfecho y ufano mientras que la chica experimentaba similares sentimientos al ser consciente de que estaba capacitada para proporcionar a su novio exactamente lo que él demandaba y sabiendo ella que esa sumisión y entrega estaba al alcance de pocas mujeres, se sentía feliz por formar parte de tan privilegiado grupo. Pero a pesar de los pesares Roberto jamás consintió en pasar a mayores en aquél juego, pese a las demandas cada vez más insistentes de la chica para que su novio tomase más y más de su cuerpo, incrementando paulatinamente su nivel de exigencia para así darle a ella la oportunidad de manifestarle hasta que punto le amaba y hasta donde estaba dispuesta a llegar, solamente por complacerle. Sin embargo, si alguna vez la chica, inmersa en el frenesí de la excitación, reiteraba demasiado sus demandas y sus pretensiones llegando al fastidio y a la pesadumbre, su novio la castigaba privándola de todo tipo de sexo con él durante una semana; incluso de aquella mísera y particular actividad erótica que era su peculiar estilo de masturbarse a dúo. De esta manera, Ester callaba de nuevo y pacientemente volvía a esperar acontecimientos.

Sin previo aviso, como tenía por costumbre cuando se trataba de asuntos importantes que incumbían a sus relaciones sexuales, un día le dijo su novio que estuviese preparada, porque el siguiente sábado tendría con él una experiencia diferente. Ester enloquecía con todo aquello. Nunca entendió por qué Roberto no iba directamente al grano, pero la verdad era también que para ella saberse capaz de permanecer siempre expectante, intentando ir un paso más allá, sin llegar a adivinar lo que le esperaba al día siguiente o al otro le producía una profunda excitación. El chico se había convertido asimismo en un hábil masturbador, perfecto conocedor del cuerpo de su novia, era capaz de predecir las reacciones de ella a la perfección; así, llegó a considerarse habitual que Ester consiguiera dos orgasmos. Incluso algún día llegó a los cuatro, quedando siempre, en cualquier caso, plenamente satisfecha. Pero la chica entendía que necesitaba sentirse penetrada, le parecía que eso era la culminación de todo y el no va más de la entrega, aunque Roberto ya le había explicado que la verdadera cesión no era la de aquellas que se abren de piernas exigiendo su propio placer y consintiendo subsidiariamente en el de su amante. La entrega real y absoluta era la suya, la de Ester, que simplemente ponía su cuerpo al servicio de su novio, renunciando a cualquier cosa que no fuera satisfacerle. Roberto le decía que debería sentirse muy orgullosa de esa capacidad que la naturaleza le había otorgado, así como él lo estaba por haber tenido el privilegio de conocerla. En realidad el chico sabía cómo, por dónde y a qué ritmo debía ir incrementando el dominio sobre el juvenil cuerpo de su novia. Se creyó también en la obligación de explicarle que, al contrario de lo que ella pensaba, la penetración no resulta una práctica habitual y lógica, sino vulgar y aburrida, con poca clase y carente de imaginación. Ester asentía mirándole a los ojos, pero en su más profundo interior estaba deseando de que llegase al fin el sábado, porque no se imaginaba, a pesar de todo lo que él le decía, que después de lo que estaban haciendo cupiese otra forma de sexo que no fuese la penetración.

Roberto, por su parte, había juzgado que en el tira y afloja que mantenía con su novia en el terreno de las actividades sexuales, había llegado el momento del afloja y era ya necesario enseñarle algo más. Así que quedaron citados para el viernes por la tarde, pues la chica consiguió adelantar un día los acontecimientos, después de mucho rogar alegando que no podría dormir en aquél estado de expectación.