viernes, 21 de agosto de 2009

I GALICIA








Si definimos A Costa da Morte como el abrupto pedazo de tierra gallega situado entre Coruña y Muros donde el inmenso Atlántico descarga con mayor ímpetu su furia que en cualquier otro lugar de España, podríamos entonces considerar que la pequeña villa marinera de Laxe se encuentra ubicada casi en el centro geográfico de dicha costa. Abocada al mar y dependiente de él desde siempre y para siempre, es una tierra suave, húmeda y lluviosa, acostumbrada a dormir acunada por las tormentas y los vientos del oeste, donde no existe ni un solo rincón que no sepa a mar, que no huela a mar.

Entre punta Insua, donde se sitúa el faro de Laxe y punta Roncudo, conocido hito en las cartas de navegación, se extiende el estuario formado por la desembocadura del río Anllons, que no llega a ser una ría en el sentido galaico del término, pero si una ensenada o estero tan espacioso que es capaz de proporcionar aguas relativamente tranquilas, dentro de la fogosidad con que la mar azota casi a diario la célebre costa de tan tétrico nombre.

Situada en la ribera sur del estuario del Anllons, de clima templado y con un índice de pluviosidad inmisericorde Laxe goza de una tranquila playa de 2 km. de extensión casi en el centro del pueblo y paralela al arenal discurre la calle Rosalía de Castro, que en puridad es un elegante paseo marítimo con edificios dotados de blancas galerías acristaladas a través de las cuales los laxenses se asoman a la mar durante los largos y tempestuosos días invernales. Es una villa señorial e histórica que desde finales de los años sesenta ha alcanzado un gran arraigo turístico, convirtiéndose en el verano en una localidad alegre y de gran encanto. En su lonja se trafica y mercadea con toda suerte de pescados y mariscos, los cuales se sirven también, perfectamente aderezados en los variados restaurantes con que cuenta la población.



En este punto hace Vidueiras un inciso para decir que le parece a él que el autor de esta singular y verdadera historia se extiende con algo mayor desmesura de la que conviene, pintando con demasiado pormenor los orígenes e historia de la villa, hablando de la Torre da Moa, la laguna de Traba y los condes del mismo nombre, así como de las familias Moscoso, Altamira, Montero y Núñez; describiendo lo que contiene cualquier población marinera con otras semejantes menudencias. Todo lo cual le parece a Vidueiras huero y de poca sustancia para el seguimiento y disfrute del propósito principal de esta historia, que tiene su sentido más en la verdad que en las frías digresiones. Por lo que motu proprio decide omitirlo y continuar con lo que sigue:

Laxe siempre estuvo poblada por hombres cabales y mujeres enlutadas, resignadas y pacientes, muchas de ellas viudas, madres o hijas de navegantes o pescadores fallecidos en la mar. En la primera mitad de la década de los cincuenta, cuando el fenómeno del turismo era prácticamente desconocido al menos en España, sus casi cuatro mil habitantes vivían mayoritariamente de la mar: pesca y actividades subsidiarias, como el tejido y la reparación de redes; un par de carpinterías de ribera donde se armaban, botaban y entraban en dique cuando era necesario, casi todas las embarcaciones de bajura y jabeques que faenaban a vista de costa. Una pequeña industria conservera artesanal y familiar completaba el panorama económico del municipio. Existían sin embargo algunos disidentes, pocos en honor a la verdad, que obtenían el pan de cada día de la agricultura, la ganadería o la explotación forestal, de modo que no era raro observar alguna ladera sembrada de patatas o maíz, una fila de vacas rubias trasladándose con parsimonia por la linde del camino, desde el prado a la cuadra o viceversa y algún carro tirado por un par de imponentes bueyes descendiendo del monte, poblado de aulagas, helechos y zarzas, con su carga de troncos de pino, regoldo o roble; pues en aquel tiempo aun no había hecho su aparición el azote del eucalipto. Pero lo habitual era que los hombres fueran marineros o pescadores y las mujeres permanecieran en el hogar, porque de todos es sabido que el matriarcado en Galicia funciona aun hoy, de modo que no es necesario decir que mientras los hombres están fuera, las mujeres gobiernan y organizan perfectamente la casa, ocupándose no solamente de las tareas domésticas sino del cuidado y explotación de las minúsculas parcelas agrícolas que, en una economía típica de subsistencia y autoconsumo, producen el fruto necesario para sobrevivir un año más.

La vida por entonces era más dura, difícil y precaria que hoy, así que en este caso podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que no es cierto aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. La única posibilidad de subsistir que se le ofrecía a un niño por entonces en Laxe era la mar o la emigración. Los viejos, y hablamos de gente con poco más de cincuenta años, incapaces ya de resistir largas jornadas a bordo, se ocupaban de coser redes, repintar barcos, mantener las artes de pesca en perfecto estado, ordeñar la vaca… Tareas todas estas también asignadas a los niños cuando salían de la escuela. Las mujeres, con los maridos generalmente ausentes durante largas temporadas, habían de ejercer de padre y madre a la vez, rezando siempre porque una desventura no sorprendiera a ninguno de sus seres queridos en la mar, pues no era infrecuente el caso de señoras que tenían a su padre, a su marido y a uno o dos de sus hijos embarcados. “Que Deus vos vexa ir e vir” era la despedida habitual cuando los arrastreros zarpaban a llenar sus bodegas de merluza en Gran Sol… En fin: por entonces la vida era muy dura y nadie estaba ocioso, como nadie lo está en una sociedad cuyo único objetivo resulta ser no morir de hambre.

En una villa de tal importancia y renombre no faltaban, por supuesto, actividades que podríamos denominar como servicios. Panaderías que surtían a la población y a las parroquias circunvecinas repartiendo molletas, caras y de buena calidad para los pudientes y boronas, modestas y asequibles para la mayoría. Apenas la claridad del día deshacía las tinieblas de la noche, cuando el hijo mayor de Miguel, uno de los panaderos, salía llevando de la brida a su jumento rucio, enalbardado y con un par de serones rebosantes de panes recién horneados. El chico se protegía de la lluvia habitual con un paraguas y el rucio y los panes lo hacían con una lona, recorriendo a lo largo de la jornada todos o la mayor parte de los caseríos y rueiros hasta que no le quedaba una sola pieza sin vender.

También existían por entonces en Laxe varias tiendas de aquellas que podían proporcionar a sus clientes desde jarcias hasta jabón, pasando por material escolar o insecticida. Entrañables establecimientos que estarán siempre presentes en la memoria de los que tenemos más edad de la que nos gustaría, pero perfectamente desconocidos para la juventud; antecedentes quizá, de las grandes superficies, sin las pretensiones de estas y regidos casi siempre por algún tendero o tendera que resultaba ser persona conocida, próxima y humana.

En Laxe, casi todos los servicios eran por duplicado: dos carnicerías, dos pescaderías, dos panaderos… En la escuela había dos maestras y dos maestros empeñados en lograr que la chiquillería de la villa llegase a los catorce años sabiendo poco más que leer y escribir. Había también dos albéitares encargados de ayudar cuando los partos de las vacas o de las cerdas presentaban dificultades, así como de vacunar contra la rabia al sinnúmero de perros, a mitad de camino entre callejeros y domésticos, que deambulaban libremente por la población. De la salud y atención sanitaria de los laxenses se ocupaban también, como no, dos médicos.

Por entonces los facultativos rurales se llamaban técnicamente médicos de Asistencia Pública Domiciliaria (APD) y uno de los que desempeñaba esta función era Don Marcos, hombre que tenía por apellido el nombre de la villa donde trabajaba: Laxe.

Don Marcos Laxe era hombre garrido, serio y afable, perfectamente pulido en el vestir, compostelano, de agudo ingenio, un tanto burlesco, de muchas reverendas y buena persona sin paliativos que cuando tomó posesión de su plaza contaba apenas cuarenta años. Veinte antes había tenido la mala fortuna, como tantos otros, de verse arrastrado a participar en la rebelión militar de 1.936 del lado contrario a aquél al que sus ideas progresistas le hubieran conducido libremente. Antes de que tuviera tiempo de terminar su carrera de medicina en Santiago fue movilizado y la guerra le supuso, a parte de otras calamidades cuitas y desventuras que no es necesario relacionar aquí, un retraso de tres años en la culminación de sus estudios, de manera que una vez acabados estos y ante las dificultades económicas por las que atravesaba su familia, cruelmente represaliada por los vencedores, decidió suspender su proyecto de especializarse en Otorrinolaringología y después de dar varios tumbos haciendo sustituciones y desempeñando plazas en propiedad provisional por diversos pueblos de Castilla, ganó unas oposiciones y fue destinado a la villa de Laxe, como médico de APD en propiedad.

La Seguridad Social que hoy conocemos, era prácticamente un esbozo de lo que vendría a ser en 1.982. En efecto: solamente los trabajadores por cuenta ajena tenían el privilegio de ser afiliados a ella. Pero en Laxe y en general en toda España, apenas existía ese tipo de relación laboral, pues la mayoría de la población pasaba tantas privaciones por cuenta propia que nadie era tan rico como para necesitar o poder permitirse a un semejante trabajando para él. La atención sanitaria se organizaba entonces por el sistema de igualas, es decir, cada familia, dependiendo del número de sus miembros, pagaba una cantidad fija a alguno de los médicos del lugar a cambio de la cual disponía de la asistencia del facultativo durante las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año. Estos emolumentos del Dr. se complementaban con la vivienda que le otorgaba el ayuntamiento, así como la leña que necesitase y una pequeña cantidad anual para que atendiera a los menesterosos que ni siquiera podían pagar la iguala.

Don Marcos tomó posesión como Médico Titular y Jefe Local de Sanidad de Laxe en Septiembre de 1.960. Se estableció en la vivienda que el ayuntamiento tenía asignada para el facultativo local, conocida como Casa del Médico y situada en el Camiño da Besugeira, casi en la esquina con la rúa Agra de Abaixo. La casa era un inmueble de dos pisos y zaquizamí, construido de mampostería y vigas de castaño en cuya planta baja estaba el consultorio: sala de espera, aseo, sala de curas y el despacho del doctor. El médico y su familia habitaban propiamente en la planta alta: comedor, cuarto de estar, cocina, baño y cuatro dormitorios. Desde luego era una admirable vivienda para la época; disponía de agua corriente y contaba con tres estufas y una chimenea que en los largos y desapacibles inviernos, permanentemente lluviosos y grises, permanecían siempre encendidas porque, como ya hemos dicho, el concejo tenía obligación de suministrar la leña que el Dr. necesitase, lo cual se traducía efectivamente en cuatro cargas al año. De este modo se podía echar sin duelo al fuego otro compacto tronco de castaño para que mantuviese el rescoldo toda la noche mientras afuera soplaba la ventisca y rugían las olas.

También disfrutaba la casa del médico de un patio o corral, situado obviamente en la planta baja detrás del consultorio, donde la señora del doctor cuidaba de la existencia de una docena de pollos y otra de conejos para carne, así como media de gallinas que proporcionaban al facultativo los huevos necesarios para él, su señora, su hijo y su suegra de forma que el autoconsumo, típico de la sociedad gallega, alcanzaba también a la familia de Don Marcos. Sus pacientes podían distraerse mientras aguardaban en la sala de espera, contemplando por la ventana el edificante espectáculo de la señora del doctor matando y desplumando un pollo o desollando un conejo; actividad esta que aunque hoy causaría gran admiración e incluso rechazo, pasaba por entonces casi desapercibida, ya que resultaba cotidiana para todas o la mayor parte de las mujeres, no digo de Laxe, sino de cualquier punto de la España rural. Y aun podían y debían considerarse privilegiadas las que disfrutaban de la posibilidad de matar y guisar un pollo o un conejo cuando más o menos les venía en gana.

“O neno do médico”, el pequeño Marquiños, había nacido mientras su padre ejercía en un pueblo de La Mancha de cuyo nombre tampoco quiere acordarse Vidueiras, bien porque no figure expresamente en el codicilo o bien porque de su propia voluntad le parezca conveniente omitirlo. Pero, a pesar de manchego, Marquiños llegó tan niño a Laxe que los cinco años ya los cumplió en la villa marinera, de forma que él se consideraba y se consideró siempre laxense pues efectivamente su lugar de nacimiento fue más circunstancial que esencial en su vida. Y aquél mismo curso de 1.960-61, provisto de cabás, pizarra y pizarrín, comenzó a asistir a la escuela del lugar y a pesar de su situación privilegiada se integró como pudo en la sociedad educativa, porque Marquiños nunca fue uno más; era “o neno do médico”.

Marquiños era un niño alto, rubio y de ojos verdes; travieso y curioso por naturaleza y de ánimo propincuo a realizar todo tipo de travesuras impropias de un chiquillo de su edad y condición, todo lo cual le llevó a congeniar bastante bien con los demás escolares. A la edad de siete u ocho años ya era capaz de localizar la mayor parte de los nidos de las aves que criaban en los tejados, en la costa o en el monte, identificando a que especie pertenecían: si eran tordos, pardales, cormoranes, gaviotas o lechuzas; conocía el mejor sitio para fondear nasas, los más apropiados remansos para largar el sedal; las pequeñas grietas, que en marea alta quedaban sumergidas, donde se escondían los pulpos y las paredes de los acantilados donde los escaramujos eran gordos como un dedo pulgar. Experto en aderezar las relingas, era capaz de gobernar un bote tan diestra y certeramente que a pesar de mareas y corrientes jamás llegó a colisionar con un abrojo. También era aficionado a arriesgadas escaladas a los árboles o a los tejados y espectaculares carreras en bicicleta por las empinadas calles de la población además de otras actividades de mayor peligro y riesgo que el que a sus padres les hubiera gustado. Definitivamente era un trasgo, pero con todo esto el chiquillo consiguió, sin pretenderlo, que los demás muchachos le aceptasen e incluso algunos llegaran a admirarlo, porque ya se sabe que a cierta edad la admiración no se deriva precisamente del ejercicio de la virtud, sino más bien de su ausencia, o sea, de la capacidad para contradecir a los mayores y de la valentía para hacer lo opuesto a aquello que los adultos suponen que debe hacerse.

Marquiños admiraba a su padre más allá de toda ponderación. Con criterios que quizá no obedecieran a percepciones objetivas le consideraba, sin atisbo de duda, el mejor médico del mundo, el más sabio, el más preocupado por sus pacientes y en suma, el heredero directo de Hipócrates y Galeno. Cierto que Don Marcos era persona de amabilidad extremada, rebosante de paciencia, comunicativo aunque serio y siempre dispuesto a contestar o atender las miles de preguntas y pequeñas cuestiones que su hijo, de ingenio curioso y vivaz, le planteaba cotidianamente. Pero los sueños infantiles de Marquiños eran llegar algún día a ser como su padre, aunque en lo más profundo de su ser sabía que iba a resultarle extremadamente difícil lograrlo pues en lo tocante a hombría de bien, Don Marcos había colocado el listón demasiado alto.


Pero cuando decimos que el pequeño Marcos quería ser como su padre, no nos referimos a la profesión, que también, sino sobre todo a la forma de ser y comportarse en la vida, a la bondad, la abnegación y la dedicación a los demás; al compromiso por la justicia y a la valentía que llevó en ocasiones al doctor Laxe a enfrentarse a autoridades de camisa azul, correaje y pistola al cinto, por defender personas y luchar contra situaciones que al día de hoy nos parecerían ridículas y más propias del siglo XIII que del XX. Don Marcos era hombre extraordinariamente culto, que dedicaba todo su tiempo libre a la lectura, hasta el punto de que mantenía una cuenta corriente en una librería de Santiago y había llegado a acumular una biblioteca de casi mil volúmenes que a medida que iba creciendo iba ocupando más espacio en la casa, de manera que llegó un momento en que la práctica totalidad de las paredes vacías de la vivienda estaban cubiertas de libros, para desesperación de Doña Carmen, su mujer.

Pero todo lo que en Marquiños era admiración y respeto por su padre se traducía en desapego, cuando no en manifiesto desdén hacia su madre. Dice aquí Vidueiras en una anotación al margen, que aunque ha tratado de comprender por qué esto era así leyendo todo el codicilo muy por lo menudo, nunca pudo llegar a averiguarlo, bien sea porque él no lo entendió al no estar suficientemente declarado, o bien porque el auténtico autor de esta singular y apasionante historia lo omitió a sabiendas; quizá por parecerle de poca sustancia y ningún provecho. Sea como fuere, nos quedamos sin saber a qué obedecía ese alejamiento de Marquiños con respecto a su madre, pero aunque permanezcamos en la ignorancia acerca de su causa u origen, podemos constatar como cierto y perfectamente averiguado que el desamor y distanciamiento entre Doña Carmen y su hijo existía. No acudía el niño, como parecería normal, a los brazos de su madre ante un problema o una necesidad de afecto, sino a los de su padre; cuando se iba a dormir daba las buenas noches a su abuela y a Don Marcos y solamente añadía a su madre cuando era reconvenido; llegaba de la escuela preguntando por papá y cuando el Doctor salía a dar uno de sus habituales y largos paseos su hijo le acompañaba; siempre y cuando Doña Carmen hubiera decidido quedarse en casa ya que, en caso contrario, el que no iba era el muchacho. En resumen: parece quedar claro que madre e hijo eran incompatibles y tenemos por cierto que lo eran, aunque repetimos que ni el autor del codicilo nos ha manifestado claramente por qué, ni su compilador y corrector ha logrado jamás descubrirlo.

Sin embargo y a pesar de todo, la primera infancia del pequeño Marcos Laxe transcurrió feliz y despreocupada, dentro de un adecuado ambiente familiar, mimado y querido por todos. En casi todas las ocasiones esa protección y ese cuidado resultaban demasiado agobiantes para un chiquillo de espíritu independiente y ánimo emprendedor, como Marquiños lo era; que hubiera preferido que se redujeran las atenciones con respecto a él, a cambio de ver disminuir también, en similar proporción, la estrecha vigilancia a la que sus mayores le tenían sometido, la cual imposibilitaba o dificultaba en numerosas ocasiones la realización de determinadas travesuras o actividades que le estaban prohibidas, bien por impropias o, en la mayoría de las veces, por peligrosas.

Buen estudiante donde los haya, lector empedernido como su padre, mimado por su abuela, travieso, juguetón y deportista, amante de la captura de cualquier tipo de animal silvestre, aficionado al riesgo y a todo aquello que supusiera culminar un reto; podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Marquiños tuvo una niñez adecuada, salvo quizá por el exceso de protección y cuidado al que se vio sometido como anteriormente hemos dicho. Pero esto también vino a solucionarse porque ocurrió algo totalmente imprevisto que permitió al chiquillo dejar de ser el centro de atención de todos: nació su hermana.

Aunque no se manifestaba de forma palmaria ni siquiera consciente porque siempre hay que guardar las formas, obviamente los continuos desprecios y el ostensible desamor que su hijo le demostraba con ocasión o sin ella y cada vez que podía, habían terminado por hacer mella en el subconsciente de Doña Carmen, de modo que el niño percibía que ella le pagaba sutilmente con la misma moneda. No queremos decir con esto que le castigase más allá de lo que el chico merecía, porque a decir verdad Marquiños se hacía acreedor a estar castigado siempre. Tampoco el sentimiento se manifestaba por algún tipo de desatención o falta de cuidados; quizá analizando detalladamente la situación pudiéramos llegar a concluir que realmente ese despego de la madre para con el hijo no existía objetivamente. Sin embargo y a despecho de todo y de todos, Marquiños así lo sentía y según su criterio la corriente de malquerencia había acabado por fluir en ambos sentidos: del hijo a la madre y de la madre al hijo.

Pero existiera o no esa ojeriza que el muchacho percibía, cuando la hermana de Marcos nació, todo el amor materno de la mujer del médico se volcó a raudales en la niña. Tenemos por regla y norma general que las madres siempre están más ilusionadas y pendientes de sus hijas que de sus hijos y en este caso particular imaginamos además que Doña Carmen esperaba ser correspondida por la niña, al menos en la medida de lo que se considera normal, ya que con su hijo no había tenido nunca esa ventura; aunque jamás en su larga vida lo reconoció, probablemente porque nunca le halló una explicación y lo cierto es que verdaderamente nadie la ha encontrado todavía. Pero para el pequeño Marquiños, el nacimiento de su hermana cuando él tenía sólo siete años, supuso la definitiva radicalización del aborrecimiento hacia su progenitora, a la par que la disminución sensible de la atención y cuidados que de forma tan obsesiva y agobiante se le venían prodigando. A partir de entonces disfrutó de mayor libertad que nunca, tanto para dedicarse a investigar y experimentar en cosas que no eran muy del agrado de sus mayores, como para leer, ir a bañarse a la playa, saquear nidos en el monte o en los tejados, pescar o realizar cualquier actividad lejos de los vigilantes ojos de su madre.

Esto le supuso un curioso sentimiento ambivalente. Por una parte estaba encantado y se sentía feliz de verse libre en parte del control materno, pero por otra consideraba que ya no recibía la atención que hasta aquél momento había percibido como natural. Esto, que técnicamente se conoce como “síndrome del hermano mayor” lo superó Marquiños, como todos los hermanos mayores lo superan, al cabo de algunos meses.

Ya se sabe que los niños son intrínsecamente egoístas. Así, “o neno do médico” pensaba que él tenía derecho a que le quisieran, a que se ocuparan de su persona de forma exclusiva y a que le dedicaran toda la atención, independientemente de que después él correspondiese con desprecio y desamor a esos desvelos. No son así las cosas en la vida, desde luego y todos estos sentimientos encontrados y ambivalentes dieron como resultado en Marquiños, como reacción lógica, una mayor unión con su padre.

Porque está claro que un hombre adulto es capaz de congeniar mejor con un niño de siete u ocho años que con una bebita recién nacida o con una nena que apenas está aprendiendo a hablar o a andar. De este modo, Don Marcos, presumiblemente sin darse cuenta, mantenía una más estrecha relación con su hijo que con su hija. Lo cual acrecentaba en el chiquillo la unión con su padre y la incompatibilidad con su madre.

Insistimos en que el pequeño Marcos, a pesar de todas estas circunstancias que simplemente forman parte de la vida, fue un niño feliz, alegre, comunicativo y sociable. Supo asimilar perfectamente el nacimiento de su hermana, adoptando enseguida la actitud protectora del hermano mayor, lo cual le colocaba en un plano de superioridad frente a la niña y eso le servía para mantener intacto su ego. No hace falta que nos detengamos ahora explicando que todas estas cosas no las llevó a cabo el chaval de forma consciente, son simples subterfugios que los hermanos mayores utilizan para llegar primero a admitir y después a querer a sus hermanos más pequeños. Y entre todas estas tretas la de sentirse superior al recién nacido debido a las posibilidades y habilidades que proporciona la mayor edad, es de las más utilizadas y es de la que echó mano el subconsciente de Marquiños en esta ocasión. Con muy buenos resultados desde luego, pues estamos en condiciones de afirmar, sin sospecha de duda, que el afecto y el cariño de Marcos por su hermana se mantuvo a lo largo de toda su existencia, superando baches, tormentas e incluso huracanes y abismos.

Pero ocurrió una cosa que ni el subconsciente ni el consciente del pequeño pudo jamás superar porque casi dos años después de nacer su hermana y cuando el chiquillo tenía ocho de edad, sus padres decidieron que estudiara interno en el colegio de los Maristas de Santiago, pues les parecía, como así era en realidad, que la escuela de Laxe no podía proporcionar al chaval los conocimientos necesarios para superar con éxito el examen de ingreso en el bachillerato. Y por otra parte, la educación que se podía recibir por entonces en un pueblo era adecuada para futuros marineros, pescadores, agricultores o artesanos; pero es evidente que los padres de Marcos, ambos universitarios, aspiraban a algo más para su hijo y en la villa marinera no existía posibilidad alguna de continuar estudiando, una vez terminada la escuela primaria.

Así, en un infausto día de Octubre de 1.963 y en hora menguada, el pequeño Marcos escoltado por sus padres, recorrió los sesenta kilómetros que separan Laxe de Santiago y sentó plaza como alumno interno en el colegio de los Maristas. Al principio no era consciente de lo que significaba estar interno, pensaba que la separación de sus padres, de su hermanita y de su casa sería temporal y duraría una o dos semanas, como cuando le enviaban a pasar unos días a casa de algún tío. Pero cuando llegó Noviembre y comprendió que no iba a regresar con su familia y con sus amigos a pesar de pedírselo a su padre con lágrimas en los ojos, cayó en la cuenta de la desventura que se había abatido sobre él.

Nunca pudo arrostrar aquella situación. Durante cinco años el cuitado sufrió el calvario de ser arrancado de su casa desde Octubre a Navidad, desde después de Reyes a Semana Santa y desde el lunes de Pascua hasta el verano. Durante cinco años las lágrimas, amargas y sin ningún consuelo, acompañaron los tristes viajes de retorno al colegio. Al niño le robaron para siempre la infancia y nunca jamás la recuperó. Los días de Reyes, fecha de alegría y celebración para todos los chiquillos, se convirtieron en abatidos y angustiosos para Marquiños, pues señalaban la antevíspera de la vuelta al colegio. El chaval travieso, sociable y juguetón se transformó en un niño solitario, mohíno y apenado, refugiado exclusivamente en la lectura como modo de evasión de su triste realidad; poco o nada sociable, absolutamente incapaz de una manifestación de cariño, de un gesto alegre, de una sonrisa. Un niño rencoroso, que se sentía abandonado, traicionado incluso por su padre, pues ante los sofiones y los persistentes ruegos envueltos en amargas lágrimas solicitando quedarse en el pueblo, Don Marcos alegaba que aquello era absolutamente imposible, salvo que lo que pretendiera en la vida fuera exclusivamente embarcarse para Gran Sol a los dieciséis años. Al chaval, desde luego, no le hubiera importado en absoluto navegar hacia el mismo infierno, con tal de poder permanecer en su hogar. No existen palabras, no hay frases lo suficientemente expresivas para trasladar al papel el inmenso sentimiento de soledad, pena, abandono y frustración que el internado producía al chiquillo. Noches enteras llorando en silencio solamente al pensar que tenía que retornar a lo que él consideraba su cárcel y su destierro.

En el colegio no se escuchaba el rumor del mar por la noche, a lo lejos. El pequeño Marcos era casi consubstancial con el mar, necesitaba verlo, olerlo, sentirlo; de manera que en Santiago, además de la falta de su familia, sus amigos, su casa y su ambiente, le faltaba también el mar y eso le producía una mayor impresión de desánimo y alejamiento.

Llegados a este punto del relato escribe Vidueiras entre paréntesis, que en el codicilo original hay aquí insertados unos versos compuestos sin ninguna duda por el autor de esta nunca vista historia. Y que se estuvo mucho tiempo con la duda de si copiarlos o condenarlos al olvido, pues ya se sabe que el autor, además de no ser buen escritor, tampoco era un poeta consumado. Pero al cabo decidió no transcribirlos porque, aunque no consumado, sí era el autor poeta consumido, de modo que los versos carecían una toda gracia en su composición. A más de que el propio Vidueiras se considera a sí mismo un tanto poeta también, pues ya se sabe que la poesía es enfermedad incurable y contagiosa, así que por rivalidad entre vates decidió no copiarlos; pero que eso no es óbice para el seguimiento y disfrute de esta real y verdadera historia, que continúa diciendo:

Por supuesto que en el colegio jamás se integró, del mismo modo que un preso no se integra en una cárcel considerándola siempre como algo transitorio y ajeno a su voluntad y a sus deseos. Pero la larga estancia en el internado le condujo, por una parte a la pérdida absoluta de su fe religiosa, y por otra a la exclusión de la comunidad infantil y juvenil de Laxe, pues aunque nunca fue uno más entre la chiquillería del pueblo por su exclusiva condición de hijo del médico, el alejamiento durante tantos meses de sus antiguos compinches de escuela y travesuras, le aisló definitivamente de la compañía de los chavales de la villa marinera. Y así, ni se integraba en el colegio, ni en el pueblo, ni en la familia ni en ninguna parte.

Muy buen estudiante sin embargo, obtuvo siempre calificaciones brillantes, pues el muchacho consideraba un fracaso personal alcanzar una valoración inferior a notable en cualquier asignatura y a lo largo de todo el bachillerato solo obtuvo dos suspensos. Era el típico niño que pasaba los recreos leyendo un libro, sin apenas hablar con nadie, sin jugar, sin amigos y lo que es peor, sin ganas de tenerlos. Un profesor le dijo un día a Don Marcos que parecía que el niño estaba siempre triste. El docente acertó en el diagnóstico sin ninguna duda. Hasta los catorce años, edad en la cual el chaval pudo asumir y asumió los motivos por los cuales sus padres habían decidido que estudiase interno, el pequeño Marcos fue un chico triste, resentido y amargado. Estas sensaciones se manifestaban en fulminantes sofiones extremadamente airados y violentos cuando surgía alguna controversia con otro chaval. Hechos y actitudes que entre los chicos son habituales y se sustancian simplemente con un par de empujones o insultos, en Marcos provocaban efectos totalmente desproporcionados a la causa y de una violencia y agresividad tan descomedidas que en una ocasión le rompió un brazo con un palo a un compañero, en otra le atravesó la mano con un bolígrafo a otro, en una tercera, propinó tal paliza a un muchacho dejándolo tan lleno de tolondros que el pobre necesitó guardar cama algunos días para recuperarse. Y podríamos seguir enumerando conflictos resueltos con dosis de ira y violencia absolutamente desaforadas.

Esta actitud del chico llevó incluso a la dirección del colegio a plantearse su expulsión y quizá eso fuera lo que el chaval en su subconsciente pretendía. El día que Marquiños golpeó a un compañero de clase de tal forma que a poco más le envía al hospital, los papeles de expulsión estuvieron firmados. Solamente la hábil negociación y el atinado discurso de Don Marcos impidieron que esta se consumase, aunque esa espada de Damocles siempre pendió desde entonces sobre la cabeza del conflictivo chaval.

Decíamos que a los catorce años, más o menos, el chico estuvo en condiciones de asumir los motivos que impulsaron a sus padres a decidir su internado. Pero el daño ya estaba hecho. La personalidad está casi formada a esa edad y la del joven Marcos Laxe era la típica de alguien huidizo, esencialmente triste, asocial y entregado casi en exclusiva a pasatiempos solitarios. La lectura por ejemplo, pero también el cine; dos actividades que le proporcionaban una clara ocasión para evadirse de su triste realidad. En los libros buscaba Marquiños no solamente solaz y esparcimiento sino respuestas a las miles de preguntas impropias de su edad que se hacía a diario: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, por qué estamos aquí, a qué es debido que seamos como somos y no de otra manera. Quería entenderlo todo, saberlo todo, poseer los conocimientos suficientes como para ser capaz de encontrar una explicación lógica a cualquier evento, circunstancia o esencia que se le presentase, sin darse cuenta de que cientos de filósofos llevan miles de años preguntándose lo mismo sin ponerse nunca de acuerdo en las respuestas. Pero desde luego que sus ratos de esparcimiento giraban básicamente en torno a la lectura y en menor medida al cine y siempre pensó que no necesitaba nada más y aunque quizá esto no sea exactamente cierto, la verdad es que nunca tuvo nada más, porque jamás le fue posible practicar un deporte de equipo, jamás participó en reuniones ni en actividades conjuntas, apenas pudo recordar, una vez adulto, algún amigo de la infancia, de esos que se supone que todo el mundo tiene.

Nunca son las cosas blancas o negras en la vida, generalmente son grises, con matices, circunstancias y detalles que nos obligan, si somos comedidos, a no calificar un hecho como bueno sin ponderación o esencialmente malo. El colegio no fue, desde luego, una etapa brillante y provechosa en la vida del niño pero, unido a su afición desmedida por la lectura, le proporcionó, además de un exquisito e infrecuente nivel cultural, algo que le había de servir de mucho en la vida, como fue la capacidad para ser constante, metódico y ordenado, un nivel de auto exigencia casi patológico y una concepción esencialmente pesimista incierta y resignada del futuro; en definitiva le curtió para afrontar el difícil tránsito por la vida. No es que las cualidades o características antedichas haya que tomarlas por positivas, pues ya hemos dicho que nada es malo o bueno en esencia; lo que queda claro es que muy poco o nada tenían en común el Marquiños alegre y confiado que jugaba con su hermana en Laxe a la edad de ocho años con el Marcos triste y trascendente que aprobó en Septiembre la reválida de 4º.

Cuando el Dr. Laxe, tras nueva oposición, ganada brillantemente con el número uno, se trasladó a Santiago proveído como médico de la Seguridad Social, toda la familia se mudó con él y el joven Marcos, que por entonces tenía quince años, pensó que su condena como interno en los Maristas había concluido. Y así fue en efecto, pues sus padres compraron un piso en el nuevo ensanche de Compostela, lo que se conoce como “El Burgo de las Naciones” en la calle Fernando III El Santo y la familia estableció allí su domicilio. Consecuentemente el chaval abandonó el internado e incluso el colegio, tan intensamente odiado y aborrecido por él, matriculándose en el instituto público que le correspondía conforme a su lugar de residencia. En dicho instituto concluyó brillantemente el joven Marcos Laxe sus estudios de bachillerato.

No es necesario decir que el hecho de que su familia se trasladara a vivir a Santiago y Marcos pudiera abandonar el odiado internado, trajo como consecuencia una mayor felicidad en la existencia del muchacho. Ya hemos contado que la marca que había causado el colegio y el alejamiento de su casa y de sus padres a la edad de ocho años resultaría permanente e imborrable, sin embargo el acudir al instituto y regresar a su domicilio todas las tardes lo vivía Marcos como un sueño hecho realidad. En sus años de internado le producía una profunda melancolía, una tristeza sin límites observar como los alumnos externos regresaban a sus casas al finalizar las clases, mientras él los veía marchar desde el patio conteniendo las lágrimas que pugnaban por brotarle a raudales. Ahora, alumno del instituto, era como uno de esos externos: Marcos regresaba a casa todos los días. Y este hecho, que debería parecernos algo de lo más habitual y cotidiano para un chaval de su edad, lo valoraba Marquiños como si fuera una bendición de Dios dirigida a él personalmente. Parecía que la vida había cambiado y que las cosas empezaban a normalizarse. Incluso sin pretenderlo logró hacer algún amigo, un muchacho, hijo de un militar y compañero de clase, con el cual disputó Marcos apasionantes partidas de ajedrez, las cuales perdió siempre si hemos de ser sinceros. Pero casi podemos afirmar, que este chico fue el primer amigo de infancia y juventud que tuvo y lo consiguió a la edad de quince años.

Sin embargo, el auténtico problema no consistía en que Marquiños no tuviera amigos, sino en que pensaba que no los necesitaba, circunstancia ésta absolutamente inhabitual y totalmente contraria a la esencia del género humano; más aun a la forma de ser y actuar de los adolescentes que según los expertos necesitan amigos para aprender a socializarse. Desde luego nunca los buscó y consiguientemente nunca los tuvo. No le era menester nada, excepción hecha de un libro o una película, para sentirse feliz y satisfecho. Jamás participó en las típicas pandillas de adolescentes y lo que es peor, nunca creyó necesitarlo; era raro verle acompañado de un amigo o colega de clase y la comunicación, que se considera imprescindible para el ser humano, la tenía casi exclusivamente con su padre y con algún profesor, pues las preocupaciones, motivaciones y expectativas de las personas de su edad le producían aburrimiento y hastío, apreciación esta que prácticamente mantuvo intacta a lo largo de su vida. Pensemos que a los catorce años Marcos Laxe leía a Marx y a Engels, a Marcuse, a Rosa Luxemburg y a Freud. ¿De qué iba a hablar con chavales absortos en El Capitán Trueno y en Bonanza? ¿Qué actividades o inquietudes iba a compartir con ellos?

Por entonces también le sobrevino el rijo como resulta absolutamente normal. Miraba a las chicas con otros ojos porque hasta ese momento las había considerado siempre con una mezcla de indiferencia y desprecio pero aunque la intensidad y la dirección de sus apetitos sexuales diferían en mucho a los de sus compañeros, no dejó el muchacho de percibir los cambios que con la cercanía de la juventud experimentaba su cuerpo. Esto no quiere decir que anduviera todo el día detrás de las chicas ni mucho menos; más bien lo contrario: las chicas andaban detrás de él con escasa o nula fortuna. A pesar de todo se masturbaba habitualmente y en varias ocasiones respondió a ciertas insinuaciones intentando establecer relaciones con alguna muchacha pero sin conseguirlo nunca, porque como no se entregaba a ello con la ilusión, el esfuerzo la dedicación y la perseverancia suficientes las cosas no llegaban a pasar a mayores. Aunque sentía la necesidad del sexo, le daba la impresión de que la actividad sexual en sí misma iba a resultarle demasiado insulsa y rutinaria, de modo que aunque de vez en cuando realizaba un conato de acercamiento a alguna chiquilla, como su interés no era excesivo ni apremiante y tampoco porfiaba ante la primera negativa de la niña, no tenía demasiado éxito; o por mejor decir, no tenía éxito en absoluto.

Sus fantasías iban por otros caminos. Ya casi desde niño le gustaban las películas en las cuales el argumento se desarrollaba en torno al secuestro de una mujer, ya fuera por piratas o por delincuentes para pedir un rescate. Sus ensueños sexuales, con los cuales se masturbaba a la edad de quince años se basaban, más o menos, en la misma trama, con la diferencia de que era él, Marcos, quien raptaba a las muchachas y no pedía ningún rescate por ellas. Simplemente se las quedaba para utilizarlas como juguetes sexuales. Todavía de muy niño, queremos pensar que a la edad de diez o doce años y sin ninguna connotación erótica desde luego, uno de sus juegos consistía en azotar a un madero que estaba en el corral de su casa en Laxe con un corbacho que él mismo se fabricó de cuerdas. El chico acababa de leer La Cabaña del Tío Tom y en sus recreaciones solitarias imaginaba ser el propietario de una plantación y el tronco que servía para atrancar la trasera del corral un negro fugado, al cual era menester castigar con cien azotes en escarmiento por su intento de fuga, los cuales Marquiños aplicaba al madero con su manojo de cuerdas trenzadas, meticulosamente y con fruición.

No hace falta explicar que el chaval ignoraba por completo que todas esas apetencias manifestadas desde la infancia tienen un nombre. Creemos que ni siquiera era consciente de que sus fantasías eran diferentes a las de los demás y ya estaban indicando que su vida sexual tomaría un rumbo muy distinto al habitual. Pero tenemos por perfectamente averiguado que la mezcla de los deseos eróticos con la dominación y la consiguiente humillación del objeto del deseo, era innata en Marcos, o al menos se manifestó así aun antes de la pubertad, es decir, antes del sexo.

Lo normal hubiera sido que con su liberación del internado finalizaran también y concluyeran definitivamente sus desgracias y así lo creía Marquiños por entonces, pero si el lector curioso y desocupado pasa adelante con su lectura verá como no fue eso lo que ocurrió; antes al contrario: porque esa ingrata cualidad circunstancial, temporal e incomprensible que llamamos vida, le reservaba un cataclismo mucho mayor que cualquiera de los que había vivido hasta entonces: infinitamente mayor que el internado, incomparablemente mayor que el desamor de su madre, enormemente mayor que su tristeza y su aislamiento. Contaba marcos con dieciséis años de edad y entonces, de un cáncer fulminante, murió su padre en apenas un mes.

Durante los veintitrés días que Don Marcos permaneció ingresado antes de fallecer, su hijo no se separó de su lado desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche, hora en que tomaba el relevo Doña Carmen. Aquellos días acompañando a su padre en las angustiosas horas de la agonía y la muerte, vinieron a formar parte integral y definitiva de los recuerdos más dolorosos que el joven Marcos almacenó para siempre en su memoria. Y no sólo de los recuerdos, sino de la esencia misma de su vida. El muchacho nunca llegó a admitir que su padre adorado moriría, pues a esa edad la vida de los progenitores no se cuestiona, es algo tan natural y consustancial con la existencia de un adolescente como el sol que sale. Se sabe que sale, se da por supuesto que está ahí; jamás se imagina uno que una mañana el astro rey no aparecerá y quedaremos todos los habitantes del planeta sumidos en la oscuridad para siempre; así ocurre con la vida de los padres cuando uno tiene solamente dieciséis años.

En una ocasión nada más, durante aquellas infaustas tres semanas, se alejó Marquiños de su padre y fue con motivo de acompañar a su madre a Laxe para recoger algunas pertenencias y documentos de inexcusable necesidad. Durante el viaje, la buena de Doña Carmen a quien el cirujano que había operado a Don Marcos le había resumido el pronóstico diciéndole simplemente “considérate viuda” quiso preparar a su hijo, aquejado de una imprudente esperanza, para lo que se les venía a todos encima. El resultado fue uno de los furibundos ataques de ira de Marquiños, pues el chaval consideró y así se lo hizo saber a su madre con agrias palabras y tono desabrido, que era una exagerada, que a su padre simplemente le habían operado y que sin ninguna duda se recuperaría.

Pero no fue así y un día de Enero de 1.972 a la menguada hora de más o menos las cuatro de la tarde, don Marcos Laxe fallecía en lo que hoy es Hospital General de Galicia, abrumado por el tártago de ignorar lo que había de ser de sus hijos. Y al día siguiente fue enterrado en el cementerio de Bonaval con asistencia al sepelio de la práctica totalidad de la población de Laxe, sumamente afectada por la pérdida de quien había sido su médico durante tantos años. El Ayuntamiento de la villa marinera otorgó una mención especial de reconocimiento a la labor efectuada en el pueblo por el facultativo difunto.

Durante el resto de la existencia de Marcos, como ya hemos dicho, las tres últimas semanas de vida de su padre y sobre todo su funeral y entierro, estuvieron presentes de forma consciente en su recuerdo y en su añoranza, produciéndole un dolor sordo, profundo y constante que conformó su personalidad más aun que el colegio o que cualquier otra circunstancia y que de adulto le llevó a escribir unos versos en los que se consideraba a sí mismo como un retoño de la muerte. Ninguno de los días del resto de su vida, ninguno en absoluto, dejó de recordar la augusta figura de Don Marcos: tan pronto venían a su memoria actividades, frases o anécdotas relacionadas con él, como su cadáver dentro del ataúd o el funeral en la iglesia y la larga fila de sus compañeros del instituto dándole el pésame; sus lágrimas, inconsolables, silenciosas y tristes, su soledad a pesar de estar rodeado por la familia y por un número incontable de personas, entre amigos y vecinos de Laxe, compañeros de clase, conocidos… Marquiños se sintió solo entonces y esa soledad jamás le abandonó. La tristeza, que ya había hecho su aparición en el carácter del muchacho desde que fue desterrado al colegio, se enseñoreó a la sazón de su vida de modo tal, que Marcos Laxe nunca estuvo triste: fue triste.

Como uno de esos edificios que se derrumban con algunas cargas de dinamita sabiamente colocadas y distribuidas por los lugares adecuados, así se vino abajo en apenas dos meses la familia entera de Don Marcos Laxe. Doña Carmen, incapaz por completo de remontar el vuelo, mohína y abatida, cayó en la trampa que su hijo le tendía, que no era otra más que llevarle la contraria en todo y discutir por todo. El muchacho tenía la sensación, absolutamente alejada de la verdad, de que su madre había sido incapaz de hacer feliz a su padre. En apoyo de esta hipótesis acudían a la memoria de Marquiños alguna discusión, de no mucha intensidad, habida en el seno del matrimonio; discusión que en circunstancias normales no representaría para el chico ni siquiera un recuerdo, pero que ahora le parecía a él que era la prueba palpable y fehaciente de que sus padres no habían sido felices. Aunque eso resultaba totalmente incierto, él lo apreciaba así y ya se sabe que cada uno de nosotros toma decisiones no tanto en función de la verdad absoluta y objetiva, difícil de alcanzar en cualquier caso, como de la verdad percibida, de lo verosímil. Presupuesto esto, él actuaba en función de la percepción que tenía de que sus padres no habían sido felices y desde luego ya se sabía quien era la culpable. Su madre, que nunca había sido santo de su devoción, pasó ahora a convertirse en el enemigo a batir, sin paliativos. La convivencia se tornó insoportable absolutamente. Marcos se marchaba a clase por la mañana y no regresaba hasta la hora de comer. Pero quince minutos después de la comida desaparecía de nuevo y no volvía hasta la hora justa de la cena, que consumía rápidamente para encerrarse cuanto antes en su habitación ¡Qué diferencia con aquellas alegres comidas y cenas en vida de su padre en Laxe! ¡Cuánta añoranza! ¡Cuántos recuerdos! ¡Cuántas vivencias perdidas para siempre!

Esa vida independiente del joven Marquiños, como si no formara parte de la familia, alejado de todo y de todos exasperaba y disgustaba a Doña Carmen, que se sentía incapaz de controlar al muchacho, pero sin embargo sufría angustias y temores al comprobar que las cosas no iban por el camino trazado y no tenían visos de regresar a él. Una circunstancia que el bueno de Don Marcos hubiera solucionado con apenas una mirada, su viuda era incapaz de hacerle frente aunque bien sabe Dios que empleaba en ello todo su entendimiento y las pocas fuerzas que le habían quedado después del drama.

Pero la situación lejos de mejorar empeoraba y el distanciamiento del chaval iba en aumento manteniendo siempre una actitud que podríamos calificar como defensiva frente a su madre; siempre dispuesto y apercibido para iniciar una discusión, una controversia, una disputa. Con independencia de cual fuera la causa o el motivo, para el muchacho simplemente todo aquello que hacía su madre o procedía de ella era negativo, estaba mal hecho o, en caso de concederle el beneficio de la duda, resultaba insuficiente. De este modo la madre sufría y el chico también, pues esa situación de tensión afectaba a todo lo que había quedado de la familia.

Resultaría un ejercicio arriesgado e inútil buscar ahora culpables de todo eso. La madre de Marcos vivía una situación que la desbordaba absolutamente, no podía ni sabía hacer nada más. Después del fallecimiento de su marido, había esperado encontrarse por fin con el amor, el apoyo y el respeto de su hijo; sin embargo, solo encontró rencor, reproches y desafección. Por otra parte el odio hacia lo que la vida le había ofrecido hasta el momento, había inundado al muchacho y ya se sabe que el rencor, la angustia o la infelicidad se vuelcan siempre en primer lugar contra quienes nos rodean. El duelo, considerado como el período de tiempo necesario para que una persona recomponga su existencia y aprenda a vivir en ausencia del ser amado, duró en Doña Carmen cinco años, durante los cuales fue incapaz de conducir a sus hijos de forma adecuada y con arreglo a sus supuestas capacidades y conocimientos, e incluso podríamos afirmar que fue también incapaz de conducirse a sí misma. A su madre le duró el duelo cinco largos años, pero al cabo lo superó y comenzó a revivir nuevamente en ausencia del ser amado. Pero el duelo en Marquiños duró toda la vida.

La primera vez que el muchacho llegó a casa habiendo tomado en el Franco algunos vinos más de los que debiera, la discusión entre madre e hijo llegó a tales extremos de odio y de violencia que Marquiños no lo pudo sufrir y decidió que aquello había sido suficiente. Dejó pasar algunos días porque aunque vehemente el chico era razonable y consideró que las decisiones importantes era necesario adoptarlas con la cabeza fría y el ánimo sosegado. Pasadas algunas jornadas manifestó entonces a su madre que estaba determinado a marcharse de casa; absolutamente resuelto a ello sin posibilidad de reconsideración o enmienda. Lo que ahora solamente necesitaba averiguar era si contaba con el apoyo de su progenitora o no. Si podía partir con su aquiescencia y su ayuda económica se marcharía a comenzar sus estudios universitarios a otra ciudad. En caso contrario se embarcaría para Gran Sol, aquello que Don Marcos tantas veces le había dicho que sería su salida en caso de permanecer en Laxe en lugar de ir a estudiar al internado. Y aunque toda aquella lamentable situación le daba repulgos y le asuraba un tanto, con la mayor firmeza el joven hizo saber a su madre que estaba determinado a marcharse y que pensar que iba a permanecer al lado de una persona como ella era pensar en lo excusado.

La discusión había sido fuerte, eso obvio y se dijeron por ambas partes frases no muy afortunadas, desde luego; porque ya se sabe que cuando el furor desata el corazón suele desatar también la lengua. Sin embargo está claro que solamente fueron palabras dichas en un instante de ira y desesperación, pues creemos tener por cierto que en ningún momento ni la madre ni el hijo valoraron verdaderamente todo lo que expresaron ni tuvieron en cuenta el daño que podían hacerse mutuamente con la sarta de reproches que se arrojaron a la cara. Pese a todo, Marquiños en lo más profundo de su ser, hacía responsable a su madre de su desdicha y como sublata causa tollitur efectum, tenía por cierto que alejado de Doña Carmen su vida recuperaría la paz, porque realmente a la felicidad ya no aspiraba y quizá no volvió a aspirar nunca. La paz que había disfrutado durante el último año de vida de su padre, cuando se vio libre del internado y pensó que iba a recuperar la existencia que se considera normal en cualquier adolescente.

Dice aquí Viduerias, compilador de esta grande historia que muchas y muy variadas razones se exponen en el codicilo y se podrían traer aquí a colación para explicar con mayor detenimiento la drástica decisión que en aquellos días adoptó Marquiños. Pero ya se sabe que la prolijidad es la madre del fastidio y como el propio Vidueiras cree que con lo que lleva escrito puede el lector inteligente hacerse una idea cabal de la situación y extraer sus propias conclusiones, manifiesta no querer seguir abundando más en tan lastimoso asunto por no dar pesadumbre y así pasa adelante diciendo lo que a continuación se leerá.

El caso fue que la viuda del Dr. Laxe, se tomó varios días para pensar en el asunto muy por lo menudo, pues la cosa era de la suficiente gravedad y envergadura como para consultarla reiteradamente con la almohada. Como no veía alternativas fiables y tampoco estaba en disposición de ánimo para imponer ninguna, no encontró solución e ignoraba completamente la decisión a tomar ante esa disyuntiva. Lo que sí hizo la buena mujer por activa y por pasiva reiteradamente y derrochando paciencia, fue tratar de convencer a Marquiños, sin conseguirlo, de que donde mejor estaba era en casa; pero conociendo la determinación, rayana en la testarudez, de la que hacía gala su hijo y siendo madre a pesar de todo, decidió que el joven partiera con su bendición y su apoyo económico, pues más valía saberle estudiando una carrera en otra ciudad que embruteciéndose en un pesquero sobre una mar temible a doscientas millas al suroeste de Irlanda, habiendo arrojado previamente por la borda su porvenir.

Así fue que llegaron a un pacto o acuerdo que a ambos les pareció satisfactorio habida cuenta de que la situación económica de la familia no era, tras el fallecimiento de Don Marcos, demasiado floreciente. Doña Carmen se comprometió a enviarle todos los meses una cantidad de dinero equivalente a la que gastaría si permaneciera en casa; dicha cantidad fue calculada y decidida de común acuerdo entre ambos y en el supuesto de que tal soporte no fuera suficiente, como no lo era en efecto, para cubrir sus gastos viviendo en otra ciudad, el resto debería procurárselo él mismo merced a su trabajo o a la industria que más conveniente le pareciera.

A partir de ese acuerdo Marcos se movilizó y como por ensalmo la paz y la concordia regresaron al hogar de los Laxe a la par que la ilusión y la actividad frenética prendían de nuevo en el joven estudiante. Aquél mismo curso había terminado el bachillerato, era por lo tanto momento de preocuparse de elegir la carrera a seguir y de gestionar la matrícula en la universidad. Decidió estudiar Derecho, después de llegar a la conclusión de que el ejercicio de la abogacía era el único que le permitiría realmente luchar por la Justicia. La Medicina, practicada por su padre como quien profesa una religión, era una actividad sumamente necesaria pero entraba más en el terreno de la caridad que en el de la justicia, según apreciación razonada y razonable de Marcos. Las carreras técnicas quedaban totalmente descartadas por escasamente humanas y asimismo la Filosofía en todas sus ramas, pues el joven consideraba que su ejercicio, aunque también necesario, no tenía más perspectiva y futuro que la docencia y no le parecía adecuado dedicar su vida a enseñar que el movimiento es el paso de la potencia al acto, o que el cabo de Gata está en Almería. En este escrutinio que hizo en las carreras universitarias había desechado también las filologías por la misma razón: demasiado teóricas y poco prácticas. De modo que la duda quedó entre la Medicina y el Derecho y Marcos se inclinó por el foro debido a la razón anteriormente expuesta: consideraba la abogacía como la única posibilidad de dedicar su vida a luchar por la Justicia, con mayúsculas. Desde luego que el ejercicio del Derecho y la lucha por la Justicia no tienen nada en común, pero Marcos no lo sabía por entonces: su virginidad cívica aun estaba intacta.

Resulta difícil juzgar si este radical giro que imprimió Marcos a su vida fue consecuencia del temor, la valentía o la temeridad. Podría resultar en el fondo que el miedo a las consecuencias de un continuo enfrentamiento con su madre pudiera haberle llevado a huir cobardemente de la situación, prefiriendo arrostrar en soledad la consecución de una empresa tan arriesgada como aquella en la que iba a ponerse. Pero con el mismo resultado se podría afirmar también que fue la valentía y la decisión lo que motivó a Marquiños a dar tan singular paso adelante, o atrás, según se mire. No compartió aquello que dice el refrán de que “mándeme mi amo y coma yo a su mesa” prefiriendo no tener quien le mandara a pesar de que nadie le asegurara tampoco que iba a tener mesa donde comer. Pero también es cierto que la valentía cuando no está acompañada de la discreción, se convierte en temeridad, con lo cual podemos afirmar que por cualquiera de las tres razones: miedo, valentía o temeridad, o a lo mejor por una mezcla aleatoria de las tres, Marcos decidió romper con todo y empezar una nueva vida por su cuenta.

Así que él mismo gestionó su matrícula, reunió los documentos necesarios y buscó alojamiento. De este modo a las cinco y diez de la madrugada de un día de finales de Septiembre, el tren expreso procedente de Coruña, Ferrol y Avilés con destino Madrid hizo su entrada por vía segunda andén segundo en la estación de Valladolid. Del convoy descendió un somnoliento Marcos Laxe Ameneiros cargado de maletas y de satisfacción por haber aquistado su libertad, pero de nuevo solo en una ciudad desconocida. Al mes siguiente cumpliría diecisiete años.

Y es preciso ahora que dejemos al joven Marcos organizando su vida en Valladolid, conociendo la ciudad, la facultad y a sus compañeros de pensión, porque es menester que nos ocupemos de otros asuntos tocantes al desarrollo de esta historia. Lo cual haremos en el capítulo que sigue, si es que el lector benevolente tiene a bien acompañarnos en su lectura.

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